Muchas felicidades a todos los inmaculados del mundo uníos. ¡Salud!
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Sofía |
La conquista fue ardua. Ella no quería nada conmigo. Yo era gordo y ella flaca. Yo era viejo y ella joven. Yo era feo y ella hermosa. Yo era tonto y ella inteligente. Además era la hija de mi amiga. Todos los dados estaban cambiados. Mi derrota sería inapelable. Sin duda. Pero pensaba que si la llevara a la cama las cosas cambiarían. Antes había pasado. Ahora se trataba de llevarla (a la cama). Y al final lo logré. Lo llevé a la cama. Y una vez allí, en lo mejor del coito, me dijo. "tengo hambre". Me levanté y me fui a un lenocinio en donde me acosté con Sofía, que casi al final del éxtasis me dijo: "tengo hambre". Después volví con ella, la hija de mi amiga , ya de madrugada. Me dijo: "seguro que fuiste a ver a Sofía y que al final del coito te dijo que tenía hambre?" No entiendo le dije, cómo sabes eso. Me respondió que todas ellas se llamaban Sofía. Que hay una única y absoluta mujer y que por los siglos de los siglos todas se llamarían Sofía. Después de aquello vivo más tranquilo sabiendo que todas; las tres mil millones de mujeres del planeta en determinado momento, en casi todos los momentos se llamarán Sofía, y que en lo mejor del coito te dirán: "tengo hambre".
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Santa Claus |
Carta de un niño español a Santa Claus
Querido Santa Claus, te extrañará que te escriba hoy 26 de diciembre, pero quiero aclarar ciertas cosas que me han ocurrido desde que te mandé mi carta, lleno de ilusiones, en las que te pedía que me trajeras una bicicleta, un tren eléctrico, una nintendo 64 y un par de patines.
Quiero comentarte Santa Claus que me maté estudiando todo el año, tanto que no sólo fui de los primeros de la clase, sino que saqué puros dices en el cole; no te voy a engañar. No hubo nadie que se portara mejor que yo ni con sus papás, ni con sus hermanitos, ni con sus amiguitos y ni con sus vecinos.
Hacía recados SIN COBRAR, ayudaba a los viejecitos a cruzar la calle y no había nunca algo que no hiciera por mis semejantes, y sin embargo ¡¡¡QUÉ HUEVOS LOS TUYOS SANTA CLAUS!!! Es que... dejar debajo del arbolito una puta peonza, una mierda de trompeta y un maldito par de calcetines, ¡QUÉ CAGADA!.
¿Qué coño te has creído barrigudo? o sea que me porto como un imbécil todo este año para vengas con una mierda de este calibre; y no conforme con eso, el maricón del hijo de la vecina que es idiota y sin educación, malcriado, desobediente que le grita a su mamá, a ese tonto de las pelotas le trajiste de todo lo que te pidió. Por eso ahora quiero que venga un terremoto o algo así, para que nos lleve a la mierda a todos, ya que con un Santa Claus como tú, tan incompetente y falso, mejor que nos trague la tierra.
Pero eso sí, no dejes de venir el año que viene porque voy a reventar a pedradas a tus putos y sarnosos venados: Empezando por esa mierda de Rudolph que tiene nombre de homosexual. Te los voy a espantar para que tengas que joderte, caminando a pie como yo ¡cabrón!, ya que la bicicleta que te pedí era para ir al colegio, que queda a tomar por culo de casa.
¡¡¡Aaah!!! y no quisiera despedirme sin antes mentarte a la madre que te parió ¡ojalá que cuando hayas subido muy alto se te de la vuelta el puto trineo y te pegues una buena hostia por ser tan hijo puta!. Pero eso sí, te advierto que el año que viene vas a saber lo que es un niño maldito, y un poquito cabrón.
Atentamente, Nano
P.D.: La peonza, la trompeta y el par de calcetines, puedes recogerlos cuando quieras y metértelos por el culo.
Quiero comentarte Santa Claus que me maté estudiando todo el año, tanto que no sólo fui de los primeros de la clase, sino que saqué puros dices en el cole; no te voy a engañar. No hubo nadie que se portara mejor que yo ni con sus papás, ni con sus hermanitos, ni con sus amiguitos y ni con sus vecinos.
