
-A lo mejor está debajo de la alfombre
-A lo mejor nos mira desde adentro de un ropero.
-A lo mejor ese color habano es una seña.
-A lo mejor ese pez colorado es guerrillero.
-Yo juro haberlo visto de gato en azoteas.
-Y yo corriendo por los hilos del teléfono.
-Señor, ¿ha revisado bien adentro de su cama?
-Oh John, ¿qué es esa barba que asoma en tu chaleco?
--Debiéramos filtrar todas las aguas de los ríos.
-Lavar todas las caras de los negros.
-Picar la cordillera de los Andes.
-Poner a South América en un termo.
-Dicen que en Venezuela montaba una guitarra.
-Que en Buenos Aires entraba en bandoneones y discépolos.
-Que en Uruguay punteaba una milonga con el Diablo.
-Y en Brasil vestido de caboclo bajaba a los terreiros.
-Pero si ayer nomás saltó en Santo Domingo.
-Si en Colombia era cumbia de los filibusteros.
-Si lo vi esta mañana con su risa terrible soltándole los duendes al espejo.
-A mí casi me mata la otra noche, se me subió con un millón de sátiros al sueño.
-Ese lío en Bolivia es cosa suya.
-Y esos ladridos en la noche no son perros.
-Y esa sombra que pasa, ¿por qué pasa?
-Y no me gustan nada esos berridos junto al pecho.
-A lo mejor está en la pampa y es graznido.
-A lo mejor está en la calle y es el viento.
-A lo mejor es una fiebre que no cura.
-A lo mejor es rebelión y está viniendo.
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humberto costantini |
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Entrevista a Scott Fitzgerald |
![]() |
| Scott Fitzgerald, su esposa Zelda y su hija Scotty. |
El periodista holandés Michel Mok entrevistó para el New York Post,
en la navidad de 1936 al autor de El Gran Gatsby.
en la navidad de 1936 al autor de El Gran Gatsby.
Francis Scott Fitzgerald
25 de diciembre de 1936
Hace mucho, cuando era u n hombre joven y se sentía seguro de sí mismo, ebrio por su repentino éxito, F. Scott Fitzgerald le dijo a un periodista que nadie debería vivir más allá de los treinta.25 de diciembre de 1936
Eso ocurría en 1921, poco después de que la publicación de su primera novela. A este lado del paraíso, alumbrara los cielos de la literatura como una encendida explosión de fuegos artificiales.
El poeta-profeta de la neurosis posbélica se enfrentaba ayer a su 40 cumpleaños en su habitación del Gove Park Inn. Pasó el día igual que pasa todos los días: intentando volver desde el otro lado del paraíso, salir del infierno del abatimiento en que se retuerce desde hace un par de años.
Su única compañía fuimos su maternal y complaciente enfermera de dulce acento sureño y el periodista que esto suscribe. Con la muchacha intercambió las chanzas típicas entre enfermera y paciente. Con su visitante mostró entereza, como comenta su próxima reaparición estelar un actor consumido por el miedo a que su nombre no vuelva a aparecer jamás en las luminarias.
No engañaba a nadie. Era obvio que en el fondo de su corazón albergaba tan pocas esperanzas como sol había en el lloroso cielo, cubierto de nubes, que velaban la vista de Subset Mountain.
Físicamente sufría las secuelas de un accidente ocurrido ocho semanas antes, en el que se había fracturado el hombro al zambullirse desde un trampolín de cinco metros de altura.
Con todo, aún cuando la fractura le causara alguna molestia, no explicaba su continuo y nervioso entrar y salir de la cama, su desasosegado deambular, sus manos temblorosas y la penosa expresión de niño cruelmente apaleado que se dibujaba en su rostro crispado.
Tampoco se podía responsabilizar al dolor de sus frecuentes visitas a una cómoda en uno de cuyos cajones había una botella. Cada vez que se servía un trago en el vaso medidor de cristal que tenía enla mesilla de noche miraba implorante a la enfermera y le preguntaba: ¿Una onza más?.
Una y otra vez, la enfermera bajaba la mirada sin darle respuesta alguna.
A fuerza de ser sinceros, no puedo por menos que reconocer que Fitzgerald no intentaba convertir su lesión en una excusa para justificar su sed.
-A papaíto le ha pasado una serie de cosas dijo con burlona jovialidad_. Por eso está deprimido y ha empezado a beber un poquito.
Se negó a explicar cuáles eran esas cosas.
-Una desgracia tras otra replicó-, y al fin al se me rompió algo.
Sin embargo antes de viajar a Carolina del Norte, este visitante había tenido oportunidad de averiguar algunos detalles sobre la historia reciente de Fitzgerald a través de unos amigos de Baltimore, donde había vivido hasta el mes de julio. Al parecer la señora Fitzgerald se había tirado a la vía del tren delante de un expreso. A pesar de su delicado estado, el propio Fitzgerald se había lanzado a rescatarla, salvándole la vida de milagro.
También había habido otros contratiempos. La señora Fitzgerald había sido finalmente internada en un sanatorio cerca de la ciudad y su marido la había seguido hasta allí, instalándose en una habitación del edificio de piedra del Grove Park Inn, uno de los hoteles de recreo más grandes y populares de los Estados Unidos.
Sean cuales fueren las causas de las crisis nerviosas de Fitzgerald, resultan menos importantes que sus efectos sobre el escritor. Fue en un trabajo titulado Pasting it Together (Uniendo las piezas), uno de los tres artículos autobiográficos publicados en Esquirre, donde habló de sí mismo como un plato rajado.
Con todo escribía- a veces hay que guardar el plato agrietado en la despensa, mantenerlo en servicio como necesidad doméstica. No será posible volver a calentarlo sobre el fogón o meterlo en el fregadero con los demás platos. No sería conveniente utilizarlo para servir a las visitas, pero sí usarlo para poner en él unas galletas por la noche o para meter las sobras en la heladera.
Hoy, el remedio habitual para alguien que está hundido es pensar en aquellos están en la indigencia o sufren padecimientos físicos. Tiene una acción balsámica contra la melancolía en general y es un consejo razonablemente saludable para cualquiera en el transcurso del día, pero a las tres de la madrugada la cura no sirve para nada. Y en una noche realmente oscura del alma son siempre las tres de la madrugada, día tras día. A esas horas, la tendencia es negarnos a hacer frente a las cosas durante tanto tiempo como sea posible, retirándonos a un sueño infantil del que continuamente nos arranca, sobresaltados, el contacto con el mundo.
Nos enfrentamos a esas situaciones tan rápida y descuidadamente como nos es posible, y luego nos refugiamos de nuevo en el sueño, confiando en que todo vuelva a recomponerse por sí mismo merced a alguna milagrosa material o espiritual. . pero cuando el repliegue persiste y cada vez hay menos esperanza de que se produzca dicha bonanza, ya no aspiramos a que se desvanezca un único pesar, sino que más bien nos convertimos en testigos involuntarios de una ejecución, de la desintegración de nuestra propiedad personal.
Ayer, al final de una larga, digresiva e inconexa conversación. Fitzgerald expresó lo mismo con diferentes palabras, no tan poéticas, pero no por ello menos emocionantes:
-Un escritor como yo dijo- ha de tener una profunda confianza en sí mismo, una inmensa fe en su buena estrella. Se trata de un sentimiento casi místico, una sensación de que nada puede ocurrirle, nada puede dañarlo, nada puede afectarlo. Thomas Wolfe lo tiene, y Ernest Hemingway lo tenía. Yo lo tuve una vez, pero después de una serie de desastres, muchos de ellos responsabilidad mía, algo le ocurrió a mi sentimiento de inmunidad y perdí pie.
A modo de ilustración, me contó una historia acerca de su padre.
-Durante mi infancia, mi padre vivía en Montgomery County, en Maryland. Nuestra familia ha estado bastante involucrada en la historia de América. El hermano de mi bisabuelo fue Francis Scott Key, el autor de The Star-Spangled Banner. A mí me llamaron así por él. La señora Surrat que murió ahorcada tras el asesinato de Lincoln porque Booth había planeado el atentado en su casa, era tía de mi padre. Recordará que ejecutaron a tres hombres y una mujer.
Cuando tenía 9 años, mi padre cruzaba el río a espías en un bote de remos. Al cumplir los doce, pensó que la vida había acabado para él. Tan pronto como pudo se marchó al Oeste, tan lejos del escenario de la guerra civil como le fue posible. puso en marcha una fábrica de muebles de mimbre en St. Paul. Sufrió el impacto del pánico financiero de los años 90 y fracasó.
Regresamos al Este y mi padre consiguió trabajo como vendedor de jabón en Búfalo. Conservó ese puesto durante varios años. Una tarde, cuando yo tenía 10 u 11 años, sonó el teléfono y lo tomó mi madre. no entendí lo que decía, pero percibí que nos había alcanzado algún desastre. Poco antes, mi madre me había dado 25 centavos para que fuese a nadar. Le devolví el dinero. Sabía que había ocurrido algo terrible y decidí que en ese momento no podía malgastar el dinero.
Luego me puse a rezar: Dios mío, por favor, no permitas que vayamos al asilo. Poco después mi padre regresó a casa. yo había estado en lo cierto. Había perdido el trabajo. Al salir de casa esa mañana era un hombre relativamente joven, lleno de fortaleza, de confianza. Cuando regresó por la noche era un anciano, un hombre totalmente destrozado. Había perdido su energía vital, su inmaculada pureza. Fue un fracasado el resto de sus días.
Fitzgerald se frotó los ojos, la boca. Recorrió de un lado a otro la habitación con paso rápido.
-Por cierto, recuerdo algo más -dijo-. Recuerdo que cuando mi padre regresó a casa mi madre me dijo: Dile algo a tu padre, Scott. Yo no sabía qué decirle. Me acerqué a él y le pregunté: Padre, ¿quién cree que será el próximo presidente?. Él estaba mirando por la ventana. No movió ni un músculo. Luego contestó: Creo que será Taft.
A mi padre se le había abierto el suelo bajo los pies y a mí me ha ocurrido lo mismo. Pero ahora estoy haciendo lo posible por empezar otra vez. Comencé escribiendo unas colaboraciones a Esquirre. Quizás haya sido una equivocación. Demasiado de profundis... mi mejor amigo, un gran escritor norteamericano al que llamo mi conciencia artística en uno de los artículos de Esquirre, me escribió una carta muy enfurecido. En ella me decía que era estúpido escribir acerca de cosas tan personales y sombrías.
-¿Cuáles son sus planes en este momento señor Fitzgerald? ¿En qué está trabajando ahora?
-En todo tipo de cosas, pero no hablemos de planes. Cuando se habla de proyectos se pierde algo de ellos.
Fitzgerald abandonó la habitación.
-Desesperación, desesperación y desesperación dijo la enfermera- Desesperación día y noche. Intente no hablarle de su trabajo o su futuro. Trabaja, pero muy poco, puede que tres o cuatro horas a la semana.
No tardó en regresar.
-Debemos celebrar el cumpleaños del autor dijo alegremente- Mataremos el ternero cebado a tal efecto, o al menos cortaremos el pastel con velitas.
Se sirvió otra copa.
-Sé que esto va muy en contra de su sensato criterio querida le dijo a la muchacha con una sonrisa.
Atendiendo al consejo de la enfermera, este visitante desvió la conversación hacia los primeros días de la carrera del escritor y Fitzgerald le explicó cómo había dado en escribir A este lado del paraíso.
-Lo escribí cuando estaba en el ejército dijo- Tenía 19 años. Rescribí todo el libro un años después. También le cambié el título. Originalmente se llamaba El egoísta romántico.
A este lado del paraíso es un título precioso, ¿verdad? Se me dan bien los títulos. He publicado cuatro novelas y cuatro volúmenes de relatos cortos. Todas las novelas tienen buenos títulos: El gran Gatsby, Hermosos y condenados, Suave es la noche. Ese es mi libro más reciente. Trabajé en él durante cuatro años.
Sí, escribí A este del paraíso cuando estaba en el ejército. No fui a Europa. Mi experiencia bélica se redujo casi exclusivamente a enamorarme de una chica en cada ciudad por la que pasaba. Estuve a punto de cruzar el charco.De hecho nos subieron a un transporte y después nos hicieron bajar de nuevo. Fue por una epidemia de gripe o algo por el estilo. Eso ocurrió alrededor de una semana antes de la firma del armisticio.
Estábamos acuartelados en Camp Mills, en Long Island. Me escapé a hurtadillas del campamento y llegué a Nueva York, territorio prohibido. Sin duda debía de haber alguna chica por medio. Perdí el tren de regreso a Camp Sheridan, Alabama, donde habíamos hecho la instrucción.
Total me fui a la estación de Pensilvania y requisé una máquina y un vagón para que me llevase a Washington y poder unirme a las tropas. Le dije al personal del ferrocarril que llevaba conmigo documentos secretos de guerra para el presidente Wilson. No podía perder ni un minuto. No podía confiárselo al correo. Se lo creyeron. Estoy seguro que es la única vez en la historia del ejército de los Estados Unidos en la que un teniente ha requisado una locomotora. Me uní al regimiento en Washington. No, no me castigaron.
-¿Qué fue de A ese lado del paraíso?
-Es verdad, estoy divagando. Una vez que nos licenciaron viajé a Nueva York. Scribners rechazó mi libro. Entonces intenté conseguir trabajo en un periódico. Recorríto dos y cada uno de los diarios con las partituras y las letras de los espectáculos del Triangle de los dos o tres años anteriores bajo el brazo. Había sido un personaje importante en el Triangle Club de Princenton y pensé que eso me serviría de ayuda. A aquellos tipos no lo impresionó.
Un día Fitzgerald se dio de manos a boca con un publicista que le dijo que se olvidase de la prensa. Lo ayudó a conseguir un empleo en la agencia Barron Coolier y durante algunos meses escribió eslóganes para los carteles publicitarios de los tranvías.
-Recuerdo el éxito que tuvo un eslogan que escribí para la lavandería Muscatini Steam de Muscatine, Iowa. Con Muscatini irá como un pincel. Me subieron el sueldo por aquello. Puede que sea un poco demasiado imaginativo, me dijo el jefe, pero está claro que usted tiene futuro en este negocio. Dentro de poco, esta oficina no será lo bastante grande para retenerlo.
Y así fue, en efecto. No pasó mucho tiempo antes de que Fitzgerald se aburriese hasta la extenuación y alzó el vuelo. Volvió a St. Paul, donde aún vivían sus padres, y le propuso a su madre que le cediese el tercer piso de la casa durante un tiempo y lo abasteciese de cigarrillos.
-Así lo hizo, y en tres meses reescribí completamente mi libro. Scribners aceptó el manuscrito revisado en 1919 y el libro fue publicado en la primavera de 1920.
