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Enrique Wernicke |
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Inauguración del María Teresa |
Antes que toda esta faramalla se instalara en el pueblo, ya Ricardo me había alertado, me dijo: "Parece que la María Teresa se viene a Natales con camas y petacas". En un comienzo no le di mayor importancia. Pero Ricardo que estaba realmente obsesionado con el tema llevaba día a día la cuenta regresiva. Me decía faltan seis días, faltan cinco días, faltan cuatro días... Comentaba que a él no le gustaba especialmente las casas de putas, pero que tratándose de María Teresa todo cambiaba. El había estado en Punta Arenas y sabía de qué se trataba. Era la mejor mercadería de la Patagonia Chileno-Argentina. Que teníamos el deber ineludible de asistir. Tú no sabes lo que son las dominicanas, agregaba. De una visita semanal a mi casa, la frecuencia se disparó a tres veces por día. Nuestras conversaciones que versaban invariablemente sobre las nuevas corrientes literarias latinoamericana y el simbolismo francés, se transmutaron en senos turgentes, cuartetos, tríos, caderas, cinturitas, polvo, etc. Estaba realmente entusiasmado. Nunca lo había visto así. Salvo alguna vez cuando habló transportado sobre Rimbaud. Insistía en que teníamos que asistir. Además decía que conocía a María Teresa y que era una mujer encantadora.
No fue hasta que me dijo que él pagaría todos los gastos de aquella noche de la inauguración, en que yo me decidí por ir. Realmente asistiría de mala gana. No tenía mayor interés. Había abandonado desde un tiempo atrás, el placer coital quilombero. Los niveles de seguridad de los preservativos me habían ahuyentado de las casitas con luces. Fue así que me aprovisioné de una caja de condones alemanes fiables y esperé la llegada del viernes. Pero ya lo dije. De mala gana
Aquel viernes quince Ricardo llegó temprano. Ansioso. Con aquel inconfundible olor de colonia barata que usaba para fechas importantes. Se había puesto gomina Lord Cheseline al por mayor. Llevaba puesta la chaqueta negra de cuero que había comprado en Buenos Aires y su tapadura de oro brillaba desde la otra esquina. Me puse mi abrigo negro-largo y mi gorra de comandante. Siendo las 22.30 hrs. salimos de mi casa rumbo a María Teresa. Era realmente una noche especial. Hablo de una noche especial, no tanto por lo de la inauguración, que de por sí lo era obviamente, sino que no corría una sola brisa en Puerto Natales. Aquellos que han llegado por estos lares deben saber de lo que hablo. Es muy raro encontrar una noche así en la Patagonia. La noche se presentaba apacible pero sabía que en el corazón de Ricardo se avecinaba una tempestad. Me contó que desde temprano aquel día comenzó a calentar los motores. Recordaba haber tenido quince erecciones pensando en las quince chicas. Una por cada una de ellas. Ricardo había traspasado todo límite.
Fue así como llegamos donde María Teresa. Nada más doblar la cuadra en donde se encontraba el burdel, se comenzaba a vivir una noche distinta. El local estaba más iluminado que la Torre Eiffel cada veinticinco de diciembre. La fuerza pública había cerrado la cuadra y sólo dejaban pasar a peatones. Un mundo de curiosos se arremolinaban en torno de las cercanías. Llegamos hasta la puerta de entrada en donde las quince figurantas vestidas a la usanza de guardias papales daban la bienvenida a los parroquianos. Ricardo se había preocupado de reservar la mesa ocho y allí nos instalamos. Un plasma fijo en el canal Playboy preanunciaba lo que vendría. La música no tenía nada que ver con las imágenes. Beyonce a full. Pronto se cerraron las puertas y las chicas se fueron a cambiar a sus cuartos. Mientras tanto los noctámbulos brindaban, fumaban, reían y hablaban fuerte tratando de escucharse. Trompetas celestiales dieron paso a las mujeres y ellas se desparramaron por las mesas. La jarana había comenzado.
Había pasado una hora en donde bebimos vodka, gin, whisky, y pisco, cuando un par de mujeres se acercaron a nuestra mesa. Carol y Benardette. Inmediatamente realizamos la inspección ocular. Eran dos potras dominicanas con porte de Nba, piernas de jade y cinturas de avispa. Venían presididas de la mismísima María Teresa en persona, quien trató a Ricardo con suma familiaridad, "Ricardito vea usted, acá le traigo a las mejores embajadoras de la República Dominicana". La verdad que no hacía falta tales credenciales, eran lejos las mejores mujeres que uno podría encontrar por los parajes del sur. Ricardo estaba en estado de éxtasis. Vuelto loco. Después de tomar un par de tragos con las diplomáticas, el ambiente se distendió. Y llegó la oferta. Se trataba de estar con ellas un momento y que por todo concepto nos cobrarían, a modo de oferta de inauguración 300 euros. Ricardo aceptó encantado la ganga. Y fue así como fuimos al cuarto, al cuarto de Bernardette.
Era un cuarto modesto y limpio. Calefaccionado. Una cama amplia y confortable con un cubrecama rojo, al tono con la luz difusa del ambiente. Pusieron música y empezaron rápidamente su meritoria labor. Se pusieron más ligeras de ropa aún de la nada que llevaban. Presto estábamos con Ricardo, uno al lado del otro, cabalgando sobre las ancas de las embajadoras. Estuvimos así un buen tiempo. Luego casi al unísono giramos y nos pusimos uno arriba de la otra, luego abajo, después al costado. De pronto me vi con las dos. En aquel momento pensé que tendría que haber trabajado en un circo. De contorsionista. Era realmente glorioso. No sé exactamente cuánto tiempo estuve con ellas. Esas dos chicas se la traían. Eran fantásticas. En eso estábamos cuando giro la cabeza y veo a Ricardo. Sentado en el sillón. Todo compuestito. Vestido con su chaqueta negra de cuero comprada en Buenos Aires. Que me dice: "Ya Hugo, apúrate que es tarde".
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Miguel Mazzeo |

Primera parte: reflexiones insomnes tras la lectura de El sueño de una cosa (introducción al poder popular)
Por: Sebastián Rodríguez
Quizás sea interesante aclarar dos puntos fundamentales sobre este ensayo. El primero es una aclaración en cuanto a las formas y formalismos. No hay otra manera de plasmar este costado al cual intento acercarme, que no sea a través de un lenguaje coloquial, llano y sin vericuetos protocolares, que últimamente, pienso, sólo persigue la finalidad de delimitar un campo de específica injerencia profesional. En este sentido, y como resultará obvio, este escrito está fundamentalmente pensado (y no solamente realizado) en primera persona. Algo sin duda inusual para el medio académico en general, pero que involucra la evidencia de un elemento que suele estar ausente en la mayoría de los trabajos ascépticos que se ponderan en el campo intelectual como modelos del correcto escribir. Es, claro, la arista relacionada con la cuestión subjetiva, sensitiva si se quiere, vivencial, del autor. Para ser más claro, este texto, más que hablar de, o comentar un libro, tiene que ver con lo que la lectura de ese libro generó y continúa generando en quien esto escribe. Además de lo que propone el libro en sí, la lectura de la obra de Miguel Mazzeo despierta o despabila, más bien cada vez más la necesidad de reflexionar sobre ciertos formalismos, ciertas restricciones del campo académico y ciertas lógicas de pertenencia y exclusión de los círculos consagratorios en el nivel profesional. Este texto habla entonces de Miguel, de lo que implica empaparse de la obra de Miguel, y también, aunque menos, del último trabajo de Miguel.
Algún agudo inquisidor se preguntará, quizás, qué interés tiene esto, cuando lo que usualmente se busca en un comentario crítico, reseña, o como se llame, es la referencia al texto en cuestión, más que las opiniones personales del reseñador, tanto sobre el libro como sobre otros temas no tan directamente vinculados y que se desprenden tangencialmente. Esto, obedece a una serie de cuestiones que podría resumir de la siguiente manera:
Número uno: no hay mucho más que decir para sintetizar el trabajo de Miguel, que lo que el propio Miguel afirma en las primeras páginas de El sueño de una cosa. Ni que hablar de la inmejorable síntesis de argumentos y contextos que presenta el prólogo de Sergio Nicanoff. Allí se condensa, en pocas líneas, el hilo de la trama, el trasfondo y el posicionamiento político, como también la cocina de los pensamientos vertidos en el libro. Cualquier agregado no solo sería redundante sino, peor aún, implicaría bastardear lo que otros han hecho ya de manera inmejorable.
Número dos: en la misa línea de justificación, extraer la escencia de los pensamientos de Miguel para intentar desplegar alguna reflexión derivada, más o menos inteligente daría como resultado probable un comentario deslucido frente a lo vertido en el epílogo del El sueño...de manera impecable por Rubén Dri. Realmente sería de una actitud inadecuada intentar rizar el rizo y poco procedente querer pecar de originalidad ante una reflexión que se destaca por su exactitud, claridad y contundencia.
Número tres: en el afán de no reiterarme a mi mismo, tampoco me interesa aquí entreverarme con los argumentos de Miguel, ni mucho menos señalar desacuerdos teóricos o del cariz que fuere. Primero porque ya fue esa la forma que tomó un comentario que hice para Periferias sobre un trabajo anterior de Mazzeo (¿Qué no hacer?, publicado por Antropofagia en 2005). En aquélla oportunidad, cometí la imprudencia de desoír la propuesta del autor del libro, para internarme en un debate infructuoso, bizantino, y que contribuía a diluir el verdadero objeto al que apuntaba Miguel. Huelga aclarar que poco importaron y menos aportaron mis críticas teóricas a un texto eminentemente sustentado en la praxis militante. Pero en segundo lugar, aunque esto es algo que debería figurar como la premisa básica de este escrito, antes que nada, Miguel es un amigo y por si no bastara alguien de quien yo aprendo permanentemente. Y si de algo estoy convencido últimamente, es que a los amigos no se los critica por el solo hecho de cumplir con la formalidad pseudo intelectualoide, de que todo comentario debe ser, si pretende guardar un dejo de objetividad, medianamente crítico. Pareciera ser que la fórmula de hablar bien del libro de un amigo debiera ir rodeado de ese cierto aire de crítica constructiva para que el comentario sea tomado en cuenta.
