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Vuelvo a Sudáfrica |
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En el acantilado |
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Anxos Sumai: Fuimos las novias de los Beatles |
de escribir "pararé sobre tu tumba / hasta asegurarme de que estás muerto",
de conocer a Lennon y ofrecer a los Beatles el primer cigarrillo
de marihuana: "las palabras perdieron su sentido y ya no significan tanto como antes".
Helena se acerca al congelador y yo me dispongo a abrir dos botellas de cerveza. Siento como la esfera que envuelve a mi amiga está a punto de chocar con la esfera que rodea al combi. Inmóvil, sin mover la cabeza, espero el grito -porque de Helena, siempre irritable, sólo puedo esperar un grito. Pero le nace una canción antigua: In the town where I was born, lived a man who sailed to sea... La miro divertida y la veo inspeccionando el interior de la nevera. Se diría que las dos se fundieron en un abrazo de luz amarilla.
-¿Recuerdas? El submarino amarillo llegó en un mercante coreano -me dice mientras se aleja del combi y echa mano de mi cajetilla de tabaco. Enciende un cigarrillo. Yo le ofrezco la botella de cerveza- Me gusta esa imagen: un submarino que viaja en la maleta de mi primo dentro de un mercante asiático. Fue bonito, ¿verdad? Siempre nos traían paraguas plegables, jabón y caramelos. ¿Te acuerdas? Pero el Yellow submarine fue lo más bonito que nadie nos regaló nunca -se queda callada, fuma y vuelve a cantar In the town where I... - Aunque, pensándolo bien, es una canción totalmente imbécil.
Sí, es una canción totalmente imbécil. Pero eso lo decimos ahora porque las palabras de entonces perdieron su sentido y no significan tanto como antes. Lo decimos ahora que ya no recordamos la consistencia que tenían las esferas que chocaron para ofrecernos la música de nuestra liberación, el camino de salida. Yellow submarine era como una contraseña que pronunciábamos para que se nos mostrase el mundo que estaba al otro lado de lo poco que conocíamos, y nos nació una pasión nueva: los Beatles. Cualquier música que sonaba en la radio en un idioma desconocido y que nos gustaba decíamos que era la música de los Beatles, aunque lo más seguro es que no lo fuese. Ellos aparecieron en nuestras vidas en ese tiempo fronterizo en que la ingenuidad, los cuerpos y los sueños sufrían las primeras violaciones; en que el dolor y la conciencia de la mortalidad comenzaban a transformarnos en granito y vino ácido como la gente que nos rodeaba. También era el tiempo en que nos cubríamos con los velos de boda de nuestras madres y algo debajo de los vestidos hormigueaba y producía un delicioso placer clandestino. Comezamos, entonces, a bailar como posesas sobre las voces de nuestras madres, que entonaban nostálgicas melodías de Luis Mariano mientras lavaban la ropa en el río o limpiaban la casa, y exhibíamos orgullosas nuestro pechos recientes.
El placer tenía entonces la consintencia de lo líquido, como ahora que bebemos cerveza y recordamos que durante un tiempo fuimos las novias de los Beatles. Las únicas, las auténticas novias de los Beatles: los adorábamos, los dibujábamos en los cuadernos del colegio, recortábamos las fotos de las revista y las mirábamos, a escondidas, en la cama antes de dormir. Ellos, los tripulantes del submarino amarillo, nuestros primeros amantes, nos arrancaron de la infancia como si fuésemos mejillones agarrados a las piedras y nos llevaron a la consistente carnalidad del placer, de la muerte y del dolor. Elllos fueron nuestro antídoto contra todo mal, las voces que nos acariciaban para liberar el nuevo deseo de que alguien fuese para nosotros y hurgase bajo nuestras faldas y nos dejase la mirada estupefacta, un asomo de saliva en los labios y las primeras lenguas de humedad en las ingles.
Hasta que el mercante asiático, otra vez en la maleta de mi primo, nos trajo una nueva canción: Honky Tonk Woman. La canción de mi vida, la canción que Helena siempre odió. Los Rolling Stones se convirtieron en mis dioses y dejé de ser cualquier novia de los Beatles para convertirme en Marianne Faitful, e incluso pelando cebollas llegaba a sentir una ambigua forma de satisfacción. Pero esa es ya otra historia. Tiene que ver con una esfera que nunca rozó la esfera que cobija a Helena. Sólo rozó la mía y me nacieron deseos que nunca germinaron en ella. Pero, aún así, seguimos siendo amigas. Ella quiso ser Yoko Ono y yo Marianne Faithful, dos niñas que arañaban la tierra, el agua y el aire. Ella, Yoko, y yo, Marianne, perdemos los hijos de nuestros ídolos el mismo día, quizás a la misma hora y en el mismo minuto. Y fue entonces cuando decidimos dejar de ser ellas para ser nosotras, embarcar en los mercantes asiáticos y no esperar que nos trajesen la vida desde fuera.
Acabamos la cerveza y nuestras esferas se separan. Mañana volverán a rozarse, habrá música y gritos, porque cada instante seguirá siendo una excepción. Mientras, la madre de Helena congelada en forma de croquetas dormirá entre un par de pizzas, guisantes cocidos y calamares sin ojos. Y un submarino amarillo.
Dylan le dijo a Marianne Faithful que escribiría un poema épico sobre ella. Lo escribió y se lo rompió delante de las narices.
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La gruta del Santo |
Ya estamos ante la gruta del santo. Hemos llegado a la gruta del santo. Un clamor poderoso se levanta hacía el cielo. Hacía el cielo de Patagonia. Diviso un par de gorriones que se posan sobre la cabeza del santo. Miro a Carme caer de bruces. A Gianina lívida, en trance, ida. A Herman enloquecido clamando el milagro. A Aeneas sobre una camilla rumbo a la Cruz Roja. Pasan las cuatro estaciones en cinco minutos. Es habitual en Patagonia. Luego el Sol se levanta y sus rayos caen perpendicularmente sobre la gruta. Sobre la gruta del santo. El Santo patrono de la eyaculación precoz.
