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Consultorio Sentimental |
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¡Manda Cojones! |
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¡Tirar a matar! |
Por Héctor Martínez Díaz
Lo anterior quedó reflejado en los saqueos tras el terremoto, más aún cuando no fueron solamente descamisados, ni lumpen proletariado, menos aún soldados de la Yakuza nipona, tampoco del Cartel de Sinaloa o de Tijuana, ni siquiera la banda del Cisarro, quienes actuaban masivamente descontrolados.
Es que gracias a la experiencia vicaria de la magia de la tv, saqueamos todos a Concepción, otrora sesentera y revolucionaria tierra miracha. Para los pobres y ricos del campo y la ciudad robar fue una expresión del sentir popular. Aunque pudiera ser que fuéramos presas de agorafobia -temor patológico a los espacios abiertos o a los lugares donde no se puede recibir ayuda- y eso nos instó a correr llevándonos plasmas y lavadoras. Lo cierto es que nuestro biotipo, acervo sociocultural y socioeconómico, hubiese vuelto esquizofrénica -¡cómo si ya no lo fuera!- la tipología del hombre delincuente lombrossiana.
Y, ¡claro está!, los saqueos fueron, también, pábulo para esa insaciable vocación morbo informativa mediática. Ya no era necesario, entonces, alarmar de la delincuencia con portadas de peleas barras bravas después de un clásico; inundar los titulares con los destrozos de las barricadas y desmanes dejados por la movilizaciones sociales sean ya de peñis o winkas; o sobreabundar la crónicas rojas con los hurtos hormigas y las frías estadísticas delincuenciale. Es que el sismo alcanzó tal magnitud que aparte de los desaparecidos, muertos, miles de damnificados, ciudades y pueblos arrasados, miles de millones de dólares en pérdidas, cambió también el eje de tierra, desplazó en 8 metros algunas ciudades, disminuyó, según dicen, en 1,6 milésimas de segundo el día y remeció profundamente nuestra cordura.
Pero quienes, ya sea por un estado de necesidad o no, saqueaban bienes muebles e inmuebles -¡pobres ingenuos!- no sabían que también se robaban a si mismos las columnas de la base social democrática. Estaba justificado, entonces, militarizar la zona devastada, pero otra cosa es el terrorífico clamor de ¡Tirar a matar!, que sectores de la sociedad exigían a las Fuerzas Armadas. Y no faltaron los que van por ahí de moralistas dictadorcillos, para quienes los saqueos se vieron favorecidos por la mano blanda de la persecución estatal y de aquella cantinela: "hoy por hoy los derechos humanos son para los delincuentes".
Proliferaron los visionaros panegíricos a imponer orden y seguridad por medio de una populista y represiva violencia estatal, como el que fuera publicado el 7 de marzo en la sección Reportajes de La Tercera, considerado hoy todo un clásico: "El Cabo Hinojosa Desenfunda": Atados de manos, bajo permanente sospecha, carabineros arriesgan la crucifixión pública cada vez que cometen el pecado de patearle el culo a un punga, se lee en parte del texto. Luego de su publicación, como profecía autocumplida, el acontecer nos hizo una mueca trágica: una persona, por desobedecer el toque de queda, muere a golpes en Hualpén, presuntamente a manos de la patrulla naval que lo detuvo.
¿Nos cantará su palinodia el Iluminado Gran Hermano articulista, siendo él gustador de la cultura grecolatina como aparenta? ¿Se titulará aquella: "Se les pasó la mano a estos cosacos"? ¿Criticará en ella las falencias educaciones de la obtusa formación literaria del contingente marino que no saben distinguir que lo de él fue sólo un figura retorica, casi una licencia estética, nada más que un uso exquisito de la ironía? O que, más bien, no tuvo intención de escribir aquello, y es que, pese a despotricar contra el festiviña, fue presa de ese coro regaettonero "¡dale por el cu… dale por el cu…!". Y es que, aunque uno no quiera, el perreo se cuela por todos lados. Mas creo entender al rizado autor y que su escritura es plurívoca y evoca, pues, múltiples lecturas, porque sería de muy mal gusto pensar que esos marines, sean sus fieles lectores y quienes interpretaran el sentido unívoco, en su chascona columna.
Bueno, quizás todo lo que pasó sirva de algo y nos demande una nueva mirada del ser chileno. ¡Quién lo diría!, fue en el mismo Concepción, pero en el año 1834, cuando un humilde maestro venezolano, Simón Rodríguez, creaba escuelas penquistas y propugnaba a quien quisiera escucharlo un discurso tal de: "Innovamos o erramos". De lo contrario, El contagio de la locura no será sólo el titulo de una novela del hoy damnificado amigo Juan Mihovilovich, escritor y juez mixto de Curepto, sino también la idiosincrasia nacional y ahí sí que estaríamos arrasados.
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Te llamabas Verónica |
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Ella me dijo y yo le dije |
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Recetas de cocina |
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La muerte no será el final |
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El día que mataron a Julián |
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Carne rica bien condimentada |
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Primeras impresiones |
completamente abajo, ido, enteramente ido.
D. H. Lawrence.
hienas voraces ejercitan la ejemplar tarea de exterminio,
se pasa del calor al frío con rapidez que asombra,
inmediata y naturalmente aparece la palabra desgarro,
la palabra naufragio, desespero, desolación, rabia,
tormenta, impotencia, la palabra cortejo,
me convierto en toro de lidia, banderilleros temibles
aguardan darme muerte al menor movimiento.
la guillotina sobre mi cabeza,
la cabeza sumergida ¿a dónde ir?
rumbo a cualquier lado, da lo mismo una fiesta de disfraces,
el cementerio, una boda, un viaje en catamarán,
nada tengo que hacer en ningún sitio,
nada puede ocurrir que me afecte,
soy el ejemplar más triste del universo
todo es enorme y vasto desierto,
la vida anulada y el león acechando a su presa.
