
The Toreador
It was after the Fiesta Mayor de Barcelona
that Conchita received her "matador",
and placed him on the mantelpiece
amidst a fine collection of Iberian art.
She had snatched him from a life of starvation,
dressed him in a traje de luz,
and presented him as a novillero.
But Fernando Perez graduated to a toreador
and aficionados throughout Spain argued
about his skill and courage at the moment of truth.
Some likened him to El Vitti, others to Paco Camino,
while a few veterans said he resembled Belmonte.
But it was the same aficionados who hissed
en la Plaza Monumental,
when Perez hesitated
and suffered a fatal cogida.
That same afternoon
Conchita took Fernando Perez
from her mantelpiece,
and threw him into the fire.
Then went to the calle Escudillers
and drank with the aficionados.
Keit N. G. Bradley
(En Encounter, Londres, diciembre de 1972)
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the jerigonza/poem |
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humor
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Guillaume Apollinaire: La infalibilidad |
![]() |
| Guillaume Apollinaire y Madeleine Pagès, Oran, diciembre 1915. |
El 25 de junio de 1946, el cardenal Porporelli terminaba de almorzar cuando le fue anunciada la visita de un sacerdote francés, el abate Delhonneau. Eran las tres de la tarde. El implacable sol que exaltó la astucia triunfante de los antiguos romanos y que ahora penosamente entibia la fría truhanería de nuestros coetáneos, aunque dejaba caer sus insoportables rayos sobre la plaza España, donde se levanta el pasita de un sacerdote francés, el abate Delhonneau, lacio cardenalicio, respetaba sin embargo el departamento de monseñor Porporelli. Allí las persianas conservaban un frescor agradable y una penumbra casi voluptuosa.
El abate Delhonneau fue conducido al comedor. Era un sacerdote del Morvan. Su aspecto de hombre testarudo tenía cierta analogía con el de los pieles rojas.
Si hubiera sido autunés, hubiera debido nacer en el recinto céltico de la antigua Berbricia, en el monte Beuvray. Hay aún en Antún, ciudad de origen galo-romano, y en sus alrededores, algunos galos por cuyas venas no corre una gota de sangre latina, y el abate Delhonneau era uno de ellos.
Se acercó al príncipe de la Iglesia y le besó el anillo, según la costumbre. Rehusando los frutos sicilianos que monseñor Porporelli le ofrecía en una canastilla, expuso el motivo de su visita.
-Deseo, expresó- tener una entrevista con nuestro Santo Padre, el Papa, pero en audiencia privada.
-¿Misión secreta gubernamental?- preguntó el cardenal guiñando un ojo.
-¡En absoluto, monseñor!- repuso el abate Delhonneau- Los motivos que me impulsan a solicitar esta audiencia no sólo interesan a la Iglesia de Francia sino a la catolicidad entera.
-¡Dios mío! -exclamó el cardenal hincando el diente en un higo seco relleno de avellana y anís-. ¿Es realmente tan grave?
-Muy grave, monseñor- repitió el sacerdote francés, mientras que, descubriendo algunas manchas de sebo en su sotana, se empeñaba en rascarlas con las uñas.
El prelado gimoteó:
-¿Qué más pude haber todavía? Tenemos ya bastantes historias con vuestra ley sobre la separación y los extravíos de ese canónigo Bierbaum, de Landshut, en Baviera, que no deja de escribir contra la Infalibilidad.
-¡El imprudente!- interrumpió el abate Delhonneau.
Monseñor Porporelli se mordió los labios. En su juventud cuando no era más que un mundano sacerdote de Florencia, él también había combatido la Infalibilidad, pero pronto se había de inclinar ante el dogma.
-Mañana tendréis audiencia, signor abate -dijo-.
¿Conocéis el ceremonial?
Le tendió la mano. El sacerdote se inclinó y la besó sonoramente, retrocedió hasta la puerta, desde donde se inclinó por segunda vez, mientras el cardenal, con gesto fatigado, lo bendecía con la mano derecha mientras su izquierda palpaba los duraznos en la canastilla.
Cuando el día siguiente fue conducido ante el Papa, el abate Delhonneau se dejó caer de rodillas y besó la sandalia del blanco Pontífice; luego incorporándose decididamente, le rogó en latín que lo escuchase a solas, como en confesión. Y, ¡oh condescendencia!, el Santo Padre dio buena acogida a esa osada petición.
Una vez a solas, el abate Delhonneau comenzó a hablar lentamente. Esforzábase en pronunciar el latín a la italiana, pero los galicismos abundaban en su léxico de seminario; además, la u francesa aparecía continuamente, incomprensible para el Papa, quien interrumpía al orador para hacerle repetir lo que no comprendía bien.
-Santo Padre -decía el abate Delhonneau- como consecuencia de mis estudios y de mis penosas reflexiones, he llegado a la certidumbre de que nuestros dogmas no son de origen divino. He perdido la fe y estoy convencido de que en ningún hombre ella podría resistir un examen honesto. No hay una sola rama de la ciencia que no contradiga con hechos irrefutables las llamadas verdades de la religión. ¡Ay! Santo Padre, ¡que pena para un sacerdote el descubrir esos errores y qué dolor el atreverse a confesarlos!
-Hijo mío -dijo el Papa-, pienso que en esas condiciones habréis dejado de celebrar la Santa Misa. Ningún sacerdote puede vanagloriarse de no haber conocido las dudas que os asaltan; pero un retiro en esta ciudad, cuna del catolicismo, os devolverá la fe perdida, y por los méritos de…
-¡No! ¡No! Santo Padre, he hecho todo lo posible para recobrar una fe que vacilante primero, ha terminado por desplomarse. Me esforcé en apartarme de los pensamientos que me torturaban. Fue en vano!... y a vos mismo, Santo Padre, lo habéis confesado, las dudas os asaltaron alguna vez. ¿Qué digo? ¿Dudas? ¡No, sino claridades, iluminaciones, certidumbres! Confesadlo; la tiara que lleváis sobre vuestra frente está cargada de falsedades consagradas. Y si la política os impide sostener las negociaciones que se agitan en vuestro cerebro, no por ello dejan de existir. He allí la verdadera carga del papado; es el espanto de reinar por medio de mentiras seculares, es la carga que hace dudar a los elegidos al salir del cónclave… Respondedme Santo Padre: Vos conocéis todo esto. ¡Un pontífice romano no debe ser menos perspicaz que un pobre cura de Morvan!
El Papa estaba sentado, inmóvil y grave; durante esta última parte del discurso no abrió la boca para nada. Delante suyo el abate Delhonneau se asemejaba a esos galos que, durante el saqueo de Roma, acudían a irritar a los senadores, majestuosos como estatuas, sentados en sus sillas curales. Levantando lentamente los ojos , el pontífice preguntó:
-Sacerdote, ¿a dónde queréis llegar?
-Santo Padre -respondió el abate Delhonneau-, Vos detentáis un poder formidable, tenéis el derecho de establecer el Bien y el Mal Vuestra Infalibilidad, ese dogma incontestable que descansa en una realidad terrena, os otorga un magisterio que no tolera ninguna contradicción. A vuestra elección podéis imponer a los católicos la verdad o el error. ¡Sed bueno, sed humano! ¡Enseñad lo verdadero! ¡Ordenad ex cathedra que sea disuelto el catolicismo! ¡Proclamad que sus prácticas son supersticiosas! Eregid esas verdades en dogma y habréis logrado el reconocimiento de la humanidad. ¡Después descenderéis dignamente de un trono desde el que dominabais por error y que nadie podrá en adelante volver a ocupar legítimamente, si Vos lo declaráis vacío para siempre!
El Papa se había incorporado. Dejando de lado todo ceremonial, salió de la habitación sin dirigir una palabra ni una mirada al sacerdote francés, que sonreía con desprecio y al que un guardia noble guió a través de las suntuosas galerías del Vaticano hasta la salida.
Un tiempo después, la curia romana creó un nuevo obispado en Fontainbleau, designando titular al abate Delhonneau.
En ocasión de su primer viaje ad limina, este obispo propuso a la Santa Sede que erigiese en dogma la creencia de la misión divina de Francia. Cuando el cardenal Porporelli lo supo, exclamó:
-¡Galicanismo puro! Sin embargo, la administración galorromana es el mejor beneficio para los galos. Es necesaria para domar la turbulencia de los franceses. ¡Cuantas penurias para civilizarlos!...
El abate Delhonneau fue conducido al comedor. Era un sacerdote del Morvan. Su aspecto de hombre testarudo tenía cierta analogía con el de los pieles rojas.
Si hubiera sido autunés, hubiera debido nacer en el recinto céltico de la antigua Berbricia, en el monte Beuvray. Hay aún en Antún, ciudad de origen galo-romano, y en sus alrededores, algunos galos por cuyas venas no corre una gota de sangre latina, y el abate Delhonneau era uno de ellos.
Se acercó al príncipe de la Iglesia y le besó el anillo, según la costumbre. Rehusando los frutos sicilianos que monseñor Porporelli le ofrecía en una canastilla, expuso el motivo de su visita.
-Deseo, expresó- tener una entrevista con nuestro Santo Padre, el Papa, pero en audiencia privada.
-¿Misión secreta gubernamental?- preguntó el cardenal guiñando un ojo.
-¡En absoluto, monseñor!- repuso el abate Delhonneau- Los motivos que me impulsan a solicitar esta audiencia no sólo interesan a la Iglesia de Francia sino a la catolicidad entera.
-¡Dios mío! -exclamó el cardenal hincando el diente en un higo seco relleno de avellana y anís-. ¿Es realmente tan grave?
-Muy grave, monseñor- repitió el sacerdote francés, mientras que, descubriendo algunas manchas de sebo en su sotana, se empeñaba en rascarlas con las uñas.
El prelado gimoteó:
-¿Qué más pude haber todavía? Tenemos ya bastantes historias con vuestra ley sobre la separación y los extravíos de ese canónigo Bierbaum, de Landshut, en Baviera, que no deja de escribir contra la Infalibilidad.
-¡El imprudente!- interrumpió el abate Delhonneau.
Monseñor Porporelli se mordió los labios. En su juventud cuando no era más que un mundano sacerdote de Florencia, él también había combatido la Infalibilidad, pero pronto se había de inclinar ante el dogma.
-Mañana tendréis audiencia, signor abate -dijo-.
¿Conocéis el ceremonial?
Le tendió la mano. El sacerdote se inclinó y la besó sonoramente, retrocedió hasta la puerta, desde donde se inclinó por segunda vez, mientras el cardenal, con gesto fatigado, lo bendecía con la mano derecha mientras su izquierda palpaba los duraznos en la canastilla.
Cuando el día siguiente fue conducido ante el Papa, el abate Delhonneau se dejó caer de rodillas y besó la sandalia del blanco Pontífice; luego incorporándose decididamente, le rogó en latín que lo escuchase a solas, como en confesión. Y, ¡oh condescendencia!, el Santo Padre dio buena acogida a esa osada petición.
Una vez a solas, el abate Delhonneau comenzó a hablar lentamente. Esforzábase en pronunciar el latín a la italiana, pero los galicismos abundaban en su léxico de seminario; además, la u francesa aparecía continuamente, incomprensible para el Papa, quien interrumpía al orador para hacerle repetir lo que no comprendía bien.
