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Los discos de Nino Bravo sobre la mesa |
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El día de mi muerte |
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El regreso de Helena |
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No fue un buen año |
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Juventud divino tesoro |
Gabriel García Márquez: Su verdadero nombre es Gabriel José de la Concordia García Márquez; nació en el municipio de Aracataca (Magdalena), el 6 de marzo de 1927. Cuando pequeño se creía María Antonieta, se pintaba los labios de rojo carmesí, y besaba a la soldadesca de Aracataca con fruición. Toma clase de dicción y canto, su único fin de aquel entonces era casarse con un príncipe heredero.
James Joyce: James Augustine Aloysius Joyce nació en Dublín el 2 de febrero de 1882. De niño le gustaba sobremanera el fútbol, se probó como arquero en diversos equipos de la Eircom Premier, como el Derry City, el St. Patricks y el Bohemians D. En este último, recibió la goleada más humillante que se recuerde de la Eircom Premier, perdieron con el colista Cork City 15 a 0. Aquella vez recibió una fulminante golpiza de su alcohólico entrenador, Sir Dapendale.
Pablo Neruda: Nació en Parral, Chile, el 12 de julio de 1904. De niño se caracterizó como un perfecto imbécil. Aprendió a leer a la edad de quince años. Le encantaba comer carne cruda y merodear por cementerios. Fue detenido varias veces por la policía, acusado de abigeato. En la cárcel aprendió a escribir violentos y detestables poemas, hasta que tras ensayo y error, aprendió un poco más.
Fernando Pessoa: Cuyo verdadero nombre era Fernando António Nogueira Pessoa, nació en Lisboa el 13 de junio de 1888. Vivió parte de su infancia en Lisboa y parte de su juventud en Sudáfrica. En Lisboa se creía conejo, ardilla e hipopótamo. En Sudáfrica se creía conejo, ardilla e hipopótamo. Estuvo encerrado un tiempo en el zoológico de Lisboa y otro tiempo en el zoológico de Sudáfrica. Pensaba en inglés, escribía en portugués y nunca lustraba sus zapatos.
William Henry Gates III: más conocido como Bill Gates: nació en la ciudad de Seattle, Estados Unidos el 28 de octubre de1955. Hasta sexto grado, fue alumno regular de un ruinoso colegio público. Algunas veces llegaba borracho a clases. Indisciplinado y holgazán. Se mofaba de sus profesores. Trabajó en una tienda de artículos eróticos, de donde fue despedido por abusar de una pobre anciana.
Silvio Berlusconi: nació en Milán, Italia, el 29 de septiembre de 1936. El mismo día y año en que nació mi mamá. De niño fue un joven correcto y disciplinado. De estrictos valores morales. Monaguillo de una parroquia cercana a su hogar. Educado, respetuoso y dueño de una bondad admirable. Más tarde se convirtió en lo que es hoy. Igual que mi mamá.
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges: Más conocido como Jorge Luis Borges. Nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 24 de agosto de 1899. De signo Virgo. Aunque una de las principales características de este signo, es saber combinar efectivamente la intuición con el intelecto racional, no fue el caso del niño Borges. Se crió entre malevos, mafiosos y ganapanes. A la edad de 12 años contrajo sífilis en la cárcel de Ushuaia, en la Patagonia. Se encontraba allí purgando una condena, por diversos delitos cometidos en el barrio de Palermo. Ya de grande, todos sabemos que fue el esposo de María Kodama, y que escribió algunos poemas.
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Neruda, una muchacha y las novelas policiales |

Por Ramón Díaz Eterovic
Que Pablo Neruda era un buen lector de novelas policiales no es ningún misterio. Al respecto hay testimonios de algunos de sus amigos y están los libros policiacos que conservaba en su biblioteca, entre otros los de la famosa Serie Noire de la editorial Gallimard que diera a conocer en Francia a autores de la talla de Jim Thompson y David Goodis.
La escritora Inés Valenzuela recuerda que durante el año 1943, ella y su esposo, el escritor Diego Muñoz, gran amigo de Neruda desde que eran niños, vivieron en la casa del poeta ubicada en la calle Lynch, en La Reina; casa en la que Neruda vivía con su pareja de entonces, Delia del Carril, "La Hormiguita". De esa época, recuerda que Neruda leía a diario una novela policiaca, y que a diario también intercambiaba con ella alguno de los títulos que se encontraban leyendo, de autores como Georges Simenon y Agatha Christie. "Gracias a las novelas policiacas nos hicimos amigos con Pablo" -dice Inés Valenzuela, y recuerda que uno de sus primeros encuentros con el poeta fue en una librería de la calle San Diego, donde compartieron algún comentario sobre el autor Anthony Gilbert que por entonces ella leía y recomendó a Neruda. Gilbert es un autor inglés y varias de sus novelas fueron publicadas por Borges y Bioy Casares en la afamada colección "El Séptimo Círculo". Esta afición por la novela policial de ella y Neruda era motivo de bromas de parte de "La Hormiguita", quien con no pocos prejuicios sobre el género, les decía que "eran unos retardados mentales" por dedicar buena parte de sus lecturas a la literatura de misterio.
Por su parte, Jorge Edwards en su libro Adiós, poeta, recuerda: "...un domingo en la noche, estamos, Delia, Pablo y yo, en uno de los dormitorios de la casa de Los Guidos. Pablo selecciona libros y revistas viejas y me pasa un par de novelas de Simenon. Es un notable devorador de novelas policiales, admirador de James Hadley Chase, de Raymond Chandler, de Dashiell Hammett". James Hadley Chase (1906-1985), cuyo verdadero nombre era René Babrazon Raymond es autor de casi un centenar de novelas, entre las cuales destacan títulos como "Eva", "Con las mujeres nunca se sabe" y "Un loto para Miss Quon". El mismo Edwards, en otro capítulo de la obra antes mencionada, apunta que Neruda "conocía la relación estrecha entre Santuario de Faulkner, y No hay orquídias para la señorira Blandish, de James Hadley Chase, pero la conocía, precisamente, debido a su admiración por Hadley Chase, y pensaba que el Faulkner de Santuario se había inspirado en esa atmósfera violenta, sin obtener resultados literarios excesivamente brillantes".
Sobre la afición de Neruda por el género policial, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, otro fervoroso lector de novelas policiacas, en una entrevista concedida en Madrid, comenta: "Me tranquilizó mucho saber por declaraciones de Matilde Urrutia, la viuda de Neruda, que cada vez que él salía de viaje tenía que prepararle la maleta con novelas policiales". De acuerdo a esto último, nada de raro es que en una entrevista concedida en 1970 a la periodista Rita Guibert, y publicada en la revista Ronda de Aerolíneas Argentinas, en septiembre de 1996, a la pregunta: Si tuviera que salvar su obra de un incendio, ¿qué libros salvaría?, Neruda responde: "Posiblemente ninguno. ¿Para qué los necesitaría? Más bien salvaría a una muchacha o una buena colección de novelas policiales, que me entretendrían mucho más que mi propia obra".
