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Un relato de Ambrose Bierce |
Un hombre fue colgado por el cuello hasta que murió.
Esto sucedió en 1893.
-¿De dónde vienes? -preguntó San Pedro cuando el hombre se presentó a las puertas del Cielo.
-De California -respondió el solicitante.
-Entra, hijo mío; traes noticias que me llenan de alegría.
Una vez que el Hombre entró, San Pedro abrió su libro de apuntes e hizo la siguiente anotación:
"16 de febrero de 1893. California colonizada por los Cristianos".
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Ambrose Bierce: Un ataúd para John Mortenson |
Abandonó la escena, pronunció sus últimas palabras en la gran tragedia de la vida, y calló. John Mortonson estaba muerto.
Su cuerpo podía verse desde la tapa de vidrio de un suntuoso ataúd de caoba. Todo lo pertinente al funeral fue resuelto tan satisfactoriamente que el muerto sin duda lo habría aprobado. Bajo el vidrio sus rostro no desagradaba en absoluto; exhibía una leve sonrisa, como si la muerte hubiese sido plácida, indolora, de modo que el agente de pompas fúnebres no tuvo necesidad de hacer retocar esas beatíficas facciones. El velatorio comenzó a las dos de la tarde; los amigos se reunieron, sin duda para pagar un último tributo de respeto al que ya no necesitaba ni respeto ni amigos. . A cada momento los familiares del extinto se llegaban hasta el ataúd y echaban unas lágrimas sobre aquellos plácidos rasgos que el vidrio protegía. La pasiva actitud del finado los entristecía y no era buena ni para ellos ni para él; en presencia de la muerte de nada valen la razón ni la filosofía.
Alrededor de las dos comenzaron a llegar los amigos, ofreciendo a los compungidos deudos los consuelos propios de la ocasión, para instalarse luego solemnemente en la habitación, conscientes de la importancia de su presencia allí, para que las honras fúnebres fueran más completas.
Más tarde hizo su aparición el sacerdote y, ante su solemne presencia, hasta las luces parecieron eclipsarse por un momento; a su entrada siguió la de la viuda, cuyos gimoteos llenaron todo el espacio. Ella se acercó al féretro y, tras apoyar su cara contra el frío cristal, su hija se encargó de apartarla, conduciéndola suavemente hasta un sillón.
Con voz cavernosa y gemebunda, el sacerdote inició entonces una oración laudatoria en homenaje a Mortonson, y su triste acento, unidos a los sollozos que tan bien estimulaba y sostenía, bajaba y subía de tono como el oleaje de un mar revuelto. La tarde gris, oscura, se ensombrecía más aún mientras el clérigo hablaba; espesos nubarrones cubrieron el cielo y las gotas de lluvia comenzaron a repiquetear. Hasta la naturaleza misma se había puesto a llorar la muerte de John Mortenson.
Tras la plegaria con que finalizó el oficio, se cantó un himno y los portadores del palio se dispusieron a ocupar el sitial.
Al resonar las últimas notas del himno la viuda se dirigió hacía el ataúd, se inclinó sobre él y volvió a sollozar histéricamente. Sin embargo, poco a poco, fue calmándose, reconfortada por la persuasión. Cuando el sacerdote logró apartarla, sus ojos se fijaron en el rostro del muerto debajo del cristal. Entonces alzó los brazos, emitió un agudo chillido y cayó de espaldas, desmayada.
Parientes y amigos se acercaron al ataúd y, cuando el reloj del péndulo de la chimenea dio solemnemente tres campanadas, todos se encontraban mirando el rostro del muerto, aunque de inmediato se apartaron espantados, descompuestos. Al tratar de huir, aterrorizado por aquella visión siniestra, un hombre tropezó pesadamente con el ataúd y derribó sus soportes; el féretro cayó enseguida al suelo y el cristal se hizo añicos.
En ese momento, por una de las aberturas del cristal se deslizó el gato de John Mortenson; saltó perezosamente al suelo, se sentó y, con una pata, como suelen hacer sus congéneres, procedió a limpiarse con parsimonia el hocico, tinto en sangre.
Poco después, abandonó la habitación con toda dignidad.
Su cuerpo podía verse desde la tapa de vidrio de un suntuoso ataúd de caoba. Todo lo pertinente al funeral fue resuelto tan satisfactoriamente que el muerto sin duda lo habría aprobado. Bajo el vidrio sus rostro no desagradaba en absoluto; exhibía una leve sonrisa, como si la muerte hubiese sido plácida, indolora, de modo que el agente de pompas fúnebres no tuvo necesidad de hacer retocar esas beatíficas facciones. El velatorio comenzó a las dos de la tarde; los amigos se reunieron, sin duda para pagar un último tributo de respeto al que ya no necesitaba ni respeto ni amigos. . A cada momento los familiares del extinto se llegaban hasta el ataúd y echaban unas lágrimas sobre aquellos plácidos rasgos que el vidrio protegía. La pasiva actitud del finado los entristecía y no era buena ni para ellos ni para él; en presencia de la muerte de nada valen la razón ni la filosofía.
Alrededor de las dos comenzaron a llegar los amigos, ofreciendo a los compungidos deudos los consuelos propios de la ocasión, para instalarse luego solemnemente en la habitación, conscientes de la importancia de su presencia allí, para que las honras fúnebres fueran más completas.
Más tarde hizo su aparición el sacerdote y, ante su solemne presencia, hasta las luces parecieron eclipsarse por un momento; a su entrada siguió la de la viuda, cuyos gimoteos llenaron todo el espacio. Ella se acercó al féretro y, tras apoyar su cara contra el frío cristal, su hija se encargó de apartarla, conduciéndola suavemente hasta un sillón.
