
Viejo océano de olas de cristal, te pareces, en las proporciones, a esas marcas azuladas que se ven sobre el dorso magullado de los grumetes, eres un inmenso azul aplicado en el cuerpo de la tierra: me gusta esta comparación. Así, a primera impresión, un soplo prolongado de tristeza, que se creería el murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando inefables huellas, sobre el alma profundamente conmovida, y, sin que siempre se advierta, evocas el recuerdo de tus amantes, los duros comienzos del hombre en los cuales tiene conocimiento del dolor, que no le abandona jamás. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que alegra la cara grave de la geometría, me recuerda demasiado los ojos pequeños del hombre, similares por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves nocturnas por la perfección circular de su contorno. Sin embargo el hombre se ha creído hermoso en todos los siglos. Pero yo creo que el hombre sólo cree en su belleza por amor propio, pues en realidad no es bello y él lo sospecha; si no, ¿por qué mira el rostro de su semejante con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siempre igual a ti mismo. Nunca cambias de una manera esencial, y, si tus olas están en alguna parte furiosas, más lejos, en alguna otra zona, se hallan en la más completa calma. No eres como el hombre, que se detiene en la calle para ver cómo se atenazan por el cuello dos dogos y no se detiene cuando pasa un entierro, que por la mañana es asequible y por la tarde está de mal humor que ríe hoy y mañana llora. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, no sería nada imposible que escondiera en tu seno futuros de utilidad para el hombre. Ya le has dado la ballena. No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las ciencias naturales los mil secretos de tu íntima organización: eres modesto. El hombre se vanagloria de continuo, y por minucias. ¡Te saludo viejo océano!
Viejo océano, las diversas especies de peces que alimentas no se han jurado fraternidad entre sí. Cada especie vive por su lado. Los temperamentos y las conformaciones que varían en cada una de ella, explican, de una manera satisfactoria, lo que al principio sólo parece una anomalía. Igual sucede con el hombre, que no tiene los mismos motivos de excusa. Un trozo de tierra está ocupado por treinta millones de seres humanos, pero ellos se creen obligados a no mezclarse en la existencia de sus vecinos, fijos como raíces sobre el pedazo de tierra contiguo. Descendiendo del grande al pequeño, cada hombre vive como un salvaje en su guarida, y raramente sale de ella para visitar a su semejante acurrucado igualmente en otra guarida. La gran familia universal de los hombres es una utopía digna de la lógica más mediocre. Por otra parte, del espectáculo de tus mamas fecundas se desprende la noción de ingratitud, pues se piensa en seguida en los numerosos padres, tan ingratos hacia el Creador, para abandonar el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, tu grandeza material sólo es comparable a la medida que uno se hace de la potencia activa que ha sido necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede abarcar de una ojeada. Para contemplarte es preciso que la vista haga girar su telescopio con movimientos continuos hacia los cuatro puntos del horizonte, de igual modo que un matemático, a fin de resolver una ecuación algebraica, está obligado a examinar separadamente los diversos casos posibles, antes de resolver la dificultad. El hombre come sustancias nutritivas, y hace otros esfuerzos dignos de mejor suerte para dar impresión de grueso. Que se hinche cuanto quiera esa adorable rana. Quédate tranquilo, nunca igualará tu corpulencia; al menos eso supongo. ¡Te saludo viejo océano!
Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exactamente el mismo sabor que la hiel que destila la crítica sobre las bellas artes, sobre las ciencias, sobre todo. Si alguien tiene genio, se le hace pasar por un idiota; si algún otro es bello de cuerpo, se le hace un horrible contrahecho. En verdad, es preciso que el hombre sienta con fuerza su imperfección, cuyas tres cuartas partes son debidas a sí mismo, para que lo critique de ese modo. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, los hombres, a pesar de la excelencia de sus métodos, todavía no han conseguido, ayudados de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos, los cuales han reconocido inaccesiblemente las sondas más largas y pesadas. A los peces... les está permitido: no a los hombres. A menudo me he preguntado qué será más fácil de reconocer: la profundidad del océano o la profundidad del corazón humano. Con frecuencia, con la mano, de pie sobre los barcos, mientras la luna se balanceaba entre los mástiles de forma irregular, me he sorprendido, haciendo abstracción de todo lo que no fuera el objeto que perseguía, esforzándome por resolver ese difícil problema. Si, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de los dos; el océano o el corazón humano? Si treinta años de experiencia de la vida puede hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una u otra de esas soluciones, me estará permitido decir que, pese a la profundidad del océano, no podrá colocarse al ras, en cuanto a la comparación sobre dicha propiedad con la profundidad del corazón humano. He estado en relación con hombres que han sido virtuosos. Morían a los sesenta años y nadie dejaba de exclamar: «Han hecho el bien en este mundo, es decir, han practicado la caridad: eso es todo, no es nada malo, y cualquiera puede hacer otro tanto». ¿Quién comprenderá por qué dos amantes que se idolatraban la víspera, por una palabra mal interpretada, se separan, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones del odio, de la venganza, del amor y de los remordimiento y no se vuelven a ver más, cada uno embozado en su solitaria soberbia? Es un milagro que se renueva cada día y que por ello no es menos milagroso. ¿Quién comprenderá por qué se saborean, no sólo las desgracias generales de los semejantes, sino también las particulares de los amigos más queridos, aunque se está afligido al mismo tiempo? Un ejemplo incontestable para cerrar la serie: el hombre dice hipócritamente sí y piensa no. Por eso los jabatos de la humanidad tienen tanta confianza los unos en los otros y no son egoístas. Le queda a la psicología muchos progresos que hacer. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, tu poder es tan grande que los hombres lo han sabido a sus expensas. Y por mucho que utilicen todos los recursos de su genio... serán incapaces de dominarte. Han encontrado su maestro. Digo que han encontrado algo más fuerte que ellos. Algo que tiene nombre. Ese nombre es: ¡el océano! El miedo que le inspiras es tal, que te respetan. A pesar de ello, haces danzar sus más pesadas máquinas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces realizar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables inmersiones hasta el fondo de tus dominios que un saltimbanqui envidiaría. Bienaventurados aquellos a quienes no envuelves definitivamente entre tus pliegues burbujeantes para ir a ver, sin ferrocarril, en tus entrañas acuáticas, cómo lo pasan los peces, y sobre todo, cómo lo pasan ellos mismos. El hombre dice: Es posible, es incluso muy cierto, pero el océano le causa más temor a él que él al océano: es algo que no es necesario comprobar. Ese patriarca observador, contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido, sonríe piadoso cuando asiste a los combates navales de las naciones. He ahí un centenar de leviatanes que han salido de las manos de la humanidad. Las órdenes enfáticas de los superiores, los gritos de los heridos, los cañonazos, es el ruido realizado a propósito para aniquilar algunos segundos. Parece que el drama ha terminado y que el océano se lo ha metido todo en su vientre. La boca es formidable. ¡Qué grande debe ser hacia abajo, en dirección a lo desconocido! Para coronar al fin la estúpida comedia, que carece de todo interés, se ve, en medio de los aires, alguna cigüeña retrasada por el cansancio, que se pone a gritar, sin detener la envergadura de su vuelo: «¡Vaya!... ¡la encuentro mal! Allá abajo había algunos puntos negros; he cerrado los ojos y han desaparecido». ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, oh gran célibe, cuando recorres la solemne soledad de tus reinos flemáticos, te enorgulle con razón, de tu magnificencia nativa y de los justos elogios que me apresuro a dedicarte. Mecido voluptuosamente por los suaves efluvios de tu lentitud majestuosa que es el más grandioso de los atributos con que el soberano poder te ha gratificado, en medio de un sombrío misterio, tú haces rodar por toda tu sublime superficie tus incomparables olas, con el sentimiento sereno de tu poder eterno. Ellas se persiguen paralelamente separadas por cortos intervalos. Apenas una disminuye otra, creciendo, va a su encuentro, acompañada del rumor melancólico de la espuma que se deshace para advertirnos de que todo es espuma. (Así, los seres humanos, esas olas vivientes, mueren uno tras otro, de una manera monótona, sin dejar siquiera un ruido de espuma). El ave de paso reposa, confiada sobre ellas, y se abandona a sus movimientos llenos de gracia arrogante, hasta que los huesos de sus alas han recobrado el vigor preciso como para continuar la aérea peregrinación. Quisiera que la majestad humana sólo fuera la encarnación del reflejo de la tuya. Pido demasiado y ese deseo sincero te glorifica. Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la reflexión del filósofo, como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave, como la meditación del poeta. Eres más bello que la noche. Respóndeme, océano, ¿quieres ser mi hermano? Agítate con impetuosidad... más... todavía más, si quieres que te compare con la venganza de Dios; alarga tus garras lívidas y fráguate un camino en tu propio seno... está bien. Haz que rueden tus olas espantosas, horrible océano sólo por mi comprendido y ante el que caigo prosternado de rodillas. La majestad de los hombres es prestada; no se impone: tú, sí. Oh, cuando avanzas, con la cresta alta y terrible, rodeado por tus repliegues tortuosos como por un cortejo, magnético y salvaje, haciendo rodar tus olas unas sobre otras con la conciencia de lo que eres, mientras lanzas desde las profundidades de tu pecho, como abrumado por un remordimiento intenso que no puedo descubrir, ese sordo bramido perpetuo que los hombres tanto temen, incluso cuando te contemplan, estando seguros, temblorosos desde la orilla, y entonces veo que no tengo el insigne derecho de llamarme tu igual. Por eso, en presencia de tu superioridad, te daría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor que contienen mis aspiraciones hacia lo bello), si no me hicieses dolorosamente pensar en mis semejantes, que forma contigo el más irónico contraste, la antítesis más grotesca que jamás se haya visto en la creación: no puedo amarte, te detesto. ¿Por qué vuelvo a ti, por milésima vez, hacia brazos amigos, que se abren para acariciar mi frente ardiente, cuya fiebre siento desaparecer sólo a tu contacto? No conozco tu oculto destino, pero todo lo que te concierne me interesa. Dime entonces si eres la morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo... dímelo, océano (a mí sólo, para no entristecer a aquellos que no han conocido sino las ilusiones), y si el soplo de Satán crea las tempestades que levantan tus aguas saladas hasta las nubes. Es preciso que me lo digas porque me alegraría saber que el infierno está tan cerca del hombre. Quiero que esta sea la última estrofa de mi invocación. Por lo tanto, una sola vez más, quiero saludarte y darte mi adiós. Viejo océano de olas de cristal... Mis ojos se humedecen de abundantes lágrimas, y no tengo fuerzas para seguir, pues siento que ha llegado el momento de volver con los hombres de aspecto brutal; pero... ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con el sentimiento del deber, nuestro destino sobre esta tierra. ¡Te saludo, viejo océano!
