Escrito por Robin
Laura, la madre de Lola, me acaba de recriminar, que baje la panza, que el colesterol, que el ácido úrico, que abandone la cotidianidad de las cenas con vino con el vecino viudo de 80 años. Que en vez de tomar vino, vaya con Lola a tomar lecciones de piano con el vecino viudo de 80 años.
La situación se presta a que mate al vecino viudo de 80 años y brinde por la libertad de su alma que partirá como un cohete instántaneo a la Luna.
En el París de cuando Julio Verne era un niño de pecho, los yogis usaban la catalepsia para los viajes interplanetarios. Se provocaban la muerte inducida para aprovechar la potencia del terrible pedo consecuente y arribar por ejemplo a Marte, en donde se materializaban y practicaban la contemplación.
Siempre la muerte fue el viático más energético y hoy día, la ciencia ha comprobado que el alma de los turistas les sale por el culo. El problema es que cuando esto sucede copetines mediante, los culos generalmente apuntan hacia abajo, no hacia arriba. Entonces ocurre lo que Verne pinta metafóricamente en su "Viaje al centro de la tierra" y como en su ocasión, lo cantara Pat Boone.
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El vino y los otros Mundos |
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La Cantárida |
Escribe el doctor Pirilo Pandolfo.
Cantáridas:
"Cielito mío me encuentro ahora trabajando en el Salar de Uyuni en Bolivia, y ni te imaginas lo que he investigado sobre la cantárida. Te cuento: La cantárida es un coleóptero pequeño, rojo verdoso, con olor fuerte y punzante. Para preparar el bicho al viejo estilo, se sacuden los árboles donde se encuentra y se recogen en redes, siendo anestesiadas con cloroformo. Se las expone luego al sol o se las coloca en un horno, donde se destrozan hasta que se vuelve polvo. Este polvo de cantárida es el ingrediente fundamental de los filtros afrodisíacos. Es una sustancia peligrosa pues medio gramo de ella basta para intoxicar, y 25 gramos en forma de tintura causan la muerte. Los síntomas de la intoxicación se manifiestan por ardores en el ano y en el sistema genito-urinario. La cantárida produce erecciones violentas, un cosquilleo eléctrico en la uretra y un constante deseo de eyacular.
Amor mío te digo que personalmente he observado el caso de un hombre que; bajo los efectos de la cantárida, se masturbó ochenta veces en una sola noche y que, cuando solicitaron mi servicio facultativo, aún se masturbó tres veces más delante mío y me rogó que le clavara un bisturí en el orto. Adiós amor, ya sabes que te amo".
De Carta a mi esposa del Dr. Pirilo Pandolfo.
Del libro de Robin: "La mano que aprieta" (Sección correspondiente a la letra "C")
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Stalin, Dios y el bello culo romano |
Escrito por Robin Stalin murió hace ya unas décadas. Murió en una de sus muertes, la undécima tal vez. Casi podríamos decir que Stalin murió de muerte natural, como seguramente le pasó a Dios, de quien se dijo que falleció porque le faltó un hueso que roer, pero la acumulación de décadas cuando no de siglos, borra todo o lo tergiversa. En "La mano que aprieta" cito el caso de una bonita momia proveniente de la decadencia del Imperio Romano, una hija de un tal Claudio. Varias centurias después de la ceremonia fúnebre original, unos albañiles encargados de refaccionar la cripta descubrieron a la muerta intacta y flexible, rápidos y asombrados, le hicieron el culo a la momia y se robaron las joyas que la adornaban. La tradición oral provocó que cientos de curiosos se acercaran al mítico sarcófago para probar las maravillas de aquel bello culo romano. Un Papa, no se cual, creo que un tal Inocencio, ante el escándalo, ordenó esconder el cadáver, pero el mito superó a la realidad y hasta el día de hoy, pese a que la tumba se muestra vacía, muchos visitantes la veneran descargando en ella sus eyaculaciones.
...hemos muerto hace un, montón de tiempo.
El mito y la historia se muerden la cola mutuamente y una lombriz solitaria puede ser confundida con una cinta de Moebius.
Entonces, a veces, cuando queremos acordarnos de Dios o de Stalin, descubrimos que nosotros los recordantes, hemos muerto hace un montón de tiempo.
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Habla El Poeta |

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Carlos de Rokha |
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| Carlos de Rokha en Punta Arenas, Chile. |
Editorial Multitud, 1956. Santiago, Chile.
Yo he masacrado, deleitándome, a una rana y a un cuervo, con placer inaudito, extraviante, bendiciendo sus entrañas así dejadas al contacto de estos esenciales vientos rituales, que mojaban mis labios de crueldad infinita y demoníaca. Los dos estando mudos parecían un dulce acto de magia, un recuerdo de atroces instintos, una visión de maleficio y ráfaga, una visión ensoñadora, total, un dibujo espantoso de Matías Grunewald, una descripción lujuriosa del Marqués de Sade, una página delirantemente dolorosa de Misckiwicks, o bien, un poema alucinante de Blake.
Más blasfemaban a Dios, odiando el mundo, me invocaban la piedad, haciendo gestos humanos, volviendo al cielo sus ojos porque indudablemente estaba del color de los míos. Entonces , mis labios pidieron perdón por haber perseguido a los cuervos, guiándome, siguiendo su sombra que tienen los jardines, según el dulcísimo canto de las ranas, ya fuese con una pluma sanguinaria o con el látigo, que yo bendecía, que creía nupciales a las ranas.
Nuevamente me arrepentí de aborrecer a las ranas, porque ellas conducen a los ciegos hacia los oasis durmientes en que repugnantes algas negras se extienden sobre el cadáver del guerrero, salpicadas de menudas cenizas, de pedazos de flores sumergidas (con que yo me embriago), arrojadas a los perros, hechas de débiles reflejos.
