
LA CARA
Me sigue, sombra
latido del corazón,
sin hacerse ver por mí pero mostrándose a los demás
como una máscara
que jamás me quita.
Ventana donde están los ojos.
Deseaba a veces que no fuera mía
o por lo menos, no siempre aparentemente mía
asimismo, siendo menos mía que otras más amadas,
que corresponden exactamente a mis sentimientos,
tuve que sobrellevarla como si fuera realmente mía.
Ah, qué lejana en aquel tiempo, en cualquier tiempo está
lejana como un campo añorado.
Ah, cuánta sonrisa simulada
cuánto odio y amor
cuánto celo y terror, piedad y curiosidad
sin contar el asombro
marcan todas las facciones
con tatuajes que nada ni nadie puede borrar
del sitio donde están grabadas.
Queda y aún me sigue como las manos que puedo ver.
Luego en días más largos que el resto de la vida
modifica notablemente su propia y extraña invisibilidad.
La conocí diminuta
adentro de una luciente cuchara de plata
abría y cerraba la boca
cuando yo no sabía aún quién era.
Como a un simio curioso la contemplé.
Di vuelta la cuchara: la vi al revés.
¿Por qué al revés?
Para mirarla me sacrifiqué: dejé de comer el dulce que la empañaba.
Después la busqué ansiosa
como un perro busca un hueso
en cuchillos, vidrios, agua, ojos, fondos de aljibe,
en un botellón monstruoso.
Finalmente con más claridad y proporciones normales
en un verdadero espejito la arrinconé
o más bien ella me arrinconó con su mirada aviesa.
En otros espejos más importantes volví a encontrarla,
en el cuarto de vestir de mi madre, por ejemplo;
junto a un vestido de baile delirante,
cinturones de terciopelo,
largos guantes de cabritilla,
flores de plumas,
subiendo o bajando por los ascensores, en los trenes,
en las tiendas, en las confiterías, perturbada, desdichada, feliz,
a veces más a veces menos que yo.
Nadie sabe cuánto me esforcé por imaginarla preciosa
como una actriz de cine en boga
o una heroína de una novela leída por una institutriz
antes de llegar al espejo donde cambiaba mis subterfugios
pasando de la belleza perdida
a la inteligencia subrepticiamente hallada,
de la imagen fría de mármol que inspira amor
a la imagen sensible que da amor,
de la reina coronada de papel plateado
a la esclava rebelde con tintineos de pulseras de cortina.
La corregí, en vano, minuciosamente
juntándole las cejas
agregándole lágrimas
adornándola con levísima sonrisa
tirándole la lengua para volverla graciosa
mordiéndole los labios para volverla cruel
alejándola inclinada para volverla misteriosa.
Entonces, sólo entonces
creía encontrar la más conveniente
hasta que un "¿Qué hacés?" fatídico
me arrancaba de la representación;
porque era un pecado
para la dueña infantil de una cara
mirarse demasiado en un espejo.
Tal vez Narciso temblaba en aquellos ojos azules
y profería secretos eróticos
que la comunicaban inocentemente
cuando la luna se empañaba
con el diablo,
o tal vez ya iba urdiendo
las líneas que después, mucho después,
desearía ardientemente borrar.
Anhelo penetrar en el mundo del esteroscopio
donde su madre paseaba en misteriosos jardines
pero no se lo permitieron las frías instantáneas de papel
a las cuales se sometió urgida por el tiempo.
En la primera fotografía toda rosada
aprendió con mucha facilidad
la preocupación que puede expresar la boca mirando una mano
en el acto de lanzar una pelota
sin desanudar el moño del peinado.
En la segunda aprendió
con una muñeca de frondosa cabellera
la postura que requiere el amor maternal
para iluminar un retrato impuesto por la familia.
En la tercera
el ademán absorto que inspira la soledad
del mundo de las personas mayores
la crueldad secreta de los niños
en un patio de un hotel a la hora de la siesta.
En la cuarta
la falaz inocencia
del tul de la primera comunión,
el peinado recogido
el éxtasis del rosario de perlitas junto a la boca
herida por lo guantes de hilo blanco.
En la quinta
el rubor que revela hasta en blanco y negro
los ojos escondidos
debajo del ala del sombrero
y el pelo, el único esplendor visible, escamoteado
adentro de la copa alta de fieltro.
En la sexta
el incómodo atuendo de los quince años,
la organiza del vestido tieso, sin gracia
debido a la moda subsiguiente,
el monedero,
los zapatos de charol morderé
el polvo que vuelve opacas las mejillas
y los ojos fuera de foco.
En la séptima entre las piedras
vista a través del agua de una cascada su originalidad.
En la octava el mar
y la irisiada luz del sol ¿dónde está? No se ve. Por eso está tan bien.
En la novena, dos leones en Roma
escupen agua en una fuente acompañando sus primeras arrugas.
No. Miento. No son sus primeras arrugas.
¿En qué momento nacen? Nunca se sabe.
En la décima ¿dónde está? Ya tomó la costumbre de esconderse.
Entre las caras del barco, vestidas de odalisca,
De cocinero o de gitana, se pierde al pasar la línea.
Sus orejas escuchan la música de un piano desafinado.
En la onceava, en Zurcí, hojas de un bosque la esconden.
Cruzando tanta belleza ¿cómo no se embellece?
¿No existe acaso el mimetismo?
Y en otra, ya perdí la cuenta,
la llanura apenas la muestra.
Y en otra, la sierra.
Y en otra ¡Cuánta indecisión!
la policía marca su culpabilidad ¿víctima o asesina?
Y en otra, superpuesta; se recuesta contra ella misma.
con un título que podría ser "hermafrodita"
o "retrato de un espíritu bizco".
Y en otra, "cebú amaestrado".
Y en otra. No, no quiero otra. Basta.
Demasiadas fotografías son culpables.
Buscándole un parecido
en los perfiles egipcios
como de animales
que han quedado grabadas
en algunas monedas antiguas
pudo morigerar su antagonismo.
¡Cuchara, vidrio, cuchillo, aljibe, espejo!
No quiero más fotografías de esa cara
que no es la misma cara que estaba adentro de una cuchara
ni en el vidrio, ni en el cuchillo, ni en el aljibe,
ni siquiera en el espejo.
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silvina ocampo |
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Una entrevista a Hemingway: Un detector de mierda incorporado |
![]() |
| El actor y dramaturgo Noel Coward, Ernest Hemingway y el actor Alec Guinness, La Habana, 1959. |
UN DETECTOR DE MIERDA INCORPORADO
-Me resulta muy placenteras. Cuando trabajo en un libro o en un relato escribo cada mañana, en cuanto haya luz. A esa hora nadie molesta y está fre3sco o frío, y uno se pone a trabajar y se caldea a medida que escribe. Uno lee lo que ha escrito, y como siempre se interrumpe cuando sabe qué es lo que va a ocurrir a continuación. Uno sigue a partir de ese punto. Uno escribe hasta llegar a un lugar en el que todavía le queda resto y sabe lo que ocurrirá a continuación, y allí uno se interrumpe y trata de vivir hasta el día siguiente para volver a seguir con eso. Uno ha empezado, digamos, a la seis de la mañana. Y puede seguir hasta el mediodía o dejar antes. Cuando uno se detiene está vacío, y al mismo tiempo no vacío sino llenándose como cuando ha hecho el amor con alguien a quien ama. Nada puede dañarlo, nada puede ocurrir, nada significa nada hasta el día siguiente, cuando uno vuelve al trabajo. Lo difícil es la espera hasta el día siguiente.
-¿Puede quitarse de la cabeza el proyecto al que está entregado cuando está lejos de la máquina de escribir?
-Por supuesto. Pero para eso hace falta disciplina y esa disciplina se adquiere.
-¿Hace alguna revisión o alguna reescritura cuando lee hasta el lugar en el que se interrumpió el día anterior? ¿O las revisiones vienen más tarde, cuando todo el trabajo está terminado?
-Todos los días reescribo hasta el punto en que dejé el día anterior. Cundo todo está terminado, naturalmente lo reviso. Así se tiene otra oportunidad de corregir y reescribir cuando otra persona lo mecanografía, y uno ve el material más prolijo. La última oportunidad son las pruebas. Uno agradece todas esas chances.
-¿Reescribe mucho?
-Depende. Reescribí el final de Adiós a las armas, la última página, treinta y nueve veces antes de quedar satisfecho.
-¿Había allí algún problema técnico? ¿Qué era ,o que lo obstaculizaba?
-Buscaba las palabras adecuadas.
-Thornton Wilder habla de recursos mnémicos que ponen en marcha el día de trabajo de un escritor. Dice que una vez usted le dijo que les sacaba punta a veinte lápices.
-Creo que nunca tuve veinte lápices a la vez. Gastar la punta de siete lápices número 2 es un buen día de trabajo.
-¿Cuáles lugares le resultaron más provechosos para trabajar? El hotel Ambos Mundos parece haber sido uno, a juzgar por la cantidad de libros que usted escribió allí. ¿O el ambiente no ejerce demasiada influencia sobre su trabajo?
- El Ambos Mundos de La Habana era un muy buen lugar para trabajar. Esta finca es un lugar espléndido, o lo fue. Pero siempre he trabajado bien en todas partes. Quiero decir que he podido trabajar tan bien como puedo en distintas circunstancias. El teléfono y los visitantes son los que destruyen el trabajo.
-¿La estabilidad emocional es necesaria para escribir bien? Una vez me dijo que sólo podía escribir bien cuando estaba enamorado. ¿Podría explayarse más sobre el tema?
-Qué pregunta! Pero lo felicito por el intento. Uno puede trabajar en cualquier momento si la gente lo deja tranquilo y nadie interrumpe. O más bien, si uno puede ser despiadado con los demás. Pero la mejor escritura se produce, por cierto, cuando uno está enamorado. Si a usted le da lo mismo, prefiero no explayarme sobre el tema.
-¿Y qué ocurre con la seguridad económica? ¿Puede hacer daño a una buena escritura?
-Si llega temprano en la vida y uno ama la vida tanto como el trabajo, hace falta mucho carácter para resistir las tentaciones. Una vez que la escritura se ha convertido en el mayor vicio de uno, en el mayor placer, sólo la muerte puede interrumpirla. La seguridad económica es entonces una gran ayuda, ya que evita preocupaciones. Las preocupaciones destruyen la capacidad de escribir.
-¿Puede recordar exactamente el momento en que decidió convertirse en escritor?
-No, siempre quise ser escritor.
-Cuando escribe, ¿alguna vez descubre que está influido por lo que está leyendo en ese momento?
-No desde que Joyce estaba escribiendo Ulises. La de él no fue una influencia directa. Pero en esa época en que las palabras que conocíamos estaban prohibidas para nosotros y teníamos que luchar por una sola palabra, la influencia de su obra fue lo que cambió todo y nos hizo posible romper con las restricciones.
-¿Pudo aprender algo de los escritores, algo sobre la escritura? Ayer me decía usted que Joyce, por ejemplo, no soportaba hablar sobre la escritura.
. -En compañía de gente del mismo oficio, uno habitualmente habla de los libros de otros escritores. Cuanto mejor sea un escritor, tanto menos hablará de lo que él mismo ha escrito. Joyce era un escritor muy grande y sólo les explicaba lo que estaba haciendo a los tontos. Los escritores que él verdaderamente respetaba supuestamente eran capaces de darse cuenta de lo que él estaba haciendo, simplemente leyéndolo.
-Durante los últimos años usted parece haber eludido la compañía de los escritores. ¿Por qué?
-Eso es más complicado. Cuanto más lejos va uno con la escritura, tanto más solo está. Casi todos los viejos amigos, los mejores, mueren. Otros se alejan. Uno no los ve más que raramente, pero uno escribe y tiene con ellos casi el mismo contacto que tenía cuando se encontraba con ellos en el café, en los viejos tiempos. Uno intercambia cartas cómicas, a veces alegremente obscenas e irresponsables, y eso es casi tan bueno como charlar. Pero uno está más solo porque así es como debe trabajar y el tiempo para trabajar se acorta todo el tiempo y si uno lo malgasta siente que ha cometido un pecado para el cual no hay perdón.
-¿Podría decirnos cuánto esfuerzo deliberado invirtió en el desarrollo de su estilo distintivo?
-Esa es una pregunta extensa y cansadora, y si uno se pasara un par de días respondiéndola, se sentiría tan autoconsciente que ya no podría escribir. Podría decir que lo que los amateurs llaman un estilo suele ser tan sólo la inevitable torpeza de alguien que intenta por primera vez hacer algo que no se ha hecho antes. Casi ningún nuevo clásico se parece a otros clásicos previos. Al principio la gente sólo ve la torpeza. Después la torpeza ya no es tan perceptible. Cuando aparece, la gente piensa que esas muestras de torpeza son el estilo y muchos las copian. Eso es lamentable.
-Usted me escribió una vez que las simples circunstancias en las que fueron escritas diversas obras de su ficción podían resultar instructivas. ¿Podría aplicarse eso a Los asesinos -usted dijo que lo había escrito, junto con Diez indios y Hoy es viernes, todo en un solo día- y tal vez también a su primera novela Fiesta?
-Veamos. Empecé Fiesta en Valencia, el día de mi cumpleaños, el 21 de julio. Mi esposa Hadley y yo habíamos ido a Valencia con tiempo para conseguir buenas entradas para la feria, que empezaba el 24 de julio. Toda la gente de mi edad ya había escrito una novela, y yo todavía tenía dificultades para escribir un párrafo. Así que empecé el libro el día de mi cumpleaños, lo escribí durante la feria, a la mañana, en la cama, y fui a Madrid y seguí escribiéndolo allí. En Madrid no había feria, así que teníamos una habitación con una mesa y yo escribía con gran lujo en esa mesa, y a la vuelta de la esquina del hotel, en una cervecería del Pasaje Alvarez, donde estaba más fresco.Finalmente se puso muy caluroso para escribir y nos fuimos a Hendaya. Allí había un hotel barato, sobre esa enorme y larga playa solitaria, y trabajé muy bien, y después fuimos a París y terminé la primera versión en el departamento que estaba sobre el aserradero, en el 113 de la calle Notre-Dame-des-Champs, seis semanas después del día que lo había empezado .Le mostré la primera versión a Nathan Asch, el novelista, quien entonces tenía un acento muy marcado, y él me dijo: Hem, ¿qué quieres decir con que has escrito una novela? Una novela, oh. Hem, eso será un libro de viaje. Nathan no me desalentó demasiado, y reescribí el libro, conservando lo de viaje (era la parte sobre la excursión de pesca y Pamplona), en Schruns, en el Voralberg, en el hotel Taube. Los relatos que usted mencionó los escribí en un día, el 16 de mayo, en Madrid, cuando la nieve suspendió las lidias de toros de San Isidro. Primero escribí Los asesinos, algo que había intentado escribir antes y no lo había logrado. Después, tras el almuerzo, me metí en la cama para mantenerme abrigado y escribí Hoy es viernes. Tenía tanta energía que pensé que me volvería loco, y tenía más o menos otros seis cuentos para escribir. Así que me vestí y salí y fui hasta Fornos, el viejo café de los toreros, y tomé café y después volví y escribí Diez indios. Eso me entristeció mucho y tomé un poco de brandy y me fui a dormir. Me había olvidado de comer y uno de los camareros me trajo un poco de bacalao y carne y papas fritas y una botella de Valdepeñas.La mujer que regenteaba la pensión siempre se preocupaba porque yo no comía lo suficiente y había enviado al camarero. Recuerdo que me senté en la cama y comí y bebí el Valdepeñas. El camarero dijo que me traería otra botella. Dijo que la señora quería saber si yo pensaba escribir toda la noche. Le dije que no, que creía que me acostaría un rato. Por qué no trata de escribir uno más, me preguntó el camarero. Se supone que sólo debo escribir uno, dije yo. Tonterías, dijo él. Podría escribir seis. Lo intentaré mañana, dije. Inténtelo esta noche, dijo él. ¿Por qué cree que la señora le envió la comida? Estoy cansado, le dije. Tonterías, dijo él (la palabra no fue en realidad tonterías). Está cansado después de tres miserables cuentos. Tradúzcame uno. Déjeme tranquilo, le dije. Cómo puedo escribir si usted no me deja tranquilo. Así que me senté en la cama y bebí el Valdepeñas y pensé qué escritor condenadamente bueno sería yo si el primer cuento era tan bueno como esperaba.
-¿Usted disfruta leyendo sus propios libros... sin sentir que le gustaría hacer algunos cambios?
-A veces, cuando me resulta difícil escribir, los leo para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible.
-¿El título se le ocurre mientras está en el proceso de elaborar la historia?
-No, hago una lista de títulos después de haber terminado el relato o el libro... a veces son más de cien. Después empiezo a eliminarlos, y a veces los elimino a todos.
-¿Y hace eso también en los casos en los que el título de un relato ha sido sugerido por el mismo texto, como por ejemplo en el caso de Colinas como elefantes blancos?
-Sí. El título viene después. Encontré a una muchacha en Prunier, donde había ido a comer ostras antes del almuerzo. Sabía que ella había tenido un aborto. Me acerqué y hablamos, no sobre eso, pero en el camino a casa se me ocurrió la historia, salteé el almuerzo y me pasé esa tarde escribiéndola.
-Entonces, cuando está escribiendo, usted es constantemente un observador en busca de algo que pueda usar.
-Sin duda. Si un escritor deja de observar está terminado. Pero no debe observar conscientemente ni pensar de qué modo algo le será útil. Tal vez al principio eso sea cierto. Pero más tarde todo lo que ve se integra a la gran reserva de cosas que sabe o que ha visto. Si de algo sirve saberlo, siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del iceberg. Hay nueve décimos bajo el agua por cada parte que se ve de él. Uno puede eliminar cualquier cosa que sepa, y eso sólo fortalecerá el iceberg. Si un escritor omite algo porque no lo sabe, habrá un agujero en su relato. El viejo y el mar podría haber tenido más de mil páginas, y dar cuenta de cada personaje de la aldea y del proceso de cómo vivían, cómo habían nacido, cómo se habían educado, tenido hijos, etcétera. Otros escritores hacen eso de manera excelente. Al escribir, uno está limitado por lo que ya se ha hecho de manera satisfactoria. Así que he tratado de aprender a hacer otra cosa. Primero traté de eliminar todo lo innecesario para transmitir experiencia al lector, para que después de haber leído algo, lo leído se convirtiera en parte de su propia experiencia, y le pareciera que realmente había ocurrido. Es algo muy difícil de hacer, y trabajé muy duramente para lograrlo. De todos modos, para no explicar cómo se hace, tuve una suerte increíble en ese momento y pude transmitir la experiencia completamente. Y pude lograr que fuera una experiencia que nadie había transmitido antes. La suerte fue que tuve un buen hombre y un buen muchacho, y que últimamente los escritores se han olvidado de que todavía existen esas cosas. Después, el océano: vale tanto la pena escribir sobre el océano como sobre un hombre. Así que también fui afortunado en eso. He visto el acoplamiento de los peces espada, así que es algo que conozco. Eso no lo cuento. He visto un cardumen de más de cincuenta ballenas en esa misma zona del agua, y en una oportunidad arponeé a una de casi dieciocho metros de largo, y la perdí. De modo que eso no lo cuento. No cuento ninguna de las historias que conozco sobre la aldea de pescadores. Pero ese conocimiento es lo que constituye la parte sumergida del iceberg.
-¿Puedo preguntarle en qué medida considera usted que el escritor debe involucrarse en los problemas sociopolíticos de su época?
-Cada uno tiene su propia conciencia, y no debería haber reglas para el funcionamiento de la conciencia. De lo único que podemos estar seguros con respecto a un escritor politizado es que, si su obra dura, uno tendrá que pasar por alto la política cuando lo lea. Muchos de los escritores llamados políticamente comprometidos cambian sus ideas políticas frecuentemente. Esto les resulta muy excitante, a ellos y a los reseñistas político-literarios. A veces hasta deben reescribir sus puntos de vista… y apresuradamente. Tal vez todos eso pueda respetarse considerando que es una forma de búsqueda de la felicidad.
-¿Diría que alguna vez hay una intención didáctica en su obra?
-Didáctica es una palabra que ha sido mal utilizada y arruinada. Muerte en la tarde es un libro instructivo.
-Se ha dicho que un escritor sólo trata una o dos ideas en toda su obra. ¿Usted diría que su obra refleja una o dos ideas?
-Bien, tal vez sería mejor expresarlo de esta manera: Graham Greeene dijo en una de estas entrevistas que una pasión regente da a todo un anaquel de novelas la unidad de un sistema. Usted mismo ha dicho, según creo, que las grandes obras se producen a partir de un sentimiento de injusticia ¿Considera que es importante que un novelista sea dominado de ese modo… por algún sentimiento tan intenso?
-El señor Greeene tiene una facilidad para hacer afirmaciones que yo no poseo. A mí me resultaría imposible hacer generalizaciones sobre un anaquel de novelas o sobre una bandada de patos o una manada de caballos. No obstante, intentaré una generalización. El escritor que carezca de sentido de la justicia y de la injusticia haría mejor en dedicarse a editar el anuario de una escuela de chicos excepcionales en vez de escribir novelas. Otra generalización. Ya ve, no son tan difíciles cuando son suficientemente obvias. El don más esencial para un buen escritor es tener un detector de mierda incorporado, a prueba de golpes. Ese es el radar de un escritor. Y todos los grandes escritores lo han tenido.
-Finalmente, una pregunta fundamental: ¿cuál cree usted que es la función de su arte? ¿Por qué una representación de los hechos en vez de los hechos mismos?
-¿Por qué preocuparse por eso? A partir de las cosas que han ocurrido y de las cosas tal como existen y de todas las cosas que uno sabe y de todas aquellas que no puede saber, uno hace algo por medio de la invención, algo que no es una representación sino una cosa nueva más real que cualquier otra real y viva, y uno le da vida, y si la hace suficientemente bien, también le da inmortalidad. Por eso uno escribe.
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No es lo que tu crees |