En este sentido, más allá de haber cumplido ese requisito sin demasiado sentido en mi comentario sobre ¿Qué no hacer?, no encuentro muchos otros señalamientos que hacer ya frente a la obra de Miguel, mucho menos aún de su último trabajo. Por lo tanto, este ensayo sólo intenta reflejar lo que El sueño de una cosame ha dejado a mi, y lo que creo que tiene para obsequiar a quien esté dispuesto a empaparse del sentido profundo de todas sus palabras.
El segundo punto aclaratorio de los dos que mencioné al principio, se refiere a la definición del género de estas líneas definición que cobra importancia cuando la misma se desprende de reflexiones disparadas por El sueño de una cosay sobre esto conviene ser categórico: esto no es una reseña de un libro. Aún cuando las líneas que siguen intentan conversar con el lector sobre la base del último trabajo de Miguel Mazzeo, esto, recalco, no es una reseña.
Básicamente porque el modelo reseña parte no siempre, pero usualmente de dos posibles escenarios: el primero puede ser que quien lee la reseña lo hace justamente porque no ha leído el libro, y se acerca primero a ésta para no tener que hacerlo. En este sentido, las reseñas son muchas veces un gran logro del campo profesional que tiene como finalidad última ahorrar el valioso tiempo de los intelectuales consagrados. De hecho, el formato estipulado para una reseña es que esta debe dar cuenta de la estructura del libro (cantidad de apartados, capítulos, paratextos en general, editorial, etc.) y de las líneas argumentales principales. Además, debe señalar si el libro cumple con lo que promete, y si es sólido a la hora de probar lo que afirma. Por último, puede también incluir alguna opinión personal del reseñador, si es que su estatura académica así lo amerita, haciendo que no solo sea interesante para el lector (de la reseña, claro) saber si vale el esfuerzo aproximarse a los argumentos del libro en cuestión, sino también ilustrar sobre quées lo que opina tal o cual intelectual de renombre sobre ese libro y esos temas. Ese intelectual, eventualmente, sentenciará sobre lo fructuoso o no de abordar el libro, haciendo un balance del costo del tiempo invertido en la lectura en relación con el beneficio obtenido luego de ella. Si el libro lo amerita, se nos invitará con énfasis a leerlo, si no, seremos exceptuados de realizar la travesía. En síntesis, en esta primera suposición, las reseñas se hacen para que se nos diga si nos conviene o no leer ese libro. No en vano, como me señalara oportunamente un representante con honores del campo intelectual, las reseñas deben ser, ante, todo, eficientes.
En otro escenario posible, las reseñas presuponen que el libro ya ha sido leído por quien lee la reseña, por lo cual esta no deberá dar cuenta de la estructura del libro ni de sus argumentos, sino que irá directamente a entreverarse en algún debate sobre lo que ese libro propone o afirma. Este formato es quizás más interesante, pero por definición, deja de ser una reseña, porque no habla del libro, sino con el libro. Por lo general aunque no siempre es el caso estos debates están teñidos de un fuerte sesgo endogámico y no buscan más que reforzar esa impenetrabilidad de ciertos espacios intelectuales o políticos, refutando argumentos con el fin de acumular para tal o cual causa. En el caso que el debate sea amistoso, difícilmente contribuirá a sumar lectores para el libro original que no entiendan los códigos sobre los que se fundamenta la discusión.
Entonces, ¿qué queda por hacer a la hora de comentar un libro, sin caer en los moldes señalados? Bueno, antes de hablar directamente del libro o con el libro, podemos entonces hablar de Miguel y de lo que este libro y su obra en general guarda en su seno como potencialidad disparadora. Parte de eso es toda esta disquisición sin aparente conexión con El sueño... Si en estas primeras líneas comencé haciendo referencia a cosas no vinculadas directamente, en realidad, algunas de las molestias propias y sensaciones encontradas en relación con el campo profesional, están simbióticamente alimentadas e inspiradas en el ejemplo trazado por la figura intelectual de Mazzeo, y por el trabajo concreto que él ha sabido realizar en su exilio autoimpuesto, pero también infligido como penalización a su constante irreverencia. Si en líneas generales con sus honrosas excepciones, para ser justos la academia tiende hacia esa trabajada nadería que el propio Mazzeo ha sabido definir con ironía imperdonable, y representa muchas veces un verdadero camión de tedio, es porque se las ha arreglado para expulsar de su seno a gente de las más variadas disciplinas, comprometidos con la praxis y con la militancia política y que no persiguen, además, ningún beneficio personal o corporativo. Esto, aún a costa de perder la posibilidad de recibir en sus venerados brazos a gente con la talla intelectual de Miguel.
Un amigo y compañero de discusiones me señaló una vez y con mucha justeza, que en este mundillo cargado de mezquindades que es el campo profesional, existen básicamente tres líneas posibles de acción: la inserción plena, que pasa por recorrer con disciplina y abnegación el cursus honorum preestablecido, nutrir y engrosar el currículum y llenar planillas eficientemente; la segunda vía, la semi marginal, es decir, la de la oposición al campo, pero tolerada y en buena medida alentada por el propio campo; y por último la vía Mazzeo, la que se inspira como él mismo gusta de definirse en el autodidactismo aplicado y consecuente, obsesivo por momentos y que se vuelca en forma torrencial hacia una producción masiva por su cantidad, pero diferenciada, sutil y original cada vez. En este sentido, Miguel persigue a paso firme una utopía que parece esfumarse más y más, y tiene que ver con el rechazo de la mercantilización de las relaciones humanas y de la mercenarización de los espacios de saber, tomando una opción independiente de las camarillas, de las planillas burocráticas, de los subsidios que hipotecan muchas veces la ética y de los caudillismos, todos elementos básicos a la hora de definir el funcionamiento de las instituciones de investigación y educación. La obra de Miguel está impregnada de esta vía independiente, con todas las implicancias que esto tiene. No hacer un posgrado inconducente por el solo hecho de avanzar en el escalafón nobiliario, por ejemplo, y autocondenarse a la tercera vía la vía Mazzeo, que poco tiene que ver alguna reminiscencia populista del término deja de ser, en la trayectoria de este intelectual, una opción. Miguel piensa, escribe y milita en forma casi compulsiva, porque hay detrás de su trabajo una ética que lo impulsa, que tiene que ver con defender la sustancia, en un sentido profundo. Claro, esto tiene su precio y en una profesión donde la producción se mide por la cantidad de casilleros rellenos en las planillas institucionales, donde la producción intelectual no cotiza, y menos aún la coherencia de la unidad entre teoría, pensamiento y praxis, en ese mundo de transacciones mercantiles, el precio se paga con el cuerpo.
Segunda parte (que afirma que las segundas partes a veces son mejores): reflexiones sobre y entre sueños
Nótese que en lo que va de este ensayo, me he referido a la obra de Miguel, y no solamente a su último libro. No se trata, obviamente de un recurso sintáctico, para no repetir palabras. Esto es porque El sueño de una cosa es inescindible de sus escritos anteriores mucho más claramente de ¿Qué no hacer?, pero más aún, de una coherencia que se vislumbra claramente en la cotidianeidad política e intelectual de este prolífico escritor. Lo que Mazzeo plasma es una línea de pensamiento signada por una particular intensidad, fruto de desvelos, obsesiones y preocupaciones de notoria profundidad. Definir una obra tiene que ver con que la misma es resultado de esa rareza de la intelectualidad contemporánea, que señala una comunión entre pensamiento y praxis, donde la dialéctica entre la cabeza del escritor, la pluma y la acción militante cobra verdadero sentido. Digo rareza porque parece ser que se trata de una especie en extinción, que uno fácilmente reconocería en nombres de otra generación llámense Osvaldo Bayer, o el mismo Rubén Dri pero que no tienen demasiadas piezas de recambio en la intelectualidad de mediana edad. Es también allí donde la figura de Mazzeo cobra un valor inusual para los tiempos que corren.
En El sueño..., Miguel continúa, sí, sus trabajos anteriores, pero con la calidad y la originalidad intacta. No se repite, profundiza, debate sus propios argumentos y los pone a prueba paseando de manera novedosa por tópicos trazados de antemano. Es propiamente la cualidad de una obra, el hecho de mantener una coherencia propia, de hacernos sentir que ya sabemos de qué nos hablará antes de leerlo, pero al mismo tiempo que nos hace sentir confiados de la sorpresa que llega con la novedad de sus argumentos y con los lugares que recorre.
Nuevamente el eje de su disputa es para con la izquierda ortodoxa, momificada en viejos manuales de dudosa aplicación, y también con la izquierda de más reciente aparición, que partiendo de la misma crítica a los partidos tradicionalesencuentra en la vía del autonomismo fundamentalista la vía de escape de la sociedad capitalista. Miguel recupera estos debates ya planteados, contesta a interpretaciones descontextualizadas y tendenciosas sobre ¿Qué no hacer? y lleva sus argumentos a nuevos límites postulando la necesidad de una nueva-nueva izquierda, o mejor dicho, una izquierda por venir. Una izquierda que no ilumine desde la externalidad de la clase a quien interpela, que sepa evadir la reconstitución del poder burgués de cuño populista y que no contribuya a la desorganización de las masas.
Un paso más allá de su libro anterior, Mazzeo comienza a trazar una agenda de tareas por hacer, donde el problema del poder ocupa un lugar de ineludible centralidad. La vía de resolución pasa entonces por pensarlo como una instancia de poder superadora, y no opresora, que se afirma en la necesidad de la construcción del poder popular, donde la base de la construcción de ese poder incluye a la clase obrera, pero engloba a un sujeto social más amplio, liberándolo de fines y trayectorias prefiguradas teleológicamente de antemano.
En este camino, Miguel va de lo general a lo particular, y se detiene a reflexionar sobre la dialéctica sujeto-objeto, la contradicción inmanente entre lo particular y lo universal que encarnada en la díada amo-esclavo le sirve como punto de partida para afirmar que la única vía posible de transformación y superación a modo de síntesis, es la que salda la hasta ahora encerrona del poder como medio para un fin. El poder como medio sin fin. Como lo llama el mismo Mazzeo, ni poder sin amor, ni amor sin poder.
