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adónde ir |
adónde ir cuando todos vienen en sentido contrario
cuando el horóscopo indica que no debes viajar
cuando el otoño golpea sus ramas sobre tu corazón
cuando el tedio se instala a vivir contigo y sólo
pides un poco de clemencia al viento de la desidia
cuando el gigante olvido te aprisiona las sienes.
a quién acudir en caso de emergencia sin llamar al 911
cuando tu barca se hunde y tú con ella a la deriva
a qué aferrarse cuando todos los violines callaron
y solo se escucha la llegada de un nuevo huracán
que te arrancará de cuajo tu último sueño.
seguramente entonces debiéramos ser como el
intrépido torero cuyo valor lo otorga el miedo
y arremeteremos contra los arreboles del crepúsculo
inmolándonos con la coraza armada del poema.
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hugo vera miranda
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poesía
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guillermo riedemann |
PAIS DE POETAS
Parricidio
La siquiatría me protege: yo también quise matar a mi padre. La primera vez debe haber sido como a los seis años, cuando se despidió en la estación de Reumén, subió al tren con destino al sur y me dejó solo en medio de la nada. Una nada que no era tal, claro, pero que se le parecía, a pesar de la mano del abuelo y de los potreros y los zorzales que picoteaban los cerezos del verano.
En mi mente lo maté a mi padre más de una vez desde entonces Afortunadamente, sobrevivió con su soledad y sus dolores, y dejó de respirar muchos años después de que yo decidiera que mejor no se muriera nunca.
Tres o cuatro metros de tierra cubren su sencillo ataúd, lo que quede de esa madera, en el Cementerio Parque del Sendero, en Temuco. Hace poco, el domingo 10 de septiembre, mientras caminábamos por el Cementerio General de Santiago, entre gases lacrimógenos y chorros de agua repartidos democráticamente, un amigo comentó que no entendía ni le gustaban esos nuevos cementerios que parecen jardines, que parecen empresas y buenos negocios para sus vivos dueños. Pensé en mi padre, pensé que más que enterrarlo lo habíamos sembrado, que ya deben estar creciendo nuevas raíces en aquellos tres o cuatro metros de tierra.
Puedo echar mano a Freud, a Reich, a Eduardo Durán. En mi mente caben todos los planes de parricidio. También del padre de Kafka y el de Rimbaud. El padre de mi señora y el padre David que abusó de mí cuando era un niño de preparatorias en Colegio de Curas. El padre de Pinochet, parricidio que cometido oportunamente nos hubiera ahorrado incluso las cuentas en el Riggs.
Parricidio significa tomarse atribuciones que no corresponden, montar en cólera, subirse a la parra. A propósito, Bolaño dice que las vacas sagradas están hechas para ser devoradas, aunque salten todos como fieras.
Y hay una que hoy es venerada como auténtica vaca de la India.
Hay que reconocer que no le llega ni a los tobillos a Günther Grass, el premio nobel alemán que ha reconocido públicamente haber pertenecido a las Waffen-SS de Hitler a los 17 años. "Es una mancha que tenía que soltar", ha dicho Grass.
No obstante, nuestra vaca sagrada, nonagenaria y antipoética, haría bien en responder algunas preguntas o, por lo menos, explicar por qué aceptó, tras el golpe, ser funcionario de los militares en el intervenido Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, mientras académicos, estudiantes y trabajadores eran apresados, torturados y hechos desaparecer.
Tal vez debamos esperar la publicación de sus memorias para saber si algo de eso fue verdad y si hay algo que explicar o alguna "mancha que soltar".
Toro furioso no ha sido nunca, esto hay que aceptarlo, a pesar de los intentos con una sueca (¿o con dos suecas?) que por lo menos provocaron uno que otro poema que sin duda pasarán a formar parte de antologías varias.
Vaca sagrada sí y pequeño dios también, aunque se revuelque en la cama aterido de lamentaciones. ¿No era que los poetas habían bajado del Olimpo?
Ya es demasiado tarde para volver atrás. Pero no es poco mérito pasar la barrera de los noventa años y exponer sus geniales chistes en el subsuelo de la cultura oficial.
Que el Cristo de Elqui lo libre de terminar convertido en estatua.
En mi mente lo maté a mi padre más de una vez desde entonces Afortunadamente, sobrevivió con su soledad y sus dolores, y dejó de respirar muchos años después de que yo decidiera que mejor no se muriera nunca.
Tres o cuatro metros de tierra cubren su sencillo ataúd, lo que quede de esa madera, en el Cementerio Parque del Sendero, en Temuco. Hace poco, el domingo 10 de septiembre, mientras caminábamos por el Cementerio General de Santiago, entre gases lacrimógenos y chorros de agua repartidos democráticamente, un amigo comentó que no entendía ni le gustaban esos nuevos cementerios que parecen jardines, que parecen empresas y buenos negocios para sus vivos dueños. Pensé en mi padre, pensé que más que enterrarlo lo habíamos sembrado, que ya deben estar creciendo nuevas raíces en aquellos tres o cuatro metros de tierra.
Puedo echar mano a Freud, a Reich, a Eduardo Durán. En mi mente caben todos los planes de parricidio. También del padre de Kafka y el de Rimbaud. El padre de mi señora y el padre David que abusó de mí cuando era un niño de preparatorias en Colegio de Curas. El padre de Pinochet, parricidio que cometido oportunamente nos hubiera ahorrado incluso las cuentas en el Riggs.
Parricidio significa tomarse atribuciones que no corresponden, montar en cólera, subirse a la parra. A propósito, Bolaño dice que las vacas sagradas están hechas para ser devoradas, aunque salten todos como fieras.
Y hay una que hoy es venerada como auténtica vaca de la India.
Hay que reconocer que no le llega ni a los tobillos a Günther Grass, el premio nobel alemán que ha reconocido públicamente haber pertenecido a las Waffen-SS de Hitler a los 17 años. "Es una mancha que tenía que soltar", ha dicho Grass.
No obstante, nuestra vaca sagrada, nonagenaria y antipoética, haría bien en responder algunas preguntas o, por lo menos, explicar por qué aceptó, tras el golpe, ser funcionario de los militares en el intervenido Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, mientras académicos, estudiantes y trabajadores eran apresados, torturados y hechos desaparecer.
Tal vez debamos esperar la publicación de sus memorias para saber si algo de eso fue verdad y si hay algo que explicar o alguna "mancha que soltar".
Toro furioso no ha sido nunca, esto hay que aceptarlo, a pesar de los intentos con una sueca (¿o con dos suecas?) que por lo menos provocaron uno que otro poema que sin duda pasarán a formar parte de antologías varias.
Vaca sagrada sí y pequeño dios también, aunque se revuelque en la cama aterido de lamentaciones. ¿No era que los poetas habían bajado del Olimpo?
Ya es demasiado tarde para volver atrás. Pero no es poco mérito pasar la barrera de los noventa años y exponer sus geniales chistes en el subsuelo de la cultura oficial.
Que el Cristo de Elqui lo libre de terminar convertido en estatua.
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guillermo riedemann
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Woody Allen: Para acabar con las novelas policiales |
El gran jefe
Estaba sentado en mi oficina limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome cuál sería mi próximo caso. Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de banco tiene también sus ventajas. Nada que ver con las mujeres, que son una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y entró una rubia de pelo largo llamada Heather Butkiss y me dijo que era modelo y que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a segregar desaforadamente. Llevaba una minifalda y un jersey ajustado, y su cuerpo describió una serie de parábolas que habrían podido provocar un ataque cardíaco a un buey.
-¿Qué puedo hacer por ti, muñeca?
-Quiero que encuentre a una persona.
-¿Una persona perdida? ¿Has hablado con la policía?
-No exactamente, señor Lupowitz.
-Llámame Kaiser, muñeca. Pues bien, ¿de quién se trata?
-Dios.
-¿Dios?
-Así es, Dios. El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso. Quiero que usted me lo encuentre.
Ha desfilado ya por mi oficina más de un buen bocado, pero, cuando una chica está tan buena como ésta, uno debe escucharla hasta el final.
-¿Por qué?
-Kaiser, eso es asunto mío. Usted ocúpese de encontrarlo.
-Lo siento, bombón. No has dado con el tipo adecuado...
-Pero, ¿por qué?
-... a no ser que me des toda la información -dije poniéndome de pie.
-Está bien, está bien -dijo ella y se mordió el labio inferior. Enderezó las costuras de sus medias, gesto hecho evidentemente para mí, pero, cuando trabajo, trabajo, y no era el momento de andarse con tonterías.
-No nos apartemos del tema, nena.
-Bueno, la verdad es... que en realidad no soy modelo.
-¿No?
-No. Tampoco me llamo Heather Butkiss. Soy Claire Rosensweig, y estudio en Vassar. Filosofía. Historia del pensamiento occidental y todo eso. Tengo que entregar un trabajo en enero. Sobre religión occidental. Todas las chicas de la clase entregarán estudios teóricos. Pero yo ¡quiero saber! El profesor Grebanier dijo que si alguien descubre la Verdad puede llegar a aprobar el curso. Y mi padre me prometió un Mercedes si apruebo con sobresaliente.
Abrí un paquete de Lucky, luego otro de chicle, y mastiqué el cigarrillo y fumé el chicle. La historia empezaba a interesarme. Una estudiante demasiado mimada. Inteligente y con un cuerpo por el que reto a cualquiera haber visto otro mejor.
-Su Dios, ¿qué aspecto tiene?
-Nunca Lo he visto.
-Entonces, ¿cómo sabes que existe?
-Eso es lo que usted tiene que averiguar.
-¡Ah! ¿Con que no sabes qué aspecto tiene? ¿Ni dónde debo empezar a buscarlo?
-No, en realidad, no. Aunque sospecho que está en todas partes. En el aire, en cada flor, en usted y en mí... y en esta silla.
-Ya.
Así que la chica era panteísta. Tomé nota mental del detalle y dije que haría un esfuerzo por cien dólares al día, gastos aparte y una cena con ella. Sonrió y aceptó en el acto. Bajamos juntos en el ascensor. Afuera anochecía. Quizá Dios exista, o quizá no, pero en alguna parte de esta ciudad con seguridad había un montón de tipos que iban a tratar de impedirme averiguarlo.
Mi primera pista fue la del rabino Itzhak Wiseman, un clérigo local que me debía un favor por haberle averiguado quién le ponía cerdo en el sombrero. Me di cuenta en el acto de que algo no pitaba cuando le hice unas preguntas, porque se azaró mucho. Estaba asustado.
-Por supuesto que existe ya-sabe-quién, pero no puedo siquiera pronunciar Su nombre, de lo contrario me fulminaría en el acto. Entre nosotros, le diré que jamás he podido comprender por qué alguien se vuelve tan quisquilloso al pronunciar Su nombre.
-¿Le ha visto alguna vez?
-¿Yo? ¿Está bromeando? ¡Suerte tengo si alcanzo a ver a mis nietos!
-Entonces ¿cómo sabe que existe?
-¿Cómo lo sé? ¡Vaya pregunta! ¿Podría comprarme un traje como éste por catorce dólares si no hubiera nadie allá arriba? ¡Toque, toque esta tela de gabardina! ¿Cómo puede dudar?
-¿No tiene ninguna otra prueba?
-Oiga, ¿qué es para usted el Antiguo Testamento? ¿Un plato de garbanzos? ¿Cómo cree que Moisés pudo sacar a los israelitas de Egipto? ¿Con una sonrisa y un claqué americano? Créame, ¡no se abren las aguas del Mar Rojo con polvo de rascarse! Se necesita poder.
-Así pues, es un duro, ¿eh?
-Sí, un duro. Podría pensarse que con tantos éxitos estaría más amable, pero no.
-¿Cómo es que sabe usted tanto?
-Porque somos el Pueblo Elegido. Cuida más de nosotros que de todas Sus demás criaturas. Este es un tema que, por cierto, también me gustaría comentar con El.
-¿Cuánto Le pagáis para ser los elegidos?
-No me lo pregunte.
Entonces, así iba la cosa. Los judíos estaban liados con Dios hasta el cuello. El viejo negocio de la protección. Los cuidaba mientras pasaran por caja. Y por la manera en que hablaba el rabino Wiseman, El encajaba lo suyo. Me metí en un taxi y me fui al salón de billar Dany en la Décima Avenida. El gerente era un tipo pequeñito y sucio al que no podía tragar.
-¿Está Chicago Phil?
-¿Quién quiere saberlo?
Lo agarré por las solapas pellizcando a la vez un poco de piel.
-¿Qué pasa, basura?
-En la sala del fondo - dijo cambiando de actitud.
Chicago Phil. Falsificador, asaltante de bancos, hombre duro y ateo confeso.
-El tío nunca existió, Kaiser. Información de buena tinta. Es un bulo. No existe tal gran jefe. Es un sindicato internacional. Casi todo en manos de sicilianos. Pero no hay una cabeza visible. Salvo quizás, el Papa.
-Tengo que ver al Papa.
-Se puede arreglar -dijo guiñando un ojo.
-¿Te dice algo el nombre Claire Rosensweig?
-No.
-¿Y Heather Butkiss?
-¡Eh, espera un minuto! ¡Sí, claro, ya lo tengo! Esa rubia teñida que anda por ahí con los tipos de Radcliffe.
-¿Radcliffe? Me dijo Vassar.
-Pues te está mintiendo. Es maestra en Radcliffe. Estuvo liada con un filósofo durante un tiempo.
-¿Panteísta?
-No, empirista, que yo recuerde. Un tipo de poco fiar. Rechazaba completamente a Hegel y a cualquier metodología dialéctica.
-Conque uno de ésos, ¿eh?
-Sí. Primero fue batería en un trío de jazz. Luego, se dedicó al Positivismo Lógico. Cuando el asunto le fue mal, inventó el Pragmatismo. Lo último que supe de él fue que había robado dinero para montar un curso sobre Schopenhauer en Columbia. A los compañeros les gustaría ponerle la mano encima, o dar con sus libros de texto para poder revenderlos.
-Gracias, Phil.
-Hazme caso, Kaiser. No hay nadie por encima de nosotros. Sólo el vacío. No podría emitir todos esos talones falsos ni joder a la gente como lo hago si por un segundo tuviera conciencia de un Ser Supremo. El universo es estrictamente fenomenológico. No hay nada eterno. Nada tiene sentido.
-¿Quién ganó la quinta en Aqueduct? (1)
-Santa Baby.
-Esto sí tiene sentido.
Tomé una cerveza en O'Rourke y traté de hilvanar todos los datos, pero no dio resultado. Sócrates era un suicida, o por lo menos eso decían. A Cristo lo mataron. Nietzsche murió loco. Si había realmente alguien responsable de todo eso, era lógico que quisiera que se guardara el secreto.
Y ¿por qué había mentido Claire Rosensweig acerca de Vassar? ¿Podía haber tenido razón Descartes? ¿Era el universo dualista?
¿O es que Kant dio en el clavo cuando postuló la existencia de Dios por razones morales?
Aquella noche cené con Claire. Diez minutos después de que pagara ella la cuenta estábamos en la cama y, hermano, te regalo todo el pensamiento occidental. Organizó para mí una demostración de gimnasia que se hubiera llevado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Tía Juana. Más tarde, descansó sobre la almohada a mi lado con sus largos cabellos rubios desparramados. Nuestros cuerpos, desnudos aún, estaban entrelazados. Yo fumaba y miraba el techo.
-Claire, ¿y si Kierkegaard tuviera razón?
-¿Qué quieres decir?
-Si realmente jamás se pudiera saber. Sólo tener fe,
-Esto es absurdo.
-No seas tan racionalista.
-Nadie es racionalista, Kaiser. -Encendió un cigarrillo-. Lo único que te pido es que no empieces con la ontología. No en este momento. No podría aguantar que fueras ontólogo conmigo, Kaiser.
Se había mosqueado. Me acerqué para besarla cuando sonó el teléfono. Ella contestó.-Es para ti.
La voz al otro lado de la línea era la del sargento Reed, de Homicidios.
-¿Todavía a la caza de Dios?
-Sí.
-¿Un ser Todopoderoso? ¿El Creador? ¿El Principio Universal? ¿El Ser Supremo?
-Así es.
-Un tipo que se ajusta a la descripción acaba de aparecer en el depósito de cadáveres. Mejor que venga a echarle un vistazo.
Era El sin lugar a dudas y, por lo que quedaba de él, se trataba de un trabajo profesional.
-Ya estaba muerto cuando Lo trajeron.
-¿Dónde Lo encontraron?
-En un depósito de la calle Delancey.
-¿Alguna pista?
-Es el trabajo de un existencialista. Estamos seguros.
-¿Cómo lo sabéis?
-Todo hecho muy al azar. No parece que hayan seguido ningún sistema. Un impulso.
-¿Un crimen pasional?
-Eso es. Lo cual significa que eres sospechoso, Kaiser.
-¿Por qué yo?
-Todos los muchachos del departamento conocen tus ideas sobre Jaspers.
-Eso no me convierte en un asesino.
-Aún no, pero sí en un sospechoso.
