Mi hijo dice que está seguro. Que ya lo ha visto antes. Que es su estilo. Va a esperar hasta el último minuto. Dice que no sabe cómo la gente no se ha dado cuenta. Que todo está preparado. Que bajará de un helicóptero en llamas. Mientras 100.000 integrantes del ejercito ruso en traje de gala, avanzarán por la Avenida. El helicóptero se posará sobre el Staples Center y será el concierto más espectacular y extraordinario del mundo. Todo esto ante la atónita mirada de mil millones de espectadores del mundo entero.
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El mejor poema del Mundo |
Sabes que este poema es para ti. Eso lo sabes. ¿lo sabes? Este poema es para ti. Es que tengo que escribirlo ¿sabes? Y no me animo. No sé cómo empezar sin ser cursi y caer en lugares comunes. Y hablar de la Luna. El mar. De mi abrigo largo. Ese montón de elementos que riman. Quisiera convertirme en Hugo Vera Miranda. Ser él quien te escriba el poema. ¿sabes que nunca me gustó Hugo Vera Miranda? Pero él te podría escribir un buen poema de amor. Yo en cambio… ¿Qué te puedo escribir? ¿Qué te amo? ¿Qué todo el puto día pienso en ti? ¿Qué tu rostro se me aparece en las latitas de café? En las tres luces del semáforo. En el cielo de la Patagonia. No sé cómo empezar el poema. Este poema. He de consultar con gente del pueblo. He de consultar quién escribe poemas. Para encargarle uno. Uno que sea el mejor poema del Mundo. Luego pienso que debiera escribirlo. Que yo debería escribirlo. Pero no me animo. Que mi poema sería cursi. Que caería en elementos que riman. Que hablaría de la Luna. Del mar y de mi abrigo largo. Entonces lo postergo. Me digo que un día escribiré un poema. Un poema para ti. Un poema que sea el mejor poema del Mundo. Que hable de ti y de mí y de nuestro primer encuentro. Cerca de la luna frente al mar.
Canción: De momento Abril. La bien querida.
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La caja negra de Susan |
Después de mucho buscar, se encontró por fin la caja negra de Susan. Se emplearon ingentes y cuantiosos recursos para dar con ella. Allí estaban grabadas los últimos veinte minutos de su vida. En el primer minuto se escuchan sirenas de policía, tráfico en la ciudad y el voceo de un vendedor de diarios. Nada rescatable.
- Susan: Hoy quedé con Henry en juntarnos a comer a las ocho.
- Victoria: ¿No era que hoy estabas comprometida a juntarte con Michael?
- Susan: Nunca te dije que me juntaría con Michael. ¿O acaso no sabes que con Michael ya todo acabó?
- Victoria: Recuerdo perfectamente que me dijiste que te juntarías con Michael.
- Susan: Estás equivocada. Bueno te comento que esta noche me juntaré con Henry. Después te cuento. De seguro pasaremos una velada espléndida. Se despiden.
Bocinas de auto, murmullos de gente que habla, ladrido de un perro. Se abre una puerta. Damien Rice cantando Delicate. La voz de una mujer diciendo "la veintidós al fondo Susan, al lado de la puerta".
- Peluquera: ¿Cómo estás Susan? ¿El mismo color, el mismo brillo, el mismo peinado? ¿Quieres que te hagamos un peeling?
- Susan: Todo igual cariño. El peeling para otro día. Lo tuyo es arte amor. Me entrego a ti. Me abandono a ti. Soy tuya por veinte minutos. Nunca le dedico tanto tiempo a un hombre. Pero sí a mi peluquera. Para la próxima semana quiero un body painting. Son ustedes las mejores.
- Peluquera: Gracias Susan. Estamos encantadas contigo. Te damos lo mejor. La mejor atención es para ti cariño.
- Manicura: Hola Susan. Bellas manos para la más bella de las princesas. Me encanta atenderte cielo.
- Pedicura: Qué tal Susan. Estás bellísima hoy.
- Dueño del local: Hola Susan. Ya viene por ti el Silver tips. Te damos lo mejor. Te lo mereces.
- Susan: Mis últimas vacaciones fueron maravillosas. Llevé a los niños a Lech, Austria. Fue alucinante. Ellos nunca habían estado en la nieve y la verdad que pasamos dos semanas preciosas. Nos hacía falta. Sobre todo a los niños.
- Manicura; Lleváis una vida preciosa. Nos alegramos por ello. Es que eres verdaderamente sensacional Susan.
- Pedicura: Nuestros hijos son la parte más importante de nuestras vidas. Aquello que hace que nos levantemos por la mañana.
- Susan: Cuanto hay de cierto en lo que dices. Fueron un par de semanas de ensueño.
- Manicura: Ayer vi a Robert por la televisión. Ese buenmozo que venía a dejarte.
- Susan: No lo he visto en estos últimos cuatro meses. Todo terminó entre nosotros. A veces me llama. Somos buenos amigos. Él no era para mí. Yo no era para él.
- Peluquera: Es lo que me pasó con Joseph. Yo no era para él y él no era para mí. Él se fue con mi amiga Dorothy. Yo me fui con su amigo Francis.
- Dueño del local: Su Silver tips Susan. La mejor atención para la flor más bella.
- Susan: Gracias Phil. Siempre tan atento. Gracias.
La conversación gira interminablemente en aquellos términos. Rebaja de saldos. Obituarios. Cumpleaños. Comida étnica. Chismografía variada. Y una pasada de Cartier. Gucci y Armani. Luego Susan se despide de la peluquera, la manicura, la pedicura y del dueño del local. Se escuchan sus pasos. Luego se interrumpe la grabación.
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Julieta no responde |
¿Qué quieres hacer de lo nuestro amada mía? ¿Una de Ingmar Bergman tortuosa? Dime. ¿Eso quieres? ¿Quieres un poco de melancolía en tu vida? ¿Te falta algo de tristeza definitiva? ¿Un diluvio de rencores y amaneceres de espinas? ¿Quieres acaso que te lleve al cadalso? Dime por favor qué mierda quieres. Un tren de frente. Un libro de Paulo Coelho. ¿Quieres algo de cicuta? ¿Morir en Calcuta? ¿Quieres que te compre mandolinas? ¿Quieres un vino del Duero con denominación de origen? ¿Una mañana en Puerto Natales? ¿Un sombrero de charro mexicano? ¿Un diamante africano? ¿Quieres un africano? No sé lo que quieres. Sé que lo que quieres lo quieres ya. ¿Mi alma? Te la regalo. Dios no lo necesita. Yo tampoco. Entonces dime qué es lo que quieres. ¿Mi vida? ¿Quieres mi vida? Ella no vale mucho para mí. Te puede llegar a servir. A mí me dio muchos dolores de cabeza. Dime. Dime definitivamente qué quieres. Suelto mis manos de su cuello. No responde.
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Siempre fui un buen chico |
Ella me dice que es imposible. Que no puede ser. Qué cómo. Pero me estás mintiendo dice Javiera. ¿O es que acaso ahora te las quieres dar de escritor maldito? Escribes en un blog y quieres impresionar día a día. Ya no hay ideas en tu cabeza. La verdad que nunca tuviste una buena idea. Sólo pequeñas historias de mierda que nadie cree. Que nadie lee. Quieres convencerme a mí con esta historia que acabas de contarme. Que yo te crea. Yo no soy la lectora típica de tu blog. Yo te conozco. Te conozco desde la época en que no escribías. Cuando eras futbolista. Nadie como yo sabe que siempre fuiste un buen chico. Un buen chico antes de ahora. Antes que empezaras a escribir. A mí no me vengas con esa. De la noche a la mañana no puedes haber cambiado. Cuántos años hace que nos conocemos. Dime. Cuántos. No puedes ser tan bestia. Tan mala persona. Tan hijo de puta. No puedes decirme a mí. A mí. Que te conozco como si te hubiera parido. Que asistió a todos tus cumpleaños. La verdad que no soporto. De ninguna manera. En absoluto. No soporto que vengas y me digas que un día te acostaste con tu madre.
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En la sala 23 para mayores de 40 |
El Chino conoció a Rosemary en un Chat de Latin Chat. En la sala 23 para mayores de 40. La misma noche que la conoció se asilaron en el Messenger. Me lo contó el Chino. Un poco gordita me dijo, cuando la vio en video chat. Pero dulce, linda y muy simpática. Siempre me tenía al tanto de Rosemary. Rosemary era de Santiago de Chile. El Chino de Punta Arenas. Rosemary trabajaba en un banco. Rosemary era madre soltera. Rosemary estaba resfriada. Rosemary viajó a Buenos Aires. Rosemary se fue de compras. Rosemary estaba indispuesta. Cuatro meses de messengeo constante. El Chino juntó aplomo, decisión y dinero. Compró su pasaje a Santiago. Por fin conocería a la dulce, linda y simpática Rosemary. Yo lo acompañé al aeropuerto. Le llevaba de regalo productos típicos de la zona. Queso de oveja, jam de ruibarbo y dulce de calafate. En Santiago compraría un ramillete de rosas holandesas. También le regalaría aquel CD de Alex Ubago que juntos solían escuchar por Messenger. El Chino, luego de conocer a Rosemary, volvería a la ciudad el 10, partió el 5. Lo volví a ver el 15. Lo vi triste, como antes de conocer a Rosemary. En la sala 23 para mayores de cuarenta.
Nos juntamos en el bar Copelia weon, cuando de repente vi venir a una enana weon, que venía sonriendo hacía mí weon, me dijo "Hola" weon, una enana de un metro treinta weon, y sabes lo que me dice la enana weon: "¿Nunca te conté que era chiquita?" Nunca me contó eso la enana culiá weon. Estuve dos minutos y me mandé a la mierda weon. Me gasté 250.000 pesos weon.
La verdad que en ese momento no me reí. No tenía porqué hacerlo. Me dio pena realmente. Me dio pena por Rosemary. De esto hará cinco meses. Todavía me estoy riendo.
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Soy el amor de tu vida |

Una vez conocí a una feminista. Yo era feminista. Una vez conocí a una chica que le gustaba el pescado frito. A mi también. Una vez conocí a una mujer que le encantaba toda la década del ochenta. Fue lejos la mejor época, le dije. Conocí a una militante de izquierda. Inmediatamente me convertí en el Ché. Cristina había descubierto el jazz. Loca por el jazz. Me hice adicto al jazz. Jazz mañana, tarde y noche. Sobre todo Miles Davis. A ella le encantaba. A mí también. Leonor se había adscripto a Greenpeace. Inmediatamente me hice acólito defensor de las ballenas azules, blancas y amarillas. En el bar Melissa conocí a la francesita Michelle. Me la presentó Bruno. Ella es Michelle, le gusta el cine negro. Estuve toda la tarde hablando de cine negro con Michelle. Luego conocí a Susan. Susan -americana de Cincinnati- había venido a la Patagonia por un doctorado en aborígenes australes. Yo soy tataranieto del último aborigen. Me convertí en su mejor guía. Nadie sabía tanto sobre el tema como yo. Conocí a Ramona amante de los caballos. A Lucía fotógrafa. A Verónica cirujana. A Valeria folklorista. A Marta que trabajaba en una financiera. A Rebeca cocinera. A Javiera profesora. A Ernestina filósofa. Me transmutaba perfectamente. Yo era amante de los caballos. Yo era fotógrafo. Yo cirujano. Yo folklorista. Yo sabía más que nadie sobre el sistema financiero internacional. A Rebeca le enseñé la cazuela de congrio. No la de Neruda que es una mierda, sino que la verdadera y ancestral cazuela de congrio. Yo profesor. Yo filósofo. Yo el perfecto Zeitgeist mejorado Yo el tipo que se acostó con todas ellas. Y que por un instante fue todo lo que ellas desearían que fuera. Yo. El gran hijo de puta.
