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Los discos de Nino Bravo sobre la mesa |
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El día de mi muerte |
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El regreso de Helena |
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No fue un buen año |
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Juventud divino tesoro |
Gabriel García Márquez: Su verdadero nombre es Gabriel José de la Concordia García Márquez; nació en el municipio de Aracataca (Magdalena), el 6 de marzo de 1927. Cuando pequeño se creía María Antonieta, se pintaba los labios de rojo carmesí, y besaba a la soldadesca de Aracataca con fruición. Toma clase de dicción y canto, su único fin de aquel entonces era casarse con un príncipe heredero.
James Joyce: James Augustine Aloysius Joyce nació en Dublín el 2 de febrero de 1882. De niño le gustaba sobremanera el fútbol, se probó como arquero en diversos equipos de la Eircom Premier, como el Derry City, el St. Patricks y el Bohemians D. En este último, recibió la goleada más humillante que se recuerde de la Eircom Premier, perdieron con el colista Cork City 15 a 0. Aquella vez recibió una fulminante golpiza de su alcohólico entrenador, Sir Dapendale.
Pablo Neruda: Nació en Parral, Chile, el 12 de julio de 1904. De niño se caracterizó como un perfecto imbécil. Aprendió a leer a la edad de quince años. Le encantaba comer carne cruda y merodear por cementerios. Fue detenido varias veces por la policía, acusado de abigeato. En la cárcel aprendió a escribir violentos y detestables poemas, hasta que tras ensayo y error, aprendió un poco más.
Fernando Pessoa: Cuyo verdadero nombre era Fernando António Nogueira Pessoa, nació en Lisboa el 13 de junio de 1888. Vivió parte de su infancia en Lisboa y parte de su juventud en Sudáfrica. En Lisboa se creía conejo, ardilla e hipopótamo. En Sudáfrica se creía conejo, ardilla e hipopótamo. Estuvo encerrado un tiempo en el zoológico de Lisboa y otro tiempo en el zoológico de Sudáfrica. Pensaba en inglés, escribía en portugués y nunca lustraba sus zapatos.
William Henry Gates III: más conocido como Bill Gates: nació en la ciudad de Seattle, Estados Unidos el 28 de octubre de1955. Hasta sexto grado, fue alumno regular de un ruinoso colegio público. Algunas veces llegaba borracho a clases. Indisciplinado y holgazán. Se mofaba de sus profesores. Trabajó en una tienda de artículos eróticos, de donde fue despedido por abusar de una pobre anciana.
Silvio Berlusconi: nació en Milán, Italia, el 29 de septiembre de 1936. El mismo día y año en que nació mi mamá. De niño fue un joven correcto y disciplinado. De estrictos valores morales. Monaguillo de una parroquia cercana a su hogar. Educado, respetuoso y dueño de una bondad admirable. Más tarde se convirtió en lo que es hoy. Igual que mi mamá.
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges: Más conocido como Jorge Luis Borges. Nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 24 de agosto de 1899. De signo Virgo. Aunque una de las principales características de este signo, es saber combinar efectivamente la intuición con el intelecto racional, no fue el caso del niño Borges. Se crió entre malevos, mafiosos y ganapanes. A la edad de 12 años contrajo sífilis en la cárcel de Ushuaia, en la Patagonia. Se encontraba allí purgando una condena, por diversos delitos cometidos en el barrio de Palermo. Ya de grande, todos sabemos que fue el esposo de María Kodama, y que escribió algunos poemas.
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Neruda, una muchacha y las novelas policiales |

Por Ramón Díaz Eterovic
Que Pablo Neruda era un buen lector de novelas policiales no es ningún misterio. Al respecto hay testimonios de algunos de sus amigos y están los libros policiacos que conservaba en su biblioteca, entre otros los de la famosa Serie Noire de la editorial Gallimard que diera a conocer en Francia a autores de la talla de Jim Thompson y David Goodis.