Hacía recados SIN COBRAR, ayudaba a los viejecitos a cruzar la calle y no había nunca algo que no hiciera por mis semejantes, y sin embargo ¡¡¡QUÉ HUEVOS LOS TUYOS SANTA CLAUS!!! Es que... dejar debajo del arbolito una puta peonza, una mierda de trompeta y un maldito par de calcetines, ¡QUÉ CAGADA!.
¿Qué coño te has creído barrigudo? o sea que me porto como un imbécil todo este año para vengas con una mierda de este calibre; y no conforme con eso, el maricón del hijo de la vecina que es idiota y sin educación, malcriado, desobediente que le grita a su mamá, a ese tonto de las pelotas le trajiste de todo lo que te pidió. Por eso ahora quiero que venga un terremoto o algo así, para que nos lleve a la mierda a todos, ya que con un Santa Claus como tú, tan incompetente y falso, mejor que nos trague la tierra.
Pero eso sí, no dejes de venir el año que viene porque voy a reventar a pedradas a tus putos y sarnosos venados: Empezando por esa mierda de Rudolph que tiene nombre de homosexual. Te los voy a espantar para que tengas que joderte, caminando a pie como yo ¡cabrón!, ya que la bicicleta que te pedí era para ir al colegio, que queda a tomar por culo de casa.
¡¡¡Aaah!!! y no quisiera despedirme sin antes mentarte a la madre que te parió ¡ojalá que cuando hayas subido muy alto se te de la vuelta el puto trineo y te pegues una buena hostia por ser tan hijo puta!. Pero eso sí, te advierto que el año que viene vas a saber lo que es un niño maldito, y un poquito cabrón.
Atentamente, Nano
P.D.: La peonza, la trompeta y el par de calcetines, puedes recogerlos cuando quieras y metértelos por el culo.
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El contagio de la locura |
Por Sonia González Valdenegro
EL CONTAGIO DE LA LOCURA, de Juan Mihovilovich
El territorio del otro lado del límite que separa la razón del extravío o lo racional de lo irracional ha sido uno de los motivos literarios que Juan Mihovilovich ha desarrollado a lo largo de su extensa obra, iniciada en la década de los setenta. La paradoja, el absurdo, sino lo fantástico, se asientan en sus textos como una manera de anunciar que el universo tiene otro punto de vista para ser observado. Y es el suyo un gran desafío, que otorga una connotación especial a su trabajo, realizado a espaldas de las historias maniqueas que se adquieren hoy por hoy en nuestro mercado de pequeños consumidores de textos escritos. En el caso de la novela que hoy presentamos, este ojo apunta hacia uno de los grandes temas literarios, el del poder, aunque sería más preciso hablar de la autoridad, ficcionado esta vez no desde quien o quienes son objeto de su ejercicio sino desde el drama del que tiene la sartén por el mango o. en este caso, el mallete a mano. Porque el protagonista de esta historia es un juez, un magistrado sin nombre, esto es un cualquiera colocado en el traje de la magistratura, y quien repentinamente, sin una causa necesaria al efecto, cruza la delgada línea que separa los dos mundos, el de lo racional de la enajenación. No es casual su anonimato ni gratuita la ausencia de toda biografía sobre él. A mi modo de ver, ello responde al papel que este personaje cumple en el trabajo de Mihovilovich, el de la representación de una autoridad feble, expuesta a su inminente desplome no por causas que digan relación con su propias condiciones o limitantes sino por el hecho preciso de aquello que representa: el papel de alguien a quien se otorga atributos que le permiten decidir sobre la vida de otros. En este tránsito desde y hacia el otro lado de la frontera no hay camisas de fuerza, no hay barrotes, no hay un diagnóstico como no sea el de la propia conciencia, alertada del inminente estado de locura a partir de la condena a un colibrí. El personaje enfrenta de esta manera una realidad que pone en tela de juicio su propio trabajo, que en el caso de este personaje, dada su innominación y la falta de referentes de un mundo privado, le define. El es el juez. Más que un juez cualquiera, lo es de un pueblo, aquel gran infierno donde todos conocen a todos y en el que no cabe el secreto ni el anonimato que nos amparan en las grandes ciudades. En esas calles, recorrido inevitable de sus rutinas, el juez parece condenado a encontrarse a diario con alguien a quien condenó o a cuyos problemas impuso un fallo sobre el que el encuentro deja caer una sombra de duda. Todos y cada uno de los personajes que aparecen en el escenario donde se desarrolla este estado de desvarío representan en su conjunto una voz única, que pone al juez en el papel del acusado por primera vez, cuestionando un ejercicio en el que parece haberse encontrado muy cómodo hasta entonces, ya que su vida parece bien asentada en una sucesión de rutinas que no logra, sin incomodarse, alterar. Pero este cambio de reglas no se queda en la simple amenaza, de tal manera que el propio entorno del personaje se vuelve una suerte de verdugo al asumir una conducta inesperada que importa un desafío a su autoridad y su autoridad define su amor propio, integrado por los elementos del decoro y la dignidad, también inherentes a su condición.