Una vez en la calle, llené mis pulmones de aire puro y traté de poner orden en mis ideas. Tomé un taxi a Newark y caminé cien metros hasta el restaurante italiano Giordino. Allí, en una mesa del fondo, estaba Su Santidad. Era el Papa, seguro. Sentado con dos tipos que yo había visto media docena de veces en las comisaría en sesiones de identificación.
-Siéntate -dijo levantando los ojos de sus spaghetti. Me acercó el anillo. Sonreí mostrando todos los dientes, pero no se lo besé. Le molestó, y yo me alegré. Un punto para mí-. ¿Te gustarían unos spaghetti?
-No gracias, Santidad. Pero siga comiendo, que no se le enfríen.
-¿No quieres nada? ¿Ni siquiera una ensalada?
-Acabo de comer.
-Como quieras, pero mira que aquí sirven una estupenda salsa Roquefort con la ensalada. No como en el Vaticano, donde es imposible conseguir una comida decente.
-Iré al grano, Pontífice. Estoy buscando a Dios.
-Has llamado a la puerta adecuada.
-Entonces, ¿existe?
Mi pregunta les pareció divertida y se rieron. El hampón sentado a mi lado, dijo:
-¡Eso sí tiene gracia! ¡Un chico inteligente que quiere saber si El existe!
Moví la silla para estar más cómodo y coloqué mi pierna izquierda sobre el dedo gordo de su pie.
-¡Lo siento! -dije, pero el tipo estaba que bramaba.
El Papa tomó la palabra:
-Por supuesto que El existe, Lupowitz. Yo soy el único que se comunica con El. Sólo habla a través de mí.
-¿Por qué usted, amigo?
-Porque yo soy quien lleva el traje rojo.
-¿Este atuendo?
-¡No toques con esos dedos sucios! Me levanto cada mañana, me pongo este traje rojo y, de pronto, me convierto en un gran queso. Todo está en el traje. Imagínate si anduviera por ahí en pantalones estrechos y en camiseta, ¿qué sería de la cristiandad?
-¡El opio del pueblo! ¡Ya me lo temía! ¡Dios no existe!
-No lo sé. Pero ¿qué más da? Mientras haya dinero...
-¿No le preocupa que la tintorería no le devuelva a tiempo el traje rojo y vuelva a ser como todos nosotros?
-Utilizo un servicio especial de veinticuatro horas. Vale la pena gastarse un poco más y estar seguro.
-¿El nombre Claire Rosensweig le dice algo?
-Seguro. Está en el Departamento de Ciencias de Bryn Mawr.
-¿Ciencias, dice? Gracias.
-¿Por qué?
-Por la respuesta, Pontífice.
Me metí en un taxi y crucé volando el puente George Washington. En el camino, me detuve en mi oficina para hacer unas verificaciones rápidas. Durante el trayecto hacia el piso de Claire, aclaré el rompecabezas. Las piezas, por primera vez, encajaban a la perfección. Cuando llegué a su casa, ella llevaba su diáfana bata y parecía estar preocupada por algo.
-Dios ha muerto. La policía estuvo aquí. Te están buscando. Piensan que ha sido un existencialista.
-No, querida, fuiste tú.
-¿Qué? No hagas bromas, Kaiser.
-Tú fuiste quien lo hizo.
-¿Qué estás diciendo?
-Tú, angelito. Ni Heather Butkiss ni Claire Rosensweig, sino la doctora Ellen Shepherd.
-¿Cómo supiste mi nombre?
-Profesora de física en Bryn Mawr. La persona más joven que ha llegado a estar al frente de un departamento en esa universidad. Durante la fiesta de fin de curso, te liaste con un músico de jazz que se inyecta mucha filosofía. Está casado, pero eso no te detuvo. Un par de noches revoleándote con él en el heno y ya te pareció que era el gran amor. Pero no funcionó, porque alguien se interpuso entre los dos: ¡Dios! Ves, muñeca, él creía, o quería creer, pero tú, con esa hermosa cabecita científica, necesitabas la certeza absoluta.
-No, Kaiser, te lo juro.
-Entonces, simulas estudiar filosofía porque eso te da la posibilidad de eliminar ciertos obstáculos. Te deshaces de Sócrates con cierta facilidad, pero aparece Descartes y, entonces, te sirves de Spinoza para liquidar a Descartes y, cuando llega Kant, también tienes que eliminarlo.
-No sabes lo que dices.
-A Leibnitz lo hiciste picadillo, pero eso no fue suficiente porque sabías que, si alguien oía hablar a Pascal, estabas lista entonces, también a él tenías que sacártelo de encima, pero allí fue donde cometiste el error, porque confiaste en Martin Buber. Te falló la suerte. Creía en Dios y, por tanto, tenías que librarte del mismo Dios y, por si fuera poco, por tus propias manos.
-¡Kaiser, estás loco!
-No, nena. Te hiciste pasar por panteísta creyendo que eso te conduciría hasta El, si es que El existía, y existía. Te llevó a la fiesta Shelby y, cuando Jason no miraba, lo mataste.
-¿Quién diablos son Shelby y Jason?
-¿Qué importancia tiene? Ahora, de cualquier modo, la vida es absurda.
-Kaiser -dijo ella, presa de un repentino estremecimiento- ¿me entregarás?
-¿Cómo no, muñeca? Cuando el Ser Supremo recibe una paliza como ésta, alguien tiene que pagar los platos rotos.
-Oh, Kaiser, podemos escaparnos juntos, lejos de aquí. Sólo nosotros dos. Podríamos olvidar la filosofía. Establecernos en algún lugar y, tal vez, más tarde, dedicarnos a la semántica.
-Lo lamento, nena. No hay trato.
Ya estaba bañada en lágrimas cuando empezó a bajarse la bata por los hombros. Quedó de pronto desnuda ante mí como una Venus cuyo cuerpo parecía decirme: "Tómame, soy tuya".. Una Venus cuya mano derecha me acariciaba el pelo mientras la izquierda empuñaba una 45 que apuntaba a mi espalda. Le descargué en el cuerpo mi 38 antes de que pudiera apretar el gatillo; dejó caer la pistola y se dobló con un gesto de total sorpresa.
-¿Cómo pudiste hacerlo, Kaiser?
Se debilitaba rápidamente, pero me las arreglé para contarle el resto de la historia.
-La manifestación del universo, como una idea compleja en sí misma, en oposición al hecho de ser interior o exterior a su propia Existencia, es inherente a la Nada conceptual en relación con cualquier forma abstracta existente, por existir, o habiendo existido en perpetuidad sin estar sujeto a las leyes de la física, o al análisis de ideas relacionadas con la antimateria, o la carencia de Ser objetivo o subjetivo, y todo lo demás.
Era un concepto sutil, pero espero que lo haya pescado antes de morir.
Estaba sentado en mi oficina limpiando el cañón de mi 38 y preguntándome cuál sería mi próximo caso. Me gusta ser detective privado. Cierto, tiene sus inconvenientes, me han dejado más de una vez las encías hechas papilla, pero el dulce aroma de los billetes de banco tiene también sus ventajas. Nada que ver con las mujeres, que son una preocupación menor para mí y que coloco, en mi escala de valores, justo antes del acto de respirar. Por eso, cuando se abrió la puerta de mi oficina y entró una rubia de pelo largo llamada Heather Butkiss y me dijo que era modelo y que necesitaba mi ayuda, mis glándulas salivares se pusieron a segregar desaforadamente. Llevaba una minifalda y un jersey ajustado, y su cuerpo describió una serie de parábolas que habrían podido provocar un ataque cardíaco a un buey.
-¿Qué puedo hacer por ti, muñeca?
-Quiero que encuentre a una persona.
-¿Una persona perdida? ¿Has hablado con la policía?
-No exactamente, señor Lupowitz.
-Llámame Kaiser, muñeca. Pues bien, ¿de quién se trata?
-Dios.
-¿Dios?
-Así es, Dios. El Creador, el Principio Universal, el Ser Supremo, el Todopoderoso. Quiero que usted me lo encuentre.
Ha desfilado ya por mi oficina más de un buen bocado, pero, cuando una chica está tan buena como ésta, uno debe escucharla hasta el final.
-¿Por qué?
-Kaiser, eso es asunto mío. Usted ocúpese de encontrarlo.
-Lo siento, bombón. No has dado con el tipo adecuado...
-Pero, ¿por qué?
-... a no ser que me des toda la información -dije poniéndome de pie.
-Está bien, está bien -dijo ella y se mordió el labio inferior. Enderezó las costuras de sus medias, gesto hecho evidentemente para mí, pero, cuando trabajo, trabajo, y no era el momento de andarse con tonterías.
-No nos apartemos del tema, nena.
-Bueno, la verdad es... que en realidad no soy modelo.
-¿No?
-No. Tampoco me llamo Heather Butkiss. Soy Claire Rosensweig, y estudio en Vassar. Filosofía. Historia del pensamiento occidental y todo eso. Tengo que entregar un trabajo en enero. Sobre religión occidental. Todas las chicas de la clase entregarán estudios teóricos. Pero yo ¡quiero saber! El profesor Grebanier dijo que si alguien descubre la Verdad puede llegar a aprobar el curso. Y mi padre me prometió un Mercedes si apruebo con sobresaliente.
Abrí un paquete de Lucky, luego otro de chicle, y mastiqué el cigarrillo y fumé el chicle. La historia empezaba a interesarme. Una estudiante demasiado mimada. Inteligente y con un cuerpo por el que reto a cualquiera haber visto otro mejor.
-Su Dios, ¿qué aspecto tiene?
-Nunca Lo he visto.
-Entonces, ¿cómo sabes que existe?
-Eso es lo que usted tiene que averiguar.
-¡Ah! ¿Con que no sabes qué aspecto tiene? ¿Ni dónde debo empezar a buscarlo?
-No, en realidad, no. Aunque sospecho que está en todas partes. En el aire, en cada flor, en usted y en mí... y en esta silla.
-Ya.
Así que la chica era panteísta. Tomé nota mental del detalle y dije que haría un esfuerzo por cien dólares al día, gastos aparte y una cena con ella. Sonrió y aceptó en el acto. Bajamos juntos en el ascensor. Afuera anochecía. Quizá Dios exista, o quizá no, pero en alguna parte de esta ciudad con seguridad había un montón de tipos que iban a tratar de impedirme averiguarlo.
Mi primera pista fue la del rabino Itzhak Wiseman, un clérigo local que me debía un favor por haberle averiguado quién le ponía cerdo en el sombrero. Me di cuenta en el acto de que algo no pitaba cuando le hice unas preguntas, porque se azaró mucho. Estaba asustado.
-Por supuesto que existe ya-sabe-quién, pero no puedo siquiera pronunciar Su nombre, de lo contrario me fulminaría en el acto. Entre nosotros, le diré que jamás he podido comprender por qué alguien se vuelve tan quisquilloso al pronunciar Su nombre.
-¿Le ha visto alguna vez?
-¿Yo? ¿Está bromeando? ¡Suerte tengo si alcanzo a ver a mis nietos!
-Entonces ¿cómo sabe que existe?
-¿Cómo lo sé? ¡Vaya pregunta! ¿Podría comprarme un traje como éste por catorce dólares si no hubiera nadie allá arriba? ¡Toque, toque esta tela de gabardina! ¿Cómo puede dudar?
-¿No tiene ninguna otra prueba?
-Oiga, ¿qué es para usted el Antiguo Testamento? ¿Un plato de garbanzos? ¿Cómo cree que Moisés pudo sacar a los israelitas de Egipto? ¿Con una sonrisa y un claqué americano? Créame, ¡no se abren las aguas del Mar Rojo con polvo de rascarse! Se necesita poder.
-Así pues, es un duro, ¿eh?
-Sí, un duro. Podría pensarse que con tantos éxitos estaría más amable, pero no.
-¿Cómo es que sabe usted tanto?
-Porque somos el Pueblo Elegido. Cuida más de nosotros que de todas Sus demás criaturas. Este es un tema que, por cierto, también me gustaría comentar con El.
-¿Cuánto Le pagáis para ser los elegidos?
-No me lo pregunte.
Entonces, así iba la cosa. Los judíos estaban liados con Dios hasta el cuello. El viejo negocio de la protección. Los cuidaba mientras pasaran por caja. Y por la manera en que hablaba el rabino Wiseman, El encajaba lo suyo. Me metí en un taxi y me fui al salón de billar Dany en la Décima Avenida. El gerente era un tipo pequeñito y sucio al que no podía tragar.
-¿Está Chicago Phil?
-¿Quién quiere saberlo?
Lo agarré por las solapas pellizcando a la vez un poco de piel.
-¿Qué pasa, basura?
-En la sala del fondo - dijo cambiando de actitud.
Chicago Phil. Falsificador, asaltante de bancos, hombre duro y ateo confeso.
-El tío nunca existió, Kaiser. Información de buena tinta. Es un bulo. No existe tal gran jefe. Es un sindicato internacional. Casi todo en manos de sicilianos. Pero no hay una cabeza visible. Salvo quizás, el Papa.
-Tengo que ver al Papa.
-Se puede arreglar -dijo guiñando un ojo.
-¿Te dice algo el nombre Claire Rosensweig?
-No.
-¿Y Heather Butkiss?
-¡Eh, espera un minuto! ¡Sí, claro, ya lo tengo! Esa rubia teñida que anda por ahí con los tipos de Radcliffe.
-¿Radcliffe? Me dijo Vassar.
-Pues te está mintiendo. Es maestra en Radcliffe. Estuvo liada con un filósofo durante un tiempo.
-¿Panteísta?
-No, empirista, que yo recuerde. Un tipo de poco fiar. Rechazaba completamente a Hegel y a cualquier metodología dialéctica.
-Conque uno de ésos, ¿eh?
-Sí. Primero fue batería en un trío de jazz. Luego, se dedicó al Positivismo Lógico. Cuando el asunto le fue mal, inventó el Pragmatismo. Lo último que supe de él fue que había robado dinero para montar un curso sobre Schopenhauer en Columbia. A los compañeros les gustaría ponerle la mano encima, o dar con sus libros de texto para poder revenderlos.
-Gracias, Phil.
-Hazme caso, Kaiser. No hay nadie por encima de nosotros. Sólo el vacío. No podría emitir todos esos talones falsos ni joder a la gente como lo hago si por un segundo tuviera conciencia de un Ser Supremo. El universo es estrictamente fenomenológico. No hay nada eterno. Nada tiene sentido.
-¿Quién ganó la quinta en Aqueduct? (1)
-Santa Baby.
-Esto sí tiene sentido.
Tomé una cerveza en O'Rourke y traté de hilvanar todos los datos, pero no dio resultado. Sócrates era un suicida, o por lo menos eso decían. A Cristo lo mataron. Nietzsche murió loco. Si había realmente alguien responsable de todo eso, era lógico que quisiera que se guardara el secreto.
Y ¿por qué había mentido Claire Rosensweig acerca de Vassar? ¿Podía haber tenido razón Descartes? ¿Era el universo dualista?
¿O es que Kant dio en el clavo cuando postuló la existencia de Dios por razones morales?
Aquella noche cené con Claire. Diez minutos después de que pagara ella la cuenta estábamos en la cama y, hermano, te regalo todo el pensamiento occidental. Organizó para mí una demostración de gimnasia que se hubiera llevado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de la Tía Juana. Más tarde, descansó sobre la almohada a mi lado con sus largos cabellos rubios desparramados. Nuestros cuerpos, desnudos aún, estaban entrelazados. Yo fumaba y miraba el techo.
-Claire, ¿y si Kierkegaard tuviera razón?
-¿Qué quieres decir?
-Si realmente jamás se pudiera saber. Sólo tener fe,
-Esto es absurdo.
-No seas tan racionalista.
-Nadie es racionalista, Kaiser. -Encendió un cigarrillo-. Lo único que te pido es que no empieces con la ontología. No en este momento. No podría aguantar que fueras ontólogo conmigo, Kaiser.
Se había mosqueado. Me acerqué para besarla cuando sonó el teléfono. Ella contestó.-Es para ti.
La voz al otro lado de la línea era la del sargento Reed, de Homicidios.
-¿Todavía a la caza de Dios?
-Sí.
-¿Un ser Todopoderoso? ¿El Creador? ¿El Principio Universal? ¿El Ser Supremo?
-Así es.
-Un tipo que se ajusta a la descripción acaba de aparecer en el depósito de cadáveres. Mejor que venga a echarle un vistazo.
Era El sin lugar a dudas y, por lo que quedaba de él, se trataba de un trabajo profesional.
-Ya estaba muerto cuando Lo trajeron.
-¿Dónde Lo encontraron?
-En un depósito de la calle Delancey.
-¿Alguna pista?
-Es el trabajo de un existencialista. Estamos seguros.
-¿Cómo lo sabéis?
-Todo hecho muy al azar. No parece que hayan seguido ningún sistema. Un impulso.
-¿Un crimen pasional?
-Eso es. Lo cual significa que eres sospechoso, Kaiser.
-¿Por qué yo?
