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| Fernando Vallejo. Ciudad Universitaria México D.F. Septiembre 2012. Fotografía de Patricia López Fernández. |
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Patricia Kolesnicov: Encuentro con Fernando Vallejo |
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Rosa Luxemburgo |
Carta de Rosa Luxemburgo a Franz Mehring.
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Raúl Gustavo Aguirre: Redes y violencias |
| Raúl Gustavo Aguirre, Elizabeth Azcona Cranwell y Alejandra Pizarnik. |
5.-
Siempre trabajas sin descanso en el maldito socavón, en busca de esos Signos que no quisieras más que contemplar. El cuarzo y el diamante los dejas a los otros.
7.-
Por mucho defender tus tesoros te transformas en piedra. Aligérate y anda. En medio de la vida el temor no es posible.
9.-
Cuando el mar se retira, la madrépora sangra. Y no hay otra verdad bajo el sol implacable.
11.-
Temo de continuo por esa contemplación desinteresada acerca de aquello que en realidad nos debiera abrumar. Nada tan grave como perderle el rastro a la tragedia.
13.-
Perseguido sin tregua por los exactos, que no descansarán hasta fijar su rostro en un archivo, desgarrándose en cada uno de sus movimientos, dándolo todo a cambio de ese pozo en la tierra de nadie donde, próximo a morir, se desnuda ante el cielo, el poeta todavía habla, todavía sueña, todavía hiende.
14.-
La hierba nos da el habla, y por nosotros vive.
18.-
Estamos solos ante el aluvión, ante la Poesía, ante la muerte. Estamos solos en estas aventuras comunes, maravillosas.
20.-
El instante supremo en que salto o me pudro.
23.-
¡Ah, sobre mi cansancio comienza a resonar el latín de la tristeza! ¿Soy yo solo, entonces, el único habitante de esta reducción? Los ojos duelen, mi cuerpo se aleja, y el verano con él. Comienzo a ser, de nuevo, una enfermedad de mi sombra.
28.-
No hay disparidad sensible entre el relámpago que te deslumbra y la vida que amas, continuamente.
49.-
Todo congestión interna (sea de bien o de mal) termina por volvernos miserables. Tales sobrecargas no se pueden soportar durante mucho tiempo.
51.-
A veces en tu alma es verano y en tu cabeza invierno. Son tus estados alarmantes de disgregación prenupcial.
53.-
Somos todavía presagios en el ovario de la eternidad.
54.-
Ceniza última del amor, en ti puede posarse al fin, sin espanto, la mariposa de la muerte.
56.-
Es necesario también odiar las palabras.
60.-
No cedas ante la imagen de la falsa victoria del espectro. En tu dolor somos libres, tu exilio es nuestro mundo. Tu ausencia es ese fuego por donde se desangra la noche.
64.-
Desesperadamente te aferras a ese hilo de araña de realidad a cuyo desenlace te obsesiona asistir. No lo quieres perder en medio de esa tormenta de absurdos interminables donde pululan monstruos de la más alta jerarquía.
66.-
¿Cómo puede ser que tanta magnitud soberana se pierda para siempre en el interior de nosotros? ¿Cómo puede ser que fracasemos así, aún ante de estrellarnos contra los blindajes de la eternidad?
69.-
Nuestro disgusto es una insolencia, nuestra mirada una rebelión. No es posible aceptar un paraíso semejante.
72.-
Hemos terminado por convertirnos en los espectadores sutiles y envidiosos de esa mosca que en algún lugar de este infierno de la cortesía ensucia sinceramente los retratos del rey.
73.-
¿Por qué te importa el destino de esa piedra sin salvación de cuyo tamaño hasta te parece ilícito cuidarte? Aunque te veas obligado a vivir contra ella, en la dirección de tu enigma, ese compuesto de claridad y dolor que ella, tan abrumadoramente, ignora ¡Oh violencia, violencia y red que se confunden, exhausto, en el río de tu libertad!
75.-
¿Revelación? ¿Alucinación? De ese impacto en el centro de la conciencia derivan, no obstante, deberes que es preciso admitir. Aún considerando su desoladora aridez, su negativa a seducirnos con la promesa de un cumplimiento, de una victoria de la razón, de una jerarquía más alta en el juicio final, ¿mediante qué conjeturas escapar a su inexplicable evidencia? ¿Considerar quizá la desaprobación de los funcionarios? (Algo en nosotros tiene que ver con ese protozoario inconcluso, condenado a vivir hasta el desdoblamiento, y feliz sin embargo entre las rocas de su infancia terrestre, y también con su lealtad a la vida que lo inventa más allá de sus tropiezos, más allá de la nieve y de la venganza nocturna, víctima solitaria de una ley admirable).
77.-
Dáselo todo a esta mano que huye, sin que sepas adónde ni para qué, de esta inconmensurable vergüenza donde se diluyen tus movimientos. Otros te invitan a forzar las arcas del Ausente, a escribir en el muro que ellos debieron derribar, te ofrecen dignidades en este subsuelo de sombras. ¿Cuál es tu respuesta? La miseria, el adiós.
Raúl Gustavo Aguirre
redes y violencias, Ediciones Altamar, Buenos Aires, 1958.
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Jorge Díaz Bustamante: Todos los domingos |

TODOS LOS DOMINGOS la nona me levanta temprano, me lava la cara con agua fría "para que te despabiles m'ijito", toma la peineta y con gran cuidado me acicala, lava cuidadosamente mis oídos, levanta las chasquillas rebeldes, las engomina y me hace un gran jopo de "jovencito de la nueva ola", me visten de pantalones cortos y gruesos calamorros de explorador. Ella dice que me veo ordenado y limpio. Yo digo que parezco un imbécil del siglo pasado. Mis compañeros se ríen ellos andan sucios y zarrapastrosos y nadie los repara. En cambio, a mí me miran y observan como bicho raro. Y la verdad, no los culpo, es que lo parezco. Estoy igualito al tío Sebastián, el hermano mayor de la nona, tal y como aparece en una ajada fotografía blanco y negro, que abuela guarda celosamente en un cofrecito de madera. Lo cierto es que me inquietan sus sanos propósitos.
La abuela no puede entender que me hace un flaco favor, que ya no soy tan niño, que uno ya tiene otros intereses y que con ésta facha no impresiono a nadie, menos a la Marcia, la chica más rica del barrio, la ojitos de agua, la risa de jilguero. Me entran unos nervios cuando la veo, si hasta me pongo tartamudo, por eso la Marcia no me infló para nada cuando le pedí pololeo. Dijo que yo era un rompebolas y un gil fresco y desaliñado, "oye perejil mejor te vas a freír monos". Mi suerte, sin duda, no es de las mejores.
Yo no se cómo era el abuelo en su juventud, pero lo que es ahora, se lo pasa metido leyendo la Biblia. El viejo parece el hombre mas bueno del mundo, "es un hombre santo" dicen las viejas, pero yo le he visto un brillo en la mirada que me hace despertar sospechas. Por las noches, el veterano se levanta furtivamente a buscar comida y a beber de una misteriosa cajita que guarda con gran celo, lejos de los ojos de la nona en el rincón más alto de la alacena. Es un secreto, nadie sabe que yo lo sorprendí una noche de insomnio, por culpa de la Marcia que al final de cuentas "no estaba ni ahí, conmigo".
Esa noche de sueños inquietos, el silencio fue interrumpido por una risilla nerviosa reconocible. Era el viejo, no me cabia duda. Me levanté sin hacer el menor ruido y me deslicé hasta la cocina. Lo observé con calma allí estaba el abuelo sentado en un viejo sofá, comiendo una enorme pata de pollo asado y bebiendo el rojo liquido de una cajita, se sobaba el abdomen satisfecho y eructaba con gran placer. Sin duda el viejo era mas terrenal que lo que muchos suponían. Desde entonces existe un aire de complicidad entre nosotros que la abuela no entiende, pero que el viejo agradece, dándome moneditas "para tus vicios, hijo mío".
Los chicos del barrio no me creen que soy bueno para el fútbol, les digo que podría ser el arquero, pero no me dan ni bola. Yo los entiendo, los domingos no puedo ir a jugar a la cancha porque tengo que acompañar a los viejos al culto. Ellos tienen que orar, dar las gracias al señor, recibir las bendiciones y todas esas cosas. A mí me llevan para que comparta la gracia de Dios y para que el señor ilumine mi camino. La verdad es que me aburro grandemente, si estuviera la Marcia seria otra cosa, podría hacerle ojitos, o morisquetas para que se ría. Tiene una risa contagiosa. A mi me gustaría tener una foto suya. Los chicos se ríen, ellos se divierten como locos jugando en la cancha del matadero, mientras tanto yo me encuentro encerrado aquí en medio de cánticos y oraciones.