En A este lado del paraíso. Fitzgerald hace que uno de sus principales personajes lance una pulla contra los autores más populares de la época, algunos de los cuales son aún conocidos, con estas palabras:¡Cincuenta mil dólares al año! Dios mío, míralos, pero míralos... Edna Feber, Gouverneur Morris, Fannie Hurts, Mary Roberts Rinehart... Entre todos ellos no han escrito una sola novela o relato que vaya a sobrevivir diez años. El tipo ese, Cobb, no me parece ni inteligente ni divertido. Lo que es más, no creo que se lo parezca a demasiada gente, salvo a los editores. Simplemente está medio sonado con tanta publicidad. Harold Bell Wright, Zane Grey, Ernest Poole, y Dorothy Canfield hacen lo que pueden, pero cargan con el pesado lastre de su absoluta falta de sentido del humor.
El muchacho concluía afirmando que no era de extrañar que escritores ingleses como Wells, Conrad, Galsworthy, Shaw y Benett obtuvieran en América más de la mitad de sus ganancias por venta de libros.
-¿Qué opina Fitzgerald acerca de la situación literaria del país hoy?
-Ha mejorado mucho dijo-, Todo empezó con Calle principal. En mi opinión Ernest Hemingway es el mejor escritor en lengua inglesa vivo. Ocupó ese puesto a la muerte de Kipling. Luego está Thomas Wolfe y después Faulkner y Dos Passos. A Erskine Caldwell y a unos cuantos más que llegaron poco después de nuestra generación no les ha ido tan bien. . nosotros fuimos producto de la prosperidad. El mejor arte se genera en periodos de riqueza. Los hombres que llegaron unos años más tarde no tuvieron tanta suerte como nosotros.
-¿Ha cambiado de opinión respecto de los temas económicos? Amory Blaine, el héroe de A este lado del paraíso, predecía el éxito del experimento bolchevique en Rusia y la eventual nacionalización de todas las industrias de este país.
-Cielos, aquello fue una auténtica metedura de pata respondió Fitzgerald-, ¿Recuerda que dije que la publicidad acabaría por destruir a Lenin? Menuda profecía. Se convirtió en un santo. ¿Mis convicciones? Bueno, si me pone entre la espada y la pared, diría que siguen siendo bastante de izquierda.
Seguidamente, el periodista quiso saber qué opinaba ahora acerca de la generación loca por el jazz y la ginebra de cuyas febriles andanzas hizo la crónica en A este lado del paraíso. ¿Qué había sido de ellos? ¿Qué lugar habían llegado a ocupar en el mundo?
-Por qué iba a preocuparme por ellos? me preguntó-. ¿Acaso no tengo ya bastante problemas propios? Sabe usted tan bien como yo qué ha sido de ellos. Algunos se hicieron especuladores y saltaron por la ventana. Otros se convirtieron en banqueros y se pegaron un tiro. Otros se hicieron periodistas. Y unos pocos llegaron a ser autores de éxito.
Su rostro se contrajo.
-¡Autores de éxito! exclamó- ¡Oh, Dios mío, autores de éxito!
Se tambaleó hasta la cómoda y se sirvió una copa más.
El poeta-profeta de la neurosis posbélica se enfrentaba ayer a su 40 cumpleaños en su habitación del Gove Park Inn. Pasó el día igual que pasa todos los días: intentando volver desde el otro lado del paraíso, salir del infierno del abatimiento en que se retuerce desde hace un par de años.
Su única compañía fuimos su maternal y complaciente enfermera de dulce acento sureño y el periodista que esto suscribe. Con la muchacha intercambió las chanzas típicas entre enfermera y paciente. Con su visitante mostró entereza, como comenta su próxima reaparición estelar un actor consumido por el miedo a que su nombre no vuelva a aparecer jamás en las luminarias.
No engañaba a nadie. Era obvio que en el fondo de su corazón albergaba tan pocas esperanzas como sol había en el lloroso cielo, cubierto de nubes, que velaban la vista de Subset Mountain.
Físicamente sufría las secuelas de un accidente ocurrido ocho semanas antes, en el que se había fracturado el hombro al zambullirse desde un trampolín de cinco metros de altura.
Con todo, aún cuando la fractura le causara alguna molestia, no explicaba su continuo y nervioso entrar y salir de la cama, su desasosegado deambular, sus manos temblorosas y la penosa expresión de niño cruelmente apaleado que se dibujaba en su rostro crispado.
Tampoco se podía responsabilizar al dolor de sus frecuentes visitas a una cómoda en uno de cuyos cajones había una botella. Cada vez que se servía un trago en el vaso medidor de cristal que tenía enla mesilla de noche miraba implorante a la enfermera y le preguntaba: ¿Una onza más?.
Una y otra vez, la enfermera bajaba la mirada sin darle respuesta alguna.
A fuerza de ser sinceros, no puedo por menos que reconocer que Fitzgerald no intentaba convertir su lesión en una excusa para justificar su sed.
-A papaíto le ha pasado una serie de cosas dijo con burlona jovialidad_. Por eso está deprimido y ha empezado a beber un poquito.
Se negó a explicar cuáles eran esas cosas.
-Una desgracia tras otra replicó-, y al fin al se me rompió algo.
Sin embargo antes de viajar a Carolina del Norte, este visitante había tenido oportunidad de averiguar algunos detalles sobre la historia reciente de Fitzgerald a través de unos amigos de Baltimore, donde había vivido hasta el mes de julio. Al parecer la señora Fitzgerald se había tirado a la vía del tren delante de un expreso. A pesar de su delicado estado, el propio Fitzgerald se había lanzado a rescatarla, salvándole la vida de milagro.
También había habido otros contratiempos. La señora Fitzgerald había sido finalmente internada en un sanatorio cerca de la ciudad y su marido la había seguido hasta allí, instalándose en una habitación del edificio de piedra del Grove Park Inn, uno de los hoteles de recreo más grandes y populares de los Estados Unidos.
Sean cuales fueren las causas de las crisis nerviosas de Fitzgerald, resultan menos importantes que sus efectos sobre el escritor. Fue en un trabajo titulado Pasting it Together (Uniendo las piezas), uno de los tres artículos autobiográficos publicados en Esquirre, donde habló de sí mismo como un plato rajado.
Con todo escribía- a veces hay que guardar el plato agrietado en la despensa, mantenerlo en servicio como necesidad doméstica. No será posible volver a calentarlo sobre el fogón o meterlo en el fregadero con los demás platos. No sería conveniente utilizarlo para servir a las visitas, pero sí usarlo para poner en él unas galletas por la noche o para meter las sobras en la heladera.
Hoy, el remedio habitual para alguien que está hundido es pensar en aquellos están en la indigencia o sufren padecimientos físicos. Tiene una acción balsámica contra la melancolía en general y es un consejo razonablemente saludable para cualquiera en el transcurso del día, pero a las tres de la madrugada la cura no sirve para nada. Y en una noche realmente oscura del alma son siempre las tres de la madrugada, día tras día. A esas horas, la tendencia es negarnos a hacer frente a las cosas durante tanto tiempo como sea posible, retirándonos a un sueño infantil del que continuamente nos arranca, sobresaltados, el contacto con el mundo.
Nos enfrentamos a esas situaciones tan rápida y descuidadamente como nos es posible, y luego nos refugiamos de nuevo en el sueño, confiando en que todo vuelva a recomponerse por sí mismo merced a alguna milagrosa material o espiritual. . pero cuando el repliegue persiste y cada vez hay menos esperanza de que se produzca dicha bonanza, ya no aspiramos a que se desvanezca un único pesar, sino que más bien nos convertimos en testigos involuntarios de una ejecución, de la desintegración de nuestra propiedad personal.
Ayer, al final de una larga, digresiva e inconexa conversación. Fitzgerald expresó lo mismo con diferentes palabras, no tan poéticas, pero no por ello menos emocionantes:
-Un escritor como yo dijo- ha de tener una profunda confianza en sí mismo, una inmensa fe en su buena estrella. Se trata de un sentimiento casi místico, una sensación de que nada puede ocurrirle, nada puede dañarlo, nada puede afectarlo. Thomas Wolfe lo tiene, y Ernest Hemingway lo tenía. Yo lo tuve una vez, pero después de una serie de desastres, muchos de ellos responsabilidad mía, algo le ocurrió a mi sentimiento de inmunidad y perdí pie.
A modo de ilustración, me contó una historia acerca de su padre.
-Durante mi infancia, mi padre vivía en Montgomery County, en Maryland. Nuestra familia ha estado bastante involucrada en la historia de América. El hermano de mi bisabuelo fue Francis Scott Key, el autor de The Star-Spangled Banner. A mí me llamaron así por él. La señora Surrat que murió ahorcada tras el asesinato de Lincoln porque Booth había planeado el atentado en su casa, era tía de mi padre. Recordará que ejecutaron a tres hombres y una mujer.
Cuando tenía 9 años, mi padre cruzaba el río a espías en un bote de remos. Al cumplir los doce, pensó que la vida había acabado para él. Tan pronto como pudo se marchó al Oeste, tan lejos del escenario de la guerra civil como le fue posible. puso en marcha una fábrica de muebles de mimbre en St. Paul. Sufrió el impacto del pánico financiero de los años 90 y fracasó.
Regresamos al Este y mi padre consiguió trabajo como vendedor de jabón en Búfalo. Conservó ese puesto durante varios años. Una tarde, cuando yo tenía 10 u 11 años, sonó el teléfono y lo tomó mi madre. no entendí lo que decía, pero percibí que nos había alcanzado algún desastre. Poco antes, mi madre me había dado 25 centavos para que fuese a nadar. Le devolví el dinero. Sabía que había ocurrido algo terrible y decidí que en ese momento no podía malgastar el dinero.
Luego me puse a rezar: Dios mío, por favor, no permitas que vayamos al asilo. Poco después mi padre regresó a casa. yo había estado en lo cierto. Había perdido el trabajo. Al salir de casa esa mañana era un hombre relativamente joven, lleno de fortaleza, de confianza. Cuando regresó por la noche era un anciano, un hombre totalmente destrozado. Había perdido su energía vital, su inmaculada pureza. Fue un fracasado el resto de sus días.
Fitzgerald se frotó los ojos, la boca. Recorrió de un lado a otro la habitación con paso rápido.
-Por cierto, recuerdo algo más -dijo-. Recuerdo que cuando mi padre regresó a casa mi madre me dijo: Dile algo a tu padre, Scott. Yo no sabía qué decirle. Me acerqué a él y le pregunté: Padre, ¿quién cree que será el próximo presidente?. Él estaba mirando por la ventana. No movió ni un músculo. Luego contestó: Creo que será Taft.
A mi padre se le había abierto el suelo bajo los pies y a mí me ha ocurrido lo mismo. Pero ahora estoy haciendo lo posible por empezar otra vez. Comencé escribiendo unas colaboraciones a Esquirre. Quizás haya sido una equivocación. Demasiado de profundis... mi mejor amigo, un gran escritor norteamericano al que llamo mi conciencia artística en uno de los artículos de Esquirre, me escribió una carta muy enfurecido. En ella me decía que era estúpido escribir acerca de cosas tan personales y sombrías.
-¿Cuáles son sus planes en este momento señor Fitzgerald? ¿En qué está trabajando ahora?
-En todo tipo de cosas, pero no hablemos de planes. Cuando se habla de proyectos se pierde algo de ellos.
Fitzgerald abandonó la habitación.
-Desesperación, desesperación y desesperación dijo la enfermera- Desesperación día y noche. Intente no hablarle de su trabajo o su futuro. Trabaja, pero muy poco, puede que tres o cuatro horas a la semana.
No tardó en regresar.
-Debemos celebrar el cumpleaños del autor dijo alegremente- Mataremos el ternero cebado a tal efecto, o al menos cortaremos el pastel con velitas.
Se sirvió otra copa.
-Sé que esto va muy en contra de su sensato criterio querida le dijo a la muchacha con una sonrisa.
Atendiendo al consejo de la enfermera, este visitante desvió la conversación hacia los primeros días de la carrera del escritor y Fitzgerald le explicó cómo había dado en escribir A este lado del paraíso.
-Lo escribí cuando estaba en el ejército dijo- Tenía 19 años. Rescribí todo el libro un años después. También le cambié el título. Originalmente se llamaba El egoísta romántico.
A este lado del paraíso es un título precioso, ¿verdad? Se me dan bien los títulos. He publicado cuatro novelas y cuatro volúmenes de relatos cortos. Todas las novelas tienen buenos títulos: El gran Gatsby, Hermosos y condenados, Suave es la noche. Ese es mi libro más reciente. Trabajé en él durante cuatro años.
Sí, escribí A este del paraíso cuando estaba en el ejército. No fui a Europa. Mi experiencia bélica se redujo casi exclusivamente a enamorarme de una chica en cada ciudad por la que pasaba. Estuve a punto de cruzar el charco.De hecho nos subieron a un transporte y después nos hicieron bajar de nuevo. Fue por una epidemia de gripe o algo por el estilo. Eso ocurrió alrededor de una semana antes de la firma del armisticio.
Estábamos acuartelados en Camp Mills, en Long Island. Me escapé a hurtadillas del campamento y llegué a Nueva York, territorio prohibido. Sin duda debía de haber alguna chica por medio. Perdí el tren de regreso a Camp Sheridan, Alabama, donde habíamos hecho la instrucción.
Total me fui a la estación de Pensilvania y requisé una máquina y un vagón para que me llevase a Washington y poder unirme a las tropas. Le dije al personal del ferrocarril que llevaba conmigo documentos secretos de guerra para el presidente Wilson. No podía perder ni un minuto. No podía confiárselo al correo. Se lo creyeron. Estoy seguro que es la única vez en la historia del ejército de los Estados Unidos en la que un teniente ha requisado una locomotora. Me uní al regimiento en Washington. No, no me castigaron.
-¿Qué fue de A ese lado del paraíso?
-Es verdad, estoy divagando. Una vez que nos licenciaron viajé a Nueva York. Scribners rechazó mi libro. Entonces intenté conseguir trabajo en un periódico. Recorríto dos y cada uno de los diarios con las partituras y las letras de los espectáculos del Triangle de los dos o tres años anteriores bajo el brazo. Había sido un personaje importante en el Triangle Club de Princenton y pensé que eso me serviría de ayuda. A aquellos tipos no lo impresionó.
Un día Fitzgerald se dio de manos a boca con un publicista que le dijo que se olvidase de la prensa. Lo ayudó a conseguir un empleo en la agencia Barron Coolier y durante algunos meses escribió eslóganes para los carteles publicitarios de los tranvías.
-Recuerdo el éxito que tuvo un eslogan que escribí para la lavandería Muscatini Steam de Muscatine, Iowa. Con Muscatini irá como un pincel. Me subieron el sueldo por aquello. Puede que sea un poco demasiado imaginativo, me dijo el jefe, pero está claro que usted tiene futuro en este negocio. Dentro de poco, esta oficina no será lo bastante grande para retenerlo.
Y así fue, en efecto. No pasó mucho tiempo antes de que Fitzgerald se aburriese hasta la extenuación y alzó el vuelo. Volvió a St. Paul, donde aún vivían sus padres, y le propuso a su madre que le cediese el tercer piso de la casa durante un tiempo y lo abasteciese de cigarrillos.