Arrodillándome, con el ángel brillante del vino entre mis manos sangrientas (tenebroso ángel cuyas alas quemantes torturan mi conciencia), acaricié la piel obsesionante, la piel bendita de esas bellas ranas, que asustan a los niños más azules.
Acaricié, deslumbrándome, esos cuervos que habitan la selva devoradora de los sueños donde los lobos destrozan mi cuerpo y mis cabellos.
A LA LLEGADA DE LAS HORDAS
Mi gran furor que os dará la medida de mi cólera.
En fuga al centro de mí y hacia mi ser en lo profético desencadenado.
Mi pasión por la noche, mi clarividencia.
De poseso coronado por Orfeo y la Bella.
Me hacen más libre, y a la vez, más dichoso y más múltiple.
Que vosotros que todo lo tenéis.
Que vosotros ho corsarios blancos.
Oh, hijos de un cielo que habéis adquirido al menor precio.
A quienes nunca he visto jugarse una última carta.
Como quien juega su cabellera a las aguas envenenadas.
En el supremo juego donde el que pierde es el gran victorioso.
¿No os espanta mi lengua de animal solitario?
¿O no es a vosotros a quienes ciega
mi ojo centelleante como un vasto océano?
Temedme. Alejaos de mí. Soy el monstruo sagrado, el asesino celestial y benigno.
Aquel que jamás tuvo nada, pero aún así
Su inaudita riqueza sobrepasa a la vuestra.
Porque yo hice mío lo desconocido.
Yo he tocado los límites del infinito.
Y, por último, sabedlo!
Vosotros, que alardeáis de santidad y pureza.
Nunca estaréis tan cerca de Dios como yo.
Que soy la otra cara de El.
Que soy la eternidad que revive en un hombre.
Que soy una edad desconocida.
Avanzando de himno en himno, de conjuro en conjuro.
Hacia el centro de mi corazón.
Hacia los mundos puros, los mundos malditos, los mundos negados.
Donde he llegado a ser
Un titán bronceado por los sueños
Y que marcha, sí, que marcha.
Abrazado a su abismo como a un postrer anhelo.
JULIETA O LA CLAVE DE LOS SUEÑOS
Una mujer de champagne me llama desde un sueño
Donde ella con sus ojos me pervierte
Deliciosa es fascinante
Adorable envenenada
Sobre la boca una mancha más negra
Ese gesto que marca sus pasos
De bella condenada a las habitaciones
El Océano en sus manos renueva sus espejos
La vida que yo amo es ésta entre sus brazos
CASCADA DE COPA
Escribid mi nombre en el libro de la noche
Donde yo anuncio la venida de un océano más negro
A la caída de los pájaros que han perdido sus alas
Sobre los follajes en que sangra el sol
Es preciso saber sonreír a cualquier precio
Ser el paseante de un bosque de árboles negros y blancos.
Las araucarias puede servirnos de puentes levadizos
O de lo contrario todo estaría perdido
Al borde de un espejo sin fondo
Donde un gran pájaro de nieve imita las cascadas
Decidme
Dónde hay una reina que devore el corazón del prisionero
Decidme
Cuántos ángeles pueden nadar en una gota de agua
LAS DEGOLLABLES
Bellas a un aire de nadar
Se desnudan visten ropajes propios
Y sobre sus cuerpos presumen la clave
Del encanto de las chacales
Del tigre de la ronda
Mejor vestidas que jamás errantes sanguinarias
Aquí están consumiendo varillas de leche
Sorteando sus partes de azar
Entregan sus peinados a la silla maldita
Las chacales tatuadas con armiño
Son éstas panteras del orgullo henchidas de virtud
Con un cuerpo por roja rosa de la ronda
Evaporada sobre sus bocas todas semejantes
A la risa de la boa que encantan
Más puras están ebrias fascinadas envenenadas
Lobas obsesivas en el tratado de sus detalles mágicos
Liberáis por avaricia los enigmas favorables
Vuestros cuellos semejantes al hastío de las cascadas
Vuestros cuerpos semejantes a la pereza
Libres ya de ligaduras crean un pacto de dicha
Así con marcas de amor las adorables de las horcas
Viven de un cielo prestado a la ciudad perdida
Y como arrogantes vestiduras en los más crueles paisajes
Los pájaros son su ropaje de Medusas
Cantan a la llegada sobre la costa de granito
Sueñan cuándo vendrá el gran día
Hollad las rocas bellas gavilanes
JEAN ARTHUR RIMBAUD O LA SUITE NEGRA
El, que jamás ha osado poner precio a sus sueños,
Vio a los centinelas escupir los más esplendidos tapices
A ellos, los mismos que un día negaron las uvas del delirio.
El Festín de las Gracias lo había maldecido.
Bebía un licor extraído de todos los pantanos.
Donde la más bella aventura se perdía en sus propios misterio.
Mientras los aldeanos le veían salir de Les Ardens.
¡Adónde iba cuando en los graneros ardían los mitos del silencio?
¿Hacía qué radas de desventura en que oscuros caballos de espuma lloraban a orillas del mar?
Ángel por demonio su ensueño se ha saciado.
Con los heliotropos mea las estrellas
Cuando las Furias le soplaban las orejas
Y su cabeza de fauno ardía por las hidras
Por el ángel que afeitan vive siempre sentado
Prófugo de sí mismo quienes le adoraban eran los malditos
Los que pedían sus visiones a un Leviatán de los paraísos infernales.
Ellos han besado sus manos igualmente lamidas por larvas en desorden.
Ellos amaban al infante prodigioso.
Alquimistas de vocales hechicero castigado despierta.
Rompe las llaves mágicas que guardaban su clave
Y contra toda piedad arroja el mismo hastío.
