
Ramón Díaz Eterovic, nace en Punta Arenas en 1956. Entre otros galardones ha obtenido el Premio del Consejo Nacional del Fomento del Libro y la Lectura y el Municipal de Santiago, en 1982, 1994 y1996. Ha sido traducido al croata, inglés, alemán, griego e italiano. En 1987 publicó La ciudad está triste, novela que introduce a Heredia. El 2000 LOM inició la publicación de la serie completa con Los siete hijos de Simenon (Premio Las Dos Orillas del Salón del libro Iberoamericano de Guijón), La ciudad está triste y Ángeles y solitarios. El ojo del Alma, Nadie sabe más que los muertos, Solo en la oscuridad, El hombre que pregunta, Nunca enamores a un forastero, El color de la piel, y A la sombra del dinero.
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El segundo deseo |
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guillermo riedemann |

1
Pusimos las banderas a lavar y el agua
Estaba más sucia que el rojo el amaranto
El hermoso verde amarillo que alguna vez
Flotaron por encima de nuestras melenas
Pasaron los años y nadie recordó
Que habíamos puesto las banderas a lavar
De hecho nadie echó en falta las banderas
Ni los colores del arco iris
El compañero secretario de relaciones
Internacionales fue nombrado ministro
Y el dinero lo repartió entre sus nuevos amigos
Lo que decía ayer no lo recordaba ni su madre
Es más su propia madre comenzó a defenderlo
Ante las cámaras de televisión
Es tan hermoso mi niño debiera darse tiempo
Para fumar un poco de marihuana
No es responsable de los problemas del mundo
Si hubo pobres antes por qué iba a sentirse
Responsable hay que tener en cuenta
Que los jóvenes dicen tantas cosas
La vida comienza a los 40
La vida comienza cuando nos subimos
A un automóvil último modelo
La vida comienza cuando los botones
De la camisa amaranto
Desteñida imaginaria o falsa
No son capaces de ocultar la barriga.
2
La represión de los estudiantes en la calle
La ordenó el ministro del interior de la dictadura
Del mismo modo que la ordena el ministro
Del interior del arco iris made in taiwán
Los dedos de las manos cruzados el semblante
Tranquilo el maquillaje que disimula las ojeras
Todo es idéntico ante las cámaras de televisión
En este país no se persigue a nadie
Mucho menos a los indígenas a los hermanos
Mapuche a las minoría étnicas
Si alguien afirma algo en contrario
Es mi obligación desmentirlo y rechazarlo de plano
Ayer y hoy no son más que dos caras
De la misma moneda
Y como somos nosotros y nuestros colores
Los que habitan la casa en que tanto se sufre
Que nadie venga con campañas de desprestigio
Que nadie se pasee por el mundo con burdas mentiras
En este rincón del planeta vamos bien
Tenemos carreteras tenemos rascacielos tenemos
Trenes subterráneos tenemos un cóctel esta noche
Con la asociación de inversionistas extranjeros
Qué culpa tenemos nosotros
Si los mapuche no quieren comer no podemos
Darles el pan en la boca si los jóvenes quieren
Estudiar que vayan juntando la plata si
A alguno le da por dormir en la cuneta
El ministro del tirano le hace llegar toda
Su solidaridad al ministro de la princesa.
3
Y qué fue de la compañera
Secretaria de organización
El encargado militar arrojó
Las armas a un canal
De aguas servidas y arrancó
A perderse ahora viste túnica
Blanca y tira las cartas del tarot
A rubias separadas o insatisfechas
El secretario político abrió
Un centro de estudios de la pobreza
El miembro del comité central
Terminó de ministro del trabajo
Y suele participar de fiestas
Que ofrece la caspa del diablo.
4
En un gobierno de señoritas
Nadie hace nada dicen que dijo
El sociólogo al tiempo
Que el vocero dijo que le dijeron
Que dijera que todo estaba en orden
Las anchas alamedas más anchas
Pintadas de uniformes azules
Y mejillas rosadas de amor
Y sueños más anchos que el cielo
Azul que abrigó el último día
A ignacio a raúl a cecilia
Tan anchas las alamedas
Que no saben qué hacer
Los que dicen que dijeron
Que iban a abrirlas para el pueblo
Tuvieron que venir los adolescentes
Descreídos en el desparpajo
Azul y en la osadía
De volver a creer que todo
Es posible que siempre que todavía
Que mañana que te beso
Demasiado anchas las alamedas
Para los viejos acomodados
En sus abrigos de italia
Demasiado angostas las alamedas
Para estos jóvenes insomnes
Que decidieron entrar
Sin ser invitados y a pesar
De los guardianes de las puertas
Del futuro.
5
La libido me dijo que no
Que eso sería todo por ahora
O tal vez para siempre
Que había resuelto cerrar
Los ojos para ver
Si alguien que no fuera yo
La daba algún motivo
Para volver a abrirlos
Tantos años casados
La libido y yo
Había llegado el momento
De romper
Separación de hecho
Sin abogados la libido
Hasta aquí no más
Llegamos me dijo.
6
La princesa se levanta de madrugada
Y antes de las 8 am recibe
La visita de su maquilladora
Personal su peluquera
Su vestuarista que la viste
Y la desviste como a toda
Princesa que se precie
Lee los diarios dicen
Pero es un decir los hojea
Probablemente y hace un alto
En las páginas que publican
Fotografías de ella misma
Para revisar en detalle
Su maquillaje su pelo
Su vestido que no consigue
Ocultar esos kilos de más
Que no son sino el sino
De toda princesa que se precie.
7
La princesa ocupa un cargo
De alta investidura
Por el que recibe cinco
Millones cada fin de mes
Y un poco más pongamos
Aquí una cifra redonda
Pero un poco más considerando
Gastos varios propios del cargo
Que no son gastos porque
No los paga de su bolsillo
Digamos seis millones o siete
O más tal vez mucho más
Algo así como
Lo que ganan quince o veinte
O treinta familias del estado llano
Tal vez las mismas familias
Que votaron por ella
El estado o la revolución
El estado soy yo
La monarquía o la igualdad
Yo soy la princesa
Y lo que gane siempre
Será poco considerando
La alta investidura de mi cargo.
Poemas inéditos de su libro Para matar este tiempo II
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victoria rabín |

No hay expiación, no hay cansancio, no hay sabiduría ni ausencia de sabiduría, Archimboldo mi viejo y sus benditas cebollas y sus benditos espantajos de ensaladas, viejo muerto Archimboldo, ¿qué es el humor? Yo he visto a dos viejas en una feria y eran ridículas, la tantonta, siempre las veo desde hace años en la esquina de Austria y Juncal, hace años estoy tratando de reírme pero no logro evitar el horror, un trabuco verde para matarlas, tus cebollas, vos tenías la verdad Archimboldo archi-muerto, tomarías sol a las tres de la tarde con la angustia básica y la copita de cognac, yo no hablo en vano, yo tengo tu espantajo pegado con una chinche en tantas puertas (y escucharías las campanas de un iglesia como yo las escucho ahora), archimuerto Archimboldo tantonto también, la piel arrugada y rancia, olor a chivo, me das asco, me das risa piel verde arrugada como de tortuga vista en telescopio en tu copita de cognac.
¿Y mi amor, dónde está mi amor?, palotes en tiza celeste te dibujo, te destruyo, duermo en camas distintas, sobre diarios, no duermo noches enteras y hablo sola, , equilibrista de cabeza muerta de miedo, labio abombado, labio despegado para la sonrisa final; señores, aquí no ha pasado nada, sólo alguien que habla, habla solo y fuma o no fuma y mea o no mea y mira o no una puesta de sol, una ramita, los abuelos siempre dicen, qué importa, a quién le importa, una buena pipa, una buena borrachera, diez litros buen kerosene cuestan lo mismo que las Lettres de Guerre del buen Jaques Vaché, lo mismo que dos café con leche y medialunas al amanecer después de una noche entera despiertos haciendo o no el amor, hablando o no, o sí, se había hecho de mañana y los dos sabíamos y controlábamos y éramos bastante felices porque se había hecho de mañana, no había inocencia (por suerte), la conciencia es lo único que salva: adoradores de la conciencia brindemos con el viejo Archimboldo, un hombre que habla solo y fuma en una pipa a las tres de la tarde bajo un sol italiano, mi amor, dónde está, aquí, aquí está todo lo que no quiero decir.