inmensas ganas tantas de volcar y de putear
de llorar de arremeter de matar o morir,
inmensas ganas tantas de no tener ganas
y volver a tenerlas,
no puedo creer que la gente circule,
ría, salude, tome un helado,
quiero parar a la gente en las calles,
contarles la pena de un ser invadido por la pena,
que acompañen en el duelo.
el tiempo detenido, el corazón funcionando bajito,
la mente bloqueada, la angustia sobrepasada,
pronto aparece el dolor, un dolor de siglos,
dolor sobrepujado por la soledad,
ella tan solemne que viene y te abraza,
el dolor que doblega, que paraliza
y con el dolor aparece la palabra DOLOR,
todo lo ocupa, todo lo invade, todo lo puede,
te acompaña a tu casa, tu cuarto, tu ropero, tu cama,
se queda allí taladrando un tiempo infinito,
en el cine de tu almohada comienzan las imágenes,
la llave sobre la ventana, mujer de blanco
recostada sobre el umbral de la puerta,
el llanto de esa mujer en la madrugada de un sábado,
siempre el mismo rostro, siempre ella misma.
se vuelve a la primera vez que la viste,
la primera mirada, la primera sonrisa, el primer beso,
la primera disputa y al lado del dolor y la maleta
el primer encuentro en la secreta casa de la noche.
ya es de noche y junto a la noche llegan los duendes
de la nostalgia, y junto a la nostalgia el tango,
aquello que pudo haber sido y no fue,
caminar con esa mujer por san telmo, un beso en
parque lezama, un encuentro en el barcito de
callao y rivadavia, nostalgia y amor ausente,
canta el gallo y de la mano de goyeneche
llega el sueño, luego despierto y pienso en ti,
me alegro, un sol luminoso hace cantar
a los gorriones, otro día comienza en puerto natales.
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Este infierno tan querido |
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Mi papá camina como astronauta |
Mi papá camina como astronauta. Eso me dijo. En el Bar Toore me lo dijo. Fue a los cinco minutos de hablar con ella que me dijo que su papá caminaba como astronauta. Y me enamoré. Primero no le entendí. Pensaba que era el título de una canción de los Guns n` Roses. Pero no. Me lo decía en serio. Mi papá camina como un astronauta. Es que no te puedes quedar impávido si alguien te dice aquello. Si alguien te dice que su papá camina como un astronauta, no puedes quedar indiferente como si nada pasara. Y le pregunté por qué tu papá camina como un astronauta. Desde cuándo tu papá camina como un astronauta. Me dijo que eso era una historia muy larga. Que tenía que ver con el sector pedregoso en donde trabajaba. Cerca de Tres Pasos. Que un día me lo iba a contar. Que ella me llevaría a un lugar desde donde podría ver caminar a su papá. Que lo vería caminar. Me dijo que el sábado. Quiero que no te separes de mí, le dije. Mi papá camina como astronauta. Es que tienes que enamorarte de una chica que nada más conocerla, te dice que su papá camina como astronauta. Luego me dijo que su mamá tiene dos habitaciones. Una en la que ejerce de madre y otra en la que ejerce de esposa. Pero qué cosas raras tiene esta chica pensé. Primero me dice que su papá camina como astronauta y luego me dice que su mamá tiene dos habitaciones. Una de madre y otra de esposa. Que la habitación en donde ejerce de madre la ocupa con ella y su hijo pequeño aquellos días en que el padre no está. Los días en que trabaja en el sector pedregoso cercano a Tres Pasos. Es una habitación cómoda, confortable y funcional. Con paredes blancas y el cuadro de un niño triste que derrama una lágrima. Me cuenta que la otra habitación en donde su madre ejerce de esposa, no la conoce. Nadie puede entrar allí. Sólo su madre y su padre que camina como astronauta. Pero que es el único lugar de la casa en donde se escucha música. Se escucha la música muy fuerte. Por cierto que muy fuerte me reitera. Que a ella le parece que también tiene que haber aparatos eléctricos pero que no lo puede asegurar. Que no puede asegurar que sean aparatos eléctricos. Pero que son como poleas transportadoras. También como máquinas lijadoras de maderas. También como ruidos de cadenas que se arrastran. También como si galopara un caballo desbocado. Nadie puede entrar allí. Hay un viejo y pesado candado Yale que no permite el paso. Cuando llega el padre, la madre se encierra con él durante todo el tiempo de la estancia del padre en casa. Ella ve al padre pero nunca conversó con él. Sólo ha visto que camina como astronauta. Pienso que sí. Que yo podría enamorarme con aquella historia de que el padre camina como astronauta. Mejor dicho de la frase esa. De aquella frase que me dice la muchacha. Pero ya no. No estoy enamorado. Me resulta inquietante la historia. Su historia. Luego nos despedimos. Antes me pregunta si de verdad estoy enamorado de ella. La abrazo. Le doy un beso en la frente. Le digo que mañana iré a su casa a la hora indicada. Que veré llegar al padre desde Tres Pasos. Me dice que está bien. Que entonces le creeré. Le digo que le creo. Que no es necesario que lo certifique. Pero que me encantaría verlo. Entonces sí nos despedimos. Ingreso al Hostal, tomo mis cosas y me marcho a Río Gallegos.
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Anxos Sumai: Os sentidos da perigosa normalidade |
No me besa, tampoco hablamos y yo sólo quiero que la violación sea precisa y rápida, como si fuese a degollar un cordero. Para que nadie sufra más de lo debido, ni él ni yo. Cuando por fin vence la oposición de mis labios y mis dientes, mi lengua se refugia en el cielo del paladar. Siento entonces la primera náusea que me produce el impacto de su sabor genital, tibio e infecto. Me obliga a arrodillarme ante él, y él se mueve adelante y atrás, adentro y más profundo, sin el más mínimo gesto de ternura, sin acariciarme siquiera la cabeza, sólo agarrándome del pelo. Sin palabras, sólo suspiros y, a veces, algún insulto que me cae sobre los hombros mezclado con la baba que le resbala de la boca. Inhalo el hedor que despiden sus heces descompuestas por el vino que le fundió cerebro y sentimientos. La primera náusea me obliga a vomitarle encima la cena de la noche. Pero a él no le importa. Vomito, trago mi vómito y al mismo tiempo siento como me crece contra el paladar la brutalidad de mi amante, su degradación más triste, y sólo quiero que sea preciso y rápido para acabar pronto, para que deje de tirarme del pelo, para que acaben los insultos, para librarme de las heces que me hacen vomitar de nuevo. Que sea preciso y rápido. Que cuando eyacule, el semen vaya directo a mi garganta y salte las papilas gustativas para no tener que vomitar de nuevo y tragar los trozos de carne, verduras, pescado de la cena. Y dormirme pronto, degollada como un cordero triste, hueca y empachada.
