Cada quince días viene el pastor evangélico a ofrecerme golosinas. Viene de Punta Arenas. Ayer vino y me comentó que se había enterado que escribía. "¿En qué se inspira para escribir?" La verdad que no me inspiro en nada le contesto. Sólo comienzo a escribir y ya está, agregué. "¿Cómo es eso? Como usted escucha; digo esta noche voy a escribir y escribo. No entiendo... o sea que usted llega y escribe y entonces qué escribe. Por ejemplo, supongamos, que usted viene y me dice que se enteró que yo escribo, entonces yo llego me siento y escribo que cada quince días viene un pastor evangélico a ofrecerme golosinas y que se enteró que yo escribo. Y yo escribo sobre aquello. Pero entonces me dice-, es fácil escribir. Por supuesto le digo. Cualquier persona puede hacerlo. Haga la prueba y cambie los términos. Supongamos que usted llega a Punta Arenas y quiere escribir, entonces puede comenzar diciendo que cada quince días llega a Puerto Natales a vender golosinas y allí se encuentra con un tipo que escribe y que le compra sus golosinas. "¿Entonces todos los que escriben hacen lo mismo?" Le digo que no sé, pero que a mí me funciona. Al irse me dice que él pensaba que escribir era una cosa complicada, y que llegando a Punta Arenas empezaría a escribir. Se despide con un: "Que Dios lo bendiga". Yo le digo: "A usted también".
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El pastor de la iglesia |
Cada quince días viene el pastor evangélico a ofrecerme golosinas. Viene de Punta Arenas. Ayer vino y me comentó que se había enterado que escribía. "¿En qué se inspira para escribir?" La verdad que no me inspiro en nada le contesto. Sólo comienzo a escribir y ya está, agregué. "¿Cómo es eso? Como usted escucha; digo esta noche voy a escribir y escribo. No entiendo... o sea que usted llega y escribe y entonces qué escribe. Por ejemplo, supongamos, que usted viene y me dice que se enteró que yo escribo, entonces yo llego me siento y escribo que cada quince días viene un pastor evangélico a ofrecerme golosinas y que se enteró que yo escribo. Y yo escribo sobre aquello. Pero entonces me dice-, es fácil escribir. Por supuesto le digo. Cualquier persona puede hacerlo. Haga la prueba y cambie los términos. Supongamos que usted llega a Punta Arenas y quiere escribir, entonces puede comenzar diciendo que cada quince días llega a Puerto Natales a vender golosinas y allí se encuentra con un tipo que escribe y que le compra sus golosinas. "¿Entonces todos los que escriben hacen lo mismo?" Le digo que no sé, pero que a mí me funciona. Al irse me dice que él pensaba que escribir era una cosa complicada, y que llegando a Punta Arenas empezaría a escribir. Se despide con un: "Que Dios lo bendiga". Yo le digo: "A usted también".
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Aforismos de Lichtenberg |

* Se parecía a Alejandro por la cabeza ladeada, a Cervantes por la bragueta siempre abierta y a Montaigne por no saber sumar, ni con números ni con centavos.
* Hoy le permití al sol levantarse antes que yo.
* Él me desprecia porque no me conoce. Yo desprecio sus acusaciones porque me conozco.
* Varias veces he sido censurado por faltas que mi censor no tuvo el ingenio ni la valentía de cometer.
* Para él el mundo era una muchacha, 150 libros y una perspectiva de una milla alemana de diámetro.
* Si al cielo le pareciera útil y necesario volverme a editar en la vida, me gustaría comunicarle algunas vanas observaciones que se refieren, sobre todo, al dibujo del retrato y al plan general.
* Me dan dolor muchas cosas que a otros sólo le dan lástima.
* Tengo el corazón por lo menos un pie más cerca de la cabeza que el resto de los hombres. De ahí mi enorme equidad. Las decisiones pueden ser ratificadas cuando todavía están calientes.
* A lo largo de mi vida me han otorgado tantos honores inmerecidos que bien podría permitirme alguna crítica inmerecida.
* He vuelto a comer todo lo que me está prohibido y, gracias a Dios, me encuentro tan mal como antes (no peor).
* La pérdida de la memoria me hizo cobrar conciencia de mi avanzada edad. Más tarde atribuí esto a la falta de práctica, luego otra vez a las consecuencias de la edad. A lo largo de toda mi vida he sentido estas oleadas de temor y esperanza.
* El 10 de octubre de 1793 le envié a mi querida mujer una flor artificial del jardín, hechas con hojas de distintos colores que el otoño tiró al suelo. Representa mi estado actual. Pero no se lo dije.
* Solía hablar con gran libertad en sitios en donde ponían caras piadosas y en cambio predicaba la virtud donde nadie más la predicaba.
* Promulgó una Constitución para sí mismo. Elegía auténticos ministros (la Moderación, incluso en una ocasión la Avaricia) que invariablemente eran despedidos.
* Nada nos hace envejecer con más rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos.
* He notado claramente que tengo una opinión acostado y otra parado.
* Tenía entonces 54 años, una edad en que aun en los poetas- el entendimiento y la pasión empiezan a conferenciar sobre artículos de paz, y por lo general la alcanzan no mucho después.
* Daría parte de mi vida con tal de saber cual era la temperatura promedio en el paraíso.
* Ya que se escribe en público de pecados secretos, me he propuesto escribir en secreto de pecados públicos.
* La cosa cuyos ojos y orejas no vemos y cuya nariz y cabeza apenas vemos, en pocas palabras, nuestro cuerpo.
* En la Tierra no hay superficie más interesante que el rostro humano.
* Cuando el espíritu se eleva el cuerpo se arrodilla.
* Los guisos tienen presumiblemente, gran influencia en el estado actual de la condición humana. El vino externa su influencia de un modo más evidente, los guisos lo hacen con mayor lentitud, pero quizá también con mayor intención. Quién sabe si no le debemos la bomba neumática a una sopa bien cocida o la guerra a una mal cocida. Esto merecería una investigación más acuciosa. Acaso el cielo cumple así grandes finalidades, mantiene leales a los súbditos, cambia los gobiernos y crea Estados libres; acaso son los guisos los responsables de lo que llamamos la influencia del clima.
* Eso que ustedes llaman corazón está bastante más abajo del cuarto botón del chaleco.
* La hermenéutica de la hipocondría.
* Un rostro no se deja analizar en un instante: necesita una consecuencia.
* Nuestro mundo llegará a ser tan refinado que creer en Dios resultará tan ridículo como hoy en día creer en fantasmas.
* Concibo una época en la que nuestras concepciones religiosas parecerán tan extrañas como ahora el espíritu de caballería.
* Por más que se predique las iglesias siguen necesitando pararrayos.
* ¿Creéis acaso que el buen Dios es católico?
* Con los huevos de Pascua sucede lo mismo que con el santo Cristo: en cuanto uno averigua de donde vienen, deja de recibirlos.
* Hay una especie de ventriloquía trascendental con la cual los hombres pueden aparentar que algo dicho en la Tierra viene del cielo.
* Es una lástima que beber agua no sea pecado, clama un italiano, ¡que bien sabría!
* La invención más fácil para el hombre: el paraíso.
* Dios realmente debe querernos mucho, pues siempre aparece cuando hace mal tiempo.
* Todos los maestros de la fe defienden sus teorías, no porque estén convencidos de su verdad, sino porque alguna vez lo estuvieron.
* ¿Cómo habrá sido la conversión de las putas en la antigüedad?, ¿ya habría beatas?
* Cartas sobre la más reciente literatura: y le doy mil gracias a Dios de que me haya permitido volverme ateo.
* En el mundo, los santos han logrado más en escultura que vivos.
* Cuando un libro choca con una cabeza y suena a hueco, ¿se debe sólo al libro?
* La metáfora es mucho más inteligente que su autor, y esto sucede con muchas cosas. Todo tiene su profundidad. Quien tiene ojos ve todo en todo.
* Se diría que nuestros idiomas han enloquecido. Cuando queremos una idea, nos ofrecen una palabra; cuando exigimos una palabra, nos brindan una raya, y donde esperamos una raya, hay una obscenidad.