-Santo Padre -decía el abate Delhonneau- como consecuencia de mis estudios y de mis penosas reflexiones, he llegado a la certidumbre de que nuestros dogmas no son de origen divino. He perdido la fe y estoy convencido de que en ningún hombre ella podría resistir un examen honesto. No hay una sola rama de la ciencia que no contradiga con hechos irrefutables las llamadas verdades de la religión. ¡Ay! Santo Padre, ¡que pena para un sacerdote el descubrir esos errores y qué dolor el atreverse a confesarlos!
-Hijo mío -dijo el Papa-, pienso que en esas condiciones habréis dejado de celebrar la Santa Misa. Ningún sacerdote puede vanagloriarse de no haber conocido las dudas que os asaltan; pero un retiro en esta ciudad, cuna del catolicismo, os devolverá la fe perdida, y por los méritos de…
-¡No! ¡No! Santo Padre, he hecho todo lo posible para recobrar una fe que vacilante primero, ha terminado por desplomarse. Me esforcé en apartarme de los pensamientos que me torturaban. Fue en vano!... y a vos mismo, Santo Padre, lo habéis confesado, las dudas os asaltaron alguna vez. ¿Qué digo? ¿Dudas? ¡No, sino claridades, iluminaciones, certidumbres! Confesadlo; la tiara que lleváis sobre vuestra frente está cargada de falsedades consagradas. Y si la política os impide sostener las negociaciones que se agitan en vuestro cerebro, no por ello dejan de existir. He allí la verdadera carga del papado; es el espanto de reinar por medio de mentiras seculares, es la carga que hace dudar a los elegidos al salir del cónclave… Respondedme Santo Padre: Vos conocéis todo esto. ¡Un pontífice romano no debe ser menos perspicaz que un pobre cura de Morvan!
El Papa estaba sentado, inmóvil y grave; durante esta última parte del discurso no abrió la boca para nada. Delante suyo el abate Delhonneau se asemejaba a esos galos que, durante el saqueo de Roma, acudían a irritar a los senadores, majestuosos como estatuas, sentados en sus sillas curales. Levantando lentamente los ojos , el pontífice preguntó:
-Sacerdote, ¿a dónde queréis llegar?
-Santo Padre -respondió el abate Delhonneau-, Vos detentáis un poder formidable, tenéis el derecho de establecer el Bien y el Mal Vuestra Infalibilidad, ese dogma incontestable que descansa en una realidad terrena, os otorga un magisterio que no tolera ninguna contradicción. A vuestra elección podéis imponer a los católicos la verdad o el error. ¡Sed bueno, sed humano! ¡Enseñad lo verdadero! ¡Ordenad ex cathedra que sea disuelto el catolicismo! ¡Proclamad que sus prácticas son supersticiosas! Eregid esas verdades en dogma y habréis logrado el reconocimiento de la humanidad. ¡Después descenderéis dignamente de un trono desde el que dominabais por error y que nadie podrá en adelante volver a ocupar legítimamente, si Vos lo declaráis vacío para siempre!
El Papa se había incorporado. Dejando de lado todo ceremonial, salió de la habitación sin dirigir una palabra ni una mirada al sacerdote francés, que sonreía con desprecio y al que un guardia noble guió a través de las suntuosas galerías del Vaticano hasta la salida.
Un tiempo después, la curia romana creó un nuevo obispado en Fontainbleau, designando titular al abate Delhonneau.
En ocasión de su primer viaje ad limina, este obispo propuso a la Santa Sede que erigiese en dogma la creencia de la misión divina de Francia. Cuando el cardenal Porporelli lo supo, exclamó:
-¡Galicanismo puro! Sin embargo, la administración galorromana es el mejor beneficio para los galos. Es necesaria para domar la turbulencia de los franceses. ¡Cuantas penurias para civilizarlos!...
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Ramón Díaz Eterovic: A la mesa con Jorge Teillier |
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| Diversos instantes de La Unión Chica, Santiago. Foto de Leonora Vicuña. |
Como en la historia de los mosqueteros, "veinte años después" releo las crónicas que escribió Jorge Teillier durante el año 1981 para el Suplemento Gastronómico del diario "El Mercurio". Escuché muchas de las anécdotas que él cuenta en esas crónicas al calor de nuestras conversaciones de entonces y por eso, al reencontrarme con ellas, siento que nuevamente compartimos una mesa; aunque ya no es en "La Unión Chica", el "Isla de Pascua" o "El Cucú", sino en un bar más grande y generoso: el de la memoria.
Veinte y tantos años atrás. Me parece ver a Jorge Teillier llegar al bar, como emergiendo de la nada, con sus libros y revistas bajo el brazo, atento a los saludos que le prodigan los parroquianos con los que suele conversar. Luego de los saludos de rigor, de las bromas que nunca faltan entre los amigos, lo veo sacar de entre sus papeles, el original -escrito a máquina y con algunas correcciones manuscritas en sus bordes- del último poema que ha escrito. En otras ocasiones, lo que comparte es la traducción de algún poeta francés o su comentario acerca de un libro que ha leído o que ha visto en una librería de viejo, y que recomienda comprar.
Una tarde, a fines del año 1980, época en que escribía mis primeros cuentos y procuraba conocer a otros escritores con quienes compartir mis inquietudes literarias, llegué al "Bar Unión" o "La Unión Chica", ubicado en el barrio cívico de Santiago, a un costado del majestuoso Club de La Unión. Es un lugar con mesas de madera, jugadores de dominó y puerta de vaivén, en el que algunos escritores se reunían en torno a "la mesa de los poetas" como, con mezcla de humor y fraternidad, la llamaban los mozos del lugar.
Junto a esa mesa encontré a Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Eduardo Molina, Iván Teillier, Carlos Olivárez, Roberto Araya, Alvaro Ruiz, Juan Guzmán Paredes, Aristóteles España, entre otros poetas y escritores con quienes pasé a compartir la vieja mesa que nos acogía para conversar de poesía, fútbol, pugilismo, revistas de cine; de los chismes literarios de esos días, pobres y oscuros, como todo lo que nos rodeaba más allá de la atmósfera del bar. Aquella mesa fue el centro de nuestras reuniones, de un sinfín de charlas interminables, registradas en una bitácora con tintes humorísticos que Jorge Teillier custodiaba celosamente y que después de su muerte se encontró en la biblioteca de su casa en La Ligua. Durante toda la década de los años ochenta y parte de la siguiente, el grupo de "los escritores de La Unión Chica" nos reunimos casi a diario, buscando la complicidad de los amigos, creando un espacio donde era posible hablar de literatura, compartir los libros que uno y otro publicaba o idear proyectos literarios, como lo fueron la antología "Nueva York 11" que publicó la Editorial Galinost; o la revista "La Gota Pura", que identificó a quienes ahí nos juntábamos, y también, por qué no decirlo, a muchos otros escritores que vivían en las provincias o lejos de Chile.
Santiago se movía entre los límites del toque de queda y por lo tanto las tertulias de la "Unión Chica" siempre eran a la luz del día y pocas veces se prolongaban hasta que la noche introducía su nariz por el vaivén incansable de la puerta del bar. Era el tiempo de "la lluvia ácida" que menciona Carlos Olivárez en su libro "Combustión Interna", y para quienes éramos aprendices de escritores, ese bar fue un punto de encuentro con imprescindibles maestros; una singular e inolvidable escuela literaria y de vida. De entre todos aquellos maestros, indudablemente era Jorge Teillier el principal, por su maravillosa poesía y porque tenía un modo sutil de enseñar, sin estridencias ni ostentaciones. Era un maestro sin pretensión de catedrático y lo que aprendíamos era lo que fluía espontáneamente de sus diálogos, donde siempre había un momento para desentrañar los misterios de esa poesía que, como señala en uno de sus poemas: "debe ser una moneda cotidiana y debe estar sobre todas las mesas, como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo".
El poeta Rolando Cárdenas, querido e inseparable compañero de Teillier, solía decir: "el bar es mi segunda casa". Y con su sabiduría patagónica, no dejaba de tener razón. La "Unión Chica" era algo más que un punto de encuentro habitual. En él, los viajeros de otros países y los que venían de las provincias, como Jorge Torres Ulloa o Ramón Riquelme, ubicaban a Jorge Teillier y a otros escritores; se recibían cartas de países remotos, recados telefónicos y se celebraban los cumpleaños o las publicaciones de los que ahí se reunían. Una aproximación a lo que era el "Bar Unión" la da Jorge Teillier en su crónica "Los bares metafísicos del poeta", donde además, con el don profético de los auténticos poetas, vaticina: "creo que jamás llegaré a los ochenta años ni obtendré, por lo tanto, el Premio Nacional, deseo secreto de todos los escritores chilenos...". Tal vez tenía conciencia de su prematuro final, o sabía muy bien que alguien como él, alejado del poder, jamás tendría ese reconocimiento. Pero eso es un capítulo más de una larga historia de olvidos en nuestra literatura. Lo importante es que hoy la poesía de Teillier está más viva que nunca y nos sigue iluminando, mientras nos recuerda: "Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados. Es para la niña que nadie saca a bailar, es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos".
Fue en esa época cuando Jorge Teillier nos contó que escribía una serie de artículos sobre comida y literatura para el Suplemento Gastronómico de "El Mercurio", respondiendo a la solicitud de Enrique Lafourcade. Probablemente fue su primer trabajo remunerado después de su exoneración de la Universidad de Chile, donde -durante cerca de dos décadas- trabajó en el "Boletín de la Universidad de Chile", publicando textos tan significativos como "Los poetas de los lares" que, con el tiempo, devino en texto obligado para el análisis de algunos de los poetas de su generación, como: Efraín Barquero, Alberto Rubio, Carlos de Rokha y Rolando Cárdenas. Su colaboración para el Suplemento Gastronómico también se extendió a la recopilación de poemas de autores chilenos y a la traducción de textos de Francis Ponge, Arthur Rimbaud, James Laughlin y Charles Baudelaire, publicados en la sección "La Lira Gastronómica".
Sus artículos, que comenzaron a publicarse el año 1981, tienen el indiscutible sello poético y nostálgico que caracteriza a los escritos de Teillier, unido a su prodigiosa memoria y su amplio conocimiento de la literatura de todos los confines. Al leerlos, reconocemos en ellos anécdotas que vinculan las comidas y bebidas al mundo de la literatura, al espacio mágico de su infancia provinciana, y a ciertas expresiones culinarias a las que él se acercó en sus andanzas por los bares santiaguinos o en sus viajes por España, Perú y Panamá. De éstos países, a los que se refiere en varias de sus crónicas, eran el Perú y Panamá los que evocaba con más cariño. El primero lo asociaba a su admiración por la poesía peruana -Javier Heraud, César Moro, Antonio Cisneros- y a los recuerdos de su hija Carolina que vivía y vive aún en Lima, compartiendo la suerte de su madre, Sibila Arredondo, presa desde hace muchos años en las cárceles peruanas. En cuanto a Panamá, y además de las cosas que evoca en su crónica "El Gallo Pinto", solía mencionar al cuatro veces campeón mundial de boxeo, Roberto "Mano de Piedra" Duran, con quien compartió una tarde de cervezas en el hotel donde ambos alojaban.
