Les traigo una buena noticia. Pasado mañana es Navidad. Estaréis allí en vuestras casas atiborrándose de comida. Emborrachándose con sus amigotes. Estrellándose en vuestros autos. Entrando y saliendo de los Supermercados. El pavo y toda esa inmundicia. Follando. Pasándola bien. Mucha cava, mucho tequila, mucho vino, sidra, champán y drogas blandas y duras. Y yo en la iglesia. Dando gracias al bendito Señor y a toda esa manga de apóstoles. Que triste mi vida. Bueno… Feliz Navidad. Bo Nadal para ti meu amor. Les dejo con un poema de Charles Harper Webb. Buenas noches.
LA MUERTE DE SANTA CLAUS
Ha tenido dolores en el pecho
por varias semanas, pero los doctores
no hacen visitas al hogar en el Polo Norte.
dejó de pagar su seguro médico Blue Cross,
se marea cuando le hacen exámenes de la sangre,
las batas del hospital siempre se le abren, las
salas de espera le causan dolor de estómago, y
de todos modos nada más tiene indigestión, por lo
menos eso pensaba, hasta el día en que al estarles
dando de comer a los renos, sintió como si la mano
de un monstruo le hubiera agarrado el corazón
y no dejara de apretar. No puede respirar, y el
mundo blanco tan hermoso se torna negro,
y cae sobre su panza de gelatina en la nieve
y la Sra. Claus sale corriendo de la fábrica
de juguetes, gritando, y deja a los duendes
frotándose sus manitas nerviosas, y la nariz
de Rudolph se prende y se apaga como una luz de ambulancia
triste, mientras en Houston Texas en una de esas casas en serie,
yo, de 8 años, le digo a mi mamá que los mensos
de la escuela dicen que Santa Claus es pura mentira,
y ella, tomándome la mano, se sienta conmigo en el sofá
de flores moradas, con lágrimas en los ojos,
y con una terrible noticia en la garganta.
Ya habíamos estado filmando. Por las calles. En lugares cercanos al pueblo. Entrevistando a gente. Yo mismo entrevistaba a la gente. Le preguntaba por mí. Si me conocían. Si conocían al poeta. Nadie me conocía. En mi pueblo nadie me conocía. 25.000 habitantes. En mi pueblo en donde había vivido los últimos 1000 años, nadie me conocía. Algunas tomas de casas del pueblo. De la bahía frente al mar. En el cementerio del pueblo. También estuvimos en Puerto Consuelo. Tiene que ser uno de los lugares más maravillosos del mundo. Puerto Consuelo. En el bar de Bruno hicimos la entrevista. Cómo comencé a escribir y todo eso. Estuvimos también en el bar de Jorge. También en otros bares. El último día hicimos la última toma. Yo salía del almacén y caminaba por la calle Lautaro, de espaldas a la cámara. Un plano general. Se trataba nada más que de eso. De salir del almacén y caminar por la calle Lautaro. Una sola toma. Un plano general. Desde la vereda de enfrente estaba la directora Magdalena Chacón, el camarógrafo Cristian Petit-Laurent y el productor Jaime Jiménez. La cámara que filmaba esa toma, era una Bolex de 16 milímetros del año 65. Cámara preferentemente utilizada para documentales, que era lo que verdaderamente estábamos haciendo. Un documental sobre mi vida. Todo el resto de la filmación había sido digital. En este caso con la Bolex, la velocidad normal sería de 24 cuadros por segundos, pero se utilizaba a 48 cuadros por segundo para hacerlo más lento. Con un filtro de densidad neutra 0.6 y un lente de 50 mm. Trabajamos en eso durante una hora. Una hora para una sola toma. Salía del almacén y comenzaba a caminar. Comenzaba a caminar y pasaban autos. Arruinaban la toma. Vuelta a comenzar. Salía del almacén y un cortejo de perros nupciales venían a mi encuentro. Vuelta a comenzar. Salía del almacén y una camioneta casi me choca de frente. Vuelta a comenzar. Salía del almacén y se posa sobre mi cabeza, un platillo volador con publicidad de un banco Español. Vuelta a comenzar. Hasta que al final se produjo el milagro. Se filmó la toma. Luego me despedí del equipo de filmación que regresaba a Santiago de Chile. Gente maravillosa. Volví a zambullirme en el anonimato cotidiano.
Viene a comprar la hija de Norma y me pregunta por el equipo de filmación que trabajaba enfrente de casa. Ella los vio y le llamó la atención. Me pregunta quién era esa gente. No son de acá me dice. Qué estaban haciendo en Puerto Natales. Le digo que estaban trabajando en un documental. Me pregunta un documental de qué tipo. Yo le digo que un documental sobre mi vida. Se ríe. No puede parar de reírse. No puede parar. El contagio es rápido. Yo también me largo a reír. No podemos parar de reír. Se produce una puja. Quién ríe más. Le digo que son 500 pesos. Pero sigue riéndose. Yo también sigo riéndome. No podemos parar. Ya más tranquilo le miento que es un documental sobre Puerto Natales. Eso sí te creo, me dice. Se va riéndose. Vuelvo a mi cuarto. Vuelvo a zambullirme en el anonimato cotidiano. Y escribo. Escribo La hija de Norma.
Te lo digo dice Luisa. Sabes bien que no estoy con nadie. Deja ya de molestarme con eso. Estoy sola. Eso lo sabes bien pero te gusta molestarme. Que no te entiendo. Cómo dices. Jajajaja. No me hagas reír. Claro. Es lo que tú supones. Pero sabes que te quiero. Lo sabes. Que te soy fiel. Es mejor que hablemos mañana ¿no te parece? Ahora ya es tarde. Sí que le he dado de comer al perro. No te preocupes. Sí lo sé. Está bien Carlos. Lo que tú quieras. Pero es mejor que lo hablemos mañana. Te vuelvo a repetir que estoy sola. No. Eso no. No ha venido Daniel. Estará ocupado. Ya lo sé. También lo sé. Por qué mejor no hablamos mañana. Ya es tarde. Eso. Mañana. ¿Te parece? Cuídate amor. Yo también amor. Sí que te extraño. Sí mi amor. Hasta mañana. También para ti amor. Que descanses. Te quiero mucho vida. Chao amor. También un beso. Chao. Daniel mientras tanto, graba en su celular la gran follada con Luisa mientras hablaba con Carlos. Luego lo sube a Internet. Y pone por título, Guarra puta le miente a su novio.
Hay segunda vuelta en Chile. Hablo de elecciones presidenciales. Por un lado está Sebastián Piñera, aparentemente de derecha. Por el otro, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, aparentemente de la nada. Dos perfectos papanatas. Empresarios ambos. Políticos de cuarto nivel. En épocas de fraudes ideológicos, estos tipos son de temer. Ninguno de ellos podría ser mi amigo. Con ninguno de ellos compartiría una comida, una tarde de fútbol, una película, un té, un café, unas papas fritas, una mujer. Menos una mujer. Nunca una mujer. ¡Benditas las mujeres! No me gustaría tenerlos en mi lista de contactos. No sería nada bueno. No sería recomendable. Me daría vergüenza. Espanto. La estatura de estos tipos, comparado con el presidente Salvador Allende, por ejemplo, es sideral. Y así estamos, amparados por la Divina Providencia. Que de alguna manera nos protege de estas bestias. Cada país tiene el gobierno que no se merece.
Creí adecuado que ese era el momento de hacerlo. Por lo tanto seguí todas las instrucciones que Angélica Santos me dio. Mira le comenté a Angélica, que no sé lavar una frazada. Me explicó. Llenas la bañera con agua tibia y detergente. Pones la frazada en el agua tibia con detergente. Luego te despojas de tu ropa. Te metes a la bañera y comienzas a bailar sobre la frazada. Me contó que era absolutamente efectivo. Absolutamente recomendable. Que podría parecer una solución poco elegante y hasta anacrónica, pero que no me preocupara por aquello. Que incluso con el baile sobre la frazada podría bajar de peso. Atenuar el stress. Eliminar el colesterol malo. Llegó el día en que necesité hacerlo. El día en que necesité lavar la frazada. El día que intentaría bajar de peso. El día en que atenuaría mi stress. El día que eliminaría mi colesterol malo. Llené con agua tibia la bañera y le puse detergente. Luego introduje la frazada. Me despojé de mi ropa. Me metí a la bañera. Durante quince minutos bailé sobre la frazada. Con fruición. Frenéticamente. Con rabia. Le gané por knock-out a la frazada. El agua incolora, inodora e insípida, dejó de serlo. Casi al terminar los quince minutos escucho la voz de Néstor que le pregunta a mi hijo, Hugo, qué le pasa a Hugo ¿se ha vuelto loco? No sé qué le pasa a mi papá, se comporta como un verdadero tarado, nunca lo he visto así, hace un buen rato que está zapateando sobre una frazada. Termino mi trabajo. Voy y cuelgo la frazada sobre el cordel de colgar. Llego a la biblioteca y me encuentro con Néstor. Me pregunta cómo estoy. Le digo que bien. Que estoy muy bien. Me pregunta por Leonor. Le digo que está en un encuentro de poetas en Santiago. Que en este preciso momento está en un encuentro de poetas en Santiago. Le digo que los mataría a todos. A toda esa mierda de putos poetas de mierda que se reúnen para tomar y follar. Para recitar sus putos poemas de mierda que nadie escucha, que nadie lee. Que estoy harto de toda esa basura de poetastros edulcorados chingones y mafiosos autorreferentes. Que necesito un fusil para matarlos a todos. Le digo que no entiendo cómo Leonor asiste a esa mierda de encuentros. En donde un puto ghicho puede levantarse una mina declamando un puto extracto de la Divina Comedia recitado en italiano. Que las putas minas migran desplazándose miles de kilómetros para ser seducidas por un puto ghicho que declama la Divina Comedia en italiano. Vale Madre si los mato a todos, le digo. Son una manga de imbéciles de mierda los putos mierdas poetas. Mi hijo que escucha me dice, ahora entiendo todo papá. También yo dice Néstor.
De alguna u otra manera la gente quiere saber por qué uno escribe. De alguna u otra manera uno quiere explicar por qué escribe. La respuesta suele ser pretenciosa, banal, trivial o ingeniosa. Ejemplarmente no existe termino medio. Unos dirán que porque no saben hacer otra cosa. Porque quiere que sus amigos lo quieran. Porque quieren salvar su alma. El planeta. Porque tiene el puto deseo de hacerlo. Porque el editor se lo pide. Porque quiere conquistar a la chica que le gusta. Podría agregar un par de sandeces más que no viene al caso. Yo escribo por casi todas esas razones menos la del editor. Eso creo. Y escribo además porque me apetece hacerlo. Porque me siento cómodo. Digno. Porque si no escribiese probablemente sería asesino en serie. Un hombre de cobalto. Una sencilla montura. Un semáforo. Una roca en la Ría de Arousa. Y escribo además sin que nadie me obligue a hacerlo. Sin ganar un denario. Sin obtener un penique. Sin firmar autógrafos. Pasando casi desapercibido. Sin conquistar a la chica que me gusta. Escribo por razones desconocidas. Yo no estaba destinado a escribir. Siempre en Castellano obtuve nota deficiente. En mi casa no existían libros. En mi juventud nunca leí libro alguno. Yo siempre fui futbolista. Idiota. Colérico. Coleccionista de estampillas. Traficante de ganado. Me dediqué a oficios tenebrosos. Estuve siempre en lugares inadecuados. En donde nunca pasaba nada. O todo. Pero un día algo pasó. No recuerdo qué. Y comencé a escribir. Y en eso estoy. Tratando de conquistar a la chica que me gusta. Escribiendo. Pero me han dicho que nunca conquistaré a la chica que me gusta escribiendo. Que billetera mata galán. Es posible. Eso es posible. Pero mi razonamiento es claro. Soy el mejor. La gente de Suecia se enterará. Me entregarán el Nobel. Le regalaré un anillo de diamantes a la chica que me gusta y nos iremos a vivir al lado del Sol. Dejaré de escribir.
