Cuando yo era niño, tenía un mundo por jugar. Sobre todo al fútbol. Los días eran largos y amables. Las nubes sobre el cielo de la Patagonia. El horizonte lleno de goles. El juego del trompo y la bolita no podían esperar. También el jueguito del zuncho, que se hacía con el cintillo que traían los barriles de vino. Acompañábamos al zuncho con un alambre con vueltita. Lo girábamos y girábamos. El frenesí de jugar en la Patagonia. Todo se reducía a una sola cosa. Jugar. También cazar pajaritos con honda. Una maderita con forma de Y, dos elásticos y una bandita de cuero amarrada con hilo al medio, una piedra y chau pajaritos. Aquello ahora, puede sonar cruel, en nuestros tiempos no lo era.
Pero de pronto se interpuso en mi vida, Dios. Y junto con Dios, la Iglesia de la cual era militante mi abuela. Mi abuela María. Mientras mis amigos jugaban y jugaban, yo partía los domingos con mi abuela a una iglesia. La Metodista Pentecostal, una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe.
Todo el juego por jugar y yo metido en la iglesia. Cantando coritos. Hincándome. Alabando a Dios. Rezando por nuestras pobres almas perdidas. Pensé que debería hacer algo rápido. Inventar un juego allí. En la iglesia. Un minuto sin jugar y yo no era yo. Yo no era nadie. Es que no se puede soportar tanto fervor religioso. Y al final lo logré. Casi sin darme cuanta inventé el juego más glorioso del cual tengo memoria. Jugué el juego del niño tomado por el Espíritu Santo. El elegido de Dios. Cerraba mis ojos y deambulaba por el recinto hablando lenguas extrañas. Poseído. La total posesión. Pasaba entre la corrida de asientos haciendo de las mías. Le pisaba los callos al Pastor. Siempre hablando en lenguas. Un agarrón a la chica que me gustaba. Un puñete sin querer el chico que me caía mal. Y los hermanos entusiasmados con el niño que lo había tomado el Espíritu Santo. Yo, el elegido. El Pastor con las manos batientes y diciendo, ¡Aleluya, Aleluya hermanos!, alabado sea Dios. Dios está acá y a hecho su obra en este niño. Amén respondía la concurrencia. ¡Amén, Amén, Amén hermanos Alabado sea Dios.
Evidentemente era el mayor espectáculo del pueblo. Sino de la Patagonia entera. Esto ocurría todos los domingos. Ya no sentía dolor en ir a la iglesia con mi abuela. Esperaba impaciente los domingos para ir y brindar mi función. Fueron dos meses de frenesí religioso. La iglesia aumentó su cantidad de fieles. El Pastor me recibía con honores. Verdaderamente mi espectáculo era formidable. Mi abuela emanaba una beatitud excelsa. Durante la semana ya no me regañaba como antes. Me cuidaba. Me permitía comer todos los dulces del negocio. Me trataba con un cariño sobredimensionado. Pero en esta vida todo acaba. Y acabó de la peor manera. Ya que cuando estaba hablando en lenguas, junto a un… zarapalanda belanda rami turonagua, se me salió un: "puta que cansa esta mierda". Primero fue una risita aislada. Después toda la iglesia prorrumpió en una carcajada general. Hasta ahí llegó mi impostura de niño poseído. Poseído por el Espíritu Santo. Mi abuela me sacó de la iglesia tomado de las orejas. Me quedé un mes sin dulces y nunca más me llevó a la Iglesia. A la iglesia Metodista Pentecostal. Una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe. De ahí en más, volví a jugar al fútbol, al trompo, las bolitas, al zuncho, a matar pajaritos con honda y a ser el chico normal y juguetón que siempre fui. Demos gracias a Dios. Amén.
Escucho a Herman Dune. Afuera el viento y un auto que se estaciona. Durante dos minutos escucho el ruido del motor. Luego golpean la puerta. Voy y miro por la ventana. A través de la neblina veo dos bultos que me hacen seña para que abra la puerta. Lo hago. Se presentan. Los hago pasar. Se sientan en mi mesa. El señor me pregunta si yo sé a qué habían venido. Le digo que no sé, aunque yo sé que se. Te vengo a matar me dice él. Le digo que por favor hable bajito, que mi hijo duerme. Que por la mañana tiene que ir al colegio. Mabel me ha contado todo, me dice. Saca una pistola y la deja sobre la mesa. Veo a Mabel hermosa y abrumada. Arrimo un par de vasos y con absoluta sangre fría les sirvo de mi ginebra. Le pregunto al marido de qué se trata la visita. Me vuelve a decir que Mabel le ha contado todo. Bebemos durante un largo silencio. Mabel tiembla. El marido tiembla. Yo tiemblo. Afuera el viento, Herman Dune como si nada, continúa cantando. Me pregunta quién canta, le digo que Herman Dune. Sirvo una nueva corrida de ginebra. Se produce un silencio escandaloso. Una eternidad. Vuelvo a llenar los vasos. El hombre comienza a llorar. Mabel llora desconsolada. Pongo mis codos sobre la mesa. Mis manos sobre mis sienes. Lloro. Abro una segunda botella de ginebra. Sirvo. Me pregunta si me gusta el fútbol. Guarda la pistola. Le hablo con lujo de detalles del gol de Diego a los ingleses. De los mil goles de Pelé. De mi furibundo amor por el Fenerbahce turco. Mabel ríe. El marido ríe, yo también. Al despedirse me pregunta si puede venir un día cualquiera para hablar de fútbol. Le digo que no hay problemas. Que siempre habrá una ginebra sobre la mesa y una pelota de fútbol dando vueltas. Nos despedimos con afecto. Mi hijo al despertar, me pregunta si puede faltar al colegio el miércoles. Me dice que es la final de la Champions y no se lo quiere perder. Le digo que no hay problemas. Que el fútbol es lo más importante que hay en la vida.
