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Ramón Díaz Eterovic: NARRACIONES BONSAI |
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Charles Baudelaire: Consejos a los jóvenes escritores |
Los jóvenes escritores que hablando de un colega novel dicen con acento matizado de envidia: "¡Ha comenzado bien, ha tenido una suerte loca!", no reflexionan que todo comienzo está siempre precedido y es el resultado de otros veinte comienzos que no se conocen.
...creo más bien que el éxito es, en una proporción aritmética o geométrica, según la fuerza del escritor, el resultado de éxitos anteriores, a menudo invisibles a simple vista. Hay una lenta agregación de éxitos moleculares; pero generaciones espontáneas y milagrosas jamás.
Los que dicen: "Yo tengo mala suerte", son los que todavía no han tenido suficientes éxitos y lo ignoran.
Libertad y fatalidad son dos contrarios; vistas de cerca y de lejos son una sola voluntad.
Y es por eso que no hay mala suerte. Si hay mala suerte, es que nos falta algo: ese algo hay que conocerlo y estudiar el juego de las voluntades vecinas para desplazar más fácilmente la circunferencia.
II
DE LOS SALARIOS
Por hermosa que sea una casa es ante todo -y antes de que su belleza quede demostrada- tantos metros de frente por tantos de fondo. De igual modo la literatura, que es la materia más inapreciable, es ante todo una serie de columnas escritas; y el arquitecto literario, cuyo sólo nombre no es una probabilidad de beneficio, debe vender a cualquier precio.
Hay jóvenes que dicen: "Ya que esto vale tan poco, ¿para qué tomarse tanto trabajo?" Hubieran podido entregar trabajo del mejor; y en ese caso sólo hubieran sido estafados por la necesidad actual, por la ley de la naturaleza; pero se han estafado a sí mismos. Mal pagados, hubieran podido honrarse con ello; mal pagados, se han deshonrado.
Resumo todo lo que podría escribir sobre este asunto en esta máxima suprema, que entrego a la meditación de todos los filósofos, de todos los historiadores y de todos los hombres de negocios: "¡Sólo es con los buenos sentimientos con los que se llega a la fortuna!"
Los que dicen: "¡Para qué devanarse los sesos por tan poco!" son los mismos que más tarde quieren vender sus libros a doscientos francos el pliego, y rechazados, vuelven al día siguiente a ofrecerlo con cien francos de pérdida.
El hombre razonable es el que dice: "Yo creo que esto vale tanto, porque tengo genio; pero si hay que hacer algunas concesiones, las haré, para tener el honor de ser de los vuestros".
III
DE LAS SIMPATÍAS Y DE LAS ANTIPATÍAS
En amor como en literatura, las simpatías son involuntarias; no obstante, necesitan ser verificadas, y la razón tiene ulteriormente su parte.
Las verdaderas simpatías son excelentes, pues son dos en uno; las falsas son detestables, pues no hacen más que uno, menos la indiferencia primitiva, que vale más que el odio, consecuencia necesaria del engaño y de la desilusión.
Por eso yo admiro y admito la camaradería, siempre que esté fundada en relaciones esenciales de razón y de temperamento. Entonces es una de las santas manifestaciones de la naturaleza, una de las numerosas aplicaciones de ese proverbio sagrado: la unión hace la fuerza.
La misma ley de franqueza y de ingenuidad debe regir las antipatías. Sin embargo, hay gentes que se fabrican así odios como admiraciones, aturdidamente. Y esto es algo muy imprudente; es hacerse de un enemigo, sin beneficio ni provecho. Un golpe fallido no deja por eso de herir al menos en el corazón al rival a quien se le destinaba, sin contar que puede herir a derecha e izquierda a alguno de los testigos del combate.
Un día, durante una lección de esgrima, vino a molestarme un acreedor; yo lo perseguí por la escalera, a golpes de florete. Cuando volví, el maestro de armas, un gigante pacífico que me hubiera tirado al suelo de un soplido, me dijo: "¡Cómo prodiga usted su antipatía! ¡Un poeta! ¡Un filósofo! ¡Ah, que no se diga!" Yo había perdido el tiempo de dos asaltos, estaba sofocado, avergonzado y despreciado por un hombre más, el acreedor, a quien no había podido hacer gran cosa.
En efecto, el odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia, pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño ¡y los dos tercios de nuestro amor! ¡Hay que guardarlo avaramente!
IV
DEL VAPULEO
El vapuleo no debe practicarse más que contra los secuaces del error. Si somos fuertes, nos perdemos atacando a un hombre fuerte; aunque disintamos en algunos puntos, él será siempre de los nuestros en ciertas ocasiones.
Hay dos métodos de vapuleo: en línea curva y en línea recta, que es el camino más corto. (...) La línea curva divierte a la galería, pero no la instruye.
La línea recta... consiste en decir: "El señor X... es un hombre deshonesto y además un imbécil; cosa que voy a probar" -¡y a probarla!-; primero..., segundo..., tercero...etc. Recomiendo este método a quienes tengan fe en la razón y buenos puños.
Un vapuleo fallido es un accidente deplorable, es una flecha que vuelve al punto de partida, o al menos, que nos desgarra la mano al partir; una bala cuyo rebote puede matarnos.
V
DE LOS MÉTODOS DE COMPOSICIÓN
Hoy por hoy hay que producir mucho, de modo que hay que andar de prisa; de modo que hay que apresurarse lentamente; pues es menester que todos los golpes lleguen y que ni un solo toque sea inútil.
Para escribir rápido, hay que haber pensado mucho; haber llevado consigo un tema en el paseo, en el baño, en el restaurante, y casi en casa de la querida.
Cubrir una tela no es cargarla de colores, es esbozar de modo liviano, disponer las masas en tono ligero y transparentes. La tela debe estar cubierta -en espíritu- en el momento en que el escritor toma la pluma para escribir el título.
Se dice que Balzac ennegrece sus manuscritos y sus pruebas de manera fantástica y desordenada. Una novela pasa entonces por una serie de génesis, en los que se dispersa, no sólo la unidad de la frase, sino también la de la obra. Sin duda es este mal método el que da a menudo a su estilo ese no se qué de difuso, de atropellado y de embrollado, que es el único defecto de ese gran historiador.
VI
DEL TRABAJO DIARIO Y DE LA INSPIRACIÓN
Una alimentación muy sustanciosa, pero regular, es la única cosa necesaria para los escritores fecundos. Decididamente, la inspiración es hermana del trabajo cotidiano. Estos dos contrarios no se excluyen en absoluto, como todos los contrarios que constituyen la naturaleza. La inspiración obedece, como el hombre, como la digestión, como el sueño. (...) Si se consiente en vivir en una contemplación tenaz de la obra futura, el trabajo diario servirá a la inspiración, como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y como el pensamiento calmo y poderoso sirve para escribir legiblemente, pues ya pasó el tiempo de la mala letra.
VII
DE LA POESÍA
En cuanto a los que se entregan o se han entregado con éxito a la poesía, yo les aconsejo que no la abandonen jamás. La poesía es una de las artes que más reportan; pero es una especie de colocación cuyos intereses sólo se cobran tarde; en compensación, muy crecidos.
Desafío a los envidiosos a que me citen buenos versos que hayan arruinado a un editor.
¿Por lo demás, qué tiene de sorprendente, puesto que todo hombre sano puede pasarse dos días sin comer, pero nunca sin poesía?
El arte que satisface la necesidad más imperiosa será siempre el más honrado.
VIII
DE LOS ACREEDORES
Que el desorden haya acompañado a veces al genio, lo único que prueba es que el genio es terriblemente fuerte; por desgracia, para muchos jóvenes, ese título expresaba no un accidente, sino una necesidad.
Yo dudo mucho que Goethe haya tenido acreedores (...). No tengan acreedores jamás; a lo sumo, hagan como si los tuvieran, que es todo lo que puedo permitirles.
IX
DE LAS QUERIDAS
Si quiero acatar la ley de los contrastes, que gobierna el orden moral y el orden físico, me veo obligado a ubicar entre las mujeres peligrosas para los hombres de letras, a la mujer honesta, a la literata y a la actriz; la mujer honesta, porque pertenece necesariamente a dos hombres y es un mediocre pábulo para el alma despótica de un poeta; la literata, porque es un hombre fallido; la actriz, porque está barnizada de literatura y habla en "argot"; en fin, porque no es una mujer en toda la acepción de la palabra, ya que el público le resulta algo más preciosos que el amor.
Porque todos los verdaderos literatos sienten horror por la literatura en determinados momentos, por eso, yo no admito para ellos -almas libres y orgullosas, espíritus fatigados que siempre necesitan reposar al séptimo día-, más que dos clases posibles de mujeres: las bobas o las mujerzuelas, la olla casera o el amor.
-Hermanos, ¿hay necesidad de exponer las razones?
15 de abril de 1846
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Julio Cortázar: No se culpe a nadie |
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| Julio Cortázar recorriendo puestos de libros, en París. |
El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguir hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. Por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estar impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier
pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fria, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.
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Braulio Arenas: Poemas |
Te hablo. No estás. La noche.
No quiero convencerme de la noche.
No estás. La noche. Te hablo.
Sólo la noche en torno.
En torno. Y un silencio.
Un silencio que dice que eres tú.
Te hablo. No me respondes.
La noche. Y un silencio.
Te hablo. Son las estrellas.
No estás. Te hablo. La noche.
Por mucho tiempo en torno.
No quiero convencerme. Y en silencio.
Te hablo. La noche en torno.
Las estrellas.
Y un silencio que dice que eres tú.
Y un tú que dices que eres un silencio.
No quiero convencerme de tu muerte.
No quiero convencerme. Las estrellas.
Y tanto tiempo en torno.
Tanta noche.
