Comienzo a sentir frío, pero no puedo moverme. Miro como desde afuera de mi cuerpo flotar en la bañera y tengo un instante la impresión, la certeza casi, de que hace mucho ya que estoy muerta
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Frida Kahlo: Lo que el agua me ha dado |
Comienzo a sentir frío, pero no puedo moverme. Miro como desde afuera de mi cuerpo flotar en la bañera y tengo un instante la impresión, la certeza casi, de que hace mucho ya que estoy muerta
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juan cameron |

Cachorro
Perdonad el pelaje descastado
este brillo es de tanto restregarme
de la baba la rabia la patada
Perdonad el mordisco por la espalda
es mi ternura agreste solapada
pero ternura al fin (la única mía)
En verdad salí cachorro
en la calle me hice perro.
Subway
Padre no leas a Shakespeare
hay estatuas en el Metro la Pietá
sostiene los huesos del suicida
Esta telenovela no es Hamlet
ni mis somnolientos pasos
tremolan la Venus metropolitana
bajo las venas metropolitanas
Padre es tarde en Chile
la lluvia cruza el mundo como fantasma
la cultura son rieles los ángeles
tronan las trompetas en los túneles
azules del ocaso es tarde es tarde
la inflación ha causado demasiadas bajas en la tierra de nadie
& yo te lanzo frases
misiles u oraciones después de los ataques
una columna de fantasmas mis palabras
ladridos en ladrillos se deslizan
bajo el neón vernacular
Padre no leas a Shakespeare
alza tus ojos a los ángeles ateridos de tedio
ángeles subterráneos liberados de pájaros & flores
esperando la daga celestial la paloma
descendida a la tierra precaria a la oscura
en el sube & baja de las escaleras mecánicas
Padre en cuál estación
en cuál tren
dónde?
Las estatuas son ángeles caminan salen de las cloacas bailan
arriba hay un mundo dicen
Padre alza tu vista
súbeme en tus párpados besa esta frente
Es tarde en Chile
es tarde
Quiero ver los días anteriores
quiero la sal del aire alcanzarla
Padre
ya no leas a Shakespeare
es mía la calavera sobre tu mano
& el último tren atraviesa tus ojos.
Otra carta de amor del camarada Volodia Maiakovski a Lili Brick
¿Es ya lo mismo Lili o no es lo mismo?
Mr. Vodnezenski saca una carta bajo la manga
huevos de colores sobre la sacra tumba de Lenin
la C de Rusia entre cadenas y signos de interrogación
mas no monedas
No gusta hablar de monedas los dadaístas del noventa
y la historia ha sido vapuleada lo bastante por todos nosotros:
un poco de paz no estaría mal una vez más
y una vez más al despertar sin tí
algo hizo click y removió mi pecho con la fuerza de la tierra
con la fuerza de octubre: año de 1917
Saludos a Ossip
La barca del amor siempre navega entre arrecifes
Imágenes de peligro se repiten en mis nuevas imágenes
Los niños cuelgan por las ventanas de los trenes
que circulan veloces entre la muchedumbre
Pero la historia es algo más que toda esta utilería
donde usted -que no es usted- cuenta nuestra historia
y luego el arquitecto de la Rusia futura señala objetos futuristas
gestos de otra Rusia reconstrucciones de un imperio donde usted y yo no aparecemos
No es bueno no tenerla en estos sueños
No deje de quererme
El apellido Brik suena como un revólver en la madrugada.
Le escribieron poemas a ese Nietszche
Nietszche era un gran humorista
en el Palacio de los Analfabetos
Deletreaban sus chistes con los dedos
y se ponían serios y ceñudos
No entendieron el chiste de la joven
no entendieron el chiste de la noche
menos el del niño en el espejo
Repitieron su nombre como loros
su nombre de estornudo en Occidente
y se creyeron más no analfabetos
Algunos se hicieron profesores
otros se ahogaron en papeles
y unos tontos entre los más tontos
le escribieron poemas a ese Nietszche.
Ilustración de Gustavo Nieto.
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ramón díaz eterovic |

NEGRAS CRÓNICAS, apuntes sobre narrativa policial
Ganesh Ghote es un singular detective del Departamento de Investigaciones Criminales de Bombay, y a la fecha ha protagonizado más de veinte novelas, escritas por el autor británico H.R.F. Keating (1926), quien goza de un sólido prestigio como crítico de novela policíaca en "The Times" y ha sido presidente de la Asociación de Escritores Criminales, además de ser el autor de un texto teórico llamado "Escribir novela negra". Dos buenas novelas de este autor son : "Un cadáver en el billar" y "El inspector Ghote sigue los dictados de su corazón".
Como ocurre con la mayoría de los buenos autores policíacos, el principal atractivo de las novelas de K.R.F. Keating está en la personalidad de su detective. Ghote es un hombre inseguro, algo torpe, tímido, y a pesar de la fama que lo persigue después de solucionar algunos casos especialmente difíciles, suele dudar de sus recursos a la hora de iniciar una investigación. Amante de la filosofía y buen conocedor de su medio, suele resolver sus acertijos guiado más por la intuición que por los procedimientos aprendidos en su carrera policial.
En "El inspector Ghote sigue los dictados de su corazón", el detective de Bombay resuelve el misterio que envuelve el fallido intento de secuestro del hijo de un acaudalado empresario, lo que permite a H.R.F. Keating realizar agudas observaciones acerca de la sociedad hindú y su cerrada estratificación de clases. Por otra parte, en "Un cadáver en el billar", Ghote debe investigar la muerte del cuidador de un salón de billar, al interior de un exclusivo club ubicado en Oatacamund, localidad montañosa al sur de la India. Lo especial de esta novela es que en ella Ghote debe tratar con un excéntrico coronel retirado, fanático lector de novelas policiales, que sueña ver al policía resolver el crimen con el ingenio de sus admirados Sherlock Holmes y Hércules Poirot. Pero Glote está lejos de tener las cualidades analíticas de ambos héroes y resuelve el asesinato a su manera.
A partir de los delirios del coronel Mehta, H.R.F. Keating hace una serie de acotaciones acerca del género policial y los detectives de ficción. A modo de ejemplo, sobre la novela policial, apunta: "son construcciones profundamente simbólicas, ni más ni menos. Sus héroes son puro mito, si bien el mito se diluye a la larga. Pero son historias de la eterna lucha entre el bien y el mal. Narraciones en las que el arma del bien en manos del gran detective está formada por un cincuenta por ciento de Razón. La Razón que lucha por restablecer, en un mundo en que el mal ha generado desequilibrio y caos, el orden que cada uno de nosotros no puede menos que desear. Y el otro cincuenta por ciento lo constituye, evidentemente, la intuición, la visión del poeta".
Por último, otras dos cosas destacables en las novelas de H.R.F. Keating son el humor y la ambientación. Humor delicado, pero corrosivo, y ambientaciones que reflejan las costumbres de la India y su gente. En definitiva un autor más cercano al estilo de la novela policial clásica, pero que tiene el ácido punzante de las buenas novelas negras.
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Julio Cortázar: Opiniones pertinentes |

-Ma no, pibe -deploró Calac-, ni siquiera le da por ahí; vos fijate que cuando se tiene un poco de responsabilidad, uno va y le pide a Alicia y a Sara que lo saque con la mandíbula del pensador intelectual descansando en la mano, la mano descansando en el codo, y el codo propio arriba de uno de esos escritorios con tintero. Pero el punto no tiene categoría, vos te das cuenta.
-Es más bien triste- convino Polanco.
-Ponele la firma- dijo Calac.
-Y sí- dijo Polanco.
- Menos mal que siempre queda la cerveza- dijo Calac.
-Y el faso- dijo Polanco.
-No somos nada- dijo Calac.
Sara Facio y Alicia D'Amico, RETRATOS Y AUTORETRATOS, ediciones crisis, Buenos Aires, Argentina, diciembre de 1973.
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González Vera: La pelea |

En su tenducho de muebles trabajaba con su mujer de cabellera rubia, mirar triste, piel sonrosada y formas opulentas que impedían, a quien la mirase, todo desvío vegetariano.
Artidoro ya no tenía perspectiva y amaba, por sobre todo, el box. Gustábale ir a las peleas, aplaudir los golpes certeros y celebrar las argucias de los campeones.
Un sábado, porque no lo guardaba ni sabía gozar de la contemplación, salió del Hipódromo Circo casi delirante. Marchaba con la multitud. Los demás transmitían sus impresiones a gritos, ayudándose con toda suerte de ademanes; tropezando en los baches, tomándose de las solapas, dando a la voz diversas entonaciones y entrando a las tabernas en donde, con los licores, el común entusiasmo se vigorizaba.
Artidoro también penetró a un bar con dos conocidos; también bebió y los fue a encaminar hasta la garita de los tranvías. Desanduvo el camino; le sobraban deseos de comentar la pelea, de vaciar sus emociones. ¿A quién confiarlas a esa hora?
