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La gata de Sofía |
Y todos los días la misma historia. Que la gata hizo esto que la gata hizo lo otro. Llegaba yo y empezaba la función. Que la gata se meó en el sillón. Que la gata descansa en el aserrín y se caga en el diván. Muchas veces salía de carrete con amigas y amigos, llegaba a los tres días y comenzaba el reclamo. No hay nada más de fastidioso que una salga de carrete y llegue a la casa y comiencen a hincharte las pelotas, porque en esas condiciones lo que una quiere es descansar, ¿o no crees tú?. Mi marido decía; claro tú, la linda de carrete y nosotros tenemos que soportar esta gata. Que la gata rompió una copa. Que la gata rompió un cuadro. Que la gata arañó al cabro chico. Hasta que un buen día me hartaron. Había llegado borracha y dale que dale con la gata. Les dije; tráiganme a la gata y pónganla arriba de la mesa. La pusieron. Ahora estírenla, tú y la Helena de cada lado. La estiraron. Agarré el cuchillo y la corté por la mitad. Les dije, ahora terminó el weeo con la gata. Todos se pusieron a llorar. La verdad que una no puede entender qué chucha quiere la gente.
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Andrés Caicedo |
Por Yoel Novoa
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| Luis Andrés Caicedo Estela (29 de septiembre 1951 - 4 de marzo 1977). |
Andrés Caicedo tenía 18 años y yo 25. Con Marta estábamos recién arribados a Cali, y aunque dormíamos en el TEC, aún no habíamos empezado con las funciones. Ahí apareció Andrés: anteojos, granitos en la cara, textos (propios) del Necronomicón de Lovecraft, y una calentura por Marta que me transmitió confesando sus puñetas martianas entre otro maremagnun de puñetas. Comunes en la afinidad manolera y un afán desmedido por ver todo el cine filmado y no filmado que se proyectaba en cines baratos, nos hicimos amigos. "Toda literatura que no me hace parar la pija, no sirve para un carajo".
Fuimos mucho al cine. Fue lo que más hicimos juntos, el resto fue intercambiar nuestros escritos, y proyectos... Robar una librería inmensa que existía en Cali que no me acuerdo como se llamaba. El plan era entrar por los techos un sábado a la noche y llevarnos toda la literatura que necesitábamos.
La gente del TEC que era de izquierda, aceptaba a Andrés aunque él (como yo) fuera severamente apolítico.
El teatro que hacíamos con Marta ("mímica ritual") no le gustaba a Enrique Buenaventura (el conductor del TEC), porque le parecía -con cierta sorna- que hacíamos happening. De todas formas nos presentaron en su sala y nos fue muy bien con Ssshagrada. Por esos días apareció por allí, una pareja de argentinos que hacía un show de "canción protesta". La gente del TEC les pidió una muestra para aceptarlos o no, como hicieran con nosotros. Las canciones de los argentinos reiteraban la explotación de los "burgueses" hacia los "indios" y decían algo así como "burgués de mierda, te vamos a reventar". Inmediatamente, la gente del TEC se promulgó en oponerse a la presentación de estos argentinos. "¡¿Por qué?!". Respondió Buenaventura: "Porque lo que ustedes dicen es una idiotez. ¿Qué tienen en contra de los burgueses? Los burgueses hicieron la Revolución Francesa. La mayoría de mis amigos son burgueses. Si estoy en situación de guerra, no voy a odiar a mi enemigo por su condición social... De ninguna manera. El espectáculo de ustedes -¡ideológicamente!- no puede ser presentado en el TEC". Los argentinos saltaron irritadísimos y nos señalaron a Marta y a mí: "¡¿Por qué a nosotros no, y a ellos si?!". La respuesta de Buenaventura fue más inmediata aún: "¡Por qué no se los entiende! Qué se yo lo que quieren decir con sus gritos y espamentos. Tal vez si se los entendiera, nosotros nos opondríamos, pero como no se los entiende, les damos la sala".
Esa era la gente que apañaba a Andrés. En el TEC, Caicedo podía proponer, hacer y deshacer, que todos estaban dispuestos a apoyarlo en cualquiera de sus iniciativas. Pero Andrés era un disconforme.
