Me enamoré. Me enamoré de un maniquí. Eso pasó. Que me enamoré de un maniquí. Le regalaba flores de plástico. Caramelos de amianto. Perfumes importados del rocío. Ella callaba. Le dije que conmigo vería la vie en rose. Que tendríamos hijos azules. Le prometí un mar de gardenias. Un castillo encantado. Girasoles de Van Gogh. No decía nada. Nada. Callaba. Le hice ver que el Mundo y yo girábamos en torno a ella. Que el pez, el relámpago y las catedrales, existían porque ella existía. Yo sin ti no soy nada. Se lo dije. Una y otra vez se lo dije. Yo sin ti no soy nada. El desierto es vasto desierto sin ti. Se lo dije. Se mantenía en silencio. ¿Es que acaso no te das cuenta? Mi corazón ante ti posternado. ¿Deseas que realice alguna proeza? ¿Quieres verme volar? ¿Quieres que me transforme en cocodrilo? Soy mago, le dije. Te vengo a ofrecer lo que me pidas. Dime y conquistaré Saturno. Haré que todos los días sean viernes. Que Cristo no suba a la cruz. Que el Océano devuelva todos los cadáveres. Sonrío. Se puso seria. Luego volvió a sonreír. Se bajó del escaparate y me pegó una bofetada.
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Casanovas de ocasión |
Generalmente son tipos normales. Como mi primo Beto. O casi tan normales como él. Fútbol, pizza y la lectura del diario. A veces una opinión sin importancia sobre un tema que no tiene importancia. Nada fuera de lo común. Ni alto ni bajo. Ni gordo ni flaco. Normal. Normales. Hasta que aparece una mujer. Entonces se transforman. Dejan de ser mi primo Beto. Inmediatamente se transforman. Cambian de voz. Locuaces, geniales, gesticulan, se paran, se sientan, se vuelven a parar, cuentan chistes y anécdotas. Chispeantes a más no poder. Te enteras que cazaron leones, que innovaron en la cocina francesa y que un día se salvó de morir en Afganistán. Hasta que la mujer se va. Hasta que Rosalía se va. Hasta que voy a despedirla cuando toma un taxi. Hasta que desaparece. Cuando regreso me pregunta, con voz normal: ¿te fijaste en el culo de esa mina?
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En ningún lugar hay nadie |
No hay nadie. En ningún lugar hay nadie. Todos muertos. Eso lo sabía. Sabía que en algún instante iba a suceder. Pero pensaba que aun era pronto. Sabía que llegaría el momento. Llegó. Todos se fueron. Estoy solo. No hay lugar donde estar. Ciego paralítico viajo a ninguna parte. En donde no hay nadie. En ningún lugar hay nadie. Viajo a la deriva. Es azul la vigilia. La u verde. El silencio es una nota musical grave. Yo deseaba que no ocurriese. Aunque sabía que llegaría el momento. Yo quería que no sucediera. Solo. Completamente. Definitivamente. Deberé convertirme en asco. Arrastrarme y encontrar un agujero en donde estar. Pero no hay lugar donde estar. Sin referencias me arrastro y olvido. Nada queda de mí. Vacío. El silencio. Una nota musical grave. Vacío. Nada. Adiós. Nada.