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Unas buenas vacaciones |
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Juan-Jacobo Bajarlía: Origen del relato policíaco |

Creo, sin embargo, que los orígenes debemos buscarlos en el libro de Daniel (XIV, 1-21) y en Heródoto (2, CXXI). Considero que la tesis es más verificable. En el primer caso aparece ya el detective, que es el propio Daniel, el cual, para descubrir a los farsantes que aseguran que Bel es un dios vivo y no un ídolo de yeso, cubre el suelo con una finísima capa de ceniza. El rey coloca sobre el altar los manjares que ha de comer el dios. Cierra herméticamente la puerta y la sella con su anillo. Al día siguiente, verificada la cerradura que sigue intacta, el rey y Daniel penetran en el recinto. Los manjares (incluidas las ofrendas del sacrificio) han dedesaparecido. Pero sobre la invisible capa de ceniza hay una multitud de huellas. Son las pisadas de los sacerdotes que han entrado por un pasaje secreto que conducía hasta el altar. El falso dios es expulsado. Los sacerdotes, ejecutados. Daniel resuelve de esta manera el primer delito en recinto cerrado, antes de que Gastón Leroux imaginaLe mystére de la chambre jaune (1908) o que Edén Phillpotts, en oposición al cuarto amarillo, ensayara la misma hipótesis en El cuarto gris.
En el segundo caso, la extraña aventura del rey egipcio Rampsinito el de las estatuas de 25 codos, relatada por Heródoto (2, CXXI), se anticipa la estructura de acción de la hard boiled novel de un Raymond Chandler (The Simple Art of Murder, 1950) o un Mickey Spillane (Kiss me deadíy, 1952), que multiplican, a su vez, a Dashiell Hammet (The Maltese Falcan, 1930). Se trata de una fábula milesia, adaptada acaso por el gran historiador según la cual, Rampsinito, para guardar sus tesoro mandó construir cierto erario de piedra, una de cuyas paredes daba al exterior del palacio. El arquitecto que lo construyó, reveló a sus dos hijos el secreto de una piedra levadiza que el rey ignoraba, mediante la cual podía llegarse a su interior. Muerto aquél los hijos entra en el erario. El rey comprobó un día que sus caudales menguaban misteriosamente. Y como esto se repitiera, hizo colocar una trampa de lazos para prender al ladrón. Y así cayó uno de los depredadores. El hermano, entonces a pedido del que estaba atrapado, le cortó la cabeza para impedir el reconocimiento, y se fue con ella. Al día siguiente, el rey halló el cuerpo y lo hizo colgar en un muro, esperando que alguien se condoliera traicioándose a sí mismo. El hermano, aconsejado por la madre, se disfrazó de vinero. Puso los odres en una recua de jumentos y se allegó al muro de la infamia. Los centinelas comenzaron a beber, hasta que el sueño remplazó al vino. Y así desapareció el cuerpo decapitado. El hermano sin embargo, quiso dejar un mensaje para el monarca. Aprovechó la ebriedad de las centinelas para afeitarles la mejilla derecha. La ira de Rampsinito fue más grande que esa parra de Ciro tapando el cielo. Ordenó que su hija se prostituyera y se entregara al más audaz que hubiera cometido el mayor atentado. Y llegó el más audaz al lupanar en que se ofrecía semejante cortesana. Dijo que había cortado la cabeza de su hermano, atrapado en el erario, y que había sustraído su cuerpo emborrachando a los centinelas. Cuando la princesa quiso prenderlo se halló con el brazo de otro cadáver que el audaz llevaba oculto en sus vestiduras. El rey estaba derrotado. Pero conquistado por tanta audacia, publicó un bando prometiéndole impunidad y ciertas recompensas si se presentaba ante él. Y así pudo conocerlo. El premio que otorgó Rampsinito fue su misma hija.
Podríamos seguir con los ejemplos a riesgo de caer en la leyenda de los granos de trigo exigidos por el griego Palamedes, inventor del ajedrez. Comenzando por uno que se duplica hasta llegar a los 64 escaques, la suma de casos sería tan grande que no cabría en un número ilimitado de volúmenes. En uno de estos casos podríamos citar a Arquímedes, el primer detective histórico, que se vio forzado a inventar la ley del peso específico cuando Gerón, rey de Siracusa, le obligó, según Vitrubio (II, De architectura) a establecer en qué medida se le había falsificado la corona utilizando menos oro que el entregado, aunque en la práctica la corona tuviera el mismo peso que el metal entregado. La posteridad sólo recuerda el famoso baño de Arquímedes y su exclamación: ¡eureka! ¡eureka! Pero han olvidado que este baño y estas palabras lo llevaron a la detection de la plata que había servido para sustituir una parte del otro metal. He aquí los hechos. Arquímedes, bañándose, observó que al sumergirse en el agua desalojaba una cantidad de líquido proporcional al volumen de su cuerpo. Esta circunstancia le llevó a fabricar dos coronas de igual peso que la cuestionada: una de oro y otra de plata. Después llenó hasta el borde un recipiente de agua. Introdujo la corona de oro y midió la cantidad de agua desalojada. Volvió a llenar el recipiente e introdujo la otra corona, la de plata. Esta vez el líquido desalojado (a pesar de la igualdad del peso de las coronas) era mayor que el agua liberada al introducir la corona de oro. Es decir, la medida era proporcional al volumen y no al peso. Arquímedes tomó entonces la corona que le había entregado Gerón y la introdujo en el recipiente. Comprobó entonces que la cantidad del agua desalojada era mayor que la de la corona de oro. La corona falsificada tenía menos oro. El resto había sido sustituido por otro metal. Así quedó verificada la denuncia de que el artífice había empleado plata para defraudar una parte del oro entregado por el rey. Este ejemplo no pasaría de ser un falso indicio en la denominación de Alberto del Monte (Breve storia del romanzo poliziesco, 1961, II).
