
WILLIAM BLAKE
Todo fue por olvido William Blake
A pie juntillas puedes aceptar
que no hubo ni siquiera la sospecha
de una pequeña mala voluntad.
Burocracia celeste solamente,
falta de seriedad
en el taller de arcángeles en serie.
Incompetencia acaso del tornero
o el montador
Pero tú que inventaste la ternura,
William Blake,
lo sabrás comprender:
San Pedro está muy viejo
y se olvida de todo.
Es el arterioclerosis, desde luego.
(A menudo anda loco entre las nubes
preguntando azorado dónde dejó sus llaves
y resulta que acaba por encontrarlas siempre
en su llavero, sujeto por un broche al cinturón).
Todo fue por olvido, te repito.
No vayas a pensar que alguien lo hizo
Porque te quiere mal.
Se que fue muy molesto para ti
Ese olvido tan torpe de mandarte sin alas.
El pobre de San Pedro puso tu credencial,
como es vieja costumbre,
bien oculta en el fondo
de tu cordón umbilical:
"Arcángel William Blake. Va a cumplir
una misión secreta en Inglaterra
Debe nacer en Londres este año".
Y luego te expidió, sin comprobar,
-como es su obligación-
que había salido
sin defectos de fábrica
¡Que incómodo el descuido para ti,
William Blake!
Es de viejo sabido
Que un arcángel sin alas, en misión en la tierra
Pasa las de Caín.
PAOLO UCELLO
¡Ah Paolo Ucello!
Por ir buscando
lo que no se puede encontrar
cayó de bruces en un hoyo
sin perspectiva
¡Qué traspiés
puso la noche en sus zapatos!
Pintó un amaranto y era el Arno
embalsado en un almirez;
una cúpula y era la lluvia
deshilvanada y del revés.
El podestá vio una paloma
una magnolia y un leñador,
donde él veía una madona
con la serpiente bajo los pies.
¡Qué Paolo Ucello,
siempre mirando
más allá de lo que se ve.
LAUTREAMONT
Tan desarmado y ciego,
tan espina desnuda,
tan rostro de la muerte
en un espejo.
Tan calcinada furia,
tan sombra, tan escorzo,
tan de todos perdido
y de sí tan ajeno.
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Félix Pita Rodríguez |
| [+/-] |
En la Sorbona |
- ¿Vos sabés Hugo lo difícil que es que todo el tiempo los tipos te estén mirando el culo? Es insoportable nene.
La hacen sentir a una una cagada loco. Los tipos te joden, te persiguen cuadras y cuadras, te dicen cada barbaridad. Yo soy hincha de Boca, pero con este culo no puedo ir a la cancha ¿viste?
Te cuento que una vez fui y tuve que pedir resguardo policial loco. En los ascensores, en el cine, en las librerías, acá mismo loco, en este bar, vos no sé si te diste cuenta cómo me miran esos tipos de la mesa cerca del pool.
La verdad Hugo es que a nadie le importa un carajo que yo haya estudiado Ciencias en la Sorbona, solo mi culo les importa.
- ¿Es verdad que estudiaste ciencias en la Sorbona?
| [+/-] |
Un día |

Un día sin pausa y sin prisa
me retiraré del mundo,
un día me retiraré,
abandonaré este ropaje inservible
que sólo sirvió
para arropar al rocío
y dar de comer
al cantinero de la esquina.
Abandonaré este mundo un día,
un día me iré,
los comediantes llorarán sobre mi tumba,
los chicos de la esquina seguirán en la esquina,
los magos seguirán sacando conejos de su galera
y tú seguirás viajando rumbo al Casino.
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Mercedes o bien podría ser tu abuelo |
Buenos Aires, Argentina; Avenida 9 de julio, Alsina y Lima, Hotel Malvinas. Allí conocí a Mercedes. Se había casado, se había separado, se había vuelto a casar y se había vuelto a separar y nuevamente se había casado. El Hotel devenido en conventillo era administrado por el gallego Paz. Un gordo con suspensores que bien podría ser tu abuelo. Si es que a tu abuelo le gusta comer tripa gorda mientras besa a su muchacha. El hotel era habitado por estudiantes, maleantes, traficantes, amas de casa, proxenetas, mecánicos, comerciantes, futbolistas, prostitutas, soldados, un pastor evangélico, un abogado, un dentista, un corredor de autos, un artista de circo, cuatro adivinas, 3 poetas, una chica linda y Mercedes.