El pastor Luna me ha tomado especial atención "deberían haber muchos niños como éste" dice tomándome los cabellos. Esta empecinado en formar un club de niños y me ha tomado con un "verdadero ejemplo para la juventud". Quiere que además forme parte de su club de ajedrez. Tiene un grupo de admiradores que se dejan derrotar continuamente para el deleite del pastor Luna. Que gana cada partido en medio de bendiciones y aleluyas al señor. En el culto adopta una actitud de buen samaritano, para todos tiene una palabra de animo, "un bálsamo para las heridas del espíritu" dicen las viejas. Lo cierto es que me aburro sin medida y sin aliento.
En la iglesia me pongo a contemplar el techo y me divierto, a mi modo, dibujando con la imaginación caricaturas de la nona, el "viejo chico" y al pastor Luna en estado de éxtasis. Me distraigo con estos juegos, me permiten salir de allí y abstraerme de los himnos y oraciones. Estaba así cuando observé que algunos de los fieles se golpeaban apuntándome "el chico entro en trance otra vez". Yo los observaba por el rabillo del ojo. Fue en ese instante que se me ocurrió, solo por travesura, que podría dar algunos breves saltitos y finalizar con un giro, como lo había visto realizar en el "Circo Mexicano de los Hermanos Paredes". Entonces exclamaron ¡Aleluya, aleluya, hermanos! Agarre ánimos y corrí por toda la sala con los hermanos elevando sus brazos al cielo y dando gracias al señor. El pastor Luna estaba extasiado. "Una experiencia sublime", fue su comentario. Toda la iglesia estaba coreando con fuerza un nuevo milagro de iluminación.
Todo cambió entonces, en el pueblo se comentaba a viva voz el prodigio. En el mercado, en los colegios, en los bares y hasta en los lenocinios. En medio de libaciones y prestaciones de servicios sexuales se hablaba del chico Vera. Algunos, los malidicentes, los descreídos, decían que estaba poseído por un espíritu maligno. Otros, los piadosos, discutían que en el seno de una santa familia no había cabida, ni posibilidades para el demonio, ¡cero posibilidades y sin discusión viejito! Muchos se agarraron a trompadas en medio de estas disquisiciones filosófico religiosas, pero el fenómeno seguía en marcha.
El pastor Luna sonreía con satisfacción viendo como el número de sus feligreses aumentaba semanalmente y también como crecía la bolsita de las ofrendas. Mientras tanto, yo me deslizaba corriendo y dando brincos de acróbata circense. Para ese entonces, me encerraba en mi cuarto a practicar los pasos que efectuaría en el culto del domingo. Mis abuelos no podían comprender el nuevo milagro. Ahora, me levantaba muy temprano, ya no remoloneaba en la cama y pedía que me dejaran bien levantado el jopo de la nueva ola, para lucir como corresponde en la función que ofrecía cada domingo.
Había perfeccionado el estilo, seguramente debo haber alcanzado el grado de maestro; ahora giraba, daba saltos, podía correr en puntas de pie, observaba siempre con los ojos semicerrados. Además podía permitirme ciertos lujos, por allí estiraba la mano y le agarraba el culo a una señora o daba un besito furtivo a una chica que me gustaba, ¡no todo ha de ser trabajo señores! En realidad podía permitirme ciertos excesos. Lo cierto es que me había convertido en una verdadera celebridad, muchos ya ni siquiera escuchaban al pastor Luna, ellos querían verme brincar y que agarrara esa velocidad vertiginosa de pies alados, en medio de los ¡ aleluyas, aleluyas! Y ¡alabado seas señor!
El pastor Luna fruncía el seño cada vez que veía que los fieles me abrazaban terminada la función, me palmeaban la espalda, me daban sus bendiciones y deslizaban monedas en mis bolsillos. Era un verdadero profesional ¡si señor!
La última función fue a teatro lleno, corrí como un bendito, con el rabillo del ojo miraba a las chicas más bellas, un brinco, un pellizco por aquí, un giro, un agarrón por allá, un carrerón y un salto final, para caer justo en medio de los brazos del Pastor Luna. Que miraba al niño prodigio con las dos cejas levantadas, sinónimo de su gran enojo. Mientras todo el público aplaudía y ovacionaba con bendiciones y aleluyas.
La nona y el "viejo chico" fueron inmediatamente citados a la oficina del indignado pastor Luna. Allí le explicaron que las cosas se estaban saliendo de todo cauce, que si bien al principio mi "transformación" sirvió para agrandar la iglesia, ¡alabado seas el señor! Hoy día, el mismo mequetrefe promotor del milagro, armaba tal zafacoca que la casa del señor se estaba convirtiendo en una casa de orates, en un circo, y eso no era bueno, ni para el señor ni para el pastor, por tanto solicitaba a los viejos que me dejaran en casa los días domingos, que me llevaran cuando fuera más adulto, cuando dejara esas inspiraciones de rumbero de carnaval. Los dos viejos soportaron patitiesos, rígidos, con menos cero grado de temperatura, la furia del pastor que no quería ni verme en pintura, ¡y perdoname señor, por estos exabruptos!
Todos los domingos, me visto de negro, chuteadores, camiseta y pantalón corto. La Marcia me mira con otros ojos, dice que me veo interesante con el uniforme. Me voy al fútbol, a la cancha del matadero, los chicos no me dejan jugar a causa de estos enormes lentes poto de botella, pero yo corro como un bendito, respirando a todo pulmón, por la línea lateral levantando de vez en cuando mi banderita de laiman.
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10 Poetas/Poetas 10 |
(Panamá)
TOCAN EN MÍ, GOLPEAN
Tocan en mí golpean.
Alguien del otro lado quiere
abrirme en dos como una puerta,
entrar, nacer, pasar,
buscar a una mujer, recoger algo,
huir de Dios, asilarse en el mundo.
Alguien, del otro lado, me sacude
con terror, con prisa y humildad y urgencia.
Quizás un niño muerto perseguido
o un ángel comunista o un pobre diablo,
o un dios indio que nunca pudo aprender latín,
o un dios griego humillado, afeado, perdonado,
o yo mismo quizás, quizás yo mismo, el yo que siempre
sospeché me habían robado y escondido.
Alguien, en todo caso, caído en la desgracia,
con pánico en lo abierto, me golpea,
toca en mi corazón, se agarra en mis huesos,
me sacude,
me llora, me suplica que le abra…
Todo cesa de pronto. De pronto ya no hay nada.
De pronto estoy tranquilo. Lo han hallado supongo.
Y en el silencio y en la paz que quedo
sólo se siente un suave viento indiferente,
una pequeña nada fría, sonreída y tonta
y un raro escalofrío que también se va.
BLANCA VARELA
(Perú)
CURRICULUM VITAE
digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.
MIGUEL BARNET
(Cuba)
CHE
Che, tú lo sabes todo,
los recovecos de la Sierra,
el asma sobre la yerba fría
la tribuna
el oleaje en la noche
y hasta de qué se hacen
los frutos y las yuntas
No es que yo quiera darte
pluma por pistola
pero el poeta eres tú.
HOMERO ARIDJIS
(México)
ELLA NO duerme más
en las torres de niebla
dispone las llaves
de la presencia y el insomnio
sobre los campos largos
de golondrinas muertas
recobra el asombro
de su primer mutismo
en el alba marina
con su rostro ajado por el viento
mira perderse la espalda del que huye
en lo alto del día
escribe el nombre de los otros
ella no duerme más
en su tiempo de arena
una voz le grita desde las colinas.
JULIA DE BURGOS
(Puerto Rico)
A JULIA DE BURGOS
Ya las gentes murmuran que yo soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo mi yo.
Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo; y el más
profundo abismo se tiende entre las dos.
Tú eres fría muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.
Tú, miel de cortesana hipocresías; yo no;
que en todos mis poemas desnudo el corazón.
Tú eres como tu mundo, egoísta;
yo no; que en todo me lo juego a ser lo que soy yo.
Tú eres sólo la grave señora señorona; yo no,
yo soy la vida, la fuerza, la mujer.
Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a todos, a
todos en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.
Tú te rizas el pelo y te pintas; yo no;
a mí me riza el viento, a mí me pinta el sol.
Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.
Tú en ti misma no mandas;
a ti todos te mandan; en ti mandan tu esposo, tus
padres, tus parientes, el cura, el modista,
el teatro, el casino, el auto,
las alhajas, el banquete, el champán, el cielo
y el infierno, y el que dirán social.
En mí no, que en mí manda mi solo corazón,
mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.
Tú, flor de aristocracia; y yo, la flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos se
lo debes, mientras que yo, mi nada a nadie se la debo.
Tú, clavada al estático dividendo ancestral,
y yo, un uno en la cifra del divisor
social somos el duelo a muerte que se acerca fatal.
Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticias
quemadas, y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injusto
y lo inhumano, yo iré en medio de
ellas con la tea en la mano.
LUDOVICO SILVA
(Venezuela)
Dios es una idea fúnebre, es el puñetazo de oro
de un sacerdote en un automóvil de la policía;
es el avión que reventó hace meses
con cuarenta vivos y un cadáver que alguien traía;
Dios es el pobre diablo condenado a muerte
al cual partió un rayo camino del patíbulo.
