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inventario
sobre
la marihuana
y ella
se recuerda la droga que es lo que me importa en este momento: la simiente de orgullo que nos mantiene juntos, esta alianza ante el miedo de la sangre corriendo, esta risa tatuada en tu cara, en la mía, en la del contrabajista de bossa nova que se suicidó con furia aturdido por tu gemido en mis brazos, y al que sostuvimos entre los dos mientras la voz de nara leão invadía el beco das garrafas.
Se piensa en la procesión de malformaciones que encontramos en nuestras largas caminatas, en los catecismos de la mendicidad que aprendimos de puro inocentes y metidos, en los mendigos arrojados a la bahía donde formaron archipiélagos (dulce refugio para los cónyuges anónimos) y volvieron a nosotros en el estómago de los inusitados peces que comprabas o robabas al viejo pescador vociferante: ése con su aliento concentrado en la botella de cascasha que asoma de su bolsillo trasero y que desatiende todo por servirte y mostrarte que todavía puede hacer abluciones en el agua que corre entre tus piernas.
el inventario se ocupa de las horas perdidas, los detritus, las hambres, los crujidos de mis ortopedias en los instantes de la ternura, , si no hubiese estado la marihuana y su tráfico de espejismos, tal vez diría instantes de amor, en el cuarto de siempre, , en la posición de siempre, con la melancolía de siempre, que finalmente me obliga al silencio de la droga. y aspirar con rabia su humo grueso, mirar la brasa que se hace inalcanzable como las llaves sobre la mesa, más allá del infierno de tu astronomía, donde la sangre se desprende, el sudor centellea, el violoncelo baja del desván y marca tu lujuria y vecindad; y los dormitorios son varios y dorados, y me olvido y te olvidas del viejo que te violó una tarde detrás de la estatua de tiradentes, y reímos con un proyecto de alegría: yo tomo un cuchillo que retumbe para espantar los recuerdos de aquella ciudad que se escapan de las cartas de mi madre -aquí no hay obelisco ni subterráneos pero están nuestros fantasmas en la droga, en tus caderas y en tus dientes, en las moscas pesadas por el calor de esta cueva, en las humedades de tus pechos cubiertos de polvo. y no cambio el confort del subterráneo por tus muslos destapados, ahora giras peligrosa y cantas como nara leão, luego desfilas en carnaval, este lunes de carnaval den que en un hospital muere ary barroso, y tú y la escola do samba sin saberlo prestan un homenaje cantando sus canciones, tienen puestas plumas sobre la piel oscura, y giras y cantas, giras tú y gira nara que ya canta la marcha del miércoles de ceniza, todo gira como las letanías de los pescadores en el puerto con susurros de demencia (parapetados en las ardientes muertes de las prostitutas), y vuelve el deseo explotando antiguo en nuestras pieles distintas para finalmente terminar en este insomnio acorralado contra la maleta y su etiqueta que dice buenos aires, mientras canta nara, ary ha muerto, se terminó la droga, y ya no sé si me importas.
por eso mismo y para no perder veracidad termino el inventario.
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El territorio del otro lado del límite que separa la razón del extravío o lo racional de lo irracional ha sido uno de los motivos literarios que Juan Mihovilovich ha desarrollado a lo largo de su extensa obra, iniciada en la década de los setenta. La paradoja, el absurdo, sino lo fantástico, se asientan en sus textos como una manera de anunciar que el universo tiene otro punto de vista para ser observado. Y es el suyo un gran desafío, que otorga una connotación especial a su trabajo, realizado a espaldas de las historias maniqueas que se adquieren hoy por hoy en nuestro mercado de pequeños consumidores de textos escritos. 