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Lorena 3 minutos |
Lorena (30), me llama. Le digo que está bien, que la espero a las 10. Con exquisita puntualidad chilena, llega a las 11. Me da un beso y me pregunta qué tengo para tomar. Sabiendo que sólo toma ron, le digo que pida cualquier cosa, que tengo de todo. Me pregunta si tengo ron. Le digo que sí y le sirvo. Me cuenta que es difícil hoy en día, encontrar un oído atento. Un ser receptivo y solidario. Alguien en quien confiar. Que ella pagaría cualquier cosa, para que alguien verdaderamente la escuche. Le digo que aquello no es necesariamente así. Que siempre hay alguien en quien apoyarse. Que somos muchos más de lo que ella cree, somos muchos los que estamos dispuestos a escuchar a nuestros amigos. Me lo agradece, también me agradece el segundo vaso de ron. Durante dos horas y seis vasos de ron, me relata una retahíla de malos momentos. Su padre preso. Su madre embarazada de su amante. La ruptura con su pareja. Un accidente en la ruta 9, en donde se fracturó una pierna. El atraso de las cuentas de luz, agua y gas. Amén de otras cosas, que por decoro no voy a contar. Ya a punto de irse, le pido si me puede hacer una fellatio. Se sorprende. Me dice que cómo le digo eso. Le digo que ella misma lo ha dicho. Que pagaría cualquier cosa para que alguien la escuchara. Yo te escuché y tú también podrías ser solidaria conmigo. Yo verdaderamente necesito una fellatio. Se ríe. Le digo que aunque sean 3 minutos. Vuelve a reírse. Me pregunta si tengo reloj. Le digo que no tengo, pero que puedo contar mentalmente. Me dice que sólo 3 minutos. Comienza. Pasan un par de minutos y me pregunta si estoy contando, le digo que si. Me pregunta cuánto va, le digo que 1 minuto. Sigue. De nuevo me pregunta si estoy contando, le digo que sí, que estoy en 80 segundos. Dejo de contar, de engañar con mis cuentas. Más o menos cuando han pasado 10 minutos, me pregunta si falta mucho para los 3 minutos, le digo que ya falta poco, que siga. Cuando ya creo ir en los 15 minutos, me dice que se cansó. Le digo que yo también.
Ilustración de Javier Molinero.
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juan pablo riveros |

Cuando comencé a escribir hace ya 25 años, tuve la suerte de encontrar un maestro muy cercano y lejano, Ernesto Sábato. En esos tiempos, nuestro país vivía momentos dramáticos de su historia, y una crisis global que afectaba y aún afecta a la sociedad chilena. Con ingenua e inexplicable lucidez -si pensamos en el escaso dominio del instrumento y del estado del arte y la paciente tarea que tenía por delante- casi con candidez o irresponsabilidad, dirían otros, dejé prácticamente todo de lado para esa tarea.
Pero no vengo aquí a hablar de mí.
Nadie es más importante aquí que la poesía misma. Esa actividad oscura y que muchas veces inspira sospecha y miramos con recelo. Palabra poética que puede causar los mayores estragos que podamos imaginar. Y como todo es susceptible de poesía, hasta los hechos más deleznables, la poesía es la sangre o savia que circula silenciosa y secreta por las arterias individuales y sociales del planeta. Nada escapa a ella. La poesía no está sólo en los grandes libros que han manufacturado nuestros poetas, ella es el aire -enrarecido o limpio- que respiramos. Pero la poesía renueva todo aire contaminado y lo hace otra vez respirable, vivible y vital. Poesía es algo más que la sencilla pero costosa palabra que leemos, es el hálito eterno o la energía que el Creador o Temáukel nos insufla desde el inicio de los tiempos, es la esperanza de que todo puede terminar y de nuevo comenzar, de que todo aún es posible. La poesía es aquello que todos queremos decir pero que sólo, y a veces, algunos logran plasmar en la palabra. La poesía es quién escribió a través de Celan, mientras éste veía ascender hacia el aire los fantasmas cenicientos de sus seres queridos cuando nos dice "cavamos una fosa en los aires, allí no hay estrechez". Poesía es la Jolie Rousse, "la hermosa Pelirroja" o el orden de la aventura o las comarcas inexploradas de Apollinaire. Es aquella que nos hace encaramarnos con asombro a los árboles de la infancia, a los monumentos o a los murallas de las ciudades, aquella que nos hace correr y respirar profundo frente a los grandes cordones cordilleranos o ante las grandes estepas magallánicas o los desiertos del norte. Poesía es aquello que respiramos y bebemos sin saber. Es la estrella que brilla al final de cada Canto del Dante.
Una actividad que lamentablemente es mal comprendida y valorada. Y esto ocurre en el país más poético de América. Por eso he venido a hablar de nuestra poesía que es el bien más preciado que tiene Chile hoy y que, en realidad, posee desde hace más de un siglo. Más preciado que el cobre y sus productos de exportación. Pues sin poesía no se podría producir ni exportar ni generar riqueza material. Y si por un instante asumimos la terminología y la lógica del mercado que rige hoy nuestras vidas, resulta que la poesía es el producto de exportación tradicional por excelencia y, en consecuencia, podría ser el producto más rentable del país. La poesía es el mejor producto cultural de la sociedad chilena en casi todos los tiempos de nuestra historia latinoamericana. Salvo excepciones, casi no hay competidores. Ha demostrado que tiene ventajas comparativas por razones que, en realidad, desconocemos, y quizá, por nuestro natural y ancestral modo de ser tristes, por los sufrimientos que ha padecido nuestro pueblo, leche con la que nos han alimentado nuestras madres.
No lo sé. Pero el hecho es que Chile ha producido a Gabriela Mistral, Huidobro, Neruda, Parra, De Rokha, Gonzalo Rojas, y a un sinnúmero de otros poetas tan prominentes pero en la práctica desconocidos. Porque, además, en nuestro país olvidamos o dejamos de lado, como reclamó tantas veces Gabriela, a poetas tan importantes como Rosamel del Valle, y en narrativa a Juan Emar ayer, y hoy la escritura lúcida y casi anónima de Andrés Gallardo y sus Estructuras Inexorables de Parentesco o los trabajos de Hernán Castellano Girón -tan poco conocido y valorado en nuestro país con su obra magna Calducho- y a la misma Gabriela en su momento o, en fin, de postergar a tantos otros hasta la eternidad. Por ello, mi intención ahora es reivindicar el trabajo silencioso de tantos poetas jóvenes y escritores de nuestro país, a quienes hay que ayudar y apoyar para que avancen en sus proyectos escriturales. Hace pocos días, un importante y promisorio poeta joven de Chiloé, Mario García, profesor en esa isla mitológica, en medio de la lluvia me escribía lamentándose de la falta de apoyo real a las actividades literarias de esa región y, en general, a la literatura.