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Esa cubana que no sabía descorchar una botella |
Hola Hugo soy Mileide. Eso dijo y la hice pasar. Leí en el diario que una poeta cubana de nombre Mileide había llegado a la zona. La hice pasar. Era verdaderamente encantadora. Me dijo que supo de mí por otro poeta de la zona. Que había revisado mi blog y le había encantado. Era preciosa. Exuberante. Alta, delgada, morena. Un mal escritor diría que tenía cintura de avispa. Escribía unos poema horribles pero eso no me importaba. Nunca hago análisis literario con las poetas que llevo a la cama. Y luego de tres horas de aparente conocimiento, la llevé a la cama. Mileide le hizo honor al Caribe. Debo confesar que casi no pude con ella. Luego de dos horas de sexo frenético, llegó el reposo y el sueño. Por la mañana le serví el desayuno en la cama. Esa vieja costumbre. Me sorprendió cuando me preguntó si almorzaríamos carne de res. Le pregunté qué cosa era eso. Me dijo que era carne de vaca. Claro que sí le dije, que comeríamos carne de res. Fui a por carne de res. Almorzamos y luego follamos. Por la noche volvimos a comer carne de res y luego follamos. Al despertar le dije que el desayuno estaba listo en la cocina. Me dijo que si podría llevárselo a la cama. Le dije que mejor sería desayunar en la cocina. Se levantó de mala gana y desayunamos. Más tarde dijo que me acompañaría a comprar carne de res. Le comenté que ese día variaría el menú. Que había pensado hacer salmón a la cubana. En su honor. Dijo que estaba harta de cualquier cosa a la cubana. Nuevamente carne de res. Cambió la fecha del pasaje de vuelta. Se fue quedando. Al sexto día salí con mis amigos. Me vi con Rossana. Hice el amor con ella. Con ella y su prima. Volví de madrugada. Me acosté a su lado y no se enteró. Desayunó sola. Me despertó al mediodía. Me levanté y preparé carne de res con cualquier cosa. Y todo siguió así hasta el veinticinco de julio. Habían pasado veinte días. Mileide no hacía nada. Nada de nada. No sabía descorchar una botella. Ocupaba mi teléfono para llamar a la Isla. Para llamar a una tía en Miami. Usaba la ropa de mi abuela. El perfume. Dormía. Se despertaba. Volvía a dormir. Y siempre, una y otra vez, carne de res. Dale y dale con carne de res. Hasta que llegó el veinticinco de julio. El día de su partida. De ahí en más, nunca más, pude asociar a Cuba con Fidel, El Ché o el Asalto al cuartel Moncada. Sino que con Mileide. Esa puta cubana que no sabía descorchar una botella.
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Las mujeres son todas iguales |
Afuera ladran los perros. Cae la nieve. La panadería de enfrente sigue con los parlantes y la música. La música más horrible del mundo. Es medianoche ya. Le pregunto a Nicole Kidman qué quiere de beber. Me dice lo que tú quieras mi amor. ¿O prefieres que nos vayamos a la cama? De nuevo me dice lo que tú quieras mi amor. Y qué tal si salimos a caminar por la nieve. Nuevamente. Lo que tú quieras mi amor. ¿Te gustaría que te recite mi último poema? Podríamos ir a la panadería de enfrente y decirles que se callen.
¿Y si vamos al casino? ¿La ópera? ¿Y si hacemos el amor? ¿Qué te parece un viaje? ¿Tener un hijo? ¿No te gustaría volver a Australia? ¿Un caramelo de menta? ¿Una noche en Catoira? ¿Salir a la carretera? ¿Te apetece Barcelona? Borges. ¿Te gustaría leer a Borges? Ya sé. Un nuevo Lamborghini. Su respuesta es siempre la misma. Quién mierda me mandó a involucrarme con esta tía.
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El Pato, la renga y la sobrina de mi tía |
Viene El Pato y me dice que La Renga quiere conmigo. Bueno le digo, no hay problemas. Si La Renga quiere conmigo que venga y me lo diga. Por la tarde viene La Renga. Oye Hugo me dice, yo quiero contigo. Bueno renguita le digo, cariñoso, no hay problemas. La hago pasar a la pieza del fondo y le doy su merecido. Al irse me da las gracias. Le digo no hay de qué renguita. Que para qué están los amigos. Me dice que eso es lo que le dice al Pato. Pero que el Pato no entiende. Ya que nunca le quiere hacer el favor. Más tarde viene el Pato y me pregunta si vino La Renga. Le digo que sí. Que vino. Que debería ser menos cruel. Que La Renga también quiere con él. Que debería ser más comprensible. Pero es la hermana de mi madre, me dice. No puedo hacer eso. Le explico. La otra vez vino tu madre, que es la sobrina de mi tía y yo no me hice ningún problema. El Pato por fin entiende.