La escritora Inés Valenzuela recuerda que durante el año 1943, ella y su esposo, el escritor Diego Muñoz, gran amigo de Neruda desde que eran niños, vivieron en la casa del poeta ubicada en la calle Lynch, en La Reina; casa en la que Neruda vivía con su pareja de entonces, Delia del Carril, "La Hormiguita". De esa época, recuerda que Neruda leía a diario una novela policiaca, y que a diario también intercambiaba con ella alguno de los títulos que se encontraban leyendo, de autores como Georges Simenon y Agatha Christie. "Gracias a las novelas policiacas nos hicimos amigos con Pablo" -dice Inés Valenzuela, y recuerda que uno de sus primeros encuentros con el poeta fue en una librería de la calle San Diego, donde compartieron algún comentario sobre el autor Anthony Gilbert que por entonces ella leía y recomendó a Neruda. Gilbert es un autor inglés y varias de sus novelas fueron publicadas por Borges y Bioy Casares en la afamada colección "El Séptimo Círculo". Esta afición por la novela policial de ella y Neruda era motivo de bromas de parte de "La Hormiguita", quien con no pocos prejuicios sobre el género, les decía que "eran unos retardados mentales" por dedicar buena parte de sus lecturas a la literatura de misterio.
Por su parte, Jorge Edwards en su libro Adiós, poeta, recuerda: "...un domingo en la noche, estamos, Delia, Pablo y yo, en uno de los dormitorios de la casa de Los Guidos. Pablo selecciona libros y revistas viejas y me pasa un par de novelas de Simenon. Es un notable devorador de novelas policiales, admirador de James Hadley Chase, de Raymond Chandler, de Dashiell Hammett". James Hadley Chase (1906-1985), cuyo verdadero nombre era René Babrazon Raymond es autor de casi un centenar de novelas, entre las cuales destacan títulos como "Eva", "Con las mujeres nunca se sabe" y "Un loto para Miss Quon". El mismo Edwards, en otro capítulo de la obra antes mencionada, apunta que Neruda "conocía la relación estrecha entre Santuario de Faulkner, y No hay orquídias para la señorira Blandish, de James Hadley Chase, pero la conocía, precisamente, debido a su admiración por Hadley Chase, y pensaba que el Faulkner de Santuario se había inspirado en esa atmósfera violenta, sin obtener resultados literarios excesivamente brillantes".
Sobre la afición de Neruda por el género policial, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, otro fervoroso lector de novelas policiacas, en una entrevista concedida en Madrid, comenta: "Me tranquilizó mucho saber por declaraciones de Matilde Urrutia, la viuda de Neruda, que cada vez que él salía de viaje tenía que prepararle la maleta con novelas policiales". De acuerdo a esto último, nada de raro es que en una entrevista concedida en 1970 a la periodista Rita Guibert, y publicada en la revista Ronda de Aerolíneas Argentinas, en septiembre de 1996, a la pregunta: Si tuviera que salvar su obra de un incendio, ¿qué libros salvaría?, Neruda responde: "Posiblemente ninguno. ¿Para qué los necesitaría? Más bien salvaría a una muchacha o una buena colección de novelas policiales, que me entretendrían mucho más que mi propia obra".
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Lorena 3 minutos |
Lorena (30), me llama. Le digo que está bien, que la espero a las 10. Con exquisita puntualidad chilena, llega a las 11. Me da un beso y me pregunta qué tengo para tomar. Sabiendo que sólo toma ron, le digo que pida cualquier cosa, que tengo de todo. Me pregunta si tengo ron. Le digo que sí y le sirvo. Me cuenta que es difícil hoy en día, encontrar un oído atento. Un ser receptivo y solidario. Alguien en quien confiar. Que ella pagaría cualquier cosa, para que alguien verdaderamente la escuche. Le digo que aquello no es necesariamente así. Que siempre hay alguien en quien apoyarse. Que somos muchos más de lo que ella cree, somos muchos los que estamos dispuestos a escuchar a nuestros amigos. Me lo agradece, también me agradece el segundo vaso de ron. Durante dos horas y seis vasos de ron, me relata una retahíla de malos momentos. Su padre preso. Su madre embarazada de su amante. La ruptura con su pareja. Un accidente en la ruta 9, en donde se fracturó una pierna. El atraso de las cuentas de luz, agua y gas. Amén de otras cosas, que por decoro no voy a contar. Ya a punto de irse, le pido si me puede hacer una fellatio. Se sorprende. Me dice que cómo le digo eso. Le digo que ella misma lo ha dicho. Que pagaría cualquier cosa para que alguien la escuchara. Yo te escuché y tú también podrías ser solidaria conmigo. Yo verdaderamente necesito una fellatio. Se ríe. Le digo que aunque sean 3 minutos. Vuelve a reírse. Me pregunta si tengo reloj. Le digo que no tengo, pero que puedo contar mentalmente. Me dice que sólo 3 minutos. Comienza. Pasan un par de minutos y me pregunta si estoy contando, le digo que si. Me pregunta cuánto va, le digo que 1 minuto. Sigue. De nuevo me pregunta si estoy contando, le digo que sí, que estoy en 80 segundos. Dejo de contar, de engañar con mis cuentas. Más o menos cuando han pasado 10 minutos, me pregunta si falta mucho para los 3 minutos, le digo que ya falta poco, que siga. Cuando ya creo ir en los 15 minutos, me dice que se cansó. Le digo que yo también.