Así más que de los grandes de la poesía chilena y del continente, vengo a hablar por aquellos que escribieron y que escriben la historia poética de nuestra tierra en todas la ciudades y los campos y desiertos del país en forma anónima y silenciosa y, además, sin pretensión alguna, lejos de toda vitrina, de todo bullicio, de todo esplendor. Hablo por aquellos que escriben la historia de la poesía a pesar de todo y a contrapelo, por aquellos que son mirados de reojo, y que sólo han sido reconocidos luego de muertos y para utilizarlos luego como dato o adorno en el papel moneda. Pienso en Pezoa Véliz, Teófilo Cid, Rosamel del Valle, en la misma Gabriela. Post funeras virtus dice el latín. ¿Qué se hizo la voz árida de la Mistral de los Recados cuando nos susurraba sobre la educación de los niños de Chile? ¿O cuándo nos hablaba de las aves, de la flora y de la fauna de nuestra patria? ¿Dónde está la voz suave y respetuosa y casi de niño grande, de uno de los poetas más inteligentes y cultos que ha pasado por esta tierra, la voz pausada de Teillier? ¿Qué se hizo de la palabra de Rolando Cárdenas y de otros tantos como él? ¿Dónde están los mundos ocultos o los dominios perdidos de Calducho de Castellano Girón?
Todos los poetas pertenecen al país o al imperio de la poesía. Ella, como reina de todo ese imperio, distribuye y dictamina los roles claros u oscuros de los poetas. Hay poetas que están más cercanos al silencio y otros más próximos al bullicio mundano, y toda una infinita gama intermedia. Todos son importantes y respetables. Pero, su majestad la poesía, gobierna también en las diferentes regiones del país. Están los poetas del sur: desde Concepción a Magallanes, los poetas del centro y los poetas del norte. Con sus atributos propios, todo el territorio poético tienen sus grandes cultores anónimos. En este mismo instante y en algún ignoto lugar alguien está escribiendo el poema que luego leeremos o que no leeremos nunca. ¿En cuántos lugares remotos y, muchas veces precarios, en el más extenso y lacerante sentido de la palabra, se está escribiendo el poema o el libro que leeremos el 2010?
De esos lugares subterráneos y aledaños proviene mi trabajo poético. Del territorio de lo anónimo. Del trabajo silencioso y paciente, donde el tiempo de la publicación -y si ésta alguna vez se produce es más una cuestión de azar que una realidad buscada- siempre está lejano Mi trabajo, como el de aquellos que quiero representar, nace de la profunda convicción de que a través de la palabra se puede pintar o despintar un país o construir una leve sonrisa en el rostro duro del hombre. Nuestro trabajo nace de la creencia de que los índices macroeconómicos son sólo una pálida superficie que flota, como un témpano, sobre realidades más profundas y a la que sólo la palabra poética tiene acceso real.
Hay una enorme cantidad de poetas que merecen esta distinción que hoy nos convoca. Conozco a muchos escritores a lo largo de nuestra tierra: Hugo Vera Miranda en Magallanes, Mario García en Chiloé, y a tantos otros en Valdivia, Concepción y Santiago que, de pronto, desesperanzados y frustrados optan por el silencio, por el abandono de la palabra. Y estoy hablando, por cierto, de los orfebres de nuestra lengua, de aquellos que trabajan con paciencia y sin tiempo en la construcción de un verso perdurable.
Es necesario pues que la sociedad chilena y sus políticos sean solidarios con aquellos que piensan a su tierra y a sus gentes con palabras, solidarios con aquellos que saben que la palabra es la morada de algo sagrado, de las concepciones y sentimientos -oscuros o blancos- mas caros de una sociedad, de aquellos que con Heidegger saben que la palabra es la morada del ser, que en la palabra vive lo mejor de nosotros mismos, aún cuando con frecuencia las palabras "no digan nada" y que son difíciles las palabras para las experiencias profundas.
El otro día estuve leyendo algunos poemas de Paul Celan. Si los campos de concentración lo hubieran exterminado nunca habríamos conocido la palabra viva del poeta- palabra en el tiempo diría Machado- sobre esas terribles experiencias que afloran en el poema Fuga de Muerte. Como él, algunos poetas optan por el silencio: es decir, por el suicidio o por el abandono definitivo de la palabra. Así, el río Sena se llevó la poesía de Celan. Y la premura económica y la incomprensión se llevó la poesía del poeta magallánico Rolando Cárdenas y también se llevó la narrativa de Juan Emar y la prosa de unos de nuestros premiados de hoy, Andrés Couve.
Quiero finalizar estas palabras con un escritor desconocido y casi anónimo en su tiempo, pero que soñó anticipadamente la pesadilla del Occidente del siglo XX. Kafka nos recuerda a los poetas en tiempos de penuria que: Lo que debemos tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro.
Un libro que rompa nuestra banquiza interior.
Gracias.
Discurso pronunciado por Juan Pablo Riveros, al recibir el Premio Municipal 2001, en la ciudad de Santiago de Chile.
JUAN PABLO RIVEROS (Punta Arenas, 1954), ingeniero comercial, magister en Estudios Internacionales, doctor en Economía, librero, editor, profesor universitario, es ante todo poeta. Ha publicado Nimia, De la tierra sin fuegos y El libro del frío.
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Marcela Muñoz Molina: Golpes en una calle vacía |
Dormimos en la parte trasera de un auto, entre los árboles del parque japonés, sobre la arena en la costanera, en la orilla de una laguna, en la casa de Ellis Regina un día que ella andaba de viaje, en la pensión donde vivía el único niño negro de la ciudad, en la casa prestada amablemente por el comandante Vera, quien en ese tiempo lideraba el escuadrón de la muerte. Decir que dormíamos es solo una forma de decir. En realidad nos reíamos. Toda la santa noche nos reíamos. Estuvimos en lugares en que, lo que correspondía era que nos pagaran una indemnización. Estábamos rodeados de gringos que comenzaban a levantarse a las cuatro de la mañana justo en el minuto en que nosotros queríamos dormir. Y ya había salido el sol. No tenía sentido seguir allí, nos volvíamos a levantar y volvíamos a vagar. Durante el día, literalmente nos asilábamos en algún café. Una vez entramos a uno a las diez de la mañana y nos fuimos a las diez de la noche. Doce horas mirando por la ventana. Otra vez pasamos el año nuevo en una cabaña en San José de Costa Rica. Como consideramos que no quedaba tan lejos, decidimos irnos a pie. Después de unos días decidimos que era mejor hacer dedo. Un señor muy amable en una camioneta nos llevó. La vuelta resultó más complicada. Nadie venía de vuelta de San José en un día festivo. Pero igual volvimos. Pasamos a comprar pan en la única casa donde se vendía algo en todo el camino. Dentro de la casa todos dormían. Algunos acostados sobre la mesa, otros en un sofá, la dueña de casa doblada en el suelo, un niño sobre una silla. En esa casa se había detenido el tiempo. Nos pareció totalmente normal y nunca hicimos ningún comentario al respecto. Nosotros sólo andábamos. Nos esperábamos ansiosamente. La llegada del barco a veces se atrasaba por el temporal, pero a mi no me importaba. Lo esperaba en el muelle, a pesar del frío y el viento. Esos eran otros tipos de días. Nos dedicábamos a una especie de incubación. Guardábamos largos silencios y tratábamos de no acercarnos a la orilla. El se tardaba. El llegaba realmente dos días después de haber llegado. A mi eso me parecía tan normal como una casa llena de gente durmiendo o irme a pie a San José en Costa Rica. Normal era su dormitorio pintado de rojo y un globo gigante que giraba sobre la cabecera. Normal era su altar con fotos y velas y un par de anteojos de sol rotos. Yo intentaba calentar esos fríos huesos amarrando su cintura a un árbol, llenando los floreros con plumas, regalándole zapatos para que caminara sobre el agua. Creo que llegué a hacerlo todo. Por eso, ese día entré al lugar abriéndome paso sólo con la furia. Lo busqué entre la gente, que amigablemente tomaba un café y veía televisión. Algunos arreglaban sus mochilas. Con una fuerza que no era mía lo saqué del lugar y lo golpee en una calle vacía, hasta cansarme. El había decidido abandonarme y cambiarme por una señorita de buena familia fría como un pescado.Marcela Muñoz Molina: Poeta nacida en Puerto Natales, Chile. Ha publicado los libros, Ángeles y limusinas, El salvavidas lleva mi nombre y Poemas para no matar.