Que estas crónicas estén marcadas por múltiples referencias literarias no es de extrañar. Su quehacer cotidiano -al igual que su poesía- estaba permanentemente conectado con el mundo de sus escritores y sus lecturas predilectas. El Jorge Teillier que conocí no se relacionaba con la comida a la manera pantagruélica de Pablo De Rokha y otros poetas manducadores, sino que prevalecía en él esa actitud de niño flaco y mañoso que sufría con las comidas que su madre preparaba en Lautaro. "Mis primeros recuerdos sobre comidas no son muy placenteros, pues están relacionados con la obligación de sentarse a la mesa a las horas establecidas" - nos dice en su crónica "Un niño come en La Frontera", y en la que también se encarga de recordarnos que, al igual que otros niños flacos, sospechosos de ser tuberculosos "éramos llevados a la estación del pueblo para aspirar el humo de las locomotoras". Esta distancia hacia la comida era evidente en las reuniones que ocasionalmente organizamos en nuestras casas y también en el "Bar Unión", donde no más de un par de veces lo vi compartir los callos a la madrileña o el puchero a la española, "especialidades de la casa" que dan fama a ese lugar.
Algunas de las crónicas incluidas en este libro recrean los itinerarios de Jorge Teillier por los bares, restaurantes y cafés de Santiago: "Las Lanzas" y "Los Cisnes" de su etapa como estudiante en el Pedagógico, o los desaparecidos "Sao Paulo", "Monterrey", "Restaurante París", "Roxy" o "El Comercial", de su primera época bohemia en Santiago. No es el recorrido del aficionado a la buena mesa que va en busca de sus platillos preferidos, sino que el del poeta que explora sus posibles materiales; que observa los ambientes "llenos de humo y ruidos como grandes navíos", mientras en su memoria detonan los recuerdos, las referencias literarias, tan importantes como vastas, que lo acompañaban. Es el peregrinar del poeta preocupado por el paisaje humano que sale a su paso y por las anécdotas que le cuentan los amigos con quienes conversa en un bar de Diez de Julio, Vitacura o del centro de Santiago.
Y si de recuerdos literarios se trata, uno de los más profundos y vívido, es el que hace de Pablo De Rokha durante una visita del poeta de Licantén a la casa de los padres de Teillier, en Lautaro. La generosidad sureña parece poca frente a la voracidad del invitado frente a "un ganso con ajo y arvejitas nuevas" y una sandía entera. La crónica tiene un remache especialmente emotivo al recordar Teillier su última visita al poeta, "herido de muerte" después de haberse "comido y bebido todo Chile". Cabe apuntar que en casi todas sus crónicas, Teillier esboza recuerdos sobre poetas y escritores, como Marino Muñoz Lagos, Teófilo Cid, Juan Cameron, Luis Oyarzún, Gabriel Barra, Guillermo Atías, entre otros. Viñetas afectivas, ingeniosas; estampas de una época en que, mucho más que hoy, el quehacer de los escritores estaba asociado a la solidaridad de una buena mesa.
En otras de sus crónicas, Teillier se traslada al mundo de su infancia, al lar provinciano que nutrió buena parte de su poesía. En ellas está el aliento de sus grandes poemas y evocan la casa paterna, la cocina sureña -como una "madre generosa" que preside las reuniones familiares; la inefable emulsión de Scott, y tantos otros detalles que recrean ese ambiente particular, mágico, que constituye una cocina del sur, impregnada por el aroma de la leña que arde en el fogón y el del pan recién horneado. Tampoco está ausente el homenaje a "La Isla del Tesoro" de Stevenson, una de sus lecturas favoritas de la infancia, que menciona a propósito de las costumbres culinarias de los piratas y el afamado ponche que bebían antes y después de sus arduas jornadas de trabajo.
Muchas de las cosas que cuenta Jorge Teillier en sus crónicas, contienen reflexiones y anécdotas recurrentes en sus conversaciones. Leí algunas de ellas en sus versiones originales, y una en particular: "Magallanes o el buen comer" nació al correr de una de nuestras charlas sabatinas. Una tarde, reunidos en el "Red Bar" de la Alameda, Teillier manifiesta su inquietud sobre el tema de su próxima crónica. ¿Por qué no escribes sobre la comida en Punta Arenas?, le pregunté, y uní a la interrogación algunos recuerdos sobre las comidas de mi infancia: los asados de cordero, el jam de ruibarbo, el sabroso pejerrey magallánico. Teillier anotó dos o tres cosas en unas servilletas de papel, y más tarde, reelaboró la información para convertirla en la crónica que se incluye en este volumen.
Sin duda, es valioso y necesario el rescate de estas crónicas. Ellas nos permiten conocer otra faceta del poeta lúdico y sensible que fue Jorge Teillier, y aquilatar su generosa relación con los escritores y parroquianos que conoció en sus andanzas. Recuerdos de infancia, de lecturas y viajes; estampas de escritores, evocaciones de algunas horas junto al mesón de un bar. Leer estas crónicas es otra oportunidad de sentarse a la mesa con Jorge Teillier, para beber una copa de vino y luego dejar que la charla fluya por los cauces siempre insospechados de la memoria.
Santiago, 12 de julio de 2002.
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Klaus Kinski: Herzog |
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| Werner Herzog y Klaus Kinski en el set de Fitzcarraldo. |
Le dije a Herzog en Europa que se fuera a la mierda y le colgué el teléfono. Poco después empezó Fitzcarraldo sin mí, con alguien de Nueva York y Mick Jagger en el papel de amigo de Fitzcarraldo. Ahora viene a Los Angeles con el rabo entre las patas y me suplica que haga la película.
Después de unas cuatro semanas de rodar con el tipo de Nueva York, incluso Herzog, con su cerebro de imbécil, se ha dado cuenta de que ya puede tirar todo el material a la basura y empezar la película otra vez desde el principio. Por cuarta vez, ese bocazas ha visto a las claras que sin mí es un cero a la izquierda. Sin embargo, en Los Angeles intenta dármela con queso. Hago reescribir el contrato punto por punto, hasta que por fin, a medianoche, Herzog da su brazo a torcer y sale a toda pastilla de la oficina del abogado en Beverly Hills, dejándome el contrato firmado en blanco.
Minhoi y Nanhoi están en Marin County. Voy al encuentro de mi babyboy para abrazarle y besarle de nuevo antes de irme a Sudamérica y pasar tanto tiempo lejos de él.
Nanhoi se empeña en que le prometa dejar de fumar para siempre. Se lo prometo.
Los cinco meses en la selva de Perú son muy parecidos a los de hace diez años, cuando rodamos Aguirre. De nuevo son la total imprudencia, ineptitud, incapacidad, arrogancia y falta de escrúpulos de Herzog las que ponen en juego una y otra vez nuestra vida y amenazan con echar a rodar definitivamente el rodaje y provocar un desastre financiero. De nuevo alimenta a la compañía con una bazofia incomible que hace cocinar con manteca de cerdo. De nuevo falta lo más imprescindible para que los miembros del equipo conserven las fuerzas y estén a salvo de enfermedades y contagios peligrosos. De nuevo falta frutas, verduras y sobre todo agua potable. Soy el único que tiene especificada en el contrato una ración diaria de agua mineral, papaya y limones.
Y soy el único que, a ser posible, evita tragarse esa comida de cerdos; en cuanto tengo ocasión, me aso en una hoguera pescados del río, aves silvestres o un pato salvaje.
En cuanto Herzog huele el asado, se pega a mí como un moscardón y quiere zampárselo todo. Por mucho que le insulte y le injurie e incluso le amenace, en cuanto quiere algo de mí, vuelve a aparecer, como la malaria, como el pestazo que un montón de mierda desprende sin cesar.
Enumerar y describir con detalles todas las vejaciones y malos tragos que nos hizo pasar en la selva -el cretinismo total de Herzog, su desvergüenza, su desfachatez, su brutalidad, su estupidez, su megalomanía y su falta de talento-, así como las consecuencias de todo ello, resultaría verdaderamente vomitivo, y sería una imperdonable pérdida de tiempo y energías. Es el mismo montón de basura podrida de diez años atrás, aunque aún más imbécil, descerebrado, paralítico y criminal.
Día y noche lleva consigo un dietario de un estuche de cuero sujeto al cinturón, en el que anota sus observaciones mentirosas y fanfarronas sobre el rodaje. Además, ha contratado a un tipo que se hace llamar documentalista, Les Blank, que no piensa en otra cosa que en jalar y que tiene la misión de filmar un documental sobre Herzog. Ese tragaldabas es tan holgazán que se pasa el día durmiendo y se lo pierde todo.
Si alguna vez, por casualidad, aparece en el momento y lugar adecuados, tarda tanto tiempo en sujetar la cámara al trípode que cuando empieza a filmar ya no hay nada interesante. Nunca filma a mano alzada. Seguro que movería la imagen, pero el motivo principal sin duda es la propia cámara, que le resulta demasiado pesada e incómoda.
De nuevo Herzog y su cámara pasan semanas enteras sin lavarse. De nuevo la ropa se le queda rígida de tanta porquería. No es tierra, ni fango o lodo. ¡No: Porquería! Porquería suya: el sudor y la roña forman una masa untuosa que apesta como una bomba fétida incluso al aire libre. Ni siquiera cambian durante semanas, e incluso meses enteros, la fina pieza de cuero que se coloca sobre el borde de goma del objetivo, y que normalmente debe cambiarse diariamente por motivos higiénicos, hasta que llega a estar cubierta de una especie de moho gris negruzco y apesta de un modo tan insoportable que ya ni me acerco a la cámara. A eso se añaden una glotonería y una pereza francamente repugnantes; esos engendros duermen aún a las ocho o las nueve da la mañana, a pesar de que en la selva el día empieza a las tres de la madrugada, momento en que la luz más maravillosa y mágica revela la creación en su misteriosa fuerza y pureza.
Ante mis ojos, la selva se alza del seno de una niebla matinal de colores, de la misma manera que un cuerpo nace del vientre de la madre. Todo es nuevo, joven e inmaculado. Hasta ahora, ningún ser humano ha visto eso en la pantalla de un cine.
Hoy la niebla matinal es rosada, casi violeta. Me abro camino con el machete a través de la pared vegetal, hasta un lugar desde el que puedo ver, por encima del río, la escarpada orilla de enfrente, donde el pesado barco de trescientas cincuenta toneladas cuelga de un único cable de acero, como si se encaramase a las nubes rosadas y violáceas del cielo. Son las cuatro de la madrugada. Vuelvo corriendo al campamento a través de la selva y despierto a patadas a Herzog y su camarilla. Cuando Herzog ve con sus propios ojos lo que le he gritado en el oído, mueve por fin el culo y echa a correr a lo largo del río. Las cinco de la madrugada. En veinte minutos se deshará la niebla, y en la naturaleza nada se repite, nada es igual que la última vez. Conseguimos por los pelos filmar la toma que yo quería.
Y así sigue la cosa, día a día, durante cinco meses. Una y otra vez, tengo que negarme a seguir el horripilante texto que ha escrito Herzog y sus "instrucciones" de director aficionado. Tengo que forzarle a rodar cada una de las secuencias que deseo. Tengo que enseñar a ese imbécil de operador dónde tiene que colocar la cámara y decidir el objetivo y el enfoque. No "ensayo" ni una sola escena. Digo "¡acción!", y sólo lo hago una vez.