Extracto del Canto Primero de Les Chants du Maldoror.
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Conde de Lautréamont |
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Witold Gombrowicz: Concierto en el Colón |

El pianista alemán galopaba con el acompañamiento de la orquesta. Arrullado por los tonos yo vagaba en una especie de ensueños, recuerdos... y en un asunto que debo arreglar mañana. Mi perrito Bumfila, un pequeño foxterrier...Mientras tanto el concierto tenía lugar, el pianista galopaba. ¿Era un pianista o un caballo? Hubiese jurado que no se trataba en absoluto de Mozart, sino de adivinar si aquel brioso corcel iba a ganarles la delantera a Horowitz o Rubenstein. El público presente estaba absorto en la pregunta: ¿de qué clase de virtuoso se trataba? ¿Estaban sus pianos a la medida de Arrau y sus fortes a la altura de Gulda? Soñaba estar en un match de boxeo y veía cómo le daba un golpe de gancho a Brailowski, cómo machacaba con octavas a Gieseking, cómo con un trino dejaba Knock-out a Salomón. ¿Pianista, caballo, boxeador? De repente me pareció un boxeador montado sobre Mozart, cabalgando a Mozart, pegándole, golpeándolo, acicateándolo con las espuelas mientras tamborileaba. ¿Qué pasa? ¡Llegó a la meta! ¡Aplausos, aplausos! El jockey bajó del caballo y saludó, enjugándose la frente con un pañuelo.
La condesa en cuyo palco me encontraba suspiró: ¡Precioso, preciosos, precioso...!.
Su marido, el conde, replicó: Yo de esto no entiendo nada, pero tengo la impresión de que la orquesta no logró estar a su altura....
Los miré como a perros. ¿Qué irritación cuando la aristocracia no sabe comportarse! ¡Se les exige tan poco y ni siquiera a eso llegan! Esas personas deberían saber que la música es sólo un pretexto para que se reúna la sociedad de la que forman parte, con sus buenos modales y manicuras. Pero en vez de permanecer en su sitio, en su mundo social-aristocrático, quieren tomar el serio el arte, se sienten en la obligación de brindarle un medroso homenaje, y, fuera de su condado, descienden al nivel del estudiantado. Puedo tolerar algunos lugares comunes puramente formales, expresados con el cinismo de la gente que conoce el valor de un cumplido... pero ellos se esfuerzan en ser sinceros... ¡los pobres!
Después, pasamos al foyer. Mis ojos se posaron en la excelsa multitud que giraba distribuyendo saludos. ¿Ves al millonario X? ¡Mira, mira, allá está el general con el embajador! Y más allá el presidente inciensa al ministro, quien dirige una sonrisa a la esposa del profesor. Creí, pues, encontrarme en medio de los protagonistas de Proust, quienes iban al concierto no a escucharlo sino a realzarlo con su presencia, cuando las damas se metían a Wagner en los cabellos con una hebilla de brillantes, cuando las notas de Bach significaban un desfile de nombres, dignidades, títulos, dinero y poder. ¿Pero esto? Cuando me acerco a ellos sobreviene el ocaso de los dioses, desaparecidas la grandeza y el poder... los oí cambiar impresiones sobre el concierto... impresiones tímidas, humildes, llenas de respeto hacía la música y a la vez peores de las que podría emitir cualquier aficionado a la galería. ¿Hasta esto se han rebajado? Me pareció que no eran presidentes sino alumnos del quinto año de la escuela secundaria y, como siempre que vuelvo a esos años escolares, sentí un profundo desagrado; preferí alejarme de esa tímida juventud.
En la soledad del palco, yo moderno, yo, desprovisto de prejuicios, yo, enemigo de los salones, yo, a quien el látigo de la derrota no ha extraído de la mente nada de su pretensión y altanería, meditaba en que el mundo donde el hombre se adora a sí mismo por medio de la música me convence más que el mundo donde el hombre adora la música.
Después tuvo lugar la segunda parte del concierto. El pianista volvió a montarse sobre Brahms y a galopar. Nadie en realidad sabía qué estaba tocando, porque la perfección del pianista no dejaba concentrase en Brahms y la perfección de Bramhms desviaba la atención del pianista. Llegó el desenlace. Aplausos. Aplausos de los conocedores. Aplausos de los aficionados. Aplausos de los ignorantes. Aplausos del rebaño. Aplausos provocados por los aplausos. Aplausos que crecían por sí mismos, se acumulaban, se excitaban, se reclamaban... y ya nadie podía dejar de aplaudir porque todos aplaudían.
Fuimos a los camarines a rendir homenaje al artista.
El artista estrechaba manos, cambiaba amabilidades, recibía elogios e invitaciones con la sonrisa pálida de un cometa ambulante. Lo contemplé a él y a su grandeza. Parecía ser muy agradable, sí, sensible, inteligente, culto... ¿pero su grandeza? Llevaba esa grandeza sobre los hombros como un frac, y ¿no le había sido en realidad cortada por un sastre? A la vista de tantos solícitos homenajes puede parecer que no hay mayor diferencia entre esta fama y la fama de Debussy o Ravel, su nombre estaba también en todas las bocas, él también era artista como ellos... y sin embargo... y sin embargo ¿era su fama como la de Beethoven o más bien como la de las hojas de afeitar Gillette o las plumas Watermans? ¡Qué diferencia entre la fama por la que se paga y la fama con la que se gana!
Era demasiado débil para oponerse al mecanismo que lo exaltaba, no había que esperar ninguna resistencia de su parte. Al contrario. Danzaba al son que le tocaban y tocaba para hacer danzar a quienes danzaban a su derredor.
Diario Argentino, Witold Gombrowicz, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, Argentina, 1968.
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Irene |
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El Alcalde Yo y la Caca |
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El sueño de Clara |
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Racconto sucinto que Yoel hace del Di Tella |

Por Yoel Novoa
L a muerte siempre le cayó bien al Di Tella. Aunque en los sesentas la mayoría éramos jóvenes, la muerte era casi una obligación, el coqueteo mortal autentificaba las expresiones artísticas. El secreto para hacer buen teatro, era dar la vida por el acto. Yo asumí esa técnica y durante los diez años que anduve vagabundeando teatralmente por América, gracias a esa técnica, siempre tuve público que me prestó atención.
No todo era así, el DiTella fue un foco de experimentación y la pelotudez podía ser mostrada con todo su esplendor y variedades. Funcionaba como un verdadero laboratorio de experiencias y se le hacía caso a cualquier propuesta y no era de extrañar que la boludez se mostrara al detalle. Eso era lo más genial del Di Tella: la experimentación era más importante que lo consagrado. Incluso hacia lo "consagrado" había un rechazo casi dogmático. Esa disciplina, a mi, me la inculcaron Mario Trejo Y Alfredo Arias y la ejercí viajando. Si bien reconozco que gracias a ella concreté un método de vida, ese método me mantuvo al margen de las realizaciones, porque la marginalidad que logré fue el carozo que me permitió dar todo en mi expresión, y lo más material que conseguí con eso, fue que la gente pagara entradas para verme actuar.Eso sí, cuando nos empezaba a ir bien en algún país, cuando nos empezábamos a establecer (yo estaba con Marta y con ella había cursado el Di Tella), dogmáticamente rajábamos al país siguiente adonde llegábamos prácticamente sin dinero y a empezar de cero. Curioso y real. Tal vez la juventud de entonces simplemente prometía un futuro de seguridades, despreciable.
Absolutamente, mi viaje fue una consecuencia del Di Tella. Si no hubiera estado en el Di Tella, jamás habría emprendido aquel viaje y tal vez, hoy día yo sería un actor reconocido o no, pero hubiera hecho una disciplina más coherente y conservadora. Pero la realidad fue lo que fue. O sea que en 1978, cuando regresé, en vez de incluirme en el mundillo artístico que había dejado en 1968 (el proceso militar ya lo había hecho mierda), me recluí y viví un aislamiento duro, una especie de prisión domiciliaria que llega al hoy, adonde los fantasmas del Di Tella aparecen mezclados con los de mi padre y mi madre.
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Modestamente |
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Dr. Fernando de Gregorio: Carta a Arnold Schwarzenegger |

Destino untrasingular el tuyo, hijo de policía de pueblo chico, blanquísimo y de ojos claros, aunque de fisonomía algo negroide, sublimaste esa contradicción de tu apellido y tu inoperancia como camarada y estudiante en los fierros del gimnasio, hasta hacer de cada músculo, una tonelada de buena carne comestible. Incitás al canibalismo, que murió definitivamente en la humanidad desde África hasta el Pacífico Sur, pueblos que demostraron ser pasivos a la civilización y activos en comer al adversario. Si fuera fidjiano te miraría como a un guiso inacabable de bondadoso animal. Y la bondad te caracteriza, como es mundialmente conocido y no tenés ninguno de los vicios que hacen horripilante el éxito de los famosos del séptimo arte. Hasta presidís olimpíadas atléticas de niños y jóvenes disminuidos genéticamente con el síndrome de Down, atletas sonrientes de tener tu cercanía colosal, vos, el Tarzán de los europeos, con ánimos de gobernador de California, y por ende, ánimo presidencialista republicano, casado con mujer del clan Kennedy. Tu infancia, al lado de la cortina de hierro soviética, te debe haber enseñado intuiciones políticas definitivas, como que detrás de esa cortina había un laberinto de esclavos burocráticos kafkianos con terrorismo de Estado, sólo comparable al nazismo, a la China de Mao Tsé Tung, o al Appartheid sudafricano. China, el último país del mundo con dictadura del proletariado, junto a Cuba, isla azucarada y diabética. China, representante del extremo Oriente, el del Buda achinado y de Confucio, que saborea la utopía más violenta que haya producido Occidente, como la de los jesuitas en Paraguay, como la de Jihad en las líneas del Corán de Mohamed, China , país amarillo superpoblado de urbes y aldeas en el que reinan las buenas maneras hipercivilizadas y fue agobiado por el opio inglés hasta El último Emperador, que tan sagazmente nos revelara Bertolucci.