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La facultad poética del mundo interior |
Aislado del mundo por ventanales y agujeros,
Con terapias y dosis de extraños líquidos
Cuyos nombres no recuerdo,
Descubrí que nunca había amado a una mujer.
Amé una Causa,
Amo la Palabra,
Amo la nieve, el viento, el desierto, la lluvia,
Amo los países y ciudades donde he estado,
Amo la muerte, los insectos, los gusanos, las gaviotas,
Los mitos, las leyendas, las ideas, los libros, las jirafas,
Las huellas,
Pero mi novia siempre ha sido la Poesía,
La música ha sido un amor inconcluso,
La pintura y el dibujo fueron pasiones que dejé ir,
El teatro fue y es una fuente de energía pues escribo
Y actúo frente a mi propio escenario;
En el cine he sido personaje y director solitario,
Guionista de mis aciertos y errores, con diversos nombres.
Pero nunca he amado a una mujer,
Me gustan las mujeres, he vivido con ellas, he procreado hijas
Que perdí para siempre y me aislé en la soledad de mi biblioteca
Escuchando a Vivaldi, Mozart, Bethoven,
A los pájaros de mis casas o departamentos
Asistiendo a extrañas reuniones conspirativas con poetas
Y los eternos asiduos al Poder.
Cada una de mis mujeres han sido tiernas, expertas en calendarios,
En lingüística, educación diferencial, psicología, leyes, física cuántica,
Y yo les ayudaba a escribir sus tesis invadiéndolas con poemas,
Llevando a casa gatos abandonados,
Perritas en celo, a los que alimentaba con comida casera,
Sandwichs de tocino, carne de pavo.
Nunca les escribí un poema de amor,
Sólo mensajes encriptados de Verlaine, Lope de Vega, bodegas de Haikus,
De odas, y porfiaban para que celebre mi cumpleaños
Mientras yo leía las vocales de Huidobro, Rimbaud, Vallejo,
Literatura hindú, ridiculizaba a los Románticos,
A los ideólogos del Realismo Socialista,
A los viejos Modernistas en desuso.
Una tarde Payasita, me dijo qué íbamos a hacer con los cuadros
De Monet, Renoir, Gauguin, Rodin, Whistler,
Porque que había que pagar su parcela, su invernadero,
Sus triciclos, sus cremas, el gimnasio, sus zapatos italianos,
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Y yo le dije que no importaba, que lo lleve todo,
Que solo deje mis libros,
Que me deje solo, que se vaya a la punta de un cerro
Y me dejara vivir en la Belleza.
Que todo se lo lleve y pague.
Todo es mío, le dije, te lo regalo, no me importa tu presencia,
Empezaré de nuevo a buscar a esos maestros en algún lugar del planeta.
Se lo llevó todo y un año después la encontré en un bar de Buenos Aires.
Te he buscado, me dijo, sé que estás releyendo a Girondo, Lugones, Borges, Artl, Piglia,
Carriego, Sábato, en sus rincones, me lo dijo un librero.
Estaba bebiendo un gin tonic, una cerveza helada y la quedé mirando
Fijamente durante cinco minutos.
Quiero darte un beso, me dijo, vamos a mi hogar.
Pensé en los ejes en los cuales ha girado mi vida.
Pensé en los versos que estaba escribiendo a los cuales rescataba
De un pozo;
Pensé en mi exilio interior y exterior
Y me marché hacia el Río de la Plata a seguir leyendo.
Ella me siguió hasta el taxi y me fui para siempre.
Qué es el amor?, me pregunto.
¿Dar y recibir?
¿Aceptar a la pareja como es?
¿Trabajar una relación con lentitud, de a poco?.
¿Entregarse y entregar?
¿Tener miedo?
¿Quién dice primero que se quiere?
No el deseo, porque eso es fácil y se palpa.
¿Caminar, andar, mirarse, establecer vínculos perpetuos,
Respirar los mismos olores, hablar el mismo idioma?
Al salir del Hospital Psquiátrico de Valparaíso,
Pensaba en la Belleza, en la Autodestrucción,
Pensé adónde iría sin amar.
Y sin amor.
Era tarde, recuerdo, y comencé a llorar en una pieza desierta,
El llanto era tan grande que sangraba mi nariz,
El estómago, el alma.
Por supuesto, lloraba en silencio, sin música,
Como suelen los guerreros caídos llorar en las cuevas,
Como lloran los presos en los Campos de Concentración,
Y me enamoré de mi almohada, de mis pantalones rotos,
De un armario vacío, y acariciaba los dos libros
Que me acompañaban escritos por mí.
Después me enamoré de una radio a pilas,
De un par de moscas de la habitación,
De un candado que traía del hospital,
De una sábana con sangre,
De un vidrio roto del comedor de la Mansión
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Donde intentan sanar mi alma.
No quería pedir ayuda y borré a todo el mundo de una posible
Lista de visitas y llamadas telefónicas.
Sólo Tac, mi personaje favorito estaba conmigo,
E intentaba descifrar mis poemas escribiendo con letras
Rojas, verdes, azules, la palabra "Amor", la palabra "Compañera",
La palabra "Amigo".
Tac enloquecía pues empecé a enamorarme de nuevo,
Ahora del alfabeto, de los adjetivos sin vida,
De las metáforas con la palabra resfrío.
Una tarde llegó mi amigo el poeta Enrique Moro y lloré.
Una tarde llegó mi amiga psicóloga Cecilia Valdivieso y lloré.
Apareció mi amiga poeta y cantante Karen Devia y lloré.
El Psquiatra y las psicólogas me dijeron que estaba bien;
Que por fin lloraba.
Me dijeron que era un cebollín o una cebolla,
Ahora había que deshojar la armadura,
"porque las bibliotecas como tú no piensan"
Me dijo el Director del Hospital Psquiátrico.
Ahora tengo miedo,
Porque la Belleza hay que disfrutarla y no vivir en ella,
Y borré a Mallarmé de mi lista de lecturas
Porque lo tengo incorporado a mi acervo.
