| Jhon Stanislaus Joyce, padre de James Joyce. |
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James Joyce: Mi padre |
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El tigre de la memoria |

La reciente publicación del libro "El tigre de la memoria" de Hugo Vera Miranda ha remecido el ambiente literario y político, suscitando una serie de comentarios que pasamos a reproducir brevemente.
"Quién va a creer que escribió un libro, si siempre ha sido medio leso".
Clementina Arias, ex profesora de Hugo Vera.
"No creo que venda más allá de 300 ejemplares, de mi libro "El día decisivo" se vendieron 15.000.000 de ejemplares y gané 15 millones de dólares".
Augusto Pinochet, dictador vitalicio.

"El poema "Alejandra" me lo dedicó a mí"
Alejandra Pizarnik, poeta argentina.
"El libro de Vera bien vale una misa".
Napoleón.
"Vera Miranda; no toque la pantalla del computador".
Zoila Pérez, bibliotecaria.
"Está escrito con la mano de Dios. Vera es un pibe que se las trae".
Diego Armando Maradona.
"Sin duda es un libro de mucho peso"
Ariel Carrera, cartero que le llevó a Vera los libros hasta su casa.
"El poema "Alejandra" me lo dedicó a mí"
Alejandra Basoalto, poeta chilena
"Si escribe como folla, me leo el libro tres veces al hilo"
Margarita Tecla, conocida de Hugo Vera.
"Cómo va a escribir un libro este tipo si vive a la vuelta de mi casa".
"Chendo" Silva, que vive a la vuelta de la casa de Vera.
"Aquiles corre diez veces más ligero que la tortuga y le da una ventaja de diez metros. Aquiles corre esos diez metros, la tortuga corre uno; Aquiles corre ese metro, la tortuga corre un decímetro; Aquiles corre ese decímetro, la tortuga corre un centímetro; Aquiles corre ese centímetro, la tortuga un milímetro y al final, Aquiles, la tortuga y yo corremos para comprar el libro de Hugo"
Jorge Luis Borges, escritor.
"La poesía de Vera siempre es una fiesta"
Ernest Hemingway, narrador.
“Hugo Vera Miranda no es solo una cara bonita”.
Julia Roberts, actriz.
"Hugo será el protagonista de mi próxima película, gracias a Inmaculada por enlazar mi blog volver".
Pedro Almodóvar, pedro almodóvar.
"Los poemas de Vera son intensos, emocionantes, con humor, sabiduría, profunda sencillez".
Esteban Navarro, poeta de Reumén.
"Memoria… memoria… no; no recuerdo haber leído ese título"
Hans Altzheimer.
"Si la Roja tuviera la contundencia de los poemas de Hugo Vera, clasificaríamos sin ningún problema".
Acosta, seleccionador uruguayo de la selección chilena.
"El poema "Alejandra" me lo dedicó a mí"
Alejandro Toledo, presidente peruano.
"Después de leer sus poemas no me temblará la mano para darle el indulto".
Ricardo Lagos.
"Vera es el poeta de la libertad. De la calle Libertad".
Gangas, inspector municipal.
"Yo le dije a Vera Miranda cuando vino a mi programa; que "mi programa trae suerte".
Mirtha Legrand. 87 años, tres meses, cuatro días.
Actualización, 15/09/05: 87 años, tres meses, 8 días, 6 horas, 23 minutos, 40 segundos
"El tigre de la memoria es un aporte al conocimiento de la fauna magallánica".
Pedro "Gato" León Magaña, periodista deportivo.
"Después de leer a Vera decidí dejar de escribir".
J. D. Salinger.
"Ahora cualquiera escribe un librito de 60 páginitas y ya se cree poeta".
Un familiar cercano al poeta.
"No me gusta salir mezclada en un poema con un tipo como Tom Waits. Iniciaré acciones legales"
La Madre Teresa, la madre teresa.
"Ez uno de los mejores de su jenerazion".
Sergio Bitar, ministro de educación.
"Quién va a creer que escribió un libro, si siempre ha sido medio leso".
Clementina Arias, ex profesora de Hugo Vera.
"No creo que venda más allá de 300 ejemplares, de mi libro "El día decisivo" se vendieron 15.000.000 de ejemplares y gané 15 millones de dólares".
Augusto Pinochet, dictador vitalicio.

"El poema "Alejandra" me lo dedicó a mí"
Alejandra Pizarnik, poeta argentina.
"El libro de Vera bien vale una misa".
Napoleón.
"Vera Miranda; no toque la pantalla del computador".
Zoila Pérez, bibliotecaria.
"Está escrito con la mano de Dios. Vera es un pibe que se las trae".
Diego Armando Maradona.
"Sin duda es un libro de mucho peso"
Ariel Carrera, cartero que le llevó a Vera los libros hasta su casa.
"El poema "Alejandra" me lo dedicó a mí"
Alejandra Basoalto, poeta chilena
"Si escribe como folla, me leo el libro tres veces al hilo"
Margarita Tecla, conocida de Hugo Vera.
"Cómo va a escribir un libro este tipo si vive a la vuelta de mi casa".
"Chendo" Silva, que vive a la vuelta de la casa de Vera.
"Aquiles corre diez veces más ligero que la tortuga y le da una ventaja de diez metros. Aquiles corre esos diez metros, la tortuga corre uno; Aquiles corre ese metro, la tortuga corre un decímetro; Aquiles corre ese decímetro, la tortuga corre un centímetro; Aquiles corre ese centímetro, la tortuga un milímetro y al final, Aquiles, la tortuga y yo corremos para comprar el libro de Hugo"
Jorge Luis Borges, escritor.
"La poesía de Vera siempre es una fiesta"
Ernest Hemingway, narrador.
“Hugo Vera Miranda no es solo una cara bonita”.
Julia Roberts, actriz.
"Hugo será el protagonista de mi próxima película, gracias a Inmaculada por enlazar mi blog volver".
Pedro Almodóvar, pedro almodóvar.
"Los poemas de Vera son intensos, emocionantes, con humor, sabiduría, profunda sencillez".
Esteban Navarro, poeta de Reumén.
"Memoria… memoria… no; no recuerdo haber leído ese título"
Hans Altzheimer.
"Si la Roja tuviera la contundencia de los poemas de Hugo Vera, clasificaríamos sin ningún problema".
Acosta, seleccionador uruguayo de la selección chilena.
"El poema "Alejandra" me lo dedicó a mí"
Alejandro Toledo, presidente peruano.
"Después de leer sus poemas no me temblará la mano para darle el indulto".
Ricardo Lagos.
"Vera es el poeta de la libertad. De la calle Libertad".
Gangas, inspector municipal.
"Yo le dije a Vera Miranda cuando vino a mi programa; que "mi programa trae suerte".
Mirtha Legrand. 87 años, tres meses, cuatro días.
Actualización, 15/09/05: 87 años, tres meses, 8 días, 6 horas, 23 minutos, 40 segundos
"El tigre de la memoria es un aporte al conocimiento de la fauna magallánica".
Pedro "Gato" León Magaña, periodista deportivo.
"Después de leer a Vera decidí dejar de escribir".
J. D. Salinger.
"Ahora cualquiera escribe un librito de 60 páginitas y ya se cree poeta".
Un familiar cercano al poeta.
"No me gusta salir mezclada en un poema con un tipo como Tom Waits. Iniciaré acciones legales"
La Madre Teresa, la madre teresa.
"Ez uno de los mejores de su jenerazion".
Sergio Bitar, ministro de educación.
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André Breton: Unión Libre |
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| En la foto, André Breton, Diego Rivera y Leon Trotsky, México 1938. |
Mi mujer con la cabellera de fuego de los bosques
Con pensamientos de relámpago de calor
Con su talle de reloj de arena
Mi mujer con su talle de nutria en los dientes del tigre
Mi mujer con la boca de escarapela y de ramillete
de estrellas de un ínfimo tamaño
Con dientes de huellas de ratones blancos en la tierra blanca
Con la lengua de ámbar y vidrio frotados
Mi mujer con la lengua de hostia apuñalada
Con la lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
Con la lengua de piedra increíble
Mi mujer con pestañas de palotes de escritura de niño
Con sus cejas de borde de nido de golondrina
Mi mujer con sus sienes de pizarra en un techo de invernadero
Y de vaho en los vidrios
Mi mujer con hombros de vino de champaña
Y de frente con cabeza de delfines bajo la nieve
Mi mujer con muñecas de fósforos
Mi mujer con dedos de azar y de as de copas
Con sus dedos de heno cortado
Mi mujer con axilas de marta y de bellotas
De noche de San Juan
De alheña
Con sus brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de mezcla de trigo y de molino
Mi mujer con piernas de cohete
Con sus movimientos de relojería y desesperación
Mi mujer con pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer con sus pies de iniciales
Con pies de manojo de llaves con pies de canarios blancos que beben
Mi mujer con cuello de cebada imperlada
Mi mujer con su garganta de Valle de Oro
Que se cita en el lecho mismo del torrente
Con sus senos de noche
Mi mujer con senos de albergue marino de topos
Mi mujer con senos de crisol de rubíes
Con sus senos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer con vientre del despliegue del abanico de los días
Con su vientre de garra gigantesca
Mi mujer con espalda de pájaro que en vertical escapa
Con espalda de plata viva
Con espalda de luz
Con la nuca de canto rodado y de tiza mojada
Y de caída de un vaso donde se acaba de beber
Mi mujer con caderas de barquilla
Con caderas de araña y de rabo de flechas.
Y de tallo de plumas de pavo real blanco
De balanza insensible
Mi mujer con nalgas de arenisca y de amianto
Mi mujer con nalgas de tomo de cisne
Mi mujer con nalgas de primavera
Con sexo de espadaña
Mi mujer con sexo de arenal de oro y de ornitorrinco
Mi mujer con sexo de alga y de viejo bombón
Mi mujer con sexo de espejo
Mi mujer con ojos llenos de lágrimas
Con ojos de panoplia violeta y de aguja imantada
Mi mujer con ojos de sábana
Mi mujer con ojos de agua para beber en la cárcel
Mi mujer con ojos de bosques siempre bajo el hacha
Con ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego.
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surrealismo
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Confesiones de un detective privado |
Heredia no ha muerto ni descansa. El inagotable sabueso surgido de la pluma de Ramón Díaz Eterovic fue sorprendido en un bar cuyas señas dejaremos en la nebulosa, donde al abrigo de una buena copa contestó las interrogantes planteadas por los reporteros de la revista La Calabaza del Diablo.
Inmaculada Decepción rescata este texto, la primera y tal vez última entrevista concedida por Heredia.
¿Qué nos puedes decir de Federico Gordon?
Gordon es un abogado de la Contraloría General de la República al que asesinan porque elabora un informe que desenmascara la corrupción que hay detrás de la construcción de un gasoducto internacional que traerá perjuicios ecológicos. Es una víctima de un país que, en ciertas situaciones, no acepta la verdad ni la honradez. Si quieren saber más de él lean Los siete hijos de Simenon. No pretenderán que les cuente la novela.
¿Qué te gusta y que añoras de la noche santiaguina?
Amo sus bares que prolongan la noche con sus luces y promesas de encuentros inesperados. La democrática arquitectura de sus mesas de acrílico, donde se apoyan por igual las tristezas del oficinista, la dependienta de los grandes almacenes, los obreros y las secretarías uniformadas. Amo la dulzura de una copa de vino tinto mientras una joven camarera sonríe con la liviandad de las burbujas. Amo aquellos espacios en que mis ojos registran los rostros de seres anónimos y donde, en noches de fortuna, conozco a las muchachas más solas y tiernas de la ciudad.