-Todos los muchachos del departamento conocen tus ideas sobre Jaspers.
-Eso no me convierte en un asesino.
-Aún no, pero sí en un sospechoso.
Una vez en la calle, llené mis pulmones de aire puro y traté de poner orden en mis ideas. Tomé un taxi a Newark y caminé cien metros hasta el restaurante italiano Giordino. Allí, en una mesa del fondo, estaba Su Santidad. Era el Papa, seguro. Sentado con dos tipos que yo había visto media docena de veces en las comisaría en sesiones de identificación.
-Siéntate -dijo levantando los ojos de sus spaghetti. Me acercó el anillo. Sonreí mostrando todos los dientes, pero no se lo besé. Le molestó, y yo me alegré. Un punto para mí-. ¿Te gustarían unos spaghetti?
-No gracias, Santidad. Pero siga comiendo, que no se le enfríen.
-¿No quieres nada? ¿Ni siquiera una ensalada?
-Acabo de comer.
-Como quieras, pero mira que aquí sirven una estupenda salsa Roquefort con la ensalada. No como en el Vaticano, donde es imposible conseguir una comida decente.
-Iré al grano, Pontífice. Estoy buscando a Dios.
-Has llamado a la puerta adecuada.
-Entonces, ¿existe?
Mi pregunta les pareció divertida y se rieron. El hampón sentado a mi lado, dijo:
-¡Eso sí tiene gracia! ¡Un chico inteligente que quiere saber si El existe!
Moví la silla para estar más cómodo y coloqué mi pierna izquierda sobre el dedo gordo de su pie.
-¡Lo siento! -dije, pero el tipo estaba que bramaba.
El Papa tomó la palabra:
-Por supuesto que El existe, Lupowitz. Yo soy el único que se comunica con El. Sólo habla a través de mí.
-¿Por qué usted, amigo?
-Porque yo soy quien lleva el traje rojo.
-¿Este atuendo?
-¡No toques con esos dedos sucios! Me levanto cada mañana, me pongo este traje rojo y, de pronto, me convierto en un gran queso. Todo está en el traje. Imagínate si anduviera por ahí en pantalones estrechos y en camiseta, ¿qué sería de la cristiandad?
-¡El opio del pueblo! ¡Ya me lo temía! ¡Dios no existe!
-No lo sé. Pero ¿qué más da? Mientras haya dinero...
-¿No le preocupa que la tintorería no le devuelva a tiempo el traje rojo y vuelva a ser como todos nosotros?
-Utilizo un servicio especial de veinticuatro horas. Vale la pena gastarse un poco más y estar seguro.
-¿El nombre Claire Rosensweig le dice algo?
-Seguro. Está en el Departamento de Ciencias de Bryn Mawr.
-¿Ciencias, dice? Gracias.
-¿Por qué?
-Por la respuesta, Pontífice.
Me metí en un taxi y crucé volando el puente George Washington. En el camino, me detuve en mi oficina para hacer unas verificaciones rápidas. Durante el trayecto hacia el piso de Claire, aclaré el rompecabezas. Las piezas, por primera vez, encajaban a la perfección. Cuando llegué a su casa, ella llevaba su diáfana bata y parecía estar preocupada por algo.
-Dios ha muerto. La policía estuvo aquí. Te están buscando. Piensan que ha sido un existencialista.
-No, querida, fuiste tú.
-¿Qué? No hagas bromas, Kaiser.
-Tú fuiste quien lo hizo.
-¿Qué estás diciendo?
-Tú, angelito. Ni Heather Butkiss ni Claire Rosensweig, sino la doctora Ellen Shepherd.
-¿Cómo supiste mi nombre?
-Profesora de física en Bryn Mawr. La persona más joven que ha llegado a estar al frente de un departamento en esa universidad. Durante la fiesta de fin de curso, te liaste con un músico de jazz que se inyecta mucha filosofía. Está casado, pero eso no te detuvo. Un par de noches revoleándote con él en el heno y ya te pareció que era el gran amor. Pero no funcionó, porque alguien se interpuso entre los dos: ¡Dios! Ves, muñeca, él creía, o quería creer, pero tú, con esa hermosa cabecita científica, necesitabas la certeza absoluta.
-No, Kaiser, te lo juro.
-Entonces, simulas estudiar filosofía porque eso te da la posibilidad de eliminar ciertos obstáculos. Te deshaces de Sócrates con cierta facilidad, pero aparece Descartes y, entonces, te sirves de Spinoza para liquidar a Descartes y, cuando llega Kant, también tienes que eliminarlo.
-No sabes lo que dices.
-A Leibnitz lo hiciste picadillo, pero eso no fue suficiente porque sabías que, si alguien oía hablar a Pascal, estabas lista entonces, también a él tenías que sacártelo de encima, pero allí fue donde cometiste el error, porque confiaste en Martin Buber. Te falló la suerte. Creía en Dios y, por tanto, tenías que librarte del mismo Dios y, por si fuera poco, por tus propias manos.
-¡Kaiser, estás loco!
-No, nena. Te hiciste pasar por panteísta creyendo que eso te conduciría hasta El, si es que El existía, y existía. Te llevó a la fiesta Shelby y, cuando Jason no miraba, lo mataste.
-¿Quién diablos son Shelby y Jason?
-¿Qué importancia tiene? Ahora, de cualquier modo, la vida es absurda.
-Kaiser -dijo ella, presa de un repentino estremecimiento- ¿me entregarás?
-¿Cómo no, muñeca? Cuando el Ser Supremo recibe una paliza como ésta, alguien tiene que pagar los platos rotos.
-Oh, Kaiser, podemos escaparnos juntos, lejos de aquí. Sólo nosotros dos. Podríamos olvidar la filosofía. Establecernos en algún lugar y, tal vez, más tarde, dedicarnos a la semántica.
-Lo lamento, nena. No hay trato.
Ya estaba bañada en lágrimas cuando empezó a bajarse la bata por los hombros. Quedó de pronto desnuda ante mí como una Venus cuyo cuerpo parecía decirme: "Tómame, soy tuya".. Una Venus cuya mano derecha me acariciaba el pelo mientras la izquierda empuñaba una 45 que apuntaba a mi espalda. Le descargué en el cuerpo mi 38 antes de que pudiera apretar el gatillo; dejó caer la pistola y se dobló con un gesto de total sorpresa.
-¿Cómo pudiste hacerlo, Kaiser?
Se debilitaba rápidamente, pero me las arreglé para contarle el resto de la historia.
-La manifestación del universo, como una idea compleja en sí misma, en oposición al hecho de ser interior o exterior a su propia Existencia, es inherente a la Nada conceptual en relación con cualquier forma abstracta existente, por existir, o habiendo existido en perpetuidad sin estar sujeto a las leyes de la física, o al análisis de ideas relacionadas con la antimateria, o la carencia de Ser objetivo o subjetivo, y todo lo demás.
Era un concepto sutil, pero espero que lo haya pescado antes de morir.
1) El hipódromo más importante de Nueva York.
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antonio colinas |

GIACOMO CASANOVA ACEPTA EL CARGO DE BIBLIOTECARIO QUE LE OFRECE, EN BOHEMIA, EL CONDE DE WALDSTEIN
Il vostro passo di velluto
E il vostro sguardo di vergine violata.
E il vostro sguardo di vergine violata.
Dino Campana.
Escuchadme, Señor, tengo los miembros tristes.
Con la Revolución Francesa van muriendo
mis escasos amigos. Miradme, he recorrido
los países del mundo, las cárceles del mundo,
los lechos, los jardines, los mares, los conventos,
y he visto que no aceptan mi buena voluntad.
Fui abad entre los muros de Roma y era hermoso
ser soldado en las noches ardientes de Corfú.
A veces he sonado un poco el violín
y vos sabéis, Señor, cómo trema Venecia
con la música y arden las islas y las cúpulas.
Escuchadme, Señor, de Madrid a Moscú
he viajado en vano, me persiguen los lobos
del Santo Oficio, llevo un huracán de lenguas
detrás de mi persona, de lenguas venenosas.
Y yo sólo deseo salvar mi claridad,
sonreír a la luz de cada nuevo día,
mostrar mi firme horror a todo lo que muere.
Señor, aquí me quedo en vuestra biblioteca,
traduzco a Homero, escribo de mis días de entonces,
sueño con los serallos azules de Estambul.
ESCALINATA DEL PALACIO
Hace ya tiempo que habito este palacio.
Duermo en la escalinata, al pie de los cipreses.
Dicen que baña el sol de oro las columnas,
las corazas color de tortuga, las flores.
Soy dueño de un violín y de algunos harapos.
Cuento historias de muerte y todos me abandonan.
Iglesias y palacios, los bosques, los poblados,
son míos, los vacía mi música que inflama.
Salí del mar. Un hombre me ahogó cuando era niño.
Mis ojos los comió un bello pez azul
y en mis cuencas vacías habitan escorpiones.
Un día quise ahorcarme de un espeso manzano.
Otro día me até una víbora al cuello.
Pero siempre termino dormido entre las flores,
beodo entre las flores, ahogado por la música
que desgrana el violín que tengo entre mis brazos.
Soy como un ave extraña que aletea entre rosas.
Mi amigo es el rocío. Me gusta echar al lago
diamantes, topacios, las cosas de los hombres.
A veces, mientras lloro, algún niño se acerca
y me besa en las llagas, me roba el corazón.
LA NOCHE DE LOS RUISEÑORES AFRICANOS
Cayó el alma en el pozo de la noche
y desde abajo, desde lo más hondo,
ve la luna de junio madurar
en la brisa, que trae enloquecidos
cantos de ruiseñores africanos.
CITA CON UNA MUCHACHA SUECA ENTRE EL SENA Y LOS CAMPOS ELÍSEOS
Mis ojos eran dos nostálgicas panteras.
¿Cómo era aquella luz que endiosaba mis horas?
Agria luz esmeralda del Ganjes y del Nilo.
La luz de las manzanas salpicadas de lluvia.
La luz que hay en las puertas con picaportes de oro.
La luz que hay en los párpados de las águilas muertas.
Yo esperaba tus ojos con ojeras violáceas
mientras callaban todas las fuentes y en el cielo
mastines de azabache olfateaban las nubes.
(Qué festín el del cielo, qué gran fruto podrido)
Escuchando la lluvia que cesaba en los techos
de cinc, con los cabellos mojados, olorosos
aún por los pinares del Grand Bois de Boulogne,
-las manos escocidas de remar en el lago-
esperando en el pórtico umbroso del museo,
con los pies en la alfombra llena de vino y faunos,
quieto entre las columnas, pálido, distraído
por el gas enfermizo de aquel primer farol,
y por los carruajes, fúnebre y aristócrata
como un poeta inglés de la Romantic Revolt,
pensando en los abetos de tu país al alba,
sonriendo tristemente por no llorar tu ausencia,
cercando con mis dientes tu nombre -Kerstin, Kerstin-
mis ojos como dos nostálgicas panteras
esperaban tus ojos entre los matorrales.
LETANÍA DEL CIEGO QUE VE
Que este celeste pan del firmamento
me alimente hasta el último suspiro.
Que estos campos tan fieros y tan puros
me sean buenos, cada día más buenos.
Que si en tiempo de estío se me encienden las manos
con cardos, con ortigas, que al llegar el invierno
los sienta como escarcha en mi tejado.
Que cuando me parezca que he caído,
porque me han derribado,
sólo esté arrodillándome en mi centro.
Que si alguien me golpea muy fuerte
sólo sienta la brisa del pinar, el murmullo
de la fuente serena.
Que si la vida es un acabar,
cual veleta, chirriando en lo más alto,
allá arriba me calme para siempre,
se disuelva mi hierro en el azul.
Que si alguien, de repente, vino para arrancarme
cuanto sembré y planté llorando por las nubes,
me torne en nube yo, me torne en planta,
que sean aún semillas mis dos ojos
en los ojos sin lágrimas del perro.
Que si hay enfermedad sirva para curarme,
sea sólo el inicio de mi renacimiento.
Que si beso y parece que el labio sabe a muerte,
amor venza a la muerte en ese beso.
Que si rindo mi mente y detengo mis pasos,
que si cierro la boca para decirte todo,
y dejo de rozar tu sangre ya sembrada,
que si cierro los ojos y venzo sin luchar
(victoria en la que nada soy ni obtengo),
te tenga a ti, silencio de la cumbre,
o a ese sol abatido que es la nieve,
donde la nada es todo.
Que respirar en paz la música no oída
sea mi último deseo, pues sabed
que, para quien respira
en paz, ya todo el mundo
está dentro de él y en él respira.
Que si insiste la muerte,
que si avanza la edad, y todo y todos
a mi alrededor parecen ir marchándose deprisa,
me venza el mundo al fin en esa luz
que restalla.
Y su fuego
me vaya deshaciendo como llama
de vela: despacio, muy despacio,
como giran arriba extasiados los planetas.
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antonio colinas
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Braulio Arenas: Leonora Carrington |
![]() |
| Max Ernst y Leonora Carrington, St Martin d’Ardèche (Francia), 1939 -fotografía de Lee Miller. |
Si yo debo convencerme que frente a mí vida hay una piedra de sacrificio, sobre la cual debo inclinar mi frente para mirarme en mi propia sangre (y este convencimiento durará el tiempo justo que tenga para volverme hacia una enigmática sacerdotisa que blande una carta del tarot, en la que está escrito que es de toda necesidad que atraviese la galería, y suba los dos escalones, los cuales, según dicen, representan el asfixiante dualismo de toda existencia), entonces, y sólo entonces, yo seguiré la diagonal de estos arcanos: la avenida llamada del futuro y bajo la sombra de los árboles del pasado.
Las cartas del tarot, pintadas a encanto por Leonora Carrington, bullen en su imaginería fastuosa ("y esta carta -me explica la sacerdotisa, blandiendo una- parece que es un legado de la Atlántida"), cruzan como sílabas mágicas antes de constituir una palabra real, o salpican de imágenes los bordes del espejo, como si tanta noche no pudiera contener tantas estrellas.
Y ahora las cartas del tarot siguen un orden de ondas, pues bajo ellas se deslizan las bacantes ondinas, y es Bella, la enamorada de Carlos V, quien reclina su cuerpo junto al río para intentar sus profecías, mientras el Duque Miguel pone un tricornio en la cabeza de la mandrágora para investirla como mariscal de campo, y el golem de gitana, por un callejón sin salida de lágrimas, resuelve el amor en una complicada trigonometría de espectros.
Tarot -río al aire libre, río subterráneo. Y en pos de esta nadadora, yo me sumerjo en una oscura galería, la que corta -también en sentido diagonal- las raíces del castillo. Por esta galería van y vienen, portando antorchas, ora incrustándose en las sombras de las paredes, ora hundiéndose de cabeza en las aguas (las antorchas chisporrotean), Anne Ward Radcliffe, Clara Reeve, Horace Walpole, Robert Maturin, Edward Young, John Ford, Cyril Tourneur, John Webster, y el espectro del monje Lewis, el espectro. Todos van y vienen, con una impaciencia de víspera de fiesta, todos van y cantan, todos ríen y vienen, todos esperan la llegada de Leonora Carrington.
Pues Leonora Carrington es el rayo de luz que todos esperábamos, rayo de luz que se corta en el diamante llamado poesía, y va a esparcir sus mágicos colores por la habitación antes negra del mundo, rayo de luz que baña real al barco fantasma, rayo de luz que entra por el ventanuco de la celda (y esto casi ha dejado de ser simbólico lenguaje, suponiendo al hombre prisionero de la razón), rayo de luz transfigurado en llave de libertad, o llave de libertad transformada en luz de amor.
Porque, si se trata bien de las contradicciones del presente, o de nuestro presente, entonces es preciso convenir que el tránsito por la famosa galería es de toda necesidad. Es cual una imprescindible prueba de iniciación, exacta y terrible, y con todos los requisitos del graal. Sin embargo, a la salida nos recibe el país del espejo (hemos dejado atrás el país del espejismo), y Alicia Liddell y Leonora Carrington nos urgen a suministrar los primeros informes de la nueva tierra.
Informes de encantamiento que nosotros, a nuestro turno, oímos, miramos y leemos con avidez, y entonces la tierra gira a impulsos de la luz, y todo nos parece natural, verídico y puro. Pues esta piedra ya no es de sacrificio, sino nido del cual vuelan corazones intactos como pájaros de sangre. Y esta inspirada sacerdotisa ya no blande una carta del tarot (tal como la que agitara en sus manos antes que yo me precipitara en esta galería subterránea), ella misma es la carta, una carta de luz escrita por sus propias manos luminosas y para un mundo sombrío como destinatario.
¿Y estos dos escalones, donde se había planteado el dualismo banal de la existencia, no me han conducido a una cima en la cual pasado y futuro, sueño y realidad, orden y aventura, se adentran en un todo y se confunden?