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Max Walter Svanberg: La mujer |
Mi mujer no consiste en productos de belleza patentados, ella no es para los estetas ni para los sillones, ella no es abstracta sino de naturaleza poética, inquietante. Ella encarna para mí lo extraño, lo perfecto de mi existencia.
es mi sol de eternidad que besa mi boca ciega,
el faisán de plata adornado para la danza,
la mirada fija del ave bajo las pestañas,
es mi mujer en la visión que despliega su rostro.
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clemente riedemann. |

En los cómodos hipermercados
En los cómodos hipermercados todo reluce
y brilla, acicalado y bien dispuesto
como en un día de fiesta-
Sonidos y luces están sincronizados;
cámaras ocultas vigilan a los rateros
y a las chicas de bustos prominentes.
Sin embargo, un periódico muestra
a un hombre gritando "¡Viva la libertad!"
entre dos policías, prisionero.
Puede que ello ocurra en un país lejano,
pero hoy día todos somos uno -nos dicen.
Y la comodidad, sonrojada, se retira
por su automóvil, a los subterráneos.
(del libro inédito OK.KO.)
No eres la única que usa gafas
No eres la única que usa gafas cuando estás triste.
Vi a otras mujeres en la puerta del mall
que bien podrían haber sido golpeadas recientemente.
No sé cómo hay tipos que tienen estómago
para golpear a sus mujeres de cuando en vez.
Ni sé cómo hay mujeres que pueden resistirlo
y salen de compras con las gafas puestas.
Tú y las demás deberían salir
con sus moretones al desnudo,
a ver qué pasa con la ciudadanía.
Quizás sólo obtengan una que otra sonrisa.
Quizás consigan un par de gafas gratis de Vendóme.
Creo que debieran matar a esos infelices
mientras duermen, después de haber visto
cuatro partidos de fútbol al hilo.
No eres la única y la producción de gafas
continúa en aumento.
Sólo cabe rezar por ti y las otras que van al mall
con sus aires de diva y viéndolo todo oscuro
un miércoles como éste.
(del libro inédito Café Pushkin)
Giacomo
Quien no está contento con su amor,
no ama.
Quien espera reciprocidad absoluta,
no es libre.
Quien no sabe que hacer en ausencia del otro,
es un esclavo.
Quien no está contento con su amor,
es mejor que esté solo.
Quien hace el amor y goza,
pero no está tranquilo,
no entiende nada.
Quien sufre por causa de la incertidumbre,
no sabe vivir.
Quien alcanza el éxtasis una noche
y no aprende a olvidarlo,
sufrirá.
Quien da demás, se excede en vano.
Quien da menos de lo que puede,
no alcanza la plenitud.
Quien da justo lo que el otro espera,
es un cínico.
Quien no espera nada a cambio,
ama de verdad.
El amor se basta a sí mismo.
Quien está contento aún a solas,
nunca estará solo.
Quien acepta la incertidumbre,
sobrevivirá.
(del libro inédito Café Pushkin )
De los caballeros solos
Después de los 40, un caballero cae en cuenta
que ninguna mujer comprenderá la magnitud
de su soledad, de su inmensa tristeza.
Bebe su vino y permanece quieto en una silla,
sin ánimo para atrapar las moscas de la sala
o regar las plantas del jardín.
Ha dejado de estudiar las nubes
que cruzan encima del lago
y solo el aroma de la carne en la parrilla
y las risas de los amigos
-cuarentones como todos los caballeros solos-
logran que arrime su columna vertebral
cerca de las brasas calientes.
Se ríe de todo, mas - de veras - nada le alegra.
Por cierto, puede aullar de dolor auténtico,
a solas, sin histeria y sin golpearse el pecho
con objetos contundentes.
Entierra a su madre un domingo por la tarde
y se queda sentado en un tronco del patio,
donde el viento del otoño le va arrancando la camisa
a jirones, hasta que el paisaje circundante
invade el espacio reservado a su silueta,
sin que sea posible volver a tener noticias
de su paradero.
(del libro inédito Café Pushkin )
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Miguel Angel Asturias: Yo y mi imagen... |
La estabilización de un gesto, de un nudo de gestos, traiciona la vida que es cambiante, instantánea, y por eso para mí, esta mi imagen reducida a retrato, me sacude, como si estuviera en presencia de mi yo espectral, de un yo detenido para la "pose" fotográfica, de un yo sin el oleaje de su mar interior, sin lo conflictivo de su existencia.
No me veo y me veo. Mi imagen durará más que yo. Este pensamiento es mi castigo. Volví la cabeza (retratarse es detener el presente ya en pasado), volví a ver y me convertí en imagen casi estatuaria. Heroísmo. Toma de conciencia. La sal blanca de la luz en el mar negro de la sombra. Somos la imagen de Dios y las multiplicamos en el vientre de las máquinas fotográficas. Ay, de los vientres que concibieron. Todo es transitorio, para ti, pasajero del tren asomado a las ventanas de tus fotografías.
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Julio Cortázar: Gardel |
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| Julio Cortázar mirando los puestos de libros, de fondo El Louvre. |
Ahora unos amigos me han dejado una victrola y unos discos de Gardel. En seguida se comprende que a Gardel hay que escucharlo en la victrola, con toda la distorsión, y la pérdida imaginable; su voz sale de ella como la conoció el pueblo que no podía escucharlo en persona, como salía de zaguanes y de salas en el año veinticuatro o veinticinco. Gardel-Razzano, entonces: La Cordobesa, El sapo y la comadreja, De mi tierra. Y también su voz sola, alta y llena de quiebros, con las guitarras metálicas crepitando en el fondo de las bocinas verde y rosa: Mi noche triste, La copa del olvido, El taita del arrabal. Para escucharlo hasta parece necesario el ritual previo, darle cuerda a la victrola , ajustar la púa. El Gardel de los pickups eléctricos coincide con su gloria, con el cine, con una fama que le exigió renunciamientos y traiciones. Es más, atrás, en los patios a la hora del mate, en las noches de verano, en las radios a galena o con las primeras lamparitas, que él está en su verdad, cantando los tangos que lo resumen y lo fijan en las memorias. Los jóvenes prefieren al Gardel de El día que me quieras, la hermosa voz sostenida por una orquesta que lo incita a engolarse y a volverse lírico. Los que crecimos en la amistad de los primeros discos sabemos cuánto se perdió de Flor de fango a Mis Buenos Aires querido, de Mi noche triste a Sus ojos se cerraron. Un vuelco de nuestra historia moral se refleja en ese cambio como en tantos otros cambios. El Gardel de los años veinte contiene y expresa al porteño encerrado en su pequeño mundo satisfactorio: la pena, la traición, la miseria, no son todavía las armas con que atacarán, a partir de la otra década, el porteño y el provinciano resentidos y frustrados. Una última y precaria pureza preserva aún del derretimiento de los boleros y el radioteatro. Gardel no causa, viviendo, la historia que ya se hizo palpable con su muerte. Crea cariño y admiración, como Legui o Justo Suárez; da y recibe amistad, sin ninguna de las turbias razones eróticas que sostienen el renombre de los cantores tropicales que nos visitan, o la mera delectación en el mal gusto y la canallería resentida que explican el triunfo de un tal Alberto Castillo. Cuando Gardel canta un tango, su estilo expresa el del pueblo que lo amó. La pena o la cólera ante el abandono de la mujer son pena y cólera concretas, apuntando a Juana o a Pepa, y no ese pretexto agresivo total que es fácil descubrir en la voz del cantante histérico de este tiempo, tan bien afinado con la histeria de sus oyentes. La diferencia de tono moral que va de cantar "¡Lejano Buenos Aires, que linda que has de estar!" como lo cantaba Gardel, al ululante "¡Adiós, pampa mía!" de Castillo, da la tónica de ese viraje a que aludo. No sólo las artes mayores reflejan el proceso de una sociedad.