En ciertos pasajes de la novela, el protagonista parece desplazarse por un mundo que se ha quedado repentinamente vacío, y en el cual todos estos personajes secundarios son la aparición fantasmal que trae el otro yo del juez. Lo confiesa, por boca de uno de sus procesados. Yo no quiero ser el que soy. Quiero ser el otro, el otro que vive conmigo. Tal es su contradicción humana, de la que parece no poder desasirse sino a través de gestos de mutilación, realizados por mano de esos otros sobre cuyos destinos y voluntades tiene poder. Entre la mutilación y la locura, este buen ciudadano expresa un sentimiento de libertad que se expresa en la siguiente sentencia: Esto es la vida, un estero que deja un día de serlo y sin saber cómo, ni cuándo, ni por qué, se convierte en un río irresistible.
Tal es, más menos, la trama de la historia que Juan Mihovilovich nos propone. Así expuesta, parece algo siniestra. Pero la novela El contagio de la locura, más que una visita a la enajenación posible de un personaje equis, en este caso un juez rural, es una mirada a nuestra condición humana, donde la verdadera lucha, la que se libra todos los días es aquella que busca un motivo para luchar, esto es una razón para estar vivo.
Quiero destacar de mi primera y segunda lecturas, la precisión del texto, un estilo depurado, conciso que renuncia a la imagen, el tropo o cualquier suerte de preciosismo de lenguaje, entregando al lector un relato casi circunstanciado de hechos a través de un refinado despliegue de acontecimientos, cuyo desarrollo orillea permanentemente la ambigüedad, un recurso que refuerza la idea de la locura. Si, en algunos pasajes el poeta gana la partida al narrador, este último ha vencido finalmente amarrando las alas de un discurso que pudo extraviarse por otros rumbos. Esta precisión del texto es, además de una virtud necesaria en escritos literarios, un componente más de la historia, que adquiere así atisbos de verosimilitud, no obstante los evidentes gestos de irracionalidad de que habla.
Quiero resaltar, además, el interés de lo anecdótico en esta historia. Por las páginas de esta novela deambulan una importante cantidad de personajes singulares, todos los cuales tienen en común el constituirse en una pesada carga para el juez. Pero cómo, dirán, si el es juez, el es la autoridad. Pues por eso, en tanto juez, en tanto autoridad, es responsable de todos ellos, y todos le observan con sospecha, con ironía. Y es que, a través de esa mirada, es el propio personaje quien se observa a sí mismo con la eterna duda respecto de sí mismo. A ratos, estos personajes podrían darse una vuelta por las novelas de Saramago. Se sentirían igualmente cómodos que en El contagio de la locura. O por un texto de Kafka, donde los diálogos de esta novela son perfectamente posibles, como es posible este juez que observa, teme, pero, especialmente, duda.
En este ambiente resalta el entorno geográfico del cual el autor entrega pistas: un pueblo pequeño, la cercanía del mar, un estero, un volar de pájaros, la tempestad o el juego de nubes, la inundación inminente, en fin. A partir de estos ingredientes, podría pensarse en El contagio de la locura como en una novela rural. Tal vez. Lo cierto es que, y no obstante que resulta posible reconocer en ella rasgos de nuestra identidad, especialmente en el mundo de la provincia y, tal vez, para pocos, un entorno geográfico bastante preciso, lo que Juan Muhovilovich ha creado aquí es un mundo literario cerrado, autónomo, que no se apoya en los referentes locales de que se sirve para dar coherencia a su historia, esto lo hace muy universal, y es quizá esa universalidad la que llamó la atención del jurado que en el premio Herralde, España 2005, la seleccionó con otras 16 novelas.