Ilustración Javier Molinero
Blog de Javier
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En el casino de Puerto Natales |
Me llama Martín y dice que llegó al pueblo. Martín llegó al pueblo. Nosotros le decimos ciudad al pueblo. Pero eso es otra historia. Otra histeria. Martín es mi amigo y jugador de póker aficionado. Aficionado absolutamente a jugar al póker. Me cita en el casino. Voy. Apenas lo veo me dice que pida un trago. Que pida lo que quiera. Que él está en la mesa de póker del fondo. Que está ganando. Me reitera que pida lo que quiera. Miro la mesa del fondo y veo a mi vecina Naty con su comadre, tres tipos que no conozco, un argentino con la camiseta de su selección y también veo a Spiro con el croata Pivcevic.
La verdad que Martín no me dio tiempo a nada. No pude contarle sobre el documental. De la repentina muerte de Yolanda. De mi viaje a Portugal. Ni de mi nuevo libro publicado por Mondadori. Desde la mesa de póker del fondo veo a Martín levantar su copa y brindar. A lo lejos brinda conmigo. Yo levanto mi copa y brindo con él. A los lejos. Termino de tomar mi Manhattan. Llamo a la chica y le pido una Margarita. Voy donde Martín y le pregunto si quiere un trago. Trago que pagará Martín. Me dice que una Coca Light. Lo pido y se lo llevo. Me dice bajito que esta noche tiene una suerte endemoniada. Que está ganando 200 euros. Vuelvo a mi mesa. Volvemos a brindar a lo lejos. Qué haces acá me pregunta Fabián, que llega con su pareja. Le respondo que acompaño a Martín. Le pido que me acompañen y les ofrezco un trago. Yo pido un Metropolitan. Vuelvo donde Martín y le digo que está Fabián y su pareja en mi mesa y que les ofrecí un trago. Me dice que no hay problemas. Que él paga. Que hasta el momento lleva ganados 300 euros. Vuelvo a la mesa.
Aparece Néstor con su pareja. La última vez que vi a Néstor fue en el mundial del 86, en México. Nos abrazamos y casi lloramos. Le presento a Fabián y su pareja. Los invito a mi mesa y les ofrezco un trago. Yo pedí un Pisco Souer, 3 partes de pisco de 35%, 1 parte de jugo de limón recién exprimido y azúcar y hielo a gusto. Arrimamos dos mesas a la mía, la verdad que era una noche encantadora. Risas, chistes y moralejas. Estaba desechando la idea de que el casino es un lugar falso y lúgubre. A lo lejos brindaba con Martín.
Luego llegó Alejandro. No podía creer que estuviese allí. Hacía apenas una semana me había mandado un correo de Chicago. Es una sorpresa Hugo, me dijo. Toma lo que quieras le dije. Pidió un Alexander Calúa. Esto ya se había convertido en el camarote de los Hermanos Marx. Pedí un Tequila Sunrise. Todos los que no habían pedido, pidieron. Una noche maravillosa. Sentí que era mi noche. Hasta recité un par de poemas. El de la rana que murió de amor y el del día que conocí a Anaïs Nin. Me olvidé de Martín cuando Fabián dijo que fuéramos a su casa a terminar la noche.
A la mañana siguiente desperté con un dolor de cabeza esperpéntico y con el teléfono sonando. La puta madre pensé, quién mierda llama a las tres de la tarde de un día domingo. Era Martín. "Hijo de puta, de la puta madre que re mil parió, dejaste una cuenta en el casino de 400 euros que tuve que pagar, más los mil que perdí, te voy a matar la concha de tu madre". Corté.
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En los Canallas del 43 en mitad de la 35 |

Yo se le dije en broma. Lo juro: "Las canciones románticas terminarán con nuestro amor". Se lo dije riéndome. Ella también río de buena gana. Todos los viernes la pasábamos en el karaoke del Canalla del 43. Y siempre era lo mismo. A ella le encantaban las canciones románticas. Siempre eran las mismas canciones. La 22, la 28, la 35 y la 47. Jeanette, Roberto Carlos, Julio Iglesias y José José. Andrea era la mejor. Ella lo sabía. Se preparaba. El lunes elegía su atuendo. El martes los zapatos. El miércoles el collar. El jueves ensayaba. El viernes el peinado. Siempre al partir para el karaoke, Andrea se tomaba tres medidas de ginebra. Ella decía que la ginebra actuaba en dos frentes. Le aclaraba la voz y la desinhibía. Y aquel viernes 23 de enero a las 23 horas, estábamos allí. La 22 fue genial. En la 28 el local se vino abajo. El dueño le trajo un trago de atención del local. En mitad de la 35 cayó desplomada. El doctor del pueblo dijo que fue un ataque masivo al corazón. De esto hace un año. Ayer fui con un grupo de amigos a visitar su tumba. El petiso Iturriaga había terminado el trabajo que le encomendé. Una placa de bronce: "Las canciones románticas terminaron con nuestro amor".
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La loca del 14 de febrero |
Como todos. He sido afortunado y desafortunado en el amor. También en otras cuestiones que no vienen al caso. Lo cierto es que cuando ella me dejó, me vi sumergido en un colapso traumático. El infierno y el bombardeo a Irak no era nada. Absolutamente nada. Comparado con el dolor de haberla perdido. Implicaba que aquello que amaba había dejado de hacerlo. Pero ella me convenció. Me convenció que el término de nuestra relación, había sido por mi culpa. Que después de haber probado la cicuta. De bajar del Olimpo de la decepción. De haber tomado miles de litros de alcohol para, tontamente, amenguar el dolor. Que después de querer matarme. De noches y noches sin dormir. De tomar pastillas y más pastillas de todos los laboratorios del mundo. Me convenció que yo tenía la culpa. Yo tenía la culpa. Porque nunca fui lo suficientemente atento con ella. Porque nunca estaba cuando ella "me necesitaba". Porque pataplin y pataplan. Yo era el culpable de que ella me dejara. Y si yo sufría era porque era (no valga la redundancia), un soberano pelotudo. Ella me dejó porque yo nunca, pero nunca, pero nunca; le regalé una rosa el 14 de Febrero. Al final la ghicha me convenció. Yo era él culpable. Tarde me enteré que le decían "la loca del 14 de febrero".
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La gira de Dios |
Era la primera vez que Dios llegaba a Puerto Natales. Una camioneta con altoparlates anunciaba su presentación. Actuaría en el gimnasio local. Todo el mundo revolucionado con la llegada de Dios. La verdad que si me dieran a elegir, preferiría ir a ver a los Rolling Stones. Gente que llega al almacén me preguntan si voy a ir a ver a Dios. Les digo que no puedo. Que debo mantener el negocio abierto. Que debo pagar algunas facturas. Pagar mis impuestos. Me dicen que todo el mundo va a ir. Que nadie vendrá a comprar al almacén, que el pueblo estará en el gimnasio local. No importa, les digo, alguien puede venir. La cita era a las nueve de la noche. Un cuarto de hora antes de las nueve, entra Dios al almacén. Inmediatamente lo reconocí. Un tipo inconfundible. Lo atendí como a cualquier otro cliente. En aquello soy intransigente. Atiendo a todos por igual. Pidió cigarrillos, una caja de vino, pan, medio kilo de tomates y un desodorante. Mientras lo atendía me comentó que él también tenía un almacén. Un poco más grande que el mío. Que la crisis también lo había afectado. Que cada vez menos gente llegaba a su almacén. La verdad que fue muy amable. No el tipo osco, déspota y lejano como comentaban por ahí. Pienso que tuve suerte de no ir. Su compra por pequeña que haya sido, me sirvió.
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La vida es bella |

Es que no me gusta Arjona le digo. Dime porqué no te gusta Arjona, insiste Jhoana. No me gusta y punto. No te gusta y punto ¡qué lindo no! me dice, y no das ninguna explicación del porqué no te gusta, sólo que no te gusta y punto. Le digo que lo encuentro tonto, presumido, maricón, gilipollas, pinche, cabrón, hijo de la gran chingada. El que está con Jhoana me pregunta si estoy loco. Que no hablo de sus canciones, de su música. Que yo debo tener el gusto como el culo. Que Arjona es el mejor cantautor que ha dado América Latina. De las cinco mesas del bar se escuchan voces a favor y en contra. Jhoana me dice: "mira lo que has armado sólo porque no te gusta Arjona". Le digo que yo no armé nada, que solamente le di mi parecer a su pregunta de si me gustaba Arjona. El que está con Jhoana dice que soy una mierda y que mi opinión me lo meta por ahí. Salen en mi defensa Spiro y Bruno que están sentados en la mesa que está al lado del baño. Dicen que se dejen de joder, que a no todo el mundo le gusta Arjona. Un marinero que está sentado en la mesa que da a la calle, le dice a Spiro que por qué se mete, que nadie le dio vela en ese entierro. La dueña nos dice a todos que bajemos la voz, que en cualquier momento puede llegar la policía. Que son las cinco de la mañana. Veo que Bruno se trenza a puñetazos con el marinero y un amigo de éste. Que los de la mesa del centro salen en defensa de Bruno. Jhoana y el que está con ella salen en defensa del marinero. Le digo a la dueña del bar que mañana le pago. Me voy. Desde la esquina escucho la batahola. Llego a mi casa y escucho a Haendel, Oda para el cumpleaños de la Reina Ana. Fumo un puro que me trajo Pamela de Cuba. Pienso que la vida es bella.
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El fútbol y el Espíritu Santo |
Cuando yo era niño, tenía un mundo por jugar. Sobre todo al fútbol. Los días eran largos y amables. Las nubes sobre el cielo de la Patagonia. El horizonte lleno de goles. El juego del trompo y la bolita no podían esperar. También el jueguito del zuncho, que se hacía con el cintillo que traían los barriles de vino. Acompañábamos al zuncho con un alambre con vueltita. Lo girábamos y girábamos. El frenesí de jugar en la Patagonia. Todo se reducía a una sola cosa. Jugar. También cazar pajaritos con honda. Una maderita con forma de Y, dos elásticos y una bandita de cuero amarrada con hilo al medio, una piedra y chau pajaritos. Aquello ahora, puede sonar cruel, en nuestros tiempos no lo era.
Pero de pronto se interpuso en mi vida, Dios. Y junto con Dios, la Iglesia de la cual era militante mi abuela. Mi abuela María. Mientras mis amigos jugaban y jugaban, yo partía los domingos con mi abuela a una iglesia. La Metodista Pentecostal, una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe.
Todo el juego por jugar y yo metido en la iglesia. Cantando coritos. Hincándome. Alabando a Dios. Rezando por nuestras pobres almas perdidas. Pensé que debería hacer algo rápido. Inventar un juego allí. En la iglesia. Un minuto sin jugar y yo no era yo. Yo no era nadie. Es que no se puede soportar tanto fervor religioso. Y al final lo logré. Casi sin darme cuanta inventé el juego más glorioso del cual tengo memoria. Jugué el juego del niño tomado por el Espíritu Santo. El elegido de Dios. Cerraba mis ojos y deambulaba por el recinto hablando lenguas extrañas. Poseído. La total posesión. Pasaba entre la corrida de asientos haciendo de las mías. Le pisaba los callos al Pastor. Siempre hablando en lenguas. Un agarrón a la chica que me gustaba. Un puñete sin querer el chico que me caía mal. Y los hermanos entusiasmados con el niño que lo había tomado el Espíritu Santo. Yo, el elegido. El Pastor con las manos batientes y diciendo, ¡Aleluya, Aleluya hermanos!, alabado sea Dios. Dios está acá y a hecho su obra en este niño. Amén respondía la concurrencia. ¡Amén, Amén, Amén hermanos Alabado sea Dios.