¡Oh alucinante realidad de Wonderland! Esta avenida (me explica Alicia Liddell) es la avenida del futuro, pero éstos árboles (me agrega Leonora Carrington) son los árboles del pasado. Y ambas siguen suministrándome los rientes informes acerca de esta nueva tierra: Wonderland, la maravillosa, la cual (tal a la bienvenida que se encuentra al alcance de la mano, o el sueño al alcance de la almohada) se encuentra al alcance del espejo.
¡Oh alucinantes informes éstos de Leonora Carrington! Escuchad sus adivinaciones, leed aquellos maravillosos textos (los conejos levantan las cabezas desde su macabro festín para ver pasar raudas, las estrellas errantes que son sus manos, ella no quiere, de manera alguna, asistir a su estreno en sociedad y viste con un traje elegante a la hiena, o concurre a la mansión de la señora Pavura, justo a tiempo para presenciar el baile de los caballos, y para redactar, con exactitud magnética, la biografía de Penélope), o embrujaos, pero definitivamente, ante su pintura, donde se ostenta la vida feérica de la poesía -pero definitivamente-, su pintura trazada con el ala de una gaviota malherida en un cielo permanentemente cicatrizante. Sus colores, encerrados en una clepsidra, destilan, segundo a segundo, el tiempo (un tiempo que parece presidir el arcano XVII), para convertirlo en espacio (con la creencia encerrada en el arcano XVI). Y en acuerdo feliz, tiempo y espacio se escurren de los dedos de Leonora Carrington para traspasarse al cuadro, donde los vemos apoderarse de las formas habituales de la realidad, despojándolas de sus innecesarias vestiduras: los personajes, los animales y los paisajes temáticos de Leonora Carrington, parecen mirarnos desde otro mundo, desde otro tiempo y otro espacio que son los nuestros, pero tratados alquímicamente por esta gran transmutadota de la luz.
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art buchwald |
LA ANSIEDAD ES EL MEJOR CONSEJERO

¿Se le ha ocurrido a usted pensar alguna vez por qué los periódicos, la radio y la televisión están siempre brincando de una crisis a la otra en sus noticias? Uno podría pensar que tiene algo que ver con las noticias en sí, pero corre el riesgo de equivocarse de medio a medio.
Todas las informaciones al respecto están controladas, en este país, por una organización llamada Consejo Para el Progreso de las Ansiedades. El otro día visité su cuartel general, que está en una casa de piedra parduzca, sin número, en las afueras de Princenton; con gran sorpresa mía el secretario ejecutivo declaró:
-Esta organización fue fundada justamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando describimos que la gente se estaba tornando demasiada confiada y revelaba alarmante apatía con respecto a las hechos mundiales. Entonces decidimos que teníamos que arreglar las noticias de modo que el público tuviera siempre algo de qué preocuparse.
-¿Cómo lo hacen?
-Tenemos un numero personal de investigaciones encargado de buscar constantemente nuevas crisis y temores para inquietar a la gente.
Unos minutos después doce hombres solemnes, con legajos en sus manos, se sentaban alrededor de una mesa de conferencias. Yo me quedé por ahí cerca, atento. El secretario comenzó.
-Wallin, ¿qué tiene que informar usted?
-Señor, sé que la situación vietnamita ya no excita a la gente, pero tal vez la actual ofensiva podría prepararla otra vez…
Un hombre llamado Simón estuvo en desacuerdo:
-La gente ya está cansada de tanto Vietnam; creo que debemos continuar con Berlín. Eso tiene cierto aire atemorizador, no sólo por miedo a los rusos y los alemanes orientales, sino también debido a los estudiantes de Alemania occidental.
Otro, Richman, saltó:
-¿Cree usted realmente que alguien se preocupe por Berlín? Pienso que debemos seguir con la crisis en el Medio Oriente; eso es lo único que tiene poder para quitar el sueño.
-Pero hemos tenido ese tema por varios días. ¿Por qué no volvemos a los disturbios raciales? Eso siempre produce ansiedad en los norteamericanos -intervino un tal Kalchein-.
Otro, Baker, negó:
- No exageremos la cuestión racial. La necesitamos para un día malo; creo que debemos tratar la revuelta estudiantil, porque es lo que menos entiende la gente. Tenemos muy buenas fotografías del colegio de San Francisco.
Volvió a decir el secretario:
-Para pura ansiedad, nada mejor que la nieve en Nueva York. ¿No tenemos nada comparable para el futuro?
-Hay un huracán formándose cerca de las Bahamas, pero eso es demasiado regional.
-¿Y qué pasa con De Gaulle?
-Es terrorífico; pero creo que necesitamos algo más fresco.
-Si siquiera pudiera reproducirse la alarma sobre la gripe de Honk Kong…
Entonces le dije al secretario:
-Ya entiendo cómo trabajan ustedes, pero ¿de dónde obtienen los fondos para operar?
-Somos apoyados principalmente por los fabricantes de aspirinas; pero a veces obtenemos ayuda de la industria del alcohol también.
Todas las informaciones al respecto están controladas, en este país, por una organización llamada Consejo Para el Progreso de las Ansiedades. El otro día visité su cuartel general, que está en una casa de piedra parduzca, sin número, en las afueras de Princenton; con gran sorpresa mía el secretario ejecutivo declaró:
-Esta organización fue fundada justamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando describimos que la gente se estaba tornando demasiada confiada y revelaba alarmante apatía con respecto a las hechos mundiales. Entonces decidimos que teníamos que arreglar las noticias de modo que el público tuviera siempre algo de qué preocuparse.
-¿Cómo lo hacen?
-Tenemos un numero personal de investigaciones encargado de buscar constantemente nuevas crisis y temores para inquietar a la gente.
Unos minutos después doce hombres solemnes, con legajos en sus manos, se sentaban alrededor de una mesa de conferencias. Yo me quedé por ahí cerca, atento. El secretario comenzó.
-Wallin, ¿qué tiene que informar usted?
-Señor, sé que la situación vietnamita ya no excita a la gente, pero tal vez la actual ofensiva podría prepararla otra vez…
Un hombre llamado Simón estuvo en desacuerdo:
-La gente ya está cansada de tanto Vietnam; creo que debemos continuar con Berlín. Eso tiene cierto aire atemorizador, no sólo por miedo a los rusos y los alemanes orientales, sino también debido a los estudiantes de Alemania occidental.
Otro, Richman, saltó:
-¿Cree usted realmente que alguien se preocupe por Berlín? Pienso que debemos seguir con la crisis en el Medio Oriente; eso es lo único que tiene poder para quitar el sueño.
-Pero hemos tenido ese tema por varios días. ¿Por qué no volvemos a los disturbios raciales? Eso siempre produce ansiedad en los norteamericanos -intervino un tal Kalchein-.
Otro, Baker, negó:
- No exageremos la cuestión racial. La necesitamos para un día malo; creo que debemos tratar la revuelta estudiantil, porque es lo que menos entiende la gente. Tenemos muy buenas fotografías del colegio de San Francisco.
Volvió a decir el secretario:
-Para pura ansiedad, nada mejor que la nieve en Nueva York. ¿No tenemos nada comparable para el futuro?
-Hay un huracán formándose cerca de las Bahamas, pero eso es demasiado regional.
-¿Y qué pasa con De Gaulle?
-Es terrorífico; pero creo que necesitamos algo más fresco.
-Si siquiera pudiera reproducirse la alarma sobre la gripe de Honk Kong…
Entonces le dije al secretario:
-Ya entiendo cómo trabajan ustedes, pero ¿de dónde obtienen los fondos para operar?
-Somos apoyados principalmente por los fabricantes de aspirinas; pero a veces obtenemos ayuda de la industria del alcohol también.
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Leo Maslíah: Carta a un escritor latinoamericano |
Hemos venido siguiendo tu carrera durante las últimas décadas y tenemos algo importante que comunicarte. Descontamos que será de provecho no solamente para ti y los tuyos, sino para mantener el sano equilibrio existente dentro del rico espectro de formas, géneros y estilos que articulan el vasto mundo de la literatura. Sabemos que tienes talento, pero ¡cuidado! Utilízalo con tacto. No intentes incursionar en roles que no te han sido asignados. No vanguardices, porque te vamos a boicotear. No vamos a avalar tus inventos. Debes usar tus dones en la tarea de aplicar las técnicas poéticas y narrativas que nuestros escritores consagraron como válidas. Sólo que ellos se valieron de esas herramientas para describir nuestra realidad, y tú debes describir la tuya. Hay por aquí un grupo de intelectuales que asumen, en nombre de toda Europa occidental, la culpa que ella tiene de que en tu país la gente viva mal. Y esta gente necesita documentación. Necesita testimonios directos de las atrocidades que la colonización y el imperialismo, a lo largo de los siglos y a cargo de sucesivas metrópolis, han cometido en tu tierra. Y necesitan que esos testimonios estén bien escritos, para demostrar su tesis de que los latinoamericanos no son criaturas inferiores, anormales bastardos nacidos ilegítimamente del cruce de dos especies no compatibles (la cultura metropolitana y la autóctona con injertos de aquella otra trasplantada desde África por la fuerza). Es solo que el clima tropical los hace ser un poco mas remolones, y bueno, en la economía de mercado el que no se apura va al muere. Así que tratá de escribir bien, idiota.* Escribí cosas que nosotros podamos entender. Color local sí, podés ponerle todo lo que quieras, girós idiomáticos característicos, voces indígenas, porque ya sabés eso de "pinta tu aldea y pintarás el mundo". Pero pintalo con el pincel que nosotros te damos. Sólo así te vamos a sacar buena crítica en "Le Monde" y en "Cambio 16". Sí escribís cosas raras, nosotros no nos vamos a esforzar en lo mas mínimo por descifrarlas, y tus coterráneos, aunque les vean cualidades, igual van a hacer la vista gorda ante ellas y van a desconfiar, porque no van a estar seguros de que son buenas, a menos que nosotros así lo decretemos.** Te lo advertimos de nuevo: portate bien. Tenés que ser la voz de la conciencia culpable de Europa. Si nos hacés caso, te prometemos para siempre un lugar allá abajo en nuestra lista de lo más vendidos, y te vamos a pasear de una ciudad a otra del primer mundo, para que des charlas sobre tu literatura y las desgracias de tu gente. Y en las revistas literarias europeas van a salír artículos sobre vos, escritos por nosotros. Reservá tu ejemplar con anticipación.
Firmado:
Asociación de Críticos
Literarios de Europa y
Tribunal de Geopolítica
Literaria
*A veces solemos recompensar estos esfuerzos con el premio Nobel.
** Hay una sola excepción; un único permiso ha sido expedido a un escritor de tu subcontinente, habilitándolo a ingresar en lo que llamamos "literatura universal" (o literatura en serio, o gran literatura): Jorge Luis Borges. Pero te confiamos secretamente que eso se debe a que para nosotros él es inglés.
(Ediciones de la Flor, Argentina, 2000)
Firmado:
Asociación de Críticos
Literarios de Europa y
Tribunal de Geopolítica
Literaria
*A veces solemos recompensar estos esfuerzos con el premio Nobel.
** Hay una sola excepción; un único permiso ha sido expedido a un escritor de tu subcontinente, habilitándolo a ingresar en lo que llamamos "literatura universal" (o literatura en serio, o gran literatura): Jorge Luis Borges. Pero te confiamos secretamente que eso se debe a que para nosotros él es inglés.
(Ediciones de la Flor, Argentina, 2000)
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leo masliah
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alfonso alcalde |
Muerte por partida doble
En el siglo XII cualquier persona podía entrar a una botica y comprar un kilo de arsénico. La marquesa de Branvilliers utilizaba su influencia para que le despacharan la receta con el nombre de la futura víctima. Según una crónica policial de la época liquido a su padre (Q.E.P.D.), todos sus hermanos, sus mejores amigos, los enemigos más consecuentes, un perro, seis gatos, un burro, una matrona y hasta un general en retiro.
Antes de ser decapitada en la plaza pública, usando una serie de engañifas logró tentar a su verdugote modo que cuando su cabeza saltó graciosamente por el aire el encapuchado también sufría los estertores de la muerte provocando verdaderos ataques de risa entre los concurrentes. Desde el canasto la cabeza solitaria de la marquesa repetía: "Esto te pasa por ser picado de la araña".
La aristocrática dama colocó una pinta de un siniestro barbitúrico en la punta de sus pezones y el verdugo antes de ponerle la venda reglamentaria, se tentó.
El conocimiento no ocupa espacio
Por la vía experimental Hahnemann creó en el siglo XVIII la homeopatía y Mesmer el deleite que casi enloquece a Madame de Maintenon y Ninon de Lenclos. La afición de ambas matronas a las prácticas del médico llegó a tales extremos que el facultativo debía acudir a sus palcos en las funciones de gala cuando el drama teatral estaba culminando. Les bajaba la prenda más privada colocándoles el enema. A las damas casi en forma inmediata se les despertaba el seso al extremo que no hacían preguntas que comprometieran su falta de información. La práctica sentó las bases para que más tarde aparecieran verdaderas enciclopedias del conocimiento filosófico de la época.
Anciano desconcierta a varios dependientes
Un hombre de 85 años de aspecto cansado, sin familia sordo y reumático entra a una ferretería y pide un cuchillo. Paga su valor volviendo a salir con el mismo paso seguro que había entrado.
Es la pura verdad que el dinero trae una serie de dolores de cabeza
Un funcionario que prestaba sus servicios en la Casa de la Moneda comenzó a fabricar valores de oro para beneficio personal. Entusiasmado en la tarea reemplazó la efigie del patriota por su retrato. Acusado de ejercitar el culto a la personalidad fue encarcelado y defendido por los Abogados de los Pobres, perdiendo la causa quedando sin amigos y siendo abandonado por último por su mujer y cuatro de sus cinco hijos.
La mano presta una utilidad increíble
El mecánico Götz von Berlichingen ganó fama y dinero con el diseño de una mano que le permitió pasar a la historia. Efectivamente hoy aun se le recuerda en las fábricas de prótesis en general. Soldado aguerrido, perdió su diestra en la batalla de Fleury que tuvo lugar al comenzar el otoño de 1862. con materia prima que le llegó directamente desde Holanda pudo construir una articulación tan flexible, ágil y escurridiza que en los momentos de ocio, cuando su espíritu estaba en paz, gustaba sustraer las billeteras de sus colegas de arma. Ya al cumplir el medio siglo se dedicó a estudiar el piano, fabricando él mismo el instrumento totalmente de fierro. Johann Wolfgang von Goethe alabó su gracia y como si esto fuera poco escribió un drama en verso con el tema de la mano y sus variaciones públicas. Sobre su vida privada guardó discreta reserva hasta el último día de su muerte.
Explicaciones que podrían considerarse como atenuantes
"Matar es una desgracia, usía. Pero está claro. Pero póngase usted en mi caso. Lo busqué 25 años y cuando por fin lo tuve en mis manos sentí compasión. Ahora me pregunta usted por qué me ensañé pegándole 45 puñaladas, según consta en autos. Bien. Después de la décima me puse a pensar en la gente que vive en este mundo y que pasa rumiando sus venganzas y no se atreve. Yo tomé la representación de esas personas, aunque no me lo pidieron. Cuando lean la noticia, usía, no se sentirán culpables, porque si usted es bien hombre confesará que por lo menos una puñalada lleva su firma. No tiene por qué confesarme el nombre de su enemigo. Pero bien muerto que está. Por eso tengo mi conciencia tranquila. ¿Y usted?"
En el siglo XII cualquier persona podía entrar a una botica y comprar un kilo de arsénico. La marquesa de Branvilliers utilizaba su influencia para que le despacharan la receta con el nombre de la futura víctima. Según una crónica policial de la época liquido a su padre (Q.E.P.D.), todos sus hermanos, sus mejores amigos, los enemigos más consecuentes, un perro, seis gatos, un burro, una matrona y hasta un general en retiro.
Antes de ser decapitada en la plaza pública, usando una serie de engañifas logró tentar a su verdugote modo que cuando su cabeza saltó graciosamente por el aire el encapuchado también sufría los estertores de la muerte provocando verdaderos ataques de risa entre los concurrentes. Desde el canasto la cabeza solitaria de la marquesa repetía: "Esto te pasa por ser picado de la araña".
La aristocrática dama colocó una pinta de un siniestro barbitúrico en la punta de sus pezones y el verdugo antes de ponerle la venda reglamentaria, se tentó.
El conocimiento no ocupa espacio
Por la vía experimental Hahnemann creó en el siglo XVIII la homeopatía y Mesmer el deleite que casi enloquece a Madame de Maintenon y Ninon de Lenclos. La afición de ambas matronas a las prácticas del médico llegó a tales extremos que el facultativo debía acudir a sus palcos en las funciones de gala cuando el drama teatral estaba culminando. Les bajaba la prenda más privada colocándoles el enema. A las damas casi en forma inmediata se les despertaba el seso al extremo que no hacían preguntas que comprometieran su falta de información. La práctica sentó las bases para que más tarde aparecieran verdaderas enciclopedias del conocimiento filosófico de la época.
Anciano desconcierta a varios dependientes
Un hombre de 85 años de aspecto cansado, sin familia sordo y reumático entra a una ferretería y pide un cuchillo. Paga su valor volviendo a salir con el mismo paso seguro que había entrado.