-Así lo hizo, y en tres meses reescribí completamente mi libro. Scribners aceptó el manuscrito revisado en 1919 y el libro fue publicado en la primavera de 1920.
En A este lado del paraíso. Fitzgerald hace que uno de sus principales personajes lance una pulla contra los autores más populares de la época, algunos de los cuales son aún conocidos, con estas palabras:¡Cincuenta mil dólares al año! Dios mío, míralos, pero míralos... Edna Feber, Gouverneur Morris, Fannie Hurts, Mary Roberts Rinehart... Entre todos ellos no han escrito una sola novela o relato que vaya a sobrevivir diez años. El tipo ese, Cobb, no me parece ni inteligente ni divertido. Lo que es más, no creo que se lo parezca a demasiada gente, salvo a los editores. Simplemente está medio sonado con tanta publicidad. Harold Bell Wright, Zane Grey, Ernest Poole, y Dorothy Canfield hacen lo que pueden, pero cargan con el pesado lastre de su absoluta falta de sentido del humor.
El muchacho concluía afirmando que no era de extrañar que escritores ingleses como Wells, Conrad, Galsworthy, Shaw y Benett obtuvieran en América más de la mitad de sus ganancias por venta de libros.
-¿Qué opina Fitzgerald acerca de la situación literaria del país hoy?
-Ha mejorado mucho dijo-, Todo empezó con Calle principal. En mi opinión Ernest Hemingway es el mejor escritor en lengua inglesa vivo. Ocupó ese puesto a la muerte de Kipling. Luego está Thomas Wolfe y después Faulkner y Dos Passos. A Erskine Caldwell y a unos cuantos más que llegaron poco después de nuestra generación no les ha ido tan bien. . nosotros fuimos producto de la prosperidad. El mejor arte se genera en periodos de riqueza. Los hombres que llegaron unos años más tarde no tuvieron tanta suerte como nosotros.
-¿Ha cambiado de opinión respecto de los temas económicos? Amory Blaine, el héroe de A este lado del paraíso, predecía el éxito del experimento bolchevique en Rusia y la eventual nacionalización de todas las industrias de este país.
-Cielos, aquello fue una auténtica metedura de pata respondió Fitzgerald-, ¿Recuerda que dije que la publicidad acabaría por destruir a Lenin? Menuda profecía. Se convirtió en un santo. ¿Mis convicciones? Bueno, si me pone entre la espada y la pared, diría que siguen siendo bastante de izquierda.
Seguidamente, el periodista quiso saber qué opinaba ahora acerca de la generación loca por el jazz y la ginebra de cuyas febriles andanzas hizo la crónica en A este lado del paraíso. ¿Qué había sido de ellos? ¿Qué lugar habían llegado a ocupar en el mundo?
-Por qué iba a preocuparme por ellos? me preguntó-. ¿Acaso no tengo ya bastante problemas propios? Sabe usted tan bien como yo qué ha sido de ellos. Algunos se hicieron especuladores y saltaron por la ventana. Otros se convirtieron en banqueros y se pegaron un tiro. Otros se hicieron periodistas. Y unos pocos llegaron a ser autores de éxito.
Su rostro se contrajo.
-¡Autores de éxito! exclamó- ¡Oh, Dios mío, autores de éxito!
Se tambaleó hasta la cómoda y se sirvió una copa más.
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Julio Cortázar: La tos de una señora alemana |
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| Julio Cortázar en París, Francia, el año 1969. Fotografía de Pierre Boulat. |
La mentalidad científica quiere que todo tenga explicación, incluso lo maravilloso. Qué le vamos a hacer tal vez sea así; pero entonces, apenas se acepta resignadamente esta supuesta conquista total de la realidad, lo maravilloso vuelve desde pequeñas cosas, lo insólito resbala como una gota de agua a lo largo de una copa de cristal, y quienes merecen el comercio con esas mínimas presencias olvidan la sapiencia y la conciencia y la ciencia para pasarse a otro lado y hacer cosas como por ejemplo escuchar la tos de una señora alemana. En 1947, poco después del fin de la guerra, Wilhelm Furtwngler dirigió un concierto entre las ruinas de una Alemania derrotada, que la mayoría de sus vencedores empezaban a rehabilitar al oeste después de haberla repudiado al este. También Furtwngler había sido repudiado en un principio por su condescendencia frente a la megalomanía de y melomanía de Adolfo Hitler, tras de lo cual parecía de buen tono rehabilitarlo; así terminan muchas guerras, lo cual explica que un tiempo después vuelvan a desatarse, pero no es de eso que vamos a hablar sino del concierto en el que Yehudi Menuhin, invitado por las fuerzas de ocupación, tocó esa noche el "Concierto en Re" de Beethoven que el ilustre Furtwngler sacaba una vez más de su jaula para mostrar lo que era capaz de hacer con ése imperecedero leopardo de la música. La radio alemana difundió el concierto y además lo grabó con los medios técnicos disponibles en ese momento, que no eran muchos. La grabación (¿disco, alambre, cinta magnetofónica?) quedó en los archivos hasta que el otro día, más de treinta años después, fue prestada a la radio francesa que la prestó a su vez a mi receptor sintonizado en France Musique. Un argentino en París escuchó así a una orquesta alemana y a un violinista judío que tocaban bajo la batuta de un muerto; todo eso, que hubiera sido perfectamente incomprensible hace menos de un siglo, formaba y forma parte de lo ordinario, de lo que la ciencia explica a los niños en las escuelas; todo eso era cotidiano, simplemente apretar unos botones e instalarse en un sillón.
Tal vez Menuhin no tocó jamás el concierto de Beethoven como esa noche; le sobraban razones para hacerlo tan prodigiosamente en el mismo lugar donde habían sido exterminados siete millones de judíos y donde acaso algunos de sus exterminadores se sentaban en las plateas del teatro y lo aplaudían frenéticamente. Del concierto en sí, de su intérprete y de su director, solo puede hablarse con admiración, pero noes de eso que hablamos sino de ese instante, creo que en el segundo movimiento, en que un "pianíssimo" de la orquesta dejó pasar una tos, un solo golpe seco y claro de tos que no habría de repetirse, una tos de mujer, la tos de una señora que cualquier cálculo de probabilidades definiría como la tos de una señora alemana.
Durante más de treinta años esa pequeña tos anónima había dormido en los archivos de la radio; ahora reiteraba su diminuto fantasma en millares de oídos que escuchaban un concierto en otro tiempo y otro espacio. Imposible saber quién tosió así esa noche; ninguna ciencia, ningún caballero Dupin podría rastrear su origen. Sin la menor importancia, sin la más pequeña significación, esa tos se repitió multiplicada por infinitos altavoces para recaer instantáneamente en la nada; pero alguien que acaso nació para medir cosas así con más fuerza que las grandes y duraderas cosas, oyó esa tos y algo supo en él que lo maravilloso no habla muerto, que bastaba vivir porosamente abierto a todo lo que habita y alienta entre lo concreto y lo definible para resbalar a otro lado donde de pronto, en la enorme masa catedralicia de un concierto beethoveniano, la breve tos de una señora alemana era un puente y un signo y una llamada. ¿Quién fue esa mujer, dónde se sentó esa noche, está aún viva en alguna parte del mundo? ¿Por qué esa tos hace nacer estas líneas en otro tiempo, bajo otro cielo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que lo maravilloso no es más que uno de los juegos de la ilusión?
Tal vez Menuhin no tocó jamás el concierto de Beethoven como esa noche; le sobraban razones para hacerlo tan prodigiosamente en el mismo lugar donde habían sido exterminados siete millones de judíos y donde acaso algunos de sus exterminadores se sentaban en las plateas del teatro y lo aplaudían frenéticamente. Del concierto en sí, de su intérprete y de su director, solo puede hablarse con admiración, pero noes de eso que hablamos sino de ese instante, creo que en el segundo movimiento, en que un "pianíssimo" de la orquesta dejó pasar una tos, un solo golpe seco y claro de tos que no habría de repetirse, una tos de mujer, la tos de una señora que cualquier cálculo de probabilidades definiría como la tos de una señora alemana.
Durante más de treinta años esa pequeña tos anónima había dormido en los archivos de la radio; ahora reiteraba su diminuto fantasma en millares de oídos que escuchaban un concierto en otro tiempo y otro espacio. Imposible saber quién tosió así esa noche; ninguna ciencia, ningún caballero Dupin podría rastrear su origen. Sin la menor importancia, sin la más pequeña significación, esa tos se repitió multiplicada por infinitos altavoces para recaer instantáneamente en la nada; pero alguien que acaso nació para medir cosas así con más fuerza que las grandes y duraderas cosas, oyó esa tos y algo supo en él que lo maravilloso no habla muerto, que bastaba vivir porosamente abierto a todo lo que habita y alienta entre lo concreto y lo definible para resbalar a otro lado donde de pronto, en la enorme masa catedralicia de un concierto beethoveniano, la breve tos de una señora alemana era un puente y un signo y una llamada. ¿Quién fue esa mujer, dónde se sentó esa noche, está aún viva en alguna parte del mundo? ¿Por qué esa tos hace nacer estas líneas en otro tiempo, bajo otro cielo? ¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que lo maravilloso no es más que uno de los juegos de la ilusión?
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ray loriga |
Caídos del cielo
-¿Y ahora qué?
No sabía muy bien a qué se refería. Llevaba toda la mañana con el estómago revuelto. Un dolor agudo, como un clavo. Lo sé porque me lo dijo ella misma antes de darme la pistola. La pistola no era suya. Eso se dijo, pero no era cierto. La pistola era de él. Se dijeron muchas tonterías, da igual, era de él. Seguro. Una pistola grande, automática, negra.
-No se mueve.
-Ni se moverá, está más muerto que yo.
-Tú no estás muerto.
-Lo estaré.
Tenía razón. Dos horas después le pegaron tantos tiros que hacía falta quererlo mucho para ir a mirarlo. Nadie lo quería mucho. Nadie lo quería nada. Ella tampoco. Ella había visto todas esas películas de asesinos juveniles, estaba en babia. Pero de eso al amor hay un paso.
-No da asco.
-No.
-Tampoco da mucha pena.
-Da lo que da, vámonos de aquí.
Subió al coche, se acordó de mamá, seguro, se acordó de mamá diciendo; Algo me dice que todo esto estará limpio mañana. Arrancó el coche y dijo:
-Algo me dice que esto no va a estar limpio mañana.
(Fragmento de Caídos del cielo, de Ray Loriga. Editorial Plaza y Janés, 1995).
No sabía muy bien a qué se refería. Llevaba toda la mañana con el estómago revuelto. Un dolor agudo, como un clavo. Lo sé porque me lo dijo ella misma antes de darme la pistola. La pistola no era suya. Eso se dijo, pero no era cierto. La pistola era de él. Se dijeron muchas tonterías, da igual, era de él. Seguro. Una pistola grande, automática, negra.
-No se mueve.
-Ni se moverá, está más muerto que yo.
-Tú no estás muerto.
-Lo estaré.
Tenía razón. Dos horas después le pegaron tantos tiros que hacía falta quererlo mucho para ir a mirarlo. Nadie lo quería mucho. Nadie lo quería nada. Ella tampoco. Ella había visto todas esas películas de asesinos juveniles, estaba en babia. Pero de eso al amor hay un paso.
-No da asco.
-No.
-Tampoco da mucha pena.
-Da lo que da, vámonos de aquí.
Subió al coche, se acordó de mamá, seguro, se acordó de mamá diciendo; Algo me dice que todo esto estará limpio mañana. Arrancó el coche y dijo:
-Algo me dice que esto no va a estar limpio mañana.
(Fragmento de Caídos del cielo, de Ray Loriga. Editorial Plaza y Janés, 1995).
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Marilyn Manson: El hombre que temes |
Entre todas las cosas que pueden ser contempladas bajo la concavidad de los cielos, nada es visto que sacuda más el espíritu humano, que embelese más los sentidos, que provoque más terror o admiración que los monstruos, prodigios y abominaciones a través de las cuales vemos los trabajos de la naturaleza invertidos, mutilados o truncados.
Pierre Boaistuau, Histories Prodigieuses, 1561
círculo uno: Limbo
Para mi el infierno era el sótano de mi abuelo. Apestaba como un baño público, y estaba casi igual de sucio. El húmedo piso de concreto estaba cubierto con latas de cerveza vacías y todo estaba envuelto con una película de grasa que probablemente no había sido limpiada desde que mi padre era un niño. Accesible solamente a través de unas destartaladas escaleras de madera fijadas a una tosca pared de piedra, el sótano estaba prohibido para todos excepto mi abuelo. Este era su mundo.
Colgando de la pared había una bolsa para enemas de color rojo descolorido, símbolo de la confianza equivocada que Jack Angus Warner tenía en el hecho de que ni siquiera sus nietos se atreverían a pasar. A su derecha había un deformado gabinete, dentro del cual había una docena de viejas cajas de condones genéricos a punto de desintegrarse; una lata oxidada de spray desodorante femenino; un puñado de esas cubiertas de látex para dedos que usan los doctores para exámenes proctológicos; y un Fraile Tuck de juguete que mostraba una erección cuando su cabeza era presionada hacia abajo. Debajo de las escaleras había un estante con alrededor de diez latas de pintura las cuales, después descubrí, contenían 20 cintas porno de 16 milímetros cada una. Coronándolo todo había una pequeña ventana cuadrada parecía un vitral, pero en realidad estaba cubierto con un limo gris- y mirar a través de ella realmente se sentía como observar hacia la oscuridad del infierno.
Lo que más me intrigaba en el sótano era la mesa de trabajo. Era vieja y toscamente construida, como si hubiese sido hecha hace siglos. Estaba cubierta de peluche naranja oscuro que parecía el cabello de una muñeca Raggedy Ann, excepto que había sido manchado de años de tener herramientas sucias encima. Un cajón había sido torpemente construido en ella, pero siempre estaba bajo llave. En las vigas del techo había un espejo barato de cuerpo completo, de los que tienen marco de madera para ser clavado en la puerta. Pero estaba clavado al techo por alguna razón -yo solo podía imaginarme el porque. Aquí fue donde mi primo, Chad, y yo empezamos nuestras diarias y progresivamente más atrevidas intrusiones dentro de la vida secreta de mi abuelo.
Yo era un escuálido muchacho de 13 años , pecoso y con un corte de hongo cortesía de las tijeras de mi madre; él era un delgado muchacho de 12 años con pecas y dientes de conejo. No queríamos nada más que llegar a ser detectives, espías o investigadores privados cuando creciéramos. Fue mientras tratábamos de desarrollar las habilidades requeridas para el espionaje cuando fuimos expuestos por primera vez a toda esta iniquidad.