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Escritoras borrachas en Puerto Natales |
Este año nuevamente me tocó abrir el NatalesPartyHardcore en su séptima versión. Lo que yo hago es calentar el ambiente. Después vienen los otros chicos. La otra historia. Como siempre en el bar de Bruno. Un centenar de mujeres locas y ebrias. La música industrial a todo volumen. Las luces girando. Territorio liberado. Este año la hice de gladiador. Por ambos lados de la pasarela las chicas tomando tragos y gritando. Desaforadamente. Tierno y rudo a la vez. Me paseo con prestancia de un lado a otro de la pasarela. Tiro el sayo rojo sobre la cabeza de Virginia Wolff. Le entrego mi escudo de armas a Victoria Ocampo. Mi tridente va a parar a las manos de Simone de Beauvoir y el casco se lo doy a Susan Sontag. Giro sobre mis talones. Todas quieren sacarme el taparrabos. Sé que debo caminar rápido por la pasarela. Un breve cambio de ritmo y saco lentamente mi camiseta de hilo. Gritos y susurros. El ambiente está caldeado. De nuevo el ritmo frenético. Veo a Anaïs Nin más loca que nunca. Rosa Luxemburgo totalmente borracha. Alejandra Pizarnik mostrando las tetas. Abrazadas veo a Gabriela Mistral con Doris Dana. La yegua loca de Rosalía de Castro está a más no poder. Más allá la tonta de la Storni. Delmira Agustoni que me hace gestos obscenos, más borracha que nunca. Todas quieren tocarme. Todas quisieran poseerme. Soy su objeto del deseo. Y yo lejano. Orgulloso. Incansable. Inalcanzable. De ida y vuelta. De un lado a otro. Giro y giro. Se sube Marguerite Yourcenar con una silla de plástico amarilla. Se sienta. Yo me siento encima de ella. A horcajadas. Toca mi pecho. Se mueve. Me muevo a su ritmo. Todas gritan. La bajo de la pasarela. Se pone histérica. Trastabilla, cae. Completamente borracha. Veo entrar a Marianne Moore junto a Sylvia Plath. Esas tías son de temer. Ya en versiones anteriores me causaron problemas. Es que cada año las mujeres están más descontroladas. Pero este será mi último año. Lo juro. Se apagan las luces. Cambia la música. Me retiro. Entran los efebos. Desde la calle aun puedo escuchar los gritos de las locas borrachas. Tomo un taxi. Llueve.
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Sucinta biografía de Alessandro Rambaldini |
Ustedes conocen casi todo de mí. Y un poco más. Incluso algunos me conocen personalmente. Otros a través de Google, la filatelia o del horóscopo chino. Pero esta no la tienen. Qué va. Imposible. Les cuento. Me llamo Alessandro Rambaldini. Hijo y nieto de marinos genoveses. Mi abuelo llegó a Puerto Natales en la década del treinta con mi padre aun pequeño. Crecí en medio de barcos que mi abuelo, mi padre y yo construimos. Además de marino, mi abuelo fue domador de caballos. Mi abuelo enviudó y se volvió a casar con una princesa kaweskar. Luego trabajó en las minas de carbón de Río Turbio. En los lavaderos de oro en Tierra del Fuego. Combatió en la Segunda Guerra Mundial. Regresó a Puerto Natales en donde murió el 5 de julio de 1951. Yo no le llego ni a los talones a mi abuelo. Él era verdaderamente un grande. Un pionero. En alta temporada yo trabajo en turismo. Esta historia se las cuento a las gringas con las cuales me acuesto. En temporada baja, soy Nano, el almacenero de la esquina. Nieto e hijo de nadie.