- ¿Oye dime, quién es ese compadre?.
- Es un tipo que conocí acá, en el cyber.
- Parece que no es de acá.
- No; es de Punta Arenas. Tiene una historia ese compadre… Resulta que pilló a su mujer en la cama con un tipo. Lo de siempre. Llegó antes de la hora de su trabajo. Abrió la puerta de su casa. Se sacó los zapatos, se puso las pantuflas, y fue hacia el refrigerador para tomar una bebida. Desde el segundo piso escucha los gemidos de su mujer. Corre hacia los gemidos y pilla a su mujer en la cama con un tipo, "oye qué pasa" atina a decir; su mujer le contesta: no es lo que tu crees.
- Que escena, no.
- Bueno el tipo agarra un cuchillo; parece que los tortolitos habían estado comiendo naranjas, porque en un plato estaban los restos de las naranjas y al lado un cuchillo. Bueno, como te iba diciendo, el tipo agarra ese cuchillo de las naranjas, agarra al compadre y por poco no le corta la yugular, lo dejó pa` la cagá al compadre. Luego el compadre lo denunció por intento de homicidio y estuvo preso dos años y medio. Esa es la historia.
- Fea la historia.
- Muy fea.
- Parece un buen tipo.
- Sí. Es un buen tipo.
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Aforismos de Jean Cocteau |