LOS LIBROS caían sobre mi máscara (y donde había un rictus de viejo moribundo), y las palabras me azotaban y un remolino de gente gritaba contra los libros, así que los eché todos a la hoguera para que le fuego deshiciera las palabras... Y salió un humo azul diciendo adiós a los libros ya mi mano que escribe: "Rumpete libros, ne rumpant anima vestra": que ardan, pues, los libros en los jardines y en los albañales y que se quemen mis versos sin salir de mis labios: el único emperador es el emperador del helado, con su sonrisa tosca, que imita a la naturaleza y su olor a queso podrido y vinagre. Sus labios no hablan y ante esa mudez me asombro, caigo estático de rodillas, ante el cadáver de la poesía.
Leopoldo María Panero 1/3/87
I Dérisoires martyrs... STÉPHANE MALLARMÉ
En el obscuro jardín del manicomio Los locos maldicen a los hombres Las ratas afloran a la Cloaca Superior Buscando el beso de los Dementes.
Un loco tocado de la maldición del cielo Canta humillado en una esquina Sus canciones hablan de ángeles y cosas Que cuestan la vida al ojo humano La vida se pudre a sus pies como una rosa Y ya cerca de la tumba, pasa junto a él Una Princesa.
Los ángeles cabalgan a lomos de una tortuga Y el destino de los hombres es arrojar piedras a la rosa Mañana morirá otro loco: De la sangre de sus ojos nadie sino la tumba Sabrá mañana nada.
El loquero sabe el sabor de mi orina Y yo el gusto de sus manos surcando mis mejillas Ello prueba que el destino de las ratas Es semejante al destino de los hombres.
EL LOCO MIRANDO DESDE LA PUERTA DEL JARDÍN.
Hombre normal que por un momento cruzas tu vida con la del esperpento has de saber que no fue por matar al pelícano sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada de demonio o de dios debo mi ruina
LAMED WUFNIK
Yo soy un lamed wufnik sin mí el universo es nada las cabezas de los hombres son como sucios pozos negros yo soy un maed wufnik sin mí el universo es nada dios llora en mis hombros el dolor del universo, las flechas que le clavan los hombres yo soy un lamed wufnik sin mí el universo es nada le conté un día a un árabe oscuro, mientras dormía esta historia de mi vida y dijo "Tú eres un lamed wufnik" sin ti Dios es pura nada * y añadió, "y entre los árabes, un kutb" (v. Jorge Luís Borges, El Libro de los seres imaginarios)
EL LOCO AL QUE LLAMAN EL REY
Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada con peces muertos en los peldaños y una sirena ahogada en mi mano que enseño mudo a los viandantes pidiendo como el poeta limosna mano de la asfixia que acaricia tu mano en el umbral que me une al hombre que pasa a la distancia de un corcel y cándido sella el pacto sin saber que naufraga en la página virgen en el vértice de la línea, en la nada cruel de la rosa demacrada donde ni estoy yo ni está el hombre
A José Saavedra
Has dejado huella en mi carne y memoria en la piel de las interminables bofetadas que surcan mi cuerpo en le claustro del sueño quién sabe si mi destino se parecerá al de un hombre y nacerá algún día un niño para imitarlo.
Ven hermano, estamos los dos en el suelo hocico contra hocico, hurgando en la basura cuyo calor alimenta el fin de nuestras vidas que no saben cómo terminar, atadas las dos a esa condena que al nacer se nos impuso peor que el olvido y la muerte y que rasga la puerta última cerrada con un sonido que hace correr a los niños y gritar en el límite a los sapos.
II
Ne sachant pas, ingrat!, que c'était tout mon sacré ce fard noyé dans l'eau perfide des glaciers STÉPHANE MALLARMÉ
En mi alma podrida atufa el hedor a triunfo la cabalgata de mi cuerpo en ruinas a donde mis manos para mostrar la victoria se agarran al poema y caen y una vieja muestra su culo sonrosado a la victoria pálida del papel en llamas, desnudo, de rodillas, aterido de frío en actitud de triunfo.
a Marava
Brindemos con champagne sobre la nada salto de un saltimbanqui en el acero escrito donde la flor se desnuda y habita entre los hombres que de ella se ríen y apartan la mirada sin saber oh ilusión que es también la nada adonde ellos la vuelven y que a cada jugada se tiene la Muerte ante el jugador desnuda enanos juegan con cabezas humanas.
EL QUE ACECHA EN EL UMBRAL.
a Inés Alcoba. Si la beauté n'etait la mort
Toda belleza por el cadáver pasa y se limpia en el río de la muerte, el Ganges que a los inmortales conduce toda mujer se transfigura en la tumba y adorna en el eterno peligro de la nada así, querida sabrás mueriendo lo que es el Adorno y te adorarán los pulgones y aplaudirán las ranas de ellas compuesto el canto eterno de la nada oh, tú, hermana llena con tu cántico mi noche de tu susurro delgada hermana de tu sollozo que la nada devora Sabiendo así lo que es el Adorno las chotacabras avisan Su Llegada.