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anxos sumai |
-Ponte a estudiar -me ordenó-. Ya avisé a Felisa para que te haga la cena.
Colgué el teléfono y fui corriendo al cuarto de mis padres. Hacía lo que haría una niña de mi edad. Tendría por entonces doce años. Me probaba ropa, zapatos. Me maquillaba. Me perfumaba. Me admiraba en el espejo e intentaba imaginar cuál sería mi aspecto a los veinte años. Acariciaba la ropa de papá, la olía durante unos instantes esperando encontrar restos de un aroma que nunca me había sido permitido disfrutar. Aquella tarde, sabiéndome con todo el tiempo por delante, me atreví a sacar de la caja las dos piezas delicadas como espuma de mar. Sí, tenían algo de espuma, de líquido salado. Me desvestí despacio delante del espejo y creo que disfruté por vez primera de la visión de mi cuerpo desnudo, en el que comenzaban a asomar los pechos como pequeños volcanes de harina y la cintura se empeñaba en curvarse hacia dentro. Lo que más me fascinó fue admirar mi suave, marrón, escaso pelo púbico. Cuando era pequeña, había visto a mamá desnuda muchas veces. La había visto subirse la falda y bajarse las bragas para orinar y me fascinaba aquella mata de pelo rojo que le incendiaba los muslos. Recuerdo ahora cuánto me inquietaba esa visión, como si hubiese algo siniestro escondido debajo de aquel pelo. Mi vello reciente, casi la suave pelusa que me cubría las piernas, no era tan denso como el de ella. Se encaracolaba y tenía un agresivo color castaño que me hería la piel blanca. Pensé que se parecía a la barba de papá, castaña, corta, pero rizada. Aunque más débil.
Después me vestí, demorando los gestos, con la ropa que se escondía en la caja como un deseo inconfesable. Eran dos piezas: un pantaloncito y una especie de camiseta en tonos verdes elaborados con blonda bordada también en verde y blanco. Espuma de mar verde. Eran suaves, como el agua enjabonada que resbala por las manos, como el pecho de Ramón cuando salía de pasar horas sumergido en un baño relajante y me cogía en brazos porque yo aún era un bebé. Me puse el pantalón. Me quedaba grande. Lo sujeté en la espalda con una mano y lo apreté contra el vientre. Me rozó los muslos y se produjo en mí un estremecimiento inusitado, aquel primer y extraño hormigueo. No me resultaba desconocido, debía de haberlo sentido antes en algún sueño o quizás en la ducha cuando el agua caliente me bajaba por el vientre y se me perdía entre los muslos. Me asusté, pero seguí apretando el pantalón contra el montículo de pelo púbico y, con la otra mano, me puse la camiseta. Me quedaba grande pero no importaba porque me sentía muy hermosa.
Me acosté en la cama y pasé mucho tiempo mirándome en el espejo. La tarjeta verde manzana me decía: "Desenvuélveme".
"Soy tu regalo. Desenvuélveme".
Comencé a liberarme de aquella ropa como si fuera, realmente, el envoltorio de un regalo. Me quedé sobre la cama, acostada delante del espejo. Y, por fin, entendí. Imaginé a mamá acostada, vestida de aquella manera húmeda y suave y con la tarjeta verde manzana entre los pechos. Entretanto, papá miraba. Papá besaba, papá lamía, papá deseaba tanto que le ardía el sexo. Después, papá la desenvolvía.
Yo supe lo que sintieron porque yo también lo sentí. Y supe, sin que nadie me lo explicara, como saciar aquel primer deseo brutal porque, en el mismo momento en que se hizo insaciable, también intuí de donde nacía. De donde nacía y como calmarlo.
Me sentí eléctrica, me sentí líquida.
Anxos Sumai: Escritora nacida en Catoira, Galicia, España. Ha obtenido diversos e importantes premios literarios.
Este fragmento que presentamos a los lectores de Inmaculada Decepción, corresponde a su libro, Así nacen las ballenas.
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Flores de plástico |
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Casanovas de ocasión |
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En ningún lugar hay nadie |
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Esa cubana que no sabía descorchar una botella |
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Las mujeres son todas iguales |
Afuera ladran los perros. Cae la nieve. La panadería de enfrente sigue con los parlantes y la música. La música más horrible del mundo. Es medianoche ya. Le pregunto a Nicole Kidman qué quiere de beber. Me dice lo que tú quieras mi amor. ¿O prefieres que nos vayamos a la cama? De nuevo me dice lo que tú quieras mi amor. Y qué tal si salimos a caminar por la nieve. Nuevamente. Lo que tú quieras mi amor. ¿Te gustaría que te recite mi último poema? Podríamos ir a la panadería de enfrente y decirles que se callen.
¿Y si vamos al casino? ¿La ópera? ¿Y si hacemos el amor? ¿Qué te parece un viaje? ¿Tener un hijo? ¿No te gustaría volver a Australia? ¿Un caramelo de menta? ¿Una noche en Catoira? ¿Salir a la carretera? ¿Te apetece Barcelona? Borges. ¿Te gustaría leer a Borges? Ya sé. Un nuevo Lamborghini. Su respuesta es siempre la misma. Quién mierda me mandó a involucrarme con esta tía.