Cuando desayuno al día siguiente, cuando bebo cerveza con las amigas o cuando quedo a comer con ese montón de carne en forma de pene, sólo puedo sentir el sabor del semen. No importa que coma deliciosos percebes o que beba el mejor albariño, sólo siento el sabor de aquellos mocos lechosos que manan de ese hombre que, cuando menos lo espero, aparece en mi casa y me mete en la boca su polla flácida y triste.
Su sabor forma ya parte de mí. Incluso cuando lamo mi piel, mi propia piel, es como si lamiese el cuerpo de mi brutal amante.
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El día que conocí a Favio |

Por Yoel Novoa
Al día siguiente, me aparecí por el taller y comenzó una historia entre él y yo, maravillosa. El óleo apalabrado quedó en suspenso hasta que me lo dio el mismo día que se realizó el famoso remate. Pero mientras tanto -un lapso de unos tres meses-, todos los días anduve por su taller, amándolo y aprendiendo de él. Viéndolo cagarse de risa con todos y contra todos, agarrándose a trompadas por la diferencia que un amarillo podía tener con otro amarillo. Chupándose todos los alcoholes y queriendo cojerse a cuanta mujer le gustara, incluso a su suegra a la que le juramentaba su calentura delante del mismo suegro.
El dejó de llamarme "pendejo" y empezó a decirme "poeta" porque yo le leía cosas que escribía, Siempre socarrón y con una carcajada a boca de jarro. A su vez yo empecé a llamarlo como le decían sus amigos: "mono".
Los sucesos de aquellos meses entre Duarte y yo, ameritan un trabajo más extenso queste post. Entonces vayamos al momento en que aparece la mierda...
La mierda tenía forma humana y se llamaba Carlitos. Un personaje curiosísimo peinado a la gomina. Un gran camelero que apareció chupándole las medias a Duarte, calentándole el agua no solo para el mate, sino que también para los pies. Sucedía que Duarte aunque gastaba aspecto de croto, de golpe vendía obra y recibía premios y andaba cargado de guita.
Duarte me había dicho: "Pendejo, si venís al taller y yo no estoy, andá al bar de la esquina, chupá y morfá lo que quieras, y que lo anoten a mi cuenta". Lo mismo le dijo a Carlitos, entonces el personaje se traía a desayunar, almorzar y cenar, a su mujer y dos hijos. Todo a cuenta del mono.
Durante los vaivenes, Carlitos empezó a ser el "secretario" de Duarte. El alcoholismo del mono daba para todo.
Para mi, llegar al taller y encontrarme con Carlitos, fue un motivo de alejamiento, pero de todas formas seguí dando vueltas por allí.
Resulta que Duarte y Leonardo Favio fueron amigos de chicos, amigos de la calle, con amigos comunes. Carlitos averiguó que Duarte le había prestado un óleo a Favio y que Favio lo tenía "de gratarola" desde hacía, digamos, cinco años. "Justo ahora que canta y está forrado en guita".
Entonces Carlitos se presentó en la casa de Favio y Favio no estaba. Si estaba su mujer Carola. Carlitos le explicó la problemática del polémico cuadro. Carola no entendía: "¡Yo que se! Llevate el cuadro". "Sí, me lo llevo -razonó Carlitos- Pero ¿y el alquiler? Todos estos años quel cuadro estuvo en esta casa, ¿quién lo paga? Dame plata". " No tengo". "Entonces dejame llevar algo de valor... ¡El equipo de música!". "Llevate lo que quieras, pero dejate de joder". Y Carlitos se trajo al taller de Duarte el equipo de música de Favio, y el cuadro. Duarte, alcohólico buenazo, contentísimo con lo que había hecho Carlitos...
Más a menos al día siguiente desta cuestión, llegué al taller y el mono no estaba, entonces me apoyé en una baranda a esperarlo.
Desde donde yo estaba apoyado, bajaba una escalera de mármol a la calle.
Era el comienzo de la tarde. Bajo la luz del sol y enmarcado por la puerta de calle, frenó un auto y de él, bajó Leonardo Favio empilchado con traje e impecables zapatos blancos, camisa negra. Tras él, un morocho corpulento con la camisa arremangada. Favio delante y el morocho detrás, subieron corriendo las escaleras, pasaron a mi lado ignorándome, y Favio golpeó estruendosamente la puerta. La sacudió haber si abría, hasta que comprobó que no se podía. Entonces giró y me encaró: "¿Sos amigo del mono?". "Si". "¿Le decís que me devuelva mis cosas?". "Si". Yo estaba arrobado, maravillado ante el fabuloso personaje de blanco, y su guardaespaldas. Me miró a los ojos por una fracción de segundos, y se fue.
Cuando llegó Duarte le conté: "... Y vino con un negro grandote".
Ahí Duarte estalló: "¡Que venga con quien quiera que los reviento a trompadas a todos!"...
Los entretelones del final del entuerto, los desconozco porque me fui de viaje.
Al volver me enteré que Carlitos había terminado robándole un montón de plata al mono y quel mono lo había hecho de goma a Carlitos.
En cuanto al asunto del cuadro. Duarte le devolvió a Favio su equipo de música, pero ambos amigos dejaron de ser amigos.