Ya estamos terminando la película. Unas pocas semanas más, y me libraré de ese insecto. La escena final la rodamos por anticipado en el barco, mientras navegamos por el Amazonas. Me hacen fumar un cigarro enorme. Estoy de pie en la cubierta del barco, cara al viento, que lanza contra mi cara y dentro de mis pulmones el humo negro que sale de la chimenea. Es el humo de los neumáticos que queman en la sala de máquinas, pues el barco, que se supone es de vapor, va impulsado en realidad por un motor Diesel. Cuando por fin está lista la secuencia, que filmamos con diferentes objetivos, tengo ganas de vomitar hasta la primera papilla. Me encuentro tan mal que estoy a punto de desmayarme. Y en eso se me acerca Herzog y me dice que quiere repetir la escena. ¡Ese perro sarnoso debe de haberse vuelto definitivamente loco! ¿"Quiere" que vuelva a pasar por el mismo infierno?! ¿¿¿¿y para qué???? ¡¡¡La escena ha salido perfecta, lo sé ¡!! ¡¡¡¡Y abasta!!!!
Le doy a Herzog una patada en la cara al estilo kung-fú, derribándolo. El fotógrafo quiere captar la escena, y le tiro una silla. El muy cobarde pone pies en polvorosa. A continuación, bajo al entrepuente para no tener que ver la estampa vomitiva de Herzog.
-¿Hacía falta que te pusieras así?- me pregunta esa calamidad ambulante después de bajar al entrepuente con el rabo entre las piernas.
-Ya veremos -le digo- Si quieres más palos, los tendrás.
-¿Estas dispuesto a seguir rodando?- lloriquea ese gusano.
-Pues claro, majadero -le digo- ¿Para qué te crees que estoy aquí?
Después de unas cuatro semanas de rodar con el tipo de Nueva York, incluso Herzog, con su cerebro de imbécil, se ha dado cuenta de que ya puede tirar todo el material a la basura y empezar la película otra vez desde el principio. Por cuarta vez, ese bocazas ha visto a las claras que sin mí es un cero a la izquierda. Sin embargo, en Los Angeles intenta dármela con queso. Hago reescribir el contrato punto por punto, hasta que por fin, a medianoche, Herzog da su brazo a torcer y sale a toda pastilla de la oficina del abogado en Beverly Hills, dejándome el contrato firmado en blanco.
Minhoi y Nanhoi están en Marin County. Voy al encuentro de mi babyboy para abrazarle y besarle de nuevo antes de irme a Sudamérica y pasar tanto tiempo lejos de él.
Nanhoi se empeña en que le prometa dejar de fumar para siempre. Se lo prometo.
Los cinco meses en la selva de Perú son muy parecidos a los de hace diez años, cuando rodamos Aguirre. De nuevo son la total imprudencia, ineptitud, incapacidad, arrogancia y falta de escrúpulos de Herzog las que ponen en juego una y otra vez nuestra vida y amenazan con echar a rodar definitivamente el rodaje y provocar un desastre financiero. De nuevo alimenta a la compañía con una bazofia incomible que hace cocinar con manteca de cerdo. De nuevo falta lo más imprescindible para que los miembros del equipo conserven las fuerzas y estén a salvo de enfermedades y contagios peligrosos. De nuevo falta frutas, verduras y sobre todo agua potable. Soy el único que tiene especificada en el contrato una ración diaria de agua mineral, papaya y limones.
Y soy el único que, a ser posible, evita tragarse esa comida de cerdos; en cuanto tengo ocasión, me aso en una hoguera pescados del río, aves silvestres o un pato salvaje.
En cuanto Herzog huele el asado, se pega a mí como un moscardón y quiere zampárselo todo. Por mucho que le insulte y le injurie e incluso le amenace, en cuanto quiere algo de mí, vuelve a aparecer, como la malaria, como el pestazo que un montón de mierda desprende sin cesar.
Enumerar y describir con detalles todas las vejaciones y malos tragos que nos hizo pasar en la selva -el cretinismo total de Herzog, su desvergüenza, su desfachatez, su brutalidad, su estupidez, su megalomanía y su falta de talento-, así como las consecuencias de todo ello, resultaría verdaderamente vomitivo, y sería una imperdonable pérdida de tiempo y energías. Es el mismo montón de basura podrida de diez años atrás, aunque aún más imbécil, descerebrado, paralítico y criminal.
Día y noche lleva consigo un dietario de un estuche de cuero sujeto al cinturón, en el que anota sus observaciones mentirosas y fanfarronas sobre el rodaje. Además, ha contratado a un tipo que se hace llamar documentalista, Les Blank, que no piensa en otra cosa que en jalar y que tiene la misión de filmar un documental sobre Herzog. Ese tragaldabas es tan holgazán que se pasa el día durmiendo y se lo pierde todo.
Si alguna vez, por casualidad, aparece en el momento y lugar adecuados, tarda tanto tiempo en sujetar la cámara al trípode que cuando empieza a filmar ya no hay nada interesante. Nunca filma a mano alzada. Seguro que movería la imagen, pero el motivo principal sin duda es la propia cámara, que le resulta demasiado pesada e incómoda.
De nuevo Herzog y su cámara pasan semanas enteras sin lavarse. De nuevo la ropa se le queda rígida de tanta porquería. No es tierra, ni fango o lodo. ¡No: Porquería! Porquería suya: el sudor y la roña forman una masa untuosa que apesta como una bomba fétida incluso al aire libre. Ni siquiera cambian durante semanas, e incluso meses enteros, la fina pieza de cuero que se coloca sobre el borde de goma del objetivo, y que normalmente debe cambiarse diariamente por motivos higiénicos, hasta que llega a estar cubierta de una especie de moho gris negruzco y apesta de un modo tan insoportable que ya ni me acerco a la cámara. A eso se añaden una glotonería y una pereza francamente repugnantes; esos engendros duermen aún a las ocho o las nueve da la mañana, a pesar de que en la selva el día empieza a las tres de la madrugada, momento en que la luz más maravillosa y mágica revela la creación en su misteriosa fuerza y pureza.
Ante mis ojos, la selva se alza del seno de una niebla matinal de colores, de la misma manera que un cuerpo nace del vientre de la madre. Todo es nuevo, joven e inmaculado. Hasta ahora, ningún ser humano ha visto eso en la pantalla de un cine.
Hoy la niebla matinal es rosada, casi violeta. Me abro camino con el machete a través de la pared vegetal, hasta un lugar desde el que puedo ver, por encima del río, la escarpada orilla de enfrente, donde el pesado barco de trescientas cincuenta toneladas cuelga de un único cable de acero, como si se encaramase a las nubes rosadas y violáceas del cielo. Son las cuatro de la madrugada. Vuelvo corriendo al campamento a través de la selva y despierto a patadas a Herzog y su camarilla. Cuando Herzog ve con sus propios ojos lo que le he gritado en el oído, mueve por fin el culo y echa a correr a lo largo del río. Las cinco de la madrugada. En veinte minutos se deshará la niebla, y en la naturaleza nada se repite, nada es igual que la última vez. Conseguimos por los pelos filmar la toma que yo quería.
Y así sigue la cosa, día a día, durante cinco meses. Una y otra vez, tengo que negarme a seguir el horripilante texto que ha escrito Herzog y sus "instrucciones" de director aficionado. Tengo que forzarle a rodar cada una de las secuencias que deseo. Tengo que enseñar a ese imbécil de operador dónde tiene que colocar la cámara y decidir el objetivo y el enfoque. No "ensayo" ni una sola escena. Digo "¡acción!", y sólo lo hago una vez.
Ya estamos terminando la película. Unas pocas semanas más, y me libraré de ese insecto. La escena final la rodamos por anticipado en el barco, mientras navegamos por el Amazonas. Me hacen fumar un cigarro enorme. Estoy de pie en la cubierta del barco, cara al viento, que lanza contra mi cara y dentro de mis pulmones el humo negro que sale de la chimenea. Es el humo de los neumáticos que queman en la sala de máquinas, pues el barco, que se supone es de vapor, va impulsado en realidad por un motor Diesel. Cuando por fin está lista la secuencia, que filmamos con diferentes objetivos, tengo ganas de vomitar hasta la primera papilla. Me encuentro tan mal que estoy a punto de desmayarme. Y en eso se me acerca Herzog y me dice que quiere repetir la escena. ¡Ese perro sarnoso debe de haberse vuelto definitivamente loco! ¿"Quiere" que vuelva a pasar por el mismo infierno?! ¿¿¿¿y para qué???? ¡¡¡La escena ha salido perfecta, lo sé ¡!! ¡¡¡¡Y abasta!!!!
Le doy a Herzog una patada en la cara al estilo kung-fú, derribándolo. El fotógrafo quiere captar la escena, y le tiro una silla. El muy cobarde pone pies en polvorosa. A continuación, bajo al entrepuente para no tener que ver la estampa vomitiva de Herzog.
-¿Hacía falta que te pusieras así?- me pregunta esa calamidad ambulante después de bajar al entrepuente con el rabo entre las piernas.
-Ya veremos -le digo- Si quieres más palos, los tendrás.
-¿Estas dispuesto a seguir rodando?- lloriquea ese gusano.
-Pues claro, majadero -le digo- ¿Para qué te crees que estoy aquí?