Allí vivíamos en unos cuantos metros cuadrados más de 400 personas. Allí vivía Mercedes, allí vivía yo. Me contaba que su primer marido -un chileno- la llevaba a un hotel alojamiento dos veces por semana. Era muy romántico tu marido le dije cuanto me lo contó. ¡Ma qué romántico!, me dijo -y agregó- me llevaba para mirar por la cerradura cómo hacían el amor las otras parejas.
Ella vivía en el quinto piso que daba a la calle Alsina, el lugar como todo el hotel era de una pobreza franciscana, pero Mercedes se encargaba de hacerlo acogedor, muy acogedor. Ponía velas, incienso, preparaba un pollo a la maryland y como postre me dejaba que desabrochara su antiguo pijama rosado. Algunas veces invitaba a mi amigo Eduardo Fernández Cuesta a que viniera donde Mercedes, obviamente el se retiraba antes del postre. Un día Eduardo me dijo: "Che Hugo, Mercedes está loca; anoche cuando te dirigías hacia el balcón, con tus rollos, tus alpargatas, tu pelada, con esas piernas de Garrincha que tenes, Mercedes me dijo: "¡que sexy que es ese hombre!".
Fue el mismo balcón que utilicé para esconderme cuando llego su tercer marido. En el balcón, desnudo, con frió y con cinco chicas que hacían el aseo en el edificio de enfrente, que reían desde la 9 de julio. En el Hotel Malvinas, donde el gallego Paz, que bien podría ser tu abuelo.
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Jorge Luis Borges: Demolición de un mejicano |
Ya se adivina la apoteosis. Bill concede apretones de manos y acepta adulaciones, hurras y whiskies. Alguien observa que no hay marcas en su revólver y le propone grabar una para significar la muerte de Villagrán. Billy the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice "que no vale la pena anotar mejicanos". Ello, acaso, no basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadáver y duerme hasta la aurora -ostentosamente.
Jorge Luis Borges; Historia universal de la infamia, Editorial EMECE, Buenos Aires, 1971.
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vaticinio |

De Gaulle.- ¡Y la suya!
Malraux.-…fue idea de ella. Pero usted agregó: "Es una mujer valiente y muy bien educada. En cuanto a su destino, usted se equivoca: es una vedette y acabará en el yate de un rey del petróleo".
De Gaulle.- ¿Dije eso? ¡Qué le parece? En el fondo, usted y yo creíamos que acabaría casándose con Sartre…
Antimemorias de Andre Malraux; edición Sur, enero de 1972.
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CRISTIÁN GÓMEZ |

DE CONCENTRACIÓN EN QUE NOS ENCIERREN
El bar está cerrado a los malos augurios.
Hoy no pasan por televisión Angustia de
un querer y se conversa al ritmo del auge
y la caída de nuestros ídolos. La tarde
sigue pasando y no se detiene
hasta llegar a nuestras puertas. Como el
fruto de una caza que ha sido generosa
caen a nuestros pies muchachas que ni
siquiera despiertos podríamos haber
soñado tan hermosas. Se parecen a esas
primas de las que nos enamoramos antes
de escribir un primer poema. Contertulios
del espejo que invariablemente fiel detrás
del mostrador nos acompaña, la próxima
ronda decidimos pedírsela fiado a los
que incautos se preguntan por nuestra
afición a seguir escribiendo poemas
sospechosamente láricos como si
fuera nuestra única elegancia:
como si fuera nuestra última respuesta.
Lo más divertido era espetarnos mutuamente epítetos de tamaño calibre -católico, escritor de clase media- que a cualquiera lo harían palidecer.
Más de alguna vez mutuamente se ofrecieron combos. Y no hay nada de malo en ello.
Compartieron la misma cama pero no se dieron cuenta. Por lo alto y por lo bajo les
deseo ochenta, pero es discutible que tanto el hígado como las neuronas aguanten.
Se han paseado de la mano de cierta clase de especímenes que ameritan zoologías tan
particulares como épicas. Conversan hasta bien entrada la noche. Se acuerdan.
DEBIERA ESTUDIARSE LA PRESENCIA DE LOS PÁJAROS
I.-
La partida es el invierno pero el comienzo es la mirada.
No escribiré poemas póstumos con mi nombre. La
infancia es un recuerdo que madura en el limonero.