Escucho una vez más Mano a mano, que prefiero a cualquier otro tango y a todas las grabaciones de Gardel. La letra, implacable en su balance de la vida de una mujer que es una mujer de la vida, contiene en pocas estrofas "la suma de los actos" y el vaticinio infalible de la decadencia final. Inclinado sobre ese destino, que por un momento convivió, el cantor no expresa cólera ni despecho. Rechiflao en su tristeza, la evoca y ve que ha sido en su pobre vida paria sólo una buena mujer. Hasta el final, a pesar de las apariencias, defenderá la honradez, esencial de su antigua amiga. Y le deseará lo mejor, insistiendo en la calificación:
que te abrás en las paradas con cafishos milongueros,
y que digan los muchachos: "Es una buena mujer".
Tal vez prefiero este tango porque da la justa medida de lo que representa Carlos Gardel. Si sus canciones tocaron todos los registros de la sentimentalidad popular, desde el encono irremisible hasta la alegría del canto por el canto, desde la celebración de glorias turfísticas hasta la glosa del suceso policial, el justo medio en que se inscribe para siempre su arte es el de este tango casi contemplativo, de una serenidad que se diría hemos perdido sin rescate. Si este equilibrio era precario, y exigía el desbordamiento de baja sensualidad y triste humor que rezuma hoy de los altoparlantes y los discos populares, no es menos cierto que cabe a Gardel haber marcado su momento más hermoso, para muchos de nosotros definitivo e irrecuperable. En su voz de compadre porteño se refleja, espejo sonoro, una Argentina que ya no es fácil evocar.
Quiero irme de esta página con dos anécdotas que creo bellas y justas. . La primera es a la intención -y ojalá al escarmiento- de los musicólogos almidonados. En un restaurante de la rue Montmartre, entre porción y porción de almejas a la marinera, caí en hablarle a Jane Bathori de mi cariño por Gardel. Supe entonces que el azar los había acercado una vez en un viaje aéreo. "¿Y qué le pareció Gardel?", pregunté. La voz de Bathori -esa voz por la que en su día pasaron las quintaesencias de Debussy, Fauré y Ravel- me contestó emocionada: "Il était charmant, tout á fait charmant. C`était un plaisir de causer avec lui". Y después, sinceramente: "Et quelle voix".
La otra anécdota se la debo a Alberto Girri, y me parece resumen perfecto de la admiración de nuestro pueblo por su cantor. En un cine del barrio sur, donde exhiben Cuesta abajo, un porteño de pañuelo al cuello espera el momento de entrar. Un conocido lo interpela desde la calle: "¿Entrás al biógrafo? ¿Qué dan?" Y el otro, tranquilo: "Dan una del mudo…"
París, mayo de 1953.
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ramón díaz eterovic |

-Busco a Lorenza Domic- dijo al hombre que acababa de inscribir su nombre en el registro del hotel.
-¿La mujer de Roko Bonacic?- preguntó el encargado, buscando en la mirada de Senkovic una confirmación a su interrogante.
-Sí, Lorenza Domic- contestó el croata arrastrando las palabras. Su rostro se mantuvo imperturbable y sólo ensayó una sonrisa cuando el encargado, luego de explicarle que ella ya no vivía en el hotel, le alcanzó un papel con una dirección.
He esperado un largo año para llegar y aún puedo hacerlo algunas horas más, se dijo Senkovic, observando a los hombres que bebían en el bar del hotel. Decidió imitarlos y entró al salón buscando un rincón apartado de la barra. Pidió una copa de vino y un cigarro. Mientras le servían, sacó de su chaqueta una billetera de cuero y hurgó en ella hasta dar con una foto descolorida. Se quedó viendo el rostro de una mujer rubia, joven y tal vez bonita. El mozo llegó a su lado con el pedido, pero no se atrevió a interrumpirlo. Senkovic estaba absorto en la foto y sus labios se movían murmurando palabras sordas. Luego de un rato, guardó la foto y extendió sobre el mesón una carta arrugada. La leyó un par de veces y enseguida, dándose cuenta de la copa que le habían servido, la cogió y bebió el vino de un solo y profundo trago. Después encendió el cigarrillo y fumó pausadamente contemplando su rostro demacrado en el espejo del mesón.
Esa primera vez la historia del abuelo llegó hasta ahí. Los ojos se me cerraron y mi cabeza se recostó sobre las piernas de mi padre. La segunda vez que oí hablar de Senkovic fue la noche que velaron a la abuela. En mi memoria retenía su nombre y me producía curiosidad recordar que en todas las ocasiones que intentaba hacer repetir su historia al abuelo, su rostro se ensombrecía y un mutismo intransigente se apoderaba de sus palabras. Esa noche sin embargo, mi inquietud tuvo respuesta. El abuelo cerró sus ojos agotados y se puso a hablar con la calma de quien recorre un cuaderno viejo.
Senkovic esperó que las primeras sombras se dejaran caer sobre la ciudad antes de abandonar el hotel. Sólo algunas calles tenían iluminación y eso, unido al lodo que se pegaba en las botas, dificultaba su andar. Se detuvo frente a la puerta de una casa pequeña. Verificó la dirección anotada en el papel que le diera el encargado del hotel y golpeó con fuerza. Dentro de la casa se escuchó un murmullo de pasos, alguien descorrió el visillo de la única ventana que daba a la calle y al poco rato se entreabrió la puerta.
-Déjame entrar, Lorenza. Soy Boiko- dijo, contemplando a la mujer rubia de la foto. La puerta se abrió por completo y él entró a la casa, recorriendo con la mirada cada uno de sus rincones. La mujer lo vio caminar, observar algunos retratos, y cuando lo volvió a tener enfrente lo invitó a sentarse. Se quedaron en silencio, aquilatando la sorpresa y el temor.
-Recibí tu carta, mujer.
-No debiste venir, Boiko. Ya no te pertenezco.
-Eso decía tu carta, pero no lo creí. Teníamos un pacto. Tú te venías con tu padre y yo después, cuando pudiera.
-Cambiaron las cosas, Boiko.
-No para mí- dijo Senkovic y luego, como si el suyo hubiera sido un regreso habitual, agregó-. Dame de comer, mujer. Tengo hambre.
Lorenza se dirigió a la estufa y destapó una cacerola. Sirvió comida en un plato y lo dejó frente a Senkovic. Lo observó comer evitando su mirada, y cuando éste terminó de limpiar el plato con un trozo de pan, volvió a hablar.
-Roko no tarda en llegar. Debes irte.
-No viajé tantos días sólo por un plato de puchero.
-Mi padre enfermó apenas llegamos. Quedé huérfana en una ciudad desconocida.
-Aguardaré.
Algo en el murmullo de voces que llegaba desde el interior alertó a Roko Bonacic cuando llegó a la puerta de su casa. Dejó en el suelo el saco de carne que traía después de una jornada de trabajo en el matadero e introdujo la llave en la cerradura. Los hombres no se conocían, pero les bastó una mirada para entender lo que acontecía. Lorenza intentó acercarse a Bonacic, pero éste, con un gesto le ordenó retirarse a un rincón, se despojó de su abrigo y desde un costado del cinturón extrajo un cuchillo. Se arremangó y esperó a pie firme los movimientos de Senkovic.
Era el instante que Boiko Senkovic había imaginado cada noche del viaje, y al sacar de su chaqueta una navaja, le pareció repetir un acto largamente ensayado. Blandió el arma y avanzó hacia su rival. La lucha fue breve. Los filos rasgaron el aire. Senkovic sintió un fuego que abría su hombro izquierdo y la seguridad de su navaja cortando el vientre de Bonacic.
Eso sucedió en 1913. El cuerpo de Bonacic fue abandonado en un basural vecino a la casa. Al día siguiente unos peones encontraron el cadáver y la muerte se atribuyó a un asalto. En uno de los diarios de la ciudad alguien escribió una carta protestando por la inseguridad de los ciudadanos y la viuda guardó un año de luto antes de casarse con Senkovic. Vivieron juntos hasta 1958, año en que mi abuela Lorenza falleció.