Al principio, todo lo que queríamos hacer era escabullirnos en el sótano y espiar al abuelo sin que él lo supiera. Pero una vez que empezamos a descubrir todo lo que había escondido ahí, nuestros motivos cambiaron. Nuestras incursiones dentro del sótano al volver de la escuela se convirtieron en parte unos muchachos adolescentes queriendo encontrar pornografía para masturbarse y en parte una mórbida fascinación por nuestro abuelo.
Casi todos los días hacíamos nuevos y grotescos descubrimientos. Yo no era muy alto, pero si me balanceaba con cuidado en la silla de madera de mi abuelo podía alcanzar el espacio entre el espejo y el techo. Ahí encontréuna pila de fotos de bestialidad en blanco y negro. No eran de revistas: eran fotografías individualmente numeradas que parecían escogidas de un catalogo que las enviaba por correo. Eran fotos de principios de los setentas de mujeres montando penes gigantes de caballos y chupando penes de cerdos, los cuales parecían suaves sacacorchos de carne. Yo había visto Playboy y Penthouse antes, pero estas fotografías estaban en otra categoría totalmente diferente. No era sólo el que fueran obscenas. Eran irreales todas las mujeres mostraban una inocente sonrisa infantil mientras chupaban y cogían a estos animales.
También había revistas fetichistas como Watersports y Black Beauty escondidas detrás del espejo. En vez de robar la revista completa, tomábamos una navaja y cortábamos cuidadosamente ciertas páginas. Después las doblábamos en pequeños cuadros y las escondíamos debajo de las grandes rocas blancas que rodeaban la entrada coches de la casa de mi abuela. Años después, regresamos a buscarlas, y aún estaban ahí pero raídas, deterioradas y cubiertas de lombrices y babosas.
Una tarde de otoño mientras Chad y yo estábamos sentados en el comedor de mi abuela después de un día particularmente aburrido en la escuela, decidimos averiguar que había dentro del cajón de la mesa de trabajo. Siempre obstinada en atiborrar a su familia de comida, mi abuela, Beatrice, nos forzaba a comer pastel de carne y gelatina, la cual era principalmente agua. Ella venía de una rica familia y tenía toneladas de dinero en el banco, pero era tan avara que trataba de hacer que una sola caja de gelatina durara por meses. Ella solía usar medias enrolladas hasta los tobillos y extrañas pelucas grises que obviamente no le quedaban. La gente siempre me decía que me parecía a ella porque ambos éramos delgados y teníamos la misma estrecha estructura facial.
Nada en la cocina había cambiado durante el tiempo que pasé ahí ingiriendo su repugnante comida. Sobre la mesa colgaba una fotografía amarillenta del Papa dentro de un marco barato de latón. Un imponente árbol familiar que rastreaba a los Warner hasta Alemania y Polonia, donde eran llamados los Wanamaker, estaba en la pared cercana. Y coronándolo todo había un gran crucifijo hueco de madera con un cristo dorado encima, una hoja muerta de palma envuelta a su alrededor y una tapa deslizante que escondía una vela y un vial con agua bendita.
Bajo la mesa de la cocina había un conducto de calefacción que conducía hasta la mesa de trabajo en el sótano. A través de él, podíamos oír a mi abuelo carraspear y toser ahí abajo. Tenía su radio de onda corta encendido, pero nunca hablaba por él, sólo escuchaba. Había sido hospitalizado con cáncer de garganta cuando yo era muy pequeño y, hasta donde recuerdo, nunca oí su verdadera voz, sólo el mellado ronquido que forzaba a través de su traqueotomía.
Esperamos hasta que lo oímos salir del sótano, abandonamos nuestro pastel de carne, tiramos nuestra gelatina dentro del conducto de la calefacción y nos aventuramos hacia el sótano. Pudimos oír a nuestra abuela llamándonos inútilmente: ¡Chad! ¡Brian! ¡Limpien el resto de sus platos! Tuvimos suerte de que lo único que hizo esa tarde fue gritar. Usualmente, si nos atrapaba robando comida, contestando o vagando, éramos forzados a hincarnos sobre un palo de escoba indefinidamente desde 15 minutos hasta 1 hora, lo cual tuvo como resultado unas rodillas permanentemente lastimadas y costrosas.
Chad y yo trabajamos rápida y calladamente. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Mientras recogíamos del piso un destornillador oxidado, rezamos por que el cajón de la mesa de trabajo se abriera lo suficiente como para que pudiéramos echar una mirada dentro. Lo primero que vimos fue celofán: toneladas de celofán, enrollado alrededor de algo. Chad empujó el destornillador más adentro del cajón. Había cabello y encaje. Él hizo cuña con al destornillador aún más, y yo jalé hasta que el cajón cedió.
Lo que descubrimos eran bustieres, brasieres, slips y pantaletas -y muchas pelucas de mujer enmarañadas con el cabello tieso y sucio. Comenzamos a desenvolver el celofán, pero tan pronto como vimos lo que escondía, dejamos caer el paquete al piso. Ninguno de nosotros quería tocarlo. Era una colección de dildos que tenían ventosas en la parte inferior. Tal vez fue porque yo era muy joven, pero parecían enormes. Y estaban cubiertos de un limo endurecido color naranja oscuro, como la costra gelatinosa que se forma alrededor del pavo cuando es cocinado. Más tarde dedujimos que era vaselina vieja.
Obligué a Chad a envolver los dildos y ponerlos de vuelta en el cajón. Ya habíamos explorado bastante ese día. Justo cuando tratábamos de cerrar el cajón de nuevo, la perilla de la puerta giró. Chad y yo quedamos paralizados por un momento, después tomó mi mano y se metió debajo de una mesa de contrachapado sobre la cual mi abuelo tenía sus trenes de juguete. Estuvimos justo a tiempo de escuchar sus pasos cerca del final de la escalera. El piso estaba cubierto de accesorios para trenes de juguete, en su mayor parte pinos de juguete y nieve falsa, la cual me hizo pensar en donas glaseadas hechas polvo. Los pinos de juguete nos espinaban las manos, el olor era nauseabundo y estábamos respirando pesadamente. Pero el abuelo no pareció notarnos ni al cajón medio abierto. Lo oímos caminar alrededor de la habitación, resollando a través del agujero en su garganta. Hubo un clic, y sus trenes de juguete empezaron a hacer ruido a lo largo de la vía. Sus zapatos negros de charol aparecieron en el piso justo frente a nosotros. No alcanzábamos a ver a la altura de sus rodillas, pero sabíamos que estaba sentado. Lentamente sus pies empezaron a rascar contra el piso, como si estuviera balanceándose violentamente en su asiento, y su resuello se volviómas ruidoso que los trenes. No puedo pensar en ninguna forma de describir el ruido que salía de su inservible laringe. La mejor analogía que puedo ofrecer es una vieja y descuidada podadora de césped tratando de arrancar. Pero viniendo de un ser humano, era un sonido monstruoso.
Después de que pasaron diez incómodos minutos, una voz llamó desde arriba de las escaleras. ¡Por el amor de Dios! Era mi abuela, y evidentemente había estado gritando por algún tiempo. El tren se detuvo, los pies se detuvieron. Jack, ¿qué estás haciendo ahí? gritó.
Mi abuelo le ladró a través de su traqueotomía, molesto. Jack, ¿puedes ir a Heinies?, se nos terminó el refresco de nuevo.
Mi abuelo ladró de nuevo, esta vez aún más molesto. Permaneció inmóvil por un momento, como decidiendo si ayudarla o no. Entonces lentamente se levanto. Estábamos a salvo, por el momento.
Después de ocultar lo mejor que pudimos el daño que habíamos hecho al cajón de la mesa de trabajo, Chad y yo corrimos escaleras arriba y hacia el pasillo, donde Chad y yo guardábamos nuestros juguetes. Juguetes que en este caso eran un par de pistolas de municiones. Además de espiar a mi abuelo, la casa tenía otras dos atracciones: el bosque cercano, donde nos gustaba dispara a los animales, y las chicas del vecindario, con las cuales intentábamos tener sexo pero nunca tuvimos éxito hasta mucho después.
A veces íbamos al parque de la ciudad justo pasando el bosque y disparábamos a los niños pequeños que jugaban foot ball. Hasta el día de hoy, Chad aún tiene una munición alojada bajo la piel del pecho, por que cuando no encontrábamos ningún otro blanco nos disparábamos entre nosotros. Esta vez, nos mantuvimos cerca de la casa y tratamos de derribar pájaros de los árboles. Era malévolo, pero éramos jóvenes y no nos importaba. Esa tarde buscaba sangre y, desafortunadamente, un conejo blanco se cruzó en nuestro camino. La emoción de dispararle era inconmensurable, pero entonces fui a examinar el daño. Aún estaba vivo y la sangre manaba de su ojo, empapando su blanco pelaje. Su boca se abría y cerraba lentamente, tomando aire en un último y desesperado intento de vivir. Por primera vez, me sentí mal por un animal al cual le había disparado. Tomé una gran roca plana y terminé su sufrimiento con un sonoro y rápido golpe. Estaba a punto de aprender una lección aún mas dura en sobre matar animales.
Corrimos de regreso a la casa, donde mis padres estaban esperándonos afuera en un Cadillac Coupe de Ville café, la alegría y orgullo de mi padre desde que se asentó en un trabajo como gerente en una tienda de alfombras. Él nunca entraba a la casa a buscarme a menos que fuera absolutamente inevitable, y raramente hablaba con sus padres. Usualmente sólo esperaba afuera intranquilamente, como si temiera revivir lo que sea que haya experimentado de niño en esa casa.
Nuestro departamento Duplex, tan sólo a unos minutos de distancia, no era menos claustrofóbico que la casa del abuelo y la abuela Warner. En vez de dejar su casa cuando se casó, mi madre trajo la casa de sus padres a Canton, Ohio. Asíque ellos, los Wyer (mi madre nació como Barb Wyer), vivían en la puerta de al lado. Gente buena de campo (mi padre los llamaba campiranos) de West Virginia, su padre era mecánico y su madre una obesa ama de casa cuyos padres solían encerrar en el closet.
Chad cayó enfermo, así que no fui a casa de los padres de mi padre por alrededor de una semana. Aunque estaba asqueado y asustado, mi curiosidad sobre mi abuelo y su depravación aún no había sido satisfecha. Para matar el tiempo mientras esperaba a reanudar la investigación, jugaba en nuestro patio trasero con Aleusha, quien de alguna forma era mi única amiga verdadera además de Chad. Aleusha era una perra Alaska del tamaño de un lobo y reconocible por sus ojos de distinto color: uno era verde, el otro era azul. El jugar en casa, sin embargo, venía acompañado de su propio conjunto de paranoias, ya que mi vecino, Mark, había regresado a casa de la escuela militar para el día de gracias.
Mark era un muchacho gordinflón con un rubio y grasoso peinado de hongo, pero yo lo respetaba porque él era tres años mayor que yo y mucho más loco. A menudo lo veía en su patio trasero lanzándole rocas a su pastor alemán o metiéndole varas por el trasero. Empezamos a andar juntos cuando yo tenía ocho o nueve años, principalmente porque él tenía televisión por cable y a mí me gustaba ver Flipper. El cuarto de la televisión estaba en el sótano, donde también había un pequeño elevador para la ropa sucia. Después de ver Flipper, Mark inventaba juegos como prisión, el cual consistía en meterse dentro del elevador y pretender que estábamos en prisión. Ésta no era una prisión ordinaria: lo guardias eran tan estrictos que no dejaban a los prisioneros tener nada, ni siquiera ropa. Ya que estábamos desnudos en el elevador, Mark tocaba mi piel con sus manos y trataba de apretar y acariciar mi pene. Después de que esto paso algunas veces, eché a llorar y le dije a mi madre. Ella fue directo con sus padres, quienes, aunque me llamaron mentiroso, pronto lo mandaron a una escuela militar. Desde entonces, nuestras familias se volvieron grandes enemigas, y yo siempre sentí que Mark me culpaba de ser un soplón y de haber causado que lo enviaran lejos. Desde que regreso, no me había dirigido una palabra. Tan sólo me miraba maliciosamente a través de su ventana o por sobre la cerca, y yo vivía con el miedo de que tratara de tomar algún tipo de venganza sobre mí, mis padres o mi perra.
Así que fue casi un alivio regresar a la casa de mis abuelos la semana siguiente, jugando al detective de nuevo con Chad. Esta vez estábamos determinados a resolver el misterio de mi abuelo de una vez por todas. Después de tragar a la fuerza medio plato de la comida de mi abuela, pedimos disculpas y nos dirigimos hacia el sótano. Podíamos oír los trenes correr desde arriba de la escalera. Él estaba ahí abajo.
Aguantando la respiración, nos asomamos dentro del cuarto. Estaba de espaldas a nosotros y podíamos ver la camisa azul y gris de franela que siempre usaba, con el cuello estirado, revelando un anillo caféamarillo en el cuello de su camisa y su camiseta manchada de sudor. Una banda elástica blanca, también ennegrecida por la suciedad, colgaba de su garganta, sosteniendo el tubo metálico del catéter en su lugar arriba de la manzana de Adán.
Una lenta y emocionante ola de miedo agitónuestros cuerpos. Era el momento decisivo. Nos arrastramos por las ruidosas escaleras tan silenciosamente como pudimos, esperando que los trenes cubrieran el ruido. Una vez en el fondo, dimos la vuelta y nos escondimos en el apestoso hueco detrás de la escalera, tratando de no escupir o gritar mientras las telarañas caían sobre nuestros rostros.
Desde nuestro escondite podíamos ver los trenes: había dos vías, y ambas tenían trenes corriendo sobre ellas, rechinando a lo largo de los rieles colocados aleatoriamente y dejando tras de sí un insalubre olor eléctrico, como si el metal de las vías se estuviera quemando. Mi abuelo se sentó cerca del transformador que albergaba los controles de los trenes. La piel de su nuca siempre me recordaba la piel del prepucio. La carne arrugada colgando despegada del hueso, vieja y correosa como la de una lagartija y completamente roja. El resto de su piel era blanco grisáceo, como el color de la mierda de pájaro, excepto su nariz, la cual se había enrojecido y deteriorado a causa de años de beber. Sus manos estaban endurecidas y callosas por toda una vida de trabajo; sus eran uñas oscuras y quebradizas como las alas de un escarabajo.
El abuelo no ponía atención a los trenes que circulaban furiosamente a su alrededor. Tenía los pantalones hasta las rodillas, una revista abierta sobre las piernas, y carraspeaba y movía rápidamente su mano derecha en su regazo. Al mismo tiempo, con la mano izquierda, limpiaba las flemas de su traqueotomía con un pañuelo tieso y amarillento. Sabíamos lo que estaba haciendo, y queríamos irnos en ese momento. Pero estábamos atrapados detrás de las escaleras y teníamos miedo de salir al descubierto.