Junto a la mole dormida y amarillenta de la estación, aguardaban los vehículos a no se sabe qué tren. A la entrada del puente mozos vagos rumiaban peligrosos pensamientos.
Dejó atrás el puente. Eran raros los transeúntes y, por lo intenso del frío, iban con sus cuellos alzados y las manos perdidas en los bolsillos.
Al llegar a la esquina halló a su amigo Juan Ramírez que, con un maletín en la diestra, aguardaba el tranvía.
-¿Qué haces?
-Vengo de Valparaíso.
-¿Sigamos a pie? ¡Espléndido! Ah, no sabes lo que has perdido; si hubieras visto. Eso sí que se llama encuentro -Artidoro tomó el lado externo de la acera. Con sus gestos hacía que Ramírez se detuviera o aminorase el paso. Cada tanto lo apretujaba contra el muro. Ramírez le seguía con simulada atención.
-Sí, sí, ah -eran sus respuestas.
-El más gallo resultó ¿adivina quién? Pues, Narváez. Fíjate: en la primera vuelta le entró un recto al corazón. ¿Sabes con qué objeto? Para fatigarlo. Eso es. El chato Vergara le enderezó uno a la oreja, de escaso efecto.
Tal vez para ilustrar el relato le aplicó a Ramírez un golpe sintético en el pecho. Habían dejado atrás el Convento de las Carmelitas. La garúa, insidiosamente, comenzó a tupir.
-Pero si yo no soy Vergara -contestó Ramírez en tono fingidamente jovial.
Artidoro pudo no oír o si oyó no quiso recoger el dejo de hastío que la voz de su amigo ponía en las palabras. El virtuoso del box relataba la segunda vuelta. Ramírez quería llegar a su casa y meterse entre las sábanas porque, fuera del cansancio, tiritaba.
-Ocurrió algo increíble -agregó el obsesionado Artidoro-. Al parecer Narváez no tenía tiempo de atacar. Iba de una punta a otra de los cordeles, a la defensiva. Vergara se la tragó y arremetía firme con golpes largos y cortos que el otro anulaba de manera mágica. ¡Qué buena defensa tiene el condenado! Todos los movimientos precisos, justos. Detenía con seguridad los rectos, que menudeaban, y los golpes al estómago. Vergara es acometedor, pero medio inocente. Acezaba. Y la gente, la galería estuvo repleta, aplaudía como mala de la cabeza.
"Comienza la otra vuelta. Vergara se abalanza una y otra vez. ¡Es contra nada! Narváez sigue parando los golpes. La picantería protesta y grita a Narváez que haga pelea, pero éste continúa cansando a Vergara sin considerar los gritos. También se anota Vergara esta vuelta. Ya el pobre no da más. El hijuna de Narváez está fresquito. ¡Qué sinvergüenza más grande!
"Suena la campana; no cesa la gritería porque no comprenden el juego de Narváez. Este le asesta, por fin, varios puñetazos. Vergara se tambalea. Por suerte para él vuelve a sonar la campana. El round es de Narváez que se muestra tan animoso como al principio. El pobre Vergara está con una ceja partida y las mandíbulas como bofes. Anda desatentado.
"Empieza otra vez la pelea. Narváez hace un lindo juego de piernas. Se estrella contra Vergara; le endereza un bofetón, se aleja, repite el mazazo. Y así. La galería ni chista. Es un tremendo silencio en el que sólo brillan montones de ojos. Vergara está para nunca".
A la vez que relata, toma a su amigo de las solapas, lo empuja contra la pared, lo detiene y los golpes más notables se los aplica, por suerte, disminuidos.
Juan Ramírez, flaquísimo, avanza, se desvía unos pasos o se enfrenta temeroso al apasionado narrador, no precisamente porque la emoción lo embargue. No. Está más cansado aún y muy aburrido. Si no fuera tímido ya le habría dicho a su amigo que lo dejase en paz.
La pasión de Artidoro, desmesurada según él, lo embaraza y, aunque de mala gana, prosigue escuchándole y esquiva, lo que para desventura suya no logra siempre, los golpes demostrativos.
Se extiende un helado silencio y una neblina densa, que van borrando el perfil de las casas, el de la calle misma. Caminan en un limbo.
Juan Ramírez apresura el paso, hace quites y movimientos estratégicos. Artidoro no se percata, ya porque se tome de su brazo, ya porque con ambas manos lo sujete.
"Viene la quinta vuelta. En balde le echan agua al chato Vergara, le abanican y le hablan al oído. Está en la silla sin ánimo, más ausente que un bulto. Se levanta al fin. Va contra Narváez y quedan en clinche dos o tres veces. Narváez le entra golpes ligeros. Parece dispuesto a prolongar la pelea y ahí viene lo inesperado: Vergara le asesta un puñetazo en la barba, ¡tan descomunal! que consigue levantarlo. Le cuentan hasta ocho. La gente aplaude a rabiar. Narváez se recoge, brinca y se va de un viaje sobre Vergara. Es una granizada. Vergara no ve, casi no se defiende, ofuscado por los puños, que no le parecen dos sino diez, pues le caen por todas partes. Por último le encaja tres golpes al mentón, así…"
La pasión, y la visión de lo que ha visto, indúrenlo a reproducirlos en Juan Ramírez, que cae desvanecido.
Artidoro se alarma, se inclina hacia su compañero, llamándole, lastimero:
-¡Juan, Juancito! ¿Qué te he hecho? ¡Responde, soy tu amigo!
Cuento de: José Santos González Vera del libro "La copia y otros originales" Editorial Nascimento, Santiago, 1961.
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Juan- Jacobo Bajarlía: Monteagudo |
Monteagudo
de la emancipación americana.
El lector hallará esta desconcertante dimensión del prócer
en el relato histórico de Juan-Jacobo Bajarlía,
basado en los hechos reales del misterioso asesinato.
Al salir de su despacho en la casa de gobierno (Monteagudo era entonces secretario de Bolívar), las calles de Lima, perdidas en un laberinto tortuoso y silencioso, le infundieron extrañas sensaciones. La luna, espectadora, una vez más, del crimen, brillaba apenas sobre esos signos sin aceras por donde Monteagudo iniciaba la parábola de su muerte. Iba solo, sin escolta, penetrando la conocida penumbra con el ritmo nervioso que le era peculiar. Al enfrentar la iglesia de San Juan de Dios, oyó unos pasos que avanzaban sigilosamente. Detuvo su marcha como para adoptar una actitud de defensa, y en ese instante un desconocido que había estado oculto detrás de un pilar, se le aproximó con estas palabras:
-Señor, no quisiera molestarlo, y desde ya le pido mil excusas. Pero, ¿sería usted tan dadivoso que me diera lumbre?
-¿Lumbre? Voy a ver si tengo. (Monteagudo buscó el yesquero en sus bolsillos. Se detuvo repentinamente). Pero… ¿quién eres?
El desconocido fingió humildad.
-Sólo le pedí lumbre, señor.
-¡Te he preguntado quién eres! insistió Monteagudo tomándolo furiosamente del cuello.
-Me llamo Ramón Moreira, señor.
-¿Y qué haces a estas horas por aquí?
-Iba para casa de Candelario Espinosa que es amigo mío.
-¡No es verdad! ¡Estás mintiendo!
-¡Se lo juro, señor!
Monteagudo que tenía fama de su rapidez demoníaca (esto sí, era verdad), apretaba ya la garganta del desconocido cuando una sombra, el negro Candelario Espinosa emergiendo también del pilar, se acercó velozmente y le asestó una puñalada en el pecho. No pudo evitar al asesino. Sólo observó un segundo antes, que la penumbra se hacía más densa en el contorno. Era la negrura del Calendario Espinosa que se sumaba a la oscuridad de la noche. Herido de muerte, Monteagudo, la mano al pecho, dio unos pasos para alcanzar al asesino. Pero su fuerza ya estaba desgarrada por el estertor de la muerte. Los criminales habían huido. Trató entonces de extraerse el puñal. Pero volvió a sentir esas extrañas sensaciones que lo acosaron al salir de su despacho. Y esta vez tenía un significado. El mismo era la libertad. Y él también sabía que la libertad no podía perecer por el golpe imprevisible del acero. Cuando la tos arrojó su bocanada, y gritó llenando la noche con la palabra más intensa de su rebeldía, acaso dijo: "Volveré con la libertad". Pero nadie lo oyó. Caído boca abajo, perdido irremisiblemente en la muerte, sólo hubo un testigo que calló para siempre: la luna silenciosa que salía y se ocultaba en la complicidad de las nubes.
La historia tiene un número ilimitado de connotaciones. Se me ocurre que una de ellas le adjudica el carácter de detective invisible. Acaso sea yo quien lo hace en este momento. Pero la muerte de Monteagudo tuvo su detection y su vengador.
