Por Fernando De Gregorio

Querido Guillermo David:
No sé cómo empezar esta carta de disculpa y amistad. Ante todo debo decirte que has influido mucho en mí y, por si fuera poco, has influido en la cultura occidental y estás en la plenitud de la vida. Yo apenas debo ser una anécdota en tu vida, pero al menos espero que tu recuerdo sobre mí sea bueno. Sé bien que la fama no te obnubiló y tenés la humildad de los primeros años, cuando nos conocíamos, y dabas tus primeros pasos en las galerías porteñas. No me imagino lo difícil que debe haber sido tener reconocimiento como artista plástico tan precozmente, a los veinticinco años.
A principios de los ochenta yo buscaba cualquier excusa para estar cerca tuyo. Veía tu gran inteligencia, la alegría de venir de una familia fuerte y de profesionales. ¡Cómo recuerdo tu risa grave, estentórea, cual cascada hilarante! Ambos estábamos fascinados con Borges, vos especialmente. Yo lo descubriría mejor unos años más tarde. Tener la influencia de Borges (vos te sabías de memoria poemas de ese genio) creo que es sinónimo de calidad. Borges es y era la inteligencia y el humor. Seguro que por estar en la élite del arte latinoamericano, la conocés a María Kodama, que debe ser una gran persona.
Y en esos primeros años aciagos de los ´80, cuando los militares eran nazis, nosotros filmábamos en Super 8 tu obra. Yo había filmado mucho, pero no tenía gran experiencia, a pesar de estudiar en el I.N.C.A.A. y el resultado fue de novato y de admiración desmedida.
Traté de hacer una edición en mediometraje, y vos, junto al gran Fabián Lebenglik, me ayudaron a sonorizarla con Schumann, Art Ensamble of Chicago, Billie Holliday, entre otros. El resultado era agradable y te llevaste la película en tu primer viaje a Europa y creo que por timidez no se la mostraste a nadie, ni a Antoni Tapies.
¡Ay, Guillermo: que bueno era ir a la Cinemateca de la Sociedad Hebraica Argentina y a la Sala Lugones! Vos absorbías mucho mejor que yo esas joyas del cine que vimos, como Bergman o Kurosawa.
Mi situación era precaria, lo sigue siendo, a pesar del título de médico, porque mi padre, el cirujano, falleció en el ´67 y nunca me repuse de su ausencia. Tuve una buena madre, pero católica, y eso siempre fue un problema.
Actualmente, mi madre, hace veinticinco años que vive con el Ingeniero Herzel Hartenstein, amigo del Che Guevara y que estuvo en Cuba.
Creo que mi mayor ofrenda de amistad hacia vos la hice cuando trabajé en la obra teatral que hiciste con Carlos Ianni, "El mar dulce", en el Teatro Planeta. Fueron ocho funciones. Yo estaba en primer año de medicina leyendo más clásicos que ciencia médica, lo que siempre hice, darle importancia a los clásicos de cualquier época y lugar, incluida la Biblia. Fue muy importante en mi vida esa obra teatral underground. Era hermosa. Hasta mi cara psicoanalista fue a verla. Era el año ´84.
A partir de allí, para superar ideaciones suicidas, me dediqué de pleno al estudio médico y en el ´88 tuve mi único gran amor, Elizabeth, que fue mi buena y temperamental compañera de dieciocho años. La perdí hace dos años y la extraño horrores; pero, como dice Fabiana Cantilo, "Nada es para siempre".
Nubes I de Borges ("Los conjurados")
"No hay una sola cosa que no sea una nube
lo son las catedrales de vasta piedra
y biblícos cristales
que el tiempo hallanará.
Lo es la Odisea, que cambia como el mar. Algo hay distinto cada vez que la abrimos".
Guillermo: lo más doloroso de esta carta es recordarte que te insulté en el ´99 con palabras groseras, fuera de mí, llevado por iracundia infantil, cuando me dijiste por teléfono desde tu hermosa casa de Belgrano "R" que el film que hicimos en el ´80 lo habías extraviado. Lo único que puedo decir a mi favor es que estaba en una crisis psicótica (soy paciente bipolar desde el ´94), luego de separarme temporalmente de mi ex mujer y abandonar la medicación.
Sé que las palabras son piedras y que como dice Borges "la mejor venganza es el olvido". Pero te ruego que no me olvides y me des una oportunidad de tratarnos como amigos, sin tedium vitae, aunque haya pasado tanto tiempo y tengamos destinos tan distintos.
Gracias a Alejandro Margulis, desde el 2000, he vuelto a Ayesha y, allí, él me publicó dos libros en Internet. Es posible que pueda imprimirlos. De hecho he escrito cinco libros y voy por el quinto cortometraje de mi segunda época. Filmo con ayuda de gente de dinero.
¡Cómo me gustaría que vieses lo que estoy filmando desde el 2001! Son proyectos de poco vuelo, pero sinceros y algunas situaciones dramáticas están logradas, en mi humilde opinión.
Venís de una familia judía y sé que los judíos no otorgan el perdón fácilmente. Pero te ruego que reconsideres tu silencio y me permitas volver a tratarte, aunque sea esporádicamente y sin tedium vitae, ya que me imagino lo ocupado que estarás.
Gracias, Guillermo, por haberte conocido. Siempre serás un Norte en los días sin brújula.
Lo reitero:¡Cuán en deuda estoy contigo!
Para finalizar esta carta no es mucho lo que tengo que decir.
Gracias a Andrés Castro lo conocí a Alejandro Kuropatwa. Una vez, allá por el ´99, antes de que te insultara, Alejandro me puso un poco paranoico cuando le hablé del filmecito en Super 8 sobre vos del año´80. El me aconsejó que antes de entregarte el film hablase con su abogado. No le hice caso.
Sigo creyendo que no era necesario y que Dios sabe lo que hace cuando pasan cosas así.
Mil perdones,
siempre tu amigo, Fernando