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| De izquierda a derecha, el pintor chileno Manuel Ortíz de Zárate, el poeta Max Jacob, el pintor Moise Kisling, la modelo Paquerette, Marie Vassillev y Pablo Picasso. |
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Lo que busco en este momento es la palabra que diga desnudo sobre mi tela, de un golpe, sin vueltas.
Porque si sabes nadar y te arrojas al agua, nadas.
Es preciso buscar algo que se desarrolle solo, algo natural, no fabricado, que se despliegue tal como es, en forma natural y no en forma de arte.
La hierba como hierba, el árbol como árbol y el desnudo como desnudo.
Hay un momento en que si se llega a hacer lo que se quiere, los senos se ponen en su lugar sin que sea necesario dibujarlos.
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Intento comprender. Intento meterme en la piel de X (un pintor abstracto). Pero no hay modo. ¿En qué puede pensar?, cuándo está en su taller solo frente a su caballete...? ¿Por qué está haciendo la misma tela desde hace diez años? Esto es algo que me tortura. ¿En qué puede pensar...? ¡Debe aburrirse espantosamente...!
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Hay que hacer contra. A partir del momento en que se empieza a hacer pro, todo se jode.
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Los verdaderos cuadros, si se acerca a ellos un espejo debería cubrirse de vapor, de aliento vivo, porque respiran.
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El secreto está en no pintar sino lo que se ama.
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Yo no pinté la guerra porque no soy de esa especie de pintores que va, como un fotógrafo, a la búsqueda de un tema. Pero no hay duda de que la guerra existe en los cuadros que hice en ese momento. Quizá más adelante un historiador demuestre que mi pintura cambió bajo la influencia de la guerra. Yo mismo no lo sé.
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Nueve de cada diez veces cuando un pintor dice: esta tela no está terminada totalmente... le falta algo... hay que terminarla...nueve de cada diez veces puedes estar seguro de que para acabarla va a acabar con ella. Ya sabes como terminan los fusilados. Con un tiro en la cabeza.
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Pinceladas que no tienen ningún significado no harán nunca un cuadro. Yo también doy pinceladas y a veces hasta se diría que es arte abstracto... Pero siempre significan algo: un toro, una plaza de toros, el mar, la montaña, la muchedumbre... Para llegar a la abstracción siempre hay que comenzar por una realidad concreta...
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El arte es el lenguaje de los signos. Cuando pronuncio hombre evoco al hombre; esa palabra se ha vuelto el signo del hombre. No lo representa como podría hacerlo la fotografía. Dos agujeros es el signo del rostro, suficiente para evocarlo sin representarlo... Pero ¿acaso no es extraño que uno puede hacerlo por medios tan simples? Dos agujeros es bien abstracto si uno piensa en la complejidad del hombre... Aquello que es lo más abstracto es, quizá, el colmo de la realidad.
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En el fondo todo no depende más que de sí mismo. Es un sol de mil rayos en el vientre. El resto no es nada. Es únicamente por esto, por ejemplo, que Matisse es Matisse. Es que él lleva ese sol en el vientre. Es también por esto que de vez en cuando hay algo.
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A los cuadros se los hace siempre como los príncipes hacen a sus hijos: con pastoras. Nunca se hace el retrato del Partenón; jamás se pinta un sillón Luis XV. Se hacen cuadros con una choza del mediodía, con un paquete de tabaco, con una vieja silla.
En el fondo no hay más que el amor. Sea el que sea. Y se debería reventar los ojos a los pintores como se hace con los jilgueros para que canten mejor.
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Cuando se parte de un retrato y se busca por eliminaciones sucesivas hallar la forma pura, el volumen nítido y sin accidente, se termina fatalmente en el huevo. De la misma manera si se parte del huevo se puede llegar, siguiendo el camino y finalidad opuestos, al retrato. Pero el arte, creo, escapa a este recorrido demasiado simplista que consiste en ir de un extremo a otro. Es necesario poder detenerse a tiempo.