Entonces, en un alarde fílmico, bailemos viudas!
Vayamos a un ditirámbico jardín
con piscinas donde el agua sonría envenenada
y haya hierba roja, alacranes dorados,
lacayos tenebrosos, un rey podrido
coperos, dioses, castillos
y mujeres como la vida
como la muerte forrada de muslos.
Vino y tinieblas.
Viudas millonarias del mundo, bailemos,
regálenme mucho dinero y las virtudes necesarias
para soportar todos los días la cabeza de Dios
servida en bandeja de hueso
con la que me persigue un lacayo implacable.
RUBEN ASTUDILLO y A.
(Ecuador)
Y sin embargo os juro
que somos los mejores en queriendo
salvarnos.
A pesar de que nombres y números
como olas, como vapores
turbios, como altas
tempestades viscosas
nos empapan la ropa, el aire, el alma y
hasta los recuerdos, como un
relámpago en queriendo
seríamos nosotros.
Rápidamente fuéramos.
Rápidamente, ahora.
Y… y vamos a salvarnos qué carajo.
Nos vamos a sembrar eucaliptos de
aurora en las manos.
Aún estamos aquí.
Aún quedan, nosotros, no se han cortado aún las últimas palabras.
Vamos a amanecer el mundo.
Vamos
a lavarles las
puertas
a todos los que
lleguen.
IDA VITALI
(Uruguay)
FINAL DE FIESTA
La blanca mesa puesta de esperanza,
el pan, la fruta, el agua, nuestros sueños,
el dispendioso amor sobre los platos
¿serán fiesta y temor y turbamiento,
seguirán siendo diario don y deuda
a no sabido plazo, todavía?
¿Siempre la taza ardiente ante nosotros
y el hambre alegre, enfrente y compañera?
Al fin se nos dirá: éste es el día,
los frutos de la tierra se acabaron,
para mañana encontraréis sustancias
inútiles y un pan equivocado,
copas vacías, donde el tiempo empieza
a arrepentirse de lo que ha pasado,
una insufrible desazón del ocio,
y una menguante nube de palabras
ajenas, lloviendo desde nuestro polvo.
DANIEL SAMOILOVICH
(Argentina)
¿De dónde fue que vino el viento
cargado de arena y se llevó
nuestras cosas al mar? En remolino
nos llenó los ojos de roca
batida y caracoles destrozados:
el viento loco sabía lo que hacía.
Lona debía ser, libros, tal vez fueran
aletas de hombre rana, cartas, cosas:
todo lo hizo saltar, hasta el negro
cinturón de buceo con tres kilos
de lastre repartidos en seis plomos
de medio cada uno se movió
hasta caer en un hoyo que enseguida
cubrió el mar. Lo que la muerte
no puede atrapar con la mano
es lo que casi no existe,
dos casi ciegos
sentados en la playa, uno al lado del otro.
SERGIO HERNÁNDEZ
(Chile)
IMAGEN
En mi estanque interior,
tu imagen no se borra.
Tu propio viento a veces,
riza el agua
y son también hojas tuyas
las que caen,
pero tus ojos nunca se deforman.
Es posible que ya nada suceda
entre nosotros.
Ahora, la tarde entera
en el estanque,
huye una gaviota
hacia otros mares y es tu sonrisa
la que parte y es tu mirada
la que parte,
pero tus ojos nunca se deforman
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ROBAN LIBROS DE PABLO COELHO |

Gabriel García Márquez; escritor:
"¿Cual Coelho, qué camioneta, qué alquimista?".
Katerin Sosa; ama de casa:
"Este es un crimen atroz que la justicia deberá investigar"
Javier "goyo" Muñoz; periodista de espectáculo:
" Fue todo urdido por la nueva amante de Coelho, una argentina más hermosa que Elena Carrió y tan inteligente como Luciana Salazar, y que nada tiene que ver con Cecilia Bolocco, al cual Coelho hasta el día de hoy llama por la mañana con insinuaciones de fuerte contenido sexual".
Martin Aldao; tanguero:
"Tendría que haber estado allí también el mismo Coelho para que igualmente desaparezca en un dos por cuatro".
Pablo Daniel Filippini; politólogo:
"De seguro es obra de la siniestra izquierda que, heredera de los viejos manejos de la política decimonónica, ha elucubrado el mensaje perfecto para entroncar el perfil de un autoayudista por autonomasia, con los enunciados de un alambique circunspecto de la nueva corriente neoliberal staliniana".
Dios; dios:
"El que la hace la paga"
Pablo Negrón; médico forense:
"Nadie salió herido, mutilado, masacrado, despedazado o degollado y así no se puede seguir".
Alberto Manriquez; lector:
"Esperaba con ansias este nuevo libro, pero ya lo podré tener entre mis manos y así entender un poco más sobre el alma humana y el alma en general y también en particular y plural".
Charles Bukowski: poeta:
"No existe una sola puta línea, de ese hijo de puta que merezca no ser robada y olvidada"
Giuseppe Landroni; malhechor:
"Fue un gran golpe, pero yo me inclinaría por robar su cuantiosa cuenta bancaria, o algunas de sus casas en Malibú, ya sabemos que robar a un ladrón tiene cien años de perdón".
Felipe Izquierdo; gerente de editorial NOSOTROS TODOS:
"Es un nuevo golpe publicitario de Planeta para vender mas libros de aquel autor"
Pamela Quintuy: dueña de una boutique.
"¡ No te puedo creer…!".
Felicinda Buenaventura: dama de la cruz roja:
"Por suerte nadie salió herido, ni el autor, ni la moto, ni los motociclistas, ni los lectores, ni la camioneta, ni usted".
Arthur Rimbaud; poeta francés:
"Y pensar que yo ni siquiera alcancé a vender cien ejemplares y tuve que marchar al África en busca de colmillos de elefantes y trata de blancas".
Lucia Hiriart de Pinochet; esposa:
"Es mi escritor favorito y me duele que haya sucedido esto, si mi esposo hubiera estado gobernando en este momento; estas cosas no sucederían, ni siquiera en Argentina o en el resto del mundo, eran motociclistas comunistas".
Juanita Manchelet; candidata:
"Todo el pueblo merece una vivienda digna, salud, educación, acceso a la cultura y sobre todo el derecho a leer el último libro de Pablo Coelho que es mi escritor favorito y además al único que he leído en mi vida".
Karina Olga Jalineck; modelo argentina:
"A Pablo lo conocí en Pelotas y solamente somos buenos amigos, por favor; no quiero que me pongan Olga en el reportaje".
Mario Vargas Llosa; escritor:
Contestó increíblemente lo mismo que Gabriel García Marqués "¿Cual Coelho, qué camioneta, qué alquimista?".
ÚLTIMA ACTUALIZACIÓN 16/7/05: El periodista de La Nación, Roberto Fuentes dice que la obra de Coelho es...
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Poemas de Marilyn Monroe |
VIDA

Vida...
Existo en tus dos direcciones
Permaneciendo de algún modo,
Colgando hacia abajo casi siempre,
Fuerte como una telaraña en el viento,
Existiendo con la fría escarcha
Más que esos brillos en forma de gotas
Que he visto en los cuadros.
AL SAUCE LLORÓN

Me quedé de pie bajo tus ramas
y floreciste y finalmente
te aferraste a mí,
y cuando el viento golpeó con tierra
y arena...tú te aferraste a mí.
Más fina que una telaraña yo,
más diáfana que cualquiera...
pero se adhirió
y se mantuvo firme ante los poderosos vientos
vida... de la que en ciertos momentos
existo en tus dos direcciones...
en cierto modo sigo colgando hacia abajo casi siempre,
mientras tus dos direcciones tiran de mí.
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F. Paul Wilson: Por favor no me hagas daño |
Tienes una casa muy bonita.
Es una porquería. Puedes decirlo..., no importa. ¿Seguro que no quieres una cerveza o algo?
Encanto, todo lo que quiero eres tú. Ven y siéntate a mi lado. Aquí, en el sofá.
Muy bien. Pero no me harás daño, ¿verdad?
Vamos, querida… Tu nombre es Tammy, ¿no?
Tammy Johnson. Te lo he dicho al menos tres veces en el bar.
Eso es. Tammy. No recuerdo bien las cosas después de haber bebido unas cuantas copas.
Yo también bebí bastante y recuerdo tu nombre. Bob. ¿Eh?
Eso es, eso es. Bob. Pero ¿por qué querría nadie lastimar a una dulce joven como tú, Tammy? Ya te dije en el bar que te pareces a esa actriz de nombre raro. La de Ghost.
Whoopi Goldberg.
Oh, sí que eres graciosa. Graciosa y hermosa. No, la otra.
Demi Moore.
Sí. Demi Moore. ¿Por qué querría nadie hacer daño, a alguien que se parece a Demi Moore? Sobre todo después de que me invitaste a venir a tu casa.