Evidentemente era el mayor espectáculo del pueblo. Sino de la Patagonia entera. Esto ocurría todos los domingos. Ya no sentía dolor en ir a la iglesia con mi abuela. Esperaba impaciente los domingos para ir y brindar mi función. Fueron dos meses de frenesí religioso. La iglesia aumentó su cantidad de fieles. El Pastor me recibía con honores. Verdaderamente mi espectáculo era formidable. Mi abuela emanaba una beatitud excelsa. Durante la semana ya no me regañaba como antes. Me cuidaba. Me permitía comer todos los dulces del negocio. Me trataba con un cariño sobredimensionado. Pero en esta vida todo acaba. Y acabó de la peor manera. Ya que cuando estaba hablando en lenguas, junto a un… zarapalanda belanda rami turonagua, se me salió un: "puta que cansa esta mierda". Primero fue una risita aislada. Después toda la iglesia prorrumpió en una carcajada general. Hasta ahí llegó mi impostura de niño poseído. Poseído por el Espíritu Santo. Mi abuela me sacó de la iglesia tomado de las orejas. Me quedé un mes sin dulces y nunca más me llevó a la Iglesia. A la iglesia Metodista Pentecostal. Una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe. De ahí en más, volví a jugar al fútbol, al trompo, las bolitas, al zuncho, a matar pajaritos con honda y a ser el chico normal y juguetón que siempre fui. Demos gracias a Dios. Amén.
Pero de pronto se interpuso en mi vida, Dios. Y junto con Dios, la Iglesia de la cual era militante mi abuela. Mi abuela María. Mientras mis amigos jugaban y jugaban, yo partía los domingos con mi abuela a una iglesia. La Metodista Pentecostal, una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe.
Todo el juego por jugar y yo metido en la iglesia. Cantando coritos. Hincándome. Alabando a Dios. Rezando por nuestras pobres almas perdidas. Pensé que debería hacer algo rápido. Inventar un juego allí. En la iglesia. Un minuto sin jugar y yo no era yo. Yo no era nadie. Es que no se puede soportar tanto fervor religioso. Y al final lo logré. Casi sin darme cuanta inventé el juego más glorioso del cual tengo memoria. Jugué el juego del niño tomado por el Espíritu Santo. El elegido de Dios. Cerraba mis ojos y deambulaba por el recinto hablando lenguas extrañas. Poseído. La total posesión. Pasaba entre la corrida de asientos haciendo de las mías. Le pisaba los callos al Pastor. Siempre hablando en lenguas. Un agarrón a la chica que me gustaba. Un puñete sin querer el chico que me caía mal. Y los hermanos entusiasmados con el niño que lo había tomado el Espíritu Santo. Yo, el elegido. El Pastor con las manos batientes y diciendo, ¡Aleluya, Aleluya hermanos!, alabado sea Dios. Dios está acá y a hecho su obra en este niño. Amén respondía la concurrencia. ¡Amén, Amén, Amén hermanos Alabado sea Dios.
Evidentemente era el mayor espectáculo del pueblo. Sino de la Patagonia entera. Esto ocurría todos los domingos. Ya no sentía dolor en ir a la iglesia con mi abuela. Esperaba impaciente los domingos para ir y brindar mi función. Fueron dos meses de frenesí religioso. La iglesia aumentó su cantidad de fieles. El Pastor me recibía con honores. Verdaderamente mi espectáculo era formidable. Mi abuela emanaba una beatitud excelsa. Durante la semana ya no me regañaba como antes. Me cuidaba. Me permitía comer todos los dulces del negocio. Me trataba con un cariño sobredimensionado. Pero en esta vida todo acaba. Y acabó de la peor manera. Ya que cuando estaba hablando en lenguas, junto a un… zarapalanda belanda rami turonagua, se me salió un: "puta que cansa esta mierda". Primero fue una risita aislada. Después toda la iglesia prorrumpió en una carcajada general. Hasta ahí llegó mi impostura de niño poseído. Poseído por el Espíritu Santo. Mi abuela me sacó de la iglesia tomado de las orejas. Me quedé un mes sin dulces y nunca más me llevó a la Iglesia. A la iglesia Metodista Pentecostal. Una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe. De ahí en más, volví a jugar al fútbol, al trompo, las bolitas, al zuncho, a matar pajaritos con honda y a ser el chico normal y juguetón que siempre fui. Demos gracias a Dios. Amén.
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La final de la Champions |
Escucho a Herman Dune. Afuera el viento y un auto que se estaciona. Durante dos minutos escucho el ruido del motor. Luego golpean la puerta. Voy y miro por la ventana. A través de la neblina veo dos bultos que me hacen seña para que abra la puerta. Lo hago. Se presentan. Los hago pasar. Se sientan en mi mesa. El señor me pregunta si yo sé a qué habían venido. Le digo que no sé, aunque yo sé que se. Te vengo a matar me dice él. Le digo que por favor hable bajito, que mi hijo duerme. Que por la mañana tiene que ir al colegio. Mabel me ha contado todo, me dice. Saca una pistola y la deja sobre la mesa. Veo a Mabel hermosa y abrumada. Arrimo un par de vasos y con absoluta sangre fría les sirvo de mi ginebra. Le pregunto al marido de qué se trata la visita. Me vuelve a decir que Mabel le ha contado todo. Bebemos durante un largo silencio. Mabel tiembla. El marido tiembla. Yo tiemblo. Afuera el viento, Herman Dune como si nada, continúa cantando. Me pregunta quién canta, le digo que Herman Dune. Sirvo una nueva corrida de ginebra. Se produce un silencio escandaloso. Una eternidad. Vuelvo a llenar los vasos. El hombre comienza a llorar. Mabel llora desconsolada. Pongo mis codos sobre la mesa. Mis manos sobre mis sienes. Lloro. Abro una segunda botella de ginebra. Sirvo. Me pregunta si me gusta el fútbol. Guarda la pistola. Le hablo con lujo de detalles del gol de Diego a los ingleses. De los mil goles de Pelé. De mi furibundo amor por el Fenerbahce turco. Mabel ríe. El marido ríe, yo también. Al despedirse me pregunta si puede venir un día cualquiera para hablar de fútbol. Le digo que no hay problemas. Que siempre habrá una ginebra sobre la mesa y una pelota de fútbol dando vueltas. Nos despedimos con afecto. Mi hijo al despertar, me pregunta si puede faltar al colegio el miércoles. Me dice que es la final de la Champions y no se lo quiere perder. Le digo que no hay problemas. Que el fútbol es lo más importante que hay en la vida.
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Leopoldo María Panero: El manicomio de Mondragón |
A QUIEN ME LEYERE
LOS LIBROS caían sobre mi máscara (y donde había un rictus de viejo moribundo), y las palabras me azotaban y un remolino de gente gritaba contra los libros, así que los eché todos a la hoguera para que le fuego deshiciera las palabras...
Y salió un humo azul diciendo adiós a los libros ya mi mano que escribe: "Rumpete libros, ne rumpant anima vestra": que ardan, pues, los libros en los jardines y en los albañales y que se quemen mis versos sin salir de mis labios:
el único emperador es el emperador del helado, con su sonrisa tosca, que imita a la naturaleza y su olor a queso podrido y vinagre. Sus labios no hablan y ante esa mudez me asombro, caigo estático de rodillas, ante el cadáver de la poesía.
Leopoldo María Panero
1/3/87
1/3/87
I
Dérisoires martyrs...
STÉPHANE MALLARMÉ
Dérisoires martyrs...
STÉPHANE MALLARMÉ
En el obscuro jardín del manicomio
Los locos maldicen a los hombres
Las ratas afloran a la Cloaca Superior
Buscando el beso de los Dementes.
Un loco tocado de la maldición del cielo
Canta humillado en una esquina
Sus canciones hablan de ángeles y cosas
Que cuestan la vida al ojo humano
La vida se pudre a sus pies como una rosa
Y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
Una Princesa.
Los ángeles cabalgan a lomos de una tortuga
Y el destino de los hombres es arrojar piedras a la rosa
Mañana morirá otro loco:
De la sangre de sus ojos nadie sino la tumba
Sabrá mañana nada.
El loquero sabe el sabor de mi orina
Y yo el gusto de sus manos surcando mis mejillas
Ello prueba que el destino de las ratas
Es semejante al destino de los hombres.
EL LOCO MIRANDO DESDE LA PUERTA DEL JARDÍN.
Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina
LAMED WUFNIK
Yo soy un lamed wufnik
sin mí el universo es nada
las cabezas de los hombres
son como sucios pozos negros
yo soy un maed wufnik
sin mí el universo es nada
dios llora en mis hombros
el dolor del universo, las flechas
que le clavan los hombres
yo soy un lamed wufnik
sin mí el universo es nada
le conté un día a un árabe
oscuro, mientras dormía
esta historia de mi vida
y dijo "Tú eres un lamed wufnik"
sin ti Dios es pura nada
* y añadió, "y entre los árabes, un kutb"
(v. Jorge Luís Borges, El Libro de los seres imaginarios)
EL LOCO AL QUE LLAMAN EL REY
Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada
con peces muertos en los peldaños
y una sirena ahogada en mi mano que enseño
mudo a los viandantes pidiendo
como el poeta limosna
mano de la asfixia que acaricia tu mano
en el umbral que me une al hombre
que pasa a la distancia de un corcel
y cándido sella el pacto
sin saber que naufraga en la página virgen
en el vértice de la línea, en la nada
cruel de la rosa demacrada
donde
ni estoy yo ni está el hombre
A José Saavedra
Has dejado huella en mi carne
y memoria en la piel de las interminables bofetadas
que surcan mi cuerpo en le claustro del sueño
quién sabe si mi destino se parecerá al de un hombre
y nacerá algún día un niño para imitarlo.
Ven hermano, estamos los dos en el suelo
hocico contra hocico, hurgando en la basura
cuyo calor alimenta el fin de nuestras vidas
que no saben cómo terminar, atadas
las dos a esa condena que al nacer se nos impuso
peor que el olvido y la muerte
y que rasga la puerta última cerrada
con un sonido que hace correr a los niños
y gritar en el límite a los sapos.
II
Ne sachant pas, ingrat!, que c'était tout mon sacré
ce fard noyé dans l'eau perfide des glaciers
STÉPHANE MALLARMÉ
Ne sachant pas, ingrat!, que c'était tout mon sacré
ce fard noyé dans l'eau perfide des glaciers
STÉPHANE MALLARMÉ
En mi alma podrida atufa el hedor a triunfo
la cabalgata de mi cuerpo en ruinas
a donde mis manos para mostrar la victoria
se agarran al poema y caen
y una vieja muestra su culo sonrosado
a la victoria
pálida del papel en llamas,
desnudo, de rodillas, aterido de frío
en actitud de triunfo.
a Marava
Brindemos con champagne sobre la nada
salto de un saltimbanqui en el acero escrito
donde la flor se desnuda y habita entre los hombres
que de ella se ríen y apartan la mirada
sin saber oh ilusión que es también la nada
adonde ellos la vuelven y que a cada jugada
se tiene la Muerte ante el jugador desnuda
enanos juegan con cabezas humanas.
EL QUE ACECHA EN EL UMBRAL.
a Inés Alcoba.
