Ejercía cualquier oficio. Por ejemplo, afilaba hierros, afilaba una hoz, un hacha. Me bastaba para vivir. Tocaba el triángulo en la Marina Argentina. Fui portero en un Círculo de Buenos Aires. Ejercía tantos oficios... En la Argentina había olvidado la aritmética. Si no, me hubiese podido emplear como contable... Hice de carbonero en los barcos mercantes, de fogonero. Hice de policía en la Argentina. O sea de bombero, algunos hombres están encargados allá de mantener el orden. Estuve en Odesa. Vendía estrellas luminosas en las ferias. Los bosiakos son como los gitanos. Son compañías de vagabundos de cinco o seis personas. Conocía bien varios idiomas. Había regresado a Italia. Desde Suiza, para no desertar. En Italia se enteraron de que había estado en el manicomio y no me aceptaron en las armas. Por consiguiente me quedé paseando de cualquier modo. Vendía los Cantos Orficos en el Café Paskowski y en Giubble Rosse de Florencia; en el Café San Pedro de Bolonia. Si yo vendía aquel libro lo hacía porque era muy pobre. Casi todos me irritaban. A los futuristas los encontraba vacíos, por ejemplo. Tenía una fuerte neurastenia. Fui una vez escritor, pero tuve que dejarlo debido a mi endeble mente. No logro conectar las ideas, no sigo... Ahora me ocuparé de negocios más importantes.
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Dino Campana: Los oficios de un poeta |
Ejercía cualquier oficio. Por ejemplo, afilaba hierros, afilaba una hoz, un hacha. Me bastaba para vivir. Tocaba el triángulo en la Marina Argentina. Fui portero en un Círculo de Buenos Aires. Ejercía tantos oficios... En la Argentina había olvidado la aritmética. Si no, me hubiese podido emplear como contable... Hice de carbonero en los barcos mercantes, de fogonero. Hice de policía en la Argentina. O sea de bombero, algunos hombres están encargados allá de mantener el orden. Estuve en Odesa. Vendía estrellas luminosas en las ferias. Los bosiakos son como los gitanos. Son compañías de vagabundos de cinco o seis personas. Conocía bien varios idiomas. Había regresado a Italia. Desde Suiza, para no desertar. En Italia se enteraron de que había estado en el manicomio y no me aceptaron en las armas. Por consiguiente me quedé paseando de cualquier modo. Vendía los Cantos Orficos en el Café Paskowski y en Giubble Rosse de Florencia; en el Café San Pedro de Bolonia. Si yo vendía aquel libro lo hacía porque era muy pobre. Casi todos me irritaban. A los futuristas los encontraba vacíos, por ejemplo. Tenía una fuerte neurastenia. Fui una vez escritor, pero tuve que dejarlo debido a mi endeble mente. No logro conectar las ideas, no sigo... Ahora me ocuparé de negocios más importantes.
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| Joy Division. |
Entonces recuerdo una noticia que vi en la tv y que me impactó. Es sobre la muerte de un chico muerto por la policía inglesa. Un chico, Jean Charles de Menezes, de 27 años, que fue abatido por portación de cara en la estación de metro de Stockwell, en Londres, el viernes 22 de julio de 2005, al ser confundido presuntamente con Husein Osman, un terrorista islamista. Este chico fue abatido por ocho balazos.
Entonces voy a escribir sobre él. Ahora sé que voy a escribir sobre él. Lo que no sé es cómo comenzar. Han pasado diez minutos y aún no comienzo a escribir.
Recuerdo entonces que una vez leí una crónica de Joaquín Edwards Bello sobre la llegada del Buque Escuela Esmeralda de la armada chilena a Londres. Y cómo los rubiecitos boys ingleses confunden a los bellos marineros chilenos con chinos.
Comienzo contando aquella historia. Entonces escribo... "Contaba Joaquín Edwards Bello en una de sus crónicas, que una vez el Buque Escuela de la marina chilena recaló en Inglaterra". Hasta aquí llevo dos vasos de vino y cinco cigarrillos. Verdaderamente esta cosa de escribir se ha vuelto un trabajo mal remunerado e insalubre. Y es probable que nadie lea el artículo, pero no me importa. Sé que debo escribir sobre eso, sobre la injusticia de una muerte injusta. Sé que debo hacerlo.