Ilustración de Javier Molinero.
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juan pablo riveros |

Cuando comencé a escribir hace ya 25 años, tuve la suerte de encontrar un maestro muy cercano y lejano, Ernesto Sábato. En esos tiempos, nuestro país vivía momentos dramáticos de su historia, y una crisis global que afectaba y aún afecta a la sociedad chilena. Con ingenua e inexplicable lucidez -si pensamos en el escaso dominio del instrumento y del estado del arte y la paciente tarea que tenía por delante- casi con candidez o irresponsabilidad, dirían otros, dejé prácticamente todo de lado para esa tarea.
Pero no vengo aquí a hablar de mí.
Nadie es más importante aquí que la poesía misma. Esa actividad oscura y que muchas veces inspira sospecha y miramos con recelo. Palabra poética que puede causar los mayores estragos que podamos imaginar. Y como todo es susceptible de poesía, hasta los hechos más deleznables, la poesía es la sangre o savia que circula silenciosa y secreta por las arterias individuales y sociales del planeta. Nada escapa a ella. La poesía no está sólo en los grandes libros que han manufacturado nuestros poetas, ella es el aire -enrarecido o limpio- que respiramos. Pero la poesía renueva todo aire contaminado y lo hace otra vez respirable, vivible y vital. Poesía es algo más que la sencilla pero costosa palabra que leemos, es el hálito eterno o la energía que el Creador o Temáukel nos insufla desde el inicio de los tiempos, es la esperanza de que todo puede terminar y de nuevo comenzar, de que todo aún es posible. La poesía es aquello que todos queremos decir pero que sólo, y a veces, algunos logran plasmar en la palabra. La poesía es quién escribió a través de Celan, mientras éste veía ascender hacia el aire los fantasmas cenicientos de sus seres queridos cuando nos dice "cavamos una fosa en los aires, allí no hay estrechez". Poesía es la Jolie Rousse, "la hermosa Pelirroja" o el orden de la aventura o las comarcas inexploradas de Apollinaire. Es aquella que nos hace encaramarnos con asombro a los árboles de la infancia, a los monumentos o a los murallas de las ciudades, aquella que nos hace correr y respirar profundo frente a los grandes cordones cordilleranos o ante las grandes estepas magallánicas o los desiertos del norte. Poesía es aquello que respiramos y bebemos sin saber. Es la estrella que brilla al final de cada Canto del Dante.
Una actividad que lamentablemente es mal comprendida y valorada. Y esto ocurre en el país más poético de América. Por eso he venido a hablar de nuestra poesía que es el bien más preciado que tiene Chile hoy y que, en realidad, posee desde hace más de un siglo. Más preciado que el cobre y sus productos de exportación. Pues sin poesía no se podría producir ni exportar ni generar riqueza material. Y si por un instante asumimos la terminología y la lógica del mercado que rige hoy nuestras vidas, resulta que la poesía es el producto de exportación tradicional por excelencia y, en consecuencia, podría ser el producto más rentable del país. La poesía es el mejor producto cultural de la sociedad chilena en casi todos los tiempos de nuestra historia latinoamericana. Salvo excepciones, casi no hay competidores. Ha demostrado que tiene ventajas comparativas por razones que, en realidad, desconocemos, y quizá, por nuestro natural y ancestral modo de ser tristes, por los sufrimientos que ha padecido nuestro pueblo, leche con la que nos han alimentado nuestras madres.