Ya te lo he dicho antes le digo. Si es tu deseo que me convierta en payaso o en lo que tú quieras, lo puedo hacer. Claro que sí. Que lo puedo hacer. ¿Quieres que arañe las piedras y me incinere un domingo en la madrugada? Dices que te regale flores. Que por qué no chocolates. Que hemos ahorrado lo suficiente y que Venecia podría ser nuestro próximo destino. Que eres una mujer y que necesitas atención. Que necesitas atención. Que cómo no me doy cuenta. Todos los hombres somos unos perfectos animales. Eso dices. Que los hombres aún estamos en las catacumbas. En el neolítico. Que no entendemos a las mujeres. Que nunca la entenderemos. Que evidentemente vamos a contramano de la historia. Que todo ha cambiado, menos los putos hombres. Seres de mierda que lo único que hacen medianamente bien es correr detrás de una pelota. Me dices que haga memoria y que recuerde la última vez que te regalé un "Buenos días mi amor". Hago memoria y la verdad que nunca le dije: "Buenos días mi amor". Pero en mi memoria tampoco tengo registrado que ella me lo haya dicho. Le digo que se de vuelta. Que duerma. Que deje de hablar pelotudeces. Que mañana será otro día en Puerto Natales. Se da vuelta y se tira un pedo. Yo pienso que jamás iré con ella a Venecia.
Cómo está Enrique le pregunto a Irene. Mejor no lo hubiera dicho. Mejor no tendría que haber preguntado. Está cada día más flaco. Ha bajado veinte quilos en tres semanas. El cáncer lo consume. Él no sabe nada. No sabe que tiene cáncer. Tiene dolores terribles. Dolores que no lo deja dormir. Que no deja dormir a Irene. Viajó con él a Punta Arenas. El médico fue todo lo sincero que un médico puede ser. Le dijo a Irene que se preparase para lo peor. Está postrado. Sólo un milagro puede hacer que Enrique se salve. Ella cree en los milagros. Ella le da ánimo. Le dice que ya pasará. Que Dios es más grande que cualquier médico. Pero me dice que ella sabe que aquello no ocurrirá. Que aunque tiene fe, aquello no ocurrirá. Pero también me dice que puede ocurrir. Que el milagro operará. Que puede suceder. Que Enrique se salve. Aunque no haya un buen pronóstico. Que hoy día amaneció bien, pero sabe que por la noche volverá el dolor y los gritos que acompañan al dolor. Que fue a ver a Doña Nancy. La mujer que ha curado a tanta gente desahuciada. La mujer que vive enfrente de mi casa. Que también ella está tratando de hacer algo. Que no pierde la esperanza. Me dice que Doña Nancy ha triunfado en donde la ciencia médica ha fracasado. Me recuerda el caso de Manuel. A él también lo habían desahuciado. Pero que la señora Nancy lo curó. Que Manuel tenía el mismo tipo de cáncer que Enrique. Dice que ella confía en ella. En Nancy. Dice que reza por Enrique. Que toda la parroquia del barrio lo hace. Rezar por Enrique. Que tiene fe. En Dios y en Nancy. Comenta que muchas veces los médicos se equivocan. Que todos nosotros estamos en las manos de Dios. Que Él es el único que puede ayudarnos. Luego me pide un kilo de patatas, una mata de lechugas y un paquete de cigarros. Me despido de ella y le digo que le de saludos a Enrique. Vuelvo a la cocina y veo que lo que estaba cocinando se ha quemado. Todo por estar hablando con Irene. Sobre la salud de Enrique. Todo por haber preguntado por la salud de Enrique. Maldigo a Irene y a Enrique.
He terminado con Mónica. Mejor dicho es Mónica la que terminó conmigo. Se ha liado con Leandro que es un ghicho que vino de Santiago como guía de turismo. Como a veces sucede, como la mayoría de las veces sucede, me di cuenta tarde. Me di cuenta tarde de que a Mónica le gustaba Leandro. Pero bueno, la cosa es que ahora están juntos. Con Mónica vivíamos una vida más bien plagada de contundentes hechos rutinarios. De aplastantes horarios fijados. Tres años de dar vueltas por los mismos lugares. La calle Bulnes, la calle Baquedano, Bar el Alhambra, el Bar Melissa, Bar Toore. Por las tardes salíamos a pasear el perro por la costanera. Almorzábamos a las dos y cuarto. Todos los días almorzábamos a las dos y cuarto. Los viernes comíamos pastas. Por la noche veíamos una película. La noche del sábado íbamos al mismo local de siempre, en donde nos juntábamos con los mismos amigos. Generalmente teníamos sexo dos veces por semana. Generalmente los martes y jueves. Generalmente mal sexo. Leandro es simpático, cantautor y fabrica sus propios muebles. Ha destrozado el corazón a medio centenar de turistas francesas. Es un emprendedor que sabe lo que quiere y lo consigue. Es guapo e inteligente. Hace una buena pareja con Mónica. Se los ve muy bien bailando en el Toore. Se los ve radiantes. Ayer en Facebook me topé con Mónica. Apenas entré al Facebook me topé con Mónica. Me escribió en el Chat: "Te extraño". Inmediatamente la saqué de mi grupo de amigos.
Ocurre lo de siempre. Que tengo ganas de escribir. Pero no se me ocurre nada. Pero hay un hecho cierto. Y es que tengo ganas de escribir. Y surgen elementos variados. Que darían la pauta como para comenzar a escribir. Por ejemplo. La vez que le di la mano a Cortázar. El día que vi bailar a Baryshnikov en el teatro Colón de Buenos Aires. La madrugada en que descubrí a mi amada con su amante en mi cama. La tarde en que cayó un meteorito casi sobre mi cabeza. La noche en que conocí a mi padre. Tengo ganas de escribir. Es que tengo ganas de escribir. Y no se me ocurre nada. Sólo elementos variados. Y así pasa un buen rato. Tratando de escribir. Pongo algo de música. Me preparo un trago. El mismo trago de siempre. Una cubata con hielo. Suena el timbre. Es Fernando que me pregunta en qué estoy. Le digo que tratando de escribir. Que no se me ocurre nada. Me dice que a el también le pasa. Que tiene ganas de escribir y que no se le ocurre nada. Más tarde me comenta que conoció a Romina. Una chica de vida fácil. Eso me dijo. Una chica de vida fácil. Hacía veinte años que no había oído hablar de aquello. Una chica de vida fácil. Presté atención. Me comentó que ella se había liado con él en la fiesta de la Purísima. Que hicieron el amor o el sexo. Como queréis llamarlo, arriba de un caballo. Con viento en contra. Todo esto en la Patagonia. Que tiene la intención de irse vivir con ella. Que lo hará a pesar de ser una mujer de vida fácil. Le digo que las mejores mujeres son las chicas de vida fácil, que hacen el amor arriba de un caballo, con viento en contra. Después de siete cubatas me despido de Fernando. Luego escribo. Lo publico.
He decido hacerlo. Me presentaré. La gente me lo pide y me presentaré. No dejaré pasar esta oportunidad de ponerme al servicio de la gente. Por fin la gente será protagonista. Seré la voz de aquellos que no tienen voz. Mi candidatura de Alcalde tiene que ver con los humildes de mi pueblo. Con aquellos que no tienen nada. Haré de este Natales un nuevo Natales. En donde todo el mundo tenga acceso a la salud, la educación y la vivienda. No voy a ocupar un cargo para llenarme de dinero. Para viajar por el mundo. Para vivir en barrio privado. Para ser pasajero de primera clase. No. Llego para hacer feliz al niño, a la madre y al anciano. Que todos tengamos el mismo derecho a vivir en una sociedad plena de oportunidades. Para hacer un Natales mejor. Un Natales digno que merezca ser vivido. Un Natales que se inserte de una vez por todas en el concierto de las grandes provincias del país. Un Natales de oportunidades y de cambio. Por eso he aceptado lo que me demanda todo el pueblo. Estoy dispuesto a aceptar. Renunciaré a vivir esta vida miserable que llevo, sin empleo seguro, sin cotizaciones de salud, sin nada de nada, en pos de un trabajo que sé, será beneficioso para mi pueblo. Por eso os digo, gente de mi Natales, gente mía, querida gente, voten por mí. Por favor voten por mí. Por favor se los pido, voten por mí. Es mi única oportunidad de servir a la gente. Sé lo que les digo. Por favor voten por mí. Se lo pido. Voten por mí. Necesito ocupar ese lugar. Lo he pensado mucho. Sé que la política será la que me sacará de mi estado de ruina. Por favor. Voten por mí. Es mi única salida. Voten por mí. Por favor, estoy llorando ahora. Estoy llorando. Voten por mí. Seré bueno. Santo. Voten por mí. Por favor voten por mí. Necesito de vuestro voto. Yo sólo quiero hacer feliz a la gente. Les juro que no es por el poder, el dinero o para comprarme un anillo de diamante. Lo hago por el pueblo. Por todos ustedes. Estoy desesperado. Necesito de vuestro voto. Necesito comprarme zapatos, una camisa, pagar la cuenta del gas. Por favor. Se los pido. De rodillas. Seré vuestro esclavo. Besaré vuestros pies. Vuestros niños. Estaré siempre al lado vuestro. Nunca los abandonaré. Sólo pido vuestro voto. Nada más pido. Vuestro voto. Es que no llego a fin de mes. No hay trabajo. No sé hacer otra cosa que la política. Quiero vuestro voto. Por favor. Por favor. Nada más pido. Por favor. Nada más. Por favor. Por favor. Voten por mí.
Es que no pasa nada. Acá no pasa nada. Te lo puedo asegurar. Acá no pasa nada. Y hay que inventar porque aquí no pasa nada. Y en eso estamos, inventando, porque aquí no pasa nada. Y voy por la calle en donde no pasa nada. Y encuentro a gente que no le pasa nada. Voy por los bares en donde nada pasa. Me encuentro con amigos que no les pasa nada. Me llama Javier que no le pasa nada. Luego me llama Sofía que no le pasa nada. Y luego llega triste Francisco y le pregunto qué le pasa, me dice que no le pasa nada. Nada, en ningún lugar pasa nada. En la televisión no pasa nada. En Beijín no pasa nada. En Nueva York no pasa nada. A Sharon Stone no le pasa nada. A Nicolas Sarkozy no le pasa nada. A la Nasa no le pasa nada. A Colombia no le pasa nada. A nadie le pasa nada. Le cuento a Gustavo que acaba de dejarme Romina. Que estoy desesperado. Que pienso matarme. Que era el amor de mi vida. Que sin ella mi vida no tiene sentido. Me dice que no pasa nada. Que Romina es una listilla. Que antes de mí, intentaron matarse por ella Pedro, Felipe y Juan Carlos. Que nadie merece matarse por ella. Escribo en un cartel ACÁ NO PASA NADA. Me mato.