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juan mihovilovich
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gisèle prassinos |
UNA AMENA FAMILIA
Mi familia es magnífica.
Mi hermana Brindille, la mayor, estaba casada. Tenía un reloj de arena para saber el momento en que el agua del mar alcanzaría un punto secreto en la colina. Cada año, en ese momento, encaramado en una ola, su marido volvía a casa. Este era un negro con una larga cabellera cubierta de algas marinas, con un cuerpo inmenso en el que estaban incrustadas redes de pescar y pequeñas anclas intactas provenientes de barcos sumergidos.
Antes de abrazarnos, su piel resplandeciente se estremecía y estrepitosas risas sacudían sus hombros. Después hinchaba su pecho de repente y por su boca silbante salía una multitud de pescaditos, los que iban a caer en el delantal de mi madre, quien los recibía con un aire triunfal.
Entonces sí que le abrazábamos. El negro dormía la siesta después de un año de trabajo, y por la noche, cuando bajaba la marea al salir la luna, acompañábamos al viajero vacío hasta las olas, en las que desaparecía, sonriéndose.
Desde ese momento, mi hermana Brindille vivía únicamente para la siguiente visita, incapaz de ayudarnos en las faenas del hogar, sin dormir hasta que el mar no llegara al pie de la colina, instante anunciador del retorno del viajero.
Nuestra madre secaba los pescados, los pelaba los cocía en la sartén enrojecida. Después los conservaba durante el invierno bajo la nieve hasta que ésta desaparecía por completo.
Mi hermano Mocó ha hecho la guerra. Pequeños bolsillos de piel acribillan su voluminoso pecho blanco, y si uno metía el dedo en ellos podía tocar una cosa dura: una bala o un pedazo de obús.
Le gustaba a nuestro hermano hacernos creer que estaba muerto. Algunas veces, cuando por la mañana yo le llevaba a su habitación hojas de morera que él mordisqueaba antes de despertarse completamente, me arrancaba gritos de dolor al verle rígido en su cama, con el pecho herido por docenas de puñalitos hundidos hasta la empuñadura. Pero muy pronto volvía la calma, pues comprendía que la oquedad de sus cicatrices le servía de segunda herida para espantarme.. se levantaba entonces riéndose, y se sacudía de una manera tan especial que todos los puñalitos se iban a clavar bien alineados, en la pared.
En uno de estos juegos, uno de los puñales le hirió en el corazón, y le mató.
Mi hermano Abel vino de lejos para verle por última vez. El era hermoso y elegante que le rogamos se quedara con nosotros para siempre. Mi madre, para convencerle, le mostró los pescaditos secos que ya comenzaban a aparecer bajo la nieve, y él aceptó.
Mi hermano Abel tenía el pecho hundido, pero de agradable aspecto. El no ha hecho la guerra sino la revolución, sin recibir heridas. Para recompensarle, el rey de aquel país extranjero le hizo un admirable regalo. Es una pequeña esfera de reloj que le ha deslizado bajo su piel, transparente en dicho sitio, y mi hermano se mostraba muy orgulloso cuando nos respondía inmediatamente al preguntársele la hora. Era muy rico y no trabajaba en nada. Con el marido de nuestra hermana Brindille se han hecho muy amigos, y se juntaban a menudo en el fondo del mar.
El año último llegó el negro, pero en vez de los pescaditos, depositó en el delantal de nuestra madre el agradable cadáver de nuestro hermano Abel. "Era mejor que se hubiera quedado en el extranjero", dijo nuestra madre, y sin una palabra la seguimos hasta la leñera en donde nuestro hermano Mocó ya estaba enterrado.
"Ya no tengo más hermanos", exclamé llorando, pero nuestra madre recordó repentinamente que otro hermanito vivía aún en Noruega, y que él podía llenar el vacío angustioso. Le escribimos inmediatamente. Llegó pronto, y estuvimos felices al comprobar que, en vez del niño rubio que esperábamos, fue un gran señor, fortísimo e inteligente, el que nos estrechó en sus brazos. Mi madre, mi hermana Brindille y yo, le peinamos la barba y los bigotes para que se viera más hermoso aún, y le instalamos en un sillón junto a la estufa encendida. Este hermano se llamaba Gentry. Era joven, su cuerpo era firme y flexible, pero tenía un ombligo demasiado grande, hundido y lúgubre.
