Era la primera vez que Dios llegaba a Puerto Natales. Una camioneta con altoparlates anunciaba su presentación. Actuaría en el gimnasio local. Todo el mundo revolucionado con la llegada de Dios. La verdad que si me dieran a elegir, preferiría ir a ver a los Rolling Stones. Gente que llega al almacén me preguntan si voy a ir a ver a Dios. Les digo que no puedo. Que debo mantener el negocio abierto. Que debo pagar algunas facturas. Pagar mis impuestos. Me dicen que todo el mundo va a ir. Que nadie vendrá a comprar al almacén, que el pueblo estará en el gimnasio local. No importa, les digo, alguien puede venir. La cita era a las nueve de la noche. Un cuarto de hora antes de las nueve, entra Dios al almacén. Inmediatamente lo reconocí. Un tipo inconfundible. Lo atendí como a cualquier otro cliente. En aquello soy intransigente. Atiendo a todos por igual. Pidió cigarrillos, una caja de vino, pan, medio kilo de tomates y un desodorante. Mientras lo atendía me comentó que él también tenía un almacén. Un poco más grande que el mío. Que la crisis también lo había afectado. Que cada vez menos gente llegaba a su almacén. La verdad que fue muy amable. No el tipo osco, déspota y lejano como comentaban por ahí. Pienso que tuve suerte de no ir. Su compra por pequeña que haya sido, me sirvió.
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La gira de Dios |
Era la primera vez que Dios llegaba a Puerto Natales. Una camioneta con altoparlates anunciaba su presentación. Actuaría en el gimnasio local. Todo el mundo revolucionado con la llegada de Dios. La verdad que si me dieran a elegir, preferiría ir a ver a los Rolling Stones. Gente que llega al almacén me preguntan si voy a ir a ver a Dios. Les digo que no puedo. Que debo mantener el negocio abierto. Que debo pagar algunas facturas. Pagar mis impuestos. Me dicen que todo el mundo va a ir. Que nadie vendrá a comprar al almacén, que el pueblo estará en el gimnasio local. No importa, les digo, alguien puede venir. La cita era a las nueve de la noche. Un cuarto de hora antes de las nueve, entra Dios al almacén. Inmediatamente lo reconocí. Un tipo inconfundible. Lo atendí como a cualquier otro cliente. En aquello soy intransigente. Atiendo a todos por igual. Pidió cigarrillos, una caja de vino, pan, medio kilo de tomates y un desodorante. Mientras lo atendía me comentó que él también tenía un almacén. Un poco más grande que el mío. Que la crisis también lo había afectado. Que cada vez menos gente llegaba a su almacén. La verdad que fue muy amable. No el tipo osco, déspota y lejano como comentaban por ahí. Pienso que tuve suerte de no ir. Su compra por pequeña que haya sido, me sirvió.
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La vida es bella |

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El fútbol y el Espíritu Santo |
Pero de pronto se interpuso en mi vida, Dios. Y junto con Dios, la Iglesia de la cual era militante mi abuela. Mi abuela María. Mientras mis amigos jugaban y jugaban, yo partía los domingos con mi abuela a una iglesia. La Metodista Pentecostal, una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe.
Todo el juego por jugar y yo metido en la iglesia. Cantando coritos. Hincándome. Alabando a Dios. Rezando por nuestras pobres almas perdidas. Pensé que debería hacer algo rápido. Inventar un juego allí. En la iglesia. Un minuto sin jugar y yo no era yo. Yo no era nadie. Es que no se puede soportar tanto fervor religioso. Y al final lo logré. Casi sin darme cuanta inventé el juego más glorioso del cual tengo memoria. Jugué el juego del niño tomado por el Espíritu Santo. El elegido de Dios. Cerraba mis ojos y deambulaba por el recinto hablando lenguas extrañas. Poseído. La total posesión. Pasaba entre la corrida de asientos haciendo de las mías. Le pisaba los callos al Pastor. Siempre hablando en lenguas. Un agarrón a la chica que me gustaba. Un puñete sin querer el chico que me caía mal. Y los hermanos entusiasmados con el niño que lo había tomado el Espíritu Santo. Yo, el elegido. El Pastor con las manos batientes y diciendo, ¡Aleluya, Aleluya hermanos!, alabado sea Dios. Dios está acá y a hecho su obra en este niño. Amén respondía la concurrencia. ¡Amén, Amén, Amén hermanos Alabado sea Dios.
Evidentemente era el mayor espectáculo del pueblo. Sino de la Patagonia entera. Esto ocurría todos los domingos. Ya no sentía dolor en ir a la iglesia con mi abuela. Esperaba impaciente los domingos para ir y brindar mi función. Fueron dos meses de frenesí religioso. La iglesia aumentó su cantidad de fieles. El Pastor me recibía con honores. Verdaderamente mi espectáculo era formidable. Mi abuela emanaba una beatitud excelsa. Durante la semana ya no me regañaba como antes. Me cuidaba. Me permitía comer todos los dulces del negocio. Me trataba con un cariño sobredimensionado. Pero en esta vida todo acaba. Y acabó de la peor manera. Ya que cuando estaba hablando en lenguas, junto a un… zarapalanda belanda rami turonagua, se me salió un: "puta que cansa esta mierda". Primero fue una risita aislada. Después toda la iglesia prorrumpió en una carcajada general. Hasta ahí llegó mi impostura de niño poseído. Poseído por el Espíritu Santo. Mi abuela me sacó de la iglesia tomado de las orejas. Me quedé un mes sin dulces y nunca más me llevó a la Iglesia. A la iglesia Metodista Pentecostal. Una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe. De ahí en más, volví a jugar al fútbol, al trompo, las bolitas, al zuncho, a matar pajaritos con honda y a ser el chico normal y juguetón que siempre fui. Demos gracias a Dios. Amén.
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La final de la Champions |
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Leopoldo María Panero: El manicomio de Mondragón |
A QUIEN ME LEYERE
LOS LIBROS caían sobre mi máscara (y donde había un rictus de viejo moribundo), y las palabras me azotaban y un remolino de gente gritaba contra los libros, así que los eché todos a la hoguera para que le fuego deshiciera las palabras...
Y salió un humo azul diciendo adiós a los libros ya mi mano que escribe: "Rumpete libros, ne rumpant anima vestra": que ardan, pues, los libros en los jardines y en los albañales y que se quemen mis versos sin salir de mis labios:
el único emperador es el emperador del helado, con su sonrisa tosca, que imita a la naturaleza y su olor a queso podrido y vinagre. Sus labios no hablan y ante esa mudez me asombro, caigo estático de rodillas, ante el cadáver de la poesía.
1/3/87
Dérisoires martyrs...
STÉPHANE MALLARMÉ
En el obscuro jardín del manicomio
Los locos maldicen a los hombres
Las ratas afloran a la Cloaca Superior
Buscando el beso de los Dementes.
Un loco tocado de la maldición del cielo
Canta humillado en una esquina
Sus canciones hablan de ángeles y cosas
Que cuestan la vida al ojo humano
La vida se pudre a sus pies como una rosa
Y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
Una Princesa.
Los ángeles cabalgan a lomos de una tortuga
Y el destino de los hombres es arrojar piedras a la rosa
Mañana morirá otro loco:
De la sangre de sus ojos nadie sino la tumba
Sabrá mañana nada.
El loquero sabe el sabor de mi orina
Y yo el gusto de sus manos surcando mis mejillas
Ello prueba que el destino de las ratas
Es semejante al destino de los hombres.
EL LOCO MIRANDO DESDE LA PUERTA DEL JARDÍN.
Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina
LAMED WUFNIK
Yo soy un lamed wufnik
sin mí el universo es nada
las cabezas de los hombres
son como sucios pozos negros
yo soy un maed wufnik
sin mí el universo es nada
dios llora en mis hombros
el dolor del universo, las flechas
que le clavan los hombres
yo soy un lamed wufnik
sin mí el universo es nada
le conté un día a un árabe
oscuro, mientras dormía
esta historia de mi vida
y dijo "Tú eres un lamed wufnik"
sin ti Dios es pura nada
* y añadió, "y entre los árabes, un kutb"
(v. Jorge Luís Borges, El Libro de los seres imaginarios)
EL LOCO AL QUE LLAMAN EL REY
Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada
con peces muertos en los peldaños
y una sirena ahogada en mi mano que enseño
mudo a los viandantes pidiendo
como el poeta limosna
mano de la asfixia que acaricia tu mano
en el umbral que me une al hombre
que pasa a la distancia de un corcel
y cándido sella el pacto
sin saber que naufraga en la página virgen
en el vértice de la línea, en la nada
cruel de la rosa demacrada
donde
ni estoy yo ni está el hombre
Has dejado huella en mi carne
y memoria en la piel de las interminables bofetadas
que surcan mi cuerpo en le claustro del sueño
quién sabe si mi destino se parecerá al de un hombre
y nacerá algún día un niño para imitarlo.
Ven hermano, estamos los dos en el suelo
hocico contra hocico, hurgando en la basura
cuyo calor alimenta el fin de nuestras vidas
que no saben cómo terminar, atadas
las dos a esa condena que al nacer se nos impuso
peor que el olvido y la muerte
y que rasga la puerta última cerrada
con un sonido que hace correr a los niños
y gritar en el límite a los sapos.
Ne sachant pas, ingrat!, que c'était tout mon sacré
ce fard noyé dans l'eau perfide des glaciers
STÉPHANE MALLARMÉ
En mi alma podrida atufa el hedor a triunfo
la cabalgata de mi cuerpo en ruinas
a donde mis manos para mostrar la victoria
se agarran al poema y caen
y una vieja muestra su culo sonrosado
a la victoria
pálida del papel en llamas,
desnudo, de rodillas, aterido de frío
en actitud de triunfo.
Brindemos con champagne sobre la nada
salto de un saltimbanqui en el acero escrito
donde la flor se desnuda y habita entre los hombres
que de ella se ríen y apartan la mirada
sin saber oh ilusión que es también la nada
adonde ellos la vuelven y que a cada jugada
se tiene la Muerte ante el jugador desnuda
enanos juegan con cabezas humanas.
EL QUE ACECHA EN EL UMBRAL.
Si la beauté n'etait la mort
Toda belleza por el cadáver pasa
y se limpia en el río de la muerte, el Ganges
que a los inmortales conduce
toda mujer
se transfigura en la tumba y adorna
en el eterno peligro de la nada
así, querida
sabrás mueriendo lo que es el Adorno
y te adorarán los pulgones y aplaudirán las ranas
de ellas compuesto el canto eterno de la nada
oh, tú, hermana
llena con tu cántico mi noche
de tu susurro delgada hermana
de tu sollozo
que la nada devora Sabiendo así lo que es el Adorno
las chotacabras avisan Su Llegada.
(reivindicación de la hermosura)
Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)
LOS INMORTALES
HEGEL
En la lucha entre conciencias algo cayó al suelo
y el fragor de cristales alegró la reunión
Desde entonces habito entre los Inmortales
donde un rey come frente al Ángel caído
y a flores semejantes la muerte nos deshoja
y arroja en el jardín donde crecemos
temiendo que nos llegue el recuerdo de los hombres.
Llega del cielo a los locos sólo una luz que hace daño
y se alberga en sus cabezas formando un nido de
serpientes
donde invocar el destino de los pájaros
cuya cabeza rigen leyes desconocidas para el hombre
y que gobiernan también este trágico lupanar
donde las almas se acarician con el beso de la puerca,
y la vida tiembla en los labios como una flor
que el viento más sediento empujara sin cesar
por el suelo
donde se resume lo que es la vida del hombre.
Del polvo nació una cosa.
Y esto, ceniza del sapo, broce del cadáver
es el misterio de la rosa.
Debajo de mí yace un hombre
y el semen
sobre el cementerio
y un pelícano disecado creado nunca ni antes
Caído el rostro
otra cara en el espejo
un pez sin ojos
Sangre candente en el espejo
sangre candente
en el espejo
un pez que come días pre-
sentes sin rostro
Tú que eres tan sólo
una herida en la pared
y un rasguño en la frente que induce suavemente
a la muerte.
Tú ayudas a los débiles
mejor que los cristianos
tú vienes de las estrellas
y odias esta tierra
donde moribundos descalzos
se dan la mano día tras día
buscando entre la mierda
la razón de su vida;
ya que nací del excremento
te amo
y amo posar sobre tus
manos delicadas mis heces
Tu símbolo era el ciervo
y el mío la luna
que la lluvia caiga sobre
nuestras fauces
uniéndonos en un abrazo
silencioso y cruel en que
como el suicido, sueño
sin ángeles ni mujeres
desnudo de todo
salvo de tu nombre
de tus besos en mi ano
y tus caricias en mi cabeza calva
rociaremos con vino, orina y
sangre las iglesias
regalo de los magos
y debajo del crucifijo
aullaremos.
No soporto la voz humana,
mujer, tapa los gritos del
mercado y que no vuelva
a nosotros la memoria del
hijo que nació de tu vientre.
No hay más corona de
espinas que los recuerdos
que se clavan en la carne
y hacen aullar como
aullaban
en el Gólgota los dos ladrones.
Mujer,
no te arrodilles más ante
tu hijo muerto.
Bésame en los labios
como nunca hiciste
y olvida el nombre
maldito
de Jesucristo.
Danza en la nieve
mujer maldita
danza hasta que tus pies
descalzos sangren,
el Sabbath ha empezado
y en las casas tranquilas
de los hombres
hay mucho más lobos que aquí.
Luego de bailar toca
la nieve: verás que es buena
y que no quema tus manos
como la hoguera
en la que tanta belleza
arderá algún día.
Partiendo de los pies
hasta llegar al sexo
y arrasando los senos
y chamuscando el pelo
con un crujido como de
moscas al estallar
en la vela.
Así arderá tu cuerpo
y del Sabbath quedará tan sólo una lágrima
y tu aullido.
O LA CAUSALIDAD DIABÓLICA
Pero el cuerpo humano, que, salvo para los niños, es un secreto, contiene igualmente alucinaciones olfativas o junguiniano alguno, es decir, a inconsciente alguno de la especie o, en otras palabras, a su pasado, en el que los dioses están bajo la figura de tótems, pues no en vano la palabra "zodiaco" significa en griego animales. Dioses esto, pues, corporales, hijos del Sol y de la Tierra.