Fue con Antonio que descubrí el asunto. Vino un día a casa y me contó su problema. Había terminado con Soledad. Estaba abatido. Destruido. Soledad se había marchado con Rubén, su mejor amigo. Cinco años de relación se fueron al quinto infierno. Antonio temblaba. Me habló de hacer un viaje sin retorno. Quería desaparecer completamente. No soportaría un día más. Estaba decidido. Poco a poco lo fui calmando. Puse algo de música, le serví un vaso de vino y conversamos. Le hablé de Marcel Schwob Del Libro de Monelle de Marcel Schwob. Que trata de la relación que mantuvo Marcel Schwob con una pequeña prostituta parisina. Y de lo que ella le enseñó. Le hablé sobre el libro. Yo era Marcel Schow hablándole a Antonio. También era Monelle. Y le decía que todas las cosas, lo bello y lo terrible, pertenecen al reino de la fugacidad. Que nada perdura. Que hay que entender que aquella mujer que te amó, que juró amarte, hace apenas cinco minutos, que juró amarte, ha dejado de hacerlo. Por incomprensible que sea, es así. Que no podemos cambiar la historia de un sentimiento. Que no está en nuestras manos hacerlo. Que todo aquello que perdura con el tiempo hiede. Que no vuelva a mirar aquellos escombros del pasado. Que el camino promete una fuente inagotable de nuevos horizontes. Que debemos crear dioses nuevos, que necesitaremos conformes avanzamos. Que debiera sumergirse en vivir el momento. Sobre todo eso, el momento, más que lo pasado y el futuro. Existe el momento. No otra cosa. El momento. Todo amor que dura es odio. Que aproveche el momento. Luego le dije a Antonio que sea sincero. Y le cité a Roberto Arlt cuando escribe en Aguafuertes Porteñas, sobre la terrible sinceridad. Que diga lo que tenga que decir y no tema. Que siempre desnude su corazón. Que arremeta frente a todo con la terrible sinceridad. Que no tema. Que debe decir las cosas como son, sin lisonjas, ni edulcoraciones fatuas. Hablar de frente. Decir lo que siente. Luego volví al Libro de Monelle. Y le hablé de la felicidad. Le dije que toda felicidad que dura es desgracia. Que no venimos al mundo para ser felices. Que la felicidad no nos hace ser felices. No todo el tiempo. Que debemos conocer el viento para saber de una mañana apacible. La tempestad y la calma. Luego cité textualmente el libro. No digas: ahora vivo y mañana moriré. No dividas la realidad entre la vida y la muerte. Di. Ahora vivo y muero. Luego le serví otra copa de vino. Ya lo noté mejor. Se llevó el libro de Marcel Schwob. También el libro de Roberto Arlt. Aquello lo salvó. A la semana siguiente me vino a ver. Era otro. Posiblemente el mismo de siempre. No lo sé. Pero era evidente que ya no pensaba hacer el largo viaje sin retorno.
Y fue así como descubrí el asunto. Porque luego vino Roberto, Santiago, María, Alejandro. Gente que yo conocía. Gente que tenía problemas. Luego vino una señora que trabajaba en una fábrica. Una profesora jubilada. Un comerciante en telas. Un ingeniero químico. Y me contaban sus vidas. Sus historias. Sus pequeños o grandes logros. Sus tristezas definitivas. Todos ellos salían con libros bajo el brazo. Les recetaba, según el caso, un Borges por la mañana y un Kafka por la tarde. Una semana de Gonzalo Arango. Tres días de Vallejo. Un mes de Marcel Proust. Una Temporada en el Infierno. Siempre quise ser un emprendedor. Y por fin lo he logrado. La terapia a través de los libros. De la lectura. Y en eso estoy. Tres pacientes al día a cincuenta euros. De lunes a viernes son 750 euros. En el mes son 3.000 euros. En el año son 36.000 euros. Pero en verdad, el dinero es lo que menos me importa. Lo verdaderamente importante de todo esto, es que me ha servido para deshacerme de libros, que jamás tendrían que estar en mi biblioteca. Además de vacaciones en Europa.
¿Quién que tenga ojos desesperados y ávidos puede sentir el menor respeto por los gobiernos, leyes, códigos, principios, ideales, ideas, tótems y tabúes existentes? (Pág. 334)
LLeía Miller a los 16 años; primero, Trópico de Capricornio, que debió llegar a mis manos a través de un circuito exiguo de amistades celosas por un texto prohibido. El tiempo estudiantil era un espacio para comentarlo a hurtadillas: sexo, sobre todo, pero también ideas vertiginosas sobre el hombre, la humanidad caótica y el despeñadero advertido. Henry Miller desmenuza el porvenir como si todo cupiera en un pañuelo: lágrimas, deseos, misterios, egoísmo y vulgaridad, sujetos abatidos o decididamente locos, mujeres ávidas o desesperadas y desesperanzadas; o bien, observación clínica de individuos atesorando las riquezas de una insanidad mayor: acumulación de capital e ideas de progreso a ultranza, mientras la rueda de la historia trae a puñados los futuros héroes muertos: segunda guerra, depresiones económicas, conflictos ocultos o evidentes, resurgimiento dolido luego de los holocaustos...y sobre todo ello, Miller disecciona, desestructura, anarquiza, deambula taciturno y miserable a veces, excelso y cáustico casi siempre. Trópico de Cáncer se alza en medio de un Paris mutilado en su trastienda y paradójicamente adscrito a esa eternidad de piedras y museos. El individuo yerra por sus calles secretas, se atiborra de placeres efímeros, incursiona en amistades transitorias que permanecen o se evaporan en su desolado encierro: la sobrevivencia se muestra como el madero de un náufrago porfiado, obstinado e irónico, maldiciéndose ocasionalmente y renegando de la estupidez humana con un dejo de repugnancia, de indiferencia a veces, de compasión accidental. Miller ve el mundo con ojos del arte, de quien vive y sueña con desentrañar su propio enigma en tanto los seres se repiten calcados y Paris se yergue como una prostituta ávida y necesaria. El ombligo del mundo es Paris y lo es también su condición de extranjero mimetizado en ella como en el centro de un dilema no resuelto: vive allí presionado por la asfixia del hambre cotidiana, mendigando a veces como Knut Hamsun, vanagloriándose de su miseria casi como un ruego oun signo diferenciador. En su no entrega reside su superioridad, pero también su dolor y el sufrimiento del alma humana débilmente entronizada en un cuerpo que se descompone diariamente. Miller se atreve a poner el dedo en la llaga cuando la sociedad ramplona de la época se desvive por moralismos de utilería. Paris luego, es la excepción y su madriguera. Imposible sobrevivir en su patria de origen: Paris es el imán perfecto donde todo artista procura la gloria y, sin embargo, élapenas intenta el reencuentro con todo lo que agobia su existencia. El sexo no es su único leit motiv, como pudiera pensarse superficialmente, aún cuando él atraviesa sus Trópicos o pervive en su cotidianeidad. Hay en su obsesión carnaluna necesidad de tomar el cuerpo ajeno como si fuera el suyo y en esa compenetración grita sin un solo alarido, pero su silente aullido se escucha en Norteamérica y rebota como una campanada hacia el resto del planeta. He ahícomo asciende desde su relegación parisina y atraviesa el Atlántico para rechazarel mito de la modernidad. Los hombres mimetizados en su imbecilidad apenas dejan espacio para lo vital: el placer augura guerras, contaminaciones ambientales, manejos de la bolsa, la pudrición en vida. Luego, Trópico de Cáncer resulta una embestida contra el mundo desde la perspectiva herida y agónica del animal. Miller es el toro que intenta cornear al torero aún cuando sus intentos toquen apenas la capa. Pero insiste. En lo profundo de sí mismo bulle su instinto, mientras al frente, a la vera de la capa del torero...toda la tierra un desierto gris, una alfombra de acero y cemento. ¡Producción! Más ruecas y tornillos, más alambres de púas, más galletas para perros, más segadoras mecánicas de césped, más rodamientos de bolas, más explosivos instantáneos, más tanques, más gas venenoso, más jabón, más iglesias, más bibliotecas, más museos. ¡Adelante! El tiempo apremia... Como todos los grandes, Henry Miller vislumbra el porvenir, es decir, este presente atosigante y obtusodesde un Trópico de Cáncer escrito en los años 30, publicado en Paris en 1934 y en Estados Unidos en 1961, después de más de sesenta juicios debido a la censura.
Vivo en la Villa Borghese. No hay ni pizca de suciedad en ningún sitio, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos. Anoche Boris descubrió que tenía piojos. Tuve que afeitarle los sobacos, y ni siquiera así se le pasó el picor. ¿Cómo puede uno coger piojos en un lugar tan bello como éste? Pero no importa. Puede que no hubiéramos llegado nunca a conocernos tan íntimamente Boris y yo, si no hubiese sido por los piojos. Boris acaba de ofrecerme un resumen de sus opiniones. Es un profeta del tiempo. Dice que continuará el mal tiempo. Habrá más calamidades, más muertes, más desesperación. Ni el menor indicio de cambio por ningún lado. El cáncer del tiempo nos está devorando. Nuestros héroes se han matado o están matándose. Así que el héroe no es el Tiempo, sino la Intemporalidad. Debemos marcar el paso, en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No hay escapatoria. El tiempo no va a cambiar. Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me enviaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar. No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios. Entonces, ¿éste? Éste no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza... a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver... Para cantar, primero hay que abrir la boca. Hay que tener dos pulmones y algunos conocimientos de música. No es necesario tener un acordeón ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así, pues, esto es una canción. Estoy cantando. Para ti, Tania, canto. Quisiera cantar mejor, más melodiosamente, pero entonces quizá no hubieses accedido nunca a escucharme. Has oído cantar a los otros y te han dejado fría. Su canción era demasiado bella o no lo bastante bella. Es el veintitantos de octubre. Ya no llevo la cuenta de los días. ¿Dirías: mi sueño del 14 de noviembre pasado? Hay intervalos, pero intercalados entre sueños, y no queda conciencia de ellos. El mundo que me rodea está desintegrándose, y deja aquí y allá lunares de tiempo. El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo... Pienso en que, cuando el gran silencio descienda sobre todo y por doquier, la música triunfará por fin. Cuando todo vuelva a retirarse a la matriz del tiempo, remará el caos de nuevo, y el caos es la partitura en la que está escrita la realidad. Tú, Tania, eres mi caos. Por eso canto. Ni siquiera soy yo, es el mundo agonizante que se quita la piel del tiempo. Todavía estoy vivo, dando patadas dentro de tu matriz, que es una realidad sobre la que escribir. Duermevela. La fisiología del amor. La ballena con su pene de dos metros en reposo. El murciélago... penis Ubre. Animales con un hueso en el pene. De ahí viene eso de tener un hueso…1"Afortunadamente -dice Gourmont- la estructura ósea se ha perdido en el hombre." ¿Afortunadamente? Sí, afortunadamente. Imaginaos a la raza humana caminando por ahí con un hueso en ese sitio. El canguro tiene un doble pene: uno para los días de entre semana y otro para las fiestas. Duermevela. Una carta de una mujer que me pregunta si he encontrado un título para mi libro. ¿Un título? Claro que sí: Adorables lesbianas. ¡Tu vida anecdótica! Una frase de M. Borowski. El miércoles voy a comer con Borowski. Su mujer, que es una vaca seca, oficia. Ahora está estudiando inglés... su palabra favorita es "asqueroso". En seguida se ve que los Borowski son una lata. Pero esperad... Borowski lleva trajes de pana y toca el acordeón. Combinación insuperable, especialmente si se tiene en cuenta que no es un mal artista. Finge ser polaco, pero no lo es, desde luego. Es judío, Borowski, y su padre era filatélico. De hecho, casi todo Montparnasse es judío o medio judío, lo