Víctor Hugo era un chiflado que se creía Víctor Hugo.
El ruiseñor canta mal.
La poesía es una partida de cartas ejecutada por el alma. Reside en las rupturas de equilibrio y en la divinidad de los juegos de palabras.
¿La poesía moderna? La palabra moderna es absurda. Decir: 'Yo soy moderno' equivale a decir: 'Nosotros caballeros de la Edad Media'. No hay tal poesía moderna. Hay la poesía que es de siempre, como la electricidad, que, como ella, obra sobre las masas por fuera del arte, y hay personas que le fabrican pequeños vehículos. Son los artistas.
No se puede decir que Mallarmé era mallarmeano, como no se puede decir que Picasso es cubista… La poesía de Mallarmé le pertenecía a él exclusivamente, como el cubismo es exclusivamente de Picasso.
Una cosa permitida no puede ser pura.
Dios no habría alcanzado nunca al gran público sin ayuda del diablo.
El tacto consiste en saber hasta donde se puede llegar demasiado lejos.
La poesía es indispensable, pero me gustaría saber para qué.
La cordura es la locura vuelta al revés.
Los Museos son como La Morgue, a la que va uno a reconocer a los amigos.
La única técnica que merece la pena dominar es la que uno mismo inventa.
El futuro no pertenece a nadie. No hay precursores; sólo existen retardatarios.
Plantearse los menos problemas posibles es la única manera de resolverlos.
Si yo prefiero los gatos a los perros es porque no hay gatos policías.
Un hombre joven jamás debe adquirir valores seguros.
Un egoísta es aquel sujeto que se empeña en hablarte de sí mismo cuando tú te estás muriendo de ganas de hablarle de ti.
Tzara es un creador. Es incapaz de obscurecer las cosas. ¿Qué hace? Lo inverso. Da sentido a lo que no tiene. El simple hecho de que su mano dirija el azar hace que ese azar le pertenezca y se le parezca. Saca de la nada una criatura a su imagen. ¡Que le imite cualquier otro y las palabras que saque del sombrero saldrán mal! Tzara moverá el sombrero y sacará maravillas.
Una mala noticia para los amateurs de desastres: Marcel Proust deja una obra completa hasta el punto final. Eso lo sabíamos, y se leía en su rostro muerto. El mundo, no entrando más en aquel rostro, no lo atormenta más. Los que han contemplado aquel perfil tranquilo, de orden y plenitud, jamás olvidarán el espectáculo de un increíble aparato registrador inmovilizado trocado en obra de arte: una obra magistral de reposo junto a una pila de cuadernos en los que el genio del amigo continuaba palpitando, cual el reloj pulsera de los soldados muertos.
La juventud sabe lo que no quiere antes de saber lo que quiere.
Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentiras a medias, de ningún modo es una media verdad.
Hay tres cosas que jamás he podido comprender: el flujo y reflujo de las mareas, el mecanismo social y la lógica femenina.
Mi pesimismo no es sino una variedad del optimismo.
El manantial desaprueba casi siempre el itinerario del río.
Los espejos deberían pensárselo dos veces antes de devolver una imagen.
Su corazón de diamante no reaccionaba al menor contacto, sino que necesitaba fuego y otros diamantes.
El virtuosismo lleva al lugar común.
Me da la sensación de haber muerto y de que mis amigos han organizado una exposición retrospectiva en recuerdo mío.
Una escuela poética es un hospital.
Cuando los demás nos creen comprometidos es que estamos salvados.
Una obra de arte debe satisfacer a todas las musas. Es lo que yo llamo la prueba por nueve.
Lo que digan los enemigos no me importa, y en cuanto a las estatuas, todas me saludan con familiaridad.
| [+/-] |
Claudio Bertoni |