He aquí, por consiguiente, que le cuerpo contiene la locura y, como el único cuerpo entero que existe es el cuerpo infantil, es por tal motivo que la esquizofrenia tuvo por primer nombre "demencia praecox" o demencia traviesa. Respecto a la paranoia, su problemática es triple o, en otras palabras, quiero decir que existen tres tipos de paranoia, pues ya nos dijo Edwin Lemert que no existe la paranoia pura; uno de los tipos de paranoia cuyo síndrome es el delirio de autorreferencia, nos reenvía al problema de que el psiquismo animal es colectivo, y ese es el magma alquímico, en cuyo seno se hunde al género del paranoico. El otro género de paranoico es el que proyecta su agresividad, con frecuencia, sobre su mujer en el delirio de los celos. El tercer género del paranoico es el que, según ya dijo Edwin Lemert, tiene realmente perseguidores. Ese es el caso al que yo llamo el caso Jacobo Petrovich Goliardkin (el protagonista de El doble de F.N.Dostoyewski). Es un sujeto con frecuencia deforme, enano o simplemente raro, o tan oscuro como Dreyfuss, que es víctima de agresiones, humillaciones y vejaciones por parte de sus amigos o compañeros de oficina, -o, a veces, de un portero, o sencillamente de un camarero-, y que para dar sentido estético a su vivencia se inventa a los masones, o a la C.I.A., metáforas que reflejan a tan sombríos compañeros.
Las otras locuras son frecuentemente producto de la psiquiatría: tal es el caso de las alucinaciones auditivas, que no existen en estado natural alguno y que son producto de la persecución social o psiquiátrica que cuelga, como vulgarmente se dice, en lugar de explicar o aclarar. Pues cada ser humano puede ser en potencia un psiquiatra, con sólo prestarnos la ayuda de su espejo. Pasemos ahora al caso de Dreyfuss; el caso Dreyfuss, en verdad, fue, como el mío, un caso muy extraño. Ni yo ni él entediamos el origen de la persecución; su naturaleza, sin embargo, o su mecanismo puede definirse como el efecto "bola de nieve": se empieza por una pequeña injusticia y se sigue por otra y por otra más aún hasta llegar a la injusticia mayor, la muerte. O bien como en el lynch empieza uno y continúan todos. Así, yo he sido la diversión de España durante mucho tiempo y, a la menor tentativa de defenderme, encontraba la muerte, primero en Palma de Mallorca en forma de una navaja y, luego, en el manicomio del Alonso Vega (Madrid) en forma de una jeringa de estricnina; pero todo por un motivo muy oscuro, no sé si por mi obsesión por el proletariado, nacida en la cuna de la muerte, o bien, por miedo a que desvelara los secretos de un golpe de Estado en que fui utilizado como un muñeco, y en el que los militares tuvieron, primero, la cortesía de apodarme "Cervantes", para llamarme después, en el juicio, "el escritorzuelo". Pero no son sólo los militares los que me usaron; en España me ha usado hasta el portero para ganarse una lotería que de todos depende, porque el psiquismo animal es colectivo, y éste es el motivo de que el chivo expiatorio regale gratuitamente la suerte, en un sacrificio ritual en pleno siglo XX, en nombre de un dios que ya no brilla, sino que cae al suelo herido por las flechas de todos. Ese dios al que todos odian por una castidad que ha convertido al español en un mulo y en una mala bestia. Al parecer toda España ha rodeado amorosamente a la muerte entre sus brazos, y la prefieren la sexo y a la vida.
Que ella les de al fin su último beso en la pradera célebre del uno de mayo.
Descargar extractos de la película de Jaime Chavarri, El Desencanto, subtitulado en francés.
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Una cuestión de economía |
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James Ellroy: Destino: La Morgue |
JAMES ELLROY: DESTINO: LA MORGUE

Yo veía L. A. con ojos de nativo. Crecí allí. Tamicé datos y los transfiguré al estilo de los chicos. Se trataba de morbos diversos. La corrupción y la obsesión eran sus hilos conductores. Mi métier fue el noir infantil. Viví en el epicentro del film noir durante la época del film noir. Desarrollé mi propia cepa de morbo raro. Era puro L. A.
Hacia 1950 mi padre trabajaba para Rita Hayworth. Decía que se la cogía. Mi madre cuidaba a astros de cine borrachos. Mi padre era perezoso. Mi madre era una adicta al trabajo. Mi padre me enseñó a leer a la edad de cuatro años.Tuve acceso a las revistas de escándalos y a la Biblia. El libertinaje y la severa ley de Dios me acosan todavía. En la Biblia había sexo y abundantes carnicerías. En las revistas de escándalos, también. Sexo y porquería publicada. Incubé mis dotes narrativas. Mi imaginación se incendió.
Mis padres se divorciaron en 1955. Mi madre obtuvo la custodia principal. Yo viajaba de uno a otro. Estudiaba sus vidas separadas.
Mi madre bebía combinados de bourbon. Vi lo mucho que le cambiaba el alcohol. Salía con hombres que olían a psicópatas de film noir. La pesqué dos veces in fraganti. Mi padre acechaba el piso y espiaba a su ex. Mi madre me alimentaba con comida sana y novelas épicas. Mi padre me daba salsa de quesos y combates de boxeo. Me enseñó a vitorear. Yo vitoreaba a los boxeadores mexicanos antes que a los negros. Vitoreaba a los púgiles blancos antes que a cualquiera.
Sexo: el asunto más importante de todos. El no va más de los chistes de los `50, quiero conocer al tipo que inventó el sexo y preguntarle en qué anda ocupado ahora.
Mi padre y mi madre me hacían leer. Los dos me llevaban al cine. Mi padre se repetía con historias de actrices ninfómanas. Mi madre hablaba de los actores a los cuidaba. Me llevó al espectáculo de Dean Martin y Jerry Lewis. En una escena aparecía un perro conduciendo un coche. Me desternillé de la risa varios días seguidos. A mi madre le pareció una reacción extrema. Mi madre era una mujer instruida. Decidió llevarme a un psiquiatra infantil.
Los viajes de uno a otro progenitor continuaron. Iba de una casa a la otra y me enteraba de chismes, Rita Hayworth era ninfómana. Rock Hudson, maricón. Floyd Patterson, un campeón de pacotilla. Mickey Rooney era un sátiro.
El calendario llega a junio de 1958. Comienza mi noche de Walpurgis. Mi madre es asesinada. La trama es SEXO. El caso queda sin resolver.
Fui a vivir con mi padre permanentemente. Estaba exultante con la muerte de mi madre e intentaba no regocijarse en mi presencia. Mi congoja era compleja. Odiaba a mi padre y la deseaba sexualmente. BAM: ha muerto. Bam: mi imaginación descubre el CRIMEN.
La fijación eludió la muerte de mi madre y se centró en víctimas sustitutas. La Dalia Negra se convirtió en mi asesinada favorita. Era mi madre hiperbolizada y estaba lo bastante distanciada para saborearla mediante la fantasía. Estudié recortes de prensa sobre la Dalia, fui en bicicleta al lugar donde habían abandonado el cadáver. En mi mente empecé a hilar historias de salvamento. Rescataba a la Dalia cuando el asesino alzaba el cuchillo.
Leí novelas policíacas para chicos. Salté al Mike Hammer de Mickey Spillane. Las historias eran vengadoramente anticomunistas. Me gustaba la rabia y el fervor de Hammer. Yo era un anticomunista infantil. Ansiaba castigar a alguien invisible. Acechaba al asesino de mi madre pero no lo sabía. No sabía que estaba dragando morbo. Para mis páginas futuras. Mi padre me dejaba que me entretuviese leyendo y descuidara mis deberes escolares. Veíamos serie de crímenes en televisión. Conocía a unos de los actores de 77 Sunset Strip. Decía que la mujer del tipo "le mostraba el felpudo". Mi padre sacaba conclusiones erróneas, daba por sentado mi conocimiento del sexo. Alababa a los homosexuales masculinos. Decía que gracias a ellos, aumentaba el número de mujeres cogibles.
Mi rendimiento en la escuela era malo y fui autodidacta. Leí De aquí a la eternidad en 1960. El crimen se mezclaba con la historia social, la chispa que encendió mi grandiosa ambición infantil.