que es peor. Están Carl y Paula, y Cronstadt y Boris, y Tarda y Sylvester, y Moldorf y Lucille. Todos excepto Fillmore. Henry Jordan Oswald ha resultado ser judío también. Louis Nicholas es judío. Hasta Van Norden y Chérie son judíos. Francis Blake es judío, o judía. Titus es judío. Así, que los judíos me están aplastando como una avalancha. Escribo esto para mi amigo Carl, cuyo padre es judío. Es importante entender todo esto. De todos esos judíos, la más encantadora es Tania, y por ella también yo me volvería judío. ¿Por qué no? Ya hablo como un judío. Y soy feo como un judío. Además, ¿quién odia más a los judíos que un judío? La hora del crepúsculo. Azul añil, agua cristalina, árboles resplandecientes y delicuescentes. Los raíles se pierden en el canal de Jaurès. La larga oruga de costados laqueados se sumerge como una montaña rusa. No es París. No es Coney Island. Es una mezcla crepuscular de todas las ciudades de Europa y de América Central. La explanadas del ferrocarril ahí abajo, los raíles negros, enmarañados, no ordenados por el ingeniero, sino de diseño cataclismático, como esas finas fisuras del hielo polar que la cámara registra en diferentes tonos de negro. La comida es una de las cosas que disfruto tremendamente. Y en esta hermosa Villa Borghese apenas hay nunca rastros de ella. A veces es verdaderamente asombroso. He pedido una y otra vez a Boris que encargue pan para el desayuno, pero siempre se le olvida. Al parecer, sale a desayunar fuera. Y cuando vuelve viene limpiándose los dientes con un palillo y le cuelga un poco de huevo de la perilla. Come en el restaurante por consideración hacia mí. Dice que le duele darse una comilona mientras le miro. Van Norden me gusta, pero no comparto la opinión que tiene de sí mismo. No estoy de acuerdo, por ejemplo, en que sea un filósofo ni un pensador. Es un putero y nada más. Y nunca será un escritor. Tampoco lo será nunca Sylvester, aunque su nombre resplandezca en luces rojas de cincuenta mil bujías. Los únicos escritores a mi alrededor por los que siento algún respeto ahora son Carl y Boris. Están poseídos. Arden por dentro con una llama blanca. Están locos y carecen de oído. Son víctimas. En cambio, Moldorf, que también sufre a su manera, no está loco. Moldorf se embriaga con las palabras. No tiene venas, ni arterias, ni corazón, ni riñones. Es un baúl portátil lleno de innumerables cajones, y éstos tienen escritos fuera rótulos en tinta blanca, tinta marrón, tinta roja, tinta azul, bermellón, azafrán, malva, siena, albaricoque, turquesa, ónix, Anjou, arenque, Corona, verdín, gorgonzola... He trasladado la máquina de escribir a la habitación contigua, donde puedo verme en el espejo mientras escribo. Tania es como Irene. Espera cartas voluminosas. Pero hay otra Tania, una Tania semejante a una enorme semilla que disemina el polen por todos lados... o, digámoslo al modo de Tolstói, una escena de establo en la que desentierran al feto. Tania es una fiebre también... les votes urinaires, Café de la Liberté, Place des Vosges, corbatas brillantes en el Boulevard Montparnasse, cuartos de baño oscuros, oporto seco, cigarrillos Abdullah, el adagio de la sonata Pathétique, amplificadores auriculares, sesiones anecdóticas, pechos de siena rojiza, ligas gruesas, qué hora es, faisanes dorados rellenos de castañas, dedos de tafetán, crepúsculos vaporosos que se vuelven acebo, acromegalia, cáncer y delirio, velos calidos, fichas de póquer, alfombras de sangre y muslos suaves. Tania dice de modo que todo el mundo pueda oírla: "¡Le amo!" Y mientras Boris se calienta con whisky, ella dice: "¡Siéntate aquí! Oh, Boris... Rusia... ¿Qué voy a hacer? ¡Estoy a punto de estallar!" Por la noche, cuando contemplo la perilla de Boris reposando sobre la almohada, me pongo histérico. ¡Oh, Tania! ¿Dónde estará ahora aquel cálido coño tuyo, aquellas gruesas y pesadas ligas, aquellos muslos suaves y turgentes? Tengo un hueso en la picha de quince centímetros. Voy a alisarte todas las arrugas del coño, Tania, hinchado de semen. Te voy a enviar a casa con tu Sylvester con dolor en el vientre y la matriz vuelta del revés. ¡Tu Sylvester! Sí, él sabe encender un fuego, pero yo sé inflamar un coño. Disparo dardos ardientes a tus entrañas, Tania, te pongo los ovarios incandescentes. ¿Está un poco celoso tu Sylvester ahora? Siente algo, ¿verdad? Siente los rastros de mi enorme picha. He dejado un poco más anchas las orillas. He alisado las arrugas. Después de mí, puedes recibir garañones, toros, carneros, ánades, san bernardos. Puedes embutirte el recto con sapos, murciélagos, lagartos. Puedes cagar arpegios, si te apetece, o templar una cítara a través de tu ombligo. Te estoy jodiendo, Tania, para que permanezcas jodida. Y si tienes miedo a que te jodan en público, te joderé en privado. Te arrancaré algunos pelos del coño y los pegaré a la barbilla de Boris. Te morderé el clítoris y escupiré dos monedas de un franco...
Comienzo de Trópico de Cáncer de Henry Miller. Traducción de Carlos Manzano. Novela, 425 páginas, -Editorial Edhasa, 2009
Cuando te metes en el mundo de la escritura, ves un abanico poblado de seres mínimos y miserables. Canallas que inmersos en un gremio no grato, tratan por todos los medios de parecer encantadores. Generalmente son seres fracasados, que se autoproclaman inventores de algo, que ya existió en un siglo que ya pasó. Están siempre a punto de alcanzar la estrella lejana. Un editor rico que vive en Europa. Cultivan el oficio sin arriesgar un ápice su apoltronado sillón de terciopelo. Se reúnen los martes y los jueves. Se autoproclaman los mejores de la provincia. Y entre vodka y vodka, arman su propio ranking. En donde siempre ellos, ocupan lugares de privilegio. Son insoportables. Conocieron a Dante Alighieri. Le dieron consejos a Borges. Corrigieron a Cervantes. Verdaderos pavos reales que meriendan con champagne. O no. Puede que lo hagan con el vino más barato y brutal. No importa. Aquello no importa. Porque son los mejores. Y la pobreza cuenta. Cuenta la desdicha. Todo cuenta. Y ellos. Los bellos. Los mejores. Los escritores. Seguirán viviendo en su limbo. En donde poca gente tendrá acceso. Incomprendidos. Piensan pegarse un tiro. Morir heroicamente. Que el mundo sepa de ellos. Que a través de su muerte lo descubran. Unos verdaderos papanatas. No pienso nunca más escribir sobre ellos. Sobre mí.
Nada más al verla me decepcionó. Algo no me gustó. No sé qué fue. Pero no me gustó. Mis amigos. Carlos y Susana me lo presentaron. Es más, se habían puesto de acuerdo en presentármela. Me lo habían dicho. Te vamos a presentar a Vanesa. Es la chica de tu vida. Ya verás. Seguramente a Vanesa le dijeron lo mismo. Y estábamos ahí. Y no me gustó. No sé qué habrá pasado por la cabeza de Vanesa. Aquella noche casi no hablamos. Al día siguiente le mandé un correo. Le mentí. Le dije que me había encantado. Que quisiera verla de nuevo. Y nos vimos. Y me gustó. Todo cambió. Era fenomenal. Magnífica. La chica de mi vida. Carlos y Susana tenían razón. No se habían equivocado. Era la chica de mi vida. Yo que presumía de cierta intuición pueblerina, me había equivocado. Luego todo el celeste encanto de una vida sin prisa. Amor a más no poder, de no creer. Cinco noches en un crucero. Todas las nubes decían Te Quiero. Eso fue, hasta el día que la encontré acostada con mi padre. Ahí volví a creer en mi puta, maldita, jodida, pinche, cabrona y pendeja intuición. Aquello que me salvó de Nerón, Hitler y Pinochet, no me salvó de Vanesa y de mi padre. El golpe más fuerte siempre viene del lado de lo que amamos. Siempre. Es la vieja historia. Del asombro y la decepción. Como Ezra Pound, diría, que nada más merece ser habido. El asombro y la decepción. Nada más merece ser habido. Nada más.
El día antes de morir, vino a comprar. Una lata de cerveza, una mata de lechuga, un helado, un kilo de pan, 200 gramos de jamón. Hablamos del clima. De cosas sin importancia. De datos inútiles. Al día siguiente me pregunta Isabel si estoy enterado de que Rosa se murió. Le pregunto cuál Rosa. Me dice que la que vive enfrente de Don José. Le digo que no puede ser. Que ayer vino a comprar. Que no puede ser. Le comento que hablamos del clima. De cosas sin importancia. De datos inútiles. Me dice que fue un ataque fulminante. Pongo cara de desolación. De tristeza. De no entender. Recuerdo que le cobré de más.
Ya basta. Debo escribir una novela. Escribiré una novela. Mi vida por una novela. La novela de mi vida. Esa novela tendrá que ver con el día que descubrí, que mi padre no era mi padre. Que mi madre no era mi madre. Y que nací un día nublado. Entonces. Debo escribir una novela. Si no escribo una novela nunca seré escritor. Me lo han dicho. No vale que haya publicado un libro de poemas. Que escriba en un blog de Blogspot. Que me publiquen en un diario de provincia. Si no he escrito una novela, no soy escritor. No soy nadie. Entonces me decidí. Comencé a escribir una novela. Y en eso estoy. Escribiendo una novela. Mi novela. Autobiográfica. Es mi novela. La novela. La novela de mi vida. En mi novela me llamo Jesús. Es que me llamo Jesús. Verdaderamente me llamo Jesús. Ya lo dije, es autobiográfica. Soy Jesús. Hijo de un carpintero, y de una mujer llamada María. Eso creía. Me lo habían dicho. Que era hijo de un carpintero y de una mujer llamada María. Pero no era exactamente así. En verdad fui un bastardo. La palabra más hermosa del mundo. Bastardo. Nací en Bolivia. Es verdad. Eso ocurrió. Nací en Bolivia. Y lo cuento en mi novela. Nací en Bolivia. Será la novela de mi vida. Ya voy en la página cincuenta. De mi novela. Mi novela trata sobre un periodo específico de mi vida. Mi adolescencia. En donde viajo a Chile. En donde tomo un tren. Al sur. En donde fui violado por chilenos borrachos y frenéticos. De aquello quiero escribir. De aquello y otras cosas. En mi novela. Un periodo oscuro de mi vida. Terrible. Y en eso estoy. Escribiendo. Quiero contar la verdadera historia. Mi historia. En una novela. El día de mañana Dios sabrá lo que pasa conmigo. Espero no arruinar ningún negocio. Contando la historia. Mi historia. La historia de mi vida. Ya lo dije. Voy en la página cincuenta. Afuera cae la nieve. Los gorriones se posan sobre el árbol de manzanas. El viento es favorable.
Mañana te perderé. Mañana dejaré de fumar. Mañana no escucharé a Béla Bartók. Mañana dejare de beber. Mañana bajaré de peso. Mañana escribiré. Te escribiré. Mañana te amaré. Mañana no te amaré. Mañana seré bueno. Malo. Mañana aclararé todo. Ya verás. Mañana iré de compras. Al dentista. Al cine. Mañana. Mañana pasaré por idiota. Inteligente. Mañana ordenaré mi biblioteca. Mañana te espero a las tres. Mañana bailaré. Mañana no te veré. Mañana será viernes. Mañana volveré a Buenos Aires. Mañana te lo prometo. Mañana dejaré de pensar en ti. Mañana iré a Punta Arenas. A Santo Domingo. Mañana estaré alegre. Luego triste. Mañana. Mañana te diré todo. Te odiaré. Te mentiré. Mañana aprenderé a bailar. A pensar. Recapacitar. Mañana ganará el Fenerbahçe. Mañana iré a visitar a mi abuelo. A su tumba. Trabajaré la tierra. Plantaré patatas. Arreglaré el grifo del baño. Mañana será distinto. Todo se aclarará. Te lo prometo. Mañana Obama pedirá perdón. Devolverá el Nobel. Mañana se aprobará el presupuesto. Volverás a mí. Te querré. Me odiarás. Una y otra vez, me odiarás. Luego te irás. Para siempre. Mañana. Mañana puedes venir a mi casa. Almorzaremos juntos. Te gustará el menú. Sabes que cada día cocino mejor. Eso lo sabes. Es que lo hago para ti. Luego me perderé. Más tarde me perderé. Te perderé. Nunca más te escribiré. Nada sabrás de mí. Por un tiempo. Porque mañana tomaré un bus. Un bus que me dejará en una ciudad cercana. Una ciudad desconocida para ti. Y luego allí. Tomaré un cuarto de hotel. Un viejo cuarto de hotel. Me ahorcaré. Mañana.