Tengo que caminar por un mar real y no metafísico,
Tengo que andar de nuevo por la nieve y no sólo
Escribir sobre ella,
Tengo que mirar a los pájaros y no conversar en los árboles,
Tengo que recuperar a mi búho y no inventarle un lenguaje
Para charlar sobre la "Poética Aristotélica",
Tengo que dejarme querer para que pueda aprender a hacerlo.
Hay tantas, demasiadas cosas por conocer, demasiadas.
Hacer el amor en una selva con una mujer africana,
Porque no pude hacerlo en Moscú,
Pero ya es sólo una ilusión porque ella murió en la guerrilla.
Tengo que aprender a bailar
Porque sólo lo he hecho en los prostíbulos,
Tengo que aprender y aprendo a conocer mujeres
En su dimensión humana y no con sus personajes,
Tengo que aprender a vivir con mis libros
Y que no lo sean todo.
Tengo que aprender a escribir sin descuidar a mi futura pareja.
Tengo que ir al cine con niños y niñas a ver películas
Porque siempre seré un niño,
Tengo que aprender a decir "hola", "te quiero", "vamos a un río",
Pero no en forma literaria.
Tengo que aprender a llorar y abrir mis sentimientos
Y no ser un robot en los cafés, en recitales,
Tengo que luchar por mi propia causa e intentar ser feliz
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Con un pan, con un vaso de agua, con una naranja.
Entonces, tengo más miedo.
Miedo a enamorarme, pero ¿cómo decirlo?.
El poema está en mis venas, en mis arterias,
En mi corazón, en todo mi cuerpo,
Y nada soy si no escribo.
"Puedes escribir lo que quieras",
me dijo el Doctor de la Mansión
Y trato de hacerlo,
Pero están los malditos conceptos, la semiótica, el estructuralismo,
El automatismo psíquico que revolotean en mi cerebro.
Entonces, intento escribir este poema desde el miedo,
Nunca he escrito desde el miedo, sólo sobre el miedo, sólo en el miedo
Mismo y siempre termino tiritando.
Ahora estoy más seguro, más feliz incluso,
Y no quiero enamorarme de esa palabra.
Ahora estoy en mi habitación lleno de hojas en blanco
Y tengo ganas de escribir un "Estudio sobre Vivaldi"
Y "La Poesía de las 4 Estaciones",
Tengo ganas de correr por el techo,
Tengo ganas de alunizar en mi boca,
Tengo deseos de libertad y no escribirla.
"Se abre tu corazón", me dice Tac,
Mientras devora una hoja del cebollín
E intento terminar el poema sin 3 finales,
Sino con 20 finales abiertos como siempre he deseado,
Elegantes, misteriosos,
Que se abran a distintas interpretaciones estéticas, religiosas,
Ideológicas,
Y la lectora de este poema no me mire a los ojos.
Valparaíso, diciembre 4 de 2009.
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Universos |
Por Fernando Rojas
Sentado frente al PC no se me ocurre nada. Mirar por la ventana y ver un gran barco blanco. Un crucero. Lleno de gente. Cada persona un universo. ¿5 mil universos? Da vértigo.
Gentes venida de todas partes. Bueno seguro que mayoritariamente del primer mundo, arriban a un lugar del tercero que les debe sonar exótico: el Estrecho de Magallanes o Magalhaes como dicen los portugueses. Como sea, pasan gentes en bicicleta o caminando. Con perros. En auto. Universos transitan de un lado para el otro. Un universo pasa corriendo y escupe. Otro pedalea indiferente. Hace diez segundos no pasa ninguno. Pero olvidaba que sobre mi cabeza, atrás y adelante en este edificio y en el de al lado, hay decenas de otros mundos. Cientos de mundos. Todos reales.
Pero el mío no. No es real. O si es real es tanto como una novela. Una que trato de escribir, pero los personajes se rebelan, empezando por el héroe-protagonista, o sea yo.
El no tan joven héroe se levanta una nalga y suelta un sonoro pedo. Luego canta una canción absurda que inventó ya no sabe cuándo que dice "felicidad, la palabra más bella conchetumadre, maraca culiá…" con la música del clásico de los 70 del insulso Al Bano. Baila con las manos recogidas bajo las axilas aleteando como un pollo y con las rodillas flectadas abriéndose y cerrándose al ritmo de la música en su cabeza. Hace cada movimiento como si alguien estuviese pendiente de él todo el tiempo. Como si la cámara lo siguiera, como si el escritor lo guiará, como si dios lo observara.
Creo que el problema es tratar de entenderlo todo. Eso de tratar de entenderlo todo es una proyección religiosa. Tratar de entenderlo todo es equivalente a creer en dios. Es partir de que todo tiene una explicación. Por de pronto el que esté escribiendo la tiene. Aunque no sé si es buena. Mi terapeuta dice que sí. Y tengo que creer en ella o si no estoy perdido y además tirando el dinero. Por lo menos sé que la mina cree en lo que hace, eso se nota. Si no, no perdería el tiempo con pelotudos como yo.
Eh! señor director, eh señor escritor, eh tú dios, sí tú; déjenme en paz por un momento. A ver si ordeno este caos que es mi departamento y mi cabeza.
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Siempre quise tener la pinta de Sergio Mulet |
Por Yoel Novoa
Fotograma de Yoel Novoa en Tiro de gracia.
De chicos al rondar por el Moderno y el Di Tella, nos mirábamos de afuera. Después nos encontrábamos en las fiestas, en las inauguraciones y estrenos, y yo siempre estaba del lado de Sergio, a favor de Sergio.
En edad me llevaría un par de años, pero en estatura y facha, andaba por allá arriba. Él no era de charlar, permanecía hierático y al término de la confrontación que fuera, podía sonreír o rajar una puteada, pero era muy raro que dijera alguna frase seudo larga.
Recuerdo una noche en el Moderno que yo estaba sentado con él, y dos mujeres estaban enloquecidas por llevárselo con ellas a su casa, y él nada: "No. Viejas. Les dije que esta noche tengo la leche prometida. Así que déjense de joder". Y las mujeres, voluptuosas y ardientes insistían llorando, pidiendo por favor, rogando... A mi la escena me tenía al palo. Insinué un: "Si Sergio no puede ir con ustedes, voy yo". Me miraron como al hinchapelotas más grande del mundo, me despreciaron y siguieron tras Sergio sin conseguir nada. Yo por mi lado supongo que habré terminado esa noche, a solas, salutando una paja endemoniada.