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El Pato, la renga y la sobrina de mi tía |
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Escritoras borrachas en Puerto Natales |
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Sucinta biografía de Alessandro Rambaldini |
Ustedes conocen casi todo de mí. Y un poco más. Incluso algunos me conocen personalmente. Otros a través de Google, la filatelia o del horóscopo chino. Pero esta no la tienen. Qué va. Imposible. Les cuento. Me llamo Alessandro Rambaldini. Hijo y nieto de marinos genoveses. Mi abuelo llegó a Puerto Natales en la década del treinta con mi padre aun pequeño. Crecí en medio de barcos que mi abuelo, mi padre y yo construimos. Además de marino, mi abuelo fue domador de caballos. Mi abuelo enviudó y se volvió a casar con una princesa kaweskar. Luego trabajó en las minas de carbón de Río Turbio. En los lavaderos de oro en Tierra del Fuego. Combatió en la Segunda Guerra Mundial. Regresó a Puerto Natales en donde murió el 5 de julio de 1951. Yo no le llego ni a los talones a mi abuelo. Él era verdaderamente un grande. Un pionero. En alta temporada yo trabajo en turismo. Esta historia se las cuento a las gringas con las cuales me acuesto. En temporada baja, soy Nano, el almacenero de la esquina. Nieto e hijo de nadie.
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El día que Ruth conoció a Hans |
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Tomé el bus de la siete y media |
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Thriller |
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El mejor poema del Mundo |
Canción: De momento Abril. La bien querida.
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La caja negra de Susan |
Después de mucho buscar, se encontró por fin la caja negra de Susan. Se emplearon ingentes y cuantiosos recursos para dar con ella. Allí estaban grabadas los últimos veinte minutos de su vida. En el primer minuto se escuchan sirenas de policía, tráfico en la ciudad y el voceo de un vendedor de diarios. Nada rescatable.
- Susan: Hoy quedé con Henry en juntarnos a comer a las ocho.
- Victoria: ¿No era que hoy estabas comprometida a juntarte con Michael?
- Susan: Nunca te dije que me juntaría con Michael. ¿O acaso no sabes que con Michael ya todo acabó?
- Victoria: Recuerdo perfectamente que me dijiste que te juntarías con Michael.
- Susan: Estás equivocada. Bueno te comento que esta noche me juntaré con Henry. Después te cuento. De seguro pasaremos una velada espléndida. Se despiden.
Bocinas de auto, murmullos de gente que habla, ladrido de un perro. Se abre una puerta. Damien Rice cantando Delicate. La voz de una mujer diciendo "la veintidós al fondo Susan, al lado de la puerta".
- Peluquera: ¿Cómo estás Susan? ¿El mismo color, el mismo brillo, el mismo peinado? ¿Quieres que te hagamos un peeling?
- Susan: Todo igual cariño. El peeling para otro día. Lo tuyo es arte amor. Me entrego a ti. Me abandono a ti. Soy tuya por veinte minutos. Nunca le dedico tanto tiempo a un hombre. Pero sí a mi peluquera. Para la próxima semana quiero un body painting. Son ustedes las mejores.
- Peluquera: Gracias Susan. Estamos encantadas contigo. Te damos lo mejor. La mejor atención es para ti cariño.
- Manicura: Hola Susan. Bellas manos para la más bella de las princesas. Me encanta atenderte cielo.
- Pedicura: Qué tal Susan. Estás bellísima hoy.
- Dueño del local: Hola Susan. Ya viene por ti el Silver tips. Te damos lo mejor. Te lo mereces.
- Susan: Mis últimas vacaciones fueron maravillosas. Llevé a los niños a Lech, Austria. Fue alucinante. Ellos nunca habían estado en la nieve y la verdad que pasamos dos semanas preciosas. Nos hacía falta. Sobre todo a los niños.
- Manicura; Lleváis una vida preciosa. Nos alegramos por ello. Es que eres verdaderamente sensacional Susan.
- Pedicura: Nuestros hijos son la parte más importante de nuestras vidas. Aquello que hace que nos levantemos por la mañana.
- Susan: Cuanto hay de cierto en lo que dices. Fueron un par de semanas de ensueño.
- Manicura: Ayer vi a Robert por la televisión. Ese buenmozo que venía a dejarte.
- Susan: No lo he visto en estos últimos cuatro meses. Todo terminó entre nosotros. A veces me llama. Somos buenos amigos. Él no era para mí. Yo no era para él.
- Peluquera: Es lo que me pasó con Joseph. Yo no era para él y él no era para mí. Él se fue con mi amiga Dorothy. Yo me fui con su amigo Francis.
- Dueño del local: Su Silver tips Susan. La mejor atención para la flor más bella.
- Susan: Gracias Phil. Siempre tan atento. Gracias.
La conversación gira interminablemente en aquellos términos. Rebaja de saldos. Obituarios. Cumpleaños. Comida étnica. Chismografía variada. Y una pasada de Cartier. Gucci y Armani. Luego Susan se despide de la peluquera, la manicura, la pedicura y del dueño del local. Se escuchan sus pasos. Luego se interrumpe la grabación.
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Julieta no responde |
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Siempre fui un buen chico |
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En la sala 23 para mayores de 40 |
El Chino conoció a Rosemary en un Chat de Latin Chat. En la sala 23 para mayores de 40. La misma noche que la conoció se asilaron en el Messenger. Me lo contó el Chino. Un poco gordita me dijo, cuando la vio en video chat. Pero dulce, linda y muy simpática. Siempre me tenía al tanto de Rosemary. Rosemary era de Santiago de Chile. El Chino de Punta Arenas. Rosemary trabajaba en un banco. Rosemary era madre soltera. Rosemary estaba resfriada. Rosemary viajó a Buenos Aires. Rosemary se fue de compras. Rosemary estaba indispuesta. Cuatro meses de messengeo constante. El Chino juntó aplomo, decisión y dinero. Compró su pasaje a Santiago. Por fin conocería a la dulce, linda y simpática Rosemary. Yo lo acompañé al aeropuerto. Le llevaba de regalo productos típicos de la zona. Queso de oveja, jam de ruibarbo y dulce de calafate. En Santiago compraría un ramillete de rosas holandesas. También le regalaría aquel CD de Alex Ubago que juntos solían escuchar por Messenger. El Chino, luego de conocer a Rosemary, volvería a la ciudad el 10, partió el 5. Lo volví a ver el 15. Lo vi triste, como antes de conocer a Rosemary. En la sala 23 para mayores de cuarenta.
Nos juntamos en el bar Copelia weon, cuando de repente vi venir a una enana weon, que venía sonriendo hacía mí weon, me dijo "Hola" weon, una enana de un metro treinta weon, y sabes lo que me dice la enana weon: "¿Nunca te conté que era chiquita?" Nunca me contó eso la enana culiá weon. Estuve dos minutos y me mandé a la mierda weon. Me gasté 250.000 pesos weon.
La verdad que en ese momento no me reí. No tenía porqué hacerlo. Me dio pena realmente. Me dio pena por Rosemary. De esto hará cinco meses. Todavía me estoy riendo.
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Soy el amor de tu vida |

Ilustración Javier Molinero
Blog de Javier
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En el casino de Puerto Natales |
Me llama Martín y dice que llegó al pueblo. Martín llegó al pueblo. Nosotros le decimos ciudad al pueblo. Pero eso es otra historia. Otra histeria. Martín es mi amigo y jugador de póker aficionado. Aficionado absolutamente a jugar al póker. Me cita en el casino. Voy. Apenas lo veo me dice que pida un trago. Que pida lo que quiera. Que él está en la mesa de póker del fondo. Que está ganando. Me reitera que pida lo que quiera. Miro la mesa del fondo y veo a mi vecina Naty con su comadre, tres tipos que no conozco, un argentino con la camiseta de su selección y también veo a Spiro con el croata Pivcevic.