En esa época, mis aptitudes para la vida estaban por debajo de lo normal. A partir los años ´60, declinaron. Vivía para leer y fantasear. Robaba libros, comida y miniatura de coches. Recorría L. A. en mi bicicleta de vendedor de tacos.
Espié a las muchachas en bicicleta. Era un acechador conspicuo. Aceché a las chicas ricas de Hancock Park y a las chicas judías del oeste de Kosher Kanyon. El verano del ´61 me lo pasé acechando. Me encontré con manifestaciones de protesta y arrojé huevos a los estúpidos que quería prohibir la bomba. Se alzó el Muro de Berlín. Tío Sam y los comunistas jugaban a la intimidación. En la tele, un periodista presentaba cada día la gráfica del guerrámetro. Las posibilidades de que hubiese una guerra nuclear subieron hasta el 90 por ciento. La crisis me llenó de alegría nihilista.
Me arrastré de la primaria a la secundaria. El instituto Fairfax era judío casi en su totalidad. Yo sólo destacaba porque era gentil y tenía acné. Anhelaba que me prestaran atención pero carecía de gracia para conseguirlo. Era un mal estudiante, peor deportista y mis relaciones sociales eran pésimas. Quería promocionarme como ser estrictamente único y atraer la atención consiguiente.
Sopesé el dilema. No contré una solución. Me afilié al partido Nazi Americano. Mi primera actuación fue en el barrio judío de Los Ángeles Oeste.
El tiro me salió por la culata... y funcionó. Gracias a eso me prestaron algo de atención. Se me calificó de payaso. Distribuí planfetos racistas y "Billetes de Barco para África". Me ungí como portador de la semilla de la nueva raza superior. Anuncié mi intención de establecer un Cuarto Reich en Kosher Kanyon. Insulté a los negros y denigré a los Protocolos de los Sabios de Sión. Calumnié a Martin Luther Negro y vendí copias del Salmo 23 de los negros. Se burlaron de mí, se rieron de mí, me zarandearon y me dieron empujones. Desarrollé un sentido de la política estilo vodevil y recibí varias patadas en el culo. Mi cuelgue nazi me motivó, me aburrió y me angustió, en sincronía con la respuesta de mi público. Yo vivía para fantasear y asimilar tramas. Los buenos libros y la televisión conformaban mi arte interpretativo.
Estamos en otoño del ´63. La salud de mi padre empeora. La mala alimentación y los cigarrillos. Bam: estrenan la serie El fugitivo.
Es puro concepto. Un médico de pueblo. Su matrimonio va mal. Su mujer es alcohólica. Un mendigo manco entra en la casa y la mata. El médico es acusado del asesinato. Lo juzgan y lo condenan a la silla eléctrica. El remilgado teniente Gerard lo lleva al corredor de la muerte. Bam: el tren descarrila. Bam: el médico huye para siempre. Persigue al mendigo manco. La policía lo persigue a él.
La serie me obsesionó. La serie interfería en mis sueños. El doctor Kimble huía. Yo también huía a toda velocidad. Kimble va a numerosas ciudades. Todas parecen estudios de filmación. A L. A. Kimble es un pararrayos. Atrae descontento sexual. Siempre conoce a las mejores mujeres de la ciudad. Las mujeres eran mi madre transformadas por arte de magia.
Mi padre tuvo un ataque de apoplejía el 1/11/63. Llegué a casa del instituto. Lo encontré llorando y balbuceando. Vi su muerte como mi desamparo y mi propia muerte décadas después. Empecé a prepararme para la vida en solitario. Empecé a excluirlo.
Pasó tres semanas ingresado en el Hospital de Veteranos. Su estado mejoró y sus posibilidades de sobrevivir aumentaron. Yo recorría L. A. en bicicleta. Birlaba revistas nudistas. Visitaba a mi padre. miraba episodios de El fugitivo. Me llevaron hasta el golpe contra JFK. Mi padre salió del Hospital de Veteranos el día del atentado. La muerte de Jack y el consiguiente revuelo lo aburrieron. A mí también. A la mierda con Jack. Éramos republicanos y protestantes.Jack recibía órdenes de Roma. Ese martes casi se cargan a Kimble.
América lloraba a Jack K. eso era carnaza para mi numerito nazi, pero nada más. Johnson incrementó el envío de tropas a Vietnam. Yo apoyé la guerra nuclear. Un vigilante de mi tienda me arrestó por robar. Mi padre tuvo un infarto mientras yo sudaba en el calabozo. Las secuelas del golpe contra Jack sufrieron una metástasis. Los rumores de conspiración aumentaron.
El instituto se convirtió en una carga insoportable. Había cumplido diecisiete años. Era blanco. Ser libre sería tenerlo todo. Volví a poner en acción el numerito nazi. Me expulsaron de clase una semana. Mi padre empezó a llamarme "pendejo alemán". Yo pintaba esvásticas en el plato del perro. Mi padre llevaba un casquete judío para atormentarme.
Volví al instituto. El club de la Música Folk celebró una reunión. La interrumpí con una melodía pronazi y un coro de Das Horst Wessel Lied. Me expulsaron definitivamente. Era un miércoles de mediados de marzo de 1965. Mi padre dejó que me alistara en el Ejército y tuvo un segundo ataque cuando yo llevaba dos días allí. Exploté su estado de salud. Fingí una crisis nerviosa. El ejército me asustó terriblemente. Detestaba la disciplina. Yo era un cobarde y un faux-führer sedicioso. No quería ir a Vietnam. Conseguí un permiso por situación familiar grave. Visité a mi padre en su lecho de muerte. Sus últimas palabras fueron: "Intenta ligar con todas las camareras que te sirvan".
El ejército me soltó. A los diecisiete años era huérfano y estaba exento del servicio militar. Había llegado la hora de completar mi educación picaresca.
Me matriculé en L. A. Me doctoré en droga y me gradué en abandono. Leí un montón de novelas policíacas y crónicas de crímenes auténticos y me abstuve de la "literatura convencional". Era pura asimilación. Vivía en un universo criminal de ficción e imaginaba fantasías criminales. Cometía pequeños delitos por inercia y dejadez moral. Robaba comida y libros. Acechaba a las chicas de Hancock Park, irrumpía en sus casas y olía su ropa interior. Estuve encerrado en la cárcel del condado. Allí me codeé con otros inmaduros estúpidos y pequeños delincuentes. Mentíamos acerca de nuestras muchas putas y hazañas delictivas. Pulí mis nacientes dotes para la narrativa gracias a una jerga carcelaria de pacotilla.
Mis temas eran el crimen y mi locura innata. Comprendí las reglas de la verosimilitud. Cultivé mi aspecto extravagante, medía metro noventa, pesaba setenta y cinco kilos, treinta de ellos de granos, y siempre tenía una pústula madura en la nariz.
¿El sistema? Al carajo con el sistema. Todo marginado callejero y pueril odia el sistema. A la crítica que hace de éste le falta rigos analítico y le sobra resentimiento personal. El marginado callejero Ellroy lo sabe. Es un neoconservador que duerme en parques y en contenedores de reciclaje.
Los años ´60 y los ´70 siguieron adelante. Yo seguía adelante impetuosamente. Comía algodones de inhalador Benzedrex. Bebía jarabe para la tos Romilar. Me pinché metanfetamina. Aceché, haraganeé, escuché y aprendí. El crimen cristalizó crujiente en mi cavidad craneal.