De repente, el carraspeo cesó y el abuelo giró en su silla, mirando justo hacia la escalera. Nuestros corazones se paralizaron. Se levantó, con los pantalones en los tobillos, y nosotros nos apretamos contra la mohosa pared. Mi corazón apuñalaba mi pecho como una botella rota y yo estaba demasiado petrificado hasta para gritar. Por mi mente pasó un centenar de cosas perversas y violentas que él nos haría, aunque habría sido suficiente que me tocara y para que cayera muerto de miedo.
El carraspeo, el movimiento de su mano, y el raspar de sus pies contra el suelo comenzaron de nuevo, y nosotros dejamos escapar nuestro aliento. De nuevo era seguro espiar en la escalera. En realidad no queríamos hacerlo. Pero teníamos que hacerlo.
Después de varios minutos dolorosamente lentos, un macabro sonido escapó de su garganta, como el sonido que hace un auto cuando ya está encendido y alguien gira la llave. Girémi cabeza, demasiado tarde para evitar imaginar la pus blanca saliendo de su amarillento y arrugado pene como las tripas de una cucaracha aplastada. Cuando volví a mirar, él había bajado su pañuelo, el mismo que había estado usando para limpiar sus flemas, y estaba limpiando su desorden. Esperamos hasta que se fue y trepamos por las escaleras, jurando nunca poner un pie en ese sótano de nuevo. Si el abuelo alguna vez supo que estuvimos ahí o si notóque el cajón de la mesa de trabajo estaba roto, nunca dijo una palabra.
Durante el viaje de regreso a casa, dijimos a mis padres lo que había pasado. Tuve la sensación de que mi madre creyó la mayor parte si no es que todo, y de que mi padre ya lo sabía ya que el había crecido ahí. Aunque mi padre no dijo una palabra, mi madre nos dijo que años atrás, cuando mi abuelo aún trabajaba como camionero, tuvo un accidente. Cuando los doctores lo desvistieron en el hospital, encontraron ropas de mujer bajo las suyas. Fue un escándalo familiar del que supuestamente nadie debía hablar, y juramos guardar el secreto. Ellos lo negaban totalmente y lo siguen haciendo hasta el día de hoy. Chad debió haberle dicho a su madre lo que habíamos visto, por que no lepermitieron pasar tiempo conmigo por varios años después de eso.
Cuando llegamos a casa, caminé hacia la parte de atrás para jugar con Aleusha. Ella estaba echada en el pasto junto a la cerca, vomitando y convulsionándose. Para cuando el veterinario llegó, Aleusha estaba muerta y yo estaba llorando. El veterinario dijo que alguien la había envenenado. Tuve la extraña sensación de que yo sabía quien era ese alguien.
Colgando de la pared había una bolsa para enemas de color rojo descolorido, símbolo de la confianza equivocada que Jack Angus Warner tenía en el hecho de que ni siquiera sus nietos se atreverían a pasar. A su derecha había un deformado gabinete, dentro del cual había una docena de viejas cajas de condones genéricos a punto de desintegrarse; una lata oxidada de spray desodorante femenino; un puñado de esas cubiertas de látex para dedos que usan los doctores para exámenes proctológicos; y un Fraile Tuck de juguete que mostraba una erección cuando su cabeza era presionada hacia abajo. Debajo de las escaleras había un estante con alrededor de diez latas de pintura las cuales, después descubrí, contenían 20 cintas porno de 16 milímetros cada una. Coronándolo todo había una pequeña ventana cuadrada parecía un vitral, pero en realidad estaba cubierto con un limo gris- y mirar a través de ella realmente se sentía como observar hacia la oscuridad del infierno.
Lo que más me intrigaba en el sótano era la mesa de trabajo. Era vieja y toscamente construida, como si hubiese sido hecha hace siglos. Estaba cubierta de peluche naranja oscuro que parecía el cabello de una muñeca Raggedy Ann, excepto que había sido manchado de años de tener herramientas sucias encima. Un cajón había sido torpemente construido en ella, pero siempre estaba bajo llave. En las vigas del techo había un espejo barato de cuerpo completo, de los que tienen marco de madera para ser clavado en la puerta. Pero estaba clavado al techo por alguna razón -yo solo podía imaginarme el porque. Aquí fue donde mi primo, Chad, y yo empezamos nuestras diarias y progresivamente más atrevidas intrusiones dentro de la vida secreta de mi abuelo.
Yo era un escuálido muchacho de 13 años , pecoso y con un corte de hongo cortesía de las tijeras de mi madre; él era un delgado muchacho de 12 años con pecas y dientes de conejo. No queríamos nada más que llegar a ser detectives, espías o investigadores privados cuando creciéramos. Fue mientras tratábamos de desarrollar las habilidades requeridas para el espionaje cuando fuimos expuestos por primera vez a toda esta iniquidad.
Al principio, todo lo que queríamos hacer era escabullirnos en el sótano y espiar al abuelo sin que él lo supiera. Pero una vez que empezamos a descubrir todo lo que había escondido ahí, nuestros motivos cambiaron. Nuestras incursiones dentro del sótano al volver de la escuela se convirtieron en parte unos muchachos adolescentes queriendo encontrar pornografía para masturbarse y en parte una mórbida fascinación por nuestro abuelo.
Casi todos los días hacíamos nuevos y grotescos descubrimientos. Yo no era muy alto, pero si me balanceaba con cuidado en la silla de madera de mi abuelo podía alcanzar el espacio entre el espejo y el techo. Ahí encontréuna pila de fotos de bestialidad en blanco y negro. No eran de revistas: eran fotografías individualmente numeradas que parecían escogidas de un catalogo que las enviaba por correo. Eran fotos de principios de los setentas de mujeres montando penes gigantes de caballos y chupando penes de cerdos, los cuales parecían suaves sacacorchos de carne. Yo había visto Playboy y Penthouse antes, pero estas fotografías estaban en otra categoría totalmente diferente. No era sólo el que fueran obscenas. Eran irreales todas las mujeres mostraban una inocente sonrisa infantil mientras chupaban y cogían a estos animales.
También había revistas fetichistas como Watersports y Black Beauty escondidas detrás del espejo. En vez de robar la revista completa, tomábamos una navaja y cortábamos cuidadosamente ciertas páginas. Después las doblábamos en pequeños cuadros y las escondíamos debajo de las grandes rocas blancas que rodeaban la entrada coches de la casa de mi abuela. Años después, regresamos a buscarlas, y aún estaban ahí pero raídas, deterioradas y cubiertas de lombrices y babosas.
Una tarde de otoño mientras Chad y yo estábamos sentados en el comedor de mi abuela después de un día particularmente aburrido en la escuela, decidimos averiguar que había dentro del cajón de la mesa de trabajo. Siempre obstinada en atiborrar a su familia de comida, mi abuela, Beatrice, nos forzaba a comer pastel de carne y gelatina, la cual era principalmente agua. Ella venía de una rica familia y tenía toneladas de dinero en el banco, pero era tan avara que trataba de hacer que una sola caja de gelatina durara por meses. Ella solía usar medias enrolladas hasta los tobillos y extrañas pelucas grises que obviamente no le quedaban. La gente siempre me decía que me parecía a ella porque ambos éramos delgados y teníamos la misma estrecha estructura facial.
Nada en la cocina había cambiado durante el tiempo que pasé ahí ingiriendo su repugnante comida. Sobre la mesa colgaba una fotografía amarillenta del Papa dentro de un marco barato de latón. Un imponente árbol familiar que rastreaba a los Warner hasta Alemania y Polonia, donde eran llamados los Wanamaker, estaba en la pared cercana. Y coronándolo todo había un gran crucifijo hueco de madera con un cristo dorado encima, una hoja muerta de palma envuelta a su alrededor y una tapa deslizante que escondía una vela y un vial con agua bendita.
Bajo la mesa de la cocina había un conducto de calefacción que conducía hasta la mesa de trabajo en el sótano. A través de él, podíamos oír a mi abuelo carraspear y toser ahí abajo. Tenía su radio de onda corta encendido, pero nunca hablaba por él, sólo escuchaba. Había sido hospitalizado con cáncer de garganta cuando yo era muy pequeño y, hasta donde recuerdo, nunca oí su verdadera voz, sólo el mellado ronquido que forzaba a través de su traqueotomía.
Esperamos hasta que lo oímos salir del sótano, abandonamos nuestro pastel de carne, tiramos nuestra gelatina dentro del conducto de la calefacción y nos aventuramos hacia el sótano. Pudimos oír a nuestra abuela llamándonos inútilmente: ¡Chad! ¡Brian! ¡Limpien el resto de sus platos! Tuvimos suerte de que lo único que hizo esa tarde fue gritar. Usualmente, si nos atrapaba robando comida, contestando o vagando, éramos forzados a hincarnos sobre un palo de escoba indefinidamente desde 15 minutos hasta 1 hora, lo cual tuvo como resultado unas rodillas permanentemente lastimadas y costrosas.
Chad y yo trabajamos rápida y calladamente. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Mientras recogíamos del piso un destornillador oxidado, rezamos por que el cajón de la mesa de trabajo se abriera lo suficiente como para que pudiéramos echar una mirada dentro. Lo primero que vimos fue celofán: toneladas de celofán, enrollado alrededor de algo. Chad empujó el destornillador más adentro del cajón. Había cabello y encaje. Él hizo cuña con al destornillador aún más, y yo jalé hasta que el cajón cedió.
Lo que descubrimos eran bustieres, brasieres, slips y pantaletas -y muchas pelucas de mujer enmarañadas con el cabello tieso y sucio. Comenzamos a desenvolver el celofán, pero tan pronto como vimos lo que escondía, dejamos caer el paquete al piso. Ninguno de nosotros quería tocarlo. Era una colección de dildos que tenían ventosas en la parte inferior. Tal vez fue porque yo era muy joven, pero parecían enormes. Y estaban cubiertos de un limo endurecido color naranja oscuro, como la costra gelatinosa que se forma alrededor del pavo cuando es cocinado. Más tarde dedujimos que era vaselina vieja.
Obligué a Chad a envolver los dildos y ponerlos de vuelta en el cajón. Ya habíamos explorado bastante ese día. Justo cuando tratábamos de cerrar el cajón de nuevo, la perilla de la puerta giró. Chad y yo quedamos paralizados por un momento, después tomó mi mano y se metió debajo de una mesa de contrachapado sobre la cual mi abuelo tenía sus trenes de juguete. Estuvimos justo a tiempo de escuchar sus pasos cerca del final de la escalera. El piso estaba cubierto de accesorios para trenes de juguete, en su mayor parte pinos de juguete y nieve falsa, la cual me hizo pensar en donas glaseadas hechas polvo. Los pinos de juguete nos espinaban las manos, el olor era nauseabundo y estábamos respirando pesadamente. Pero el abuelo no pareció notarnos ni al cajón medio abierto. Lo oímos caminar alrededor de la habitación, resollando a través del agujero en su garganta. Hubo un clic, y sus trenes de juguete empezaron a hacer ruido a lo largo de la vía. Sus zapatos negros de charol aparecieron en el piso justo frente a nosotros. No alcanzábamos a ver a la altura de sus rodillas, pero sabíamos que estaba sentado. Lentamente sus pies empezaron a rascar contra el piso, como si estuviera balanceándose violentamente en su asiento, y su resuello se volviómas ruidoso que los trenes. No puedo pensar en ninguna forma de describir el ruido que salía de su inservible laringe. La mejor analogía que puedo ofrecer es una vieja y descuidada podadora de césped tratando de arrancar. Pero viniendo de un ser humano, era un sonido monstruoso.
Después de que pasaron diez incómodos minutos, una voz llamó desde arriba de las escaleras. ¡Por el amor de Dios! Era mi abuela, y evidentemente había estado gritando por algún tiempo. El tren se detuvo, los pies se detuvieron. Jack, ¿qué estás haciendo ahí? gritó.
Mi abuelo le ladró a través de su traqueotomía, molesto. Jack, ¿puedes ir a Heinies?, se nos terminó el refresco de nuevo.
Mi abuelo ladró de nuevo, esta vez aún más molesto. Permaneció inmóvil por un momento, como decidiendo si ayudarla o no. Entonces lentamente se levanto. Estábamos a salvo, por el momento.
Después de ocultar lo mejor que pudimos el daño que habíamos hecho al cajón de la mesa de trabajo, Chad y yo corrimos escaleras arriba y hacia el pasillo, donde Chad y yo guardábamos nuestros juguetes. Juguetes que en este caso eran un par de pistolas de municiones. Además de espiar a mi abuelo, la casa tenía otras dos atracciones: el bosque cercano, donde nos gustaba dispara a los animales, y las chicas del vecindario, con las cuales intentábamos tener sexo pero nunca tuvimos éxito hasta mucho después.
A veces íbamos al parque de la ciudad justo pasando el bosque y disparábamos a los niños pequeños que jugaban foot ball. Hasta el día de hoy, Chad aún tiene una munición alojada bajo la piel del pecho, por que cuando no encontrábamos ningún otro blanco nos disparábamos entre nosotros. Esta vez, nos mantuvimos cerca de la casa y tratamos de derribar pájaros de los árboles. Era malévolo, pero éramos jóvenes y no nos importaba. Esa tarde buscaba sangre y, desafortunadamente, un conejo blanco se cruzó en nuestro camino. La emoción de dispararle era inconmensurable, pero entonces fui a examinar el daño. Aún estaba vivo y la sangre manaba de su ojo, empapando su blanco pelaje. Su boca se abría y cerraba lentamente, tomando aire en un último y desesperado intento de vivir. Por primera vez, me sentí mal por un animal al cual le había disparado. Tomé una gran roca plana y terminé su sufrimiento con un sonoro y rápido golpe. Estaba a punto de aprender una lección aún mas dura en sobre matar animales.
Corrimos de regreso a la casa, donde mis padres estaban esperándonos afuera en un Cadillac Coupe de Ville café, la alegría y orgullo de mi padre desde que se asentó en un trabajo como gerente en una tienda de alfombras. Él nunca entraba a la casa a buscarme a menos que fuera absolutamente inevitable, y raramente hablaba con sus padres. Usualmente sólo esperaba afuera intranquilamente, como si temiera revivir lo que sea que haya experimentado de niño en esa casa.
Nuestro departamento Duplex, tan sólo a unos minutos de distancia, no era menos claustrofóbico que la casa del abuelo y la abuela Warner. En vez de dejar su casa cuando se casó, mi madre trajo la casa de sus padres a Canton, Ohio. Asíque ellos, los Wyer (mi madre nació como Barb Wyer), vivían en la puerta de al lado. Gente buena de campo (mi padre los llamaba campiranos) de West Virginia, su padre era mecánico y su madre una obesa ama de casa cuyos padres solían encerrar en el closet.
Chad cayó enfermo, así que no fui a casa de los padres de mi padre por alrededor de una semana. Aunque estaba asqueado y asustado, mi curiosidad sobre mi abuelo y su depravación aún no había sido satisfecha. Para matar el tiempo mientras esperaba a reanudar la investigación, jugaba en nuestro patio trasero con Aleusha, quien de alguna forma era mi única amiga verdadera además de Chad. Aleusha era una perra Alaska del tamaño de un lobo y reconocible por sus ojos de distinto color: uno era verde, el otro era azul. El jugar en casa, sin embargo, venía acompañado de su propio conjunto de paranoias, ya que mi vecino, Mark, había regresado a casa de la escuela militar para el día de gracias.