A MI MADRE (reivindicación de la hermosura)
Escucha en las noches cómo se rasga la seda y cae sin ruido la taza de té al suelo como una magia tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos y un manojo de flores llevas en la mano para esperar a la Muerte que cae de su corcel, herida por un caballero que la apresa con sus labios brillantes y llora por las noches pensando que le amabas, y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas y hablemos quedamente para que nadie nos escuche ven, escúchame hablemos de nuestros muebles tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con empuñadura en forma de pato y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra y ahora que el poema expira te digo como un niño, ven he construido una diadema (sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)
LOS INMORTALES
Cada conciencia busca la muerte de la otra HEGEL
En la lucha entre conciencias algo cayó al suelo y el fragor de cristales alegró la reunión Desde entonces habito entre los Inmortales donde un rey come frente al Ángel caído y a flores semejantes la muerte nos deshoja y arroja en el jardín donde crecemos temiendo que nos llegue el recuerdo de los hombres.
Llega del cielo a los locos sólo una luz que hace daño y se alberga en sus cabezas formando un nido de serpientes donde invocar el destino de los pájaros cuya cabeza rigen leyes desconocidas para el hombre y que gobiernan también este trágico lupanar donde las almas se acarician con el beso de la puerca, y la vida tiembla en los labios como una flor que el viento más sediento empujara sin cesar por el suelo donde se resume lo que es la vida del hombre.
Del polvo nació una cosa. Y esto, ceniza del sapo, broce del cadáver es el misterio de la rosa.
Debajo de mí yace un hombre y el semen sobre el cementerio y un pelícano disecado creado nunca ni antes Caído el rostro otra cara en el espejo un pez sin ojos Sangre candente en el espejo sangre candente en el espejo
un pez que come días pre- sentes sin rostro
HIMNO A SATÁN
Tú que eres tan sólo una herida en la pared y un rasguño en la frente que induce suavemente a la muerte. Tú ayudas a los débiles mejor que los cristianos tú vienes de las estrellas y odias esta tierra donde moribundos descalzos se dan la mano día tras día buscando entre la mierda la razón de su vida; ya que nací del excremento te amo y amo posar sobre tus manos delicadas mis heces Tu símbolo era el ciervo y el mío la luna que la lluvia caiga sobre nuestras fauces uniéndonos en un abrazo silencioso y cruel en que como el suicido, sueño sin ángeles ni mujeres desnudo de todo salvo de tu nombre de tus besos en mi ano y tus caricias en mi cabeza calva rociaremos con vino, orina y sangre las iglesias regalo de los magos y debajo del crucifijo aullaremos.
EL LAMENTO DE JOSÉ DE ARIMATEA
No soporto la voz humana, mujer, tapa los gritos del mercado y que no vuelva a nosotros la memoria del hijo que nació de tu vientre.
No hay más corona de espinas que los recuerdos que se clavan en la carne y hacen aullar como aullaban en el Gólgota los dos ladrones. Mujer, no te arrodilles más ante tu hijo muerto. Bésame en los labios como nunca hiciste y olvida el nombre maldito de Jesucristo.
Danza en la nieve mujer maldita danza hasta que tus pies descalzos sangren, el Sabbath ha empezado y en las casas tranquilas de los hombres hay mucho más lobos que aquí. Luego de bailar toca la nieve: verás que es buena y que no quema tus manos como la hoguera en la que tanta belleza arderá algún día. Partiendo de los pies hasta llegar al sexo y arrasando los senos y chamuscando el pelo con un crujido como de moscas al estallar en la vela. Así arderá tu cuerpo y del Sabbath quedará tan sólo una lágrima y tu aullido.
ACERCA DEL CASO DREYFUSS SIN ZOLA O LA CAUSALIDAD DIABÓLICA
EL FIN DE LA PSIQUIATRÍA
LA LOCURA se puede definir, muy brevemente, como una regresión al abismo de la visión o, en otras palabras, al cuerpo humano que ésta gobierna. En efecto, la zona occipital, que regula el desarrollo del a visión, controla, según mi hipótesis, el cerebro, y el cerebro controla todo el cuerpo. De ahí que sea tan importante lo que Lacan minimizaba como "inconsciente escópico", y esa mirada a la que el dicho psicoanalista apodaba "objeto a minúscula". Por el contrario, la mirada es un infinito. Contiene imágenes en forma de alucinaciones que no lo que Jung llamara "arquetipos" y Rascowski "visión prenatal". Ferenczi habó del inconsciente biológico: por muy increíble que parezca, éste está contenido en la mirada en forma de alucionaciones. La magia, el inconsciente antes de Freud, lo sabía: "fons oculus fulgur". Freud también decía que el inconsciente se crea a los cuatro o cinco años; en efecto, los niños padecen dichas alucinaciones de una forma natural: de ahí el retorno infantil al totemismo, del que hablara también el fundador del psicoanálisis.