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El día que Ruth conoció a Hans |
Abro el Word y quedo en blanco. Tengo ganas de escribir. Sé que tengo ganas de escribir. No sé qué escribir. Y estoy allí unos minutos. En blanco. Escucho música. Fumo. Miro el Word en blanco. Y no se me ocurre nada. Nada. Tengo ganas de escribir y no se me ocurre nada. Y pienso en un hecho circunstancial. Por ejemplo; cuando mi padre dijo que no era mi padre. Pienso que es una buena historia. Pero ya la conté. La podría escribir de nuevo. Una segunda versión. Remozada. Mejorada. Como para comenzar a escribir. Pero no. Luego pienso en Jimena. Jimena se acostó con mi mejor amigo. No digo que me haya engañado. Hacía muchos años que había terminado con ella. Pero igual fue un incordio. Fue como revelar secretos de Estado. Podría escribir sobre Jimena. Luego pienso que no vale la pena escribir sobre Jimena. El Word sigue en blanco, la música sigue sonando, los puchos avanzando. El Word en blanco. Y tengo ganas de escribir. No se me ocurre nada. Pienso que se acabaron las ideas. Inmediatamente al pensar que se me acabaron las ideas, pienso en Ruth. El día que Ruth me dijo que me iba a contar su historia. Ruth fue violada por su padre y su hermano. Me dijo que me iba a contar su historia. Su historia de cuando conoció a Hans. Fue en Río Gallegos. En la calle Roca. El día más feliz de su vida. Comienzo a escribir la historia de Ruth. Del día que Ruth conoció a Hans, en Río Gallegos, en la calle Roca. Tocan el timbre. Es Ruth. Me dice que es el peor día de su vida. Que terminó con Hans. Le digo que esa sí es una buena historia. Tira un cenicero sobre un cuadro de Cortázar, me putea y se va. Escribo.
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Tomé el bus de la siete y media |
Y estaba ahí en el bar. En el bar de Punta Arenas. Y la chica me mira. Se acerca. Me pregunta de dónde soy. Le digo que de Montreal. No te creo me dice. Le pregunto de dónde es. Me dice que de Punta Arenas. Le digo que no le creo. Me pregunta si soy casado. Le digo que no. No me cree. Le pregunto si es soltera. Me dice que no. No le creo. Me pregunta si tengo hijos. Le digo que sí. No me cree. Te puedo decir tantas cosas sobre ti que quedarías pasmada. Le digo esto y sonríe. No me cree. Sé que te llamas Nancy. Bueno… dice; todo el mundo que viene aquí sabe que me llamo Nancy. Es la primera vez que entro acá, le digo. No me cree. Te lo juro le digo. Es la primera vez que entro acá. Me pregunta qué más sé de ella. Que te llamas Nancy. Nancy Aguilera Sandoval. Que tienes 22 años. Que naciste en Puerto Porvenir el 15 de marzo de 1987. Me mira con cara de asombro y disgusto. Ya sé, eres policía, me dice. Le digo que no. Le entrego su cédula de identidad y le cuento que acabo de encontrarla al ingresar al local. Me agradece. Pago y me voy. Me voy sin decirle que conocí a su padre y a su madre. Tomé el bus de la siete y media. Me olvidé de esta historia.
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Thriller |
Mi hijo dice que está seguro. Que ya lo ha visto antes. Que es su estilo. Va a esperar hasta el último minuto. Dice que no sabe cómo la gente no se ha dado cuenta. Que todo está preparado. Que bajará de un helicóptero en llamas. Mientras 100.000 integrantes del ejercito ruso en traje de gala, avanzarán por la Avenida. El helicóptero se posará sobre el Staples Center y será el concierto más espectacular y extraordinario del mundo. Todo esto ante la atónita mirada de mil millones de espectadores del mundo entero.
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El mejor poema del Mundo |
Sabes que este poema es para ti. Eso lo sabes. ¿lo sabes? Este poema es para ti. Es que tengo que escribirlo ¿sabes? Y no me animo. No sé cómo empezar sin ser cursi y caer en lugares comunes. Y hablar de la Luna. El mar. De mi abrigo largo. Ese montón de elementos que riman. Quisiera convertirme en Hugo Vera Miranda. Ser él quien te escriba el poema. ¿sabes que nunca me gustó Hugo Vera Miranda? Pero él te podría escribir un buen poema de amor. Yo en cambio… ¿Qué te puedo escribir? ¿Qué te amo? ¿Qué todo el puto día pienso en ti? ¿Qué tu rostro se me aparece en las latitas de café? En las tres luces del semáforo. En el cielo de la Patagonia. No sé cómo empezar el poema. Este poema. He de consultar con gente del pueblo. He de consultar quién escribe poemas. Para encargarle uno. Uno que sea el mejor poema del Mundo. Luego pienso que debiera escribirlo. Que yo debería escribirlo. Pero no me animo. Que mi poema sería cursi. Que caería en elementos que riman. Que hablaría de la Luna. Del mar y de mi abrigo largo. Entonces lo postergo. Me digo que un día escribiré un poema. Un poema para ti. Un poema que sea el mejor poema del Mundo. Que hable de ti y de mí y de nuestro primer encuentro. Cerca de la luna frente al mar.