Algunos prefieren arrancar del mismo Voltaire (Zadig ou la destinée, III). Sugiero, a pesar de todo, que nos atengamos a los dos primeros ejemplos para establecer el origen, aun con la posibilidad de que el segundo sea ya lo heterodoxo o lo imaginario en lo policíaco. Ratificaría una hipótesis de Macedonio sobre Cristóbal Colón: "Es absolutamente éste el número de viajes de Colón: dos que hizo y uno que no hizo, y que viene a ser el segundo(Papeles de recien venido, 1929).
No dudo que el público se enternece por las historias de bandidos. A los artistas les acontece lo mismo. Siempre hay un hecho ilógico opuesto a las leyes causales. El siglo XVIII, tan ilustrado y tan estúpido, dedicó la mitad de su fuerza a devorar historias de bandidos. John Gay se dejó tentar en 1728 (The beggers opera) anticipando igual argumento de Bertolt Brecht. Lo mismo sucedió con Thomas Middleton que hizo llorar al público de Londres con The Roaring girl, (1721), escenificando la vida de Mary Frith, famosa ladrona que había nacido en la cárcel de Newgate, tiranizada y explotada, a su vez, por otro delincuente. O con Henry Fielding cuando noveló a Jonathan Wild, ejecutado en 1725 (History of the Life of the Late Mr. Jonathan Wild the Great, 1742). O con el autor anónimo de Les Nuits de Satán (1740) que hacía la apología de los bandidos y la magia. Es el siglo en que los alemanes comienzan los extractos de la Practica forensis, jurisprudencia a la que recurrieron criminalistas como Fuerbach y Zachariae. Los Extractos alimentaron a los novelistas y promovieron una nueva metáfora: la lucha entre el bien y el mal. En ese instante aparece, en Francia, el Pitival, colección de los más feroces casos criminales, que se multiplica en Europa en busca de la otra cara de la ley.
La Practica forensis contiene ya, técnicamente, el principio de investigación y certidumbre. Los escritores preferieron sin embargo, la razón abstracta, la simple logicidad del lenguaje. Lo que ha de ser la detection es entonces zadiguismo o serendipidad. (Recordemos el Pereregrinaggio di tre giovani figliuli del re di Serendippo, de Cristoforo Armeno, publicado en Venecia en 1557. Recordemos que fue Horace Walpole, en 1754, quien propuso utilizar serendipity por investigación). Paralelamente, en la misma estructura que da nacimiento al relato criminal, aparece un nuevo elemento: el terror, que halla en Ann Radcliffe la primera novelista -digamos el primero- que sabe aterrorizar a sus lectores, como sucedió en su The italian (1797).
En el siglo siguiente comienzan a nacer los grandes maestros de la novela policial: Edgar Allan Poe (The Murders in the rué Morgue, 1841), Emile Gaboriau (L'affaire Lerouge, 1863), Wilkie Collins (The Moonstone, 1868), Robert Louis Stevenson (The New Arabian Nights, 1879-1882), Arthur Conan Doyle (A Study in Scarlet, 1887), y algunos que han de intentarla sin regresar a ella, como Eca de Queiroz y Ramalho Ortigao, autores en colaboración de O mysterio da estrada de Cintra (1870). Son obras con elementos fantásticos y la definitiva detection que infiere la solución de un estudio minucioso de los indicios. En algunos casos tienen un sentido inverso al de la historia universal, según la opinión de S. S. Van Diñe (El crimen del escarabajo, X).
Después vendrán las definiciones. ¿Qué es un asesinato? ¿Por qué ha matado el asesino? El absurdo y el enigma se objetivan en un símbolo verificable. El asesinato, dirá Thomas de Quincey (On Murder Considered as One of the Fine Arts, 1827, I, II), es un hecho en el que intervienen algo más que dos imbéciles: uno que es el homicida, otro que es la víctima, un cuchillo, una bolsa y una encrucijada. Todo esto (esquematizado) sería un asesinato considerado estéticamente. Pero el absurdo se convierte a veces en un hecho gratuito, más allá de la moral, como el crimen de Lafcadio en Les caves du Vatican (1914), de André Gide. Podríamos recordarlo. Lafcadio se halla en el tren rápido que atraviesa la noche, con otro individuo que no conoce. Un empujón y el desconocido podría precipitarse en el abismo. La idea que lo asalta comienza a fascinarlo. Pero contará hasta doce, y si entretanto no aparece ninguna luz a lo lejos, le dará el empujón para levantarlo por la portezuela. Si aparece la luz, le perdonará la vida. Y Lafcadio, inconsciente, perdido en la gratuidad, comienza la cuenta en una instancia lúdica, irrefrenable. Al llegar a doce, la obscuridad sigue densa. Se acerca al pasajero y empuja. El crimen se ha cometido y Lafcadio vuelve a sus pensamientos. Está impávido, tranquilo. El absurdo crece en la noche como la voz al borde del precipicio.
En lo policíaco se verifica la idea más inquietante del hombre: la lucha contra el mal. El autor de un relato policial asume la defensa del bien. La premisa ya estaba en Chesterton (A defense of detective stories, 1901). Sabe un hecho criminoso es hijo del demonio de la arena y el viento. (No olvidemos que los romanos difamaron al terrible Atila con esta denominación). Sabe también que el mal se objetiva en estructuras fantasmales en trasgos que introduce la crueldad para perder al investigador. Pero en la lucha del bien y el mal, el hombre introyecta su fervor inabolible, y termina siendo el héroe. Escribe, de esta manera, la Odisea de nuestro tiempo.