Cuéntanos de tu picada favorita.
El bar City, en la calle Compañía, a pocos metros de la Plaza de Armas. Conserva sus mesas de madera, es tranquilo, preparan buenos tragos y los mozos son amables. A veces también entro al bar Unión o al Central, en la calle San Pablo. Y si la necesidad apremia, cualquier boliche me parece bien.
A la luz de tus últimas correrías, ¿los corruptos de ahora son más peligrosos que los de hace quince o veinte años?
Los corruptos son peligrosos en todas las épocas. Los antiguos se confunden con los nuevos y al final, los que siempre pierden son los ciudadanos comunes y corrientes que no tienen medios para defenderse.
¿No temes que alguno de tus antiguos enemigos te cobre una cuenta del pasado?
Es un riesgo latente, pero no me inquieta. Soy sólo un personaje marginal al que le gusta husmear en las vidas ajenas y al que le interesa estar en paz con su conciencia.
¿Cuál es el ser más leal que has conocido y qué le debes?
Nombraría a dos. Mi gato Simenon que me da compañía y buenos consejos; y Dagoberto Solís, un tira amigo, que me enseñó los trucos del oficio y me salvó la vida en la novela Angeles y solitarios.
¿Cuántas vidas tiene Heredia?
Mis vidas literarias hasta ahora son diez. Desde La ciudad está triste que se publicó en 1987, hasta A la sombra del dinero publicada a comienzos del año 2005. Entre ambas novelas se encuentran: Solo en la oscuridad, Nadie sabe más que los muertos, Angeles y solitarios , Nunca enamores a un forastero, El ojo del alma, El color de la piel y El hombre que pregunta. Díaz Eterovic suele decir que no escribirá más sobre mis historias, pero siempre le doblo la mano y consigo que se ponga a trabajar en mis aventuras. Sé que en estos días terminó de escribir una nueva novela sobre mis andanzas, llamada El segundo deseo.
¿Te has imaginado idealmente jubilado?
No. Me imagino investigando hasta el último de mis días, viviendo en un hospicio de esos a los que van a parar los viejos a los que nadie quiere, en compañía de mis libros y mi música, añorando a mi gato Simenon y a las mujeres que he amado.
Descríbenos tu pareja ideal...
Una mujer que entienda cómo soy y que no intente cambiarme. Que me ame y me permita amarla. Una mujer que ame a los gatos, la música de Mahler y las carreras de caballos. ¿Está difícil, o no?
Podrías definirnos en dos palabras a tu mentor Díaz Eterovic.
Es un amigo que sabe escuchar mis cuitas y que me ha dado la oportunidad de tener otros amigos a través de las mentiras que narra sobre mí. Pero lo disculpo, sé que los escritores son fabuladores, y él no es la excepción. Lo que detesto de él es que me invita a beber unas copas y no paga las cuentas. Se marea a la primera copa y olvida abrir su billetera.
¿Porque nunca dices tu nombre real a nadie?
Se lo he dicho a una que otra amante ocasional. Pero, por lo general no me gusta decir mi nombre y prefiero que todos me conozcan como Heredia a secas. Aunque en una próxima novela es probable que se diga algo al respecto.
¿No te parece un poco extraño hablar con un gato?
No, en absoluto. Es común que la gente que tiene mascotas y que vive sola hable con sus animales. Es algo que he visto hacer con frecuencia en mucha gente. Me sirve para ordenar mis ideas, para discutir conmigo mismo y para no sentirme tan solo.
En una película o serie de televisión, ¿qué actor te gustaría que te representara?
De Niro, Al Pacino o Claudio Arredondo. Tres actores que sabrían representarme a la perfección.
Inmaculada Decepción rescata este texto, la primera y tal vez última entrevista concedida por Heredia.
¿Qué nos puedes decir de Federico Gordon?
Gordon es un abogado de la Contraloría General de la República al que asesinan porque elabora un informe que desenmascara la corrupción que hay detrás de la construcción de un gasoducto internacional que traerá perjuicios ecológicos. Es una víctima de un país que, en ciertas situaciones, no acepta la verdad ni la honradez. Si quieren saber más de él lean Los siete hijos de Simenon. No pretenderán que les cuente la novela.
¿Qué te gusta y que añoras de la noche santiaguina?
Amo sus bares que prolongan la noche con sus luces y promesas de encuentros inesperados. La democrática arquitectura de sus mesas de acrílico, donde se apoyan por igual las tristezas del oficinista, la dependienta de los grandes almacenes, los obreros y las secretarías uniformadas. Amo la dulzura de una copa de vino tinto mientras una joven camarera sonríe con la liviandad de las burbujas. Amo aquellos espacios en que mis ojos registran los rostros de seres anónimos y donde, en noches de fortuna, conozco a las muchachas más solas y tiernas de la ciudad.
Cuéntanos de tu picada favorita.
El bar City, en la calle Compañía, a pocos metros de la Plaza de Armas. Conserva sus mesas de madera, es tranquilo, preparan buenos tragos y los mozos son amables. A veces también entro al bar Unión o al Central, en la calle San Pablo. Y si la necesidad apremia, cualquier boliche me parece bien.
A la luz de tus últimas correrías, ¿los corruptos de ahora son más peligrosos que los de hace quince o veinte años?
Los corruptos son peligrosos en todas las épocas. Los antiguos se confunden con los nuevos y al final, los que siempre pierden son los ciudadanos comunes y corrientes que no tienen medios para defenderse.
¿No temes que alguno de tus antiguos enemigos te cobre una cuenta del pasado?
Es un riesgo latente, pero no me inquieta. Soy sólo un personaje marginal al que le gusta husmear en las vidas ajenas y al que le interesa estar en paz con su conciencia.
¿Cuál es el ser más leal que has conocido y qué le debes?
Nombraría a dos. Mi gato Simenon que me da compañía y buenos consejos; y Dagoberto Solís, un tira amigo, que me enseñó los trucos del oficio y me salvó la vida en la novela Angeles y solitarios.
¿Cuántas vidas tiene Heredia?
Mis vidas literarias hasta ahora son diez. Desde La ciudad está triste que se publicó en 1987, hasta A la sombra del dinero publicada a comienzos del año 2005. Entre ambas novelas se encuentran: Solo en la oscuridad, Nadie sabe más que los muertos, Angeles y solitarios , Nunca enamores a un forastero, El ojo del alma, El color de la piel y El hombre que pregunta. Díaz Eterovic suele decir que no escribirá más sobre mis historias, pero siempre le doblo la mano y consigo que se ponga a trabajar en mis aventuras. Sé que en estos días terminó de escribir una nueva novela sobre mis andanzas, llamada El segundo deseo.
¿Te has imaginado idealmente jubilado?
No. Me imagino investigando hasta el último de mis días, viviendo en un hospicio de esos a los que van a parar los viejos a los que nadie quiere, en compañía de mis libros y mi música, añorando a mi gato Simenon y a las mujeres que he amado.
Descríbenos tu pareja ideal...
Una mujer que entienda cómo soy y que no intente cambiarme. Que me ame y me permita amarla. Una mujer que ame a los gatos, la música de Mahler y las carreras de caballos. ¿Está difícil, o no?
Podrías definirnos en dos palabras a tu mentor Díaz Eterovic.
Es un amigo que sabe escuchar mis cuitas y que me ha dado la oportunidad de tener otros amigos a través de las mentiras que narra sobre mí. Pero lo disculpo, sé que los escritores son fabuladores, y él no es la excepción. Lo que detesto de él es que me invita a beber unas copas y no paga las cuentas. Se marea a la primera copa y olvida abrir su billetera.
¿Porque nunca dices tu nombre real a nadie?
Se lo he dicho a una que otra amante ocasional. Pero, por lo general no me gusta decir mi nombre y prefiero que todos me conozcan como Heredia a secas. Aunque en una próxima novela es probable que se diga algo al respecto.
¿No te parece un poco extraño hablar con un gato?
No, en absoluto. Es común que la gente que tiene mascotas y que vive sola hable con sus animales. Es algo que he visto hacer con frecuencia en mucha gente. Me sirve para ordenar mis ideas, para discutir conmigo mismo y para no sentirme tan solo.
En una película o serie de televisión, ¿qué actor te gustaría que te representara?
De Niro, Al Pacino o Claudio Arredondo. Tres actores que sabrían representarme a la perfección.
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ramón díaz eterovic
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Alberto Girri |
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| Retrato de Greta Garbo por Arnold Genthe. |
Lunes 22
El retrato de Greta Garbo por Arnold Genthe. Espiritual hasta la despersonalización, comenta la leyenda que acompaña a la imagen. Gente se concentró en el cuello, y en la mano apoyada en el cuello. Eliminó la cara, reduciéndola a la purísima línea de la mandíbula. Muy "artístico", artificial, sin dudas, pero a la vez el milagro de que no haya allí nada de ese exceso de tensión muscular, notable aun en los mejores retratos. Y, desde luego, la virtual supresión de la cara no resulta en extravagancia, sino en preocupación simbólica. Descartado el rostro, la personalidad se anula. Deja paso a la esencia. La mujer cisne.
Diario de un libro, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1972.
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alberto girri
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Edmundo Paz Soldán: Volvo |
A Jorge Benavides
A principios de los ochenta fui con mi curso en un viaje de promoción a Sucre y Tarija. Teníamos el propósito manifiesto de conocer más del país, chiquillos que vivíamos en el vacío creado por la campana de vidrio de la clase media cochabambina; todavía no se había puesto de moda eso de viajar a Bávaro o a otras playas caribeñas, pero seguro lo habríamos hecho si la espiral hiperinflacionaria de ese tiempo nos lo hubiera permitido. Conocer el país era apenas una excusa para encontrar un paisaje diferente a la hora del alcohol.
Durante las vacaciones de invierno estuvimos tres días en Sucre y una semana en Tarija. En Sucre descubrimos que la Casa de la Libertad era mucho más pequeña de lo creíamos, pero lo más notable fue coincidir con la promoción del Uboldi de Santa Cruz. Con Conejo y Mauricio nos acercamos a tres chicas sentadas en un banco de la plaza tomando helado. Para nuestra felicidad, nos enteramos de que estarían al mismo tiempo que nosotros en Tarija. Lilibeth tenía pichicas y una sonrisa que hacía florecer hoyuelos en sus mejillas. Me regaló una foto carnet dedicada que llevé en mi billetera incluso años después de que le perdiera el rastro.
En Tarija conseguimos alojamiento en un galpón que se utilizaba para prácticas de gimnasia en el estadio de fútbol. Éramos veintinueve, habíamos conseguido ese recinto gracias al Chavo, el profesor de Educación Física que viajaba con nosotros y era responsable del grupo. El Chavo era bajito y pícaro, hasta ahora no entiendo cómo logró que los padres salesianos le dieran un cargo con tanta responsabilidad. De hecho, durante nuestra primera visita a la plaza principal una mañana de miércoles, el Chavo decidió que había que celebrar nuestra llegada metiéndose con ropa a la fuente. Fue el primero en entrar, le siguieron cinco alumnos. Los tarijeños que pasaban por allí nos miraron con algo de suspicacia.