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klaus kinski
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Jack Kerouac: El viajero solitario (fragmento) |
UNAS POCAS SEMANAS MÁS TARDE, fui a ver mi primera corrida
de toros, que confieso era una novillada, y no el espectáculo que se suele dar
en el invierno, que se supone tan artístico. El interior es una redonda cuenca,
con un redondel de tierra al que le pasan un rastrillo expertos y amantes
rastrilladores, como el hombre que rastrilla la segunda base en el Yankee
Stadium, sólo que éste es el Estadio de Muerde el Polvo. Cuando yo me senté, el
toro acababa de salir y la orquesta se sentaba de nuevo. Unos trajes finos y
bordados ceñían a unos muchachos situados detrás de una barrera. Se mantenían
solemnes, mientras un toro hermoso, negro, y brillante, salió de un rincón que
yo no había visto, donde aparentemente mugía en demanda de piedad, con negras
narices, grandes ojos blancos y cuernos extendidos, pecho ancho y vientre
enjuto, patas finas y poderosas que se hundían en la tierra, sosteniendo un
peso de locomotora. Algunos reían, y el toro corría mostrando el juego de sus
músculos en su piel perfecta. Salió el matador, invitando al toro, que le
embistió; el matador hizo un lance de capa, dejó que los cuernos pasase a un
pie o dos de su ingle, dio un quite al toro y se alejó como un noble,
quedándose de espaldas al perfecto y mudo toro, que no embestía como en Sangre
y arena, y lanzó al torero por el aire. Entonces comenzó el espectáculo. Salió
el viejo caballo pirata con un parche en el ojo, montado por el CABALLERO
picador que lleva una lanza, para asestar unas cuantas puñaladas en la
espaldilla del toro, que responde tratando de voltear al caballo, pero el
caballo está acorazado (gracias a Dios); es una escena de locura histórica,
excepto cuando, de repente, uno se da cuenta de que el picador ha producido al
toro una sangría interminable. La confusión del pobre toro en insensato vértigo
la continúa el bravo hombrecito con las piernas torcidas, que lleva dos
banderillas adornadas de cintas, y se acerca directamente al toro, y el toro
hacía él; pero no hay choque, pues el banderillero ha clavado su banderilla y
huido en un periquete. ¿Es que el toro es difícil de evitar? Bastante, pero las
banderillas hacen sangrar al toro como el Cristo de Marlowe en el cielo. Sale
un viejo matador y prueba al toro con varios lances de capa, luego vienen
nuevas banderillas, que brillan en los sangrientos costados del toro que
resopla y padece, y todo el mundo se alegra. Y entonces la embestida del toro
es vacilante, y por ello el matador serio sale a matar; mientras toca la
orquesta, se produce un silencio semejante a una nube que ocultase el sol y se
siente el ruido de la botella de un borracho que se estrella a una milla de
distancia en la comarca española, verde, aromática y cruel -los niños dejan de
comer sus tortas-, el toro permanece al sol, baja la cabeza, jadeante, con los
costados realmente azotando sus costillas y los brazuelos aseteados como San
Sebastián. El matador joven, cauteloso, lo bastante bravo por derecho propio,
se acerca, maldice, y el toro se vuelve y embiste vacilante la capa roja, se
embala, chorreando sangre por todas partes, y el torero se limita a hacerlo
pasar por un imaginario aro, y gira de puntillas, patituerto. ¡Ah, Dios mío, yo
no querría ver su ceñido vientre desgarrado por cuerno alguno! El torero hace
ondear la capa nuevamente hacía el toro que permanece en pie como pensando
"¿por qué no puedo volver a casa?" y el matador se aproxima y
entonces el animal junta las cansadas patas, disponiéndose a correr, pero una
de ellas resbala, levantando una nube de polvo. Más el toro baja la cabeza y se
queda parado, descansando. El matador saca la espada y llama al toro humilde,
de ojos vidriados. El toro alza las orejas, pero no se mueve. El cuerpo del
matador se pone rígido como el madero que tiembla bajo la presión de muchos
pies: en sus medias se marca un músculo. El toro avanza débilmente
tres pies, y gira en medio del polvo, y el matador arqueando
la espalda frente a él, como el hombre que se inclina sobre una estufa caliente
para alcanzar algo que hay en otra parte, hunde su espada entre las espaldillas
del toro . El matador se aparta a un lado, el toro al otro, con la espada
clavada hasta el mango, vacila, comienza a correr, alza la mirada hacía el
cielo con humana sorpresa y luego -¡eso hay que verlo!- lanza por la boca diez
galones de sangre que salpican en torno suyo, y cae de rodillas, ahogándose con
su propia sangre; escupe, dobla el cuello y de repente cae al suelo como una
muñeca blanda: Aún no está muerto y un idiota más sale y le hiere con un puñal
en el nervio del cuello y el toro hunde la boca en la arena y masca la sangre
derramada. ¡Sus ojos! ¡Oh, sus ojos! Unos idiotas ríen porque la espada hizo
aquello, cuando no debía. Una pareja de caballos histéricos salen con una cadena
para arrastrar al toro, pero a la mitad la cadena se rompe y el toro se desliza
en la arena como una mosca muerta, lanzada inconscientemente de una patada.
¡Afuera! El toro desaparece y lo último que se ve son sus ojos blancos y muy
abiertos. ¡Otro toro! Primero unos mozos quitan con unas palas la arena
manchada de sangre y se la llevan en una carretilla. El rastrillador vuelve con
su rastrilla. "Olé!", las muchachas arrojan flores al asesino del
animal, que lleva los calzones bordados. Y veo cómo muere todo el mundo, sin
que a nadie le importe, y siento lo terrible que es vivir, sólo para morir como
un toro dentro de una vociferante arena humana…
¡Jai Alai, México, Jai Alai!
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jack kerouac
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A pesar de Don Francisco seguimos existiendo |
El espíritu invadido por maravillosos ensueños se arrastra miserable por este país sin nombre donde la realidad dulcificada ahoga nuestro destino; debido a esto la mayoría de las personas se equivocan al ir a las farmacias con el propósito de satisfacer sus bajos instintos; en contraposición al zapatero, que casi nunca soslaya lo impredecible, como por ejemplo en los hospitales, en donde la mercadería se exhibe fresca y al instante. Una gangrena verde verdaderamente exquisita, dos ojos de Miss Simpatía suspendidos y tumefactos, una liendre de cocodrilo y veinticuatro minutos de sesenta horas, porque es evidente que "la sucesión de instantes que lucubra un elefante en su relación intemporal con la Carretera Austral, es la que nos lleva a desencontrarnos con nosotros mismos"; dijo la ardilla y se sonrió.
Como dijo aquel poeta de Lanús: "La poesía se prostituye en nuestros bares como una vulgar mujercita de piel de jade y caderas elásticas", los poetas están extraviados en el exilio de su sombra, el deseo de fama es la fiera devoradora del talento. Muchas becas para ganar, muchas chicas para follar. Seres locos, maniáticos, feéricos, insoportables, seres originales y depresivos. Caminamos mucho para ir a ninguna parte ¿Cómo encontrar a Luzbel y establecer un pacto de caballeros? El pasado es una extensa sombra en el desierto del presente, somos perseguidos por nuestra propia sonrisa, los negros presagios navegan a plenitud por el mar de nuestras cobijas, los puertos se encuentran vacíos, el agua se despide del mar y Alex-Olivier Oexmelin danza frenético en la bahía.
Un fluir de perros en la noche, una lontananza de intolerancia cero, todo irreal, todo payasesco e irremediablemente neutro. La primera vez que observé esta situación, me encontraba saboreando esas herramientas que utiliza una dama para embellecer su menopausia, mujer que en el esplendor de su vida, rehace su historia vital para imprevistamente encontrarse ante la tumba de su nieto ¡Escucha Cachivache! Y es en ese instante en que se percata que ya nunca más lo verá corriendo con la camiseta número 5 del Club Bories. Y la muerte rondando como la abyecta mosca a la flor, en este jardín inmenso de estupidez y desamparo. El futuro, si existe, está más allá de las estrellas, y nosotros acá, perdiendo el último tren a Guillón.
¿Quién habla hoy día de la gran poeta chilena Mónica Arnedillo? ¿Cuál es la antología de nuestros diletantes antologadores siempre antologados, en la que se menciona a esta grande entre las grandes? Aquella que en 1951, en un alarde de profecía hermética escribía estos versos: "Tu amor se convirtió/en un gol de Colo Colo/Lleno de amaneceres/entre filtros de sol/apasionado/nos amamos…/Y haciendo footing/navegamos entre nubes/dejando a Picasso/que cantaba rock/en un estadio azul/lleno de adiós.".
En estos momentos la semilla del insomnio ha penetrado en nuestros ojos, la brisa trae quejidos de algún barco pirata, los arrecifes son tan inciertos como los exámenes de orina; ya nada importa, ser médico, maleante, ministro o carnicero es la misma agonía. Los ciegos despiertan a la luz y gorriones celestes se posan al borde del sol, pero también es cierto que muchas veces la mierda que utilizamos en mampostería, no es necesariamente sinónimo de caca, pero ¿Cómo verificarlo? De ninguna manera podemos caer en la declaración del jovencito aquel: "Yo no intenté matar a Su Excelencia Sr. Delincuente; sucede que andaba cazando chacales y él, ¡Maravillosamente! se interpuso frente al punto de mira, después Ud. sabe, se vendó la mano mientras Lucía se desabrochaba la bata. ¿Desean crucificarme? Bueno está bien… pero antes quiero escuchar una vez más a Ginette Acevedo cantando "Que bonita es mi Tierra". Dudamos tanto… la duda corroe el alma y se enquista en el omóplato, al lado de luciérnagas amarillas, doradas, efímeras ¿Cómo creer en la higiene que ofrece una prostituta o un candidato en campaña? Las ladillas indican que el amor puede picar en cualquier parte, en el pubis o en la tribuna. El día es la noche disimulada, animales flotantes bailan en el cielo, somos; ¡Los eternos Practicantes! El amor es el odio ataviado con la máscara del incauto; pero a pesar de todo, a pesar de nosotros mismo, lideramos nuestras formas y avanzamos firmemente hacía el horizonte encadenado al ritmo frenético del tiempo, de este tiempo maniatado por sus cuatro costados, y exclamamos cual Mahoma en uno de sus hadices "La intención vale más que la acción".
¿Qué recuerdo tenemos hoy de Kart von Rokitansky, dulce y tímido médico alemán que realizó más de 30.000 autopsias, y que fue dueño absoluto de todos los cadáveres? ¡Oh alemancito simpático y bonachón! Desde Natales mi recuerdo y una sonrisa irónica a tu excelsa labor.
Seguramente astutos lectores, habrán observado la lucidez que emanan estos escritos, comparados con los discursos del Presidente, pero no, no hay tal; ya no es el tiempo de Sófocles ni de Virgilio, los magos ya no sacan conejos de sus galeras y ya solo nos queda la certeza del Halley. Como dijo el zorro cuando lo pillaron robando aparatos de TV. "Yo solamente quería pensar".
No es que las líneas onomatopéyicas del lenguaje se encuentren obturadas, no; lo que sucede es, que la actitud que ha adoptado el señor Margoni da como para pensar en aquellos caballos que otrora hacían las delicias del indio patagónico, y era, en aquellos vastos territorios en donde galopaba tan velozmente nuestro Embajador en Argentina, y en este mismo instante dejo planteado el siguiente interrogante: ¿Será verdaderamente más perjudicial las hojas que caen en otoño que aquel Ministro de Hacienda que gime por sus compañeros desaparecidos? ¿O será más importante la libertad que se mueve en los rincones que el libertinaje en la casa de Oyarzo?.
Seguramente esto a más de alguno le puede llegar a resultar extraño, pero no es así, ya que el cuchillo del cacahuate de ninguna manera es tan detonante como una muerte en Palermo; por ejemplo. Es muy posible que el Director de la Orquesta Filarmónica piense lo contrario, en fin… Hegel ya está muerto y yo me emborracho en las esquinas con mis amigos, los mendigos.
Para situarnos en el resbaladizo tiempo, diremos que a pesar de Don Francisco seguimos existiendo, continuaremos chupando de este hueso, aunque sea a mordiscones, realizaremos el total del viaje.
Como dijo aquel poeta de Lanús: "La poesía se prostituye en nuestros bares como una vulgar mujercita de piel de jade y caderas elásticas", los poetas están extraviados en el exilio de su sombra, el deseo de fama es la fiera devoradora del talento. Muchas becas para ganar, muchas chicas para follar. Seres locos, maniáticos, feéricos, insoportables, seres originales y depresivos. Caminamos mucho para ir a ninguna parte ¿Cómo encontrar a Luzbel y establecer un pacto de caballeros? El pasado es una extensa sombra en el desierto del presente, somos perseguidos por nuestra propia sonrisa, los negros presagios navegan a plenitud por el mar de nuestras cobijas, los puertos se encuentran vacíos, el agua se despide del mar y Alex-Olivier Oexmelin danza frenético en la bahía.
Un fluir de perros en la noche, una lontananza de intolerancia cero, todo irreal, todo payasesco e irremediablemente neutro. La primera vez que observé esta situación, me encontraba saboreando esas herramientas que utiliza una dama para embellecer su menopausia, mujer que en el esplendor de su vida, rehace su historia vital para imprevistamente encontrarse ante la tumba de su nieto ¡Escucha Cachivache! Y es en ese instante en que se percata que ya nunca más lo verá corriendo con la camiseta número 5 del Club Bories. Y la muerte rondando como la abyecta mosca a la flor, en este jardín inmenso de estupidez y desamparo. El futuro, si existe, está más allá de las estrellas, y nosotros acá, perdiendo el último tren a Guillón.