* Esto debe servirme de advertencia. Como aquel gran escritor francés, de ahora en adelante no daré nada a la imprenta sin que antes lo lea mi cocinera.
* En cierta obra de un hombre célebre preferiría leer lo que tachó que lo que dejó.
* Al prólogo se le podría llamar pararrayos.
* Ahí se aplica a la perfección lo que Butler dice de un mal crítico, sino encuentra un error, lo comete.
* Me han informado que cada vez que escribe una reseña de libros tiene las más poderosas erecciones.
* Los periodistas han construido una capillita de madera que llaman el Templo de la Fama donde todo el día clavan y desclavan retratos, con tal escándalo que nadie escucha sus propias palabras.
* Al escribir mantén la confianza en ti mismo, un orgullo noble y la certeza de que los demás no son mejores que tú, ellos evitan tus errores y en cambio cometen otros que tú has evitado.
* Lo shakespeareano que había que hacer en el mundo, fue, en gran parte, realizado por Shakespeare.
* Está bien que los jóvenes enfermen de poesía en ciertos años, pero por el amor de Dios, hay que impedir que la contagien.
* Siempre es preferible darle el tiro de gracia a un escritor que perdonarle la vida en una reseña.
* Es fascinante escuchar a una mujer extranjera que comete faltas en nuestro idioma con sus hermosos labios. A un hombre no.
* Si pensáramos más por nuestra cuenta, tendríamos muchos más libros malos y muchos más libros buenos.
* Quien tenga dos pantalones, que venda uno y compre este libro.
* Si alguien escribe mal, que más da, hay que dejarlo escribir. Transformarse en buey aún no es suicidarse.
* Aquello tuvo el efecto que por lo general tienen los buenos libros. Hizo más tontos a los tontos, más listos a los listos y los miles restantes quedaron ilesos.
* Hay una clase de hueca habladuría que, a través de expresiones novedosas y metáforas insólitas, da la impresión de ser sustanciosas. Klopstock y Lavater son maestros del género. Como broma, es pasable,, en serio, imperdonable.
* El único defecto de los escritores realmente buenos es que casi siempre ocasionan que haya muchos malos o regulares.
* Uno se resiste a hacer un cucurucho para la pimienta con una hoja en blanco. Si está impresa, uno la usa con agrado.
* Un libro es como un espejo. Si un mono se asoma a él no puede ver reflejado a un apóstol. Carecemos de palabras para hablar con los tontos de sabiduría. Ya es sabio quien entiende a un sabio.
* En nuestros tiempos, donde los insectos coleccionan insectos y las mariposas hablan de mariposas.
* Es verdad que era algo burdo, pero en su sociedad venía siendo como una cebra entre asnos.
* Si bien los peces son mudos, sus vendedoras hablan por todo lo que ellos callan.
* El asno me parece un caballo traducido al holandés.
* Nada más seguro para la mosca que colocarse en el matamoscas.
* El simio más perfecto no puede dibujar un simio. Sólo el hombre puede hacerlo. Pero también sólo él lo considera una ventaja.
* Que el hombre es el ser supremo también se deduce de que ningún otro ha tratado de refutarlo.
* No es que los oráculos hayan dejado de hablar, los hombres han dejado de escucharlos.
* Conozco el gesto de la atención fingida. Es el grado más bajo de la distracción.
* A lo más a lo que puede llegar un mediocre es a descubrir los errores de quienes lo superan.
* Hay ineptos entusiastas. Gente muy peligrosa.
* Estoy convencido de que cada ciudadano de H, conoce a Z, mejor de lo que se conoce a sí mismo.
* En el mundo uno encuentra con mayor frecuencia el consejo que el consuelo.
* Comerciaba con tinieblas en pequeña escala.
* Escribió 8 libros. Hubiera hecho mejor plantado 8 árboles o teniendo 8 hijos.
* Era un pensador tan minucioso que siempre veía un grano de arena antes que una casa.
* No es broma sino la pura verdad que antes de la Revolución los perros de cacería del rey de Francia tenían mejor salario que los miembros de la Academie des Inscriptions. Cf: la Nueva Biblioteca de Bellas Artes, tomo 44, capítulo 2, p. 234. Los perros: 40.000; los académicos: 30.000. Los perros eran 300, los académicos, 30.
* Los franceses prometieron hermandad a las naciones adoptadas. Finalmente sólo tomaron en cuenta a las hermanas.
* Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen, pierden el respeto.
* El matrimonio, al contrario de la fiebre, comienza con calor y termina con frío.
* Ciertos hombres de mal corazón creen reconciliarse con el cielo cuando dan una limosna.
* Intentar modificar el carácter de un hombre es como tratar de enseñar a una oveja a tirar de un carro.
* A la gloria de los más famosos se adscribe siempre algo de la miopía de los admiradores.
* Resulta imposible atravesar una muchedumbre con la llama de la verdad sin quemarle a alguien la barba.
* La enfermedad es la mayor imperfección del hombre.
* El amor es ciego, pero el matrimonio le restaura la vista.
* Una regla de oro: no hay que juzgar a los hombres por sus opiniones sino por aquello en lo que sus opiniones los convierten.
* El hombre es una obra maestra de la creación, tan sólo porque a pesar de todo su determinismo cree que actúa como ser libre.
* Lo que hace que la amistad auténtica y el vínculo conyugal sean tan fascinantes es la ampliación del yo.
* Como todas las cosas corrosivas, el chiste y el humor deben emplearse con cuidado.
* En mi opinión, la pregunta ¿debe filosofar uno mismo? ha de responderse con una semejante: ¿debe rasurarse uno mismo?.
* ¡Cómo desaparecerán algún día nuestros nombres, detrás de los inventores del vuelo y cosas por el estilo!
* Se podría prescribir una dieta para la salud del entendimiento.
* El género humano sólo celebra lo bueno; el individuo con frecuencia lo malo.
* El hombre tiene un instinto irrevocable para creer que no lo ven cuando él no ve. Como los niños que se tapan los ojos para no ser vistos.
* El hombre ama la compañía, así sea la de una vela encendida.
* Jamás hay que creerla a quien asegure algo con una mano en el corazón.
* Es cierto que no puedo hacerme mis zapatos, pero, señores, no permito que me escriban mi filosofía.
* En cada facultad universitaria debería haber al menos un hombre muy capaz. Si las bisagras son de buen metal, lo demás puede ser de madera.
* Nada me molesta más en mi conducta que tener que ver el mundo como un hombre común, pues sé que lo ve de manera equivocada.
* Una vieja regla: un descarado puede parecer discreto cuando quiera, pero nadie que sea discreto puede parecer descarado.
* Nada se juzga con tanta ligereza como el carácter y en nada hay que ser más cuidadoso. Siempre he notado que las malas personas mejoran al conocerlas mejor y las buenas empeoran.
* Cualquiera aceptaría que las historias obscenas propias tienen un efecto mucho menos peligroso que las que se le ocurren a los otros.
* Pitágoras pudo, merced a un solo descubrimiento, sacrificar medio centenar de bueyes. Por todos sus descubrimientos, Kepler se hubiera dado por satisfecho con dos bueyes.
* Siempre he visto que la ambición voraz y la desconfianza van juntas.
* Cierta clase de personas traban fácilmente amistad con cualquiera, y luego se aprestan a odiarlo o a quererlo otra vez. Si se piensa en el género humano como un todo, donde a cada parte le corresponde un sitio, estos hombres se convierten en piezas faltantes que se puede colocar donde sea. Entre esta clase de personas rara vez hay grandes genios, aunque es a quienes con mayor facilidad se les toma como tales.
*Ante una obra menor siempre pienso: es sólo un librito de patrullaje que busca el sitio donde pueda anclar uno mayor.
* Nuestra vida es comparable a un día de invierno. Nacemos entre las 12 y la 1, no amanece sino hasta las 8, oscurece antes de las 4 y morimos a las 12.
* Unas cuantas docenas de millones de minutos hacen una vida de 45 años y algo más.