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Vuelvo a Sudáfrica |
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En el acantilado |
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Anxos Sumai: Fuimos las novias de los Beatles |
de escribir "pararé sobre tu tumba / hasta asegurarme de que estás muerto",
de conocer a Lennon y ofrecer a los Beatles el primer cigarrillo
de marihuana: "las palabras perdieron su sentido y ya no significan tanto como antes".
Helena se acerca al congelador y yo me dispongo a abrir dos botellas de cerveza. Siento como la esfera que envuelve a mi amiga está a punto de chocar con la esfera que rodea al combi. Inmóvil, sin mover la cabeza, espero el grito -porque de Helena, siempre irritable, sólo puedo esperar un grito. Pero le nace una canción antigua: In the town where I was born, lived a man who sailed to sea... La miro divertida y la veo inspeccionando el interior de la nevera. Se diría que las dos se fundieron en un abrazo de luz amarilla.
-¿Recuerdas? El submarino amarillo llegó en un mercante coreano -me dice mientras se aleja del combi y echa mano de mi cajetilla de tabaco. Enciende un cigarrillo. Yo le ofrezco la botella de cerveza- Me gusta esa imagen: un submarino que viaja en la maleta de mi primo dentro de un mercante asiático. Fue bonito, ¿verdad? Siempre nos traían paraguas plegables, jabón y caramelos. ¿Te acuerdas? Pero el Yellow submarine fue lo más bonito que nadie nos regaló nunca -se queda callada, fuma y vuelve a cantar In the town where I... - Aunque, pensándolo bien, es una canción totalmente imbécil.
Sí, es una canción totalmente imbécil. Pero eso lo decimos ahora porque las palabras de entonces perdieron su sentido y no significan tanto como antes. Lo decimos ahora que ya no recordamos la consistencia que tenían las esferas que chocaron para ofrecernos la música de nuestra liberación, el camino de salida. Yellow submarine era como una contraseña que pronunciábamos para que se nos mostrase el mundo que estaba al otro lado de lo poco que conocíamos, y nos nació una pasión nueva: los Beatles. Cualquier música que sonaba en la radio en un idioma desconocido y que nos gustaba decíamos que era la música de los Beatles, aunque lo más seguro es que no lo fuese. Ellos aparecieron en nuestras vidas en ese tiempo fronterizo en que la ingenuidad, los cuerpos y los sueños sufrían las primeras violaciones; en que el dolor y la conciencia de la mortalidad comenzaban a transformarnos en granito y vino ácido como la gente que nos rodeaba. También era el tiempo en que nos cubríamos con los velos de boda de nuestras madres y algo debajo de los vestidos hormigueaba y producía un delicioso placer clandestino. Comezamos, entonces, a bailar como posesas sobre las voces de nuestras madres, que entonaban nostálgicas melodías de Luis Mariano mientras lavaban la ropa en el río o limpiaban la casa, y exhibíamos orgullosas nuestro pechos recientes.
El placer tenía entonces la consintencia de lo líquido, como ahora que bebemos cerveza y recordamos que durante un tiempo fuimos las novias de los Beatles. Las únicas, las auténticas novias de los Beatles: los adorábamos, los dibujábamos en los cuadernos del colegio, recortábamos las fotos de las revista y las mirábamos, a escondidas, en la cama antes de dormir. Ellos, los tripulantes del submarino amarillo, nuestros primeros amantes, nos arrancaron de la infancia como si fuésemos mejillones agarrados a las piedras y nos llevaron a la consistente carnalidad del placer, de la muerte y del dolor. Elllos fueron nuestro antídoto contra todo mal, las voces que nos acariciaban para liberar el nuevo deseo de que alguien fuese para nosotros y hurgase bajo nuestras faldas y nos dejase la mirada estupefacta, un asomo de saliva en los labios y las primeras lenguas de humedad en las ingles.
Hasta que el mercante asiático, otra vez en la maleta de mi primo, nos trajo una nueva canción: Honky Tonk Woman. La canción de mi vida, la canción que Helena siempre odió. Los Rolling Stones se convirtieron en mis dioses y dejé de ser cualquier novia de los Beatles para convertirme en Marianne Faitful, e incluso pelando cebollas llegaba a sentir una ambigua forma de satisfacción. Pero esa es ya otra historia. Tiene que ver con una esfera que nunca rozó la esfera que cobija a Helena. Sólo rozó la mía y me nacieron deseos que nunca germinaron en ella. Pero, aún así, seguimos siendo amigas. Ella quiso ser Yoko Ono y yo Marianne Faithful, dos niñas que arañaban la tierra, el agua y el aire. Ella, Yoko, y yo, Marianne, perdemos los hijos de nuestros ídolos el mismo día, quizás a la misma hora y en el mismo minuto. Y fue entonces cuando decidimos dejar de ser ellas para ser nosotras, embarcar en los mercantes asiáticos y no esperar que nos trajesen la vida desde fuera.
Acabamos la cerveza y nuestras esferas se separan. Mañana volverán a rozarse, habrá música y gritos, porque cada instante seguirá siendo una excepción. Mientras, la madre de Helena congelada en forma de croquetas dormirá entre un par de pizzas, guisantes cocidos y calamares sin ojos. Y un submarino amarillo.
Dylan le dijo a Marianne Faithful que escribiría un poema épico sobre ella. Lo escribió y se lo rompió delante de las narices.
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La gruta del Santo |
Ya estamos ante la gruta del santo. Hemos llegado a la gruta del santo. Un clamor poderoso se levanta hacía el cielo. Hacía el cielo de Patagonia. Diviso un par de gorriones que se posan sobre la cabeza del santo. Miro a Carme caer de bruces. A Gianina lívida, en trance, ida. A Herman enloquecido clamando el milagro. A Aeneas sobre una camilla rumbo a la Cruz Roja. Pasan las cuatro estaciones en cinco minutos. Es habitual en Patagonia. Luego el Sol se levanta y sus rayos caen perpendicularmente sobre la gruta. Sobre la gruta del santo. El Santo patrono de la eyaculación precoz.