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Tanya de Mikkeli |
Ayer me escribió una chica finlandesa. Se llama Tanya. Es poeta. Dice que leyó mis poemas y que le gustaron. Me mandó su foto y es linda. Todo lo linda que puede ser una chica finlandesa linda. Dice que estudia Literatura Latinoamericana y que está enamorada de mí. Practica ski, voleibol y natación. Me cuenta que vive en Mikkeli a orillas de la bahía de Savilahti, que actualmente estudia en Helsinki. Tiene 20 años y dice que posee disponibilidad para viajar a Chile. No le contestaré ya que estoy ocupado en cosas de mi jubilación. Se lo cuento a mi hijo que me dice: "Papá, yo le voy a contestar, déjamela a mí".
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yoel novoa |

Cuando un hombre muestra a los demás su corazón -sobre todo si un gato loco le mordisquea la nuca-, no debe comenzar por sajarse el pecho y extraer vanidosamente el palpitante órgano motor (tan brillantemente sangriento y personalizado entonces en sí mismo), no Mandrake... no. Eso es peligroso, nunca faltará algún limeño perteneciente al jet set internacional que aproveche la circunstancial palpitación para ejecutar un anticucho fresco al palito virginal. Aunque lo más probable sea que grupo humano de cualquier lugar del mundo, que esté presente ante la ostentación del simbólico músculo ("Aquí tenéis hermanos. Esta es mi verdad"), se lo engulla mediante el guiso beatífico.
O sea, la verdad íntima arrancacorazones, no siempre es recibida como intenta el carozo impulsivo de la acción.
Aquel que quiera mostrar a los demás la colectiva realidad infernal, celestial, o simplemente (culpablemente) pasatiempista de cualquier entorno social humano, desde una flexión ancestral, deberá abrirse el agujero del culo, forceps mediante, para mostrar kilómetros de oscuridad y misterio intestinal desprevenido espontáneo que se encuentre ante el ojete abierto,que si decide adentrarse en las profundidades de la propiedad privada abierta al público, lo más probable sea que no vuelva a ver la luz del mundo, como sabemos que ha sucedido con aquellos exploradores europeos que a principios del siglo 20 se perdieron cuando se introdujeron en los culos abiertos que encontraron reposando en las lomas de Machu Pichu.
La apertura del orto como camino de Verdad, se presta a ser acompañada por versículos de Lovecraft, o cualquier texto pertinente que trabe las acciones de los alocados arquitectos que aprovecharán la magnificiencia abierta de la inusitada estrella marina que parecerá querer hablar, para tramar subterráneos y conexiones los cortocircuitos de la médula espinal que rebotan en planetas cercanos y lejanos, y que para ello, cual enema tipo Niágara o Iguazú, volcarán por la contenida apertura, toneladas de materiales automotrices y personal humano y mascótico especializado; materia grande que de una forma u otra será regurgitada en forma de mierda.
Pero siempre estaremos ante la Tergiversación de la Verdad. Así, bajo el reflejo solar o lunático, todo mesías que se abre de flancos, ignora la verdad que demuestra, y esa es su vanguardia.
Pero siempre estaremos ante la Tergiversación de la Verdad. Así, bajo el reflejo solar o lunático, todo mesías que se abre de flancos, ignora la verdad que demuestra, y esa es su vanguardia.
El hombre y la bestia es un acto teatral que sucede entre los demás, a veces con palabras y a veces a balazos, pero siempre con captación y entendimiento. Es mientras tanto que se acaricia el culo humano con la pluma del pavo real, para que la Cosa parezca imperturbable y en orden.
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Ahora ya es tarde |
MARLENE DIETRICH NO LO FUI
En la época en que tendría que haber sido cabrón no lo fui. En la época en que tendría que haber sido de izquierda no lo fui. En la época en que tendría que haber sido de derecha no lo fui. En la época en que tendría que haber sido del Schalke 04 no lo fui. En la época en que tendría que haber sido mago no lo fui. En la época en que tendría que haber sido ingeniero no lo fui. En la época en que tendría que haber sido ministro no lo fui. En la época en que tendría que haber estado triste no lo estuve. En la época en que tendría que haber sido delator no lo fui. En la época en que tendría que haber sido maricón no lo fui. En la época en que tendría que haber sido astronauta no lo fui. En la época en que tendría que haber sido Almodóvar no lo fui. En la época en que tendría que haber sido misterioso no lo fui. En la época en que tendría que haber sido asesino no lo fui. En la época en que tendría que haber sido Maradona no lo fui. En la época en que tendría que haber sido lagarto no lo fui. En la época en que tendría que haber sido Perico de los Palotes no lo fui. En la época en que tendría que haber sido dictador no lo fui. En la época en que tendría que haber sido bueno no lo fui. En la época en que tendría que haber sido malo no lo fui. En la época en que tendría que haber sido Buñuel no lo fui. En la época en que tendría que haber sido libélula no lo fui. En la época en que tendría que haber sido Miguel Aceves Mejía no lo fui. En la época en que tendría que haber sido pajarito no o fui. En la época en que tendría que haber sido Marlene Dietrich no lo fui. En la época en que tendría que haber tenido la nacionalidad suiza no lo tuve. En la época en que tendría que ser como soy no lo soy. Y ahora; ahora ya es tarde. Viene Bertolt Brecht y me pega un tiro.
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Alejandro Amenábar: El cuadro |
compositor. Su debut en la pantalla grande fue la exitosa Tesis, a la que siguieron Abre
los ojos y Los otros, su estreno en Hollywood.
-¿Y usted a qué se dedica?
El tono de frase hecha casi resultó grosero, pero a Marco no se le ocurría otro modo de empezar una conversación con alguien del que sólo sabía que rascaba compulsivamente el mantel con un tenedor.
-Pues... no sabría qué decirle -contestó el otro con una tímida sonrisa.
Bien, pensó Marco. Era un comienzo ambiguo, ideal para divagar durante la hora escasa que duraría la cena.
-¿Por?
-Digamos que soy coordinador de márketing.