Al atardecer, los jóvenes iban y venían por los amplios paseos de mosaico en la plaza, tocaban guitarra bajo las palmeras o jugaban al truco mientras mateaban o comían bollos calientes. Allí me encontré con Volvo; daba vueltas en una camioneta y estacionó en doble fila sin preocuparse de la llamada de atención de un varita. Se bajó y me abrazó con efusión. Lo había conocido en una discoteca en Cochabamba, ciudad en la que vivían sus primos hermanos y a la que viajaba con frecuencia. Me encanta cocha, decía, las mozas son más abiertas. Era muy popular porque era alto, tenía las espaldas anchas y el cabello negro ensortijado, la nariz recta y los labios carnosos; mi hermana decía "es muy churro, nadie de Cocha está a su nivel". Había tenido varios problemas en Cochabamba; decían le gusta serruchar el piso, no respeta a nadie, busca a chicas que ya tienen pareja. No creo que molestara tanto su estilo, sino el hecho de que con frecuencia las chicas se fueran con él.
Volvo estaba fumando. Me preguntó dónde nos alojábamos. En el estadio, le dije. Hizo una mueca traviesa, me dijo con su cantarín acento chapaco:
--La hija del cuidador siempre está rondando. Es negrita, fiera, chaqueña. No habla la imilla, creo que es muda, pero le gusta cojer si eres un niño bien. Cuando estamos necesitados y no sale nada la vamos a buscar y nos la llevamos en auto por ahí.
Le agradecimos el dato. Nos dijo la disco de moda es El Cuervo, nos veremos allá el viernes, y volvió a su camioneta. El varita le había puesto una multa en el parabrisas; la hizo pedazos y partió.
Al día siguiente me encontré con Lilibeth en la puerta del hotel Victoria, donde se quedaba su promoción. Le regalé una rosa blanca que me había robado de la plaza, fuimos a un restaurante a comer chili con carne. Me invitó a una guitarreada que unos tarijeños habían organizado para sus amigas. Tomás me acompañó a una casa cerca de la iglesia de San Roque. A los chapacos no les gustó que llegaran chicos que no habían sido invitados. Nos sentimos incómodos y le dijimos a Lilibeth que nos iríamos; ella se solidarizó y decidió irse con nosotros. Esa noche la besé cerca del busto de Aniceto Arce en la plaza.
El viernes por la mañana vi a la hija muda del cuidador merodeando con el galpón y se lo dije a Conejo. Más me hubiera valido callarme. Conejo se le acercó; en la distancia observé que le hablaba. Al rato volvió y me dijo que tenía todo arreglado. Apenas viera salir al Chavo rumbo a una visita a la Catedral, ella entraría al galpón. Él la estaría esperando metido en su sleeping bag sobre su catre. Ella no había hablado, pero movió la cabeza afirmativamente cuando él le hizo la propuesta.
El Chavo y un grupo de diez alumnos salieron de paseo a las once. Hubiera querido ir, pero pudo más la curiosidad y me quedé. Al rato la hija del cuidador, descalza y con una falda larga azul, se apoyó en la puerta del galpón. Uno de los chicos que sabía lo que iba a ocurrir le indicó el catre de Conejo. Ella se acercó. Echado sobre mi sleeping bag a cincuenta metros de donde estaban, me hice al que leía una novela de Sábato. La chica no debía tener más de trece años; se desnudó, asomaron sus pechos como tímidas formaciones arenosas. Se metió en el sleeping bag de Conejo. Al rato, los que nos encontrábamos en el galpón comenzamos a escuchar los gemidos de ambos; los de ella eran guturales, desesperados, comunicaban angustia y desesperación en vez de placer.
No pude aguantar más y salí. No encontré al grupo. Tampoco estaba Lilibeth en la plaza. Recorrí la ciudad por mi cuenta, traté de distraerme admirando sus balcones coloniales, la placidez de sus calles, el ritmo aletargado con que la gente discurría por la vida.
Volví al estadio a la una de la tarde. Tomás no me dejó entrar al galpón. Me dijo que esperara mi turno. ¿Qué turno? La hija del cuidador seguía allí adentro.
--Nueve ya se han servido de ella. Yo soy el siguiente. Si quieres vas a tener que anotarte. El Conejo está llevando la lista.
--No puede hablar. ¿Cómo saben si quiere?
--Mal no lo está pasando, te lo aseguro. ¿Te animas?
Escuché gritos en el galpón y le dije que no me interesaba. Entré al estadio, me senté en las graderías de cemento mirando la cancha vacía, el césped ralo. ¿Debía volver, intervenir? ¿Qué ganaría? Defensor de causas perdidas, me habían dicho mis amigos y hermanos tantas veces con un tono burlón que al final mis buenas intenciones habían terminado convirtiéndose en una caricatura tan despiadada como certera.
Dejé que pasaran los minutos sin levantarme de las graderías. No quería que mis compañeros pensaran que era un mojigato.
Cuando volví me encontré con el Conejo en la puerta. A Tomás le había llegado su turno.
--¿Te vas a animar?
--¿Qué tal… qué tal está la chaqueña?
--Tiene buen cuero y se mueve mucho, pero sus gritos medio que me ponen nervioso.
--¿Vale la pena? -dije con un tono de que sabía de esas cosas, yo que apenas me había iniciado cuatro meses atrás, con una morena del Kalvert que me había llevado a un motel sin que se lo preguntara y que incluso tenía condones en su cartera. Con ella había tenido tres encuentros en moteles, dos de ellos dignos del olvido.
--En tiempos de guerra cualquier aujero es trinchera. Ajá, te estás animando pendejo. Pero tienes que esperar un montón.
--Yo te pasé el dato. Cuántas veces te he hecho copiar en los exámenes. Si lo pienso mucho ya no voy a querer.
El Conejo dudó. Luego hizo una sonrisa pícara.
--Sólo porque eres medio cartucho -anotó mi nombre en la parte superior de la lista.
Llegamos al Cuervo después de haber tomado varias botellas de vino bajo el molle de una plazuela. Hicimos un juramento de que lo ocurrido con la hija del cuidador no saldría de Tarija. Ni siquiera al Chavo se le contaría nada, ni en chiste. Al que hablaba le esperaba una pateadura para que se acordara el resto de su vida.
A la entrada de la disco había una aglomeración. Comenzamos a empujar con mis compañeros; terminé en la primera fila y logré entrar junto a Mauricio y Tomás. Pagué mi entrada, me di la vuelta, vi que varios estaban todavía perdidos en la aglomeración. En ese momento llegó el Volvo con sus amigos. También habían estado tomando, se les notaba en los ojos. Se me ocurrió que Volvo debía saber lo que su sugerencia había ocasionado. No diría nada, pero me tentaba hacerlo. Seguro se reiría.
--¿Quién te ha dejado salir hasta tan tarde? -me gritó, sonriente--. Ya deberías estar en pijamas a esta hora.
--El que debería haberse quedado en su casa eres tú -le seguí la broma--. ¿No te has visto la cara de wawa?
--¿Y quién carajos sos vos para decirme eso? ¡Esperá nomás a que te agarre, no me aguantás una pasada!
Su rostro se transformó; dejé de reconocerlo como un amigo y lo vi como un borracho ofendido en su hombría. Trató de abrirse paso entre la muchedumbre para alcanzarme. Me llevaba una cabeza, se me ocurrió que lo mejor era esconderme en la oscuridad del Cuervo. Las del Uboldi estaban bailando solas en la pista. Una de ellas me señaló a Lilibeth en una mesa en el rincón. Me senté a su lado, le pedí que me abrazara.
--¿Pasa algo?
--Ha sido un día muy largo.
Me besó y sentí que lo que debía haber hecho apenas llegué a Tarija debía haber sido buscar a Lilibeth, olvidarme de Volvos y compañeros y no separarme de ella ni un instante.
Al rato un policía se me acercó y me preguntó si era de la delegación cochabambina. Asentí.
--Tiene que salir. Los vamos a escoltar hasta su alojamiento.
--¿Escoltar?
--Me ha oído bien. Rápido rápido, por favor.
Me despedí de Lilibeth con un beso casual y fugaz. Estaba nervioso, y no sabía que nunca más la volvería a ver.
A la salida descubrí que había habido una pelea campal entre tarijeños y mis compañeros de curso. Volvo, al tratar de agarrarme, había empujado al Salvaje, un beniano fornido que estaba con nosotros desde primero medio. El Salvaje se dio la vuelta y le gritó pedí disculpas carajo; Volvo respondió con un puñetazo en la cara. Mis compañeros salieron en defensa del Salvaje. Saltaron los amigos de Volvo y se les unieron otros chapacos. Fue una pelea desigual. El Salvaje terminó con dos costillas rotas; otros tenían contusiones en el cuerpo y cortes en la cara. Los tarijeños no paraban de gritar que el petróleo era de ellos, podían ser una región rica si no fuera que nosotros nos lo llevábamos todo.
Escoltados por la policía, cabizbajos, nos alejamos del Cuervo entre insultos y volvimos al estadio en la oscura medianoche por calles de tierra y de losetas. Nos detuvimos en un hospital semidesierto para que un par de compañeros recibiera atención. Me pregunté qué me diría Volvo la siguiente vez que lo viera en Cochabamba, tomando helados con sus primos en El Prado o acaso con alguna chica, quizás mi hermana.
Dos años después, el Salvaje volvió a Tarija con dos amigos. Lo esperaron a Volvo en la puerta de su casa. Lo agarraron a golpes con una vara de acero, le dieron de patadas en el suelo. Volvo estaba borracho y, a pesar de lo grande y fuerte que era, no tuvo tiempo de reaccionar; imploró perdón hasta que la sangre que salía por su boca le impidió hablar. Un testigo afirma que escuchó al Salvaje ordenar a sus amigos golpearlo en la cara hasta que ni sus papás lo reconocieran. No lograron su objetivo: sus papás pudieron reconocerlo en el hospital; sin embargo, no sirvió de mucho porque Volvo no podía contestarles con una tibia sonrisa, un leve movimiento de la mano o una palabra. Había entrado en un coma profundo del que, veinte años después, todavía no ha salido.
El Salvaje se escapó del país, uno de sus hermanos me dijo que al Brasil.
Ya no me queda casi nada de ese viaje de promoción. Recuerdo el nombre Lilibeth, pero no la forma en que besaba ni su rostro ni su silueta ni su voz. De tiempo en tiempo se me aparece, de la nada, la hija muda del cuidador. Abre la boca, intenta hablarme, pero su lengua es un pedazo sanguinolento de carne. A ella trato de olvidarla, pero no puedo.
Alguna vez pensé que Volvo había cosechado lo sembrado, que los caminos del Señor eran extraños y habían logrado unir lo ocurrido con la hija del cuidador con el destino fatal de Volvo. Ahora ya no. Me he quedado sin ese consuelo, y en ciertas tardes largas y noches insomnes de esta ciudad que ya no es Cochabamba busco en vano un sosiego que me dé respiro.
*Cuento inédito de Edmundo Paz-Soldán
Durante las vacaciones de invierno estuvimos tres días en Sucre y una semana en Tarija. En Sucre descubrimos que la Casa de la Libertad era mucho más pequeña de lo creíamos, pero lo más notable fue coincidir con la promoción del Uboldi de Santa Cruz. Con Conejo y Mauricio nos acercamos a tres chicas sentadas en un banco de la plaza tomando helado. Para nuestra felicidad, nos enteramos de que estarían al mismo tiempo que nosotros en Tarija. Lilibeth tenía pichicas y una sonrisa que hacía florecer hoyuelos en sus mejillas. Me regaló una foto carnet dedicada que llevé en mi billetera incluso años después de que le perdiera el rastro.