Tanto sollozo para tanto tiempo.
DETALLES
Ellos se convidaban para reír,
para hablar del pasado,
para conocer la vida en todos sus detalles,
y en efecto muchas veces lograban sonreír,
lograban sacar algunas palabras de sus labios,
resecos por la tierra, partidos por el sol,
y hasta era posible que sintieran piedad por ellos mismos,
todo esto de un modo suave, con paseos lentos en torno de una plaza,
con intercambios de opinión, de rabia, de tabaco,
con una manía de tratarse de usted,
cuando no para detenerse en el bar de la esquina,
ese que fue demolido el año 37,
sólo un par de cervezas,
mientras una muchacha se obstinaba en leerles
algunas pocas líneas de sus manos,
todos reconcentrados en su idea,
con un perdón voy a tomar la juventud
como quien toma el último tranvía de la noche,
¿y para qué, señor?
para conocer la muerte en todos sus detalles.
PLAZA DE PROVINCIA
Esa nube superflua de tan triste memoria
se hace presente en forma naranja,
sobre el escaparate yacía un lobo blanco,
más allá se obstinan los canutos
de convencerme, a gritos, de un Dios terrible y viejo.
La plaza no era más que esa muchacha
que discurría, loca, en bicicleta,
que un pueblo de gorriones cuyo rey es el pan,
con sueños que se transan en torno al monumento
del político célebre cuyo nombre olvidamos.
No era más que ese día oscuro antes de tiempo,
que mascullar en contra del frío y la pobreza,
que ese placer tan súbito de encontrarse a sí mismo
paseando por la plaza, de aquí, d arriba abajo,
como un torpe gorrión, mascando el pan del mundo.
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Mike Sager: el diablo y John Holmes (fragmento) |
En una carrera que duró veinte años, Holmes hizo 2.274 películas de pornografía dura y folló con 14.000 mujeres. En la cima de su popularidad ganaba tres mil dólares diarios en las películas y casi lo mismo prostituyéndose, atendiendo a hombres y mujeres adinerados en ambas costas y en Europa.
Desde finales de los sesenta Holmes había comercializado su don natural. Según la leyenda, cuando su pene estaba erecto media entre veintisiete y treinta y siete centímetros de longitud. Pero últimamente el patrimonio principal de Holmes había tenido problemas. Se estaba metiendo una raya de coca cada diez o quince minutos y engullendo de cuarenta a cincuenta pastillas de Valium diarias para contrarrestar el efecto. La droga afectaba a su pene; no se le levantaba, no podía trabajar en el porno. Ahora se encargaba de entregar las drogas para la "Banda de Woonderland". Su amante, Jeana, que llevaba con él desde los quince años, se prostituía para que él pudiera pagarse su hábito. Vivían en la caravana del Chevy Malibu de su ex mujer. Holmes robaba equipajes de la cinta transportadoras en el aeropuerto internacional de Los Ángeles, Compraba electrodomésticos con las tarjetas de crédito de su mujer y los revendía cobrando en efectivo.
Holmes participaba en lo de Nash por una pequeña fortuna. Ahora también les debía pasta a los de la "Banda de Woonderland". Había fastidiado una entrega y tuvo una fuerte discusión con DeVerell y Launius. Le quitaron su llave de la casa de Wonderland y Launius le había dado un puñetazo y después golpeado con su bastón de ciruelo. Le dijeron que hiciese algo bueno. Trató de pensar. Las asociaciones de ideas confusas le llevaron a un imagen: Eddie Nash.
John Curtis Holmes llevaba la más larga y prolífera carrera de la historia de la pornografía. Había follado en la pantalla con dos generaciones de intérpretes femeninas, desde Seka y Marilyn Chambers a Traci Lords, Ginnger Lynn y la parlamentaria italiana Cicciolina.
Holmes comenzó en el negocio hacía 1968, una época en la que el empezaba a emerger desde el subsuelo de los espectáculos de cabinas y las juergas de estudiantes hacia la aceptación general. Los años sesenta, la píldora, el amor libre, las comunas, el intercambio de parejas, la creatividad perversa de los artistas de todos los medios que forzaban los límites buscando el escándalo: todo eso creó una atmósfera en la que el porno floreció.
Holmes era el gigoló de todo el mundo, un seductor de plástico de despoblado bigote, cuello abierto y un montón de botones desabrochados. No era imponente. Mascaba chicle y sobreactuaba. Enfocaba el sexo como un cantante de festival de pueblo, deliberadamente amable, ostentosamente diestro, un tipo sencillo con un anillo en el meñique y una polla grande que estaba convencido de ser el sueño de toda mujer.
La voz de Holmes era maliciosa e insinuante. Por encima de todo, amaba su trabajo.
-Un jardinero feliz es el que tiene las uñas llenas de tierra y un cocinero feliz es un cocinero gordo. Nunca me canso de lo que hago porque soy adicto al sexo. Soy muy lascivo.
John nació de Mary y Edward Holmes el 8 de agosto de 1944 en el condado de Pickaway, Ohio; era el pequeño de tres chicos y una niña. Edward, carpintero, era un alcohólico. Mary era una baptista aferrada a la Biblia. John recordaba los gritos y los chillidos y a su padre vomitando sobre los niños. Perdió su virginidad a los doce años con una mujer de treinta y seis que era amiga de su madre.
Después de estar tres años en el ejército, a los diecinueve, Holmes se puso a trabajar como conductor de ambulancias y poco después conoció a Sharon Gebenini. Sharon era enfermera en el Hospital General del condado y trabajaba en un equipo pionero de la cirugía a corazón abierto. Se casaron en 1965.
Un día de verano de 1968 Sharon llegó a casa del trabajo un poco temprano. Había ido al mercado y pensaba cocinar algo especial para su marido.
Últimamente Holmes había ido pasando de empleo en empleo, tratando de encontrar lo que de verdad le gustaba. Había dejado el servicio de ambulancias, la venta de zapatos, de muebles y de cepillos puerta a puerta. Ahora se estaba entrenando para ser guardia de seguridad.
Sharon dejó el bolso en el recibidor y salió pitando por el pasillo hacia el cuarto de baño de su apartamento en Glendale. La puerta estaba abierta. Dentro estaba su marido. Tenía una cinta métrica en una mano y su pene en la otra.
-¿Qué haces?- le preguntó ella
-¿Qué te parece que estoy haciendo?
-¿Algo va mal?
-No, es solo curiosidad- respondió Holmes.
Sharon fue al dormitorio, se tumbó y se puso a hojear una revista. Veinte minutos después, Holmes entró en el cuarto. Tenía una erección completa.
-Es increíble- dijo Holmes
-¿El qué?
-Va desde doce hasta alcanzar veinticinco centímetros ¡Veinticinco centímetros de largo! ¡Diez de diámetro!
-Eso es fantástico- añadió Sharon mientras volvía una página de la revista- ¿Quieres que llame a la prensa?
Sin que Sharon lo supiera, Holmes se había iniciado en el porno, después de un encuentro con un fotógrafo profesional llamado Joel en los lavabos del salón de póquer de Gaedina. Holmes se dejaba fotografiar para revistas y bailaba en clubs.
Ahora fijó en su mujer una larga mirada. Finalmente dijo:
-Tengo que decirte que he estado haciendo otra cosa, y creo que voy a convertirlo en el oficio de mi vida.
Lo mejor de Rolling Stone, Ediciones B. S. A; 1995, España.
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Lydia Lunch |
LOS MUERTOS TIENEN TODA LA SUERTE
EL DESASTRE SE ADHIERE COMO ELECTRICIDAD ESTÁTICA.
CORRUPTA POR NATURALEZA, ARQUITECTA DE LA MUERTE MUDA
LUCHO SOLA UNA CORTA VIDA DE AMARGURA.
PARTIDA EN DOS, LA MENTE DEBILITADA POR LOS AÑOS DE ABUSO.
EL DESEO DE ESTA ENFERMEDAD SE ROMPIÓ Y PERDIÓ BAJO
UN MONTÓN DE MIERDA.
ACARREADOS POR UNA SERIE DE ACTOS IMPRUDENTES, CONFÍO
ESTOS CRÍMENES
A LA MEMORIA.
UNA DESESPERADA HISTORIA DE ABUSO.
APÓSTATA.
TESTIGO DEL LECHO DE MUERTE, ME PUEDES SOLTAR LO MÁS LEJOS POSIBLE.
EN ALGÚN LUGAR DONDE EL RÍO ESTÉ SECO, ESCOGIDO Y ASOLADO POR UNA NADA INTEMPORAL.
NI SOL. NI NUBE. NI CUERVOS QUE CAZAR.
NI COLORES QUE ME RECUERDEN LOS AZULES NI EL NEGRO NI EL ROJO
UN LUGAR DONDE LAS CANCIONES SE PARALIZAN EN SUS SURCOS.
LOS COLIBRÍES PUEDEN IRSE AL INFIERNO.
NI MÁS CHICAS QUE MATAN NI SON MATADAS,
NI HOMBRES COMO PERROS NI MUÑECOS,
NI HABLAR A VOCES.
SILENCIOSAS ALAS SE ABATEN
CALMAN MI IRRITACIÓN
BORRAN TODOS LOS DESEOS PREVIOS
REEMPLAZAN LA ADICCIÓN POR LA RETIRADA
LLAMAN MI NOMBRE COMO PARA VIVIR CINCO DÍAS MÁS
DESPERDICIAR CINCO AÑOS MÁS
BESAN MIS DEDOS A TU CARA.
FRACTURAS LIMPIAS, MAREO.
EL RITUAL COMIENZA COMO MÉTODO DE DIVERSIÓN
DEL SÍNDROME PREOCUPACIONAL.