Dejarlo todo con minúscula es igualmente despreciable.
Jugar a la caperucita roja. Y dárselas de lobo feroz.
Cuando quieres probar su angustia entre tus nalgas.
Abrígate, no vaya a ser cosa que. Los muchachos
que aún siguen rayando los muros escogen sus
consignas de entre las letras mal traducidas
de alguna banda sonora y ya no de los discursos
-para todos los efectos fúnebres- de la clase política
que domeña nuestro país. La partida es entre dos
y en pleno invierno. Mi padre juega y mi hermano
enroca. Piensa más de dos veces la jugada
aunque no se acepten segundas intenciones.
El menor de la familia no comprende. Se
encumbra un volantín que bajo ninguna
circunstancia aceptaría el apelativo de
cometa o papalote. Vuela por un cielo que
aún se puede ver si se frecuentan algunas
calles del centro-norte de santiago.
II.-
Escribe entre las nubes
nombres que de abajo se
confunden con las reglas de un juego
que entre padre e hijo no tiene perdedores:
si el viento sopla hacia arriba es jaque,
mate si el rizo del cometa, papalote o
volantín se detiene -inmóvil, pero
hermoso: para que le echemos una última
mirada y desde la geografía familiar del
mapa (que no es, según el marqués de
Valparaíso, equivalente al territorio)
digamos: dale más hilo, dale más hilo
antes que se nos caiga.
III.-
Ya los niños no conversan ni han decidido
tomarse una siesta para augurarse mejores
temporadas.
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Pio Baroja: Olaberri, el macabro |
laberri era un pesimista jovial. No encontraba en el mundo más que vanidad y aflicción de espíritu. No tenia fe más que en la cal hidráulica y en el cemento armado. Para él, detrás de toda satisfacción venía algo negro y doloroso, que eran principalmente las facturas.-¿Ve usted esa chica que se ha casado con el carabinero?- me preguntó hace tiempo con aire de profunda conmiseración.
-Sí.
-¡Que infelices! Ahora mucha alegría, ¿he?, y de viaje, pero luego ya vendrán las facturas.
A Olaberri le preocupaban las facturas. Para Olaberri que era contratista en pequeño, las facturas eran como la sombra de Banquo, que aparece en el banquete de la vida.
Si Olaberri hubiera tenido el sentido estadístico de nuestro amigo Berecoche, ya difunto, diría que en la vida hay un 75 por ciento de facturas.
-Ya le he dicho al párroco -me contó una vez-: usted, con un cubo de agua y un hisopo, ya tiene para todo el año, y a vivir bien; nosotros, en cambio, pobres contratistas, siempre a vueltas con las facturas.
Olaberri tenía gustos macabros. Había construido en el cementerio varis sepulcros y trasladado cadáveres y huesos y algunos cuerpos recién muertos.
Al hacer la descripción de estos traslados sentía, sin duda, un ardor explicativo de artista medieval y macabro. Los huesos, las calaveras revueltas con tierra, los trozos de hábito o de ropa, la madera podrida de los ataúdes, todo daba pábulo a su charla pintoresca.
Al relatar el traslado de algún cuerpo recién enterrado, se lucía; entonces los detalles realistas eran tan terribles que a cualquier persona sencilla se le ponían los pelos de punta.
Salían a relucir los busanos blancos y las gurgujas verdes, y al último la gente no sabía si temblar de asco o echarse a reír.
Él no tenía repugnancia por nada.
-Los mejores caracoles que hay comido -solía decir- , los hay cogido en la tumba del difunto párroco. Nunca los hay comido mejores.
| [+/-] |
mi padre |
mi padre cuando yo era niño jugaba con sus frustraciones;
yo era el centro ígneo, era potencia y era acto;
estaba preparado para la conquista, para dar aquel gran salto…
el perro fiel de mi padre seguía mi rastro paso a paso,
enfermo de padre dormía pensando en cristo, alejandro y napoleón;
todos ellos tenían mi rostro.
ahora; ahora que el tiempo es árbitro, ahora que mi padre
creció y yo envejecí, ahora en que todas las cosas
han vuelto a un injusto lugar; ahora me veo convertido
en una curiosa fantasmagoría producto de un azar
inescrutable en donde dioses altivos se
deleitan ante mi viaje hacia el abismo.
definitivamente mi padre, ya sabio en derrotas inapelables
me ha recomendado no abusar del tabaco y del alcohol.
| [+/-] |
Las penas del infierno |

Advertencia de la biblioteca del monasterio de San Pedro en Barcelona.
| [+/-] |
La pluma ácida |
Por el Doctor Frigo.