Debo unir aquello que escribió Edwards Bello con la mala muerte de Jean Charles de Menezes, debo hacerlo, debo tratar que la gente entienda que para la rubia Albión, todos somos chinos, todos somos terroristas, todos somos dignos de ser acribillados. Al final pienso en qué titulo le voy a poner. Me decido por: 8 balazos. Desde el inicio han pasado dos horas, un paquete de cigarrillos y seis copas de vino; he terminado el artículo. Me parece bueno. Lo publico. Y pienso que es probable que nadie lo lea, es posible, pero no me importa. Dije lo que tenía que decir. Escribí lo que tenía que escribir. Apago el computador. Mañana será otro día en Puerto Natales.
Para leer el artículo original haga clic ACÁ
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e. m. cioran |

Entrevista de Christian Bussy
Christian Bussy: A su llegada a Francia, en 1937, ¿intentó usted conocer a los escritores que le gustaban?
Cioran: Absolutamente no. Sólo lo hice cuando apareció mi primer libro, Précis de décomposition en 1949. Antes, yo no conocía a ningún escritor, ningún filósofo, ningún intelectual. Yo no pertenezco a ese mundo.
C.B: A pesar de todo, usted saltó la barrera...
Cioran: ¡Si se puede decir! Llevé por entonces, sobre todo, lo que se podría llamar una vida mundana. A comienzos de los cincuenta yo iba a los cócteles. Después de tres, tal vez cuatro años, me cansé. Siempre he vivido en el fondo, al margen de la sociedad.
C.B: A pesar de todo, escribir un libro es entrar a la sociedad. ¿Qué le decidió a escribir ese primer libro, en 1949?
Cioran: La historia d ese libro es bastante curiosa. Dos años antes, 1947, estaba yo en Dieppe y me divertía traduciendo Mallarmé al rumano. Cuando digo que me divertía, esa es una manera de hablar, pues de pronto me di cuenta de que eso era absurdo, que era tiempo perdido, puesto que yo no volvería jamás a Rumania, y que, en suma, estaba yo traduciendo a un ilustre poeta clásico a una lengua desconocida. Regresé entonces a París y tomé la decisión de escribir directamente en lengua francesa, por mi propia cuenta; ese es el origen de Précis de décomposition. Por lo demás, todo lo que he escrito, lo he escrito en momentos de depresión. No he escrito nunca uno de mis libros para hacer un libro, sino siempre con un fin terapéutico. Es difícil de expresar, pero mis libros no son tales.
C.B: A la pregunta, ¿por qué escribe usted?, respondía Paul Valery: Por debilidad. ¿Es éste, un poco, el caso de usted?
Cioran: Es mucho más que debilidad. Una especie de miseria, de descenso... El libro aparece después de eso y como un accidente.
C.B: ¿Escribe usted también acaso, para conocer a los hombres? ¿Para tener testigos?
Cioran: ¡Ah eso no! Cuando se escribe en estado de crisis, no se piensa en los demás. Si verdaderamente quiere usted que se trate de un diálogo, entonces sería...
C.B: ¿Un diálogo con usted mismo?
Cioran: No, con Dios. En el sentido en que mis libros son el encuentro de una soledad con otra soledad, pues Dios está más solo de lo que podamos estarlo nosotros.
C.B: Dicen que usted es nihilista. ¿Es verdadero esto, o falso?
Cioran: No, no soy nihilista. No soy nada. Digamos que tengo acceso de nihilismo. Soy un negador, ciertamente. A condición de precisar que la negación no es en mí abstracta sino visceral. Es... ¿cómo decirlo? Es como una explosión. Es un sentimiento difícil de analizar, de descubrir. Por ejemplo, dar una bofetada todavía es una afirmación. Yo doy bofetadas, sin duda, pero no afirmo nada.
C.B: ¿Por qué es Cioran un hombre rebelde?
Cioran: ¡Pero si yo no soy un rebelde! Un rebelde quiere remediar algo. Es un militante. Yo me siento cerca de Baudelaire y de Pascal, y no se puede decir que sean rebeldes.
C.B: Entonces, vamos lejos, ¿es usted un desesperado?
Cioran: Y bien, no, eso tampoco... Bueno, mi posición es ciertamente desesperada puesto que no lleva a ninguna parte. Pero es una situación que acepto y que, curiosamente, no me impide en nada vivir. Siempre me he dicho que si hubiese un remedio a esta situación, ya lo habría yo encontrado. Después de todo, no soy más tonto que cualquier otro.