¿Quién habla hoy día de la gran poeta chilena Mónica Arnedillo? ¿Cuál es la antología de nuestros diletantes antologadores siempre antologados, en la que se menciona a esta grande entre las grandes? Aquella que en 1951, en un alarde de profecía hermética escribía estos versos: "Tu amor se convirtió/en un gol de Colo Colo/Lleno de amaneceres/entre filtros de sol/apasionado/nos amamos…/Y haciendo footing/navegamos entre nubes/dejando a Picasso/que cantaba rock/en un estadio azul/lleno de adiós.".
En estos momentos la semilla del insomnio ha penetrado en nuestros ojos, la brisa trae quejidos de algún barco pirata, los arrecifes son tan inciertos como los exámenes de orina; ya nada importa, ser médico, maleante, ministro o carnicero es la misma agonía. Los ciegos despiertan a la luz y gorriones celestes se posan al borde del sol, pero también es cierto que muchas veces la mierda que utilizamos en mampostería, no es necesariamente sinónimo de caca, pero ¿Cómo verificarlo? De ninguna manera podemos caer en la declaración del jovencito aquel: "Yo no intenté matar a Su Excelencia Sr. Delincuente; sucede que andaba cazando chacales y él, ¡Maravillosamente! se interpuso frente al punto de mira, después Ud. sabe, se vendó la mano mientras Lucía se desabrochaba la bata. ¿Desean crucificarme? Bueno está bien… pero antes quiero escuchar una vez más a Ginette Acevedo cantando "Que bonita es mi Tierra". Dudamos tanto… la duda corroe el alma y se enquista en el omóplato, al lado de luciérnagas amarillas, doradas, efímeras ¿Cómo creer en la higiene que ofrece una prostituta o un candidato en campaña? Las ladillas indican que el amor puede picar en cualquier parte, en el pubis o en la tribuna. El día es la noche disimulada, animales flotantes bailan en el cielo, somos; ¡Los eternos Practicantes! El amor es el odio ataviado con la máscara del incauto; pero a pesar de todo, a pesar de nosotros mismo, lideramos nuestras formas y avanzamos firmemente hacía el horizonte encadenado al ritmo frenético del tiempo, de este tiempo maniatado por sus cuatro costados, y exclamamos cual Mahoma en uno de sus hadices "La intención vale más que la acción".
¿Qué recuerdo tenemos hoy de Kart von Rokitansky, dulce y tímido médico alemán que realizó más de 30.000 autopsias, y que fue dueño absoluto de todos los cadáveres? ¡Oh alemancito simpático y bonachón! Desde Natales mi recuerdo y una sonrisa irónica a tu excelsa labor.
Seguramente astutos lectores, habrán observado la lucidez que emanan estos escritos, comparados con los discursos del Presidente, pero no, no hay tal; ya no es el tiempo de Sófocles ni de Virgilio, los magos ya no sacan conejos de sus galeras y ya solo nos queda la certeza del Halley. Como dijo el zorro cuando lo pillaron robando aparatos de TV. "Yo solamente quería pensar".
No es que las líneas onomatopéyicas del lenguaje se encuentren obturadas, no; lo que sucede es, que la actitud que ha adoptado el señor Margoni da como para pensar en aquellos caballos que otrora hacían las delicias del indio patagónico, y era, en aquellos vastos territorios en donde galopaba tan velozmente nuestro Embajador en Argentina, y en este mismo instante dejo planteado el siguiente interrogante: ¿Será verdaderamente más perjudicial las hojas que caen en otoño que aquel Ministro de Hacienda que gime por sus compañeros desaparecidos? ¿O será más importante la libertad que se mueve en los rincones que el libertinaje en la casa de Oyarzo?.
Seguramente esto a más de alguno le puede llegar a resultar extraño, pero no es así, ya que el cuchillo del cacahuate de ninguna manera es tan detonante como una muerte en Palermo; por ejemplo. Es muy posible que el Director de la Orquesta Filarmónica piense lo contrario, en fin… Hegel ya está muerto y yo me emborracho en las esquinas con mis amigos, los mendigos.
Para situarnos en el resbaladizo tiempo, diremos que a pesar de Don Francisco seguimos existiendo, continuaremos chupando de este hueso, aunque sea a mordiscones, realizaremos el total del viaje.
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Max Aub: Hablaba y hablaba... |
Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.
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max aub
| [+/-] |
Lawrence Ferlinghetti |
POEMA XI
El mundo es un hermoso lugar
para nacer
si a Ud. no le importa que la felicidad
no siempre sea
tanta diversión
si a Ud. no le importa un golpe infernal
de vez en cuando
justamente cuando todo está bien
porque aun en el paraíso
no se canta
todo el tiempo
El mundo es un hermoso lugar
para nacer
si a Ud. no le importa
que gente muera
todo el tiempo
o que sólo desfallezca
parte del tiempo
lo que no es tan temible
si a Ud. no le pasa
Oh el mundo es un lugar hermoso
para nacer
si a Ud. no le importan
unas pocas mentiras paralíticas
en las posiciones más altas
o una bomba o dos
de vez en cuando
sobre su cara mirando arriba
o algunas otras inconveniencias
que nuestra sociedad de Marca Nueva
es víctima
con sus hombres de distinción
y sus hombres de extinción
y sus curas
y otros patrulleros
y sus varias segregaciones
y sus investigaciones en el Congreso
y otras constipaciones
que nuestra carne loca
hereda
Si, el mundo es el mejor de los lugares
para un montón de cosas
hacer la escena divertida
y hacer la escena del amor
y hacer la escena triste
y cantar canciones bajas y tener inspiraciones
y pasear
mirándolo todo
oliendo flores
y derribando estatuas
y hasta pensando
y hacer la escena del amor
y hacer la escena triste
y cantar canciones bajas y tener inspiraciones
y pasear
mirándolo todo
oliendo flores
y derribando estatuas
y hasta pensando
y besando gente y
haciendo niños y calzando pantalones
y ondeando sombreros
y bailando
y nadando en ríos
en picnics
en medio del verano
y generalmente "seguir viviendo"
en medio del verano
y generalmente "seguir viviendo"
Si
pero justo en medio de todo esto
viene el sonriente
funebrero
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lawrence ferlinghetti
| [+/-] |
Luis Sepúlveda: Lugares comunes |

Son la maldición del idioma desde su cómoda posición de eufemismos para disimular ignorancias mayúsculas. Me explico: hace un par de días seguía con atención un programa de radio, en él, un conocido y brillante periodista consultaba a un colega que informaba "in situ" de los preparativos de la boda real. En un momento, el comunicador consultado, se refirió a la ausencia de facilidades para los minusválidos que tienen muchas aceras de Madrid, y para ocultar su ignorancia de normativas españolas y europeas que exigen tales facilidades, ergo leyes que deben ser cumplidas, prefirió referirse a esas aceras con un "vamos, tercermundistas". Es así que, desgraciadamente, una forma de nombrar a los países en vías de desarrollo, o de desarrollo frenados por la gula de los países más ricos, se ha transformado en un lugar común para referirse a lo feo, sucio, roto, grotesco u ofensivo para los recién incorporados a la riqueza.
Hace algunos años, un poeta al que admiré durante años publicó una antología de su obra, y cuando un lector le preguntó por qué faltaban algunos poemas de su etapa anti franquista, respondió que los había desechado por ser "vamos, tercermundistas". Ningún habitante de Haití, Liberia o Mozambique tuvo la culpa de que sus poemas fueran malos, feos, sucios, rotos, grotescos para las leyes de la poesía.
Cuando un terrorista palestino, "vamos tercermundista", comete un atentado a todas luces censurable, y asesina a varios civiles de Israel, país del primer mundo, su acción va seguida del atroz lugar común de "la enérgica condena", pero si un Estado terrorista como Israel asesina preventiva y selectivamente a una docena de niños o ancianos palestinos, "vamos, tercermundistas", se escucha el perverso lugar común de la "honda preocupación".
Pero el tercer mundo tampoco está salvo de los lugares comunes. En octubre del año pasado estuve en una conferencia sobre medio ambiente en la que participaban delegados de varis países hispanohablantes. De pronto, un delegado español se refirió al lugar común de "la punta del izeber", y sus palabras enmudecieron a los traductores simultáneos a varios idiomas. Obviamente se refería a la punta del témpano, o del "iceberg" cuya pronunciación suena más o menos así; "aeisberg". Un delegado uruguayo aclaró el mal entendido desde la comodidad de otro lugar común: "vamos, una españolada". Amo España y por eso sufro cuando voy al cine en compañía de otros latinoamericanos y debemos tragar además de los pésimos doblajes, "vamos, la españolada por excelencia", la deplorable pronunciación de los nombres ingleses; no hay guión que resista personajes que se llamen "Guilian" o "Qevin".
Conozco muchos países "vamos, tercermundistas", y puedo asegurar que sus culturas sociales no permiten abandonar a un abuelo a su suerte, en un miserable campo de concentración ajardinado, y atados a sus camas para que no estorben a la hora de la tele basura. Por el contrario, suelen morir en sus casas pobres, pero rodeados del amor de sus parientes pues los, "vamos, tercermundistas", valoran la útil experiencia de los ancianos.
Es curioso, pero los "vamos, tercermundistas" de lengua española nombran las cosas con una singular riqueza de sustantivos y suelen ser certeros y justos con los adjetivos. No se puede, por desgracia, decir lo mismo de los hispanohablantes primermundistas que, por ejemplo, para describir un bello paseo primaveral aspirando el perfume de mil almendros florecidos, prefieren decir "majo, ¿he? Los árboles y tal y cual".
Sería muy sano que los comunicadores abandonaran la pereza de los lugares comunes e indagaran sobre el significado de las palabras que usan. No hace daño hacerse con el patrimonio personal de un vocabulario bien elegido, sobre todo en una época tan cervantina como la que vivimos.
La lapidación de una mujer acusada de adulterio en un país "vamos, tercermundista" es un crimen que escandaliza las buenas conciencias del primer mundo, pero los asesinatos con complicidad del poder de miles de españolas se cubre bajo el lugar común de "violencia de género". Lo dicho; los lugares comunes son una maldición.
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luis sepúlveda
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GENERACIÓN KARAOKE |
Por Sparky
Desde hace días me encuentro oculto en un lugar indeterminado de la costa central de Chile. Huí de las frigoríficas paredes del depósito de cadáveres. Necesitaba un poco de sol (aunque no sea más un blanco sol de invierno), un poco de viento fresco, un poco de salina locura en el rostro para sentirme vivo otra vez. La muerte -tanta muerte que requiere autopsia- te vuelve pálido, ojeroso e inmisericorde. Te reseca la muerte y tienes que humectar no sólo la piel, sino también esa médula intangible que corona el pensamiento, para algunos llamada espíritu, para otros ánima o alma. En mi huida tomé algunos libros, en general, pretenciosas obras de "poetas" de los noventa, bautizada como "generación de los náufragos" por Javier Bello (retórico emplumado), pero que yo llamaría, de manera más certera, "generación karaoke", dada su tendencia a cantar sobre estructuras, lenguajes y estéticas ya consolidados como hits.