OJALÁ PUDIERA CREER EN LA MUTILACIÓN COMO SI SIGNIFICASE
OTRA COSA QUE EL HECHO DE ESTAR ABURRIDA SIN MIERDA.
SIN SANGRE.
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phil gooding/poemas |

AVENIDA BERNARDO O'HIGGINS, CHILE
Nosotros íbamos en un colectivo
hacía el centro.
Pasando una esquina
ella apuntó con su dedo y dijo:
"Una vez yo estuve esperando un micro allí.
La policía vino en un camión
entraron en esa casa,
y dispararon a toda la familia.
Una de las mujeres estaba embarazada".
Qué pasó contigo le pregunté.
"Yo no miré
subí al bus
y me fui a trabajar".
DÍA DE GRACIAS
Como un niño crecí en norteamérica
y aprendí a dibujar pavos,
con la silueta de mi mano
sobre un papel de colores.
Cada dedo era una pluma
y la silueta de mi pulgar
con pico y ojos se transformaban
en un cuello y una cabeza.
Esto, a lo largo del almuerzo
los desfiles y el fútbol
era así como celebramos el Día de Gracias.
Ahora, tomo la misma mano
sobre una página
levanto mi antebrazo
giro mis manos con mis dedos
en la dirección de un reloj
en ángulo recto.
Esta es la imagen
de un solitario árbol
cerca de un alambrado en la Patagonia
doblado por el viento,
pero firme.
Todos mis dedos-ramas
apunta al norte.
El viento viene del Sur.
Traducción de MARCELA MUÑOZ MOLINA
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Adriano González León: Aeromoza |
Casi todos, en alguna parte del deseo, tenemos inscripta una aeromoza. Melusina del aire. Cleopatra con la nariz presurizada, Ofelia perdida en el espacio, Leonor de Aquitania que regresa veloz del siglo XII, Isolda expandiendo su veneno en vaso de cartón y Helena raptada más allá del sonido, se juntan, en altiva elegancia, pie seguro, impecable falda, una siempre sonrisa mientras el brazo mágico derrama las pastillas de menta. Ella es un aleteo y una negación de la muerte. Hostes, azafata, camarera, en azules, pardos o limones, nos alivia el despegue. Cada grito suyo aligera las millas anunciadas, y crece con velocidad de crucero, la esperada aventura.
Pero la aeromoza siempre es irreal y lejana. De la cabina a la cola, cada vez, su andar es más distante. Dejémonos de cuentos. Nunca ha cruzado fronteras. Desde el SEÑORAS Y SEÑORES, ha indicado límites, aunque cualquiera a la hora de chiclets y café, con arbitraria esperanza, piensa que es para él, únicamente, el gesto peculiar. Después sentirá el malestar típico que causan las alturas, el cinturón difícil de abrochar, un segundo café pedido con malicia. Y ella se sentará entonces al lado, porque milagrosamente, el asiento vecino había quedado vacío y hablará de la próxima ciudad, dirá dónde nació, cuántas horas de vuelo ha realizado, cuáles son sus licores preferidos y a qué hotel llegará (salieron por la noche, cenaron en un pequeño restaurant de italianos, le gustaba oír jazz, y después, una pista pequeña y el baile con la media luz que conocemos y al final… el amor).
Irreal y lejana. Su gorra, su quepis, su cristina, estallan en los ojos. Ocurrido el descenso, separados por la reja en la oficina de extranjería, vemos como se pierde entre el gentío su necessaire con alas y etiquetas. Ni siquiera advirtió nuestro saludo. Y todos le odiamos y amamos mientras el cielo se recobra.
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darío canton: rectificación |
Las últimas palabras
del teniente
fueron:
la puta que los parió
nos cagaron.
Un reportero
que pasaba por allí
las reprodujo
y fue el escándalo;
el Ministerio
debió intervenir.
Todo había sido
(puesto
que estaba
descartada la malicia)
un grueso error
de interpretación.
En verdad
el héroe había dicho:
muero contento
sé que otros
me seguirán.
Entre las variantes
que se barajaron
figuraban
muero contento
hemos derrotado
al enemigo
pero no era el caso
y además
sonaba conocida;
muero contento
guerra a muerte
al adversario
pero se pensó
que éste
por esas vueltas
que la vida
podía alguna vez
ser amigo
y era pecar
de imprudentes;
muero contento
que el pueblo
tome la bandera
pero tenía algo
un no sé qué
matices que no acababan
de convencer a todos,
muero contento
sé que mis compañeros
seguirán la lucha
pero era un compromiso
arriesgar demasiado
había habido ocasiones
(mejor olvidarlas)
en que así no fue;
en fin
cerca de las dos
cuando ya el hambre acuciaba
casi todos coincidieron en el texto
que fue versión oficial.
Revista CRISIS, Número 5, Septiembre de 1973.
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Sonia González Valdenegro: Ulianov visita a su padre |

Es martes. Pero Ulianov no irá al gimnasio. Durante la tarde, y mientras resolvía un complicado cálculo financiero, la imagen de su padre se interpuso perentoriamente entre él y los números, como una nueva incógnita a despejar. Pensó en aquella cara mal afeitada, en el temblor de sus manos al coger la botella de vino o en la vibración de su voz al llamarlo niño.
Papá, gritó su pensamiento. Debo ver a papá.
De manera que permaneció en el Banco, hasta después de las ocho, sentado frente a la pantalla del computador, con la mirada fija en un documento al cual no había hecho rectificación alguna desde la jornada anterior y cuya demora retardaba todo su trabajo. Luego de mirar la hora en su reloj lo apagó, se despidió de un par de afanosos que permanecían hasta entrada la noche trabajando y bajó al estacionamiento.
Le gustaba - ¿de verdad te gusta?, le había preguntado una vez su padre - la sensación de cansancio mortal de aquella hora, especialmente los martes y jueves, cuando no debía partir corriendo a la Universidad y que eran sus dos tardes libres para ir al gimnasio o a la casa de su padre.
¿Por qué si no es martes necesita verlo?
Porque papá puede estar enfermo. Porque tal vez está triste. Porque debe sentirse solo.
Visitará a su padre.
Y una cuarta posibilidad. Porque papá puede haberse metido en un lío. De nuevo.
Es verdad que la última vez conversaron, agotaron el tema de las escapadas de él.
- Ya no puedes irte solo al centro. Ni mucho menos a aquellas reuniones. El día menos pensado vas a regresar con la cabeza rota. Si es que regresas.
Pero no se podía estar tranquilo con él. El viejo se las traía.
Cuando tuvo que sacarlo de la comisaría, meses atrás, se subió a su automóvil amurrado, dispuesto a no dar ninguna explicación.
No le parecía suficiente, al viejo, con haberlo llamado Ulianov condenándolo, de esa manera a todas las suspicacias que debió enfrentar gracias a aquel nombre. Es verdad que, según le explicó un amigo abogado, podía cambiarlo argumentando que era menoscabante, pero aquello habría sido un golpe demasiado fuerte para el viejo.
- ¿Menoscabante? - lo podía imaginar - ¿Menoscabante el nombre de la gran figura de nuestro siglo?
Podría justificarlo haciéndole ver que la gran figura había sido derribada de todas las plazas y sus estatuas fundidas para hacer de aquel material algún objeto de ignominia. Pero, puesto que había vivido más de treinta años con aquel sanbenito a cuestas, qué podía costarle llevarlo consigo otros treinta. O cuarenta más.
Visitaría a su padre. Su llegada le haría bien, lo distraería. Y le permitiría a él sacarlo de su pensamiento.
La tarde anterior, como hacía los tres días a la semana que visitaba a su padre para hacerse cargo de mantener su casa en un estado distinto del de la pocilga que fue antes de que la contrataran, Eva telefoneó a Ulianov.
- No se preocupe, joven. El caballero está bien.
¿Y si no estaba bien? ¿Y si repentinamente el viejo había hecho una de las suyas?
Como si hubiera sido poco la infancia que debió soportar junto a él, acompañando a su madre a sacarlo de las comisarías cada vez que un grupo de revoltosos hacía de las suyas, el viejo, no obstante la edad, a pesar del giro violento de la historia hacia la derecha, se resistía a bajar su puño de acero.
- ¿De veras lo encontró bien?
- Sí, joven.
- ¿Se ha tomado las pastillas?
- Sí, joven.
- ¿Lo visitó alguien mientras usted hacía el aseo?
- No, joven.
- ¿Recibió alguna llamada?
- No, joven.
El peor momento fue, lejos, cierta mañana en que apareció de sorpresa por su casa y al entrar encontró en la sala, sentados con los pies sobre la mesita de centro, a dos muchachos, uno de los cuales limpiaba una subametralladora.
- ¿Está usted segura?
A Ulianov, un hombre práctico por encima de todo, le resultaba un buen sistema, aunque algo complicado, el establecido para llevar aquella relación. Cierto es que podría llevarlo a vivir con él. Estaba tan solo el viejo. O conseguirle una habitación en aquellos hogares donde los ancianos comparten el tiempo y disfrutan de la compañía de sus iguales. Pero así, con el viejo habitando todavía la casa de la villa Macul, aunque muy grande ahora para él, se mantenía una ilusión de independencia, y el viejo preservaba aquella sensación tan conveniente de que se las arreglaba solo.
Claro. El viejo no sabía que Eva le entregaba día por medio un informe detallado de sus acciones.
Cada vez que llegaba a verlo, don Pedro estaba regando. Y esperando por él. Aparecía casi de inmediato - como quien ha pasado la tarde pendiente de la hora - y le sonreía secándose el sudor de la frente con la manga de la camisa. Una sensación inevitable, semejante a la exasperación lo atacaba ante aquella visión: su padre ocupado en el jardín como todos los viejos del mundo.
Aunque el jardín era una entretención bastante menos peligrosa que insistir en el tema agotado de la revolución.