El ministro de salud se enfada y grita. Un día se enoja con las vacas, y al otro con los funcionarios. Debería tratarse con un médico las dos enfermedades que padece: estupidez y prepotencia.
| [+/-] |
La pluma ácida |
Por el Doctor Frigo.

En Chile, dice el presidente, las instituciones funcionan.
Las que no funcionan son las lanchas que ocupan los estudiantes pobres del sur.
Desde hoy en nuestro país se puede mandar a la cárcel a un niño de 14 años.
Lo que no se puede hacer es encarcelar a un viejo asesino de 90.
| [+/-] |
Charles Bukowski |
| [+/-] |
Luis Britto García: El vuelo |
La mosca desciende y se para en la punta de la nariz del hombre. Vuela, y prosigue hasta la colilla que está en el piso. Vuela hasta el dedo gordo del pie. Camina hasta la sucia juntura de los dedos. Salta hasta el tobillo. Se posa en la rodilla. Palpa las costras. Chupa. Vuela en espiral. Se posa en la muñeca. Vuelve a la colilla. Vuela hasta un gargajo. Chupa. Vuelve a la muñeca. Salta al antebrazo. Vuela en espiral hacía el ombligo. Chupa. Regresa a la colilla. Regresa al gargajo. Chupa.
La mosca vuela hacía los labios del hombre. Explora las comisuras. Vuela. Describe espirales en el aire. Cae en las costras de las rodillas. Vuela al escroto. Al dedo anular. A las narices. Al gargajo. A una tetilla. Al ojo derecho. Al ojo izquierdo. A la colilla. A la frente. Al meñique. Chupa.
La mosca vuela a los barrotes. Descansa. Vuela hasta la oreja. Caga. La mosca levanta el vuelo. Nariz labio pie ombligo, ombligo ingle mano tobillo. Chupa. Tobillo ojo frente labio mano, mano hombro oreja ojo, chupa. Se limpia. Ojo techo barrotes, ventana barrotes puerta barrotes colilla gargajo techo barrotes candado ojo. Chupa. Se limpia. Ojo, alambres en las muñecas, escroto alambres en los tobillos, chupa, se limpia. Tobillos barrotes gargajo barrotes alambres colilla escroto, chupa. Ombligo, chupa. Tetilla, chupa. Clavícula, chupa. Barbilla, chupa. Boca, chupa. Nariz, chupa. Ojo, chupa. Se limpia. Chupa. Chupa. Se limpia. Asciende hacía la frente, hacía el agujero del tamaño de un dedal abierto en carne viva. Chupa.
Chupa. Se limpia. Desova. Chupa.
| [+/-] |
evtushenko |

En el mundo no hay seres anodinos
En el mundo no hay seres anodinos.
Nuestros destinos son como la historia de los planetas.
Cada uno es singular y único,
No hay planetas que se le parezcan.
Aquel que fue amigo de vivir
alejado de todo,
suscitó el interés de los otros
precisamente por su amor al silencio.
Cada cual tiene su propio mundo secreto.
Con su propio mejor instante
y su propia hora terrible,
que nosotros desconocemos.
Cuando muere un hombre
muere con él su primera nieve,
y el primer beso, y el primer combate…
Se lo lleva todo consigo.
Claro, quedan libros y puentes,
máquinas y telas pintadas;
bastante es lo queda detrás,
pero algo también se pierde.
Tal es la ley del juego despiadado.
No mueren hombres, sino mundos.
Los recordamos pecadores y terrenos.
Pero en el fondo, ¿qué sabemos de ellos?
¿Qué sabemos de nuestros hermanos, de nuestros amigos,
de nuestra única amada?
De nuestro propio padre,
Sabiéndolo todo no sabemos nada.
La gente se va sin vuelta.
Sus mundos secretos no vuelven
y cada vez que pienso en esto
me dan ganas de dar un alarido…
Las canciones de la Revolución
Hay que cantar siempre las canciones
de la Revolución.
Si no se cantan más a menudo la culpa la tienen ustedes.
¿Ustedes están bien?
¿Sin preocupaciones?
Canten
Las canciones ayudarán.