Enterado Bolívar del asesinato, sugirió al juez instructor José de Espinar, que convocara a todos los afiladores de Lima. El prócer había observado que el puñal homicida estaba recién afilado. Verificó, asimismo, que la víctima no había sido despojada de sus valores. Se trataba, por tanto, de un crimen premeditado, sin conexión con el despojo, como se supuso en un primer momento. Si los afiladores reconocían el puñal, tendría una pista para esclarecer el crimen. Convocados éstos, uno de ellos, Juan Improbacio, italiano, de treinta años, demasiado culto para su oficio, reconoció el puñal.
-Ya recuerdo -expresó- Este puñal me fue traído por un negro. Dijo que era tallador y que lo necesitaba para terminar unas imágenes en madera que representaban a la sagrada familia. Me esperó hasta que lo afilé. Si estuviera en su presencia podría identificarlo en seguida. Era muy alto y bien parecido.
Bolívar tomó la providencia del caso. Comunicó el procedimiento a seguir, y el jefe del estado mayor dio un bando en el que ordenaba que "todos los criados de las casas y gentes de color" debían presentarse en las oficinas de la Mayoría a efectos de "recibir una boleta". El que no la tuviera después de las doce del día, sería juzgado como criminal. La estratagema dio resultado. Improbacio se ocultó detrás de un cortinado, frente a la mesa en el que el sargento mayor Juan Eligio Alsura debía tomar la filiación y extender las boletas. Comparecieron todos los criados de Lima. Blancos y negros. Inclusive, soldados de color, mendigos, vendedores callejeros. Habían desfilado unos doscientos cuando, de pronto, entró un negro vestido con cierto desaliño, alto, delgado, de mirada desdeñosa y el caminar un tanto rítmico,. Tenía voz potente y firme. Sus rasgos eran simétricos. (Alejandro Dumas hubiera dicho que era un Apolo de ébano).
-¿Cómo te llamas?- preguntó el sargento mayor.
El negro miró en derredor. Vio el cortinado. Presintió una celada y quiso huir. Apenas lo había pensado cuando Improbacio, descorriendo el cortinado, gritó:
-¡Es él! ¡Es el negro del cuchillo!
El negro dio un salto para ganar la puerta. Pero los soldados lo aprisionaron entre sus brazos mientras un tercero lo engrillaba en pocos segundos. Dijo que se llamaba Candelario Espinosa. Pero se encerró en las palabras de su nombre. Negó su intervención en el asesinato de Monteagudo y agregó que no lo conocía. Sin embargo, los días interminables, la humedad del calabozo, el hambre y el fantasma de su ejecución, lo hicieron cambiar de opinión. Se confesó culpable y delató a su cómplice, el zambo Ramón Moreira, Pero no dijo quiénes habían sidos sus instigadores. Bolívar, entonces (habían transcurrido algunos meses), mandó traer al negro a su presencia. Más que su ejecución le interesaba saber quién era el que había pagado el crimen. Sabía que los enemigos del gran argentino eran los suyos propios, y que era más importante el desenmascarar a éstos que mandar a la horca al negro Candelario. Cuando fue traído a su despacho, ordenó que le dieran de comer. Y el negro comió, devoró los platos como si en sueños hubieran absuelto a Tántalo, y hasta bebió un vaso de vino que le habían servido. Minutos después fue traído nuevamente en presencia de Bolívar. El diálogo fue breve.
-¿Sabías quién era el doctor Monteagudo?
Hubo un silencio. Después, una frase precipitada.
-Si señor. Él decretó en el Perú la libertad de los negros.
-¿Y por eso lo has matado?
Nuevo silencio. Luego una frase neutra.
-No quise hacerlo.
-¿Sabes que morirás en la horca?
Candelario tembló. Sintió que la digestión se le iba a la boca. Observó que todos los objetos se volvían oscuros. Que la atmósfera y el mismo Bolívar comenzaban a ennegrecer. Que todo era ya una esfera de negritud. Un funcionario presintió el desmayo y le acercó un frasco de sales. Candelario reaccionó. Los colores se restablecieron. Pensó que era un traidor que encubría una traición, y lloró. ¿Cómo era posible que hubiera asesinado al autor de la libertad de vientres en el Perú? El negro, que era inteligente, comprendió lo absurdo de su acción y se arrojó a los pies de Bolívar.
-Sólo te salvarás de la muerte- dijo éste-, si me das el nombre del instigador.
-¡Me mataran lo mismo!
-No, No habrá muerte contra ti si me dices quién fue el que pagó tu brazo. Nadie lo sabrá.
-¿Me da su palabra señor?
-Te lo prometo. Mi palabra es la misma ley.
Candelario quiso hablar y miró en derredor. Bolívar interpretó al negro e hizo salir a todos los funcionarios que presenciaron la escena. Después cerró las puertas y nadie oyó quién fue el instigador del asesino señalado por el negro. Bolívar, que había recibido la confesión, conmutó la pena de muerte por la de prisión, y se llevó a la tumba el secreto revelado por Candelario Espinosa. Pero la historia era, también, su vengador invisible. Lo que Bolívar calló, lo dijo a su modo este vengador.
Sánchez Carrión era ministro de Bolívar. Asesinado Monteagudo trató de ser presidente. Observó una conducta extraña. Trataba de huir de todo comentario sobre el crimen. Un día fue sorprendido en el instante en que acercaba a la llama de una candela el ejemplar de cierta ley que guardaba cuidadosamente. La ley era muy corta: declaraba paradójicamente "fuera de la ley" a Monteagudo. Había sido aprobada a pedido de Sánchez Carrión cuando éste era diputado. Junto con el ejemplar quemó, así mismo, un recorte de El Tribuno, donde comentando su propia ley, decía:
La ley y el comentario, significaba que cualquiera podía matar impunemente a Monteagudo en territorio peruano. Sánchez Carrión, por otra parte, unido a Riva Agüero, había promovido la revolución contra Monteagudo en tiempos de Torre Tagle, cuando San Martín conferenciaba con Bolívar en ese otro cónclave secreto de la historia que fue Guayaquil. Todo esto pesaba sobre la conciencia de Sánchez Carrión. Al acercar los papeles a la llama de la candela, pretendió quemar el pasado. Pero alguien lo vio. Y también fue un negro. Y este negro cuyo nombre se ha perdido, amaba la libertad y amaba a Monteagudo, el padre de la liberación. Comunicó el hecho a un soldado negro. Y éste al superior. Y de grado, subiendo las jerarquías, llegó la noticia a la casa de gobierno. Cuando Bolívar lo supo (la novedad consistía en la simple acción de quemar unos papeles que ya se conocían) sintió una repugnancia inexplicable. La delación inaudible de Candelario Espinosa (¿quién si no él?) adquirió una significación precisa. Los funcionarios lo hallaron, una mañana, preocupado y como si quisiera tomar una decisión definitiva y grave sobre un hecho que no pudieron adivinar.
Pero el vengador invisible estaba ahí, al lado de Bolívar, sobre su propia conciencia, jugando sádicamente con sus pensamientos. Podía hasta verlo fantasmagóricamente, tocarlo acaso, porque a veces tropezaba con cualquier cosa como si hubiera perdido el sentido desequilibrio. Un día, abrumado por el peso de la historia, acosado por ese impulso anónimo, comisionó a Sánchez Carrión para una labor en Trujillo. El ministro fue acompañado por el general Heres en cuya compañía estuvo cuarenta días con sus cuarenta noches. La primera cena, triunfal y fervorosa, fue celebrada con abundante vino. Pero en una de las copas, el general Heres condensó la del vengador: colocó un veneno y esperó. El tósigo era lento y seguro. Fue quitando paulatinamente las fuerzas de Sánchez Carrión. La primera noche se sintió exaltado. Brindó por los ejércitos libertadores. En la segunda noche padeció una cefalea que se disipó con el alba. A partir de la tercera, advirtió extrañamente que la debilidad ganaba su cuerpo. El médico que lo atendió recomendó descanso. Pero en la noche cuarenta, el tósigo lento, definitivo, lo mató. Nadie se explicó esta muerte. Tampoco había tiempo para andarse en conjeturas. La guerra de la emancipación de América no dejaba lugar al razonamiento. Sin embargo, el vengador invisible volvió sobre sus pasos para caer sobre el ejecutor de Sánchez Carrión. Y de esta manera, el general Heres también murió asesinado. La historia siempre se cobra sus crímenes, y a veces no revela el nombre del vengador.
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Alvaro Ruiz: Oaxaca en Malcolm Lowry |
México es descrito tan certeramente que pareciera que el autor hubiese vivido aquí mucho más tiempo que el que realmente permaneció. Al inicio de la novela describe su geografía y de manera especial a la ciudad de Cuernavaca, punto de partida en las experiencias del Cónsul, protagonista central en "Bajo el volcán".