-Ah.
Marco no sabía nada sobre coordinadores de márketing, en realidad no le interesaban lo más mínimo, y aquella conversación habría discurrido por los cauces habituales de correcta monotonía a no ser por un detalle que atrajo su atención.
-Pero lo que de verdad me gusta es la pintura.
Se llamaba Ernesto Calvo, aunque Marco ya no recordaba su nombre. Y en ese momento se arrepintió por no haber puesto más atención cuando fueron presentados.
-¿Es pintor?
-Bueno, sí. Me gusta, pero no vivo de ello.
-Yo sí.
-¿Cómo dice?
Marco era pintor.
Una curiosa coincidencia. La mejor manera de pasar el rato y, por qué no, la velada. Cuando la cena concluyó y Marco volvió a reunirse con Ana, su compañera, le presentó a este hombre pálido y delgado, cercano a los cuarenta, que miraba hacia todos los lados para no fijar la vista en nadie. Lo invitaron a tomar una copa en su casa.
-Así Marco podrá mostrarle algo de su trabajo dijo Ana, incapaz de disimular cierto tono de orgullo.
-Oh, será un orgullo.
-No es gran cosa mintió Marco, pero, como ya le he dicho, vivo de ello.
Ernesto Calvo resultó ser un hombre agradable, buen conversador, a pesar de su aparente timidez y, a juicio de Marco, un gran conocedor de pintura. Por si fuera poco, no escatimó elogios sobre sus obras. La mayoría de ellas estaban basadas en el estudio de la fauna animal. Marco utilizaba técnicas y estilos muy diversos para retratar todo tipo de especies, deteniéndose sobre todo en la expresión de los rostros. Era, según sus palabras, una "búsqueda de lo humano". Potenciaba las miradas y los gestos faciales, intentando crear personajes y arquetipos sociales. El resultado era algo enfermizo, incluso antinatural, pero confería a la obra todo su carácter.
En el centro del taller, cubierto por una sábana, se alzaba el lienzo más voluminoso de todos.
-Es bastante grande. ¿Qué animal representa? ¿Puedo verlo? Ante la curiosidad manifestada por Ernesto, Ana tuvo que aclarar:
-A Marco no le gusta mostrar sus obras hasta que están terminadas.
-Oh, entiendo. Sí, a mí también me pasa.
-De todas formas, ni yo mismo sé bien lo que es. Llevo meses haciéndolo y deshaciéndolo. Sencillamente, no quiere salir.
-Lo mejor en esos casos es parar durante un tiempo y retomarlo más adelante. No es sano obsesionarse.
-Para usted es fácil decirlo. No tiene que entregarlo en una fecha determinada. Yo, como ya le dije, me gano la vida con esto.
-Es un encargo -explicó Ana.
Claro, claro, yo no tengo fechas de entrega, tiene usted razón. Ernesto bajó la mirada, como si se disculpara, y Marco creyó detectar cierto tono de orgullo herido en sus palabras. No obstante, le dedico bastante tiempo, más que cualquier otro aficionado. Me relaja, ¿sabe?
La pintura puede ser una buena forma de terapia afirmó Marco, y en una ingenua asociación de términos añadió:
-Supongo que el márketing debe de generar mucho interés, ¿no?
Ernesto negó con la cabeza y tomó aire, como si se dispusiera a exponer una vieja y meditada teoría.
-Son las manías.
-¿Cómo dice?
-Desde la infancia arrastro una fuerte propensión a las manías. A veces me indigno conmigo mismo, porque soy incapaz de controlarlas. Manías estúpidas, sin sentido, que me hacen perder el tiempo y la energía. Sólo la pintura me ocupa lo suficiente como para olvidarlas. -Todos tenemos manías- apuntó Ana, ligeramente incómoda ante la extraña confesión del visitante.
-Sí, claro, supongo.
Marco pareció de pronto muy interesado. Recordó que él siempre terminaba de subir todas las escaleras con el pie derecho. No importaban los extraños juegos de pasos que tuviera que hacer con tal de que su pierna izquierda fuera la segunda en alcanzar el descansillo. Por supuesto, nadie había percibido aquella peculiar costumbre, fundamentalmente porque con los años había adquirido la facultad para calcular desde la base de la escalera con qué pie pisar para acabar correctamente. Le preguntó a qué tipo de manías se refería.
-Oh, pues... lo cierto es que me daría apuro citar muchas de ellas.
-Entonces no lo haga se apresuró a contestar Ana, las manías sólo tienen razón de ser para el que las padece.
-No, no, ponga un ejemplo insistió Marco.
-Bueno. Hay una que practico continuamente, casi siempre de un modo inconsciente... Prométanme que no se van a reír. Es que... ¡es tan estúpida! Resulta que siempre tengo que terminar de subir las escaleras con el pie derecho. Absurdo, ¿verdad?
Se hizo un breve silencio. Ana se llevó la mano a la boca, recordando que había prometido no reírse. Marco hizo lo mismo, pero con una expresión muy distinta.
-Pues soy capaz -continuó Ernesto -de intuir durante el ascenso con qué pie voy a terminar, y si no es el derecho, rectifico dando una zancada de dos peldaños.
-Tiene usted razón. Es bastante absurdo confirmó Ana mientras buscaba la mejor manera de dar por terminada aquella velada.
Pero la velada no había hecho más que empezar. Al principio, Marco se quedó sin palabras. ¿Era posible que dos personas completamente desconocidas compartieran una práctica tan arbitraria como necesaria en sus vidas?
-¿Por qué hace eso? dijo.
-Francamente, no lo sé.
Marco tampoco. Pero antes de confesar a su invitado que él hacía lo mismo, decidió probar suerte con uno de sus más profundos, extravagantes y absurdos hábitos.