En Tarija conseguimos alojamiento en un galpón que se utilizaba para prácticas de gimnasia en el estadio de fútbol. Éramos veintinueve, habíamos conseguido ese recinto gracias al Chavo, el profesor de Educación Física que viajaba con nosotros y era responsable del grupo. El Chavo era bajito y pícaro, hasta ahora no entiendo cómo logró que los padres salesianos le dieran un cargo con tanta responsabilidad. De hecho, durante nuestra primera visita a la plaza principal una mañana de miércoles, el Chavo decidió que había que celebrar nuestra llegada metiéndose con ropa a la fuente. Fue el primero en entrar, le siguieron cinco alumnos. Los tarijeños que pasaban por allí nos miraron con algo de suspicacia.
Al atardecer, los jóvenes iban y venían por los amplios paseos de mosaico en la plaza, tocaban guitarra bajo las palmeras o jugaban al truco mientras mateaban o comían bollos calientes. Allí me encontré con Volvo; daba vueltas en una camioneta y estacionó en doble fila sin preocuparse de la llamada de atención de un varita. Se bajó y me abrazó con efusión. Lo había conocido en una discoteca en Cochabamba, ciudad en la que vivían sus primos hermanos y a la que viajaba con frecuencia. Me encanta cocha, decía, las mozas son más abiertas. Era muy popular porque era alto, tenía las espaldas anchas y el cabello negro ensortijado, la nariz recta y los labios carnosos; mi hermana decía "es muy churro, nadie de Cocha está a su nivel". Había tenido varios problemas en Cochabamba; decían le gusta serruchar el piso, no respeta a nadie, busca a chicas que ya tienen pareja. No creo que molestara tanto su estilo, sino el hecho de que con frecuencia las chicas se fueran con él.
Volvo estaba fumando. Me preguntó dónde nos alojábamos. En el estadio, le dije. Hizo una mueca traviesa, me dijo con su cantarín acento chapaco:
--La hija del cuidador siempre está rondando. Es negrita, fiera, chaqueña. No habla la imilla, creo que es muda, pero le gusta cojer si eres un niño bien. Cuando estamos necesitados y no sale nada la vamos a buscar y nos la llevamos en auto por ahí.
Le agradecimos el dato. Nos dijo la disco de moda es El Cuervo, nos veremos allá el viernes, y volvió a su camioneta. El varita le había puesto una multa en el parabrisas; la hizo pedazos y partió.
Al día siguiente me encontré con Lilibeth en la puerta del hotel Victoria, donde se quedaba su promoción. Le regalé una rosa blanca que me había robado de la plaza, fuimos a un restaurante a comer chili con carne. Me invitó a una guitarreada que unos tarijeños habían organizado para sus amigas. Tomás me acompañó a una casa cerca de la iglesia de San Roque. A los chapacos no les gustó que llegaran chicos que no habían sido invitados. Nos sentimos incómodos y le dijimos a Lilibeth que nos iríamos; ella se solidarizó y decidió irse con nosotros. Esa noche la besé cerca del busto de Aniceto Arce en la plaza.
El viernes por la mañana vi a la hija muda del cuidador merodeando con el galpón y se lo dije a Conejo. Más me hubiera valido callarme. Conejo se le acercó; en la distancia observé que le hablaba. Al rato volvió y me dijo que tenía todo arreglado. Apenas viera salir al Chavo rumbo a una visita a la Catedral, ella entraría al galpón. Él la estaría esperando metido en su sleeping bag sobre su catre. Ella no había hablado, pero movió la cabeza afirmativamente cuando él le hizo la propuesta.
El Chavo y un grupo de diez alumnos salieron de paseo a las once. Hubiera querido ir, pero pudo más la curiosidad y me quedé. Al rato la hija del cuidador, descalza y con una falda larga azul, se apoyó en la puerta del galpón. Uno de los chicos que sabía lo que iba a ocurrir le indicó el catre de Conejo. Ella se acercó. Echado sobre mi sleeping bag a cincuenta metros de donde estaban, me hice al que leía una novela de Sábato. La chica no debía tener más de trece años; se desnudó, asomaron sus pechos como tímidas formaciones arenosas. Se metió en el sleeping bag de Conejo. Al rato, los que nos encontrábamos en el galpón comenzamos a escuchar los gemidos de ambos; los de ella eran guturales, desesperados, comunicaban angustia y desesperación en vez de placer.
No pude aguantar más y salí. No encontré al grupo. Tampoco estaba Lilibeth en la plaza. Recorrí la ciudad por mi cuenta, traté de distraerme admirando sus balcones coloniales, la placidez de sus calles, el ritmo aletargado con que la gente discurría por la vida.
Volví al estadio a la una de la tarde. Tomás no me dejó entrar al galpón. Me dijo que esperara mi turno. ¿Qué turno? La hija del cuidador seguía allí adentro.
--Nueve ya se han servido de ella. Yo soy el siguiente. Si quieres vas a tener que anotarte. El Conejo está llevando la lista.
--No puede hablar. ¿Cómo saben si quiere?
--Mal no lo está pasando, te lo aseguro. ¿Te animas?
Escuché gritos en el galpón y le dije que no me interesaba. Entré al estadio, me senté en las graderías de cemento mirando la cancha vacía, el césped ralo. ¿Debía volver, intervenir? ¿Qué ganaría? Defensor de causas perdidas, me habían dicho mis amigos y hermanos tantas veces con un tono burlón que al final mis buenas intenciones habían terminado convirtiéndose en una caricatura tan despiadada como certera.
Dejé que pasaran los minutos sin levantarme de las graderías. No quería que mis compañeros pensaran que era un mojigato.
Cuando volví me encontré con el Conejo en la puerta. A Tomás le había llegado su turno.
--¿Te vas a animar?
--¿Qué tal… qué tal está la chaqueña?
--Tiene buen cuero y se mueve mucho, pero sus gritos medio que me ponen nervioso.
--¿Vale la pena? -dije con un tono de que sabía de esas cosas, yo que apenas me había iniciado cuatro meses atrás, con una morena del Kalvert que me había llevado a un motel sin que se lo preguntara y que incluso tenía condones en su cartera. Con ella había tenido tres encuentros en moteles, dos de ellos dignos del olvido.
--En tiempos de guerra cualquier aujero es trinchera. Ajá, te estás animando pendejo. Pero tienes que esperar un montón.
--Yo te pasé el dato. Cuántas veces te he hecho copiar en los exámenes. Si lo pienso mucho ya no voy a querer.
El Conejo dudó. Luego hizo una sonrisa pícara.
--Sólo porque eres medio cartucho -anotó mi nombre en la parte superior de la lista.
Llegamos al Cuervo después de haber tomado varias botellas de vino bajo el molle de una plazuela. Hicimos un juramento de que lo ocurrido con la hija del cuidador no saldría de Tarija. Ni siquiera al Chavo se le contaría nada, ni en chiste. Al que hablaba le esperaba una pateadura para que se acordara el resto de su vida.
A la entrada de la disco había una aglomeración. Comenzamos a empujar con mis compañeros; terminé en la primera fila y logré entrar junto a Mauricio y Tomás. Pagué mi entrada, me di la vuelta, vi que varios estaban todavía perdidos en la aglomeración. En ese momento llegó el Volvo con sus amigos. También habían estado tomando, se les notaba en los ojos. Se me ocurrió que Volvo debía saber lo que su sugerencia había ocasionado. No diría nada, pero me tentaba hacerlo. Seguro se reiría.
--¿Quién te ha dejado salir hasta tan tarde? -me gritó, sonriente--. Ya deberías estar en pijamas a esta hora.
--El que debería haberse quedado en su casa eres tú -le seguí la broma--. ¿No te has visto la cara de wawa?
--¿Y quién carajos sos vos para decirme eso? ¡Esperá nomás a que te agarre, no me aguantás una pasada!
Su rostro se transformó; dejé de reconocerlo como un amigo y lo vi como un borracho ofendido en su hombría. Trató de abrirse paso entre la muchedumbre para alcanzarme. Me llevaba una cabeza, se me ocurrió que lo mejor era esconderme en la oscuridad del Cuervo. Las del Uboldi estaban bailando solas en la pista. Una de ellas me señaló a Lilibeth en una mesa en el rincón. Me senté a su lado, le pedí que me abrazara.
--¿Pasa algo?
--Ha sido un día muy largo.
Me besó y sentí que lo que debía haber hecho apenas llegué a Tarija debía haber sido buscar a Lilibeth, olvidarme de Volvos y compañeros y no separarme de ella ni un instante.
Al rato un policía se me acercó y me preguntó si era de la delegación cochabambina. Asentí.
--Tiene que salir. Los vamos a escoltar hasta su alojamiento.
--¿Escoltar?
--Me ha oído bien. Rápido rápido, por favor.
Me despedí de Lilibeth con un beso casual y fugaz. Estaba nervioso, y no sabía que nunca más la volvería a ver.
A la salida descubrí que había habido una pelea campal entre tarijeños y mis compañeros de curso. Volvo, al tratar de agarrarme, había empujado al Salvaje, un beniano fornido que estaba con nosotros desde primero medio. El Salvaje se dio la vuelta y le gritó pedí disculpas carajo; Volvo respondió con un puñetazo en la cara. Mis compañeros salieron en defensa del Salvaje. Saltaron los amigos de Volvo y se les unieron otros chapacos. Fue una pelea desigual. El Salvaje terminó con dos costillas rotas; otros tenían contusiones en el cuerpo y cortes en la cara. Los tarijeños no paraban de gritar que el petróleo era de ellos, podían ser una región rica si no fuera que nosotros nos lo llevábamos todo.
Escoltados por la policía, cabizbajos, nos alejamos del Cuervo entre insultos y volvimos al estadio en la oscura medianoche por calles de tierra y de losetas. Nos detuvimos en un hospital semidesierto para que un par de compañeros recibiera atención. Me pregunté qué me diría Volvo la siguiente vez que lo viera en Cochabamba, tomando helados con sus primos en El Prado o acaso con alguna chica, quizás mi hermana.
Dos años después, el Salvaje volvió a Tarija con dos amigos. Lo esperaron a Volvo en la puerta de su casa. Lo agarraron a golpes con una vara de acero, le dieron de patadas en el suelo. Volvo estaba borracho y, a pesar de lo grande y fuerte que era, no tuvo tiempo de reaccionar; imploró perdón hasta que la sangre que salía por su boca le impidió hablar. Un testigo afirma que escuchó al Salvaje ordenar a sus amigos golpearlo en la cara hasta que ni sus papás lo reconocieran. No lograron su objetivo: sus papás pudieron reconocerlo en el hospital; sin embargo, no sirvió de mucho porque Volvo no podía contestarles con una tibia sonrisa, un leve movimiento de la mano o una palabra. Había entrado en un coma profundo del que, veinte años después, todavía no ha salido.
El Salvaje se escapó del país, uno de sus hermanos me dijo que al Brasil.
Ya no me queda casi nada de ese viaje de promoción. Recuerdo el nombre Lilibeth, pero no la forma en que besaba ni su rostro ni su silueta ni su voz. De tiempo en tiempo se me aparece, de la nada, la hija muda del cuidador. Abre la boca, intenta hablarme, pero su lengua es un pedazo sanguinolento de carne. A ella trato de olvidarla, pero no puedo.
Alguna vez pensé que Volvo había cosechado lo sembrado, que los caminos del Señor eran extraños y habían logrado unir lo ocurrido con la hija del cuidador con el destino fatal de Volvo. Ahora ya no. Me he quedado sin ese consuelo, y en ciertas tardes largas y noches insomnes de esta ciudad que ya no es Cochabamba busco en vano un sosiego que me dé respiro.