Mucho más asertivo que en trabajo anterior, Mazzeo arriesga aquí una serie de premisas que dan cuenta del crecimiento y la repregunta permanente sobre estos temas. Además, y haciendo gala de su ya conocida erudición libresca e histórica, Miguel piensa distintas realidades desde el prisma del poder popular y se sumerge en el caso chileno de los setenta, que aparece como el laboratorio donde se someten a prueba muchos de los argumentos vertidos en el trabajo, y de donde se extraen conclusiones de aplicabilidad a nuestra realidad actual.
La Teología de la Liberación tiene también mucho que hacer y qué decir en este camino de la construcción del poder popular. La influencia indiscutible de este movimiento obliga al autor a la consideración de sus argumentos a la luz de la experiencia histórica trazada en los pueblos de nuestra América por la decodificación del mensaje cristiano tan particular por parte de este sector de la Iglesia tercermundista. El aporte y la imposibilidad de ignorar la influencia que ha tenido y tienen sus postulados, coloca a Miguel en la necesidad de pensar en los puntos de intersección entre la organización política de las masas y la incidencia de la Teología, con miras a la construcción de movimientos que se planteen la vía de la autoorganización no condenada a la situación insular. La articulación aparece así en la noción de diakonía, que para Miguel es un concepto asimilable a la consigna zapatista que surge como un cimiento para la construcción del poder popular: el mandar obedeciendo.
Pero más allá de los ejes por los que discurre la retórica del autor, quizás uno de los puntos más interesantes del trabajo pasa por su condición de realización. A diferencia de otros escritos anteriores, El sueño de una cosa inaugura un proyecto editorial colectivo y popular que no en vano se denomina justamente así, El colectivo que es punto de llegada y a la vez de inicio de una experiencia compartida de militancia y discusión. Punto de llegada porque surge después de años de lucha en un espacio común entre compañeros que suscriben acuerdos básicos con el autor, pero fundamentalmente punto de partida para proyectar esa discusión hacia espacios más amplios, en la perspectiva de la construcción política y cultural que se plantea en el libro. Primer ejemplar de una serie de trabajos generados en este contexto, El sueño... rechaza furiosamente toda filiación mercadocéntrica y enfatiza la necesidad de que la cultura, el pensamiento y la búsqueda de beneficios marcan una contradicción sin resolución posible. La construcción del poder popular, base, herramienta y fin de la transformación social sólo puede cimentarse sobre la base de una lucha por la hegemonía, y como los mismos colectiveros señalan, se sabe que los libros no cambian el mundo, pero es igual de cierto que hay libros que cambian más que otros.
Es en este sentido que Miguel se constituye en ejemplo como encarnación de esa ética impregnada de lo colectivo, de aquello que él mismo propone en sus trabajos. La búsqueda de la utopía que emprende Miguel tiene entonces un piso de realidad en el terreno de la militancia. Esa utopía que comienza a negarse a sí misma, porque empieza a cobrar forma en un concreto, esa utopía que ya no es un no lugar, esa utopía que es el poder popular, única fuente potencial de transformación y única garantía de la fecundidad de la transición. Si la izquierda por venir debe por fuerza surgir de la construcción de ese poder, ha de surgir entonces de los márgenes del sistema, pero no han de confundirse los márgenes con el aislamiento y la condición de probeta. Como señala Miguel, el horizonte está puesto en la generación de prácticas que concilien internamente la utopía con la realidad actual, donde esas prácticas sean la prefiguración de la sociedad por construir, prácticas que generen en acto una sociedad nueva en pequeña escala, pero con proyección y aspiración hacia la totalidad. No hay determinismos, no hay teleología, pero como señala Mazzeo, hay un mundo que alberga en su seno las condiciones del cambio, un mundo que está preñado de otros mundos.
Si este ensayo no busca ser, entonces, una reseña, sí es claro que quiere ser el reflejo de pensamientos viscerales nutridos por la obra de Miguel. También persigue dos objetivos, modestos, pero fundamentales: el primero es, claro, alentar a la lectura. Pero el segundo tiene que ver con la exhortación a dejarse llevar por los caminos que propone El sueño... y olvidarse por un momento de la lógica individual que el acto de la lectura aparenta entrañar. Esta debe ser, pues, una lectura pensada también desde lo colectivo, porque está concebida desde una instancia colectiva de la cual el autor es una manifestación visible. Quizás la principal implicancia de los argumentos allí vertidos sea entonces la concientización de que el individuo no es más que una abstracción ficticia, producto del espejismo generado por la cultura hegemónica.
Por último, para aquéllos interesados en una lectura que cumpla con una serie de requisitos formales y académicos, estén seguros que no van a encontrarla en este trabajo (aunque paradójicamente, este libro reúne una serie de condiciones en términos de obsesividad y precisión que harían ruborizar de vergüenza a más de un intelectual consagrado por ejemplo, no conozco muchos autores que para escribir un capítulo de un libro relativamente breve, hayan leído a modo de consulta y marco teórico la Fenomenología del Espíritu completa). Pero sí estén seguros que las provocaciones irreverentes que surgen de las páginas del libro los obligará a repensar y reflexionar sobre una serie de estándares y convencionalismos en el nivel político, intelectual, profesional y por qué no, también visceral.
Es probable que como horizonte inmediato, El sueño de una cosa se vea cuando menos demorado en la entrada a ciertos círculos de difusión masiva y erudita. Mucho más aún, sordo por lo general al clamor de las reflexiones que provienen del como señala Miguel mestizaje de arte, filosofía, política y vida, el campo académico y profesional se arrogará con seguridad su derecho de admisión y permanencia para vetar un escrito tan intenso y provocador como el que nos presenta la obra profunda de un intelectual profundo. Pero eso, lejos de ser un obstáculo, será tal vez la confirmación de que el sueño de este soñador está en el camino más fecundo para que sus sueños dejen de serlo.
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ray bradbury |

Desde 1941 hasta entonces, la mayor parte de mis relatos los había escrito en los garajes de la casa, bien en Vence, California (donde vivíamos porque éramos pobres, no porque estuviera de moda), o detrás de la casa con terreno donde mi mujer Marguerite y yo criamos nuestra familia. Las que me llevaron al garaje fueron mis amorosas hijas, que insistían en acercarse a la ventana del fondo y cantar y golpetear el vidrio. Papá tenía que elegir entre terminar un cuento o jugar con las niñas. Como yo elegía jugar, por supuesto, los ingresos familiares quedaban en peligro. Había que encontrar un despacho. No nos alcanzaba el dinero.
Por fin localicé el lugar ideal, la sala de mecanografía del sótano de la biblioteca de la Universidad de California, en Los Ángeles. Allí, en ordenadas hileras, había una docena o más de viejas Remington o Underwood que se alquilaban a diez centavos la media hora. Uno insertaba la moneda, el reloj soltaba su tic tac loco y uno se ponía a escribir como un salvaje para terminar antes de que se agotara el tiempo. De modo que fui empujado dos veces: por las niñas a abandonar la casa y por un reloj de máquina de escribir a volverme un maniático de las teclas. Sin duda el tiempo era dinero. Terminé la primera versión en apenas nueve días. Con 25.000 palabras, era la mitad de la novela en que llegaría a convertirse.
Fragmento de Invirtiendo centavos: Fahrenheit 451.
En Zen en el arte de escribir de Ray Bradbury.
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La preciosa vida que soñamos |
Sonia González ha logrado plasmar en estas narraciones las vicisitudes cotidianas con el sello indesmentible de las predeterminaciones ocultas, de las situaciones secretas, veladas, a medias tintas a veces, sugerentes, desde donde avanzan en tropel los designios de las vidas verdaderas. Y todo se esboza como un giro delicado del pincel sobre la tela, como un sutil boceto de una certera ambigüedad, que trasluce el cuadro que será la vida entera, la que sospechamos o insinuamos otra vez, la que enmascaramos o asumimos como una carga ajena.
Hasta que un día, un minuto o un segundo, aquello que no nos pertenece o que creemos que depende de los demás, golpea con insistencia la secreta puerta de nuestros sentidos primarios, los desnuda, los arroja sobre una mesa, un espacio íntimo, un viaje al norte del país en busca de una realidad lapidaria y cansada, se entremezcla en un supermercado con la historia de tres todavía inconclusa, avanza por la seguridad de una familia que no ha comprado la felicidad sino su condena, en fin, que deambula equívoca por la diosa fortuna o el poderoso caballero o cae por la pendiente cruel de unos agujeros negros que se han creado así mismos como fatalidades personales.
Y todo dicho de modo sencillo, con una pulcritud y concisión que atraviesa la atmósfera donde los personajes anidan sus sueños casi siempre inconclusos o sus deseos de ser mejores en cuanto puedan o añoren el tiempo que no tienen y que, paradójicamente, persiguen como un estigma que se ha tatuado en sus intenciones, en la búsqueda de lo que -de nuevo- presumen y que difícilmente alcanzarán, salvo, claro está, para confirmar las dudas o hacer de las alusiones el continuo peregrinaje de lo inaprensible.
Por ello - o a pesar de ello- las coincidencias que producen un encuentro (El sexto sentido de los tristes, Asunto de tres, La preciosa vida que soñamos) o las urgencias que delinean un transito (Carne viva, Ulianov visita a su padre) son trazos inseguros marcando la inevitable confluencia de destinos que se bifurcan. El punto de encuentro o el viaje constituyen entonces, ese esbozo desdibujado por realidades contrapuestas. Los personajes constatan de pronto una realidad que aparentemente no inventaron, pero que es producto de hechos subrepticiamente anidados en una memoria fugazmente olvidadiza, o son el resultado de esfuerzos encadenados donde cada actor ha representado en algún momento, por alguna circunstancia propia o extraña, parte de una actuación que confrontada a otras se disputarán el escenario. Porque luego vendrán, inevitablemente, "otros actores", y al ser humano "sólo le resta esperar". (Carne viva).
Esa es la trama oculta, la subyacente, la que estos cuentos prefiguran como enlaces con una vida que suele no ser preciosa, pero que a cada rato reinventamos para no perdernos en la tragicomedia de una realidad que nunca es normal.
Un libro señero, auspicioso, certero, escrito con lo justeza de un lenguaje único, personal, que consolida a una de nuestras mejores escritoras del género.