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felisberto hernández |

La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.
Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.
La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".
Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:
-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.
Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:
-No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.
Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:
-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.
Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.
-¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!
De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté:
-¿Cómo se llama?
-¿Quién?
-El señor... recalcitrante.
-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.
Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!"
Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:
-No estoy de acuerdo con ustedes.
-¿Por qué?
-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.
-¿Cómo?
-Se repite a largos pasos.
Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:
-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.
Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:
-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.
La sobrina de las viudas no se pudo contener.
-¡Jesús, pareces Blancanieves!
Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:
-Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?
-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.
-Y usted, ¿no lo podría hacer?
-Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.
Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.
Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.
Volví a pensar en la gallina y le contesté:
-¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!
Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:
-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?
Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?
-Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.
Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.
Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.
Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:
-Tengo que hacerle un encargo.
Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.
| [+/-] |
Stella Díaz Varín |

La palabra
Una sola será mi lucha
Y mi triunfo;
Encontrar la palabra escondida
aquella vez de nuestro pacto secreto
a pocos días de terminar la infancia.
Debes recordar
donde la guardaste.
Debiste pronunciarla siquiera una vez…
Ya la habría encontrado
Pero tienes razón ese era el pacto.
Mira como está mi casa desarmada.
Hoja por hoja mi casa, de pies a cabeza.
Y mi huerto, forado permanente
Y mis libros como mi huerto,
Hojeado hasta el deshilache
Sin dar con la palabra.
Se termina la búsqueda y el tiempo.
Vencida y condenada.
Por no hallar la palabra que escondiste.
Albedrío
Yo soy la vigilia,
Ustedes
Son los hombres castigados,
Los labradores
De gestos oblicuos
Que al engendrar falsos surcos
La semilla huyó despavorida.
Ahora respóndanme
Con una mano enguantada
A flor de corazón.
Cuál es la fecha exacta
Entre Aldebarán y Andrómeda.
El día en que los cuervos
Cosechen lo suyo
Entre la más grande estampida
De todos los tiempos. Amén
Breve historia de mi vida
Comando soldados.
Y les he dicho acerca del peligro
de esconder las armas
bajo las orejas.
Ellos no están de acuerdo.
Y como están todo el tiempo discutiendo
siempre traen perdida la batalla.
Uno ya no puede valerse de nadie.
Yo no puedo estar en todo;
para eso pago cada gota de sangre
que se derrama en el infierno.
En el invierno, debo dedicarme
a oxidar uno que otro sepulcro.
Y en primavera construyo diques
destinados a los naufragios.
Así es el fin…
Las cuatro estaciones del año
no me contemplan, sino trabajando.
Enhebro agujas
para que las viudas jóvenes
cierren los ojos de sus maridos,
y desperdicio minutos, atisbando
a la entrada de una flor de espliego
a una simple abeja,
para separarla en dos,
y verla desplazarse:
La cabeza hacia el sur
y el abdomen hacia la cordillera.
Así es
como el día de Pascua de Resurrección
me encuentra fatigada,
y sin la sonrisa habitual
que nos hace tan humanos
al decir de la gente.
Dos de noviembre
No quiero
Que mis muertos descansen en paz
Tienen la obligación
De estar presentes
Vivientes en cada flor que me robo
A escondidas
Al filo de la medianoche
Cuando los vivos al borde del insomnio
Juegan a los dados
Y enhebran su amargura.
Los conmino a estar presentes
En cada pensamiento que desvelo
No quiero que los míos
Se me olviden bajo tierra
Los que allí los acostaron
No resolvieron la eternidad
No quiero
Que mis muertos me los hundan
Me los ignoren
Me los hagan olvidar
Aquí o allá
En cualquier hemisferio
Los obligo a mis muertos
En su día
Los descubro, los trasplanto
Los desnudo
Los llevo a la superficie
A flor de tierra
Donde está esperándolos
El nido de la acústica.
| [+/-] |
jacques prevert |

En realidad, se le cambiaba de jaula durante el sueño. Algunas veces, unos hombres venían y le echaban polvo en los ojos, otros le daban bastonazos en la cabeza, y él pensaba: "Son malvados y bestias, pero podrían serlo más todavía; ellos han matado a mi padre, han matado a mi madre, han matado a mis hermanos, un día seguramente me matarán, ¿qué es lo que esperan?"
Y él esperaba también.
Y no pasaba nada.
Un buen día: novedades… Los mozos de la casa de fieras colocan bancos frente a la jaula, visitantes entran y se instalan.
Curioso, el león los observa.
Los visitantes están sentados… parecen esperar algo… un contralor viene para ver si todos tienen sus entradas… hay una disputa, un señor diminuto se ha colocado en la primera fila, no tiene entrada… entonces el contralor le expulsa a puntapiés… todos los demás aplauden.
El león encuentra que esto es muy divertido, y cree que los hombres se han tornado más gentiles, y que vienen, de pasada, simplemente para contemplarlo.
"Hace diez minutos que están aquí -piensa- y ninguno me ha maltratado, es excepcional, me hacen una visita con toda simplicidad, quisiera hacer algo por ellos…"
Pero la puerta de la jaula se abre bruscamente y un hombre aparece aullando:
-¡Vamos, Sultán, salta!
Y el león se llena de una legítima inquietud, puesto que jamás había visto a un domador.
El domador tiene una silla en la mano, golpea con la silla los barrotes de la jaula, la cabeza del león, todo el mismo tiempo, una pata de la silla se rompe, el hombre suelta la silla y, sacando de su bolsillo un gran revólver, se pone a disparar al aire.
-¡Cómo! -se dice el león-, ¿de qué se trata?
Apenas recibo visitas, aparece un loco, un energúmeno que entra sin golpear, que quiebra los muebles y que le dispara a mis invitados, ¡qué incorrección más grande!
Y saltando sobre el domador, empieza a devorarle, más bien por deseos de poner un poco de orden que por simple glotonería…
Algunos de los espectadores se desmayan, la mayoría se escapa, los restantes se precipitan sobre la jaula y sacan al domador por los pies, no se sabe claramente porqué, pero la confusión es la confusión, ¿no es cierto?
El león no comprende nada, sus invitados le dan paraguazos, es un alboroto horrible.
Sólo, un inglés permanece sentado en su rincón, y repite: "Yo lo había previsto, esto tenía que suceder, hace diez años que lo vengo diciendo…"
Entonces, todos los demás se vuelven contra él, y le gritan:
-¿Qué es lo que dice?... Esto que sucede ha sido por su culpa, cochino extranjero, ¿por lo menos ha pagado su entrada?
Y he aquí que el inglés recibe también sus paraguazos.
-¡También para él ha sido un mal día! -piensa el león.
| [+/-] |
osvaldo soriano |

Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo.
El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a Escudo Chileno, otro club de miseria.
A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.
Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles, quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los nuestros.
Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros, que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban si eran tan malos.
Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella guardaban en la heladera. Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a Atlético San Martín por 2 a 1.
En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1 a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.
El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los árboles. Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran quietos.
El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal porque no había infracción.
Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.
Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían reunido do en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.
Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un escarbadientes en la boca y dijo:
-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la mesa.
-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio salir pensativo, caminando despacio.
El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía un perro con el rabo cortado.
-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.
-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.
-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de Belgrano.
-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y silbó al perro para volver a su casa.
El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como una sandía abierta. Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.
-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.
A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la vista.
El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que atajara el penal, en el baile.
-¿Y yo cómo sé? -dijo él.
-¿Cómo sabés qué?
-Si me tengo que tirar para ese lado.
La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado las bicicletas.
-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.
¿Y si no lo atajo? -preguntó él.
Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al pueblo.
El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente, pero la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una posta entre el estadio y la ruta.
El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de Estrella Polar.
A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.
Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.
En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la respiración.
Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después- que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.
A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar la pelota al córner porque había quedado picando en el área.
El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el alambrado, pero el árbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba: "¡no vale, no vale!".
