Barajaba algunas alternativas. Todas ellas me conducirían al abismo. La salvación no era posible. Los enemigos eran numerosos e implacables. El suicidio era la salida. Era lo que yo entendía como la alternativa favorable. La más favorable. Fui a la ferretería cerca de casa y compré una soga. La instalé en el galpón. Luego tomé una ducha. Me puse ropa para ocasiones especiales. Me instalé en mi biblioteca. Preparé un café y me fumé un cigarrillo. Eran las cuatro y media de la tarde. Ferrer me había dicho que los poetas mueren a las cinco de la tarde. Tenía media hora para vivir. A las cinco menos veinte me llama Fabián, me dice que viene a casa a tomar un café. Le digo que venga a las seis de la tarde, que a esa hora estaré desocupado. ¡Vaya que estaré desocupado! A las cinco menos cuarto me llama mi abogado, dice que no hay posibilidad de revertir la causa. Que son veinte años y que con buena conducta, saldré a los quince. Lo mando a la mierda. A él y a toda su parentela. A las cinco menos diez, entra mi tía Matilde donde yo estaba. En la biblioteca. Demudada. Nunca vi un rostro de tragedia igual. Era la muerte retratada. Era un cero menos que cero. Un espanto de muerte en el semblante. Nunca vi nada igual. O sí, una vez vi ese terror en la mirada, fue cuando miré por tv el juicio sumarísimo que se le siguió, al general dictador rumano Nicolae Ceaucescu. La eminencia de la muerte. Quedo paralogizado. Le pregunto que le pasa. ¿Sabes qué? Me dice. Le pregunto que le pasa. Que me diga ya lo que pasa. Me dice que le descubrieron una carie. Que tiene una carie. Que su dentista le descubrió una carie. Entonces descubrí que mi problema no era nada comparado con el suyo. Que tendría que seguir viviendo. Contraté un nuevo abogado.
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Contraté un nuevo abogado |
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Mi primer amor |

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Presentación del libro de Julián |
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Marcela Muñoz Molina |

Definitivamente no se puede con ellos. Cyrulnik dice que neurológicamente somos totalmente incompatibles y que en la práctica, es un milagro que podamos establecer relaciones amorosas duraderas. No sé por qué sucede. No sé, si es por la necesidad extrema de mantener la especie, por soledad, por costumbre o por carencia. El tema es que insistimos una y otra vez. Apenas nos olvidamos de los dolores de parto, volvemos a embarazarnos y a cruzar el luminoso y escabroso escenario. Terminamos casi siempre fumándonos todos los cigarrillos, con la mirada perdida en el suelo. Tomándonos todo el café. Evitando las comidas. Durmiendo mal. Lo perdemos todo en ese intento. Si habíamos logrado dar con algo, lo volvemos a ofrecer en la mesa del otro, para compartirlo con todos. Cada asistente, come inocente un poco de ese fuego acumulado. Todos los testigos de esa fiesta de segundos, de colores brillantes y poco reales, saben que no durará. Y aún así, se ríen y participan. Será acaso uno de los pocos estados de conciencia común. Los nacimientos, el amor y la muerte. Después caemos de nuevo. Los amantes caen violentamente. Los testigos tambalean, se sacuden un poco. Ellos dos solos y por separado, se despiden de un mundo inventado por los olores que lograron mezclar. Mueren un poco en la caída, pero no mueren del todo al estrellarse. Deberán seguir. Deberán arrastrarse y volver a reunir parte por parte cada lengua de fuego que haya sobrevivido. Encajar cada hueso en su lugar, para poder andar. Frenar hemorragias. Zurcirse la piel como si fueran niños de trapo. Rellenar el corazón con arena, con la misma arena que se llenan los relojes. Y esperar. A aquellos que aún los sostiene la vida, volverán tarde o temprano a sentarse en la colorida mesa de los segundos. Los otros, astronautas fracturados y huérfanos, orbitaremos eternamente la tierra.