Con voz cavernosa y gemebunda, el sacerdote inició entonces una oración laudatoria en homenaje a Mortonson, y su triste acento, unidos a los sollozos que tan bien estimulaba y sostenía, bajaba y subía de tono como el oleaje de un mar revuelto. La tarde gris, oscura, se ensombrecía más aún mientras el clérigo hablaba; espesos nubarrones cubrieron el cielo y las gotas de lluvia comenzaron a repiquetear. Hasta la naturaleza misma se había puesto a llorar la muerte de John Mortenson.
Tras la plegaria con que finalizó el oficio, se cantó un himno y los portadores del palio se dispusieron a ocupar el sitial.
Al resonar las últimas notas del himno la viuda se dirigió hacía el ataúd, se inclinó sobre él y volvió a sollozar histéricamente. Sin embargo, poco a poco, fue calmándose, reconfortada por la persuasión. Cuando el sacerdote logró apartarla, sus ojos se fijaron en el rostro del muerto debajo del cristal. Entonces alzó los brazos, emitió un agudo chillido y cayó de espaldas, desmayada.
Parientes y amigos se acercaron al ataúd y, cuando el reloj del péndulo de la chimenea dio solemnemente tres campanadas, todos se encontraban mirando el rostro del muerto, aunque de inmediato se apartaron espantados, descompuestos. Al tratar de huir, aterrorizado por aquella visión siniestra, un hombre tropezó pesadamente con el ataúd y derribó sus soportes; el féretro cayó enseguida al suelo y el cristal se hizo añicos.
En ese momento, por una de las aberturas del cristal se deslizó el gato de John Mortenson; saltó perezosamente al suelo, se sentó y, con una pata, como suelen hacer sus congéneres, procedió a limpiarse con parsimonia el hocico, tinto en sangre.
Poco después, abandonó la habitación con toda dignidad.
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Léxico negro de Ambrose Bierce |
Aire: Sustancia nutritiva con la que la generosa providencia engorda a los pobres.
Amor: Insanía temporal, curable mediante el matrimonio.
Ambidextro: Sujeto capaz de robar con igual habilidad de un bolsillo derecho o de uno izquierdo.
Año: Período de 365 desengaños.
Bella Donna: En italiano mujer hermosa; en inglés, veneno mortal. Notable ejemplo de la identidad esencial de ambos idiomas.
Cínico: Ser miserable cuya defectuosa vista le hace ver las cosas como son y no como debieran ser.
Diplomacia: Arte de mentir en nombre del país.
Egoísta: Persona de mal gusto que se interesa más por si mismo que por mí?.
Filosofía: Camino de muchos ramales que conducen de ninguna parte a la nada.
Gato: Elemento blando e indestructible que nos da la naturaleza para que lo pateemos cuando las cosas andan mal.
Historiador: Chismoso de envergadura.
Homicidio: Muerte de un ser humano por otro ser humano. Hay cuatro clases de homicidios. Alevoso, excusable, justificable y encomiable. Al muerto no le importa mucho si lo incluyen en una o en otra clase. La distinción es para uso de abogados.
Risa: Convulsión interna que provoca una distorsión de los rasgos faciales y se acompaña con ruidos inarticulados. Es contagiosa y, aunque intermitente, incurable.
Santo: Pecador fallecido, revisado y editado.
Sobre: Ataúd de un documento; camiszón de una carta de amor.
Solo: En mala compañí?a.
Tenedor: Instrumento usado principalmente para llevarse animales muertos a la boca.
Ultimatúm: En diplomacia, exigencia final antes de acudir a las concesiones.
Universalista: El que renuncia a las ventajas del Infierno, a favor de los creyentes de otra religión.
Veraz: Tonto e iletrado.
LÉXICO NEGRO DE PHILIP VAN PYRE
Anestesia: Conjunto de drogas que privan a los enfermos y operados del perdurable placer del dolor.
Asesinato: Suspensión ilegal y generalmente brusca de las tareas respiratorias y digestivas de un organismo humano.
Ataúd: Departamento estrecho de un solo ambiente, utilizado por personas con escasas posibilidades de movimiento.
Sangre: Elemento natural, lí?quido y tibio, que en ocasiones alguien usa para beber.
Drácula: Alguien.
Cadáver: Tiempo futuro, de muchos presentes, de variado pasado.
Cementerio: Lugar de reunión pública. Pese al continuo tránsito y animación que lo rodea, se lo llama lugar de eterno reposo.
Epitafio: Frase hiprócrita que trata de encontrar algún sentido a una vida ya muerta.
Enfermo: Individuo egoí?sta que siempre encuentra motivos para pensar solamente en sí? mismo.
Manso: Incapaz de ser odioso.
Heredero: Persona a la cual esperando una muerte se le va la vida.
Verdugo: Empleado administrativo sin horario fijo pero muy bien pagado. Suele ser autodidacto.
Agonía: Afortunado punto final de una enfermedad.
Cirujano: Individuo que trabaja con las manos tintas en sangre e infiere profundas heridas, con instrumentos cortantes, a gente que yace inerme bajo sus manos. La sociedad lo aplaude y ensalza.
Obstetra: Individuo que trabaja con las manos tintas en sangre, junto a mujeres que yacen inermes. La Sociedad lo ampara y protege..
Carnicero: Individuo que trabaja con las manos tintas en sangre, mata y descuartiza animales generalmente inermes. La Sociedad lo admite y alienta.
Granada: Elemento cuya explosión, en el lugar indicado, produce individuos tintos en sangre, que quedan inermes. La Sociedad la produce y vende.
Asesino: Individuo cuya actividad lo conduce a tener las manos tintas en sangre y a eliminar personas generalmente inermes. La Sociedad lo condena y persigue.
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