Es la pura verdad que el dinero trae una serie de dolores de cabeza
Un funcionario que prestaba sus servicios en la Casa de la Moneda comenzó a fabricar valores de oro para beneficio personal. Entusiasmado en la tarea reemplazó la efigie del patriota por su retrato. Acusado de ejercitar el culto a la personalidad fue encarcelado y defendido por los Abogados de los Pobres, perdiendo la causa quedando sin amigos y siendo abandonado por último por su mujer y cuatro de sus cinco hijos.
La mano presta una utilidad increíble
El mecánico Götz von Berlichingen ganó fama y dinero con el diseño de una mano que le permitió pasar a la historia. Efectivamente hoy aun se le recuerda en las fábricas de prótesis en general. Soldado aguerrido, perdió su diestra en la batalla de Fleury que tuvo lugar al comenzar el otoño de 1862. con materia prima que le llegó directamente desde Holanda pudo construir una articulación tan flexible, ágil y escurridiza que en los momentos de ocio, cuando su espíritu estaba en paz, gustaba sustraer las billeteras de sus colegas de arma. Ya al cumplir el medio siglo se dedicó a estudiar el piano, fabricando él mismo el instrumento totalmente de fierro. Johann Wolfgang von Goethe alabó su gracia y como si esto fuera poco escribió un drama en verso con el tema de la mano y sus variaciones públicas. Sobre su vida privada guardó discreta reserva hasta el último día de su muerte.
Explicaciones que podrían considerarse como atenuantes
"Matar es una desgracia, usía. Pero está claro. Pero póngase usted en mi caso. Lo busqué 25 años y cuando por fin lo tuve en mis manos sentí compasión. Ahora me pregunta usted por qué me ensañé pegándole 45 puñaladas, según consta en autos. Bien. Después de la décima me puse a pensar en la gente que vive en este mundo y que pasa rumiando sus venganzas y no se atreve. Yo tomé la representación de esas personas, aunque no me lo pidieron. Cuando lean la noticia, usía, no se sentirán culpables, porque si usted es bien hombre confesará que por lo menos una puñalada lleva su firma. No tiene por qué confesarme el nombre de su enemigo. Pero bien muerto que está. Por eso tengo mi conciencia tranquila. ¿Y usted?"
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La guagua de mi prima |

"Un día vino mi prima a mi casa y me dijo; Oye necesito un niño, no habrá alguno por este barrio, entonces mi hija la María dijo, allá en la esquina donde vive la Gorro Colorao nació una guagua*, yo creo que lo están regalando, entonces mi prima dijo por qué no lo vamos a ver, no importa que sea lo que sea yo quiero un hijo, yo le dije a mi prima que la Gorro Colorao había recibido años atrás a una indiecita de Temuco que además de india era enana, entonces lo más posible era que la guagua tendría que ser muy fea, mi prima dijo entonces, no importa, yo lo quiero igual, entonces mi prima con mi hija partieron para allá y no pasó más de unos minutos cuando las veo venir a las dos trayendo en brazos a una guaguita negrita y llena de meaos y yo le dije a mi prima, pero en verdad ¿quieres a eso?, sí dice mi prima ya hablamos con ellas y ahora es mía, y se fue tan campante con su guagua. Esto pasó en el año 1955 acá en Puerto Natales, ahora esa guagua es dueña de un hostal y oiga, ¿Usted para que quiere que le cuente historias de Puerto Natales?".
* En Cuba se le dice guagua a un vehículo automotor que presta servicio urbano o interurbano en un itinerario fijo. También en Cuba y República Dominicana significa el nombre genérico de numerosas especies de insectos hemípteros, pequeños, de color blanco o gris, que atacan a numerosas plantas, especialmente a los cítricos, y llegan a destruirlos.
En Chile una guagua es un niño pequeño, recién nacido y que hasta el año y medio aproximadamente es... una guagua.
* En Cuba se le dice guagua a un vehículo automotor que presta servicio urbano o interurbano en un itinerario fijo. También en Cuba y República Dominicana significa el nombre genérico de numerosas especies de insectos hemípteros, pequeños, de color blanco o gris, que atacan a numerosas plantas, especialmente a los cítricos, y llegan a destruirlos.
En Chile una guagua es un niño pequeño, recién nacido y que hasta el año y medio aproximadamente es... una guagua.
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Cloro |

Lo que pasa mire es que a una de chiquita le enseñaron en su casa todo lo que una aprendió. Por eso yo cloro, cloro y más cloro. Yo todos los días lo uso. Mi casa tiene que estar impecable y con olor a cloro. Yo no voy a cualquier baño y me siento, no. Aunque ese baño sea del presidente, una nunca sabe quién se sentó allí, por eso yo de paradita no más. Yo siempre le digo a mis hijos, "oigan, ustedes no vayan y se sienten en cualquier parte", porque una nunca sabe, ¿me entiende? Yo recuerdo que mi madre siempre me decía: "hija, tú siempre échale siempre cloro a tu casa". Si yo hasta la ensalada de lechuga le echo cloro, ¿usted sabía que a las lechugas hay que echarle unas gotitas de cloro? Claro, si las lechugas las traen del norte y usted ni se imagina las porquerías con las que riegan allá las lechugas. ¿O usted cree que a las lechugas allá las riegan con agua potable como acá? Para nada, con puras aguas servidas señor, esa gente del norte es muy cochina señor. Creo que usted estará de acuerdo conmigo en lo que yo le digo, sobre el cloro. Ayer tuve que ir al hospital, usted no se imagina la inmundicia que hay allá. Y una falta de cloro señor, una falta tremenda, yo no sé cómo no limpian digo yo. También en el colegio donde va mi hija, pero yo ya reclamé y le dije al director: "Ya que hacemos tantos bingos y tanta cosa para el colegio, por qué también no compramos cloro entre todos los apoderados". Usted sabe que el cloro es barato y bien podría uno comprar 5 litros de cloro por apoderado pero que el colegio esté limpio. ¿Y vio usted cómo está la juventud hoy en día? ¿Cómo sale a las calles con toda esa ropa? Ya los pacos no saben qué hacer. Ayer 5 cabros borrachos apedrearon el jardín infantil donde va manolito, y eso lo hacen de puros malos que son no más. Es que fíjese ya no hay control para nada de los padres para con los hijos. Perdone; con la conversación, me olvidé qué vine a comprar.
-¿Cloro?
-¡Claro; cloro!
-¿Cloro?
-¡Claro; cloro!
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James Joyce |
![]() |
| James Joyce y Nora Barnacle en Londres el día de su boda, 1931. |
y entonces me lo pidió si quería sí decir sí mi flor de la montaña
y primero lo abracé sí
y lo acerqué a mí para que pudiera sentir mis pechos todo perfume sí
y su corazón iba como loco
y sí dije sí lo haré Sí.
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james joyce
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Los poemas a la muerte de los samuráis |
1.
Toshimoto sacó de entre las ropas un rollo de papel y, después de secarse el cuello con él, lo extendió y escribió su poema a la muerte:
El dicho viene de muy antiguo:
"La muerte no existe; la vida no existe".
Es verdad: cielo sin nubes,
Río de aguas limpias.
Entonces, Toshimoto dejó el pincel y se alisó el pelo. En ese instante, la hoja de la espada fulguró tras él; su cabeza cayó hacia delante y su cuerpo, sobre ella.
2.
Sukemoto se sentó en una piel de animal y escribió un poema de despedida en alabanza de la verdad budista:
Las cinco cualidades de mi forma pasajera
Y sus cuatro elementos vuelven a la nada. (*)
Ofrezco mi cuello a la espada desnuda,
Cuyo tajo no es sino una ráfaga de viento.
Escribió la fecha, estampó su nombre y dejó el pincel a un lado. El verdugo se le acercó por detrás y la cabeza de Sukemoto rodó sobre la piel de animal. Su cuerpo permaneció erguido.
(*) Las cinco cualidades son: la forma corporal, los sentimientos, los sentidos, los impulsos y la conciencia. Los cuatro elementos son: la tierra, el agua, el aire y el fuego.
3.
Minamoto-no-Tomoyuki se sentó en una piel de animal, sacó su pastilla de tinta y escribió pausadamente su poema a la muerte:
Durante cuarenta y dos años
he oscilado entre la vida y la muerte.
Ahora zozobran las colinas y los ríos.
La tierra y el cielo vuelven a la nada.
Debajo del poema escribió "décimo noveno día del décimo mes" y estampó su nombre, luego dejó el pincel a un lado, cruzó los brazos y se irguió. El verdugo se le acercó por detrás y, un instante más tarde, su cabeza cortada caía sobre él.
4.
Shiaku Sho'on era monje cuando murió, aunque había nacido samurái. Tras la derrota del ejército de su señor, prefirió morir como un guerrero a renunciar "a las vanidades del mundo", como habría hecho un monje. Su hijo mayor ya se ha suicidado y el menor, Shiro, quiere seguir su ejemplo. Shiaku lo detiene y le dice:
"Espera un momento. No está bien que un hijo muera antes que su padre. Cuando yo me haya ido, podrás hacerlo tú". Shiro envainó su cuchillo y se arrodilló frente a su padre, que lo miró y rió con aprobación. Entonces Shiaku ordenó que pusieran uno de los taburetes que usaban los monjes junto a la puerta central y se sentó en él con las piernas cruzadas. Sacó su pastilla de tinta y escribió su poema a la muerte:
La afilada espada, desnuda,
Corta el vacío.
Dentro del fuego airado,
Viento frío.
Entonces cruzó los brazos, inclinó la cabeza hacia delante y ordenó: "¡Golpea!". Shiro, desnudo hasta la cintura, decapitó a su padre. Acto seguido, colocó la espada verticalmente, se la clavó en el estómago hasta la empuñadura y se desplomó de cara, muerto. Tres seguidores, que lo habían visto todo, se lanzaron, corriendo, contra la misma hoja y cayeron, con las cabezas junta, como peces en un espetón.
Del libro: "Poemas japoneses a la muerte".
DVD poesía. Barcelona, 2004.
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Mi tremendo pene |
Mi vida está hecha de una furibunda rutina matemática. Día a día. Drásticamente comienza a las 7 de la mañana. Es la hora en que mi minimalista reloj acusa una sirena suave e insoportable. Me levanto. A las 7 y 10 despierto a mi hijo. Tiene 9 años y sé que es un crimen que vaya a un colegio en donde constantemente debo hacer el trabajo de que desaprenda lo que ha aprendido. Tonterías.
Toma su desayuno a las 7 y 20. El transporte llega a las 7.30.. Lo despido, le doy un beso. Se va. Vuelvo a la cama y duermo hasta las 9 de la mañana. Y es la hora en que verdaderamente sueño. Podría escribir numerosas páginas con mis sueños. Soy, no lo niego; carne de psicólogo. ¿Quién no lo es? Los psicólogos, los sociólogos y la C.I,A. conocen más cosas de nosotros que nuestra madre.
Y sueño… Pero nunca como el sueño que tuve este último viernes. Después que se fue mi hijo. Soñé que estaba en el baño de mi casa. Que de improviso de entre mis piernas comenzaba a crecer algo descomunal. Era mi pene. Crecía. largo y grueso. La verdad que el crecimiento era vertiginoso y no paraba. No paraba de crecer. Y se paraba. Y crecía. Mi pene-verga-polla-pico; crecía. Más y más. Más que la de Jhon Holmes. Más que el semental italiano Rocco Siffredi. Ya iba en medio metro y un poco más. Me angustiaba. En el sueño pensaba que jamás podría hacer el amor con mujer alguna sin producir evidente hilaridad. Mi angustia sobrepasaba todo límite. Debo despertarme pensé en el sueño. Y desperté.
Desperté aliviado. Contento. Era solo un sueño. Nada más que un sueño. Feliz de tener el pene pequeño de siempre.
Ilustración de Javier Molinero.
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17 con 20 |

Una vez ingresé a la mejor librería de la ciudad de Punta Arenas, Chile. Trataba de encontrar "El recurso del método" de Alejo Carpentier . Me apersono donde un grandote con pinta de profesor Jirafales y le pregunto por el libro, corrigiéndome me dice:"perdón señor, no se llama el Recurso del Método, se llama el Discurso del Método y es de René Descartes , no de Alejo… ¿cuánto?". Al final llegaron los carabineros cuando vieron que intentaba despedazar al señor Jirafales.
En otra ocasión, trabajando de librero en Buenos Aires, me tocó atender, en la gloriosa Librería de las Luces de Avenida de Mayo, un caso muy particular. Viene una empleada de la librería y me dice "Ché Hugo, atendela vos por favor". Se trataba de una decoradora de interiores con un pedido extravagante, la flaca, rubia, de lentes, quería 17 metros con veinte centímetros de libros, los quería gruesos, ojalá de cuero y antiguos. Pasado el primer impacto de su requerimiento, me contó que se trataba de una pareja de buena posición económica que quería decorar una pared con una biblioteca. Inmediatamente pensé en Pablo de Rokha cuando dice que en ciertas ocasiones los libros adornan bastante.
Aquella vez por mi venta recibí un dinero extra. Yo, a la flaca, rubia con lentes y decoradora de interiores también le hice un obsequio, le regalé 20 centímetros.
En otra ocasión, trabajando de librero en Buenos Aires, me tocó atender, en la gloriosa Librería de las Luces de Avenida de Mayo, un caso muy particular. Viene una empleada de la librería y me dice "Ché Hugo, atendela vos por favor". Se trataba de una decoradora de interiores con un pedido extravagante, la flaca, rubia, de lentes, quería 17 metros con veinte centímetros de libros, los quería gruesos, ojalá de cuero y antiguos. Pasado el primer impacto de su requerimiento, me contó que se trataba de una pareja de buena posición económica que quería decorar una pared con una biblioteca. Inmediatamente pensé en Pablo de Rokha cuando dice que en ciertas ocasiones los libros adornan bastante.
Aquella vez por mi venta recibí un dinero extra. Yo, a la flaca, rubia con lentes y decoradora de interiores también le hice un obsequio, le regalé 20 centímetros.
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La Comuna de París y los libros de turismo |

Parece chiste, pero desgraciadamente no lo es. La semana pasada, interesado en encontrar algún libro que me sirviera de información sobre la Pequeña Comuna de París, me encaminé hacia la galería de librerías que existe en la segunda cuadra de la calle San Diego. Es cierto que las librerías "de viejo" no son lo que eran antes, que en ellas prima "lo nuevo que se vende" y el "libro pirateado", pero algo de su glorioso pasado permanece en sus mesones de oferta, y como uno suele dejarse engañar por la nostalgia, insiste en recorrer sus añosas estanterías con la esperanza de encontrar el libro deseado.
Decidí probar fortuna en una librería atendida por una muchacha que se veía más interesada en seguir jugando en el computador que tenía a su alcance, que en atender a un probable comprador. Le pregunté si tenía alguna historia de la Comuna de París, y sin pensarlo dos veces, me respondió que no tenía textos sobre temas municipales. Por un segundo, pensé en explicarle un par de cosas acerca del tema que me interesaba, pero la muchacha volvió rápidamente a prestar atención en el juego que la mantenía pegada a la pantalla del computador.
Salí del local y me encaminé hacia el siguiente, atendido por una señora algo madurona que concentraba sus neuronas en el exigente trabajo de limar sus uñas. El local se veía atestado de libros y algo en los tomos envejecidos de algunos de ellos me hizo pensar que esta vez tendría mejor suerte.
-¿Tiene alguna historia de la Comuna de París? -le pregunté apenas vi que terminaba con el cuidado de sus uñas pintadas de un furioso color amaranto.
-No, nada relacionado con París -respondió la mujer, casi con desprecio, y luego, como si se tratara de arrojar un hueso a un perro hambriento, agregó-: Vaya al local 11, ahí se dedican a la venta de libros de turismo.
Miré de reojo a la mujer intentando descubrir algún asomo de picardía en su mirada. Pero nada, la mujer parecía convencida de haber dado el más certero de los consejos. Seguramente, pensé, le da lo mismo vender un libro que un kilo de longanizas. Salí mascullando mi rabia. Si se lo cuento a un amigo, va a creer que es un chiste, me dije, y, temiendo que la tontera fuera algo contagioso, huí rápidamente de la galería.
Anónimo.
Decidí probar fortuna en una librería atendida por una muchacha que se veía más interesada en seguir jugando en el computador que tenía a su alcance, que en atender a un probable comprador. Le pregunté si tenía alguna historia de la Comuna de París, y sin pensarlo dos veces, me respondió que no tenía textos sobre temas municipales. Por un segundo, pensé en explicarle un par de cosas acerca del tema que me interesaba, pero la muchacha volvió rápidamente a prestar atención en el juego que la mantenía pegada a la pantalla del computador.
Salí del local y me encaminé hacia el siguiente, atendido por una señora algo madurona que concentraba sus neuronas en el exigente trabajo de limar sus uñas. El local se veía atestado de libros y algo en los tomos envejecidos de algunos de ellos me hizo pensar que esta vez tendría mejor suerte.