Si la beauté n'etait la mort
Si la beauté n'etait la mort
Toda belleza por el cadáver pasa
y se limpia en el río de la muerte, el Ganges
que a los inmortales conduce
toda mujer
se transfigura en la tumba y adorna
en el eterno peligro de la nada
así, querida
sabrás mueriendo lo que es el Adorno
y te adorarán los pulgones y aplaudirán las ranas
de ellas compuesto el canto eterno de la nada
oh, tú, hermana
llena con tu cántico mi noche
de tu susurro delgada hermana
de tu sollozo
que la nada devora Sabiendo así lo que es el Adorno
las chotacabras avisan Su Llegada.
A MI MADRE
(reivindicación de la hermosura)
(reivindicación de la hermosura)
Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)
LOS INMORTALES
Cada conciencia busca la muerte de la otra
HEGEL
HEGEL
En la lucha entre conciencias algo cayó al suelo
y el fragor de cristales alegró la reunión
Desde entonces habito entre los Inmortales
donde un rey come frente al Ángel caído
y a flores semejantes la muerte nos deshoja
y arroja en el jardín donde crecemos
temiendo que nos llegue el recuerdo de los hombres.
Llega del cielo a los locos sólo una luz que hace daño
y se alberga en sus cabezas formando un nido de
serpientes
donde invocar el destino de los pájaros
cuya cabeza rigen leyes desconocidas para el hombre
y que gobiernan también este trágico lupanar
donde las almas se acarician con el beso de la puerca,
y la vida tiembla en los labios como una flor
que el viento más sediento empujara sin cesar
por el suelo
donde se resume lo que es la vida del hombre.
Del polvo nació una cosa.
Y esto, ceniza del sapo, broce del cadáver
es el misterio de la rosa.
Debajo de mí yace un hombre
y el semen
sobre el cementerio
y un pelícano disecado creado nunca ni antes
Caído el rostro
otra cara en el espejo
un pez sin ojos
Sangre candente en el espejo
sangre candente
en el espejo
un pez que come días pre-
sentes sin rostro
HIMNO A SATÁN
Tú que eres tan sólo
una herida en la pared
y un rasguño en la frente que induce suavemente
a la muerte.
Tú ayudas a los débiles
mejor que los cristianos
tú vienes de las estrellas
y odias esta tierra
donde moribundos descalzos
se dan la mano día tras día
buscando entre la mierda
la razón de su vida;
ya que nací del excremento
te amo
y amo posar sobre tus
manos delicadas mis heces
Tu símbolo era el ciervo
y el mío la luna
que la lluvia caiga sobre
nuestras fauces
uniéndonos en un abrazo
silencioso y cruel en que
como el suicido, sueño
sin ángeles ni mujeres
desnudo de todo
salvo de tu nombre
de tus besos en mi ano
y tus caricias en mi cabeza calva
rociaremos con vino, orina y
sangre las iglesias
regalo de los magos
y debajo del crucifijo
aullaremos.
EL LAMENTO DE JOSÉ DE ARIMATEA
No soporto la voz humana,
mujer, tapa los gritos del
mercado y que no vuelva
a nosotros la memoria del
hijo que nació de tu vientre.
No hay más corona de
espinas que los recuerdos
que se clavan en la carne
y hacen aullar como
aullaban
en el Gólgota los dos ladrones.
Mujer,
no te arrodilles más ante
tu hijo muerto.
Bésame en los labios
como nunca hiciste
y olvida el nombre
maldito
de Jesucristo.
Danza en la nieve
mujer maldita
danza hasta que tus pies
descalzos sangren,
el Sabbath ha empezado
y en las casas tranquilas
de los hombres
hay mucho más lobos que aquí.
Luego de bailar toca
la nieve: verás que es buena
y que no quema tus manos
como la hoguera
en la que tanta belleza
arderá algún día.
Partiendo de los pies
hasta llegar al sexo
y arrasando los senos
y chamuscando el pelo
con un crujido como de
moscas al estallar
en la vela.
Así arderá tu cuerpo
y del Sabbath quedará tan sólo una lágrima
y tu aullido.
ACERCA DEL CASO DREYFUSS SIN ZOLA
O LA CAUSALIDAD DIABÓLICA
O LA CAUSALIDAD DIABÓLICA
EL FIN DE LA PSIQUIATRÍA
LA LOCURA se puede definir, muy brevemente, como una regresión al abismo de la visión o, en otras palabras, al cuerpo humano que ésta gobierna. En efecto, la zona occipital, que regula el desarrollo del a visión, controla, según mi hipótesis, el cerebro, y el cerebro controla todo el cuerpo. De ahí que sea tan importante lo que Lacan minimizaba como "inconsciente escópico", y esa mirada a la que el dicho psicoanalista apodaba "objeto a minúscula". Por el contrario, la mirada es un infinito. Contiene imágenes en forma de alucinaciones que no lo que Jung llamara "arquetipos" y Rascowski "visión prenatal". Ferenczi habó del inconsciente biológico: por muy increíble que parezca, éste está contenido en la mirada en forma de alucionaciones. La magia, el inconsciente antes de Freud, lo sabía: "fons oculus fulgur". Freud también decía que el inconsciente se crea a los cuatro o cinco años; en efecto, los niños padecen dichas alucinaciones de una forma natural: de ahí el retorno infantil al totemismo, del que hablara también el fundador del psicoanálisis.
Pero el cuerpo humano, que, salvo para los niños, es un secreto, contiene igualmente alucinaciones olfativas o junguiniano alguno, es decir, a inconsciente alguno de la especie o, en otras palabras, a su pasado, en el que los dioses están bajo la figura de tótems, pues no en vano la palabra "zodiaco" significa en griego animales. Dioses esto, pues, corporales, hijos del Sol y de la Tierra.
He aquí, por consiguiente, que le cuerpo contiene la locura y, como el único cuerpo entero que existe es el cuerpo infantil, es por tal motivo que la esquizofrenia tuvo por primer nombre "demencia praecox" o demencia traviesa. Respecto a la paranoia, su problemática es triple o, en otras palabras, quiero decir que existen tres tipos de paranoia, pues ya nos dijo Edwin Lemert que no existe la paranoia pura; uno de los tipos de paranoia cuyo síndrome es el delirio de autorreferencia, nos reenvía al problema de que el psiquismo animal es colectivo, y ese es el magma alquímico, en cuyo seno se hunde al género del paranoico. El otro género de paranoico es el que proyecta su agresividad, con frecuencia, sobre su mujer en el delirio de los celos. El tercer género del paranoico es el que, según ya dijo Edwin Lemert, tiene realmente perseguidores. Ese es el caso al que yo llamo el caso Jacobo Petrovich Goliardkin (el protagonista de El doble de F.N.Dostoyewski). Es un sujeto con frecuencia deforme, enano o simplemente raro, o tan oscuro como Dreyfuss, que es víctima de agresiones, humillaciones y vejaciones por parte de sus amigos o compañeros de oficina, -o, a veces, de un portero, o sencillamente de un camarero-, y que para dar sentido estético a su vivencia se inventa a los masones, o a la C.I.A., metáforas que reflejan a tan sombríos compañeros.
Las otras locuras son frecuentemente producto de la psiquiatría: tal es el caso de las alucinaciones auditivas, que no existen en estado natural alguno y que son producto de la persecución social o psiquiátrica que cuelga, como vulgarmente se dice, en lugar de explicar o aclarar. Pues cada ser humano puede ser en potencia un psiquiatra, con sólo prestarnos la ayuda de su espejo. Pasemos ahora al caso de Dreyfuss; el caso Dreyfuss, en verdad, fue, como el mío, un caso muy extraño. Ni yo ni él entediamos el origen de la persecución; su naturaleza, sin embargo, o su mecanismo puede definirse como el efecto "bola de nieve": se empieza por una pequeña injusticia y se sigue por otra y por otra más aún hasta llegar a la injusticia mayor, la muerte. O bien como en el lynch empieza uno y continúan todos. Así, yo he sido la diversión de España durante mucho tiempo y, a la menor tentativa de defenderme, encontraba la muerte, primero en Palma de Mallorca en forma de una navaja y, luego, en el manicomio del Alonso Vega (Madrid) en forma de una jeringa de estricnina; pero todo por un motivo muy oscuro, no sé si por mi obsesión por el proletariado, nacida en la cuna de la muerte, o bien, por miedo a que desvelara los secretos de un golpe de Estado en que fui utilizado como un muñeco, y en el que los militares tuvieron, primero, la cortesía de apodarme "Cervantes", para llamarme después, en el juicio, "el escritorzuelo". Pero no son sólo los militares los que me usaron; en España me ha usado hasta el portero para ganarse una lotería que de todos depende, porque el psiquismo animal es colectivo, y éste es el motivo de que el chivo expiatorio regale gratuitamente la suerte, en un sacrificio ritual en pleno siglo XX, en nombre de un dios que ya no brilla, sino que cae al suelo herido por las flechas de todos. Ese dios al que todos odian por una castidad que ha convertido al español en un mulo y en una mala bestia. Al parecer toda España ha rodeado amorosamente a la muerte entre sus brazos, y la prefieren la sexo y a la vida.
Que ella les de al fin su último beso en la pradera célebre del uno de mayo.
Pero el cuerpo humano, que, salvo para los niños, es un secreto, contiene igualmente alucinaciones olfativas o junguiniano alguno, es decir, a inconsciente alguno de la especie o, en otras palabras, a su pasado, en el que los dioses están bajo la figura de tótems, pues no en vano la palabra "zodiaco" significa en griego animales. Dioses esto, pues, corporales, hijos del Sol y de la Tierra.
He aquí, por consiguiente, que le cuerpo contiene la locura y, como el único cuerpo entero que existe es el cuerpo infantil, es por tal motivo que la esquizofrenia tuvo por primer nombre "demencia praecox" o demencia traviesa. Respecto a la paranoia, su problemática es triple o, en otras palabras, quiero decir que existen tres tipos de paranoia, pues ya nos dijo Edwin Lemert que no existe la paranoia pura; uno de los tipos de paranoia cuyo síndrome es el delirio de autorreferencia, nos reenvía al problema de que el psiquismo animal es colectivo, y ese es el magma alquímico, en cuyo seno se hunde al género del paranoico. El otro género de paranoico es el que proyecta su agresividad, con frecuencia, sobre su mujer en el delirio de los celos. El tercer género del paranoico es el que, según ya dijo Edwin Lemert, tiene realmente perseguidores. Ese es el caso al que yo llamo el caso Jacobo Petrovich Goliardkin (el protagonista de El doble de F.N.Dostoyewski). Es un sujeto con frecuencia deforme, enano o simplemente raro, o tan oscuro como Dreyfuss, que es víctima de agresiones, humillaciones y vejaciones por parte de sus amigos o compañeros de oficina, -o, a veces, de un portero, o sencillamente de un camarero-, y que para dar sentido estético a su vivencia se inventa a los masones, o a la C.I.A., metáforas que reflejan a tan sombríos compañeros.