JAMÁS LO OLVIDARÉ
dejaste que te comprara
sostenes calzones y una
escobilla para el pelo
además de invitarte a
almorzar al Naturista
y como si eso fuera poco
a la salida me pediste
una crema humedecedora
para estar suavecita
para el hijo de puta que
te correría mano ese mismo
día a las seis de la tarde.
Eduardo de Calixto
el cáncer
la muerte no sería tan mala
si se pudiera traer a casa
si no hubiera que levantarse
si no hubiera que salir de la cama
si no hubiera que subirse a una ambulancia
si no hubiera que vivir en un hospital
si no hubiera que vivir entre desconocidos
si no hubiera que prescindir de las frazadas
del color de las frazadas de la casa
de la temperatura del color de las frazadas de la casa.
morir no sería tan malo si todo pasara en la casa
y con los de la casa
si uno tuviera la suerte de tener una casa
lo peor del cáncer y de la muerte son la burocracia y el ajetreo
de los cambios de ropa y el frío de los pasillos y el frío de
las miradas de los extraños (de los que no sufren porque tú sufres
de los que no sufren porque tú vas a morir)
y la indiferencia de las calles y de los muros de las calles
y la indiferencia mortal del hospital y de todo lo que lame
y cubre por dentro a un hospital.
morir no sería tan malo
sufrir no sería tan malo
si se sufriera en la casa
si se supiera que nada ni nadie nos sacará
-en caso de morir o sufrir-
de la casa
DINERO
si lo pienso
todo el tiempo
lo que más quiero es dinero
quiero libros
y los libros cuestan dinero
quiero compactos
y los compactos cuestan dinero
quiero una casa para vivir contigo
y una casa cuesta dinero
quiero un taller para mis esculturas
y un taller cuesta dinero
quiero un impermeable
y un impermeable cuesta dinero
quiero un auto para sacarte a pasear
y un auto cuesta dinero
quiero que vayas a la Universidad
y la Universidad cuesta dinero
quiero que comas bien
y la comida cuesta dinero
quiero que viajes a Tánger
y viajar cuesta dinero
te quiero a ti
y tú quieres dinero.
¿Qué más puedo querer
si no es dinero
¡eres una endomorfa!
MI MADRE Y YO
Llevamos una vida
perfectamente triste
y tranquila.
Yo voy de compras
ella cocina
y yo lavo las ollas.
Vemos televisión
desde las dos de la tarde
hasta la una de la madrugada
haciendo intermedios para comer y orinar.
De noche aseguro las puertas
apago las luces
y vuelvo a mi pieza
no sé si desvestirme
y tampoco me decido a leer ni hago abdominales
no tengo ánimos para pensar en nadie
y sentado al borde de la cama
siento nostalgia del tiempo
en que solía masturbarme.
| [+/-] |
Eduardo Gudiño Kieffer: El sexto pecado |
Lo criaron, pues, los monjes. En su infancia no conoció sino cánticos sagrados, oraciones y penitencia. A los dieciséis años pronunció los votos definitivos, no creyendo que fuera de esa vida pudiera haber otra, ignorando las tentaciones mundanas y sin haber visto jamás, hasta entonces, una mujer.
Una tarde el Abad le pidió que ensillara dos caballos para ir juntos hasta Schonau, donde debía hacer unas diligencias frente al Obispo.
Césario obedeció, y por primera en su corta existencia, custodiado por los venerables años del Abad, salió fuera de los muros del Monasterio.
El sol parecía más brillante, los campos eran verdes, entre las encinas cantaban los pájaros.
De pronto, Césario vio unos extraños seres de largos cabellos y cuerpos mórbidos. Eran dos pastoras que apacentaban sus ovejas, y que lo miraron y le sonrieron. -¿Qué son?- preguntó el joven, que nunca en su vida había visto una mujer.
-Son demonios- contestó el Abad persignándose.
Césario calló, persignándose a su vez y pidiendo perdón en su fuero íntimo porque esos demonios le parecían las criaturas más deliciosas que viera jamás.
Esa noche le costó dormirse. Cuando lo logró, los demonios aquellos que tan hermosos le habían parecido, surgieron en medio del sueño, que se transformó en una sucesión de estertorios, suspiros y sudores fríos. Césario despertó violentamente; nada en la oscuridad de la celda delataba presencias extrañas; los demonios eran solo fantasmas oníricos. Pero se sentía diferente, y sólo pudo calmar su ansiedad saliendo al frío de la noche, dejando que el viento y la nevisca azotaran.
Confesó al otro día, y supo así de los santos labios de su Superior que esos eran los demonios de la lujuria, apetito desordenado de sucios y deshonestos deleites. Supo que tenía que luchar para que ese feo y abominable vicio no tentara su corazón y sus sentidos.
Porque el confesor le dijo que la lujuria es pecado contra el propio cuerpo, profanándolo.
Porque le dijo que era un vicio semejante a aun pozo boquiangosto; donde siendo tan fácil la entrada es tan difícil la salida.
Y Césario empezó a orar.
Poco efecto la hacía las oraciones; los demonios se le aparecían todas las noches, hermosísimos.
Para castigarse, Césario se entablilló la mano derecha.
Pero los demonios seguían apareciendo.
Y tuvo que entablillarse también la mano izquierda.
Pero los demonio seguían apareciendo.
Césario decidió castigarse más aún, y pidió a sus hermanos monjes que le colgaran una pesa en los genitales.
Pidió que lo encerraran en un cepo.
Pidió que cada media hora lo azotaran, y que cada dos horas lo bañaran con agua fría.
Pero los demonios seguían apareciendo.
Cada vez más hermosos, cada vez más sonrientes.
Fue entonces cuando, con autorización del Abad, del Obispo y del Papa, Césario decidió su propio martirio; pidió que lo enterraran totalmente, dejando fuera de tierra solamente la cabeza, que fue untada con miel para atraer a las hormigas.
Estas acudieron (¡enviadas celestiales!) para luchar contra los demonios de la lujuria, horrible sexto pecado. En dos horas sólo quedaba la calavera de Césario, emergiendo del huerto del Monasterio, con sus hermanos orando a su alrededor.
Esta historia, perteneciente a Pelagio (De Haereticis, III, 22) era enseñada como ejemplo hasta mediados del siglo XIV en Conventos y Abadías. Luego se la prohibió, colocándola en el Index, porque Juan de Bemberg, en su Compendium Studii Philosophiae, probó que cada picadura de hormiga había sido para Césario como un beso.
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roban una nueva novela |

Los desalmados de siempre: En Puerto Natales se realizó
una manifestación inexplicablemente a favor de los
ladrones de novela, podemos observar entre los participantes
a: "coco"Díaz, a "tuca de Dios" "nano" Silva,
"buzarda" Díaz, Spiro Cárdenas, Eduardo Fernández
Cuesta, Javi Ruiz, Jhoana Mansilla, Paola Yañez,
"chendo", y "pasión gitana", entre otros.
En Inmaculada Decepción ya dimos cuenta del robo que sufrió otro grande entre los grandes de las letras universales que es nuestro bienamado Pablo Coelho. Esperemos que los delincuentes afinen la puntería y roben de una buena vez un libro de Cervantes, de Shakespeare o de Borges, que de ninguna manera -por razones obvias- requieren de publicidad.
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Tirada en el sofá mirando la TV |