Meses después, Marta y yo viajamos a Bogotá, hicimos teatro en La Mama y en La casa de la Cultura, y cuando estábamos haciendo un show en una discoteca donde ella y yo consumiamos todas las drogas y evidenciábamos un intercambio sexual -un tanto exagerado- con cualquiera, Caicedo cayó allí de visita y nos contempló con lástima.
Dejamos de vernos. Pasaron los años. En 1975, cuando volvimos a pasar por Bogotá, lo reencontramos nuevamente. Ya era un personaje de culto. Había viajado a Estados Unidos y publicado libros. En aquel entonces no fuimos tan afines como en el mágico Cali del primer encuentro. Lo recuerdo en una fiesta nocturna de Bogotá, rodeado por sus admiradores... extremadamente aburrido.
Después cuando me enteré de su muerte, no se si yo aún estaba en Bogotá, o ya había arrivado a Buenos Aires. Recuerdo que Marta me dijo: "¿Te acordás con la cara que nos miró cuando nos vió en la discoteca tan drogados? Como que se le deshizo algo ¿no?".
Ahora leo las notas periodísticas que lo rescatan literaria y filosóficamente. Es tal la fuerza del recuerdo, que no se que decir. Salvo inventar la concreción de alguno de aquellos proyectos marginales y excelsos que charláramos en Cali.
Fuimos mucho al cine. Fue lo que más hicimos juntos, el resto fue intercambiar nuestros escritos, y proyectos... Robar una librería inmensa que existía en Cali que no me acuerdo como se llamaba. El plan era entrar por los techos un sábado a la noche y llevarnos toda la literatura que necesitábamos.
La gente del TEC que era de izquierda, aceptaba a Andrés aunque él (como yo) fuera severamente apolítico.
El teatro que hacíamos con Marta ("mímica ritual") no le gustaba a Enrique Buenaventura (el conductor del TEC), porque le parecía -con cierta sorna- que hacíamos happening. De todas formas nos presentaron en su sala y nos fue muy bien con Ssshagrada. Por esos días apareció por allí, una pareja de argentinos que hacía un show de "canción protesta". La gente del TEC les pidió una muestra para aceptarlos o no, como hicieran con nosotros. Las canciones de los argentinos reiteraban la explotación de los "burgueses" hacia los "indios" y decían algo así como "burgués de mierda, te vamos a reventar". Inmediatamente, la gente del TEC se promulgó en oponerse a la presentación de estos argentinos. "¡¿Por qué?!". Respondió Buenaventura: "Porque lo que ustedes dicen es una idiotez. ¿Qué tienen en contra de los burgueses? Los burgueses hicieron la Revolución Francesa. La mayoría de mis amigos son burgueses. Si estoy en situación de guerra, no voy a odiar a mi enemigo por su condición social... De ninguna manera. El espectáculo de ustedes -¡ideológicamente!- no puede ser presentado en el TEC". Los argentinos saltaron irritadísimos y nos señalaron a Marta y a mí: "¡¿Por qué a nosotros no, y a ellos si?!". La respuesta de Buenaventura fue más inmediata aún: "¡Por qué no se los entiende! Qué se yo lo que quieren decir con sus gritos y espamentos. Tal vez si se los entendiera, nosotros nos opondríamos, pero como no se los entiende, les damos la sala".
Esa era la gente que apañaba a Andrés. En el TEC, Caicedo podía proponer, hacer y deshacer, que todos estaban dispuestos a apoyarlo en cualquiera de sus iniciativas. Pero Andrés era un disconforme.
Meses después, Marta y yo viajamos a Bogotá, hicimos teatro en La Mama y en La casa de la Cultura, y cuando estábamos haciendo un show en una discoteca donde ella y yo consumiamos todas las drogas y evidenciábamos un intercambio sexual -un tanto exagerado- con cualquiera, Caicedo cayó allí de visita y nos contempló con lástima.
Dejamos de vernos. Pasaron los años. En 1975, cuando volvimos a pasar por Bogotá, lo reencontramos nuevamente. Ya era un personaje de culto. Había viajado a Estados Unidos y publicado libros. En aquel entonces no fuimos tan afines como en el mágico Cali del primer encuentro. Lo recuerdo en una fiesta nocturna de Bogotá, rodeado por sus admiradores... extremadamente aburrido.