*Cuento inédito de Edmundo Paz-Soldán
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POLI Y EL LECTOR |

Ramón Díaz Eterovic.
Es de noche y el Lector recorre las páginas de una novela de Roberto Arlt que habla de siete locos singulares. Suena el teléfono a su lado y al responder la llamada, escucha la voz del escritor Poli Délano que le habla de la presentación de su novela "El amor es un crimen". Al cabo de unos minutos acuerdan reunirse en el lanzamiento del libro y una vez que el fono vuelve a su sitio, el Lector sabe que no podrá retomar la lectura de Arlt. ¿Qué decir en la presentación en la que debe participar?, se pregunta y lo primero que piensa es que su amistad con Poli ha enterado algo más de veinte años, desde que el autor de "Cambalache" regresara al país después de su prolongado exilio mexicano. Luego se contradice y piensa que son más años, porque tiene la sensación que la amistad es más extensa y se origina en la lectura que por los años setenta hacía de los cuentos y novelas de Poli, cuando éste ya era un narrador consolidado -miembro destacado de lo que alguien llamó la generación de los novísimos-, y el Lector conseguía los libros de Poli en alguna librería de Punta Arenas. "Amaneció Nublado", "Cuadrilátero", "Lo primero es un morral" "Cero a la izquierda" fueron los primeros libros que conoció de Poli y en ellos nació la seducción por sus historias siempre cargadas de atractivo, de vida, de fresca autenticidad.
Al calor de esas lecturas iniciales, el Lector muchas veces se preguntó cómo sería el escritor que había tras esos libros que leía con tanto interés. Aún no sabe que a veces es preferible no tratar a los escritores o como alguien dijo, sentarlos en mesa aparte, y se imagina que tendrá la posibilidad de conocerlo algún día. Pero, la vida tiene vueltas inesperadas, y cuando el Lector viaja a Santiago, Poli ha tenido que exiliarse y la cita queda pendiente, suspendida en la incertidumbre que vive el Lector como tantos otros ciudadanos de un país al que le han quebrado la ilusión y nunca más volverá a lucir la misma piel.
El Lector se las da de escritor en una época en que el horno no estaba para cocer metáforas edulcoradas, y como parte de una generación con maestros ausentes, sigue leyendo las obras que Délano publica en el exilio. Libros, que no encuentra en los escaparates de las pocas librerías sobrevivientes en Santiago, sino que llegan por caminos menos tradicionales, disfrazados a veces de novela rosa o textos de estudios que algún amigo viajero trae del extranjero. Libros que pasan de mano en mano, alimentando el entusiasmo de otros lectores. De ese modo conoce novelas como "En este lugar sagrado", "Piano bar de solitarios" y "El hombre de la máscara de cuero" que apenas leídas hace sus favoritas, al tiempo que sigue imaginando que un día conocerá a su autor.
Pasa el tiempo, y mientras Daniel López y su dama de compañía llenan sus bolsillos con el llamado dinero de todos que, desgraciadamente, nunca es de todos, llega el día en que Poli regresa de su exilio y el Lector lo conoce en un acto en la Casa del Escritor. Poli se parece a los personajes de sus novelas y cuentos, y que la imagen que de él se había hecho calza a la perfección con el tipo de carne y hueso que tiene a su lado, que no ocupa su tiempo en hablar de sus propios libros, y sí se interesa por los que escriben los jóvenes narradores de entonces. Con él no corre eso e sentar a los escritores en mesa aparte, se dice y se alegra que sea así.
Poli publica otros libros. "Como si no muriera nadie", "Casi los ingleses de América", "El verano del murciélago" y para sorpresa del Lector, un día lo invita a presentar uno de sus libros. No sabe que la historia se repetirá, pero si tiene claro que ha ganado un amigo, amigo también de sus amigos, un maestro en el oficio de escribir y vivir, o viceversa con el que compartirá lecturas, viajes por España y México, la admiración por su padre don Luis Enrique, la afición por los tangos de Rivero y Goyeneche, la amistad con escritores de otros rumbos. El Lector piensa en estas cosas y cierra definitivamente la novela de Arlt. Recuerda anécdotas, chascarros, una visita a Mempo Giardinelli en su refugio del Chaco, momentos plácidos y otros no tanto que ha vivido junto a Poli. Podría llenar muchas páginas con esos recuerdos y esa no es la idea, piensa sin saber muy bien todavía que puede decir el día de la presentación.
El Lector da una mirada de reojo a la pila de libros que tiene encima del velador y descubre los ejemplares relucientes y olorosos de "El amor es un crimen" y de "Un cadáver en la bahía" las dos últimas novelas que ha leído de Poli. El segundo de los libros ha llegado desde España y forma parte de una colección llamada "La Casa Ciega". Colección de relatos policiales y de misterio a la que Poli se ha sumado porque no le es ajeno el género de las balas y los tipos duros. Por ahí, recuerda el lector, circula la novela "La muerte de una ninfómana" que Poli publicara en México con el seudónimo de Enrico Falcone. En "Un cadáver en la bahía" Poli recrea un espacio que le es querido: Cartagena. Y pone en acción al inspector Jacinto Lara, agudo y jugado por la verdad como todo buen policía de novela. Aparece un cadáver en la playa y Lara después de algunas pesquisas descubre que es la víctima de un crimen pasional. Tratándose de una novela policial más no se puede decir, piensa el Lector reconociendo que el texto tiene gancho, misterio y que lo ha leído de una sentada, siguiendo los pasos del inspector Lara hasta descubrir al asesino. Antes de regresar el libro al montoncito del velador, relee la dedicatoria donde aparece el nombre del escritor Mortimer Gray, uno de los seudónimos que usó Luis Enrique Délano para publicar sus historias detectivescas. Hijo de tigre, tenía que salir con olfato para la narrativa policial, piensa el Lector.
"El amor es un crimen" tiene un título engañoso. Mirando la portada podría pensarse que es otro relato policial de Délano. Pero, el Lector sabe que no es así. Ha leído la novela unos días antes y ha caído en sus redes. La narración es envolvente. Se leen unas líneas, se conoce al protagonista, se cree atisbar el derrotero de la historia y ya no se puede salir del mundo propuesto. Hay crímenes en la novela. Dos crímenes por salvación, piensa el Lector. También hay dos mujeres: Alejandra Montoya y Luz Larraín. Representan mundos diferentes. Alejandra es la muchacha provinciana que llega a Santiago a vender su trabajo como empleada doméstica. Luz en cambio observa la vida desde la comodidad de un buen pasar. El destino las une y de ambas habla Joaquín Cervera, un periodista con afanes de escritor. Conocemos de las vidas de las mujeres de manera dosificada. Poli, piensa el Lector, sabe que un buen narrador no tira todas sus cartas a la mesa de una sola vez. Conoce la mentada teoría del iceberg formulada alguna vez por el viejo Hem, tan admirado por Poli.
Las mujeres conocen el amor, su cara risueña y su cara triste. Luz tiene más fortuna y elimina a su esposo en lo que parece ser un accidente. Alejandra recorre el sendero de las mujeres más desvalidas. Las humillaciones, las golpizas, el dolor que rompe sus ilusiones. Ya alguien dijo que "la vida es más tango que el mismo tango". Cada una de las mujeres, a su manera, se libera, pero como en la vida, no siempre lo que uno espera aparece a la vuelta de la esquina. Poli insinúa un final, piensa el Lector y reconoce que antes de las últimas páginas imaginó la salida más fácil para la historia. Sin embargo, Délano suele guardar una última vuelta de tuerca para los finales y en esta ocasión la novela termina con algo parecido a un golpe de puerta en las narices. Sutil, elaborado, pero golpe al fin de cuentas que da un sentido especial a toda la narración. La novela tiene buenos ingredientes. Personajes atractivos y bien dibujados. Tiene humor, suspenso, romance. Se palpita vida en ella. Una novela que seduce. Debería decir eso -piensa el Lector antes de apagar la luz-. Sería un acertado comienzo para la presentación del libro.
Texto leído en la presentación de la novela de Poli Délano: "El amor es un crimen". Instituto Británico de Cultura, Santiago, 25 de agosto de 2005.
Al calor de esas lecturas iniciales, el Lector muchas veces se preguntó cómo sería el escritor que había tras esos libros que leía con tanto interés. Aún no sabe que a veces es preferible no tratar a los escritores o como alguien dijo, sentarlos en mesa aparte, y se imagina que tendrá la posibilidad de conocerlo algún día. Pero, la vida tiene vueltas inesperadas, y cuando el Lector viaja a Santiago, Poli ha tenido que exiliarse y la cita queda pendiente, suspendida en la incertidumbre que vive el Lector como tantos otros ciudadanos de un país al que le han quebrado la ilusión y nunca más volverá a lucir la misma piel.
El Lector se las da de escritor en una época en que el horno no estaba para cocer metáforas edulcoradas, y como parte de una generación con maestros ausentes, sigue leyendo las obras que Délano publica en el exilio. Libros, que no encuentra en los escaparates de las pocas librerías sobrevivientes en Santiago, sino que llegan por caminos menos tradicionales, disfrazados a veces de novela rosa o textos de estudios que algún amigo viajero trae del extranjero. Libros que pasan de mano en mano, alimentando el entusiasmo de otros lectores. De ese modo conoce novelas como "En este lugar sagrado", "Piano bar de solitarios" y "El hombre de la máscara de cuero" que apenas leídas hace sus favoritas, al tiempo que sigue imaginando que un día conocerá a su autor.
Pasa el tiempo, y mientras Daniel López y su dama de compañía llenan sus bolsillos con el llamado dinero de todos que, desgraciadamente, nunca es de todos, llega el día en que Poli regresa de su exilio y el Lector lo conoce en un acto en la Casa del Escritor. Poli se parece a los personajes de sus novelas y cuentos, y que la imagen que de él se había hecho calza a la perfección con el tipo de carne y hueso que tiene a su lado, que no ocupa su tiempo en hablar de sus propios libros, y sí se interesa por los que escriben los jóvenes narradores de entonces. Con él no corre eso e sentar a los escritores en mesa aparte, se dice y se alegra que sea así.
Poli publica otros libros. "Como si no muriera nadie", "Casi los ingleses de América", "El verano del murciélago" y para sorpresa del Lector, un día lo invita a presentar uno de sus libros. No sabe que la historia se repetirá, pero si tiene claro que ha ganado un amigo, amigo también de sus amigos, un maestro en el oficio de escribir y vivir, o viceversa con el que compartirá lecturas, viajes por España y México, la admiración por su padre don Luis Enrique, la afición por los tangos de Rivero y Goyeneche, la amistad con escritores de otros rumbos. El Lector piensa en estas cosas y cierra definitivamente la novela de Arlt. Recuerda anécdotas, chascarros, una visita a Mempo Giardinelli en su refugio del Chaco, momentos plácidos y otros no tanto que ha vivido junto a Poli. Podría llenar muchas páginas con esos recuerdos y esa no es la idea, piensa sin saber muy bien todavía que puede decir el día de la presentación.