Pero el cuerpo humano, que, salvo para los niños, es un secreto, contiene igualmente alucinaciones olfativas o junguiniano alguno, es decir, a inconsciente alguno de la especie o, en otras palabras, a su pasado, en el que los dioses están bajo la figura de tótems, pues no en vano la palabra "zodiaco" significa en griego animales. Dioses esto, pues, corporales, hijos del Sol y de la Tierra. He aquí, por consiguiente, que le cuerpo contiene la locura y, como el único cuerpo entero que existe es el cuerpo infantil, es por tal motivo que la esquizofrenia tuvo por primer nombre "demencia praecox" o demencia traviesa. Respecto a la paranoia, su problemática es triple o, en otras palabras, quiero decir que existen tres tipos de paranoia, pues ya nos dijo Edwin Lemert que no existe la paranoia pura; uno de los tipos de paranoia cuyo síndrome es el delirio de autorreferencia, nos reenvía al problema de que el psiquismo animal es colectivo, y ese es el magma alquímico, en cuyo seno se hunde al género del paranoico. El otro género de paranoico es el que proyecta su agresividad, con frecuencia, sobre su mujer en el delirio de los celos. El tercer género del paranoico es el que, según ya dijo Edwin Lemert, tiene realmente perseguidores. Ese es el caso al que yo llamo el caso Jacobo Petrovich Goliardkin (el protagonista de El doble de F.N.Dostoyewski). Es un sujeto con frecuencia deforme, enano o simplemente raro, o tan oscuro como Dreyfuss, que es víctima de agresiones, humillaciones y vejaciones por parte de sus amigos o compañeros de oficina, -o, a veces, de un portero, o sencillamente de un camarero-, y que para dar sentido estético a su vivencia se inventa a los masones, o a la C.I.A., metáforas que reflejan a tan sombríos compañeros.
Las otras locuras son frecuentemente producto de la psiquiatría: tal es el caso de las alucinaciones auditivas, que no existen en estado natural alguno y que son producto de la persecución social o psiquiátrica que cuelga, como vulgarmente se dice, en lugar de explicar o aclarar. Pues cada ser humano puede ser en potencia un psiquiatra, con sólo prestarnos la ayuda de su espejo. Pasemos ahora al caso de Dreyfuss; el caso Dreyfuss, en verdad, fue, como el mío, un caso muy extraño. Ni yo ni él entediamos el origen de la persecución; su naturaleza, sin embargo, o su mecanismo puede definirse como el efecto "bola de nieve": se empieza por una pequeña injusticia y se sigue por otra y por otra más aún hasta llegar a la injusticia mayor, la muerte. O bien como en el lynch empieza uno y continúan todos. Así, yo he sido la diversión de España durante mucho tiempo y, a la menor tentativa de defenderme, encontraba la muerte, primero en Palma de Mallorca en forma de una navaja y, luego, en el manicomio del Alonso Vega (Madrid) en forma de una jeringa de estricnina; pero todo por un motivo muy oscuro, no sé si por mi obsesión por el proletariado, nacida en la cuna de la muerte, o bien, por miedo a que desvelara los secretos de un golpe de Estado en que fui utilizado como un muñeco, y en el que los militares tuvieron, primero, la cortesía de apodarme "Cervantes", para llamarme después, en el juicio, "el escritorzuelo". Pero no son sólo los militares los que me usaron; en España me ha usado hasta el portero para ganarse una lotería que de todos depende, porque el psiquismo animal es colectivo, y éste es el motivo de que el chivo expiatorio regale gratuitamente la suerte, en un sacrificio ritual en pleno siglo XX, en nombre de un dios que ya no brilla, sino que cae al suelo herido por las flechas de todos. Ese dios al que todos odian por una castidad que ha convertido al español en un mulo y en una mala bestia. Al parecer toda España ha rodeado amorosamente a la muerte entre sus brazos, y la prefieren la sexo y a la vida.
Que ella les dçe al fin su último beso en la pradera célebre del uno de mayo.
Me dijo que se llamaba Alondra. La conocí en el bar de Bruno. Que era de Madrid y tenía 25 años. Que éste era su primer viaje a la Patagonia. Al segundo trago me contó que era tímida, que tenía crisis de pánico, que tenía la columna un poco desviada y que le encantaban las películas de los hermanos Cohen. Al tercer trago se reía desaforadamente, iba una y otra vez al baño, hablaba fuerte y puso sus pies sobre la mesa. En el cuarto trago me dijo que era ninfómana, me preguntó si yo tenía algunos amigos para presentarle, y qué tal era yo para la cama. En el quinto trago, pagué y me fui. Al día siguiente la encontré en el bar de Jorge. Me acerqué a su mesa y la saludé. Rápidamente me di cuenta que no me recordaba. Me dijo que era de Madrid y tenía 25 años. Que éste era su primer viaje a la Patagonia. Al segundo trago pagué y me fui.