A la luz de un sol pálido, pero sol al fin y al cabo, leo y releo los libros, saciando mi insana hambre por la basura literaria, lo que me llena de un vigor inusitado, vigor que adopta, incluso, ciertos matices sociológicos. Entonces pienso que en Chile hubo poetas de verdad hasta la época blanco y negro de Pinochet y las ratas descerebradas que lo secundaban, gente mediocre, aficionada a la sangre, la electricidad, las vedettes españolas y las empresas públicas. Por poetas de verdad me refiero a creadores con estilo propio, quizá no destinados a convertirse en clásicos, pero que supieron digerir medianamente bien el flujo de sus influencias (Rodrigo Lira, Juan Luis Martínez, Diego Maquieira y Raúl Zurita, en orden descendente). Estos poetas convivieron con los eternos entusiastas de las letras, en este caso un maremágnum de escribas dolientes, personajes sensibles y sin talento que confundieron la poesía con un documento de denuncia social, salivando en exceso con palabras como: tortura, libertad, electrodos, esperanza y justicia, olvidando que la literatura es, en primer lugar, una disciplina estética y sólo a veces, siempre de manera tangencial, un arma para el combate social.
Terminado el show de los casacas grises, las nuevas camadas de escritores sin talento, símiles de aquellos que en los ochenta escribían los llamados poemas panfletarios (muchos de los cuales son ahora funcionarios de gobierno), no tuvieron la facilidad de la generación anterior: la formateada lucha por la libertad. Así, estos escribientes o manufacturadores de versos, sin la capacidad de construir una poesía a la altura de nuestros más importantes creadores, considerados como excepciones en la historia literaria nacional; renegando, además, de la posvanguardia de los ochenta (con Rodrigo Lira como principal blanco) y desconectados, por ende, de la retroalimentación generacional, optaron por comenzar todo de nuevo, pero no como hicieron las vanguardias, es decir, negando orgullosamente toda la literatura pasada para inaugurar una nueva poética, sino retomando el camino de la poesía menor chilena (aquello que Eustaquio Monk llama "Primera B"). De esta forma, poetas como Julio Barrenechea, Teofilo Cid, Gonzalo Millán e incluso el soporífero Miguel Arteche, pasan a ser modelos de composición. Y digo modelos, porque si hay una característica en común en los poetas de los noventa, la generación que aprende a escribir, es su exhaustivo afán por dominar la estructura del verso, como si ésta fuese una panacea, aún corriendo el riesgo de transformarse en meros formalistas, academicistas o trasnochados cantores de karaoke.
Aprender a escribir, otra vez, la poesía chilena, parece ser la consigna de estos autores, todos menores, que siguen a escritores menores, quizá con la excepción de Lihn, racionalizador de perversiones; de Tellier, maquinista de trenes a fogueo; y de Parra, que aún hace estallar sus chistes y sentencias en nuestro inconsciente. Entre ellos no hay grandes voces ni estilos absolutamente propios, quizá susurros medianamente claros, aunque sazonados con bastantes plagios y/o saqueos mal digeridos a Bukowski y otros escritores de lengua inglesa, como Larkin, Ashbery, el eterno Pound ("il miglior fabbro") y los poemas de Carver, así como a diversos poetas latinoamericanos. Con este práctico método, tradicionalista y conservador (aunque sin el genio de Eliot), a falta de una poética, a lo más han logrado facturar uno que otro poema digno, generalmente orientado a capturar la bolsa de algún concurso literario, donde sus propios pares las ofician de jurados o "evaluadores", como reza la jerga actual, más de mercado, más de negocio.
Como ejemplos de esta apreciación, nacida bajo un sol blanco y estridentes chillidos de gaviotas picoteando basura (lo mismo que yo), se puede mencionar a diversos chicos y chicas karaoke, como David Preiss y su poesía de estilizada siutiquería; a Sergio Parra, un clon bukowskiano; a Leonardo Sanhueza, desaliñado híbrido a medio camino entre Tellier y Rosamel del Valle; a Andrónico Higuera, romántico en el sentido más peyorativo de la palabra; a Rafael Rubio, versificador de rígidas rimas ridículas; a Armando Roa Vial, regular traductor y menos que regular poeta; a Matías Ayala, hijito de papá que relata sus viajes a la playa; a Cristóbal Joannon, que da rodeos sin apuntar jamás al blanco; a Damsi Figueroa, una de las tantas Alejandras Pizarniks que pululan por la tierra en flor; a Gustavo Barrera, apitutado de nacimiento que escribe acerca de la tv y logra poemas aún peores que los programas de trasnoche; a Germán Carrasco, que fabrica sus poemas con astucia de microempresario traductor; etc. ¿Cuántos de ellos pasaron por la Fundición Neruda? No lo sé, pero creo que demasiados. En esa factoría, amados y concupiscentes lectores, Floridor Pérez y Jaime Quezada, fósiles de calado menor, ocupan siempre el mismo molde -cada vez con más vodka y menos tinto- para formar a incautos jóvenes en el arte de la poesía. ¿Son ellos poetas de verdad? Da lo mismo, son oficialistas buena onda y eso basta.
Hay bastantes libros de poesía de los noventa, todos ellos muy bien editados, muy planchaditos, muy peinaditos, pero no todavía (y quizá nunca) una obra karaoke de peso. Habrá que esperar, entonces, hasta que aparezca una voz realmente original, un gurú que abra puertas y a quien podamos, esta vez, copiar. Porque Parra, Lihn y Tellier ya no dan más jugo.
Publicado en Esperpentia, una Página que debe ser visitada.
Desde hace días me encuentro oculto en un lugar indeterminado de la costa central de Chile. Huí de las frigoríficas paredes del depósito de cadáveres. Necesitaba un poco de sol (aunque no sea más un blanco sol de invierno), un poco de viento fresco, un poco de salina locura en el rostro para sentirme vivo otra vez. La muerte -tanta muerte que requiere autopsia- te vuelve pálido, ojeroso e inmisericorde. Te reseca la muerte y tienes que humectar no sólo la piel, sino también esa médula intangible que corona el pensamiento, para algunos llamada espíritu, para otros ánima o alma. En mi huida tomé algunos libros, en general, pretenciosas obras de "poetas" de los noventa, bautizada como "generación de los náufragos" por Javier Bello (retórico emplumado), pero que yo llamaría, de manera más certera, "generación karaoke", dada su tendencia a cantar sobre estructuras, lenguajes y estéticas ya consolidados como hits.
A la luz de un sol pálido, pero sol al fin y al cabo, leo y releo los libros, saciando mi insana hambre por la basura literaria, lo que me llena de un vigor inusitado, vigor que adopta, incluso, ciertos matices sociológicos. Entonces pienso que en Chile hubo poetas de verdad hasta la época blanco y negro de Pinochet y las ratas descerebradas que lo secundaban, gente mediocre, aficionada a la sangre, la electricidad, las vedettes españolas y las empresas públicas. Por poetas de verdad me refiero a creadores con estilo propio, quizá no destinados a convertirse en clásicos, pero que supieron digerir medianamente bien el flujo de sus influencias (Rodrigo Lira, Juan Luis Martínez, Diego Maquieira y Raúl Zurita, en orden descendente). Estos poetas convivieron con los eternos entusiastas de las letras, en este caso un maremágnum de escribas dolientes, personajes sensibles y sin talento que confundieron la poesía con un documento de denuncia social, salivando en exceso con palabras como: tortura, libertad, electrodos, esperanza y justicia, olvidando que la literatura es, en primer lugar, una disciplina estética y sólo a veces, siempre de manera tangencial, un arma para el combate social.
Terminado el show de los casacas grises, las nuevas camadas de escritores sin talento, símiles de aquellos que en los ochenta escribían los llamados poemas panfletarios (muchos de los cuales son ahora funcionarios de gobierno), no tuvieron la facilidad de la generación anterior: la formateada lucha por la libertad. Así, estos escribientes o manufacturadores de versos, sin la capacidad de construir una poesía a la altura de nuestros más importantes creadores, considerados como excepciones en la historia literaria nacional; renegando, además, de la posvanguardia de los ochenta (con Rodrigo Lira como principal blanco) y desconectados, por ende, de la retroalimentación generacional, optaron por comenzar todo de nuevo, pero no como hicieron las vanguardias, es decir, negando orgullosamente toda la literatura pasada para inaugurar una nueva poética, sino retomando el camino de la poesía menor chilena (aquello que Eustaquio Monk llama "Primera B"). De esta forma, poetas como Julio Barrenechea, Teofilo Cid, Gonzalo Millán e incluso el soporífero Miguel Arteche, pasan a ser modelos de composición. Y digo modelos, porque si hay una característica en común en los poetas de los noventa, la generación que aprende a escribir, es su exhaustivo afán por dominar la estructura del verso, como si ésta fuese una panacea, aún corriendo el riesgo de transformarse en meros formalistas, academicistas o trasnochados cantores de karaoke.
Aprender a escribir, otra vez, la poesía chilena, parece ser la consigna de estos autores, todos menores, que siguen a escritores menores, quizá con la excepción de Lihn, racionalizador de perversiones; de Tellier, maquinista de trenes a fogueo; y de Parra, que aún hace estallar sus chistes y sentencias en nuestro inconsciente. Entre ellos no hay grandes voces ni estilos absolutamente propios, quizá susurros medianamente claros, aunque sazonados con bastantes plagios y/o saqueos mal digeridos a Bukowski y otros escritores de lengua inglesa, como Larkin, Ashbery, el eterno Pound ("il miglior fabbro") y los poemas de Carver, así como a diversos poetas latinoamericanos. Con este práctico método, tradicionalista y conservador (aunque sin el genio de Eliot), a falta de una poética, a lo más han logrado facturar uno que otro poema digno, generalmente orientado a capturar la bolsa de algún concurso literario, donde sus propios pares las ofician de jurados o "evaluadores", como reza la jerga actual, más de mercado, más de negocio.
Como ejemplos de esta apreciación, nacida bajo un sol blanco y estridentes chillidos de gaviotas picoteando basura (lo mismo que yo), se puede mencionar a diversos chicos y chicas karaoke, como David Preiss y su poesía de estilizada siutiquería; a Sergio Parra, un clon bukowskiano; a Leonardo Sanhueza, desaliñado híbrido a medio camino entre Tellier y Rosamel del Valle; a Andrónico Higuera, romántico en el sentido más peyorativo de la palabra; a Rafael Rubio, versificador de rígidas rimas ridículas; a Armando Roa Vial, regular traductor y menos que regular poeta; a Matías Ayala, hijito de papá que relata sus viajes a la playa; a Cristóbal Joannon, que da rodeos sin apuntar jamás al blanco; a Damsi Figueroa, una de las tantas Alejandras Pizarniks que pululan por la tierra en flor; a Gustavo Barrera, apitutado de nacimiento que escribe acerca de la tv y logra poemas aún peores que los programas de trasnoche; a Germán Carrasco, que fabrica sus poemas con astucia de microempresario traductor; etc. ¿Cuántos de ellos pasaron por la Fundición Neruda? No lo sé, pero creo que demasiados. En esa factoría, amados y concupiscentes lectores, Floridor Pérez y Jaime Quezada, fósiles de calado menor, ocupan siempre el mismo molde -cada vez con más vodka y menos tinto- para formar a incautos jóvenes en el arte de la poesía. ¿Son ellos poetas de verdad? Da lo mismo, son oficialistas buena onda y eso basta.