Después cuando me enteré de su muerte, no se si yo aún estaba en Bogotá, o ya había arrivado a Buenos Aires. Recuerdo que Marta me dijo: "¿Te acordás con la cara que nos miró cuando nos vió en la discoteca tan drogados? Como que se le deshizo algo ¿no?".
Ahora leo las notas periodísticas que lo rescatan literaria y filosóficamente. Es tal la fuerza del recuerdo, que no se que decir. Salvo inventar la concreción de alguno de aquellos proyectos marginales y excelsos que charláramos en Cali.
Un texto de Andrés Caicedo
Hay varias maneras de comerse a una persona.
Empezando porque debe ser diferente comerse a una mujer que comerse a un hombre. Yo he visto comer hombres, pero no mujeres. No se‚ si me gustara ver comer a una mujer alguna vez. Debe ser muy diferente. Lo que yo por mi parte conozco, son tres maneras de comerse a un hombre. Se puede partir en seis pedazos a la persona: cabeza, tronco, brazos, pelvis, muslos, piernas, incluyendo, claro esta ,Hay varias maneras de comerse a una persona. Empezando porque debe ser diferente comerse a una mujer que comerse a un hombre. Yo he visto comer hombres, pero no mujeres. No se‚ si me gustara ver comer a una mujer alguna vez. Debe ser muy diferente. Lo que yo por mi parte conozco, son tres maneras de comerse a un hombre. Se puede partir en seis pedazos a la persona: cabeza, tronco, brazos, pelvis, muslos, piernas, incluyendo, claro esta, manos y pies. Sé que hay personas que parten a la persona en ocho pedazos, ya que les gusta sacar también las rodillas, el hueso redondo de las rodillas, recubierto con la única porción de carne roja que tiene el ser humano. La otra forma que conozco es comerse a la persona entera, así no más, a mordiscos lentos, comer un día hasta hartarse y meter el cuerpo al refrigerador y sacarlo al otro día para el desayuno, así. Como comerse un mango a mordiscos. Porque yo puedo decir que a mi antes me gustaba muchísmo el mango verde, y después vino esa moda de partir el mango en pedacitos y fue apenas hace como una semana que me vine a dar cuenta que los mangos verdes me habían venido a gustar menos y supe también que era porque me los comía partidos, así que seguí comprándolos enteros, comiéndolos a mordiscos, y me han vuelto a gustar casi tanto como cuando estaba chiquito.. Eso mismo debe pasar con los cuerpos. La persona que ya lleva siglos comiéndolos tiene que darse las maneras de variar el plato para no aburrirse, porque si no como hacen. Yo no se‚ si ustedes leyeron la otra vez en la prensa que habían encontrado el cuerpo de un coronel retirado, metido en una chuspa de papel y amarrado con cabuya, lo que dijeron fue que lo habían encontrado por el Club Campestre, y que había expectación por el extraño estado en que se había hallado el cuerpo. Era un coronel Rodríguez, un tipo ni flaco ni gordo, de bigotico, y con una chucha que arrasaba. Claro que los periódicos nunca dijeron en que consistía ese "extraño estado en que se había hallado el cuerpo", pero como yo estoy al tanto de las cosas yo sé que el cuerpo ese lo que estaba era todo mordido. No se lo acabaron de todo porque mi coronel ya tenia 52, allí fue cuando se dieron cuenta que no había como la carne de gente joven, fresca. Los ojos, por ejemplo, que dizque son lo más exquisito, dicen que cuando la persona pasa de los 35, se endurecen y se agrian, ya no vale la pena comerlos.
CANIBALISMO
Hay varias maneras de comerse a una persona.