No sé por qué. Nunca sé por qué. Pero parece que los hombres acaban siempre haciéndome daño.
Yo no, Tammy. Ni hablar. Ése no es mi estilo. Soy amante, no luchador.
¿Cómo es que eres marino, entonces? ¿No me dijiste que estuviste en la guerra del Golfo?
Así fueron las cosas. Pero no dejes que el uniforme te asuste. Soy amante de corazón.
¿Me amas?
Si me dejas.
Mi padre decía que me amaba.
Oh, no creo que esté hablando de ese tipo de amor.
Bien. Porque no me gusta. Él decía que me amaba y luego me hacía daño.
A veces los niños necesitan un cachete de vez en cuando. Sé que mi padre me amaba, pero de vez en cuando me salía de la raya, como un clavo que empieza a soltarse de una valla, y entonces tenía que zurrarme para que volviera a mi sitio. No creo que sea peor por ello.
No hablo de "cachetes", marinero. Si quisiera hablar de "cachetes " lo diría. Estoy hablando de hacer daño. Mi padre me lastimó muchas veces. Y lo hizo durante mucho, mucho tiempo.
¿Sí? ¿Y qué hacía para lastimarte?
Cosas. Y me obligaba a hacer cosas todo el tiempo.
¿Qué tipo de cosas?
Sólo... cosas. Le tenía que hacer cosas. Cosas para hacerle sentir bien. Luego me hacía cosas que decía me harían sentir bien, pero me hacían sentirme sucia y pegajosa.
Oh. Bueno; ¿no se lo dijiste a tu madre?
Claro que sí. Muchas veces. Pero nunca me creía. Siempre me decía que dejara de decir cosas sucias y entonces me pegaba y me lavaba la boca con jabón.
Eso es terrible. Pobrecita. Ven. Apretújate contra mí. ¿Qué tal?
Bien, supongo, pero lo que era peor es que mi madre se lo decía a papá y entonces él se enfadaba y me lastimaba de verdad. A veces era tan malo que yo pensaba en matarme. Pero no lo hice.
Ya lo veo. Y me alegro de que no lo hicieras. Qué despilfarro habría sido.
No quiero hablar de mi padre. Ya no está y apenas pienso en él.
¿Se marchó?
No. Está muerto. Y bien muerto. Tuvo un accidente en nuestra granja, hará unos siete años. Cuando yo tenía doce o así.
Es una lástima..., creo.
La gente dijo que fue un accidente muy extraño. El gran neumático del tractor, que llevaba años guardado en el granero, se soltó y le cayó en la cabeza. Le rompió el cuello por tres sitios.
Vaya. Luego hablan de estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno.
Sí. Mi madre decía que alguien tenía que haber empujado el neumático, pero recuerdo que oí al hombre de la compañía de seguros decir cuántos accidentes hay en las granjas. Accidentes malos. De todas formas, papá vivió unas cuantas semanas en el hospital y luego murió.
Vaya. Pero hablemos de nosotros. ¿Por qué no...?
Nadie pudo explicarlo. La máquina que respiraba por él se desconectó. El enchufe se salió solo de la pared. Yo lo vi cuando acababa de morir...; fui la primera en entrar en la habitación, de hecho.
Eso parece terrible.
Lo fue. Espera, déjame descorrer la cremallera. Sí, tenía la cara azul púrpura y los ojos rojos e hinchados por haber intentado inspirar aire. Mi madre estuvo triste durante algún tiempo, pero se recuperó. ¿Te gusta cuando te hago esto?
Oh, nena, es magnífico.
Es lo que solía decir papá. Oh, mira lo grande y dura que se te pone. Joe solía ponerse igual.
¿Joe?
Sí. Poco después de que papá muriera mi madre se hizo amiga de un hombre llamado Joe y poco después empezaron a vivir juntos. Como decía, yo tenía unos doce años y Joe solía obligarme a que le hiciera esto. Y luego me hacía daño.
Lamento oírlo. No te pares.
No lo haré. La tuya es muy grande. No como la de Joe. La tenía torcida. Tal vez por eso la suya me lastimaba más que la de papá.
¿Cómo te libraste de él?
Oh, no lo hice. Tuvo un accidente.
¿De verdad? ¿Otro accidente de granja?
No. Ya no vivíamos en la granja. Vivíamos en una casa vieja en Lottery Canyon. Mi madre seguía trabajando, pero todo lo que Joe hacía era jugar con su viejo Cadillac..., ya sabes, el que tiene alerones.
Sí. El del cincuenta y nueve.
Lo que sea. Siempre estaba arreglándolo. Y siempre me hacía ayudarle...; ya sabes, estar presente y ver lo que hacía y pasarle herramientas y las cosas que pedía. Me enseñó un montón sobre coches, pero si no lo hacía todo bien, me lastimaba.
Y apuesto a que casi nunca lo hacías todo bien.
No. Nunca. Ni una sola vez. ¿Cómo demonios lo sabes?
Una suposición afortunada. ¿Qué le pasó por fin?
Los viejos frenos del Caddy se estropearon una noche cuando daba una de sus vueltas por la carretera del cañón para ir a la tienda de licores. Se salió y cayó treinta metros.
¿Se mató?
Sí, pero no inmediatamente. Salió despedido y luego el coche le cayó encima. Se rompió las piernas por treinta sitios. Pasó un rato antes de que nadie le echara en falta y tardaron casi una hora en rescatarle. Y dicen que gritaba como un cerdo todo el tiempo.
Oh.
¿Pasa algo?
Uh, no. En realidad, no. Supongo que se lo merecía.
Claro que sí. Pero no llegó al hospital. Entró en shock cuando le quitaron el coche de encima y vio lo que quedaba de sus piernas. Murió en la ambulancia. Pero espera..., déjame hacerte esto. Hmmm. ¿Te gusta?
Oh, Dios.
¿Eso significa que sí?
¡Será mejor que así lo creas!
A mi novio le encantaba.
¿Novio? Eh, espera un momento...
No te molestes ahora. Échate para atrás y relájate. Mi ex novio. Muy ex.
Será mejor que lo sea. No voy a caer en ninguna trampa.
¿Trampa? ¿Qué quieres decir?
Ya sabes...; tú y yo nos enrollamos aquí y tu novio aparece y me despluma.
¿Tommy Lee? ¿Entrar aquí? Oh, hey, no pretendía reírme pero Tommy Lee Hampton no aparecerá por aquí ni por ningún otro sitio.
No me digas que también ha muerto.
No..., no. Tommy Lee está vivo todavía. Sigue viviendo en la ciudad. Pero apuesto a que desearía no hacerlo. Y apuesto que preferiría haber sido más amable conmigo.
Yo seré amable contigo.
Eso espero. Tommy y Tammy...; parecía que estábamos hechos el uno para el otro. A veces Tommy Lee era realmente agradable conmigo. Muchas veces. Pero sólo cuando yo hacía lo que él quería que hiciera. Como esto..., como lo que te estoy haciendo ahora. Me enseñó esto y me enseñó a hacérselo todo el tiempo.
Puedo entender por qué.
Sí, pero quería que se lo hiciera en público. Y otras cosas. Como cuando íbamos en el coche quería que yo...; mira, te lo demostraré...
¡Oh..., Dios... mío!
Eso es lo que él decía siempre. Pero quería que se lo hiciera, cuando circulábamos junto a uno de esos grandes camiones para que el conductor pudiera vernos. O junto a un autobús Greyhound. O en un semáforo. O en un ascensor...; ¿quién sabe cuándo iba a pararse y quién entraría cuando se abrieran las puertas? Soy una chica encantadora, ¿no? Pero no soy de ese tipo de chicas. En absoluto.
Parece que es un psicópata.
Creo que lo era. Porque si no le hacía lo que quería, entonces se enfadaba y se emborrachaba, y me hacía daño.
Otro no.
Sí. ¿Puedes creerlo? Desde luego, tengo una mala suerte total. También le daba a las drogas. Siempre esnifando algo o tragándose una píldora tras otra, siempre intentando meterme en las drogas con él. Quiero decir que bebo un poco, como sabes...
Sí, sabes acabar con los margaritas.
Me gusta la sal, pero las drogas son otra cosa. Y él se enfadaba cuando yo le decía que no...; me llamaba Nancy Reagan, ¿puedes creerlo? Y me lastimaba de forma horrible.
Bueno, al menos lo largaste.
De hecho, se largó él.
¿Encontró a otra chica?
No exactamente. Tomó un montón de píldoras y se emborrachó una noche y se quedó dormido en la cama con un cigarrillo encendido. Estaba tan borracho y colocado que se quemó la mayor parte del cuerpo antes de despertar.
¡Jesús!
Jesús no tuvo nada que ver..., excepto tal vez en el hecho de que sobreviviera. Quemaduras de tercer grado en el noventa por ciento del cuerpo, dijeron los médicos. Dicen que es un milagro que esté vivo. Si se puede llamar vida a lo que está haciendo.