Hay que comprar canciones
y releerlos atentamente.
No bastan con leerlas una o dos veces.
Canten en voz alta,
Pero también en silencio.
¿Ustedes tienen hijos?
Cántenselas a ellos.
Oirán
el triste, el lejano,
el penoso ruido de las cadenas.
Verán a los presos
torturados,
vejados
fusilados.
Ellos no creían en los himnos dulzones y falsos
de su época:
creían en sus amadas canciones.
Las cantaban
a hurtadillas,
a media voz.
El no poder cantarlas en voz alta
les causaba dolor.
Es una sangre memorable
la que nos une.
¡Ahora tenemos el deber de cantar
a voz en cuello!
¿Ustedes están bien?
¿Sin preocupaciones?
¿Ustedes no creen
en las personas
ni en las palabras?
Pero en este mundo existen
las canciones de la Revolución.
Cántenlas.
Las canciones les ayudarán.
Cuando tu rostro apareció en el horizonte
Cuando tu rostro apareció en el horizonte
sobre mi vida destrozada,
en un principio sólo vi
lo mísero que es todo lo que poseo.
Pero tu rostro iluminó los ríos y los mares
con su luz especial
y me inició en los colores del mundo,
a mí, que no estaba iniciado.
Cuánto temo, cuánto no temo
el fin de los descubrimientos, las lágrimas
y el éxtasis,
pero no lucho contra ese temor.
Comprendo que ese miedo mismo
es el amor. Y lo preservo,
aunque no sé acariciar,
descuidado vigía de mi amor.
Ese temor me acosa día y noche.
Sé que esos instantes son efímeros
y que para mí desaparecerán los colores
cuando tu rostro se ponga en el horizonte…
Traducción Nicanor Parra.
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Una hija de Tolstoi en la Patagonia |

comienzos del año 1968 escuchamos de labios del poeta Eugenio Evtushenko una historia que nos dejó pensando. Por los días de Navidad del 67, junto al escritor chileno Francisco Coloane, viajó al extremo austral de Chile y del mundo, a Punta Arenas. El poeta, de amanecida, se arrodilló con toda la teatralidad de su temperamento, a las orillas del Estrecho de Magallanes y se lavó la cara con esa agua que para él estaba llena de símbolos. Llegaron a Puerto Natales, poblado patagónico, que para nosotros comparte su condición de "finis terrae" con esos andurriales remotos que llevan el nombre sugerente de Última Esperanza, donde el Gobierno nos fijó un sitio de relegación en octubre de 1947.
Época de verano, noches blancas chilenas. El borrascoso "cicerone" Coloane, que conoce esas comarcas y esos hombres como la palma enrevesada de su mano, hace de Virgilio pecaminoso y decide acortar la larga claridad nocturna invitando a su amigo a remojar la sed del camino. La dama que atendía el mesón al parecer se sintió halagada y hasta conmovida cuando le presentaron con gran prosopopeya al poeta ruso de tono rubio pajizo. Según Evtushenko, enhebró con ella el siguiente diálogo, del cual pido confirmación a Coloane, quien garantiza su veracidad silenciosamente, con leve inclinación de cabeza. El ruso somete a la mesonera, casi como un agente provocador de conversaciones, a un interrogatorio con mezcla de estilos, literario y policial: ¿Le gusta la poesía? Responde con un sí, que puede interpretarse como la contestación convencional y a la defensiva que cualquier mujer daría en un caso análogo aunque la poesía le interese solo para barrer el suelo. ¿Y qué poeta le agrada? Se acoraza tras el peto frágil de la ambigüedad: varios. El poeta, como un perro rastreador de almas desconocidas, quiere saber qué hay detrás de esa respuesta demasiado genérica e imprecisa. Persiste implacable, escudriña, intrusea, indiscreto, cercándola con las púas de un cuestionario fisgón y minucioso. ¿Le gusta Neruda? -Sí, es el poeta chileno que más me agrada. ¿Y Nicanor Parra? -Lo encuentro interesante. ¿Conoce usted algún escritor ruso? La misma anfibología de antes, sí, varios. ¿Pero en particular? Silencio. ¿Conoce a León Tolstoi? -Sí. ¿Qué conoce de él? Varias cosas, responde la damisela oscurecedora y equivoquista. ¿Cuáles? Nómbrame una. -Ana Karenina. ¿Conoce Resurrección? La mujer contesta: yo soy un personaje de Resurrección. ¿Cuál? -Katiusha Maslova.