* ¿Qué será del género humano antes de que desaparezca? El mundo bien puede rotar como hasta ahora por otro millón de años, en cuyo caso 5000 años serán como ¼ de año en la vida de un hombre de 50, apenas 1/12 del tiempo que pasamos en la universidad, ¿Qué hice el último cuarto de años? Comí, viví, hice experimentos eléctricos, escribí almanaques, me reí al ver un gatito, jugué con muchachitas y así transcurrieron 5000 años del pequeño mundo que soy yo.
* Ahí a su lado, ella se veía como un lagrimero etrusco o una jarrita de porcelana de Meissen junto a un tarro cervecero de zinc.
* Los relojes de arena no sólo nos recuerdan el rápido transcurrir del tiempo sino también el polvo en el que alguna vez nos convertiremos.
* Sí, las monjas no sólo tienen un estricto voto de castidad sino también fuertes rejas en sus ventanas.
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leonora vicuña |

EBRIAS AGUAS
Hacia las ebrias aguas de la noche
me lleva mi velero empecinado
por el barrial de un mundo desolado,
de esta ciudad que hierve como un broche.
Dan vuelta las ruletas del derroche
de este país que yace aniquilado
que olvida su presente y su pasado,
y donde sólo gana el vil Fantoche...
Vieja ciudad, navego en tus orillas
tus aguas de tugurios y de bares
sumidos en la luz de las polillas.
Mi barca se detiene en esos mares
donde naufragan las almas sencillas
que hacen llorar a Cristo en los altares...
Santiago de Chile, 1981
DAMAS CEBOLLAS
A Stella Díaz, poeta y amiga
Estas dulces cebollas calderanas
que hacen llorar a las damas talquinas
agonizan en sórdidas vitrinas
colgando como lánguidas campanas.
No saben que alto el sol en las ventanas
anuncia las fatales guillotinas
que suelen relucir en las cocinas
de las finas señoras casquivanas
También ellas colgadas algún día
del largo cordón de su pasado
aguardarán temblando el mediodía,
en que el diestro cuchillo de Dios Padre
desarme para siempre su tinglado:
¡Llorad entonces, solas y sin madre!
Santiago de Chile, 1983
ELVIS PRESLEY
Gardel del rock and roll y del gemido,
sudando ron en gotas escarlatas
bajo la noche plástica desatas
la sobredosis blanca del olvido.
El tango que renace en tu latido
volviendo al ring del blue y a las mulatas,
transforma sus polleras en fogatas
que giran embriagadas de sentido.
Ya no eres más el rey del firmamento
del escenario ardiente en las pantallas
donde viene a vivir por un momento
la dulce melodía que ahora callas
bajo una loza fría de cemento,
¡Gardel del Rock and Roll que me desmayas !
LA HORA DEL LOBO
Es la hora del lobo.
La madre cierra suavemente las persianas.
Salen de sus oscuros escondites las polillas,
las baratas.
Puertas adentro la ciudad se recoge
en su desesperanza.
En el silencio total que nos inunda
un suspiro puede ser una amenaza.
Los lobos rondan las calles abandonadas.
De pronto: disparos y un grito a la distancia.
El corazón se agita.
Los ojos se dilatan.
Nadie se mueve.
Nadie dice nada.
Pero todos sabemos
en la tibia oscuridad de la casa
que alguien esta noche ha caído en una trampa.
Santiago de Chile, 1982
MUJERES
La Dama, la Garzona, La Cualquiera,
La de la Vida, Nadie, la Picante,
La niña del bolsón y la del guante,
La más perdida o la feliz niñera.
La Madre, la Dolores, la Sincera,
La dulce amiga o la mortal amante,
La que en sus ojos guarda algún diamante,
O la que lleva un arma en su cartera:
Todas en fin, Señor, somos decentes
Aunque jugamos con la picardía
Y nos hacemos siempre las prudentes.
¿Qué más será un pecado en esta vía
Perder el norte por un hombre ardiente?
¡Hasta una monja desfallecería!
NOCTURNO 1
La vacía luna
y el vacío mundo.
Sola la noche inmensa
desborda
de su savia profunda y olorosa
la perfecta
Rosa de la Nada
que deshoja el Tiempo.
NOCTURNO 2
Apuntas con el dedo al lucero en la ventana.
Esa estrella ha estado apuntando
toda la noche
con su ojo de diamante
tu pequeña y vacilante existencia.
NOVIAS ESPUMAS
Espumas de los mares que en las rocas
hacen anillos de sal, hacendosas,
son las sirenas que esperan ansiosas,
lucir sus blancos encajes y tocas.
¿Qué bergantín no esperan estas locas
espumas de los mares, blancas rosas,
romper en mil astillas venenosas
besándole a los náufragos las bocas?
Como novias desnudas en las aguas
a todos los viajeros enamoran
luciendo sus estelas como enaguas.
Y bajo el ruedo brillan las espadas
que clavan tan sonrientes, aunque lloran,
dueñas del tiempo, damas de la nada.
Santiago de Chile, 1980
ROSA
En una habitación abandonada
contemplas una rosa de ceniza.
¿Es una mancha de cal o de tiza
o sobre el muro tinta derramada?
Perdura un leve instante dibujada,
en tus pupilas su forma precisa.
Mas luego es una imagen que se triza,
una ilusión que yace desolada.
Tus ojos quieren ver la eterna rosa
donde tan sólo el polvo y el olvido
habitan en silencio cada cosa.
Y aunque estás sola y todo lo has perdido
hay una mancha clara y amorosa
que para tí en el muro ha florecido.
Lyon, Francia. 1983/84
SOLA
¿El espejo está vacío o está roto?
No hay nada.
Viejos sueños.
Las sombras son más vivas que lo vivo.
Lo vivido es más real que lo real.
Sola.
En una ciudad desteñida como tarjeta postal,
cruzas un puente infinito
de la mano de un poeta loco
hacia Pimlico.
Ahí van los leones rosados
en la corbata de Jorge Teillier
entrando al Italo un domingo sucio y gris
en Santiago de Chile.
¿Para qué recordar?
Estás en el mismo día y a la misma hora de siempre.
No hay nada como el tiempo para no pasar.
No hay nada.
Sólo viejos sueños.
BOITE ZEPPELIN ` 81*
Bailan las gordas estriptiseras en la boite negra
bailan las rubias pordioseras agrias marineras
bailan las estrellas de papel diamante las botellas
y las trampas bailan
al son de las putas las trompetas
lucen la carne flagelada por noches que degüellan
esperando la música acabe justo
en el momento de poner
el sexo sobre la silla y no se vea
no sea cosa que de las mesas salgan sombras que se prendan
bailando como ellas
para tocarlas, gordas estriptiseras,
no sea cosa que vengan de la calle las panteras
los gordos oficiales charreteras, metrallas y banderas...
Bailan entonces de nuevo escondiendo el sexo
las gatas ululantes las bomberas
luciendo los mordiscos moretones
los golpes
los crespones las ojeras
mientras pasa la noche borracha cantinera
y el Zeppelin se cierra como una tumba abierta.
* Referencia a la conocida boite nocturna santiaguina del barrio Mapocho.
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Pamela, Gabo, T.S.Elliot, etcétera ... |

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En este país de insomnes turbulencias |
Nunca tuve casa, paciencia ni olvido,
Fui perro entre los perros, lobo entre los lobos,
Todas las puertas me fueron cerradas
En este país de insomnes turbulencias
En donde el más débil es devorado
Por ancestrales matones de cobalto,
Poco a poco fui engullido por hienas,
Por feroces tigres hambrientos,
Por la negra noche del anonimato.
Cada dos por tres me fueron crucificando,
Endilgándome motes ridículos,
Fui expulsado de todas las parroquias
Tratado de gusano por familiares cercanos
También por mujeres de amplias caderas.
Y fui tapado por excrementos,
En cada esquina era apaleado por poetas
Que me enrostraban mi poco apego
A las musas caballerescas.
Fui paria entre los parias,
Fui lejos el peor de todos,
Cercano amigo de los fusiles
Hermano de la comadreja
Y padre de todas las injurias.
Me acusan de reverenciar el desdén,
De asociarme con notorios cardenales.