En tu adolescencia, Arnold, el renegridamente famoso Ernesto che Guevara Lynch iba al laberinto soviético a buscar armas y dinero para aterrorizar al catolicismo militar iberoamericano, que despertó de su sueño de incompetencia y malversación por renovación y mezcla racial de trece siglos, al fuertísimo e inteligentísimo imperio norteamericano, y a las tribus africanas, recién liberadas como colonias de los prestigiosos países europeos, en esto, Mac Beths a gran escala, perseguidos por el eficiente e insoportable fantasma de la culpa, autocastración por insuficiencia vital y sin perdón (per-donare, for-give) ni olvido (obliteratio, for get) para que este Che Guevara Lynch muriera (justamente) linchado por bolivianos y por la Central de Inteligencia Norteamericana (C.I.A.). No era tiempo para un utopista médico fusilero masificante (perdón por la adjetivación despectiva).
Cuando agonizaban los gritos hitlerianos con olor a cámara de gas y reacción atómica, imperio breve y postizo del Ku Klux Klan, es decir, otra vez el insoportable rugir de la brutalidad y la inteligencia sangrienta del Norte, ante la auténtica envidia parasitaria no superada y comprensible del judío alemán Karl Marx, el marxista antimonárquico de la monarquía constitucional, antiburgués del desalmado trabajo fabril del siglo XIX, vos te enamorabas de Ingrid Bergman, Rita Hayword y Sofía Loren, y tu destino era ser el terminator de ese pasado de masificación castradora y antihumana, ya sea dictadura del proletariado o la excusa de la extrema derecha del mejoramiento de la raza blanca hacia el superhombre hitleriano-mussolinista, y fuiste el mayor éxito de la masa cinematográfica sin ser Marlon brando o Marcello Mastroianni, en la película de acción pura más perfecta del cine, Terminator II, joya del siglo XX, milagro del siglo XX.
Tal era el impacto a favor y en contra de lo que representabas (la grandeza norteamericana para incorporar grandes hombres, excepciones creativas, sinónimo de business) que James Cameron, el hombre cámara de Hollywood por antonomasia, el creador colosal de la once veces premiada con el Oscar Titanic, tuvo que poner en boca tuya en Terminator 2: come with me if you want to live (ven conmigo si quieres vivir), dándole la mano a la inteligente y atlética madre del niño héroe, mujer que padece del diagnóstico de psicosis esquizofrénica por tener datos incuestionables de la destrucción nuclear de la mitad de la humanidad, el día del Juicio Final, Judgement Day, criticando Cameron, de paso, el último bastión de la brutalidad médica, la psiquiatría penal. Allí, vos, Schwarzenegger, junto a Cameron y los más sanos del séptimo arte norteamericano decías: si quieres vivir, síguenos. Más claro imposible en el país de las mejores universidades del mundo y en las pantallas de todo el mundo.
Pero, claro, los que en algún momento de su vida pensaron existir como enseña Marx, la moral comprometida con el programa de destrucción del sistema laboral y comercial capitalista, mayoritariamente jamás te podrán dar la mano, pues como las torres gemelas de New York y el Pentágono de Virginia, sos un símbolo del poderío tan odiado por conocimiento envenenado y enredado y por proyección de las propias miserias, como decir: Si yo estoy mal, y mal está el pueblo (latinoamericano, africano, árabe, hindú, chino) se debe al ladrón y asesino imperio del Norte. No: se debe a la cultura retrógrada de esos pueblos (que me incluyen) y que no está a la altura de las circunstancias, por más beneficencia útil o usura que haga el Norte. Y aún con el sistema paranoico de los organismos de inteligencia policial y de política internacional, llamados C.I.A y otras yerbas.
Yo porteño de la capital de Argentina te puedo asegurar, Schwarzenegger, que en mi caso, la adoración por el cambio social, ya sea de derecha (haber sido adolescente militar frente al gravísimo problema de la guerrilla y el terrorismo urbano) o de izquierda (haber asistido desafiantemente a las marchas de las Madres de Plaza de Mayo, echándole toda la culpa de la ineficiencia del país a la megalomanía y perversión homicida nazi de los militares argentinos) no era , en definitiva, más que protesta histérica, síntoma individual e inconsciente de mis propias carencias culturales internas.
Hoy en día algún ex amigo de derecha o de izquierda, podría tildarme de títere del imperio, como si no hubiera usado toda mi inteligencia, memoria racial y emociones para entender lo social, que nunca se alejó demasiado de la sentencia de Thomas Hobbes de que el hombre es el lobo del hombre, homo hominis lupus est.
Qué puedo decir en mi favor? He tratado de curarme a mí mismo de mis impotencias afectivas e intelectuales siendo médico, y si bien después de ser un atlético adolescente militar con aires de Napoleón sudamericano, pase al socialismo maligno e ingenuo que practicaban los cineastas argentinos, ahora puedo decir que los sueños mejor logrados del cine se caracterizan por la apelación a héroes bien diferenciados y justos, nada demagogos, entre los cuales tus personajes se llevan las palmas de oro, hablando en contra de esta teoría escasamente las películas soviéticas, especialmente la de Sergei Einsestein, en donde el héroe es la masa indignada que es llevada por Lenin a la revolución, pero esta contra es sólo una excepción aparente a la regla y que además ha demostrado que desemboca, al igual que la Revolución Francesa, en la más sangrienta de las tiranías. También hablarían en contra de esta teoría los filmes negros (Film Noir) con antihéroes de protagonistas, como las películas salvajes de Quentin Tarantino, o las primeras de los hermanos Cohen, o los films de Terry Gillian como la crítica al sistema capitalista futurista en Brazil.
Se puede apelar al principio de que sólo la destrucción es el inicio de una nueva construcción, pero yo respondo que hay grados, desde la escala más brutal a la más civilizada, y no es cuestión de ser Atila en el siglo XXI, o el gran Dios bíblico del Antiguo Testamento, destructor de Sodoma y Gomorra, o de Babilonia.
Particularmente, en Argentina, sobre todo en este inmenso puerto internacional de Buenos Aires, hemos surgido de la destrucción de monarquía española por Napoleón, imperante en Iberoamérica, como Brasil del Portugal, y esa destrucción romántica a la francesa, con sesgos de masonería, nos sacudió en otra destrucción, la guerra fratricida, guerra civil que recién se estabilizó cuarenta años después con la Constitución de 1853. Y después nos·amoldamos a los grandes de Occidente, Inglaterra, Francia, Alemania, el naciente Estados Unidos, para ver surgir a la gloriosa generación de 1880, que junto a la inmigración europea nos convirtió en una democracia parisina ejemplar, y la más rica del continente iberoamericano hasta el caos del coronel demagogo populista y totalitario, Juan Perón, precedido por otros militares nazi-fascistas como Uriburu y Rawson.
Lo curioso y original de esos terremotos de construcción a pasos indecisos y a la española afrancesante es que generó Argentina dos colosos, dos Hércules culturales: Sarmiento y Borges, ambos exponentes a la máxima potencia de las virtudes europeas y norteamericanas, representadas con éxito hasta fines del siglo XIX por la masonería. Sarmiento: presidente del país y autor del análisis sociológico del fenómeno del caudillismo sanguinario y gauchesco con el libro Facundo, Sarmiento, el padre de la inmigración europea entre 1870 y 1940. Y Borges: el más tenaz relector de las virtudes literarias del siglo XIX, el siglo del imperialismo europeo mundial. Yo soy del país que generó al ilustrísimo y erudito polemista y poeta y cuentista y ensayista Jorge Luis Borges, quien peleó hercúleamente contra sistemas literarios de inferior calidad y pedantería típicamente ingenua maligna socialista argentina (perdón por la adjetivación despectiva), típicamente escritores de autodestrucción por falta de grandeza fantástica en la infancia y falta de polilingüismo o poliglotismo en un país crisol de idiomas.
A estos dos héroes de la cultura, que también reflejan al astuto héroe Ulises, yo quisiera imitar. Es más: toda mi vida me motivaron a estudiar, además del agregado de haber descubierto el trabajo intelectual y terapéutico de un gran psicoanalista porteño y neoyorkino a mis dieciséis años. Se conjugan, por así decir, en mí, el que aspira a la literatura y el cine, y el que aspira a médico terapeuta de la psiquis. En este contexto, no es tan raro que ahora Argentina en el 2002 esté en tamaña crisis. Hay que digerir a esos monstruos: Sarmiento, Borges y el picoanálisis. Esta misma falta de fuerza embrionaria con emejantes temas históricos ya nos predispone a la grandeza cultural. Es cuestión de tiempo y psicoanálisis.
Por eso te invoco, Arnold Schwarzenegger, pues si mi capacidad promete, podríamos hacer del cine de comedia una versión más refinada de la película que hiciste con Danny De Vitto Gemelos, y alguna obra de ciencia-ficción que mostrando la tragedia de ricos y pobres, de instruidos e ignorantes, que se da en el planeta, sirva para sugerir algún método práctico y posible para achicar el número de pobres y de ignorantes y también de psicosis social por las religiones perversamente prometedoras del paraíso o el nirvana.
Querido Arnold: te has destinado a la política, pero seguís unido al show business, al espectáculo de masas. Ambos parecen ser lo mismo como se afirma en la película Guardaespaldas, Bodyguard. En este caso, si dentro de cinco, diez o veinte años, si todavía vivo y logro cristalizar algún aporte a la literatura, el cine y la terapia psicoanalítica, esta última que tanto parecen conocer tu admirado James Cameron o Steven Spielberg, trataré de ponerme en contacto. Tal vez yo resulte tan heroico y útil como mi Sarmiento, o mi Borges, o vos mismo, o James Cameron, o Steven Spielberg, o Robert Zemeckis.
Que más puedo desear? Ser el Joseph Campbell del psiconálisis aplicado para acercarme a la saga de Starwars de George Lucas?
Más allá de esta perpleja admiración, de este sentir con que me dirijo al Papa Noel de Norteamérica, me impongo ahora la observación enumerada y cronológica de algunos de tus films.·
Creo que tu primer película ya la protagonizaste al ser Mister Universo, allá por principios de la década del 710 con Hércules en New York.
Después hiciste la saga mágico heroica del rey caucásico precristiano Conan, el bárbaro. Ya era una extraña consagración siguiendo la tradición del cine de forzudos, los Hércules y Maschites de Hollywood. Pero James Cameron, ya destacado con Alien II y El abismo te llamó para protagonizar el autómata asesino del futuro deTerminator I a principios de la década del 80.