-¿Tiene alguna historia de la Comuna de París? -le pregunté apenas vi que terminaba con el cuidado de sus uñas pintadas de un furioso color amaranto.
-No, nada relacionado con París -respondió la mujer, casi con desprecio, y luego, como si se tratara de arrojar un hueso a un perro hambriento, agregó-: Vaya al local 11, ahí se dedican a la venta de libros de turismo.
Miré de reojo a la mujer intentando descubrir algún asomo de picardía en su mirada. Pero nada, la mujer parecía convencida de haber dado el más certero de los consejos. Seguramente, pensé, le da lo mismo vender un libro que un kilo de longanizas. Salí mascullando mi rabia. Si se lo cuento a un amigo, va a creer que es un chiste, me dije, y, temiendo que la tontera fuera algo contagioso, huí rápidamente de la galería.
Anónimo.
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sándor márai |
Por Juan Mihovilovich

LA PASION NUNCA PARECE VANA
¿Y que si hemos vivido esa pasión, quizás no hayamos vivido en vano? (Sándor Márai)
Dos ancianos se reencuentran después de cuarenta y un años. Uno, sumido en la soledad de su mansión, un general retirado, al borde de una vejez irremediable que sólo es pospuesta por esa espera racionalmente irreflexiva que lo ha mantenido a la expectativa una vida entera: el regreso del amigo pródigo, -el otro anciano "diferente", el artista no asumido- quien ha "huido" al trópico dejando atrás el estigma del engaño, de la pasión irrefrenable, de la ira contenida, de la traición, y en suma, de una pasión inmortal que lo mantendrá alejado de la "víctima" , del objeto de la pasión y de sí mismo.
El general, sumido en la contemplación de su dolor sereno y distante, acunado aún por la sonrisa quieta y el gesto tierno y seguro de la nodriza de 91 años, espera. Ha estado esperando al amparo de los días y los años, al amparo del deceso de su mujer, ya hace largos años, de quien fuera objeto de la adoración e inspiradora del ¿engaño? ¿Quién ha sido al fin de cuentas el individuo engañado? ¿El general que espera? ¿El propio amigo que retorna? ¿La mujer dormida en los deslindes de la mansión, oculta en una tumba que se llevó consigo la tragedia del secreto? ¿Y cuál es el secreto? ¿Acaso no lo llamó a él, al general, a quien vio la miseria de la vida y la horrorosa muerte en los campos de batalla? ¿No fue a él a quien la esposa, supuestamente infiel -si tal concepto existe- invocó en su último suspiro?
El encuentro consolida lo que el general esbozó durante décadas como su inspirado deseo de venganza y al que el acusado acude como mudo espectador de lo inevitable. La extraordinaria lucidez del personaje para narrar las pasiones encontradas, que se suscitaron desde la niñez junto a quien consideró y considera -cruel o atinada paradoja- como su permanente amigo, su hermano, inserto en ese sentimiento de solidaridad humana que ningún otro es capaz de sostener con tanto altruismo, más allá de las diferencias de clase, de cultura, de posición, de visión de mundo, esa lucidez dolorosa y doliente de poner tras la sobremesa los conflictos interiores que lo han avasallado, que lo han atormentado y que luego han dejado paso a esa interrogante quieta y triste que el se ha arrogado como una venganza insoslayable, pero que en el fondo sabe y considera un último estertor para intentar dejar este mundo en paz, hacen de lo narrado un viaje interior inolvidable, que el lector aprehende como algo suyo, como parte de su propia naturaleza.
Esa venganza de tener al amigo traicionero en frente de sus ojos, se diluye en un desenlace quieto y terrible como la existencia misma: nada otorga mayor sentido a la vida humana que haber sido objeto y sujeto de una pasión que ha consumido los días y las noches, que los alejó por décadas y los vuelve a reencontrar para hacerles saber que el círculo infinito de las cosas inconclusas tienen siempre un resumidero: la inefable huella de esa pasión contenida con los años y que ocupó un instante o un segundo de cada existencia individual marcó para siempre sus destinos.
Y entre medio las vicisitudes mundanas, los aconteceres irrelevantes, los gestos y actitudes que llenaron el espacio, que culminará en la historia reencontrada sellando lo que ambos saben o siempre intuyeron: un crimen frustrado, la aparente y cobarde huída, el diario personal extraviado de la cónyuge, la separación física dentro de la enorme mansión, el silencio, la muerte, el último encuentro.
Un libro extraordinario, una historia que remueve las fibras más íntimas de la soledad, el fracaso, el desliz de las cosas perdidas y que regresa con ese afán humano de querer contemplar en la vejez el delirio de lo ya vivido, de lo que exclusivamente repasa la memoria y que un día -Oh pasionales sujetos desdichados- creyeron que involucraba todo: el fin, el destino o el sinsentido de la vida.
Y que ahora con la sabia "venganza" de la pasión diluida, se esfuma con el mismo apretón de manos con que se saludaron, y que en la despedida acompañan con una reverencia: un símbolo de la pasión reconocida, lo único digno de vivirse, de haberlos sostenido y de la que se despiden con dolorosa certidumbre….y el general envuelto en la apacible mansedumbre de la nodriza que le besa los días y las horas como cuidándolo de las miserias del mundo… a pesar de todo.
El Último Encuentro, Sándor Márai, Novela. 207 págs. Edit.Quinteto-Salamandra.2005.
Sándor Márai, húngaro, 1900. Emigró de Hungría en 1948 con la llegada del régimen comunista. Su obra fue prohibida en Hungría y se olvidó por décadas a quien sería uno de los autores más importantes de la literatura centroeuropea. Márai se quitó la vida en 1989 en San Diego, California, meses antes de la caída del muro de Berlín.
El general, sumido en la contemplación de su dolor sereno y distante, acunado aún por la sonrisa quieta y el gesto tierno y seguro de la nodriza de 91 años, espera. Ha estado esperando al amparo de los días y los años, al amparo del deceso de su mujer, ya hace largos años, de quien fuera objeto de la adoración e inspiradora del ¿engaño? ¿Quién ha sido al fin de cuentas el individuo engañado? ¿El general que espera? ¿El propio amigo que retorna? ¿La mujer dormida en los deslindes de la mansión, oculta en una tumba que se llevó consigo la tragedia del secreto? ¿Y cuál es el secreto? ¿Acaso no lo llamó a él, al general, a quien vio la miseria de la vida y la horrorosa muerte en los campos de batalla? ¿No fue a él a quien la esposa, supuestamente infiel -si tal concepto existe- invocó en su último suspiro?
El encuentro consolida lo que el general esbozó durante décadas como su inspirado deseo de venganza y al que el acusado acude como mudo espectador de lo inevitable. La extraordinaria lucidez del personaje para narrar las pasiones encontradas, que se suscitaron desde la niñez junto a quien consideró y considera -cruel o atinada paradoja- como su permanente amigo, su hermano, inserto en ese sentimiento de solidaridad humana que ningún otro es capaz de sostener con tanto altruismo, más allá de las diferencias de clase, de cultura, de posición, de visión de mundo, esa lucidez dolorosa y doliente de poner tras la sobremesa los conflictos interiores que lo han avasallado, que lo han atormentado y que luego han dejado paso a esa interrogante quieta y triste que el se ha arrogado como una venganza insoslayable, pero que en el fondo sabe y considera un último estertor para intentar dejar este mundo en paz, hacen de lo narrado un viaje interior inolvidable, que el lector aprehende como algo suyo, como parte de su propia naturaleza.
Esa venganza de tener al amigo traicionero en frente de sus ojos, se diluye en un desenlace quieto y terrible como la existencia misma: nada otorga mayor sentido a la vida humana que haber sido objeto y sujeto de una pasión que ha consumido los días y las noches, que los alejó por décadas y los vuelve a reencontrar para hacerles saber que el círculo infinito de las cosas inconclusas tienen siempre un resumidero: la inefable huella de esa pasión contenida con los años y que ocupó un instante o un segundo de cada existencia individual marcó para siempre sus destinos.
Y entre medio las vicisitudes mundanas, los aconteceres irrelevantes, los gestos y actitudes que llenaron el espacio, que culminará en la historia reencontrada sellando lo que ambos saben o siempre intuyeron: un crimen frustrado, la aparente y cobarde huída, el diario personal extraviado de la cónyuge, la separación física dentro de la enorme mansión, el silencio, la muerte, el último encuentro.
Un libro extraordinario, una historia que remueve las fibras más íntimas de la soledad, el fracaso, el desliz de las cosas perdidas y que regresa con ese afán humano de querer contemplar en la vejez el delirio de lo ya vivido, de lo que exclusivamente repasa la memoria y que un día -Oh pasionales sujetos desdichados- creyeron que involucraba todo: el fin, el destino o el sinsentido de la vida.
Y que ahora con la sabia "venganza" de la pasión diluida, se esfuma con el mismo apretón de manos con que se saludaron, y que en la despedida acompañan con una reverencia: un símbolo de la pasión reconocida, lo único digno de vivirse, de haberlos sostenido y de la que se despiden con dolorosa certidumbre….y el general envuelto en la apacible mansedumbre de la nodriza que le besa los días y las horas como cuidándolo de las miserias del mundo… a pesar de todo.
El Último Encuentro, Sándor Márai, Novela. 207 págs. Edit.Quinteto-Salamandra.2005.
Sándor Márai, húngaro, 1900. Emigró de Hungría en 1948 con la llegada del régimen comunista. Su obra fue prohibida en Hungría y se olvidó por décadas a quien sería uno de los autores más importantes de la literatura centroeuropea. Márai se quitó la vida en 1989 en San Diego, California, meses antes de la caída del muro de Berlín.
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Juan Guzmán Paredes: Kafka, un curioso dickensiano |

Se dice que la magia triste de la antigua Praga atraía a grandes artistas; allí Mozart pasó largas temporadas y la distinguió con el estreno de la ópera Don Giovanni. Entre los escritores, Dostoiewsky, Apollinaire, Chateaubriand, y Hans Christian Andersen, embrujados por sus torres y cúpulas doradas, la prefirieron. Quizá por ser tan frágil y trágica como la humanidad, pensaba Franz Kafka, quien, al revés de aquellos ilustres forasteros, hizo de ella su definitivo entorno. Por eso, aunque el poeta y abogado de la Compañía de Seguros de Accidentes del Trabajo vivió de preferencia en el reino del absoluto, nunca lo abandonaron "los rincones oscuros, pasadizos secretos, ventanas ciegas, patios sucios y alojamientos siniestros" de su amada y conocida ciudad.
Nació cerca de la iglesia de San Nicolás el 3 de julio de 1833, en el barrio judío. Debido a su rostro moreno de ojos grises y cejas oscuras, se sintió extranjero entre alemanes y checoeslovacos. Y por estimarse poco querido o rechazado se llamaba a sí mismo 'Cucaracha'. Enfermizo, con las rejas dentro de sí y vagamente sospechoso por una falta desconocida, deambulaba a menudo por esas calles familiares soñando con ir a Palestina como artesano o labrador tras una vida con sentido, seguridad y belleza.
Sin Max Brod -su gran amigo, crítico, filósofo y ocasional político afiliado al partido sionista- apenas conoceríamos el nombre de Kafka, dice Milan Kundera, reeditando de alguna manera la leyenda de que en vida nunca se publicó nada suyo. Sin embargo, Janouch asegura que comentó con el doctor Kafka Lady into Fox, de un tal David Garnett, en calidad de plagio de La Metamorfosis. También se refiere a un ejemplar de En la colonia de castigo, muy bien encuadernado en negro y verde, visto en el escritorio del singular jurista.
"Mis amigos se apoderan de algunas cosas que he escrito y me sorprenden con el contrato de publicación ya hecho. En rigor son borradores o 'divertimenti' privados. Se imprimen, e incluso se venden estas pruebas muy personales de mis flaquezas, sólo porque éstos se han empecinado en hacer literatura de ellas; y porque no poseo el valor para destruir esos testimonios de mi soledad". El Fogonero es la memoria de un sueño, y El Proceso es el fantasma de una noche, confiesa su autor a Gustav Janouch, en el esclarecedor libro Conversaciones con Kafka.
Obviamente, no puede ignorarse la tarea difusora de Brod, aunque se le acuse de crear una imagen del novelista y de su inspiración prácticamente sin nexos con el arte contemporáneo. O le atribuyan la primera piedra de la discutible construcción llamada kafkología, construcción que tendría muy poco de crítica literaria y mucho de exégesis reducidora de sus cuentos y novelas a alegorías, con el Agrimensor transformado en símbolo de la revolución agraria, en alguna de sus variantes.
Asimismo, se le reprocha suponer que los escritos kafkianos son, antes que nada, descripción de horribles castigos al acecho de quienes no siguen el camino del bien, dejando para el último, como el raspado de la olla, su excelencia literaria.
Kundera también sostiene que Brod eliminó del diario de Kafka toda relación con la sexualidad, con el fin de derivar otro ingrediente de la kafkología, siempre dudosa y barroca en el enfoque de la cacareada impotencia del maestro hasta convertirlo en una especie de Amadis de Gaula para histéricos, lánguidos y macilentos. Algún soporte tendrá esa tesis, no obstante en Una Biografía Brod incluye esta carta de su amigo, que dice más o menos así:
A Kafka, entre sus múltiples cualidades, se le puede atribuir la de adelantado, junto a Joyce, en cuanto a otorgar a la sexualidad rango de realidad ineludible, con sus fieras tenacidades subterráneas, diurnas y nocturnas. La imaginación erótica de Kafka es más recia que la romántica y proviene de otras latitudes: "Pasé frente al burdel como si hubiera sido la casa de mi amada". Por su parte, el monólogo de Molly Bloom trae lo suyo.
Del mismo modo, se anticipó bastante al ideal de Breton, que escribía: "Creo que en el futuro habrá una resolución de estos dos estados, el sueño y la realidad, en apariencia tan contradictorios, en una especie de realidad absoluta o surrealidad, por así decir". No está de más destacar que el líder del surrealismo despreciaba a la narrativa en general por su incurable prosaísmo y mediocridad. Quizá inspirado en Eduardo Molina Ventura que sostenía muy suelto de cuerpo: "¡La novela es la poesía de los tontos, m'hijo!"
Sin embargo, entender el mundo real y fantasear libremente conciliando aquellos aparentes antagonismos de los que hablaba Breton, era una ecuación ya resuelta por Kafka en El Castillo, narrando las aventuras del Agrimensor y su relación con Frieda y los dos asistentes. Lascivos y odiosos fantoches, anuncios agobiantes de 'modernas' plagas devastadoras de la privacidad.
Otro sí. Dickens es uno de mis autores preferidos, decía a Janouch, admitiendo que durante un tiempo fue ejemplo de lo que quería lograr. Consideraba a Karl Rossmann y David Copperfield emparentados por el ardor de sus almas en la empresa de abrirse camino en el mundo. Posiblemente se sintiera atraído por la declaración de Mr. Copperfield: "No exagero. En mi existencia, como en la de todos los humanos, abundan las contradicciones, las inconsecuencias".
En la trastienda de los pícaros Delamarche y Robinson -feroces explotadores de la ingenuidad del protagonista de América- puede adivinarse a un par de inolvidables animadores de Los Papeles del Club de Pickwick: Alfred Jingle y su criado Job Trotter. La historia del adolescente judío en Nueva York, excepcional en el estro kafkiano por su humor y el final feliz, es también dickensiana pues los reventados y parias encuentran su destino en nuevos mundos. Estados Unidos fue para el joven Rossmann como Australia para Mr. Micauber, Alfred Jingle o Emily Pegotti.
A Kafka, del agudo observador de la naturaleza humana que fue Dickens, le entusiasmaba su dominio de las cosas, el natural equilibrio entre lo exterior y lo interior, la magistral y sencilla representación de las correlaciones entre el mundo y el Yo. Todas, carencias en la mayoría de los pintores y escritores de hoy, agregaba.
"En estos tiempos tan impíos es una obligación ser divertido. La orquesta tocó hasta el final del moribundo Titanic. Así se evita la desesperación. No obstante -añadía, como pensando en nosotros- una alegría artificial es mucho más triste que una verdadera tristeza".
La literatura para él -esgrimiendo un concepto rara avis en la actualidad- era sagrada, absoluta, incorruptible.
Aglomerados y aislados en un ámbito desquiciado, crujiente como el aparejo de un velero que naufraga, veía a los hombres cada vez más míseros y autócratas. "El Marqués de Sade -patrón de nuestro tiempo- sólo puede lograr su placer en la vida a través del dolor ajeno; es como el lujo de los ricos, pagado por la miseria de los pobres." Definitivo sólo es el dolor. Aún así era optimista -pese a considerarnos habitantes de un mundo de máquinas- y creía posible un arreglo, aunque lo bueno pudiera vestirse con las ropas del horror.
Santiago, septiembre 2006.