Las otras locuras son frecuentemente producto de la psiquiatría: tal es el caso de las alucinaciones auditivas, que no existen en estado natural alguno y que son producto de la persecución social o psiquiátrica que cuelga, como vulgarmente se dice, en lugar de explicar o aclarar. Pues cada ser humano puede ser en potencia un psiquiatra, con sólo prestarnos la ayuda de su espejo. Pasemos ahora al caso de Dreyfuss; el caso Dreyfuss, en verdad, fue, como el mío, un caso muy extraño. Ni yo ni él entediamos el origen de la persecución; su naturaleza, sin embargo, o su mecanismo puede definirse como el efecto "bola de nieve": se empieza por una pequeña injusticia y se sigue por otra y por otra más aún hasta llegar a la injusticia mayor, la muerte. O bien como en el lynch empieza uno y continúan todos. Así, yo he sido la diversión de España durante mucho tiempo y, a la menor tentativa de defenderme, encontraba la muerte, primero en Palma de Mallorca en forma de una navaja y, luego, en el manicomio del Alonso Vega (Madrid) en forma de una jeringa de estricnina; pero todo por un motivo muy oscuro, no sé si por mi obsesión por el proletariado, nacida en la cuna de la muerte, o bien, por miedo a que desvelara los secretos de un golpe de Estado en que fui utilizado como un muñeco, y en el que los militares tuvieron, primero, la cortesía de apodarme "Cervantes", para llamarme después, en el juicio, "el escritorzuelo". Pero no son sólo los militares los que me usaron; en España me ha usado hasta el portero para ganarse una lotería que de todos depende, porque el psiquismo animal es colectivo, y éste es el motivo de que el chivo expiatorio regale gratuitamente la suerte, en un sacrificio ritual en pleno siglo XX, en nombre de un dios que ya no brilla, sino que cae al suelo herido por las flechas de todos. Ese dios al que todos odian por una castidad que ha convertido al español en un mulo y en una mala bestia. Al parecer toda España ha rodeado amorosamente a la muerte entre sus brazos, y la prefieren la sexo y a la vida.
Que ella les de al fin su último beso en la pradera célebre del uno de mayo.
Leopoldo María PANERO
Descargar extractos de la película de Jaime Chavarri, El Desencanto, subtitulado en francés.
Descargar extractos de la película de Jaime Chavarri, El Desencanto, subtitulado en francés.
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leopoldo maría panero
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Una cuestión de economía |
Me dijo que se llamaba Alondra. La conocí en el bar de Bruno. Que era de Madrid y tenía 25 años. Que éste era su primer viaje a la Patagonia. Al segundo trago me contó que era tímida, que tenía crisis de pánico, que tenía la columna un poco desviada y que le encantaban las películas de los hermanos Cohen. Al tercer trago se reía desaforadamente, iba una y otra vez al baño, hablaba fuerte y puso sus pies sobre la mesa. En el cuarto trago me dijo que era ninfómana, me preguntó si yo tenía algunos amigos para presentarle, y qué tal era yo para la cama. En el quinto trago, pagué y me fui. Al día siguiente la encontré en el bar de Jorge. Me acerqué a su mesa y la saludé. Rápidamente me di cuenta que no me recordaba. Me dijo que era de Madrid y tenía 25 años. Que éste era su primer viaje a la Patagonia. Al segundo trago pagué y me fui.
| [+/-] |
James Ellroy: Destino: La Morgue |
JAMES ELLROY: DESTINO: LA MORGUE

Soy de L. A. Mis padres me trajeron al mundo en un lugar excelente. Aterricé en el hospital en el que despegó Bobby Kennedy. Mi madre odiaba a los católicos y le gustaban los hombres despiadados. Bobby K. le habría provocado sentimientos contradictorios.
Yo veía L. A. con ojos de nativo. Crecí allí. Tamicé datos y los transfiguré al estilo de los chicos. Se trataba de morbos diversos. La corrupción y la obsesión eran sus hilos conductores. Mi métier fue el noir infantil. Viví en el epicentro del film noir durante la época del film noir. Desarrollé mi propia cepa de morbo raro. Era puro L. A.
Hacia 1950 mi padre trabajaba para Rita Hayworth. Decía que se la cogía. Mi madre cuidaba a astros de cine borrachos. Mi padre era perezoso. Mi madre era una adicta al trabajo. Mi padre me enseñó a leer a la edad de cuatro años.
Tuve acceso a las revistas de escándalos y a la Biblia. El libertinaje y la severa ley de Dios me acosan todavía. En la Biblia había sexo y abundantes carnicerías. En las revistas de escándalos, también. Sexo y porquería publicada. Incubé mis dotes narrativas. Mi imaginación se incendió.
Mis padres se divorciaron en 1955. Mi madre obtuvo la custodia principal. Yo viajaba de uno a otro. Estudiaba sus vidas separadas.
Mi madre bebía combinados de bourbon. Vi lo mucho que le cambiaba el alcohol. Salía con hombres que olían a psicópatas de film noir. La pesqué dos veces in fraganti. Mi padre acechaba el piso y espiaba a su ex. Mi madre me alimentaba con comida sana y novelas épicas. Mi padre me daba salsa de quesos y combates de boxeo. Me enseñó a vitorear. Yo vitoreaba a los boxeadores mexicanos antes que a los negros. Vitoreaba a los púgiles blancos antes que a cualquiera.
Sexo: el asunto más importante de todos. El no va más de los chistes de los `50, quiero conocer al tipo que inventó el sexo y preguntarle en qué anda ocupado ahora.
Mi padre y mi madre me hacían leer. Los dos me llevaban al cine. Mi padre se repetía con historias de actrices ninfómanas. Mi madre hablaba de los actores a los cuidaba. Me llevó al espectáculo de Dean Martin y Jerry Lewis. En una escena aparecía un perro conduciendo un coche. Me desternillé de la risa varios días seguidos. A mi madre le pareció una reacción extrema. Mi madre era una mujer instruida. Decidió llevarme a un psiquiatra infantil.
Los viajes de uno a otro progenitor continuaron. Iba de una casa a la otra y me enteraba de chismes, Rita Hayworth era ninfómana. Rock Hudson, maricón. Floyd Patterson, un campeón de pacotilla. Mickey Rooney era un sátiro.
El calendario llega a junio de 1958. Comienza mi noche de Walpurgis. Mi madre es asesinada. La trama es SEXO. El caso queda sin resolver.
Fui a vivir con mi padre permanentemente. Estaba exultante con la muerte de mi madre e intentaba no regocijarse en mi presencia. Mi congoja era compleja. Odiaba a mi padre y la deseaba sexualmente. BAM: ha muerto. Bam: mi imaginación descubre el CRIMEN.
La fijación eludió la muerte de mi madre y se centró en víctimas sustitutas. La Dalia Negra se convirtió en mi asesinada favorita. Era mi madre hiperbolizada y estaba lo bastante distanciada para saborearla mediante la fantasía. Estudié recortes de prensa sobre la Dalia, fui en bicicleta al lugar donde habían abandonado el cadáver. En mi mente empecé a hilar historias de salvamento. Rescataba a la Dalia cuando el asesino alzaba el cuchillo.
Leí novelas policíacas para chicos. Salté al Mike Hammer de Mickey Spillane. Las historias eran vengadoramente anticomunistas. Me gustaba la rabia y el fervor de Hammer. Yo era un anticomunista infantil. Ansiaba castigar a alguien invisible. Acechaba al asesino de mi madre pero no lo sabía. No sabía que estaba dragando morbo. Para mis páginas futuras. Mi padre me dejaba que me entretuviese leyendo y descuidara mis deberes escolares. Veíamos serie de crímenes en televisión. Conocía a unos de los actores de 77 Sunset Strip. Decía que la mujer del tipo "le mostraba el felpudo". Mi padre sacaba conclusiones erróneas, daba por sentado mi conocimiento del sexo. Alababa a los homosexuales masculinos. Decía que gracias a ellos, aumentaba el número de mujeres cogibles.
Mi rendimiento en la escuela era malo y fui autodidacta. Leí De aquí a la eternidad en 1960. El crimen se mezclaba con la historia social, la chispa que encendió mi grandiosa ambición infantil.
En esa época, mis aptitudes para la vida estaban por debajo de lo normal. A partir los años ´60, declinaron. Vivía para leer y fantasear. Robaba libros, comida y miniatura de coches. Recorría L. A. en mi bicicleta de vendedor de tacos.
Espié a las muchachas en bicicleta. Era un acechador conspicuo. Aceché a las chicas ricas de Hancock Park y a las chicas judías del oeste de Kosher Kanyon. El verano del ´61 me lo pasé acechando. Me encontré con manifestaciones de protesta y arrojé huevos a los estúpidos que quería prohibir la bomba. Se alzó el Muro de Berlín. Tío Sam y los comunistas jugaban a la intimidación. En la tele, un periodista presentaba cada día la gráfica del guerrámetro. Las posibilidades de que hubiese una guerra nuclear subieron hasta el 90 por ciento. La crisis me llenó de alegría nihilista.
Me arrastré de la primaria a la secundaria. El instituto Fairfax era judío casi en su totalidad. Yo sólo destacaba porque era gentil y tenía acné. Anhelaba que me prestaran atención pero carecía de gracia para conseguirlo. Era un mal estudiante, peor deportista y mis relaciones sociales eran pésimas. Quería promocionarme como ser estrictamente único y atraer la atención consiguiente.
Sopesé el dilema. No contré una solución. Me afilié al partido Nazi Americano. Mi primera actuación fue en el barrio judío de Los Ángeles Oeste.
El tiro me salió por la culata... y funcionó. Gracias a eso me prestaron algo de atención. Se me calificó de payaso. Distribuí planfetos racistas y "Billetes de Barco para África". Me ungí como portador de la semilla de la nueva raza superior. Anuncié mi intención de establecer un Cuarto Reich en Kosher Kanyon. Insulté a los negros y denigré a los Protocolos de los Sabios de Sión. Calumnié a Martin Luther Negro y vendí copias del Salmo 23 de los negros. Se burlaron de mí, se rieron de mí, me zarandearon y me dieron empujones. Desarrollé un sentido de la política estilo vodevil y recibí varias patadas en el culo. Mi cuelgue nazi me motivó, me aburrió y me angustió, en sincronía con la respuesta de mi público. Yo vivía para fantasear y asimilar tramas. Los buenos libros y la televisión conformaban mi arte interpretativo.
Estamos en otoño del ´63. La salud de mi padre empeora. La mala alimentación y los cigarrillos. Bam: estrenan la serie El fugitivo.
Es puro concepto. Un médico de pueblo. Su matrimonio va mal. Su mujer es alcohólica. Un mendigo manco entra en la casa y la mata. El médico es acusado del asesinato. Lo juzgan y lo condenan a la silla eléctrica. El remilgado teniente Gerard lo lleva al corredor de la muerte. Bam: el tren descarrila. Bam: el médico huye para siempre. Persigue al mendigo manco. La policía lo persigue a él.
La serie me obsesionó. La serie interfería en mis sueños. El doctor Kimble huía. Yo también huía a toda velocidad. Kimble va a numerosas ciudades. Todas parecen estudios de filmación. A L. A. Kimble es un pararrayos. Atrae descontento sexual. Siempre conoce a las mejores mujeres de la ciudad. Las mujeres eran mi madre transformadas por arte de magia.
Mi padre tuvo un ataque de apoplejía el 1/11/63. Llegué a casa del instituto. Lo encontré llorando y balbuceando. Vi su muerte como mi desamparo y mi propia muerte décadas después. Empecé a prepararme para la vida en solitario. Empecé a excluirlo.
Pasó tres semanas ingresado en el Hospital de Veteranos. Su estado mejoró y sus posibilidades de sobrevivir aumentaron. Yo recorría L. A. en bicicleta. Birlaba revistas nudistas. Visitaba a mi padre. miraba episodios de El fugitivo. Me llevaron hasta el golpe contra JFK. Mi padre salió del Hospital de Veteranos el día del atentado. La muerte de Jack y el consiguiente revuelo lo aburrieron. A mí también. A la mierda con Jack. Éramos republicanos y protestantes.Jack recibía órdenes de Roma. Ese martes casi se cargan a Kimble.