Autora: Sonia Gonzalez Valdenegro
Cuentos. 171 páginas. Lom Ediciones.2007.
Un cuento de Sonia González Valdenegro
Esto último haría pensar a cualquiera, y Valeria lo es, que para mi madre el respeto por mis decisiones y persona es una cuestión fundamental. Aquello es verdad, aunque sólo a medias. Ya lo he dicho, se trata de una vieja dura, esto es alguien que ha edificado un muro alrededor, imagino que para no ser lastimada. Aunque, levantada ya la muralla protectora, ella decidió permanecer detrás para evitarse la molestia de convivir con los demás, incluido su hijo.
Por entonces yo acababa de terminar con Teresa. Para ser veraz, debo aclarar que fue ella quien me dejó luego de dos años por otro, uno que era compañero suyo en la escuela de Ciencias Políticas donde su condición de alumna aplicada la destinó cuando salimos del colegio. A la desesperación inicial siguió un período de duelo, el que yo vivía cuando se produjo la llamada de la hermana de mi padre. Aunque parezca una niñería, la pérdida de Teresa era semejante a una mutilación o una repentina discapacidad, una tragedia superior a mis capacidades que me obligaba a mirar el mundo de nuevo. Alguien me dijo entonces, para mi conformidad, que aquel sentimiento era algo natural, a mi edad.
De más está decir que mi madre nunca conoció la magnitud de aquella tragedia. Cuando me preguntó, cierta mañana, ¿y Teresa?, me limité a decirle que eso estaba terminado. Ella me echó una mirada que era como un vuelo de reconocimiento, yo oculté como pude mis heridas y nuestra vida siguió funcionando bajo las reglas de aquella suerte de convivencia pacífica a la que no debe confundirse con armonía, y entre cuyas demostraciones ella hacía de cuentas que nada grave estaba sucediendo y yo lengüeteaba mis llagas sin muchos deseos de que estas llegaran a sanar.
La tarde que me enteré de la existencia de una abuela y una tía, había pasado un rato largo agazapado entre los árboles de la plaza que está frente a la casa de Teresa a la espera de que ella regresara de la Universidad. Para mi madre, yo me encontraba en el preuniversitario instancia de estudio a que me confinó mi condición de alumno desaplicado una vez terminado el colegio,...-, al que no asistía desde que se produjo la ruptura, pero cuyas clases me proponía retomar apenas pudiera volver a mirar a Teresa, superado que fuera aquel sentimiento de pérdida tan avasallador que me producía verla acercarse desde el otro lado de la plaza, su larga cabellera rojiza a un costado de la cabeza, siempre un poco apurada, pero aquella tarde sola, sin su novio de la escuela de Ciencias Políticas, responsables ambos de mi repentina orfandad.
Tonterías que hace uno cuando le falta experiencia, salí al camino haciéndome el que pasaba por ahí.
Teresa no es mala. No pertenece a aquella clase de mujeres que te arrojan de su vida como a una espina molesta y se avergüenzan de la criatura encantada que fueron en tus brazos. Le dolía, como a mí, aunque menos, nuestra separación. De haber podido, se habría quedado con los dos. Pero el novio era tan posesivo como yo, de manera que ninguno toleró una situación que terminó decidiéndose a favor de él.
- Teresa.
En ocasiones anteriores también me quedé callado luego de pronunciar su nombre. Ella se echó la trenza a la espalda y cerró el primer botón de su abrigo, como si quisiera hacerme notar varios aspectos evidentes: era tarde, hacía frío, para qué la esperaba si ya estaba todo dicho entre nosotros.
Pero me sonrió.
- ¿Quieres pasar? preguntó cuando llegamos frente a su casa.
- No, gracias.
- Ya.
Al despedirnos, luego de aquella conversación insólita, me ofreció su mejilla de pecas verdosas, me sonrió nada había cambiado en aquella sonrisa que ya no era mía- y, luego de acariciarme la cabeza como haría con un hermano pequeño, entró en la casa y cerró la puerta sin volverse a mirarme.
Eso ocurrió por la tarde.
Me quedé dando vueltas por la calle antes de ir a casa. Cuando subí, luego de aquel vagabundeo, al tercer piso que ocupábamos mi madre y yo, escuché desde la puerta el sonido del televisor.
Mi madre se niega a consultar con un otorrino, aunque es evidente que está quedando sorda. Tiene casi sesenta años fui un hijo más bien tardío- y toda una vida como telefonista ha martirizado su sentido del oído al punto que ya no es capaz de escuchar la televisión sino a un volumen intolerable para cualquier ser humano.
Excepto para mí, que estoy acostumbrado a esa y otras de sus rarezas. Está, por ejemplo, la suspicacia con que enfrenta mi regreso a casa a una hora desacostumbrada, de manera que si llego antes de lo habitual, como si lo hago un poco más tarde, debo estar preparado para un exhaustivo interrogatorio en el que es evidente su ánimo de sorprenderme, no sé en qué.
De ahí las vueltas que me di antes de volver a casa, a pesar al frío y a la falta que me hacía la certidumbre perdida a raíz de lo de Teresa, aquella seguridad de los tiempos en que nos amábamos, mucho antes de la aparición del novio de Ciencias Políticas, aunque cuando ocurrió lo de él ya Teresa había dejado de ser mía si alguna vez lo fue. De lo contrario jamás él me la habría arrebatado como hizo, igual que en los boleros, como en un tango o una de esas películas que a ella tanto le gustaban, de las que salía, casi siempre, con los ojos enrojecidos.
Así que aquel lunes por la noche, al volver a casa, supuestamente del preuniversitario, mi madre se dirigió a mí desde la cocina.
- Boris. Tengo que hablar contigo.
A la sorpresa inicial ella jamás se dirige a mí en tales términos, de hecho casi no pronuncia mi nombre-, siguió un largo silencio de mutua sospecha y expectación, en el que nuestras desconfianzas aguardaban un zarpazo que no llegó de ningún lado.
- Ven dijo ella -. Es corto.
La seguí hasta la cocina y hablamos ahí, de pie, un asunto que era en realidad muy breve.
- Llamaron de parte de la madre de tu padre. Se está muriendo y quiere conocerte.
- ¿Ahora? pregunté.
Mi madre compartió mi perplejidad, aunque sólo con un gesto que dejaba la estupidez humana fuera del territorio de sus responsabilidades. Luego explicó.
- Yo sólo cumplo condarte su recado. Le dije a la hermana de tu padre que yo no decido pues tú ya tienes dieciocho años y haces lo que te da la gana, pero que te iba a decir, que en todo caso te lo iba a decir.
Me quedé pensando en el comedor, sentado ante la cazuela de los lunes. Mi apetito se había esfumado, y la presencia de mi madre, observándome primero desde la cocina y después desde su sillón, en la sala, donde se sentaba a dormitar el programa de televisión de las diez de la noche, sólo conseguía hacerme más raro el asunto.
De pronto ella habló.
- La hermana de tu padre dijo que te enviaría el pasaje en avión para que fueras, porque viven en Iquique. Yo pensé que como nunca has viajado en avión, tal vez... Pero, bueno, tú eres quien decide.
- ¿Y qué tengo que hacer?
- Ir solamente. Visitarla. Para que te conozca.
- ¿Y por qué ahora? insistí.
-Qué sé yo dijo ella en tono cortante, para abreviar -. Debe ser porque se va a morir. La gente se pone así cuando está por morir.
- ¿Y tú que sabes?
- Es verdad. Qué sé yo de la muerte.
La noche antes de partir realicé una nueva incursión al afecto de Teresa. Era, mi estúpida fantasía de entonces, la creencia de que ella era objeto de una confusión, de la que yo debía sacarla más por su bien que como un intento de reconstruir mi precario paraíso.
- Me voy a Iquique le dije saliendo nuevamente a su paso como un pervertido que insistía en mostrarle obstinadamente su amor.
Ella arrugó la frente en señal de extrañeza; una línea vertical se trazó en su entrecejo.
- A Iquique insistí-. A conocer a la familia de mi padre.
- Creí que no tenías padre.
- No lo tengo.
Cómo habían cambiado las cosas. Días atrás, meses antes, no existían mi abuela ni su novio. Éramos nosotros dos, y un lugar muy tibio, al que llamábamos mundo, y en el que reinábamos.
Le hablé de la llamada de aquella mujer, Valeria técnicamente, mi tía- y de Iquique, una lejana ciudad emplazada en el desierto hasta la que debía trasladarme para conocer a mi abuela.
Teresa se mostró de acuerdo.
- Parece interesante.
Qué nuevas fórmulas de lenguaje había aprendido, de la mano del cientista político.
- No sé si interesante puntualicé sólo por molestarla -. Pero qué se le va a hacer ignoraba qué quería demostrarle con estas últimas palabras.
Iquique.
Me bastó con avistar la geografía de aquel lugar desde la ventanilla del avión para desear el regreso. Uno ha oído hablar del desierto; ha visto películas, como El paciente Inglés, Indiana Jones, sabe lo que es un desierto, pero el golpe de sentirlo en su extensión ante la mirada, luego de sobrevolar un mar profundamente azul, sobrecoge, intimida. El paisaje despoblaba de fantasías la imaginación. Igual que la presencia de un cuero puesto al sol; parecía asentado ahí, ante la muralla de montañas irregulares que representaban un horizonte amarillo.
Tal vez exagero. Mi visión puede ser causada por la historia de alguien que nacióy vivió sus primeros años en Chillán, en una época de permanente diluvio, según me parece ahora el pasado.
Por supuesto, nadie me esperaba. Un hombre bajo, de rostro seco y oscuro, la textura de una piedra, me ofreció un curioso servicio de transporte en el asiento de atrás de un chevrolet que era una reliquia. Viajaba junto a él una niña pequeña, a la que acababa de recoger en el aeropuerto.
- Debo entregarla con su abuela - me dijo, como si yo le hubiese demandado una explicación.
En el asiento de atrás un enorme paquete envuelto en cartón corrugado, dejaba el espacio suficiente para el pasajero en que me convertiría por media hora.
- Son mil, hasta el centro.