Pero ¿qué...?
Oh, no queda mucho. Es como un muñón vivo de tejido cicatrizado. Parece que está fundido. Ya no puede andar. Apenas puede hablar. No puede mover más que dos o tres dedos de la mano izquierda, y sólo un poquito. Algunos amigos que le conocían dicen que lo tiene bien empleado. Y es lo que digo yo. De hecho, se lo digo en la cara un par de veces a la semana cuando le visito en el hospital.
¿Tú... le visitas?
Claro. No puede alimentarse y las enfermeras agradecen la ayuda. Así que voy de vez en cuando y le doy de comer. ¡Oh, cómo lo odia!
Apuesto a que sí, sobre todo después de la forma en que te trató.
Oh, no es eso. Me aseguro de que lo odie. Verás, le pongo cosas en la comida y le hago comerla. Ayer mismo le metí una cucaracha viva en una cucharada de puré de patatas. Se la metí en la boca y le hice masticar. Crunch-crunch, ñam-ñam, crunch-crunch. Tendrías que haber visto las lágrimas..., como un bebé grande. Y entonces yo.... ¿Eh? ¿Qué te pasa? Se te ha pasado el entusiasmo. ¿Qué pasa con...? Eh, ¿adónde vas? Empezábamos a pasarlo bien... Eh, no te vayas... Eh, Bob, ¿qué he hecho mal?... ¿Qué he dicho?... ¡Bob! Vuelve y... Juro..., juro que no comprendo a los hombres.
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Ricardo Piglia: Tesis sobre el cuento |
En uno de sus cuadernos de notas, Chejov registró esta anécdota: "Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida". La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.
Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.
Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.
II
El cuento clásico (Poe, Quiroga) narra en primer plano la historia 1 (el relato del juego) y construye en secreto la historia 2 (el relato del suicidio). El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario.
El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.
III
Cada una de las dos historias se cuenta de un modo distinto. Trabajar con dos historias quiere decir trabajar con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos acontecimientos entran simultáneamente en dos lógicas narrativas antagónicas. Los elementos esenciales del cuento tienen doble función y son usados de manera distinta en cada una de las dos historias. Los puntos de cruce son el fundamento de la construcción.
IV
En "La muerte y la brújula", al comienzo del relato, un tendero se decide a publicar un libro. Ese libro está ahí porque es imprescindible en el armado de la historia secreta. ¿Cómo hacer para que un gángster como Red Scharlach esté al tanto de las complejas tradiciones judías y sea capaz de tenderle a Lönnrott una trampa mística y filosófica? El autor, Borges, le consigue ese libro para que se instruya. Al mismo tiempo utiliza la historia 1 para disimular esa función: el libro parece estar ahí por contigüidad con el asesinato de Yarmolinsky y responde a una casualidad irónica. "Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro publicó una edición popular de la Historia de la secta de Hasidim." Lo que es superfluo en una historia, es básico en la otra. El libro del tendero es un ejemplo (como el volumen de Las mil y una noches en "El Sur", como la cicatriz en "La forma de la espada") de la materia ambigua que hace funcionar la microscópica máquina narrativa de un cuento.
V
El cuento es un relato que encierra un relato secreto.
No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento.
Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento.
VI
La versión moderna del cuento que viene de Chéjov, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, el Joyce de Dublineses, abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo. El cuento clásico a lo Poe contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola.
La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.
VII
"El gran río de los dos corazones", uno de los relatos fundamentales de Hemingway, cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams), que el cuento parece la descripción trivial de una excursión de pesca. Hemingway pone toda su pericia en la narración hermética de la historia secreta. Usa con tal maestría el arte de la elipsis que logra que se note la ausencia de otro relato.
¿Qué hubiera hecho Hemingway con la anécdota de Chejov? Narrar con detalles precisos la partida y el ambiente donde se desarrolla el juego, y la técnica que usa el jugador para apostar, y el tipo de bebida que toma. No decir nunca que ese hombre se va a suicidar, pero escribir el cuento como si el lector ya lo supiera.
VIII
Kafka cuenta con claridad y sencillez la historia secreta y narra sigilosamente la historia visible hasta convertirla en algo enigmático y oscuro. Esa inversión funda lo "kafkiano".
La historia del suicidio en la anécdota de Chejov sería narrada por Kafka en primer plano y con toda naturalidad. Lo terrible estaría centrado en la partida, narrada de un modo elíptico y amenazador.
IX
Para Borges, la historia 1 es un género y la historia 2 es siempre la misma. Para atenuar o disimular la monotonía de esta historia secreta, Borges recurre a las variantes narrativas que le ofrecen los géneros. Todos los cuentos de Borges están construidos con ese procedimiento.
La historia visible, el cuento, en la anécdota de Chejov, sería contada por Borges según los estereotipos (levemente parodiados) de una tradición o de un género. Una partida de taba entre gauchos perseguidos (digamos) en los fondos de un almacén, en la llanura entrerriana, contada por un viejo soldado de la caballería de Urquiza, amigo de Hilario Ascasubi. El relato del suicidio sería una historia construida con la duplicidad y la condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino.
X
La variante fundamental que introdujo Borges en la historia del cuento consistió en hacer de la construcción cifrada de la historia 2 el tema del relato. Borges narra las maniobras de alguien que construye perversamente una trama secreta con los materiales de una historia visible. En "La muerte y la brújula", la historia 2 es una construcción deliberada de Scharlach. Lo mismo ocurre con Azevedo Bandeira en "El muerto", con Nolam en "Tema del traidor y del héroe".
Borges (como Poe, como Kafka) sabía transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar.
XI
El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta. "La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato", decía Rimbaud.
Esa iluminación profana se ha convertido en la forma del cuento.
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Le gusta la moronga |
Por lo visto los tacos de moronga han extendido su fama hasta Nuremberg, Alemania, en donde un "locadio" bien zafadote sintiéndose nieto de Drácula se había dedicado a chuparle la sangre al prójimo. No es que fuera sangrón el sordo mudo de 41 años Kun Hofmann, sino que le encontró el gusto a la sangrita y se iba a los panteones a destapar sepulcros para entrarle con ganas a la moronga congelada, pues las calacas a las que le chupaba la aorta ya estaban más frías que una paleta de limón. Un día le dio grupa y se puso ronco por andar chupando sangre bien "helodia" y entonces el muy pillín vampirolas, decidió probar qué tal era la sangrita bien caliente. En vez de comprarse una olla express para calentar la sangre de los desenterrados y prepararse un rico ponche de hemoglobina se le hizo más fácil conseguirse una pistola y caerle a una pareja de novios que en un bosque se daban sus picoretes. Apuntó y de dos certeros plomazos les voló las tapas de los sesos a los tórtolos y después pelando chicos colmillotes se dio el gran banquete. Ya estaba en los postres cuando le cayeron los policías y ahora el "Drácula de Nuremberg" tendrá que conformarse con ser un loco sangrón como tantos que hay, pues se pasará el resto de sus chiflados días en el Manicomio.ALERTA, México, Agosto 31 de 1974.
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Roberto Bolaño: El ojo Silva |
En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, el Ojo Silva se marchó de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los malos vientos que soplaban en la vecina república lo llevaron a México en donde vivió un par de años y en donde lo conocí.
No era como la mayoría de los chilenos que por entonces vivían en el D.F.: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia más fantasmal que real, no frecuentaba los círculos de exiliados.
Nos hicimos amigos y solíamos encontrarnos una vez a la semana, por lo menos, en el café La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle Versalles en donde yo vivía con mi madre y con mi hermana. Los primeros meses el Ojo Silva sobrevivió a base de tareas esporádicas y precarias, luego consiguió trabajo como fotógrafo de un periódico del D.F. No recuerdo qué periódico era, tal vez El Sol, si alguna vez existió en México un periódico de ese nombre, tal vez El Universal; yo hubiera preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirigía el viejo poeta español Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo trabajé allí y nunca vi al Ojo en la redacción. Pero trabajó en un periódico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situación económica mejoró, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se había acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la mirada podía apreciar señales inequívocas que hablaban de un repunte económico.
Los primeros meses en el D.F., por ejemplo, lo recuerdo vestido con sudaderas. Los últimos ya se había comprado un par de camisas e incluso una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos poetas y yo, no usábamos nunca. De hecho, el único personaje encorbatado que alguna vez se sentó a nuestra mesa del café Quito, en la avenida Bucareli, fue el Ojo.
Por aquellos días se decía que el Ojo Silva era homosexual. Quiero decir: en los círculos de exiliados chilenos corría ese rumor, en parte como manifestación de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que alimentaba la vida más bien aburrida de los exiliados, gente de izquierda que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual que la gente de derecha que en aquel tiempo se enseñoreaba de Chile.
Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el Ojo correspondía al cariño haciendo de vez en cuando fotos de la familia, es decir de mi madre, de mi hermana, de alguna amiga de mi madre y de mí. A todo el mundo le gusta que lo fotografíen, me dijo una vez. A mí me daba igual, o eso creía, pero cuando el Ojo dijo eso estuve pensando durante un rato en sus palabras y terminé por darle la razón. Sólo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre creyó que el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para él en el futuro.
Una noche me lo encontré en el café Quito. Casi no había parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a Bucareli con un café con leche servido en vaso, esos vasos grandes de vidrio grueso que tenía el Quito y que nunca más he vuelto a ver en un establecimiento público. Me senté junto a él y estuvimos charlando durante un rato. Parecía translúcido. Esa fue la impresión que tuve. El Ojo parecía de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su café con leche parecían intercambiar señales, como si se acabaran de encontrar, dos fenómenos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con más voluntad que esperanza de hallar un lenguaje común.
Esa noche me confesó que era homosexual, tal como propagaban los exiliados, y que se iba de México. Por un instante creí entender que se marchaba porque era homosexual. Pero no, un amigo le había conseguido un trabajo en una agencia de fotógrafos de París y eso era algo con lo que siempre había soñado. Tenía ganas de hablar y yo lo escuché. Me dijo que durante algunos años había llevado con ¿pesar?, ¿discreción?, su inclinación sexual, sobre todo porque él se consideraba de izquierdas y los compañeros veían con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos de la palabra invertido (hoy en desuso) que atraía como un imán paisajes desolados, y del término colisa, que yo escribía con ese y que el Ojo pensaba se escribía con zeta.
Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y que en algún momento yo brindé por los luchadores chilenos errantes, una fracción numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes, entelequia compuesta de huérfanos que, como su nombre indica, erraban por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi siempre, por lo demás, era el peor. Pero después de reírnos el Ojo dijo que la violencia no era cosa suya. Tuya sí, me dijo con una tristeza que entonces no entendí, pero no mía. Detesto la violencia. Yo le aseguré que sentía lo mismo. Después nos pusimos a hablar de otras cosas, libros, películas, y ya no nos volvimos a ver.
Un día supe que el Ojo se había marchado de México. Me lo comunicó un antiguo compañero suyo del periódico. No me pareció extraño que no se hubiera despedido de mí. El Ojo nunca se despedía de nadie. Yo nunca me despedía de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se despedían de nadie. A mi madre, sin embargo, le pareció un gesto de mala educación.
Dos o tres años después yo también me marché de México. Estuve en París, lo busqué (si bien no con excesivo ahínco), no lo encontré. Con el paso del tiempo empecé a olvidar hasta su rostro, aunque siempre persistió en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enfática que asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no tenía rostro o que había adquirido un rostro de sombras, pero que aún mantenía lo esencial, la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no cabía la quietud.
Pasaron los años. Muchos años. Algunos amigos murieron. Yo me casé, tuve un hijo, publiqué algunos libros.
En cierta ocasión tuve que ir a Berlín. La última noche, después de cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cogí un taxi (aunque usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al que ordené que se detuviera antes porque quería pasear un poco. El taxista (un asiático ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dejó a unas cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no había gente por las calles. Atravesé una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo reconocí hasta que él me habló. Dijo mi nombre y luego me preguntó cómo estaba. Entonces me di la vuelta y lo miré durante un rato sin saber quién era. El Ojo seguía sentado en el banco y sus ojos me miraban y luego miraban el suelo o a los lados, los árboles enormes de la pequeña plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a él con más intensidad (eso creí entonces) que a mí. Di unos pasos hacia él y le pregunté quién era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. ¿El Ojo Silva de Chile?, dije yo. Él asintió y sólo entonces lo vi sonreír.
Aquella noche conversamos casi hasta que amaneció. El Ojo vivía en Berlín desde hacía algunos años y sabía encontrar los bares que permanecían abiertos toda la noche. Le pregunté por su vida. A grandes rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fotógrafo free lancer. Había tenido casa en París, en Milán y ahora en Berlín, viviendas modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante largas temporadas. Sólo cuando entramos al primer bar pude apreciar cuánto había cambiado. Estaba mucho más flaco, el pelo entrecano y la cara surcada de arrugas. Noté asimismo que bebía mucho más que en México. Quiso saber cosas de mí. Por supuesto, nuestro encuentro no había sido casual. Mi nombre había aparecido en la prensa y el Ojo lo leyó o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una conferencia a la que no pudo ir, pero llamó por teléfono a la organización y consiguió las señas de mi hotel. Cuando lo encontré en la plaza sólo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de mi llegada.
Me reí. Reencontrarlo, pensé, había sido un acontecimiento feliz. El Ojo seguía siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien que no imponía su presencia, alguien al que le podías decir adiós en cualquier momento de la noche y él sólo te diría adiós, sin un reproche, sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un ejemplar que nunca había abundado mucho en Chile pero que sólo allí se podía encontrar.
Releo estas palabras y sé que peco de inexactitud. El Ojo jamás se hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza sin alcohol, nuestro diálogo se desarrolló básicamente en el terreno de las evocaciones, es decir fue un diálogo informativo y melancólico. El diálogo, en realidad el monólogo, que de verdad me interesa es el que se produjo mientras volvíamos a mi hotel, a eso de las dos de la mañana.
La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a hablar) mientras atravesábamos la misma plaza en donde unas horas antes nos habíamos encontrado. Recuerdo que hacía frío y que de repente escuché que el Ojo me decía que le gustaría contarme algo que nunca antes le había contado a nadie. Lo miré. El Ojo tenía la vista puesta en el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunté de qué se trataba. De un viaje, contestó en el acto. ¿Y qué pasó en ese viaje?, le pregunté. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareció existir sólo para contemplar las copas de los altos árboles alemanes y los fragmentos de cielo y nubes que bullían silenciosamente por encima de éstos.
Algo terrible, dijo el Ojo. ¿Tú te acuerdas de una conversación que tuvimos en el Quito antes de que me marchara de México? Sí, dije. ¿Te dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo. Sentémonos, dijo el Ojo.
Juraría que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo aún no hubiera llegado, aún no hubiera empezado a cruzar la plaza, y él estuviera esperándome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alzó el cuello de su abrigo y empezó a hablar. Yo encendí un cigarrillo y permanecí de pie. La historia del Ojo transcurría en la India. Su oficio y no la curiosidad de turista lo había llevado hasta allí, en donde tenía que realizar dos trabajos. El primero era el típico reportaje urbano, una mezcla de Marguerite Duras y Hermann Hesse, el Ojo y yo sonreímos, hay gente así, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre India Song y Sidharta, y uno está para complacer a los editores. Así que el primer reportaje había consistido en fotos donde se vislumbraban casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con predominio más bien del restaurante canalla o del restaurante de familias que parecían canallas y sólo eran indias, y también fotos del extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las vías de comunicación, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y trenes que entraban y salían de la ciudad, sin olvidar la naturaleza como en estado latente, una hibernación ajena al concepto de hibernación occidental, árboles distintos a los árboles europeos, ríos y riachuelos, campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.
El segundo reportaje fotográfico era sobre el barrio de las putas de una ciudad de la India cuyo nombre no conoceré nunca.
Aquí empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo aún vivía en París y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido escritor francés que se había especializado en el submundo de la prostitución. De hecho, su reportaje sólo era el primero de una serie que comprendería barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo, cada una fotografiada por un fotógrafo diferente, pero todas comentadas por el mismo escritor.
No sé a qué ciudad llegó el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez Benarés o Madrás, recuerdo que se lo pregunté y que él ignoró mi pregunta. Lo cierto es que llegó a la India solo, pues el escritor francés ya tenía escrita su crónica y él únicamente debía ilustrarla, y se dirigió a los barrios que el texto del francés indicaba y comenzó a hacer fotografías. En sus planes -y en los planes de sus editores- el trabajo y por lo tanto la estadía en la India no debía prolongarse más allá de una semana. Se hospedó en un hotel en una zona tranquila, una habitación con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio que no pertenecía al hotel y en donde había dos árboles y una fuente entre los árboles y parte de una terraza en donde a veces aparecían dos mujeres seguidas o precedidas de varios niños. Las mujeres vestían a la usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los niños incluso una vez los vio con corbatas. Por las tardes se desplazaba a la zona roja y hacía fotos y charlaba con las putas, algunas jovencísimas y muy hermosas, otras un poco mayores o más estropeadas, con pinta de matronas escépticas y poco locuaces. El olor, que al principio más bien lo molestaba, terminó gustándole. Los chulos (no vio muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales o tal vez (pero esto lo soñó después, en su habitación de hotel con aire acondicionado) eran estos últimos quienes habían adoptado la gestualidad de los chulos hindúes.