No lo sé. Pero el hecho es que Chile ha producido a Gabriela Mistral, Huidobro, Neruda, Parra, De Rokha, Gonzalo Rojas, y a un sinnúmero de otros poetas tan prominentes pero en la práctica desconocidos. Porque, además, en nuestro país olvidamos o dejamos de lado, como reclamó tantas veces Gabriela, a poetas tan importantes como Rosamel del Valle, y en narrativa a Juan Emar ayer, y hoy la escritura lúcida y casi anónima de Andrés Gallardo y sus Estructuras Inexorables de Parentesco o los trabajos de Hernán Castellano Girón -tan poco conocido y valorado en nuestro país con su obra magna Calducho- y a la misma Gabriela en su momento o, en fin, de postergar a tantos otros hasta la eternidad. Por ello, mi intención ahora es reivindicar el trabajo silencioso de tantos poetas jóvenes y escritores de nuestro país, a quienes hay que ayudar y apoyar para que avancen en sus proyectos escriturales. Hace pocos días, un importante y promisorio poeta joven de Chiloé, Mario García, profesor en esa isla mitológica, en medio de la lluvia me escribía lamentándose de la falta de apoyo real a las actividades literarias de esa región y, en general, a la literatura.
Así más que de los grandes de la poesía chilena y del continente, vengo a hablar por aquellos que escribieron y que escriben la historia poética de nuestra tierra en todas la ciudades y los campos y desiertos del país en forma anónima y silenciosa y, además, sin pretensión alguna, lejos de toda vitrina, de todo bullicio, de todo esplendor. Hablo por aquellos que escriben la historia de la poesía a pesar de todo y a contrapelo, por aquellos que son mirados de reojo, y que sólo han sido reconocidos luego de muertos y para utilizarlos luego como dato o adorno en el papel moneda. Pienso en Pezoa Véliz, Teófilo Cid, Rosamel del Valle, en la misma Gabriela. Post funeras virtus dice el latín. ¿Qué se hizo la voz árida de la Mistral de los Recados cuando nos susurraba sobre la educación de los niños de Chile? ¿O cuándo nos hablaba de las aves, de la flora y de la fauna de nuestra patria? ¿Dónde está la voz suave y respetuosa y casi de niño grande, de uno de los poetas más inteligentes y cultos que ha pasado por esta tierra, la voz pausada de Teillier? ¿Qué se hizo de la palabra de Rolando Cárdenas y de otros tantos como él? ¿Dónde están los mundos ocultos o los dominios perdidos de Calducho de Castellano Girón?
Todos los poetas pertenecen al país o al imperio de la poesía. Ella, como reina de todo ese imperio, distribuye y dictamina los roles claros u oscuros de los poetas. Hay poetas que están más cercanos al silencio y otros más próximos al bullicio mundano, y toda una infinita gama intermedia. Todos son importantes y respetables. Pero, su majestad la poesía, gobierna también en las diferentes regiones del país. Están los poetas del sur: desde Concepción a Magallanes, los poetas del centro y los poetas del norte. Con sus atributos propios, todo el territorio poético tienen sus grandes cultores anónimos. En este mismo instante y en algún ignoto lugar alguien está escribiendo el poema que luego leeremos o que no leeremos nunca. ¿En cuántos lugares remotos y, muchas veces precarios, en el más extenso y lacerante sentido de la palabra, se está escribiendo el poema o el libro que leeremos el 2010?
De esos lugares subterráneos y aledaños proviene mi trabajo poético. Del territorio de lo anónimo. Del trabajo silencioso y paciente, donde el tiempo de la publicación -y si ésta alguna vez se produce es más una cuestión de azar que una realidad buscada- siempre está lejano Mi trabajo, como el de aquellos que quiero representar, nace de la profunda convicción de que a través de la palabra se puede pintar o despintar un país o construir una leve sonrisa en el rostro duro del hombre. Nuestro trabajo nace de la creencia de que los índices macroeconómicos son sólo una pálida superficie que flota, como un témpano, sobre realidades más profundas y a la que sólo la palabra poética tiene acceso real.