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La facultad poética del mundo interior |
Aislado del mundo por ventanales y agujeros,
Con terapias y dosis de extraños líquidos
Cuyos nombres no recuerdo,
Descubrí que nunca había amado a una mujer.
Amé una Causa,
Amo la Palabra,
Amo la nieve, el viento, el desierto, la lluvia,
Amo los países y ciudades donde he estado,
Amo la muerte, los insectos, los gusanos, las gaviotas,
Los mitos, las leyendas, las ideas, los libros, las jirafas,
Las huellas,
Pero mi novia siempre ha sido la Poesía,
La música ha sido un amor inconcluso,
La pintura y el dibujo fueron pasiones que dejé ir,
El teatro fue y es una fuente de energía pues escribo
Y actúo frente a mi propio escenario;
En el cine he sido personaje y director solitario,
Guionista de mis aciertos y errores, con diversos nombres.
Pero nunca he amado a una mujer,
Me gustan las mujeres, he vivido con ellas, he procreado hijas
Que perdí para siempre y me aislé en la soledad de mi biblioteca
Escuchando a Vivaldi, Mozart, Bethoven,
A los pájaros de mis casas o departamentos
Asistiendo a extrañas reuniones conspirativas con poetas
Y los eternos asiduos al Poder.
Cada una de mis mujeres han sido tiernas, expertas en calendarios,
En lingüística, educación diferencial, psicología, leyes, física cuántica,
Y yo les ayudaba a escribir sus tesis invadiéndolas con poemas,
Llevando a casa gatos abandonados,
Perritas en celo, a los que alimentaba con comida casera,
Sandwichs de tocino, carne de pavo.
Nunca les escribí un poema de amor,
Sólo mensajes encriptados de Verlaine, Lope de Vega, bodegas de Haikus,
De odas, y porfiaban para que celebre mi cumpleaños
Mientras yo leía las vocales de Huidobro, Rimbaud, Vallejo,
Literatura hindú, ridiculizaba a los Románticos,
A los ideólogos del Realismo Socialista,
A los viejos Modernistas en desuso.
Una tarde Payasita, me dijo qué íbamos a hacer con los cuadros
De Monet, Renoir, Gauguin, Rodin, Whistler,
Porque que había que pagar su parcela, su invernadero,
Sus triciclos, sus cremas, el gimnasio, sus zapatos italianos,
2
Y yo le dije que no importaba, que lo lleve todo,
Que solo deje mis libros,
Que me deje solo, que se vaya a la punta de un cerro
Y me dejara vivir en la Belleza.
Que todo se lo lleve y pague.
Todo es mío, le dije, te lo regalo, no me importa tu presencia,
Empezaré de nuevo a buscar a esos maestros en algún lugar del planeta.
Se lo llevó todo y un año después la encontré en un bar de Buenos Aires.
Te he buscado, me dijo, sé que estás releyendo a Girondo, Lugones, Borges, Artl, Piglia,
Carriego, Sábato, en sus rincones, me lo dijo un librero.
Estaba bebiendo un gin tonic, una cerveza helada y la quedé mirando
Fijamente durante cinco minutos.
Quiero darte un beso, me dijo, vamos a mi hogar.
Pensé en los ejes en los cuales ha girado mi vida.
Pensé en los versos que estaba escribiendo a los cuales rescataba
De un pozo;
Pensé en mi exilio interior y exterior
Y me marché hacia el Río de la Plata a seguir leyendo.
Ella me siguió hasta el taxi y me fui para siempre.
Qué es el amor?, me pregunto.
¿Dar y recibir?
¿Aceptar a la pareja como es?
¿Trabajar una relación con lentitud, de a poco?.
¿Entregarse y entregar?
¿Tener miedo?
¿Quién dice primero que se quiere?
No el deseo, porque eso es fácil y se palpa.
¿Caminar, andar, mirarse, establecer vínculos perpetuos,
Respirar los mismos olores, hablar el mismo idioma?
Al salir del Hospital Psquiátrico de Valparaíso,
Pensaba en la Belleza, en la Autodestrucción,
Pensé adónde iría sin amar.
Y sin amor.
Era tarde, recuerdo, y comencé a llorar en una pieza desierta,
El llanto era tan grande que sangraba mi nariz,
El estómago, el alma.
Por supuesto, lloraba en silencio, sin música,
Como suelen los guerreros caídos llorar en las cuevas,
Como lloran los presos en los Campos de Concentración,
Y me enamoré de mi almohada, de mis pantalones rotos,
De un armario vacío, y acariciaba los dos libros
Que me acompañaban escritos por mí.
Después me enamoré de una radio a pilas,
De un par de moscas de la habitación,
De un candado que traía del hospital,
De una sábana con sangre,
De un vidrio roto del comedor de la Mansión
3
Donde intentan sanar mi alma.
No quería pedir ayuda y borré a todo el mundo de una posible
Lista de visitas y llamadas telefónicas.
Sólo Tac, mi personaje favorito estaba conmigo,
E intentaba descifrar mis poemas escribiendo con letras
Rojas, verdes, azules, la palabra "Amor", la palabra "Compañera",
La palabra "Amigo".
Tac enloquecía pues empecé a enamorarme de nuevo,
Ahora del alfabeto, de los adjetivos sin vida,
De las metáforas con la palabra resfrío.
Una tarde llegó mi amigo el poeta Enrique Moro y lloré.
Una tarde llegó mi amiga psicóloga Cecilia Valdivieso y lloré.
Apareció mi amiga poeta y cantante Karen Devia y lloré.
El Psquiatra y las psicólogas me dijeron que estaba bien;
Que por fin lloraba.
Me dijeron que era un cebollín o una cebolla,
Ahora había que deshojar la armadura,
"porque las bibliotecas como tú no piensan"
Me dijo el Director del Hospital Psquiátrico.