La verdad que Martín no me dio tiempo a nada. No pude contarle sobre el documental. De la repentina muerte de Yolanda. De mi viaje a Portugal. Ni de mi nuevo libro publicado por Mondadori. Desde la mesa de póker del fondo veo a Martín levantar su copa y brindar. A lo lejos brinda conmigo. Yo levanto mi copa y brindo con él. A los lejos. Termino de tomar mi Manhattan. Llamo a la chica y le pido una Margarita. Voy donde Martín y le pregunto si quiere un trago. Trago que pagará Martín. Me dice que una Coca Light. Lo pido y se lo llevo. Me dice bajito que esta noche tiene una suerte endemoniada. Que está ganando 200 euros. Vuelvo a mi mesa. Volvemos a brindar a lo lejos. Qué haces acá me pregunta Fabián, que llega con su pareja. Le respondo que acompaño a Martín. Le pido que me acompañen y les ofrezco un trago. Yo pido un Metropolitan. Vuelvo donde Martín y le digo que está Fabián y su pareja en mi mesa y que les ofrecí un trago. Me dice que no hay problemas. Que él paga. Que hasta el momento lleva ganados 300 euros. Vuelvo a la mesa.
Aparece Néstor con su pareja. La última vez que vi a Néstor fue en el mundial del 86, en México. Nos abrazamos y casi lloramos. Le presento a Fabián y su pareja. Los invito a mi mesa y les ofrezco un trago. Yo pedí un Pisco Souer, 3 partes de pisco de 35%, 1 parte de jugo de limón recién exprimido y azúcar y hielo a gusto. Arrimamos dos mesas a la mía, la verdad que era una noche encantadora. Risas, chistes y moralejas. Estaba desechando la idea de que el casino es un lugar falso y lúgubre. A lo lejos brindaba con Martín.
Luego llegó Alejandro. No podía creer que estuviese allí. Hacía apenas una semana me había mandado un correo de Chicago. Es una sorpresa Hugo, me dijo. Toma lo que quieras le dije. Pidió un Alexander Calúa. Esto ya se había convertido en el camarote de los Hermanos Marx. Pedí un Tequila Sunrise. Todos los que no habían pedido, pidieron. Una noche maravillosa. Sentí que era mi noche. Hasta recité un par de poemas. El de la rana que murió de amor y el del día que conocí a Anaïs Nin. Me olvidé de Martín cuando Fabián dijo que fuéramos a su casa a terminar la noche.
A la mañana siguiente desperté con un dolor de cabeza esperpéntico y con el teléfono sonando. La puta madre pensé, quién mierda llama a las tres de la tarde de un día domingo. Era Martín. "Hijo de puta, de la puta madre que re mil parió, dejaste una cuenta en el casino de 400 euros que tuve que pagar, más los mil que perdí, te voy a matar la concha de tu madre". Corté.
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En los Canallas del 43 en mitad de la 35 |

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La loca del 14 de febrero |
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La gira de Dios |
Era la primera vez que Dios llegaba a Puerto Natales. Una camioneta con altoparlates anunciaba su presentación. Actuaría en el gimnasio local. Todo el mundo revolucionado con la llegada de Dios. La verdad que si me dieran a elegir, preferiría ir a ver a los Rolling Stones. Gente que llega al almacén me preguntan si voy a ir a ver a Dios. Les digo que no puedo. Que debo mantener el negocio abierto. Que debo pagar algunas facturas. Pagar mis impuestos. Me dicen que todo el mundo va a ir. Que nadie vendrá a comprar al almacén, que el pueblo estará en el gimnasio local. No importa, les digo, alguien puede venir. La cita era a las nueve de la noche. Un cuarto de hora antes de las nueve, entra Dios al almacén. Inmediatamente lo reconocí. Un tipo inconfundible. Lo atendí como a cualquier otro cliente. En aquello soy intransigente. Atiendo a todos por igual. Pidió cigarrillos, una caja de vino, pan, medio kilo de tomates y un desodorante. Mientras lo atendía me comentó que él también tenía un almacén. Un poco más grande que el mío. Que la crisis también lo había afectado. Que cada vez menos gente llegaba a su almacén. La verdad que fue muy amable. No el tipo osco, déspota y lejano como comentaban por ahí. Pienso que tuve suerte de no ir. Su compra por pequeña que haya sido, me sirvió.
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La vida es bella |

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El fútbol y el Espíritu Santo |
Pero de pronto se interpuso en mi vida, Dios. Y junto con Dios, la Iglesia de la cual era militante mi abuela. Mi abuela María. Mientras mis amigos jugaban y jugaban, yo partía los domingos con mi abuela a una iglesia. La Metodista Pentecostal, una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe.
Todo el juego por jugar y yo metido en la iglesia. Cantando coritos. Hincándome. Alabando a Dios. Rezando por nuestras pobres almas perdidas. Pensé que debería hacer algo rápido. Inventar un juego allí. En la iglesia. Un minuto sin jugar y yo no era yo. Yo no era nadie. Es que no se puede soportar tanto fervor religioso. Y al final lo logré. Casi sin darme cuanta inventé el juego más glorioso del cual tengo memoria. Jugué el juego del niño tomado por el Espíritu Santo. El elegido de Dios. Cerraba mis ojos y deambulaba por el recinto hablando lenguas extrañas. Poseído. La total posesión. Pasaba entre la corrida de asientos haciendo de las mías. Le pisaba los callos al Pastor. Siempre hablando en lenguas. Un agarrón a la chica que me gustaba. Un puñete sin querer el chico que me caía mal. Y los hermanos entusiasmados con el niño que lo había tomado el Espíritu Santo. Yo, el elegido. El Pastor con las manos batientes y diciendo, ¡Aleluya, Aleluya hermanos!, alabado sea Dios. Dios está acá y a hecho su obra en este niño. Amén respondía la concurrencia. ¡Amén, Amén, Amén hermanos Alabado sea Dios.
Evidentemente era el mayor espectáculo del pueblo. Sino de la Patagonia entera. Esto ocurría todos los domingos. Ya no sentía dolor en ir a la iglesia con mi abuela. Esperaba impaciente los domingos para ir y brindar mi función. Fueron dos meses de frenesí religioso. La iglesia aumentó su cantidad de fieles. El Pastor me recibía con honores. Verdaderamente mi espectáculo era formidable. Mi abuela emanaba una beatitud excelsa. Durante la semana ya no me regañaba como antes. Me cuidaba. Me permitía comer todos los dulces del negocio. Me trataba con un cariño sobredimensionado. Pero en esta vida todo acaba. Y acabó de la peor manera. Ya que cuando estaba hablando en lenguas, junto a un… zarapalanda belanda rami turonagua, se me salió un: "puta que cansa esta mierda". Primero fue una risita aislada. Después toda la iglesia prorrumpió en una carcajada general. Hasta ahí llegó mi impostura de niño poseído. Poseído por el Espíritu Santo. Mi abuela me sacó de la iglesia tomado de las orejas. Me quedé un mes sin dulces y nunca más me llevó a la Iglesia. A la iglesia Metodista Pentecostal. Una de las iglesias más recalcitrantemente fundamentalista que existe. De ahí en más, volví a jugar al fútbol, al trompo, las bolitas, al zuncho, a matar pajaritos con honda y a ser el chico normal y juguetón que siempre fui. Demos gracias a Dios. Amén.