Hay una enorme cantidad de poetas que merecen esta distinción que hoy nos convoca. Conozco a muchos escritores a lo largo de nuestra tierra: Hugo Vera Miranda en Magallanes, Mario García en Chiloé, y a tantos otros en Valdivia, Concepción y Santiago que, de pronto, desesperanzados y frustrados optan por el silencio, por el abandono de la palabra. Y estoy hablando, por cierto, de los orfebres de nuestra lengua, de aquellos que trabajan con paciencia y sin tiempo en la construcción de un verso perdurable.
Es necesario pues que la sociedad chilena y sus políticos sean solidarios con aquellos que piensan a su tierra y a sus gentes con palabras, solidarios con aquellos que saben que la palabra es la morada de algo sagrado, de las concepciones y sentimientos -oscuros o blancos- mas caros de una sociedad, de aquellos que con Heidegger saben que la palabra es la morada del ser, que en la palabra vive lo mejor de nosotros mismos, aún cuando con frecuencia las palabras "no digan nada" y que son difíciles las palabras para las experiencias profundas.
El otro día estuve leyendo algunos poemas de Paul Celan. Si los campos de concentración lo hubieran exterminado nunca habríamos conocido la palabra viva del poeta- palabra en el tiempo diría Machado- sobre esas terribles experiencias que afloran en el poema Fuga de Muerte. Como él, algunos poetas optan por el silencio: es decir, por el suicidio o por el abandono definitivo de la palabra. Así, el río Sena se llevó la poesía de Celan. Y la premura económica y la incomprensión se llevó la poesía del poeta magallánico Rolando Cárdenas y también se llevó la narrativa de Juan Emar y la prosa de unos de nuestros premiados de hoy, Andrés Couve.
Quiero finalizar estas palabras con un escritor desconocido y casi anónimo en su tiempo, pero que soñó anticipadamente la pesadilla del Occidente del siglo XX. Kafka nos recuerda a los poetas en tiempos de penuria que: Lo que debemos tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro.
Un libro que rompa nuestra banquiza interior.
Gracias.
Discurso pronunciado por Juan Pablo Riveros, al recibir el Premio Municipal 2001, en la ciudad de Santiago de Chile.
JUAN PABLO RIVEROS (Punta Arenas, 1954), ingeniero comercial, magister en Estudios Internacionales, doctor en Economía, librero, editor, profesor universitario, es ante todo poeta. Ha publicado Nimia, De la tierra sin fuegos y El libro del frío.
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Marcela Muñoz Molina: Golpes en una calle vacía |
Dormimos en la parte trasera de un auto, entre los árboles del parque japonés, sobre la arena en la costanera, en la orilla de una laguna, en la casa de Ellis Regina un día que ella andaba de viaje, en la pensión donde vivía el único niño negro de la ciudad, en la casa prestada amablemente por el comandante Vera, quien en ese tiempo lideraba el escuadrón de la muerte. Decir que dormíamos es solo una forma de decir. En realidad nos reíamos. Toda la santa noche nos reíamos. Estuvimos en lugares en que, lo que correspondía era que nos pagaran una indemnización. Estábamos rodeados de gringos que comenzaban a levantarse a las cuatro de la mañana justo en el minuto en que nosotros queríamos dormir. Y ya había salido el sol. No tenía sentido seguir allí, nos volvíamos a levantar y volvíamos a vagar. Durante el día, literalmente nos asilábamos en algún café. Una vez entramos a uno a las diez de la mañana y nos fuimos a las diez de la noche. Doce horas mirando por la ventana. Otra vez pasamos el año nuevo en una cabaña en San José de Costa Rica. Como consideramos que no quedaba tan lejos, decidimos irnos a pie. Después de unos días decidimos que era mejor hacer dedo. Un señor muy amable en una camioneta nos llevó. La vuelta resultó más complicada. Nadie venía de vuelta de San José en un día festivo. Pero igual volvimos. Pasamos a comprar pan en la única casa donde se vendía algo en todo el camino. Dentro de la casa todos dormían. Algunos acostados sobre la mesa, otros en un sofá, la dueña de casa doblada en el suelo, un niño sobre una silla. En esa casa se había detenido el tiempo. Nos pareció