De manera que acepté e hice el viaje que después de todo resultó muy agradable, escuchando la música que la niña insistía en volver en el toca cintas; la canción de un corderito a la que seguía la de una mosca y otra, de un gordo a reventar. Cuando llegamos al centro, a la plaza Prat, donde el hombre me dijo, mostrándome el bulto hasta aquí nomás lo dejo porque debo entregar la centrífuga y la niña ya me sabía las tres canciones. Sus letras anduvieron canturreando en mi voz durante mi permanencia en Iquique.
Era mediodía. Verifiqué la dirección y pedí las indicaciones para llegar al propio chofer quien me señaló, apagando un bostezo, una calle que terminaba cerca del puerto.
Me eché a andar por una avenida de palmeras únicos árboles en aquella ciudad- y llegué hasta el costado de un cerro amarillo frente al cual, en una casa antigua con balcones, vivía mi abuela.
Después de llamar dos veces, una mujer abrió la puerta.
- Tú debes ser Boris.
- Así es. ¿Y usted?
- Valeria. Hermana de tu padre.
- Ya.
- Eres igual a él dijo después, un comentario con el que yo contaba.
Me invitó a pasar y dejar mis cosas (mi pequeño bolso de viaje con ropa para dos días) en la sala.
La casa era de aquellas donde viven mujeres solas. Brillantes maderos por suelo, muebles con paños tejidos, incontables adornos, chucherías de porcelana barata sobre los paños. Retratos de muertos; entre ellos, tal vez, el de mi padre. Una luz entraba a través de una ventana como el filo de una espada que cortaba el aire de la habitación y lo dividía en dos.
- Querrás lavarte dijo Valeria.
En realidad no quería. Lavarme porqué. ¿Acaso era yo un ser sucio? Durante el viaje, que demoró tres horas, fui en un par de oportunidades al baño. Y, por supuesto, antes de salir de casa, tuve el cuidado de tomar una ducha. Como también de vestir la ropa que dejó sobre la cama mi madre, con la recomendación consignada en un papel de cuaderno de que llevara esa y no otra porque iba a visitar a mi abuela que se estaba muriendo.
- No es necesario le dije, y me quedé mirándola a la espera de una explicación.
La mujer, tía Valeria, comprendió.
- Te preguntarás dijo- ¿Por qué?
Así es, le respondió mi mirada.
- ¿Qué te ha dicho tu madre?
- Poco le expliqué. Me había quedado pegado a una tabla del suelo.
No era mentira. Mi madre ni siquiera me previno respecto del tema antes de salir. Le preocupaba la ropa con que me iba a presentar y si tenía el pasaje a mano, pero no lo que iba a decir. Después de todo, imagino que tal era su idea, que compartíamos, no era yo el llamado a dar explicaciones.
- Pero qué.
- Su nombre. Y, ahora, que tenía una madre y una hermana. Ustedes.
- ¿Sólo eso?
- Sólo eso.
Tampoco yo le había hecho preguntas. Creo que esta actitud de mi parte es uno de mis más grandes y quizá único gesto de delicadeza hacia ella. Otro, en mi lugar, se habría pasado la mitad de la vida insistiéndole en porqué y cómo y todo ello para arribar a una inexacta relación de circunstancias que no alterarían el peso de la realidad. La única vez que le pregunté (debo haber tenido diez años, o menos) me dijo, en pocas palabras y sacándome para siempre de cualquier estado semejante al error o la ilusión.
- La verdad, Boris, es que tu padre se murió. Pero es bueno que sepas que en el caso de él y el tuyo, da lo mismo. Con esto te quiero decir que tu padre nunca quiso saber de ti, que se negó a conocerte. De manera que su muerte no tiene importancia.
Ignoro si mantuvo, durante aquellos años, alguna relación con Valeria o su madre. Lo dudo. Ignoro cómo llegó Valeria a ella para enviar por mí.
Ignoro, también, porqué Teresa y yo ya no estábamos juntos, porqué se había decidido por el estudiante de Ciencias Políticas. Lo desconozco porque Teresa nunca supo darme la explicación a que yo creía tener derecho, limitándose a encoger los hombros con un gesto de piedad que le borroneaba la cara de sombras.
El caso es que mi abuela se moría, Teresa quería a otro y yo había ido a parar a Iquique, una ciudad que no tenía interés en conocer.
Aunque sorprendida, la mujer pareció agradecer la sinceridad de mi revelación.
- Quiero que veas a mi madre. Después te daré almuerzo.
- Está bien concedí.
Cruzamos un pasillo de esos que llaman galerías, con ventanas a un lado, a través de las cuales se veía el paisaje desolador de un cerro pelado. Había muchas plantas en el piso, sobre platos aposentados a su vez en paños de rafia. Había, también exuberantes macetas colgando de tejidos de macramé. Y vuelos en las ventanas, impecables adornos que trazaban sombras en el suelo, no obstante la primacía de una luz que no perdonaba.
Detrás de una puerta, en una habitación ciega, iluminada por la claridad que penetraba a través de los postigos de la puerta, estaba ella, mi abuela.
Pero antes quiero hablar de su cuarto. La cama, por supuesto, en el centro de la pieza; un gran catre de hierro forjado con perillas de loza; dos altos veladores con cubiertas de mármol sobre las que se agrupaban ordenadamente los frascos de las medicinas. Encima de una enorme cómoda de madera, adornada con paños tejidos, guardaban por la salud de aquella anciana varios santos del calendario: San Sebastián, cruzado de espadas, San Martín de Porres; Santa Rosa de Lima, San Ignacio de Loyola, Santa Gema de Galigari. Sé de santos; a los doce años leí un par de veces la historia de varios de ellos en una versión beatífica y abreviada para niños. En medio de aquella santería, acompañada de una bandera, estaba Teresita de los Andes, nuestra santa criolla, ubicada gracias a un gesto de piadoso patriotismo, en aquel lugar de privilegio.
El olor. La habitación parecía envuelta en un vapor de inyección que se sostenía a sí mismo. No tengo otra imagen para describir el pesado latigazo que golpeó mis sentidos cuando entramos.
Y mi abuela... Mi abuelita en la cama; desvalida, vieja como la abuela de caperucita. Qué grandes debieron ser sus ojos alguna vez, sus ojos dormidos. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, por encima de la sábana. La actitud de una enferma obediente que sabe quedarse donde la ponen. Y sus manos estaban arrugadas como los restos de un viejo mapamundi, y salpicada la piel de manchas oscuras, vasos o insectos reventados de un golpe.
Mi abuelita...
No dormía. Abrió los ojos y me clavó una mirada de esas que provocan en uno sentimientos perennes, asociados al miedo, el horror, quizá la piedad. Hay muchos posibles calificativos. De pronto, con dificultad, movió los labios, como si quisiera murmurar algo, pronunciar un nombre.
- Es él dijo Valeria, y golpeócon su mano grande los dedos entrelazados de la vieja.
Después me indicó que me aproximara.
Lo hice sin miedo. A los dieciocho años he visto veintidós muertos jamás paso junto a un ataúd sin mirar en su interior-, de manera que no iba a titubear ante una vieja que todavía era de este mundo.
Arrugó el ceño y me observó con atención. Me pareció que dudaba, que atendía con particular atención a mis sienes, a la línea de mi frente.
En aquel momento pensaba en Teresa. Su recuerdo atenuaba el efecto de aquella escena en que la vieja me convertía en objeto de la más viva atención. Sus labios entreabiertos hacían un moderado esfuerzo por decir algo. Era una mujer resignada, que se entregaba con tranquilidad a su destino. Si yo fuera un tipo creyente, debería pensar que la presencia de aquellos santos le otorgaba una suerte de auxilio. Pero no lo soy. No soy creyente. Si en algo tenía fe, antes, era en que Teresa sería siempre mi mujer, que junto a ella tendría todo aquello de que la vida me había privado, ¿un padre, tal vez? No lo sé. Los ojos de ella parpadeaban; la piel de su rostro ya enseñaba, claramente, las orillas de la calavera, anunciaba su desnudez.
- ¿Pedro?
Miré a Valeria, pero ésta no respondió a mi apelación, atendiendo a su madre con un temblor evidente. Luego se volvió hacia mí y agitó desesperadamente su cabeza, asintiendo.
No soy un tipo demasiado listo, pero comprendí. Así que, y como para eso estaba yo ahí, extendí mi mano, cogí la de la vieja y la apreté entre la mía.
- Pedro insistió ella, sosteniendo mis dedos entre su garra. Su fuerza, lo mismo que su voz al pronunciar aquel nombre, desmentía la fragilidad de su apariencia.
Tuve el impulso de decir algo, poner las cosas en su lugar. No soy Pedro, para empezar. Pero mi voz se apagó fulminada por una repentina vulnerabilidad, la misma que me atacaba cuando, escondido entre los matorrales de la plaza, esperaba el regreso de Teresa y la llamaba.
- Teresa le decía, enmudeciendo a continuación, de pie como un pánfilo.
Qué larga puede ser la mirada de un moribundo. Qué persistente. No hay olvido para un gesto como ese, la expresión de curioso apremio con que aquella mujer repasaba mis facciones, buscando en ellas la presencia de alguien que no era y cuyo lugar, de improviso, yo ocupaba, vaya uno a saber porqué, si mi lugar verdadero, aquel al que habría querido salir corriendo cuando algunas horas después cerraron aquellos ojos, era el rincón del cuello de Teresa, el calor del vello que crecía bajo sus orejas.
- Eres Pedro insistía, con mis manos atrapadas entre las suyas.
Tía Valeria me tomó de un brazo y tironeó de mí fuera de la habitación.
Así que esas teníamos.
- Es cosa de horas dijo restando importancia al acontecimiento.
Nos dirigimos entonces al comedor. Ella me precedía con una marcialidad de diecinueve de septiembre que no había visto ni siquiera en alguien como mi madre. En el comedor nos aguardaba la mesa preparada para un comensal, el que escribe; un puesto arreglado con individuales y servilletas de género y papel. Valeria me indicó un asiento y salió rumbo a la cocina. Regresó con un plato humeante que contenía pancutras y charqui. Comí despacio con ella enfrente de mí, de pie, apoyadas sus manos en el respaldo de una silla. Parecía vigilarme. Cuando regresó con el postre, una crema de leche dulce, y luego con una taza de café, volvió a su puesto de observación.