Canción: De momento Abril. La bien querida.
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La caja negra de Susan |
Después de mucho buscar, se encontró por fin la caja negra de Susan. Se emplearon ingentes y cuantiosos recursos para dar con ella. Allí estaban grabadas los últimos veinte minutos de su vida. En el primer minuto se escuchan sirenas de policía, tráfico en la ciudad y el voceo de un vendedor de diarios. Nada rescatable.
- Susan: Hoy quedé con Henry en juntarnos a comer a las ocho.
- Victoria: ¿No era que hoy estabas comprometida a juntarte con Michael?
- Susan: Nunca te dije que me juntaría con Michael. ¿O acaso no sabes que con Michael ya todo acabó?
- Victoria: Recuerdo perfectamente que me dijiste que te juntarías con Michael.
- Susan: Estás equivocada. Bueno te comento que esta noche me juntaré con Henry. Después te cuento. De seguro pasaremos una velada espléndida. Se despiden.
Bocinas de auto, murmullos de gente que habla, ladrido de un perro. Se abre una puerta. Damien Rice cantando Delicate. La voz de una mujer diciendo "la veintidós al fondo Susan, al lado de la puerta".
- Peluquera: ¿Cómo estás Susan? ¿El mismo color, el mismo brillo, el mismo peinado? ¿Quieres que te hagamos un peeling?
- Susan: Todo igual cariño. El peeling para otro día. Lo tuyo es arte amor. Me entrego a ti. Me abandono a ti. Soy tuya por veinte minutos. Nunca le dedico tanto tiempo a un hombre. Pero sí a mi peluquera. Para la próxima semana quiero un body painting. Son ustedes las mejores.
- Peluquera: Gracias Susan. Estamos encantadas contigo. Te damos lo mejor. La mejor atención es para ti cariño.
- Manicura: Hola Susan. Bellas manos para la más bella de las princesas. Me encanta atenderte cielo.
- Pedicura: Qué tal Susan. Estás bellísima hoy.
- Dueño del local: Hola Susan. Ya viene por ti el Silver tips. Te damos lo mejor. Te lo mereces.
- Susan: Mis últimas vacaciones fueron maravillosas. Llevé a los niños a Lech, Austria. Fue alucinante. Ellos nunca habían estado en la nieve y la verdad que pasamos dos semanas preciosas. Nos hacía falta. Sobre todo a los niños.
- Manicura; Lleváis una vida preciosa. Nos alegramos por ello. Es que eres verdaderamente sensacional Susan.
- Pedicura: Nuestros hijos son la parte más importante de nuestras vidas. Aquello que hace que nos levantemos por la mañana.
- Susan: Cuanto hay de cierto en lo que dices. Fueron un par de semanas de ensueño.
- Manicura: Ayer vi a Robert por la televisión. Ese buenmozo que venía a dejarte.
- Susan: No lo he visto en estos últimos cuatro meses. Todo terminó entre nosotros. A veces me llama. Somos buenos amigos. Él no era para mí. Yo no era para él.
- Peluquera: Es lo que me pasó con Joseph. Yo no era para él y él no era para mí. Él se fue con mi amiga Dorothy. Yo me fui con su amigo Francis.
- Dueño del local: Su Silver tips Susan. La mejor atención para la flor más bella.
- Susan: Gracias Phil. Siempre tan atento. Gracias.
La conversación gira interminablemente en aquellos términos. Rebaja de saldos. Obituarios. Cumpleaños. Comida étnica. Chismografía variada. Y una pasada de Cartier. Gucci y Armani. Luego Susan se despide de la peluquera, la manicura, la pedicura y del dueño del local. Se escuchan sus pasos. Luego se interrumpe la grabación.