Ahora, ahora ya es tarde para el vuelo del moscardón
Mientras tomo impulso desde el último piso.
| [+/-] |
Teresa Wilms Montt |
Inmaculada Decepción muestra algunos fragmentos de su Diario.
DIARIO II
Fue una época simpática y desgraciada.
Vivíamos en un hotel de mala muerte, pero el mejor del puerto, rodeado de toda clase de hombres, extranjeros y chilenos, comerciantes, médicos, periodistas, literatos, poetas, etcétera. Una vie de boheme, más o menos.
La noche era para charlar, el día para dormir, la tarde para escribir.
Yo era la única del sexo femenino en aquellas reuniones y así era demasiado consentida, pues todo me lo celebraban. Yo abusaba del licor, de los cigarrillos, del éter, etc, etc. También me gustaba ideas anarquistas y hablaba con el mayor desparpajo de la religión (en contra), y participaba de las ideas de la masonería. Escribía para los diarios, daba conciertos. Mis visitas eran a los hospitales, a las imprentas, acompañada de una tropa de médicos pijes y de pijes sin oficio, que me adulaban por las nubes.
Entré de lleno a esa vida que no conocía y que me era interesantísima.
Adquirí gustos poco correctos pero agradables y para ser una mujer poco vulgar, con una aureola novelesca. Todo el mundo me quería.
Nuestras noches eran alegres y sentimentales, se declamaba y se tocaba la guitarra.
Se hablaba de Azorín, de Sócrates, de Rouge de Lisle, de Baudelaire, etc, y en esos temas, llegaba el día, y el sueño.
El poeta Silva (Víctor DomingoSilva), que era el sobresaliente en nuestras reuniones, me hacía versos delicados y pasionales, yo los recitaba después, con todo mi arte para emocionarlo.
Es cierto, mi temporada (tres años en el Norte) constituyó una gran experiencia... Alí aprendí a vivir la verdadera vida. Conocí lo que es para las mujeres de mi clase un misterio, la verdadera miseria material y moral; los corazones y las pasiones bajas, mezquinas y grandes, los vicios... Y todo lo que conoce un hombre. Mi alma salió pura de la prueba, pero asqueada y con un fondo de amargura eterna.
Mi opinión sobre las mujeres es tristísima y muchas veces me avergüenzo de ser mujer... Sin ser malas, lo aparentan, son débiles, orgullosas, profundamente estúpidas y vanas. ¡Son animales de costumbre!
Los hombres, son malos de veras, viciosos, insensibles y egoístas. Son incapaces de un sentimiento delicado, que no sea para ellos mismos; pero son superiores... Cuando los veo elegantísimos, irreprochables, diviso a través de su indumentaria al mono, a la bestia carnívora, hambrienta y lujuriosa.
Mi padre (Guillermo Wilms Brieba) manda advertir que si salgo de este convento no cuente con nada de lo que él me da para vivir: se me dan todas las facilidades, para que yo, desesperada, cometa una incorrección y me vaya contigo, Jean!
No quiero que mi amado, que mi ídolo, me desprecie; renuncio a él! Y hago el sacrificio de quedarme en este convento para probarle que mi amor es inmenso y puro, y que yo deseo, ser amada y estimada como una mujer de bien.
Y a estos inhumanos cobardes sin entrañas los aplastaré con mi conducta. Han querido hacer de mí una pervertida y se encontraron con que puedo darles lección de nobleza. Renunciar a Jean me costará la vida; lo siento porque él estáadherido a mí como mi propio corazón, pero quiero que él no sufra una desilusión de la mujer que ha querido y que ha imaginado superior!...
Creo en Dios y creo en ti, Jean. Sé que ambos comprenderán mi conducta y mi sacrificio.
Mon Jean, idole de ma vie!
Aquí están tus cartas extendidas bajo la caricia de mis ojos. Las estoy bebiendo una por una, saboreando en ellas tu cariño. El único cariño que tengo en la vida!...
Te prometo mucho amor y una abnegación a jamais!
He dormido mal, muchas pesadillas y sobresaltos. Los zancudos, músicos infatigables, me hicieron su auditorio durante seis horas.
Los ingleses, franceses, rusos, austríacos, serbios, italianos, etc, etc, han librado una sangrienta batalla en el fuerte de Vichoffits, y a mí me ha tocado una bala con tan mala suerte que me tiene frita.
Tengo hambre. Con profunda pena, mis ojos miran el lánguido desayuno, natación de moscas, y no me atrevo a mandar al estómago, lo que ha sido baño de tan poco aseadas doncellas.
Las galletas parecen suelas de botas militares, menos mal me las como; pero a la mantequilla no me le atrevo; creo que no tendré la resistencia como un cañón de escopeta.
El anisette murió hace ya días, e hizo su tumba en la ambarina ánfora de Paul, y en la menos ambarina de Tejita.
El cognac marca "Tigre" saca las uñas ferozmente y deja huellas. Las reverendas religiosas tienen buen ojo (sobre todo para estas cosas) y pueden hacer comentarios poco chic.
Miro al espejo mi cara de gato flaco de pelo romano (pintado horroroso), y me da furia de verme tan fea. Los ojos ya no tienen brillo; sus dos globos azules empañados, donde se conoce el abandono en que viven. Cansados de mirar lo mismoy de llorar., guardan la apariencia de una ruina lastimosa. Mis ojos no tienen luz propia; necesitan como la Tierra de la luz del sol, los rayos de los ojos tuyos; ojos de oro animadores que les dan vida y calor.
¿Qué he hecho hoy? Nada, nada y nada. No he pensado en Vicente ni en mis hijas; he estado embrutecida, tendida sobre la cama, mirando el techo, con la mente vacía...
Me vengo a charlar con mi confidente creyendo despertar la imaginación pero en vano. No puedo desarrollar una idea y mi estado físico es el de un animal rendido de caminar.
Un diario me impuso de mi madre, que está muy enferma. Esta noticia no me ha inmutado, como si se tratara de una extraña. Estoy perdiendo un poco el corazón y la sensibilidad.
No tengo sueño pero me voy a la cama; antes destaparé mi última botella de cognac para dormir siquiera.
Vida imbécil de animal degenerada, infame! ¡Me está perdiendo todas mis energías, aquí toda mi alma! Vamos emborrachándonos hasta adquirir otro vicio, y después morir.
Las mujeres somos vehementes, y por eso inconstantes.
El hombre es mil veces mejor organizado; ellos esperan... Cuando un ser femenino desea una cosa vive, agoniza, muere por conseguirla! Y en su cabeza no hay otro pensamiento. Cuando lo consiguen vienen casi inmediatamente el hastío y el desencanto! Nosotras somos locas insaciables de ideales, y uno tras otro, sin descanso ni tregua hasta que la vejez pone término al fuego de la imaginación y de la fantasía...
La mañana está preciosa. Su frescura ha calmado mis nervios, quebrados por el insomnio.
Fui al jardín cuando el sol comenzaba a bostezar para levantarse: estaba todavía el suelo brillante con las perlas del rocío que había llorado la noche. Recogí un ramito de flores olorosas y después de dar unas cuantas vueltas, acariciando los gatos que dormían tendidos por allí, me volví a mi celda para rezar y escribir. Y aquí estoy.
Recién se levantan las monjas a su tarea: las oigo afanarse en el corredor y en la cocina, ágiles, rebosantes de vida y de la santa tranquilidad que les da Dios.
Anoche no pude cerrar los ojos; estuve nerviosísima, triste, con deseos de arrancarme al corredor para respirar aire puro. Prendí la vela a las dos de la madrugada y me puse a leer medicina hasta las cuatro y cuarto, hora en que bajé al jardín a medio vestir. Como de costumbre, mis pensamientos de anoche eran para Vicho. La hora, mi soledad, el estado de mi espíritu, hacían que lo recordase intensamente con ese delirio que me toma a veces, y me deja extenuada. Su retrato que está siempre bajo mi almohada cuando me retiro a la cama, fue anoche mi confidente. Hablé con él como si pudiera oírme, le dije las más suaves ternezas, los términos más agitadores que brotaban de mi corazón
Mi pasión es fatal e indomable. Inútiles son las secretas luchas de mi espíritu por dominarla. Ella triunfa de mí y me hace sentir su mordedura con toda la fuerza que ha adquirido en mi propio corazón.