Generalmente las fiestas de entonces se amenizaban con Striptease y un poco de violencia. Una noche, en casa de Santatonín, Sergio se agarró a trompadas con un cubano anticastrista y ambos se pegaban como pesos pesados profesionales. A mi también me gustaba la violencia y entonces me metí a separarlos. A los dos yo les llegaría a la altura del pecho y creo que no llegué a tocarlos con mis manos y que ni se dieron cuenta que yo me había introducido entre ellos. Recibí un par de trompadas o rebotes de trompadas, que me sacaron girando como un trompo hasta caer sentado a una distancia suficiente para ver como los contendientes se estrellaban las jetas sin parar. Fue una desas peleas donde no hay ganadores, sino que alguien se va a la mierda y después la fiesta continúa (el cubano se fue con su grupo de amigos y Sergio se convirtió en el centro natural del festejo, con sus moretones, sangrados y ropa rota, que le quedaban fabulosos)
Un día, Sergio me cruzó por la calle y me preguntó (siempre me trataba como si yo fuera una especie de hermano menor): "¿Querés hacer cine Yoel?" y me incorporó al elenco de "Tiro de Gracia", donde laburó la mayoría de los personajes que circulaban por el Moderno y el Di Tella.
Después, cuando se estrenó la película en 1968, yo estaba viajando por América y no estuve para la "premiere". La vi como 30 años después cuando de carambola la pasaron por televisión.
A poco de regresar a Buenos Aires (1978) lo reencontré en un "Moderno" que ya no existía, y me propuso hacer teatro y me incorporó al elenco de una obra extremadamente extraña que se estrenó en el teatro "Estrellas". Creo que se llamaba "Historia de Pablo" o "Los sueños de Pablo". Me dio el papel protagónico, la cuestión que yo tenía que estar todo el tiempo en el escenario sin saber que hacer. Cuando en los ensayos le preguntaba: "Sergio ¿qué hago?". Me contestaba: "Dale Yoel. No seas ladrillo". La puesta fue un desastre. El resto del elenco, una veintena de estrellas y estrellitas, me odió por lo que improvisé aquella noche. Entonces se confabularon y decidieron echarme. Sergio aceptó la propuesta, él muy en otra cosa como diciendo "Hagan lo que quieran pero no me rompan las pelotas". No llegaron a reemplazarme, porque Sergio desapareció del país. Gobernaban los milicos y Sergio estaba envuelto en muchos dichos u diretes. Misterios que él era el menos interesado en aclarar.
La cuestión que desapareció por unos diez años por lo menos. Y el nuevo reencuentro fue su voz por teléfono: "¡Qué hacés cucarachón! ¿Así que ahora comprás libros?". Y me vendió las colecciones de historietas de un hermano menor que acababa de fallecer. Hicimos la opereta y lo traje a casa. Le gustaron mis esculturas, me presentó a sus hijos gemelos y a su hija, comimos asados, nos hicimos asiduos. Dijo que en esos años había conseguido trabajo como "guardaespalda" en España y ahora los que trabajaban de modelos, eran sus hijos.
Y de nuevo el misterio.
De pronto desapareció nuevamente...
Hasta el día de hoy no supe más de él. En una compra que hice del archivo fotográfico de la revista Radiolandia encontré varias fotos de Sergio con Nuria Espert en España -los dos frente a frente y la actriz contemplándolo con simpatía-. Esas fotos corresponden al período en que él dijo que trabajaba de guardaespaldas.
Me contaron aquí, quinientas versiones finalistas, que lo habían matado, que vivía placenteramente en Marruecos... Que...
Yo que sé...
Ojalá que un día destos suene el teléfono y su voz ronca me diga: "¿Qué hacés cucarachón?".
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Se cortó la luz |
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| Dalila Di Lazzaro. |
Me siento a escribir ¡Vaya novedad! Quiero escribir la historia de cuando Bety parte de Río Gallegos a conocer a Sebastián. En rigor, ya se conocían, pero en una sala de Chat. Se conocieron cuando Bety estaba chateando con Roberto. Roberto le dice a Bety que es una amargada. Ahí terció Sebastián. El amargado sos vos le digo a Morocho40, el Nick de Roberto. Dejá de hinchar las pelotas con Florcita. Ahí se fueron los dos al privado. Sebastián con Bety se fueron a una sala privada. Se trata de contar esa historia. El día en que Bety parte a Buenos Aires a conocer a Sebas a quien ya conocía en una sala de Chat.
Prendo un cigarrillo y vuelvo al Word. Todo lo que escribí vale poca cosa. Borro y comienzo de nuevo. Cinco líneas de cuando Bety se marchó a conocer a Sebastián. Quedo medianamente conforme. Prendo otro cigarrillo.
¡Analia Gadé si que tenía un buen culo! ¡Qué será de Dalila Di Lazzaro, le metería la puntita! ¡Que buena que está esa yegua de la Mariángela Melato!
Se corta la luz. Maldigo a la compañía de electricidad. Con las ganas que estaba de escribir la historia en donde Bety viaja a conocer a Sebastián. Salgo, me voy a un bar.
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Gracias Hank |
Estaba a punto de quedarme dormido cuando llegó. Santa Claus. Borracho. Hecho mierda. Una basura. Apenas se sostenía en pie. ¿Qué mierda haces acá? Nadie te llamó. Me manda Bukowski. Te vengo a dejar tu regalo. ¡Buena mierda! ¿Es que acaso no puedes llegar a una hora más oportuna? No a las doce de la noche cuando llevo seis horas bebiendo. Lo siento. Es mi hora de llegada. Antes pasé por Dylan Thomas. Por Céline. Por Henry Miller. Por John Fante. Y ahora estoy aquí. Frente a ti. Te vengo a dejar tu regalo. El regalo que te manda tu amigo Bukowski. Voy a ser breve y te lo digo ya. Hay otra gente que espera. Yo soy tu regalo. Sí, yo soy tu regalo.