"Dos cadenas montañosas atraviesan la República, aproximadamente de norte a sur, formando entre sí valles y planicies. Ante uno de esos valles, dominado por dos volcanes, se extiende a dos mil metros sobre el nivel del mar, la ciudad de Quauhnáhuac. Queda situada bastante al sur del Trópico de Cáncer, para ser exactos en el paralelo diecinueve (...) Los muros de la ciudad, construída en una colina, son altos; las calles y veredas, tortuosas y accidentadas; los caminos sinuosos. Una carretera amplia y hermosa, de estilo norteamericano, entra por el norte y se pierde en estrechas callejuelas para convertirse, al salir, en un sendero de cabras. Quauhnáhuac tiene dieciocho iglesias y cincuenta y siete cantinas".
Fue la definitiva separación de su esposa Jan lo que trajo a Malcom Lowry a Oaxaca. De hecho, Jan Gabriel, una actriz norteamericana a quien conoció en Granada, al sur de España, en 1933, a través del escritor Conrad Aiken, lo abandona después de un frustrado intento de reconciliación. A comienzos de 1934 habían contraído matrimonio en París, permaneciendo juntos durante seis meses. Al no prosperar la relación, la señora Lowry optó por regresar a los Estados Unidos y él, en consecuencia, se marchó a Londres, donde permaneció por escasos tres meses. En octubre del mismo año, Lowry decide atravesar el Atlántico para ir a Nueva York en busca de su mujer. He aquí el inicio de su posterior residencia en México.
Después de una prolongada estadía en la ciudad de Nueva York, (donde en junio de 1935, por problemas de alcoholismo, es internado en el ala de psiquiatría del Bellevue Hospital y donde como fruto de esta experiencia, escribe la primera versión de "Lunar Caustic") saturado, decide mudarse de ciudad.
A pesar de las continuas borracheras de Lowry y de las infidelidades de Jan el matrimonio volvió a reunirse y juntos viajaron a Los Angeles donde el escritor trabajó en guiones de cine. Con la esperanza de que un viaje les ayudaría a consolidar el matrimonio partieron a San Diego para abordar el carguero "S.S. Pennsylvania" que los llevaría a México. Desembarcaron en Acapulco el día 2 de noviembre de 1936, día de fiesta de los difuntos y se establecieron en la ciudad de Cuernavaca, en el estado de Morelos, en una casa ubicada en la calle Humbolt Nº 24, a un costado de la barranca, latamente descrita como el infierno en la novela "Bajo el volcán". El mismo día en que es abandonado por Jan, Lowry viajó a Oaxaca, "para ahogar su dolor en el mejor mezcal de México".
En Etla vio a unos diablos danzando en el lodo mientras las montañas se volvían purpúreas, en el "cruel país del cactus". A mediados de diciembre de 1937 estaba hospedado en el Hotel Francia, el mismo que ocupó D.H. Lawrence. Tras una serie de melentendidos, debido a su estado de intemperancia y al desconocimiento del español, es encarcelado por motivos políticos (otras versiones sostienen que por no tener pasaporte; según el propio Lowry en carta dirigida a su padre, por manifestar públicamente sus opiniones liberales) permaneciendo la navidad de 1937 en la prisión de Oaxaca. De esta época, que se refleja nítidamente en "Bajo el volcán", quedan algunas cartas, donde quizás en parte fruto de la paranoia, afirma que es continuamente perseguido por misteriosos hombres de gafas oscuras. Esta experiencia dejó huellas indelebles, como lo evidencia el poema que escribió con motivo de sus días de reclusión:
"Conocí una ciudad de noche aterradora
El niño alcohólico temblando en la mazmorra
Confortado por el asesino, la compasión aquí también existe
Los ruidos de la noche clamando, pidiendo ayuda,
Desde la ciudad y desde el jardín que expulsa a quien destruye."
En Oaxaca trabó amistad con Juan Fernando Márquez, personificación del doctor Vigil y de Juan Cerrillo en "Bajo el volcán". La cantina "El Bosque" fue el modelo original del "Farolito", en recuerdo de las horas felices que había pasado bebiendo con Fernando, un zapoteco que trabajaba como mensajero del Banco Nacional de Crédito Ejidal, establecido para ayudar a los agricultores pobres, con el cual solía cabalgar hacia distintos puntos del estado, acompañándolo en su misión de entregas de dinero.
La rutina de Lowry en Oaxaca giraba en torno al mezcal. Con Fernando Márquez, que se refería a Lowry como "el fabricante de tragedias", muchas veces al amanecer se encaminaban al templo de la Virgen de la Soledad, donde fervientemente rezaban a la madre "de los que no tienen a nadie con ellos", a "la virgen de los desamparados", rogándole para que hiciera real el mundo de lo imaginario. De igual modo el Cónsul en "Bajo el volcán" le reza a la Virgen de la Soledad, pidiéndole liberarlo de la tiranía del yo. "He caído muy bajo. Déjame caer más bajo aún, para que pueda conocer la verdad. Déjame sufrir verdaderamente. Devuélveme mi pureza, el conocimiento de los misterios, que he traicionado y perdido".
En el capítulo 10, sobre la guerra civil española, el Cónsul, durante una discusión política, se burla de los argumentos ideológicos de Hugh y defiende el determinismo histórico que Tolstoy expone en "La guerra y la paz". Hugh, un marxista, cree en la acción y la responsabilidad, y no puede aceptar que los seres humanos sean víctimas del destino". La confrontación ideológica se transforma en una confrontación personal y la discusión acaba con el capítulo, cuando Geoffrey, el Cónsul, rechazando cualquier tipo de "interferencia" elige "el infierno" y toma el camino hacia la cantina "El Farolito", que significa para él la destrucción y la muerte. El capítulo se cierra con la percepción de los volcanes por el Cónsul, precipitándose el uno contra el otro, una imagen definida como "el símbolo de la guerra que se avecina".
Lowry, en este capítulo, reproduce una discusión real, según afirma su amigo de juventud y maestro Conrad Aiken, quien textualmente sostiene: "Y podría añadir, para aquellos que estén interesados en el tema, que toda la discusión entre el Cónsul y el otro, sobre marxismo, en "Bajo el volcán", es una reproducción, palabra por palabra, de una discusión entre Malcolm y yo. Lo que importa destacar aquí es que el personaje de Hugh se basa en el joven Lowry de los años treinta".
En noviembre de 1945 vuelve a México con su segunda esposa (Margarie Bonner) para reconocer el escenario de la novela. Visita Cuernavaca y viaja a Oaxaca en busca de Juan Fernando Márquez para descubrir que, como el Cónsul, fue asesinado en una riña de cantina. Este hecho será el tema de una nueva novela, "Oscuro como la tumba donde yace mi amigo", publicada póstumamente por su esposa. Malcolm Lowry imprime en su obra, a través de los distintos personajes, la experiencia de su propia existencia. "Bajo el volcán" trata de las formas en que la culpa, el "peso del pasado" agobia al espíritu humano. En la extensa carta que escribió a su editor en Inglaterra, Jonathan Cape (publicada en 1971 por Tusquets Editores bajo el título de "El volcán, el mezcal, los comisarios") donde explica y apasionadamente defiende cada capítulo de su novela, afirma que los personajes están concebidos como aspectos del mismo hombre. También manifiesta que el proyecto original del libro fue constituir una especie de infierno, como un purgatorio y un paraíso a seguir: "el protagonista trágico de cada una de esas partes, como Chichikov en "Las Almas Muertas" iría mejorando paulatinamente en medio del camino de la vida".
En abril de 1946, después de casi diez años de escritura y reescritura "Bajo el volcan" es aceptado simultáneamente por los editores Reynal and Hitchok en Nueva York y Jonathan Cape en Inglaterra. Tiempo después, tras la publicación y posterior éxito de la novela, Lowry escribió el siguiente poema:
El éxito es como un terrible desastre
Peor que tu casa ardiendo, los ruidos del derribo
Cuando las vigan caen cada vez más deprisa
Mientras tú sigues allí, testigo desesperado de tu condenación.
La fama como un borracho consume la casa del alma
Revelando que sólo has trabajado para eso.
¡Ah!, si yo hubiese sufrido su traidor beso
Y hubiese permanecido en la oscuridad para siempre, hundido y fracasado.
Y para la lápida de su tumba compuso este epitafio: Malcolm Lowry/ Ultimo deshecho de Bowery/ Su prosa era florida/ Y a menudo incandescente/ Vivió, de noche, y bebió de día/ Y murió tocando el ukelele.
(Bowery: barrio bajo de Nueva York).
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James Joyce: Mi padre |
| Jhon Stanislaus Joyce, padre de James Joyce. |
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El tigre de la memoria |

"Quién va a creer que escribió un libro, si siempre ha sido medio leso".
Clementina Arias, ex profesora de Hugo Vera.
"No creo que venda más allá de 300 ejemplares, de mi libro "El día decisivo" se vendieron 15.000.000 de ejemplares y gané 15 millones de dólares".
Augusto Pinochet, dictador vitalicio.