Vengo bajando del Rotundo. Voy cansada. Las espinas me han herido las piernas, los brazos, las mejillas. Tropecé ayer, no alcancé a sostenerme en pie y mis manos tampoco me sostuvieron. Comenzó a llover y yo sin capa de agua. Calzando unos zapatos tan livianos. Tan descubierta. Llevo dos fotografías tomadas en la cumbre. Sé lo que hay arriba, sé como se ve desde allí. Las águilas me escudriñaron con su ojo amarillo casi todo el tiempo. Los cóndores son aves prehistóricas. De muchas plantas que vi, no hay registro. Les puse nombre de acuerdo a lo que me recordaban. Viven allí "El ocaso del miedo", la "Madre siempre viva", el "Fantasma de la laguna", el "Hermano perdido". Una de ellas es venenosa. Muy venenosa. Las otras sanan algunos males. Pero en pequeñas dosis. Todo en grandes cantidades es venenoso. Cuando el terreno se vuelve empinado bajo más rápido, mis piernas parecen llevarme, pierdo el control. En la cima del Rotundo, vive principalmente la inconsciencia. Por eso siempre llueve. A veces, clarean sorpresivamente unos extraordinarios cielos de lucidez. Por el contrario, en la cima del Dorotea vive la infancia. Siempre hay sol sobre el Dorotea. El Rotundo es entonces el punto más lejano de la inocencia, sin llegar a ser maldad. Es sólo un acertijo que ha hechizado siempre a piratas y navegantes fuera de la ley. No hay tesoros escondidos en él. Los asuntos de valor, saltan a la vista. Es la humedad la que permanece oculta. Los bosques se tragan a los caminantes, largas ramas atrapan a las mujeres bellas, las convierte en seres de papel. Hay rincones que nunca llegué a conocer. Pequeños valles por los que no quise cruzar, porque nadie los había pisado jamás y hasta el Rotundo se merece el resguardo de lo sagrado. Voy cansada. Siete años es mucho tiempo. Planificar esta expedición no fue fácil. Perdí el rumbo varias veces. Estuve a punto de morir en el ascenso, sin embargo, persistí. Para mí, la cara norte de mi tranquilidad estaba en la cima del Rotundo y debía ir por ella. Aún así, voy bajando dudosa si después de este cansancio inmenso viene la paz. Contra todo vaticinio he salvado la vida. Quizás porque no soy ni un caminante ni una mujer bella. Sólo soy la niña pirata más intrépida al sur de la isla de Wellington.
Fotografía de Anxos Sumai
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Bill Hicks |
William Melvin "Bill" Hicks. Nació el 16 de diciembre de 1961. Se fue de acá, el 26 de febrero de 1994. Posiblemente algunos de ustedes no lo conozcan. De hecho, yo lo conocí anteayer. Me visitó en mis sueños. ¡Despierta cabrón!, Tú eres el pelmazo que conocí en Oklahoma.
"Estoy tan aburrido de armar al mundo y luego enviar tropas para destruir esas armas, ¿saben a lo que me refiero? Seguimos armando a estos pequeños países y luego vamos, y les volamos toda la mierda. Somos como los matones del mundo, saben. Somos como Jack Palance en la película Shane...Tirando una pistola a los pies de un pastor: "Levántala." "No la quiero levantar señor, usted me disparará." "Toma el arma". "Señor, no quiero ningún problema. Solamente bajé a la ciudad para conseguir algún caramelo para mis niños, y algún guingam para mi esposa. Ni siquiera sé cual guingam es, pero usa como 10 rollos semanales de esa cosa. No estoy buscando problemas señor." "Levanta la pistola." Boom, boom. "Todos ustedes lo vieron. Él tenia el arma".
"Oh vamos Bill, son los New Kids, no la agarres con ellos, son tan buenos y se ven tan bien y son tan buena imagen para los niños.' Que se pudra. ¿Desde cuando la mediocridad y la banalidad se convirtieron en una buena imagen para los niños? Quiero que mis hijos escuchen a personas que realmente rockearon. No me importa si murieron ahogados por su propio vómito. Quiero a alguien que toque para sus putos corazones".
"El peor tipo de no-fumadores son los que se te acercan y tosen. Eso es una mierda muy cruel, ¿no es así? ¿Acaso vas donde los lisiados y bailas también?".
Info sobre Bill Hicks en la Wiki.
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Consultorio Sentimental |
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¡Manda Cojones! |
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¡Tirar a matar! |
Por Héctor Martínez Díaz
Lo anterior quedó reflejado en los saqueos tras el terremoto, más aún cuando no fueron solamente descamisados, ni lumpen proletariado, menos aún soldados de la Yakuza nipona, tampoco del Cartel de Sinaloa o de Tijuana, ni siquiera la banda del Cisarro, quienes actuaban masivamente descontrolados.