El Lector da una mirada de reojo a la pila de libros que tiene encima del velador y descubre los ejemplares relucientes y olorosos de "El amor es un crimen" y de "Un cadáver en la bahía" las dos últimas novelas que ha leído de Poli. El segundo de los libros ha llegado desde España y forma parte de una colección llamada "La Casa Ciega". Colección de relatos policiales y de misterio a la que Poli se ha sumado porque no le es ajeno el género de las balas y los tipos duros. Por ahí, recuerda el lector, circula la novela "La muerte de una ninfómana" que Poli publicara en México con el seudónimo de Enrico Falcone. En "Un cadáver en la bahía" Poli recrea un espacio que le es querido: Cartagena. Y pone en acción al inspector Jacinto Lara, agudo y jugado por la verdad como todo buen policía de novela. Aparece un cadáver en la playa y Lara después de algunas pesquisas descubre que es la víctima de un crimen pasional. Tratándose de una novela policial más no se puede decir, piensa el Lector reconociendo que el texto tiene gancho, misterio y que lo ha leído de una sentada, siguiendo los pasos del inspector Lara hasta descubrir al asesino. Antes de regresar el libro al montoncito del velador, relee la dedicatoria donde aparece el nombre del escritor Mortimer Gray, uno de los seudónimos que usó Luis Enrique Délano para publicar sus historias detectivescas. Hijo de tigre, tenía que salir con olfato para la narrativa policial, piensa el Lector.
"El amor es un crimen" tiene un título engañoso. Mirando la portada podría pensarse que es otro relato policial de Délano. Pero, el Lector sabe que no es así. Ha leído la novela unos días antes y ha caído en sus redes. La narración es envolvente. Se leen unas líneas, se conoce al protagonista, se cree atisbar el derrotero de la historia y ya no se puede salir del mundo propuesto. Hay crímenes en la novela. Dos crímenes por salvación, piensa el Lector. También hay dos mujeres: Alejandra Montoya y Luz Larraín. Representan mundos diferentes. Alejandra es la muchacha provinciana que llega a Santiago a vender su trabajo como empleada doméstica. Luz en cambio observa la vida desde la comodidad de un buen pasar. El destino las une y de ambas habla Joaquín Cervera, un periodista con afanes de escritor. Conocemos de las vidas de las mujeres de manera dosificada. Poli, piensa el Lector, sabe que un buen narrador no tira todas sus cartas a la mesa de una sola vez. Conoce la mentada teoría del iceberg formulada alguna vez por el viejo Hem, tan admirado por Poli.
Las mujeres conocen el amor, su cara risueña y su cara triste. Luz tiene más fortuna y elimina a su esposo en lo que parece ser un accidente. Alejandra recorre el sendero de las mujeres más desvalidas. Las humillaciones, las golpizas, el dolor que rompe sus ilusiones. Ya alguien dijo que "la vida es más tango que el mismo tango". Cada una de las mujeres, a su manera, se libera, pero como en la vida, no siempre lo que uno espera aparece a la vuelta de la esquina. Poli insinúa un final, piensa el Lector y reconoce que antes de las últimas páginas imaginó la salida más fácil para la historia. Sin embargo, Délano suele guardar una última vuelta de tuerca para los finales y en esta ocasión la novela termina con algo parecido a un golpe de puerta en las narices. Sutil, elaborado, pero golpe al fin de cuentas que da un sentido especial a toda la narración. La novela tiene buenos ingredientes. Personajes atractivos y bien dibujados. Tiene humor, suspenso, romance. Se palpita vida en ella. Una novela que seduce. Debería decir eso -piensa el Lector antes de apagar la luz-. Sería un acertado comienzo para la presentación del libro.
Texto leído en la presentación de la novela de Poli Délano: "El amor es un crimen". Instituto Británico de Cultura, Santiago, 25 de agosto de 2005.
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Salvador Dalí: Folleto acunado en rústica |
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| Yoko Ono, John Lennon y Salvador Dalí en Nueva York. |
al mismo tiempo declinando
una taza
una taza portuguesa cualquiera
que se fabrica hoy
en una fábrica de vajillas
pues una taza
se parece por su forma
a una dulce antinomia municipal árabe
al final de alrededor
como la mirada de mi bella Gala
la mirada de mi bella Gala
olor de litro
como el tisú epitelial de mi bella Gala
su tisú epitelial chocarrero y lamparista
sí, yo lo repetiría mil veces.
Folleto perdura
al mismo tiempo declinando
una taza
una taza portuguesa cualquiera
que se fabrica hoy en una fábrica de vajillas
pues una taza
se parece por su forma
a una dulce antinomia municipal árabe
montada al final del alrededor
como la mirada de mi bella Gala
la mirada de mi bella Gala
olor de litro
como el tisú epitelial de mi bella Gala
su tisú epitelial chocarrero y lamparista
sí, yo lo repetiría mil veces.
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dalí
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borracho en la madrugada |

no creas todo lo que viste y te dijeron;/niego haber pertenecido a las huestes de gilles de raiz/ pero sí estuve aquella tarde de noviembre en wyoming,/recuerdo el plymount azul que me dejó frente al supermarket;/ acababa de terminar con samantha/y el cielo entero era un nido de escorpiones,/catorce fueron los cuerpos acribillados aquel día,/logré eludir el cerco de la police/y aún con ella en mi pecho aterricé en santo domingo,/mi amistad con marcos pérez jiménez fue mi aval,/violé a una monja, maté a un opositor e injurié a la luna./estuve en viet-nam, en tres álamos y piloté el enola gay./bajo las órdenes del teniente coronel varela/sembré el terror en la provincia de santa cruz,/granada aún no despertaba el 19 de agosto de 1936/y yo ahí, frente a federico, el pulso firme y a pleno corazón,/no fue oswald, la cia ni la comisión warren/quienes mataron a kennedy en dallas,/declaro urbi et orbi mi culpabilidad./por eso te digo que no creas todo lo que has visto/que no creas todo lo que te han dicho;/pero si aún insistes en denunciarme a la policía/porque te despierto borracho en la madrugada/lo puedes hacer mujer, puedes hacerlo,/pero te advierto de una vez y para siempre/sé precavida y torna vigilante el corazón;/acaban de nombrarme comisario del pueblo.
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La transmisión |

Ahora más que nunca. ¡Han hecho tanto muchachos! que no pueden aflojar. Vamos Nico, vamos Feña. Este esfuerzo vale oro. Y están iguales en cuatro y esto no termina nunca. Parece una película de terror, 0/15. Schutler se come las uñas, está nervioso 0/30. Recibe Fernando. Vamos Chile. ¡Se va, se va, se va, se va; punto de quiebre para Chile. Vamos Chile que se puede. Vamos Chile que se puede. Ahí está el Nico que produce el quiebre. El Nico y el Feña, el Feña y el Nico. Ustedes son distintos, confiamos en ustedes. Larga esa pelota, fue larga, se le va larga a la derecha del Nico, hay que estar prendidos, vamos. Vamos Chile que se puede. Falla el Nico esa volea y es 0/15, se va larga por un poco, por un pichintún. ¡Y eso fue maravilosooooo! para dejar la cuenta a 15 iguales. Y el puño apretado del Feña. La definición del Nico en la malla. Fue buena, fue buena, fue buena. ¡fue buenaaaa! 30/15 para Chile. Desde el fondo del alma saca ese grito. Vamos Chile que se puede. Como se sufre con estos muchachos. Todo el país detrás de ellos. Somos millones Michael, somos millones. Entra esa pelota, entra esa pelota, entra esa pelota, ¡y sí señores es buena! Es doble punto de medalla de oro para Chile, es doble punto de medalla de oro para Chile, es doble punto para el campeonato y de oro para los superhéroes de nuestro país. Vamos Chile que se puede. Lástima esa volea del Nico que se va a la malla, ya no quedan márgenes para el error, queda a un punto del partido. Vamos Chile que se puede. Y esta película que no termina nunca por Dios. ¡Se va, se va, se va, se va, se va! ¡Y es oro para Chile! ¡Y es oro para Chile! ¡Y es oro para Chile! ¡Y es oro para Chile! Terminan las historias de los segundos lugares. Somos campeones Olímpicos. Somos medalla de oro. Por años de años de años de años, generaciones posteriores contarán la historia de dos superhéroes chilenos que vinieron a la tierra de los superhéroes, a la legendaria tierra de Aquiles, Héctor (¿?), de Palas Atenea, y estos muchachos que vienen de la tierra de otros superhéroes como el Sargento Aldea, Baquedano y Barros Luco, a engrandecer nuestra hermosa Patria y llevarnos a nuestras casas, el olivo y la medalla dorada. Desde Arica a Puerto Natales, pasando por Cerro Castillo, las Torres del Paine, el Cerro Dorotea y la Cueva del Milodón, un país entero está feliz con nuestros muchachos. Tenemos superhéroes que valen oro. Tenemos oro para Chile. Chile es de oro. No estamos soñando esto es verdad. Porque estos muchachos cuando crecieron nadie les dijo que existía una palabra que se llama imposible. No señor, esa palabra no existe en el vocabulario. Y si señores, estoy llorando. Gracias Nico por este llanto. Gracias Nico por este oro y permítanme una licencia. ¡Viva Chile Mierda!
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humor
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Negras Crónicas |
-Apuntes sobre narrativa policial-
EL FIN DE SELB
El escritor alemán Bernhard Schlink se hizo mundialmente conocido a partir de su novela "El lector" en la que indaga con especial maestría en el tema de la memoria y de la culpa colectiva del pueblo alemán respecto a las brutalidades cometidas
por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Con anterioridad a esa novela, Schlink había publicado cuatro novelas policíacas protagonizadas por Gerhard Selb, un detective privado de setenta años, ex fiscal de la policía, solterón y algo complicado con los achaques propios de su edad."El fin de Selb" (Anagrama, 2005) es la cuarta entrega de la saga detectivesca. Selb tiene algunos problemas para encontrar trabajo. Su avanzada edad genera desconfianzas en sus probables clientes y por eso la mayor parte de sus horas las ocupa en escuchar música en su departamento, reunirse con su amante -Brigitte- y atender a su gato Turbo. El panorama no es muy auspicioso para el detective hasta que ayuda a un extraño durante una noche de intensa nevazón en las afueras de Berlín. El extraño resulta ser un banquero que decide contratarlo para averiguar el paradero de hipotético socio de su banco. A partir de ese momento Selb se ve envuelto en una intricada maraña de muertes y engaños en la que debe enfrentar a financistas inescrupulosos y mafiosos rusos, todo en el marco de una Alemania que vive su reunificación después de la caída del Muro de Berlín y padece las diferencias entre los alemanes del este y oeste. Junto con sus pesquisas, Selb debe decidir el destino de su relación con Brigitte y aclarar la verdad existente tras la inesperada aparición de un hombre -Kart-Heinz Ulbrich- ex policía de la República Democrática Alemana que dice ser su hijo.
Las pesquisas conducen a Selb a descubrir que la verdad que busca pertenece a un pasado que nadie parece querer recordar. Verdades a medias, pistas confusas, asesinos que terminan muertos. Todo parece indicar a Selb que lo más apropiados es no remover las cenizas, pero él se empeña en seguir el hilo de sus pistas por el simple placer de concluir un caso que intuye puede ser el último de su vida. "No es necesario que los buenos encuentren recompensa y los malos castigo -reflexiona Selb en el transcurso de la investigación-. Pero los hilos del destino no pueden quedar sueltos. Tienen que estar entretejidos en el tapiz de la historia. Sólo cuando lo están, podemos dejar esa historia atrás. Sólo entonces, tenemos la libertad de emprender cosas nuevas".
Schlink es un escritor que desarrolla con atractivo el entramado de sus historias y confiere profundidad psicológica a sus personajes. Nació en 1944, ejerce de juez y ha obtenido varios de los más importantes premios literarios europeos. Las novelas protagonizadas por Selb han estado por largo tiempo entre las más vendidas de Alemania y sin duda es un autor interesante de conocer y seguir con atención.