-Veamos. Usted, cuando se va a acostar, ¿cómo coloca el calzado?
-¿Qué quiere decir?
-¿Hace algo especial? Me refiero a...
-Sí, sí. Ahora que lo dice, siempre dejo el zapato derecho un poco más adelantado que el izquierdo.
-¡¿Apuntado ligeramente hacia la puerta más próxima?!
Ernesto le miró con extrañeza.
-¿Cómo lo sabe?
-¡Yo hago exactamente lo mismo desde hace años! ¡Y también lo de la escalera!
-¿De verdad haces eso? Ana dio un paso atrás, como si estuviera ante dos chiflados. Nunca me lo habías dicho.
-Confesarlo es casi tan absurdo como hacerlo, cariño.
-Qué extraño- murmuró Ernesto.
-Sí, es muy extraño. ¡Más aún, es fascinante! El súbito entusiasmo de Marco contrastaba con el gesto escéptico del otro. Quizá eran dos coincidencias demasiado peculiares como para ser tomadas en serio. Quizá Marco Soto, aquel pintor de ojos vidriosos permanentemente aferrado a un Martini, no era en ese momento un interlocutor muy fiable. Quizá sólo le estaba tomando el pelo.
-¿No me estará tomando el pelo?
-¡Pero qué dice! ¿Cómo iba a saber si no lo de la puerta?
-Sí, claro.
-Coincidencias- sentenció Ana, reprimiendo un bostezo.
-Es mucho más que eso- Marco empezó a dar vueltas por el estudio, agitando suavemente su bebida-. Es un acontecimiento, un punto de encuentro, un cruce de personalidades... Esto tiene que significar algo. Quizá... ¡Sí, ya lo tengo! Algo relacionado con la política: derecha, izquierda... -hizo un gesto de balanza con las manos, invitando a Ernesto a decantarse. Éste negó con la cabeza.
-No me interesa la política.
-Seguro que votamos al mismo partido el año pasado. Ernesto ni siquiera había votado. Pero Marco insistía en que aquellas dos manías compartidas implicaban forzosamente un vínculo más profundo.
-¿Qué edad tiene?
-Cuarenta y tres.
Marco, treinta y siete.
-¿En qué mes nació?
-Octubre.
Marco, en junio.
-No, no, tiene que haber algo. Algo en común. ¿Dónde estudió usted? ¿Tiene hermanos? ¿Está casado...?
Unas veces sí, otras muchas no. Las respuestas de Ernesto iban dejando claro que ambos no eran demasiado parecidos, ni siquiera demasiado diferentes. No obstante, estaba claro que a los dos les gustaba charlar, especialmente sobre técnicas de pintura. Aquello no era muy justo para Ana, experta en fisioterapia. Un par de horas después, cansada de mirar el reloj y de servir copas, decidió irse a la cama.
Tuvo un sueño muy intenso, de esos cuya sensación se prolonga durante días. Soñó que a través de la puerta entreabierta del dormitorio se perfilaba el pie derecho de su marido, llegando al rellano de la escalera seguido del izquierdo. Y luego vio cómo se descalzaba y dejaba los zapatos en aquella extraña posición.
Suavemente extraña...
Cuando el rostro de Marco se aproximó para besarla, Ana sintió un escalofrío al descubrir que era Ernesto Calvo.
No supo si despertó por la visión o por el barullo de voces procedente del taller. Marco y Ernesto estaban discutiendo. No habría decidido intervenir de no ser por el ruido de un vaso estrellándose contra el suelo.
Los encontró frente a frente, a ambos lados del enorme lienzo, ahora al descubierto. Ernesto estaba rojo de ira, sudaba y hacía aspavientos con las manos, llegando incluso a tocar algunas partes del cuadro.
-Esto, y esto...¡ Y esto!
Marco, aún con la sábana blanca entre las manos, negaba con la cabeza y casi parecía a punto de sonreír de incredulidad.
-¿Pero no se da cuenta de que eso es ridículo?
-¡No es ridículo! ¡Es un hecho! ¡Es una infamia!
Ernesto sostenía que aquel cuadro era una imitación. El original, repetía una y otra vez, había sido ya pintado por él hacía tan sólo un mes.
-¿Pero cómo, cuándo, dónde iba yo a copiarte? ¿Para qué? ¡Si ni siquiera lo he terminado!
-Ya lo sé, ya lo sé. Tan sólo dos pinceladas de rojo aquí y aquí y su copia estará consumada, ¿no es así?
Marco se apresuró a cubrir de nuevo el lienzo, antes de que el visitante rayara la pintura con las uñas.
-No voy a negar que ambas obras puedan tener el mismo concepto, que empleen técnicas similares, en definitiva, que se parezcan...
-¡No se parecen, son idénticas! Usted pintaba animales y de pronto pinta esto. ¿Por qué ha cambiado de tendencia?
-Ya le he dicho que ni yo mismo sé lo que es. ¿De verdad cree que he decidido fríamente qué es lo que voy a pintar?
-Usted decide fríamente qué es lo que va a copiar. Todo esto es una farsa. Me ha traído aquí con un propósito muy claro. Primero me hace creer que tenemos cosas en común...
-Manías.
-Y me muestra el cuadro para que yo, el pobre aficionado, diga: "¡Oh, sí, es otra coincidencia!".
-¡No es una coincidencia! -Marco subió repentinamente el tono de voz. Aquel individuo empezaba a irritarle. No es una coincidencia porque dos obras de estas características no pueden ser iguales. ¡Es una abstracción, por Dios!
-Vayamos a mi estudio y se lo demostraré.
Ana se vio obligada a intervenir.
-No creo que sea una buena idea. Otro día quizá...
Pero la decisión ya había sido tomada. Marco dejó su copa sobre una mesa y se frotó las manos.
-Por supuesto que iré. Ahora mismo.