Ya, para entonces, estabas vinculado al partido republicano en calidad de asesor en deportes y tuviste la enorme suerte e inteligencia de no anquilosarte en el género del forzudo, sino que hiciste una bella película con Danny De Vitto, Gemelos, de Iván Reitman, que te abrió las puertas de la diferencia en el éxito. También hiciste películas de superhéroes como Depredator e interpretaste al capitán soviético Danko, en la era de la Perestroika, y te consagraste mundialmente como efigie y enigma del séptimo arte con Terminator 2. Luego hiciste de supervillano en Batman IV como el Doctor Frío, un médico investigador que quiere congelar el planeta porque tuvo que poner en crioterapia a su esposa, quien padece de una enfermedad incurable. También volviste a la comedia de acción con Detective en el Kindergarten y Last Hero Action, esta última homenaje muy particular a los íconos del cine clásico, y películas de intriga y superacción como Eraser y la importante Mentiras Verdaderas, True Lies de James Cameron, además de Vengador del futuro, Total Recall, de Paul Verhoeven. Y también volviste a trabajar con Danny De Vitto en Junior, historia de científicos de la genética que logran que quedes embarazado como una mujer sin útero y sin perder la virilidad.
También, con motivo del fin del milenio, te convocaron en una historia de Apocalipsis con la presencia del diablo cristiano en El día final, End of days. Y la penúltima película que hiciste, que yo sepa, que vista en Argentina, fue la de la clonación mafiosa de seres humanos en El sexto día, siendo tu última película no estrenada comercialmente, por ser la historia de un bombero en una situación terrorista, como lo sucedido en el atentado a las torres gemelas de New York.
Cuál es la perspectiva que me surge al ver esta serie de films? Básicamente que te convertiste en un mito auténtico y valedero de las virtudes de fuerza y autosuficiencia y libertad, o como prefiere la tradición, de self made man, que caracterizan a Norteamérica en masa, la tierra, el país de Aquí se puede todo, de acuerdo a la ética de la democracia tradicional protestante, el país que inventó la lamparita, el automóvil, el avión, el teléfono, el fonograma, la heladera, la computadora, el país que produjo a Jefferson, Lincoln, F.D. Rossvelt.
Se puede conjeturar que los creadores fílmicos han llegado a una etapa de estudio sobre el impacto en los espectadores que incluye casi científicamente el mejoramiento de los individuos a través del mito renovado en la más hermosa ficción que haya producido el hombre, el largometraje cinematográfico, que supera y acompaña tolerantemente a las religiones.
Se te ubica en caracteres de extremo heroísmo en los límites de la ciencia-ficción y la religión casi como si fueras un arcángel o un santo del futuro y parece que la fama no te ha intoxicado con drogas, alcohol o prostitución y decadencia sexual. Cabe decir que la cultura norteamericana ha llegado a un control tal de las consecuencias interpretativas del cine (ejemplo: "Artificial Inteligence", de S. Spielberg) que parece que las mejores películas se involucran unas en sucesión de otras casi con criterio matemático y freudiano, y en una variación musical que recuerda la variación de las Sinfonías clásicas. Cómo un forzudo austríaco puede representar el drama de la clonación humana, o ser el científico que porta un embarazo, o ser el héroe Jericó contra el mismísimo diablo cristiano, o desafiar a las corporaciones interplanetarias del siglo XXI? Todo esto es muy desconcertante y requiere de perspectiva histórica para ver que una persona como vos, modelo de la cultura norteamericana, porta el enigma del nuevo hombre en gestación en la nueva civilización tecnológica que se está viviendo. Desconcierto y enigma te rodean, Arnold Schwarzenegger, verdadero rey actoral del planeta Hollywood.
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roberto bolaño |
Las amigas de Edelmira Thompson dijeron que había sido un matrimonio de conveniencia, pero la verdad es que se casó por amor. Un amor que ni ella ni Mendiluce supieron jamás explicar y que se mantuvo impertérrito hasta la muerte.
El matrimonio que acaba con la carrera de tantas escritoras en ciernes dio nuevos bríos a la pluma de Edelmira Thompson. Abrió su propio salón en Buenos Aires, que rivalizó con el de la San Diego y el de la Lezcano Lafinur. Protegió a jóvenes pintores argentinos a quienes no sólo compraba obra (en 1950 su pinacoteca de plástica argentina era no la mejor pero sí una de las más numerosas y extravagantes de la República) sino que solía llevarlos a su estancia de Azul para que pintaran lejos del mundanal ruido y con todas las necesidades cubiertas. Fundó la editorial Candil Sureño en donde publicó más de cincuenta libros de poesía, muchos de los cuales están dedicados a ella, el «hada buena de las letras criollas».
En 1921 publica su primer libro en prosa, Toda mi vida, autobiografía idílica, cuando no plana, exenta de chismorreos y llena de descripciones paisajísticas y de consideraciones poéticas que, contra lo que la autora esperaba, pasa sin pena ni gloria por los escaparates de las librerías de Buenos Aires. Decepcionada y en compañía de sus dos hijos pequeños, dos sirvientas y más de veinte maletas, Edelmira parte para Europa.
Visita Lourdes y las grandes catedrales. La recibe el Papa. Recorre en velero las islas del Egeo y llega a Creta un mediodía de primavera. En 1922 publica en París un librito de poemas infantiles en francés y otro en español. Luego vuelve a la Argentina.
Pero las cosas han cambiado y Edelmira ya no se siente a gusto en su país. En un periódico reciben la aparición de su nuevo libro de poesía (Horas de Europa, 1923) tildándola de cursi. El crítico literario más influyente de la prensa nacional, el doctor Luis Enrique Belmar, la juzga «dama infantil y desocupada que haría mejor dedicando su esfuerzo a la beneficencia y a la educación de tanto pillete desharrapado que corre por los espacios sin límites de la patria». Edelmira responde con elegancia invitando al doctor Belmar y a otros críticos a su salón. Sólo acuden cuatro periodistas muertos de hambre que atienden páginas de sucesos. Edelmira, desairada, se recluye en la estancia de Azul a donde la siguen unos pocos incondicionales. En la paz de los campos, escuchando las conversaciones de la gente trabajadora y humilde, prepara un nuevo libro de poesía que arrojará a la cara a sus detractores. Horas Argentinas (1925), el poemario esperado, provoca el escándalo y la controversia desde el mismo día de su publicación. En él Edelmira abandona la visión contemplativa y pasa al ataque. Arremete contra los críticos, contra las literatas, contra la decadencia que envuelve la vida cultural. Propugna un regreso a los orígenes: las labores del campo, la frontera sur siempre abierta. Atrás quedan los requiebros y deliquios amorosos. Edelmira quiere una literatura épica, epopéyica, a la que no le tiemble el pulso a la hora de cantarle a la patria. A su manera, el libro es todo un éxito y en un acto de humildad, apenas con tiempo para saborear las mieles del trabajo reconocido, Edelmira parte otra vez para Europa. La acompañan sus hijos, sus sirvientas y el filósofo bonaerense Aldo Carozzone que hace las veces de secretario particular.
El año 1926 lo pasa viajando con su numeroso séquito por Italia. En 1927 se le une Mendiluce. En 1928 nace en Berlín su primera hija, Luz Mendiluce, una rozagante niña de cuatro kilos y medio. El filósofo alemán Haushofer oficiará de padrino de bautizo en una ceremonia en donde se dará cita la crema de la intelectualidad argentina y alemana y que al cabo de tres días de fiesta ininterrumpida terminará en un bosquecillo cercano a Rathenow en donde los Mendiluce obsequian a Haushofer con un solo de timbales, compuesto y ejecutado por el maestro Tito Vázquez, que causará sensación en la época.
En 1929, mientras el crac mundial obliga a Sebastián Mendiluce a retomar a la Argentina, Edelmira y sus hijos son presentados a Adolfo Hitler, quien cogerá a la pequeña Luz y dirá: «Es sin duda una niña maravillosa. » Se hacen fotos. El futuro Führer del Reich causa en la poetisa argentina una gran impresión. Antes de despedirse le regala algunos de sus libros y un ejemplar de lujo del Martín Fierro, obsequios que Hitler agradece calurosamente obligándola a improvisar una traducción al alemán allí mismo, cosa que no sin dificultad consiguen entre Edelmira y Carozzone. Hitler se muestra complacido. Son versos rotundos y que apuntan al futuro. Edelmira, feliz, le pide consejo sobre la escuela más apropiada para sus dos hijos mayores. Hitler sugiere un internado suizo, aunque apostilla que la mejor escuela es la vida. Al terminar la entrevista, tanto Edelmira como Carozzone se confesarán hitlerianos convencidos.
Es 1930 un año de viajes y de aventuras. En compañía de Carozzone, de su hija pequeña (los niños han quedado internos en un selecto colegio de Berna) y de sus dos sirvientas pampas, Edelmira recorre el Nilo, visita Jerusalén (en donde sufre una crisis mística o nerviosa que la mantiene tres días postrada en la habitación de su hotel), Damasco, Bagdad...
Su cabeza bulle de proyectos: planea fundar una nueva editorial a su regreso a Buenos Aires en donde traducirá a pensadores y novelistas europeos, sueña con estudiar arquitectura y diseñar macroescuelas que edificará en los territorios argentinos en donde la civilización aún no ha llegado, desea crear una fundación que lleve el nombre de su madre para jovencitas de escasos recursos y de inquietudes artísticas. Poco a poco un nuevo libro empieza a tomar forma en su espíritu.
En 1931 vuelve a Buenos Aires y empieza a dar cuerpo a sus proyectos. Funda una revista, La Argentina Moderna, que dirigirá Carozzone y que publicará lo último en la poesía y prosa sin desdeñar los artículos políticos, el ensayo filosófico, la reseña cinematográfica y la actualidad social. La salida de la revista coincide con la aparición de su libro El Nuevo Manantial, al que La Argentina Moderna dedicará la mitad de sus páginas. El Nuevo Manantial, a mitad de camino entre la crónica de viaje y las memorias filosóficas, constituye una reflexión sobre el mundo contemporáneo, sobre el destino del continente europeo y el continente americano al tiempo que avizora y advierte sobre la amenaza que para la civilización cristiana representa el comunismo.
Los años siguientes son pródigos en nuevos libros, nuevas amistades, nuevos viajes (recorre el norte de Argentinay cruza la frontera boliviana montada a caballo), nuevas aventuras editoriales y nuevas experiencias artísticas que la llevarán a escribir el libreto de una ópera (Ana, la campesina redimida, 1935, estrenada en el Colón con división de opiniones y enfrentamientos verbales y físicos), a pintar una serie de paisajes de la provincia de Buenos Aires y a colaborar en el montaje de tres piezas del dramaturgo uruguayo Wenceslao Hassel.
En 1940 muere Sebastián Mendiluce y la guerra le impide viajar a Europa como hubiera sido su deseo. Loca de dolor, redacta ella misma la nota necrológica que aparece ocupando una página a dos columnas en los principales periódicos del país. Lo firma: Edelmira, viuda de Mendiluce. El texto acusa sin duda el extravío mental en que se encuentra. Concita burlas, puyas, el desprecio de gran parte de la intelectualidad argentina.