C.B: Alguien tan severo como usted, ¿tiene, de todos modos, objetos de admiración, de amistad?
Cioran: Sin duda, siempre he tenido amigos, pero fuera del medio literario. Mis más grandes amigos no escriben. Nunca he apreciado a las personas en función de lo que son. Hasta iré más lejos: en el plano metafísico, una conserje un poco inquieta es mucho más interesante que un filósofo infatuado por su sistema. De hecho, en la vida, se encuentran grandes escritores que no han comprendido nada.
C.B: De todos modos, una excepción: ¿Michaux?
Cioran: ¡Ah! ¡Sí! Un hombre admirable! Vivió largo tiempo en el mismo barrio que yo. Me encantaba hacerle hablar.
C.B: ¿Qué puntos comunes tenía usted con él?
Cioran: Difícil de decir... pero yo estaba fascinado por la manera en que él se apasionaba por el cine documental, científico. Lo comprendí después. Michaux quería agotar un tema, cualquiera que fuese. Ahora bien, la literatura, necesariamente, es escamoteo. En ese sentido, Michaux se salió de la literatura.
C.B: ¿También usted, cuando observa, agota un tema?
Cioran: No lo sé. Recuerdo que una noche, después de cenar, Michaux y yo hablando hasta las dos de la mañana. Habíamos hablado del destino del hombre; su voz cambió de pronto, y yo noté un temblor, una emoción; la idea de que el hombre pudiera desaparecer un día del planeta le trastornaba. Yo nunca le he perdonado esta emoción. Yo pensaba que esta hipótesis de una desaparición del hombre no era tan mala. Y en ese instante sentí una decepción.
C.B: Con el tiempo, ¿se ha vuelto usted más cínico?
Cioran: No, menos, mucho menos. En el fondo, con la edad, todo se agota, hasta el cinismo. Ciertamente, no tengo ninguna razón de renegar, de corregir o de suavizar todo lo que he escrito. Pero las cosas son de tal modo que una vez que se les ha expresado, se cree en ellas u n poco menos. ¿Por qué? Porque el hecho de escribir es, de todos modos, una profanación. Por ejemplo, tomemos el suicidio. El suicidio me obsesionó hasta el momento en que escribí sobre el suicidio. Después, pensé menos en eso. En eses sentido, escribir es una profanación: Matamos el tema. Todos los temas que he tratado los he matado, a medias. Mis obsesiones han disminuido.
C.B: Al llegar a este punto, debo plantearle la pregunta: ¿por qué no se ha suicidado usted?
Cioran: Fue la idea, la obsesión del suicidio la que me salvó, precisamente. Es una idea positiva, estimulante, sin la cual no habría yo soportado mi vida. El cristianismo ha cometido una enorme falta psicológica al proscribir el suicidio. Y lleva la pesada responsabilidad de haber desacreditado esta idea que, para mí, está ligada a la idea de libertad. Hoy puedo soportarlo todo, puesto que todo depende de mí
Publicada en La Gaceta, septiembre 1990.
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La muerte de un poeta |

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Almodóvar/McNamara |
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benjamín prado |
Pero lo cierto es que poco después todo cambió; la suerte le dio la espalda, lo despidieron y se derrumbó. Al principio, pasaba las mañanas leyendo la columna del zodíaco y las ofertas de empleo, y las tardes buscando un trabajo que no parecía dispuesto a aparecer.
-¿Sabes? decía-, cuando más te hundes, menos gente confía en ti: no creen que hayas caído desde alguna parte, sino que siempre has estado abajo; creen que confiar en ti sería como poner a la familia Manson a anunciar la Navidad.
Desde luego, algo había cambiado. Sus viejas ideas del tipo de en esta vida sólo tienes que sabes hacer dos cosas; ser listo para los negocios y no creerte todo lo que te dicen parecían no tener ya nada que ver con él. En realidad, mis padres eran cuatro personas distintas; dos de ellas fingían delante de mi hermana Rosalita y de mí que el mundo seguía girando en su dirección de siempre; las otras dos estaban encerradas en un lugar del que no podían salir. Yese lugar era cada vez pequeño y estaba más oscuro.