Es lo que pensé hacer. En cuanto lo supe. En cuanto supe que Leonor estaba con Juan, pensé en ir y matar a los dos. Es lo que sentí en esos momentos. Tenía los medios para hacerlo. Las ganas y la bronca inmensa. Esa rabia contenida de mierda que te da cuando las cosas se enmierdan. Y había sido precisamente Juan, quien me dijo que a Leonor le faltaba más atención. El muy cabrón. Ave carroñera de mierda. Cuando aparecen los despojos del amor. Se acercan a brindar comprensión y ternura. Y no hice nada. No fui y los maté. Me quedé en casa. Comiendo un yogurt vencido. Que me llevó al hospital. Un mes internado. Hasta que se me olvido el asunto. Santo remedio. Ahora los veo pasar. No siento nada. Ni rabia. Ni pena. Ni nada. Sólo me recuerdan a ese puto yogurt.
Me escribe Bety de Sinaloa. Dice que últimamente me estoy repitiendo. Que cuento historias con finales previsibles. En donde siempre termino en la cama follándome una mina. Que debo variar. Que cuente historias de barrio. Que cuente simples historias de barrio. Que de esa manera me vería más guapo. No ahuyentaría lectores. Que recibiría más comentarios. Le voy a hacer caso. Contaré una de fútbol.
No existía la televisión, la radio ni nada. En aquel entonces jugaba al fútbol por el Club Natales. Era juvenil. Mediocampista y volante de apoyo. Poseía un dribling endiablado, pateaba con las dos piernas y era el capitán del equipo. No tenía referentes. Ante la carencia de los medios de comunicación, debía inventar. Y por las noches en mi cama, ideaba jugadas. Los domingos en el campo de juego, las llevaba a la práctica. Y con asombro comprobaba que resultaban. Yo era una simple mezcla de Pelé, Maradona y Messi. Fue así como convertí el gol más hermoso del mundo mundial. Fue en un corner desde la derecha, la paré de pecho. Desde la misma área grande en que me encontraba, eludí a los once jugadores del equipo contrario y convertí el gol. El gol más hermoso del mundo. Por la noche vino Sofía y follamos.
Se enteró que escribía y me pide que le escriba. Se trata de Francisca. Me dice que quiere que le escriba un poema para Francisca. Que él me dará el primer verso y el resto que me las arregle. El primer verso dice: Te amo Francisca. Le sugiero que se corte el pelo. Que se bañe. Que se afeite. Que le regale un perfume. Que cambie de trabajo. Me dice que ya intentó con todo eso. Que no le ha resultado. Quiere un poema. Le digo que ya nadie conquista a nadie con un poema. Que sin ir más lejos, yo mismo, desde hace diez años, no he podido conquistar a nadie con un poema. Insiste. Le pregunto qué le parece si voy y hablo con ella. Si hablo con Francisca. Que puedo interceder. Que estoy seguro que aquello resultará. A regañadientes acepta. Pero considera que más valor tendría, escribirle un poema. Que me pagaría por ello. Le digo que no sea tonto. Que el poema ya no sirve. Que acepte mi sugerencia. Acepta. Por la tarde viene Francisca al almacén. La hago pasar a la biblioteca. Hablo con ella. Hablo cinco minutos con ella. Luego nos vamos a la cama.
Es que no puedes ser tan intelectual, le digo. Te falta un par de buenos polvos. Deja ya de citar a Borges, y a toda esa tropa. No vas por buen camino. Basta ya de Kierkegaard y toda esa mierda sin destino. Saca tu boina del Ché. Dame una buena mamada. Dale que ya conozco a Bukowski. Está muerto el puto finado. Ven y ponte en cuatro patas. Dale que te follo hija de la gran chingada. En verdad, yo dominaba idiomas. Y le digo: Quiero tu chocho en mi pico y que tu boca húmeda se adentre en mi polla. Está bien, me dijo. Lo haré. Pero conste que eres un bruto de mierda, al cual nunca le ha interesado la literatura ni la política. Que lo hago sólo porque me pagas bien. Le digo que no me importa la mierda que piense. Ni sus años de militancia en un partido de izquierda. Que quiero que me lo chupe y nada más. Que nada más le pido. Sólo eso. Me hace caso. Le pago y se va. Tiro el preservativo a la basura.
Se lo conté a Sonia y no me creyó. Luego fue a Gabriel. Gustavo. Viviana. Fabián y Roque. Ninguno me creyó. Pero esta vez lo voy a escribir. Maturana me ha dado permiso. Puedes escribirlo si quieres. Puedes hacer una grabación de audio y subirlo a la Web. Puedes grabar un video. Me dice que no tiene ningún problema. Que podría hacer una declaración jurada ante notario y el Sumo Pontífice. Le digo que no exagere, que yo le creo. Que los lectores le creerán. Llegó a su casa de Quilmes al mediodía. Alrededor de una pizza, reunió a su mujer y a sus tres hijos en el salón comedor. Les comunicó que a partir de ese momento, dejaba la casa, a su mujer y a los hijos ahí presentes. Después de veinticinco años, dejaba todo. Les dijo que se había enamorado de Lily. El hijo mayor le preguntó quién era Lily. Por toda respuesta, le contestó que era una mujer. Maturana es un tipo especial. Nunca nadie le dijo que no diga tal cosa. No tiene reparos en decirte en la cara lo que le apetece. Generalmente lo que le apetece a Maturana, no es lo que le apetece a su interlocutor. Voy a decir un disparate, pero quiero graficar lo que es Maturana. Supongamos el caso siguiente. Lo invito a mi casa. Está mi hijo presente, un integrante de la Corte Suprema y mi vecina Pilar. Toma la palabra Maturana, y dice: "¿Te acordás Hugo cuando asaltamos a ese par de viejitos en Brasil? Fuiste cruel, no tendrías que haberlos matado". Ese es Maturana. Entonces quedamos en que llegó a su casa, reunió a la familia y les comunicó que dejaba para siempre el salón comedor. Lo único que se llevó de allí, fue un mondadientes, lo utilizó para sacarse un pedazo de queso mozzarella, que había quedado entre sus dientes. Nada más se llevó. Un mondadientes. Luego se dirigió al bar La Academia de la calle Callao. Quedo allí en juntarse con Raúl. Raúl, era su compañero de trabajo en la construcción. También era el esposo de Lily. Lily la mujer de la cual estaba enamorado Maturana. La cita fue puntual. Maturana pagó las cervezas. Y habló, le dijo: "Mirá Raúl, esta tarde me voy a juntar a vivir con tu mujer, te lo digo para que no me rompás las bolas, y que no digás que no te avisé". Esto fue en Octubre del 2001. Para las fiestas de ese fin de año, en el barrio de bajo Flores, en Buenos Aires, Maturana invitó a su ex mujer y a Raúl. Me contó que bailaron toda la noche. Con alegría y entusiasmo.
Casi todos preguntan lo mismo. En qué te inspiras. Para escribir. En qué te inspiras. Y tú puedes contestar cualquier cosa. Por ejemplo, en la aspirina. Y te miran extrañados. Te dicen que no puede ser. Que no puedes inspirarte en la aspirina. Que digas la verdad. En qué te inspiras. Que estás muy loco. Que no puede ser. Y no te creen. Que un poeta debe vivir inspirado. Sentarse y que lleguen las musas. Ponerse en estado de trance. Y escribir por ejemplo: ¿Cómo defenderse de los solapados inviernos que anidan las moradas oscuras del deseo? Llega la musa mientras estás sentado y te dicta: ¿Cómo defenderse de los solapados inviernos que anidan las moradas oscuras del deseo? No hay trabajo. No ven trabajo. No ven la orfebrería del orfebre. No ven un cuarto lleno de humo. No ven la domesticación de las palabras. El lidiar constantemente con la nada en donde no hay nada. Que en donde no había nada, hay algo. Una manera distinta de mirar el mundo. Este atrabiliario mundo nuestro. Y en donde verdaderamente, todos pueden acceder. A escribir. Con trabajo. En un cuarto, muchas veces, lleno de humo. O en un lugar confortable. Bajo un puente, o viviendo sobre un volcán. Como un orfebre. O como un albañil. Ladrillo a ladrillo. Domesticando las palabras. Juntándolas. Desparramándolas. Escribiendo. Una y otra vez. Borrando. Corrigiendo. Sacando comas. Poniendo comas. No utilizando puntos suspensivos. Volviendo a escribir. Durante horas. Un texto pequeño. Un relato de veinte líneas. Rehaciendo. Y te preguntan en qué te inspiras. En qué te inspiras para escribir. Entonces dan ganas de decir, en la aspirina. Yo. Generalmente. Casi siempre. Me inspiro en la aspirina.
En la noche de anoche. Todo iba perfecto. Una hermosa noche la de anoche. Poesía y un recuento de anécdotas variadas. Estábamos incomprensiblemente contentos. Una noche entre amigos. Pasábamos del cine negro, al fútbol y al inevitable tema de las mujeres. Todo a una velocidad de un Lamborghini. Brindábamos. Luego aparecían en nuestras charlas, filósofos, músicos y las necesarias citas de Woddy Allen. Recité un poema de Leopoldo María Panero. La mejor música del Mundo sonando. Cerveza, vino y ron. Hasta que llegó el momento que tenía que llegar. La anunciada visita de Claudio. Se produjo. Lo esperaba. Después de las presentaciones de rigor, seguimos en la misma tesitura. La charla animada y la música sonando. Hasta que llegó el momento, que también, tenía que llegar. Fue cuando Claudio preguntó al que tenía a su derecha "Tú a qué te dedicas". Claudio, Magister en algo complicado, que ahora no recuerdo. Le preguntó al que tenía a su derecha. A Simón. A qué se dedicaba. El que tenía su derecha, Simón, le dijo que era mecánico. Luego le preguntó a Leandro lo mismo. Leandro le respondió que era chofer de taxi. Antes que le preguntara a Ernesto, éste le dijo que trabajaba en la construcción. El encuentro siguió su cauce normal. Hasta las cinco de la mañana. Verdaderamente lo pasamos bien. Muy bien. Todo perfecto, Una hermosa noche la de anoche. Nos despedimos de besos y abrazos. Por la tarde me llama Claudio. Mientras atiendo el almacén. Me llama Claudio. Me da las gracias por la noche de anoche. Me dice que eleve la puntería. Que debo ser más selectivo con mis amigos. Le corto. Vuelvo al almacén.
Fui a su casa por unos discos. Por unos originales de Nino Bravo. Una atención estupenda de la señora. Pero no llegamos a un acuerdo. Le di mi teléfono y quedó en llamarme. Lo hizo veinte minutos después de hablar con ella. Hablamos de cualquier cosa, menos de los originales de Nino Bravo. Luego me llamó a las dos de la mañana. Una hora inapropiada. Entre bostezo y bostezo puso precio a los originales. Me resultaban casi gratis. Me preguntó si estaba dispuesto a ir a su casa a las tres de la mañana. Súbitamente me desperté completamente, y tuve una erección fenomenal. Le pregunté si el marido estaba en casa. Me contestó que sí. Que no me preocupara. Que solía dormir como oso en hibernación. A las tres de la mañana estuve allí. La encontré casi desnuda. Me dijo que pasáramos al salón. La tumbé sobre un sillón, la besé y comenzamos a follar. Los discos de Nino Bravo sobre la mesa. El marido que entra. Que dice: "Así te quería pillar zorra hija de puta". Mi corazón da un salto. Se la saco. Ella me dice que siga. Que por favor siga. Que no se la saque. Que su marido siempre dice lo mismo. Que aquello le encanta. Que le produce placer encontrar a su mujer ensartada con otro. Sigo. Su marido lanza improperios contundentes en contra de su mujer. Yo sigo. Ella me dice que siga. Seguimos. Estoy en el mejor coito de mi vida. Cuando me despido, me llevo gratis a Nino Bravo. Una botella de vino de regalo y un gran abrazo de ambos. Llego a mi casa y pongo a Nino Bravo.