Una vez más, se refugia en la estancia de Azul con la única compañía de su hija menor, del inseparable Carozzone y del joven pintor Atilio Franchetti. Por las mañanas escribe o pinta. Por las tardes da largos paseos solitarios o dedica las horas a la lectura. Fruto de estas lecturas y de su manifiesta vocación de diseñadora de interiores es su obra mejor, La Habitación de Poe (1944), que prefigurará el nouveau roman y muchas de las vanguardias posteriores y que gana para la viuda de Mendiluce un lugar al sol en la literatura argentina e hispanoamericana. La historia es la siguiente. Edelmira lee Filosofía del moblaje, de Edgar Allan Poe. El ensayo le entusiasma, encuentra en Poe un alma gemela en lo decorativo y discute el tema ampliamente con Carozzone y Atilio Franchetti. Este último pinta un cuadro siguiendo fielmente las instrucciones de Poe: una cámara oblonga de unos treinta pies de largo por veinticinco de ancho (un pie equivale aproximadamente a veintiocho centímetros), con una puerta y dos ventanas colocadas en el extremo opuesto. Los muebles, el empapelado, las cortinas son reproducidas con el máximo de exactitud por Franchetti. Tal exactitud, sin embargo, le parece poca cosa a Edelmira que opta por reproducir al natural la habitación de Poe. A tal efecto manda construir en el jardín de la hacienda una habitación con las mismas medidas que la descrita por Poe y luego lanza a sus agentes (anticuarios, mueblistas y carpinteros) a la pesquisa de los enseres descritos en el ensayo. El resultado buscado y conseguido sólo a medias era el siguiente:
- Las ventanas son amplias, bajan hasta el suelo y se hallan montadas en profundos nichos.
- Los cristales de las ventanas son de color carmesí.
- Los marcos, de palorrosa, más gruesos que los usuales.
- Del lado interior del nicho tienen por cortinas un espejo tejido de plata adaptado a la forma de la ventana, que cuelga suelto en menudos pliegues.
- Fuera del nicho se ven cortinas de una riquísima seda carmesí, orlada con una brillante red de oro y forrada con el tejido de plata que forma la cortina exterior.
- Los pliegues de las cortinas surgen de debajo de un ancho cornisamento dorado que recorre la habitación en la línea de contacto de las paredes con el techo.
- El cortinado se abre o se cierra por medio de un ancho cordón de oro, que lo sostiene flojamente y termina en un sencillo nudo; no se ven clavijas ni otros dispositivos semejantes.
- Los colores de las cortinas y de sus orlas, es decir el carmesí y el oro, aparecen profusamente en todas partes, determinando el carácter de la habitación.
- La alfombra, tejida en Sajonia, tiene media pulgada de espesor y su fondo es también carmesí, simplemente realzado por un cordoncillo de oro (análogo al que festonea las cortinas) que se levanta apenas sobre el fondo, hallándose dispuesto de manera tal que constituye una serie de curvas breves e irregulares, las cuales se entrecruzan una y otra vez.
- Las paredes están revestidas de un papel satinado de una tonalidad plateada grisácea, en la que figuran menudos diseños arabescos del tono carmesí dominante, pero de un matiz más suave.
- Numerosos cuadros. Predominan los paisajes de estilo imaginativo, tales como las grutas de las hadas de Stanfield o el lago melancólico de Chapman. Vense, sin embargo, tres o cuatro cabezas femeninas de etérea belleza; son retratos a la manera de Sully. La tonalidad de todos los cuadros es cálida pero sombría.
- No hay ninguno de pequeño tamaño. Las pinturas diminutas dan a un cuarto ese aire manchado que constituye la falla de tantas hermosas obras de arte excesivamente retocadas.
- Los marcos son anchos, pero no profundos; están ricamente labrados sin ser opacos ni afiligranados.
- Las pinturas están bien adosadas a las paredes, sin colgar de cordones.
- Un espejo no muy grande, casi circular, cuelga de manera que no se refleje en él nadie que se encuentre ubicado en los sitios donde hay asientos.
- Éstos están constituidos por dos amplios sofás de palorrosa y seda carmesí, con flores de oro, y dos sillas livianas igualmente de palorrosa.
- De esta madera es también el piano, que no tiene funda y está abierto.
- Cerca de un sofá se ve una mesa octogonal del más hermoso mármol incrustado de oro. La mesa no tiene tapete alguno.
- Cuatro grandes y espléndidos vasos de Sévres, de donde asoma una profusión de hermosas y brillantes flores, ocupan los ángulos ligeramente redondeados de la estancia.
- Un alto candelabro, que contiene una lamparilla antigua llena de aceite perfumado, se levanta cerca de uno de los sillones (aquel en donde duerme el amigo de Poe, el poseedor de esta habitación ideal).
- Algunos livianos y graciosos anaqueles de dorados bordes, suspendidos de cordeles de seda carmesí con borlas de oro, soportan doscientos o trescientos volúmenes magníficamente encuadernados.
Fuera de ello no hay otros muebles, excepto una lámpara de Argand con su pantalla de vidrio transparente de color carmesí suspendida del alto y abovedado techo por una fina cadena de oro, y que vierte un resplandor sereno y mágico sobre todas las cosas.
La lámpara de Argand no fue extremadamente difícil de conseguir. Tampoco las cortinas, la alfombra o los sillones. Con el empapelado hubo problemas que la viuda de Mendiluce solucionó encargándolo directamente a la fábrica con un modelo diseñado especialmente por Franchetti. Las pinturas de Stanfield o de Chapman fueron inencontrables, pero el pintor y su amigo Arturo Velasco, un joven y prometedor artista, realizaron unos lienzos que acabaron por satisfacer el deseo de Edelmira. El piano de palorrosa también planteó algunos problemas pero a la larga todos fueron superados.
Con la habitación reconstruida Edelmira creyó llegado el momento de escribir. La primera parte de La Habitación de Poe es una descripción al detalle de ésta. La segunda parte es un breviario sobre el buen gusto en el diseño de interiores, tomando como punto de partida algunos de los preceptos de Poe. La tercera parte es la construcción propiamente dicha de la habitación en un prado del jardín de la estancia de Azul. La cuarta parte es una descripción prolija de la búsqueda de los muebles. La quinta parte es, otra vez, una descripción de la habitación reconstruida, similar pero distinta de la habitación descrita por Poe, con particular énfasis en la luz, en el color carmesí, en la procedencia y en el estado de conservación de algunos muebles, en la calidad de las pinturas (todas, una por una, son descritas por Edelmira sin ahorrarle al lector ni un solo detalle). La sexta y última parte, acaso la más breve, es el retrato del amigo de Poe, el hombre que dormita. Algunos críticos, tal vez demasiado perspicaces, quisieron ver en él al recientemente fallecido Sebastián Mendiluce.
La obra se publica sin pena ni gloria. Esta vez, sin embargo, Edelmira está tan segura de lo que ha escrito que la incomprensión apenas la afecta.
Durante 1945 y 1946, según sus enemigos, es asidua visitante de playas abandonadas y calles assecretas en donde da la bienvenida a la Argentina a viajeros clandestinos que arriban en los restos de la flota de submarinos del almirante Doenitz. Se comenta, asimismo, que es su dinero el que está detrás de la revista El Cuarto Reich Argentino y posteriormente de la editorial del mismo nombre.
En 1947 aparece una segunda edición corregida y aumentada de La Habitación de Poe. Esta vez se incluye una reproducción de la pintura de Franchetti: en ésta se puede apreciar la habitación desde la perspectiva de la puerta. Del durmiente sólo es posible vislumbrar media cara. En efecto, podría ser Sebastián Mendiluce o tal vez sólo un hombre corpulento.
En 1948, sin deshacerse de La Argentina Moderna, funda una nueva revista, Letras Criollas, cuya dirección deja en manos de sus hijos Juan y Luz. Poco después parte para Europa de donde no volverá hasta 1955. Como motivo de este largo exilio se cita su irreconciliable enemistad con Eva Perón. En muchas fotos de la época, sin embargo, Evita y Edelmira aparecen juntas, ya sea en cócteles, recepciones, fiestas de cumpleaños, estrenos teatrales y gestas deportivas. Evita, probablemente, no pudo llegar jamás a la página diez de La Habitación de Poe y Edelmira seguramente no aprobaba la procedencia social de la primera dama, pero existen papeles y cartas de terceros que atestiguan que ambas estaban embarcadas en proyectos comunes como la creación de un gran museo (diseñado por Edelmira y el joven arquitecto Hugo Bossi) de arte contemporáneo argentino, con un servicio de residencia y pensión completa incorporado, algo nunca visto en ningún complejo museístico mundial, con el objetivo de facilitar la creación y la vida cotidiana a los jóvenes y no tan jóvenes exponentes de la pintura moderna y evitar, de paso, su emigración a París o Nueva York. Se habla también del borrador de un guión cinematográfico escrito por ambas sobre la vida y desgracias de un joven donjuán inocente que protagonizaría Hugo del Carril, pero el borrador, como tantas otras cosas, se perdió.
Lo cierto es que Edelmira no volvió a la Argentina hasta 1955 y por entonces la estrella ascendente en las letras bonaerenses era su hija Luz Mendiluce.
Pocos libros más publicará Edelmira. El primer tomo de sus Poesías Completas apareceráen 1962; el segundo, en 1979. Un libro de memorias, El siglo que he vivido (1968), escrito con la colaboración de su fiel Carozzone, un conjunto de relatos brevísimos, Iglesias y cementerios de Europa (1972), en donde destaca su prodigioso sentido común, y una recopilación de poemas inéditos de juventud, Fervor (1985), componen la totalidad de su obra publicada en los últimos años.
Su labor de animadora de las artes y promotora de nuevos talentos, por el contrario, no decaería con el tiempo. Son incontables los libros que ostentan un prólogo, un epílogo o un envío de la viuda de Mendiluce, como incontables son las primeras ediciones que financió de su bolsillo. Entre los primeros cabe destacar Corazones rancios y corazones jóvenes, de Julián Rico Anaya, novela que en 1978 levantó considerable polémica tanto en Argentina como en el extranjero, o Las Adoratrices Invisibles, de Carola Leyva, poemario con voluntad de poner punto final a la estéril discusión que sobre la poesía se mantenía en algunos círculos argentinos desde el Segundo Manifiesto del Surrealismo. Entre los segundos es imposible no citar La Muchachada de Puerto Argentino, memorias acaso un tanto infladas sobre la guerra de las Malvinas con las que irrumpe en el mundo literario el ex soldado Jorge Esteban Petrovich, y Los Dardos y él Viento, una antología de poetas jóvenes y de buena familia entre cuyos objetivos estéticos está el de no utilizar cacofonías ni palabras disonantes ni groserías cotidianas y que, prologada por Juan Mendiluce, obtuvo un éxito de ventas inesperado.