Es que gracias a la experiencia vicaria de la magia de la tv, saqueamos todos a Concepción, otrora sesentera y revolucionaria tierra miracha. Para los pobres y ricos del campo y la ciudad robar fue una expresión del sentir popular. Aunque pudiera ser que fuéramos presas de agorafobia -temor patológico a los espacios abiertos o a los lugares donde no se puede recibir ayuda- y eso nos instó a correr llevándonos plasmas y lavadoras. Lo cierto es que nuestro biotipo, acervo sociocultural y socioeconómico, hubiese vuelto esquizofrénica -¡cómo si ya no lo fuera!- la tipología del hombre delincuente lombrossiana.
Y, ¡claro está!, los saqueos fueron, también, pábulo para esa insaciable vocación morbo informativa mediática. Ya no era necesario, entonces, alarmar de la delincuencia con portadas de peleas barras bravas después de un clásico; inundar los titulares con los destrozos de las barricadas y desmanes dejados por la movilizaciones sociales sean ya de peñis o winkas; o sobreabundar la crónicas rojas con los hurtos hormigas y las frías estadísticas delincuenciale. Es que el sismo alcanzó tal magnitud que aparte de los desaparecidos, muertos, miles de damnificados, ciudades y pueblos arrasados, miles de millones de dólares en pérdidas, cambió también el eje de tierra, desplazó en 8 metros algunas ciudades, disminuyó, según dicen, en 1,6 milésimas de segundo el día y remeció profundamente nuestra cordura.
Pero quienes, ya sea por un estado de necesidad o no, saqueaban bienes muebles e inmuebles -¡pobres ingenuos!- no sabían que también se robaban a si mismos las columnas de la base social democrática. Estaba justificado, entonces, militarizar la zona devastada, pero otra cosa es el terrorífico clamor de ¡Tirar a matar!, que sectores de la sociedad exigían a las Fuerzas Armadas. Y no faltaron los que van por ahí de moralistas dictadorcillos, para quienes los saqueos se vieron favorecidos por la mano blanda de la persecución estatal y de aquella cantinela: "hoy por hoy los derechos humanos son para los delincuentes".
Proliferaron los visionaros panegíricos a imponer orden y seguridad por medio de una populista y represiva violencia estatal, como el que fuera publicado el 7 de marzo en la sección Reportajes de La Tercera, considerado hoy todo un clásico: "El Cabo Hinojosa Desenfunda": Atados de manos, bajo permanente sospecha, carabineros arriesgan la crucifixión pública cada vez que cometen el pecado de patearle el culo a un punga, se lee en parte del texto. Luego de su publicación, como profecía autocumplida, el acontecer nos hizo una mueca trágica: una persona, por desobedecer el toque de queda, muere a golpes en Hualpén, presuntamente a manos de la patrulla naval que lo detuvo.
¿Nos cantará su palinodia el Iluminado Gran Hermano articulista, siendo él gustador de la cultura grecolatina como aparenta? ¿Se titulará aquella: "Se les pasó la mano a estos cosacos"? ¿Criticará en ella las falencias educaciones de la obtusa formación literaria del contingente marino que no saben distinguir que lo de él fue sólo un figura retorica, casi una licencia estética, nada más que un uso exquisito de la ironía? O que, más bien, no tuvo intención de escribir aquello, y es que, pese a despotricar contra el festiviña, fue presa de ese coro regaettonero "¡dale por el cu… dale por el cu…!". Y es que, aunque uno no quiera, el perreo se cuela por todos lados. Mas creo entender al rizado autor y que su escritura es plurívoca y evoca, pues, múltiples lecturas, porque sería de muy mal gusto pensar que esos marines, sean sus fieles lectores y quienes interpretaran el sentido unívoco, en su chascona columna.
Bueno, quizás todo lo que pasó sirva de algo y nos demande una nueva mirada del ser chileno. ¡Quién lo diría!, fue en el mismo Concepción, pero en el año 1834, cuando un humilde maestro venezolano, Simón Rodríguez, creaba escuelas penquistas y propugnaba a quien quisiera escucharlo un discurso tal de: "Innovamos o erramos". De lo contrario, El contagio de la locura no será sólo el titulo de una novela del hoy damnificado amigo Juan Mihovilovich, escritor y juez mixto de Curepto, sino también la idiosincrasia nacional y ahí sí que estaríamos arrasados.
