Casi todos, en alguna parte del deseo, tenemos inscripta una aeromoza. Melusina del aire. Cleopatra con la nariz presurizada, Ofelia perdida en el espacio, Leonor de Aquitania que regresa veloz del siglo XII, Isolda expandiendo su veneno en vaso de cartón y Helena raptada más allá del sonido, se juntan, en altiva elegancia, pie seguro, impecable falda, una siempre sonrisa mientras el brazo mágico derrama las pastillas de menta. Ella es un aleteo y una negación de la muerte. Hostes, azafata, camarera, en azules, pardos o limones, nos alivia el despegue. Cada grito suyo aligera las millas anunciadas, y crece con velocidad de crucero, la esperada aventura.
Pero la aeromoza siempre es irreal y lejana. De la cabina a la cola, cada vez, su andar es más distante. Dejémonos de cuentos. Nunca ha cruzado fronteras. Desde el SEÑORAS Y SEÑORES, ha indicado límites, aunque cualquiera a la hora de chiclets y café, con arbitraria esperanza, piensa que es para él, únicamente, el gesto peculiar. Después sentirá el malestar típico que causan las alturas, el cinturón difícil de abrochar, un segundo café pedido con malicia. Y ella se sentará entonces al lado, porque milagrosamente, el asiento vecino había quedado vacío y hablará de la próxima ciudad, dirá dónde nació, cuántas horas de vuelo ha realizado, cuáles son sus licores preferidos y a qué hotel llegará (salieron por la noche, cenaron en un pequeño restaurant de italianos, le gustaba oír jazz, y después, una pista pequeña y el baile con la media luz que conocemos y al final… el amor).
Irreal y lejana. Su gorra, su quepis, su cristina, estallan en los ojos. Ocurrido el descenso, separados por la reja en la oficina de extranjería, vemos como se pierde entre el gentío su necessaire con alas y etiquetas. Ni siquiera advirtió nuestro saludo. Y todos le odiamos y amamos mientras el cielo se recobra.