"El poema "Alejandra" me lo dedicó a mí"
Alejandra Pizarnik, poeta argentina.
"El libro de Vera bien vale una misa".
Napoleón.
"Vera Miranda; no toque la pantalla del computador".
Zoila Pérez, bibliotecaria.
"Está escrito con la mano de Dios. Vera es un pibe que se las trae".
Diego Armando Maradona.
"Sin duda es un libro de mucho peso"
Ariel Carrera, cartero que le llevó a Vera los libros hasta su casa.
"El poema "Alejandra" me lo dedicó a mí"
Alejandra Basoalto, poeta chilena
"Si escribe como folla, me leo el libro tres veces al hilo"
Margarita Tecla, conocida de Hugo Vera.
"Cómo va a escribir un libro este tipo si vive a la vuelta de mi casa".
"Chendo" Silva, que vive a la vuelta de la casa de Vera.
"Aquiles corre diez veces más ligero que la tortuga y le da una ventaja de diez metros. Aquiles corre esos diez metros, la tortuga corre uno; Aquiles corre ese metro, la tortuga corre un decímetro; Aquiles corre ese decímetro, la tortuga corre un centímetro; Aquiles corre ese centímetro, la tortuga un milímetro y al final, Aquiles, la tortuga y yo corremos para comprar el libro de Hugo"
Jorge Luis Borges, escritor.
"La poesía de Vera siempre es una fiesta"
Ernest Hemingway, narrador.
“Hugo Vera Miranda no es solo una cara bonita”.
Julia Roberts, actriz.
"Hugo será el protagonista de mi próxima película, gracias a Inmaculada por enlazar mi blog volver".
Pedro Almodóvar, pedro almodóvar.
"Los poemas de Vera son intensos, emocionantes, con humor, sabiduría, profunda sencillez".
Esteban Navarro, poeta de Reumén.
"Memoria… memoria… no; no recuerdo haber leído ese título"
Hans Altzheimer.
"Si la Roja tuviera la contundencia de los poemas de Hugo Vera, clasificaríamos sin ningún problema".
Acosta, seleccionador uruguayo de la selección chilena.
"El poema "Alejandra" me lo dedicó a mí"
Alejandro Toledo, presidente peruano.
"Después de leer sus poemas no me temblará la mano para darle el indulto".
Ricardo Lagos.
"Vera es el poeta de la libertad. De la calle Libertad".
Gangas, inspector municipal.
"Yo le dije a Vera Miranda cuando vino a mi programa; que "mi programa trae suerte".
Mirtha Legrand. 87 años, tres meses, cuatro días.
Actualización, 15/09/05: 87 años, tres meses, 8 días, 6 horas, 23 minutos, 40 segundos
"El tigre de la memoria es un aporte al conocimiento de la fauna magallánica".
Pedro "Gato" León Magaña, periodista deportivo.
"Después de leer a Vera decidí dejar de escribir".
J. D. Salinger.
"Ahora cualquiera escribe un librito de 60 páginitas y ya se cree poeta".
Un familiar cercano al poeta.
"No me gusta salir mezclada en un poema con un tipo como Tom Waits. Iniciaré acciones legales"
La Madre Teresa, la madre teresa.
"Ez uno de los mejores de su jenerazion".
Sergio Bitar, ministro de educación.
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André Breton: Unión Libre |
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| En la foto, André Breton, Diego Rivera y Leon Trotsky, México 1938. |
Mi mujer con la cabellera de fuego de los bosques
Con pensamientos de relámpago de calor
Con su talle de reloj de arena
Mi mujer con su talle de nutria en los dientes del tigre
Mi mujer con la boca de escarapela y de ramillete
de estrellas de un ínfimo tamaño
Con dientes de huellas de ratones blancos en la tierra blanca
Con la lengua de ámbar y vidrio frotados
Mi mujer con la lengua de hostia apuñalada
Con la lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
Con la lengua de piedra increíble
Mi mujer con pestañas de palotes de escritura de niño
Con sus cejas de borde de nido de golondrina
Mi mujer con sus sienes de pizarra en un techo de invernadero
Y de vaho en los vidrios
Mi mujer con hombros de vino de champaña
Y de frente con cabeza de delfines bajo la nieve
Mi mujer con muñecas de fósforos
Mi mujer con dedos de azar y de as de copas
Con sus dedos de heno cortado
Mi mujer con axilas de marta y de bellotas
De noche de San Juan
De alheña
Con sus brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de mezcla de trigo y de molino
Mi mujer con piernas de cohete
Con sus movimientos de relojería y desesperación
Mi mujer con pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer con sus pies de iniciales
Con pies de manojo de llaves con pies de canarios blancos que beben
Mi mujer con cuello de cebada imperlada
Mi mujer con su garganta de Valle de Oro
Que se cita en el lecho mismo del torrente
Con sus senos de noche
Mi mujer con senos de albergue marino de topos
Mi mujer con senos de crisol de rubíes
Con sus senos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer con vientre del despliegue del abanico de los días
Con su vientre de garra gigantesca
Mi mujer con espalda de pájaro que en vertical escapa
Con espalda de plata viva
Con espalda de luz
Con la nuca de canto rodado y de tiza mojada
Y de caída de un vaso donde se acaba de beber
Mi mujer con caderas de barquilla
Con caderas de araña y de rabo de flechas.
Y de tallo de plumas de pavo real blanco
De balanza insensible
Mi mujer con nalgas de arenisca y de amianto
Mi mujer con nalgas de tomo de cisne
Mi mujer con nalgas de primavera
Con sexo de espadaña
Mi mujer con sexo de arenal de oro y de ornitorrinco
Mi mujer con sexo de alga y de viejo bombón
Mi mujer con sexo de espejo
Mi mujer con ojos llenos de lágrimas
Con ojos de panoplia violeta y de aguja imantada
Mi mujer con ojos de sábana
Mi mujer con ojos de agua para beber en la cárcel
Mi mujer con ojos de bosques siempre bajo el hacha
Con ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego.
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Confesiones de un detective privado |
Inmaculada Decepción rescata este texto, la primera y tal vez última entrevista concedida por Heredia.
¿Qué nos puedes decir de Federico Gordon?
Gordon es un abogado de la Contraloría General de la República al que asesinan porque elabora un informe que desenmascara la corrupción que hay detrás de la construcción de un gasoducto internacional que traerá perjuicios ecológicos. Es una víctima de un país que, en ciertas situaciones, no acepta la verdad ni la honradez. Si quieren saber más de él lean Los siete hijos de Simenon. No pretenderán que les cuente la novela.
¿Qué te gusta y que añoras de la noche santiaguina?
Amo sus bares que prolongan la noche con sus luces y promesas de encuentros inesperados. La democrática arquitectura de sus mesas de acrílico, donde se apoyan por igual las tristezas del oficinista, la dependienta de los grandes almacenes, los obreros y las secretarías uniformadas. Amo la dulzura de una copa de vino tinto mientras una joven camarera sonríe con la liviandad de las burbujas. Amo aquellos espacios en que mis ojos registran los rostros de seres anónimos y donde, en noches de fortuna, conozco a las muchachas más solas y tiernas de la ciudad.
Cuéntanos de tu picada favorita.
El bar City, en la calle Compañía, a pocos metros de la Plaza de Armas. Conserva sus mesas de madera, es tranquilo, preparan buenos tragos y los mozos son amables. A veces también entro al bar Unión o al Central, en la calle San Pablo. Y si la necesidad apremia, cualquier boliche me parece bien.
A la luz de tus últimas correrías, ¿los corruptos de ahora son más peligrosos que los de hace quince o veinte años?
Los corruptos son peligrosos en todas las épocas. Los antiguos se confunden con los nuevos y al final, los que siempre pierden son los ciudadanos comunes y corrientes que no tienen medios para defenderse.
¿No temes que alguno de tus antiguos enemigos te cobre una cuenta del pasado?
Es un riesgo latente, pero no me inquieta. Soy sólo un personaje marginal al que le gusta husmear en las vidas ajenas y al que le interesa estar en paz con su conciencia.
¿Cuál es el ser más leal que has conocido y qué le debes?
Nombraría a dos. Mi gato Simenon que me da compañía y buenos consejos; y Dagoberto Solís, un tira amigo, que me enseñó los trucos del oficio y me salvó la vida en la novela Angeles y solitarios.
¿Cuántas vidas tiene Heredia?
Mis vidas literarias hasta ahora son diez. Desde La ciudad está triste que se publicó en 1987, hasta A la sombra del dinero publicada a comienzos del año 2005. Entre ambas novelas se encuentran: Solo en la oscuridad, Nadie sabe más que los muertos, Angeles y solitarios , Nunca enamores a un forastero, El ojo del alma, El color de la piel y El hombre que pregunta. Díaz Eterovic suele decir que no escribirá más sobre mis historias, pero siempre le doblo la mano y consigo que se ponga a trabajar en mis aventuras. Sé que en estos días terminó de escribir una nueva novela sobre mis andanzas, llamada El segundo deseo.