Nuestro hermano Gentry ha muerto ayer. El negro, de regreso, se lo ha llevado en sus brazos para arrojarle al mar, pues ya no había más sitio en la leñera. Mi hermana Brindille le ha seguido por fin. De ahora en adelante, ella quiere vivir con él en los mares. El ya no volverá nunca más, nuestra madre ya no tendrá más pescados, y nos quedaremos solas con estos hombres muertos.
Mi hermana Brindille, la mayor, estaba casada. Tenía un reloj de arena para saber el momento en que el agua del mar alcanzaría un punto secreto en la colina. Cada año, en ese momento, encaramado en una ola, su marido volvía a casa. Este era un negro con una larga cabellera cubierta de algas marinas, con un cuerpo inmenso en el que estaban incrustadas redes de pescar y pequeñas anclas intactas provenientes de barcos sumergidos.
Antes de abrazarnos, su piel resplandeciente se estremecía y estrepitosas risas sacudían sus hombros. Después hinchaba su pecho de repente y por su boca silbante salía una multitud de pescaditos, los que iban a caer en el delantal de mi madre, quien los recibía con un aire triunfal.
Entonces sí que le abrazábamos. El negro dormía la siesta después de un año de trabajo, y por la noche, cuando bajaba la marea al salir la luna, acompañábamos al viajero vacío hasta las olas, en las que desaparecía, sonriéndose.
Desde ese momento, mi hermana Brindille vivía únicamente para la siguiente visita, incapaz de ayudarnos en las faenas del hogar, sin dormir hasta que el mar no llegara al pie de la colina, instante anunciador del retorno del viajero.
Nuestra madre secaba los pescados, los pelaba los cocía en la sartén enrojecida. Después los conservaba durante el invierno bajo la nieve hasta que ésta desaparecía por completo.
Mi hermano Mocó ha hecho la guerra. Pequeños bolsillos de piel acribillan su voluminoso pecho blanco, y si uno metía el dedo en ellos podía tocar una cosa dura: una bala o un pedazo de obús.
Le gustaba a nuestro hermano hacernos creer que estaba muerto. Algunas veces, cuando por la mañana yo le llevaba a su habitación hojas de morera que él mordisqueaba antes de despertarse completamente, me arrancaba gritos de dolor al verle rígido en su cama, con el pecho herido por docenas de puñalitos hundidos hasta la empuñadura. Pero muy pronto volvía la calma, pues comprendía que la oquedad de sus cicatrices le servía de segunda herida para espantarme.. se levantaba entonces riéndose, y se sacudía de una manera tan especial que todos los puñalitos se iban a clavar bien alineados, en la pared.
En uno de estos juegos, uno de los puñales le hirió en el corazón, y le mató.
Mi hermano Abel vino de lejos para verle por última vez. El era hermoso y elegante que le rogamos se quedara con nosotros para siempre. Mi madre, para convencerle, le mostró los pescaditos secos que ya comenzaban a aparecer bajo la nieve, y él aceptó.
Mi hermano Abel tenía el pecho hundido, pero de agradable aspecto. El no ha hecho la guerra sino la revolución, sin recibir heridas. Para recompensarle, el rey de aquel país extranjero le hizo un admirable regalo. Es una pequeña esfera de reloj que le ha deslizado bajo su piel, transparente en dicho sitio, y mi hermano se mostraba muy orgulloso cuando nos respondía inmediatamente al preguntársele la hora. Era muy rico y no trabajaba en nada. Con el marido de nuestra hermana Brindille se han hecho muy amigos, y se juntaban a menudo en el fondo del mar.
El año último llegó el negro, pero en vez de los pescaditos, depositó en el delantal de nuestra madre el agradable cadáver de nuestro hermano Abel. "Era mejor que se hubiera quedado en el extranjero", dijo nuestra madre, y sin una palabra la seguimos hasta la leñera en donde nuestro hermano Mocó ya estaba enterrado.