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La final de la Champions |
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Leopoldo María Panero: El manicomio de Mondragón |
A QUIEN ME LEYERE
LOS LIBROS caían sobre mi máscara (y donde había un rictus de viejo moribundo), y las palabras me azotaban y un remolino de gente gritaba contra los libros, así que los eché todos a la hoguera para que le fuego deshiciera las palabras...
Y salió un humo azul diciendo adiós a los libros ya mi mano que escribe: "Rumpete libros, ne rumpant anima vestra": que ardan, pues, los libros en los jardines y en los albañales y que se quemen mis versos sin salir de mis labios:
el único emperador es el emperador del helado, con su sonrisa tosca, que imita a la naturaleza y su olor a queso podrido y vinagre. Sus labios no hablan y ante esa mudez me asombro, caigo estático de rodillas, ante el cadáver de la poesía.
1/3/87
Dérisoires martyrs...
STÉPHANE MALLARMÉ
En el obscuro jardín del manicomio
Los locos maldicen a los hombres
Las ratas afloran a la Cloaca Superior
Buscando el beso de los Dementes.
Un loco tocado de la maldición del cielo
Canta humillado en una esquina
Sus canciones hablan de ángeles y cosas
Que cuestan la vida al ojo humano
La vida se pudre a sus pies como una rosa
Y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
Una Princesa.
Los ángeles cabalgan a lomos de una tortuga
Y el destino de los hombres es arrojar piedras a la rosa
Mañana morirá otro loco:
De la sangre de sus ojos nadie sino la tumba
Sabrá mañana nada.
El loquero sabe el sabor de mi orina
Y yo el gusto de sus manos surcando mis mejillas
Ello prueba que el destino de las ratas
Es semejante al destino de los hombres.
EL LOCO MIRANDO DESDE LA PUERTA DEL JARDÍN.
Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entre otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina
LAMED WUFNIK
Yo soy un lamed wufnik
sin mí el universo es nada
las cabezas de los hombres
son como sucios pozos negros
yo soy un maed wufnik
sin mí el universo es nada
dios llora en mis hombros
el dolor del universo, las flechas
que le clavan los hombres
yo soy un lamed wufnik
sin mí el universo es nada
le conté un día a un árabe
oscuro, mientras dormía
esta historia de mi vida
y dijo "Tú eres un lamed wufnik"
sin ti Dios es pura nada
* y añadió, "y entre los árabes, un kutb"
(v. Jorge Luís Borges, El Libro de los seres imaginarios)
EL LOCO AL QUE LLAMAN EL REY
Bufón soy y mimo al hombre en esta escalera cerrada
con peces muertos en los peldaños
y una sirena ahogada en mi mano que enseño
mudo a los viandantes pidiendo
como el poeta limosna
mano de la asfixia que acaricia tu mano
en el umbral que me une al hombre
que pasa a la distancia de un corcel
y cándido sella el pacto
sin saber que naufraga en la página virgen
en el vértice de la línea, en la nada
cruel de la rosa demacrada
donde
ni estoy yo ni está el hombre
Has dejado huella en mi carne
y memoria en la piel de las interminables bofetadas
que surcan mi cuerpo en le claustro del sueño
quién sabe si mi destino se parecerá al de un hombre
y nacerá algún día un niño para imitarlo.
Ven hermano, estamos los dos en el suelo
hocico contra hocico, hurgando en la basura
cuyo calor alimenta el fin de nuestras vidas
que no saben cómo terminar, atadas
las dos a esa condena que al nacer se nos impuso
peor que el olvido y la muerte
y que rasga la puerta última cerrada
con un sonido que hace correr a los niños
y gritar en el límite a los sapos.
Ne sachant pas, ingrat!, que c'était tout mon sacré
ce fard noyé dans l'eau perfide des glaciers
STÉPHANE MALLARMÉ
En mi alma podrida atufa el hedor a triunfo
la cabalgata de mi cuerpo en ruinas
a donde mis manos para mostrar la victoria
se agarran al poema y caen
y una vieja muestra su culo sonrosado
a la victoria
pálida del papel en llamas,
desnudo, de rodillas, aterido de frío
en actitud de triunfo.
Brindemos con champagne sobre la nada
salto de un saltimbanqui en el acero escrito
donde la flor se desnuda y habita entre los hombres
que de ella se ríen y apartan la mirada
sin saber oh ilusión que es también la nada
adonde ellos la vuelven y que a cada jugada
se tiene la Muerte ante el jugador desnuda
enanos juegan con cabezas humanas.
EL QUE ACECHA EN EL UMBRAL.
Si la beauté n'etait la mort
Toda belleza por el cadáver pasa
y se limpia en el río de la muerte, el Ganges
que a los inmortales conduce
toda mujer
se transfigura en la tumba y adorna
en el eterno peligro de la nada
así, querida
sabrás mueriendo lo que es el Adorno
y te adorarán los pulgones y aplaudirán las ranas
de ellas compuesto el canto eterno de la nada
oh, tú, hermana
llena con tu cántico mi noche
de tu susurro delgada hermana
de tu sollozo
que la nada devora Sabiendo así lo que es el Adorno
las chotacabras avisan Su Llegada.
(reivindicación de la hermosura)
Escucha en las noches cómo se rasga la seda
y cae sin ruido la taza de té al suelo
como una magia
tú que sólo palabras dulces tienes para los muertos
y un manojo de flores llevas en la mano
para esperar a la Muerte
que cae de su corcel, herida
por un caballero que la apresa con sus labios brillantes
y llora por las noches pensando que le amabas,
y dice sal al jardín y contempla cómo caen las estrellas
y hablemos quedamente para que nadie nos escuche
ven, escúchame hablemos de nuestros muebles
tengo una rosa tatuada en la mejilla y un bastón con
empuñadura en forma de pato
y dicen que llueve por nosotros y que la nieve es nuestra
y ahora que el poema expira
te digo como un niño, ven
he construido una diadema
(sal al jardín y verás cómo la noche nos envuelve)
LOS INMORTALES
HEGEL
En la lucha entre conciencias algo cayó al suelo
y el fragor de cristales alegró la reunión
Desde entonces habito entre los Inmortales
donde un rey come frente al Ángel caído
y a flores semejantes la muerte nos deshoja
y arroja en el jardín donde crecemos
temiendo que nos llegue el recuerdo de los hombres.