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino y empezaron a festejar, aunque el "no vale" llegara balbuceado por los mensajeros como una mueca atónita.
Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue "qué pasó" y cuando se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez bajo el arco.
Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha rodeados por la policía.
El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener. Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija de la calesita.
Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino de la hermana del Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él. Evité mirarlo a los ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un perro apaleado.
-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se va a acordar de mí.
| [+/-] |
Malcolm de Chazal: Aforismos |
La bailarina danza por secciones sucesivas de su cuerpo en arpegio. En todo el campo natural, sólo el agua en movimiento danza con todo su cuerpo a la vez.
Las flores tienen miradas de niño y boca de viejo - inocencia y sabiduría reunidas., los polos de la vida se tocan, círculo cerrado de lo divino.
La nariz es quizás la parte del rostro que más advertimos en los demás, y es, al mismo tiempo, la parte de nuestro rostro que menos sentimos sobre nuestra cara. Mientras que estamos totalmente conscientes de nuestra boca, sentimos nuestra nariz como fuera de nosotros mismos: una condición que nos torna mucho más conscientes del vecino que de la nuestra propia.
El idiota bala con la mirada.
El sapo que huye por efectos del miedo, nada corriendo, como un pez salido del agua corre nadando.
La boca es la estación de partida de la risa, y el ojo, la del término. Mucho tiempo después que la boca se ha callado, el ojo ríe todavía.
La luz jamás es sucia, salvo en la mirada del hombre.
El oído es un espectador que aplaude con los ojos.
La bondad civiliza. ¡Cuántas santas comenzaron como campesinas y terminaron como grandes señoras!...
El adulterio es para el hombre un excitante, y para la mujer un calmante.
La pasión sin testigos tiene una vida corta. Romeo y Julieta, en una isla desierta, hubieran terminado pronto como un matrimonio burgués.
La plegaria verdadera nos hace arrodillarnos tanto de codos como de rodillas. En el éxtasis, la boca se prosterna en el rostro, como una rodilla rezando.
El sol es el comunismo integral, salvo en las ciudades, donde el sol es propiedad privada.
Los snobs tosen por la nariz.
El perro es, de todos los seres vivientes, el que menos tiene el instinto nómada. Por este título, es el primero en fecha de los civilizados. Y como prueba: los perros domésticos se apartan instintivamente de los perros vagabundos, como nosotros, los hombres, evitamos a todos los que no tienen un techo fijo.
La flor no conoce los "días de la semana". Ella está siempre vestida de domingo.
La boca es el anagrama de los ojos. Y los ojos, el anagrama de la boca.
El color gris es el cenicero del sol.
El animal subraya con la cola sus gritos. Sacadle a los animales su cola y vociferarán con más vehemencia, igual a un charlatán al que se le han amarrado las manos, y que se ahoga cuando habla.
¿Qué se ría de un rey sin su séquito?... Caídos sus pétalos, el corazón de la flor ya no resplandece.
Son los profetas de la desgracia los que menos se equivocan, pues la desgracia casi siempre nos llega de frente, mientras que la felicidad nos llega de espaldas.
El silencio es un abogado que defiende su causa con los ojos.
El beso termina en punta de aguja, y la voluptuosidad en abanico. El beso es flecha, y la voluptuosidad es surtidos.
La mujer nos torno poetas; el niño nos torna filósofos.
La abeja está demasiado ocupada en recoger el jugo de las flores para detenerse en contemplar los campos paradisíacos en los que penetra a cada instante. ¡El hombre está demasiado ocupado en "ganar su vida" para vivirla!
Si el sol fuera modesto no se ría sol. No se puede ser grande y disminuido al mismo tiempo.
Sólo a los veinte años las lágrimas son un afrodisíaco.
El diablo es el lado más estable de las creencias. El debilitamiento de la creencia en el diablo preludia la decadencia de las religiones.
El hombre está dispuesto a creerlo todo, con tal que se lo digan misteriosamente. Quien quiere ser creído, debe hablar en voz baja.
El defecto de todo gran artista es el de querer, a la larga, hacer una ciencia de su arte, de reiterar el gesto de Adán, quien no contento con disfrutar del Paraíso, quiso aún conocer el mecanismo y encontrar la fórmula.
La distinción consiste ante todo en la sobriedad de los gestos. Es porque no hace un gesto de más, que nosotros decimos que el animal es más distinguido que nosotros.
Toda mueca parte, pero no retorna a su punto de partida, salvo las muecas de la gente que llora.
Nosotros podemos ver dos objetos al mismo tiempo, pero nunca dos rostros a la vez, puesto que el rostro humano es un todo, y todo objeto, cualquiera que éste sea no es más que una partícula de un conjunto mucho más grande. Sólo el rostro humano concentra toda nuestra mirada.
El animal solamente tiene la moral de la nariz, la conciencia del olfato. El animal que acaba de sentir un olor que le disgusta, y que sea contrario a su psicología, torcerá la cabeza y se alejará con un aspecto contrito, como el pecador que huye del lugar de su caída, con la cabeza baja y el alma atiborrada de remordimientos.
La Zarza Ardiente fue el símbolo-preludio de la Crucifixión. Si Cristo no hubiera estado "sobre otro plano" en el momento de la crucifixión, su propio cuerpo hubiera incendiado la cruz.
Aullar es para lo perros una manera de charlatanear. Para hablar "seriamente", los perros gruñen.
Los animales se alaban moviendo, y se enorgullecen levantando el cuello. Los vanidosos en la raza humana, por falta de cola, se alaban con las caderas.
Tenemos siempre cien años para los que nos detestan, y veinte, para los que nos aman. A los que se ama, se les rejuvenece siempre.
Un sacerdote es a menudo un inmenso poeta que no ha encontrado una lira a su medida. ¡Cuántos poetas, por otra parte, son auténticos sacerdotes ignorados!...
Estamos todavía en el estado burgués de la poesía, en la que la música de las palabras, metida entre las dos riendas del diccionario y de la gramática, debe obedecer a estas dos o sufrir el látigo de la ignominia. La poesía no puede ser viva y liberada, mientras los poetas no se atrevan a cambiar el sexo de las palabras, a voluntad, con el fin de crear disonancias y asonancias para encontrar las necesidades de la musicalidad del verbo y las modulaciones del pensamiento. La poesía no será angélica sino el día en que las palabras sean plásticas.
La muerte es más fácil de definir que la vida, así como el signo menos es mucho más preciso que el signo más.
Los artistas son únicamente los estudiantes de la luz, de la cual la flor es la única diplomada. El artista no tiene sino el arte de los colores. La flor tiene también la ciencia de los colores. Por ciencia hay que entender el sentido perfecto, que significa conocimiento intuitivo y absoluto, y que aparte la nota falsa y el paso en falso. Pintores, tenéis en la flor el mejor maestro de dibujo, el mejor colorista y el mejor formalista. Pero como la flor no enseña sus secretos sino únicamente por la mirada, no basta mirar la flor para aprender de ella, sino, sobre todo, hacerse mirar por ella. El hombre que nunca haya sentido el ojo de la flor posarse sobre él, no es un artista, por muy grande que sea su prestigio y por muy incomparables sus telas.
Un hermoso cuerpo de mujer es la mejor lámpara de cabecera. Dormir juntos torna menos opaca la noche.
La muerte es una electrocutación por una descarga vital, pero la descarga proviene del más allá. Esto, porque el "voltaje" de nuestro mundo es demasiado bajo para matar. Poned a la humanidad de un extremo a otro, como una batería en serie, y no conseguiréis la millonésima parte de la fuerza electro-psíquica del más "diminuto" de todos los ángeles del Paraíso.
Los colores rosados son los dientes de leche del sol.
Si las iglesias estuvieran construidas en forma de ataúdes, los fieles huirían de ellas como de la peste. Del mismo modo que se toma un narcótico para tratar de olvidar la vida, ¡cuántos no van a la iglesia para tratar de olvidar la muerte!...
La idea de Dios varía de edad en edad con la subida y el descenso de las religiones; la idea del Diablo es el más estable de nuestros instintos; ya que la adoración es pasajera y el miedo, permanente.