Aquella vez, cuando Ulianov encontró a los muchachos armados hasta los dientes, don Pedro no sólo no le dio la explicación que él creía merecer sino que, además, lo embarcó en una difícil operación de salvamento que consistía en llevar a aquellos dos por la carretera en dirección al sur, dejarlos en un camino vecinal y olvidar luego el asunto como si nunca hubiera visto a esos muchachos y mucho menos los trabucos.
Y le había hecho caso, como cuando era un muchacho y lo mandaba a comprar el pan o a dejar un paquete misterioso a la casa de una mujer o a las oficinas cerradas de una fábrica donde los trabajadores que hacían el turno de la noche lo esperaban junto a la reja, le daban las gracias y un tirón de pelo.
- Buen cabro. Saluda a tu padre de mi parte.
Conduciendo, cuando cayó la noche por la carretera desierta, mucho más lejos de donde en principio los muchachos le dijeron debía dejarlos, Ulianov se preguntaba por qué. Y después regresó hablando, todo el camino, dirigiéndose imaginariamente al viejo, reprochándole que a su edad siguiera portándose como un pendejo.
- Un revolucionario, dirás.
- Un revolucionario pendejo.
- Insolente.
Don Pedro dejaba la manguera y entraba en la casa a buscar las llaves. Estaba acostumbrado a que su hijo lo visitara los jueves además de los sábados o los domingos. Aunque para ambos eran preferidos aquellos encuentros de los jueves porque entonces estaban solos y podían hablar. Es verdad que hablar, en el caso de ellos, era una manera de decir. Lo que don Pedro disfrutaba en aquellas ocasiones era compartir un trago con su hijo mientras afuera se hacía de noche.
- Qué tal, niño - le decía golpeándole el hombro.
Ulianov besaba su mejilla sin afeitar.
A don Pedro lo enorgullecía que, no obstante trabajar en un Banco, trabajaba tanto su muchacho - para qué, para quiénes -, Ulianov siguiera visitándolo con rigurosa periodicidad y que en sus incursiones no acusara cansancio al sentarse frente a él y dejar pasar el tiempo. Le gustaba, también que, no obstante las diferencias de método (así las denominaba don Pedro), coincidiera con él en que ahora, igual o más que antes, cambiar el mundo de raíz era una necesidad.
- Un mundo donde imperen el amor y la solidaridad. No el poder del dinero.
Había - don Pedro estaba consciente de aquel detalle- cierto tono burlesco en la nueva inflexión de su voz al pronunciar la palabra revolución, pero él había advertido un matiz, un doble significado en todos los gestos de Ulianov, su Ulianov. Era rara, entre otras, la nueva costumbre de hablar de pie como un improvisado conferencista, que había advertido en él las últimas reuniones en su casa, cuando también estaban presentes sus amigos de ahora. E inquietante, necesario era reconocerlo, cierta facilidad en tildar de imbécil a demasiada gente.
Una vez adentro, don Pedro iba a la cocina y preparaba para su hijo un vaso de whisky. Sabía que a esa hora Ulianov no bebía otra cosa y que le gustaba con dos cubos de hielo. Escogía para sí un vaso pequeño, de vidrio corriente y vertía en el interior una medida de la botella de vino abierta.
- Prescripción médica.
Y se sentaban en la terraza.
Durante el último tiempo el tema entre los dos se había ido agotando. Don Pedro preguntaba por las niñitas y por Mariela. Ulianov, y esto alarmaba a su padre, no parecía saber demasiado de ellas. Los fines de semana, cuando ellas lo acompañaban en su visita, eran las ocasiones en que su hijo parecía más ausente, como si su espíritu hubiera quedado en otro lugar. A don Pedro le costaba pensar aquello a través de la palabra espíritu, pues él sólo admitía la constancia de la materia, pero sabía también que a lo imperceptible debía mencionársele de alguna manera y espíritu era mejor que alma o que psique.
Si Ulianov lo visitaba realmente, eso sucedía los jueves. Estaba ahí, con los cinco sentidos, aunque sus sentidos estuvieran un poco menguados a causa del trabajo y de los estudios a los que lo forzó la gente del Banco.
- ¿Por qué no te niegas a ir a ese curso? Tú ya fuiste a la Universidad. Y tu familia te necesita.
- Porque es sí o sí, viejo. Nadie me está preguntando si quiero hacer el diplomado. Me están diciendo, con sus mejores modales, que puedo tomarlo, pero que si no lo hago me tengo que ir.
- Eso me parece muy raro.
- El Banco no es la empresa de Ferrocarriles, viejo.
Don Pedro no se ofendía con aquella referencia al trabajo que tuvo desde que llegó a Santiago y hasta que jubiló, y gracias al cual educó a su hijo y compró aquella casa por cuyos rincones podía vagar durante las largas jornadas que aprendió a llenar gracias a los detalles que dejaron en ella los que ya no estaban. Su mujer y Ulianov. Fue un buen trabajo. Nadie lo obligó a estudiar algo que no quisiera, y cuando lo hizo fue por su propia decisión y porque don Pedro tuvo y seguía teniendo una voluntad de tren, un enorme animal dispuesto a embestir con lo que se pusiera por delante.
- Estás cansado, niño.
Nadie lo llamaba así. Ni siquiera don Pedro, cuando había alguien presente, aunque se tratara de Mariela. Si don Pedro le decía niño era porque quería hacerlo suyo; aquel apelativo encubría su inútil deseo de devolver el tiempo. Era una triste compensación, una revancha, pero a ninguno de los dos hacía daño. Ulianov seguía llamándolo papá delante de todo el mundo, y viejo, cuando estaban solos. Jamás había dejado de saludarlo con un beso en la mejilla, pero cuando su padre le decía niño su ánimo se venía abajo de golpe y lo invadía una rabia difícil de contener cuyo destinatario no era don Pedro sino todos los demás, especialmente la puta vida que los había dejado solos en aquella isla.
- ¿Te pasa algo?
Debía decírselo. Necesitaba preguntarle si era feliz. En el fondo, aunque no se lo propuso deliberadamente, si se dirigía hasta su casa aquella tarde y no en el gimnasio era porque lo acuciaba la urgencia de preguntárselo.
- ¿Estás bien, viejo?
La conversación sincera, entre un padre y un hijo - lo sabía por experiencia propia y porque lo había hablado con el geriatra que lo trataba - no era fácil. Se trataba de una barrera difícil de sobrepasar. Aunque no imposible.
El viejo creía que trabajaba demasiado, que debía dedicarle más tiempo a las niñas y a su mujer. Y, de pasada, a la causa.
- A cualquier cosa que te saque de tu condición de individuo - le había dicho una vez.
- Es que yo soy un individuo, viejo.
- Eres una persona, muchacho. Nunca lo olvides.
Viejo cabrón. Lo decía mientras manejaba. Así que para ser persona había que andar por las calles gritando con un altoparlante o recibiendo a terroristas en su casa. ¿Para qué? Claro. Para que después el guevón de su hijo los pusiera en algún lugar. No se preocupen, chiquillos, este es Ulianov, mi hijo, él los va a llevar a un sitio seguro.
De manera que, claro, don Pedro tenía razón cuando luego de conocer a Eva - Eva fue con su hijo una mañana de invierno y lo saludó cortésmente estrechando su mano -, acusó a Ulianov de haberle instalado una espía en casa.
- Sí, viejo. Quiero que te jubiles de revolucionario.
- Jamás.
- Por lo menos que te jubiles de protector de terroristas.
- No son terroristas.
- Lo que sean, papá. Quiero que te jubiles.
- Un hombre nunca se jubila de la vida.
Viejo cabrón, se decía, aunque el recuerdo de aquello lo hacía sonreír. Porque cuando el viejo hablaba de esa manera había en él tal dignidad y determinación que, mezclado con un sentimiento de piedad lo hacía experimentar un orgullo desmedido. Incluso, la memoria de aquel sentimiento le oprimía el pecho, igual que una coraza.
- Si crees que me voy a entregar porque me pones una espía en casa, te equivocas.
- No es una espía, viejo.
- Un hombre nunca se entrega.
- No pretendo que te entregues, papá.
- Un hombre sólo se entrega por amor.
De manera que tres de los siete días de la semana, la situación estaba bajo control. Eva se encargaba de ello. Y los otros días él, personalmente se preocupaba de echar una mirada en la casa para verificar que las cosas estaban en orden. Hacía, Ulianov, vista gorda de las publicaciones que su padre recibía o compraba en el quiosco de la avenida Macul, a dos cuadras de su casa y hasta donde su padre se movilizaba todas las mañanas para saber cómo iban las cosas y hablar con el compañero Tagle. Tagle era otro que bien bailaba. Pero Ulianov no podía prohibirle al viejo aquellas juntas. Ya se lo podía imaginar.
- ¿Así que Tagle no me conviene?
- No te conviene.
- ¿Y de cuándo acá me vas a decir tú a mí qué es lo que me conviene? ¿Acaso yo te prohibí alguna vez que cultivaras una amistad?
- No, viejo...
- La amistad, niño...
Etcétera.
Podía confiar en Eva. Era una mujer madura, seria y de buen carácter. Antes que a don Pedro había cuidado de la madre de uno de los gerentes del banco. Aquella mujer era el polo opuesto de su padre. Y sin embargo Eva se las arregló con ella tan bien como con don Pedro.
Porque conforme fue transcurriendo el tiempo, don Pedro dejó de aludir a ella como la espía que me pusiste para llamarla aquella mujer, la señora Eva, la gorda.
Su padre era sí.
- ¿Y habla con usted, señora Eva?
- Por supuesto. Viera cómo habla.
- ¿Y de qué le habla?
- De don Elías. De las salitreras. De usted, joven.
- ¿Y de mi mamá?