¿Te has imaginado idealmente jubilado?
No. Me imagino investigando hasta el último de mis días, viviendo en un hospicio de esos a los que van a parar los viejos a los que nadie quiere, en compañía de mis libros y mi música, añorando a mi gato Simenon y a las mujeres que he amado.
Descríbenos tu pareja ideal...
Una mujer que entienda cómo soy y que no intente cambiarme. Que me ame y me permita amarla. Una mujer que ame a los gatos, la música de Mahler y las carreras de caballos. ¿Está difícil, o no?
Podrías definirnos en dos palabras a tu mentor Díaz Eterovic.
Es un amigo que sabe escuchar mis cuitas y que me ha dado la oportunidad de tener otros amigos a través de las mentiras que narra sobre mí. Pero lo disculpo, sé que los escritores son fabuladores, y él no es la excepción. Lo que detesto de él es que me invita a beber unas copas y no paga las cuentas. Se marea a la primera copa y olvida abrir su billetera.
¿Porque nunca dices tu nombre real a nadie?
Se lo he dicho a una que otra amante ocasional. Pero, por lo general no me gusta decir mi nombre y prefiero que todos me conozcan como Heredia a secas. Aunque en una próxima novela es probable que se diga algo al respecto.
¿No te parece un poco extraño hablar con un gato?
No, en absoluto. Es común que la gente que tiene mascotas y que vive sola hable con sus animales. Es algo que he visto hacer con frecuencia en mucha gente. Me sirve para ordenar mis ideas, para discutir conmigo mismo y para no sentirme tan solo.
En una película o serie de televisión, ¿qué actor te gustaría que te representara?
De Niro, Al Pacino o Claudio Arredondo. Tres actores que sabrían representarme a la perfección.
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Alberto Girri |
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| Retrato de Greta Garbo por Arnold Genthe. |
Lunes 22
Diario de un libro, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1972.
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Edmundo Paz Soldán: Volvo |
Durante las vacaciones de invierno estuvimos tres días en Sucre y una semana en Tarija. En Sucre descubrimos que la Casa de la Libertad era mucho más pequeña de lo creíamos, pero lo más notable fue coincidir con la promoción del Uboldi de Santa Cruz. Con Conejo y Mauricio nos acercamos a tres chicas sentadas en un banco de la plaza tomando helado. Para nuestra felicidad, nos enteramos de que estarían al mismo tiempo que nosotros en Tarija. Lilibeth tenía pichicas y una sonrisa que hacía florecer hoyuelos en sus mejillas. Me regaló una foto carnet dedicada que llevé en mi billetera incluso años después de que le perdiera el rastro.
En Tarija conseguimos alojamiento en un galpón que se utilizaba para prácticas de gimnasia en el estadio de fútbol. Éramos veintinueve, habíamos conseguido ese recinto gracias al Chavo, el profesor de Educación Física que viajaba con nosotros y era responsable del grupo. El Chavo era bajito y pícaro, hasta ahora no entiendo cómo logró que los padres salesianos le dieran un cargo con tanta responsabilidad. De hecho, durante nuestra primera visita a la plaza principal una mañana de miércoles, el Chavo decidió que había que celebrar nuestra llegada metiéndose con ropa a la fuente. Fue el primero en entrar, le siguieron cinco alumnos. Los tarijeños que pasaban por allí nos miraron con algo de suspicacia.
Al atardecer, los jóvenes iban y venían por los amplios paseos de mosaico en la plaza, tocaban guitarra bajo las palmeras o jugaban al truco mientras mateaban o comían bollos calientes. Allí me encontré con Volvo; daba vueltas en una camioneta y estacionó en doble fila sin preocuparse de la llamada de atención de un varita. Se bajó y me abrazó con efusión. Lo había conocido en una discoteca en Cochabamba, ciudad en la que vivían sus primos hermanos y a la que viajaba con frecuencia. Me encanta cocha, decía, las mozas son más abiertas. Era muy popular porque era alto, tenía las espaldas anchas y el cabello negro ensortijado, la nariz recta y los labios carnosos; mi hermana decía "es muy churro, nadie de Cocha está a su nivel". Había tenido varios problemas en Cochabamba; decían le gusta serruchar el piso, no respeta a nadie, busca a chicas que ya tienen pareja. No creo que molestara tanto su estilo, sino el hecho de que con frecuencia las chicas se fueran con él.
Volvo estaba fumando. Me preguntó dónde nos alojábamos. En el estadio, le dije. Hizo una mueca traviesa, me dijo con su cantarín acento chapaco:
--La hija del cuidador siempre está rondando. Es negrita, fiera, chaqueña. No habla la imilla, creo que es muda, pero le gusta cojer si eres un niño bien. Cuando estamos necesitados y no sale nada la vamos a buscar y nos la llevamos en auto por ahí.
Le agradecimos el dato. Nos dijo la disco de moda es El Cuervo, nos veremos allá el viernes, y volvió a su camioneta. El varita le había puesto una multa en el parabrisas; la hizo pedazos y partió.
Al día siguiente me encontré con Lilibeth en la puerta del hotel Victoria, donde se quedaba su promoción. Le regalé una rosa blanca que me había robado de la plaza, fuimos a un restaurante a comer chili con carne. Me invitó a una guitarreada que unos tarijeños habían organizado para sus amigas. Tomás me acompañó a una casa cerca de la iglesia de San Roque. A los chapacos no les gustó que llegaran chicos que no habían sido invitados. Nos sentimos incómodos y le dijimos a Lilibeth que nos iríamos; ella se solidarizó y decidió irse con nosotros. Esa noche la besé cerca del busto de Aniceto Arce en la plaza.
El viernes por la mañana vi a la hija muda del cuidador merodeando con el galpón y se lo dije a Conejo. Más me hubiera valido callarme. Conejo se le acercó; en la distancia observé que le hablaba. Al rato volvió y me dijo que tenía todo arreglado. Apenas viera salir al Chavo rumbo a una visita a la Catedral, ella entraría al galpón. Él la estaría esperando metido en su sleeping bag sobre su catre. Ella no había hablado, pero movió la cabeza afirmativamente cuando él le hizo la propuesta.
El Chavo y un grupo de diez alumnos salieron de paseo a las once. Hubiera querido ir, pero pudo más la curiosidad y me quedé. Al rato la hija del cuidador, descalza y con una falda larga azul, se apoyó en la puerta del galpón. Uno de los chicos que sabía lo que iba a ocurrir le indicó el catre de Conejo. Ella se acercó. Echado sobre mi sleeping bag a cincuenta metros de donde estaban, me hice al que leía una novela de Sábato. La chica no debía tener más de trece años; se desnudó, asomaron sus pechos como tímidas formaciones arenosas. Se metió en el sleeping bag de Conejo. Al rato, los que nos encontrábamos en el galpón comenzamos a escuchar los gemidos de ambos; los de ella eran guturales, desesperados, comunicaban angustia y desesperación en vez de placer.
No pude aguantar más y salí. No encontré al grupo. Tampoco estaba Lilibeth en la plaza. Recorrí la ciudad por mi cuenta, traté de distraerme admirando sus balcones coloniales, la placidez de sus calles, el ritmo aletargado con que la gente discurría por la vida.
Volví al estadio a la una de la tarde. Tomás no me dejó entrar al galpón. Me dijo que esperara mi turno. ¿Qué turno? La hija del cuidador seguía allí adentro.
--Nueve ya se han servido de ella. Yo soy el siguiente. Si quieres vas a tener que anotarte. El Conejo está llevando la lista.
--No puede hablar. ¿Cómo saben si quiere?
--Mal no lo está pasando, te lo aseguro. ¿Te animas?
Escuché gritos en el galpón y le dije que no me interesaba. Entré al estadio, me senté en las graderías de cemento mirando la cancha vacía, el césped ralo. ¿Debía volver, intervenir? ¿Qué ganaría? Defensor de causas perdidas, me habían dicho mis amigos y hermanos tantas veces con un tono burlón que al final mis buenas intenciones habían terminado convirtiéndose en una caricatura tan despiadada como certera.
Dejé que pasaran los minutos sin levantarme de las graderías. No quería que mis compañeros pensaran que era un mojigato.
Cuando volví me encontré con el Conejo en la puerta. A Tomás le había llegado su turno.
--¿Te vas a animar?
--¿Qué tal… qué tal está la chaqueña?
--Tiene buen cuero y se mueve mucho, pero sus gritos medio que me ponen nervioso.
--¿Vale la pena? -dije con un tono de que sabía de esas cosas, yo que apenas me había iniciado cuatro meses atrás, con una morena del Kalvert que me había llevado a un motel sin que se lo preguntara y que incluso tenía condones en su cartera. Con ella había tenido tres encuentros en moteles, dos de ellos dignos del olvido.