Mark era un muchacho gordinflón con un rubio y grasoso peinado de hongo, pero yo lo respetaba porque él era tres años mayor que yo y mucho más loco. A menudo lo veía en su patio trasero lanzándole rocas a su pastor alemán o metiéndole varas por el trasero. Empezamos a andar juntos cuando yo tenía ocho o nueve años, principalmente porque él tenía televisión por cable y a mí me gustaba ver Flipper. El cuarto de la televisión estaba en el sótano, donde también había un pequeño elevador para la ropa sucia. Después de ver Flipper, Mark inventaba juegos como prisión, el cual consistía en meterse dentro del elevador y pretender que estábamos en prisión. Ésta no era una prisión ordinaria: lo guardias eran tan estrictos que no dejaban a los prisioneros tener nada, ni siquiera ropa. Ya que estábamos desnudos en el elevador, Mark tocaba mi piel con sus manos y trataba de apretar y acariciar mi pene. Después de que esto paso algunas veces, eché a llorar y le dije a mi madre. Ella fue directo con sus padres, quienes, aunque me llamaron mentiroso, pronto lo mandaron a una escuela militar. Desde entonces, nuestras familias se volvieron grandes enemigas, y yo siempre sentí que Mark me culpaba de ser un soplón y de haber causado que lo enviaran lejos. Desde que regreso, no me había dirigido una palabra. Tan sólo me miraba maliciosamente a través de su ventana o por sobre la cerca, y yo vivía con el miedo de que tratara de tomar algún tipo de venganza sobre mí, mis padres o mi perra.
Así que fue casi un alivio regresar a la casa de mis abuelos la semana siguiente, jugando al detective de nuevo con Chad. Esta vez estábamos determinados a resolver el misterio de mi abuelo de una vez por todas. Después de tragar a la fuerza medio plato de la comida de mi abuela, pedimos disculpas y nos dirigimos hacia el sótano. Podíamos oír los trenes correr desde arriba de la escalera. Él estaba ahí abajo.
Aguantando la respiración, nos asomamos dentro del cuarto. Estaba de espaldas a nosotros y podíamos ver la camisa azul y gris de franela que siempre usaba, con el cuello estirado, revelando un anillo caféamarillo en el cuello de su camisa y su camiseta manchada de sudor. Una banda elástica blanca, también ennegrecida por la suciedad, colgaba de su garganta, sosteniendo el tubo metálico del catéter en su lugar arriba de la manzana de Adán.
Una lenta y emocionante ola de miedo agitónuestros cuerpos. Era el momento decisivo. Nos arrastramos por las ruidosas escaleras tan silenciosamente como pudimos, esperando que los trenes cubrieran el ruido. Una vez en el fondo, dimos la vuelta y nos escondimos en el apestoso hueco detrás de la escalera, tratando de no escupir o gritar mientras las telarañas caían sobre nuestros rostros.
Desde nuestro escondite podíamos ver los trenes: había dos vías, y ambas tenían trenes corriendo sobre ellas, rechinando a lo largo de los rieles colocados aleatoriamente y dejando tras de sí un insalubre olor eléctrico, como si el metal de las vías se estuviera quemando. Mi abuelo se sentó cerca del transformador que albergaba los controles de los trenes. La piel de su nuca siempre me recordaba la piel del prepucio. La carne arrugada colgando despegada del hueso, vieja y correosa como la de una lagartija y completamente roja. El resto de su piel era blanco grisáceo, como el color de la mierda de pájaro, excepto su nariz, la cual se había enrojecido y deteriorado a causa de años de beber. Sus manos estaban endurecidas y callosas por toda una vida de trabajo; sus eran uñas oscuras y quebradizas como las alas de un escarabajo.
El abuelo no ponía atención a los trenes que circulaban furiosamente a su alrededor. Tenía los pantalones hasta las rodillas, una revista abierta sobre las piernas, y carraspeaba y movía rápidamente su mano derecha en su regazo. Al mismo tiempo, con la mano izquierda, limpiaba las flemas de su traqueotomía con un pañuelo tieso y amarillento. Sabíamos lo que estaba haciendo, y queríamos irnos en ese momento. Pero estábamos atrapados detrás de las escaleras y teníamos miedo de salir al descubierto.
De repente, el carraspeo cesó y el abuelo giró en su silla, mirando justo hacia la escalera. Nuestros corazones se paralizaron. Se levantó, con los pantalones en los tobillos, y nosotros nos apretamos contra la mohosa pared. Mi corazón apuñalaba mi pecho como una botella rota y yo estaba demasiado petrificado hasta para gritar. Por mi mente pasó un centenar de cosas perversas y violentas que él nos haría, aunque habría sido suficiente que me tocara y para que cayera muerto de miedo.
El carraspeo, el movimiento de su mano, y el raspar de sus pies contra el suelo comenzaron de nuevo, y nosotros dejamos escapar nuestro aliento. De nuevo era seguro espiar en la escalera. En realidad no queríamos hacerlo. Pero teníamos que hacerlo.
Después de varios minutos dolorosamente lentos, un macabro sonido escapó de su garganta, como el sonido que hace un auto cuando ya está encendido y alguien gira la llave. Girémi cabeza, demasiado tarde para evitar imaginar la pus blanca saliendo de su amarillento y arrugado pene como las tripas de una cucaracha aplastada. Cuando volví a mirar, él había bajado su pañuelo, el mismo que había estado usando para limpiar sus flemas, y estaba limpiando su desorden. Esperamos hasta que se fue y trepamos por las escaleras, jurando nunca poner un pie en ese sótano de nuevo. Si el abuelo alguna vez supo que estuvimos ahí o si notóque el cajón de la mesa de trabajo estaba roto, nunca dijo una palabra.
Durante el viaje de regreso a casa, dijimos a mis padres lo que había pasado. Tuve la sensación de que mi madre creyó la mayor parte si no es que todo, y de que mi padre ya lo sabía ya que el había crecido ahí. Aunque mi padre no dijo una palabra, mi madre nos dijo que años atrás, cuando mi abuelo aún trabajaba como camionero, tuvo un accidente. Cuando los doctores lo desvistieron en el hospital, encontraron ropas de mujer bajo las suyas. Fue un escándalo familiar del que supuestamente nadie debía hablar, y juramos guardar el secreto. Ellos lo negaban totalmente y lo siguen haciendo hasta el día de hoy. Chad debió haberle dicho a su madre lo que habíamos visto, por que no lepermitieron pasar tiempo conmigo por varios años después de eso.
Cuando llegamos a casa, caminé hacia la parte de atrás para jugar con Aleusha. Ella estaba echada en el pasto junto a la cerca, vomitando y convulsionándose. Para cuando el veterinario llegó, Aleusha estaba muerta y yo estaba llorando. El veterinario dijo que alguien la había envenenado. Tuve la extraña sensación de que yo sabía quien era ese alguien.
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El contagio de la locura |
Autor: Juan Mihovilovich
LOM Ediciones 2006, 190 páginas
Al abrir el libro en la página 109, se lee: Su mundo interior ha enmudecido, como si perdiese para siempre las palabras. Luego en la página 59 señala: Tuvo miedo, no podía negarlo, pero simuló no tenerlo. De igual forma en la página 163 el narrador expone: - Si lo desea, podemos visitar el pabellón de las perversiones- dijo el Alcaide, dirigiéndose al juez-. No hay un solo ser humano ahora- agregó.
Las entradas que tiene el libro para su lectura son múltiples. No importa por donde empecemos su descubrimiento; la obra, está construida de manera tal, que al soplar una palabra, este efecto hará moverse al libro de principio a fin. No sólo tiene esa característica, sino que además, en cada capítulo - con oficio en la prosa- el lector se acerca al otro mundo cotidiano, que es insondable e infinito, un campo pleno y abierto que fundar.
En otra perspectiva, cuando el juez al levantar la vista, ve que está condenando a un colibrí, ¿qué puerta nos invita a abrir el autor? Muchas puertas. Así, nuevos caminos para la contemplación de la naturaleza, del ser, de la belleza, de la delicadeza, la atención que se debe prestar a los sin voz y a los oprimidos. El choque entre lo absoluto y lo temporal. Como conjugar los poderes terrenales; en fin, nuestra relación con los demás y la propia conciencia.
El colibrí es todo lo anterior y mucho más. También, es espejo de nuestro quehacer. La figura de esta ave maravillosa es lo que permite al narrador entrar en la profundidad del hombre y de la ciudad, porque se da cuenta que nada está derrotado, todo está en blanco, hay mucho por hacer y existen ideales posibles que realizar. El colibrí es la libertad: pequeña, lluviosa, barrosa, huidiza, costera, marina, perdida, atada. No importa, pues al fin y al cabo, es una luz, una ventana potente, que nos afirma y nos hace creer en la dignidad del hombre.
Muy bien logrado es el monólogo del señor de las tuberías, en la página 30 y siguientesy que resume el amor y el desamor, la compañía y la soledad, la prisión y la libertad. Por otro lado, la novela mantiene al extremo los recursos literarios actuales. Esto es, la amplitud y corte de capítulos; índice absolutamente nuevo; narración en primera y tercera persona; adjetivos que se trasforman en sustantivos y viceversa; uso especial de puntos y comas. Frases cortas, muy cortas, que como tarugos hacen presión, afirman y hacen volar -como el colibrí- toda la novela. Personajes principales que son secundarios y secundarios que pasan a principales. Además, el uso del tiempo, que en este caso, es sólo un instante - el momento en que el juez levanta la vista y ve al colibrí-. En ese segundo está todo el universo del autor.
En fin, como se expuso, el lector puede empezar el libro por donde quiera. Este es un libro abierto, que tiene también miradas agudas, tanto del interior femenino como del masculino y que, por último, hace universal a Curepto.
Álvaro Mesa Latorre
Punta Arenas, Chile, otoño del 2007
Las entradas que tiene el libro para su lectura son múltiples. No importa por donde empecemos su descubrimiento; la obra, está construida de manera tal, que al soplar una palabra, este efecto hará moverse al libro de principio a fin. No sólo tiene esa característica, sino que además, en cada capítulo - con oficio en la prosa- el lector se acerca al otro mundo cotidiano, que es insondable e infinito, un campo pleno y abierto que fundar.
En otra perspectiva, cuando el juez al levantar la vista, ve que está condenando a un colibrí, ¿qué puerta nos invita a abrir el autor? Muchas puertas. Así, nuevos caminos para la contemplación de la naturaleza, del ser, de la belleza, de la delicadeza, la atención que se debe prestar a los sin voz y a los oprimidos. El choque entre lo absoluto y lo temporal. Como conjugar los poderes terrenales; en fin, nuestra relación con los demás y la propia conciencia.
El colibrí es todo lo anterior y mucho más. También, es espejo de nuestro quehacer. La figura de esta ave maravillosa es lo que permite al narrador entrar en la profundidad del hombre y de la ciudad, porque se da cuenta que nada está derrotado, todo está en blanco, hay mucho por hacer y existen ideales posibles que realizar. El colibrí es la libertad: pequeña, lluviosa, barrosa, huidiza, costera, marina, perdida, atada. No importa, pues al fin y al cabo, es una luz, una ventana potente, que nos afirma y nos hace creer en la dignidad del hombre.
Muy bien logrado es el monólogo del señor de las tuberías, en la página 30 y siguientesy que resume el amor y el desamor, la compañía y la soledad, la prisión y la libertad. Por otro lado, la novela mantiene al extremo los recursos literarios actuales. Esto es, la amplitud y corte de capítulos; índice absolutamente nuevo; narración en primera y tercera persona; adjetivos que se trasforman en sustantivos y viceversa; uso especial de puntos y comas. Frases cortas, muy cortas, que como tarugos hacen presión, afirman y hacen volar -como el colibrí- toda la novela. Personajes principales que son secundarios y secundarios que pasan a principales. Además, el uso del tiempo, que en este caso, es sólo un instante - el momento en que el juez levanta la vista y ve al colibrí-. En ese segundo está todo el universo del autor.
En fin, como se expuso, el lector puede empezar el libro por donde quiera. Este es un libro abierto, que tiene también miradas agudas, tanto del interior femenino como del masculino y que, por último, hace universal a Curepto.
Álvaro Mesa Latorre
Punta Arenas, Chile, otoño del 2007
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Elidio La Torre Lagares: Prosa Bop: 50 años en el camino |
El cilindro de papel se desenrollaba desde el filo de la vieja maquinilla y caía como una sumisa y amarillenta lengua, cuando el escritor, abatido y borracho, comenzaba a pulsar las teclas —el cuerpo se deshacía lentamente en palabras, el alma trasmigraba en letras, el escritor emprendía un viaje en largas oraciones, construyendo pasajes ininterrumpidos y al ritmo del jazz—. Las oraciones se extendían como fraseos sincopados, las inflexiones sonoras de las palabras modulaban en su mente como una montaña rusa de notas musicales —la prosa indómita, libre, instintiva—. Y por tres semanas consecutivas, tomando descansos esporádicos, Jack Kerouac mecanografió en tiempo de bebop un mandala viático hasta caer rendido ante el imperioso pergamino que marcaría su vida y del cual se extraería la novela que cambió la manera de entender la literatura moderna: «En el camino».
A cincuenta años de su publicación, hoy leemos la obra como el evangelio de toda una generación de seres desposeídos y desbancados, la llamada Generación Beat, distinguida principalmente por las figuras de Kerouac, el poeta Allen Ginsberg y el novelista William S. Burroughs. Los Beats surgieron como resistencia literaria al sugerir una nueva manera de decir la palabra, liberada de los formalismos tradicionales que mantenían a la literatura secuestrada en las aulas académicas. La propuesta pronto cobró dimensiones de más amplio alcance, al rebasar el ámbito literario para convertirse en todo un movimiento cultural.
La filosofía vital del grupo era la suma de un conjunto de actitudes y posturas que predicaban la descentralización de las diversas instancias de poder presentes en la sociedad, particularmente aquellas de índole político, religioso y, sobre todo, académico. Así, por ejemplo, insistían en que los Estados Unidos habían traicionado los ideales democráticos que dieron origen al país; que el acceso a Dios era libre, personal y multiforme; y que la literatura debía volver a donde pertenecía: a la gente. Bajo este pluralismo liberador se cobijaron directores de cine, artistas plásticos, pensadores y músicos, así como los marginados de la ciudad.
Kerouac, nacido el 12 de marzo de 1922 en Lowell, Massachusetts, negaba los signos asociados con la clase media y con la complaciente sociedad de consumo. Su mantra era “primer pensamiento: el mejor pensamiento”, por lo que rechazaba el proceso de revisión y reescritura en su trabajo, y privilegiaba la espontaneidad y la improvisación como expresiones genuinas del ser. “Eres un genio todo el tiempo”, predicaba. “Enamórate de tu vida”, añadía. El Rey de los Beats, como le llamaban, logró dar con sus novelas cierto sentido de pertenencia a toda una generación de poetas y narradores que emergieron como los protagonistas del primer movimiento literario que tuvo repercusiones insondables más allá de los libros.