Nuestras viejas discusiones intelectuales, como la s llamaba mi padre, por ejemplo cuando hablábamos de religión, empezaron a desaparecer. Entonces, él zanjaba siempre la cuestión a su manera.
-Pero quién puede creerse un cuento como el de Judas decía-. Nadie es tan tonto para vender a un tipo como Jesucristo por tan poco dinero.
Mi madre lo regañaba en broma y sonreía. Era una mujer hermosa, de unos treinta años, con grandes ojos oscuros y un cuerpo generoso.
Ahora, el tono era distinto y hasta la voz de mi padre parecía la de otro hombre. Una noche presencié desde donde no podían verme una conversación. Estaban en la cocina, él sentado junto a una taza de café y mi madre preparando unos bocadillos mientras hablaba en voz baja desde el otro lado de la habitación.
-Siempre creemos que si no hubiéramos hecho las cosas tal y como las hicimos decía ella-, ahora viviríamos en un sitio mucho mejor, pero estamos equivocados. Sólo es que a veces las ruedas cambian de dirección antes de que todo vuelva a su sitio; sólo eso, cariño.
Él seguía en silencio, mirando algo extraño en el fondo de su taza.
-Ven dijo mi madre-. Julen, cariño. Y soltó un botón de su blusa.
Mi padre siguió callado y ella continúo por el mismo camino; cada vez que soltaba un botón decía: ven, y sonreía. Mi padre se levantó y empezó a cruzar el cuarto.
-¿Sabes?-dijo-, es como si todo el tiempo estuvieras corriendo junto a un enorme pozo, levantando un muro a su alrededor, y bastara un pequeño empujón para caer dentro de él. Parece que alguien viene y escribe algo encimade toda tu vida y cuando vas a mirar, lo que ha escrito es no hay trato. Sólo eso: no hay trato.
Fragmento de Raro, novela de Benjamín Prado. Editorial Plaza y Janés, 1995.
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Maurice Lelong: Citas |
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| Maurice Lelong, preparando salchichas para "su clientela", en Haute-Provence, en los años 60. |
La tropa es el elemento principal de los ejércitos, y no hay motivos para creer que el progreso de los armamentos le vaya a quitar ese lugar privilegiado.
Nuestros fusiles Chassepot han hecho maravillas.
Es magnífico, pero no es la guerra.
La guerra es la forma más elemental del amor por la vida.
Padre todopoderoso, que escuchas los ruegos de quienes te aman, te pedimos que asistas a los que se aventurarán en las alturas del cielo y se adentrarán en las líneas enemigas. Que quieras guardarlos y protegerlos mientras cumplenlos vuelos ordenados. Que tengan la experiencia de tu fuerza y tu poder y que, con tu ayuda, aceleren el fin de la guerra. Te pedimos que la paz nos encuentre sanos y salvos. Nosotros continuaremos nuestro camino en la confianza en Ti, porque estamos bajo tu protección, ahora y por la eternidad. Amén.
antes del bombardeo atómico de Hiroshima
Existen tres clases de inteligencia: la inteligencia humana, la inteligencia animal y la inteligencia militar.
Mata un hombre, serás un asesino; mata dos mil hombres, serás un héroe.
En las guerras actuales participan millones de personas; llegará la época en que Europa estará poblada de asesinos.
La guerra de 1914 no fue Dios es testigo- impuesta a las masas: por el contrario, era deseada por todo el pueblo.
El son del clarín no hace pensar en nada. Por eso resulta esencialmente militar.
La guerra no debe servir para conseguir la paz, sino que la paz debe preparar la guerra. Porque la paz no es otra cosa que un simple y transitorio armisticio entre dos conflictos.
Perseguirás a tu enemigo, combatirás en tu combate... Amarás la paz como medio para obtener nuevas guerras... Una buena causa, dirás, santifica hasta a la guerra. Pero yo te digo: Es la buena guerra la que santifica a toda causa.
Las idea que los niños se hacen de la superioridad de los soldados sobre los otros ciudadanos tiene algo de fabuloso.
La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música.
Nada con excepción de una derrota, es tan melancólico como una victoria.
El ejército francés ha cumplido en Argelia una experiencia guerrera de vida en campaña extremadamente educadora para la oficialidad y los cuadros subalternos... una especie de scoutismo superior en última instancia muy benéfico.
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Sonia González Valdenegro |
Relatos en los que el mundo interior de los personajes es más relevante
que lugares y nombres, son los cuentos de “La preciosa vida que soñamos”.