Ya estaba terminando el café cuando dijo.
- Te preguntarás por qué.
No afirmé ni negué. Estaba agobiado de preguntas, pero no quería respuestas ni intenté demostrar un interés que estaba lejos de sentir.
- Porqué tu padre te dejó.
Yo bebía mi café y la observaba.
- Porqué abandonó a tu madre cuando naciste. Porqué te llamé.
Creo que iba a dar una explicación. Y que ésta no habría sido sino una argumentación inútil, la defensa de un abogado chambón.
- ¿Me permite? pregunté poniéndome de pie. Qué modales los míos.
- ¿Perdón?
- Quiero descansar. Necesito recostarme.
Pareció confundida. Un hecho inesperado interrumpía el desarrollo de aquel guión. Pero se recompuso.
- Por supuesto dijo, y agregó, qué modales los suyos-. Esta es tu casa.
Desde luego, no lo era. Pero asumiendo mi papel en aquella comedia procedí con un aplomo que creía extinguido desde el incidente con Teresa. Cogí mi chaqueta, me dirigí a la puerta que me señalaba y entré en una nueva habitación, con una cama, un velador, una réplica de la pieza donde mi abuela se despedía de este mundo.
Con frecuencia le escribo cartas a Teresa. Aquella tarde comencé una en la que formulaba una y mil preguntas, todas sin respuesta, dirigidas a ella, pero, más bien, abiertas a cualquiera que se encontrara en condiciones de explicar el sentido de la vida. La escribí, igual que las anteriores, mentalmente, imaginando su cara a medida que la leía; su rostro de pregunta, la eterna interrogante bailándole en las pupilas: ¿habré hecho bien en dejar a Boris? Estaba recostado en aquella cama cubierta con una colcha tejida, que mi madre habría examinado palpándolo entre dos dedos, el ceño severo derivando hacia las torsiones del hilo. A través de la ventana, la tarde comenzaba a extinguirse, lo mismo que la vida de mi abuela, que mi pasado, el Boris que fui, la Teresa que tuve, los incontables Boris que no fui. Como un meteoro, el pasado se dejaba caer al otro lado de aquella habitación en la que yo gravitaba, igual que el último tiempo, pensando en Teresa, sólo que ahora ella y mi abuela ocupaban un escenario común, disputándose la calidad de primera actriz o secundaria en esta obra.
Cerré los ojos para hacerlas desaparecer, a ambas. Pero siguieron ahí durante mucho tiempo. Años después, aún se disputaban el escenario. Luego vinieron otros actores. Ocurre tarde o temprano. Sólo es cuestión de esperar.
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11 con 70 |
-Aló Hugo, ¿estás ahí?
-¿A ti qué te parece?
-Ahora voy para allá.
Todos los voy para allá suenan igual. Menos en boca de Paulina. El voy para allá de ella es un voy y te hago pelota, voy para allá y te lo chupo todo, voy para allá y ya verás cómo la vamos a pasar. Y así fue. Vino para acá. A mi casa. Sexo, vino tinto y cigarrillos. En ese orden. Auspició la velada Fantômas y Viña Santa Rita. Casi una hora de buen sexo. Hasta que me cansé. Se lo dije: "Me cansé Paulina". Despotricó un poco pero a regañadientes al final aceptó. Me dijo: "Estás viejo Hugo".
Por la mañana apareció mi vecina Norma, de la Cruz Roja, acompañada de otra señora de la misma institución. Andaban en una loable misión. Tomando la presión a todas aquellas personas que así lo desearan. Acepté pensando en todo el derroche de la víspera. Mi presión marcó 11 con 70. ¡Muy bien Hugo! Dijo mi vecina Norma, agregando: "Estás como un joven de 20".
¿A quién creerle, a Paulina o a mi vecina Norma? A las dos.
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corín tellado |

Por Francisco Umbral
Corín Tellado, sin llamarse así, naturalmente (D`annunzio, que me fascina, se llamaba Rapagnetta), y sin salir de Gijón, ni siquiera de Oviedo, ha dado una literatura que se lee en varios continentes y ha despertado la atención de ensayistas tan prestigiosos como Mario Vargas Llosa.
CJC (Cela) me decía una vez que la reiterada atención d VLL, a Corín no era sino una forma irónica y sesgada de no prestar atención a los escritores españoles serios. Razón que le sobra a Camilo, pero la Tellado también tiene una componente sociológica que sin duda ha apasionado al estudioso peruano. Corín, a la que conozco personalmente (me importa, mucho, siempre conocer al escritor para conocer su literatura), es una mujer madura, enferma y amarga como mis queridas Patricia Highsmith y Susan Sontag. Una mujer a quien el dolor y el desamor de la vida han dado suficiente poso humano, sedimento lírico, como para escribir las novelas del encanto y el desencanto, con mejor o peor prosa, pero siempre con verdad.
En la larga posguerra española, cuando el erotismo estaba prohibido, censurado, mi amiga Corín se inventa el erotismo del corazón, el erotismo de los sentimientos. Eso mismo (sus heroínas) sería Flaubert sin la gran prosa del maestro y las connotaciones fisiológicas. Corín es el Flaubert macho que se inventa en la posguerra una forma literaria para burlar la censura; la novela de amor sin sexo, la novela de sexo sin sexo.
De entonces viene su prestigio de portal y zapatería, de quiosco y alquiler de novelas a cincuenta céntimos, que entonces todavía funcionaban el real y los dos reales, con su agujero en el medio (sale en Miguel Delibes). Todos los grandes del antifranquismo, de Cela a Buero Vallejo, pasando por Corín Tellado, se inventaron una fórmula para burlar la censura. El que escribía frontalmente "Franco es un cabrón", naturalmente no pasaba su novela, y encima iba a la cárcel, pero sobre todo era un mal escritor, porque escritor es el que es capaz de decirlo todo bajo cualquier sistema (el idioma siempre es más antiguo que el dictador).
Corín fue el erotismo femenino de los cincuenta/sesenta, y luego practicó la fotonovela y todos los géneros al uso. A mí, claro, no me interesan sus libros por el argumento (aunque todas las novias, hasta las más progres, acaban recayendo en Corín Tellado). A mí m interesan sus libros por lo que tienen de coartada antifranquista, de sutil regateo del Sporting de Gijón a la censura.
Lo primero que se observa en Corín es que cuida mucho más sus personajes femeninos que los masculinos. El personaje masculino siempre es un prototipo: ingeniero, arquitecto o simplemente guapo. Lo que Corín cuida es el personaje femenino, su sicología, su sensibilidad, sus sentimientos, sus pensamientos, su gracia. En esto se manifiesta el bollacón, como en la grandiosa Patricia Highsmith, a la que conocí en Barcelona, traté y amé. Pero en Proust se da igual preferencia, en sentido contrario, y también lo aceptamos por qué no- cuando el genio está por medio.
Los conflictos sentimentales de las parejas de Corín suelen ser sobre todo conflictos sociales, de pobres y ricos, conflictos de clase, pero la autora prefiere no profundizar en esto, pensando que el amor no tiene nada que ver con la política, cuando al amor -como el arte, la ciencia, la música- lo condiciona sólo la política, la época, y la época la marcan sólo los grandes políticos. El arte narrativo de CT no falla sólo por el estilo, que eso sería remediable, sino porque sitúa a sus personajes, en un contexto ahistórico , sin el cual es incomprensible todo lo que les pasa. Hay que entender que la princesa nunca se casa con el barrendero (todo lo más se lo folla de madrugada, si ella está muy ceguerona de champán). Corín Tellado es una gran novelista que no ha contado con la historia. Eso se lo puede permitir el poeta (y veríamos), pero el novelista tiene que jugar con un tiempo y un espacio histórico.
¿Y cómo se resuelve la novela de amor prescindiendo del sexo? La otra noche veía yo por televisión La gata sobre el tejado de zinc ardiente, del gran Tennessee Williams, al que amo y he traducido, en aquella versión de los cincuenta, infame, donde el doblaje acude a toda suerte de retóricas para ocultar la homosexualidad del actor Paul Newman, que también lo es en la vida.
Hollywood montó toda una maquinaria de purificación. Aquí, en España, el amor ha tenido que purificarse a sí mismo.
Corín Tellado sale indemne de esa prueba, quizá, porque es utilizada por el sistema, porque proporciona un sexo rosa y decente a los lectores franquistas. Pero a mi amiga Corín le ha quedado un tic cuarentañista, un "síndrome de Estocolmo", que diríamos hoy, según el cual sigue siendo rehén de aquella cultura que ya no existe.
Corín sigue haciendo novelas rosa por dos razones:
a) porque es lo que ha hecho toda la vida.
b) porque no quiere desvelar su verdadera sexualidad, como la propia PH.
Hay escritores de prestigio académico, o casi, que siguen utilizando este viejo recurso en una sociedad permisiva, como la española, porque le es más rentable. No engañan a nadie o engañan a todo el mundo. Pero la primera precursora/inventora de las trampas contra el franquismo fue Corín Tellado. Por eso somos amigos.
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Poemas de Aristóteles España |
y voló hacia un soneto.
antes, bebió Agua de Toronjil
de la pierna izquierda de Mylene
y chupó el húmedo hueso de plástico
Made in Corea de la nave.
Eramos felices, todos teníamos cara de espanto
y 20 años en la nuca, había estribos, bombas de humo
e idiotas carteles con círculos
en las piezas de Evelyn, Abelardo, Jacinto, Elsa, Raquel Holtz;
una Chica de Cuento habló de detenidos desaparecidos;
muerte, muy despacio.
nos dimos cuenta que la única certeza
de esa noche era la nada,
la derrota, la soledad;
alguien cantó La Comparsita.
Entre colchones, arrebatos, caracoles,
El Chico con Cara de Buque bebió una consonante,
y aparecieron pequeños poetas simios.
Era un instante de miedo, afuera se escuchaban disparos,
ruidos de botas de ejército chileno,
besitos ricos también en la almohada.
estaba en el pie izquierdo de André Bretón,
con sus dedos sucios de nieve y helicópteros,
también historias policiales donde un gnomo
fustigaba al poeta Sócrates Francia en un bar
lleno de pescadores chinos,
de islas con serpientes sin adjetivos,
el hedor a polis cerrada, a prisiones, y humo.