América lloraba a Jack K. eso era carnaza para mi numerito nazi, pero nada más. Johnson incrementó el envío de tropas a Vietnam. Yo apoyé la guerra nuclear. Un vigilante de mi tienda me arrestó por robar. Mi padre tuvo un infarto mientras yo sudaba en el calabozo. Las secuelas del golpe contra Jack sufrieron una metástasis. Los rumores de conspiración aumentaron.
El instituto se convirtió en una carga insoportable. Había cumplido diecisiete años. Era blanco. Ser libre sería tenerlo todo. Volví a poner en acción el numerito nazi. Me expulsaron de clase una semana. Mi padre empezó a llamarme "pendejo alemán". Yo pintaba esvásticas en el plato del perro. Mi padre llevaba un casquete judío para atormentarme.
Volví al instituto. El club de la Música Folk celebró una reunión. La interrumpí con una melodía pronazi y un coro de Das Horst Wessel Lied. Me expulsaron definitivamente. Era un miércoles de mediados de marzo de 1965. Mi padre dejó que me alistara en el Ejército y tuvo un segundo ataque cuando yo llevaba dos días allí. Exploté su estado de salud. Fingí una crisis nerviosa. El ejército me asustó terriblemente. Detestaba la disciplina. Yo era un cobarde y un faux-führer sedicioso. No quería ir a Vietnam. Conseguí un permiso por situación familiar grave. Visité a mi padre en su lecho de muerte. Sus últimas palabras fueron: "Intenta ligar con todas las camareras que te sirvan".
El ejército me soltó. A los diecisiete años era huérfano y estaba exento del servicio militar. Había llegado la hora de completar mi educación picaresca.
Me matriculé en L. A. Me doctoré en droga y me gradué en abandono. Leí un montón de novelas policíacas y crónicas de crímenes auténticos y me abstuve de la "literatura convencional". Era pura asimilación. Vivía en un universo criminal de ficción e imaginaba fantasías criminales. Cometía pequeños delitos por inercia y dejadez moral. Robaba comida y libros. Acechaba a las chicas de Hancock Park, irrumpía en sus casas y olía su ropa interior. Estuve encerrado en la cárcel del condado. Allí me codeé con otros inmaduros estúpidos y pequeños delincuentes. Mentíamos acerca de nuestras muchas putas y hazañas delictivas. Pulí mis nacientes dotes para la narrativa gracias a una jerga carcelaria de pacotilla.
Mis temas eran el crimen y mi locura innata. Comprendí las reglas de la verosimilitud. Cultivé mi aspecto extravagante, medía metro noventa, pesaba setenta y cinco kilos, treinta de ellos de granos, y siempre tenía una pústula madura en la nariz.
¿El sistema? Al carajo con el sistema. Todo marginado callejero y pueril odia el sistema. A la crítica que hace de éste le falta rigos analítico y le sobra resentimiento personal. El marginado callejero Ellroy lo sabe. Es un neoconservador que duerme en parques y en contenedores de reciclaje.
Los años ´60 y los ´70 siguieron adelante. Yo seguía adelante impetuosamente. Comía algodones de inhalador Benzedrex. Bebía jarabe para la tos Romilar. Me pinché metanfetamina. Aceché, haraganeé, escuché y aprendí. El crimen cristalizó crujiente en mi cavidad craneal.
Y está L. A. Está en todas partes como una epidemia. Es una tierra rica en señuelos para chantajes y yonquis criados en la jungla. Es una casa de putas hiperbólica y una choza de hermafroditas elegantes. Aceché. Me enamoré de una preuniversitaria llamada Margaret Craig. Paseé junto a su casa de dos pisos de estilo Tudor y la saqueé amorosamente a lo voyeur.
Bam: estoy de nuevo en la cárcel,. Me aburro. Estoy alerta. Estoy asustado. Miro. Aprendo. Escucho el lenguaje de la lasitud del hampa.
Aprendí. Me retiré y leí.
Leí a Dashiell Hammett en la biblioteca pública del centro de la ciudad. Leí a Ross MacDonald en los parques a la luz de una linterna. Leí al estremecedor Joe Wanbaugh en la cárcel y fuera de ella. los nuevos centuriones/El caballero de azul/Campo de cebollas/Los chicos del coro: obras visionarias escritas por un policía. Una visión contracultural de finales de los años ´60. Absurdidad sin adoctrinamiento izquierdista.
Wanbaugh me encendió. Wanbaugh me cambió para siempre. ¿Cómo lo sé? Porque hizo que me avergonzase de mi vida.
Me desintoxiqué en el ´77. Tenía veintinueve años. La cronología me favoreció. Se pusieron de mi parte unas drogas a las que se podía sobrevivir y unas cifras bajas de delincuencia callejera. Las galerías de las prisiones estaban vacías de violadores en grupo y de camarillas raciales. Los chicos asustados con escasas capacidades de supervivencia podían perdurar y aprender.
Aprender es fácil. Yo aprendí de la manera más dura. No lo recomiendo. Me golpeó una circunstancia atroz. Cultivé el don y la maldición de la obsesión. Finalmente ganó el don.
Ahora aprendo de mis palabras en la página.
En algún sitio hay un chico, o unos chicos. Nunca los conoceré. Ahora mismo están encajando cuadrículas en su cubo de Rubik. Les gustan mis dramas demoníacos, la metafísica los mutila. Se agarran a la gravedad, la combatirán con sus demonios. Les aportará un exceso de capacidades para la supervivencia, la cronología no los crucificará.
Apuntalarán mi morbo. Lo revisarán radicalmente. Lo harán circular.
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Yo veía L. A. con ojos de nativo. Crecí allí. Tamicé datos y los transfiguré al estilo de los chicos. Se trataba de morbos diversos. La corrupción y la obsesión eran sus hilos conductores. Mi métier fue el noir infantil. Viví en el epicentro del film noir durante la época del film noir. Desarrollé mi propia cepa de morbo raro. Era puro L. A.
Hacia 1950 mi padre trabajaba para Rita Hayworth. Decía que se la cogía. Mi madre cuidaba a astros de cine borrachos. Mi padre era perezoso. Mi madre era una adicta al trabajo. Mi padre me enseñó a leer a la edad de cuatro años.Tuve acceso a las revistas de escándalos y a la Biblia. El libertinaje y la severa ley de Dios me acosan todavía. En la Biblia había sexo y abundantes carnicerías. En las revistas de escándalos, también. Sexo y porquería publicada. Incubé mis dotes narrativas. Mi imaginación se incendió.
Mis padres se divorciaron en 1955. Mi madre obtuvo la custodia principal. Yo viajaba de uno a otro. Estudiaba sus vidas separadas.
Mi madre bebía combinados de bourbon. Vi lo mucho que le cambiaba el alcohol. Salía con hombres que olían a psicópatas de film noir. La pesqué dos veces in fraganti. Mi padre acechaba el piso y espiaba a su ex. Mi madre me alimentaba con comida sana y novelas épicas. Mi padre me daba salsa de quesos y combates de boxeo. Me enseñó a vitorear. Yo vitoreaba a los boxeadores mexicanos antes que a los negros. Vitoreaba a los púgiles blancos antes que a cualquiera.
Sexo: el asunto más importante de todos. El no va más de los chistes de los `50, quiero conocer al tipo que inventó el sexo y preguntarle en qué anda ocupado ahora.
Mi padre y mi madre me hacían leer. Los dos me llevaban al cine. Mi padre se repetía con historias de actrices ninfómanas. Mi madre hablaba de los actores a los cuidaba. Me llevó al espectáculo de Dean Martin y Jerry Lewis. En una escena aparecía un perro conduciendo un coche. Me desternillé de la risa varios días seguidos. A mi madre le pareció una reacción extrema. Mi madre era una mujer instruida. Decidió llevarme a un psiquiatra infantil.
Los viajes de uno a otro progenitor continuaron. Iba de una casa a la otra y me enteraba de chismes, Rita Hayworth era ninfómana. Rock Hudson, maricón. Floyd Patterson, un campeón de pacotilla. Mickey Rooney era un sátiro.
El calendario llega a junio de 1958. Comienza mi noche de Walpurgis. Mi madre es asesinada. La trama es SEXO. El caso queda sin resolver.
Fui a vivir con mi padre permanentemente. Estaba exultante con la muerte de mi madre e intentaba no regocijarse en mi presencia. Mi congoja era compleja. Odiaba a mi padre y la deseaba sexualmente. BAM: ha muerto. Bam: mi imaginación descubre el CRIMEN.
La fijación eludió la muerte de mi madre y se centró en víctimas sustitutas. La Dalia Negra se convirtió en mi asesinada favorita. Era mi madre hiperbolizada y estaba lo bastante distanciada para saborearla mediante la fantasía. Estudié recortes de prensa sobre la Dalia, fui en bicicleta al lugar donde habían abandonado el cadáver. En mi mente empecé a hilar historias de salvamento. Rescataba a la Dalia cuando el asesino alzaba el cuchillo.
Leí novelas policíacas para chicos. Salté al Mike Hammer de Mickey Spillane. Las historias eran vengadoramente anticomunistas. Me gustaba la rabia y el fervor de Hammer. Yo era un anticomunista infantil. Ansiaba castigar a alguien invisible. Acechaba al asesino de mi madre pero no lo sabía. No sabía que estaba dragando morbo. Para mis páginas futuras. Mi padre me dejaba que me entretuviese leyendo y descuidara mis deberes escolares. Veíamos serie de crímenes en televisión. Conocía a unos de los actores de 77 Sunset Strip. Decía que la mujer del tipo "le mostraba el felpudo". Mi padre sacaba conclusiones erróneas, daba por sentado mi conocimiento del sexo. Alababa a los homosexuales masculinos. Decía que gracias a ellos, aumentaba el número de mujeres cogibles.
Mi rendimiento en la escuela era malo y fui autodidacta. Leí De aquí a la eternidad en 1960. El crimen se mezclaba con la historia social, la chispa que encendió mi grandiosa ambición infantil.
En esa época, mis aptitudes para la vida estaban por debajo de lo normal. A partir los años ´60, declinaron. Vivía para leer y fantasear. Robaba libros, comida y miniatura de coches. Recorría L. A. en mi bicicleta de vendedor de tacos.
Espié a las muchachas en bicicleta. Era un acechador conspicuo. Aceché a las chicas ricas de Hancock Park y a las chicas judías del oeste de Kosher Kanyon. El verano del ´61 me lo pasé acechando. Me encontré con manifestaciones de protesta y arrojé huevos a los estúpidos que quería prohibir la bomba. Se alzó el Muro de Berlín. Tío Sam y los comunistas jugaban a la intimidación. En la tele, un periodista presentaba cada día la gráfica del guerrámetro. Las posibilidades de que hubiese una guerra nuclear subieron hasta el 90 por ciento. La crisis me llenó de alegría nihilista.
Me arrastré de la primaria a la secundaria. El instituto Fairfax era judío casi en su totalidad. Yo sólo destacaba porque era gentil y tenía acné. Anhelaba que me prestaran atención pero carecía de gracia para conseguirlo. Era un mal estudiante, peor deportista y mis relaciones sociales eran pésimas. Quería promocionarme como ser estrictamente único y atraer la atención consiguiente.
Sopesé el dilema. No contré una solución. Me afilié al partido Nazi Americano. Mi primera actuación fue en el barrio judío de Los Ángeles Oeste.