"Ya no tengo más hermanos", exclamé llorando, pero nuestra madre recordó repentinamente que otro hermanito vivía aún en Noruega, y que él podía llenar el vacío angustioso. Le escribimos inmediatamente. Llegó pronto, y estuvimos felices al comprobar que, en vez del niño rubio que esperábamos, fue un gran señor, fortísimo e inteligente, el que nos estrechó en sus brazos. Mi madre, mi hermana Brindille y yo, le peinamos la barba y los bigotes para que se viera más hermoso aún, y le instalamos en un sillón junto a la estufa encendida. Este hermano se llamaba Gentry. Era joven, su cuerpo era firme y flexible, pero tenía un ombligo demasiado grande, hundido y lúgubre.
Nuestro hermano Gentry ha muerto ayer. El negro, de regreso, se lo ha llevado en sus brazos para arrojarle al mar, pues ya no había más sitio en la leñera. Mi hermana Brindille le ha seguido por fin. De ahora en adelante, ella quiere vivir con él en los mares. El ya no volverá nunca más, nuestra madre ya no tendrá más pescados, y nos quedaremos solas con estos hombres muertos.
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carlos besoaín |

VIAJE AL PAÍS
Hoy es el gran día:
viajo hacia nunca…
Y hacia nunca se llega
/sin boleto
sin vehículos se viaja/desnudo
y a plena soledad…
No hay pezones-flor
al costado del camino
o una mujer vieja
mirando en las ventanas.
Dos cosas son ciertas en el viaje
hacia nunca:
nunca se sabe cuándo se ha
/llegado
y nunca se sabe cuándo se
/regresa…
nunca lo hubiera imaginado
DÍA DE VIENTO
Un remolino de almas
da a las bolsas
su condición de pájaro.
Un revoltijo de espíritus
le arranca
a los cables
un gemido.
La mirada pierde brillo en un día
/de viento.
el incendio solar calcina muertos
PUERTO NATALES
Salgo al patio a tirar la cerveza.
La noche está estrellada;
entonces una herida, en su
/costado
me indica que amanece.
Hugo Vera Miranda,
Poeta almacenero
(es decir coleccionista de almas
/zen),
aún no se ha transformado
en el humo de su propio cigarro
/pero lo hará
y fuma (se fuma a sí mismo)
y esa niebla se le sale por la boca
/de los ojos
mientras me cuenta un chisme de
Oliverio Girondo…
nos importa un bledo las torres
/del paine
TODO ABISMO
tiene olores de mujer
LOS PÁJAROS SE
ACOSTUMBRAN
A los gatos,
a que todo se nuble de repente.
Poemas extractados de la revista Ñ, número 153, setiembre de 2006, Buenos Aires, Argentina.
Ilustración de Andrés Sabella.
Hoy es el gran día:
viajo hacia nunca…
Y hacia nunca se llega
/sin boleto
sin vehículos se viaja/desnudo
y a plena soledad…
No hay pezones-flor
al costado del camino
o una mujer vieja
mirando en las ventanas.
Dos cosas son ciertas en el viaje
hacia nunca:
nunca se sabe cuándo se ha
/llegado
y nunca se sabe cuándo se
/regresa…
nunca lo hubiera imaginado
DÍA DE VIENTO
Un remolino de almas
da a las bolsas
su condición de pájaro.
Un revoltijo de espíritus
le arranca
a los cables
un gemido.
La mirada pierde brillo en un día
/de viento.
el incendio solar calcina muertos
PUERTO NATALES
Salgo al patio a tirar la cerveza.
La noche está estrellada;
entonces una herida, en su
/costado
me indica que amanece.
Hugo Vera Miranda,
Poeta almacenero
(es decir coleccionista de almas
/zen),
aún no se ha transformado
en el humo de su propio cigarro
/pero lo hará
y fuma (se fuma a sí mismo)
y esa niebla se le sale por la boca
/de los ojos
mientras me cuenta un chisme de
Oliverio Girondo…
nos importa un bledo las torres
/del paine
TODO ABISMO
tiene olores de mujer
LOS PÁJAROS SE
ACOSTUMBRAN
A los gatos,
a que todo se nuble de repente.
Poemas extractados de la revista Ñ, número 153, setiembre de 2006, Buenos Aires, Argentina.
Ilustración de Andrés Sabella.
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