Soy de L. A. Mis padres me trajeron al mundo en un lugar excelente. Aterricé en el hospital en el que despegó Bobby Kennedy. Mi madre odiaba a los católicos y le gustaban los hombres despiadados. Bobby K. le habría provocado sentimientos contradictorios. Yo veía L. A. con ojos de nativo. Crecí allí. Tamicé datos y los transfiguré al estilo de los chicos. Se trataba de morbos diversos. La corrupción y la obsesión eran sus hilos conductores. Mi métier fue el noir infantil. Viví en el epicentro del film noir durante la época del film noir. Desarrollé mi propia cepa de morbo raro. Era puro L. A. Hacia 1950 mi padre trabajaba para Rita Hayworth. Decía que se la cogía. Mi madre cuidaba a astros de cine borrachos. Mi padre era perezoso. Mi madre era una adicta al trabajo. Mi padre me enseñó a leer a la edad de cuatro años. Tuve acceso a las revistas de escándalos y a la Biblia. El libertinaje y la severa ley de Dios me acosan todavía. En la Biblia había sexo y abundantes carnicerías. En las revistas de escándalos, también. Sexo y porquería publicada. Incubé mis dotes narrativas. Mi imaginación se incendió. Mis padres se divorciaron en 1955. Mi madre obtuvo la custodia principal. Yo viajaba de uno a otro. Estudiaba sus vidas separadas. Mi madre bebía combinados de bourbon. Vi lo mucho que le cambiaba el alcohol. Salía con hombres que olían a psicópatas de film noir. La pesqué dos veces in fraganti. Mi padre acechaba el piso y espiaba a su ex. Mi madre me alimentaba con comida sana y novelas épicas. Mi padre me daba salsa de quesos y combates de boxeo. Me enseñó a vitorear. Yo vitoreaba a los boxeadores mexicanos antes que a los negros. Vitoreaba a los púgiles blancos antes que a cualquiera. Sexo: el asunto más importante de todos. El no va más de los chistes de los `50, quiero conocer al tipo que inventó el sexo y preguntarle en qué anda ocupado ahora. Mi padre y mi madre me hacían leer. Los dos me llevaban al cine. Mi padre se repetía con historias de actrices ninfómanas. Mi madre hablaba de los actores a los cuidaba. Me llevó al espectáculo de Dean Martin y Jerry Lewis. En una escena aparecía un perro conduciendo un coche. Me desternillé de la risa varios días seguidos. A mi madre le pareció una reacción extrema. Mi madre era una mujer instruida. Decidió llevarme a un psiquiatra infantil. Los viajes de uno a otro progenitor continuaron. Iba de una casa a la otra y me enteraba de chismes, Rita Hayworth era ninfómana. Rock Hudson, maricón. Floyd Patterson, un campeón de pacotilla. Mickey Rooney era un sátiro. El calendario llega a junio de 1958. Comienza mi noche de Walpurgis. Mi madre es asesinada. La trama es SEXO. El caso queda sin resolver. Fui a vivir con mi padre permanentemente. Estaba exultante con la muerte de mi madre e intentaba no regocijarse en mi presencia. Mi congoja era compleja. Odiaba a mi padre y la deseaba sexualmente. BAM: ha muerto. Bam: mi imaginación descubre el CRIMEN. La fijación eludió la muerte de mi madre y se centró en víctimas sustitutas. La Dalia Negra se convirtió en mi asesinada favorita. Era mi madre hiperbolizada y estaba lo bastante distanciada para saborearla mediante la fantasía. Estudié recortes de prensa sobre la Dalia, fui en bicicleta al lugar donde habían abandonado el cadáver. En mi mente empecé a hilar historias de salvamento. Rescataba a la Dalia cuando el asesino alzaba el cuchillo. Leí novelas policíacas para chicos. Salté al Mike Hammer de Mickey Spillane. Las historias eran vengadoramente anticomunistas. Me gustaba la rabia y el fervor de Hammer. Yo era un anticomunista infantil. Ansiaba castigar a alguien invisible. Acechaba al asesino de mi madre pero no lo sabía. No sabía que estaba dragando morbo. Para mis páginas futuras. Mi padre me dejaba que me entretuviese leyendo y descuidara mis deberes escolares. Veíamos serie de crímenes en televisión. Conocía a unos de los actores de 77 Sunset Strip. Decía que la mujer del tipo "le mostraba el felpudo". Mi padre sacaba conclusiones erróneas, daba por sentado mi conocimiento del sexo. Alababa a los homosexuales masculinos. Decía que gracias a ellos, aumentaba el número de mujeres cogibles. Mi rendimiento en la escuela era malo y fui autodidacta. Leí De aquí a la eternidad en 1960. El crimen se mezclaba con la historia social, la chispa que encendió mi grandiosa ambición infantil. En esa época, mis aptitudes para la vida estaban por debajo de lo normal. A partir los años ´60, declinaron. Vivía para leer y fantasear. Robaba libros, comida y miniatura de coches. Recorría L. A. en mi bicicleta de vendedor de tacos. Espié a las muchachas en bicicleta. Era un acechador conspicuo. Aceché a las chicas ricas de Hancock Park y a las chicas judías del oeste de Kosher Kanyon. El verano del ´61 me lo pasé acechando. Me encontré con manifestaciones de protesta y arrojé huevos a los estúpidos que quería prohibir la bomba. Se alzó el Muro de Berlín. Tío Sam y los comunistas jugaban a la intimidación. En la tele, un periodista presentaba cada día la gráfica del guerrámetro. Las posibilidades de que hubiese una guerra nuclear subieron hasta el 90 por ciento. La crisis me llenó de alegría nihilista. Me arrastré de la primaria a la secundaria. El instituto Fairfax era judío casi en su totalidad. Yo sólo