Ahora tengo miedo,
Porque la Belleza hay que disfrutarla y no vivir en ella,
Y borré a Mallarmé de mi lista de lecturas
Porque lo tengo incorporado a mi acervo.
Tengo que caminar por un mar real y no metafísico,
Tengo que andar de nuevo por la nieve y no sólo
Escribir sobre ella,
Tengo que mirar a los pájaros y no conversar en los árboles,
Tengo que recuperar a mi búho y no inventarle un lenguaje
Para charlar sobre la "Poética Aristotélica",
Tengo que dejarme querer para que pueda aprender a hacerlo.
Hay tantas, demasiadas cosas por conocer, demasiadas.
Hacer el amor en una selva con una mujer africana,
Porque no pude hacerlo en Moscú,
Pero ya es sólo una ilusión porque ella murió en la guerrilla.
Tengo que aprender a bailar
Porque sólo lo he hecho en los prostíbulos,
Tengo que aprender y aprendo a conocer mujeres
En su dimensión humana y no con sus personajes,
Tengo que aprender a vivir con mis libros
Y que no lo sean todo.
Tengo que aprender a escribir sin descuidar a mi futura pareja.
Tengo que ir al cine con niños y niñas a ver películas
Porque siempre seré un niño,
Tengo que aprender a decir "hola", "te quiero", "vamos a un río",
Pero no en forma literaria.
Tengo que aprender a llorar y abrir mis sentimientos
Y no ser un robot en los cafés, en recitales,
Tengo que luchar por mi propia causa e intentar ser feliz
4
Con un pan, con un vaso de agua, con una naranja.
Entonces, tengo más miedo.
Miedo a enamorarme, pero ¿cómo decirlo?.
El poema está en mis venas, en mis arterias,
En mi corazón, en todo mi cuerpo,
Y nada soy si no escribo.
"Puedes escribir lo que quieras",
me dijo el Doctor de la Mansión
Y trato de hacerlo,
Pero están los malditos conceptos, la semiótica, el estructuralismo,
El automatismo psíquico que revolotean en mi cerebro.
Entonces, intento escribir este poema desde el miedo,
Nunca he escrito desde el miedo, sólo sobre el miedo, sólo en el miedo
Mismo y siempre termino tiritando.
Ahora estoy más seguro, más feliz incluso,
Y no quiero enamorarme de esa palabra.
Ahora estoy en mi habitación lleno de hojas en blanco
Y tengo ganas de escribir un "Estudio sobre Vivaldi"
Y "La Poesía de las 4 Estaciones",
Tengo ganas de correr por el techo,
Tengo ganas de alunizar en mi boca,
Tengo deseos de libertad y no escribirla.
"Se abre tu corazón", me dice Tac,
Mientras devora una hoja del cebollín
E intento terminar el poema sin 3 finales,
Sino con 20 finales abiertos como siempre he deseado,
Elegantes, misteriosos,
Que se abran a distintas interpretaciones estéticas, religiosas,
Ideológicas,
Y la lectora de este poema no me mire a los ojos.
Valparaíso, diciembre 4 de 2009.
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Universos |
Por Fernando Rojas
Sentado frente al PC no se me ocurre nada. Mirar por la ventana y ver un gran barco blanco. Un crucero. Lleno de gente. Cada persona un universo. ¿5 mil universos? Da vértigo.
Gentes venida de todas partes. Bueno seguro que mayoritariamente del primer mundo, arriban a un lugar del tercero que les debe sonar exótico: el Estrecho de Magallanes o Magalhaes como dicen los portugueses. Como sea, pasan gentes en bicicleta o caminando. Con perros. En auto. Universos transitan de un lado para el otro. Un universo pasa corriendo y escupe. Otro pedalea indiferente. Hace diez segundos no pasa ninguno. Pero olvidaba que sobre mi cabeza, atrás y adelante en este edificio y en el de al lado, hay decenas de otros mundos. Cientos de mundos. Todos reales.
Pero el mío no. No es real. O si es real es tanto como una novela. Una que trato de escribir, pero los personajes se rebelan, empezando por el héroe-protagonista, o sea yo.
El no tan joven héroe se levanta una nalga y suelta un sonoro pedo. Luego canta una canción absurda que inventó ya no sabe cuándo que dice "felicidad, la palabra más bella conchetumadre, maraca culiá…" con la música del clásico de los 70 del insulso Al Bano. Baila con las manos recogidas bajo las axilas aleteando como un pollo y con las rodillas flectadas abriéndose y cerrándose al ritmo de la música en su cabeza. Hace cada movimiento como si alguien estuviese pendiente de él todo el tiempo. Como si la cámara lo siguiera, como si el escritor lo guiará, como si dios lo observara.
Creo que el problema es tratar de entenderlo todo. Eso de tratar de entenderlo todo es una proyección religiosa. Tratar de entenderlo todo es equivalente a creer en dios. Es partir de que todo tiene una explicación. Por de pronto el que esté escribiendo la tiene. Aunque no sé si es buena. Mi terapeuta dice que sí. Y tengo que creer en ella o si no estoy perdido y además tirando el dinero. Por lo menos sé que la mina cree en lo que hace, eso se nota. Si no, no perdería el tiempo con pelotudos como yo.
Eh! señor director, eh señor escritor, eh tú dios, sí tú; déjenme en paz por un momento. A ver si ordeno este caos que es mi departamento y mi cabeza.
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Siempre quise tener la pinta de Sergio Mulet |
Por Yoel Novoa
Fotograma de Yoel Novoa en Tiro de gracia.
De chicos al rondar por el Moderno y el Di Tella, nos mirábamos de afuera. Después nos encontrábamos en las fiestas, en las inauguraciones y estrenos, y yo siempre estaba del lado de Sergio, a favor de Sergio.
En edad me llevaría un par de años, pero en estatura y facha, andaba por allá arriba. Él no era de charlar, permanecía hierático y al término de la confrontación que fuera, podía sonreír o rajar una puteada, pero era muy raro que dijera alguna frase seudo larga.