El poeta se asombra. La ventera le cita otros libros de Tolstoi, diversos autores rusos, muchos títulos. Hasta pretende haberlos leído. Evtushenko la observa por el rabillo del ojo incrédulo. Ella le propone: "Vamos a mi pieza". Convite sumamente antiguo, un millón de veces oído en los burdeles pobres o lujosos. Helo aquí en el taller de trabajo horizontal de la mujer de la vida, donde ella atiende sus negocios, recibe a sus clientes y amigos, por donde noche a noche pasan trashumantes agentes viajeros, capataces de arreo, campañistas, peones y domadores, contrabandistas, marineros, obreros venidos de los frigoríficos, velloneros, esquiladores, hombres con olor a bestia, a pampa, a soledad y a distancia.
Pero los muros están cubiertos de libros. Divisa obras de Tolstoi, de otros escritores rusos. Saca un volumen del estante. Con su práctica de lector siente que esas páginas han sido recorridas por ojos y yemas de dedos. Están trajinadas por el tráfico constante de las manos que pertenecen a un cuerpo que es de la comunidad y a un alma que en medio de todos los contactos permanece solitaria.
Se queda atónito cuando descubre el único cuadro del cuarto. En lugar de la Virgen María o del Sagrado Corazón de Jesús -que son en Chile las púdicas o sangrantes imágenes habituales y perdonadoras que decoran los muros en las habitaciones de las meretrices arrabaleras- lo contempla, instalado en una vieja y gran fotografía tutelar, el viejo conde. Sí, ¡convéncete!. León Tolstoi preside la pieza de ese cisne perdido. Si viviera, tal vez esto hubiese alegrado su corazón y su cuerpo que de mozo fornicaba en los burdeles y se emputecía como un loco. Surcado por vientos de duda y desesperación aún peores de los que cruzan las estepas magallánicas, conoció las busconas. Quizás alguna vez las amó y por eso escribió un cuento desolador sobre el hombre que se acuesta en un lupanar con su hermana ignorada. Y después, no recuerdo bien si él o ella, se pega un tiro.
El poeta Evtushenko grita, en su castellano desvergonzado, sólo un ¡Cómo! ¡Tolstoi!
-Sí- asiente. Cuando mis amigos de las estancias entran a esta pieza, miran siempre el retrato y muchos preguntan: ¿Quién es ese caballero? Comprendo que no puedo entrar en explicaciones que no comprenderían. Casi siempre vienen muy apurados. Sólo les contesto: "Es mi padre".
No era Francisca, la hermana. Era su hija chilena. La hija pecadora del gran pecador arrepentido y nunca redimido.
El poeta termina el relato muy exaltado (no le cuesta mucho). Anuncia: "Cuando vuelva a Rusia, escribiré un poema que tendrá por título: "La hija de León Tolstoi".
Lo escribí -me dice junto a una mesa instalada en la oscuridad de una dacha en Peredelkino, en junio de 1969- pero quedé muy insatisfecho. Resultó una hija pálida de Tolstoi.
Evtushenko: Puerto Natales es el centro cultural del mundo
Atraviesa Cordillera Baguales, las Torres del Paine. Entonces suelta el cumplido enorme: "La Patagonia tiene algo de mi Siberia. El mismo olor a espacio. Algunos lagos tienen algo del Baikal, sólo que allá abundan los bosques de pinos. Escribí un poema titulado "Juramento al espacio", inspirado en Siberia y que yo lo aplicaría también a la Patagonia. Dar vueltas dentro de la Cueva del Milodón es como dar vueltas en las páginas de la Biblia. Uno se pregunta ¿quién ha hecho esto? Es lo mismo que la Cueva del Milodón. No sabemos quiénes la hicieron ni cómo se construyó. El autor de la Biblia no es alguien sino algo. Lo mismo que esa cueva. Algo que todavía no está nombrado".