Personas comunes y corrientes, como la autora, que luchan
por no derrumbarse en cualquier instante.
Por Nicolás Sepúlveda Guzmán
Sonia González Valdenegro nació en 1958. Es abogada, casada con el escritor chileno Ramón Díaz Eterovic y madre de tres hijos. Nació en Santiago, ciudad donde actualmente vive con su familia. Nota biográfica.Probablemente usted no la conozca, aunque tal vez debería.
No porque se trate de la esposa de un escritor reconocido en Chile, sino porque ella misma escribe. Y no sólo eso, ha publicado novelas como el “El sueño de mi padre” e “Imperfecta desconocida”, aunque el mayor reconocimiento de su carrera lo ha tenido como autora de cuentos, género en el que ha publicado los volúmenes “Tejer historias” y “Matar al marido es la consigna”.
Además, sus relatos han aparecido en compilaciones nacionales, como “Salidas de madre” y “Voces de Eros”, y extranjeras, entre las que se cuenta “El cuento hispanoamericano del siglo XX”, de España. Su labor literaria ha sido galardonada con los premios Metro-SECH y Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Más notas biográficas.
Después de esos datos, usted podría preguntarse no sólo quién es Sonia González, sino también por qué no la conoce.
Tal vez la respuesta se encuentre en la vocación de esta escritora por la vida tranquila, la tarea introvertida y la predilección por observar antes que protagonizar, como ella declaró a algún matutino nacional.
O simplemente en la mezquindad que en nuestro país caracteriza a editoriales y medios en la difusión de la obra de quienes se afanan, pluma y papel en mano, en dilucidar los misterios del comportamiento humano a través del simple ejercicio de narrar.
Estas expresiones, en el caso de Sonia González, dejan de ser lugares comunes y se convierten en cientos de páginas de relatos sencillos, bien escritos y amables con el lector. Su nuevo tomo de cuentos “La preciosa vida que soñamos” (LOM Ediciones, 2007) confirma todo lo dicho.
Ni nombres ni lugares
Lo fundamental en cada relato de González son los personajes.
Casi no importa si el cuento se desarrolla en primera o en tercera persona, porque el tono siempre roza lo íntimo, confundiendo descripciones con sensaciones del o de la protagonista. Incluso las distintas épocas en que transcurren diversos hechos se ponen a disposición de la forma de contar, efecto que se nota especialmente cuando el autor parece fundirse y confundirse con el narrador.
Así, la protagonista de “Asunto de a tres”, por ejemplo, va y vuelve en el tiempo, compara y enmaraña a su colega Mercedes con la época de la facultad de Derecho y oculta al lector lo mismo que su memoria le oculta a ella. El tono del relato se torna cada vez más secreto, hasta que el final nos introduce en lo más íntimo del mundo que los personajes quieren pasar por alto.
Hay aquí dos características transversales a los 14 relatos que componen “La preciosa vida que soñamos”: primero, la intimidad de hombres y mujeres que esconden y se esconden de secretos que se develan en frases sutiles, claves delicadas que la autora comparte tanto con nosotros como con sus héroes. Segundo, el final anunciado, pero sorpresivo; deseado, pero no del todo cómodo.
Estos elementos conforman cuentos por sí solos, aunque la escritora los redondea con descripciones mínimas, justas y necesarias, de los ambientes y de los lugares físicos: un campus universitario, un céntrico café, una pequeña habitación en una pensión, un condominio.
La sola mención de ellos parece suficiente a los propósitos de González. Las puertas para que el lector desate cada experiencia que esas palabras tan vagas puedan evocarle, quedan abiertas de par en par. El efecto que provoca la lectura atenta permite que la construcción final del cuento se afirme en la conciencia y en la emotividad de quien sostiene el libro abierto de par en par entre sus manos.
El mejor caso se presenta en el relato que da nombre al libro. La vida perfecta de una familia común y corriente se ve alterada cuando los secretos que sostienen esa apariencia de felicidad se vuelven más grandes. En menos de diez páginas la autora despedaza las seguridades de un núcleo familiar que podría ser el suyo o el mío, en cualquier parte del mundo y en cualquier época, porque no hay fechas ni nombres propios ni referencias a lugares.
Ese “soñamos” del encabezado no es casual, pues puede referirse tan bien al pasado como al presente.