Kerouac ha sido acusado de delincuente nihilista, pero, en el fondo, se trata del gestor de toda una revolución cultural. Su llamada “visión indecible” de la vida encontró forma y manifestación en otra vertiente artística que surgía paralelamente a su propuesta y la cual llegó a hacer suya: el jazz bebop.
El tiempo de jazz
Para la década de los 40, cuando Kerouac apenas conocía a Ginsberg y a Burroughs en las aulas de la Universidad de Columbia, unos jóvenes músicos de nombres Miles Davis, Charlie Parker y Dizzy Gillespie ya se daban cita en los clubes subterráneos como el Red Drum, Minton's y The Open Door, localizados en la seminal Calle 52 de Nueva York. Estos músicos se prestaban a la ejecución de una innovadora modalidad de jazz que se olvidaba de los arreglos clásicos y reclamaba la improvisación. Contrario a las bandas de swing, tocaban en combos pequeños de cuatro o cinco músicos. Musicalmente, buscaban la vuelta a la raíz primigenia del género, un regreso al comienzo de todo. Le llamaban jazz bebop y, muy pronto, de revuelta musical se tornó en un estilo de vida.
Para principios del siglo XX, los negros libertos del sur de los Estados Unidos inventaron el ritmo del ragtime, descendiente directo del blues. Era un ritmo acelerado, ejecutado en fraseos improvisados y extensos, estilo popularizado, entre otros, por Scott Joplin, ancestro del jazz moderno. El carácter único e irrepetible que distinguía a este nuevo ritmo dotó al género de un hálito de instinto y libertad de expresión.
Para los años 20, el jazz fue la banda sonora de la llamada Generación Perdida, dados los sentimientos de desolación y vacío que dejara la Primera Guerra Mundial. El ritmo proveía una alternativa de escapismo a una realidad que de pronto se desnudaba en fragilidad e inevitable fugacidad ante los horrores de la estupidez humana. Así, el jazz se dispersa como fuerza dominante por Chicago, Kansas City y Nueva York hasta convertirse en el popular ritmo de swing de los 30. Es durante estos años que el jazz reclama su dominio internacional con las bandas de Louis Armstrong, Benny Goodman, Count Basie y Duke Ellington.
No obstante, el rasgo conjurador del jazz había sido suprimido por la cultura hegemónica hasta amortiguar su cualidad más significativa, que era la improvisación. Los nuevos exponentes del bop de los 40 deseaban rescatar, precisamente, la espontaneidad en la ejecución musical. Kerouac encontró en el bop toda una filosofía de vida, un Zen para llevar a todas partes y que se levantaba desde todos lados. La vida era, a bien decir, un jazz.
Entonces, llegó el tiempo de Miles, Bird y Dizzy.
En respuesta al régimen musical establecido, el nuevo estilo de jazz bop proponía, como construcción musical, el contrapunto, el contratiempo y la velocidad.
Era una postura sin igual en contra de la complacencia y el apaciguamiento.
Kerouac vio posibilidad en el nuevo ritmo musical. Contrapunto, contratiempo y velocidad.
Los rasgos primordiales de ‘En el camino’.
El jazz de la generación Beat
El bop, para Kerouac, constituía una expresión de libertad y una libertad de expresión sin igual. El jazz pasó a ser código y referente en la vida del escritor. Así, Kerouac, cuyo primer idioma era el francés, no el inglés, tuvo oído suficiente para el lenguaje del jazz, de donde tomó la palabra ‘beat’, que para los jazzistas era el pulso del acento rítmico sobre el cual improvisaban, y a la cual el novelista le adjudicó nuevas connotaciones al proclamar que su generación era una “Generación Beat”, tanto para significar “abatido, despreciado y maltrecho” (como en ‘beat down’) como para expresar lo “beatífico”.
Kerouac encontró en el jazz moderno “algo rebelde e innombrable” que hablaba por él. No era simplemente un asunto de gusto por un género musical que dialogaba en diversas maneras con el movimiento literario; se trataba de toda una actitud hacia la existencia, una manera de caminar, un lenguaje y una forma de representarse ante el mundo en ese acto performático diario en que incurrimos todos y que llamamos vivir.
Los puntos afines eran variados. Si Kerouac y los Beats en principio fueron rechazados por albergar una postura ecuménica (fundían budismo zen, misticismo, gnosticismo y otras religiones alternativas), por su apertura social (acogían en el seno del movimiento a los sectores menos privilegiados de la sociedad) y por su libertad de palabra (creían en la riqueza léxica y su expresión sin censuras), el jazz bop encontró cierta resistencia cultural desde los frentes de la crítica musical, que era dominada por blancos. Era de esperarse que el jazz bop fuese denunciado por considerársele muy estridente, caótico y poco civilizado. Además de ser estimado como poco accesible, el jazz bop desfasaba como la antítesis de la modernidad: subversivo ante los paradigmas de razón, lógica y orden imperantes en el proyecto del raciocinio.
Había, por tanto, puntos de encuentro en las enunciaciones contradiscursivas con que se manifestaban, separadamente, el jazz y la literatura de los Beats. Ciertamente, el bop prestaba importancia a la música tradicional africana (que acentúa el segundo y cuarto tiempos) y se oponía a la construcción musical occidental (que acentúa el primer y tercer tiempos). El jazz se formaba como la auténtica música estadounidense, de la misma manera que los Beats se convertían en la primera literatura que profesaba el verdadero ideal de pluralidad americana. De esta manera, se suscita un efecto de sinergia sin precedente en la historia de la literatura: la figura de músicos como influencia patente en el desarrollo de un cuerpo literario.
Fue Kerouac quien notó que, ante la impermanencia de la experiencia, la vida quedaba planteada como un proceso dinámico y en constante movimiento, como en los fraseos del jazz.
Prosa Bop
Kerouac no sólo aspiraba a reproducir el estilo de vida de los grandes jazzistas, sino que aplicó las ideas constituyentes del jazz bop a su escritura en un estilo que llamó “prosa bop”. Las largas oraciones en fluir de conciencia y párrafos interminables y desposeídos de rigores gramaticales, excepto por el ocasional guión largo, revolucionaron la prosa estadounidense con la publicación de la novela experimental ‘En el camino’.
Publicada en el 1957, luego de cinco años de preparación editorial, la novela provocó un impacto inmediato crítica y popularmente. Su éxito se consolidó desde el día de su lanzamiento, cuando Gilbert Millstein, de The New York Times, dijo que la publicación de la segunda novela de Kerouac era “un momento histórico” y testamento generacional de toda una época. ‘En el camino’ le ganó a Kerouac notoriedad y fama instantáneas. Su vida misma, de acuerdo con Jack Chambers, biógrafo de Miles Davis, se tornó en una especie de jazz rimbaudiano y frecuentemente se presentaba en lecturas de su obra en el Village Vanguard, acompañado de bandas de jazz, junto a conocidos músicos como Zoot Sims, Al Cohn y Bruce Moore, con quienes el novelista no sólo grabó discos, sino que era amigo particular de ellos.
La presencia del jazz en ‘En el camino’ no se limita a la forma o el ordenamiento del discurso narrativo, sino que también es parte de la historia misma. Como en el solo de jazz, la mejor prosa bop de Kerouac alcanza climáticos momentos de extático frenesí. Es, literalmente, una elevación a un nivel de existencia más alto, sea trascendencia al todo o desvanecimiento en la nada. Es un momento de iluminación, en el sentido del Buda. Llegar al elusivo Cielo o al inaprensible Nirvana que constantemente se buscan en la novela, que se encuentran, pero que, ante la transitoriedad de todo, se pierden. En ese sentido, el jazz comprende un viaje espiritual, una búsqueda de sentido en la vida, como se desprende en el siguiente pasaje:
“Siempre hay algo más, un poco más, la cosa nunca se termina. [Los músicos] intentaron encontrar frases nuevas…; hacían grandes esfuerzos. Se retorcieron y angustiaron y soplaron. De vez en cuando, un grito armónico, limpio, proporcionaba nuevas sugerencias a un tema que quería ser el único tema del mundo y que haría que las almas de los hombres saltaran de alegría. Lo encontraban, lo perdían, hacían esfuerzos buscándolo, volvían a encontrarlo, se reían, gemían… y Dean sudando en la mesa y diciéndoles que siguieran, que siguieran”.
El jazz se convertiría en mantra o canto védico en una novela que partía, literalmente, hacia un peregrinaje en búsqueda de sentido en un mundo que ya lo había perdido.
El sentido de movimiento
En ‘En el camino’, el personaje principal, Salvatore Paradise, el álter ego de Kerouac, huye de las fauces de la América corporativa. Durante los 50, y como política de posguerra en los Estados Unidos, el presidente Dwight Eisenhower alentó una economía civil entre la clase media que fomentaba el éxodo desde los espacios de la ciudad hacia los suburbios. El nuevo estilo de vida reclamaba una nueva dependencia de artículos de consumo que hicieran la vida más llevadera lejos de los centros urbanos. Son los tiempos de los electrodomésticos y de las cenas congeladas que se consumían en las salas de la casa frente al televisor.
La experiencia fue escindida. La vida profesional comenzó, como notara Walter Benjamin en sus estudios sobre el París decimonónico, a separarse de los espacios íntimos, como si se tratara de un desdoblamiento de personalidades. Se trabajaba en la ciudad, pero se vivía en las afueras. Y, por supuesto, el automóvil, ese gran signo de progreso e industrialización, se tornó en necesidad. La ciudad, entonces, se quedó para los que no podían sustentar el cambio de estilo de vida. Fue durante este tiempo que las primeras oleadas de emigrantes puertorriqueños saldrían de la Isla, destinadas a crear espacios alternos dentro de ciudades como Nueva York.
Sin embargo, Kerouac requería de un contexto para lo que el llamaría su “visión indecible”. Rechazando los confinamientos espaciales de la ciudad, Kerouac se lanza a la aventura del camino. En este contexto, si bien el jazz era la música sacra, la purgación sobrevenía en la experiencia directa del camino.
Indudablemente, la metáfora del camino tiene diversas connotaciones espirituales. Salvatore Paradise (“salvar el Paraíso”) es, en este sentido, un personaje que busca dirección en su vida y se siente perdido en el mundo que le rodea. Su maestro o gurú (algo de la figura paterna perdida, tal vez) será Dean Moriarty, personaje que representa a Neil Cassady, compañero de viajes de Kerouac y a su vez el antihéroe rebelde -pariente del Ahab de Melville, el Magua de Fenimore Cooper y hasta del Gatsby de Fitzgerald- que inspiraría las travesías a través de Norteamérica. Juntos, en la novela, partirán en un peregrinaje que va desde la ciudad de Nueva York hasta San Francisco, pero que, alegóricamente, en la cuarta parte del libro, termina en México, donde los protagonistas alcanzan la plenitud lumínica que tanto buscan. América Latina, parece sugerir Kerouac, es la salvación de nuestro futuro.
Pese a que ocasionalmente Dean y Sal hurtan uno que otro automóvil, la ruta es mayormente realizada pidiendo pon o saltando en trenes. Es, opuesto a mantenerse sedentario frente al televisor, una manera de expresar la vida a través del sentido de movimiento.
El legado
La travesía de Kerouac queda inscrita en el imaginario colectivo estadounidense como metáfora de búsqueda del desvanecido sueño americano. La manera particular de recorrer el continente se convierte entonces, a partir de la novela, en estilo de vida. De esta manera, se perpetúa una de las arterias principales por donde fluye el relato: la famosa Ruta 66.
Después de ‘En el camino’, Kerouac no sólo transmutó de figura de contracultura a icono pop, sino que el jazz entró a las corrientes principales de música estadounidense, hasta llegar al sitial que ocupa hoy como género definitivo y predecesor cultural del hip-hop de nuestros días. Comenzaron a surgir fiestas Beatniks en todo Hollywood, donde cualquiera con apariencia de bohemio era bienvenido para “adornar” el espacio. El aspecto rebelde de los Beats fue absorbido por las corrientes principales en la cultura y se convirtió en tendencia, moda, puro estilo sin nada de esencia.
No obstante, Kerouac fue catalítico en figuras como Bob Dylan, quien admite que encontró su vocación de poeta y trovador luego de leer ‘En el camino’. Los Beatles extrajeron su nombre del monosílabo que nombra el movimiento (Beat). La cultura Beat quedó retratada en el cine con la película ‘The Wild One’, con Marlon Brando. Toda una contracultura emergió alrededor de la experiencia en la carretera y llegó ‘Easy Rider’, con Peter Fonda y Dennis Hopper. Elvis Presley y James Dean adoptaron el discurso de la contracultura, retomado más tarde en los 70 con ‘Grease’ y el ‘look’ Dean Moriarty. Grupos como The Doors, 10,000 Maniacs y The Grateful Dead le han rendido tributo.
Literariamente, Kerouac ayudó a soltar el lenguaje poético y de pronto la palabra hablada, la palabra recitada o cantada, tomaba nuevos escenarios, como el Nuyorican's Poets Café en el Lower East Side. Asimismo, toda la cultura Beat, su prédica de liberación sexual y la experimentación con formas alternas de liberación de la conciencia implosionaron en la cultura hippie de los años 60. La marginación ganaba su espacio público y, de pronto, la mujer podía relatar su experiencia, los gays enunciaban su mundo con libertad, los negros se encontraban como fuerza cultural primigenia, los hispanos podían alternar los códigos y, de pronto, el mundo era multiplicidad y pluralidad.
‘En el camino’ fue mucho más que un experimento con prosa narrativa. Durante cincuenta años, ha prevalecido como símbolo de la eterna e incansable búsqueda por la libertad y la integración con la vida.
Su impacto aún es ineluctable.
‘En el camino’, aunque le miremos con la extrañeza con que miramos las revoluciones muertas, sigue siendo, de un modo o de otro, todo lo que somos hoy.
Blog del escritor Elidio La Torre Lagares
A cincuenta años de su publicación, hoy leemos la obra como el evangelio de toda una generación de seres desposeídos y desbancados, la llamada Generación Beat, distinguida principalmente por las figuras de Kerouac, el poeta Allen Ginsberg y el novelista William S. Burroughs. Los Beats surgieron como resistencia literaria al sugerir una nueva manera de decir la palabra, liberada de los formalismos tradicionales que mantenían a la literatura secuestrada en las aulas académicas. La propuesta pronto cobró dimensiones de más amplio alcance, al rebasar el ámbito literario para convertirse en todo un movimiento cultural.