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Te llamabas Verónica |
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Ella me dijo y yo le dije |
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Recetas de cocina |
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La muerte no será el final |
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El día que mataron a Julián |
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Carne rica bien condimentada |
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Primeras impresiones |
completamente abajo, ido, enteramente ido.
D. H. Lawrence.
hienas voraces ejercitan la ejemplar tarea de exterminio,
se pasa del calor al frío con rapidez que asombra,
inmediata y naturalmente aparece la palabra desgarro,
la palabra naufragio, desespero, desolación, rabia,
tormenta, impotencia, la palabra cortejo,
me convierto en toro de lidia, banderilleros temibles
aguardan darme muerte al menor movimiento.
la guillotina sobre mi cabeza,
la cabeza sumergida ¿a dónde ir?
rumbo a cualquier lado, da lo mismo una fiesta de disfraces,
el cementerio, una boda, un viaje en catamarán,
nada tengo que hacer en ningún sitio,
nada puede ocurrir que me afecte,
soy el ejemplar más triste del universo
todo es enorme y vasto desierto,
la vida anulada y el león acechando a su presa.
inmensas ganas tantas de volcar y de putear
de llorar de arremeter de matar o morir,
inmensas ganas tantas de no tener ganas
y volver a tenerlas,
no puedo creer que la gente circule,
ría, salude, tome un helado,
quiero parar a la gente en las calles,
contarles la pena de un ser invadido por la pena,
que acompañen en el duelo.
el tiempo detenido, el corazón funcionando bajito,
la mente bloqueada, la angustia sobrepasada,
pronto aparece el dolor, un dolor de siglos,
dolor sobrepujado por la soledad,
ella tan solemne que viene y te abraza,
el dolor que doblega, que paraliza
y con el dolor aparece la palabra DOLOR,
todo lo ocupa, todo lo invade, todo lo puede,
te acompaña a tu casa, tu cuarto, tu ropero, tu cama,
se queda allí taladrando un tiempo infinito,
en el cine de tu almohada comienzan las imágenes,
la llave sobre la ventana, mujer de blanco
recostada sobre el umbral de la puerta,
el llanto de esa mujer en la madrugada de un sábado,
siempre el mismo rostro, siempre ella misma.
se vuelve a la primera vez que la viste,
la primera mirada, la primera sonrisa, el primer beso,
la primera disputa y al lado del dolor y la maleta
el primer encuentro en la secreta casa de la noche.
ya es de noche y junto a la noche llegan los duendes
de la nostalgia, y junto a la nostalgia el tango,
aquello que pudo haber sido y no fue,
caminar con esa mujer por san telmo, un beso en
parque lezama, un encuentro en el barcito de
callao y rivadavia, nostalgia y amor ausente,
canta el gallo y de la mano de goyeneche
llega el sueño, luego despierto y pienso en ti,
me alegro, un sol luminoso hace cantar
a los gorriones, otro día comienza en puerto natales.
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Este infierno tan querido |
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Mi papá camina como astronauta |
Mi papá camina como astronauta. Eso me dijo. En el Bar Toore me lo dijo. Fue a los cinco minutos de hablar con ella que me dijo que su papá caminaba como astronauta. Y me enamoré. Primero no le entendí. Pensaba que era el título de una canción de los Guns n` Roses. Pero no. Me lo decía en serio. Mi papá camina como un astronauta. Es que no te puedes quedar impávido si alguien te dice aquello. Si alguien te dice que su papá camina como un astronauta, no puedes quedar indiferente como si nada pasara. Y le pregunté por qué tu papá camina como un astronauta. Desde cuándo tu papá camina como un astronauta. Me dijo que eso era una historia muy larga. Que tenía que ver con el sector pedregoso en donde trabajaba. Cerca de Tres Pasos. Que un día me lo iba a contar. Que ella me llevaría a un lugar desde donde podría ver caminar a su papá. Que lo vería caminar. Me dijo que el sábado. Quiero que no te separes de mí, le dije. Mi papá camina como astronauta. Es que tienes que enamorarte de una chica que nada más conocerla, te dice que su papá camina como astronauta. Luego me dijo que su mamá tiene dos habitaciones. Una en la