Recuerdo una noche en el Moderno que yo estaba sentado con él, y dos mujeres estaban enloquecidas por llevárselo con ellas a su casa, y él nada: "No. Viejas. Les dije que esta noche tengo la leche prometida. Así que déjense de joder". Y las mujeres, voluptuosas y ardientes insistían llorando, pidiendo por favor, rogando... A mi la escena me tenía al palo. Insinué un: "Si Sergio no puede ir con ustedes, voy yo". Me miraron como al hinchapelotas más grande del mundo, me despreciaron y siguieron tras Sergio sin conseguir nada. Yo por mi lado supongo que habré terminado esa noche, a solas, salutando una paja endemoniada.
Generalmente las fiestas de entonces se amenizaban con Striptease y un poco de violencia. Una noche, en casa de Santatonín, Sergio se agarró a trompadas con un cubano anticastrista y ambos se pegaban como pesos pesados profesionales. A mi también me gustaba la violencia y entonces me metí a separarlos. A los dos yo les llegaría a la altura del pecho y creo que no llegué a tocarlos con mis manos y que ni se dieron cuenta que yo me había introducido entre ellos. Recibí un par de trompadas o rebotes de trompadas, que me sacaron girando como un trompo hasta caer sentado a una distancia suficiente para ver como los contendientes se estrellaban las jetas sin parar. Fue una desas peleas donde no hay ganadores, sino que alguien se va a la mierda y después la fiesta continúa (el cubano se fue con su grupo de amigos y Sergio se convirtió en el centro natural del festejo, con sus moretones, sangrados y ropa rota, que le quedaban fabulosos)
Un día, Sergio me cruzó por la calle y me preguntó (siempre me trataba como si yo fuera una especie de hermano menor): "¿Querés hacer cine Yoel?" y me incorporó al elenco de "Tiro de Gracia", donde laburó la mayoría de los personajes que circulaban por el Moderno y el Di Tella.
Después, cuando se estrenó la película en 1968, yo estaba viajando por América y no estuve para la "premiere". La vi como 30 años después cuando de carambola la pasaron por televisión.
A poco de regresar a Buenos Aires (1978) lo reencontré en un "Moderno" que ya no existía, y me propuso hacer teatro y me incorporó al elenco de una obra extremadamente extraña que se estrenó en el teatro "Estrellas". Creo que se llamaba "Historia de Pablo" o "Los sueños de Pablo". Me dio el papel protagónico, la cuestión que yo tenía que estar todo el tiempo en el escenario sin saber que hacer. Cuando en los ensayos le preguntaba: "Sergio ¿qué hago?". Me contestaba: "Dale Yoel. No seas ladrillo". La puesta fue un desastre. El resto del elenco, una veintena de estrellas y estrellitas, me odió por lo que improvisé aquella noche. Entonces se confabularon y decidieron echarme. Sergio aceptó la propuesta, él muy en otra cosa como diciendo "Hagan lo que quieran pero no me rompan las pelotas". No llegaron a reemplazarme, porque Sergio desapareció del país. Gobernaban los milicos y Sergio estaba envuelto en muchos dichos u diretes. Misterios que él era el menos interesado en aclarar.
La cuestión que desapareció por unos diez años por lo menos. Y el nuevo reencuentro fue su voz por teléfono: "¡Qué hacés cucarachón! ¿Así que ahora comprás libros?". Y me vendió las colecciones de historietas de un hermano menor que acababa de fallecer. Hicimos la opereta y lo traje a casa. Le gustaron mis esculturas, me presentó a sus hijos gemelos y a su hija, comimos asados, nos hicimos asiduos. Dijo que en esos años había conseguido trabajo como "guardaespalda" en España y ahora los que trabajaban de modelos, eran sus hijos.
Y de nuevo el misterio.
De pronto desapareció nuevamente...
Hasta el día de hoy no supe más de él. En una compra que hice del archivo fotográfico de la revista Radiolandia encontré varias fotos de Sergio con Nuria Espert en España -los dos frente a frente y la actriz contemplándolo con simpatía-. Esas fotos corresponden al período en que él dijo que trabajaba de guardaespaldas.
Me contaron aquí, quinientas versiones finalistas, que lo habían matado, que vivía placenteramente en Marruecos... Que...
Yo que sé...
Ojalá que un día destos suene el teléfono y su voz ronca me diga: "¿Qué hacés cucarachón?".
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Se cortó la luz |
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| Dalila Di Lazzaro. |
Me siento a escribir ¡Vaya novedad! Quiero escribir la historia de cuando Bety parte de Río Gallegos a conocer a Sebastián. En rigor, ya se conocían, pero en una sala de Chat. Se conocieron cuando Bety estaba chateando con Roberto. Roberto le dice a Bety que es una amargada. Ahí terció Sebastián. El amargado sos vos le digo a Morocho40, el Nick de Roberto. Dejá de hinchar las pelotas con Florcita. Ahí se fueron los dos al privado. Sebastián con Bety se fueron a una sala privada. Se trata de contar esa historia. El día en que Bety parte a Buenos Aires a conocer a Sebas a quien ya conocía en una sala de Chat.
Prendo un cigarrillo y vuelvo al Word. Todo lo que escribí vale poca cosa. Borro y comienzo de nuevo. Cinco líneas de cuando Bety se marchó a conocer a Sebastián. Quedo medianamente conforme. Prendo otro cigarrillo.
¡Analia Gadé si que tenía un buen culo! ¡Qué será de Dalila Di Lazzaro, le metería la puntita! ¡Que buena que está esa yegua de la Mariángela Melato!
Se corta la luz. Maldigo a la compañía de electricidad. Con las ganas que estaba de escribir la historia en donde Bety viaja a conocer a Sebastián. Salgo, me voy a un bar.