totalmente normal y nunca hicimos ningún comentario al respecto. Nosotros sólo andábamos. Nos esperábamos ansiosamente. La llegada del barco a veces se atrasaba por el temporal, pero a mi no me importaba. Lo esperaba en el muelle, a pesar del frío y el viento. Esos eran otros tipos de días. Nos dedicábamos a una especie de incubación. Guardábamos largos silencios y tratábamos de no acercarnos a la orilla. El se tardaba. El llegaba realmente dos días después de haber llegado. A mi eso me parecía tan normal como una casa llena de gente durmiendo o irme a pie a San José en Costa Rica. Normal era su dormitorio pintado de rojo y un globo gigante que giraba sobre la cabecera. Normal era su altar con fotos y velas y un par de anteojos de sol rotos. Yo intentaba calentar esos fríos huesos amarrando su cintura a un árbol, llenando los floreros con plumas, regalándole zapatos para que caminara sobre el agua. Creo que llegué a hacerlo todo. Por eso, ese día entré al lugar abriéndome paso sólo con la furia. Lo busqué entre la gente, que amigablemente tomaba un café y veía televisión. Algunos arreglaban sus mochilas. Con una fuerza que no era mía lo saqué del lugar y lo golpee en una calle vacía, hasta cansarme. El había decidido abandonarme y cambiarme por una señorita de buena familia fría como un pescado.Marcela Muñoz Molina: Poeta nacida en Puerto Natales, Chile. Ha publicado los libros, Ángeles y limusinas, El salvavidas lleva mi nombre y Poemas para no matar.
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anxos sumai |
-Ponte a estudiar -me ordenó-. Ya avisé a Felisa para que te haga la cena.
Colgué el teléfono y fui corriendo al cuarto de mis padres. Hacía lo que haría una niña de mi edad. Tendría por entonces doce años. Me probaba ropa, zapatos. Me maquillaba. Me perfumaba. Me admiraba en el espejo e intentaba imaginar cuál sería mi aspecto a los veinte años. Acariciaba la ropa de papá, la olía durante unos instantes esperando encontrar restos de un aroma que nunca me había sido permitido disfrutar. Aquella tarde, sabiéndome con todo el tiempo por delante, me atreví a sacar de la caja las dos piezas delicadas como espuma de mar. Sí, tenían algo de espuma, de líquido salado. Me desvestí despacio delante del espejo y creo que disfruté por vez primera de la visión de mi cuerpo desnudo, en el que comenzaban a asomar los pechos como pequeños volcanes de harina y la cintura se empeñaba en curvarse hacia dentro. Lo que más me fascinó fue admirar mi suave, marrón, escaso pelo púbico. Cuando era pequeña, había visto a mamá desnuda muchas veces. La había visto subirse la falda y bajarse las bragas para orinar y me fascinaba aquella mata de pelo rojo que le incendiaba los muslos. Recuerdo ahora cuánto me inquietaba esa visión, como si hubiese algo siniestro escondido debajo de aquel pelo. Mi vello reciente, casi la suave pelusa que me cubría las piernas, no era tan denso como el de ella. Se encaracolaba y tenía un agresivo color castaño que me hería la piel blanca. Pensé que se parecía a la barba de papá, castaña, corta, pero rizada. Aunque más débil.
Después me vestí, demorando los gestos, con la ropa que se escondía en la caja como un deseo inconfesable. Eran dos piezas: un pantaloncito y una especie de camiseta en tonos verdes elaborados con blonda bordada también en verde y blanco. Espuma de mar verde. Eran suaves, como el agua enjabonada que resbala por las manos, como el pecho de Ramón cuando salía de pasar horas sumergido en un baño relajante y me cogía en brazos porque yo aún era un bebé. Me puse el pantalón. Me quedaba grande. Lo sujeté en la espalda con una mano y lo apreté contra el vientre. Me rozó los muslos y se produjo en mí un estremecimiento inusitado, aquel primer y extraño hormigueo. No me resultaba desconocido, debía de haberlo sentido antes en algún sueño o quizás en la ducha cuando el agua caliente me bajaba por el vientre y se me perdía entre los muslos. Me asusté, pero seguí apretando el pantalón contra el montículo de pelo púbico y, con la otra mano, me puse la camiseta. Me quedaba grande pero no importaba porque me sentía muy hermosa.