Empezando porque debe ser diferente comerse a una mujer que comerse a un hombre. Yo he visto comer hombres, pero no mujeres. No se‚ si me gustara ver comer a una mujer alguna vez. Debe ser muy diferente. Lo que yo por mi parte conozco, son tres maneras de comerse a un hombre. Se puede partir en seis pedazos a la persona: cabeza, tronco, brazos, pelvis, muslos, piernas, incluyendo, claro esta ,Hay varias maneras de comerse a una persona. Empezando porque debe ser diferente comerse a una mujer que comerse a un hombre. Yo he visto comer hombres, pero no mujeres. No se‚ si me gustara ver comer a una mujer alguna vez. Debe ser muy diferente. Lo que yo por mi parte conozco, son tres maneras de comerse a un hombre. Se puede partir en seis pedazos a la persona: cabeza, tronco, brazos, pelvis, muslos, piernas, incluyendo, claro esta, manos y pies. Sé que hay personas que parten a la persona en ocho pedazos, ya que les gusta sacar también las rodillas, el hueso redondo de las rodillas, recubierto con la única porción de carne roja que tiene el ser humano. La otra forma que conozco es comerse a la persona entera, así no más, a mordiscos lentos, comer un día hasta hartarse y meter el cuerpo al refrigerador y sacarlo al otro día para el desayuno, así. Como comerse un mango a mordiscos. Porque yo puedo decir que a mi antes me gustaba muchísmo el mango verde, y después vino esa moda de partir el mango en pedacitos y fue apenas hace como una semana que me vine a dar cuenta que los mangos verdes me habían venido a gustar menos y supe también que era porque me los comía partidos, así que seguí comprándolos enteros, comiéndolos a mordiscos, y me han vuelto a gustar casi tanto como cuando estaba chiquito.. Eso mismo debe pasar con los cuerpos. La persona que ya lleva siglos comiéndolos tiene que darse las maneras de variar el plato para no aburrirse, porque si no como hacen. Yo no se‚ si ustedes leyeron la otra vez en la prensa que habían encontrado el cuerpo de un coronel retirado, metido en una chuspa de papel y amarrado con cabuya, lo que dijeron fue que lo habían encontrado por el Club Campestre, y que había expectación por el extraño estado en que se había hallado el cuerpo. Era un coronel Rodríguez, un tipo ni flaco ni gordo, de bigotico, y con una chucha que arrasaba. Claro que los periódicos nunca dijeron en que consistía ese "extraño estado en que se había hallado el cuerpo", pero como yo estoy al tanto de las cosas yo sé que el cuerpo ese lo que estaba era todo mordido. No se lo acabaron de todo porque mi coronel ya tenia 52, allí fue cuando se dieron cuenta que no había como la carne de gente joven, fresca. Los ojos, por ejemplo, que dizque son lo más exquisito, dicen que cuando la persona pasa de los 35, se endurecen y se agrian, ya no vale la pena comerlos.
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La segunda paliza a Hemingway |
Cuál es tu problema le dije. No me gusta tu cara de cabrón respondió Hemingway. Hacía rato que venía hinchándome las pelotas. Siempre cuando voy a un Cabaret quiero estar tranquilo, beber algo de vodka-naranja con una chica, contar un chiste, acariciar sus piernas, luego acostarme con ella. Simplemente no quiero líos. Y este orangután que viene y me inoportuna. Ya había leído un poema de Bukowski en donde le saca la mierda a Hemingway. Por lo tanto sabía que era facilito. Así que no te gusta mi cara de cabrón. Anda a chingar a tu puta madre wey. Se me abalanzó con sus 115 kilos, lo paré en seco con un cross a la mandíbula y una patada en los huevos. Para que tengas puto y te sobre le dije. Mientras estaba en el piso quejándose, le metí una patada en las costillas y le escupí. Dorothy, la chica que estaba conmigo, me dijo: déjalo ya tiene lo suficiente, ya aprenderá a tratar a la gente. Nada es suficiente con estas mierdas le respondí. Luego nos fuimos a su cuarto, tuvimos sexo del bueno durante horas. Al salir, Hemingway continuaba en el piso, quejándose. Lo volví a escupir. Llamé un taxi y me fui a dormir.