Una tarde lo invitaron a tener relación carnal con una de las putas. Se negó educadamente. El chulo comprendió en el acto que el Ojo era homosexual y a la noche siguiente lo llevó a un burdel de jóvenes maricas. Esa noche el Ojo enfermó. Ya estaba dentro de la India y no me había dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlinés. ¿Qué hiciste?, le pregunté. Nada. Miré y sonreí. Y no hice nada. Entonces a uno de los jóvenes se le ocurrió que tal vez al visitante le agradara visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre ellos no hablaban en inglés. Así que salieron de aquella casa y caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa cuya fachada era pequeña pero cuyo interior era un laberinto de pasillos, habitaciones minúsculas y sombras de las que sobresalía, de tanto en tanto, un altar o un oratorio.
Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando el suelo, ofrecer un niño a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un arranque desafortunado le hice notar que no sólo no recordaba el nombre de la deidad sino que tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna persona de su historia. El Ojo me miró y sonrió. Trato de olvidar, dijo.
En ese momento me temí lo peor, me senté a su lado y durante un rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y en silencio. Ofrecen un niño a ese dios, retomó su historia tras escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercanía de un desconocido, y durante un tiempo que no sé mensurar el niño encarna al dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesión, un mes, un año, no lo sé. Se trata de una fiesta bárbara, prohibida por las leyes de la república india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de la fiesta el niño es colmado de regalos que sus padres reciben con gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el niño es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive y todo vuelve a recomenzar al cabo de un año.
La fiesta tiene la apariencia de una romería latinoamericana, sólo que tal vez es más alegre, más bulliciosa y probablemente la intensidad de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con una sola diferencia. Al niño, días antes de que empiecen los festejos, lo castran. El dios que se encarna en él durante la celebración exige un cuerpo de hombre -aunque los niños no suelen tener más de siete años- sin la mácula de los atributos masculinos. Así que los padres lo entregan a los médicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a los sacerdotes de la fiesta y éstos lo emasculan y cuando el niño se ha recuperado de la operación comienza el festejo. Semanas o meses después, cuando todo ha acabado, el niño vuelve a casa, pero ya es un castrado y los padres lo rechazan. Y entonces el niño acaba en un burdel. Los hay de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A mí, aquella noche, me llevaron al peor de todos.
Durante un rato no hablamos. Yo encendí un cigarrillo. Después el Ojo me describió el burdel y parecía que estaba describiendo una iglesia. Patios interiores techados. Galerías abiertas. Celdas en donde gente a la que tú no veías espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a un joven castrado que no debía tener más de diez años. Parecía una niña aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. ¿Lo puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hacía ninguna idea. Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la víctima, ni los verdugos, ni los espectadores. Sólo una foto.
¿Le sacaste una foto?, dije. Me pareció que el Ojo era sacudido por un escalofrío. Saqué mi cámara, dijo, y le hice una foto. Sabía que estaba condenándome para toda la eternidad, pero lo hice.
Ignoro cuánto rato estuvimos en silencio. Sé que hacía frío pues yo en algún momento me puse a temblar. A mi lado oí sollozar al Ojo un par de veces, pero preferí no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba por una de las calles laterales de la plaza. A través del follaje vi encenderse una ventana.
Después el Ojo siguió hablando. Dijo que el niño le había sonreído y luego se había escabullido mansamente por una de los pasillos de aquella casa incomprensible. En algún momento uno de los chulos le sugirió que si allí no había nada de su agrado se marcharan. El Ojo se negó. No podía irse. Se lo dijo así: no puedo irme todavía. Y era verdad, aunque él desconocía qué era aquello que le impedía abandonar aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendió y pidieron té o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo, sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La luz provenía de un par de velas. Sobre la pared colgaba un póster con la efigie del dios. Durante un rato el Ojo miró al dios y al principio se sintió atemorizado, pero luego sintió algo parecido a la rabia, tal vez al odio.
Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encendía un cigarrillo y dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.
En algún momento, mientras el Ojo miraba la efigie del dios, aquellos que lo acompañaban desaparecieron. Se quedó solo con una especie de puto de unos veinte años que hablaba inglés. Y luego, tras unas palmadas, reapareció el niño. Yo estaba llorando, o yo creía que estaba llorando, o el pobre puto creía que yo estaba llorando, pero nada era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que ya no me pertenecía, una cara que se estaba alejando de mí como una hoja arrastrada por el viento), pero en mi interior lo único que hacía era maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.
Y después el Ojo y el puto y el niño se levantaron y recorrieron un pasillo mal iluminado y otro pasillo peor iluminado (con el niño a un lado del Ojo, mirándolo, sonriéndole, y el joven puto también le sonreía, y el Ojo asentía y prodigaba ciegamente las monedas y los billetes) hasta llegar a una habitación en donde dormitaba el médico y junto a él otro niño con la piel aún más oscura que la del niño castrado y menor que éste, tal vez seis años o siete, y el Ojo escuchó las explicaciones del médico o del barbero o del sacerdote, unas explicaciones prolijas en donde se mencionaba la tradición, las fiestas populares, el privilegio, la comunión, la embriaguez y la santidad, y pudo ver los instrumentos quirúrgicos con que el niño iba a ser castrado aquella madrugada o la siguiente, en cualquier caso el niño había llegado, pudo entender, aquel mismo día al templo o al burdel, una medida preventiva, una medida higiénica, y había comido bien, como si ya encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un niño que lloraba medio dormido y medio despierto, y también vio la mirada medio divertida y medio aterrorizada del niño castrado que no se despegaba de su lado. Y entonces el Ojo se convirtió en otra cosa, aunque la palabra que él empleó no fue "otra cosa" sino "madre".
Dijo madre y suspiró. Por fin. Madre.
Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar: la violencia de la que no podemos escapar. El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta. Por supuesto, el Ojo intentó sin gran convicción el diálogo, el soborno, la amenaza. Lo único cierto es que hubo violencia y poco después dejó atrás las calles de aquel barrio como si estuviera soñando y transpirando a mares. Recuerda con viveza la sensación de exaltación que creció en su espíritu, cada vez mayor, una alegría que se parecía peligrosamente a algo similar a la lucidez, pero que no era (no podía ser) lucidez. También: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos niños que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier otra parte hubiera concitado la atención. Allí, a aquella hora, nadie se fijó en él.
El resto, más que una historia o un argumento, es un itinerario. El Ojo volvió al hotel, metió sus cosas en la maleta y se marchó con los niños. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras. Desde allí en un autobús hasta otra aldea en donde cogieron otro autobús que los llevó a otra aldea. En algún punto de su fuga se subieron a un tren y viajaron toda la noche y parte del día. El Ojo recordaba el rostro de los niños mirando por la ventana un paisaje que la luz de la mañana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo aquello que se ofrecía, soberano y humilde, en el marco de la ventana de aquel tren misterioso.
Después cogieron otro autobús, y un taxi, y otro autobús, y otro tren, y hasta hicimos dedo, dijo el Ojo mirando la silueta de los árboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros árboles, innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.
Al cabo de dos meses el Ojo ya no tenía dinero y fue caminando hasta otra aldea desde donde envió una carta al amigo que entonces tenía en París. Al cabo de quince días recibió un giro bancario y tuvo que ir a cobrarlo a un pueblo más grande, que no era la aldea desde la que había mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde vivía. Los niños estaban bien. Jugaban con otros niños, no iban a la escuela y a veces llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A él no lo llamaban padre, como les había sugerido más que nada como una medida de seguridad, para no atraer la atención de los curiosos, sino Ojo, tal como le llamábamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el Ojo decía que eran sus hijos. Se inventó que la madre, india, había muerto hacía poco y él no quería volver a Europa. La historia sonaba verídica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo soñaba que en mitad de la noche aparecía la policía india y lo detenían con acusaciones indignas. Solía despertar temblando. Entonces se acercaba a las esterillas en donde dormían los niños y la visión de éstos le daba fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.
Se hizo agricultor. Cultivaba un pequeño huerto y en ocasiones trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos, por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los demás. El resto del tiempo lo dedicaba a enseñar inglés a los niños, y algo de matemáticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma incomprensible. A veces los veía detener los juegos y caminar por el campo como si de pronto se hubieran vuelto sonámbulos. Los llamaba a gritos. A veces los niños fingían no oírlo y seguían caminando hasta perderse. Otras veces volvían la cabeza y le sonreían.
¿Cuánto tiempo estuviste en la India?, le pregunté alarmado.
Un año y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sabía.
En una ocasión su amigo de París llegó a la aldea. Todavía me quería, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se había puesto a vivir con un mecánico argelino de la Renault. Se rió después de decirlo. Yo también me reí. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los niños corriendo detrás de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el viento que parecía traer buenas y malas noticias.
Pese a los ruegos del francés no volvió a París. Meses después recibió una carta de éste en donde le comunicaba que la policía india no lo perseguía. Al parecer la gente del burdel no había interpuesto denuncia alguna. La noticia no impidió que el Ojo siguiera sufriendo pesadillas, sólo cambió la vestimenta de los personajes que lo detenían y lo zaherían: en lugar de ser policías se convirtieron en esbirros de la secta del dios castrado. El resultado final era aún más horroroso, me confesó el Ojo, pero yo ya me había acostumbrado a las pesadillas y de alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sueño, que eso no era la realidad.