- De ella casi no habla.
Raro. Porque don Pedro y su mujer fueron de esos matrimonios ejemplares que había antes, cuando las mujeres seguían a los maridos - así gustaba decir a don Pedro - y luchaban junto a él. La madre de Ulianov, doña Victoria (tiene nombre de reina ésta, se burlaba don Pedro) lo acompañó en relegaciones, cesantías, cárceles y apaleos.
Pero el viejo parecía haberla olvidado. Cuando Ulianov mencionaba a su madre, don Pedro, para seguir la conversación la nombraba como la madre de usted, niño.
Y tan preocupado el viejo ahora porque estimaba que él descuidaba a Mariela y a las niñas. Como si él hubiera renunciado a una hora de sindicato o célula por ellos.
Ulianov estuvo a punto de estrellar el vehículo en las esquinas de avenida Macul y Los Plátanos.
- Maneja con cuidado, baboso - le gritó otro conductor, que se dio a la fuga.
Ulianov detuvo el vehículo y comprobó que sus manos estaban temblando.
"Tranquilízate, Ulianov", se dijo.
Ni siquiera un segundo nombre, con el cual encubrir ese. Un nombre cristiano, como el que tenían todos en el banco y antes en la universidad y todavía antes en el colegio y en el kindergarten.
- ¿Cómo dijo que se llamaba, señor?
- Ulianov. Ulianov Méndez.
- ¿Y qué nombre es ese?
- Es ruso.
- Ah. Sus padres deben haber sido comunistas.
Cómo no. Y su padre lo seguía siendo. Si él se descuidaba, el viejo se mandaba a cambiar a alguno de aquellos sindicatos donde se reunían los viejos tercios del frente popular en la avenida Vicuña Mackenna. Si dejaba de verlo alguna tarde recibía a un grupo de asaltantes. O de secuestradores.
Sin ir más lejos, años atrás, cuando secuestraron al hijo de un conocido empresario, Ulianov ingresó a casa de su padre a las dos de la mañana - no pudo esperar al día siguiente - y revisó, pieza por pieza, con el olfato muy atento, la presencia de aquel muchacho.
- ¿Y? ¿Tranquilo? - preguntó el viejo.
- Tranquilo. Buenas noches, viejo.
- Buenas noches, niño.
De manera que ahora no estaba dispuesto a ceder.
Detuvo el vehículo frente a la casa. Bajó, cerró las puertas y aseguró el automóvil con la alarma.
- Tanta alarma, digo yo. Como si los ladrones en este país anduvieran en la calle.
- Seguridad, viejo. Seguridad ante todo.
Iba a tocar el timbre, dispuesto a ver aparecer al viejo con la manguera, pero un impulso lo retuvo.
Utilizó su llave, la que le había permitido aquella vez, sorprender a los muchachos de la subametralladora.
Y entró. Despacio. Avergonzado. Se dirigió silenciosamente a la sala de estar, donde en el viejo tocadiscos sonaba un tango, aquel que su padre ya no cantaba porque había ido perdiendo la voz de antes. "Hoy sos toda una bacana, la vida..."
Se dirigió, por el pasillo hasta el dormitorio.
Y empujó la puerta.
Cuántas veces había pensado, imaginado un instante como ese; abrir la puerta del dormitorio y encontrarlo muerto, dormido en un sueño sin retorno ni dolor.
Pero don Pedro estaba vivo. El leve ronroneo de su siesta era un signo vital. También lo era el calor que despedía aquella habitación. Y el rostro sonrosado de Eva, también dormida, en los brazos de él.
Nota: Sonia González Valdenegro, nacida en Santiago, de profesión abogada. Ha publicado 4 libros "Tejer historias", cuentos, editorial Ergosum, año 1986; "Matar al marido es la consigna", cuentos, Editorial Planeta, año 1994; "El sueño de mi padre", novela, Editorial Planeta, año 1998 e "Imperfecta desconocida", Editorial Planeta, año 2001". Ulianov visita a su padre es parte de un volumen de cuentos inédito, titulado "La preciosa vida que soñamos".
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Billy Collins: Jazz y Naturaleza |

Era otra mañana clara y soleada,
una brisa seca agitaba los árboles en torno a la casa
y yo no tenía nada que hacer -
mi escena habitual a finales de agosto.
Estaba leyendo la autobiografía
de Art Pepper, así que puse un disco de Art Pepper
y encendí los altavoces de fuera
para sentarme bajo el sol caliente.
Y leer más acerca de su vida de sordidez y prisión
mientras escuchaba su alto veloz, suave
saliendo de entre dos grandes arces
como si el jazz de la Costa Oeste fuese la música de la propia naturaleza.
Así, dibujé una especie de caja
alrededor de la mañana,
en tres dimensiones y a lápiz,
conmigo dentro sujetando una regla en mi mano.
Leía y escuchaba y leía,
y a veces echaba un vistazo a las fotografías
para comprobar la cara del hombre
que me dijo que una vez había conducido un Cadillac verde dorado
en el que podías perderte para siempre, como cuando
miras a las aguas de un lago;
el hombre que dijo que había compuesto
una balada llamada "Diane" para su segunda mujer
sólo para darse cuenta más tarde
de que la melodía era demasiado hermosa para ella.
El tipo que confesó haber vendido
a su perro, un caniche color champán llamado Bijou,
por un chute de veinte dólares
y el que comentó que los hombres que en la cárcel
intentaban desintoxicarse introducían
los bajos de los pantalones en los calcetines
para que ni la más ligera brisa tocara su piel.
Detrás de donde yo estaba sentado al sol
había un brote de flores silvestres rosadas,
y algunas de las abejas que revoloteaban por allí
comenzaron a zumbar alrededor de mi cabeza.
Una en particular parecía tan interesada
en mí que la di un manotazo,
me levanté rápidamente y dije "no me vaciles
o te parto la cara, fantasma,"
una reacción sin duda inspirada
en mis lecturas sobre los bajos fondos californianos
en el cincuenta y siete,
mi año favorito de todos los tiempos para el jazz.
Pero persistió, esta abeja, y al final
me obligó a retirarme dentro, al estudio oscuro y fresco
donde un gato dormía sobre una silla,
un buen lugar para escribir todo esto
y preguntarme en qué ocuparía el resto del día -
tal vez en colgar un cuadro en la pared
o en recibir una llamada sorpresa
de alguien a quien solía amar.
¿Qué tal algo de Dexter Gordon
a la hora del aperitivo
y quién sabe?
quizás un encuentro con una hormiga cruel -
todo ello, probablemente, es parte de mi propia autobiografía,
un relato más cauto, contado en tiempo presente,
con unas pocas ilustraciones toscas
y un diagrama de mi pequeño árbol genealógico,
un trabajo cuyas páginas pasan
cada día como el agua que hace girar la noria,
la única cosa que no puedo dejar de escribir,
el único libro que nunca podré abandonar.
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Cioran: Retazos de Angustia |
París: insectos comprimidos en una caja. Ser un insecto célebre. Toda gloria es ridícula; quien a ella aspira ha de tener en verdad el gusto de la decadencia.
Desde hace veinticinco años, vivo en hoteles. Entraña una ventaja: no estás fijo en ninguna parte, no te apegas a nada, llevas una vida de transeúnte. Sensación de estar siempre a punto de partir, percepción de una realidad sumamente provisional.
No se me oculta que en todo lo que hago hay una mezcla de periodismo y metafísica.
Heidegger y Céline: el filósofo y el escritor que, después de Joyce, más se han ocupado de la lengua para modelarla, torturarla, hacerla hablar…
Verdugos del lenguaje.
Nada puede echar a perder a alguien, salvo el éxito. La gloria es la peor forma de maldición que puede caer sobre una persona.
Dos hombres ejercen en mí un efecto estimulante y siempre me han infundido deseos de trabajar, de hacer algo, de querer a toda costa dejar alguna huella: Napoleón y Dostoyevski. (Entre paréntesis, ¡dos epilépticos!)
¿Por qué se agravan con la edad los defectos y los vicios? Porque se desgastan menos que las virtudes y, además, son más propios de nosotros, más individuales, mientras que estas últimas parecían -y son, por lo demás- más impersonales, más abstractas y más convencionales. No tienen rostro, mientras que los vicios y los defectos llevan la marca de la unicidad, sin por ello dejar de ser atributos universales del hombre.
Montaigne, un sabio, no tuvo posteridad; Rousseau, un histérico odioso, suscita aún discípulos.
Esta es una de las pocas cosas de las que estoy seguro; la única razón que tienen los hombres para vivir en común es la de atormentarse, hacerse sufrir unos a otros. Nunca me cansaré de machacar esta evidencia.
He intentado releer el Fausto, treinta años después. Sigue resultándome igualmente imposible: no consigo entrar en el mundo de Goethe. Solo me gustan los escritores enfermos, heridos de una forma o de otra. Goethe sigue siendo para mí frío y envarado, alguien a quien no se nos ocurriría recurrir en un momento de angustia. No de é, sino de Kleist, es de quien nos sentimos próximos. Una vida sin fracasos importantes, misteriosos o sospechosos no nos seduce.
James Joyce: el hombre más orgulloso del siglo, porque quiso -y en parte alcanzó- lo imposible con el empecinamiento de un dios loco y porque nunca transigió con el lector y no estaba dispuesto a ser legible a toda costa. Culminar en la oscuridad.
El fondo de la desesperación es la duda sobre uno mismo.
(Tusquets Editores)
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juicios inquisitoriales |
DE INQUISIDORES DE LA INQUISICIÓN LLEVADOS
A CABO EN LIMA EN LOS AÑOS 1587
Y OTROS AÑOS
Juan Esteban, molinero de La Paz, porque afirmaba que tener acceso carnal con una india en Semana Santa no era pecado.