Eran mañanas tristes donde no existía la dulzura,
el amor colgaba de un volantín mojado,
con muñecas llenas de violines,
¡qué maravilla!, los poemas saltaban como ranas,
y se iban caminando sobre el espacio desértico,
con páginas de agua, heredades de frutas
y en el fondo, una hoja en blanco, rota, que fingía ser tordo,
como el pan de endecasílabos quemado en el horno;
entonces, el poema se fue, dejó sillones, honores,
y entró a ese laberinto con moscas y muerte,
cayó en una depresión, dijo, estaba en el techo,
se creía una lechuza, una pierna, la página!
en Punta Arenas
sobre Punta Arenas, ah?,
tenía un río y poetas que aullaban en celo,
a Ellos, a veces algunos lupanares decían no
mientras eran observados
por escritores croatas
de rostros abúlicos,
también por poetas chilotes
de mirada criminal,
viejos compañeros de Partido
que prefieren la taberna y no el martirio.
Escuchad lobitos de huertos, decía la parodia,
dónde está la música de la nieve en las palabras,
sólo hay prepucios, sonetos al sol,
y espejos con ropas de cuero de cerdo.
Siempre confundimos las sensaciones,
en otro tiempo éramos infelices
éramos inmortales,
teníamos establos y monedas de arroz,
la magia de todo lo que respiramos.
La poesía era la invención, no el embuste,
sí a los adverbios con ojos de mujer,
la vida, dice la parodia, tiene un pie,
un escapulario, una manada de ositos,
una bandada de pastillas y aire,
la cosita linda.
EN PUNTA ARENAS
y desde lejos
se ve una Isla con líneas grises
como pequeñas hojas de afeitar
que cortan el cielo.
Hay un niño de 17 años que la mira,
luego observa la hierba, el mar,
de sus ojos salen playas,
toninas que saltan en sus pupilas,
donde se ven barcazas,
alambres de púa,
pingüinos que forman hileras
como si fuera un coro perdido
en el paralelo 53 sur de este mundo.
Llueve sobre Punta Arenas,
y desde lejos
se ven espacios y poesía
que se sumergen
en el Estrecho de Magallanes,
naves llenas de terremotos, legumbres,
epitafios, ríos que lloran en medio
de ese sol rojo del amanecer;
con canoas que parecen aeroplanos;
Entonces existe la invención,
dijo ese niño de 17 años,
que contempla a una Isla mientras
llueve y llueve sobre la ciudad.
Poemas inéditos de su libro Poemas y Estaciones de Pierre Pájaro, Desnudo y Verde, Acaso Donde y Misterio, Claro.
ARISTOTELES ESPAÑA
Nacido en Castro, Chile, el 5 de octubre de 1955.
OBRAS
PREMIOS
-Premio Gabriela Mistral, Municipalidad de Santiago, 1983.-Premio Especial Rubén Darío, del Ministerio de Cultura de Nicaragua, 1985.-Premio de Poesía de la Municipalidad de San Felipe, 1998.-Premio Alerce, Sociedad de Escritores de Chile, Consejo Nacional del Libro y la Lectura, 1998.-Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral, Municipalidad de Vicuña, 2005.-Premio de Literatura "Erasmo Bernales", Municipio de Chañaral, 2005.
| [+/-] |
Nunca conocí a Jorge Teillier |
Nunca lo conocí. Nunca conocí a Jorge Teillier. Alguna vez pensé viajar a Santiago de Chile y conocerlo. No me fue dado. Sólo referencias. Referencias y su poesía que siempre me ayudó a sobrevivir. A vivir. Siempre pensé que tendría que ser mi mejor amigo. Amigo y maestro. Y muchas veces le he preguntado a sus amigos. A mis amigos poetas. ¿Cómo era Jorge? ¿Cómo era Teillier? Y todas las respuestas tienen la misma dirección. El mejor. El mago. El tipo maravilloso. El poeta único. El buen amigo. El mejor de todos. Ahora que no se cumple nada. Ahora que nada se celebra. Ahora que el tiempo se difumina. Lo recuerdo. Casi todos los días lo recuerdo. Yo tendría que haber viajado a Santiago de Chile. Y conocerlo. Tomarlo de la mano. Darle un beso en la mejilla y decirle, te quiero. Te quiero Jorge. Gracias por todo.
| [+/-] |
Yo sólo quería decirte |
| [+/-] |
Poca autoestima |
-De cuáles toallas Letizia, tengo con alas, suaves, extra suaves, con perfume, sin perfume, chicas, grandes, con mariposas, ¿dime cuál te doy?
-Cualquiera nomás, total son para mi chucha.
| [+/-] |
clarice lispector |
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volv ía cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué aún más yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.
| [+/-] |
Klaus Kinski: Yo Necesito Amor |
He sido tan feliz durante esos dos meses, me he sentido tan eufórico, tan exultante, tan alegre por fin niño otra vez-, que no me he dado cuenta de que se acercaba el día en que tengo que llevar a Nanhoi a Guatemala junto a Minhoi.
Esta mañana temprano voy en una lancha rápida a la península donde Minhoi y Nanhoi han alquilado una casa. Nanhoi me saluda con la mano desde los alto de unas rocas. Y yo saludo a mi vez a Nanhoi de pie en la proa de la lancha, y los dos nos saludamos hasta que la lancha, conmigo a bordo, desaparece de su vista más allá de un pliegue de la costa, y yo tampoco puedo verlo ya. Pero mientras voy al aeropuerto de Guatemala para tomar un avión con destino a Los Ángeles, aún veo ante mis ojos sus queridas manitas saludando.
En el mismo taxi viaja la hija del millonario de la Pepsi Cola. Tenemos que apoyarnos el uno en el otro: hemos estado jodiendo hasta el último momento. Es muy guapa, pero lo más importante de todo son sus anchísimas caderas y su culo inmenso, y ni se me ha pasado por la cabeza la idea de tirármela en otra postura que no sea por detrás.
-Me llamo Morgan Fairchild- dice una chica que, sentada sola a una mesa del restaurante Le Dôme, ensarta con el tenedor unos espaguetis ya fríos, junto a los cuales hay una taza de café negro también frío ya. A través de la chica de la recepción, a la que siempre le toco las tetas, me pregunta si quiero sentarme con ella. Acepto.
Todo en Morgan Fairchild es febril. Es tan abrasadoramente febril, sus mejillas son un rosa tan abrasado, y tiene unos ojos tan abrasadoramente febriles que parece tísica. Sus manos son tan ardientes, y sus tetitas, su barriguita, su culito, su delicioso coñito febril y cachondo, húmedo y ardiente, sus muslos febriles, piel febril, cabellos febril, orejas febriles, labios febriles...
Intercambiamos nuestros números de teléfono y prometemos llamarnos. Pero ¿y Nauko?
Nauko ya le habría sacado los ojos a Grace Bongo, una arrebatadora colegiala africana de dieciséis años, si en el último yo no hubiera aplazado la desfloración de la joven negra hasta el día en que Nauko va a comprar atún crudo al mercado japonés de Los Ángeles, lo que siempre le lleva varias horas.
A Grace la conocí en un vuelo a Air France París-Los Ángeles. Se arrodilló en el suelo delante de mi asiento y me pidió un autógrafo. En aquel momento supe y ella sin duda también) que le iba a marcar a fuego mi autógrafo en la matriz.
Gracias a Dios, ya he terminado con esa porquería hollywoodera a las órdenes de Billy Wilder. Para alguien que lo vea desde fuera, resulta imposible imaginarse el grado de imbecilidad, fanfarronería, histeria, dictadura y mortal aburrimiento que hay que soportar cuando se rueda con Billy Wilder. Con él, los supuestos actores no son más que perrillos de lanas amaestrados que hacen monerías y juegan a traer el palo una y otra vez, hasta el vómito; llega uno a creer que todos se han vuelto locos de remate. Creía que ese delirio no iba a terminar nunca. Pero he cobrado un pastón por esos pocos días. En el futuro rodarás las películas serias con Herzog y las cómicas conmigo- me dijo Billy Wilder en nuestro primer encuentro, en el restaurante La Scala.
Creo que más bien es al revés: las supuestas películas cómicas de Billy Wilder hace tiempo que ya no resultan cómicas, sino acartonadas y plúmbeas, y la risa se le hiela a uno en las comisuras de los labios. En cambio, si yo hiciera lo que Herzog quiere, sus supuestas películas serias resultarían cómicas sin querer.
Hasta aquí me persiguen esos parásitos de escritorzuelos que quieren atiborrarse de mi sangre como garrapatas. Chupópteros, ladrones, saqueadores. Todos quieren escribir libros sobre mí. Quieren deshacerse de la mierda de su estreñimiento intelectual, añadiendo su repugnante toque personal: biografías, filmografías, videografías, reportajes, historietas de cómic, talk-shows y cualquier otra clase de podredumbre surgida de mentes humanas. Después de haber intentado exprimirse para tesis doctorales en las universidades, ahora me utilizan como tema escolar (¿Cómo advertencia para jovencitas?). ¡La universidad de Michigan, en Chicago, me pregunta, a través de mi agente, si quiero pronunciar durante la próxima Semana Santa una conferencia sobre la crucifixión de Jesucristo! ¡Y la sinfónica de Baltimore me pregunta si quiero hablar sobre Beethoven delante de la orquesta durante los intervalos! ¡La universidad no piensa pagarme nada, ya que se trata de Jesucristo! La sinfónica me ofrece 10.000 dólares por diez minutos de charla. Los mando a unos y a otros a la mierda. El ministro de Cultura francés, Jack Lang, me envía a través de la embajada francesa en Los Ángeles la condecoración "Comendador de la Orden del Arte y la Literatura", (¿Qué demonios querrá decir eso?) Por lo que ha hecho por Francia y el resto del mundo ¡Tampoco esta vez adjuntan ningún cheque! ¡Aquí a alguien le falta un tornillo! ¿Qué se habrá creído ese tipo? ¡"Concederme" una baratija como esa! ¡Están todos como una cabra! Le digo a mi agente que devuelva esa porquería grandilocuente.
Klaus Kinski, Yo necesito Amor, La Sonrisa Vertical, 1992.