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Una noche con Kim Basinger |
T
Todo el mundo me lo dijo. Pero yo seguí adelante. No tendría que haberme entusiasmado. No con ella. Con Kim Basinger. Nadie estaba de acuerdo. Yo como siempre. Pensando del ombligo para abajo. Cuando ella entró al almacén fui deferente. Lo que pasa que ella era diferente. Hacía poco había llegado a vivir al barrio. Aparte de sus piernas y las tetas, hubo una cosa que me encantó, fue que todas las cosas que pedía eran de a una. Una papa, un tomate, una lechuga, una feta de jamón, una lamparita. Poco a poco me fui involucrando. Ella lo que gustaba de mí -porque me lo dijo- eran mis piernas de futbolista y mi acento francés. Ten cuidado me dijo la gente del barrio, mira que esa mina es rara. La gente rara del barrio me decía que la mina era rara. ¡Joder! Una cebolla, un pepino, un durazno, una feta de queso. Eso realmente me encantaba. Nunca le pregunté por qué le decían Kim Basinger. No se lo pregunté porque era evidente. Eran dos gotas de agua. Aunque en verdad era una sola gota de agua. Una fotocopia perfecta. Fue así que concertamos una cita íntima. En aquel instante, cuando me dijo que sí, yo era el dueño del mundo. Era Jefe del Cartel de Juárez. Era Obama. Aquella noche, mientras le recitaba un poema de Verlaine -por supuesto que en francés- en la mitad del poema, me dijo que quería decirme la verdad, confesarme su verdadera identidad. Me contó que en realidad se llamaba Pedro Jesús Martínez, que era oriundo de Valparaíso y tenía 28 años. Terminé de recitar a Verlaine. Le dije que yo también tenía que confesarle algo. Que en realidad no me llamaba Gonzalo Arango. Luego la acompañé a la salida, cerré la puerta con doble llave y escribí este Post.
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Gente despreciable |
Siempre una y otra vez, no sé por qué, hay gente que vuelve a Kafka, el tipo que vivía a vuelta de casa. Al parecer el sueño eterno de todo buen o mediocre escritor. Se dice que si alguien escribe un par de cuentos como él, estará salvado. Alguien por ahí me comentó que uno de los últimos recuerdos de Borges antes de morir fue sobre Kafka. No sobre María Kodama, Buenos Aires o Ginebra. Es lo que me dijeron. Sino que Kafka. Conocí perfectamente a Kafka que vivía a vuelta de casa. Para mí fue siempre un perfecto mamarracho. Un timorato de última. Pusilánime al extremo. Escribiente en la Notaría del escribano Carlos Alarcón Ramírez. Venía a comprar a mi almacén. Era perfectamente insoportable. Una porquería. Una vez intentó pagarme un kilo de tomates con un cuento. Lo agarré del cuello y le di un par de mamporros y una patada en el culo. La verdad que me tenía harto. Hasta la tuza. Y resulta que ahora es famoso, ese petimetre de mierda llamado Kafka, que vivía a vuelta de casa. Que una vez intentó cambiarme un kilo de tomates por un cuento. No sé dónde vamos a ir a parar. Hay otro loco de mierda que se llama Juan Rulfo, que vive al lado de Kafka y que andaba en la misma. Una vez vino y me dijo: "Mire señor, soy amigo de Kafka, y quisiera un kilo de arroz y se lo pagaría el miércoles". Le dije que sí, amablemente, pero que antes me tendría que chupar las pelotas. Se fue sin chistar. Así hay que tratar a esta gente. Gente despreciable.