que ejerce de madre y otra en la que ejerce de esposa. Pero qué cosas raras tiene esta chica pensé. Primero me dice que su papá camina como astronauta y luego me dice que su mamá tiene dos habitaciones. Una de madre y otra de esposa. Que la habitación en donde ejerce de madre la ocupa con ella y su hijo pequeño aquellos días en que el padre no está. Los días en que trabaja en el sector pedregoso cercano a Tres Pasos. Es una habitación cómoda, confortable y funcional. Con paredes blancas y el cuadro de un niño triste que derrama una lágrima. Me cuenta que la otra habitación en donde su madre ejerce de esposa, no la conoce. Nadie puede entrar allí. Sólo su madre y su padre que camina como astronauta. Pero que es el único lugar de la casa en donde se escucha música. Se escucha la música muy fuerte. Por cierto que muy fuerte me reitera. Que a ella le parece que también tiene que haber aparatos eléctricos pero que no lo puede asegurar. Que no puede asegurar que sean aparatos eléctricos. Pero que son como poleas transportadoras. También como máquinas lijadoras de maderas. También como ruidos de cadenas que se arrastran. También como si galopara un caballo desbocado. Nadie puede entrar allí. Hay un viejo y pesado candado Yale que no permite el paso. Cuando llega el padre, la madre se encierra con él durante todo el tiempo de la estancia del padre en casa. Ella ve al padre pero nunca conversó con él. Sólo ha visto que camina como astronauta. Pienso que sí. Que yo podría enamorarme con aquella historia de que el padre camina como astronauta. Mejor dicho de la frase esa. De aquella frase que me dice la muchacha. Pero ya no. No estoy enamorado. Me resulta inquietante la historia. Su historia. Luego nos despedimos. Antes me pregunta si de verdad estoy enamorado de ella. La abrazo. Le doy un beso en la frente. Le digo que mañana iré a su casa a la hora indicada. Que veré llegar al padre desde Tres Pasos. Me dice que está bien. Que entonces le creeré. Le digo que le creo. Que no es necesario que lo certifique. Pero que me encantaría verlo. Entonces sí nos despedimos. Ingreso al Hostal, tomo mis cosas y me marcho a Río Gallegos.
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Anxos Sumai: Os sentidos da perigosa normalidade |
No me besa, tampoco hablamos y yo sólo quiero que la violación sea precisa y rápida, como si fuese a degollar un cordero. Para que nadie sufra más de lo debido, ni él ni yo. Cuando por fin vence la oposición de mis labios y mis dientes, mi lengua se refugia en el cielo del paladar. Siento entonces la primera náusea que me produce el impacto de su sabor genital, tibio e infecto. Me obliga a arrodillarme ante él, y él se mueve adelante y atrás, adentro y más profundo, sin el más mínimo gesto de ternura, sin acariciarme siquiera la cabeza, sólo agarrándome del pelo. Sin palabras, sólo suspiros y, a veces, algún insulto que me cae sobre los hombros mezclado con la baba que le resbala de la boca. Inhalo el hedor que despiden sus heces descompuestas por el vino que le fundió cerebro y sentimientos. La primera náusea me obliga a vomitarle encima la cena de la noche. Pero a él no le importa. Vomito, trago mi vómito y al mismo tiempo siento como me crece contra el paladar la brutalidad de mi amante, su degradación más triste, y sólo quiero que sea preciso y rápido para acabar pronto, para que deje de tirarme del pelo, para que acaben los insultos, para librarme de las heces que me hacen vomitar de nuevo. Que sea preciso y rápido. Que cuando eyacule, el semen vaya directo a mi garganta y salte las papilas gustativas para no tener que vomitar de nuevo y tragar los trozos de carne, verduras, pescado de la cena. Y dormirme pronto, degollada como un cordero triste, hueca y empachada.
Cuando desayuno al día siguiente, cuando bebo cerveza con las amigas o cuando quedo a comer con ese montón de carne en forma de pene, sólo puedo sentir el sabor del semen. No importa que coma deliciosos percebes o que beba el mejor albariño, sólo siento el sabor de aquellos mocos lechosos que manan de ese hombre que, cuando menos lo espero, aparece en mi casa y me mete en la boca su polla flácida y triste.
Su sabor forma ya parte de mí. Incluso cuando lamo mi piel, mi propia piel, es como si lamiese el cuerpo de mi brutal amante.