Llega del cielo a los locos sólo una luz que hace daño
y se alberga en sus cabezas formando un nido de
serpientes
donde invocar el destino de los pájaros
cuya cabeza rigen leyes desconocidas para el hombre
y que gobiernan también este trágico lupanar
donde las almas se acarician con el beso de la puerca,
y la vida tiembla en los labios como una flor
que el viento más sediento empujara sin cesar
por el suelo
donde se resume lo que es la vida del hombre.
Del polvo nació una cosa.
Y esto, ceniza del sapo, broce del cadáver
es el misterio de la rosa.
Debajo de mí yace un hombre
y el semen
sobre el cementerio
y un pelícano disecado creado nunca ni antes
Caído el rostro
otra cara en el espejo
un pez sin ojos
Sangre candente en el espejo
sangre candente
en el espejo
un pez que come días pre-
sentes sin rostro
Tú que eres tan sólo
una herida en la pared
y un rasguño en la frente que induce suavemente
a la muerte.
Tú ayudas a los débiles
mejor que los cristianos
tú vienes de las estrellas
y odias esta tierra
donde moribundos descalzos
se dan la mano día tras día
buscando entre la mierda
la razón de su vida;
ya que nací del excremento
te amo
y amo posar sobre tus
manos delicadas mis heces
Tu símbolo era el ciervo
y el mío la luna
que la lluvia caiga sobre
nuestras fauces
uniéndonos en un abrazo
silencioso y cruel en que
como el suicido, sueño
sin ángeles ni mujeres
desnudo de todo
salvo de tu nombre
de tus besos en mi ano
y tus caricias en mi cabeza calva
rociaremos con vino, orina y
sangre las iglesias
regalo de los magos
y debajo del crucifijo
aullaremos.
No soporto la voz humana,
mujer, tapa los gritos del
mercado y que no vuelva
a nosotros la memoria del
hijo que nació de tu vientre.
No hay más corona de
espinas que los recuerdos
que se clavan en la carne
y hacen aullar como
aullaban
en el Gólgota los dos ladrones.
Mujer,
no te arrodilles más ante
tu hijo muerto.
Bésame en los labios
como nunca hiciste
y olvida el nombre
maldito
de Jesucristo.
Danza en la nieve
mujer maldita
danza hasta que tus pies
descalzos sangren,
el Sabbath ha empezado
y en las casas tranquilas
de los hombres
hay mucho más lobos que aquí.
Luego de bailar toca
la nieve: verás que es buena
y que no quema tus manos
como la hoguera
en la que tanta belleza
arderá algún día.
Partiendo de los pies
hasta llegar al sexo
y arrasando los senos
y chamuscando el pelo
con un crujido como de
moscas al estallar
en la vela.
Así arderá tu cuerpo
y del Sabbath quedará tan sólo una lágrima
y tu aullido.
O LA CAUSALIDAD DIABÓLICA
Pero el cuerpo humano, que, salvo para los niños, es un secreto, contiene igualmente alucinaciones olfativas o junguiniano alguno, es decir, a inconsciente alguno de la especie o, en otras palabras, a su pasado, en el que los dioses están bajo la figura de tótems, pues no en vano la palabra "zodiaco" significa en griego animales. Dioses esto, pues, corporales, hijos del Sol y de la Tierra.
He aquí, por consiguiente, que le cuerpo contiene la locura y, como el único cuerpo entero que existe es el cuerpo infantil, es por tal motivo que la esquizofrenia tuvo por primer nombre "demencia praecox" o demencia traviesa. Respecto a la paranoia, su problemática es triple o, en otras palabras, quiero decir que existen tres tipos de paranoia, pues ya nos dijo Edwin Lemert que no existe la paranoia pura; uno de los tipos de paranoia cuyo síndrome es el delirio de autorreferencia, nos reenvía al problema de que el psiquismo animal es colectivo, y ese es el magma alquímico, en cuyo seno se hunde al género del paranoico. El otro género de paranoico es el que proyecta su agresividad, con frecuencia, sobre su mujer en el delirio de los celos. El tercer género del paranoico es el que, según ya dijo Edwin Lemert, tiene realmente perseguidores. Ese es el caso al que yo llamo el caso Jacobo Petrovich Goliardkin (el protagonista de El doble de F.N.Dostoyewski). Es un sujeto con frecuencia deforme, enano o simplemente raro, o tan oscuro como Dreyfuss, que es víctima de agresiones, humillaciones y vejaciones por parte de sus amigos o compañeros de oficina, -o, a veces, de un portero, o sencillamente de un camarero-, y que para dar sentido estético a su vivencia se inventa a los masones, o a la C.I.A., metáforas que reflejan a tan sombríos compañeros.
Las otras locuras son frecuentemente producto de la psiquiatría: tal es el caso de las alucinaciones auditivas, que no existen en estado natural alguno y que son producto de la persecución social o psiquiátrica que cuelga, como vulgarmente se dice, en lugar de explicar o aclarar. Pues cada ser humano puede ser en potencia un psiquiatra, con sólo prestarnos la ayuda de su espejo. Pasemos ahora al caso de Dreyfuss; el caso Dreyfuss, en verdad, fue, como el mío, un caso muy extraño. Ni yo ni él entediamos el origen de la persecución; su naturaleza, sin embargo, o su mecanismo puede definirse como el efecto "bola de nieve": se empieza por una pequeña injusticia y se sigue por otra y por otra más aún hasta llegar a la injusticia mayor, la muerte. O bien como en el lynch empieza uno y continúan todos. Así, yo he sido la diversión de España durante mucho tiempo y, a la menor tentativa de defenderme, encontraba la muerte, primero en Palma de Mallorca en forma de una navaja y, luego, en el manicomio del Alonso Vega (Madrid) en forma de una jeringa de estricnina; pero todo por un motivo muy oscuro, no sé si por mi obsesión por el proletariado, nacida en la cuna de la muerte, o bien, por miedo a que desvelara los secretos de un golpe de Estado en que fui utilizado como un muñeco, y en el que los militares tuvieron, primero, la cortesía de apodarme "Cervantes", para llamarme después, en el juicio, "el escritorzuelo". Pero no son sólo los militares los que me usaron; en España me ha usado hasta el portero para ganarse una lotería que de todos depende, porque el psiquismo animal es colectivo, y éste es el motivo de que el chivo expiatorio regale gratuitamente la suerte, en un sacrificio ritual en pleno siglo XX, en nombre de un dios que ya no brilla, sino que cae al suelo herido por las flechas de todos. Ese dios al que todos odian por una castidad que ha convertido al español en un mulo y en una mala bestia. Al parecer toda España ha rodeado amorosamente a la muerte entre sus brazos, y la prefieren la sexo y a la vida.
Que ella les de al fin su último beso en la pradera célebre del uno de mayo.
Descargar extractos de la película de Jaime Chavarri, El Desencanto, subtitulado en francés.
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Una cuestión de economía |






