El tiro me salió por la culata... y funcionó. Gracias a eso me prestaron algo de atención. Se me calificó de payaso. Distribuí planfetos racistas y "Billetes de Barco para África". Me ungí como portador de la semilla de la nueva raza superior. Anuncié mi intención de establecer un Cuarto Reich en Kosher Kanyon. Insulté a los negros y denigré a los Protocolos de los Sabios de Sión. Calumnié a Martin Luther Negro y vendí copias del Salmo 23 de los negros. Se burlaron de mí, se rieron de mí, me zarandearon y me dieron empujones. Desarrollé un sentido de la política estilo vodevil y recibí varias patadas en el culo. Mi cuelgue nazi me motivó, me aburrió y me angustió, en sincronía con la respuesta de mi público. Yo vivía para fantasear y asimilar tramas. Los buenos libros y la televisión conformaban mi arte interpretativo.
Estamos en otoño del ´63. La salud de mi padre empeora. La mala alimentación y los cigarrillos. Bam: estrenan la serie El fugitivo.
Es puro concepto. Un médico de pueblo. Su matrimonio va mal. Su mujer es alcohólica. Un mendigo manco entra en la casa y la mata. El médico es acusado del asesinato. Lo juzgan y lo condenan a la silla eléctrica. El remilgado teniente Gerard lo lleva al corredor de la muerte. Bam: el tren descarrila. Bam: el médico huye para siempre. Persigue al mendigo manco. La policía lo persigue a él.
La serie me obsesionó. La serie interfería en mis sueños. El doctor Kimble huía. Yo también huía a toda velocidad. Kimble va a numerosas ciudades. Todas parecen estudios de filmación. A L. A. Kimble es un pararrayos. Atrae descontento sexual. Siempre conoce a las mejores mujeres de la ciudad. Las mujeres eran mi madre transformadas por arte de magia.
Mi padre tuvo un ataque de apoplejía el 1/11/63. Llegué a casa del instituto. Lo encontré llorando y balbuceando. Vi su muerte como mi desamparo y mi propia muerte décadas después. Empecé a prepararme para la vida en solitario. Empecé a excluirlo.
Pasó tres semanas ingresado en el Hospital de Veteranos. Su estado mejoró y sus posibilidades de sobrevivir aumentaron. Yo recorría L. A. en bicicleta. Birlaba revistas nudistas. Visitaba a mi padre. miraba episodios de El fugitivo. Me llevaron hasta el golpe contra JFK. Mi padre salió del Hospital de Veteranos el día del atentado. La muerte de Jack y el consiguiente revuelo lo aburrieron. A mí también. A la mierda con Jack. Éramos republicanos y protestantes.Jack recibía órdenes de Roma. Ese martes casi se cargan a Kimble.
América lloraba a Jack K. eso era carnaza para mi numerito nazi, pero nada más. Johnson incrementó el envío de tropas a Vietnam. Yo apoyé la guerra nuclear. Un vigilante de mi tienda me arrestó por robar. Mi padre tuvo un infarto mientras yo sudaba en el calabozo. Las secuelas del golpe contra Jack sufrieron una metástasis. Los rumores de conspiración aumentaron.
El instituto se convirtió en una carga insoportable. Había cumplido diecisiete años. Era blanco. Ser libre sería tenerlo todo. Volví a poner en acción el numerito nazi. Me expulsaron de clase una semana. Mi padre empezó a llamarme "pendejo alemán". Yo pintaba esvásticas en el plato del perro. Mi padre llevaba un casquete judío para atormentarme.
Volví al instituto. El club de la Música Folk celebró una reunión. La interrumpí con una melodía pronazi y un coro de Das Horst Wessel Lied. Me expulsaron definitivamente. Era un miércoles de mediados de marzo de 1965. Mi padre dejó que me alistara en el Ejército y tuvo un segundo ataque cuando yo llevaba dos días allí. Exploté su estado de salud. Fingí una crisis nerviosa. El ejército me asustó terriblemente. Detestaba la disciplina. Yo era un cobarde y un faux-führer sedicioso. No quería ir a Vietnam. Conseguí un permiso por situación familiar grave. Visité a mi padre en su lecho de muerte. Sus últimas palabras fueron: "Intenta ligar con todas las camareras que te sirvan".
El ejército me soltó. A los diecisiete años era huérfano y estaba exento del servicio militar. Había llegado la hora de completar mi educación picaresca.
Me matriculé en L. A. Me doctoré en droga y me gradué en abandono. Leí un montón de novelas policíacas y crónicas de crímenes auténticos y me abstuve de la "literatura convencional". Era pura asimilación. Vivía en un universo criminal de ficción e imaginaba fantasías criminales. Cometía pequeños delitos por inercia y dejadez moral. Robaba comida y libros. Acechaba a las chicas de Hancock Park, irrumpía en sus casas y olía su ropa interior. Estuve encerrado en la cárcel del condado. Allí me codeé con otros inmaduros estúpidos y pequeños delincuentes. Mentíamos acerca de nuestras muchas putas y hazañas delictivas. Pulí mis nacientes dotes para la narrativa gracias a una jerga carcelaria de pacotilla.
Mis temas eran el crimen y mi locura innata. Comprendí las reglas de la verosimilitud. Cultivé mi aspecto extravagante, medía metro noventa, pesaba setenta y cinco kilos, treinta de ellos de granos, y siempre tenía una pústula madura en la nariz.
¿El sistema? Al carajo con el sistema. Todo marginado callejero y pueril odia el sistema. A la crítica que hace de éste le falta rigos analítico y le sobra resentimiento personal. El marginado callejero Ellroy lo sabe. Es un neoconservador que duerme en parques y en contenedores de reciclaje.
Los años ´60 y los ´70 siguieron adelante. Yo seguía adelante impetuosamente. Comía algodones de inhalador Benzedrex. Bebía jarabe para la tos Romilar. Me pinché metanfetamina. Aceché, haraganeé, escuché y aprendí. El crimen cristalizó crujiente en mi cavidad craneal.
Y está L. A. Está en todas partes como una epidemia. Es una tierra rica en señuelos para chantajes y yonquis criados en la jungla. Es una casa de putas hiperbólica y una choza de hermafroditas elegantes. Aceché. Me enamoré de una preuniversitaria llamada Margaret Craig. Paseé junto a su casa de dos pisos de estilo Tudor y la saqueé amorosamente a lo voyeur.
Bam: estoy de nuevo en la cárcel,. Me aburro. Estoy alerta. Estoy asustado. Miro. Aprendo. Escucho el lenguaje de la lasitud del hampa.
Aprendí. Me retiré y leí.
Leí a Dashiell Hammett en la biblioteca pública del centro de la ciudad. Leí a Ross MacDonald en los parques a la luz de una linterna. Leí al estremecedor Joe Wanbaugh en la cárcel y fuera de ella. los nuevos centuriones/El caballero de azul/Campo de cebollas/Los chicos del coro: obras visionarias escritas por un policía. Una visión contracultural de finales de los años ´60. Absurdidad sin adoctrinamiento izquierdista.
Wanbaugh me encendió. Wanbaugh me cambió para siempre. ¿Cómo lo sé? Porque hizo que me avergonzase de mi vida.
Me desintoxiqué en el ´77. Tenía veintinueve años. La cronología me favoreció. Se pusieron de mi parte unas drogas a las que se podía sobrevivir y unas cifras bajas de delincuencia callejera. Las galerías de las prisiones estaban vacías de violadores en grupo y de camarillas raciales. Los chicos asustados con escasas capacidades de supervivencia podían perdurar y aprender.
Aprender es fácil. Yo aprendí de la manera más dura. No lo recomiendo. Me golpeó una circunstancia atroz. Cultivé el don y la maldición de la obsesión. Finalmente ganó el don.
Ahora aprendo de mis palabras en la página.
En algún sitio hay un chico, o unos chicos. Nunca los conoceré. Ahora mismo están encajando cuadrículas en su cubo de Rubik. Les gustan mis dramas demoníacos, la metafísica los mutila. Se agarran a la gravedad, la combatirán con sus demonios. Les aportará un exceso de capacidades para la supervivencia, la cronología no los crucificará.
Apuntalarán mi morbo. Lo revisarán radicalmente. Lo harán circular.
Dscargar La Dalia Negra de James Ellroy
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Y el teléfono nunca más volvió a sonar |
Estaban tan ocupadas con sus cosas que ni cuenta se dieron cuando comencé a convertirme en tierra de hojas para mis plantas. No se acuerdan ni del día, menos de la hora. Yo lo tengo clarísimo, a pesar de los años, porque fue el primer día de frío del otoño del 2112. Ellas ya estaban bastante grandes y cada una hacía su vida, aunque pernoctábamos en la misma carpa de gitanos que veníamos armando en diferentes lugares, según la posición del sol y de algunos otros planetas que nos protegían. Pensé que quizás ese era el último otoño que pasábamos en la precordillera. Pero no fue así. Al menos yo, me quedé hasta que mis ojos vieron los últimos pedazos de cometas incendiarse al entrar a la atmósfera y pasar sobre nosotros anunciando lluvias que no eran de agua.
Desde mi sillón, al lado de mis plantas, vi también pasar los sucesos de sus vidas y guardé silencio porque sus caminos ya no eran los míos. Sabiendo de mis estados de sonambulismo, ausencias asociadas a una epilepsia dudosamente diagnosticada y a mi costumbre de callarme y observar durante días, decidieron seguir sirviéndome comidas y bebidas, como si estuvieran en México celebrando el día de los muertos. Supongo que esperaban que cualquier día yo estuviese de vuelta. Desde mis huesos cada vez más astillados y desde mis venas quebradizas, las observaba. Casi, casi podían manejarse solas. Cuando sentían necesidad de cariño, se acurrucaban en mi pecho y me hablaban bajito, un poco más allá las hojas de la ruda tiritaban sin razón y ellas sabían que yo estaba escuchando.
Pasaba igual, con las hojas del palo de agua, de la mala madre y otra planta que tenía las hojas en forma de estrellas, pero de la cual nunca supe el nombre. Antes de sentarme en ese sillón ese día de frío, pensé en qué las hojas nunca deberían caerse de los árboles y que no era bueno que yo pensara eso mirando por la ventana. Afuera, la gente caminaba con mascarillas que se habían comenzado a distribuir por temor a numerosos virus no identificados, que se habían creado en algunos laboratorios, con la finalidad de reducir el crecimiento de la población mundial.
No estaba alcanzando el alimento y menos el agua. Ellas, tres veces por día tomaban esas pastillas que contenían toda clase de vitaminas, ácidos, calcio, potasio, magnesio y betacaroteno entre otras cosas. A eso, había que sumarle suplementos alimenticios que reemplazaban varias comidas del día. La mesa del comedor había desaparecido de su lugar habitual. Estaba como yo, agazapada en un rincón esperando el nacimiento y la caída de las hojas. Durante los últimos cuatro meses, cosas poco comunes comenzaron a suceder, afectando por sobre todo a los seres más sensibles. La desesperación se apoderó de ellos. Dejaron de comer, dejaron de dormir y hablaban lenguas que desde hace mucho no se practicaban en el planeta. Sus cuerpos comenzaron a enfermar.