No sé cuál será su derrotero actual, tampoco me importa, pero de seguro que en algún lugar del planeta estará diciendo -tirada en el sofá mirando la TV- "Amor tengo hambre".
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D. H. Lawrence: Poemas |
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| Aldous Huxley y D. H. Lawrence. |
Quisiera conocer una mujer
que fuera como una llama roja en una chimenea
brillando después de las agitadas ráfagas del día
Para que pudiera acercarme a ella
en la dorada tranquilidad del atardecer
y deleitarme realmente a su lado
sin la obligación de esforzarme a amarla por cortesía,
ni la de conocerla mentalmente.
Sin tener que sufrir un escalofrío cuando le hablo.
POBREZA
La única gente a la que alguna vez escuché
hablar acerca de Mi Señora Pobreza
Era gente rica, o gente que imaginaba serlo.
El mismo San Francisco era un joven corrupto y rico.
Habiendo nacido entre gente trabajadora
Sé que la pobreza es una dura, vieja bruja,
Un monstruo cuando uno está acuciado por las
necesidades inmediatas.
Y el que diga lo contrario miente.
Yo no quiero ser pobre, estar acuciado.
Pero tampoco quiero ser rico.
Cuando miro ese pino en la proximidad del mar,
Que crece fuera de la roca, emplumado, floreciendo
Hacia el cielo,
Veo que posee una abundancia natural,
La magnífica fuerza de sus raíces absorbe el alimento cotidiano
Y sus plumas parecen verdes vasos llenos de vino
alzados hacia el sol y el aire.
Yo quiero ser así, tener una abundancia natural
Y un gran, espléndido plumaje.
VIII
Y todo se ha ido, el cuerpo se ha ido
Completamente abajo, ido, enteramente ido.
La oscuridad de lo alto tan pesada como la de lo abajo,
y entre ambos el pequeño barco
se ha ido.
Es el fin, es el olvido.
ELEMENTAL
¿Por qué la gente no deja de ser atractiva
y de pensar que es atractiva, y de querer ser atractiva,
y comienza en cambio a ser más elemental?
Puesto que el hombre está hecho de los elementos
fuego, y lluvia, y aire, y tierra viva
y ninguno de éstos es atractivo
sino elemental,
está desequilibrado al lado de los ángeles.
Quisiera que los hombres recobraran su equilibrio
entre los elementos
y fueran un poco más ardientes, tan incapaces de mentir
como el fuego.
Quisiera que fueran fieles a su propio
movimiento, como el agua,
que pasa todas las etapas de vapor, y río, y hielo
sin perder su naturaleza.
Estoy enfermo de las gentes atractivas;
de algún modo, son falsas.
FÉNIX
¿Quieres ser borrado, abolido, anulado, cancelado
y reducido a la nada?
¿Estás dispuesto a ser reducido a la nada?
¿a sumergirte en el olvido?
Si no: nunca podrás cambiar realmente.
El ave fénix renueva su juventud
sólo cuando ha sido quemada, quemada viva,
consumida hasta una pálida y chamuscada ceniza.
Entonces, la palpitación de un nuevo ave en el nido,
con sus flotantes hebras de plumón ceniciento,
demuestra que está renovando su juventud
como el águila:
Ave Inmortal.
SOMOS TRANSMISORES
Mientras vivimos somos transmisores de la vida.
Y cuando dejamos de transmitirla, la vida deja de fluir por nosotros.
Esto es parte del misterio del sexo, es un flujo hacia delante.
La gente asexuada no transmite nada.
Y si cuando trabajamos, podemos inyectar vida a lo que hacemos,
vida, más vida nos invade, nos inunda y compensa,
nos alista,
y vibramos con vida a través del curso de los días.
Aunque sólo fuera una mujer haciendo torta de manzana,
o un hombre creando una silla,
si la vida entra en la torta, buena es la torta
buena es la silla:
contenta la mujer, con fresca vida manando en su interior,
contento el hombre.
Da y te será dado
es todavía la verdad acerca de la vida.
Pero dar vida no es tan fácil.
No significa entregarla al primer miserable, o dejar que
los muertos en vida te devoren.
Significa propiciar el fuego de la vida donde no lo había,
aun cuando sólo fuera en la blancura de un pañuelo lavado.
NUEVAS CASAS, NUEVAS ROPAS
Nuevas casas, nuevos muebles, nueva ropa, nuevas sábanas,
toda cosa nueva y hecha a máquina nos chupa la vida
y nos vuelve fríos, sin vida,
cuando más tenemos.
LO QUE EL HOMBRE HACE
Cualquier cosa hecha por el hombre y hecha vívidamente
vive a causa de la vida depositada en ella.
En un metro de muselina de la India está la vida hindú.
Y una indígena navajo, tejiendo en su manta
la forma de un sueño,
tiene que dejar una pequeña brecha en ésta
para que su alma salga, y pueda luego
retornar a quien la hizo.
Pero en el singular diseño, deja sus huellas
como una serpiente las deja sobre la arena.
LAS COSAS HECHAS POR EL HOMBRE
Las cosas que los hombres han hecho
con manos iluminadas,
infundiendo vida apacible en ellas,
continuarán vivas a través de los años,
irradiando cálidamente por largo tiempo.
Por esta razón algunas cosas antiguas son bellas,
frescas, aun en el olvido de los hombres que las hicieron.
DEMOCRACIA
Soy demócrata cuando amo el sol libre que encuentro en
Los hombres,
y aristócrata cuando detesto a los posesivos, a los
de entrañas mezquinas.
En todo hombre amo el sol
cuando lo veo entre sus cejas,
claro, sin temor, aun pequeño.
Pero cuando veo esos grisáceos hombres de éxito
tan pestilentes y cadavéricos, absolutamente sin sol,
como groseros esclavos de la prosperidad,
balanceándose mecánicamente,
entonces soy más que radical, y quiero manejar una guillotina.
Y cuando veo obreros,
pálidos y sórdidos como insectos, hormigueando
y viviendo como piojos por un poco de dinero,
y no mirando nunca hacia arriba,
entonces quisiera como Tiberio,
que la muchedumbre tuviera una sola cabeza
para podérsela hachar.
Siento que cuando los hombres pierden el sol
no deben existir más.
PAZ Y GUERRA
La gente hace siempre la guerra cuando dice amar la paz.
El estruendo del amor por la paz lo hace estremecerse a uno
mucho más que un grito de combate.
¿Por qué debería uno amar la paz? Es tan obviamente ruin y bajo
hacer la guerra
La estridente propaganda por la paz hace parecer inminente
la guerra.
Y es una forma de guerra, igualmente, la auto-aserción y el ser
Sabio para con los demás.
Dejemos que la gente sea sabia por sí misma. Porque,
de cualquier modo, nadie se sabio salvo en raras ocasiones,
como al casarse o morir.
Es de mal gusto ser sabio todo el tiempo, como si estuviéramos
en un funeral perpetuo.
Para el uso de todos los días, denme alguien caprichoso,
con no mucho propósito en la vida,
y entonces no haremos la guerra, ni necesitaremos hablar
de paz.
UNA SANA REVOLUCIÓN
Si haces una revolución, hazla alegremente,
no la hagas lívidamente serio,
no la hagas mortalmente serio,
hazla alegremente.
No la hagas porque odias a la gente,
hazlo sólo para escupir en sus ojos.
No la hagas por dinero,
hazla y condena el dinero.
No la hagas por la igualdad,
hazla porque tenemos demasiada igualdad
y va a ser gracioso sacudir el carro de manzanas
y ver por qué lado se irán éstas rodando.
No la hagas para las clases trabajadoras.
Hazla de tal modo que todos nosotros podamos ser
nuestras propias y pequeñas aristocracias
y patear como asnos fugitivos alegremente el suelo.
No la hagas, de todos modos, para la Internacional del Trabajo.
el trabajo es aquello de lo cual el hombre ha tenido bastante.
¡Eliminémoslo, acabemos con eso!
El trabajo puede ser agradable, y los hombres gozarlo;
y entonces no es trabajo.
¡Tengamos eso! ¡Hagamos una revolución para divertirnos!
Traducción de Mario Satz
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Rufino Blanco-Fombona: El hombre de oro |

La culpa la tenía el torero, aquel español de rostro glabro y sombrero calañés con quien Chicharra cruzase un día en el zaguán de Andrés Rata.
Este conocía los recios pitones con que la esposa se puso a engalanarle. De no sentirlos por sí propio, no faltó quien le presentase espejos.
Recibió cien anuncios anónimos; los amigos le espetaban indirectas; los periódicos adversos le disparaban pullas buídas y los caricaturistas empezaron a figurarlo brevicórneo, con los rizos de la frente como el desgaire, levantados y en punta, semejantes a rabitos de alacrán, o más bien a cuernecillos de ternero. Aquel poetastro participaba por el canto del ave y por los cuernos del ciervo: era un poeta elafórnito. Si hubiera sido capaz de engendrar, habría dado ser a un onotauro. Todo Caracas sabía aquello, menos el perpicaz Aquiles.
Carecía Andrés Rata de valor para impedir al bárbaro de torero que continuase sus relaciones con Olga, o bien para lavar la afrenta con sangre; y carecía de carácter para imponerse a Olga. Optó por la fuga, por salir de Venezuela con su mujer.
El tiempo no limaría sus cuernos, pero obraría tal vez el milagro de que Caracas los olvidase, o, por lo menos, de que, habituándose, ya no enjorquinara la reputación del marido, ni acribillase a saetas al minotaurizado, ni le pusiera, como hilarante novedad de las caricaturas, aquellos rabitos en las sienes.
A fin de propiciarse a Chicharra, cuya estúpida vanidad conocía, y para que Chicharra solicitase el Consulado, discurrió aquella estratagema sobre los prohombres liberales. Jamás pensó en escribir tal obra. "¡Prohombres!..." - pensaba-. "¡Cochinos!... Ahora me dejan cara a cara con mi vergüenza! ¡Que les redacten poesías los toreadores de España!"
Cuanto a Olga, sentíase enamorada de veras, enamorada como nunca, enamorada loca.
Vio al torero Feúco por la primera vez en el circo, una tarde de corrida. La prestancia del gladiador, vestido de luces, hizo dar un vuelco al corazón de la pizpireta. Volvió a la plaza otras tardes de fiesta y se despalmó aplaudiendo al espada.
Pero murió Eufemia y ya Olga no pudo asistir a más corridas.
¡Lástima! Los billetes los enviaban a la redacción de Andrés, gratis. Por fortuna existe sobre la tierra la casualidad, esa buena diosa. Fue Olga un día a casa de su modista -una española- a probarse un traje de luto para el duelo de Eufemia, y allí encontró al espada, tan sevillano como la costurera y, desde España, su amigo.
Con tanto ardor encomió Olga el arte del matador, mientras le ensayaban el traje que, al salir, la modista creyó complacer a la cliente diciéndole al torero:
-Feúco, la señora es una grande admiradora de usted.
El torero gruñó algo, respetuoso y confuso; pero Olga le echó una mirada, una sola, de esas que rinden a un hombre las enaguas.
Aquello bastó.
Se encontraron de nuevo una y otra vez, como a la ventura, en casa de la servicial y complaciente costurera española. Después se vieron en otras partes.
Llegó el carnaval. Ella dijo al marido, una tarde, que iba en casa de las Agualonga, pero la estaba ya aguardando el toreador con coche y disfraces listos. Jugaron Carnaval de lo lindo, hasta con Andrés Rata, a quien toparon en el corso.
Aquel torero, más bestia que sus toros y más enérgico, apenas sabía sino mugir; pero su músculo carácter dominó a la dominadora.
Por la primera vez en su vida Olga conoció el amor de un hombre de intensa varonía, de un garañón, de un macho; y por primera vez rindió su voluntad… Aquel mozote bruto y brutal se impuso a la dorada pantera razonadora, de cuerpo lindo y alma horrenda.
Feúco conocedor, por Olga, de los apremios consulares de Rata, hizo jurar a su barragana que ésta no se ausentaría de Caracas mientras él torease allí. Feúco, bélitre vanidoso, quería lucir su conquista. Aspiraba también a que Olga partiese con él para Méjico, adonde marcharía cuando concluyese su contrata de Caracas.
-En eso no te complazco, Feúco- le decía Olga.
Y Feúco respondía.
-Bueno; me iré solo.
Entretanto, ni Andrés Rata, ni Aquiles Chacharra, ni Camilo Irurtia, ni Mandinga en persona eran bastante influyentes para obtener que Olga se ausentase de Caracas desprendiéndose de los brazos del espada Feúco.
(…)
Cuando Andrés Rata regresó a su hogar, después de haber presenciado la apoteosis de Irurtia, padeció horas de infortunio, las más negras de su vida de adulón profesional. ¡Pobre periodista de alquiler!
Su mujer no estaba allí.
En la mesita de noche, una esquela corta y trágica explicaba la ausencia. Olga le decía en aquellas líneas que huía con un hombre, con un hombre de veras, en busca de la felicidad que él no supo darle.
Andrés Rata, nervioso, no pudo conciliar el sueño durante la noche.
Con el alba estuvo en Miraflores. Cundo abrieron las puertas, entró, antes que el panadero y el lechero.
Irurtia no se había levantado aún y Andrés Rata permaneció cerca de dos horas, pálido, cariacontecido, taciturno, en el corredor desierto, esperando que el ministro pudiera recibirlo. Ya Irurtia no salía de su dormitorio al amanecer como antes.
Cuando Irurtia supo la fuga de Olga, se llevó las manos a la cabeza.
-Pero esa criatura es una loca. Las salpicaduras de ese lodo llegarán, probablemente, hasta mí. Rosaura va a morirse de vergüenza y dolor.
Andrés suplicó para que la detuviesen en La Guaira. Irurtia telefoneó de allí mismo, en persona.
El torero Feúco -le contestaron- acaba de partir, acompañado de una dama a quien no conocían, por un vapor que zarpó a las siete de la mañana con rumbo a Cuba y a Méjico.
-Yo no puedo permanecer en Caracas-gimoteó Andrés Rata- ¡Figúrese usted cómo se cebarán en mi infortunio mis enemigos!
Y pidió un Consulado cualquiera.
-Antes del mediodía-le repuso Irurtia- tendrá usted en su casa el nombramiento. Lo haré asimismo enviar su viático y sueldos adelantados por cinco o seis meses. Váyase volando. Si de aquí a la noche sale algún vapor, parta hoy mismo. Si no, mañana, por la Mala Real. Adiós. Escríbame.
Cuando Andrés se restituyó a su domicilio, se puso a arreglar, con los objetos más necesarios, un baúl y una valija; escribió a un hermano para que deshiciese la casa y arreglase los asuntos pendientes. Esa misma tarde partió en un vapor holandés.
Con sueño por el desvelo de la noche precedente, aquella noche, a bordo, durmió como un bendito. Al día siguiente se levantó, matinal; y apenas concluyó el desayuno, se puso a escribir un poema contra su mujer llamándola traidora.
Desde entonces, ¿qué hizo el minotauro sino cantar sus cuernos, llamar pérfida a la esposa en redondillas hebenes y explotar la compasión que inspira a los incautos? Su desgracia ha sido su negocio. Si de algún escritor puede decirse que ha vivido de su cabeza, es de Andrés Rata.
Extracto del libro de Rufino Blanco-Fombona, El Hombre de Oro, Editorial Iberoamericana de Publicaciones, Madrid, 1930.
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reynaldo arenas |