Nada hacía presagiar mi muerte. Era un día de tantos. Me levanté temprano. A las 7.10 de la mañana. Como de costumbre. Desperté a mi hijo. El uniforme del colegio. Su desayuno. El bus que lo pasa a buscar. Luego nuevamente me metí a la cama. Soñé que había vuelto a Buenos Aires. Que caminaba por el barrio de Flores. Que me encontraba con una manifestación de profesores jubilados. Luego estaba en Lisboa. Caminaba cuesta arriba por el barrio de Alfama. Me encontraba con Yoel. Le pregunto qué hace en Lisboa. Me dice que cómo. Que no es posible que me haya olvidado. Que habíamos quedado de encontrarnos allí. Precisamente en el Castillo de San Jorge. Le digo que no lo recordaba. Que me perdone. Suena el despertador. Despierto. Me ducho. Veo mi correo pensando en María. Por si tengo algún correo de María. Abro el almacén a las 9.30. Tomo desayuno mientras veo un canal de tv. Reflexiono sobre mi sueño. Pienso que no he volver a Buenos Aires ni a Lisboa. Eso me pone triste. Luego atiendo el almacén. La rutina instalada. Será un día más. Uno más de los miles de putos días de mi vida. Luego salgo de compras. El día anterior pensé, que hace mucho tiempo que no hago caldillo de congrio. Voy a la pescadería. Compro congrio. Luego me dirijo a la farmacia. Paso a visitar a mi amigo Jorge que trabaja en el hospital. En la calle me encuentro con Fabián. Intercambiamos algunas palabras. Quedamos en encontrarnos por la noche. Camino pensando en escribir el cuento sobre fútbol. Me lo pidió Ramón. Se trata de una antología sobre fútbol. Mi pasión. Veo venir a Viviana. La abrazo. Me dice que está organizando un encuentro cultural. Le encantaría que leyese algunos de mis poemas. Le digo que lo voy a pensar. Que la próxima semana le daré la respuesta. Seguramente será negativa. Eso pienso. Camino por la calle Bulnes. Subo la calle Bulnes. Sé que a mi hijo le gusta el plato que le prepararé al mediodía. Eso me pone feliz. Tarareo una canción de Guns N' Roses. Escucho disparos.
Cinco años que no veía a Helena. Era casi la misma. Diría que más hermosa y con cierto charme que desconocía en ella. Se notaba que no había tenido una noche mala. Una noche de escorpiones. Una de esas noches en la que podemos envejecer treinta años. Yo he tenido una de esas noches y sé de lo que hablo. Amaneces con menos pelos, canas, ojeras de siete leguas y se te arquea la espalda. Helena había vuelto siendo casi la misma, la misma de hace cinco años atrás. Había regresado al pueblo. Buscaba trabajo. No con premura. No con la urgencia de llevar pan a la casa, en donde te esperan pájaros hambrientos, con picos afilados pronto al tarascón. Con sus ahorros de París, podría vivir perfectamente otros cinco años en el pueblo. Llegaba con un post grado. Estaba de vuelta. Le dije que seguíamos siendo jóvenes y hermosos. Se río con ganas. Me preguntó quién más -aparte de ella- seguía siendo joven y hermoso. Le dije que su padre. Después de un buen rato, hablando de temas que nunca faltan, que nunca fallan, nos fuimos a la cama. Ya de vuelta a la biblioteca, me preguntó qué me había parecido, eso de poner el condón con su boca. Le contesté que fue magnífico, que podría agregarlo a su currículum. Días después vino Arturo. Me dijo que había estado con Helena, que había estado con ella bebiendo en El Murciélago. Que después se habían acostado, y que ella le había puesto el condón con la boca. Que Helena le había preguntado que le parecía aquello. Que él le había contestado que eso lo hacían casi todas las chicas del pueblo. Que para él, aquello no era novedad. Eso le dijo. Los dos coincidimos en que Helena había vuelto más linda. Que Europa le había sentado bien. Y brindamos a su salud y a la nuestra. Luego cambiamos de tema.
Es que yo te amo Hugo, me dice. No podría vivir sin ti. La escucho. Sé que ha vivido historias de amor con Raúl, Fernando, Federico, Francisco, Eduardo, Santiago. Y que a todos ellos le ha dicho exactamente lo mismo. Que no podría vivir sin ellos. Entonces la escucho. Y me repite. No podría vivir sin ti. Voy al baño. Preparo algo de comer. Pongo música. Leonard Cohen. Le digo que es la última vez que vamos a estar juntos. Que nuestra historia se ha terminado. Que ya no siento nada por ella. Esto último, lo había escuchado en una mala teleserie de un canal venezolano. Y se lo digo. Le digo que ya no siento nada por ella. Me dice lo mismo que le dijo a Raúl, Fernando, Federico, Francisco, Eduardo y a Santiago. Que ya no podría vivir sin mí. Le digo que se calme. Sólo por decir algo. La verdad que no le doy importancia a lo que me dice. Le digo que se recueste en el sillón. Que voy a por cigarros. Que me espere cinco minutos. Que ya vuelvo. Regreso. La encuentro colgada en la puerta de acceso. Esto ocurrió en el año 1977. Aquel año mueren: Elvis Presley, Charlie Chaplin, Roberto Rossselini y Cristina Vidal. No fue un buen año.
No las traía todo consigo este muchacho. Albert Einstein nació el 14 de marzo de 1879, nada más nacer, su aspecto se presentaba poco agradable. Tenía la cabeza medianamente deforme. Un cuerpo grueso fuera de los parámetros requeridos. Tuvo serias dificultades para comenzar a hablar. En el colegio no fue un alumno aplicado sino más bien, todo lo contrario. Tenía cierto grado de dificultad para relacionarse con el medio, en fin; una retahíla de malos augurios, se avecinaban para el joven futuro genio. Pero no ha sido el único, otros grandes personajes de la Historia Universal, antecedieron o siguieron el derrotero einsteniano, como por ejemplo:
Gabriel García Márquez: Su verdadero nombre es Gabriel José de la Concordia García Márquez; nació en el municipio de Aracataca (Magdalena), el 6 de marzo de 1927. Cuando pequeño se creía María Antonieta, se pintaba los labios de rojo carmesí, y besaba a la soldadesca de Aracataca con fruición. Toma clase de dicción y canto, su único fin de aquel entonces era casarse con un príncipe heredero.
James Joyce: James Augustine Aloysius Joyce nació en Dublín el 2 de febrero de 1882. De niño le gustaba sobremanera el fútbol, se probó como arquero en diversos equipos de la Eircom Premier, como el Derry City, el St. Patricks y el Bohemians D. En este último, recibió la goleada más humillante que se recuerde de la Eircom Premier, perdieron con el colista Cork City 15 a 0. Aquella vez recibió una fulminante golpiza de su alcohólico entrenador, Sir Dapendale.
Pablo Neruda: Nació en Parral, Chile, el 12 de julio de 1904. De niño se caracterizó como un perfecto imbécil. Aprendió a leer a la edad de quince años. Le encantaba comer carne cruda y merodear por cementerios. Fue detenido varias veces por la policía, acusado de abigeato. En la cárcel aprendió a escribir violentos y detestables poemas, hasta que tras ensayo y error, aprendió un poco más.
Fernando Pessoa: Cuyo verdadero nombre era Fernando António Nogueira Pessoa, nació en Lisboa el 13 de junio de 1888. Vivió parte de su infancia en Lisboa y parte de su juventud en Sudáfrica. En Lisboa se creía conejo, ardilla e hipopótamo. En Sudáfrica se creía conejo, ardilla e hipopótamo. Estuvo encerrado un tiempo en el zoológico de Lisboa y otro tiempo en el zoológico de Sudáfrica. Pensaba en inglés, escribía en portugués y nunca lustraba sus zapatos.
William Henry Gates III: más conocido como Bill Gates: nació en la ciudad de Seattle, Estados Unidos el 28 de octubre de1955. Hasta sexto grado, fue alumno regular de un ruinoso colegio público. Algunas veces llegaba borracho a clases. Indisciplinado y holgazán. Se mofaba de sus profesores. Trabajó en una tienda de artículos eróticos, de donde fue despedido por abusar de una pobre anciana.
Silvio Berlusconi: nació en Milán, Italia, el 29 de septiembre de 1936. El mismo día y año en que nació mi mamá. De niño fue un joven correcto y disciplinado. De estrictos valores morales. Monaguillo de una parroquia cercana a su hogar. Educado, respetuoso y dueño de una bondad admirable. Más tarde se convirtió en lo que es hoy. Igual que mi mamá.
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges: Más conocido como Jorge Luis Borges. Nació en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, el 24 de agosto de 1899. De signo Virgo. Aunque una de las principales características de este signo, es saber combinar efectivamente la intuición con el intelecto racional, no fue el caso del niño Borges. Se crió entre malevos, mafiosos y ganapanes. A la edad de 12 años contrajo sífilis en la cárcel de Ushuaia, en la Patagonia. Se encontraba allí purgando una condena, por diversos delitos cometidos en el barrio de Palermo. Ya de grande, todos sabemos que fue el esposo de María Kodama, y que escribió algunos poemas.
Por Ramón Díaz Eterovic Que Pablo Neruda era un buen lector de novelas policiales no es ningún misterio. Al respecto hay testimonios de algunos de sus amigos y están los libros policiacos que conservaba en su biblioteca, entre otros los de la famosa Serie Noire de la editorial Gallimard que diera a conocer en Francia a autores de la talla de Jim Thompson y David Goodis.
La escritora Inés Valenzuela recuerda que durante el año 1943, ella y su esposo, el escritor Diego Muñoz, gran amigo de Neruda desde que eran niños, vivieron en la casa del poeta ubicada en la calle Lynch, en La Reina; casa en la que Neruda vivía con su pareja de entonces, Delia del Carril, "La Hormiguita". De esa época, recuerda que Neruda leía a diario una novela policiaca, y que a diario también intercambiaba con ella alguno de los títulos que se encontraban leyendo, de autores como Georges Simenon y Agatha Christie. "Gracias a las novelas policiacas nos hicimos amigos con Pablo" -dice Inés Valenzuela, y recuerda que uno de sus primeros encuentros con el poeta fue en una librería de la calle San Diego, donde compartieron algún comentario sobre el autor Anthony Gilbert que por entonces ella leía y recomendó a Neruda. Gilbert es un autor inglés y varias de sus novelas fueron publicadas por Borges y Bioy Casares en la afamada colección "El Séptimo Círculo". Esta afición por la novela policial de ella y Neruda era motivo de bromas de parte de "La Hormiguita", quien con no pocos prejuicios sobre el género, les decía que "eran unos retardados mentales" por dedicar buena parte de sus lecturas a la literatura de misterio.
Por su parte, Jorge Edwards en su libro Adiós, poeta, recuerda: "...un domingo en la noche, estamos, Delia, Pablo y yo, en uno de los dormitorios de la casa de Los Guidos. Pablo selecciona libros y revistas viejas y me pasa un par de novelas de Simenon. Es un notable devorador de novelas policiales, admirador de James Hadley Chase, de Raymond Chandler, de Dashiell Hammett". James Hadley Chase (1906-1985), cuyo verdadero nombre era René Babrazon Raymond es autor de casi un centenar de novelas, entre las cuales destacan títulos como "Eva", "Con las mujeres nunca se sabe" y "Un loto para Miss Quon". El mismo Edwards, en otro capítulo de la obra antes mencionada, apunta que Neruda "conocía la relación estrecha entre Santuario de Faulkner, y No hay orquídias para la señorira Blandish, de James Hadley Chase, pero la conocía, precisamente, debido a su admiración por Hadley Chase, y pensaba que el Faulkner de Santuario se había inspirado en esa atmósfera violenta, sin obtener resultados literarios excesivamente brillantes". Sobre la afición de Neruda por el género policial, el escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, otro fervoroso lector de novelas policiacas, en una entrevista concedida en Madrid, comenta: "Me tranquilizó mucho saber por declaraciones de Matilde Urrutia, la viuda de Neruda, que cada vez que él salía de viaje tenía que prepararle la maleta con novelas policiales". De acuerdo a esto último, nada de raro es que en una entrevista concedida en 1970 a la periodista Rita Guibert, y publicada en la revista Ronda de Aerolíneas Argentinas, en septiembre de 1996, a la pregunta: Si tuviera que salvar su obra de un incendio, ¿qué libros salvaría?, Neruda responde: "Posiblemente ninguno. ¿Para qué los necesitaría? Más bien salvaría a una muchacha o una buena colección de novelas policiales, que me entretendrían mucho más que mi propia obra".