Antonio Gómez, alabardero del Virrey, se acusó que habiéndose rifado dos veces una empanada en el cuerpo de guardia, como no se la sacase en ninguna, había exclamado: "llévesela el diablo".
Alonso de Velásquez, soldado de galeras, se denunció igualmente de haber expresado que si él no cabalgaba en este mundo, el diablo le cabalgaría en el otro.
Juan de Otárola, se acusó de que viéndose muy afligido por lo adeudado que estaba, había llamado al demonio.
Pedro Gutiérrez de Logroño, porque dijo que cierta mujer, por tener sus partes in obliquitate dispositae no iría al cielo.
Diego de Frías Miranda que negaba que la simple fornicación fuese pecado.
Cristóbal Sánchez de Ceballos, porque decía la misa sin mirar el misal.
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Marina Tsveteava |

UN RICO SE ENAMORÓ DE UNA POBRE
Un rico se enamoró de una pobre,
Un sabio se enamoró de una tonta,
Un hombre robusto se enamoró de una anémica,
Un bueno se enamoró de una mala:
La moneda de oro, de la de cobre.
-Comerciante, ¿dónde quedaron tus lujos?
-En un canasto agujereado.
-Orgulloso, ¿dónde quedó tu sabiduría?
-Bajo la almohada de una mujerzuela.
-Galán, ¿dónde quedó el carmín de tus mejillas?
-Se lo tragó la noche negra.
-¿Dónde quedó la cruz de plata con su cadenita?
-Bajo las botas de la muchacha.
Rico, no ames a la pobre.
Sabio, no ames a la tonta.
Hombre robusto, no ames a la anémica.
Bueno, no ames a la mala.
Moneda de oro, no ames a la moneda de cobre.
A LA VIDA
No te llevarás el rojo de mi mejilla
Poderoso como el desborde de un río.
Eres cazador, pero no me rendiré.
Tú eres la persecución, pero yo soy la fuga.
¡No cogerás viva a mi alma!
En plena persecución, en plena carrera desbocada,
El caballo árabe arquea el pescuezo
Y se corta la vena con los dientes.
CONATO DE CELOS
¿Qué tal le va con la otra?
¿La vida le resulta más simple? ¡Un golpe de remo!
Pronto desapareció el recuerdo
De la isla flotante que soy yo,
Desapareció
¿Cómo la línea de la costa?
Isla flotante en el cielo, no en el agua.
¡Almas, almas deberíais ser hermanas,
Y no amantes!
¿Qué tal le va con una mujer
Simple, sin divinidades?
¿Después de destronar a la reina
(Y de abandonar el trono usted mismo)?
¿Cómo le va, se desvela?
¿Le da escalofríos? ¿Cómo se siente cuando se levanta?
¿Cómo se las arregla para pagar el impuesto
De la vulgaridad inmortal, pobre hombre?
"¡Basta de convulsiones y
Sobresaltos! Arrendaré casa".
¿Qué tal le va con cualquiera,
Elegido mío?
La comida es mucho mejor y más sabrosa,
¿Verdad? -¡No me oculte su dicha!
¿Diga, qué tal le va con esa fulana,
Usted, que holló el Sinaí?
¿Se vive bien con una extraña,
Con una mujer de aquí? Diga: ¿la ama?
¿La vergüenza no le cruza la frente
Con las riendas de Zeus?
¿Cómo le va, cómo está la salud?
¿Qué tal? ¿Todo bien?
¿No le supura la úlcera
De la conciencia inmortal, pobre hombre?
¿Le va bien con la mercadería
De la feria? ¡El tributo es duro!
¿Qué le parece el polvo de yeso
Después de haber conocido el mármol de Carrara?
(Dios fue esculpido en una roca
Y destruido totalmente.)
¿Cómo lo pasa con la cien mil,
Usted que conoció a Lilit?
¿No se siente ahíto de novedades
De feria? Hastiado de las maravillas.
¿Cómo le va yendo con una mujer
Terrena, desprovista de sextos
Sentidos?
Vamos, sea franco, ¿es feliz?
¿No? Cuénteme, ¿cómo le va
Con el vacío sin profundidad? ¿Peor que antes?
¿Lo mismo que a mí con otro?
TRADUCCIÓN: NICANOR PARRA
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Jack Kerouac: Credo y técnica de la prosa moderna |
![]() |
| Jack Kerouac con el equipo de Football de la Universidad de Columbia, 1940. |

Lista de Esenciales
1. Libretas secretas garabateadas y desenfrenadas páginas mecanografiadas para tu propio deleite.
2. Resignado a todo, abierto, atento.
3. Trata de no emborracharte nunca fuera de tu casa.
4. Ama tu vida.
5. Algo que sientes hallará su propia forma.
6. Sé un loco santo de la mente.
7. Sopla tan hondo como quieras soplar.*
8. Escribe sin base lo que quieras desde el cimiento de la mente.
9. Las innombrables visiones del individuo.
10. Ningún tiempo para poesía sino exactamente lo que es.
11. Tics visionarios temblándote en el pecho.
12. Con hipnótica fijación soñar sobre el objeto que tienes ante ti.
13. Elimina las inhibiciones literarias, gramáticas y sintácticas.
14. Como Proust sé un viejo dopado del tiempo.
15. Decir la verdadera historia del mundo en monólogo interior.
16. El centro preciso de interés es el ojo dentro del ojo.
17. Escribe para ti recordando y asombrándote.
18. Trabaja hacia fuera desde el expresivo ojo central, nadando en el mar del lenguaje.
19. Acepta perder para siempre.
20. Cree en el santo contorno de la vida.
21. Lucha para dibujar el torrente que ya existe intacto en la mente.
22. No pienses en palabras cuando te detengas sino para ver mejor el cuadro.
23. Conserva la huella de cada día en la fecha que blasona tus mañanas.
24. Ni temor ni vergüenza en la dignidad de tu experiencia, lenguaje y conocimiento.
25. Escribe para que el mundo lea y vea tus exactas fotografías de él.
26. Un libro de cine es la película en palabras, la forma visual Americana.
27. Elogio del Carácter en la Fría inhumana Soledad.
28. Composiciones salvajes, indisciplinadas, puras, brotando desde abajo, cuando más locas mejor.
29. Eres un Genio todo el tiempo.
30. Director-escritor de películas Terrestres Patrocinadas y Angelizadas en el Cielo.
*El estilo literario de Kerouac, prosa espontánea o "prosodia bop", se halla íntimamente ligado al fraseo de los músicos de jazz bop, sobre todo al de los que ejecutan (soplan) instrumentos de viento.
Jack Kerouac, "Belief & Technique for Modern Prose"

List of Essentials
1. Scribbled secret notebooks, and wild typewritten pages, for yr own joy.
2. Submissive to everything, open, listening.
3. Try never get drunk outside yr own house.
4. Be in love with yr life.
5. Something that you feel will find its own form.
6. Be crazy dumbsaint of the mind.
7. Blow as deep as you want to blow.
8. Write what you want bottomless from bottom of the mind.
9. The unspeakable visions of the individual.
10. No time for poetry but exactly what is.
11. Visionary tics shivering in the chest.
12. In tranced fixation dreaming upon object before you.
13. Remove literary, grammatical and syntactical inhibition.
14. Like Proust be an old teahead of time.
15. Telling the true story of the world in interior monolog.
16. The jewel center of interest is the eye within the eye.
17. Write in recollection and amazement for yourself.
18. Work from pithy middle eye out, swimming in language sea.
19. Accept loss forever.
20. Believe in the holy contour of life.
21. Struggle to sketch the flow that already exists intact in mind.
22. Dont think of words when you stop but to see picture better.
23. Keep track of every day the date emblazoned in yr morning.
24. No fear or shame in the dignity of yr experience, language & knowledge.
25. Write for the world to read and see yr exact pictures of it.
26. Bookmovie is the movie in words, the visual American form.
27. In praise of Character in the Bleak inhuman Loneliness.
28. Composing wild, undisciplined, pure, coming in from under, crazier the better.
29. You're a Genius all the time.
30. Writer-Director of Earthly movies Sponsored & Angeled in Heaven.
Este credo fue redactado por Kerouac como síntesis de sus anotaciones sobre los "Esenciales de la prosa espontánea", donde en el rubro Estado Mental anotó: "Si es posible escribir "sin conciencia" en semi-trance (como en la anterior 'escritura-trance` de Yeats) permitiendo que el subconsciente en su propio lenguaje desinhibido interesante necesario y así `moderno` admita lo que el arte consciente censuraría, y escribir excitadamente, velozmente, sin calambres en la escritura manual o mecanográfica, de acuerdo (como del centro a la periferia) a las leyes del orgasmo, el `anublamiento´ de la conciencia `según Wilhelm Reich. Viene de adentro, sale a relajar y decir".
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the jerigonza/poem |

The Toreador
It was after the Fiesta Mayor de Barcelona
that Conchita received her "matador",
and placed him on the mantelpiece
amidst a fine collection of Iberian art.
She had snatched him from a life of starvation,
dressed him in a traje de luz,
and presented him as a novillero.
But Fernando Perez graduated to a toreador
and aficionados throughout Spain argued
about his skill and courage at the moment of truth.
Some likened him to El Vitti, others to Paco Camino,
while a few veterans said he resembled Belmonte.
But it was the same aficionados who hissed
en la Plaza Monumental,
when Perez hesitated
and suffered a fatal cogida.
That same afternoon
Conchita took Fernando Perez
from her mantelpiece,
and threw him into the fire.
Then went to the calle Escudillers
and drank with the aficionados.