Dios está en todas partes en la naturaleza, pero aparece en todas partes de incógnito. Lo que nos impide ver a Dios, es que nuestro espíritu es complicado, mientras que Dios es simple.
El olor es el más permanente de todos nuestros gustos. Cuando no se ama un olor, es para siempre.
La voluptuosidad es un placer redondo. Si la Serpiente hubiera partido en dos la Manzana, la Voluptuosidad nunca hubiera existido.
El diamante es la gallina de los huevos de oro de la luz.
Un hombre obeso que gesticule parece más gordo todavía. La simplicidad de los gestos adelgaza.
La voz humana es el mediodía de los sonidos.
El humo es una indigestión del fuego.
El miedo descompone el aliento, como una ensalada rusa que caminara de espaldas para volver a sus elementos.
El nimbo lunar es el anillo nupcial del Día y de la Noche.
La boca es más periódica que el ojo. La mujer tiene el ojo para "su mes" y tiene su boca para "el día".
El sol tiene la mirada inmutable. Dios en toda su eternidad, no ha pestañado ni una sola vez.
Nunca se es totalmente loco de los dos ojos a la vez, o totalmente sabio de los dos al mismo tiempo. Siempre un ojo hace un poco el clown, mientras que el otro permanece serio. El ojo es una balanza hormigueante de contrapesos.
El egoísmo pone los sentimientos en fila india.
El otoño es el palimpsesto de todas las estaciones.
Siempre hacemos esperar a Dios por unos clientes más apremiantes. La misa es la entrevista con Dios fijada de antemano.
La voluptuosidad es la más poderosa sensación que tenemos de la velocidad.
El Diablo es la cuarta dimensión de las iglesias.
| [+/-] |
silvina ocampo |

LA CARA
Me sigue, sombra
latido del corazón,
sin hacerse ver por mí pero mostrándose a los demás
como una máscara
que jamás me quita.
Ventana donde están los ojos.
Deseaba a veces que no fuera mía
o por lo menos, no siempre aparentemente mía
asimismo, siendo menos mía que otras más amadas,
que corresponden exactamente a mis sentimientos,
tuve que sobrellevarla como si fuera realmente mía.
Ah, qué lejana en aquel tiempo, en cualquier tiempo está
lejana como un campo añorado.
Ah, cuánta sonrisa simulada
cuánto odio y amor
cuánto celo y terror, piedad y curiosidad
sin contar el asombro
marcan todas las facciones
con tatuajes que nada ni nadie puede borrar
del sitio donde están grabadas.
Queda y aún me sigue como las manos que puedo ver.
Luego en días más largos que el resto de la vida
modifica notablemente su propia y extraña invisibilidad.
La conocí diminuta
adentro de una luciente cuchara de plata
abría y cerraba la boca
cuando yo no sabía aún quién era.
Como a un simio curioso la contemplé.
Di vuelta la cuchara: la vi al revés.
¿Por qué al revés?
Para mirarla me sacrifiqué: dejé de comer el dulce que la empañaba.
Después la busqué ansiosa
como un perro busca un hueso
en cuchillos, vidrios, agua, ojos, fondos de aljibe,
en un botellón monstruoso.
Finalmente con más claridad y proporciones normales
en un verdadero espejito la arrinconé
o más bien ella me arrinconó con su mirada aviesa.
En otros espejos más importantes volví a encontrarla,
en el cuarto de vestir de mi madre, por ejemplo;
junto a un vestido de baile delirante,
cinturones de terciopelo,
largos guantes de cabritilla,
flores de plumas,
subiendo o bajando por los ascensores, en los trenes,
en las tiendas, en las confiterías, perturbada, desdichada, feliz,
a veces más a veces menos que yo.
Nadie sabe cuánto me esforcé por imaginarla preciosa
como una actriz de cine en boga
o una heroína de una novela leída por una institutriz
antes de llegar al espejo donde cambiaba mis subterfugios
pasando de la belleza perdida
a la inteligencia subrepticiamente hallada,
de la imagen fría de mármol que inspira amor
a la imagen sensible que da amor,
de la reina coronada de papel plateado
a la esclava rebelde con tintineos de pulseras de cortina.
La corregí, en vano, minuciosamente
juntándole las cejas
agregándole lágrimas
adornándola con levísima sonrisa
tirándole la lengua para volverla graciosa
mordiéndole los labios para volverla cruel
alejándola inclinada para volverla misteriosa.
Entonces, sólo entonces
creía encontrar la más conveniente
hasta que un "¿Qué hacés?" fatídico
me arrancaba de la representación;
porque era un pecado
para la dueña infantil de una cara
mirarse demasiado en un espejo.
Tal vez Narciso temblaba en aquellos ojos azules
y profería secretos eróticos
que la comunicaban inocentemente
cuando la luna se empañaba
con el diablo,
o tal vez ya iba urdiendo
las líneas que después, mucho después,
desearía ardientemente borrar.
Anhelo penetrar en el mundo del esteroscopio
donde su madre paseaba en misteriosos jardines
pero no se lo permitieron las frías instantáneas de papel
a las cuales se sometió urgida por el tiempo.
En la primera fotografía toda rosada
aprendió con mucha facilidad
la preocupación que puede expresar la boca mirando una mano
en el acto de lanzar una pelota
sin desanudar el moño del peinado.
En la segunda aprendió
con una muñeca de frondosa cabellera
la postura que requiere el amor maternal
para iluminar un retrato impuesto por la familia.
En la tercera
el ademán absorto que inspira la soledad
del mundo de las personas mayores
la crueldad secreta de los niños
en un patio de un hotel a la hora de la siesta.
En la cuarta
la falaz inocencia
del tul de la primera comunión,
el peinado recogido
el éxtasis del rosario de perlitas junto a la boca
herida por lo guantes de hilo blanco.
En la quinta
el rubor que revela hasta en blanco y negro
los ojos escondidos
debajo del ala del sombrero
y el pelo, el único esplendor visible, escamoteado
adentro de la copa alta de fieltro.
En la sexta
el incómodo atuendo de los quince años,
la organiza del vestido tieso, sin gracia
debido a la moda subsiguiente,
el monedero,
los zapatos de charol morderé
el polvo que vuelve opacas las mejillas
y los ojos fuera de foco.
En la séptima entre las piedras
vista a través del agua de una cascada su originalidad.
En la octava el mar
y la irisiada luz del sol ¿dónde está? No se ve. Por eso está tan bien.
En la novena, dos leones en Roma
escupen agua en una fuente acompañando sus primeras arrugas.
No. Miento. No son sus primeras arrugas.
¿En qué momento nacen? Nunca se sabe.
En la décima ¿dónde está? Ya tomó la costumbre de esconderse.
Entre las caras del barco, vestidas de odalisca,
De cocinero o de gitana, se pierde al pasar la línea.
Sus orejas escuchan la música de un piano desafinado.
En la onceava, en Zurcí, hojas de un bosque la esconden.
Cruzando tanta belleza ¿cómo no se embellece?
¿No existe acaso el mimetismo?
Y en otra, ya perdí la cuenta,
la llanura apenas la muestra.
Y en otra, la sierra.
Y en otra ¡Cuánta indecisión!
la policía marca su culpabilidad ¿víctima o asesina?
Y en otra, superpuesta; se recuesta contra ella misma.
con un título que podría ser "hermafrodita"
o "retrato de un espíritu bizco".
Y en otra, "cebú amaestrado".
Y en otra. No, no quiero otra. Basta.
Demasiadas fotografías son culpables.
Buscándole un parecido
en los perfiles egipcios
como de animales
que han quedado grabadas
en algunas monedas antiguas
pudo morigerar su antagonismo.
¡Cuchara, vidrio, cuchillo, aljibe, espejo!
No quiero más fotografías de esa cara
que no es la misma cara que estaba adentro de una cuchara
ni en el vidrio, ni en el cuchillo, ni en el aljibe,
ni siquiera en el espejo.