Fue el mejor polvo de mi vida. Gracias Hank.
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La muerte de Santa Claus |
LA MUERTE DE SANTA CLAUS
Ha tenido dolores en el pecho
por varias semanas, pero los doctores
no hacen visitas al hogar en el Polo Norte.
dejó de pagar su seguro médico Blue Cross,
se marea cuando le hacen exámenes de la sangre,
las batas del hospital siempre se le abren, las
salas de espera le causan dolor de estómago, y
de todos modos nada más tiene indigestión, por lo
menos eso pensaba, hasta el día en que al estarles
dando de comer a los renos, sintió como si la mano
de un monstruo le hubiera agarrado el corazón
y no dejara de apretar. No puede respirar, y el
mundo blanco tan hermoso se torna negro,
y cae sobre su panza de gelatina en la nieve
y la Sra. Claus sale corriendo de la fábrica
de juguetes, gritando, y deja a los duendes
frotándose sus manitas nerviosas, y la nariz
de Rudolph se prende y se apaga como una luz de ambulancia
triste, mientras en Houston Texas en una de esas casas en serie,
yo, de 8 años, le digo a mi mamá que los mensos
de la escuela dicen que Santa Claus es pura mentira,
y ella, tomándome la mano, se sienta conmigo en el sofá
de flores moradas, con lágrimas en los ojos,
y con una terrible noticia en la garganta.
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La hija de Norma |
Viene a comprar la hija de Norma y me pregunta por el equipo de filmación que trabajaba enfrente de casa. Ella los vio y le llamó la atención. Me pregunta quién era esa gente. No son de acá me dice. Qué estaban haciendo en Puerto Natales. Le digo que estaban trabajando en un documental. Me pregunta un documental de qué tipo. Yo le digo que un documental sobre mi vida. Se ríe. No puede parar de reírse. No puede parar. El contagio es rápido. Yo también me largo a reír. No podemos parar de reír. Se produce una puja. Quién ríe más. Le digo que son 500 pesos. Pero sigue riéndose. Yo también sigo riéndome. No podemos parar. Ya más tranquilo le miento que es un documental sobre Puerto Natales. Eso sí te creo, me dice. Se va riéndose. Vuelvo a mi cuarto. Vuelvo a zambullirme en el anonimato cotidiano. Y escribo. Escribo La hija de Norma.
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Diversión |
Daniel mientras tanto, graba en su celular la gran follada con Luisa mientras hablaba con Carlos. Luego lo sube a Internet. Y pone por título, Guarra puta le miente a su novio.
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Elecciones en Chile |
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Frazada |
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La chica que me gusta |
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Venecia |
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Irene y Enrique |
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He terminado con Mónica |
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Una chica de vida fácil |
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El Alcalde que Natales se merece |
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Acá no pasa nada |
Es que no pasa nada. Acá no pasa nada. Te lo puedo asegurar. Acá no pasa nada. Y hay que inventar porque aquí no pasa nada. Y en eso estamos, inventando, porque aquí no pasa nada. Y voy por la calle en donde no pasa nada. Y encuentro a gente que no le pasa nada. Voy por los bares en donde nada pasa. Me encuentro con amigos que no les pasa nada. Me llama Javier que no le pasa nada. Luego me llama Sofía que no le pasa nada. Y luego llega triste Francisco y le pregunto qué le pasa, me dice que no le pasa nada. Nada, en ningún lugar pasa nada. En la televisión no pasa nada. En Beijín no pasa nada. En Nueva York no pasa nada. A Sharon Stone no le pasa nada. A Nicolas Sarkozy no le pasa nada. A la Nasa no le pasa nada. A Colombia no le pasa nada. A nadie le pasa nada. Le cuento a Gustavo que acaba de dejarme Romina. Que estoy desesperado. Que pienso matarme. Que era el amor de mi vida. Que sin ella mi vida no tiene sentido. Me dice que no pasa nada. Que Romina es una listilla. Que antes de mí, intentaron matarse por ella Pedro, Felipe y Juan Carlos. Que nadie merece matarse por ella. Escribo en un cartel ACÁ NO PASA NADA. Me mato.
Ilustración de Javier Molinero.
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Vacaciones en Europa |
Y fue así como descubrí el asunto. Porque luego vino Roberto, Santiago, María, Alejandro. Gente que yo conocía. Gente que tenía problemas. Luego vino una señora que trabajaba en una fábrica. Una profesora jubilada. Un comerciante en telas. Un ingeniero químico. Y me contaban sus vidas. Sus historias. Sus pequeños o grandes logros. Sus tristezas definitivas. Todos ellos salían con libros bajo el brazo. Les recetaba, según el caso, un Borges por la mañana y un Kafka por la tarde. Una semana de Gonzalo Arango. Tres días de Vallejo. Un mes de Marcel Proust. Una Temporada en el Infierno. Siempre quise ser un emprendedor. Y por fin lo he logrado. La terapia a través de los libros. De la lectura. Y en eso estoy. Tres pacientes al día a cincuenta euros. De lunes a viernes son 750 euros. En el mes son 3.000 euros. En el año son 36.000 euros. Pero en verdad, el dinero es lo que menos me importa. Lo verdaderamente importante de todo esto, es que me ha servido para deshacerme de libros, que jamás tendrían que estar en mi biblioteca. Además de vacaciones en Europa.
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Vigencia de Henry Miller |

Por Juan Mihovilovich
(Pág. 334)
LLeía Miller a los 16 años; primero, Trópico de Capricornio, que debió llegar a mis manos a través de un circuito exiguo de amistades celosas por un texto prohibido. El tiempo estudiantil era un espacio para comentarlo a hurtadillas: sexo, sobre todo, pero también ideas vertiginosas sobre el hombre, la humanidad caótica y el despeñadero advertido.