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El día que conocí a Favio |

Por Yoel Novoa
Al día siguiente, me aparecí por el taller y comenzó una historia entre él y yo, maravillosa. El óleo apalabrado quedó en suspenso hasta que me lo dio el mismo día que se realizó el famoso remate. Pero mientras tanto -un lapso de unos tres meses-, todos los días anduve por su taller, amándolo y aprendiendo de él. Viéndolo cagarse de risa con todos y contra todos, agarrándose a trompadas por la diferencia que un amarillo podía tener con otro amarillo. Chupándose todos los alcoholes y queriendo cojerse a cuanta mujer le gustara, incluso a su suegra a la que le juramentaba su calentura delante del mismo suegro.
El dejó de llamarme "pendejo" y empezó a decirme "poeta" porque yo le leía cosas que escribía, Siempre socarrón y con una carcajada a boca de jarro. A su vez yo empecé a llamarlo como le decían sus amigos: "mono".
Los sucesos de aquellos meses entre Duarte y yo, ameritan un trabajo más extenso queste post. Entonces vayamos al momento en que aparece la mierda...
La mierda tenía forma humana y se llamaba Carlitos. Un personaje curiosísimo peinado a la gomina. Un gran camelero que apareció chupándole las medias a Duarte, calentándole el agua no solo para el mate, sino que también para los pies. Sucedía que Duarte aunque gastaba aspecto de croto, de golpe vendía obra y recibía premios y andaba cargado de guita.
Duarte me había dicho: "Pendejo, si venís al taller y yo no estoy, andá al bar de la esquina, chupá y morfá lo que quieras, y que lo anoten a mi cuenta". Lo mismo le dijo a Carlitos, entonces el personaje se traía a desayunar, almorzar y cenar, a su mujer y dos hijos. Todo a cuenta del mono.
Durante los vaivenes, Carlitos empezó a ser el "secretario" de Duarte. El alcoholismo del mono daba para todo.
Para mi, llegar al taller y encontrarme con Carlitos, fue un motivo de alejamiento, pero de todas formas seguí dando vueltas por allí.
Resulta que Duarte y Leonardo Favio fueron amigos de chicos, amigos de la calle, con amigos comunes. Carlitos averiguó que Duarte le había prestado un óleo a Favio y que Favio lo tenía "de gratarola" desde hacía, digamos, cinco años. "Justo ahora que canta y está forrado en guita".
Entonces Carlitos se presentó en la casa de Favio y Favio no estaba. Si estaba su mujer Carola. Carlitos le explicó la problemática del polémico cuadro. Carola no entendía: "¡Yo que se! Llevate el cuadro". "Sí, me lo llevo -razonó Carlitos- Pero ¿y el alquiler? Todos estos años quel cuadro estuvo en esta casa, ¿quién lo paga? Dame plata". " No tengo". "Entonces dejame llevar algo de valor... ¡El equipo de música!". "Llevate lo que quieras, pero dejate de joder". Y Carlitos se trajo al taller de Duarte el equipo de música de Favio, y el cuadro. Duarte, alcohólico buenazo, contentísimo con lo que había hecho Carlitos...
Más a menos al día siguiente desta cuestión, llegué al taller y el mono no estaba, entonces me apoyé en una baranda a esperarlo.
Desde donde yo estaba apoyado, bajaba una escalera de mármol a la calle.
Era el comienzo de la tarde. Bajo la luz del sol y enmarcado por la puerta de calle, frenó un auto y de él, bajó Leonardo Favio empilchado con traje e impecables zapatos blancos, camisa negra. Tras él, un morocho corpulento con la camisa arremangada. Favio delante y el morocho detrás, subieron corriendo las escaleras, pasaron a mi lado ignorándome, y Favio golpeó estruendosamente la puerta. La sacudió haber si abría, hasta que comprobó que no se podía. Entonces giró y me encaró: "¿Sos amigo del mono?". "Si". "¿Le decís que me devuelva mis cosas?". "Si". Yo estaba arrobado, maravillado ante el fabuloso personaje de blanco, y su guardaespaldas. Me miró a los ojos por una fracción de segundos, y se fue.
Cuando llegó Duarte le conté: "... Y vino con un negro grandote".
Ahí Duarte estalló: "¡Que venga con quien quiera que los reviento a trompadas a todos!"...
Los entretelones del final del entuerto, los desconozco porque me fui de viaje.
Al volver me enteré que Carlitos había terminado robándole un montón de plata al mono y quel mono lo había hecho de goma a Carlitos.
En cuanto al asunto del cuadro. Duarte le devolvió a Favio su equipo de música, pero ambos amigos dejaron de ser amigos.
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Vuelvo a Sudáfrica |