Soy una pobre mujer débil e incapaz. No quiero pensar en él y me convenzo de que el no querer mío es querer más, y me desespero de mi impotencia para vencerme.
El recuerdo de mi Jean no me deja un instante, lo llevo dentro de mi alma como el ser espiritual de ella misma. Lo amo mucho, profunda, inmensamente, pero en mí algo ha muerto... Una cuerda se ha roto, una fibra se ha trizado.
Rezo y espero en Dios, pero nada para la tierra; mucho, mucho para el más allá y...
¡Mis hijas! Mis purísimas criaturas de las cuales son tan indignas y despiadada madre. ellas que llevan la savia de mi ser, algo o todo de mi corazón! Las recuerdo, pero en mí hay algo más poderoso que la poderosa voz del amor materno, el amor a Jean! Imploro al cielo su bendición de ellas, y para mi la muerte si mi deshonra ha de hacerlas desgraciadas. En esta noche apacible y dulcemente triste, me parece que mis ruegos llegan más intensos y fervorosos a Dios. Llevan todo el dolor de mi miseria, y la cariñosa esperanza del perdón!
Gustavo:
Si Ud. de acuerdo con mi familia y la suya, y sin que pueda originarles más tarde remordimientos de conciencia, estiman que mi deber es hacerme pasar por loca, teniendo mis facultades mentales mejores que nunca, no tendréinconveniente en pedir un certificado a uno de los tantos médicos de orates que llegan a este monasterio.
Aun más, y por infinito amor a mis hijas, si cree Ud. que con mi vida puede salvar su reputación, y con ella el nombre que heredarán, aquí la tiene a su disposición y con todo gusto
Thérese
No puedo estampar en mis páginas lo que siento.
Ayer me alejé de ellas por estar bajo la influencia de sedantes.
Hoy mi cabeza está bien pero mi alma ha desaparecido. En su sitio queda una piedra venenosa de reptíl ávido de venganza, un gusano vil que no puede más que arrastrarse.
El amor de mis hijas que debía enaltecerme, me hace descender hasta el más inmundo precipicio.
Me voy para no volver jamás. Iré donde no pueda perseguirme el dolor y desengaño de mi Vicente. Jamás pensé, ni en el delirio inmenso de mi dolor, que nuestro amor tendría un fin así. Mi pluma tiembla en la mano de rubor, mi corazón llora con el llanto de un criminal cobarde ante el patíbulo. No sé de mi existencia más que por un profundo sentimiento de hastío. ¡Sí, me voy. Ya no espero nada! Seré un autómata, seré una miserable ruina ambulante, seré una maldición viva.
Llegué a New York. Fui tomada prisionera en el vapor. Cuatro detectives estuvieron guardándome. No me dejaron desembarcar y me encerraron con llave en el camarote... por graves sospechas de espionaje al servicio alemán.
Estupefacta, apenas me lo puedo explicar.
El día 4, a causa de la primera letra de mi apellido, fui la última en desfilar ante la prsencia de un empleado que acompañado detectives y oficiales revisaba los pasaportes.
Al leer mi nombre el representante de la autoridad yanki me miró de la cabeza a los pies, y sin hacerme pregunta alguna, ordenó en voz alta a un subalterno que me acompañara en calidad de detenida.
¡Me muero! Al decirlo no experimento emoción alguna, por el contrario, me inclino curiosamente a contemplar el hecho como si se tratase de un desconocido.
Si tuviera la capacidad de estudiar el fenómeno, podría asegurar que es mi conciencia la que ha desaparecido debilitando mis sensaciones corporales, hasta hacerme creer que el cuerpo sólo vive por recuerdo.
No hay médico en el mundo que diagnostique mi mal; histeria, dicen unos, otros hiperestesia. Palabras, palabras, ellas abundan en la ciencia.
Al escribir estas páginas una fuerza sobrenatural me ordena que imprima en ellas un nombre. ¡No, no lo diré, me da miedo!
Cuando aparece este nombre en mi círculo nebulosos, se levantan mis manos con lentitud profética y fulguran bajo la noche con estremecimientos sagrados.
¿Me muero estando ya muerta, o será mi vida muerte eterna...?
Extraño mal que me roe, sin herir el cuerpo va cavando subterráneos en el interior con garras imperceptibles y suave.
¡Me muero!
Quiero reposar en la tierra solamente envuelta en una sábana o si es posible en un pedazo de tierra de la fosa común...
Dejo a mis hijas Elisa y Sylvia todas mis buenas intenciones, es lo único que poseo y mi único tesoro.
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Enrique Wernicke |
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Inauguración del María Teresa |
Antes que toda esta faramalla se instalara en el pueblo, ya Ricardo me había alertado, me dijo: "Parece que la María Teresa se viene a Natales con camas y petacas". En un comienzo no le di mayor importancia. Pero Ricardo que estaba realmente obsesionado con el tema llevaba día a día la cuenta regresiva. Me decía faltan seis días, faltan cinco días, faltan cuatro días... Comentaba que a él no le gustaba especialmente las casas de putas, pero que tratándose de María Teresa todo cambiaba. El había estado en Punta Arenas y sabía de qué se trataba. Era la mejor mercadería de la Patagonia Chileno-Argentina. Que teníamos el deber ineludible de asistir. Tú no sabes lo que son las dominicanas, agregaba. De una visita semanal a mi casa, la frecuencia se disparó a tres veces por día. Nuestras conversaciones que versaban invariablemente sobre las nuevas corrientes literarias latinoamericana y el simbolismo francés, se transmutaron en senos turgentes, cuartetos, tríos, caderas, cinturitas, polvo, etc. Estaba realmente entusiasmado. Nunca lo había visto así. Salvo alguna vez cuando habló transportado sobre Rimbaud. Insistía en que teníamos que asistir. Además decía que conocía a María Teresa y que era una mujer encantadora.
No fue hasta que me dijo que él pagaría todos los gastos de aquella noche de la inauguración, en que yo me decidí por ir. Realmente asistiría de mala gana. No tenía mayor interés. Había abandonado desde un tiempo atrás, el placer coital quilombero. Los niveles de seguridad de los preservativos me habían ahuyentado de las casitas con luces. Fue así que me aprovisioné de una caja de condones alemanes fiables y esperé la llegada del viernes. Pero ya lo dije. De mala gana
Aquel viernes quince Ricardo llegó temprano. Ansioso. Con aquel inconfundible olor de colonia barata que usaba para fechas importantes. Se había puesto gomina Lord Cheseline al por mayor. Llevaba puesta la chaqueta negra de cuero que había comprado en Buenos Aires y su tapadura de oro brillaba desde la otra esquina. Me puse mi abrigo negro-largo y mi gorra de comandante. Siendo las 22.30 hrs. salimos de mi casa rumbo a María Teresa. Era realmente una noche especial. Hablo de una noche especial, no tanto por lo de la inauguración, que de por sí lo era obviamente, sino que no corría una sola brisa en Puerto Natales. Aquellos que han llegado por estos lares deben saber de lo que hablo. Es muy raro encontrar una noche así en la Patagonia. La noche se presentaba apacible pero sabía que en el corazón de Ricardo se avecinaba una tempestad. Me contó que desde temprano aquel día comenzó a calentar los motores. Recordaba haber tenido quince erecciones pensando en las quince chicas. Una por cada una de ellas. Ricardo había traspasado todo límite.
Fue así como llegamos donde María Teresa. Nada más doblar la cuadra en donde se encontraba el burdel, se comenzaba a vivir una noche distinta. El local estaba más iluminado que la Torre Eiffel cada veinticinco de diciembre. La fuerza pública había cerrado la cuadra y sólo dejaban pasar a peatones. Un mundo de curiosos se arremolinaban en torno de las cercanías. Llegamos hasta la puerta de entrada en donde las quince figurantas vestidas a la usanza de guardias papales daban la bienvenida a los parroquianos. Ricardo se había preocupado de reservar la mesa ocho y allí nos instalamos. Un plasma fijo en el canal Playboy preanunciaba lo que vendría. La música no tenía nada que ver con las imágenes. Beyonce a full. Pronto se cerraron las puertas y las chicas se fueron a cambiar a sus cuartos. Mientras tanto los noctámbulos brindaban, fumaban, reían y hablaban fuerte tratando de escucharse. Trompetas celestiales dieron paso a las mujeres y ellas se desparramaron por las mesas. La jarana había comenzado.