Henry Miller desmenuza el porvenir como si todo cupiera en un pañuelo: lágrimas, deseos, misterios, egoísmo y vulgaridad, sujetos abatidos o decididamente locos, mujeres ávidas o desesperadas y desesperanzadas; o bien, observación clínica de individuos atesorando las riquezas de una insanidad mayor: acumulación de capital e ideas de progreso a ultranza, mientras la rueda de la historia trae a puñados los futuros héroes muertos: segunda guerra, depresiones económicas, conflictos ocultos o evidentes, resurgimiento dolido luego de los holocaustos...y sobre todo ello, Miller disecciona, desestructura, anarquiza, deambula taciturno y miserable a veces, excelso y cáustico casi siempre.
Trópico de Cáncer se alza en medio de un Paris mutilado en su trastienda y paradójicamente adscrito a esa eternidad de piedras y museos. El individuo yerra por sus calles secretas, se atiborra de placeres efímeros, incursiona en amistades transitorias que permanecen o se evaporan en su desolado encierro: la sobrevivencia se muestra como el madero de un náufrago porfiado, obstinado e irónico, maldiciéndose ocasionalmente y renegando de la estupidez humana con un dejo de repugnancia, de indiferencia a veces, de compasión accidental.
Miller ve el mundo con ojos del arte, de quien vive y sueña con desentrañar su propio enigma en tanto los seres se repiten calcados y Paris se yergue como una prostituta ávida y necesaria. El ombligo del mundo es Paris y lo es también su condición de extranjero mimetizado en ella como en el centro de un dilema no resuelto: vive allí presionado por la asfixia del hambre cotidiana, mendigando a veces como Knut Hamsun, vanagloriándose de su miseria casi como un ruego oun signo diferenciador. En su no entrega reside su superioridad, pero también su dolor y el sufrimiento del alma humana débilmente entronizada en un cuerpo que se descompone diariamente.
Miller se atreve a poner el dedo en la llaga cuando la sociedad ramplona de la época se desvive por moralismos de utilería. Paris luego, es la excepción y su madriguera. Imposible sobrevivir en su patria de origen: Paris es el imán perfecto donde todo artista procura la gloria y, sin embargo, élapenas intenta el reencuentro con todo lo que agobia su existencia. El sexo no es su único leit motiv, como pudiera pensarse superficialmente, aún cuando él atraviesa sus Trópicos o pervive en su cotidianeidad. Hay en su obsesión carnaluna necesidad de tomar el cuerpo ajeno como si fuera el suyo y en esa compenetración grita sin un solo alarido, pero su silente aullido se escucha en Norteamérica y rebota como una campanada hacia el resto del planeta. He ahícomo asciende desde su relegación parisina y atraviesa el Atlántico para rechazarel mito de la modernidad. Los hombres mimetizados en su imbecilidad apenas dejan espacio para lo vital: el placer augura guerras, contaminaciones ambientales, manejos de la bolsa, la pudrición en vida.
Luego, Trópico de Cáncer resulta una embestida contra el mundo desde la perspectiva herida y agónica del animal. Miller es el toro que intenta cornear al torero aún cuando sus intentos toquen apenas la capa. Pero insiste. En lo profundo de sí mismo bulle su instinto, mientras al frente, a la vera de la capa del torero...toda la tierra un desierto gris, una alfombra de acero y cemento. ¡Producción! Más ruecas y tornillos, más alambres de púas, más galletas para perros, más segadoras mecánicas de césped, más rodamientos de bolas, más explosivos instantáneos, más tanques, más gas venenoso, más jabón, más iglesias, más bibliotecas, más museos. ¡Adelante! El tiempo apremia...
Como todos los grandes, Henry Miller vislumbra el porvenir, es decir, este presente atosigante y obtusodesde un Trópico de Cáncer escrito en los años 30, publicado en Paris en 1934 y en Estados Unidos en 1961, después de más de sesenta juicios debido a la censura.
Anoche Boris descubrió que tenía piojos. Tuve que afeitarle los sobacos, y ni siquiera así se le pasó el picor. ¿Cómo puede uno coger piojos en un lugar tan bello como éste? Pero no importa. Puede que no hubiéramos llegado nunca a conocernos tan íntimamente Boris y yo, si no hubiese sido por los piojos.
Boris acaba de ofrecerme un resumen de sus opiniones. Es un profeta del tiempo. Dice que continuará el mal tiempo. Habrá más calamidades, más muertes, más desesperación. Ni el menor indicio de cambio por ningún lado. El cáncer del tiempo nos está devorando. Nuestros héroes se han matado o están matándose. Así que el héroe no es el Tiempo, sino la Intemporalidad. Debemos marcar el paso, en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No hay escapatoria. El tiempo no va a cambiar.
Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me enviaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar.
No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Entonces, ¿éste? Éste no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza... a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver...
Para cantar, primero hay que abrir la boca. Hay que tener dos pulmones y algunos conocimientos de música. No es necesario tener un acordeón ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así, pues, esto es una canción. Estoy cantando.
Para ti, Tania, canto. Quisiera cantar mejor, más melodiosamente, pero entonces quizá no hubieses accedido nunca a escucharme. Has oído cantar a los otros y te han dejado fría. Su canción era demasiado bella o no lo bastante bella.
Es el veintitantos de octubre. Ya no llevo la cuenta de los días. ¿Dirías: mi sueño del 14 de noviembre pasado? Hay intervalos, pero intercalados entre sueños, y no queda conciencia de ellos. El mundo que me rodea está desintegrándose, y deja aquí y allá lunares de tiempo. El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo... Pienso en que, cuando el gran silencio descienda sobre todo y por doquier, la música triunfará por fin. Cuando todo vuelva a retirarse a la matriz del tiempo, remará el caos de nuevo, y el caos es la partitura en la que está escrita la realidad. Tú, Tania, eres mi caos. Por eso canto. Ni siquiera soy yo, es el mundo agonizante que se quita la piel del tiempo. Todavía estoy vivo, dando patadas dentro de tu matriz, que es una realidad sobre la que escribir.