Y está L. A. Está en todas partes como una epidemia. Es una tierra rica en señuelos para chantajes y yonquis criados en la jungla. Es una casa de putas hiperbólica y una choza de hermafroditas elegantes. Aceché. Me enamoré de una preuniversitaria llamada Margaret Craig. Paseé junto a su casa de dos pisos de estilo Tudor y la saqueé amorosamente a lo voyeur.
Bam: estoy de nuevo en la cárcel,. Me aburro. Estoy alerta. Estoy asustado. Miro. Aprendo. Escucho el lenguaje de la lasitud del hampa.
Aprendí. Me retiré y leí.
Leí a Dashiell Hammett en la biblioteca pública del centro de la ciudad. Leí a Ross MacDonald en los parques a la luz de una linterna. Leí al estremecedor Joe Wanbaugh en la cárcel y fuera de ella. los nuevos centuriones/El caballero de azul/Campo de cebollas/Los chicos del coro: obras visionarias escritas por un policía. Una visión contracultural de finales de los años ´60. Absurdidad sin adoctrinamiento izquierdista.
Wanbaugh me encendió. Wanbaugh me cambió para siempre. ¿Cómo lo sé? Porque hizo que me avergonzase de mi vida.
Me desintoxiqué en el ´77. Tenía veintinueve años. La cronología me favoreció. Se pusieron de mi parte unas drogas a las que se podía sobrevivir y unas cifras bajas de delincuencia callejera. Las galerías de las prisiones estaban vacías de violadores en grupo y de camarillas raciales. Los chicos asustados con escasas capacidades de supervivencia podían perdurar y aprender.
Aprender es fácil. Yo aprendí de la manera más dura. No lo recomiendo. Me golpeó una circunstancia atroz. Cultivé el don y la maldición de la obsesión. Finalmente ganó el don.
Ahora aprendo de mis palabras en la página.
En algún sitio hay un chico, o unos chicos. Nunca los conoceré. Ahora mismo están encajando cuadrículas en su cubo de Rubik. Les gustan mis dramas demoníacos, la metafísica los mutila. Se agarran a la gravedad, la combatirán con sus demonios. Les aportará un exceso de capacidades para la supervivencia, la cronología no los crucificará.
Apuntalarán mi morbo. Lo revisarán radicalmente. Lo harán circular.
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Y el teléfono nunca más volvió a sonar |
Desde mi sillón, al lado de mis plantas, vi también pasar los sucesos de sus vidas y guardé silencio porque sus caminos ya no eran los míos. Sabiendo de mis estados de sonambulismo, ausencias asociadas a una epilepsia dudosamente diagnosticada y a mi costumbre de callarme y observar durante días, decidieron seguir sirviéndome comidas y bebidas, como si estuvieran en México celebrando el día de los muertos. Supongo que esperaban que cualquier día yo estuviese de vuelta. Desde mis huesos cada vez más astillados y desde mis venas quebradizas, las observaba. Casi, casi podían manejarse solas. Cuando sentían necesidad de cariño, se acurrucaban en mi pecho y me hablaban bajito, un poco más allá las hojas de la ruda tiritaban sin razón y ellas sabían que yo estaba escuchando.
Pasaba igual, con las hojas del palo de agua, de la mala madre y otra planta que tenía las hojas en forma de estrellas, pero de la cual nunca supe el nombre. Antes de sentarme en ese sillón ese día de frío, pensé en qué las hojas nunca deberían caerse de los árboles y que no era bueno que yo pensara eso mirando por la ventana. Afuera, la gente caminaba con mascarillas que se habían comenzado a distribuir por temor a numerosos virus no identificados, que se habían creado en algunos laboratorios, con la finalidad de reducir el crecimiento de la población mundial.
No estaba alcanzando el alimento y menos el agua. Ellas, tres veces por día tomaban esas pastillas que contenían toda clase de vitaminas, ácidos, calcio, potasio, magnesio y betacaroteno entre otras cosas. A eso, había que sumarle suplementos alimenticios que reemplazaban varias comidas del día. La mesa del comedor había desaparecido de su lugar habitual. Estaba como yo, agazapada en un rincón esperando el nacimiento y la caída de las hojas. Durante los últimos cuatro meses, cosas poco comunes comenzaron a suceder, afectando por sobre todo a los seres más sensibles. La desesperación se apoderó de ellos. Dejaron de comer, dejaron de dormir y hablaban lenguas que desde hace mucho no se practicaban en el planeta. Sus cuerpos comenzaron a enfermar.
Había grandes cantidades de ballenas varadas en diversas bahías del mundo y especies como delfines y caballos de mar, se dejaban morir en la mitad de los océanos. Las comunicaciones se habían vuelto muy complicadas desde que la última tormenta solar no fue registrada a tiempo por el satélite que las monitoreaba. Se presentó de sorpresa y quedamos a oscuras durante varias semanas, algunas líneas telefónicas funcionaban, pero muy pocas. La mía quizás, por nuestra ubicación no sufrió desperfectos, pero no tuvimos más televisión ni conexión a la red. Con el tiempo, nos habilitaron un sistema de iluminación que se extendía de nueve a doce de la noche. Para mí, era suficiente. Mis pequeñas alegrías comenzaron a consistir en recurrir a mi viejos libros acumulados, leerlos durante horas, aprender a hacer velas y remedios en base a hierbas que cultivaba en mi terraza. Supe que todo esto sería necesario varios años antes que la tormenta se presentara. Los vendía a precios que mis vecinos pudiesen pagar y si no, los intercambiaba por café, té o bebidas que se habían convertido en un verdadero lujo. Pero mi máxima alegría consistía en las llamadas telefónicas que recibía de un amor de mi niñez que reapareció después de cincuenta años. Me llamaba tres o cuatro veces por noche, para contarme historias de veleros, de largas caminatas en los veranos, de caballos que se aparecían por la noche, de alacranes, de trenes que volaban sobre los cerros. Me contaba sobre los diamantes que su abuela guardaba en un cofre, de una casa inmensa con muchos dormitorios, de un piano en el subterráneo, de una gran escalera, de una quinta enorme con muchos árboles, con damascos que él mismo cosechaba, de una cabra que enloqueció por comer una planta secreta, de una gaviota que atrapó en la playa y que terminó conviviendo con las gallinas.
Me contaba de su primer día de colegio, con frío y con pantalones cortos, apretando su sándwich en sus manitos chiquititas como si fuera el único bien que lo salvaría de todo. Me hablaba durante horas, de cómo su abuela lo metía en su cama cuando él tenía miedo en mitad de la noche, como jugaba a escondidas en el laboratorio del colegio a la hora del recreo. Cómo saltaba las olas en los veranos, con sus hijos sentados sobre sus hombros y cómo se cayó al mar una vez, pero nunca perdió la calma, como creció 27 centímetros en un año y nadie entendía nada. Me habló de un abuelo dueño de barcos, que iban y veían de Europa, me hablaba de días llenos de sol y de la pérdida del paraíso.
Me contaba sobre los clanes en Escocia y de la vida en las Islas, de hombres que peleaban muchas batallas y se negaban a la muerte. Me habló también de algunas cosas tristes, de su madre escapando de noche, en la mitad de campo, con tres niños pequeños y uno por nacer, de cómo descubrió que el amor no se construye, sino que se encuentra y supongo que así mismo se abandona, de hijos que dejaron de ser niños, de dolores y de tristezas viejas y secretas. Cuando él me contaba esas historias, el mundo se estaba reacomodando como podía. Era él, el ombligo que me comunicaba con una humanidad perdida y con mi propia humanidad.