Había grandes cantidades de ballenas varadas en diversas bahías del mundo y especies como delfines y caballos de mar, se dejaban morir en la mitad de los océanos. Las comunicaciones se habían vuelto muy complicadas desde que la última tormenta solar no fue registrada a tiempo por el satélite que las monitoreaba. Se presentó de sorpresa y quedamos a oscuras durante varias semanas, algunas líneas telefónicas funcionaban, pero muy pocas. La mía quizás, por nuestra ubicación no sufrió desperfectos, pero no tuvimos más televisión ni conexión a la red. Con el tiempo, nos habilitaron un sistema de iluminación que se extendía de nueve a doce de la noche. Para mí, era suficiente. Mis pequeñas alegrías comenzaron a consistir en recurrir a mi viejos libros acumulados, leerlos durante horas, aprender a hacer velas y remedios en base a hierbas que cultivaba en mi terraza. Supe que todo esto sería necesario varios años antes que la tormenta se presentara. Los vendía a precios que mis vecinos pudiesen pagar y si no, los intercambiaba por café, té o bebidas que se habían convertido en un verdadero lujo. Pero mi máxima alegría consistía en las llamadas telefónicas que recibía de un amor de mi niñez que reapareció después de cincuenta años. Me llamaba tres o cuatro veces por noche, para contarme historias de veleros, de largas caminatas en los veranos, de caballos que se aparecían por la noche, de alacranes, de trenes que volaban sobre los cerros. Me contaba sobre los diamantes que su abuela guardaba en un cofre, de una casa inmensa con muchos dormitorios, de un piano en el subterráneo, de una gran escalera, de una quinta enorme con muchos árboles, con damascos que él mismo cosechaba, de una cabra que enloqueció por comer una planta secreta, de una gaviota que atrapó en la playa y que terminó conviviendo con las gallinas.
Me contaba de su primer día de colegio, con frío y con pantalones cortos, apretando su sándwich en sus manitos chiquititas como si fuera el único bien que lo salvaría de todo. Me hablaba durante horas, de cómo su abuela lo metía en su cama cuando él tenía miedo en mitad de la noche, como jugaba a escondidas en el laboratorio del colegio a la hora del recreo. Cómo saltaba las olas en los veranos, con sus hijos sentados sobre sus hombros y cómo se cayó al mar una vez, pero nunca perdió la calma, como creció 27 centímetros en un año y nadie entendía nada. Me habló de un abuelo dueño de barcos, que iban y veían de Europa, me hablaba de días llenos de sol y de la pérdida del paraíso.
Me contaba sobre los clanes en Escocia y de la vida en las Islas, de hombres que peleaban muchas batallas y se negaban a la muerte. Me habló también de algunas cosas tristes, de su madre escapando de noche, en la mitad de campo, con tres niños pequeños y uno por nacer, de cómo descubrió que el amor no se construye, sino que se encuentra y supongo que así mismo se abandona, de hijos que dejaron de ser niños, de dolores y de tristezas viejas y secretas. Cuando él me contaba esas historias, el mundo se estaba reacomodando como podía. Era él, el ombligo que me comunicaba con una humanidad perdida y con mi propia humanidad.
Me colgué cuatro meses de la luz de un amor que antes no fue y que ahora no podía ser, porque ya no quedaba tiempo. Respiré con un pulmón que no era mío, que ya no lo sería, porque todo perdía sentido como la mesa del comedor y mi esqueleto doblado en un rincón de la carpa. Me saqué por cuatro meses mi traje de lata y fui otra vez la niña que caminaba por los caminos de la prehistoria. Cuando la distancia no se medía en lugares, sino en tiempo. Y ese último día, cuando miré por la ventana, me di cuenta que las hojas estaban cayendo de nuevo, el crujido de su caída llegaba a mi oreja y que mi teléfono nunca más volvería a sonar. Entonces me senté en el sillón del rincón, al lado de la ruda y el palo de agua, y comencé a convertirme en tierra y en abono para ellas. Queriendo ser una con ellas. Esperando silenciosa la lluvia de asteroides anunciada luminosamente por los cometas.
Marcela
2 de mayo 2009.
Desde mi sillón, al lado de mis plantas, vi también pasar los sucesos de sus vidas y guardé silencio porque sus caminos ya no eran los míos. Sabiendo de mis estados de sonambulismo, ausencias asociadas a una epilepsia dudosamente diagnosticada y a mi costumbre de callarme y observar durante días, decidieron seguir sirviéndome comidas y bebidas, como si estuvieran en México celebrando el día de los muertos. Supongo que esperaban que cualquier día yo estuviese de vuelta. Desde mis huesos cada vez más astillados y desde mis venas quebradizas, las observaba. Casi, casi podían manejarse solas. Cuando sentían necesidad de cariño, se acurrucaban en mi pecho y me hablaban bajito, un poco más allá las hojas de la ruda tiritaban sin razón y ellas sabían que yo estaba escuchando.
Pasaba igual, con las hojas del palo de agua, de la mala madre y otra planta que tenía las hojas en forma de estrellas, pero de la cual nunca supe el nombre. Antes de sentarme en ese sillón ese día de frío, pensé en qué las hojas nunca deberían caerse de los árboles y que no era bueno que yo pensara eso mirando por la ventana. Afuera, la gente caminaba con mascarillas que se habían comenzado a distribuir por temor a numerosos virus no identificados, que se habían creado en algunos laboratorios, con la finalidad de reducir el crecimiento de la población mundial.
No estaba alcanzando el alimento y menos el agua. Ellas, tres veces por día tomaban esas pastillas que contenían toda clase de vitaminas, ácidos, calcio, potasio, magnesio y betacaroteno entre otras cosas. A eso, había que sumarle suplementos alimenticios que reemplazaban varias comidas del día. La mesa del comedor había desaparecido de su lugar habitual. Estaba como yo, agazapada en un rincón esperando el nacimiento y la caída de las hojas. Durante los últimos cuatro meses, cosas poco comunes comenzaron a suceder, afectando por sobre todo a los seres más sensibles. La desesperación se apoderó de ellos. Dejaron de comer, dejaron de dormir y hablaban lenguas que desde hace mucho no se practicaban en el planeta. Sus cuerpos comenzaron a enfermar.
Había grandes cantidades de ballenas varadas en diversas bahías del mundo y especies como delfines y caballos de mar, se dejaban morir en la mitad de los océanos. Las comunicaciones se habían vuelto muy complicadas desde que la última tormenta solar no fue registrada a tiempo por el satélite que las monitoreaba. Se presentó de sorpresa y quedamos a oscuras durante varias semanas, algunas líneas telefónicas funcionaban, pero muy pocas. La mía quizás, por nuestra ubicación no sufrió desperfectos, pero no tuvimos más televisión ni conexión a la red. Con el tiempo, nos habilitaron un sistema de iluminación que se extendía de nueve a doce de la noche. Para mí, era suficiente. Mis pequeñas alegrías comenzaron a consistir en recurrir a mi viejos libros acumulados, leerlos durante horas, aprender a hacer velas y remedios en base a hierbas que cultivaba en mi terraza. Supe que todo esto sería necesario varios años antes que la tormenta se presentara. Los vendía a precios que mis vecinos pudiesen pagar y si no, los intercambiaba por café, té o bebidas que se habían convertido en un verdadero lujo. Pero mi máxima alegría consistía en las llamadas telefónicas que recibía de un amor de mi niñez que reapareció después de cincuenta años. Me llamaba tres o cuatro veces por noche, para contarme historias de veleros, de largas caminatas en los veranos, de caballos que se aparecían por la noche, de alacranes, de trenes que volaban sobre los cerros. Me contaba sobre los diamantes que su abuela guardaba en un cofre, de una casa inmensa con muchos dormitorios, de un piano en el subterráneo, de una gran escalera, de una quinta enorme con muchos árboles, con damascos que él mismo cosechaba, de una cabra que enloqueció por comer una planta secreta, de una gaviota que atrapó en la playa y que terminó conviviendo con las gallinas.
Me contaba de su primer día de colegio, con frío y con pantalones cortos, apretando su sándwich en sus manitos chiquititas como si fuera el único bien que lo salvaría de todo. Me hablaba durante horas, de cómo su abuela lo metía en su cama cuando él tenía miedo en mitad de la noche, como jugaba a escondidas en el laboratorio del colegio a la hora del recreo. Cómo saltaba las olas en los veranos, con sus hijos sentados sobre sus hombros y cómo se cayó al mar una vez, pero nunca perdió la calma, como creció 27 centímetros en un año y nadie entendía nada. Me habló de un abuelo dueño de barcos, que iban y veían de Europa, me hablaba de días llenos de sol y de la pérdida del paraíso.
Me contaba sobre los clanes en Escocia y de la vida en las Islas, de hombres que peleaban muchas batallas y se negaban a la muerte. Me habló también de algunas cosas tristes, de su madre escapando de noche, en la mitad de campo, con tres niños pequeños y uno por nacer, de cómo descubrió que el amor no se construye, sino que se encuentra y supongo que así mismo se abandona, de hijos que dejaron de ser niños, de dolores y de tristezas viejas y secretas. Cuando él me contaba esas historias, el mundo se estaba reacomodando como podía. Era él, el ombligo que me comunicaba con una humanidad perdida y con mi propia humanidad.
Me colgué cuatro meses de la luz de un amor que antes no fue y que ahora no podía ser, porque ya no quedaba tiempo. Respiré con un pulmón que no era mío, que ya no lo sería, porque todo perdía sentido como la mesa del comedor y mi esqueleto doblado en un rincón de la carpa. Me saqué por cuatro meses mi traje de lata y fui otra vez la niña que caminaba por los caminos de la prehistoria. Cuando la distancia no se medía en lugares, sino en tiempo. Y ese último día, cuando miré por la ventana, me di cuenta que las hojas estaban cayendo de nuevo, el crujido de su caída llegaba a mi oreja y que mi teléfono nunca más volvería a sonar. Entonces me senté en el sillón del rincón, al lado de la ruda y el palo de agua, y comencé a convertirme en tierra y en abono para ellas. Queriendo ser una con ellas. Esperando silenciosa la lluvia de asteroides anunciada luminosamente por los cometas.
Marcela
2 de mayo 2009.
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mercela muñoz molina
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Cariño y amor a la humanidad |
Siempre, indefectiblemente; he estado enamorado de las putas. Son las mejores mujeres. Las más buenas, comprensivas, tolerantes, tiernas, avasallantemente perfectas. Si le cuentas el peor chiste se ríen a carcajadas. Todos tus defectos lo encuentran tolerantes. Si no cumples con lo presupuestado te dicen que no te preocupes, que otra vez será, que todos tenemos una noche de escorpiones. Que todos tenemos una noche para el olvido. Generalmente son más lindas que otras mujeres, como por ejemplo; presidentas, sociólogas o ingenieras. Un día le pregunté a Nancy cómo llegó a trabajar al Salón Vip. Me dijo que su papá quería que fuera Presidenta, que su mamá quería que fuese Socióloga y que su padrino quería que fuera Ingeniera. Y aquí estoy -me dijo- brindándole cariño y amor a la humanidad, trabajando para hacer un mundo mejor. Fue el mejor polvo de mi vida.
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La gata de Sofía |
Y todos los días la misma historia. Que la gata hizo esto que la gata hizo lo otro. Llegaba yo y empezaba la función. Que la gata se meó en el sillón. Que la gata descansa en el aserrín y se caga en el diván. Muchas veces salía de carrete con amigas y amigos, llegaba a los tres días y comenzaba el reclamo. No hay nada más de fastidioso que una salga de carrete y llegue a la casa y comiencen a hincharte las pelotas, porque en esas condiciones lo que una quiere es descansar, ¿o no crees tú?. Mi marido decía; claro tú, la linda de carrete y nosotros tenemos que soportar esta gata. Que la gata rompió una copa. Que la gata rompió un cuadro. Que la gata arañó al cabro chico. Hasta que un buen día me hartaron. Había llegado borracha y dale que dale con la gata. Les dije; tráiganme a la gata y pónganla arriba de la mesa. La pusieron. Ahora estírenla, tú y la Helena de cada lado. La estiraron. Agarré el cuchillo y la corté por la mitad. Les dije, ahora terminó el weeo con la gata. Todos se pusieron a llorar. La verdad que una no puede entender qué chucha quiere la gente.
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