destacaba porque era gentil y tenía acné. Anhelaba que me prestaran atención pero carecía de gracia para conseguirlo. Era un mal estudiante, peor deportista y mis relaciones sociales eran pésimas. Quería promocionarme como ser estrictamente único y atraer la atención consiguiente. Sopesé el dilema. No contré una solución. Me afilié al partido Nazi Americano. Mi primera actuación fue en el barrio judío de Los Ángeles Oeste. El tiro me salió por la culata... y funcionó. Gracias a eso me prestaron algo de atención. Se me calificó de payaso. Distribuí planfetos racistas y "Billetes de Barco para África". Me ungí como portador de la semilla de la nueva raza superior. Anuncié mi intención de establecer un Cuarto Reich en Kosher Kanyon. Insulté a los negros y denigré a los Protocolos de los Sabios de Sión. Calumnié a Martin Luther Negro y vendí copias del Salmo 23 de los negros. Se burlaron de mí, se rieron de mí, me zarandearon y me dieron empujones. Desarrollé un sentido de la política estilo vodevil y recibí varias patadas en el culo. Mi cuelgue nazi me motivó, me aburrió y me angustió, en sincronía con la respuesta de mi público. Yo vivía para fantasear y asimilar tramas. Los buenos libros y la televisión conformaban mi arte interpretativo. Estamos en otoño del ´63. La salud de mi padre empeora. La mala alimentación y los cigarrillos. Bam: estrenan la serie El fugitivo. Es puro concepto. Un médico de pueblo. Su matrimonio va mal. Su mujer es alcohólica. Un mendigo manco entra en la casa y la mata. El médico es acusado del asesinato. Lo juzgan y lo condenan a la silla eléctrica. El remilgado teniente Gerard lo lleva al corredor de la muerte. Bam: el tren descarrila. Bam: el médico huye para siempre. Persigue al mendigo manco. La policía lo persigue a él. La serie me obsesionó. La serie interfería en mis sueños. El doctor Kimble huía. Yo también huía a toda velocidad. Kimble va a numerosas ciudades. Todas parecen estudios de filmación. A L. A. Kimble es un pararrayos. Atrae descontento sexual. Siempre conoce a las mejores mujeres de la ciudad. Las mujeres eran mi madre transformadas por arte de magia. Mi padre tuvo un ataque de apoplejía el 1/11/63. Llegué a casa del instituto. Lo encontré llorando y balbuceando. Vi su muerte como mi desamparo y mi propia muerte décadas después. Empecé a prepararme para la vida en solitario. Empecé a excluirlo. Pasó tres semanas ingresado en el Hospital de Veteranos. Su estado mejoró y sus posibilidades de sobrevivir aumentaron. Yo recorría L. A. en bicicleta. Birlaba revistas nudistas. Visitaba a mi padre. miraba episodios de El fugitivo. Me llevaron hasta el golpe contra JFK. Mi padre salió del Hospital de Veteranos el día del atentado. La muerte de Jack y el consiguiente revuelo lo aburrieron. A mí también. A la mierda con Jack. Éramos republicanos y protestantes.Jack recibía órdenes de Roma. Ese martes casi se cargan a Kimble. América lloraba a Jack K. eso era carnaza para mi numerito nazi, pero nada más. Johnson incrementó el envío de tropas a Vietnam. Yo apoyé la guerra nuclear. Un vigilante de mi tienda me arrestó por robar. Mi padre tuvo un infarto mientras yo sudaba en el calabozo. Las secuelas del golpe contra Jack sufrieron una metástasis. Los rumores de conspiración aumentaron. El instituto se convirtió en una carga insoportable. Había cumplido diecisiete años. Era blanco. Ser libre sería tenerlo todo. Volví a poner en acción el numerito nazi. Me expulsaron de clase una semana. Mi padre empezó a llamarme "pendejo alemán". Yo pintaba esvásticas en el plato del perro. Mi padre llevaba un casquete judío para atormentarme. Volví al instituto. El club de la Música Folk celebró una reunión. La interrumpí con una melodía pronazi y un coro de Das Horst Wessel Lied. Me expulsaron definitivamente. Era un miércoles de mediados de marzo de 1965. Mi padre dejó que me alistara en el Ejército y tuvo un segundo ataque cuando yo llevaba dos días allí. Exploté su estado de salud. Fingí una crisis nerviosa. El ejército me asustó terriblemente. Detestaba la disciplina. Yo era un cobarde y un faux-führer sedicioso. No quería ir a Vietnam. Conseguí un permiso por situación familiar grave. Visité a mi padre en su lecho de muerte. Sus últimas palabras fueron: "Intenta ligar con todas las camareras que te sirvan". El ejército me soltó. A los diecisiete años era huérfano y estaba exento del servicio militar. Había llegado la hora de completar mi educación picaresca. Me matriculé en L. A. Me doctoré en droga y me gradué en abandono. Leí un montón de novelas policíacas y crónicas de crímenes auténticos y me abstuve de la "literatura convencional". Era pura asimilación. Vivía en un universo criminal de ficción e imaginaba fantasías criminales. Cometía pequeños delitos por inercia y dejadez moral. Robaba comida y libros. Acechaba a las chicas de Hancock Park, irrumpía en sus casas y olía su ropa interior. Estuve encerrado en la cárcel del condado. Allí me codeé con otros inmaduros estúpidos y pequeños delincuentes. Mentíamos acerca de nuestras muchas putas y hazañas delictivas. Pulí mis nacientes dotes para la narrativa gracias a una jerga carcelaria de pacotilla. Mis temas eran el crimen y mi locura innata. Comprendí las reglas de la verosimilitud. Cultivé mi