Ana agarró a su marido por el brazo y lo condujo hasta un rincón del taller, mientras el visitante descubría de nuevo el cuadro, como si quisiera recrearse en su indignación.
-En mala hora decidí mostrárselo.
-Marco, no vayas.
-Cariño, sólo quiero aclarar este asunto. Ese hombre ha bebido más de la cuenta...
-Tú también.
-Lo que dice es tan absurdo.
-¿Y si es cierto? ¿Y si llegas allí y te encuentras con un cuadro idéntico al tuyo?
-¿Pero qué dices?
-Piensa por un momento en que exista esa remota posibilidad.
-No existe.
-Sí, pero piénsalo. Piensa que quizá sea tan simple y arbitrario como eso.
-¿Cómo qué?
-Como que compartís dos manías... y un lienzo. Escucha, he soñado que...
-Es imposible -Marco remató una a una las sílabas de su sentencia, como si dictara un veredicto.
Luego la besó y se fue.
Ana volvió a ver a su marido una vez más, en el depósito de cadáveres. Él y Ernesto estaban medio calcinados.
Tras considerar varias hipótesis, la policía llegó a la conclusión de que la noche del accidente, después de un violento forcejeo, una de las dos víctimas intentó prender fuego a un enorme lienzo. Las llamas se propagaron por toda la casa del señor Calvo, acabando con su vida y con la de su invitado.
Cuando Ana fue citada para identificar los cuerpos, miró a uno y otro, contuvo un gemido y susurró:
-No sé quién es quién.
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Arrestada "La Familia" |

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karen alkalay-gut |

El príncipe rana
Todas esas princesas recontando las historias de sus vidas,
dando información no disponible previamente,
o sólo tardíamente comprendida, convenciéndote,
pobre lector, de que las princesas de los cuentos de hadas
son gente real también, ¿sabes?, y que como tales merecen
que se cuente su versión. Incluso la mujer que ahora es mi reina,
creo que ha intentado contarlo, explicando
-probablemente- que valía la pena besar una rana
para conseguirme.
Siempre me gustaron bonitas,
lo que dijo Proust: "En cuanto a las mujeres bellas,
se las dejaremos a los hombres sin imaginación",
me hizo dejar de lado a Proust
y elegir alguna sagaz dama de compañía.
Tú sabes lo que le dicen a las mujeres,
"¿Es tan fácil enamorarse
tanto de un rico como de un pobre?
" Voy más adelante. Sólo es posible
realmente sentir algo si ella tiene
un trasero perfecto, senos hambrientos, ojos que parecen tan profundos
como los míos y -éste es un agregado- una continua hambre de mí.
Y no bromeo.
Excepto por mi narcisismo,
soy perfecto, inteligente, buenmozo, rico.
Nunca entenderé por qué esa bruja
me echó una maldición. Por supuesto a menos que
quisiera tenerme y yo
nunca me fijé en ella.
Recuerdo que una vez vino a hablar
antes de que me ranificara,
murmuró algo acerca de Emily Dickinson,
"No soy Nadie, quién eres tú".
Yo estaba ocupado escuchando mi máquina contestadora
cuando ella siguió
"Cuán terrible ser alguien,
cuán público como una rana,
decir tu nombre todo el santo día
a un pantano admirador".
"Tal vez sean los medios de comunicación que arruinan vuestras mentes",
dijo, mirando mi bien surtida biblioteca
de videoclips, "os hace pensar que vuestra identidad
como hombres deriva de la calidad comercializable
de vuestras conquistas femeninas. ¿Qué quieres
de la vida? ¿Cómo obtendrás satis
facción? Dime algo para probar
que vale la pena invertir en tu clase".
No pensé que tuviera que probarle algo
a alguien que no tenía nada que ofrecerme
en el mundo. Tal vez si hubiera sido
una cineasta habría tenido una oportunidad.
Pero decidí darle
el tratamiento silencioso,
generalmente funciona con mujeres que te admiran
y de las que no puedes deshacerte de otro modo. "Despídete de mí
con un beso, entonces, muchacho", dijo,
y yo torcí el rostro y aparté mi cuerpo encogiéndome
como si la edad y la fealdad fueran con-
tagiosas.
Así es que a la mañana siguiente desperté
como un robusto anfibio
hambriento de una charca
y una hoja de loto.
Y leí las instrucciones en mi almohada
acerca de la necesidad de ser besado, abandoné el castillo
y comencé mi búsqueda.
No fue fácil ser verde. Simplemente no existía
para todas esas princesas con labios mágicos.
Tuve que aprender toda clase de trucos
para poder acercarme a ellas. Le conté a una sobre
mi centralidad respecto a la cuisine francesa,
alenté a otra a que viera (ejem)
mi identidad profundamente en mi garganta,
le susurré a otra belleza (defectuosa)
que yo podía curar verrugas.
Incluso la que finalmente lo hizo por mí,
aquella con la bola de oro,
fue timada, arrullada, amenazada,
antes de que eventualmente
cayera en mi trampa.
No me quejo.
Obtuve lo que quería.
y unas pocas noches en el pueblo,
un par de cervezas, un ramillete de rubias,
me hicieron volver a lo que era antes.
La exhibicionista en su boudoir
Si un árbol cae en un bosque
y las cortinas son cerradas
y si los hombres en mi vida y el perro están durmiendo
y si me saco la ropa
al son de la música en mi cabeza
y murmuro a mis amantes imaginarios
todo lo que se pierden
y que necesitan conocer
quién podría decir que yo no soy
el genio, la culminación de todos los sueños de un lector.
Ulises
Hay peligro
aquí
en estas profundidades
que son demasiado suaves
demasiado cálidas.
Hay peligro.
Tal vez surgiremos
perdidos para siempre
para no retornar
nunca a nuestros hogares