Me acosté en la cama y pasé mucho tiempo mirándome en el espejo. La tarjeta verde manzana me decía: "Desenvuélveme".
"Soy tu regalo. Desenvuélveme".
Comencé a liberarme de aquella ropa como si fuera, realmente, el envoltorio de un regalo. Me quedé sobre la cama, acostada delante del espejo. Y, por fin, entendí. Imaginé a mamá acostada, vestida de aquella manera húmeda y suave y con la tarjeta verde manzana entre los pechos. Entretanto, papá miraba. Papá besaba, papá lamía, papá deseaba tanto que le ardía el sexo. Después, papá la desenvolvía.
Yo supe lo que sintieron porque yo también lo sentí. Y supe, sin que nadie me lo explicara, como saciar aquel primer deseo brutal porque, en el mismo momento en que se hizo insaciable, también intuí de donde nacía. De donde nacía y como calmarlo.
Me sentí eléctrica, me sentí líquida.
Anxos Sumai: Escritora nacida en Catoira, Galicia, España. Ha obtenido diversos e importantes premios literarios.
Este fragmento que presentamos a los lectores de Inmaculada Decepción, corresponde a su libro, Así nacen las ballenas.
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Flores de plástico |
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Casanovas de ocasión |
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En ningún lugar hay nadie |
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Esa cubana que no sabía descorchar una botella |
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Las mujeres son todas iguales |
Afuera ladran los perros. Cae la nieve. La panadería de enfrente sigue con los parlantes y la música. La música más horrible del mundo. Es medianoche ya. Le pregunto a Nicole Kidman qué quiere de beber. Me dice lo que tú quieras mi amor. ¿O prefieres que nos vayamos a la cama? De nuevo me dice lo que tú quieras mi amor. Y qué tal si salimos a caminar por la nieve. Nuevamente. Lo que tú quieras mi amor. ¿Te gustaría que te recite mi último poema? Podríamos ir a la panadería de enfrente y decirles que se callen.
¿Y si vamos al casino? ¿La ópera? ¿Y si hacemos el amor? ¿Qué te parece un viaje? ¿Tener un hijo? ¿No te gustaría volver a Australia? ¿Un caramelo de menta? ¿Una noche en Catoira? ¿Salir a la carretera? ¿Te apetece Barcelona? Borges. ¿Te gustaría leer a Borges? Ya sé. Un nuevo Lamborghini. Su respuesta es siempre la misma. Quién mierda me mandó a involucrarme con esta tía.
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El Pato, la renga y la sobrina de mi tía |
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Escritoras borrachas en Puerto Natales |
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Sucinta biografía de Alessandro Rambaldini |
Ustedes conocen casi todo de mí. Y un poco más. Incluso algunos me conocen personalmente. Otros a través de Google, la filatelia o del horóscopo chino. Pero esta no la tienen. Qué va. Imposible. Les cuento. Me llamo Alessandro Rambaldini. Hijo y nieto de marinos genoveses. Mi abuelo llegó a Puerto Natales en la década del treinta con mi padre aun pequeño. Crecí en medio de barcos que mi abuelo, mi padre y yo construimos. Además de marino, mi abuelo fue domador de caballos. Mi abuelo enviudó y se volvió a casar con una princesa kaweskar. Luego trabajó en las minas de carbón de Río Turbio. En los lavaderos de oro en Tierra del Fuego. Combatió en la Segunda Guerra Mundial. Regresó a Puerto Natales en donde murió el 5 de julio de 1951. Yo no le llego ni a los talones a mi abuelo. Él era verdaderamente un grande. Un pionero. En alta temporada yo trabajo en turismo. Esta historia se las cuento a las gringas con las cuales me acuesto. En temporada baja, soy Nano, el almacenero de la esquina. Nieto e hijo de nadie.
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El día que Ruth conoció a Hans |
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Tomé el bus de la siete y media |