Sus últimos años los pasó en la estancia de Azul, recluida en la habitación de Poe en donde solía dormitar y soñar con el pasado, o en la amplia terraza de la casa principal, sumida en la lectura o en la contemplación del paisaje.
Mantuvo la lucidez («la rabia», decía ella) hasta el final.
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Juan-Jacobo Bajarlía: Jekyll y Jack el destripador |
El 6 de agosto de 1888 comienza la historia criminal más desconcertante del Londres de fin de siglo. Es una historia con su ciudad de maldita: el distrito de Whitechapel, con sus calles obscuras, sus casas miserables, sus prostitutas, el hampa agazapada, a la espera del primer desconocido. Transitar entonces por Whitechapel era aventurarse en la ciudad de Dite, descrita en el Infierno del Alighieri. Sólo tenían cabida el azar y los impulsos demoníacos.
...las calles de Londres estaban vigiladas Ese día, 6 de agosto, alguien, no importa quien, descubre el cadáver de una mujer que todos conocían en Whitechapel. Era una prostituta, Emma Smith, que solía recorrer sus callejuelas tenebrosas adivinando miradas. Estaba degollada de oreja a oreja, y su vientre seccionado verticalmente desde el ombligo hacia abajo. Al lado de ella, de sus trenzas revueltas, sobre el pavimento de la maldita callejuela, se hallaban los intestinos, manoseados y dispuestos como un símbolo sinusoidal. Detrás de este dibujo macabro aparecían unas huellas de sangre que se perdían en una acequia. Ahora hubiéramos dicho que un ser incorpóreo, fantasmal, había cometido un crimen para desaparecer en el líquido turbio de una ciénaga que comunicaba con el más allá. El criminal se había diluido como si la acequia lo hubiera devorado.
Examinado el cadáver por la policía, se advirtió en seguida que le faltaba una oreja. Se pensó por un instante que podía tratarse de una muerte por libídine seguida de antropofagia. Krafft-Ebing ya la había descrito en su Psychopathia sexualis (c. VIII). Pero no se trataba de esto, porque al día siguiente, entre la correspondencia anónima del correo, apareció una cajita con destino a Scotland Yard. En el interior de ella, envuelta en papel de seda, el criminal había colocado la oreja que le faltaba al cadáver de la Smith. Asesinato y desafío que comenzó a inquietar a todo Londres. Las características del hecho probaban ya que el desconocido manejaba el bisturí y tenía excesivos conocimientos de anatomía. Probaba, inclusive que una vez degollada y destripada la víctima, el asesino se había recreado con los intestinos hasta disponer sobre el pavimento como si buscara un orden determinado. Por último, con el envío de la oreja a Scotland Yard, habría que pensar en un humorista macabro. (Probablemente es el padre de ese humor negro que luego exaltarían los surrealistas encabezados por André Bretón).
El envío de la oreja, por otra parte, incluía un desaío a continuar. El reto de las tinieblas contra la policía.
El segundo crimen acaeció en el mismo mes: el 31 de agosto de 1888. La víctima fue Martha Traban, una prostituta de 35 años, de larga cabellera rubia y ojos azules. Degollada y destripada. Y también en Whitechapel, a poco trecho del lugar en que había sucumbido la Smith. Pero esta vez los intestinos no habían sido ordenados simbólicamente. Estaban desparramados. Tampoco faltaba una oreja. El desconocido había extraido un riñon como si hubiera trabajado sobre una mesa de operaciones.
Londres comenzó a temblar. Las puertas y ventanas comenzaron a cerrarse muy temprano. Las calles se volvieron solitarias. Alguna vez, en la neblina densa y deletérea sólo se oía el ritmo de unos cascos que avanzaban hacia el misterio. Después se supo de la humorada macabra del asesino. De la reiteración obsesiva. Éste había enviado el riñon a la policía en otra cajita similar a la primera. Scotland Yard quedó escarnecida. Todo Londres se convirtió en una protesta contra su imbatible cuerpo de seguridad. Conan Doyle, que un año antes había creado a Sherlock Holmes en su A Study in Scarlei (1887), sintió lástima por los investigadores de Londres.
El 8 de setiembre se reanudó la serie sangrienta. La víctima, otra muchacha que vendía su cuerpo al primero que pasara, se llamaba Mary Anne Nichols. Murió de la misma manera que las anteriores, con las vísceras sobre el suelo o estampadas sobre las viejas paredes de Whitechapel. Pero ahora aconteció una variante totalmente nueva. El asesino se retiró con una parte de las vísceras. Posiblemente para conservarla y recrearse con su contemplación, como lo hicieron mucho antes, en la historia del crimen, Gilles de Rays y el Asesino de la Medianoche que aterrorizaba en Notting Hill. O bien aquel otro que se llamó Vicenzo Vernezi, tan estudiado por Lombroso (L'huomo delinquenti, II, 168 y ss.), el cual se llevaba la ropa y las vísceras de la víctima para palparlas secretamente.
La cuarta prostituta asesinada fue hallada el 30 de setiembre en Hamburry Street. Se llamaba Annie Chapmann, acaso un nombre falso para ocultar la miseria y el delito. Y a ésta también le faltaba un riñon que tampoco fue a Scotland Yard. El asesino se había vuelto coleccionista (un coleccionista infernal para otros demonios del más allá). O bien se había desayunado con esa parte del cuerpo humano. Es una hipótesis posiblemente humorística que hubiera entusiasmado a Thomas de Quincey cuya definición del delito (On murder considered as one of the fine arts, I, II) no deja de tener una idea obsesiva sobre la importancia de la bolsa como instrumento para la conservación y el desayuno. Y como hipótesis no era una mera suposición, sino algo terminante, incuestionable. El asesino había cometido el crimen entre la medianoche y la madrugada. La antropofagia pudo haber sido estimulada por la hora, en un amanecer neblinoso, lleno de signos imprevisibles. Ahora sin embargo, hay un hecho insólito. Sobre la pared, a poco trecho del cadáver, escrito con tiza (la letra es impecable), hay un mensaje que incluye un desafío a todas las policías del mundo:
Esta es la cuarta y mataré muchas más antes de desaparecer
La infeliz estaba echada de espaldas sobre la calle totalmente despojada de sus ropas. Tenía la garganta seccionada de oreja a oreja, pero éstas y la nariz habían sido arrancadas por el asesino. Lo mismo sucedía con los pechos, colocados a su vez, en una mesita. El estómago y el abdomen estaban abiertos. El rostro mutilado, irreconocible en sus rasgos. Los riñones y el corazón, extirpados y puestos en la. mesita, junto a los pechos. El hígado, también extirpado, sobre el muslo derecho. El útero había desaparecido. Los muslos, por último, estaban lastimados. No puede imaginarse una visión más espantosa.
El asesinato de la Kelly fue el único hecho del monstruo en un lugar cerrado. Y acaeció cuando el Comité de Vigilancia había reforzado sus cuadros. Indudablemente, Jack el Destripador seguía puntualmente las reacciones de sus crímenes. Al advertir que las calles de Londres estaban vigiladas, optó por cambiar de táctica. Inclusive la que iba a ser su víctima creyó que estaba protegida esperando a la clientela en su propia casa. Aquí termina o se interrumpe la historia de Jack el Destripador. Y es aquí donde comienza otra historia memorable que me propongo relatar.
2. Las huellas del doctor Jekyll
Nunca se supo quién había sido Jack the Ripper. Conan Doyle, su contemporáneo, creador un año antes de Sherlock Holmes, en A
El título del primer libro (In Memorian: Jekyll the Ripper) me dejó fascinado, pegado a la vidriera. El apelativo, the Ripper, el Destripador, no correspondía al doctor Jekyll, el personaje de Stevenson, sino a Jack, el famoso asesino que se burló de Scotland Yard. Había una confusión deliberada, agravada por la falta de indicación autoral. Cuando entré por fin, el librero sonrió. Me dijo que el libro lo había escrito el mismo Steevenson en 1894, año de su muerte en Samoa, pero sin aditarle su nombre. Posteriormente sus herederos lo dejaron apócrifo. No obstante, él, bibliólogo más que bibliófilo, creía en la paternidad stevensoniana de la obra. El estilo de ésta y su enfoque sicológico eran similares a los de El extraño caso del doctor Jekyll y del señor Hyde. No discutí con el bibliólogo. Adquirí el In Memorian por un precio muy elevado, y compré también las Some College memories.
Después volví a la habitación del hotel. Me senté junto a la estufa con mi pipa, una botella de whisky y los libros. Afuera, golpeando la ventana, el viento más frío de Londres paralizaba todo fervor. Cuando comencé a leer el In Memorian: Jekyill the Rípper, tuve un estremecimiento premonitorio. Stevenson había conocido a Jack el Destripador mucho antes de que éste aterrorizara a Londres. Inclusive había permanecido indiferente cuando Conan Doyle buscaba una solución por medio de las huellas dactilares. La razón de todo esto podría estar, sin embargo, en que al publicar El extraño caso del doctor Jekyll y del señor Hyde, Stevenson ya daba por muerto al doctor Jekyll cuando en realidad seguía viviendo. El capítulo I del In Memorian: Jekyll the Ripper, estaba dedicado a la descripción del doctor Jek ("alto, de ojos azules, de fina sensibilidad") especialista en incisiones anatómicas, según una expresión de la época. El capítulo II describía los efectos de una droga inventada por éste para obtener la duplicidad del ser: "Mezcló los elementos. Vio cómo hervían y humeaban en la copa. Esperó el punto final de la ebullición y bebió la droga. Entonces sintió dolores desgarradores, como si todo el esqueleto se le descoyuntara. Tuvo náuseas. Su rostro, en el espejo, comenzó a ennegrecerse, como si un segundo ser, el yo profundo que llevaba oculto, pugnara por salir. Luego, aterrorizado, el doctor Jek se contempló distinto. Ya no era Jek. Era un desconocido con una mirada siniestra, llena de fuego, y un ímpetu que le recorría por la sangre y lo hacía estremecer. Espantado ante esa imagen del mal, volvió a tomar la droga y se recuperó en un instante". Pero el doctor Jek (cap. III) volvió al experimento, y cierta noche convertido en una encarnación demoníaca, se lanzó hacia las callejuelas tenebrosas de Whitechapel, iluminadas apenas por los languidecientes mecheros de gas. Este segundo ser, el espíritu del. mal, o Mr. Hyde en El extraño caso . . ., fue haciéndose más necesario para el doctor Jek. Más imprescindible. Sin embargo, sus felonías estaban signadas extrañamente por cierta tendencia a eliminar el mal en los otros, algo así como si la parte buena de Jek se lo impusiera en el desdoblamiento de la personalidad.