Duermevela. La fisiología del amor. La ballena con su pene de dos metros en reposo. El murciélago... penis Ubre. Animales con un hueso en el pene. De ahí viene eso de tener un hueso…1"Afortunadamente -dice Gourmont- la estructura ósea se ha perdido en el hombre." ¿Afortunadamente? Sí, afortunadamente. Imaginaos a la raza humana caminando por ahí con un hueso en ese sitio. El canguro tiene un doble pene: uno para los días de entre semana y otro para las fiestas. Duermevela. Una carta de una mujer que me pregunta si he encontrado un título para mi libro. ¿Un título? Claro que sí: Adorables lesbianas.
¡Tu vida anecdótica! Una frase de M. Borowski. El miércoles voy a comer con Borowski. Su mujer, que es una vaca seca, oficia. Ahora está estudiando inglés... su palabra favorita es "asqueroso". En seguida se ve que los Borowski son una lata. Pero esperad...
Borowski lleva trajes de pana y toca el acordeón. Combinación insuperable, especialmente si se tiene en cuenta que no es un mal artista. Finge ser polaco, pero no lo es, desde luego. Es judío, Borowski, y su padre era filatélico. De hecho, casi todo Montparnasse es judío o medio judío, lo que es peor. Están Carl y Paula, y Cronstadt y Boris, y Tarda y Sylvester, y Moldorf y Lucille. Todos excepto Fillmore. Henry Jordan Oswald ha resultado ser judío también. Louis Nicholas es judío. Hasta Van Norden y Chérie son judíos. Francis Blake es judío, o judía. Titus es judío. Así, que los judíos me están aplastando como una avalancha. Escribo esto para mi amigo Carl, cuyo padre es judío. Es importante entender todo esto.
De todos esos judíos, la más encantadora es Tania, y por ella también yo me volvería judío. ¿Por qué no? Ya hablo como un judío. Y soy feo como un judío. Además, ¿quién odia más a los judíos que un judío?
La hora del crepúsculo. Azul añil, agua cristalina, árboles resplandecientes y delicuescentes. Los raíles se pierden en el canal de Jaurès. La larga oruga de costados laqueados se sumerge como una montaña rusa. No es París. No es Coney Island. Es una mezcla crepuscular de todas las ciudades de Europa y de América Central. La explanadas del ferrocarril ahí abajo, los raíles negros, enmarañados, no ordenados por el ingeniero, sino de diseño cataclismático, como esas finas fisuras del hielo polar que la cámara registra en diferentes tonos de negro.
La comida es una de las cosas que disfruto tremendamente. Y en esta hermosa Villa Borghese apenas hay nunca rastros de ella. A veces es verdaderamente asombroso. He pedido una y otra vez a Boris que encargue pan para el desayuno, pero siempre se le olvida. Al parecer, sale a desayunar fuera. Y cuando vuelve viene limpiándose los dientes con un palillo y le cuelga un poco de huevo de la perilla. Come en el restaurante por consideración hacia mí. Dice que le duele darse una comilona mientras le miro.
Van Norden me gusta, pero no comparto la opinión que tiene de sí mismo. No estoy de acuerdo, por ejemplo, en que sea un filósofo ni un pensador. Es un putero y nada más. Y nunca será un escritor. Tampoco lo será nunca Sylvester, aunque su nombre resplandezca en luces rojas de cincuenta mil bujías. Los únicos escritores a mi alrededor por los que siento algún respeto ahora son Carl y Boris. Están poseídos. Arden por dentro con una llama blanca. Están locos y carecen de oído. Son víctimas.
En cambio, Moldorf, que también sufre a su manera, no está loco. Moldorf se embriaga con las palabras. No tiene venas, ni arterias, ni corazón, ni riñones. Es un baúl portátil lleno de innumerables cajones, y éstos tienen escritos fuera rótulos en tinta blanca, tinta marrón, tinta roja, tinta azul, bermellón, azafrán, malva, siena, albaricoque, turquesa, ónix, Anjou, arenque, Corona, verdín, gorgonzola...
He trasladado la máquina de escribir a la habitación contigua, donde puedo verme en el espejo mientras escribo.
Tania es como Irene. Espera cartas voluminosas. Pero hay otra Tania, una Tania semejante a una enorme semilla que disemina el polen por todos lados... o, digámoslo al modo de Tolstói, una escena de establo en la que desentierran al feto. Tania es una fiebre también... les votes urinaires, Café de la Liberté, Place des Vosges, corbatas brillantes en el Boulevard Montparnasse, cuartos de baño oscuros, oporto seco, cigarrillos Abdullah, el adagio de la sonata Pathétique, amplificadores auriculares, sesiones anecdóticas, pechos de siena rojiza, ligas gruesas, qué hora es, faisanes dorados rellenos de castañas, dedos de tafetán, crepúsculos vaporosos que se vuelven acebo, acromegalia, cáncer y delirio, velos calidos, fichas de póquer, alfombras de sangre y muslos suaves. Tania dice de modo que todo el mundo pueda oírla: "¡Le amo!" Y mientras Boris se calienta con whisky, ella dice: "¡Siéntate aquí! Oh, Boris... Rusia... ¿Qué voy a hacer? ¡Estoy a punto de estallar!"
Por la noche, cuando contemplo la perilla de Boris reposando sobre la almohada, me pongo histérico. ¡Oh, Tania! ¿Dónde estará ahora aquel cálido coño tuyo, aquellas gruesas y pesadas ligas, aquellos muslos suaves y turgentes? Tengo un hueso en la picha de quince centímetros. Voy a alisarte todas las arrugas del coño, Tania, hinchado de semen. Te voy a enviar a casa con tu Sylvester con dolor en el vientre y la matriz vuelta del revés. ¡Tu Sylvester! Sí, él sabe encender un fuego, pero yo sé inflamar un coño. Disparo dardos ardientes a tus entrañas, Tania, te pongo los ovarios incandescentes. ¿Está un poco celoso tu Sylvester ahora? Siente algo, ¿verdad? Siente los rastros de mi enorme picha. He dejado un poco más anchas las orillas. He alisado las arrugas. Después de mí, puedes recibir garañones, toros, carneros, ánades, san bernardos. Puedes embutirte el recto con sapos, murciélagos, lagartos. Puedes cagar arpegios, si te apetece, o templar una cítara a través de tu ombligo. Te estoy jodiendo, Tania, para que permanezcas jodida. Y si tienes miedo a que te jodan en público, te joderé en privado. Te arrancaré algunos pelos del coño y los pegaré a la barbilla de Boris. Te morderé el clítoris y escupiré dos monedas de un franco...