Hace ya más de nueve años llegué a Nueva York y escribí entonces una crónica apologética sobre la ciudad, deslumbrado por su dinamismo y su esplendor. No me arrepiento de haber redactado ese texto; como crónica reflejaba el momento en que la misma se realizaba. Desafortunadamente, las cosas en Manhattan han cambiado de una manera negativa y creo que es también un deber hablar de esos cambios.
Dos calamidades amenazan con convertir a la todavía llamada "capital del mundo" en un lugar inhabitable: la riqueza desmedida y la pobreza más sórdida. Una nueva ola de millonarios se ha abalanzado sobre Manhattan, comprándolo prácticamente todo y expulsando, por lo mismo, a quienes no puedan estar a la altura de los exorbitantes precios que ellos pueden pagar por un metro de tierra.
Esto conlleva, naturalmente, la fuga de la clase media, de muchos intelectuales y de los trabajadores que han tenido que retirarse en masa a los suburbios de Nueva Jersey, de Queens o a lugares más remotos. Los viejos y acogedores edificios del West Side son demolidos rápidamente para dar paso a moles deshumanizadas e incosteables para quien no esté en las condiciones de desembolsillar cientos de miles de dólares. Los pequeños comercios, las minúsculas cafeterías, los rincones que podrían ofrecer un respiro, también van desapareciendo, dando paso a conglomerados monolíticos donde el aburrimiento es unánime y los precios inabordables.
En medio de este panorama circundado por la demolición y el lujo, transita una ola de vagabundos, drogadictos, enfermos mentales, parias y traficantes a quienes los magnates no pueden expulsar puesto que no habitan en ningún sitio.
Caminar por Manhattan ya no es un placer, sino un riesgo y una calamidad. La ciudad, en perenne reconstrucción, no nos ofrece ni siquiera un pequeño recodo donde poder meditar. Y lo que es aun más patético, Manhattan es ya una de las pocas ciudades del mundo donde resulta imposible arraigarse a un recuerdo o tener un pasado. En un sitio donde todo está en constante derrumbe y remodelación, ¿qué se puede recordar? ¿Qué punto de referencia, a no ser las infatigables grúas, puede iluminar nuestra memoria? ¿Cómo vivir en una ciudad donde no se nos esté permitido recordar? Pues aquella esquina, aquel parque, aquel árbol que pudieron nutrir nuestra memoria son sustituidos incesantemente por nuevos edificios o proyectos.
ISLA SIN ORILLAS
Lo que le comunica encanto a una ciudad es su misterio y los sitios donde el ocio puede encontrar su justa expansión. ¿Existe alguna calle en Manhattan donde uno pueda sentarse gratuitamente al aire libre cuando el tiempo, prodigiosamente, lo permite? ¿Fuera del Parque Central (nada recomendable), hay algún lugar donde el ser humano pueda allí respirar y no pagar a precio de oro cada bocanada de aire, por otra parte contaminado? ¿Cómo habitar en una isla en la cual no se pueda llegar al agua? Efectivamente, los ríos de Manhattan, además de estar literalmente podridos, no poseen casi accesos para que los peatones puedan contemplar sus orillas, lo cual, por otra parte, no sería nada romántico, pues el olor que despiden esas corrientes no es muy estimulante.
Estruendosa fábrica sin jardines, fuentes ni paseos, Manhattan es como un gran almacén (o despedidero) que sobre las siete de la tarde se queda desierto o habitado por los taxis, los vagabundos y la basura.
Y al hablar de la basura debemos hacer un aparte. La ciudad parece carecer de recursos para deshacerse de los desperdicios y escombros que produce, a tal punto que los habitantes mas felices podrían ser ya las ratas. Como si eso fuera poco, la isla esta circunvalada por grandes cargueros flotantes con basura que no pueden lanzar a sitio alguno.
Otra calamidad es el metro. Tal vez el más deprimente del mundo. Los trenes, malolientes y produciendo un ruido infernal, no parecen tener horario alguno, ya que usted lo mismo puede esperarlos cinco minutos que media hora. En invierno la calefacción es ineficaz; en el verano, el aire acondicionado falta en muchos vagones. Sólo una cosa progresa incesantemente, el precio del pasaje.
Apenas sí me queda espacio para hablar del índice de violencia de esa ciudad. Baste decir que los tiroteos en los subways son actos frecuentes y que los robos se realizan en los lugares mas céntricos y a cualquier hora del día. Por cierto, que el robo es como una actividad institucionalizada en casi toda la ciudad. ¡Cuidado con consumir algo por el precio de dos dólares y pagar con un billete de veinte! Le devolverán tres dólares argumentando que usted solamente les dio un billete de cinco. . . De todos modos es bueno que lleve usted en los bolsillos algún menudo, pues la nube de mendigos que se cierne al salir del restaurante o de donde sea, podría ofenderse si usted los discrimina.
Por último, cómo olvidar los incesantes incendios que azotan la ciudad. Incendios muchas veces provocados por el mismo propietario que quiere cobrar el seguro o echar a un inquilino persistente.
TRAFICANTES DE LA MISERIA
Tal vez ir de visita a Manhattan pueda ser una aventura, aventura que puede costarnos la vida, pero vivir en ella es una pesadilla.
Lo más irritante de todo esto es que muchos de los millonarios que influyen sobre la ciudad se hacen llamar "progresistas" y "liberales" y trafican con la miseria y la indignación de los desamparados, además de ser aliados de las dictaduras como las de Cuba y Nicaragua, donde el hambre y la represión son unánimes.
Ahora estoy en Saint Nazaire, Francia. Cierto que aquí no hay ni grandes museos ni teatros, pero aún hay sitios por donde pasear nuestra soledad y por donde poder meditar sobre nuestro desasosiego sin vernos apabullados por una muchedumbre que parte en estampida hacia sus casas lejanas con la implacable velocidad de un cronómetro. Aun no sé si es éste el sitio donde yo pueda vivir. Tal vez para un desterrado --como la palabra lo indica -- no haya sitio en la tierra. Solo quisiera pedirle a este cielo resplandeciente y a este mar que por unos días aun podré contemplar que acojan mi terror.
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Vicente Huidobro: Poemas pintados |
Poemas pintados