Había pasado una hora en donde bebimos vodka, gin, whisky, y pisco, cuando un par de mujeres se acercaron a nuestra mesa. Carol y Benardette. Inmediatamente realizamos la inspección ocular. Eran dos potras dominicanas con porte de Nba, piernas de jade y cinturas de avispa. Venían presididas de la mismísima María Teresa en persona, quien trató a Ricardo con suma familiaridad, "Ricardito vea usted, acá le traigo a las mejores embajadoras de la República Dominicana". La verdad que no hacía falta tales credenciales, eran lejos las mejores mujeres que uno podría encontrar por los parajes del sur. Ricardo estaba en estado de éxtasis. Vuelto loco. Después de tomar un par de tragos con las diplomáticas, el ambiente se distendió. Y llegó la oferta. Se trataba de estar con ellas un momento y que por todo concepto nos cobrarían, a modo de oferta de inauguración 300 euros. Ricardo aceptó encantado la ganga. Y fue así como fuimos al cuarto, al cuarto de Bernardette.
Era un cuarto modesto y limpio. Calefaccionado. Una cama amplia y confortable con un cubrecama rojo, al tono con la luz difusa del ambiente. Pusieron música y empezaron rápidamente su meritoria labor. Se pusieron más ligeras de ropa aún de la nada que llevaban. Presto estábamos con Ricardo, uno al lado del otro, cabalgando sobre las ancas de las embajadoras. Estuvimos así un buen tiempo. Luego casi al unísono giramos y nos pusimos uno arriba de la otra, luego abajo, después al costado. De pronto me vi con las dos. En aquel momento pensé que tendría que haber trabajado en un circo. De contorsionista. Era realmente glorioso. No sé exactamente cuánto tiempo estuve con ellas. Esas dos chicas se la traían. Eran fantásticas. En eso estábamos cuando giro la cabeza y veo a Ricardo. Sentado en el sillón. Todo compuestito. Vestido con su chaqueta negra de cuero comprada en Buenos Aires. Que me dice: "Ya Hugo, apúrate que es tarde".
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Miguel Mazzeo |

Primera parte: reflexiones insomnes tras la lectura de El sueño de una cosa (introducción al poder popular)
Por: Sebastián Rodríguez
Quizás sea interesante aclarar dos puntos fundamentales sobre este ensayo. El primero es una aclaración en cuanto a las formas y formalismos. No hay otra manera de plasmar este costado al cual intento acercarme, que no sea a través de un lenguaje coloquial, llano y sin vericuetos protocolares, que últimamente, pienso, sólo persigue la finalidad de delimitar un campo de específica injerencia profesional. En este sentido, y como resultará obvio, este escrito está fundamentalmente pensado (y no solamente realizado) en primera persona. Algo sin duda inusual para el medio académico en general, pero que involucra la evidencia de un elemento que suele estar ausente en la mayoría de los trabajos ascépticos que se ponderan en el campo intelectual como modelos del correcto escribir. Es, claro, la arista relacionada con la cuestión subjetiva, sensitiva si se quiere, vivencial, del autor. Para ser más claro, este texto, más que hablar de, o comentar un libro, tiene que ver con lo que la lectura de ese libro generó y continúa generando en quien esto escribe. Además de lo que propone el libro en sí, la lectura de la obra de Miguel Mazzeo despierta o despabila, más bien cada vez más la necesidad de reflexionar sobre ciertos formalismos, ciertas restricciones del campo académico y ciertas lógicas de pertenencia y exclusión de los círculos consagratorios en el nivel profesional. Este texto habla entonces de Miguel, de lo que implica empaparse de la obra de Miguel, y también, aunque menos, del último trabajo de Miguel.
Algún agudo inquisidor se preguntará, quizás, qué interés tiene esto, cuando lo que usualmente se busca en un comentario crítico, reseña, o como se llame, es la referencia al texto en cuestión, más que las opiniones personales del reseñador, tanto sobre el libro como sobre otros temas no tan directamente vinculados y que se desprenden tangencialmente. Esto, obedece a una serie de cuestiones que podría resumir de la siguiente manera:
Número uno: no hay mucho más que decir para sintetizar el trabajo de Miguel, que lo que el propio Miguel afirma en las primeras páginas de El sueño de una cosa. Ni que hablar de la inmejorable síntesis de argumentos y contextos que presenta el prólogo de Sergio Nicanoff. Allí se condensa, en pocas líneas, el hilo de la trama, el trasfondo y el posicionamiento político, como también la cocina de los pensamientos vertidos en el libro. Cualquier agregado no solo sería redundante sino, peor aún, implicaría bastardear lo que otros han hecho ya de manera inmejorable.
Número dos: en la misa línea de justificación, extraer la escencia de los pensamientos de Miguel para intentar desplegar alguna reflexión derivada, más o menos inteligente daría como resultado probable un comentario deslucido frente a lo vertido en el epílogo del El sueño...de manera impecable por Rubén Dri. Realmente sería de una actitud inadecuada intentar rizar el rizo y poco procedente querer pecar de originalidad ante una reflexión que se destaca por su exactitud, claridad y contundencia.
Número tres: en el afán de no reiterarme a mi mismo, tampoco me interesa aquí entreverarme con los argumentos de Miguel, ni mucho menos señalar desacuerdos teóricos o del cariz que fuere. Primero porque ya fue esa la forma que tomó un comentario que hice para Periferias sobre un trabajo anterior de Mazzeo (¿Qué no hacer?, publicado por Antropofagia en 2005). En aquélla oportunidad, cometí la imprudencia de desoír la propuesta del autor del libro, para internarme en un debate infructuoso, bizantino, y que contribuía a diluir el verdadero objeto al que apuntaba Miguel. Huelga aclarar que poco importaron y menos aportaron mis críticas teóricas a un texto eminentemente sustentado en la praxis militante. Pero en segundo lugar, aunque esto es algo que debería figurar como la premisa básica de este escrito, antes que nada, Miguel es un amigo y por si no bastara alguien de quien yo aprendo permanentemente. Y si de algo estoy convencido últimamente, es que a los amigos no se los critica por el solo hecho de cumplir con la formalidad pseudo intelectualoide, de que todo comentario debe ser, si pretende guardar un dejo de objetividad, medianamente crítico. Pareciera ser que la fórmula de hablar bien del libro de un amigo debiera ir rodeado de ese cierto aire de crítica constructiva para que el comentario sea tomado en cuenta.
En este sentido, más allá de haber cumplido ese requisito sin demasiado sentido en mi comentario sobre ¿Qué no hacer?, no encuentro muchos otros señalamientos que hacer ya frente a la obra de Miguel, mucho menos aún de su último trabajo. Por lo tanto, este ensayo sólo intenta reflejar lo que El sueño de una cosame ha dejado a mi, y lo que creo que tiene para obsequiar a quien esté dispuesto a empaparse del sentido profundo de todas sus palabras.
El segundo punto aclaratorio de los dos que mencioné al principio, se refiere a la definición del género de estas líneas definición que cobra importancia cuando la misma se desprende de reflexiones disparadas por El sueño de una cosay sobre esto conviene ser categórico: esto no es una reseña de un libro. Aún cuando las líneas que siguen intentan conversar con el lector sobre la base del último trabajo de Miguel Mazzeo, esto, recalco, no es una reseña.