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Me comporto con mi pintura como me comporto con las cosas. Hago una ventana del mismo modo que miro a través de una ventana. Si esta ventana abierta no queda bien en mi cuadro, corro una cortina y la cierro como lo habría hecho en mi cuarto. Es necesario actuar en la pintura como en la vida, directamente. Desde luego que la pintura tiene sus convenciones que es necesario tener en cuenta, puesto que no es posible actuar de otro modo. Por esta razón es necesario tener constantemente bajo los ojos la presencia de la vida.
El artista es un receptáculo de emociones venidas de no importa donde: del cielo, de la tierra, de un pedazo de papel, de un rostro que pasa, de una tela de araña. Es por esto que no hay que distinguir entre las cosas. Para ellas no hay títulos de nobleza. Es necesario apropiarse de lo suyo donde se lo encuentre, salvo en sus propias obras. Tengo horror a copiarme, pero no dudo, cuando se me muestra un cartapacio de dibujos antiguos, en apoderarme de cuanto quiero.
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La guerra española es la lucha de la reacción contra el pueblo, contra la libertad. Toda mi vida como artista no ha sido más que una lucha continua contra la reacción y la muerte en el arte. ¿Cómo podría alguien pensar por un momento que yo pudiera estar de acuerdo con la reacción y la muerte? Cuando la rebelión comenzó, el Gobierno democrático republicano, legalmente electo, me nombró Director del Museo del Prado, un puesto que yo acepté inmediatamente. En el panel que estoy trabajando ahora y que se llama Guernica, así como en mis recientes obras de arte, he expresado claramente mi repudio y horror hacia la casta militar que ha hundido a España en un océano de dolor y de muerte.
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A nadie se le ha ocurrido pedir a un químico que de sus mezclas salga una reacción o un precipitado bonito.
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Yo hago los objetos tal como los pienso, no tal como los veo.
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El arte no evoluciona, sino que marcha.
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Pintores hay que transforman el sol en una mancha amarilla, pero hay otros que con la ayuda de su arte y de su inteligencia transforman una mancha amarilla en un sol.
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La realización de un cuadro parece con frecuencia haber sido generada espontánea, incalculablemente. Las gentes hablan del naturalismo en oposición al arte moderno. Pero ¿ha visto alguien una obra de arte natural? La naturaleza y el arte son dos fenómenos perfectamente disímiles.
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¿Qué es el arte? Si lo supiera tendría buen cuidado en no revelarlo. Yo no busco, encuentro.
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Si a mí me preguntase un pintor lo primero que necesitaba hacer para pintar una mesa, yo le diría: medirla.








ra un carnicero. Las manos sucias con trozos de carne, todo el cuerpo salpicado y enrojecido con sangre de buey, las uñas inmundas hasta la cutícula. Los cabellos duros. Y aun cuando en su casa ya tarde en la noche- se bañaba con jabón de coco, el olor a sebo persistía en sus poros. 

entro de escasos minutos ocupará con elegancia su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto con lentejuelas, brillará como si la luz reflejara sobre él el acelerado aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la que mis amigos aprobarán o rechazarán--no lo sabré nunca--sus intentos de reproducir la más bella música, según creo, del mundo. Lo creo, no lo sé. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy acostumbrado a oír que son insuperables y yo mismo he llegado a imaginarlo. Y a decir que lo son. Particularmente preferiría no encontrarme en tal caso. En lo íntimo estoy seguro de que no me agradan y sospecho que todos adivinan mi entusiasmo mentiroso. Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista yo no tendría ahora este problema. Pero soy su padre y sé mi deber y tengo que oírla y apoyarla. Soy un hombre de negocios y sólo me siento feliz cuando manejo las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los competidores, reclamo el primer lugar en ese arte. La música es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija es capaz de recrear esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, después de las audiciones, la he visto llorar, a pesar de los aplausos. Por otra parte, si alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descubrirlo entre la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad de ahí en adelante. Pero es raro que alguien apruebe fríamente. Mis amigos más cercanos han aprendido en carne propia que la frialdad en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos. Si ella no hiciera una señal de que considera suficiente la ovación, seguirían aplaudiendo toda la noche por el temor que siente cada uno de ser el primero en dejar de hacerlo. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir y entonces los veo cómo vigilan mis manos, temerosos de adelantárseme en iniciar el silencio. Al principio me engañaron y los creí sinceramente emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado por conocerlos. Un odio continuo y creciente se ha apoderado de mí. Pero yo mismo soy falso y engañoso. Aplaudo sin convicción. Yo no soy un artista. La música es bella, pero en el fondo no me importa que lo sea y me aburre. Mis amigos tampoco son artistas Me gusta mortificarlos, pero no me preocupan. Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las primeras filas y a cada instante anotan algo en sus libretas. Reciben pases gratis que mi hija escribe con cuidado y les envía personalmente. También los aborrezco. Son los periodistas. Claro que me temen y con frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o tres no tiene límites y en ocasiones se han atrevido a decir que mi hija es una pésima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista. Me lo afirman sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve los dedos con más soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias. Es verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no soy un artista y ella lo sabe bien. La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis enemigos puede ser el escondido factor de las escasas críticas negativas. No sería extraño que alguno de los que en este momento sonríen, y que dentro de unos instantes aplaudirán, propicie esos juicios adversos. Tener un padre poderoso ha sido favorable y aciago al mismo tiempo para ella. Me pregunto cuál sería la opinión de la prensa si ella no fuera mi hija. Pienso con persistencia que nunca debió tener pretensiones artísticas. Esto no nos ha traído sino incertidumbre e insomnio Pero nadie iba ni siquiera a soñar, hace veinte años, que yo llegaría adonde he llegado. Jamás podremos saber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo que efectivamente vale. Es ridícula, en un hombre como yo, esa preocupación. Si no fuera porque es mi hija confesaría que la odio. Que cuando la veo aparecer en el escenario un persistente rencor me hierve en el pecho, contra ella y contra mí mismo, por haberle permitido seguir un camino tan equivocado. Es mi hija, claro, pero por lo mismo no tenía derecho a hacerme eso. Mañana aparecerá su nombre en los periódicos y los aplausos se multiplicarán en letras de molde. Ella se llenará de orgullo y me leerá en voz alta la opinión laudatoria de los críticos. No obstante, a medida que vaya llegando a los últimos, tal vez a aquellos en que el elogio es más admirativo y exaltado, podré observar cómo sus ojos irán humedeciéndose, y cómo su voz se apagará hasta convertirse en un débil rumor, y cómo, finalmente, terminará llorando con un llanto desconsolado e infinito. Y yo me sentiré, con todo mi poder, incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach y Mozart y Beethoven estarían complacidos de la habilidad con que mantiene vivo su mensaje. Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre el teclado, la sala se llenará de música, y yo estaré sufriendo una vez más.




ara los amigos y los gorriones, es difícil imaginar un mundo sin Carlos Besoaín. Lo conocí niño y ya era viejo. El sabio más elegante de su aldea. Porte de príncipe ruso. Lo más parecido a Esenin. He conocido a muchas de sus Isadoras. Flaco, desgarbado, de paso ligero. Una risa que ya se la quisiera Lucifer. Todo gira en torno a él. Los padres, amigos, parientes y cuñados, giran en torno a él. La mariposa, la ría del pueblo de su infancia, los trenes y las nubes giran en torno a él. Ya de viejo, a los treinta, cuando él juveneció, aún me cuesta entender que el mundo no gire en torno a él. Esta pequeña bolita azul debiera hacerlo. Basta ya de tanta malasangre.Yo que tengo una maestría en bares, que he bebido con líricos exquisitos que adornan sus endechas. He conocido a un solo poeta. Al único que por ejemplo, es capaz de escribir un hermoso poema al moco. Un sublime poema al semen: La primera serpiente parte la luz. Un poema al guiso con arroz. He conocido a un solo poeta que en una noche de ventisca, me dijo: "Hugo, si yo alguna vez t...".

ueña que lo alzan cual guiñapo humano chorreando sangre de narices. Siente la boca llena de coágulos espesos y dientes aflojados. Sueña que lo cuelgan de los pies y le golpean el cuello y la cabeza. Debajo las hormigas huyen de las gotas de sangre que remueven el polvo. Sueña que le abren los párpados resecos de lágrimas y queman su visión invertida.