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Una entrevista a Hemingway: Un detector de mierda incorporado |
![]() |
| El actor y dramaturgo Noel Coward, Ernest Hemingway y el actor Alec Guinness, La Habana, 1959. |
UN DETECTOR DE MIERDA INCORPORADO
-Me resulta muy placenteras. Cuando trabajo en un libro o en un relato escribo cada mañana, en cuanto haya luz. A esa hora nadie molesta y está fre3sco o frío, y uno se pone a trabajar y se caldea a medida que escribe. Uno lee lo que ha escrito, y como siempre se interrumpe cuando sabe qué es lo que va a ocurrir a continuación. Uno sigue a partir de ese punto. Uno escribe hasta llegar a un lugar en el que todavía le queda resto y sabe lo que ocurrirá a continuación, y allí uno se interrumpe y trata de vivir hasta el día siguiente para volver a seguir con eso. Uno ha empezado, digamos, a la seis de la mañana. Y puede seguir hasta el mediodía o dejar antes. Cuando uno se detiene está vacío, y al mismo tiempo no vacío sino llenándose como cuando ha hecho el amor con alguien a quien ama. Nada puede dañarlo, nada puede ocurrir, nada significa nada hasta el día siguiente, cuando uno vuelve al trabajo. Lo difícil es la espera hasta el día siguiente.
-¿Puede quitarse de la cabeza el proyecto al que está entregado cuando está lejos de la máquina de escribir?
-Por supuesto. Pero para eso hace falta disciplina y esa disciplina se adquiere.
-¿Hace alguna revisión o alguna reescritura cuando lee hasta el lugar en el que se interrumpió el día anterior? ¿O las revisiones vienen más tarde, cuando todo el trabajo está terminado?
-Todos los días reescribo hasta el punto en que dejé el día anterior. Cundo todo está terminado, naturalmente lo reviso. Así se tiene otra oportunidad de corregir y reescribir cuando otra persona lo mecanografía, y uno ve el material más prolijo. La última oportunidad son las pruebas. Uno agradece todas esas chances.
-¿Reescribe mucho?
-Depende. Reescribí el final de Adiós a las armas, la última página, treinta y nueve veces antes de quedar satisfecho.
-¿Había allí algún problema técnico? ¿Qué era ,o que lo obstaculizaba?
-Buscaba las palabras adecuadas.
-Thornton Wilder habla de recursos mnémicos que ponen en marcha el día de trabajo de un escritor. Dice que una vez usted le dijo que les sacaba punta a veinte lápices.
-Creo que nunca tuve veinte lápices a la vez. Gastar la punta de siete lápices número 2 es un buen día de trabajo.
-¿Cuáles lugares le resultaron más provechosos para trabajar? El hotel Ambos Mundos parece haber sido uno, a juzgar por la cantidad de libros que usted escribió allí. ¿O el ambiente no ejerce demasiada influencia sobre su trabajo?
- El Ambos Mundos de La Habana era un muy buen lugar para trabajar. Esta finca es un lugar espléndido, o lo fue. Pero siempre he trabajado bien en todas partes. Quiero decir que he podido trabajar tan bien como puedo en distintas circunstancias. El teléfono y los visitantes son los que destruyen el trabajo.
-¿La estabilidad emocional es necesaria para escribir bien? Una vez me dijo que sólo podía escribir bien cuando estaba enamorado. ¿Podría explayarse más sobre el tema?
-Qué pregunta! Pero lo felicito por el intento. Uno puede trabajar en cualquier momento si la gente lo deja tranquilo y nadie interrumpe. O más bien, si uno puede ser despiadado con los demás. Pero la mejor escritura se produce, por cierto, cuando uno está enamorado. Si a usted le da lo mismo, prefiero no explayarme sobre el tema.
-¿Y qué ocurre con la seguridad económica? ¿Puede hacer daño a una buena escritura?
-Si llega temprano en la vida y uno ama la vida tanto como el trabajo, hace falta mucho carácter para resistir las tentaciones. Una vez que la escritura se ha convertido en el mayor vicio de uno, en el mayor placer, sólo la muerte puede interrumpirla. La seguridad económica es entonces una gran ayuda, ya que evita preocupaciones. Las preocupaciones destruyen la capacidad de escribir.
-¿Puede recordar exactamente el momento en que decidió convertirse en escritor?
-No, siempre quise ser escritor.
-Cuando escribe, ¿alguna vez descubre que está influido por lo que está leyendo en ese momento?
-No desde que Joyce estaba escribiendo Ulises. La de él no fue una influencia directa. Pero en esa época en que las palabras que conocíamos estaban prohibidas para nosotros y teníamos que luchar por una sola palabra, la influencia de su obra fue lo que cambió todo y nos hizo posible romper con las restricciones.
-¿Pudo aprender algo de los escritores, algo sobre la escritura? Ayer me decía usted que Joyce, por ejemplo, no soportaba hablar sobre la escritura.
. -En compañía de gente del mismo oficio, uno habitualmente habla de los libros de otros escritores. Cuanto mejor sea un escritor, tanto menos hablará de lo que él mismo ha escrito. Joyce era un escritor muy grande y sólo les explicaba lo que estaba haciendo a los tontos. Los escritores que él verdaderamente respetaba supuestamente eran capaces de darse cuenta de lo que él estaba haciendo, simplemente leyéndolo.
-Durante los últimos años usted parece haber eludido la compañía de los escritores. ¿Por qué?
-Eso es más complicado. Cuanto más lejos va uno con la escritura, tanto más solo está. Casi todos los viejos amigos, los mejores, mueren. Otros se alejan. Uno no los ve más que raramente, pero uno escribe y tiene con ellos casi el mismo contacto que tenía cuando se encontraba con ellos en el café, en los viejos tiempos. Uno intercambia cartas cómicas, a veces alegremente obscenas e irresponsables, y eso es casi tan bueno como charlar. Pero uno está más solo porque así es como debe trabajar y el tiempo para trabajar se acorta todo el tiempo y si uno lo malgasta siente que ha cometido un pecado para el cual no hay perdón.
-¿Podría decirnos cuánto esfuerzo deliberado invirtió en el desarrollo de su estilo distintivo?
-Esa es una pregunta extensa y cansadora, y si uno se pasara un par de días respondiéndola, se sentiría tan autoconsciente que ya no podría escribir. Podría decir que lo que los amateurs llaman un estilo suele ser tan sólo la inevitable torpeza de alguien que intenta por primera vez hacer algo que no se ha hecho antes. Casi ningún nuevo clásico se parece a otros clásicos previos. Al principio la gente sólo ve la torpeza. Después la torpeza ya no es tan perceptible. Cuando aparece, la gente piensa que esas muestras de torpeza son el estilo y muchos las copian. Eso es lamentable.
-Usted me escribió una vez que las simples circunstancias en las que fueron escritas diversas obras de su ficción podían resultar instructivas. ¿Podría aplicarse eso a Los asesinos -usted dijo que lo había escrito, junto con Diez indios y Hoy es viernes, todo en un solo día- y tal vez también a su primera novela Fiesta?