Después llegó la enfermedad a la aldea y los niños murieron. Yo también quería morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.
Tras convalecer en una cabaña que la lluvia iba destrozando cada día, el Ojo abandonó la aldea y volvió a la ciudad en donde había conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubrió que no estaba tan distante como pensaba, la huida había sido en espiral y el regreso fue relativamente breve. Una tarde, la tarde en que llegó a la ciudad, fue a visitar el burdel en donde castraban a los niños. Sus habitaciones se habían convertido en viviendas en donde se hacinaban familias enteras. Por los pasillos que recordaba solitarios y fúnebres ahora pululaban niños que apenas sabían andar y viejos que ya no podían moverse y se arrastraban. Le pareció una imagen del paraíso.
Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.
Y su amigo francés le dijo que sí, que por supuesto, que lo haría de inmediato, y también le dijo ¿qué es ese ruido?, ¿estás llorando?, y el Ojo dijo que sí, que no podía dejar de llorar, que no sabía qué le pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo francés le dijo que se calmara. Y el Ojo se rió sin dejar de llorar y dijo que eso haría y colgó el teléfono. Y luego siguió llorando sin parar.
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Ernest Hemingway: Consejos varios |
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| Ernest Hemingway boxeando en África. |
La jerga que adoptes debe ser reciente, de lo contrario no sirve.
Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como "espléndido, grande, magnífico, suntuoso".
Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas.
Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro. Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.
Los escritores deberían trabajar solos. Deberían verse sólo una vez terminadas sus obras, y aun entonces, no con demasiada frecuencia. Si no, se vuelven como los escritores de Nueva York. Como lombrices de tierra dentro de una botella, tratando de nutrirse a partir del contacto entre ellos y de la botella. A veces la botella tiene forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa. Pero una vez que están en la botella, se quedan allí. Se sienten solos afuera de la botella. No quieren sentirse solos. Les da miedo estar solos en sus creencias...
A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.
Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.
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Jean Cocteau: El gesto de la muerte |

-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta noche, por milagro, quisiera estar en Ispahan.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahan.
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Raúl González Tuñón |
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| Raúl González Tuñón, Fina Warschaver y Nélida Tuñón, 1965. |
Sin un céntimo, tal como vino al mundo,
murió al fin, en la plaza, frente a la inquieta feria.
Velaron el cadáver del dulce vagabundo
dos musas, la esperanza y la miseria.
Fue un poeta completo de su vida y de su obra.
Escribió versos casi celestes, casi mágicos,
de invención verdadera,
y como hombre de su tiempo que era,
también ardientes cantos y poemas civiles
de esquinas y banderas.
Algunos, los más viejos, lo negaron de entrada.
Algunos, los más jóvenes, lo negaron después.
Hoy irán a su entierro cuatro buenos amigos,
los parroquianos del café,
los artistas del circo ambulante,
unos cuantos obreros,
un antiguo editor,
una hermosa mujer,
y mañana, mañana,
florecerá la tierra que caiga sobre él.
Deja muy pocas cosas, libros, un Heine, un Whitman,
un Quevedo, un Darío, un Rimbaud, un Baudelaire,
un Schiller, un Bertrand, un Bécquer, un Machado,
versos de un ser querido que se fue antes que él,
muchas cuentas impagas, un mapa, una veleta
y una antigua fragata dentro de una botella.
Los que le vieron dicen que murió como un niño.
Para él fue la muerte como el último asombro.
Tenía una estrella muerta sobre el pecho vencido,
y un pájaro en el hombro.
LA LUNA CON GATILLO
Es preciso que nos entendamos.
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.
El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.
El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.
Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.
Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.
Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.
¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?
He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.
El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.
Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!
Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.
Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.
No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.
Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.
Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.
Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.
No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!
No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.
Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.
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Juan José Arreola: Una mujer amaestrada |
Un pequeño monstruo de edad indefinida completaba el elenco. Golpeando su tamboril daba fondo musical a los actos de la mujer, que se reducían a caminar en posición erecta, a salvar algunos obstáculos de papel y a resolver cuestiones de aritmética elemental. Cada vez que una moneda rodaba por el suelo, había un breve paréntesis teatral a cargo del público. "¡ Besos!", ordenaba el saltimbanqui. "No. A ése no. Al caballero que arrojó la moneda." La mujer no acertaba, y una media docena de individuos se dejaba besar, con los pelos de punta, entre risas y aplausos. Un guardia se acercó diciendo que aquello estaba prohibido. El domador le tendió un papel mugriento con sellos oficiales, y el policía se fue malhumorado, encogiéndose de hombros.
A decir verdad, las gracias de la mujer no eran cosa del otro mundo. Pero acusaban una paciencia infinita, francamente anormal, por parte del hombre. Y el público sabe agradecer siempre tales esfuerzos. Paga por ver una pulga vestida; y no tanto por la belleza del traje, sino por el trabajo que ha costado ponérselo. Yo mismo he quedado largo rato viendo con admiración a un inválido que hacía con los pies lo que muy pocos podrían hacer con las manos.
Guiado por un ciego impulso de solidaridad, desatendí a la mujer y puse toda mi atención en el hombre. No cabe duda de que el tipo sufría. Mientras más difíciles eran las suertes, más trabajo le costaba disimular y reír. Cada vez que ella cometía una torpeza, el hombre temblaba angustiado. Yo comprendí que la mujer no le era del todo indiferente, y que se había encariñado con ella, tal vez en los años de su tedioso aprendizaje. Entre ambos existía una relación, íntima y degradante, que iba más allá del domador y la fiera. Quien profundice en ella, llegará indudablemente a una conclusión obscena.
El público, inocente por naturaleza, no se da cuenta de nada y pierde los pormenores que saltan a la vista del observador destacado. Admira al autor de un prodigio, pero no le importan sus dolores de cabeza ni los detalles monstruosos que puede haber en su vida privada. Se atiene simplemente a los resultados, y cuando se le da gusto, no escatima su aplauso.
Lo único que yo puedo decir con certeza es que el saltimbanqui, a juzgar por sus reacciones, se sentía orgulloso y culpable. Evidentemente, nadie podría negarle el mérito de haber amaestrado a la mujer; pero nadie tampoco podría atenuar la idea de su propia vileza. (En este punto de mi meditación, la mujer daba vueltas de carnero en una angosta alfombra de terciopelo desvaído.)
El guardián del orden público se acercó nuevamente a hostilizar al saltimbanqui. Según él, estábamos entorpeciendo la circulación, el ritmo casi, de la vida normal. "¿Una mujer amaestrada? Váyanse todos ustedes al circo." El acusado respondió otra vez con argumentos de papel sucio, que el policía leyó de lejos con asco. (La mujer, entre tanto, recogía monedas en su gorra le lentejuelas. Algunos héroes se dejaban besar; otros se apartaban modestamente, entre dignos y avergonzados.)
El representante de las autoridades se fue para siempre, mediante la suscripción popular de un soborno. El saltimbanqui, fingiendo la mayor felicidad, ordenó al enano del tamboril que tocara un ritmo tropical. La mujer, que estaba preparándose para un número matemático, sacudía como pandero el ábaco de colores. Empezó a bailar con descompuestos ademanes difícilmente procaces. Su director se sentía defraudado a más no poder, ya que en el fondo de su corazón cifraba todas sus esperanzas en la cárcel. Abatido y furioso, increpaba la lentitud de la bailarina con adjetivos sangrientos. El público empezó a contagiarse de su falso entusiasmo, y quien más, quien menos, todos batían palmas y meneaban el cuerpo.
Para completar el efecto, y queriendo sacar de la situación el mejor partido posible, el hombre se puso a golpear a la mujer con su látigo de mentiras. Entonces me di cuenta del error que yo estaba cometiendo. Puse mis ojos en ella, sencillamente, como todos los demás. Dejé de mirarlo a él, cualquiera que fuese su tragedia. (En ese momento, las lágrimas surcaban su rostro enharinado.)
Resuelto a desmentir ante todos mis ideas de compasión y de crítica, buscando en vano con los ojos la venia del saltimbanqui, y antes de que otro arrepentido me tomara la delantera, salté por encima de la línea de tiza al círculo de contorsiones y cabriolas.
Azuzado por su padre, el enano del tamboril dio rienda suelta a su instrumento, en un crescendo de percusiones increíbles. Alentada por tan espontánea compañía, la mujer se superó a sí misma y obtuvo un éxito estruendoso. Yo acompasé mi ritmo con el suyo y no perdí pie ni pisada de aquel improvisado movimiento perpetuo, hasta que el niño dejó de tocar.
Como actitud final, nada me pareció más adecuado que caer bruscamente de rodillas.