La filosofía vital del grupo era la suma de un conjunto de actitudes y posturas que predicaban la descentralización de las diversas instancias de poder presentes en la sociedad, particularmente aquellas de índole político, religioso y, sobre todo, académico. Así, por ejemplo, insistían en que los Estados Unidos habían traicionado los ideales democráticos que dieron origen al país; que el acceso a Dios era libre, personal y multiforme; y que la literatura debía volver a donde pertenecía: a la gente. Bajo este pluralismo liberador se cobijaron directores de cine, artistas plásticos, pensadores y músicos, así como los marginados de la ciudad.
Kerouac, nacido el 12 de marzo de 1922 en Lowell, Massachusetts, negaba los signos asociados con la clase media y con la complaciente sociedad de consumo. Su mantra era “primer pensamiento: el mejor pensamiento”, por lo que rechazaba el proceso de revisión y reescritura en su trabajo, y privilegiaba la espontaneidad y la improvisación como expresiones genuinas del ser. “Eres un genio todo el tiempo”, predicaba. “Enamórate de tu vida”, añadía. El Rey de los Beats, como le llamaban, logró dar con sus novelas cierto sentido de pertenencia a toda una generación de poetas y narradores que emergieron como los protagonistas del primer movimiento literario que tuvo repercusiones insondables más allá de los libros.
Kerouac ha sido acusado de delincuente nihilista, pero, en el fondo, se trata del gestor de toda una revolución cultural. Su llamada “visión indecible” de la vida encontró forma y manifestación en otra vertiente artística que surgía paralelamente a su propuesta y la cual llegó a hacer suya: el jazz bebop.
El tiempo de jazz
Para la década de los 40, cuando Kerouac apenas conocía a Ginsberg y a Burroughs en las aulas de la Universidad de Columbia, unos jóvenes músicos de nombres Miles Davis, Charlie Parker y Dizzy Gillespie ya se daban cita en los clubes subterráneos como el Red Drum, Minton's y The Open Door, localizados en la seminal Calle 52 de Nueva York. Estos músicos se prestaban a la ejecución de una innovadora modalidad de jazz que se olvidaba de los arreglos clásicos y reclamaba la improvisación. Contrario a las bandas de swing, tocaban en combos pequeños de cuatro o cinco músicos. Musicalmente, buscaban la vuelta a la raíz primigenia del género, un regreso al comienzo de todo. Le llamaban jazz bebop y, muy pronto, de revuelta musical se tornó en un estilo de vida.
Para principios del siglo XX, los negros libertos del sur de los Estados Unidos inventaron el ritmo del ragtime, descendiente directo del blues. Era un ritmo acelerado, ejecutado en fraseos improvisados y extensos, estilo popularizado, entre otros, por Scott Joplin, ancestro del jazz moderno. El carácter único e irrepetible que distinguía a este nuevo ritmo dotó al género de un hálito de instinto y libertad de expresión.
Para los años 20, el jazz fue la banda sonora de la llamada Generación Perdida, dados los sentimientos de desolación y vacío que dejara la Primera Guerra Mundial. El ritmo proveía una alternativa de escapismo a una realidad que de pronto se desnudaba en fragilidad e inevitable fugacidad ante los horrores de la estupidez humana. Así, el jazz se dispersa como fuerza dominante por Chicago, Kansas City y Nueva York hasta convertirse en el popular ritmo de swing de los 30. Es durante estos años que el jazz reclama su dominio internacional con las bandas de Louis Armstrong, Benny Goodman, Count Basie y Duke Ellington.
No obstante, el rasgo conjurador del jazz había sido suprimido por la cultura hegemónica hasta amortiguar su cualidad más significativa, que era la improvisación. Los nuevos exponentes del bop de los 40 deseaban rescatar, precisamente, la espontaneidad en la ejecución musical. Kerouac encontró en el bop toda una filosofía de vida, un Zen para llevar a todas partes y que se levantaba desde todos lados. La vida era, a bien decir, un jazz.
Entonces, llegó el tiempo de Miles, Bird y Dizzy.
En respuesta al régimen musical establecido, el nuevo estilo de jazz bop proponía, como construcción musical, el contrapunto, el contratiempo y la velocidad.
Era una postura sin igual en contra de la complacencia y el apaciguamiento.
Kerouac vio posibilidad en el nuevo ritmo musical. Contrapunto, contratiempo y velocidad.
Los rasgos primordiales de ‘En el camino’.
El jazz de la generación Beat
El bop, para Kerouac, constituía una expresión de libertad y una libertad de expresión sin igual. El jazz pasó a ser código y referente en la vida del escritor. Así, Kerouac, cuyo primer idioma era el francés, no el inglés, tuvo oído suficiente para el lenguaje del jazz, de donde tomó la palabra ‘beat’, que para los jazzistas era el pulso del acento rítmico sobre el cual improvisaban, y a la cual el novelista le adjudicó nuevas connotaciones al proclamar que su generación era una “Generación Beat”, tanto para significar “abatido, despreciado y maltrecho” (como en ‘beat down’) como para expresar lo “beatífico”.
Kerouac encontró en el jazz moderno “algo rebelde e innombrable” que hablaba por él. No era simplemente un asunto de gusto por un género musical que dialogaba en diversas maneras con el movimiento literario; se trataba de toda una actitud hacia la existencia, una manera de caminar, un lenguaje y una forma de representarse ante el mundo en ese acto performático diario en que incurrimos todos y que llamamos vivir.
Los puntos afines eran variados. Si Kerouac y los Beats en principio fueron rechazados por albergar una postura ecuménica (fundían budismo zen, misticismo, gnosticismo y otras religiones alternativas), por su apertura social (acogían en el seno del movimiento a los sectores menos privilegiados de la sociedad) y por su libertad de palabra (creían en la riqueza léxica y su expresión sin censuras), el jazz bop encontró cierta resistencia cultural desde los frentes de la crítica musical, que era dominada por blancos. Era de esperarse que el jazz bop fuese denunciado por considerársele muy estridente, caótico y poco civilizado. Además de ser estimado como poco accesible, el jazz bop desfasaba como la antítesis de la modernidad: subversivo ante los paradigmas de razón, lógica y orden imperantes en el proyecto del raciocinio.
Había, por tanto, puntos de encuentro en las enunciaciones contradiscursivas con que se manifestaban, separadamente, el jazz y la literatura de los Beats. Ciertamente, el bop prestaba importancia a la música tradicional africana (que acentúa el segundo y cuarto tiempos) y se oponía a la construcción musical occidental (que acentúa el primer y tercer tiempos). El jazz se formaba como la auténtica música estadounidense, de la misma manera que los Beats se convertían en la primera literatura que profesaba el verdadero ideal de pluralidad americana. De esta manera, se suscita un efecto de sinergia sin precedente en la historia de la literatura: la figura de músicos como influencia patente en el desarrollo de un cuerpo literario.
Fue Kerouac quien notó que, ante la impermanencia de la experiencia, la vida quedaba planteada como un proceso dinámico y en constante movimiento, como en los fraseos del jazz.
Prosa Bop
Kerouac no sólo aspiraba a reproducir el estilo de vida de los grandes jazzistas, sino que aplicó las ideas constituyentes del jazz bop a su escritura en un estilo que llamó “prosa bop”. Las largas oraciones en fluir de conciencia y párrafos interminables y desposeídos de rigores gramaticales, excepto por el ocasional guión largo, revolucionaron la prosa estadounidense con la publicación de la novela experimental ‘En el camino’.
Publicada en el 1957, luego de cinco años de preparación editorial, la novela provocó un impacto inmediato crítica y popularmente. Su éxito se consolidó desde el día de su lanzamiento, cuando Gilbert Millstein, de The New York Times, dijo que la publicación de la segunda novela de Kerouac era “un momento histórico” y testamento generacional de toda una época. ‘En el camino’ le ganó a Kerouac notoriedad y fama instantáneas. Su vida misma, de acuerdo con Jack Chambers, biógrafo de Miles Davis, se tornó en una especie de jazz rimbaudiano y frecuentemente se presentaba en lecturas de su obra en el Village Vanguard, acompañado de bandas de jazz, junto a conocidos músicos como Zoot Sims, Al Cohn y Bruce Moore, con quienes el novelista no sólo grabó discos, sino que era amigo particular de ellos.
La presencia del jazz en ‘En el camino’ no se limita a la forma o el ordenamiento del discurso narrativo, sino que también es parte de la historia misma. Como en el solo de jazz, la mejor prosa bop de Kerouac alcanza climáticos momentos de extático frenesí. Es, literalmente, una elevación a un nivel de existencia más alto, sea trascendencia al todo o desvanecimiento en la nada. Es un momento de iluminación, en el sentido del Buda. Llegar al elusivo Cielo o al inaprensible Nirvana que constantemente se buscan en la novela, que se encuentran, pero que, ante la transitoriedad de todo, se pierden. En ese sentido, el jazz comprende un viaje espiritual, una búsqueda de sentido en la vida, como se desprende en el siguiente pasaje:
“Siempre hay algo más, un poco más, la cosa nunca se termina. [Los músicos] intentaron encontrar frases nuevas…; hacían grandes esfuerzos. Se retorcieron y angustiaron y soplaron. De vez en cuando, un grito armónico, limpio, proporcionaba nuevas sugerencias a un tema que quería ser el único tema del mundo y que haría que las almas de los hombres saltaran de alegría. Lo encontraban, lo perdían, hacían esfuerzos buscándolo, volvían a encontrarlo, se reían, gemían… y Dean sudando en la mesa y diciéndoles que siguieran, que siguieran”.
El jazz se convertiría en mantra o canto védico en una novela que partía, literalmente, hacia un peregrinaje en búsqueda de sentido en un mundo que ya lo había perdido.
El sentido de movimiento
En ‘En el camino’, el personaje principal, Salvatore Paradise, el álter ego de Kerouac, huye de las fauces de la América corporativa. Durante los 50, y como política de posguerra en los Estados Unidos, el presidente Dwight Eisenhower alentó una economía civil entre la clase media que fomentaba el éxodo desde los espacios de la ciudad hacia los suburbios. El nuevo estilo de vida reclamaba una nueva dependencia de artículos de consumo que hicieran la vida más llevadera lejos de los centros urbanos. Son los tiempos de los electrodomésticos y de las cenas congeladas que se consumían en las salas de la casa frente al televisor.
La experiencia fue escindida. La vida profesional comenzó, como notara Walter Benjamin en sus estudios sobre el París decimonónico, a separarse de los espacios íntimos, como si se tratara de un desdoblamiento de personalidades. Se trabajaba en la ciudad, pero se vivía en las afueras. Y, por supuesto, el automóvil, ese gran signo de progreso e industrialización, se tornó en necesidad. La ciudad, entonces, se quedó para los que no podían sustentar el cambio de estilo de vida. Fue durante este tiempo que las primeras oleadas de emigrantes puertorriqueños saldrían de la Isla, destinadas a crear espacios alternos dentro de ciudades como Nueva York.
Sin embargo, Kerouac requería de un contexto para lo que el llamaría su “visión indecible”. Rechazando los confinamientos espaciales de la ciudad, Kerouac se lanza a la aventura del camino. En este contexto, si bien el jazz era la música sacra, la purgación sobrevenía en la experiencia directa del camino.
Indudablemente, la metáfora del camino tiene diversas connotaciones espirituales. Salvatore Paradise (“salvar el Paraíso”) es, en este sentido, un personaje que busca dirección en su vida y se siente perdido en el mundo que le rodea. Su maestro o gurú (algo de la figura paterna perdida, tal vez) será Dean Moriarty, personaje que representa a Neil Cassady, compañero de viajes de Kerouac y a su vez el antihéroe rebelde -pariente del Ahab de Melville, el Magua de Fenimore Cooper y hasta del Gatsby de Fitzgerald- que inspiraría las travesías a través de Norteamérica. Juntos, en la novela, partirán en un peregrinaje que va desde la ciudad de Nueva York hasta San Francisco, pero que, alegóricamente, en la cuarta parte del libro, termina en México, donde los protagonistas alcanzan la plenitud lumínica que tanto buscan. América Latina, parece sugerir Kerouac, es la salvación de nuestro futuro.
Pese a que ocasionalmente Dean y Sal hurtan uno que otro automóvil, la ruta es mayormente realizada pidiendo pon o saltando en trenes. Es, opuesto a mantenerse sedentario frente al televisor, una manera de expresar la vida a través del sentido de movimiento.
El legado
La travesía de Kerouac queda inscrita en el imaginario colectivo estadounidense como metáfora de búsqueda del desvanecido sueño americano. La manera particular de recorrer el continente se convierte entonces, a partir de la novela, en estilo de vida. De esta manera, se perpetúa una de las arterias principales por donde fluye el relato: la famosa Ruta 66.
Después de ‘En el camino’, Kerouac no sólo transmutó de figura de contracultura a icono pop, sino que el jazz entró a las corrientes principales de música estadounidense, hasta llegar al sitial que ocupa hoy como género definitivo y predecesor cultural del hip-hop de nuestros días. Comenzaron a surgir fiestas Beatniks en todo Hollywood, donde cualquiera con apariencia de bohemio era bienvenido para “adornar” el espacio. El aspecto rebelde de los Beats fue absorbido por las corrientes principales en la cultura y se convirtió en tendencia, moda, puro estilo sin nada de esencia.
No obstante, Kerouac fue catalítico en figuras como Bob Dylan, quien admite que encontró su vocación de poeta y trovador luego de leer ‘En el camino’. Los Beatles extrajeron su nombre del monosílabo que nombra el movimiento (Beat). La cultura Beat quedó retratada en el cine con la película ‘The Wild One’, con Marlon Brando. Toda una contracultura emergió alrededor de la experiencia en la carretera y llegó ‘Easy Rider’, con Peter Fonda y Dennis Hopper. Elvis Presley y James Dean adoptaron el discurso de la contracultura, retomado más tarde en los 70 con ‘Grease’ y el ‘look’ Dean Moriarty. Grupos como The Doors, 10,000 Maniacs y The Grateful Dead le han rendido tributo.
Literariamente, Kerouac ayudó a soltar el lenguaje poético y de pronto la palabra hablada, la palabra recitada o cantada, tomaba nuevos escenarios, como el Nuyorican's Poets Café en el Lower East Side. Asimismo, toda la cultura Beat, su prédica de liberación sexual y la experimentación con formas alternas de liberación de la conciencia implosionaron en la cultura hippie de los años 60. La marginación ganaba su espacio público y, de pronto, la mujer podía relatar su experiencia, los gays enunciaban su mundo con libertad, los negros se encontraban como fuerza cultural primigenia, los hispanos podían alternar los códigos y, de pronto, el mundo era multiplicidad y pluralidad.
‘En el camino’ fue mucho más que un experimento con prosa narrativa. Durante cincuenta años, ha prevalecido como símbolo de la eterna e incansable búsqueda por la libertad y la integración con la vida.
Su impacto aún es ineluctable.
‘En el camino’, aunque le miremos con la extrañeza con que miramos las revoluciones muertas, sigue siendo, de un modo o de otro, todo lo que somos hoy.
Blog del escritor Elidio La Torre Lagares
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