Otro post de Klaus Kinski en Inmaculada Decepción
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Censura en España |

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Pasión por el fútbol |

En su libro "Imperio", el periodista Ryszard Kapuscinski, cuenta que en visita a un pueblo minero en Siberia, llega a la casa de un obrero, Yevgueni Alekséievich, con quien conversa acerca de la situación laboral y de la rigurosa vida que se lleva en esa apartada región de la ex Unión Soviética. Luego, mientras esperan que llegue la hora para reunirse con otros trabajadores, sucede lo que Kapuscinski cuenta de la siguiente manera.
Al cabo de poco rato empezaron a venir vecinos y la habitación de Mijaíl Mijáilovich se hizo pequeña. Yevgueni Alekséievich encendió el televisor, en color, que estaba sobre el aparador. La enorme caja granate oscuro rugió con tanta amenaza que parecía que se iba a erizar de un momento a otro. El Dinamo contra el Spartak, me aclaró en voz baja Yevgueni Alekséievich, sólo a mí, pues los demás hacía tiempo que lo sabían.
Clavé la vista en una pantalla que no transmitía ninguna imagen. Su cóncava curvatura de cristal la recorrían con frenesí y en todos los sentidos miles de chispas de todos los colores. El televisor estaba estropeado, y si una tele se estropea en el Komsomolski Posiólok, no hay manera de arreglarla.
Nunca había visto nada semejante. Una veintena de hombres con la vista clavada en una pantalla centelleante que cada dos por tres despedía columnas de chispas, como las que se levantan sobre el fuego cuando alguien le echa una rama de pino seco. Motas, rayos y granos de luz bailaban, latían y chisporroteaban como un febril y etéreo espejismo. Qué riqueza de formas de luz, qué pantomima tan alocada e incansable. Todo aquel fulgor se me antojaba delirante e ilógico, pero no tenía razón. Un orden perfecto gobernaba los movimientos de aquellas partículas multicolores, sus vertiginosas carreras y sus súbitos cambios de dirección. En determinados momentos el lado izquierdo de la pantalla empezaba a despedir un chisporroteo rojo que vibraba, ondeaba y corría de un lado para otro, y, de repente, la habitación se llenaba de un grito: ¡Goool! ¡El Dinamo ha metido un gol! ¿Cómo sabes que lo ha metido?, pregunté, perplejo, a Yevgueni Alekséievich, tanto más cuando en la tele tampoco funcionaba el sonido. ¿Cómo no lo voy a saber?, me contestó con gran asombro, ¡todo el mundo sabe que el Dinamo lleva camisetas rojas! Al cabo de un tiempo en el extremo opuesto de la pantalla se producía una concentración de azul (el color del Spartak) y la habitación gemía: ¡Han igualado el marcador (puesto que los reunidos eran hinchas del equipo del Dinamo). Durante la media parte las chispas se habían calmado, incluso se habían quedado inmóviles, dispuestas ordenadamente en toda la superficie de la pantalla, para, más tarde, volver a lanzarse a hacer nuevas piruetas y locuras, pero se nos había hecho tarde y tuvimos que dejarlas para acudir a la reunión.
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Roberto Fontanarrosa |

A continuación dejamos el texto de Roberto Fontanarrosa que dio en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, el año 2004 en la ciudad de Rosario.
Yo le decía, a veces, a mi hijo refiriéndome a su vestimenta, que si él se toma su tiempo para la vestimenta y el peinado, en lo que más se tiene que fijar es en su manera de hablar porque creo que es lo mejor que lo muestra y que lo puede vestir y desvestir. Sigue teniendo prestigio, afortunadamente, hablar bien.
Esta palabras estaban destinadas, originariamente a ser dichas por Juan José Sáenz, lamentablemente, por razones de salud no lo puede hacer, debido a eso, si se quiere lamentable circunstancia, me propuso a mí estas palabras Víctor García de la Concha, de la presidencia del congreso. Me propuso decir unas palabras y como la organización de esto es tan precisa, tuvimos unas divergencias respecto a la duración de este..., iba a decir speech pero creo que no es el ámbito adecuado el discurso porque mi modelo de orador es Fidel Castro, y yo por menos de 7 u 8 horas de discurso, ni siquiera me acerco a un micrófono. Pero en consideración a que hay mucha gente del exterior que querría estar con sus familias para estas fiestas vamos a hacer una cosa más acotada.
De repente se terminó el Congreso. Tengo la sensación, aparte de que es después de cuatro años como los campeonatos de fútbol, que uno lo estaba esperando, porque surge una expectativa enorme, se hablan de ello, se hacen conjeturas, etc. etc. se prepara, se trabaja mucho y de repente, me veo intentando hacer unas palabras de cierre. También supone que hay que sacar conclusiones. Primera conclusión, muy simple: Concluyó el Congreso.
Hay una frase siempre en los círculos literarios, las citas son elegantes y quedan bien, hay una frase que dice: «Unidad es el equilibrio de las diversidades, uniformidad es la supresión de las diversidades». Confieso que la uniformidad me inquieta un poco, los latinoamericanos hemos tenido problemas con los uniformes. Nos preguntábamos desde hace mucho tiempo aquí en Rosario con real y legítima curiosidad: ¿Qué es un Congreso de la Lengua? ¿Para que sirve un Congreso de la Lengua? Primero y elemental, para reunirnos para estar acá.
Para Rosario, lo entiendo como rosarino, creo que es fundamental esta confirmación de ser una especie de polo cultural y por que se han hecho cosas, se ha trabajado mucho para esto y no lo digo solo a nivel oficial; cualquier negocio, cualquier kiosco se ha interesado por ponerse lindo, por embellecerse para recibir a los visitantes, no se ha hecho cosmética y aunque uno esté aquí en un escenario, tampoco se ha hecho escenografía, este teatro no es una instalación que hemos preparado y que apenas termine el congreso lo tenemos que devolver a una metrópoli importante, este teatro de acá, se quedará acá con aire acondicionado y todo y lo disfrutaremos después y porque me consta que las autoridades locales, han hecho contacto a muy alto nivel, y cuando digo «a muy alto nivel» me refiero a muy alto nivel (y que esto quede entre nosotros) para conseguir cuatro días de sol espectacular y formidable. Posiblemente harán que, los invitados se lleven una idea errónea de lo que es el clima de nuestra ciudad. También en palabras más bellas, lo dijo en algún momento Agustín Goytisolo en un hermoso poema que se llamaba «Palabras para Julia» y que cantó y musicalizó extraordinariamente Paco Ibáñez; eran consejos que daba Agustín Goytisolo a su hija y en un momento le dice: «No sé decirte nada más, pero tú debes comprender que yo aún estoy en el camino». Y es mi caso también.
Por último quisiera simplemente, recordar un versito muy corto que yo escuchaba cuando era niño y adolescente, no es un verso que pertenezcan al romancero español o que sea una de las piezas más importantes de la literatura de esta lengua, pero yo se la escuchaba decir como glosa a un cantante bastante popular de tango que se llama Alberto Castillo y que antes de iniciar sus actuaciones radiales decía algo más o menos así, que también me expresa: «Yo soy parte de mi pueblo y le debo lo que soy; hablo con su mismo verbo; canto; canto con su misma voz».
Muchas gracias.
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Delfin Quishpe y Las Torres Gemelas |
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javier villafañe |

El abuelo tenía un lunar en la mejilla izquierda
El nieto tenía un lunar en la mejilla izquierda
El nieto le decía al abuelo: Esta noche no se haga pis en la cama
El abuelo le había dicho al nieto: Esta noche no se haga pis en la cama
El nieto llevaba al abuelo de la mano. Cuidado ahí viene un automóvil
Cuidado, ahí viene un automóvil, le había dicho el abuelo al nieto cuando lo llevaba de la mano
El nieto le contó al abuelo el cuento de Caperucita Roja
El mismo cuento que le había contado el abuelo
El abuelo lloraba con un ojo de vidrio. No llore, el lobo no se comió a Caperucita Roja
No llore, el lobo no se comió a Caperucita Roja, le había dicho el abuelo cuando el nieto lloraba.
El nieto hamacaba al abuelo en una hamaca en el mismo parque donde el abuelo había hamacado al nieto
El nieto tenía una novia
El abuelo le acariciaba los senos a la novia del nieto
El nieto le dijo al abuelo: No le acaricie los senos a mi novia
Bájese de la silla le había dicho el abuelo al nieto-, no le acaricie los senos a su abuela
Los senos de la abuela ocupaban toda la sala de la fotografía
Cuando murió el abuelo
el nieto lloraba con un ojo de vidrio.
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Solamente yo he muerto |
¿Cuántos han muerto por Gloria Swanson?
¿Cuántos se han matado por Angelina Jolie?
¿Muchos han muerto por Briggite Bardot?
¿Alguien se ha colgado por Britney Spears?
¿Se lanzó alguien a las vías del tren por Madonna?
¿Cuántos se inmolaron por Elizabeth Taylor?
¿Perdió alguno la brújula por Sharon Stone?
¿Y qué me cuentan de Gina Lollobrigida, cuántos murieron por ella?
¿Murió alguien por Nicole Kidman?
¿Quién se colgó por Silvana Mangano?
¿Díganme quién murió con un tiro en la cabeza por Shirley Temple?
¿Por Marilyn Monroe murió alguien?
¿Se mató alguien por Jennifer Aniston?
¿Cuántos murieron por Grace Kelly?
¿ Vanessa Redgrave ha mandado a la tumba a muchos?
¿Cuántos murieron pronunciando el nombre de Paris Hilton?
¿Se lanzó alguien del noveno piso por Greta Garbo?
¿Por Claudia Cardinale?
¿Alguien tomó arsénico porque Nefertitis lo abandonó?
¿Y qué me dicen de Pamela Anderson, Tommy Lee, se mató?
¿Quién murió de amor por Frida Kahlo?
¿O por Alejandra Pizarnik?
Solamente yo he muerto por chicas desconocidas
de diverso abolengo y que se llamaron Nancy, María,
Débora, Mercedes, Pamela, Laura y Karina.
A ellas me debo, por ellas he muerto.
¡Dios las salve!
Y a mí también.