Me colgué cuatro meses de la luz de un amor que antes no fue y que ahora no podía ser, porque ya no quedaba tiempo. Respiré con un pulmón que no era mío, que ya no lo sería, porque todo perdía sentido como la mesa del comedor y mi esqueleto doblado en un rincón de la carpa. Me saqué por cuatro meses mi traje de lata y fui otra vez la niña que caminaba por los caminos de la prehistoria. Cuando la distancia no se medía en lugares, sino en tiempo. Y ese último día, cuando miré por la ventana, me di cuenta que las hojas estaban cayendo de nuevo, el crujido de su caída llegaba a mi oreja y que mi teléfono nunca más volvería a sonar. Entonces me senté en el sillón del rincón, al lado de la ruda y el palo de agua, y comencé a convertirme en tierra y en abono para ellas. Queriendo ser una con ellas. Esperando silenciosa la lluvia de asteroides anunciada luminosamente por los cometas.
Marcela
2 de mayo 2009.
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Cariño y amor a la humanidad |
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La gata de Sofía |
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Andrés Caicedo |
Por Yoel Novoa
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| Luis Andrés Caicedo Estela (29 de septiembre 1951 - 4 de marzo 1977). |
Fuimos mucho al cine. Fue lo que más hicimos juntos, el resto fue intercambiar nuestros escritos, y proyectos... Robar una librería inmensa que existía en Cali que no me acuerdo como se llamaba. El plan era entrar por los techos un sábado a la noche y llevarnos toda la literatura que necesitábamos.
La gente del TEC que era de izquierda, aceptaba a Andrés aunque él (como yo) fuera severamente apolítico.
El teatro que hacíamos con Marta ("mímica ritual") no le gustaba a Enrique Buenaventura (el conductor del TEC), porque le parecía -con cierta sorna- que hacíamos happening. De todas formas nos presentaron en su sala y nos fue muy bien con Ssshagrada. Por esos días apareció por allí, una pareja de argentinos que hacía un show de "canción protesta". La gente del TEC les pidió una muestra para aceptarlos o no, como hicieran con nosotros. Las canciones de los argentinos reiteraban la explotación de los "burgueses" hacia los "indios" y decían algo así como "burgués de mierda, te vamos a reventar". Inmediatamente, la gente del TEC se promulgó en oponerse a la presentación de estos argentinos. "¡¿Por qué?!". Respondió Buenaventura: "Porque lo que ustedes dicen es una idiotez. ¿Qué tienen en contra de los burgueses? Los burgueses hicieron la Revolución Francesa. La mayoría de mis amigos son burgueses. Si estoy en situación de guerra, no voy a odiar a mi enemigo por su condición social... De ninguna manera. El espectáculo de ustedes -¡ideológicamente!- no puede ser presentado en el TEC". Los argentinos saltaron irritadísimos y nos señalaron a Marta y a mí: "¡¿Por qué a nosotros no, y a ellos si?!". La respuesta de Buenaventura fue más inmediata aún: "¡Por qué no se los entiende! Qué se yo lo que quieren decir con sus gritos y espamentos. Tal vez si se los entendiera, nosotros nos opondríamos, pero como no se los entiende, les damos la sala".
Esa era la gente que apañaba a Andrés. En el TEC, Caicedo podía proponer, hacer y deshacer, que todos estaban dispuestos a apoyarlo en cualquiera de sus iniciativas. Pero Andrés era un disconforme.
Meses después, Marta y yo viajamos a Bogotá, hicimos teatro en La Mama y en La casa de la Cultura, y cuando estábamos haciendo un show en una discoteca donde ella y yo consumiamos todas las drogas y evidenciábamos un intercambio sexual -un tanto exagerado- con cualquiera, Caicedo cayó allí de visita y nos contempló con lástima.
Dejamos de vernos. Pasaron los años. En 1975, cuando volvimos a pasar por Bogotá, lo reencontramos nuevamente. Ya era un personaje de culto. Había viajado a Estados Unidos y publicado libros. En aquel entonces no fuimos tan afines como en el mágico Cali del primer encuentro. Lo recuerdo en una fiesta nocturna de Bogotá, rodeado por sus admiradores... extremadamente aburrido.
Después cuando me enteré de su muerte, no se si yo aún estaba en Bogotá, o ya había arrivado a Buenos Aires. Recuerdo que Marta me dijo: "¿Te acordás con la cara que nos miró cuando nos vió en la discoteca tan drogados? Como que se le deshizo algo ¿no?".
Ahora leo las notas periodísticas que lo rescatan literaria y filosóficamente. Es tal la fuerza del recuerdo, que no se que decir. Salvo inventar la concreción de alguno de aquellos proyectos marginales y excelsos que charláramos en Cali.
Hay varias maneras de comerse a una persona.
Empezando porque debe ser diferente comerse a una mujer que comerse a un hombre. Yo he visto comer hombres, pero no mujeres. No se‚ si me gustara ver comer a una mujer alguna vez. Debe ser muy diferente. Lo que yo por mi parte conozco, son tres maneras de comerse a un hombre. Se puede partir en seis pedazos a la persona: cabeza, tronco, brazos, pelvis, muslos, piernas, incluyendo, claro esta ,Hay varias maneras de comerse a una persona. Empezando porque debe ser diferente comerse a una mujer que comerse a un hombre. Yo he visto comer hombres, pero no mujeres. No se‚ si me gustara ver comer a una mujer alguna vez. Debe ser muy diferente. Lo que yo por mi parte conozco, son tres maneras de comerse a un hombre. Se puede partir en seis pedazos a la persona: cabeza, tronco, brazos, pelvis, muslos, piernas, incluyendo, claro esta, manos y pies. Sé que hay personas que parten a la persona en ocho pedazos, ya que les gusta sacar también las rodillas, el hueso redondo de las rodillas, recubierto con la única porción de carne roja que tiene el ser humano. La otra forma que conozco es comerse a la persona entera, así no más, a mordiscos lentos, comer un día hasta hartarse y meter el cuerpo al refrigerador y sacarlo al otro día para el desayuno, así. Como comerse un mango a mordiscos. Porque yo puedo decir que a mi antes me gustaba muchísmo el mango verde, y después vino esa moda de partir el mango en pedacitos y fue apenas hace como una semana que me vine a dar cuenta que los mangos verdes me habían venido a gustar menos y supe también que era porque me los comía partidos, así que seguí comprándolos enteros, comiéndolos a mordiscos, y me han vuelto a gustar casi tanto como cuando estaba chiquito.. Eso mismo debe pasar con los cuerpos. La persona que ya lleva siglos comiéndolos tiene que darse las maneras de variar el plato para no aburrirse, porque si no como hacen. Yo no se‚ si ustedes leyeron la otra vez en la prensa que habían encontrado el cuerpo de un coronel retirado, metido en una chuspa de papel y amarrado con cabuya, lo que dijeron fue que lo habían encontrado por el Club Campestre, y que había expectación por el extraño estado en que se había hallado el cuerpo. Era un coronel Rodríguez, un tipo ni flaco ni gordo, de bigotico, y con una chucha que arrasaba. Claro que los periódicos nunca dijeron en que consistía ese "extraño estado en que se había hallado el cuerpo", pero como yo estoy al tanto de las cosas yo sé que el cuerpo ese lo que estaba era todo mordido. No se lo acabaron de todo porque mi coronel ya tenia 52, allí fue cuando se dieron cuenta que no había como la carne de gente joven, fresca. Los ojos, por ejemplo, que dizque son lo más exquisito, dicen que cuando la persona pasa de los 35, se endurecen y se agrian, ya no vale la pena comerlos.
