Que bailes desnuda sobre mi oreja

Que bailes desnuda sobre mi oreja



C
ADA tanto los ángeles del hastío suelen visitarme. Suelen visitarte. Cuando cumplo años. Cuando lo cumples. Cuando la temperatura baja o sube. Cuando el horizonte es una nube de chacales. A quién le importo yo en definitiva. A quién le importamos en definitiva. Estoy acá para no ser tomado en cuenta. Para engrosar las filas de las desdichas. Nosotros. Tú y yo. Los que estamos a punto de sufrir un accidente. Nosotros. Los parientes de un oscuro presagio. Nosotros que bailamos llorando. Nosotros que suplicamos alegres. Que sacamos el boleto de ida y vuelta. Que por un error del piloto nos sumergimos en el Océano. Nosotros frágiles envoltorios de un suspiro. Nosotros los magníficos. Los que tenemos la vida planificada. Nosotros que estamos a punto a llegar a un acuerdo. Estamos a la deriva en un barco fantasma. Lemúridas ateridos de escarcha y malos presagios. Deberemos recorrer el imbécil trayecto. Y luego la nada. No existe premio que conforte a los muertos. No hay estrellas de la fama para el naufragio. Somos basura cósmica espacial. Un absurdo estelar. Eso somos. Mientras tanto. El parloteo constante de comunicarnos. Contigo, conmigo, con nadie. La lápida es el exacto dominio. El momento. Cada cual merece morir. Cada cual merece su muerte. Pobres historias profanas, absurdas e ignoradas. Si no es así. Espero verte dentro de diez millones de años luz. Que vengas. Que bailes desnuda sobre mi oreja. Que me digas que no tuve razón.


2 comentarios:

esa doble complicidad del vacío*

Si hay algo que me molesta es el maltrato a una oreja porque me recuerda ese incómodo dolor que se sufre cuando durmiendo se nos queda la oreja plegada bajo el peso de nuestra propia cabeza. Las orejas deberían poder quitarse de noche para dormir, y dejarse sobre la mesa de noche (o de luz, que dicen por allá).