Allí en Puerto Natales, donde pernocta en la posada "El cisne de cuello negro", habla de su amiga María Luz, la morena del salón nocturno, cuyo ambiente el poeta encuentra parecido a las tabernas de Alaska y a la atmósfera alucinante de "La quimera del oro". Es la mujer ya conocida, en cuyo cuarto descubrió el retrato de León Tolstoi y le dijo presentándoselo: "Mi padre". ¿Cómo? "Sí, es mi padre". Lo había leído como a otros rusos, como a Dostoievski, cuyas "Noches blancas" le daban la impresión de una música en las palabras. Que me perdonen los señores de la UNESCO, dice el ruso ditirámbico y desmesurado, pero yo voy a escribir un poema diciendo que Puerto Natales es el centro cultural del mundo porque allí encontré a "la hija de Tolstoi". Y Francisco Coloane, recordándolo reír siente que esa no es la risa del poeta, "sino la de un antiguo compañero de trabajo con el cual ha bajado a caballo de la estancia a visitar a las niñas del prostíbulo "Cerco Grande". En el camino de regreso a Punta Arenas encuentran los piños de ovejas conducidos por arrieros y perros.
Historia tomada de: "Hombre y Hombre" de Volodia Teitelboim.
Editorial Austral. Santiago de Chile, 1969.
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Jack Kerouac: Charlie Parker |

Charlie Parker se parecía a un Buda.
Charlie Parker que murió hace poco mientras se reía con un juglar de la TV.
luego de semanas de tensión y enfermedad,
fue llamado el músico perfecto
y la expresión en su rostro
era tan serena, hermosa y profunda
como la imagen de Buda
como se ve en Oriente; los ojos entrecerrados,
la expresión que dice: todo está bien.
Eso era lo que decía Charlie Parker cuando tocaba:
todo está bien.
Uno tenía la sensación de la mañana temprana
como la dicha de un ermitaño
o como el grito perfecto de alguna pandilla frenética
en una "jam session"
¡Wail! ¡Whap!
Charlie reventaba sus pulmones para alcanzar la velocidad
que sus fanáticos deseaban
y su eterno atrasarse era lo que ellos querían.
Un gran músico
y un gran creados de formas
que finalmente encuentran expresión
en más y lo que quieras.

Aunque musicalmente tan importante como Beethoven
no era considerado como tal
un gentil director de orquestas de cuerdas
frente a las cuales él se erguía orgullosos y calmo
como un conductor de música en la
histórica gran noche mundial
y hacía sollozar a su pequeño saxófono
el alto
con claro y desgarrador lamento
en perfecto tono y brillante armonía
¡Tut!
Los oyentes reaccionaban
sin demostrarlo
y comenzaban a hablar
y pronto todo el tugurio se balancea y habla
y todos hablan;
y Charlie Parker
silbándoles hasta el borde de la eternidad
con su irlandés St. Patrick Patootlestick.
Y como en las nieblas sagradas
pataleamos y chapoteamos
en las aguas de la matanza y la carne blanca;
y morimos
uno tras otro
en el Tiempo.

Y que tierna historia es
cuando se la oyes contar a Charlie Parker
sea en discos o en sessions
o en reuniones oficiales en clubes
(inyecciones en el brazo para la billetera).
jubilosamente soplaba la corneta perfecta
de todos modos no importaba nada…
Charlie Parker perdóname.
Perdóname por no responder a tus ojos.
Por no haber hecho una demostración
de lo que eres capaz de inventar.
Charlie Parker ruega por mí.
Ruega por mí y por todos.
En los Nirvanas de tu cerebro
donde te escondes-
indulgente y enorme-
ya no Charlie Parker
sino el impronunciable Nombre secreto
que lleva aparejado
desde aquí hasta el este o el oeste
un premio sin medida.
Charlie Parker:
aleja la perdición de mí
… y de todos.
Traducción de William Shand y Alberto Girri.
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leoncio guerrero: pilintra |

torció para la cueva, donde se arrojó con todo su peso y su indolencia sobre unas mantas. ¿Qué había mal olor? ¿Qué las cabezas de pescado estaban putrefactas? ¿Y qué? Ni la cabeza le dolería. Estaba acostumbrado. Vaya una cosa por otra. Prefería la cueva y sus hedores a una casa que para pagarla y mantenerla tendría que trabajar regularmente, obedecer y sentir la tiranía del tiempo. ¿El tiempo? Para él era ese lento, dulce pasar de los días, aparecer y perderse del sol. Si alguien le hubiese preguntado en qué día y en qué mes del año se encontraba, no habría podido responder. Sólo sabía que era verano, porque podía refugiarse, sin temor a los fríos en la cueva. Le quedaba un poco de tos, a causa de su enfermedad. Pero ya pasaría. Cierto, también, que le dolía la espalda, que estaba muy pálido. Tampoco le importaba: unas cuantas salidas a la pesca y volvería tostado y fuerte.