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Julieta no responde |
¿Qué quieres hacer de lo nuestro amada mía? ¿Una de Ingmar Bergman tortuosa? Dime. ¿Eso quieres? ¿Quieres un poco de melancolía en tu vida? ¿Te falta algo de tristeza definitiva? ¿Un diluvio de rencores y amaneceres de espinas? ¿Quieres acaso que te lleve al cadalso? Dime por favor qué mierda quieres. Un tren de frente. Un libro de Paulo Coelho. ¿Quieres algo de cicuta? ¿Morir en Calcuta? ¿Quieres que te compre mandolinas? ¿Quieres un vino del Duero con denominación de origen? ¿Una mañana en Puerto Natales? ¿Un sombrero de charro mexicano? ¿Un diamante africano? ¿Quieres un africano? No sé lo que quieres. Sé que lo que quieres lo quieres ya. ¿Mi alma? Te la regalo. Dios no lo necesita. Yo tampoco. Entonces dime qué es lo que quieres. ¿Mi vida? ¿Quieres mi vida? Ella no vale mucho para mí. Te puede llegar a servir. A mí me dio muchos dolores de cabeza. Dime. Dime definitivamente qué quieres. Suelto mis manos de su cuello. No responde.
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Siempre fui un buen chico |
Ella me dice que es imposible. Que no puede ser. Qué cómo. Pero me estás mintiendo dice Javiera. ¿O es que acaso ahora te las quieres dar de escritor maldito? Escribes en un blog y quieres impresionar día a día. Ya no hay ideas en tu cabeza. La verdad que nunca tuviste una buena idea. Sólo pequeñas historias de mierda que nadie cree. Que nadie lee. Quieres convencerme a mí con esta historia que acabas de contarme. Que yo te crea. Yo no soy la lectora típica de tu blog. Yo te conozco. Te conozco desde la época en que no escribías. Cuando eras futbolista. Nadie como yo sabe que siempre fuiste un buen chico. Un buen chico antes de ahora. Antes que empezaras a escribir. A mí no me vengas con esa. De la noche a la mañana no puedes haber cambiado. Cuántos años hace que nos conocemos. Dime. Cuántos. No puedes ser tan bestia. Tan mala persona. Tan hijo de puta. No puedes decirme a mí. A mí. Que te conozco como si te hubiera parido. Que asistió a todos tus cumpleaños. La verdad que no soporto. De ninguna manera. En absoluto. No soporto que vengas y me digas que un día te acostaste con tu madre.
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En la sala 23 para mayores de 40 |
El Chino conoció a Rosemary en un Chat de Latin Chat. En la sala 23 para mayores de 40. La misma noche que la conoció se asilaron en el Messenger. Me lo contó el Chino. Un poco gordita me dijo, cuando la vio en video chat. Pero dulce, linda y muy simpática. Siempre me tenía al tanto de Rosemary. Rosemary era de Santiago de Chile. El Chino de Punta Arenas. Rosemary trabajaba en un banco. Rosemary era madre soltera. Rosemary estaba resfriada. Rosemary viajó a Buenos Aires. Rosemary se fue de compras. Rosemary estaba indispuesta. Cuatro meses de messengeo constante. El Chino juntó aplomo, decisión y dinero. Compró su pasaje a Santiago. Por fin conocería a la dulce, linda y simpática Rosemary. Yo lo acompañé al aeropuerto. Le llevaba de regalo productos típicos de la zona. Queso de oveja, jam de ruibarbo y dulce de calafate. En Santiago compraría un ramillete de rosas holandesas. También le regalaría aquel CD de Alex Ubago que juntos solían escuchar por Messenger. El Chino, luego de conocer a Rosemary, volvería a la ciudad el 10, partió el 5. Lo volví a ver el 15. Lo vi triste, como antes de conocer a Rosemary. En la sala 23 para mayores de cuarenta.
Nos juntamos en el bar Copelia weon, cuando de repente vi venir a una enana weon, que venía sonriendo hacía mí weon, me dijo "Hola" weon, una enana de un metro treinta weon, y sabes lo que me dice la enana weon: "¿Nunca te conté que era chiquita?" Nunca me contó eso la enana culiá weon. Estuve dos minutos y me mandé a la mierda weon. Me gasté 250.000 pesos weon.
La verdad que en ese momento no me reí. No tenía porqué hacerlo. Me dio pena realmente. Me dio pena por Rosemary. De esto hará cinco meses. Todavía me estoy riendo.