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Corín Tellado |

Ha muerto la madre de todas las novelas rosas. Poco adscripto a escribir panegíricos sobre escritores recientemente muertos, me saco el sombrero, en este caso la peluca, por Corín Tellado. Confieso públicamente haberla leído en mi adolescencia, y confieso públicamente que me gustaba, es decir, me iba con los personajes al vestíbulo de un gran Hotel de una ciudad que nunca conoceré, lejos de mi pueblito de aquel entonces de 10.000 habitantes, y haberme enamorado de una Leonor que nunca tendré. En mi pueblo había una Frutería y Librería llamada El Tim, una vez a la semana me apersonaba allí para comprar una de Corín Tellado. Le decía al dueño que era para mi mamá. "Le gusta mucho Corín Tellado a su mamá", me decía El Tim. Pasó el tiempo y me fui inclinando por otros autores. Tiempo después, en una vieja revista Paula leí una entrevista que le hicieron a propósito de no haberse involucrado en temáticas más contingentes, en que todos sus personajes eran edulcorados y en una posición no militante. Ella contestaba que no se crea, que muchas veces tuvo que situar personajes y ambientación en ciudades extrañas, que tomaba un mapa de aquellas ciudades en donde nunca había estado, sus principales lugares, hoteles, plazas y parques y hacía correr la historia allí. De esa manera eludía cualquier motivo de censura franquista. En aquellos países extraños todo pasaba, odios, abortos, reivindicaciones sociales, huelgas y la muerte violenta de algún empresario inescrupuloso. Me gustó esa explicación. Me encantó. Tanto que algunos de mis modestos relatos los tomé de aquella visión. Algunas de mis historias han pasado en La Martinica, un lugar también extraño para mí, pero de esta manera evito la maledicencia de algún habitante de mi sensible pueblo. No es nada fácil escribir más de cuatro mil libros. Yo en veinte años he logrado escribir un librito chico de poemas. Corín, si te encuentras con el Tim por ahí, en algún lugar remoto, dale mis saludos y dile, que tus novelas no eran para mi mamá.
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Francisco Umbral escribe sobre Corín Tellado
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Alicia y Constanza |
A mí no me importa un comino que Alicia sea una pelotuda, que tenga una pata de palo. Que escuche al horrible Arjona. Que diga constantemente Sí por supuesto. Que esté pendiente todo el día de su cuenta en Facebook. Que me hable de la oficina. De su oficina. De su perro Labrador. De su última dieta. De sus próximas vacaciones. De su manía de cepillarse los dientes cada dos horas exactas. La verdad que no me importa su adherencia a Greenpeace. No tendría por qué importarme. Yo solamente la quiero para la cama. Pero anoche me sorprendió. Le pregunté por qué estaba conmigo. Me dijo que estaba conmigo porque yo era un pelotudo y que ella tenía predilección por los pelotudos. Me reí, nos reímos. Constanza, un año atrás, había dicho lo mismo. Constanza era una pelotuda que...
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Le dije yo |
Entonces fui a hablar con el profesor y le dije, mire; esta cosa de los bingos no sé hasta cuándo van a seguir con eso le dije yo, ya está bueno que la corten le dije yo. Está bien que ayuden a la gente que nada tiene le dije yo, pero acaso no hay otros organismos le dije yo, que puedan hacer eso y no molestar tanto a los apoderados le dije yo, el tipo se quedo mirándome sin decir nada y le dije: también esa cosa que cada vez que citan a una reunión de curso le dije yo, es para puro sacar plata le dije yo, que una rifa, un curanto le dije yo, ya no hayan qué cosa hacer le dije yo. Sacar y sacar plata le dije yo, ¿hasta cuándo? Le dije yo. Y el tipo no decía nada. Mire, le dije yo, todos tenemos nuestros problemas le dije yo, muchas veces ustedes no saben le dije yo, el sacrificio que una hace le dije yo para mandar a nuestros cabros chicos le dije yo, a estudiar le dije yo, y ustedes plata y plata y más plata y no enseñan nada le dije yo, las cabras chicas salen embarazadas le dije yo y eso ¿por qué? le dije yo, por ustedes le dije yo, que no enseñan lo suficiente sobre el sexo le dije yo, una en la casa claro que le enseña le dije yo, pero eso no es suficiente le dije yo, los chicos cuando yo llego al colegio le dije yo, los encuentro abrazados le dije yo, besándose le dije yo, y ningún profesor cerca le dije yo, puchas una ya está cabriá le dije yo. ¿Y sabes Hugo lo que me contestó el profesor?
-No.
-Me dijo: "Usted está atrasada en sus cuotas".
-¿Eso le dijo?
-Eso me contestó el weón, entonces le dije yo: ¡Váyase a la concha e` su madre! le dije yo. Y me fui.
-No.
-Me dijo: "Usted está atrasada en sus cuotas".
-¿Eso le dijo?
-Eso me contestó el weón, entonces le dije yo: ¡Váyase a la concha e` su madre! le dije yo. Y me fui.
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