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EL CRIMEN DE ESTER
Se han dicho demasiadas cosas acerca de la muerte de Ester. Sobre la que podría haber sido su vida de no ocurrirle el infortunio. Se ha dicho, con frecuencia, que desgracias como el crimen de Ester suceden a veces porque son mensajes, signos, y que personas como ella son una elección que hace el destino. O Dios.
La gente habla de lo que ignora...
El caso es que Ester lleva muerta muchos años, y que nadie la recuerda ya, como hace el tonto del barrio, cada vez que va por las ruinas del hospital a medio construir o pasa junto a la puerta de la casa que fue de sus padres, la misma de la que salió la mañana de su último día.
Está viejo el tonto. El tiempo pasa para todos. La gente se ha ido del barrio. Los padres de Ester se mudaron. Partió el novio, para casarse con otra. Hasta su hermano se fue, o se lo llevaron, preso, por un asunto de drogas.
Y Juan. Aunque él de otra manera. Lo encontraron muerto en su casa, hace un par de años. Se colgó de la viga más alta, en la sala de su casa.
Donde hubo un sitio baldío pusieron después una plaza. En la fuente de soda una verdulería. Y el colegio es ahora más grande; hay más cursos y tres jornadas, dos durante el día y una vespertina.
A veces el tonto grita el nombre de Ester. Y ese es, para todos, un signo más de su locura, la que atribuyen a la enfermedad de su madre. O a todo el vino que bebió su padre antes de reventar.
Ester. Ester...
Pero nadie hace caso de lo que un tonto declarado va gritando por la calle, menos aún si se refiere a la muerte de una muchacha que, de seguir viva sería ahora una respetable madre de familia. Aunque no..., dicen que no respetable, y que madre tampoco. No llegó a ser madre Ester.
Es verdad que el tonto tuvo su día, que alguna vez fue señalado por los dedos acusadores como el culpable. Pero eso fue cuando a alguien le interesaba saber lo sucedido con ella; cuando la policía, acicateada por las noticias de los diarios que se explayaban con los detalles del crimen, buscaba con desesperación alguien a quien cargarle los dados.
Tal fue el minuto del tonto. Aunque ya no hay quien recuerde, como hace él, su expresión en la primera página del Vea, en el momento en que uno de los policías lo sacó de su casa para subirlo al vehículo, aprisionada la cabeza en el perfecto torniquete del brazo derecho del oficial, que lo obligó a inclinarse para entrar en el vehículo, pero dio tiempo a su mirada para dirigir aquella expresión que valdría al fotógrafo un premio de la academia y que sintetizaba todo el estupor de un inocente, la asombrosa incomprensión de los idiotas.
No le sacaron palabra al tonto. Ni siquiera entonces. Si fuera capaz de comprender lo sucedido, el tonto se preguntaría si existe otro más hombre que él en el mundo, alguno que soportara más palabras e insultos, si ha habido en algún lugar de esos en que se inmola a la inocencia, una impavidez semejante a la suya ante la injuria repetida tras la cachetada de tonto huevón, mil veces. Ni siquiera entonces tiró palabra de lo que sabía.
Llevaba algunas horas muertas, cuando la encontraron. Un vagabundo, que solía deambular entre las ruinas del hospital a medio construir, la vio tirada cerca del que iba a ser el acceso de las ambulancias, donde crecía una hierba muy alta, lastimada de sol. Dijo que tenía la falda recogida a la altura de la cintura, y que debajo no llevaba nada. Parecía tan sorprendido de aquella desnudez, que repitió varias veces las palabras nada y muerta, como si le costara convencerse de que el espectáculo de una muchacha desnuda y muerta fuera para él. También el pecho de Ester estaba descubierto. Y lo único que la ponía a salvo de un frío incapaz ya de lastimarla y de la curiosidad de tantos ojos apenas contenidas tras de los cordones policiales, era aquella falda que jamás ocultó demasiado y el gran pedazo de lona que uno de los de la policía arrojó sobre su cuerpo después, cuando ya lo habían visto demasiados.
Le arrancaron los calzones. El que lo hizo tenía uñas largas, que trazaron cortes profundos sobre sus muslos blancos. La blusa fue encontrada después, colgando de unos fierros oxidados, trofeo de guerra que flamea contra el paisaje derruido de un territorio ocupado.
Y ni las medias, ni los zapatos de Ester...
Para el tonto aquello es paradojal, aunque ignora aquel concepto. Matar a una muchacha como Ester y dejarse las medias, los zapatos. Los zapatos tenían terraplén; eran negros; el cuero no era de calidad, tal vez ni siquiera cuero de animal sino algo sintético que se llevaba mucho por entonces. Y las medias eran transparentes; parecía desnuda Ester con ellas, cuando las llevaba puestas sobre su piel que era, como la de todas las muchachas de aquel barrio, algo áspera y engranujada, igual que la carne de una gallina recién pelada.
Cuando le fueron a avisar, el padre de Ester salió de su casa enseñando los puños. La madre corrió tras de él secándose las manos en un delantal de cocina que se anudaba a la cintura. La noticia había ido ya por el barrio con la velocidad a la que suelen volar las tragedias, y los vecinos aguardaban amontonados a la entrada del lugar. Al llegar los padres, el murmullo de asombro se apagó. Alguien carraspeó denotando su confusión, y luego se les abrió camino hacia el cuerpo de Ester.
Desde donde observaba, el tonto no podía ver. Escuchó el sonido de los frenos de los vehículos de la policía que seguían llegando y estacionándose en desorden en el sitio baldío, Habría querido llegar adelante. Se sentía con derecho a mirar. Pero no pudo. Tampoco logró hacer fuego para encender un cigarrillo que le bailaba entre los dedos porque el viento apagaba la llama una y otra vez.
El grito de la madre erizó los cabellos de los presentes. Había un automóvil con una alarma encendida que el conductor apagó para escuchar, él también, el sonido de aquel dolor. Por un momento todos habrán pensado que sobrevendría una catástrofe mayor, un terremoto, un salvaje temporal. Una chica lloraba en silencio y se lamentaba de ver el cuerpo de Ester sobre una camilla. Era morena, como ella. Menuda, también. Y su cabello tenía la suavidad del de ella al agitarse al viento de la tarde cuando regresaba del colegio, demorando las pisadas sobre la acera donde el tonto esperaba para verla. El tonto no sabría decir si era Ester a quien esperaba en las esquinas en un lento matar las horas de la calle o a cualquiera otra que oliera y caminara como ella, alguien cuyo cuerpo joven exudara un deseo contenido. Tampoco estaba seguro de que fuera otra la chica que miraba el cuerpo caído o la misma Ester, regresada para mirar como le quedaba la muerte, porque su tristeza tenía la apaciguada curiosidad con que se reviste el recuerdo de quienes han partido.
Se inició aquel día la investigación sin rumbo, donde se insistió, especialmente, en las medias y los zapatos que servirían, según el oficial a cargo, para dar con él o los asesinos.
El tonto y Juan fueron interrogados. Y con ellos los otros, a los que también volvió sospechosos la fama de vagabundos. Juan primero. El tonto al final, cuando a alguien se le ocurrió decir que alguna vez fue violento, que merodeaba a la salida del colegio del que lo echaron porque no aprendió a escribir y que de los tontos puede esperarse cualquier cosa porque son diferentes de los otros. Y el crimen de Ester era una cosa distinta; un hecho sin precedentes en el barrio: la muerte de la más bella, o de una cualquiera a la que la prensa de entonces convirtió en la más bella de todas.
El padre declaró que Ester salió de casa a las dos para ir al colegio y que no supo de ella hasta el día siguiente, cuando le fueron a avisar que estaba inconsciente (quien llevó la noticia sólo habló de inconsciencia) en las ruinas del hospital. La madre agregó que nunca se demoraba en volver y por eso, pasadas las seis de la tarde, había dicho a su marido: oye, viejo, a la niña le sucedió algo; llama a la policía. El hermano, un chico demasiado joven para cargar con el muerto que sus padres querían echarle encima por no haber regresado con ella o no saber más de la vida, dijo que la última vez la vio apoyada en uno de los pilares del edificio de la escuela, sola, y que no le habló porque parecía estar en uno de aquellos días difíciles en los que resultaba tarea ardua sacar de ella una palabra que no fuera insultante. Carmen, la mejor amiga, insistió con desconsuelo que ese día, ese único y aciago en tantos años de amistad, no regresaron juntas porque Ester cogió otra dirección, y que parecía nerviosa y distante las jornadas que le precedieron. Y el chico Gómez, el único novio que le conocieron, lamentó el fin de una relación que habría preservado a la muchacha que él aún amaba de cualquier peligro.
Antes del hallazgo transcurrió la larga noche en que los padres llamaron a la policía. Dudaba el oficial (la silueta de él recortaba sus contornos sobre el telón de fondo de una cortina de tul) de la desaparición, de una desgracia, de un hecho en fin, que fuera de su competencia, insistiendo con majadería ante los padres en la posibilidad de que Ester hubiera abandonado la casa por decisión propia.
El tonto y Juan permanecieron hasta después de las doce bebiendo cerveza en la fuente de soda, a dos cuadras del sitio donde el cuerpo de Ester aguardaba por su hallazgo. Juan se mordía, aquella noche, las coyunturas de los dedos. Estaba triste. Y al tonto su tristeza le afligía como ocurre siempre con el dolor de aquellos a quienes amamos. Y se esmeraba, con las pocas monedas que había en su bolsillo, en ofrecerle una cerveza más, un sándwich. Pero Juan apenas le dirigía la palabra, mordiéndose los dedos.
Tardaron mucho en interrogarlos. Pero no faltó quien dijo, luego de las infructuosas pesquisas, bueno, entonces detengamos a los vagabundos del barrio.
El examen de los restos reveló que antes de morir Ester estuvo fumando y que bebió mucha cerveza. Identificó también la causa técnica de su muerte y los pormenores de lo que pudo ser una ceremonia en la que su vientre fue rasguñado alrededor del tatuaje junto al ombligo que su madre dijo desconocer. El tanatólogo afirmó que por la tarde comió una hamburguesa, que su sangre carecía del factor RH y que encapullada en su útero dormía una criatura del sexo masculino.
El hijo de Ester...
Sus padres, incrédulos, se recriminaron una y otra vez e intentaron lo que no pasaban de ser conjeturas acerca del comportamiento de su hija durante los últimos días.
Como todos, el tonto asistió al funeral.
Después el tiempo volvió sobre su rumbo.
A menudo regresa a las ruinas del hospital a medio construir. Se sienta a fumar en el sitio donde la encontraron, diez metros más hacia la entrada de donde aseguran los expertos fue asesinada.
Recuerda el tonto como hacen los viejos cuando ya no se espera nada de la vida y se acepta la distancia que lenta pero implacablemente va poniéndoles ésta. Recuerda los lejanos partidos cuando Juan le tiraba un pase y él podía retener algunos segundos consigo la pelota antes de que otro se la quitara. Y las noches en que Juan lo llamó para que compartieran una cerveza. Recuerda que Juan lo llamaba por su nombre; que fue el único, durante toda su vida, que lo llamó por su nombre.
Y a Ester. Todo el tiempo piensa en ella. Sentado sobre el nacimiento de un muro que jamás llegó a levantarse del todo, piensa en la Ester que Juan y él seguían por las calles del barrio, la muchacha orgullosa que dirigía a Juan una mirada por encima del hombro y a él nada, ni siquiera el fugaz brillo de sus ojos, como si no existiera.
Pero no su muerte.
Ester. Ester...
Recuerda, aunque cada vez menos, la noche antes de colgarse, cuando Juan pasó por su casa y le dejó, envuelta en un papel de diario, una caja que contenía los zapatos y las medias de Ester.
Los objetos que a veces saca desde debajo de la cama y mira, y vuelve a guardar y a mirar. Objetos que le pertenecen. Como la propia Ester.
La gente habla de lo que ignora...
El caso es que Ester lleva muerta muchos años, y que nadie la recuerda ya, como hace el tonto del barrio, cada vez que va por las ruinas del hospital a medio construir o pasa junto a la puerta de la casa que fue de sus padres, la misma de la que salió la mañana de su último día.
Está viejo el tonto. El tiempo pasa para todos. La gente se ha ido del barrio. Los padres de Ester se mudaron. Partió el novio, para casarse con otra. Hasta su hermano se fue, o se lo llevaron, preso, por un asunto de drogas.
Y Juan. Aunque él de otra manera. Lo encontraron muerto en su casa, hace un par de años. Se colgó de la viga más alta, en la sala de su casa.
Donde hubo un sitio baldío pusieron después una plaza. En la fuente de soda una verdulería. Y el colegio es ahora más grande; hay más cursos y tres jornadas, dos durante el día y una vespertina.
A veces el tonto grita el nombre de Ester. Y ese es, para todos, un signo más de su locura, la que atribuyen a la enfermedad de su madre. O a todo el vino que bebió su padre antes de reventar.
Ester. Ester...
Pero nadie hace caso de lo que un tonto declarado va gritando por la calle, menos aún si se refiere a la muerte de una muchacha que, de seguir viva sería ahora una respetable madre de familia. Aunque no..., dicen que no respetable, y que madre tampoco. No llegó a ser madre Ester.
Es verdad que el tonto tuvo su día, que alguna vez fue señalado por los dedos acusadores como el culpable. Pero eso fue cuando a alguien le interesaba saber lo sucedido con ella; cuando la policía, acicateada por las noticias de los diarios que se explayaban con los detalles del crimen, buscaba con desesperación alguien a quien cargarle los dados.
Tal fue el minuto del tonto. Aunque ya no hay quien recuerde, como hace él, su expresión en la primera página del Vea, en el momento en que uno de los policías lo sacó de su casa para subirlo al vehículo, aprisionada la cabeza en el perfecto torniquete del brazo derecho del oficial, que lo obligó a inclinarse para entrar en el vehículo, pero dio tiempo a su mirada para dirigir aquella expresión que valdría al fotógrafo un premio de la academia y que sintetizaba todo el estupor de un inocente, la asombrosa incomprensión de los idiotas.
No le sacaron palabra al tonto. Ni siquiera entonces. Si fuera capaz de comprender lo sucedido, el tonto se preguntaría si existe otro más hombre que él en el mundo, alguno que soportara más palabras e insultos, si ha habido en algún lugar de esos en que se inmola a la inocencia, una impavidez semejante a la suya ante la injuria repetida tras la cachetada de tonto huevón, mil veces. Ni siquiera entonces tiró palabra de lo que sabía.
Llevaba algunas horas muertas, cuando la encontraron. Un vagabundo, que solía deambular entre las ruinas del hospital a medio construir, la vio tirada cerca del que iba a ser el acceso de las ambulancias, donde crecía una hierba muy alta, lastimada de sol. Dijo que tenía la falda recogida a la altura de la cintura, y que debajo no llevaba nada. Parecía tan sorprendido de aquella desnudez, que repitió varias veces las palabras nada y muerta, como si le costara convencerse de que el espectáculo de una muchacha desnuda y muerta fuera para él. También el pecho de Ester estaba descubierto. Y lo único que la ponía a salvo de un frío incapaz ya de lastimarla y de la curiosidad de tantos ojos apenas contenidas tras de los cordones policiales, era aquella falda que jamás ocultó demasiado y el gran pedazo de lona que uno de los de la policía arrojó sobre su cuerpo después, cuando ya lo habían visto demasiados.
Le arrancaron los calzones. El que lo hizo tenía uñas largas, que trazaron cortes profundos sobre sus muslos blancos. La blusa fue encontrada después, colgando de unos fierros oxidados, trofeo de guerra que flamea contra el paisaje derruido de un territorio ocupado.
Y ni las medias, ni los zapatos de Ester...
Para el tonto aquello es paradojal, aunque ignora aquel concepto. Matar a una muchacha como Ester y dejarse las medias, los zapatos. Los zapatos tenían terraplén; eran negros; el cuero no era de calidad, tal vez ni siquiera cuero de animal sino algo sintético que se llevaba mucho por entonces. Y las medias eran transparentes; parecía desnuda Ester con ellas, cuando las llevaba puestas sobre su piel que era, como la de todas las muchachas de aquel barrio, algo áspera y engranujada, igual que la carne de una gallina recién pelada.
Cuando le fueron a avisar, el padre de Ester salió de su casa enseñando los puños. La madre corrió tras de él secándose las manos en un delantal de cocina que se anudaba a la cintura. La noticia había ido ya por el barrio con la velocidad a la que suelen volar las tragedias, y los vecinos aguardaban amontonados a la entrada del lugar. Al llegar los padres, el murmullo de asombro se apagó. Alguien carraspeó denotando su confusión, y luego se les abrió camino hacia el cuerpo de Ester.
Desde donde observaba, el tonto no podía ver. Escuchó el sonido de los frenos de los vehículos de la policía que seguían llegando y estacionándose en desorden en el sitio baldío, Habría querido llegar adelante. Se sentía con derecho a mirar. Pero no pudo. Tampoco logró hacer fuego para encender un cigarrillo que le bailaba entre los dedos porque el viento apagaba la llama una y otra vez.