aspecto extravagante, medía metro noventa, pesaba setenta y cinco kilos, treinta de ellos de granos, y siempre tenía una pústula madura en la nariz. ¿El sistema? Al carajo con el sistema. Todo marginado callejero y pueril odia el sistema. A la crítica que hace de éste le falta rigos analítico y le sobra resentimiento personal. El marginado callejero Ellroy lo sabe. Es un neoconservador que duerme en parques y en contenedores de reciclaje. Los años ´60 y los ´70 siguieron adelante. Yo seguía adelante impetuosamente. Comía algodones de inhalador Benzedrex. Bebía jarabe para la tos Romilar. Me pinché metanfetamina. Aceché, haraganeé, escuché y aprendí. El crimen cristalizó crujiente en mi cavidad craneal. Y está L. A. Está en todas partes como una epidemia. Es una tierra rica en señuelos para chantajes y yonquis criados en la jungla. Es una casa de putas hiperbólica y una choza de hermafroditas elegantes. Aceché. Me enamoré de una preuniversitaria llamada Margaret Craig. Paseé junto a su casa de dos pisos de estilo Tudor y la saqueé amorosamente a lo voyeur. Bam: estoy de nuevo en la cárcel,. Me aburro. Estoy alerta. Estoy asustado. Miro. Aprendo. Escucho el lenguaje de la lasitud del hampa. Aprendí. Me retiré y leí. Leí a Dashiell Hammett en la biblioteca pública del centro de la ciudad. Leí a Ross MacDonald en los parques a la luz de una linterna. Leí al estremecedor Joe Wanbaugh en la cárcel y fuera de ella. los nuevos centuriones/El caballero de azul/Campo de cebollas/Los chicos del coro: obras visionarias escritas por un policía. Una visión contracultural de finales de los años ´60. Absurdidad sin adoctrinamiento izquierdista. Wanbaugh me encendió. Wanbaugh me cambió para siempre. ¿Cómo lo sé? Porque hizo que me avergonzase de mi vida. Me desintoxiqué en el ´77. Tenía veintinueve años. La cronología me favoreció. Se pusieron de mi parte unas drogas a las que se podía sobrevivir y unas cifras bajas de delincuencia callejera. Las galerías de las prisiones estaban vacías de violadores en grupo y de camarillas raciales. Los chicos asustados con escasas capacidades de supervivencia podían perdurar y aprender. Aprender es fácil. Yo aprendí de la manera más dura. No lo recomiendo. Me golpeó una circunstancia atroz. Cultivé el don y la maldición de la obsesión. Finalmente ganó el don. Ahora aprendo de mis palabras en la página. En algún sitio hay un chico, o unos chicos. Nunca los conoceré. Ahora mismo están encajando cuadrículas en su cubo de Rubik. Les gustan mis dramas demoníacos, la metafísica los mutila. Se agarran a la gravedad, la combatirán con sus demonios. Les aportará un exceso de capacidades para la supervivencia, la cronología no los crucificará. Apuntalarán mi morbo. Lo revisarán radicalmente. Lo harán circular.
Estaban tan ocupadas con sus cosas que ni cuenta se dieron cuando comencé a convertirme en tierra de hojas para mis plantas. No se acuerdan ni del día, menos de la hora. Yo lo tengo clarísimo, a pesar de los años, porque fue el primer día de frío del otoño del 2112. Ellas ya estaban bastante grandes y cada una hacía su vida, aunque pernoctábamos en la misma carpa de gitanos que veníamos armando en diferentes lugares, según la posición del sol y de algunos otros planetas que nos protegían. Pensé que quizás ese era el último otoño que pasábamos en la precordillera. Pero no fue así. Al menos yo, me quedé hasta que mis ojos vieron los últimos pedazos de cometas incendiarse al entrar a la atmósfera y pasar sobre nosotros anunciando lluvias que no eran de agua. Desde mi sillón, al lado de mis plantas, vi también pasar los sucesos de sus vidas y guardé silencio porque sus caminos ya no eran los míos. Sabiendo de mis estados de sonambulismo, ausencias asociadas a una epilepsia dudosamente diagnosticada y a mi costumbre de callarme y observar durante días, decidieron seguir sirviéndome comidas y bebidas, como si estuvieran en México celebrando el día de los muertos. Supongo que esperaban que cualquier día yo estuviese de vuelta. Desde mis huesos cada vez más astillados y desde mis venas quebradizas, las observaba. Casi, casi podían manejarse solas. Cuando sentían necesidad de cariño, se acurrucaban en mi pecho y me hablaban bajito, un poco más allá las hojas de la ruda tiritaban sin razón y ellas sabían que yo estaba escuchando. Pasaba igual, con las hojas del palo de agua, de la mala madre y otra planta que tenía las hojas en forma de estrellas, pero de la cual nunca supe el nombre. Antes de sentarme en ese sillón ese día de frío, pensé en qué las hojas nunca deberían caerse de los árboles y que no era bueno que yo pensara eso mirando por la ventana. Afuera, la gente caminaba con mascarillas que se habían comenzado a distribuir por temor a numerosos virus no identificados, que se habían creado en algunos laboratorios, con la finalidad de reducir el crecimiento de la población mundial. No estaba alcanzando el alimento y menos el agua. Ellas, tres veces por día tomaban esas pastillas que contenían toda clase de vitaminas, ácidos, calcio, potasio, magnesio y betacaroteno entre otras cosas. A eso, había que sumarle suplementos alimenticios que reemplazaban varias comidas del día. La mesa del comedor había desaparecido de su lugar habitual. Estaba como yo, agazapada en un