Ramón Díaz Eterovic
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ramón díaz eterovic
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Agente 6 |
Desde acá lo puedes leer.
pip: (pitito)
-Bienvenido al servicio de emergencia de essal, habla Robinson agente 6 en qué le puedo ayudar.
-Buenas noches.
-Buenas noches
-Oiga señor, hoy día pasaron repartiendo o ayer panfletos que el agua la iban a dar a las doce de la noche… ¿me escucha bien?
-Si atentamente señor.
-Son la una de la mañana y todavía no dan el agua.
-Si están, aún están trabajando el personal nuestro en terreno,
-Ya, ya está bien
- Por lo menos, por lo menos en una hora, hora más ya eso estaría solucionado.
-Ya, yo le voy a decir una sola cosa a usted señor, cuando uno se atrasa con el corte del agua, con el recibo, al otro día corren los wuehones a cortarla, no dan ni un plazo ni una wea , y a usted los conchaesumadres hay que esperarlos hasta las dos, tres e la mañana para lavarse las weas iñor, es imposible esta hueva iñor por la chucha esa es la burocracia de este país culiao ¿Me escucha o no, o se hizo el weon?
-Lo estoy escuchando atentamente señor.
-Ya que me contesta puh.
-En una hora más va a quedar normalizado.
-Pero está bien lo que le digo o no?. Contesteme puh iñor no sea weón.
-Si sigue en esos términos señor voy a tener que cortar la comunicación.
-Corta si querís conchaetumadre ho.
-Bienvenido al servicio de emergencia de essal, habla Robinson agente 6 en qué le puedo ayudar.
-Buenas noches.
-Buenas noches
-Oiga señor, hoy día pasaron repartiendo o ayer panfletos que el agua la iban a dar a las doce de la noche… ¿me escucha bien?
-Si atentamente señor.
-Son la una de la mañana y todavía no dan el agua.
-Si están, aún están trabajando el personal nuestro en terreno,
-Ya, ya está bien
- Por lo menos, por lo menos en una hora, hora más ya eso estaría solucionado.
-Ya, yo le voy a decir una sola cosa a usted señor, cuando uno se atrasa con el corte del agua, con el recibo, al otro día corren los wuehones a cortarla, no dan ni un plazo ni una wea , y a usted los conchaesumadres hay que esperarlos hasta las dos, tres e la mañana para lavarse las weas iñor, es imposible esta hueva iñor por la chucha esa es la burocracia de este país culiao ¿Me escucha o no, o se hizo el weon?
-Lo estoy escuchando atentamente señor.
-Ya que me contesta puh.
-En una hora más va a quedar normalizado.
-Pero está bien lo que le digo o no?. Contesteme puh iñor no sea weón.
-Si sigue en esos términos señor voy a tener que cortar la comunicación.
-Corta si querís conchaetumadre ho.
Acá lo puedes escuchar.
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Tres poemas de Bolaño/Roberto |
RESURRECCIÓN
La poesía entra en el sueño
como un buzo en el lago.
La poesía, más valiente que nadie,
entra y cae
a plomo
en un lago infinito cono Loch Ness
o turbio e infausto como el lago Batalón.
Contempladla desde el fondo:
un buzo
inocente
envuelto en las plumas
de la voluntad.
La poesía entra en el sueño
como un buzo muerto
en el ojo de Dios.
LOS DETECTIVES HELADOS
Soñé con detectives helados, detectives latinoamericanos
que intentaban mantener los ojos abiertos
en medio del sueño.
Soñé con crímenes horribles
Y con tipos cuidadosos
que procuraban no pisar los charcos de sangre
y al mismo tiempo abarcar con una sola mirada
el escenario del crimen.
Soñé con detectives perdidos
en el espejo convexo de los Arnolfini:
nuestra época, nuestras perspectivas,
nuestros modelos del Espanto.
LOS PERROS ROMÁNTICOS
En aquel tiempo yo tenía veinte años
y estaba loco.
Había perdido un país
pero había ganado un sueño.
Y si tenía ese sueño
lo demás no importaba.
Ni trabajar ni rezar
ni estudiar en la madrugada
junto a los perros románticos.
Y el sueño vivía en el espacio de mi espíritu.
Una habitación de madera,
en penumbras,
en uno de los pulmones del trópico.
Y a veces me volvía dentro de mí
y visitaba el sueño: estatua eternizada
en pensamientos líquidos,
un gusano blanco retorciéndose
en el amor.
Un amor desbocado.
Un sueño dentro de otro sueño.
Y la pesadilla me decía: crecerás.
Dejarás atrás las imágenes del dolor y del laberinto
y olvidarás.
Pero en aquel tiempo crecer hubiera sido un crimen.
Estoy aquí, dije, con los perros románticos
Y aquí me voy a quedar.
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poesía
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roberto bolaño
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Vidal sigue descansando en paz |

El cementerio es una ciudad apacible en la que se reproduce, a escala silenciosa, las características de la comunidad a la que pertenece. En Chile, el cementerio más hermoso que conozco es el de Punta Arenas. Sus senderos de ordenados cipreses y la vista que desde él se tiene del Estrecho de Magallanes le confieren una magia difícil de traducir en palabras y que en su momento inspiró a poetas como Enrique Lihn y Rolando Cárdenas. Unos kilómetros más al norte, el cementerio de Puerto Natales también ofrece algunas cosas interesantes de conocer. Por ejemplo, cerca de la entrada se encuentra la tumba de Carlos Viveros y los demás obreros que fueron asesinados por las llamadas "fuerzas del orden" durante la revuelta obrera del año 1919 conocida como "la pequeña Comuna de Puerto Natales".
Lo que más llama la atención en el cementerio de Puerto Natales son unas placas plateadas, metálicas, instaladas en la mayoría de las tumbas y mausoleos. Estas placas tienen la leyenda: "la hora fatal" y un pequeño reloj que indica la hora exacta en que el finado dejó de preocuparse del paso del tiempo o de llegar atrasado a alguna parte. He visto unas placas similares en el cementerio de Punta Arenas, pero no en la cantidad que se encuentran en el de Puerto Natales. Ignoro si existen estas placas en otros cementerios del país, pero en los que conozco, nunca he visto nada igual.
El poeta Hugo Vera Miranda, mi acompañante en la visita al cementerio, me cuenta que hace tiempo vivió en Puerto Natales un sujeto de apellido Vidal que era conocido por su extremada pereza. Nos detenemos en el mausoleo que contiene sus restos y leo la leyenda que dice: "Vidal, aquí sigue descansando en paz".
En otro pasillo del cementerio encontramos a un extraño que fue enterrado junto a una nada despreciable biblioteca de unos cincuenta volúmenes. Pienso que tal vez el mentado paraíso es una biblioteca y que éste forzado residente del cementerio de Puerto Natales no hizo más que asegurarse que tendría a la mano sus libros más queridos. Me pregunto si entre sus libros no habrá alguna primera edición valiosa y a duras penas resisto la tentación de revisar la biblioteca. Busco la salida del camposanto y respiro aliviado cuando una vez más camino por una embarrada calle de Puerto Natales. Aún no se ha escrito mi hora fatal y al contrario de Vidal, tengo ganas de grabar algunas huellas en la arena antes de entregar las herramientas.
Ramón Díaz Eterovic.
10/08/2005.
Lo que más llama la atención en el cementerio de Puerto Natales son unas placas plateadas, metálicas, instaladas en la mayoría de las tumbas y mausoleos. Estas placas tienen la leyenda: "la hora fatal" y un pequeño reloj que indica la hora exacta en que el finado dejó de preocuparse del paso del tiempo o de llegar atrasado a alguna parte. He visto unas placas similares en el cementerio de Punta Arenas, pero no en la cantidad que se encuentran en el de Puerto Natales. Ignoro si existen estas placas en otros cementerios del país, pero en los que conozco, nunca he visto nada igual.
El poeta Hugo Vera Miranda, mi acompañante en la visita al cementerio, me cuenta que hace tiempo vivió en Puerto Natales un sujeto de apellido Vidal que era conocido por su extremada pereza. Nos detenemos en el mausoleo que contiene sus restos y leo la leyenda que dice: "Vidal, aquí sigue descansando en paz".
En otro pasillo del cementerio encontramos a un extraño que fue enterrado junto a una nada despreciable biblioteca de unos cincuenta volúmenes. Pienso que tal vez el mentado paraíso es una biblioteca y que éste forzado residente del cementerio de Puerto Natales no hizo más que asegurarse que tendría a la mano sus libros más queridos. Me pregunto si entre sus libros no habrá alguna primera edición valiosa y a duras penas resisto la tentación de revisar la biblioteca. Busco la salida del camposanto y respiro aliviado cuando una vez más camino por una embarrada calle de Puerto Natales. Aún no se ha escrito mi hora fatal y al contrario de Vidal, tengo ganas de grabar algunas huellas en la arena antes de entregar las herramientas.
Ramón Díaz Eterovic.
10/08/2005.
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ramón díaz eterovic
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Manuel Rojas: De qué se nutre la esperanza |
Todo ser humano, por miserable que sea su condición, tiene una esperanza, pequeña o grande, noble o innoble, inalcanzable o próxima, pero esperanza al fin. Una parte de su ser vive en y de esa esperanza, se alimenta de ella y en ella.
Hay días en que esa esperanza amanece reducida al mínimo, misérrima, espantosamente misérrima. Sus posibilidades de realizarse se han alejado o destruido y el ser humano piensa y siente que más valdría que esa esperanza muriese y con ella aquella parte de su ser que vive de ella y en ella, que se alimenta en ella y de ella y que en esos momentos ni se alimenta ni vive, pues está miserable, tan miserable como la esperanza misma.
Pero el hombre tiene, además, otra esperanza: la de que han de venir días mejores para la suya. La deja, entonces, así, pequeña, entumecida, raquítica, y espera; rechazarla sería rechazarse a sí mismo, matarla equivaldría a matar lo que él más estima en sí mismo.
Hay veces en que el ser humano espera vanamente: su esperanza muere en él, tan marchita como él. Otras veces, en cambio, en aquella raíz casi podrida hay un rebrote, un rebrote que puede morir al poco tiempo o que puede traer otros y otros, fuertes y erguidos, apretados de savia, casi agresivos de vitalidad. El ser humano se siente entonces como debe sentirse un rosal en septiembre: pleno, próximo a estallar incapaz de resistir la ola de vida que asciende y circula por sus venas. La esperanza está próxima a convertirse en realidad.
Se ha esperado mucho tiempo, han transcurrido muchos días, terribles y amargos días, días de silencio, días en que se prefería no recordar que se tenía esperanza, días de rencor contra aquellos que impedía su desarrollo, días de desprecio para lo que pudiendo vigorizarla, no la vigorizaba. Días de desprecio, en fin, para sí mismo. ¿Cómo se pudo poner una esperanza en manos tan inhábiles, entregarla a dedos tan torpes, a fuerzas tan inútiles?
Todo aquello, sin embargo, no fue en vano: aquí está la esperanza, rebrotando con una fuerza que produce miedo, con una que está casi más allá de nuestra capacidad de soportarla. Es triste, claro está, muy triste que una esperanza se nutra de hombres muertos, de ciudades rendidas o destrozadas, de incendios, de sangre y de exterminio, pero no siempre le es dado al hombre elegir la materia con que se nutrirá la esperanza.
Revista "Babel"
N° 46. Santiago, 1948.
Hay días en que esa esperanza amanece reducida al mínimo, misérrima, espantosamente misérrima. Sus posibilidades de realizarse se han alejado o destruido y el ser humano piensa y siente que más valdría que esa esperanza muriese y con ella aquella parte de su ser que vive de ella y en ella, que se alimenta en ella y de ella y que en esos momentos ni se alimenta ni vive, pues está miserable, tan miserable como la esperanza misma.