Lorena (30), me llama. Le digo que está bien, que la espero a las 10. Con exquisita puntualidad chilena, llega a las 11. Me da un beso y me pregunta qué tengo para tomar. Sabiendo que sólo toma ron, le digo que pida cualquier cosa, que tengo de todo. Me pregunta si tengo ron. Le digo que sí y le sirvo. Me cuenta que es difícil hoy en día, encontrar un oído atento. Un ser receptivo y solidario. Alguien en quien confiar. Que ella pagaría cualquier cosa, para que alguien verdaderamente la escuche. Le digo que aquello no es necesariamente así. Que siempre hay alguien en quien apoyarse. Que somos muchos más de lo que ella cree, somos muchos los que estamos dispuestos a escuchar a nuestros amigos. Me lo agradece, también me agradece el segundo vaso de ron. Durante dos horas y seis vasos de ron, me relata una retahíla de malos momentos. Su padre preso. Su madre embarazada de su amante. La ruptura con su pareja. Un accidente en la ruta 9, en donde se fracturó una pierna. El atraso de las cuentas de luz, agua y gas. Amén de otras cosas, que por decoro no voy a contar. Ya a punto de irse, le pido si me puede hacer una fellatio. Se sorprende. Me dice que cómo le digo eso. Le digo que ella misma lo ha dicho. Que pagaría cualquier cosa para que alguien la escuchara. Yo te escuché y tú también podrías ser solidaria conmigo. Yo verdaderamente necesito una fellatio. Se ríe. Le digo que aunque sean 3 minutos. Vuelve a reírse. Me pregunta si tengo reloj. Le digo que no tengo, pero que puedo contar mentalmente. Me dice que sólo 3 minutos. Comienza. Pasan un par de minutos y me pregunta si estoy contando, le digo que si. Me pregunta cuánto va, le digo que 1 minuto. Sigue. De nuevo me pregunta si estoy contando, le digo que sí, que estoy en 80 segundos. Dejo de contar, de engañar con mis cuentas. Más o menos cuando han pasado 10 minutos, me pregunta si falta mucho para los 3 minutos, le digo que ya falta poco, que siga. Cuando ya creo ir en los 15 minutos, me dice que se cansó. Le digo que yo también.
Cuando comencé a escribir hace ya 25 años, tuve la suerte de encontrar un maestro muy cercano y lejano, Ernesto Sábato. En esos tiempos, nuestro país vivía momentos dramáticos de su historia, y una crisis global que afectaba y aún afecta a la sociedad chilena. Con ingenua e inexplicable lucidez -si pensamos en el escaso dominio del instrumento y del estado del arte y la paciente tarea que tenía por delante- casi con candidez o irresponsabilidad, dirían otros, dejé prácticamente todo de lado para esa tarea.
Pero no vengo aquí a hablar de mí.
Nadie es más importante aquí que la poesía misma. Esa actividad oscura y que muchas veces inspira sospecha y miramos con recelo. Palabra poética que puede causar los mayores estragos que podamos imaginar. Y como todo es susceptible de poesía, hasta los hechos más deleznables, la poesía es la sangre o savia que circula silenciosa y secreta por las arterias individuales y sociales del planeta. Nada escapa a ella. La poesía no está sólo en los grandes libros que han manufacturado nuestros poetas, ella es el aire -enrarecido o limpio- que respiramos. Pero la poesía renueva todo aire contaminado y lo hace otra vez respirable, vivible y vital. Poesía es algo más que la sencilla pero costosa palabra que leemos, es el hálito eterno o la energía que el Creador o Temáukel nos insufla desde el inicio de los tiempos, es la esperanza de que todo puede terminar y de nuevo comenzar, de que todo aún es posible. La poesía es aquello que todos queremos decir pero que sólo, y a veces, algunos logran plasmar en la palabra. La poesía es quién escribió a través de Celan, mientras éste veía ascender hacia el aire los fantasmas cenicientos de sus seres queridos cuando nos dice "cavamos una fosa en los aires, allí no hay estrechez". Poesía es la Jolie Rousse, "la hermosa Pelirroja" o el orden de la aventura o las comarcas inexploradas de Apollinaire. Es aquella que nos hace encaramarnos con asombro a los árboles de la infancia, a los monumentos o a los murallas de las ciudades, aquella que nos hace correr y respirar profundo frente a los grandes cordones cordilleranos o ante las grandes estepas magallánicas o los desiertos del norte. Poesía es aquello que respiramos y bebemos sin saber. Es la estrella que brilla al final de cada Canto del Dante.
Una actividad que lamentablemente es mal comprendida y valorada. Y esto ocurre en el país más poético de América. Por eso he venido a hablar de nuestra poesía que es el bien más preciado que tiene Chile hoy y que, en realidad, posee desde hace más de un siglo. Más preciado que el cobre y sus productos de exportación. Pues sin poesía no se podría producir ni exportar ni generar riqueza material. Y si por un instante asumimos la terminología y la lógica del mercado que rige hoy nuestras vidas, resulta que la poesía es el producto de exportación tradicional por excelencia y, en consecuencia, podría ser el producto más rentable del país. La poesía es el mejor producto cultural de la sociedad chilena en casi todos los tiempos de nuestra historia latinoamericana. Salvo excepciones, casi no hay competidores. Ha demostrado que tiene ventajas comparativas por razones que, en realidad, desconocemos, y quizá, por nuestro natural y ancestral modo de ser tristes, por los sufrimientos que ha padecido nuestro pueblo, leche con la que nos han alimentado nuestras madres.
No lo sé. Pero el hecho es que Chile ha producido a Gabriela Mistral, Huidobro, Neruda, Parra, De Rokha, Gonzalo Rojas, y a un sinnúmero de otros poetas tan prominentes pero en la práctica desconocidos. Porque, además, en nuestro país olvidamos o dejamos de lado, como reclamó tantas veces Gabriela, a poetas tan importantes como Rosamel del Valle, y en narrativa a Juan Emar ayer, y hoy la escritura lúcida y casi anónima de Andrés Gallardo y sus Estructuras Inexorables de Parentesco o los trabajos de Hernán Castellano Girón -tan poco conocido y valorado en nuestro país con su obra magna Calducho- y a la misma Gabriela en su momento o, en fin, de postergar a tantos otros hasta la eternidad. Por ello, mi intención ahora es reivindicar el trabajo silencioso de tantos poetas jóvenes y escritores de nuestro país, a quienes hay que ayudar y apoyar para que avancen en sus proyectos escriturales. Hace pocos días, un importante y promisorio poeta joven de Chiloé, Mario García, profesor en esa isla mitológica, en medio de la lluvia me escribía lamentándose de la falta de apoyo real a las actividades literarias de esa región y, en general, a la literatura.
Así más que de los grandes de la poesía chilena y del continente, vengo a hablar por aquellos que escribieron y que escriben la historia poética de nuestra tierra en todas la ciudades y los campos y desiertos del país en forma anónima y silenciosa y, además, sin pretensión alguna, lejos de toda vitrina, de todo bullicio, de todo esplendor. Hablo por aquellos que escriben la historia de la poesía a pesar de todo y a contrapelo, por aquellos que son mirados de reojo, y que sólo han sido reconocidos luego de muertos y para utilizarlos luego como dato o adorno en el papel moneda. Pienso en Pezoa Véliz, Teófilo Cid, Rosamel del Valle, en la misma Gabriela. Post funeras virtus dice el latín. ¿Qué se hizo la voz árida de la Mistral de los Recados cuando nos susurraba sobre la educación de los niños de Chile? ¿O cuándo nos hablaba de las aves, de la flora y de la fauna de nuestra patria? ¿Dónde está la voz suave y respetuosa y casi de niño grande, de uno de los poetas más inteligentes y cultos que ha pasado por esta tierra, la voz pausada de Teillier? ¿Qué se hizo de la palabra de Rolando Cárdenas y de otros tantos como él? ¿Dónde están los mundos ocultos o los dominios perdidos de Calducho de Castellano Girón?
Todos los poetas pertenecen al país o al imperio de la poesía. Ella, como reina de todo ese imperio, distribuye y dictamina los roles claros u oscuros de los poetas. Hay poetas que están más cercanos al silencio y otros más próximos al bullicio mundano, y toda una infinita gama intermedia. Todos son importantes y respetables. Pero, su majestad la poesía, gobierna también en las diferentes regiones del país. Están los poetas del sur: desde Concepción a Magallanes, los poetas del centro y los poetas del norte. Con sus atributos propios, todo el territorio poético tienen sus grandes cultores anónimos. En este mismo instante y en algún ignoto lugar alguien está escribiendo el poema que luego leeremos o que no leeremos nunca. ¿En cuántos lugares remotos y, muchas veces precarios, en el más extenso y lacerante sentido de la palabra, se está escribiendo el poema o el libro que leeremos el 2010?
De esos lugares subterráneos y aledaños proviene mi trabajo poético. Del territorio de lo anónimo. Del trabajo silencioso y paciente, donde el tiempo de la publicación -y si ésta alguna vez se produce es más una cuestión de azar que una realidad buscada- siempre está lejano Mi trabajo, como el de aquellos que quiero representar, nace de la profunda convicción de que a través de la palabra se puede pintar o despintar un país o construir una leve sonrisa en el rostro duro del hombre. Nuestro trabajo nace de la creencia de que los índices macroeconómicos son sólo una pálida superficie que flota, como un témpano, sobre realidades más profundas y a la que sólo la palabra poética tiene acceso real.
Hay una enorme cantidad de poetas que merecen esta distinción que hoy nos convoca. Conozco a muchos escritores a lo largo de nuestra tierra: Hugo Vera Miranda en Magallanes, Mario García en Chiloé, y a tantos otros en Valdivia, Concepción y Santiago que, de pronto, desesperanzados y frustrados optan por el silencio, por el abandono de la palabra. Y estoy hablando, por cierto, de los orfebres de nuestra lengua, de aquellos que trabajan con paciencia y sin tiempo en la construcción de un verso perdurable.
Es necesario pues que la sociedad chilena y sus políticos sean solidarios con aquellos que piensan a su tierra y a sus gentes con palabras, solidarios con aquellos que saben que la palabra es la morada de algo sagrado, de las concepciones y sentimientos -oscuros o blancos- mas caros de una sociedad, de aquellos que con Heidegger saben que la palabra es la morada del ser, que en la palabra vive lo mejor de nosotros mismos, aún cuando con frecuencia las palabras "no digan nada" y que son difíciles las palabras para las experiencias profundas.
El otro día estuve leyendo algunos poemas de Paul Celan. Si los campos de concentración lo hubieran exterminado nunca habríamos conocido la palabra viva del poeta- palabra en el tiempo diría Machado- sobre esas terribles experiencias que afloran en el poema Fuga de Muerte. Como él, algunos poetas optan por el silencio: es decir, por el suicidio o por el abandono definitivo de la palabra. Así, el río Sena se llevó la poesía de Celan. Y la premura económica y la incomprensión se llevó la poesía del poeta magallánico Rolando Cárdenas y también se llevó la narrativa de Juan Emar y la prosa de unos de nuestros premiados de hoy, Andrés Couve.
Quiero finalizar estas palabras con un escritor desconocido y casi anónimo en su tiempo, pero que soñó anticipadamente la pesadilla del Occidente del siglo XX. Kafka nos recuerda a los poetas en tiempos de penuria que: Lo que debemos tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro.
Un libro que rompa nuestra banquiza interior.
Gracias.