Keit N. G. Bradley
(En Encounter, Londres, diciembre de 1972)
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Guillaume Apollinaire: La infalibilidad |
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| Guillaume Apollinaire y Madeleine Pagès, Oran, diciembre 1915. |
El abate Delhonneau fue conducido al comedor. Era un sacerdote del Morvan. Su aspecto de hombre testarudo tenía cierta analogía con el de los pieles rojas.
Si hubiera sido autunés, hubiera debido nacer en el recinto céltico de la antigua Berbricia, en el monte Beuvray. Hay aún en Antún, ciudad de origen galo-romano, y en sus alrededores, algunos galos por cuyas venas no corre una gota de sangre latina, y el abate Delhonneau era uno de ellos.
Se acercó al príncipe de la Iglesia y le besó el anillo, según la costumbre. Rehusando los frutos sicilianos que monseñor Porporelli le ofrecía en una canastilla, expuso el motivo de su visita.
-Deseo, expresó- tener una entrevista con nuestro Santo Padre, el Papa, pero en audiencia privada.
-¿Misión secreta gubernamental?- preguntó el cardenal guiñando un ojo.
-¡En absoluto, monseñor!- repuso el abate Delhonneau- Los motivos que me impulsan a solicitar esta audiencia no sólo interesan a la Iglesia de Francia sino a la catolicidad entera.
-¡Dios mío! -exclamó el cardenal hincando el diente en un higo seco relleno de avellana y anís-. ¿Es realmente tan grave?
-Muy grave, monseñor- repitió el sacerdote francés, mientras que, descubriendo algunas manchas de sebo en su sotana, se empeñaba en rascarlas con las uñas.
El prelado gimoteó:
-¿Qué más pude haber todavía? Tenemos ya bastantes historias con vuestra ley sobre la separación y los extravíos de ese canónigo Bierbaum, de Landshut, en Baviera, que no deja de escribir contra la Infalibilidad.
-¡El imprudente!- interrumpió el abate Delhonneau.
Monseñor Porporelli se mordió los labios. En su juventud cuando no era más que un mundano sacerdote de Florencia, él también había combatido la Infalibilidad, pero pronto se había de inclinar ante el dogma.
-Mañana tendréis audiencia, signor abate -dijo-.
¿Conocéis el ceremonial?
Le tendió la mano. El sacerdote se inclinó y la besó sonoramente, retrocedió hasta la puerta, desde donde se inclinó por segunda vez, mientras el cardenal, con gesto fatigado, lo bendecía con la mano derecha mientras su izquierda palpaba los duraznos en la canastilla.
Cuando el día siguiente fue conducido ante el Papa, el abate Delhonneau se dejó caer de rodillas y besó la sandalia del blanco Pontífice; luego incorporándose decididamente, le rogó en latín que lo escuchase a solas, como en confesión. Y, ¡oh condescendencia!, el Santo Padre dio buena acogida a esa osada petición.
Una vez a solas, el abate Delhonneau comenzó a hablar lentamente. Esforzábase en pronunciar el latín a la italiana, pero los galicismos abundaban en su léxico de seminario; además, la u francesa aparecía continuamente, incomprensible para el Papa, quien interrumpía al orador para hacerle repetir lo que no comprendía bien.
-Santo Padre -decía el abate Delhonneau- como consecuencia de mis estudios y de mis penosas reflexiones, he llegado a la certidumbre de que nuestros dogmas no son de origen divino. He perdido la fe y estoy convencido de que en ningún hombre ella podría resistir un examen honesto. No hay una sola rama de la ciencia que no contradiga con hechos irrefutables las llamadas verdades de la religión. ¡Ay! Santo Padre, ¡que pena para un sacerdote el descubrir esos errores y qué dolor el atreverse a confesarlos!
-Hijo mío -dijo el Papa-, pienso que en esas condiciones habréis dejado de celebrar la Santa Misa. Ningún sacerdote puede vanagloriarse de no haber conocido las dudas que os asaltan; pero un retiro en esta ciudad, cuna del catolicismo, os devolverá la fe perdida, y por los méritos de…
-¡No! ¡No! Santo Padre, he hecho todo lo posible para recobrar una fe que vacilante primero, ha terminado por desplomarse. Me esforcé en apartarme de los pensamientos que me torturaban. Fue en vano!... y a vos mismo, Santo Padre, lo habéis confesado, las dudas os asaltaron alguna vez. ¿Qué digo? ¿Dudas? ¡No, sino claridades, iluminaciones, certidumbres! Confesadlo; la tiara que lleváis sobre vuestra frente está cargada de falsedades consagradas. Y si la política os impide sostener las negociaciones que se agitan en vuestro cerebro, no por ello dejan de existir. He allí la verdadera carga del papado; es el espanto de reinar por medio de mentiras seculares, es la carga que hace dudar a los elegidos al salir del cónclave… Respondedme Santo Padre: Vos conocéis todo esto. ¡Un pontífice romano no debe ser menos perspicaz que un pobre cura de Morvan!
El Papa estaba sentado, inmóvil y grave; durante esta última parte del discurso no abrió la boca para nada. Delante suyo el abate Delhonneau se asemejaba a esos galos que, durante el saqueo de Roma, acudían a irritar a los senadores, majestuosos como estatuas, sentados en sus sillas curales. Levantando lentamente los ojos , el pontífice preguntó:
-Sacerdote, ¿a dónde queréis llegar?
-Santo Padre -respondió el abate Delhonneau-, Vos detentáis un poder formidable, tenéis el derecho de establecer el Bien y el Mal Vuestra Infalibilidad, ese dogma incontestable que descansa en una realidad terrena, os otorga un magisterio que no tolera ninguna contradicción. A vuestra elección podéis imponer a los católicos la verdad o el error. ¡Sed bueno, sed humano! ¡Enseñad lo verdadero! ¡Ordenad ex cathedra que sea disuelto el catolicismo! ¡Proclamad que sus prácticas son supersticiosas! Eregid esas verdades en dogma y habréis logrado el reconocimiento de la humanidad. ¡Después descenderéis dignamente de un trono desde el que dominabais por error y que nadie podrá en adelante volver a ocupar legítimamente, si Vos lo declaráis vacío para siempre!
El Papa se había incorporado. Dejando de lado todo ceremonial, salió de la habitación sin dirigir una palabra ni una mirada al sacerdote francés, que sonreía con desprecio y al que un guardia noble guió a través de las suntuosas galerías del Vaticano hasta la salida.
Un tiempo después, la curia romana creó un nuevo obispado en Fontainbleau, designando titular al abate Delhonneau.
En ocasión de su primer viaje ad limina, este obispo propuso a la Santa Sede que erigiese en dogma la creencia de la misión divina de Francia. Cuando el cardenal Porporelli lo supo, exclamó:
-¡Galicanismo puro! Sin embargo, la administración galorromana es el mejor beneficio para los galos. Es necesaria para domar la turbulencia de los franceses. ¡Cuantas penurias para civilizarlos!...
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Ramón Díaz Eterovic: A la mesa con Jorge Teillier |
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| Diversos instantes de La Unión Chica, Santiago. Foto de Leonora Vicuña. |
Como en la historia de los mosqueteros, "veinte años después" releo las crónicas que escribió Jorge Teillier durante el año 1981 para el Suplemento Gastronómico del diario "El Mercurio". Escuché muchas de las anécdotas que él cuenta en esas crónicas al calor de nuestras conversaciones de entonces y por eso, al reencontrarme con ellas, siento que nuevamente compartimos una mesa; aunque ya no es en "La Unión Chica", el "Isla de Pascua" o "El Cucú", sino en un bar más grande y generoso: el de la memoria.
Veinte y tantos años atrás. Me parece ver a Jorge Teillier llegar al bar, como emergiendo de la nada, con sus libros y revistas bajo el brazo, atento a los saludos que le prodigan los parroquianos con los que suele conversar. Luego de los saludos de rigor, de las bromas que nunca faltan entre los amigos, lo veo sacar de entre sus papeles, el original -escrito a máquina y con algunas correcciones manuscritas en sus bordes- del último poema que ha escrito. En otras ocasiones, lo que comparte es la traducción de algún poeta francés o su comentario acerca de un libro que ha leído o que ha visto en una librería de viejo, y que recomienda comprar.
Una tarde, a fines del año 1980, época en que escribía mis primeros cuentos y procuraba conocer a otros escritores con quienes compartir mis inquietudes literarias, llegué al "Bar Unión" o "La Unión Chica", ubicado en el barrio cívico de Santiago, a un costado del majestuoso Club de La Unión. Es un lugar con mesas de madera, jugadores de dominó y puerta de vaivén, en el que algunos escritores se reunían en torno a "la mesa de los poetas" como, con mezcla de humor y fraternidad, la llamaban los mozos del lugar.
Junto a esa mesa encontré a Jorge Teillier, Rolando Cárdenas, Eduardo Molina, Iván Teillier, Carlos Olivárez, Roberto Araya, Alvaro Ruiz, Juan Guzmán Paredes, Aristóteles España, entre otros poetas y escritores con quienes pasé a compartir la vieja mesa que nos acogía para conversar de poesía, fútbol, pugilismo, revistas de cine; de los chismes literarios de esos días, pobres y oscuros, como todo lo que nos rodeaba más allá de la atmósfera del bar. Aquella mesa fue el centro de nuestras reuniones, de un sinfín de charlas interminables, registradas en una bitácora con tintes humorísticos que Jorge Teillier custodiaba celosamente y que después de su muerte se encontró en la biblioteca de su casa en La Ligua. Durante toda la década de los años ochenta y parte de la siguiente, el grupo de "los escritores de La Unión Chica" nos reunimos casi a diario, buscando la complicidad de los amigos, creando un espacio donde era posible hablar de literatura, compartir los libros que uno y otro publicaba o idear proyectos literarios, como lo fueron la antología "Nueva York 11" que publicó la Editorial Galinost; o la revista "La Gota Pura", que identificó a quienes ahí nos juntábamos, y también, por qué no decirlo, a muchos otros escritores que vivían en las provincias o lejos de Chile.