Básicamente porque el modelo reseña parte no siempre, pero usualmente de dos posibles escenarios: el primero puede ser que quien lee la reseña lo hace justamente porque no ha leído el libro, y se acerca primero a ésta para no tener que hacerlo. En este sentido, las reseñas son muchas veces un gran logro del campo profesional que tiene como finalidad última ahorrar el valioso tiempo de los intelectuales consagrados. De hecho, el formato estipulado para una reseña es que esta debe dar cuenta de la estructura del libro (cantidad de apartados, capítulos, paratextos en general, editorial, etc.) y de las líneas argumentales principales. Además, debe señalar si el libro cumple con lo que promete, y si es sólido a la hora de probar lo que afirma. Por último, puede también incluir alguna opinión personal del reseñador, si es que su estatura académica así lo amerita, haciendo que no solo sea interesante para el lector (de la reseña, claro) saber si vale el esfuerzo aproximarse a los argumentos del libro en cuestión, sino también ilustrar sobre quées lo que opina tal o cual intelectual de renombre sobre ese libro y esos temas. Ese intelectual, eventualmente, sentenciará sobre lo fructuoso o no de abordar el libro, haciendo un balance del costo del tiempo invertido en la lectura en relación con el beneficio obtenido luego de ella. Si el libro lo amerita, se nos invitará con énfasis a leerlo, si no, seremos exceptuados de realizar la travesía. En síntesis, en esta primera suposición, las reseñas se hacen para que se nos diga si nos conviene o no leer ese libro. No en vano, como me señalara oportunamente un representante con honores del campo intelectual, las reseñas deben ser, ante, todo, eficientes.
En otro escenario posible, las reseñas presuponen que el libro ya ha sido leído por quien lee la reseña, por lo cual esta no deberá dar cuenta de la estructura del libro ni de sus argumentos, sino que irá directamente a entreverarse en algún debate sobre lo que ese libro propone o afirma. Este formato es quizás más interesante, pero por definición, deja de ser una reseña, porque no habla del libro, sino con el libro. Por lo general aunque no siempre es el caso estos debates están teñidos de un fuerte sesgo endogámico y no buscan más que reforzar esa impenetrabilidad de ciertos espacios intelectuales o políticos, refutando argumentos con el fin de acumular para tal o cual causa. En el caso que el debate sea amistoso, difícilmente contribuirá a sumar lectores para el libro original que no entiendan los códigos sobre los que se fundamenta la discusión.
Entonces, ¿qué queda por hacer a la hora de comentar un libro, sin caer en los moldes señalados? Bueno, antes de hablar directamente del libro o con el libro, podemos entonces hablar de Miguel y de lo que este libro y su obra en general guarda en su seno como potencialidad disparadora. Parte de eso es toda esta disquisición sin aparente conexión con El sueño... Si en estas primeras líneas comencé haciendo referencia a cosas no vinculadas directamente, en realidad, algunas de las molestias propias y sensaciones encontradas en relación con el campo profesional, están simbióticamente alimentadas e inspiradas en el ejemplo trazado por la figura intelectual de Mazzeo, y por el trabajo concreto que él ha sabido realizar en su exilio autoimpuesto, pero también infligido como penalización a su constante irreverencia. Si en líneas generales con sus honrosas excepciones, para ser justos la academia tiende hacia esa trabajada nadería que el propio Mazzeo ha sabido definir con ironía imperdonable, y representa muchas veces un verdadero camión de tedio, es porque se las ha arreglado para expulsar de su seno a gente de las más variadas disciplinas, comprometidos con la praxis y con la militancia política y que no persiguen, además, ningún beneficio personal o corporativo. Esto, aún a costa de perder la posibilidad de recibir en sus venerados brazos a gente con la talla intelectual de Miguel.
Un amigo y compañero de discusiones me señaló una vez y con mucha justeza, que en este mundillo cargado de mezquindades que es el campo profesional, existen básicamente tres líneas posibles de acción: la inserción plena, que pasa por recorrer con disciplina y abnegación el cursus honorum preestablecido, nutrir y engrosar el currículum y llenar planillas eficientemente; la segunda vía, la semi marginal, es decir, la de la oposición al campo, pero tolerada y en buena medida alentada por el propio campo; y por último la vía Mazzeo, la que se inspira como él mismo gusta de definirse en el autodidactismo aplicado y consecuente, obsesivo por momentos y que se vuelca en forma torrencial hacia una producción masiva por su cantidad, pero diferenciada, sutil y original cada vez. En este sentido, Miguel persigue a paso firme una utopía que parece esfumarse más y más, y tiene que ver con el rechazo de la mercantilización de las relaciones humanas y de la mercenarización de los espacios de saber, tomando una opción independiente de las camarillas, de las planillas burocráticas, de los subsidios que hipotecan muchas veces la ética y de los caudillismos, todos elementos básicos a la hora de definir el funcionamiento de las instituciones de investigación y educación. La obra de Miguel está impregnada de esta vía independiente, con todas las implicancias que esto tiene. No hacer un posgrado inconducente por el solo hecho de avanzar en el escalafón nobiliario, por ejemplo, y autocondenarse a la tercera vía la vía Mazzeo, que poco tiene que ver alguna reminiscencia populista del término deja de ser, en la trayectoria de este intelectual, una opción. Miguel piensa, escribe y milita en forma casi compulsiva, porque hay detrás de su trabajo una ética que lo impulsa, que tiene que ver con defender la sustancia, en un sentido profundo. Claro, esto tiene su precio y en una profesión donde la producción se mide por la cantidad de casilleros rellenos en las planillas institucionales, donde la producción intelectual no cotiza, y menos aún la coherencia de la unidad entre teoría, pensamiento y praxis, en ese mundo de transacciones mercantiles, el precio se paga con el cuerpo.
Segunda parte (que afirma que las segundas partes a veces son mejores): reflexiones sobre y entre sueños
Nótese que en lo que va de este ensayo, me he referido a la obra de Miguel, y no solamente a su último libro. No se trata, obviamente de un recurso sintáctico, para no repetir palabras. Esto es porque El sueño de una cosa es inescindible de sus escritos anteriores mucho más claramente de ¿Qué no hacer?, pero más aún, de una coherencia que se vislumbra claramente en la cotidianeidad política e intelectual de este prolífico escritor. Lo que Mazzeo plasma es una línea de pensamiento signada por una particular intensidad, fruto de desvelos, obsesiones y preocupaciones de notoria profundidad. Definir una obra tiene que ver con que la misma es resultado de esa rareza de la intelectualidad contemporánea, que señala una comunión entre pensamiento y praxis, donde la dialéctica entre la cabeza del escritor, la pluma y la acción militante cobra verdadero sentido. Digo rareza porque parece ser que se trata de una especie en extinción, que uno fácilmente reconocería en nombres de otra generación llámense Osvaldo Bayer, o el mismo Rubén Dri pero que no tienen demasiadas piezas de recambio en la intelectualidad de mediana edad. Es también allí donde la figura de Mazzeo cobra un valor inusual para los tiempos que corren.
En El sueño..., Miguel continúa, sí, sus trabajos anteriores, pero con la calidad y la originalidad intacta. No se repite, profundiza, debate sus propios argumentos y los pone a prueba paseando de manera novedosa por tópicos trazados de antemano. Es propiamente la cualidad de una obra, el hecho de mantener una coherencia propia, de hacernos sentir que ya sabemos de qué nos hablará antes de leerlo, pero al mismo tiempo que nos hace sentir confiados de la sorpresa que llega con la novedad de sus argumentos y con los lugares que recorre.
Nuevamente el eje de su disputa es para con la izquierda ortodoxa, momificada en viejos manuales de dudosa aplicación, y también con la izquierda de más reciente aparición, que partiendo de la misma crítica a los partidos tradicionalesencuentra en la vía del autonomismo fundamentalista la vía de escape de la sociedad capitalista. Miguel recupera estos debates ya planteados, contesta a interpretaciones descontextualizadas y tendenciosas sobre ¿Qué no hacer? y lleva sus argumentos a nuevos límites postulando la necesidad de una nueva-nueva izquierda, o mejor dicho, una izquierda por venir. Una izquierda que no ilumine desde la externalidad de la clase a quien interpela, que sepa evadir la reconstitución del poder burgués de cuño populista y que no contribuya a la desorganización de las masas.