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Soy el amor de tu vida |

Una vez conocí a una feminista. Yo era feminista. Una vez conocí a una chica que le gustaba el pescado frito. A mi también. Una vez conocí a una mujer que le encantaba toda la década del ochenta. Fue lejos la mejor época, le dije. Conocí a una militante de izquierda. Inmediatamente me convertí en el Ché. Cristina había descubierto el jazz. Loca por el jazz. Me hice adicto al jazz. Jazz mañana, tarde y noche. Sobre todo Miles Davis. A ella le encantaba. A mí también. Leonor se había adscripto a Greenpeace. Inmediatamente me hice acólito defensor de las ballenas azules, blancas y amarillas. En el bar Melissa conocí a la francesita Michelle. Me la presentó Bruno. Ella es Michelle, le gusta el cine negro. Estuve toda la tarde hablando de cine negro con Michelle. Luego conocí a Susan. Susan -americana de Cincinnati- había venido a la Patagonia por un doctorado en aborígenes australes. Yo soy tataranieto del último aborigen. Me convertí en su mejor guía. Nadie sabía tanto sobre el tema como yo. Conocí a Ramona amante de los caballos. A Lucía fotógrafa. A Verónica cirujana. A Valeria folklorista. A Marta que trabajaba en una financiera. A Rebeca cocinera. A Javiera profesora. A Ernestina filósofa. Me transmutaba perfectamente. Yo era amante de los caballos. Yo era fotógrafo. Yo cirujano. Yo folklorista. Yo sabía más que nadie sobre el sistema financiero internacional. A Rebeca le enseñé la cazuela de congrio. No la de Neruda que es una mierda, sino que la verdadera y ancestral cazuela de congrio. Yo profesor. Yo filósofo. Yo el perfecto Zeitgeist mejorado Yo el tipo que se acostó con todas ellas. Y que por un instante fue todo lo que ellas desearían que fuera. Yo. El gran hijo de puta.
Ilustración Javier Molinero
Blog de Javier
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En el casino de Puerto Natales |
Me llama Martín y dice que llegó al pueblo. Martín llegó al pueblo. Nosotros le decimos ciudad al pueblo. Pero eso es otra historia. Otra histeria. Martín es mi amigo y jugador de póker aficionado. Aficionado absolutamente a jugar al póker. Me cita en el casino. Voy. Apenas lo veo me dice que pida un trago. Que pida lo que quiera. Que él está en la mesa de póker del fondo. Que está ganando. Me reitera que pida lo que quiera. Miro la mesa del fondo y veo a mi vecina Naty con su comadre, tres tipos que no conozco, un argentino con la camiseta de su selección y también veo a Spiro con el croata Pivcevic.
La verdad que Martín no me dio tiempo a nada. No pude contarle sobre el documental. De la repentina muerte de Yolanda. De mi viaje a Portugal. Ni de mi nuevo libro publicado por Mondadori. Desde la mesa de póker del fondo veo a Martín levantar su copa y brindar. A lo lejos brinda conmigo. Yo levanto mi copa y brindo con él. A los lejos. Termino de tomar mi Manhattan. Llamo a la chica y le pido una Margarita. Voy donde Martín y le pregunto si quiere un trago. Trago que pagará Martín. Me dice que una Coca Light. Lo pido y se lo llevo. Me dice bajito que esta noche tiene una suerte endemoniada. Que está ganando 200 euros. Vuelvo a mi mesa. Volvemos a brindar a lo lejos. Qué haces acá me pregunta Fabián, que llega con su pareja. Le respondo que acompaño a Martín. Le pido que me acompañen y les ofrezco un trago. Yo pido un Metropolitan. Vuelvo donde Martín y le digo que está Fabián y su pareja en mi mesa y que les ofrecí un trago. Me dice que no hay problemas. Que él paga. Que hasta el momento lleva ganados 300 euros. Vuelvo a la mesa.