Comienzo de Trópico de Cáncer de Henry Miller. Traducción de Carlos Manzano. Novela, 425 páginas, -Editorial Edhasa, 2009
Audio de voz de Henry Miller
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Le dieron consejos a Borges |
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Aquello que me salvó de Nerón, Hitler y Pinochet, no me salvó de Vanesa |
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El día antes de morir |
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Vida de novela la novela de mi vida |
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Mañana te lo prometo |
Mañana te perderé. Mañana dejaré de fumar. Mañana no escucharé a Béla Bartók. Mañana dejare de beber. Mañana bajaré de peso. Mañana escribiré. Te escribiré. Mañana te amaré. Mañana no te amaré. Mañana seré bueno. Malo. Mañana aclararé todo. Ya verás. Mañana iré de compras. Al dentista. Al cine. Mañana. Mañana pasaré por idiota. Inteligente. Mañana ordenaré mi biblioteca. Mañana te espero a las tres. Mañana bailaré. Mañana no te veré. Mañana será viernes. Mañana volveré a Buenos Aires. Mañana te lo prometo. Mañana dejaré de pensar en ti. Mañana iré a Punta Arenas. A Santo Domingo. Mañana estaré alegre. Luego triste. Mañana. Mañana te diré todo. Te odiaré. Te mentiré. Mañana aprenderé a bailar. A pensar. Recapacitar. Mañana ganará el Fenerbahçe. Mañana iré a visitar a mi abuelo. A su tumba. Trabajaré la tierra. Plantaré patatas. Arreglaré el grifo del baño. Mañana será distinto. Todo se aclarará. Te lo prometo. Mañana Obama pedirá perdón. Devolverá el Nobel. Mañana se aprobará el presupuesto. Volverás a mí. Te querré. Me odiarás. Una y otra vez, me odiarás. Luego te irás. Para siempre. Mañana. Mañana puedes venir a mi casa. Almorzaremos juntos. Te gustará el menú. Sabes que cada día cocino mejor. Eso lo sabes. Es que lo hago para ti. Luego me perderé. Más tarde me perderé. Te perderé. Nunca más te escribiré. Nada sabrás de mí. Por un tiempo. Porque mañana tomaré un bus. Un bus que me dejará en una ciudad cercana. Una ciudad desconocida para ti. Y luego allí. Tomaré un cuarto de hotel. Un viejo cuarto de hotel. Me ahorcaré. Mañana.
Ilustración de Javier Molinero.
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Yogurt |
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El gol más hermoso del mundo |
No existía la televisión, la radio ni nada. En aquel entonces jugaba al fútbol por el Club Natales. Era juvenil. Mediocampista y volante de apoyo. Poseía un dribling endiablado, pateaba con las dos piernas y era el capitán del equipo. No tenía referentes. Ante la carencia de los medios de comunicación, debía inventar. Y por las noches en mi cama, ideaba jugadas. Los domingos en el campo de juego, las llevaba a la práctica. Y con asombro comprobaba que resultaban. Yo era una simple mezcla de Pelé, Maradona y Messi. Fue así como convertí el gol más hermoso del mundo mundial. Fue en un corner desde la derecha, la paré de pecho. Desde la misma área grande en que me encontraba, eludí a los once jugadores del equipo contrario y convertí el gol. El gol más hermoso del mundo. Por la noche vino Sofía y follamos.
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Un poema para Francisca |
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Deja ya de citar a Borges |
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Con alegría y entusiasmo |
Llegó a su casa de Quilmes al mediodía. Alrededor de una pizza, reunió a su mujer y a sus tres hijos en el salón comedor. Les comunicó que a partir de ese momento, dejaba la casa, a su mujer y a los hijos ahí presentes. Después de veinticinco años, dejaba todo. Les dijo que se había enamorado de Lily. El hijo mayor le preguntó quién era Lily. Por toda respuesta, le contestó que era una mujer.
Maturana es un tipo especial. Nunca nadie le dijo que no diga tal cosa. No tiene reparos en decirte en la cara lo que le apetece. Generalmente lo que le apetece a Maturana, no es lo que le apetece a su interlocutor. Voy a decir un disparate, pero quiero graficar lo que es Maturana. Supongamos el caso siguiente. Lo invito a mi casa. Está mi hijo presente, un integrante de la Corte Suprema y mi vecina Pilar. Toma la palabra Maturana, y dice: "¿Te acordás Hugo cuando asaltamos a ese par de viejitos en Brasil? Fuiste cruel, no tendrías que haberlos matado". Ese es Maturana.
Entonces quedamos en que llegó a su casa, reunió a la familia y les comunicó que dejaba para siempre el salón comedor.
Lo único que se llevó de allí, fue un mondadientes, lo utilizó para sacarse un pedazo de queso mozzarella, que había quedado entre sus dientes. Nada más se llevó. Un mondadientes.
Luego se dirigió al bar La Academia de la calle Callao. Quedo allí en juntarse con Raúl. Raúl, era su compañero de trabajo en la construcción. También era el esposo de Lily. Lily la mujer de la cual estaba enamorado Maturana. La cita fue puntual. Maturana pagó las cervezas. Y habló, le dijo: "Mirá Raúl, esta tarde me voy a juntar a vivir con tu mujer, te lo digo para que no me rompás las bolas, y que no digás que no te avisé". Esto fue en Octubre del 2001. Para las fiestas de ese fin de año, en el barrio de bajo Flores, en Buenos Aires, Maturana invitó a su ex mujer y a Raúl. Me contó que bailaron toda la noche. Con alegría y entusiasmo.
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Me inspiro en la aspirina |
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Una hermosa noche la de anoche |


