Un paso más allá de su libro anterior, Mazzeo comienza a trazar una agenda de tareas por hacer, donde el problema del poder ocupa un lugar de ineludible centralidad. La vía de resolución pasa entonces por pensarlo como una instancia de poder superadora, y no opresora, que se afirma en la necesidad de la construcción del poder popular, donde la base de la construcción de ese poder incluye a la clase obrera, pero engloba a un sujeto social más amplio, liberándolo de fines y trayectorias prefiguradas teleológicamente de antemano.
En este camino, Miguel va de lo general a lo particular, y se detiene a reflexionar sobre la dialéctica sujeto-objeto, la contradicción inmanente entre lo particular y lo universal que encarnada en la díada amo-esclavo le sirve como punto de partida para afirmar que la única vía posible de transformación y superación a modo de síntesis, es la que salda la hasta ahora encerrona del poder como medio para un fin. El poder como medio sin fin. Como lo llama el mismo Mazzeo, ni poder sin amor, ni amor sin poder.
Mucho más asertivo que en trabajo anterior, Mazzeo arriesga aquí una serie de premisas que dan cuenta del crecimiento y la repregunta permanente sobre estos temas. Además, y haciendo gala de su ya conocida erudición libresca e histórica, Miguel piensa distintas realidades desde el prisma del poder popular y se sumerge en el caso chileno de los setenta, que aparece como el laboratorio donde se someten a prueba muchos de los argumentos vertidos en el trabajo, y de donde se extraen conclusiones de aplicabilidad a nuestra realidad actual.
La Teología de la Liberación tiene también mucho que hacer y qué decir en este camino de la construcción del poder popular. La influencia indiscutible de este movimiento obliga al autor a la consideración de sus argumentos a la luz de la experiencia histórica trazada en los pueblos de nuestra América por la decodificación del mensaje cristiano tan particular por parte de este sector de la Iglesia tercermundista. El aporte y la imposibilidad de ignorar la influencia que ha tenido y tienen sus postulados, coloca a Miguel en la necesidad de pensar en los puntos de intersección entre la organización política de las masas y la incidencia de la Teología, con miras a la construcción de movimientos que se planteen la vía de la autoorganización no condenada a la situación insular. La articulación aparece así en la noción de diakonía, que para Miguel es un concepto asimilable a la consigna zapatista que surge como un cimiento para la construcción del poder popular: el mandar obedeciendo.
Pero más allá de los ejes por los que discurre la retórica del autor, quizás uno de los puntos más interesantes del trabajo pasa por su condición de realización. A diferencia de otros escritos anteriores, El sueño de una cosa inaugura un proyecto editorial colectivo y popular que no en vano se denomina justamente así, El colectivo que es punto de llegada y a la vez de inicio de una experiencia compartida de militancia y discusión. Punto de llegada porque surge después de años de lucha en un espacio común entre compañeros que suscriben acuerdos básicos con el autor, pero fundamentalmente punto de partida para proyectar esa discusión hacia espacios más amplios, en la perspectiva de la construcción política y cultural que se plantea en el libro. Primer ejemplar de una serie de trabajos generados en este contexto, El sueño... rechaza furiosamente toda filiación mercadocéntrica y enfatiza la necesidad de que la cultura, el pensamiento y la búsqueda de beneficios marcan una contradicción sin resolución posible. La construcción del poder popular, base, herramienta y fin de la transformación social sólo puede cimentarse sobre la base de una lucha por la hegemonía, y como los mismos colectiveros señalan, se sabe que los libros no cambian el mundo, pero es igual de cierto que hay libros que cambian más que otros.
Es en este sentido que Miguel se constituye en ejemplo como encarnación de esa ética impregnada de lo colectivo, de aquello que él mismo propone en sus trabajos. La búsqueda de la utopía que emprende Miguel tiene entonces un piso de realidad en el terreno de la militancia. Esa utopía que comienza a negarse a sí misma, porque empieza a cobrar forma en un concreto, esa utopía que ya no es un no lugar, esa utopía que es el poder popular, única fuente potencial de transformación y única garantía de la fecundidad de la transición. Si la izquierda por venir debe por fuerza surgir de la construcción de ese poder, ha de surgir entonces de los márgenes del sistema, pero no han de confundirse los márgenes con el aislamiento y la condición de probeta. Como señala Miguel, el horizonte está puesto en la generación de prácticas que concilien internamente la utopía con la realidad actual, donde esas prácticas sean la prefiguración de la sociedad por construir, prácticas que generen en acto una sociedad nueva en pequeña escala, pero con proyección y aspiración hacia la totalidad. No hay determinismos, no hay teleología, pero como señala Mazzeo, hay un mundo que alberga en su seno las condiciones del cambio, un mundo que está preñado de otros mundos.
Si este ensayo no busca ser, entonces, una reseña, sí es claro que quiere ser el reflejo de pensamientos viscerales nutridos por la obra de Miguel. También persigue dos objetivos, modestos, pero fundamentales: el primero es, claro, alentar a la lectura. Pero el segundo tiene que ver con la exhortación a dejarse llevar por los caminos que propone El sueño... y olvidarse por un momento de la lógica individual que el acto de la lectura aparenta entrañar. Esta debe ser, pues, una lectura pensada también desde lo colectivo, porque está concebida desde una instancia colectiva de la cual el autor es una manifestación visible. Quizás la principal implicancia de los argumentos allí vertidos sea entonces la concientización de que el individuo no es más que una abstracción ficticia, producto del espejismo generado por la cultura hegemónica.
Por último, para aquéllos interesados en una lectura que cumpla con una serie de requisitos formales y académicos, estén seguros que no van a encontrarla en este trabajo (aunque paradójicamente, este libro reúne una serie de condiciones en términos de obsesividad y precisión que harían ruborizar de vergüenza a más de un intelectual consagrado por ejemplo, no conozco muchos autores que para escribir un capítulo de un libro relativamente breve, hayan leído a modo de consulta y marco teórico la Fenomenología del Espíritu completa). Pero sí estén seguros que las provocaciones irreverentes que surgen de las páginas del libro los obligará a repensar y reflexionar sobre una serie de estándares y convencionalismos en el nivel político, intelectual, profesional y por qué no, también visceral.
Es probable que como horizonte inmediato, El sueño de una cosa se vea cuando menos demorado en la entrada a ciertos círculos de difusión masiva y erudita. Mucho más aún, sordo por lo general al clamor de las reflexiones que provienen del como señala Miguel mestizaje de arte, filosofía, política y vida, el campo académico y profesional se arrogará con seguridad su derecho de admisión y permanencia para vetar un escrito tan intenso y provocador como el que nos presenta la obra profunda de un intelectual profundo. Pero eso, lejos de ser un obstáculo, será tal vez la confirmación de que el sueño de este soñador está en el camino más fecundo para que sus sueños dejen de serlo.
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ray bradbury |

Desde 1941 hasta entonces, la mayor parte de mis relatos los había escrito en los garajes de la casa, bien en Vence, California (donde vivíamos porque éramos pobres, no porque estuviera de moda), o detrás de la casa con terreno donde mi mujer Marguerite y yo criamos nuestra familia. Las que me llevaron al garaje fueron mis amorosas hijas, que insistían en acercarse a la ventana del fondo y cantar y golpetear el vidrio. Papá tenía que elegir entre terminar un cuento o jugar con las niñas. Como yo elegía jugar, por supuesto, los ingresos familiares quedaban en peligro. Había que encontrar un despacho. No nos alcanzaba el dinero.
Por fin localicé el lugar ideal, la sala de mecanografía del sótano de la biblioteca de la Universidad de California, en Los Ángeles. Allí, en ordenadas hileras, había una docena o más de viejas Remington o Underwood que se alquilaban a diez centavos la media hora. Uno insertaba la moneda, el reloj soltaba su tic tac loco y uno se ponía a escribir como un salvaje para terminar antes de que se agotara el tiempo. De modo que fui empujado dos veces: por las niñas a abandonar la casa y por un reloj de máquina de escribir a volverme un maniático de las teclas. Sin duda el tiempo era dinero. Terminé la primera versión en apenas nueve días. Con 25.000 palabras, era la mitad de la novela en que llegaría a convertirse.
Fragmento de Invirtiendo centavos: Fahrenheit 451.
En Zen en el arte de escribir de Ray Bradbury.