Aparece Néstor con su pareja. La última vez que vi a Néstor fue en el mundial del 86, en México. Nos abrazamos y casi lloramos. Le presento a Fabián y su pareja. Los invito a mi mesa y les ofrezco un trago. Yo pedí un Pisco Souer, 3 partes de pisco de 35%, 1 parte de jugo de limón recién exprimido y azúcar y hielo a gusto. Arrimamos dos mesas a la mía, la verdad que era una noche encantadora. Risas, chistes y moralejas. Estaba desechando la idea de que el casino es un lugar falso y lúgubre. A lo lejos brindaba con Martín.
Luego llegó Alejandro. No podía creer que estuviese allí. Hacía apenas una semana me había mandado un correo de Chicago. Es una sorpresa Hugo, me dijo. Toma lo que quieras le dije. Pidió un Alexander Calúa. Esto ya se había convertido en el camarote de los Hermanos Marx. Pedí un Tequila Sunrise. Todos los que no habían pedido, pidieron. Una noche maravillosa. Sentí que era mi noche. Hasta recité un par de poemas. El de la rana que murió de amor y el del día que conocí a Anaïs Nin. Me olvidé de Martín cuando Fabián dijo que fuéramos a su casa a terminar la noche.
A la mañana siguiente desperté con un dolor de cabeza esperpéntico y con el teléfono sonando. La puta madre pensé, quién mierda llama a las tres de la tarde de un día domingo. Era Martín. "Hijo de puta, de la puta madre que re mil parió, dejaste una cuenta en el casino de 400 euros que tuve que pagar, más los mil que perdí, te voy a matar la concha de tu madre". Corté.
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En los Canallas del 43 en mitad de la 35 |

Yo se le dije en broma. Lo juro: "Las canciones románticas terminarán con nuestro amor". Se lo dije riéndome. Ella también río de buena gana. Todos los viernes la pasábamos en el karaoke del Canalla del 43. Y siempre era lo mismo. A ella le encantaban las canciones románticas. Siempre eran las mismas canciones. La 22, la 28, la 35 y la 47. Jeanette, Roberto Carlos, Julio Iglesias y José José. Andrea era la mejor. Ella lo sabía. Se preparaba. El lunes elegía su atuendo. El martes los zapatos. El miércoles el collar. El jueves ensayaba. El viernes el peinado. Siempre al partir para el karaoke, Andrea se tomaba tres medidas de ginebra. Ella decía que la ginebra actuaba en dos frentes. Le aclaraba la voz y la desinhibía. Y aquel viernes 23 de enero a las 23 horas, estábamos allí. La 22 fue genial. En la 28 el local se vino abajo. El dueño le trajo un trago de atención del local. En mitad de la 35 cayó desplomada. El doctor del pueblo dijo que fue un ataque masivo al corazón. De esto hace un año. Ayer fui con un grupo de amigos a visitar su tumba. El petiso Iturriaga había terminado el trabajo que le encomendé. Una placa de bronce: "Las canciones románticas terminaron con nuestro amor".
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La loca del 14 de febrero |
Como todos. He sido afortunado y desafortunado en el amor. También en otras cuestiones que no vienen al caso. Lo cierto es que cuando ella me dejó, me vi sumergido en un colapso traumático. El infierno y el bombardeo a Irak no era nada. Absolutamente nada. Comparado con el dolor de haberla perdido. Implicaba que aquello que amaba había dejado de hacerlo. Pero ella me convenció. Me convenció que el término de nuestra relación, había sido por mi culpa. Que después de haber probado la cicuta. De bajar del Olimpo de la decepción. De haber tomado miles de litros de alcohol para, tontamente, amenguar el dolor. Que después de querer matarme. De noches y noches sin dormir. De tomar pastillas y más pastillas de todos los laboratorios del mundo. Me convenció que yo tenía la culpa. Yo tenía la culpa. Porque nunca fui lo suficientemente atento con ella. Porque nunca estaba cuando ella "me necesitaba". Porque pataplin y pataplan. Yo era el culpable de que ella me dejara. Y si yo sufría era porque era (no valga la redundancia), un soberano pelotudo. Ella me dejó porque yo nunca, pero nunca, pero nunca; le regalé una rosa el 14 de Febrero. Al final la ghicha me convenció. Yo era él culpable. Tarde me enteré que le decían "la loca del 14 de febrero".
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