Discurso pronunciado por Juan Pablo Riveros, al recibir el Premio Municipal 2001, en la ciudad de Santiago de Chile.
JUAN PABLO RIVEROS (Punta Arenas, 1954), ingeniero comercial, magister en Estudios Internacionales, doctor en Economía, librero, editor, profesor universitario, es ante todo poeta. Ha publicado Nimia, De la tierra sin fuegos y El libro del frío.
Entré al lugar abriéndome paso sólo con la furia. Lo busqué entre la gente, que amigablemente tomaba un café y veía televisión. Algunos arreglaban sus mochilas. Era un hostal donde ya habíamos estado en una de esas noches en que vagábamos, buscando un lugar para dormir. Llegamos a dar ahí como siempre, subiendo desde la playa al cerro, golpeando varias puertas que antes habíamos golpeado. Una botella de ron nos ayudaba a olvidarnos del frío y nos hacía repetir la experiencia nocturna de buscar donde no había. Caminábamos horas. Cuando lográbamos dar con algo, más que en un refugio el lugar se convertía en una situación. Dormimos en la parte trasera de un auto, entre los árboles del parque japonés, sobre la arena en la costanera, en la orilla de una laguna, en la casa de Ellis Regina un día que ella andaba de viaje, en la pensión donde vivía el único niño negro de la ciudad, en la casa prestada amablemente por el comandante Vera, quien en ese tiempo lideraba el escuadrón de la muerte. Decir que dormíamos es solo una forma de decir. En realidad nos reíamos. Toda la santa noche nos reíamos. Estuvimos en lugares en que, lo que correspondía era que nos pagaran una indemnización. Estábamos rodeados de gringos que comenzaban a levantarse a las cuatro de la mañana justo en el minuto en que nosotros queríamos dormir. Y ya había salido el sol. No tenía sentido seguir allí, nos volvíamos a levantar y volvíamos a vagar. Durante el día, literalmente nos asilábamos en algún café. Una vez entramos a uno a las diez de la mañana y nos fuimos a las diez de la noche. Doce horas mirando por la ventana. Otra vez pasamos el año nuevo en una cabaña en San José de Costa Rica. Como consideramos que no quedaba tan lejos, decidimos irnos a pie. Después de unos días decidimos que era mejor hacer dedo. Un señor muy amable en una camioneta nos llevó. La vuelta resultó más complicada. Nadie venía de vuelta de San José en un día festivo. Pero igual volvimos. Pasamos a comprar pan en la única casa donde se vendía algo en todo el camino. Dentro de la casa todos dormían. Algunos acostados sobre la mesa, otros en un sofá, la dueña de casa doblada en el suelo, un niño sobre una silla. En esa casa se había detenido el tiempo. Nos pareció totalmente normal y nunca hicimos ningún comentario al respecto. Nosotros sólo andábamos. Nos esperábamos ansiosamente. La llegada del barco a veces se atrasaba por el temporal, pero a mi no me importaba. Lo esperaba en el muelle, a pesar del frío y el viento. Esos eran otros tipos de días. Nos dedicábamos a una especie de incubación. Guardábamos largos silencios y tratábamos de no acercarnos a la orilla. El se tardaba. El llegaba realmente dos días después de haber llegado. A mi eso me parecía tan normal como una casa llena de gente durmiendo o irme a pie a San José en Costa Rica. Normal era su dormitorio pintado de rojo y un globo gigante que giraba sobre la cabecera. Normal era su altar con fotos y velas y un par de anteojos de sol rotos. Yo intentaba calentar esos fríos huesos amarrando su cintura a un árbol, llenando los floreros con plumas, regalándole zapatos para que caminara sobre el agua. Creo que llegué a hacerlo todo. Por eso, ese día entré al lugar abriéndome paso sólo con la furia. Lo busqué entre la gente, que amigablemente tomaba un café y veía televisión. Algunos arreglaban sus mochilas. Con una fuerza que no era mía lo saqué del lugar y lo golpee en una calle vacía, hasta cansarme. El había decidido abandonarme y cambiarme por una señorita de buena familia fría como un pescado.
Marcela Muñoz Molina: Poeta nacida en Puerto Natales, Chile. Ha publicado los libros, Ángeles y limusinas, El salvavidas lleva mi nombre y Poemas para no matar.
"Soy tu regalo. Desenvuélveme". Esas palabras estaban escritas en una tarjeta de color verde manzana un tanto descolorida y sobada dentro de un cajón de la cómoda, dentro de una caja forrada de papel de seda que guardaba un delicado, transparente conjunto de blonda. Culote y camiseta. La letra de la tarjeta era de mamá. Yo la había leído muchas veces cuando era pequeña, en aquellas visitas clandestinas -ella diría que pecaminosas- que hacía a la intimidad de una mujer. De mi madre. No entendí qué querían decir esas palabras hasta que una tarde, al volver del colegio, mamá telefoneó para avisarme de que estaba en el hospital con tía Natalia. Natalia, a esa edad y sin esperarlo, había quedado embarazada y pasaba media vida internada. A pesar de los cuidados, abortó cuando estaba de cinco meses. Fue algo muy triste.
-Ponte a estudiar -me ordenó-. Ya avisé a Felisa para que te haga la cena.
Colgué el teléfono y fui corriendo al cuarto de mis padres. Hacía lo que haría una niña de mi edad. Tendría por entonces doce años. Me probaba ropa, zapatos. Me maquillaba. Me perfumaba. Me admiraba en el espejo e intentaba imaginar cuál sería mi aspecto a los veinte años. Acariciaba la ropa de papá, la olía durante unos instantes esperando encontrar restos de un aroma que nunca me había sido permitido disfrutar. Aquella tarde, sabiéndome con todo el tiempo por delante, me atreví a sacar de la caja las dos piezas delicadas como espuma de mar. Sí, tenían algo de espuma, de líquido salado. Me desvestí despacio delante del espejo y creo que disfruté por vez primera de la visión de mi cuerpo desnudo, en el que comenzaban a asomar los pechos como pequeños volcanes de harina y la cintura se empeñaba en curvarse hacia dentro. Lo que más me fascinó fue admirar mi suave, marrón, escaso pelo púbico. Cuando era pequeña, había visto a mamá desnuda muchas veces. La había visto subirse la falda y bajarse las bragas para orinar y me fascinaba aquella mata de pelo rojo que le incendiaba los muslos. Recuerdo ahora cuánto me inquietaba esa visión, como si hubiese algo siniestro escondido debajo de aquel pelo. Mi vello reciente, casi la suave pelusa que me cubría las piernas, no era tan denso como el de ella. Se encaracolaba y tenía un agresivo color castaño que me hería la piel blanca. Pensé que se parecía a la barba de papá, castaña, corta, pero rizada. Aunque más débil.
Después me vestí, demorando los gestos, con la ropa que se escondía en la caja como un deseo inconfesable. Eran dos piezas: un pantaloncito y una especie de camiseta en tonos verdes elaborados con blonda bordada también en verde y blanco. Espuma de mar verde. Eran suaves, como el agua enjabonada que resbala por las manos, como el pecho de Ramón cuando salía de pasar horas sumergido en un baño relajante y me cogía en brazos porque yo aún era un bebé. Me puse el pantalón. Me quedaba grande. Lo sujeté en la espalda con una mano y lo apreté contra el vientre. Me rozó los muslos y se produjo en mí un estremecimiento inusitado, aquel primer y extraño hormigueo. No me resultaba desconocido, debía de haberlo sentido antes en algún sueño o quizás en la ducha cuando el agua caliente me bajaba por el vientre y se me perdía entre los muslos. Me asusté, pero seguí apretando el pantalón contra el montículo de pelo púbico y, con la otra mano, me puse la camiseta. Me quedaba grande pero no importaba porque me sentía muy hermosa.
Me acosté en la cama y pasé mucho tiempo mirándome en el espejo. La tarjeta verde manzana me decía: "Desenvuélveme".
"Soy tu regalo. Desenvuélveme".
Comencé a liberarme de aquella ropa como si fuera, realmente, el envoltorio de un regalo. Me quedé sobre la cama, acostada delante del espejo. Y, por fin, entendí. Imaginé a mamá acostada, vestida de aquella manera húmeda y suave y con la tarjeta verde manzana entre los pechos. Entretanto, papá miraba. Papá besaba, papá lamía, papá deseaba tanto que le ardía el sexo. Después, papá la desenvolvía.
Yo supe lo que sintieron porque yo también lo sentí. Y supe, sin que nadie me lo explicara, como saciar aquel primer deseo brutal porque, en el mismo momento en que se hizo insaciable, también intuí de donde nacía. De donde nacía y como calmarlo.
Me sentí eléctrica, me sentí líquida.
Anxos Sumai: Escritora nacida en Catoira, Galicia, España. Ha obtenido diversos e importantes premios literarios.
Este fragmento que presentamos a los lectores de Inmaculada Decepción, corresponde a su libro, Así nacen las ballenas.
Me enamoré. Me enamoré de un maniquí. Eso pasó. Que me enamoré de un maniquí. Le regalaba flores de plástico. Caramelos de amianto. Perfumes importados del rocío. Ella callaba. Le dije que conmigo vería la vie en rose. Que tendríamos hijos azules. Le prometí un mar de gardenias. Un castillo encantado. Girasoles de Van Gogh. No decía nada. Nada. Callaba. Le hice ver que el Mundo y yo girábamos en torno a ella. Que el pez, el relámpago y las catedrales, existían porque ella existía. Yo sin ti no soy nada. Se lo dije. Una y otra vez se lo dije. Yo sin ti no soy nada. El desierto es vasto desierto sin ti. Se lo dije. Se mantenía en silencio. ¿Es que acaso no te das cuenta? Mi corazón ante ti posternado. ¿Deseas que realice alguna proeza? ¿Quieres verme volar? ¿Quieres que me transforme en cocodrilo? Soy mago, le dije. Te vengo a ofrecer lo que me pidas. Dime y conquistaré Saturno. Haré que todos los días sean viernes. Que Cristo no suba a la cruz. Que el Océano devuelva todos los cadáveres. Sonrío. Se puso seria. Luego volvió a sonreír. Se bajó del escaparate y me pegó una bofetada.
Generalmente son tipos normales. Como mi primo Beto. O casi tan normales como él. Fútbol, pizza y la lectura del diario. A veces una opinión sin importancia sobre un tema que no tiene importancia. Nada fuera de lo común. Ni alto ni bajo. Ni gordo ni flaco. Normal. Normales. Hasta que aparece una mujer. Entonces se transforman. Dejan de ser mi primo Beto. Inmediatamente se transforman. Cambian de voz. Locuaces, geniales, gesticulan, se paran, se sientan, se vuelven a parar, cuentan chistes y anécdotas. Chispeantes a más no poder. Te enteras que cazaron leones, que innovaron en la cocina francesa y que un día se salvó de morir en Afganistán. Hasta que la mujer se va. Hasta que Rosalía se va. Hasta que voy a despedirla cuando toma un taxi. Hasta que desaparece. Cuando regreso me pregunta, con voz normal: ¿te fijaste en el culo de esa mina?
No hay nadie. En ningún lugar hay nadie. Todos muertos. Eso lo sabía. Sabía que en algún instante iba a suceder. Pero pensaba que aun era pronto. Sabía que llegaría el momento. Llegó. Todos se fueron. Estoy solo. No hay lugar donde estar. Ciego paralítico viajo a ninguna parte. En donde no hay nadie. En ningún lugar hay nadie. Viajo a la deriva. Es azul la vigilia. La u verde. El silencio es una nota musical grave. Yo deseaba que no ocurriese. Aunque sabía que llegaría el momento. Yo quería que no sucediera. Solo. Completamente. Definitivamente. Deberé convertirme en asco. Arrastrarme y encontrar un agujero en donde estar. Pero no hay lugar donde estar. Sin referencias me arrastro y olvido. Nada queda de mí. Vacío. El silencio. Una nota musical grave. Vacío. Nada. Adiós. Nada.