No obstante preferir Sonia González la tranquilidad de su hogar, sus heroínas buscan emanciparse de todo lo que les estorba en su propio camino.
Temores, amores e inhibiciones, tal como la protagonista de “Políticas editoriales”, una mujer mayor de setenta con aficiones literarias que a partir de la no publicación de una novela, aparentemente autobiográfica, inicia un pudoroso viaje catártico hasta la inocente rebeldía de su juventud.
Quién sabe si la autora ha pasado por procesos similares. Tal vez prefiera una vida tranquila en lo exterior, porque las experiencias interiores que transmite son lo suficientemente intensas. Si gracias a ello puede seguir brindándonos su obra gratificante, bienvenido sea.
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charles harper webb |

POR NECESIDAD WEBB CUENTA CHISTES SOBRE SU ESTATURA
Iba muy bien hasta que llegué a la prepa: de
uno cincuenta a casi uno setenta en tres años.
Caminaba orgulloso con un aura de dos metros
como la niña de doce años, tamaño 32A, que
se compra un brasier de 38D para ver como
se va llenando. Luego, como la cabeza de
un trampolinero que se encuentra de sorpresa
con un árbol, mi crecimiento se detuvo abruptamente,
arruinando la función.
Ni medirme dos veces al día ni desear desesperadamente
Me ayudó a acercarme a esa estatura normal de
uno setenta y cinco que había marcado con desprecio
sobre la puerta de mi recámara: yo razonaba que mi auto
de carreras sólo se había detenido por refacciones, era sólo el
primer campamento camino a la sima.
Pero ninguno de mis ejercicios de estiramiento, ni mis dietas
que constantemente elaboré y revisé, pudieron exprimir un
solo micrón.
Había oído de el poder de pensar en forma positiva;
y fui positivo. Había oído que "Si miras la olla,
nunca hervirá". Dejé de medirme por semanas enteras,
sólo viendo de reojo, creyendo que la marca de uno setenta y
cinco ya había bajado al nivel de mis ojos.
Le pedí perdón a Dios por dudar de Él, y recé cada momento
que podía, por si las dudas. Devoré libros sobre la
adolescencia , leyendo y releyendo (junto con las partes sobre
sexo) la sección que decía que algunos hombres siguen
creciendo hasta los veintiuno.
Pero la verdad, como el olor a zorrillo sobre un traje
de mil dólares, por fin fue evidente. Mi papá era bajo
y corpulento; mi mamá era alta y delgada. Y sería bajo
y delgado. No sería un Mickey Mantle, ni un Joe Namath,
ni un Wilt Chamberlain, ni Rocky Marciano, ni Big John
Wayne. Nunca haría 60 jonrons, ni las 1000 yardas,
ni encestaría 50 puntos en el juego. Nunca noquearía a un
hablador con un manotazo descuidado de mi gigantesca mano
derecha. Brigitte Bardot, Raquel Welch, no serían mías.
Me escabulliría del gimnasio con miedo a las rufianes,
tendría novias desabridas que me dejarían por hombres altos.
Tomaría un poco de karate y pesas, un poco de guitarra jazz,
jugaría ajedrez, escribiría poesía. Me convertiría
en un intelectual.
NO SERÍA BUENA TRANSACCIÓN
Dicen que el sol es el padre de la felicidad.
O creo que eso es lo que dicen.
Dos átomos de hidrógeno se funden, creando un
átomo de helio, energía, y felicidad.
No sé los detalles. Lo que sí sé es
que el buen sexo, los peces grandes colgando de una caña de
pescar ligera,
y mucho dinero por poco trabajo, me traen felicidad,
sin embargo los granos, el pay de riñón, el cáncer, y el
rechazo, no. Me imagino que algunas cosas chupan más
sol que otras. No estoy seguro.
Las cosas se complican. Algunas veces me confundo
tanto la cabeza me da vueltas, como dicen,
aunque dudo que sea la cabeza; más bien
son mis pensamientos, o el cuarto, o el mundo
o algo que a nadie se le ha ocurrido todavía.
De todos modos, digan lo que digan,
aunque me hagan dar vueltas todo el día
Es más divertido comer un Sunday de Chocolate
que darme cuenta que me estoy quedando calvo. Siempre
he preferido las olas buenas para surfear
que la conciencia cívica. Nunca cambiaría mi erótica
gatita sueca por una meningitis de la espina dorsal,
no,
no sería buena transacción.