-Veamos. Empecé Fiesta en Valencia, el día de mi cumpleaños, el 21 de julio. Mi esposa Hadley y yo habíamos ido a Valencia con tiempo para conseguir buenas entradas para la feria, que empezaba el 24 de julio. Toda la gente de mi edad ya había escrito una novela, y yo todavía tenía dificultades para escribir un párrafo. Así que empecé el libro el día de mi cumpleaños, lo escribí durante la feria, a la mañana, en la cama, y fui a Madrid y seguí escribiéndolo allí. En Madrid no había feria, así que teníamos una habitación con una mesa y yo escribía con gran lujo en esa mesa, y a la vuelta de la esquina del hotel, en una cervecería del Pasaje Alvarez, donde estaba más fresco.Finalmente se puso muy caluroso para escribir y nos fuimos a Hendaya. Allí había un hotel barato, sobre esa enorme y larga playa solitaria, y trabajé muy bien, y después fuimos a París y terminé la primera versión en el departamento que estaba sobre el aserradero, en el 113 de la calle Notre-Dame-des-Champs, seis semanas después del día que lo había empezado .Le mostré la primera versión a Nathan Asch, el novelista, quien entonces tenía un acento muy marcado, y él me dijo: Hem, ¿qué quieres decir con que has escrito una novela? Una novela, oh. Hem, eso será un libro de viaje. Nathan no me desalentó demasiado, y reescribí el libro, conservando lo de viaje (era la parte sobre la excursión de pesca y Pamplona), en Schruns, en el Voralberg, en el hotel Taube. Los relatos que usted mencionó los escribí en un día, el 16 de mayo, en Madrid, cuando la nieve suspendió las lidias de toros de San Isidro. Primero escribí Los asesinos, algo que había intentado escribir antes y no lo había logrado. Después, tras el almuerzo, me metí en la cama para mantenerme abrigado y escribí Hoy es viernes. Tenía tanta energía que pensé que me volvería loco, y tenía más o menos otros seis cuentos para escribir. Así que me vestí y salí y fui hasta Fornos, el viejo café de los toreros, y tomé café y después volví y escribí Diez indios. Eso me entristeció mucho y tomé un poco de brandy y me fui a dormir. Me había olvidado de comer y uno de los camareros me trajo un poco de bacalao y carne y papas fritas y una botella de Valdepeñas.La mujer que regenteaba la pensión siempre se preocupaba porque yo no comía lo suficiente y había enviado al camarero. Recuerdo que me senté en la cama y comí y bebí el Valdepeñas. El camarero dijo que me traería otra botella. Dijo que la señora quería saber si yo pensaba escribir toda la noche. Le dije que no, que creía que me acostaría un rato. Por qué no trata de escribir uno más, me preguntó el camarero. Se supone que sólo debo escribir uno, dije yo. Tonterías, dijo él. Podría escribir seis. Lo intentaré mañana, dije. Inténtelo esta noche, dijo él. ¿Por qué cree que la señora le envió la comida? Estoy cansado, le dije. Tonterías, dijo él (la palabra no fue en realidad tonterías). Está cansado después de tres miserables cuentos. Tradúzcame uno. Déjeme tranquilo, le dije. Cómo puedo escribir si usted no me deja tranquilo. Así que me senté en la cama y bebí el Valdepeñas y pensé qué escritor condenadamente bueno sería yo si el primer cuento era tan bueno como esperaba.
-¿Usted disfruta leyendo sus propios libros... sin sentir que le gustaría hacer algunos cambios?
-A veces, cuando me resulta difícil escribir, los leo para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible.
-¿El título se le ocurre mientras está en el proceso de elaborar la historia?
-No, hago una lista de títulos después de haber terminado el relato o el libro... a veces son más de cien. Después empiezo a eliminarlos, y a veces los elimino a todos.
-¿Y hace eso también en los casos en los que el título de un relato ha sido sugerido por el mismo texto, como por ejemplo en el caso de Colinas como elefantes blancos?
-Sí. El título viene después. Encontré a una muchacha en Prunier, donde había ido a comer ostras antes del almuerzo. Sabía que ella había tenido un aborto. Me acerqué y hablamos, no sobre eso, pero en el camino a casa se me ocurrió la historia, salteé el almuerzo y me pasé esa tarde escribiéndola.
-Entonces, cuando está escribiendo, usted es constantemente un observador en busca de algo que pueda usar.
-Sin duda. Si un escritor deja de observar está terminado. Pero no debe observar conscientemente ni pensar de qué modo algo le será útil. Tal vez al principio eso sea cierto. Pero más tarde todo lo que ve se integra a la gran reserva de cosas que sabe o que ha visto. Si de algo sirve saberlo, siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del iceberg. Hay nueve décimos bajo el agua por cada parte que se ve de él. Uno puede eliminar cualquier cosa que sepa, y eso sólo fortalecerá el iceberg. Si un escritor omite algo porque no lo sabe, habrá un agujero en su relato. El viejo y el mar podría haber tenido más de mil páginas, y dar cuenta de cada personaje de la aldea y del proceso de cómo vivían, cómo habían nacido, cómo se habían educado, tenido hijos, etcétera. Otros escritores hacen eso de manera excelente. Al escribir, uno está limitado por lo que ya se ha hecho de manera satisfactoria. Así que he tratado de aprender a hacer otra cosa. Primero traté de eliminar todo lo innecesario para transmitir experiencia al lector, para que después de haber leído algo, lo leído se convirtiera en parte de su propia experiencia, y le pareciera que realmente había ocurrido. Es algo muy difícil de hacer, y trabajé muy duramente para lograrlo. De todos modos, para no explicar cómo se hace, tuve una suerte increíble en ese momento y pude transmitir la experiencia completamente. Y pude lograr que fuera una experiencia que nadie había transmitido antes. La suerte fue que tuve un buen hombre y un buen muchacho, y que últimamente los escritores se han olvidado de que todavía existen esas cosas. Después, el océano: vale tanto la pena escribir sobre el océano como sobre un hombre. Así que también fui afortunado en eso. He visto el acoplamiento de los peces espada, así que es algo que conozco. Eso no lo cuento. He visto un cardumen de más de cincuenta ballenas en esa misma zona del agua, y en una oportunidad arponeé a una de casi dieciocho metros de largo, y la perdí. De modo que eso no lo cuento. No cuento ninguna de las historias que conozco sobre la aldea de pescadores. Pero ese conocimiento es lo que constituye la parte sumergida del iceberg.
-¿Puedo preguntarle en qué medida considera usted que el escritor debe involucrarse en los problemas sociopolíticos de su época?
-Cada uno tiene su propia conciencia, y no debería haber reglas para el funcionamiento de la conciencia. De lo único que podemos estar seguros con respecto a un escritor politizado es que, si su obra dura, uno tendrá que pasar por alto la política cuando lo lea. Muchos de los escritores llamados políticamente comprometidos cambian sus ideas políticas frecuentemente. Esto les resulta muy excitante, a ellos y a los reseñistas político-literarios. A veces hasta deben reescribir sus puntos de vista… y apresuradamente. Tal vez todos eso pueda respetarse considerando que es una forma de búsqueda de la felicidad.
-¿Diría que alguna vez hay una intención didáctica en su obra?
-Didáctica es una palabra que ha sido mal utilizada y arruinada. Muerte en la tarde es un libro instructivo.
-Se ha dicho que un escritor sólo trata una o dos ideas en toda su obra. ¿Usted diría que su obra refleja una o dos ideas?
-Bien, tal vez sería mejor expresarlo de esta manera: Graham Greeene dijo en una de estas entrevistas que una pasión regente da a todo un anaquel de novelas la unidad de un sistema. Usted mismo ha dicho, según creo, que las grandes obras se producen a partir de un sentimiento de injusticia ¿Considera que es importante que un novelista sea dominado de ese modo… por algún sentimiento tan intenso?
-El señor Greeene tiene una facilidad para hacer afirmaciones que yo no poseo. A mí me resultaría imposible hacer generalizaciones sobre un anaquel de novelas o sobre una bandada de patos o una manada de caballos. No obstante, intentaré una generalización. El escritor que carezca de sentido de la justicia y de la injusticia haría mejor en dedicarse a editar el anuario de una escuela de chicos excepcionales en vez de escribir novelas. Otra generalización. Ya ve, no son tan difíciles cuando son suficientemente obvias. El don más esencial para un buen escritor es tener un detector de mierda incorporado, a prueba de golpes. Ese es el radar de un escritor. Y todos los grandes escritores lo han tenido.
-Finalmente, una pregunta fundamental: ¿cuál cree usted que es la función de su arte? ¿Por qué una representación de los hechos en vez de los hechos mismos?
-¿Por qué preocuparse por eso? A partir de las cosas que han ocurrido y de las cosas tal como existen y de todas las cosas que uno sabe y de todas aquellas que no puede saber, uno hace algo por medio de la invención, algo que no es una representación sino una cosa nueva más real que cualquier otra real y viva, y uno le da vida, y si la hace suficientemente bien, también le da inmortalidad. Por eso uno escribe.