Hay bastantes libros de poesía de los noventa, todos ellos muy bien editados, muy planchaditos, muy peinaditos, pero no todavía (y quizá nunca) una obra karaoke de peso. Habrá que esperar, entonces, hasta que aparezca una voz realmente original, un gurú que abra puertas y a quien podamos, esta vez, copiar. Porque Parra, Lihn y Tellier ya no dan más jugo.
Publicado en Esperpentia, una Página que debe ser visitada.
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Juan-Jacobo Bajarlía: Un poema erótico de François Villón |

¿Cuándo y dónde fue a morir François Villón? Condenado a muerte en 1462 (nadie sabía quién mató a un tal François Ferrebouc), es liberado por el Parlamento de París, que dictó, en cambio, la pena de 10 años de exilio. Aquí se pierden sus huellas. Y como Ambrose Bierce, jamás se sabrá cómo fue su muerte. Tenía entonces 32 años y los estigmas de la tragedia. Es posible que haya muerto de una puñalada o haya sido estrangulado mientras dormía en uno de esos lenocinios donde se refugiaba cuando huía de la ley.
Nació en París, en la primavera de 1431. Fue pendenciero, ladrón y frecuentador de burdeles. Hirió de muerte, en defensa propia, al cura Philippe Sermoise. Conoció la tortura del agua y los trapos en la boca. Frecuentó la miseria y las fugas, el dolor que seca la mirada.
Y algo más. Integró la Coquillard, secta de ladrones y proscriptos. Habló el jargon o argot de sus adeptos, y sufrió toda clase de violencias y peisiones. Estudió leyes en la Universidad, legó su Roman du Pet au Deable (la Novela del Pedo del Diablo), obra del siglo XV, y amó a la grosse Margot, reina de la prostitución que regenteaba un famoso burdel en París.
En 1461 escribió su inmortal T'estament. De este libro tomamos la balada erótica a Margot (Le T'estament, vv.1591-1627, en Oevres Completes, Lyon, IAC, 1498) que hemos traducido en el lunfa-porteño (o porteño lunfardo) de Buenos Aires. Conocedor del jargon, la jerga popular de los marginados, François Villón no hubiera desaprobado esta versión. Los términos lunfardos son colocados puntualmente de acuerdo con el original. También hemos conservado el ritmo de los versos en la balada, tan esencial en su poesía. Lo mismo hemos hecho con el sentido o intención de las palabras. He aquí el poema.
Nació en París, en la primavera de 1431. Fue pendenciero, ladrón y frecuentador de burdeles. Hirió de muerte, en defensa propia, al cura Philippe Sermoise. Conoció la tortura del agua y los trapos en la boca. Frecuentó la miseria y las fugas, el dolor que seca la mirada.
Y algo más. Integró la Coquillard, secta de ladrones y proscriptos. Habló el jargon o argot de sus adeptos, y sufrió toda clase de violencias y peisiones. Estudió leyes en la Universidad, legó su Roman du Pet au Deable (la Novela del Pedo del Diablo), obra del siglo XV, y amó a la grosse Margot, reina de la prostitución que regenteaba un famoso burdel en París.
En 1461 escribió su inmortal T'estament. De este libro tomamos la balada erótica a Margot (Le T'estament, vv.1591-1627, en Oevres Completes, Lyon, IAC, 1498) que hemos traducido en el lunfa-porteño (o porteño lunfardo) de Buenos Aires. Conocedor del jargon, la jerga popular de los marginados, François Villón no hubiera desaprobado esta versión. Los términos lunfardos son colocados puntualmente de acuerdo con el original. También hemos conservado el ritmo de los versos en la balada, tan esencial en su poesía. Lo mismo hemos hecho con el sentido o intención de las palabras. He aquí el poema.
BALADA DE LA GORDA MARGOT
Si amo y sirvo a mi hembra de buen grado,
¿me tendrán por gil o avivado?
Tiene los chiches que me copan.
Por su amor llevo el poncho y la daga;
cuando llegan los turros me voy al escabio
piano a piano sin joder el avispero.
Les doy agua, queso, pan y fruta.
Si garpan en forma, les digo: "Ben stat;
pueden volver cuando estén calientes
a este quilombo que es nuestro Estado.
Pero se arma el batifondo
cuando a Margot la garchan sin morlacos.
No la aguanto y la mandaría al muere.
Le saco el vestido, la faja y el corpiño,
y le juro que le garparán la money.
Me agarra los costados: "Es un Anticristo",
me grita y jura por la muerte de Cristo
diciendo que no fifará. Tomo entonces un tizón
y bajo su napia le mando una orden
en este quilombo que es nuestro Estado.
Hecha la paz se manda flor de pedo,
tan grande como escarabajo venenoso.
Se ríe y me acaricia la sabiola.
"¡Gogó!", me chamuya y las gambas me golpea.
Borrachos los dos, dormimos como chetos,
y al despertar, cuando suena la busarda,
monta sobre mí para no rajar su fruto,
y bufo así, más liso que una tabla
y frenéticamente acaba conmigo
en este quilombo que es nuestro Estado.
Haga viento, helada o granizo, tengo pan caliente.
Soy calavera y la FIFA me persigue.
¿Quién es mejor? Los dos nos imitamos.
Somos iguales; y a mala rata, mal gato.
Nos gusta la porquería porque nos llena.
Huimos del honor, y él nos desafía
en este quilombo que es nuestro Estado.
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juan-jacobo bajarlía
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Braulio Arenas: La carrera |
El campo estaba saturado de caballos de raza, caballos comunes, centauros, caballos de carretela, hombres caballos y caballos espectadores. Había, además, caballos ciegos, y por descontado, caballos de carrera. Porque se trataba de una carrera final, de una carrera a muerte (reproducida domingo a domingo). Había un solo invitado de honor, más bien dicho, una invitada: Leonora Carrington. Todos eran especialistas, tanto espectadores como participantes, todos se encontraban como en familia, y sus pronósticos y sus opiniones los expresaban con corcoveos y con relinchos. Cuando sonó el timbre, todo el mundo corrió a las ventanillas de apuestas, no solo el público caballo sino también los caballos que participarían en la carrera, pues se trataba de un país democrático en el que la opción era igual para todos.
En cuanto a los caballos que participarían… ¡cuánto se podría decir! Pero, para decirlo en una palabra, su particularidad mayor consistía en el extravagante número de sus patas. No eran cuatro como el número de los caballos gentes, sino dos, tres, cinco, seis, y así hasta treinta y tres. Diga treinta y tres. Otra particularidad, su cuerpo era transparente, y se veían sus arterias y venas como un complicado árbol genealógico en el que estaban escritos los nombres de sus padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y choznos, más las carreras ganadas por todos ellos, y las perdidas, y unos recortes de prensa con los rostros enmascarados (salvo los ojos) de antepasados yeguas y caballos colaterales.
El juez -un caballo negro y normal, pues tenía cuatro patas y un amorcito de yegua blanca- no dio la señal de la partida sino la de la llegada.
-Ganó éste y éste y éste- dijo señalando con la pezuña a los ganadores y placé. Todos se miraban sorprendidos, los unos porque no habían visto correr a los caballos, y los otros, porque no habían corrido, pero trajeron un antiquísimo manual de Lewis Carroll en el que se señalaba que el procedimiento: la carrera, el ganador y el placé, debería aceptarse universalmente como legítimo. Algunos caballos lloraban enternecidos, otros se citaban para el domingo siguiente, y otros se daban patadas en los omóplatos con estrepitoso afecto. En todo caso, nada se hubiera conseguido con alegar en contra del procedimiento y de su legalidad, pues casi a renglón seguido de haber dado la señal de la llegada, el juez negro y normal dio la señal de la partida. No de la partida de la carrera, sino de la partida a sus respectivos hogares.
-Si veo algún caballo en cinco minutos, salvo yo, claro está-dijo el juez-, lo haré charqui.
Ante tan horrible amenaza (aunque el charqui es sabroso), todos salieron huyendo y relinchando.
Mientras tanto el juez -que no era un caballo aunque sus cuatro patas lo proclamaran a gritos, sino una industriosa abeja disfrazada de caballo- había entrado a la boletería, se había apropiado, no digamos robado, de todo el dinero de las apuestas (nos referimos a las monedas de oro, en cuanto a los billetes de banco se los había comido) y ahora repartía el botín con Botín el Duende, quien tampoco era duende sino un herrero sofisticado especialista en herraduras.
En cuanto a los caballos que participarían… ¡cuánto se podría decir! Pero, para decirlo en una palabra, su particularidad mayor consistía en el extravagante número de sus patas. No eran cuatro como el número de los caballos gentes, sino dos, tres, cinco, seis, y así hasta treinta y tres. Diga treinta y tres. Otra particularidad, su cuerpo era transparente, y se veían sus arterias y venas como un complicado árbol genealógico en el que estaban escritos los nombres de sus padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y choznos, más las carreras ganadas por todos ellos, y las perdidas, y unos recortes de prensa con los rostros enmascarados (salvo los ojos) de antepasados yeguas y caballos colaterales.
El juez -un caballo negro y normal, pues tenía cuatro patas y un amorcito de yegua blanca- no dio la señal de la partida sino la de la llegada.
-Ganó éste y éste y éste- dijo señalando con la pezuña a los ganadores y placé. Todos se miraban sorprendidos, los unos porque no habían visto correr a los caballos, y los otros, porque no habían corrido, pero trajeron un antiquísimo manual de Lewis Carroll en el que se señalaba que el procedimiento: la carrera, el ganador y el placé, debería aceptarse universalmente como legítimo. Algunos caballos lloraban enternecidos, otros se citaban para el domingo siguiente, y otros se daban patadas en los omóplatos con estrepitoso afecto. En todo caso, nada se hubiera conseguido con alegar en contra del procedimiento y de su legalidad, pues casi a renglón seguido de haber dado la señal de la llegada, el juez negro y normal dio la señal de la partida. No de la partida de la carrera, sino de la partida a sus respectivos hogares.
-Si veo algún caballo en cinco minutos, salvo yo, claro está-dijo el juez-, lo haré charqui.
Ante tan horrible amenaza (aunque el charqui es sabroso), todos salieron huyendo y relinchando.
Mientras tanto el juez -que no era un caballo aunque sus cuatro patas lo proclamaran a gritos, sino una industriosa abeja disfrazada de caballo- había entrado a la boletería, se había apropiado, no digamos robado, de todo el dinero de las apuestas (nos referimos a las monedas de oro, en cuanto a los billetes de banco se los había comido) y ahora repartía el botín con Botín el Duende, quien tampoco era duende sino un herrero sofisticado especialista en herraduras.
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¿tragedia o masacre? en el barrio de once |
No se podía terminar de peor forma el año, esta vez le tocó a la Argentina; el afán de lucro, la desidia y la falta de eficientes controles, ha sesgado la vida de más de un centenar de jóvenes que asistían a un recital de rock. Vaya nuestra solidaridad a la querida República hermana de Argentina.
A continuación damos algunos sitios en donde se puede recabar más información sobre esta lamentable tragedia.
Diario Clarín
La Nación
Página12
atención a los familiares de las víctimas
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