LA MUERTE DE SANTA CLAUS
Ha tenido dolores en el pecho
por varias semanas, pero los doctores
no hacen visitas al hogar en el Polo Norte.
dejó de pagar su seguro médico Blue Cross,
se marea cuando le hacen exámenes de la sangre,
las batas del hospital siempre se le abren, las
salas de espera le causan dolor de estómago, y
de todos modos nada más tiene indigestión, por lo
menos eso pensaba, hasta el día en que al estarles
dando de comer a los renos, sintió como si la mano
de un monstruo le hubiera agarrado el corazón
y no dejara de apretar. No puede respirar, y el
mundo blanco tan hermoso se torna negro,
y cae sobre su panza de gelatina en la nieve
y la Sra. Claus sale corriendo de la fábrica
de juguetes, gritando, y deja a los duendes
frotándose sus manitas nerviosas, y la nariz
de Rudolph se prende y se apaga como una luz de ambulancia
triste, mientras en Houston Texas en una de esas casas en serie,
yo, de 8 años, le digo a mi mamá que los mensos
de la escuela dicen que Santa Claus es pura mentira,
y ella, tomándome la mano, se sienta conmigo en el sofá
de flores moradas, con lágrimas en los ojos,
y con una terrible noticia en la garganta.
Procura mostrarte conmovida.
Mueve la cabeza con ánimo.
Suspira.
Di Mmmmm.
Muestra que estás muy conmovida.
A escondidas pregúntales a otros lo que piensan acerca del
poeta;
si les cae bien, haz un pacto para aplaudir al terminar el
siguiente poema, sea bueno o malo.
Ríe calladamente.
Ríe a carcajadas.
Frótate la nariz.
Solloza.
Gime.
Cambia de lugar en la silla, cruza y vuelve a cruzar tus
hermosos muslos.
Párate y agita los brazos como si tuvieras banderas al final de
la carrera.
Quítate la camisa y agítala como diciéndole al poeta
Bienvenido a casa.
Canta You Light Up My Life, luego I Want You, I Need
You, I Love You.
Saca la cartera y avienta tu dinero sobre las piernas del poeta.
Saca una pistola, asalta a todos en el cuarto, luego avienta
todo el dinero de ellos en las piernas del poeta.
Ábrete las venas, y dale al poeta un termo de tu sangre.
Cédele todos los derechos de propiedad de tu BMW, tu casa,
tu yate, abandona todo, y sigue al poeta.
Ayúdale al poeta a ganar premios, a publicar libros, etcétera,
usando tu influencia, tus familiares ricos y tus contactos.
Colúmpiate del candelabro, proclamando las virtudes del
poeta;
si no hay candelabros, cuelga unos y luego procede.
Trae arrastrando un bloque de mármol, y has una estatua del
poeta.
Saca un volumen de las obras completas de Shakespeare,
borra el nombre Shakespeare, y escribe el nombre del poeta.
Transcribe la Biblia a un disco floppy, luego usando el
mandato de Encontrar y Reemplazar, sustituye el nombre del
poeta por el de Dios.
Siéntate sin moverte, considera qué bajo ha caído la poesía
moderna, piensa en todo lo que ha sacrificado el poeta para
estar aquí, cómo ha de haber arruinado su vida por esta arte
despiadada,
aunque sabes bien que la suerte del poeta no es peor,
no es más trágica, que la de otros artistas,
o de cualquiera que trata
de hacer buenas obras en un mundo basura,
un trabajo con amor en un mundo que gruñe,
un trabajo con alma en un mundo sin alma,
un trabajo bondadoso, en un mundo cruel,
un trabajo generoso en un mundo que empuña,
un trabajo expresivo en un mundo que suprime,
un trabajo con sabor en un mundo malcarado,
un trabajo vivo en un mundo muerto,
entendiendo esto, y claro está, el poeta no es ningún mártir,
ningún santo, la poesía es egotística, acaparadora
como todo, pero sigue siendo admirable, sigue siendo digna,
tú de verdad lo crees, mientras permaneces allí sentada, en
silencio, habiéndote gustado el poema, sientes gratitud,
esperas que de alguna manera lo sepa el poeta.
Traducción de Juan Hernández-Senter