--En tiempos de guerra cualquier aujero es trinchera. Ajá, te estás animando pendejo. Pero tienes que esperar un montón.
--Yo te pasé el dato. Cuántas veces te he hecho copiar en los exámenes. Si lo pienso mucho ya no voy a querer.
El Conejo dudó. Luego hizo una sonrisa pícara.
--Sólo porque eres medio cartucho -anotó mi nombre en la parte superior de la lista.
Llegamos al Cuervo después de haber tomado varias botellas de vino bajo el molle de una plazuela. Hicimos un juramento de que lo ocurrido con la hija del cuidador no saldría de Tarija. Ni siquiera al Chavo se le contaría nada, ni en chiste. Al que hablaba le esperaba una pateadura para que se acordara el resto de su vida.
A la entrada de la disco había una aglomeración. Comenzamos a empujar con mis compañeros; terminé en la primera fila y logré entrar junto a Mauricio y Tomás. Pagué mi entrada, me di la vuelta, vi que varios estaban todavía perdidos en la aglomeración. En ese momento llegó el Volvo con sus amigos. También habían estado tomando, se les notaba en los ojos. Se me ocurrió que Volvo debía saber lo que su sugerencia había ocasionado. No diría nada, pero me tentaba hacerlo. Seguro se reiría.
--¿Quién te ha dejado salir hasta tan tarde? -me gritó, sonriente--. Ya deberías estar en pijamas a esta hora.
--El que debería haberse quedado en su casa eres tú -le seguí la broma--. ¿No te has visto la cara de wawa?
--¿Y quién carajos sos vos para decirme eso? ¡Esperá nomás a que te agarre, no me aguantás una pasada!
Su rostro se transformó; dejé de reconocerlo como un amigo y lo vi como un borracho ofendido en su hombría. Trató de abrirse paso entre la muchedumbre para alcanzarme. Me llevaba una cabeza, se me ocurrió que lo mejor era esconderme en la oscuridad del Cuervo. Las del Uboldi estaban bailando solas en la pista. Una de ellas me señaló a Lilibeth en una mesa en el rincón. Me senté a su lado, le pedí que me abrazara.
--¿Pasa algo?
--Ha sido un día muy largo.
Me besó y sentí que lo que debía haber hecho apenas llegué a Tarija debía haber sido buscar a Lilibeth, olvidarme de Volvos y compañeros y no separarme de ella ni un instante.
Al rato un policía se me acercó y me preguntó si era de la delegación cochabambina. Asentí.
--Tiene que salir. Los vamos a escoltar hasta su alojamiento.
--¿Escoltar?
--Me ha oído bien. Rápido rápido, por favor.
Me despedí de Lilibeth con un beso casual y fugaz. Estaba nervioso, y no sabía que nunca más la volvería a ver.
A la salida descubrí que había habido una pelea campal entre tarijeños y mis compañeros de curso. Volvo, al tratar de agarrarme, había empujado al Salvaje, un beniano fornido que estaba con nosotros desde primero medio. El Salvaje se dio la vuelta y le gritó pedí disculpas carajo; Volvo respondió con un puñetazo en la cara. Mis compañeros salieron en defensa del Salvaje. Saltaron los amigos de Volvo y se les unieron otros chapacos. Fue una pelea desigual. El Salvaje terminó con dos costillas rotas; otros tenían contusiones en el cuerpo y cortes en la cara. Los tarijeños no paraban de gritar que el petróleo era de ellos, podían ser una región rica si no fuera que nosotros nos lo llevábamos todo.
Escoltados por la policía, cabizbajos, nos alejamos del Cuervo entre insultos y volvimos al estadio en la oscura medianoche por calles de tierra y de losetas. Nos detuvimos en un hospital semidesierto para que un par de compañeros recibiera atención. Me pregunté qué me diría Volvo la siguiente vez que lo viera en Cochabamba, tomando helados con sus primos en El Prado o acaso con alguna chica, quizás mi hermana.
Dos años después, el Salvaje volvió a Tarija con dos amigos. Lo esperaron a Volvo en la puerta de su casa. Lo agarraron a golpes con una vara de acero, le dieron de patadas en el suelo. Volvo estaba borracho y, a pesar de lo grande y fuerte que era, no tuvo tiempo de reaccionar; imploró perdón hasta que la sangre que salía por su boca le impidió hablar. Un testigo afirma que escuchó al Salvaje ordenar a sus amigos golpearlo en la cara hasta que ni sus papás lo reconocieran. No lograron su objetivo: sus papás pudieron reconocerlo en el hospital; sin embargo, no sirvió de mucho porque Volvo no podía contestarles con una tibia sonrisa, un leve movimiento de la mano o una palabra. Había entrado en un coma profundo del que, veinte años después, todavía no ha salido.
El Salvaje se escapó del país, uno de sus hermanos me dijo que al Brasil.
Ya no me queda casi nada de ese viaje de promoción. Recuerdo el nombre Lilibeth, pero no la forma en que besaba ni su rostro ni su silueta ni su voz. De tiempo en tiempo se me aparece, de la nada, la hija muda del cuidador. Abre la boca, intenta hablarme, pero su lengua es un pedazo sanguinolento de carne. A ella trato de olvidarla, pero no puedo.
Alguna vez pensé que Volvo había cosechado lo sembrado, que los caminos del Señor eran extraños y habían logrado unir lo ocurrido con la hija del cuidador con el destino fatal de Volvo. Ahora ya no. Me he quedado sin ese consuelo, y en ciertas tardes largas y noches insomnes de esta ciudad que ya no es Cochabamba busco en vano un sosiego que me dé respiro.
*Cuento inédito de Edmundo Paz-Soldán
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POLI Y EL LECTOR |

Ramón Díaz Eterovic.
Al calor de esas lecturas iniciales, el Lector muchas veces se preguntó cómo sería el escritor que había tras esos libros que leía con tanto interés. Aún no sabe que a veces es preferible no tratar a los escritores o como alguien dijo, sentarlos en mesa aparte, y se imagina que tendrá la posibilidad de conocerlo algún día. Pero, la vida tiene vueltas inesperadas, y cuando el Lector viaja a Santiago, Poli ha tenido que exiliarse y la cita queda pendiente, suspendida en la incertidumbre que vive el Lector como tantos otros ciudadanos de un país al que le han quebrado la ilusión y nunca más volverá a lucir la misma piel.
El Lector se las da de escritor en una época en que el horno no estaba para cocer metáforas edulcoradas, y como parte de una generación con maestros ausentes, sigue leyendo las obras que Délano publica en el exilio. Libros, que no encuentra en los escaparates de las pocas librerías sobrevivientes en Santiago, sino que llegan por caminos menos tradicionales, disfrazados a veces de novela rosa o textos de estudios que algún amigo viajero trae del extranjero. Libros que pasan de mano en mano, alimentando el entusiasmo de otros lectores. De ese modo conoce novelas como "En este lugar sagrado", "Piano bar de solitarios" y "El hombre de la máscara de cuero" que apenas leídas hace sus favoritas, al tiempo que sigue imaginando que un día conocerá a su autor.
Pasa el tiempo, y mientras Daniel López y su dama de compañía llenan sus bolsillos con el llamado dinero de todos que, desgraciadamente, nunca es de todos, llega el día en que Poli regresa de su exilio y el Lector lo conoce en un acto en la Casa del Escritor. Poli se parece a los personajes de sus novelas y cuentos, y que la imagen que de él se había hecho calza a la perfección con el tipo de carne y hueso que tiene a su lado, que no ocupa su tiempo en hablar de sus propios libros, y sí se interesa por los que escriben los jóvenes narradores de entonces. Con él no corre eso e sentar a los escritores en mesa aparte, se dice y se alegra que sea así.
Poli publica otros libros. "Como si no muriera nadie", "Casi los ingleses de América", "El verano del murciélago" y para sorpresa del Lector, un día lo invita a presentar uno de sus libros. No sabe que la historia se repetirá, pero si tiene claro que ha ganado un amigo, amigo también de sus amigos, un maestro en el oficio de escribir y vivir, o viceversa con el que compartirá lecturas, viajes por España y México, la admiración por su padre don Luis Enrique, la afición por los tangos de Rivero y Goyeneche, la amistad con escritores de otros rumbos. El Lector piensa en estas cosas y cierra definitivamente la novela de Arlt. Recuerda anécdotas, chascarros, una visita a Mempo Giardinelli en su refugio del Chaco, momentos plácidos y otros no tanto que ha vivido junto a Poli. Podría llenar muchas páginas con esos recuerdos y esa no es la idea, piensa sin saber muy bien todavía que puede decir el día de la presentación.