En Whitechapel, donde el doctor Jek se hacía pasar por Jekyll (In Mem., IV y VII), asesinó a dos prostitutas, una de las cuales ejercía de proxeneta entre los burgueses adinerados. Y en ambos casos las víctimas presentaban la misma incisión en el vientre: un tajo desde el ombligo hacia abajo, en una línea vertical, casi perfecta, y los intestinos dispuestos en un símbolo sinusoidal. Stevenson (o el supuesto Stevenson) no decía que también estuvieran degolladas de oreja a oreja. Pero no había duda de que Jek era ya el que luego habría de llamarse Jack el Destripador, modificando el Jek en Jack. Lo más arbitrario y obscuro de esta historia, es que la policía no investigó los hechos. Jamás supo de nadie que se llamara Jekyll the Ripper. Sólo hay una referencia perdida en el capítulo VIL un abogado de nombre Patterson (Utterson en El extraño caso ...) se dedicó a investigar por su cuenta la historia del doctor Jek en el barrio del Soho, a mucha distancia de Whitechapel.
La botella de whisky estaba ya por la mitad y el viento seguía arremetiendo contra el vidrio. Los relojes borraban la noche de Londres. Cuando dejé el In Memoriam: Jekyll the Ripper, pensé que todo estaba claro. Jek, convertido en Jekyll el Destripador, segundo Yo obtenido por retroversión de la personalidad, proceso esquizofrénico no muy estudiado entonces, era el mismo que luego había de volver a su estructura demoníaca en el Londres de 1888. Pero ya no sería Jekyll el Destripador sino Jack el Destripador. En El extraño caso del doctor Jekyll y del señor Hyde, la segunda persona, el segundo Yo, había de llamarse Hyde. Stevenson, indudablemente, tenía interés en ocultar la verdadera identidad del sujeto para convertirlo en personaje de su novela. No hubo mala fe. Incluso, cuando pudo haber aclarado los asesinatos de Jack el Destripador, ya estaba en camino de Samoa, en donde se recluyó hacia 1889, en el instante en que todavía parecía seguir actuando el asesino. Otra hipótesis que no deriva de la lectura del In Memoriam, es la de que el doctor Jek y Jack el Destripador eran expertos en el manejo del bisturí. Utilizaban el mismo procedimiento para las incisiones y desparramaban las vísceras formando extrañas figuras. Además, el título completo de la obra In Memoriam: Jekyll the Ripper, anunciaba implícitamente que se trataba de la misma persona. Pero, ¿por qué fue escrita en 1894 y no antes? Creo sin lugar a dudas, que el sentimiento de culpabilidad llevó a Stevenson a confesar tardíamente una realidad que antes había callado o había visto como posibilidad creadora. Y para que nada se le imputara, negó inclusive la paternidad de la obra. Porque al negarla quedaba a cubierto de toda sospecha, pero con la tranquilidad, para su conciencia, de haberse confesado.
Para mayor confusión, en las Some College Memories había una frase según la cual Stevenson estaría dispuesto a modificar la realidad. ¿Tendría esto algo que ver con la historia de Jek-Jekyll-Jack? Las memorias y el caso del doctor Jekyll databan de 1886, y el asesino, dos años antes de aparecer en Whitechapel, ya se dedicaba a iguales víctimas que las enumeradas por Scotland Yard en 1888. La confusión se hizo más acuciante con un tercer elemento que por lo ridículo he dejado para el final. El bibliólogo del Soho me mostró un pantalón azul, muy obscuro, que él había adquirido en Portland Street (a poco trecho de un hotel donde se alojara Mr. Hyde) que tenía dos iniciales tejidas con el "hilo peculiar" de la época: J.J. Estas iniciales respondían a la manía del doctor Jek de inicialarse toda su ropa. Cuando le observé por qué dos veces la inicial del apellido, me respondió: "Un desafío a Scotland Yard para que descubriera sus crímenes. Jek, como Jekyll en El extraño caso..., también se llamaba Henry".
Con esa contestación incoherente di por terminada en Londres mi investigación de Jack el Destripador. Al regresar a Buenos Aires, revisando mi archivo de crímenes, tuve una evidencia sobre la cual no me atrevo a escribir todavía. Jack el Destripador, desaparecido de Londres, había muerto en Buenos Aires, a los 75 años, en un hotel de la calle Leandro N. Alem, frente a la plaza Mazzini, hoy Roma, una mañana lluviosa de octubre de 1929.
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Neruda y Yo |
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La última carta de Manuel |
Noche tras noche y trasnoche Manuel apostaba en el casino. Taxista de profesión y ludópata por adopción. Jugaba, ganaba, perdía y perdía. El casino se había convertido en su fuente de egresos más importante. Lo peor que te puede pasar en un casino, es ganar. Y Manuel ganaba, a veces. Irremediablemente al ganar, vuelves a por un nuevo botín. Era lo que hacía Manuel. Integrante de Radio Taxis Milodón, giraba por el pueblo en busca de clientes. Cuando completaba su tercera carrera se dirigía al casino, directo al tragaperras. Y allí pasaba un buen rato hablándole a la máquina, acariciándola, retándola, dándole consejos. Su afición era conocida por la gente del casino y sus compañeros de trabajo. Sus apuestas no eran importantes pero en el tiempo que llevaba jugando sí. Hasta que un día llegó el día. El gran día. El día que obtuvo un préstamo de una financiera para pagar en su totalidad, la deuda del taxi. Esto, junto al ahorro familiar le dio ánimo como para doblar la apuesta y salir de una vez por todas triunfante del casino y no volver nunca más. Nunca más era su cantinela predilecta. Nunca más. No voy a volver nunca más.
Al cabo de dos horas Manuel, le dio una patada a la máquina, una patada al préstamo de la financiera y otra patada al ahorro familiar Y a la vida. Redactó una carta, su última carta, en donde se despedía de Laura, su mujer, de Manuelito su hijo y de sus compañeros de trabajo. Daba algunas recomendaciones banales y al final de la carta decía que nunca había podido superar su adicción al juego y que lo enterraran con la camiseta del club de sus amores.
No fue sino hasta las tres de la tarde del día siguiente en que encontraron el taxi de Manuel. Se encontraba inclinado peligrosamente frente al mar a veinte kilómetros de Natales. Sus puertas abiertas y sin rastro de Manuel. La escena era francamente apabullante. Su mujer y el hijo abrazados y llorando. Los compañeros de trabajo se tomaban de los pelos y hasta el viento de la Patagonia arreciaba con más fuerza en aquel paraje desolado de roqueríos y pasto seco.
Llegó el juez, el fiscal, la policía y algunos curiosos que nunca faltan. Sólo faltaba Manuel. Manuel que apareció por la casa de noche, llorando, empapado en agua, tiritando y pidiendo perdón. Perdón que fue inmediatamente concedido por la mujer, el hijo y los compañeros de trabajo. Todos ellos sabían que la lección debía ser eterna, el perdón siempre tiene carácter transitorio. Al día siguiente fueron al casino y hablaron con el gerente. La entrada de Manuel sería vedada por los siglos de los siglos. Verdaderamente era el comienzo de una nueva vida. Nunca más.
Un mes después Miriam, la expendedora de entradas al casino, vio llegar a personajes francamente extravagantes; una viejita platinada con grandes gafas de carey. Al otro día a un anciano con muletas y pelo cano. Al otro día a un tipo de lentes oscuros y abrigo largo. Al siguiente a ...
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Un par de litros de cervezas y a la cama |
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Jamón de jabugo y caviar ruso |
Las vidrieras me hicieron delincuente. Los autos dorados. Los adulterados. Todos ustedes señores de la buena mesa y las buenas maneras. Sus restaurantes. Sus jueces, unos más corruptos que otros. Vuestros legisladores, sus amantes y sus niñeras de aspecto circunspecto. Sus hermosos condominios protegidos amurallados. Vuestras amantes amamantísimas traídas desde lejanos y exóticos países de furia. Usted señor ministro. Que sonríe permanentemente porque su vida y su cargo es eterno. Ustedes que pasan y pasan y se exhiben en las pasarelas rojas, en donde bribones aplauden sus estúpidas frases de pacotilla. Ustedes me hicieron malhechor. Y me exhiben en la televisión. Amarrado, encadenado, apaleado. El reporte dice que me darán veinte años. He matado al jefe de familia. Un empresario textil. De botín no obtuve nada. Joyas de la familia, un plasma, un computador y ropa deportiva de los hijos. El empresario tomó un arma y yo fui más rápido. Eso fue todo. Nada más. Y las vidrieras seguirán por siempre. Los autos dorados seguirán rodando. Los señores visitarán como siempre el mejor restaurante de Santiago de Chile o de Santiago de Compostela. Los legisladores seguirán haciendo leyes para sus primos y hermanos. Sus amantes serán cada día más lindas y voluptuosas. Los ministros seguirán sonriendo por toda la eternidad. Aún con una zanahoria en la boca y un palo de escoba en el culo, seguirán sonriendo. Es evidente que la prensa no dice toda la verdad. El empresario textil murió. Yo nací muerto Y seguiré muerto durante veinte años más.
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Nosotros los escritores |
Nosotros los escritores hemos en diferentes circunstancias. Nosotros los escritores en esta encrucijada en que el libre mercado. Nosotros los escritores vislumbramos que ante la eventualidad. Nosotros los escritores que abajo firmamos, hemos decidido. Nosotros los escritores latinoamericanos venimos aquí a. Nosotros los escritores anunciamos a la opinión pública. Nosotros los escritores que viajamos al encuentro que se celebra en. Nosotros los escritores hemos confrontado. Nosotros los escritores ante la invasión de. Por tanto y en cuanto nosotros los escritores. En nuestra última reunión nosotros los escritores. Ante la muerte del escritor. Nosotros los escritores estaremos presentes con. Nosotros los escritores hemos señalado. Nosotros los escritores nos hemos reunido con el gobierno para. Nosotros los escritores como anteriormente ante la misma circunstancia. Nosotros los escritores repudiamos la. Nosotros los escritores no seremos más. Nosotros los escritores y en la medida de nuestras posibilidades. Nosotros los escritores hartos ya. Nosotros los escritores declaramos que ante el abuso. Nosotros los escritores libres de ataduras. Nosotros los escritores abogamos por el pronto reinicio de. Reclamamos por el precio de los. Nosotros los escritores viendo que las autoridades. Nosotros los escritores no seremos más. Que ante la próxima Feria Nacional del Libro y la Lectura, nosotros los escritores. Y pedimos encarecidamente que las agregadurías culturales. Por lo tanto nosotros los escritores rechazamos. Nosotros los escritores estamos al tanto que. Y es así como nosotros los escritores. Nosotros somos el reservorio que la humanidad ha. No quepa ninguna duda que nosotros los escritores. Solemnemente.