Extracto del libro La Caleta de Leoncio Guerrero
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simón bolívar |

SIMÓN BOLÍVAR
Sueño implacable de libertad
manantial, sol, llanura y semilla
tu altura vuela por los aires
tu nombre recorre todos los caminos.
Una lanza dirigida por el viento
un farol encendido en la frente
rosa, piedra, volcán fue tu destino
liberador de todo un continente.
Antes de Bolívar: sólo Simón
frecuentador de nubes palaciegas
petimetre nervioso y alocado
mantuano figurín de porcelana.
Después de Simón: sólo Bolívar
habitante de estrellas matutinas
arquitecto de hombres sin destino
saeta de espada justiciera.
Que manera de morir y seguir viviendo
en esta América morena de agua clara
más joven y fuerte cada día
anunciando la esperanza del mañana.
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enrique heine |
a sígnora Leticia, joven rosa de cincuenta años, estaba en la cama, gorjeando y charlando con sus dos galanes, uno de las cuales estaba sentado en un taburete delante de ella, mientras que el otro, recostado en su amplio butacón, tocaba la guitarra. En la habitación contigua oíanse por momentos los sones de una dulce canción, alternando con los rumores de una más dulce risa. El marqués, con cierta pulida ironía que empleaba a veces, me presentó a la sígnora y a los dos caballeros, y advirtió que yo era el mismísimo Juan Enrique Heine, doctor en Derecho, que había logrado hacer su nombre famoso en la literatura jurídica alemana. Por desgracia, uno de aquellos caballeros era profesor en Bolonia y de la Facultad de Derecho, aunque su vientre rotundo, abovedado, parecía más bien calificarle para obtener un puesto en la trigonometría esférica. Después de un instante de vacilación, expliqué que no acostumbraba a publicar nada con mi verdadero nombre, sino con el nombre de Jarve. Y dije esto por modestia, citando el nombre de uno de los más tristes gusanillos de nuestra literatura jurídica que por ventura acudió a mi memoria. El boloñés lamentó no haber oído nunca antes ese nombre famoso -otro tanto, sin duda, te sucede a ti, caro lector-; pero expresó su confianza de que pronto extendería por todo el orbe el brillo de su ciencia. Dicho esto, se recostó en su sillón, rasgueó algunos acordes en la guitarra y cantó estos versos de Axur:Oye con benevolencia
El balbucir de la inocencia,
El balbucir, el balbucir…
Pero la sígnora Leticia empezó a trinar con finísimo discante:
Por ti laten mis arterias,
Vivo transida de amor.
Sólo por ti palpita mi corazón.
-¡Bartolo, dame el escupidor!
Bartolo se levantó de su banquillo, enderezando sus secas piernas de madera, y presentó ceremonioso a la señora una vasija de porcelana azul, algo sucia.
Este segundo galán -como Gumpelino me advirtió en voz baja y en alemán-, era un famosísimo poeta, cuyos versos, aunque compuestos desde hacía más de veinte años, resuenan todavía por toda Italia embriagando a viejos y jóvenes con el suave ardor amoroso que en ellos alienta. Pero el tal poeta estaba convertido ahora en un pobre vejestorio de ojos pálidos en rostro ajado, de blancos pelillos ralos sobre vacilante cabeza y helada escasez en el mísero corazón. Esos pobre viejos poetas, de cuerpo sarmentoso, se parecen a las viñas que vemos en invierno sobre las heladas colinas; resecas y peladas, tiemblan al viento y se inclinan bajo el peso de la nieve, mientras que el dulce licor que antaño extrajo de ellas enciende en remotos países los corazones báquicos. ¿Quién sabe? Cuando el lagar de los pensamientos, la máquina de imprimir, haya prensado, hasta agotarlo, mi cerebro y mi viejo ingenio embotellado se amontone en las bodegas editoriales de Hoffmann y Campe, entonces quizá yo, tenue y mísero como el pobre Bartolo, estaré sentado en un taburete, junto al lecho de una vieja innamorata, y obediente a los mandatos de la dama, le ofreceré reverente el vaso de escupir.
Enrique Heine, Cuadros de viaje, Espasa Calpe, colección Austral, 1950.