El Lector da una mirada de reojo a la pila de libros que tiene encima del velador y descubre los ejemplares relucientes y olorosos de "El amor es un crimen" y de "Un cadáver en la bahía" las dos últimas novelas que ha leído de Poli. El segundo de los libros ha llegado desde España y forma parte de una colección llamada "La Casa Ciega". Colección de relatos policiales y de misterio a la que Poli se ha sumado porque no le es ajeno el género de las balas y los tipos duros. Por ahí, recuerda el lector, circula la novela "La muerte de una ninfómana" que Poli publicara en México con el seudónimo de Enrico Falcone. En "Un cadáver en la bahía" Poli recrea un espacio que le es querido: Cartagena. Y pone en acción al inspector Jacinto Lara, agudo y jugado por la verdad como todo buen policía de novela. Aparece un cadáver en la playa y Lara después de algunas pesquisas descubre que es la víctima de un crimen pasional. Tratándose de una novela policial más no se puede decir, piensa el Lector reconociendo que el texto tiene gancho, misterio y que lo ha leído de una sentada, siguiendo los pasos del inspector Lara hasta descubrir al asesino. Antes de regresar el libro al montoncito del velador, relee la dedicatoria donde aparece el nombre del escritor Mortimer Gray, uno de los seudónimos que usó Luis Enrique Délano para publicar sus historias detectivescas. Hijo de tigre, tenía que salir con olfato para la narrativa policial, piensa el Lector.
"El amor es un crimen" tiene un título engañoso. Mirando la portada podría pensarse que es otro relato policial de Délano. Pero, el Lector sabe que no es así. Ha leído la novela unos días antes y ha caído en sus redes. La narración es envolvente. Se leen unas líneas, se conoce al protagonista, se cree atisbar el derrotero de la historia y ya no se puede salir del mundo propuesto. Hay crímenes en la novela. Dos crímenes por salvación, piensa el Lector. También hay dos mujeres: Alejandra Montoya y Luz Larraín. Representan mundos diferentes. Alejandra es la muchacha provinciana que llega a Santiago a vender su trabajo como empleada doméstica. Luz en cambio observa la vida desde la comodidad de un buen pasar. El destino las une y de ambas habla Joaquín Cervera, un periodista con afanes de escritor. Conocemos de las vidas de las mujeres de manera dosificada. Poli, piensa el Lector, sabe que un buen narrador no tira todas sus cartas a la mesa de una sola vez. Conoce la mentada teoría del iceberg formulada alguna vez por el viejo Hem, tan admirado por Poli.
Las mujeres conocen el amor, su cara risueña y su cara triste. Luz tiene más fortuna y elimina a su esposo en lo que parece ser un accidente. Alejandra recorre el sendero de las mujeres más desvalidas. Las humillaciones, las golpizas, el dolor que rompe sus ilusiones. Ya alguien dijo que "la vida es más tango que el mismo tango". Cada una de las mujeres, a su manera, se libera, pero como en la vida, no siempre lo que uno espera aparece a la vuelta de la esquina. Poli insinúa un final, piensa el Lector y reconoce que antes de las últimas páginas imaginó la salida más fácil para la historia. Sin embargo, Délano suele guardar una última vuelta de tuerca para los finales y en esta ocasión la novela termina con algo parecido a un golpe de puerta en las narices. Sutil, elaborado, pero golpe al fin de cuentas que da un sentido especial a toda la narración. La novela tiene buenos ingredientes. Personajes atractivos y bien dibujados. Tiene humor, suspenso, romance. Se palpita vida en ella. Una novela que seduce. Debería decir eso -piensa el Lector antes de apagar la luz-. Sería un acertado comienzo para la presentación del libro.
Texto leído en la presentación de la novela de Poli Délano: "El amor es un crimen". Instituto Británico de Cultura, Santiago, 25 de agosto de 2005.
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Salvador Dalí: Folleto acunado en rústica |
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| Yoko Ono, John Lennon y Salvador Dalí en Nueva York. |
al mismo tiempo declinando
una taza
una taza portuguesa cualquiera
que se fabrica hoy
en una fábrica de vajillas
pues una taza
se parece por su forma
a una dulce antinomia municipal árabe
al final de alrededor
como la mirada de mi bella Gala
la mirada de mi bella Gala
olor de litro
como el tisú epitelial de mi bella Gala
su tisú epitelial chocarrero y lamparista
sí, yo lo repetiría mil veces.
Folleto perdura
al mismo tiempo declinando
una taza
una taza portuguesa cualquiera
que se fabrica hoy en una fábrica de vajillas
pues una taza
se parece por su forma
a una dulce antinomia municipal árabe
montada al final del alrededor
como la mirada de mi bella Gala
la mirada de mi bella Gala
olor de litro
como el tisú epitelial de mi bella Gala
su tisú epitelial chocarrero y lamparista
sí, yo lo repetiría mil veces.
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borracho en la madrugada |

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La transmisión |

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Negras Crónicas |
-Apuntes sobre narrativa policial-
El escritor alemán Bernhard Schlink se hizo mundialmente conocido a partir de su novela "El lector" en la que indaga con especial maestría en el tema de la memoria y de la culpa colectiva del pueblo alemán respecto a las brutalidades cometidas
por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Con anterioridad a esa novela, Schlink había publicado cuatro novelas policíacas protagonizadas por Gerhard Selb, un detective privado de setenta años, ex fiscal de la policía, solterón y algo complicado con los achaques propios de su edad."El fin de Selb" (Anagrama, 2005) es la cuarta entrega de la saga detectivesca. Selb tiene algunos problemas para encontrar trabajo. Su avanzada edad genera desconfianzas en sus probables clientes y por eso la mayor parte de sus horas las ocupa en escuchar música en su departamento, reunirse con su amante -Brigitte- y atender a su gato Turbo. El panorama no es muy auspicioso para el detective hasta que ayuda a un extraño durante una noche de intensa nevazón en las afueras de Berlín. El extraño resulta ser un banquero que decide contratarlo para averiguar el paradero de hipotético socio de su banco. A partir de ese momento Selb se ve envuelto en una intricada maraña de muertes y engaños en la que debe enfrentar a financistas inescrupulosos y mafiosos rusos, todo en el marco de una Alemania que vive su reunificación después de la caída del Muro de Berlín y padece las diferencias entre los alemanes del este y oeste. Junto con sus pesquisas, Selb debe decidir el destino de su relación con Brigitte y aclarar la verdad existente tras la inesperada aparición de un hombre -Kart-Heinz Ulbrich- ex policía de la República Democrática Alemana que dice ser su hijo.
Las pesquisas conducen a Selb a descubrir que la verdad que busca pertenece a un pasado que nadie parece querer recordar. Verdades a medias, pistas confusas, asesinos que terminan muertos. Todo parece indicar a Selb que lo más apropiados es no remover las cenizas, pero él se empeña en seguir el hilo de sus pistas por el simple placer de concluir un caso que intuye puede ser el último de su vida. "No es necesario que los buenos encuentren recompensa y los malos castigo -reflexiona Selb en el transcurso de la investigación-. Pero los hilos del destino no pueden quedar sueltos. Tienen que estar entretejidos en el tapiz de la historia. Sólo cuando lo están, podemos dejar esa historia atrás. Sólo entonces, tenemos la libertad de emprender cosas nuevas".
Schlink es un escritor que desarrolla con atractivo el entramado de sus historias y confiere profundidad psicológica a sus personajes. Nació en 1944, ejerce de juez y ha obtenido varios de los más importantes premios literarios europeos. Las novelas protagonizadas por Selb han estado por largo tiempo entre las más vendidas de Alemania y sin duda es un autor interesante de conocer y seguir con atención.
Ramón Díaz Eterovic
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Agente 6 |
Desde acá lo puedes leer.
-Bienvenido al servicio de emergencia de essal, habla Robinson agente 6 en qué le puedo ayudar.
-Buenas noches.
-Buenas noches
-Oiga señor, hoy día pasaron repartiendo o ayer panfletos que el agua la iban a dar a las doce de la noche… ¿me escucha bien?
-Si atentamente señor.
-Son la una de la mañana y todavía no dan el agua.
-Si están, aún están trabajando el personal nuestro en terreno,
-Ya, ya está bien
- Por lo menos, por lo menos en una hora, hora más ya eso estaría solucionado.
-Ya, yo le voy a decir una sola cosa a usted señor, cuando uno se atrasa con el corte del agua, con el recibo, al otro día corren los wuehones a cortarla, no dan ni un plazo ni una wea , y a usted los conchaesumadres hay que esperarlos hasta las dos, tres e la mañana para lavarse las weas iñor, es imposible esta hueva iñor por la chucha esa es la burocracia de este país culiao ¿Me escucha o no, o se hizo el weon?
-Lo estoy escuchando atentamente señor.
-Ya que me contesta puh.
-En una hora más va a quedar normalizado.
-Pero está bien lo que le digo o no?. Contesteme puh iñor no sea weón.
-Si sigue en esos términos señor voy a tener que cortar la comunicación.
-Corta si querís conchaetumadre ho.
Acá lo puedes escuchar.