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La segunda paliza a Hemingway |
Cuál es tu problema le dije. No me gusta tu cara de cabrón respondió Hemingway. Hacía rato que venía hinchándome las pelotas. Siempre cuando voy a un Cabaret quiero estar tranquilo, beber algo de vodka-naranja con una chica, contar un chiste, acariciar sus piernas, luego acostarme con ella. Simplemente no quiero líos. Y este orangután que viene y me inoportuna. Ya había leído un poema de Bukowski en donde le saca la mierda a Hemingway. Por lo tanto sabía que era facilito. Así que no te gusta mi cara de cabrón. Anda a chingar a tu puta madre wey. Se me abalanzó con sus 115 kilos, lo paré en seco con un cross a la mandíbula y una patada en los huevos. Para que tengas puto y te sobre le dije. Mientras estaba en el piso quejándose, le metí una patada en las costillas y le escupí. Dorothy, la chica que estaba conmigo, me dijo: déjalo ya tiene lo suficiente, ya aprenderá a tratar a la gente. Nada es suficiente con estas mierdas le respondí. Luego nos fuimos a su cuarto, tuvimos sexo del bueno durante horas. Al salir, Hemingway continuaba en el piso, quejándose. Lo volví a escupir. Llamé un taxi y me fui a dormir.
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Una noche con Kim Basinger |
T
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Corín Tellado |

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-Me dijo: "Usted está atrasada en sus cuotas".
-¿Eso le dijo?
-Eso me contestó el weón, entonces le dije yo: ¡Váyase a la concha e` su madre! le dije yo. Y me fui.
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vuelo, pero el humano acuciado penetra en
cuchitriles marcados con su sexo y cuyas
puertas jamás cierran, la madera hinchada
por el Diluvio, los pestillos robados desde el
tiempo de los malones.
Entre cariados azulejos y calamitoso
descalabro de artefactos, sortea en
penumbra la mugre secular y se libera,
condenado a pagar ominosamente su
su condición de escarabajo en un país que tiene
todos los climas.
La persona sin derechos humanos sanitarios
oprime un botón que debería expulsar las
aguas residuales y solo las reúne sobre
papiros recargados de inscripciones
arcaicas, y crece el mal por razones que
ignoramos, y es una inundación con propios
líquidos, con propio barro y propia nube
sólida (1).
El suplicio, como la muerte, elige a su
víctima sin distinción de clase ni de género,
entre nativos y turistas en lujosas
confiterías o terminales de suburbio, ¡en
escuelas y hospitales!, en teleemisoras que
convocan a multitudes, en estadios donde las
escaleras se convierten en cataratas de heces.
Alguien se asomó a un servicio en la
mismísima Casa Rosada, y el volumen y la
antigüedad de la cochambre le permitió
añorar la época virreinal, dotada de la noble
tradición del silicio de alivio.
Alguien tras recorrer en precario autobús
300 kilómetros de desierto patagónico, llegó
al refugio de Turismo, donde se erguía un
hediondo gabinete, solitario en el paisaje tan
publicitado y que no ofrecía consuelo de roca o material.
Centenares de sabihondos y suicidas se
internan en los toilets de los cafés de la calle
Corrientes, y los más animosos logran
sobrevivir.
Millares de madres con sus crías en parques
y recreos públicos descubren un aposento
que sí brilla pero por su ausencia.
en el país que desconoce la discriminación,
casi todo habitante es deportado alguna vez
a estos cubículos inevitables, no hablemos
del incapaz de ascender o descender las
gradas del averno.
Esto sucede en los bolsones de riqueza de
una nación del tercer mundo con tal alto
nivel cultural que sus funcionarios asisten a
congresos de Salud Pública donde:
a) Elaboran teorías sobre la orina de los
ángeles, b) costean risueñas campañas
contra las enfermedades infecciosas,
b) Desmienten que vayamos a importar
excrementos de origen versallesco.
Bienaventurados los peregrinos a Luján
porque conocerán la única ciudad
compasiva con las sustancias corporales.
Bienaventurados los incorpóreos porque
prescinden del común estercolero, espejo de
miserias mayores, indicio de alevoso
estancamiento.
(1) César Vallejo.
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Marcela 25 |
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Mi credo |
Cómo ha pasado el tiempo. Ya son las cuatro de la mañana. Necesito imperiosamente una cerveza helada para volver a creer en todos ellos. En este momento quiero dar gracias a dios. De quien no creo. Ya que él tampoco cree en mí.
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El comienzo de Rubén |
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marcelo fox |
Por Yoel Novoa

Marcelo Fox como autor está olvidado, sin embargo su Invitación a la masacre cuando aparece por Internet, no baja de los 100 dólares.
Lo conocí como "el gordo Fox" y lo leí cuando Opium lo incluía en sus ediciones. Creo que jamás crucé una palabra con él, pero éramos ingredientes de una misma sopa: Nos convocaba el Di Tella, el viejo bar "Moderno" y las fiestas que por mediados de los sesenta sucedían en Buenos Aires y sus alrededores, donde casi mágicamente aparecíamos los mismos, la mayoría de las veces sin ser invitados y éramos recibidos como dioses. Esas "fiestas" fueron únicas. Viajando nunca vi algo semejante y cuando volví en el 78, todo eso había muerto.
Fox era un gordo abotargado, grandote, marítimo, que plantaba su presencia como un Buda indiferente. La mayoría de la fauna artística de entonces, decía de él: "Es un nazi de mierda". Cuando le preguntaron a los de Opium porqué lo publicaban (Opium una revista postulada anarquista), contestaron "Porque escribe bien".
Con el pasar del tiempo Fox era cada día más grande y gordo. Se sabía que biológicamente era prácticamente un niño, no se si habría superado los 20 mientras se inflaba majestuosamente.
Practicamente nadie le daba pelota. Ese prestigio lo obtuvo luego que Falbo Editores publicara Invitación a la masacre. Pero Fox no se inmutaba, asistía a los lugares del celo y se mostraba.
Si Fox hubiera publicado su libro luego de la experiencia del "Proceso de Reorganización Nacional" en Argentina, el libro hubiera tenido otro peso que el que tuvo. Pero cuando lo publicó, siquiera existían los montoneros.
No soy el indicado para descifrar los vericuetos mentales de Fox, no lo conocí, siempre lo vi de afuera.
O sea, todos los que nos veíamos y meneábamos en aquellas fiestas, éramos actores y público, y Fox también, creo, debió llevarse una imagen mía similar.
Durante aquellos días, Fox empezó a aparecer de la mano con una mujer, La Negra, una doctora en letras, artista plástica del puta madre y hermosa como una pantera. La Negra había sido mujer de Massotta y luego de un período lesbiano se interesó sexualmente por los marginales masculinos. Ahí recaló en Fox.
Entonces Fox adelgazó. Esa mole centenaria en kilos, se convirtió en un esbelto adolescente abrazado a una de las mujeres más importantes de aquella época.
Luego las imágenes se esfuman y un día: "¡Fox se mató!". "¿Como?". "Se suicidó"...
No sé si cuando Fox concretó esa maniobra, tendría 22 o 23 años...
fragmento de Invitación a la masacre aparecido en el libro Canto a la destrucción de juan-jacobo bajarlía, Ediciones Puma, 1968, Buenos Aires, Argentina.