El grito de la madre erizó los cabellos de los presentes. Había un automóvil con una alarma encendida que el conductor apagó para escuchar, él también, el sonido de aquel dolor. Por un momento todos habrán pensado que sobrevendría una catástrofe mayor, un terremoto, un salvaje temporal. Una chica lloraba en silencio y se lamentaba de ver el cuerpo de Ester sobre una camilla. Era morena, como ella. Menuda, también. Y su cabello tenía la suavidad del de ella al agitarse al viento de la tarde cuando regresaba del colegio, demorando las pisadas sobre la acera donde el tonto esperaba para verla. El tonto no sabría decir si era Ester a quien esperaba en las esquinas en un lento matar las horas de la calle o a cualquiera otra que oliera y caminara como ella, alguien cuyo cuerpo joven exudara un deseo contenido. Tampoco estaba seguro de que fuera otra la chica que miraba el cuerpo caído o la misma Ester, regresada para mirar como le quedaba la muerte, porque su tristeza tenía la apaciguada curiosidad con que se reviste el recuerdo de quienes han partido.
Se inició aquel día la investigación sin rumbo, donde se insistió, especialmente, en las medias y los zapatos que servirían, según el oficial a cargo, para dar con él o los asesinos.
El tonto y Juan fueron interrogados. Y con ellos los otros, a los que también volvió sospechosos la fama de vagabundos. Juan primero. El tonto al final, cuando a alguien se le ocurrió decir que alguna vez fue violento, que merodeaba a la salida del colegio del que lo echaron porque no aprendió a escribir y que de los tontos puede esperarse cualquier cosa porque son diferentes de los otros. Y el crimen de Ester era una cosa distinta; un hecho sin precedentes en el barrio: la muerte de la más bella, o de una cualquiera a la que la prensa de entonces convirtió en la más bella de todas.
El padre declaró que Ester salió de casa a las dos para ir al colegio y que no supo de ella hasta el día siguiente, cuando le fueron a avisar que estaba inconsciente (quien llevó la noticia sólo habló de inconsciencia) en las ruinas del hospital. La madre agregó que nunca se demoraba en volver y por eso, pasadas las seis de la tarde, había dicho a su marido: oye, viejo, a la niña le sucedió algo; llama a la policía. El hermano, un chico demasiado joven para cargar con el muerto que sus padres querían echarle encima por no haber regresado con ella o no saber más de la vida, dijo que la última vez la vio apoyada en uno de los pilares del edificio de la escuela, sola, y que no le habló porque parecía estar en uno de aquellos días difíciles en los que resultaba tarea ardua sacar de ella una palabra que no fuera insultante. Carmen, la mejor amiga, insistió con desconsuelo que ese día, ese único y aciago en tantos años de amistad, no regresaron juntas porque Ester cogió otra dirección, y que parecía nerviosa y distante las jornadas que le precedieron. Y el chico Gómez, el único novio que le conocieron, lamentó el fin de una relación que habría preservado a la muchacha que él aún amaba de cualquier peligro.
Antes del hallazgo transcurrió la larga noche en que los padres llamaron a la policía. Dudaba el oficial (la silueta de él recortaba sus contornos sobre el telón de fondo de una cortina de tul) de la desaparición, de una desgracia, de un hecho en fin, que fuera de su competencia, insistiendo con majadería ante los padres en la posibilidad de que Ester hubiera abandonado la casa por decisión propia.
El tonto y Juan permanecieron hasta después de las doce bebiendo cerveza en la fuente de soda, a dos cuadras del sitio donde el cuerpo de Ester aguardaba por su hallazgo. Juan se mordía, aquella noche, las coyunturas de los dedos. Estaba triste. Y al tonto su tristeza le afligía como ocurre siempre con el dolor de aquellos a quienes amamos. Y se esmeraba, con las pocas monedas que había en su bolsillo, en ofrecerle una cerveza más, un sándwich. Pero Juan apenas le dirigía la palabra, mordiéndose los dedos.
Tardaron mucho en interrogarlos. Pero no faltó quien dijo, luego de las infructuosas pesquisas, bueno, entonces detengamos a los vagabundos del barrio.
El examen de los restos reveló que antes de morir Ester estuvo fumando y que bebió mucha cerveza. Identificó también la causa técnica de su muerte y los pormenores de lo que pudo ser una ceremonia en la que su vientre fue rasguñado alrededor del tatuaje junto al ombligo que su madre dijo desconocer. El tanatólogo afirmó que por la tarde comió una hamburguesa, que su sangre carecía del factor RH y que encapullada en su útero dormía una criatura del sexo masculino.
El hijo de Ester...
Sus padres, incrédulos, se recriminaron una y otra vez e intentaron lo que no pasaban de ser conjeturas acerca del comportamiento de su hija durante los últimos días.
Como todos, el tonto asistió al funeral.
Después el tiempo volvió sobre su rumbo.
A menudo regresa a las ruinas del hospital a medio construir. Se sienta a fumar en el sitio donde la encontraron, diez metros más hacia la entrada de donde aseguran los expertos fue asesinada.
Recuerda el tonto como hacen los viejos cuando ya no se espera nada de la vida y se acepta la distancia que lenta pero implacablemente va poniéndoles ésta. Recuerda los lejanos partidos cuando Juan le tiraba un pase y él podía retener algunos segundos consigo la pelota antes de que otro se la quitara. Y las noches en que Juan lo llamó para que compartieran una cerveza. Recuerda que Juan lo llamaba por su nombre; que fue el único, durante toda su vida, que lo llamó por su nombre.
Y a Ester. Todo el tiempo piensa en ella. Sentado sobre el nacimiento de un muro que jamás llegó a levantarse del todo, piensa en la Ester que Juan y él seguían por las calles del barrio, la muchacha orgullosa que dirigía a Juan una mirada por encima del hombro y a él nada, ni siquiera el fugaz brillo de sus ojos, como si no existiera.
Pero no su muerte.
Ester. Ester...
Recuerda, aunque cada vez menos, la noche antes de colgarse, cuando Juan pasó por su casa y le dejó, envuelta en un papel de diario, una caja que contenía los zapatos y las medias de Ester.
Los objetos que a veces saca desde debajo de la cama y mira, y vuelve a guardar y a mirar. Objetos que le pertenecen. Como la propia Ester.
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groucho marx |
UNA VELADA ESPIRITISTA EN MI CASA
Con la posible excepción de la ropa, de los salones de belleza y de Frank Sinatra, hay pocos temas en los que todas las mujeres estén de acuerdo. Uno de los tópicos que parece ejercer una profana fascinación sobre todas ellas es la magia. Bolas de cristal, gitanas que dicen la buenaventura, quirománticos, sesiones de espiritismo e incluso extraños mensajes escritos en chino pueden desarrollar en ellas una auténtica servidumbre. Todo ello viene a probar que la mujer es el único ser que hace tan sólo quince años ha salido de la selva. Esto, sin embargo, forma parte de sus encantos, lo mismo que sus tacones altos, sus prendas de nylon, una falda que se bambolea e incluso sus dientes blancos.
Yo las he visto sentadas durante horas, con aire febril y ojos extraviados, en torno a un mueble irregular de madera que llaman "velador". Si te hubieras atrevido a decirles que eran ellas mismas las que lo hacían moverse, sin ayuda de ninguna fuerza sobrenatural, te habrían mostrado sus dientes nacarados y te habrían mandado que cerraras el pico y te largaras.
Cuando llegué por primera vez a Hollywood, viví en una vieja y polvorienta casa situada en las colinas. En aquellos tiempos no existía la televisión para ver un programa y echar a perder una velada y había que buscar otros medios de pasar las largas y tristes noches en que no había ninguna cena fuera de casa. El sexo había sido descubierto y abandonado por la mayor parte de mis amigos.
Una noche, un cuarteto de esposas de amigos míos estaba sentado frente a la chimenea de nuestra sala de estar. Eran mujeres normales, de mediana edad, con hijos mayores y el pelo recogido. ¿Qué estaban haciendo? Apoyaban las puntas de sus dedos sobre un pequeño objeto de madera que parecía un riñón aplastado y colocado encima de un velador.
Era una noche calurosa y no había nada más en la chimenea que unos cuantos periódicos viejos y arrugados, que estaban allí desde el invierno anterior, y unos cuantos leños semiquemados. Allí estaban sentadas aquellas mujeres estúpidas, pulsando aquel objeto absurdo y haciéndole ir de un lado para otro. Sus ojos estaban ausentes, dominados por la excitación. Ni siquiera un terremoto podría haberlas distraído.
Finalmente me encaminé hacía ellas y, con voz amistosa, pregunté qué era lo que causaba tamaña excitación. Una de ellas me dijo que cerrara el pico. Otra más ocurrente dijo:
-¡Ojalá te caigas muerto!
La tercera se limitó a murmurar:
-¡Largo de aquí imbécil!
La cuarta explicó entre dientes:
-Has de saber, estúpido, que estamos recibiendo señales de George Washington.
¿George Washington? Si hubiera dicho George Raft, quizá las habría comprendido. Pero ¿Washington? Había muerto hacia casi doscientos años (y probablemente estaba más ocupado ahora que lo había estado jamás), pero allí estaban aquellas cuatro amas de casa, de mente débiles, intentando febrilmente ponerse en contacto con él. Las podría haber comprendido si hubieran intentado ponerse en contacto con Martha. Pero, ¿qué podía tener George en común con ellas?
En torno a aquel artefacto, aquellas ancianas vírgenes seguían moviendo de un lado para otro el chisme de madera. Al fin, dijo una:
- George, estamos intentando llegar hasta ti. ¿Percibes nuestras señales? ¿Nos oyes?
No sé si George las oyó, pero de repente un ratón de tamaño mediano salió corriendo de la chimenea. Las cuatro mujeres empezaron a chillar y se subieron encima del piano.
No pude llegara a convencerlas de ningún modo de que el ratón no era el padre de nuestro país. De todos modos, tal como van las cosas actualmente, quizá lo era.
Yo las he visto sentadas durante horas, con aire febril y ojos extraviados, en torno a un mueble irregular de madera que llaman "velador". Si te hubieras atrevido a decirles que eran ellas mismas las que lo hacían moverse, sin ayuda de ninguna fuerza sobrenatural, te habrían mostrado sus dientes nacarados y te habrían mandado que cerraras el pico y te largaras.
Cuando llegué por primera vez a Hollywood, viví en una vieja y polvorienta casa situada en las colinas. En aquellos tiempos no existía la televisión para ver un programa y echar a perder una velada y había que buscar otros medios de pasar las largas y tristes noches en que no había ninguna cena fuera de casa. El sexo había sido descubierto y abandonado por la mayor parte de mis amigos.
Una noche, un cuarteto de esposas de amigos míos estaba sentado frente a la chimenea de nuestra sala de estar. Eran mujeres normales, de mediana edad, con hijos mayores y el pelo recogido. ¿Qué estaban haciendo? Apoyaban las puntas de sus dedos sobre un pequeño objeto de madera que parecía un riñón aplastado y colocado encima de un velador.
Era una noche calurosa y no había nada más en la chimenea que unos cuantos periódicos viejos y arrugados, que estaban allí desde el invierno anterior, y unos cuantos leños semiquemados. Allí estaban sentadas aquellas mujeres estúpidas, pulsando aquel objeto absurdo y haciéndole ir de un lado para otro. Sus ojos estaban ausentes, dominados por la excitación. Ni siquiera un terremoto podría haberlas distraído.
Finalmente me encaminé hacía ellas y, con voz amistosa, pregunté qué era lo que causaba tamaña excitación. Una de ellas me dijo que cerrara el pico. Otra más ocurrente dijo:
-¡Ojalá te caigas muerto!
La tercera se limitó a murmurar:
-¡Largo de aquí imbécil!
La cuarta explicó entre dientes:
-Has de saber, estúpido, que estamos recibiendo señales de George Washington.
¿George Washington? Si hubiera dicho George Raft, quizá las habría comprendido. Pero ¿Washington? Había muerto hacia casi doscientos años (y probablemente estaba más ocupado ahora que lo había estado jamás), pero allí estaban aquellas cuatro amas de casa, de mente débiles, intentando febrilmente ponerse en contacto con él. Las podría haber comprendido si hubieran intentado ponerse en contacto con Martha. Pero, ¿qué podía tener George en común con ellas?
En torno a aquel artefacto, aquellas ancianas vírgenes seguían moviendo de un lado para otro el chisme de madera. Al fin, dijo una:
- George, estamos intentando llegar hasta ti. ¿Percibes nuestras señales? ¿Nos oyes?
No sé si George las oyó, pero de repente un ratón de tamaño mediano salió corriendo de la chimenea. Las cuatro mujeres empezaron a chillar y se subieron encima del piano.
No pude llegara a convencerlas de ningún modo de que el ratón no era el padre de nuestro país. De todos modos, tal como van las cosas actualmente, quizá lo era.
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Don Mauricio |

-Buenas tardes Don Nano.
-Buenas tardes Don Mauricio.
-Va a querer alguna cosita?
-¿Qué trae Don Mauricio?
-Bueno... tengo parches curitas.
-¿Y a cuánto Don Mauricio?
-A tres pesos con 40, para usted sería a tres pesos con 20.
-Ya…
-También tengo cierres para pantalón.
-¿Y a cuánto Don Mauricio.
- Para usted a 144, lo tengo a 147.
-Ya…
-¿Va a dejar alguna cosita?
-Bueno, pero usted siga…
-Esos pañales desechables que le dejé la otra vez, ¿aún le quedan?
-Se han vendidos pocos pañales este mes.
-¡Tenga cuidado! porque van a subir, yo los mantengo siempre a 97 pesos, para usted.
-¿Qué otra cosa trae Don Mauricio?
-Wira Sacha Don Nano
-Ya…
-Se vende harto la wira sacha.
-Tengo.
-¿Vio esos cremalines que venían antes de la Argentina?
-Si, ¿qué pasa con ellos?
-En Chile sacaron unos que son re` parecidos, lo tengo a 13 pesos para usted, yo los vendo a 14.
-Ya…
-También tengo Mentholatum, goma pa` borrar, calcetines de mujer, preservativos, mire que ahora salió la campaña del preservativo y se lo van a pedir, se lo digo yo Don Nano.
-Déjeme unos cinco para mí, ¿a cuánto lo tiene?
-A 445 se lo dejo, lo tengo a 450, viene de a tres.
-Muéstremelos a ver…
-Tome.
-Acá dicen que son fabricados en Douckloog. ¿Dónde queda eso?
-No sé Don Nano.
-Debe ser en una casita en el barrio de Patronato.
-¿Dónde queda Patronato Don Nano?
-Déjelo…
-¿Hace frío no?
-Un poco.
-Bueno, veo que tiene de todo, ¿va a dejar los preservativos?
-No por ahora Don Mauricio.
-¿Y su abuelita cómo está?
-Bien Don Mauricio.
-Bueno, pasaré el otro mes entonces.
-Como no Don Mauricio.
-Hasta luego Don Nano.
-Hasta luego Don Mauricio.
-Buenas tardes Don Mauricio.
-Va a querer alguna cosita?
-¿Qué trae Don Mauricio?
-Bueno... tengo parches curitas.
-¿Y a cuánto Don Mauricio?
-A tres pesos con 40, para usted sería a tres pesos con 20.
-Ya…
-También tengo cierres para pantalón.
-¿Y a cuánto Don Mauricio.
- Para usted a 144, lo tengo a 147.
-Ya…
-¿Va a dejar alguna cosita?
-Bueno, pero usted siga…
-Esos pañales desechables que le dejé la otra vez, ¿aún le quedan?
-Se han vendidos pocos pañales este mes.
-¡Tenga cuidado! porque van a subir, yo los mantengo siempre a 97 pesos, para usted.
-¿Qué otra cosa trae Don Mauricio?
-Wira Sacha Don Nano
-Ya…
-Se vende harto la wira sacha.
-Tengo.
-¿Vio esos cremalines que venían antes de la Argentina?
-Si, ¿qué pasa con ellos?
-En Chile sacaron unos que son re` parecidos, lo tengo a 13 pesos para usted, yo los vendo a 14.
-Ya…
-También tengo Mentholatum, goma pa` borrar, calcetines de mujer, preservativos, mire que ahora salió la campaña del preservativo y se lo van a pedir, se lo digo yo Don Nano.
-Déjeme unos cinco para mí, ¿a cuánto lo tiene?
-A 445 se lo dejo, lo tengo a 450, viene de a tres.
-Muéstremelos a ver…
-Tome.
-Acá dicen que son fabricados en Douckloog. ¿Dónde queda eso?
-No sé Don Nano.
-Debe ser en una casita en el barrio de Patronato.
-¿Dónde queda Patronato Don Nano?
-Déjelo…
-¿Hace frío no?
-Un poco.
-Bueno, veo que tiene de todo, ¿va a dejar los preservativos?
-No por ahora Don Mauricio.
-¿Y su abuelita cómo está?
-Bien Don Mauricio.
-Bueno, pasaré el otro mes entonces.
-Como no Don Mauricio.
-Hasta luego Don Nano.
-Hasta luego Don Mauricio.
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