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El último misterio de Charles Dickens |

Por Ramón Díaz Eterovic
Como en todas las novelas de Dickens, El misterio de Edwin Droodes rica en personajes muy peculiares y en las observaciones que el autor entrega sobre las costumbres de la sociedad inglesa que le tocó vivir. La trama se sitúa en Cloisterham, un pueblito próximo a Londres que no tiene más atractivos que una vieja catedral y un cementerio custodiado por un especial sepulturero. Drood es un joven que se encuentra comprometido en matrimonio con Rosa, una linda y algo ingenua muchacha que reside en un internado para señoritas. El matrimonio ha sido acordado por los padres de los jóvenes, y cuando llega el momento de concretarlo, ellos deciden oír a sus corazones y dejan en nada el acuerdo. Ambos jóvenes tienen sus respectivos tutores. En el caso de la joven es un singular y simpático abogado, Grewgious; y en el de Drood, el profesor de música John Jasper, un personaje algo siniestro, de doble personalidad, aficionado al opio y con un temperamento proclive a la violencia. Para enredar aún más el entuerto, entran en escena un par de hermanos, Helena y Neville Landless, que se sienten atraídos por los futuros esposos, a tal punto que Neville entra en disputa con Edwin Drood, hecho que rápidamente pasa a ser del dominio de la gente del pueblo. Entonces sucede lo que nadie espera. Edwin y Rosa rompen su compromiso, y el joven desaparece, sin dejar otro rastro que un reloj y prendedor de corbata abandonado en el lecho del río que cruza el pueblo. Todos dan por hecho que el joven ha sido asesinado y los dardos apuntan hacia Neville, un personaje de personalidad débil y enfermiza. La novela queda inconclusa en el momento en que Jasper manifiesta su amor por Rosa, y apuntando sus dardos contra Neville, sigue consagrado a la investigación y la venganza. Todo ello mientras viaja a Londres y se hunde en barriadas sórdidas donde encuentra el consuelo del opio.
¿Neville, Jasper o algún otro? El misterio acerca del posible asesino queda abierto, como también la posibilidad de que Drood simplemente haya desaparecido, impulsado por sus propios medios y por el hecho de sentirse culpable de no concretar el compromiso para el que supuestamente estaba preparado desde su infancia. El misterio de Edwin Droodes una novela sin final, lo que no atenta con su atractivo y por el contrario invita al lector a imaginar el desenlace que considere más plausible. En los últimos capítulos escritos por Dickens todo parece indicar que la culpa se orienta a Jasper, pero para un autor que gustaba de complicar sus tramas y solía sacar ases bajo la manga, parece ser un desenlace simple y muy anunciado. Final que, dicho sea de paso, es el que desarrolla León Garfield al escribir los capítulos faltantes de la novela.
Se ha dicho que pudo ser una de las mejores novelas de Dickens y lo que podemos leer de ella da pie para estar de acuerdo con eso. Los personajes, las descripciones, el humor y la historia envolvente tienen el sello del mejor Dickens. Es el texto de un autor que se sabe al final de su vida y tal vez por eso su prosa es más densa y su visión de las personas es más oscura e inquietante que en sus novelas anteriores. La novela tiene páginas notables, diálogos agudos y muchos de esos personajes a los que nos acostumbró Dickens en sus novelas y relatos. Personajes secundarios como el sepulturero Durdles, el canónigo Crisparkles, la institutriz Twinkleton y el detective Datchery son dignos de recuerdo. No por nada, un lector tan exigente como Borges incluyó esta novela en la célebre colección El Séptimo Círculo, y otros autores como G.K. Chesterton y Arthur Conan Doyle ocuparon parte de su tiempo en reflexionar sobre el último misterio de Charles Dickens.
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El olor de Susana |
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Muerte en la tarde |
Marco Antonio Solís: Si no te hubieras ido.
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Mi hijo a los ocho años era tonto |
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Total son todos chicos de mi misma edad |
Nada más abrir el almacén ingresa Jessica (20), me dice que el sábado asistió a una despedida de soltera, de Solange(21). Que una vez más la había pasado formidable. Una amiga de Solange, Clara (23) había contratado el servicio de 3 vedetos de la vecina ciudad de Punta Arenas. Vedetos francamente deliciosos me dice Jessica. Tres chicos maravillos super bien dotados, agrega. Se trataba de Sergio (22) Manuel (26) y Roberto (21). La más osada de todas fue Jessica. Se subió arriba de las mesas, se arrimó al palco, fue alzada en andas por los vedetos y aterrizó sobre una alfombra. Pero todas las chicas estaban enardecidas. Todas tomaban, se contorsionaban y gritaban. Y la función como siempre ocurre terminó. Pero no para Jessica, que se encaminó a los camarines de los vedetos y se entregó en bandeja dorada. Dorada era su ropa interior que quedó colgada en un perchero, lo mismo que en determinado momento su delgada anatomía. Luego partió a Los Canallas del 43 a cantar karaoke. Allí conoció a un gringo con nombre de actor de cine, Byron Smith (24). Según Jessica el gringo más lindo del mundo. Cantaron, bailaron y se fueron al baño a hacer el amor.
Le pregunto si había usado preservativos y me contesta que no. Me dice: "Total son todos chicos de mi misma edad".
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Cuentas de almacén ó 15.230 cada día más linda |
Si alguna vez supe sus nombres, ahora no lo recuerdo. Solo que dejaron cuentas de almacén
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El Presidente de Toshiba |
Qué se creerán estos presidentes de multinacionales. Quieren obtener todo a 500 euros.
También lo puedes escuchar.
También lo puedes descargar
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Todas las princesas están muertas |
Era la más linda del lugar. Los príncipes del pueblo la amaban. Yo también, en silencio. Los príncipes del pueblo desaparecieron. Ella sobrevivió a los contubernios, a las mareas y a los cambios de gobierno. Una vez me enteré que le extirparon algo que no recuerdo. Que vivió una temporada con un poeta maldito que se colgó en el pino de la plaza del pueblo. Se enteró que lo engañaba con un vendedor ambulante. Dejó de epitafio una esquela digna de un mamarracho ignorante: "Mi corazón no se vende". Cruzó el océano un par de veces de la mano de un estanciero rico. Hubo registros de su viaje en el diario del pueblo. La foto clásica en La Torre Eiffel. De aquello hace ya más de treinta años. Treinta años en el cuerpo de cualquier princesa hacen estragos, sino vean a las monegascas. Su vida, como cualquier vida, fue un tendal de abandonos. Se marcharon sus padres, familiares diversos y también muchos de los príncipes, se fue el poeta, el vendedor ambulante y el estanciero rico. Yo aún no parto gracias al arte de resistir. Me dijo que era imposible que no me recordara de ella. ¿Aún vives en la calle Libertad? me preguntó. Nunca viví allí le contesté. ¿Es que acaso no te llamas Hugo? No, no me llamo Hugo. Me llamo Daniel. Me pidió perdón por la confusión.
La vi cruzar la calle a duras penas y no me dio lástima. Nadie le tiene lástima a las princesas. Las princesas tampoco las tiene con uno. Ni con dos. Ni con nadie.
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Mi tío Olegario Miranda y La Fórmula |

Mi tío Olegario Miranda vivió siempre en el campo. En un cerro que se llama Dorotea, en Puerto Natales. Siempre sus conversaciones giraban en torno a los animalitos, el pastoreo y la esquila. Hasta el día en que se volvió loco. En ese instante abandonó el campo. Absolutamente. A partir de allí todo cambió. Sobre su casa revoloteaban helicópteros artillados de la marina norteamericana. Portaviones apuntaban sus misiles sobre su morada. Desde los helicópteros luces potentes alumbraban día y noche sobre su cabeza. Por megáfonos lo instaban a entregar La Fórmula. Ella consistía en que el hombre, también la mujer, viviría 1000 años. Él la tenía. Eso lo sabía el presidente de U.S.A. Ellos la querían. No lo dejarían escapar.
Un día amaneció acostado con la esposa del presidente de Chile. Ella le decía que lo quería, que lo amaba. Que solamente estaba con el mandatario por una cuestión de protocolo. Yo solamente te quiero a ti Olegario, le decía. Donde tu vayas yo iré. Nada logrará separarme de ti. Nada. Quiero estar al lado tuyo y cuidarte. Envejecer juntos y vivir tranquilos en Osorno. Todo lo que debes hacer es compartir conmigo La Fórmula. Todo eso se lo decía la esposa del presidente. Y me tomaba fuerte la mano, me decía mi tío Olegario.
Fidel Castro tenía un constante diálogo con mi tío. Y vieras cómo me escucha Fidel. Hace cinco minutos antes que tú vinieras estuve con él. Quiere que yo vaya a Cuba y le entregue La Fórmula. Yo a él sí que se la daría. Pero igual no sé. No sé si Fidel después se pasa al bando contrario y se la entrega a los norteamericanos. ¿Y entonces yo qué hago? Me quedo a bolas peladas. Me decía el tío.
La última vez que lo vi me dijo que cinco mujeres amazonas llegaron a su casa. Lo sacaron de la cama. Que con ramas de olivos lo golpeaban. Él iba desnudo por la calle Esmeralda rumbo al cementerio. Las mujeres cantaban una letanía en donde nombraban La Fórmula. Los golpes eran suaves. No le dolían. Al llegar a la puerta del cementerio, él lograba escapar, las mujeres lo persseguían y no le daban alcance. Llegaba a su casa en donde lo estában esperando Isabelita y López Rega. Ellos también querían La Fórmula.
El otro día fui a su casa y toqué la puerta. No salió nadie. Es posible que haya muerto. O en una de esas todos ellos. El gobierno norteamericano, la esposa del presidente, Fidel Castro, las cinco amazonas, Isabelita y López Rega se han unido. Raptaron a mi tío y ahora poseen La Fórmula.