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Gracias Hank |
Estaba a punto de quedarme dormido cuando llegó. Santa Claus. Borracho. Hecho mierda. Una basura. Apenas se sostenía en pie. ¿Qué mierda haces acá? Nadie te llamó. Me manda Bukowski. Te vengo a dejar tu regalo. ¡Buena mierda! ¿Es que acaso no puedes llegar a una hora más oportuna? No a las doce de la noche cuando llevo seis horas bebiendo. Lo siento. Es mi hora de llegada. Antes pasé por Dylan Thomas. Por Céline. Por Henry Miller. Por John Fante. Y ahora estoy aquí. Frente a ti. Te vengo a dejar tu regalo. El regalo que te manda tu amigo Bukowski. Voy a ser breve y te lo digo ya. Hay otra gente que espera. Yo soy tu regalo. Sí, yo soy tu regalo.
Fue el mejor polvo de mi vida. Gracias Hank.
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La muerte de Santa Claus |
LA MUERTE DE SANTA CLAUS
Ha tenido dolores en el pecho
por varias semanas, pero los doctores
no hacen visitas al hogar en el Polo Norte.
dejó de pagar su seguro médico Blue Cross,
se marea cuando le hacen exámenes de la sangre,
las batas del hospital siempre se le abren, las
salas de espera le causan dolor de estómago, y
de todos modos nada más tiene indigestión, por lo
menos eso pensaba, hasta el día en que al estarles
dando de comer a los renos, sintió como si la mano
de un monstruo le hubiera agarrado el corazón
y no dejara de apretar. No puede respirar, y el
mundo blanco tan hermoso se torna negro,
y cae sobre su panza de gelatina en la nieve
y la Sra. Claus sale corriendo de la fábrica
de juguetes, gritando, y deja a los duendes
frotándose sus manitas nerviosas, y la nariz
de Rudolph se prende y se apaga como una luz de ambulancia
triste, mientras en Houston Texas en una de esas casas en serie,
yo, de 8 años, le digo a mi mamá que los mensos
de la escuela dicen que Santa Claus es pura mentira,
y ella, tomándome la mano, se sienta conmigo en el sofá
de flores moradas, con lágrimas en los ojos,
y con una terrible noticia en la garganta.
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La hija de Norma |
Viene a comprar la hija de Norma y me pregunta por el equipo de filmación que trabajaba enfrente de casa. Ella los vio y le llamó la atención. Me pregunta quién era esa gente. No son de acá me dice. Qué estaban haciendo en Puerto Natales. Le digo que estaban trabajando en un documental. Me pregunta un documental de qué tipo. Yo le digo que un documental sobre mi vida. Se ríe. No puede parar de reírse. No puede parar. El contagio es rápido. Yo también me largo a reír. No podemos parar de reír. Se produce una puja. Quién ríe más. Le digo que son 500 pesos. Pero sigue riéndose. Yo también sigo riéndome. No podemos parar. Ya más tranquilo le miento que es un documental sobre Puerto Natales. Eso sí te creo, me dice. Se va riéndose. Vuelvo a mi cuarto. Vuelvo a zambullirme en el anonimato cotidiano. Y escribo. Escribo La hija de Norma.
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Diversión |
Daniel mientras tanto, graba en su celular la gran follada con Luisa mientras hablaba con Carlos. Luego lo sube a Internet. Y pone por título, Guarra puta le miente a su novio.
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Elecciones en Chile |
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Frazada |
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La chica que me gusta |
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Venecia |
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Irene y Enrique |
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He terminado con Mónica |
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Una chica de vida fácil |
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El Alcalde que Natales se merece |
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Acá no pasa nada |
Es que no pasa nada. Acá no pasa nada. Te lo puedo asegurar. Acá no pasa nada. Y hay que inventar porque aquí no pasa nada. Y en eso estamos, inventando, porque aquí no pasa nada. Y voy por la calle en donde no pasa nada. Y encuentro a gente que no le pasa nada. Voy por los bares en donde nada pasa. Me encuentro con amigos que no les pasa nada. Me llama Javier que no le pasa nada. Luego me llama Sofía que no le pasa nada. Y luego llega triste Francisco y le pregunto qué le pasa, me dice que no le pasa nada. Nada, en ningún lugar pasa nada. En la televisión no pasa nada. En Beijín no pasa nada. En Nueva York no pasa nada. A Sharon Stone no le pasa nada. A Nicolas Sarkozy no le pasa nada. A la Nasa no le pasa nada. A Colombia no le pasa nada. A nadie le pasa nada. Le cuento a Gustavo que acaba de dejarme Romina. Que estoy desesperado. Que pienso matarme. Que era el amor de mi vida. Que sin ella mi vida no tiene sentido. Me dice que no pasa nada. Que Romina es una listilla. Que antes de mí, intentaron matarse por ella Pedro, Felipe y Juan Carlos. Que nadie merece matarse por ella. Escribo en un cartel ACÁ NO PASA NADA. Me mato.
Ilustración de Javier Molinero.
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Vacaciones en Europa |
Y fue así como descubrí el asunto. Porque luego vino Roberto, Santiago, María, Alejandro. Gente que yo conocía. Gente que tenía problemas. Luego vino una señora que trabajaba en una fábrica. Una profesora jubilada. Un comerciante en telas. Un ingeniero químico. Y me contaban sus vidas. Sus historias. Sus pequeños o grandes logros. Sus tristezas definitivas. Todos ellos salían con libros bajo el brazo. Les recetaba, según el caso, un Borges por la mañana y un Kafka por la tarde. Una semana de Gonzalo Arango. Tres días de Vallejo. Un mes de Marcel Proust. Una Temporada en el Infierno. Siempre quise ser un emprendedor. Y por fin lo he logrado. La terapia a través de los libros. De la lectura. Y en eso estoy. Tres pacientes al día a cincuenta euros. De lunes a viernes son 750 euros. En el mes son 3.000 euros. En el año son 36.000 euros. Pero en verdad, el dinero es lo que menos me importa. Lo verdaderamente importante de todo esto, es que me ha servido para deshacerme de libros, que jamás tendrían que estar en mi biblioteca. Además de vacaciones en Europa.




