Paysage

Piano
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Los poetas |

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Ryunosuke Akutagawa: Un cuerpo de mujer |
Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama "Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga..."
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.
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mis 15 minutos de no-fama |

De aplauso-Buenos Aires, Argentina
- ¿Qué hacés pibe cómo andás?
- -Bien.
- Mirá… estamos grabando un programa para el canal 2 de La Plata. Es un programa de tango ¿viste? que se emitirá el sábado, ¿no te gustaría trabajar de aplauso? Te pagamos con todo lo que vos podés llegar a tomar en la barra del bar. ¿No te interesa?
- Sí que me interesa. ¿Qué debo hacer?
- Aplaudir boludo, nada más que aplaudir, no vas a aparecer en la TV. Vas a estar atrás, junto a otra gente y aplaudir. Nene, vas a trabajar de aplauso, ¿entendés?
- Bueno, no hay problemas.
- Entrá.
Reflectores, cables, señoras y señores sentados en mesas con flores de plástico y en el fondo una cohorte de borrachos, jubilados y gente como uno. En una pista una pareja vestida de compadritos del `40, estilizados y malhumorados.
Nunca aplaudí tanto en mi vida. Era mi primer trabajo en la televisión y lo hice a cabalidad, tanto que el tipo que me había contratado me hizo una señal para que no aplaudiera tanto, Terminó la función y pasé a la barra a cobrar mis emolumentos que consistía en tragos de la más variada condición etílica. Fue mi primer trabajo para la televisión. No sería el único.
De humo-Puerto Natales, Chile
En la década del `90 un grupo de amigos, estábamos entusiasmados con la obra de Ramón Díaz Eterovic y de su famoso detective Heredia. Sabíamos que el autor visitaría fugazmente la ciudad y queríamos brindarle una sorpresa. Un amigo de aquel entonces me dijo:
- Hugo; deberíamos hacer algo y aprovechar la llegada de Díaz Eterovic.
- No sé, no se me ocurre nada.
- ¿Qué te parece hacer un corto para la televisión del pueblo con la figura de Heredia?
- Sí, eso podría ser interesante.
- Mira, te pongo un ejemplo, difuminada la imagen con el halo del humo de un cigarrillo, Heredia sale de su departamento a husmear a un bar de poca monta como podría ser El Tío Cacho. Llega al bar, lo atiende una cantinera fea y decrépita, la imagen de Heredia siempre de espalda, el sombrero que cae sobre el mesón, el hielo en la copa, el vaciado del whisky y el crepitar. Todo sin palabras, solo la imagen. ¿Qué te parece?
- Bien me parece, ahora yo me pregunto cuál sería mi papel en todo esto.
- Podrías trabajar de humo
- ¿Cómo de humo?
- Recuerda; "difuminada la imagen con el halo del humo de un cigarrillo…".
- Está bien, entonces trabajaré de humo, antes trabajé de aplauso.
- ¿Cómo?
- No, no es nada; después te cuento.
Fue así como mi segundo trabajo para la televisión fue de humo, el primero de aplauso y el segundo de humo. Espero que mi carrera no esté terminada. Aún podría trabajar de aire, de cometa o de estrella. Si ustedes me lo piden; de Nada.
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rubén massera |

mi roommate mejicano
Nos volvimos a encontrar. Me reconoció inmediatamente a pesar de que me había visto una sola vez y creer yo que ni me había mirado. Pero sí me había mirado y ahora solos y huérfanos en Nueva York, nos sonreíamos el uno al otro. Huérfanos de distinta manera: yo con dinero y desolación; él, sin desolación ni dinero. Vino a vivir conmigo sin vacilar. Era muy extraño al principio estar en esa situación de intimidad con alguien que me era, después de todo, desconocido, salvo por su belleza que no dejé nunca de llevar conmigo en algún rincón del corazón. Pues bien, allí estaba delante de mí: desnudo, desconocido, ya amado. No tardé en conocerlo. Hablábamos mucho, como hacen los viajeros que comparten un cuarto. Me explicaba sobre karate. A mi el karate no me interesaba o, mejor dicho, no me había interesado hasta ese momento o, mejor ficho todavía, me interesaba el karate encarnado en su cuerpo. Parecía un bailarín lleno de fuerza. Una vez tiró un puntapié a la pared recién pintada y su dedo gordo quedó allí marcado. Yo me dije: "Cuando se haya ido voy a besar la marca". No lo hice, claro, ahora que se fue, porque el beso sucedió entonces en ese pensamiento. Podría volver a besarla, por supuesto, pero, ¿quién puede crear en sí el ánimo de ceremonia necesario, sobre todo estando solo?
Y luego lo conocí más todavía: de vez en cuando se tiraba pedos. Eso es una cosa que yo nunca pude soportar, ni la palabra siquiera. Yo tengo gases como el que más, pero me los guardo para mí solo, como si no hubiera perdón en esta tierra para ellos. Pues él se tiraba pedos sonoros que llenaban todo el cuarto. Yo me pregunté: "¿Me molesta?" Y no pude contestarme. Nada me molestaba en él realmente y más tarde me dije: "Si alguna vez a mí se me escapara un pedo, ya estaría perdonado por los pedos de él". Y una vez dijo al tiempo que se tiraba un pedo y hacía un movimiento de karate:
-Este es un pedo karateda.
Y a mí me pareció hermoso, me pareció que justificaba con arte todo lo que existía, los pedos incluso.
Estaba ilegalmente en el país desde hacía cinco años y quería volver a México desde hacía cinco años. Nunca podía hacer más dinero que el imprescindible para comer y dormía en cualquier parte. Una mañana le pregunté:
-¿Quieres que te preste dinero para volverte?
Ahora que lo había encontrado, que el aire de Nueva York se había más tibio le pregunté:
-¿Quieres que te preste dinero para volverte?
Y él lo aceptó. ¿Por qué no iba a aceptarlo? Había vivido en la calle desde niño y había aprendido a recibir lo que el mundo le daba.
Comenzó a contarme los proyectos que tenía para cuando volviera a México. Todos lo condenaban al anonimato y ninguno lo rescataba de la pobreza; los emprendía lleno de alegría no obstante. A mí eso me lo volvía ten misterioso que sentí que me alejaba tanto de él como la distancia que dentro de poco nos separaría. Pero me miró de pronto y volvió a sorprenderme cuánto me veía, porque me dijo las palabras de despedida más bellas que haya escuchado:
Lo que pasa contigo, Rubén, es que tienes fantasmas del pasado. Yo tengo fantasmas del futuro y sé que en el futuro me espera mucho amor.
Y se fue, y yo me quedé aquí en Nueva York, sin besar la huella del dedo gordo de su pie.
| [+/-] |
juan josé ceselli |

MALEFICIO
Ella
Cruzaba las piernas y aludía a todas las tentaciones
Cruzaba las piernas y prometía las más intensas
alucinaciones
Cruzaba las piernas y liberaba los esclavos
Cruzaba las piernas y desataba dulzuras infernales
Cruzaba las piernas y estallaba el asombro
Cruzaba las piernas y me sentía borracho
Cruzaba las piernas y me arrodillaba ante el
Misterio
Cruzaba las piernas y conocía la Revelación
LICANTROPÍA
LA CARA SECRETA
Cuando entre sus hélices y la noche
Queda tendido el insomnio
Su amor se propaga a lo largo de los corredores
Y toma el olor de las flores marchitas
Dentro de sus ojos se diluye el tiempo
Se desploman las paredes de la memoria
Y de las sombras de sus ademanes
Surgen aquellas tristes figuras carcomidas por las
mareas y el olvido
De tanto en tanto vuelve la cabeza
y sus miradas dejan tras sí
Un rastro de mariposas muertas
EL SALTIMBANQUI PRUDENTE
Ya sólo su carne se enrosca y desenrosca como
el sonido de una flauta
Los ácidos del olvido labran su nuevo esqueleto
Arrojando lejos de su órbita aquella maldita
espiral de caminos descarrilados entre templos
y burdeles
Amador curioso
Ha sobrevivido a todos los laberintos de las
victorias
Deslizándose por las galerías de la noche contra la
destreza incomparable de la luna
Encontró su cabeza olvidada
En una oficina de equipajes
Se la devolvieron
Encajaba perfectamente sobre sus hombros de
fiebre amarilla
LA ARAÑA DESNUDA
De las siete teorías sobre lo perfecto
La primera es la más difícil de sobrellevar:
Estrecharse las manos entre desconocidos
Sentir sin fatiga el itinerario de un muñeco que
reparte profecías
El vaivén de las balanzas que se usan para
prometer y no cumplir
Siempre habrá una tolerancia especial para estos
seres tiernamente pecadores
Por la forma elegante de jugar su última estrella
De escamotear los ceniceros
O hacer correr la sangre mientras beben
gentilmente una taza de té
Condenados por sus equivocadas predicciones
Son los que deben esperar los días amables de
fiesta para arrancarse los dedos
| [+/-] |
currículum vitae |