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Lo que mi abuelo me enseñó |
Por Marcela Muñoz Molina

Nunca llegó mi escrito para el funeral de mi abuelo. Yo tampoco llegué. Mientras la gente que lo conocía entraba y salía de la iglesia en Puerto Natales, yo, a tres mil kilómetros, hacía mis cosas del día, lloraba en el baño a ratos, y dormía en el día más que nunca antes. De noche me levantaba, como a las cinco de la mañana y lloraba sentada en el living de mi casa. Como las tormentas sorpresivas, la pena llegaba , me tomaba y de pronto se iba. Algo así como la poesía que te posee sin permiso y sin aviso. Me volvía a acostar y me volvía a levantar a las ocho, para hacer mis cosas de todos los días, mientras la gente que conoció a mi abuelo entraba y salía de la iglesia allá en Puerto Natales. Me vi más que nunca de niña, todos las horas de estos días, tomada de su mano, a la orilla de un lago, en la mitad de la pampa, armando una carpa, haciendo una fogata, descuerando una liebre. Nadie creyó nunca que mi abuelo iba a morir. Pero todos sabíamos que eso pasaría. Porque el cuerpo envejece y se cansa, aunque se cuide, el cuerpo viaja con el tiempo inevitablemente. Nada se vende en la farmacia para frenar al tiempo. Y a mi abuelo se lo llevo el tiempo. Esta niña sentada aquí hoy, tuvo el mejor abuelo que un niño puede tener. Eso quería decir, s ihubiese podido estar en su funeral. Ese hombre alto y delgado, de pelo blanco desde muy joven, me enseñó las dos cosas que han sostenido mi vida en los tiempo duros y en los tiempos blandos. La capacidad de maravillarme y la importancia de la libertad. Nunca me lo dijo, pero cuando yo corría por ahí, entre árboles y ríos, toda la pampa era mía. Me dediqué a la observación de bichitos escondidos bajo mi sobrero rojo, horas enteras. Y nunca corrí peligro. Y nunca tuve miedo. La última vez que estuve con él, hace año y medio, me llamó para mostrarme como una araña tejía una telaraña en la ventana de su cocina, y como al sol se veía de colores y como ella, todas las veces la volvía a tejer. Me dijo, que se había dado cuenta que los temporales no desarmaban el tejido. Ese día, supe que él me había enseñado a maravillarme por todo aquello que casi siempre, pasamos por alto y no vemos. Y que eso estaba en mi forma de ser, por él, desde el principio. Sé que desde el hospital donde murió y donde no quería morir, se fue con su mochila en la espalda, su caña de pescar en la mano y sus botas altas al encuentro de una orilla, donde sólo él sabe la clase de felicidad y de paz que experimentaba.Lo vi salir de Puerto Natales, caminando tranquilo, sin ningún dolor en el cuerpo, con todos los ríos, todos los lagos y todos los bosques esperándolo, sólo para él. Se dio vuelta y se despidió agitando la mano, llevaba todo el descanso en el alma. Ese abuelo que todo niño merece tener, anduvo por los caminos hasta que ya no pudo más.Y el domingo pasado, de improviso como mi pena, se lo llevo el tiempo y se lo llevo el viento.
Poemas de Marcela Muñoz Molina
Texto y poesía de Marcela Muñoz Molina
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El poema perfecto |
Al terminar de escribir el poema me sentí satisfecho. Me dije que era un buen poema. Pensé que estaba bien hecho. Es lo que quería expresar. Por fin las putas musas vinieron a mí. Leí el poema dos veces y lo encontré bueno. Y lo leí por tercera vez. Me di cuenta que había que quitarle una coma. Se la quité. Ahora sí el poema era perfecto. Lo leí en voz alta. Todo tenía que ver con todo. Esa coma que había quitado, era absolutamente necesaria quitarla. Estaba finalmente terminado el poema. Aunque nadie lo hubiese notado. La coma que le quité era fundamental. Entonces me decidí; era la versión definitiva. Era un buen poema el que había escrito. Repaso la lectura del poema y me di cuenta que la coma que había eliminado, no tendría que haberla eliminado. La repongo. Ahora sí, con la coma repuesta, es otro el poema. Tiene mayor fuerza. Es verdaderamente un poema de marca mayor. Perfecto. ¡Fiat Lux! Se hizo el poema. Era la versión definitiva. Luego reviso, e inmediatamente sale a la luz que la coma que repuse no tenía que...
Ilustración de Javier Molinero.
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Fingere de Alejandro Ferrer Fernández |
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| Afiche de la película Fingere de Alejandro Ferrer Fernández. |
Aquella noche nadie pudo dormir. Nadie de la barra del bar Melissa pudo dormir. Había comenzado la película, por el título. Ahora tendrían que hacerla. Se volvieron a juntar los amigos. El amigo más amigo de Alejandro, Bruno Rodriguez Mattioni, profesor y dueño del bar Melissa, sería el productor general. Ramón Gómez Rogel, sociólogo y empresario automotor, el protagonista principal. Y así todos. Todos los amigos tendrían un papel en la película. Y se habló con amas de casa, obreros, jubilados, poetas, el Alcalde, desempleados, mecánicos, choferes, dependientes de supermercados, futbolistas, concejales, ludópatas, cantantes, peluqueros, carniceros, dueños de nada. Todos ellos tendrían lugar en la película. La verdad que no se necesitaban actores. Nadie salido específicamente del Actors Studio y que hubiese estudiado con Lee Strasberg. Luego averiguando por aquí y por allá, se encontraron con el nombre de dos tipos que sí sabían, Romano Tótoro y Julia Muñoz, ellos manejarían la cámara y el sonido.
No voy a hablar de las vicisitudes que tuvo el transcurso de la filmación. De cómo hacer callar los perros en el patio, proveyéndolos de carne para que no ladraran mientras se filmaba. Miles de anécdotas asociadas a la realización. Pero sí hubo una guinda para la torta y es que, Alejandro Ferrer Fernández, con ese poder divino que nadie tiene, consiguió una locación espectacular para sus primeras escenas. El mítico Essanay Studios. Allí donde se filmó Charlot Vagabundo de Charles Chaplin, la última película rodada en ese estudio En 1915.
La película Fingere son cuatro historias vertiginosas que giran alrededor de un juego de cartas llamado Truco. En donde dos parejas van pergeñando historias mientras el juego se desliza por caminos inciertos. El truco es verdad y mentira a la vez. Es certeza y extravío. Es alagar y zaherir. Es redoble de tambores y caer en un pozo ciego. La gloria y la derrota en fracciones de segundo. Se puede ganar o perder una fortuna, también la vida. La vida no vale mucho en el juego del Truco. Y la película tiene que ver con el juego del Truco. Pero no solamente con el juego. Sino que en historias que tienen que ver con el amor, el desencanto, la muerte, la tristeza, la alegría, la poesía y la esperanza. Que tienen que ver en definitiva, con la vida. En la película de Alejandro Ferrer Fernández está presente la mirada de Favio, Almodóvar y Kusturica. Pero uno sabe fehacientemente, que es la mirada original e inteligente de un director, que ha venido para quedarse. El surrealismo campea por el film, un alemán que no es alemán, un argentino que no es argentino, un cura que no es cura, un domador que no es domador, un poeta que no es poeta, un soldado que es Marlon Brando, una chica que es Leopoldo Marechal y una poeta escatológica que arranca aplausos.
Como decía el poeta chileno Jorge Teillier: "Algún día seremos leyenda" Ellos ya lo son. Alejandro y toda esa caterva de, amas de casa, obreros, jubilados, poetas, el Alcalde, desempleados, mecánicos, choferes, dependientes de supermercados, futbolistas, concejales, ludópatas, cantantes, peluqueros, carniceros y dueños de nada; que estarán siempre en nuestros corazones.
Fingere, La Película
Trailer de Fingere
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lucía en re menor |
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Yo declina la invitación |
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Yo fui Johnny Hallyday |
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Acá no pasa nada |
