Santiago se movía entre los límites del toque de queda y por lo tanto las tertulias de la "Unión Chica" siempre eran a la luz del día y pocas veces se prolongaban hasta que la noche introducía su nariz por el vaivén incansable de la puerta del bar. Era el tiempo de "la lluvia ácida" que menciona Carlos Olivárez en su libro "Combustión Interna", y para quienes éramos aprendices de escritores, ese bar fue un punto de encuentro con imprescindibles maestros; una singular e inolvidable escuela literaria y de vida. De entre todos aquellos maestros, indudablemente era Jorge Teillier el principal, por su maravillosa poesía y porque tenía un modo sutil de enseñar, sin estridencias ni ostentaciones. Era un maestro sin pretensión de catedrático y lo que aprendíamos era lo que fluía espontáneamente de sus diálogos, donde siempre había un momento para desentrañar los misterios de esa poesía que, como señala en uno de sus poemas: "debe ser una moneda cotidiana y debe estar sobre todas las mesas, como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos del domingo".
El poeta Rolando Cárdenas, querido e inseparable compañero de Teillier, solía decir: "el bar es mi segunda casa". Y con su sabiduría patagónica, no dejaba de tener razón. La "Unión Chica" era algo más que un punto de encuentro habitual. En él, los viajeros de otros países y los que venían de las provincias, como Jorge Torres Ulloa o Ramón Riquelme, ubicaban a Jorge Teillier y a otros escritores; se recibían cartas de países remotos, recados telefónicos y se celebraban los cumpleaños o las publicaciones de los que ahí se reunían. Una aproximación a lo que era el "Bar Unión" la da Jorge Teillier en su crónica "Los bares metafísicos del poeta", donde además, con el don profético de los auténticos poetas, vaticina: "creo que jamás llegaré a los ochenta años ni obtendré, por lo tanto, el Premio Nacional, deseo secreto de todos los escritores chilenos...". Tal vez tenía conciencia de su prematuro final, o sabía muy bien que alguien como él, alejado del poder, jamás tendría ese reconocimiento. Pero eso es un capítulo más de una larga historia de olvidos en nuestra literatura. Lo importante es que hoy la poesía de Teillier está más viva que nunca y nos sigue iluminando, mientras nos recuerda: "Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados. Es para la niña que nadie saca a bailar, es para los hermanos que afrontan la borrachera y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos".
Fue en esa época cuando Jorge Teillier nos contó que escribía una serie de artículos sobre comida y literatura para el Suplemento Gastronómico de "El Mercurio", respondiendo a la solicitud de Enrique Lafourcade. Probablemente fue su primer trabajo remunerado después de su exoneración de la Universidad de Chile, donde -durante cerca de dos décadas- trabajó en el "Boletín de la Universidad de Chile", publicando textos tan significativos como "Los poetas de los lares" que, con el tiempo, devino en texto obligado para el análisis de algunos de los poetas de su generación, como: Efraín Barquero, Alberto Rubio, Carlos de Rokha y Rolando Cárdenas. Su colaboración para el Suplemento Gastronómico también se extendió a la recopilación de poemas de autores chilenos y a la traducción de textos de Francis Ponge, Arthur Rimbaud, James Laughlin y Charles Baudelaire, publicados en la sección "La Lira Gastronómica".
Sus artículos, que comenzaron a publicarse el año 1981, tienen el indiscutible sello poético y nostálgico que caracteriza a los escritos de Teillier, unido a su prodigiosa memoria y su amplio conocimiento de la literatura de todos los confines. Al leerlos, reconocemos en ellos anécdotas que vinculan las comidas y bebidas al mundo de la literatura, al espacio mágico de su infancia provinciana, y a ciertas expresiones culinarias a las que él se acercó en sus andanzas por los bares santiaguinos o en sus viajes por España, Perú y Panamá. De éstos países, a los que se refiere en varias de sus crónicas, eran el Perú y Panamá los que evocaba con más cariño. El primero lo asociaba a su admiración por la poesía peruana -Javier Heraud, César Moro, Antonio Cisneros- y a los recuerdos de su hija Carolina que vivía y vive aún en Lima, compartiendo la suerte de su madre, Sibila Arredondo, presa desde hace muchos años en las cárceles peruanas. En cuanto a Panamá, y además de las cosas que evoca en su crónica "El Gallo Pinto", solía mencionar al cuatro veces campeón mundial de boxeo, Roberto "Mano de Piedra" Duran, con quien compartió una tarde de cervezas en el hotel donde ambos alojaban.
Que estas crónicas estén marcadas por múltiples referencias literarias no es de extrañar. Su quehacer cotidiano -al igual que su poesía- estaba permanentemente conectado con el mundo de sus escritores y sus lecturas predilectas. El Jorge Teillier que conocí no se relacionaba con la comida a la manera pantagruélica de Pablo De Rokha y otros poetas manducadores, sino que prevalecía en él esa actitud de niño flaco y mañoso que sufría con las comidas que su madre preparaba en Lautaro. "Mis primeros recuerdos sobre comidas no son muy placenteros, pues están relacionados con la obligación de sentarse a la mesa a las horas establecidas" - nos dice en su crónica "Un niño come en La Frontera", y en la que también se encarga de recordarnos que, al igual que otros niños flacos, sospechosos de ser tuberculosos "éramos llevados a la estación del pueblo para aspirar el humo de las locomotoras". Esta distancia hacia la comida era evidente en las reuniones que ocasionalmente organizamos en nuestras casas y también en el "Bar Unión", donde no más de un par de veces lo vi compartir los callos a la madrileña o el puchero a la española, "especialidades de la casa" que dan fama a ese lugar.
Algunas de las crónicas incluidas en este libro recrean los itinerarios de Jorge Teillier por los bares, restaurantes y cafés de Santiago: "Las Lanzas" y "Los Cisnes" de su etapa como estudiante en el Pedagógico, o los desaparecidos "Sao Paulo", "Monterrey", "Restaurante París", "Roxy" o "El Comercial", de su primera época bohemia en Santiago. No es el recorrido del aficionado a la buena mesa que va en busca de sus platillos preferidos, sino que el del poeta que explora sus posibles materiales; que observa los ambientes "llenos de humo y ruidos como grandes navíos", mientras en su memoria detonan los recuerdos, las referencias literarias, tan importantes como vastas, que lo acompañaban. Es el peregrinar del poeta preocupado por el paisaje humano que sale a su paso y por las anécdotas que le cuentan los amigos con quienes conversa en un bar de Diez de Julio, Vitacura o del centro de Santiago.
Y si de recuerdos literarios se trata, uno de los más profundos y vívido, es el que hace de Pablo De Rokha durante una visita del poeta de Licantén a la casa de los padres de Teillier, en Lautaro. La generosidad sureña parece poca frente a la voracidad del invitado frente a "un ganso con ajo y arvejitas nuevas" y una sandía entera. La crónica tiene un remache especialmente emotivo al recordar Teillier su última visita al poeta, "herido de muerte" después de haberse "comido y bebido todo Chile". Cabe apuntar que en casi todas sus crónicas, Teillier esboza recuerdos sobre poetas y escritores, como Marino Muñoz Lagos, Teófilo Cid, Juan Cameron, Luis Oyarzún, Gabriel Barra, Guillermo Atías, entre otros. Viñetas afectivas, ingeniosas; estampas de una época en que, mucho más que hoy, el quehacer de los escritores estaba asociado a la solidaridad de una buena mesa.
En otras de sus crónicas, Teillier se traslada al mundo de su infancia, al lar provinciano que nutrió buena parte de su poesía. En ellas está el aliento de sus grandes poemas y evocan la casa paterna, la cocina sureña -como una "madre generosa" que preside las reuniones familiares; la inefable emulsión de Scott, y tantos otros detalles que recrean ese ambiente particular, mágico, que constituye una cocina del sur, impregnada por el aroma de la leña que arde en el fogón y el del pan recién horneado. Tampoco está ausente el homenaje a "La Isla del Tesoro" de Stevenson, una de sus lecturas favoritas de la infancia, que menciona a propósito de las costumbres culinarias de los piratas y el afamado ponche que bebían antes y después de sus arduas jornadas de trabajo.
Muchas de las cosas que cuenta Jorge Teillier en sus crónicas, contienen reflexiones y anécdotas recurrentes en sus conversaciones. Leí algunas de ellas en sus versiones originales, y una en particular: "Magallanes o el buen comer" nació al correr de una de nuestras charlas sabatinas. Una tarde, reunidos en el "Red Bar" de la Alameda, Teillier manifiesta su inquietud sobre el tema de su próxima crónica. ¿Por qué no escribes sobre la comida en Punta Arenas?, le pregunté, y uní a la interrogación algunos recuerdos sobre las comidas de mi infancia: los asados de cordero, el jam de ruibarbo, el sabroso pejerrey magallánico. Teillier anotó dos o tres cosas en unas servilletas de papel, y más tarde, reelaboró la información para convertirla en la crónica que se incluye en este volumen.
Sin duda, es valioso y necesario el rescate de estas crónicas. Ellas nos permiten conocer otra faceta del poeta lúdico y sensible que fue Jorge Teillier, y aquilatar su generosa relación con los escritores y parroquianos que conoció en sus andanzas. Recuerdos de infancia, de lecturas y viajes; estampas de escritores, evocaciones de algunas horas junto al mesón de un bar. Leer estas crónicas es otra oportunidad de sentarse a la mesa con Jorge Teillier, para beber una copa de vino y luego dejar que la charla fluya por los cauces siempre insospechados de la memoria.
Santiago, 12 de julio de 2002.

