Para empezar debería leer un mamotreto de la Nueva Legislación de Justicia, o algo así. Lo leí. Lo estudié. Me lo aprendí de memoria. Me sacaría nota con distinción. Foto de frente y de perfil. Me costó, pero también lo hice. Y lo más difícil fue mi currículum vitae. Ya que después de haber trabajado de: lavacopas, ayudante de cocina, periodista, relacionador público, de guarda ropas, en la construcción, de almacenero, en una fábrica de plástico, de tener 3 años de psicología, de dirigir un par de revistas literarias, de trabajar en una fábrica de helados, de ser encargado de hotel, de ser corrector de pruebas en una imprenta, y etc y etc. No tenía la fineza y prestancia para el cargo en cuestión. Servir café. Servir café para algunos peces gordos de la Administración Pública. Al final no quedé… por falta de currículum.
Ahora yo me pregunto, si te piden tantas cosas para postular para servir café, entonces… ¿es qué nadie pide nada para establecer una relación de pareja, incluso para llegar a casarse? Eso no puede ser. Antes que nada el currículum. Pedírselo a las tres o cuatro parejas anteriores de la dama (¿todavía se dice dama?), o del varón (todavía se dice varón?). Personalmente podría contar una película de terror de aquella bella y sentimental jovencita que un día toco a mi puerta pidiéndome un libro de Hermann Hess, que comenzó siendo una suave muchacha desamparada y devino finalmente en una bruja de Salem. De aquella otra que la encontré descalza en medio de la avenida y luego me robó el corazón y la billetera. De la que me juró amor eterno y luego se acostó con un colega. De la que le encantaba la poesía y me engañó con un poeta. De la que lloraba de emoción frente al mar y se fue con un marinero.
Otras que llegaron con fama de Femme Fatale y fueron unas diosas. Una que llegó con heridas de guerra y fue bendecida y curada. Ella misma me bendijo y me curó. La que vino arrogante y orgullosa y que luego comprobé que era una princesa suave y tierna.
Yo también tengo mis bemoles, soy lo que se dice en la jerga especializada, un caso patológico. Suelo ser brillante a veces, poeta a veces, bestia a veces, tarado a veces, hipocondríaco a veces, tonto a veces, mal tipo a veces, un ser anodino a veces, un tránsfuga a veces, insoportable a veces, un genio a veces, carismático a veces, atolondrado a veces, y casi siempre -como dijo mi profesora de escuela- un palurdo bueno para nada- todo eso puede entrar en mi currículum. Eso y mucho más. Definitivamente debemos pedir el currículum, yo estoy dispuesto a darlo a quien quiera necesitarlo. A partir de hoy. Toda aquella persona que quiera recabar datos sobre la mujer que en determinado momento compartió su vida con la mía, puede escribirme a mi correo que figura en el blog. O llamarme a mi teléfono que figura en la guía.
Absolutamente confidencial.
Amén.
| [+/-] |
antonio porchia |

El hombre es aire y para ser un punto en el aire necesita caer.
El dolor no nos sigue; camina adelante.
A veces, de noche, enciendo una luz, para no ver.
Veía yo un hombre muerto. Y yo era pequeño, pequeño, pequeño… ¡Dios mío, qué grande es un hombre muerto!
Una cosa bella es dos cosas: bello y cosa. Y las dos cosas nunca se dan juntas.
Soy un habitante, pero ¿de dónde?
Hace mucho que no pido nada al cielo y aún no han bajado mis brazos.
Otra vez quisiera nada. Ni una madre quisiera otra vez.
Yo también tuve un verano y me quemé en su nombre.
Te deben la vida y una caja de fósforos y quieren pagarte la caja de fósforos, porque no quieren deberte una caja de fósforos.
No, no es nada, nada. Es sólo dolor.
Palabras que me dijeron en otros tiempos, las oigo hoy.
Nada más que un infinito de esperas y el fin de un infinito de esperas. Nada más.
Mi nombre, más que llamarme, me recuerda mi nombre.
A veces necesito la luz de un fósforo para alumbrar las estrellas.
Quien ha hecho mil cosas y quien no ha hecho ninguna, sienten iguales deseos: hacer una cosa.
Una flor y un infinito de puñales. Y sólo una flor mata. Está de más un infinito de puñales.
| [+/-] |
eduardo llanos |

Jorge Luis Borges en el Salón de Honor de la Universidad de Chile
Con el atraso de rigor, nuestro hombre llega guiado por elegantes lazarillos.
La concurrencia estalla en aplausos que ensordecen.
un profesor tartamudea solemnemente un discurso
y el homenajeado escucha con enternecedora paciencia.
Después lo conducen al púlpito, y él inicia por fin su Clase Magistral.
Sus ojos ciegos chocan contra el techo
y de su boca salen palabras, alondras enlutadas, friolentas,
que se despluman sobrevolando el abismo de la literatura.
Entonces uno descubre que a pesar de los focos y de los micrófonos
y a pesar también de la imprudencia de los camarógrafos,
él permanece ajeno a todo lo que no sea el infinito al que sus ojos tienden,
tras vencer la dureza del cielorraso.
Y no hallará refugio en las estrellas, pues ahora y aquí la única estrella es él.
Oscuros ratones de biblioteca, nosotros acudimos a su luz,
recluyéndolo en un cepo de conferencias, hoteles y entrevistas.
Desde su soledad invadida por cacatúas internacionales
y monos sabios especialistas en preguntas que se responden solas,
él comprende que es apenas un pretexto para que nosotros nos creamos cultos.
De ahí la coraza de sus respuestas -acaso más ingeniosas que profundas-,
de ahí el desencanto en su voz, su falsa o verdadera modestia
de abuelo triste, triste y demasiado lúcido
como para tomarnos en serio.
Las Muchachas Sencillas
Las muchachas sencillas
dudan que el mundo sea un balneario
para lograr bronceados excitantes
y exhibirse como carne en la parrilla
de una hostería al aire libre.
Las muchachas sencillas
no cultivan el arte de reptar hacia la fama
ni confunden a las personas con peldaños
ni practican ocios ni negocios
ni firman con el trasero contratos millonarios.
Las muchachas sencillas
estudian en liceos con goteras,
trabajan en industrias y oficinas,
rehúyen las rodillas del gerente,
hacen el amor con Luis González
en hoteles, en carpas, en cerros, en lugares sencillos.
Las muchachas sencillas
se convierten en madres, en esposas sencillas,
luchan largos años como sin darse cuenta,
llenándose de canas, de várices y nietos.
Y cuando abandonan este mundo
dejan por todo recuerdo sus miradas
en fotos arrugadas y sencillas.
MALVERSACIONES DE FONDOS Y FORMAS EN HOMENAJE A JACQUES PRÉVERT
Un boxeador impresionista y un crítico federado
un balance de toros y una corrida de bancos
un alza de las musas y un susurro de los precios
una actriz en expansión y una financiera que sobreactúa
una biblia deportiva y una delegación en latín
una misa universo y una miss de réquiem
una muchacha en escoba y una bruja en bikini
una papa con resfrío y una tos con mayonesa
un asado ecuménico y un concilio a las brasas
una aldea de luto y una viuda recién inaugurada
un baile de elección y un gobierno de disfraces
un juzgado teatral y una obra de menor cuantía
un curso para torturadores y un interrogatorio de perfeccionamiento
un abogado que pestañea y un inocente que pierde
un sumario con santos en la corte y un asesino secreto
un libro interruptus y un coitus prologado
una cámara de ideas y un intercambio de gases
un cabo suelto y un subalterno ahorcado
un juez haciendo una huelga de hambre y un reo la vista gorda
un ministro se autofinancia y un estudiante controla la inflación
un fallo de canciones y un festival de penas capitales
diez promesas despedidas y diez mil obreras no cumplidas
unos poemas malversados y unos fondos bien escritos
y un camarógrafo apuntando a once futbolistas
mientras once fusileros enfocan a un poeta.
Rogativa para el arrepentimiento de Armando Rubio
"TRAGICA MUERTE DE JOVEN POETA
CAYÓ DESDE UN SEXTO PISO
FALLECIENDO INSTANTANEAMENTE"
Armando, donde quieras que estés
reflexiona un momento, un minuto siquiera.
y luego ve al diario a desmentir esa noticia.
Estás en tu derecho.
No podrían negártelo.
Diles que es un alcance de nombre,
que tú estás perfectamente vivo, como siempre,
que incluso ya va a aparecer tu primer libro.
Convéncelos de que el error hay que aclararlo,
que tú sigues siendo el mismo:
pálido, delgado, incluso distraído,
pero vivo, vivo como cualquiera de los que aquí quedamos.
Si quieres te acompaño
y te ayudo a persuadirlos.
Vamos, hombre.
Depongamos todas nuestras diferencias.
Juntémonos de nuevo en mi oficina
("La Trinchera Literaria", como tú la llamabas)
Sentémonos sobre el pasto del Pedagógico,
conversemos como entonces donde a ti se te ocurra.
No puedes fallar ahora, Armando,
no puedes irte así, inédito y tan joven.
Nuestra generación será solo un aborto,
una marcha forzada hacia ninguna parte,
una caravana de sonámbulos y mudos.
Medítalo seriamente, Armando,
y luego ve al diario a desmentir esa noticia.