Pero el hombre tiene, además, otra esperanza: la de que han de venir días mejores para la suya. La deja, entonces, así, pequeña, entumecida, raquítica, y espera; rechazarla sería rechazarse a sí mismo, matarla equivaldría a matar lo que él más estima en sí mismo.
Hay veces en que el ser humano espera vanamente: su esperanza muere en él, tan marchita como él. Otras veces, en cambio, en aquella raíz casi podrida hay un rebrote, un rebrote que puede morir al poco tiempo o que puede traer otros y otros, fuertes y erguidos, apretados de savia, casi agresivos de vitalidad. El ser humano se siente entonces como debe sentirse un rosal en septiembre: pleno, próximo a estallar incapaz de resistir la ola de vida que asciende y circula por sus venas. La esperanza está próxima a convertirse en realidad.
Se ha esperado mucho tiempo, han transcurrido muchos días, terribles y amargos días, días de silencio, días en que se prefería no recordar que se tenía esperanza, días de rencor contra aquellos que impedía su desarrollo, días de desprecio para lo que pudiendo vigorizarla, no la vigorizaba. Días de desprecio, en fin, para sí mismo. ¿Cómo se pudo poner una esperanza en manos tan inhábiles, entregarla a dedos tan torpes, a fuerzas tan inútiles?
Todo aquello, sin embargo, no fue en vano: aquí está la esperanza, rebrotando con una fuerza que produce miedo, con una que está casi más allá de nuestra capacidad de soportarla. Es triste, claro está, muy triste que una esperanza se nutra de hombres muertos, de ciudades rendidas o destrozadas, de incendios, de sangre y de exterminio, pero no siempre le es dado al hombre elegir la materia con que se nutrirá la esperanza.
Revista "Babel"
N° 46. Santiago, 1948.
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manuel rojas
| [+/-] |
Fernando Hernández |
![]() |
| Libro de Fernando Hernández, De CAL, de ARENA y de ripios. |
A MI AMIGO EL VINO
Vino blanco,
vino tinto
te canto
te pinto
te chupo
te trago
te masco
y te ingiero
sea en un asado
o en triste velorio,
comiendo un pescado,
o en gran matrimonio
te mando al güargüero
y entras en mi cuerpo.
Eres gran consuelo
a mi sufrimiento
eres compañero
leal y sincero
en malas y buenas
siempre estás conmigo
y en mis noches tristes
me traes consuelo y sueños
tu corres urgente en mis venas,
contigo se viene cantando la risa
escapan de prisa, llorando las penas
tu me juegas bromas, me matas de risa
mueves las paredes, haces zancadillas
me pierdes las llaves, ocultas mi casa
doblas los faroles, corres pastelones
y en las húmedas noches de invierno
cuando el frío y la pena desvelan
yo te pongo naranja y canelas,
te endulzo, caliento y luego
muy tibio y muy lento
en cortos sorbitos
te mando hasta adentro
vino tinto
te canto
te pinto
te chupo
te trago
te masco
y te ingiero
sea en un asado
o en triste velorio,
comiendo un pescado,
o en gran matrimonio
te mando al güargüero
y entras en mi cuerpo.
Eres gran consuelo
a mi sufrimiento
eres compañero
leal y sincero
en malas y buenas
siempre estás conmigo
y en mis noches tristes
me traes consuelo y sueños
tu corres urgente en mis venas,
contigo se viene cantando la risa
escapan de prisa, llorando las penas
tu me juegas bromas, me matas de risa
mueves las paredes, haces zancadillas
me pierdes las llaves, ocultas mi casa
doblas los faroles, corres pastelones
y en las húmedas noches de invierno
cuando el frío y la pena desvelan
yo te pongo naranja y canelas,
te endulzo, caliento y luego
muy tibio y muy lento
en cortos sorbitos
te mando hasta adentro
| [+/-] |
Philippe Soupault |
![]() |
| James Joyce y Philippe Soupault, 1931. |
Felipe Soupault ha sido internado.
Luis Aragon está loco.
Teófilo Fraenkel está enfermo.
Andrés Breton está enfermo.
Francisco Picabia se parece a Francisco Picabia.
Pablo Eluard está enfermo.
Felipe Soupault ha muerto.
Aragon (Luis) no está muerto.
Eluard ha perdido su reloj.
Tzara está en París.
Andrés Breton no saldrá de viaje.
Teófilo Fraenkel es Teófilo Fraenkel.
Andrés Breton no ha dicho nunca merde.
Pablo Eluard bebe algunas veces.
Felipe Soupault es un barbero.
Aragon (Luis) no está en París.
(Él habita Neuilly-sur-Seine.)
Tzara ha perdido su reloj.
Tzara ha perdido su reloj.
Soupault ha perdido su reloj.
Breton ha perdido su reloj.
Eluard ha perdido su reloj (bis).
Fraenkel ha perdido su reloj.
Breton no es mozo de café.
Fraenkel no es mozo de café.
Luis Aragon no es mozo de café.
Breton no es indiferente.
Soupault tiene buena colocación.
Luis Aragon pregunta la hora que es.
Eluard lee dulcemente.
Fraenkel ha dicho bastante.
Breton ve mejor sin lentes.
Francisco Picabia no tiene avariosis.
Fraenkel no gasta lentes.
Soupault no gasta lentes.
Aragon (Luis) no gasta lentes.
Fraenkel no gasta lentes.
Fraenkel no gasta lentes.
Tristan (Tzara) tiene necesidad de un doctor.
Breton olvida sus portamonedas.
Y después,
después,
Merde.
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phillippe soupault
,
surrealismo
| [+/-] |
Muerte de Trotsky |
DECLARACIÓN
Santiago, agosto 30, 1940.
Ante el cobarde y traidor asesinato de León Trotsky en México, los que subscriben -no obstante sus diferentes concepciones sociales y políticas- protestan unánimemente contra el odioso crimen que priva a la humanidad de uno de sus más grandes y leídos escritores revolucionarios. Y al mismo tiempo que subrayan con lápiz rojo el silencio elocuente de las Alianzas y demás Ligas humanitarias, que sólo se conmueven ante los crímenes de los fascistas negros o pardos, destacan con el mayor respeto el gesto excepcional del Presidente Cárdenas que, por cierto, no son capaces de seguir su corifeos internacionales, como marchan tras de su efigie viril en las manifestaciones callejeras.
Por nuestra parte, consecuentes con la verdadera defensa de la cultura y los derechos del hombre, repudiamos enérgicamente el bárbaro sacrificio de León Trotsky así como la llamada "táctica del caballo de troya" que lo engendró".
Enrique Espinoza, Manuel Rojas, J.S. González Vera, Ernesto Montenegro, Vicente Huidobro, Ciro Alegría, Luis Franco, Hernán Gómez, Eugenio González, Oscar Vera.
Publicado en Revista Babel
Año XX. Vol. II. Página 230.
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trotsky
| [+/-] |
HAMLET PARA PRINCIPIANTES |

"Rey.- ¿Dónde está Polonio?
"Hamlet.- De comida.
"Rey.- ¿De comida? ¿Dónde?
"Hamlet.- De un banquete muy particular en que en vez de comer, se es comido."
| [+/-] |
Ricardo Neftalí Reyes Basoalto: Sus peores poemas |
GARCÍA MÁRQUEZ
También en este tiempo tuvo
Tiempo de nacer un volcán
Que echaba fuego a borbotones
O, más bien dicho, este volcán
echaba sueños a caer
por las laderas de Colombia
y fueron las mil y una noche
saliendo de su boca mágica,
la erupción magna de mi tiempo:
en sus invenciones de arcilla,
sucios de barro y de lava,
nacieron para no morir
muchos hombres de carne y hueso.
ESCRITORES
Fueron así por estos años
levantando mis compañeros
un relato crespo y nocturno,
dilatado como el planeta,
lleno de acontecimientos,
de pueblos, calles, geografía,
y un idioma de tierra pura
con soledades y raíces.
A éstos yo canto y yo nombro,
no puedo contarlos a todos.
Nosotros sudamericanos,
nosotros subamericanos,
por nuestra culpa y maleficio
vimos nuestros nombres por fin,
las sílabas de nuestra nieve
o el humo de nuestras cocinas
estudiados por otros hombres
en trenes que bajan de Hamburgo
o que suben desde Tarento.
ESCRITORES
Canta Cortázar su novena
de imponente sombra argentina
en su iglesia de desterrado
y es difícil para los muchos
el espejo de este lenguaje
que se pasea por los días
cargado de besos veloces
escurriéndose como peces
para brillar sin fin sin par
en Cortázar, el pescador,
que pesca los escalofríos.
Del Perú cuyo rostro guarda
como cicatrices salobres
los versos de César Vallejo
surgió en mi edad un escritor
que floreció contando cuentos
del territorio tempestuoso,
y así escuché la nueva voz
de Vargas Llosa que contó
llorando sus cuentos de amor
y, sonriendo, los dolores
de su patria deshabitada.
(Yo soy el cronista irritado
que no escucha la serenata
porque tiene que hacer las cuentas
del siglo verde y su verdura,
del siglo nocturno y su sombra,
del siglo de color de sangra.)
(Todo lo tengo que traer
al redondel de mis miradas
y ver donde salta el conejo
y donde rugen los leones.)
MOLA EN LOS INFIERNOS
Es arrastrado el turbio Mola
de precipicio en precipicio eterno
y como va el naufragio de ola en ola,
desbaratado por azufre y cuerno,
cocido en cal y hiel y disimulo,
de antemano esperado en el infierno,
va el infernal mulato, el Mola mulo
definitivamente turbio y tierno,
con llamas en la cola y en el culo.
LOS POETAS CELESTES
Qué hicisteis vosotros gidistas,
intelectualistas, rilkistas,
misterizantes, falsos brujos
existenciales, amapolas
surrealistas encendidas
en una tumba, europeizados
cadáveres de la moda,
pálidas lombrices del queso
capitalista, que hicisteis
ante el reinado de la angustia,
frente a este oscuro ser humano,
a esta pateada compostura,
a esta cabeza sumergida
en el estiércol, a esta esencia
de ásperas vidas pisoteadas?
No hicisteis nada sino la fuga
Vendisteis hacinado detritus,
Buscasteis cabellos celestes,
Plantas cobardes, uñas rotas,
"Belleza pura", "sortilegio"
obra de pobres asustados
para evadir los ojos, para
enmarañar las delicadas
pupilas para subsistir
con el plato de restos sucios
que os arrojaron los señores,
sin ver la piedra en agonía,
sin defender, sin conquistar,
más ciegos que las coronas
del cementerio, cuando cae
la lluvia sobre las inmóviles
flores podridas de las tumbas.
SONETO PUNITIVO A "S"
Al editorialista de un
diario mercenario
diario mercenario
9 A. M.
Serpiente, has preparado tu veneno?
Ofidio editorial, te has preparado
Para morder la mano del chileno,
Del chileno en la pampa sepultado?
Moja la pluma en podredumbre y cieno,
Revuélvela en lo que has excrementado,
Sumérgela en tu fétido duodeno:
¡todo tu estiércol te será pagado!
Toda tu saña, tu ponzoña oscura,
Conviértela en renglones de impostura;
En toneladas de calumnia fría.
Todo tu pus, tu reuma, tu amargura,
Tu papel, tu rencor, tu mordedura,
¿todo lo pagará la Compañía!
Chileno, 1904-1973.
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