rincón esperando el nacimiento y la caída de las hojas. Durante los últimos cuatro meses, cosas poco comunes comenzaron a suceder, afectando por sobre todo a los seres más sensibles. La desesperación se apoderó de ellos. Dejaron de comer, dejaron de dormir y hablaban lenguas que desde hace mucho no se practicaban en el planeta. Sus cuerpos comenzaron a enfermar. Había grandes cantidades de ballenas varadas en diversas bahías del mundo y especies como delfines y caballos de mar, se dejaban morir en la mitad de los océanos. Las comunicaciones se habían vuelto muy complicadas desde que la última tormenta solar no fue registrada a tiempo por el satélite que las monitoreaba. Se presentó de sorpresa y quedamos a oscuras durante varias semanas, algunas líneas telefónicas funcionaban, pero muy pocas. La mía quizás, por nuestra ubicación no sufrió desperfectos, pero no tuvimos más televisión ni conexión a la red. Con el tiempo, nos habilitaron un sistema de iluminación que se extendía de nueve a doce de la noche. Para mí, era suficiente. Mis pequeñas alegrías comenzaron a consistir en recurrir a mi viejos libros acumulados, leerlos durante horas, aprender a hacer velas y remedios en base a hierbas que cultivaba en mi terraza. Supe que todo esto sería necesario varios años antes que la tormenta se presentara. Los vendía a precios que mis vecinos pudiesen pagar y si no, los intercambiaba por café, té o bebidas que se habían convertido en un verdadero lujo. Pero mi máxima alegría consistía en las llamadas telefónicas que recibía de un amor de mi niñez que reapareció después de cincuenta años. Me llamaba tres o cuatro veces por noche, para contarme historias de veleros, de largas caminatas en los veranos, de caballos que se aparecían por la noche, de alacranes, de trenes que volaban sobre los cerros. Me contaba sobre los diamantes que su abuela guardaba en un cofre, de una casa inmensa con muchos dormitorios, de un piano en el subterráneo, de una gran escalera, de una quinta enorme con muchos árboles, con damascos que él mismo cosechaba, de una cabra que enloqueció por comer una planta secreta, de una gaviota que atrapó en la playa y que terminó conviviendo con las gallinas. Me contaba de su primer día de colegio, con frío y con pantalones cortos, apretando su sándwich en sus manitos chiquititas como si fuera el único bien que lo salvaría de todo. Me hablaba durante horas, de cómo su abuela lo metía en su cama cuando él tenía miedo en mitad de la noche, como jugaba a escondidas en el laboratorio del colegio a la hora del recreo. Cómo saltaba las olas en los veranos, con sus hijos sentados sobre sus hombros y cómo se cayó al mar una vez, pero nunca perdió la calma, como creció 27 centímetros en un año y nadie entendía nada. Me habló de un abuelo dueño de barcos, que iban y veían de Europa, me hablaba de días llenos de sol y de la pérdida del paraíso. Me contaba sobre los clanes en Escocia y de la vida en las Islas, de hombres que peleaban muchas batallas y se negaban a la muerte. Me habló también de algunas cosas tristes, de su madre escapando de noche, en la mitad de campo, con tres niños pequeños y uno por nacer, de cómo descubrió que el amor no se construye, sino que se encuentra y supongo que así mismo se abandona, de hijos que dejaron de ser niños, de dolores y de tristezas viejas y secretas. Cuando él me contaba esas historias, el mundo se estaba reacomodando como podía. Era él, el ombligo que me comunicaba con una humanidad perdida y con mi propia humanidad. Me colgué cuatro meses de la luz de un amor que antes no fue y que ahora no podía ser, porque ya no quedaba tiempo. Respiré con un pulmón que no era mío, que ya no lo sería, porque todo perdía sentido como la mesa del comedor y mi esqueleto doblado en un rincón de la carpa. Me saqué por cuatro meses mi traje de lata y fui otra vez la niña que caminaba por los caminos de la prehistoria. Cuando la distancia no se medía en lugares, sino en tiempo. Y ese último día, cuando miré por la ventana, me di cuenta que las hojas estaban cayendo de nuevo, el crujido de su caída llegaba a mi oreja y que mi teléfono nunca más volvería a sonar. Entonces me senté en el sillón del rincón, al lado de la ruda y el palo de agua, y comencé a convertirme en tierra y en abono para ellas. Queriendo ser una con ellas. Esperando silenciosa la lluvia de asteroides anunciada luminosamente por los cometas.
Siempre, indefectiblemente; he estado enamorado de las putas. Son las mejores mujeres. Las más buenas, comprensivas, tolerantes, tiernas, avasallantemente perfectas. Si le cuentas el peor chiste se ríen a carcajadas. Todos tus defectos lo encuentran tolerantes. Si no cumples con lo presupuestado te dicen que no te preocupes, que otra vez será, que todos tenemos una noche de escorpiones. Que todos tenemos una noche para el olvido. Generalmente son más lindas que otras mujeres, como por ejemplo; presidentas, sociólogas o ingenieras. Un día le pregunté a Nancy cómo llegó a trabajar al Salón Vip. Me dijo que su papá quería que fuera Presidenta, que su mamá quería que fuese Socióloga y que su padrino quería que fuera Ingeniera. Y aquí estoy -me dijo- brindándole cariño y amor a la humanidad, trabajando para hacer un mundo mejor. Fue el mejor polvo de mi vida.