En algún lugar del mundo

No sé, cada día que pasa siento que soy utilizado.
Que soy utilizado por las mujeres.
Ella nada más ven en mí a un objeto sexual.
Una polla poderosa que cura sus heridas.
Tienen conmigo sus múltiples orgasmos
y luego se marchan como si nada, tan campantes por la vida.
Luego las zorras se pasan el dato entre ellas
y llegan y llegan y no paran de llegar.
Todas queriendo lo mismo,
¡Por el amor a Dios! Dicen.
Por favor te pido que me lo des, por favor.
Vivo un verdadero infierno,
esto que me pasa no se lo doy ni a mi peor enemigo.
En verdad que no doy abasto.
Incluso a veces debo salir de gira
a lugares remotos, cruzando mareas, a otros continentes.
Mi fama traspasó fronteras.
Aterrizo en Madrid, desayuno en Beirut
y me voy a la cama con Stefanie de Ontario.
Todas quieren lo mismo, sexo y más sexo.
¡Soy un ser humano! ¡Tengo sentimientos!
Me gusta el fútbol, el ajedrez, el polo acuático.
Pero no, solo eso, nada más que eso ven en mí.
En algún lugar del mundo está la chica, mi chica,
esa chica que también le guste el fútbol,
el ajedrez y el polo acuático.

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Por ese amor a Mozart que tienes

Dime por qué te enamoraste de mí. Me pregunta. ¡Qué decir! Bueno, no sé, tu pelo. Esa forma de caminar que tienes. Tu sonrisa. La manera de salir adelante en la vida con tu hijo pequeño. Por ese amor a Mozart que tienes. Por tantas cosas. Porque estás cuando te necesito. Y cuando no te necesito también estás. Porque amas a tu gato lo mismo que a tus padres. Porque estás en contra de este gobierno de mierda. Porque te gustan las grosellas. Los amaneceres. Porque me escuchas. Es que nadie escucha a nadie en verdad. Me enamoré de ti porque te gusta lo mismo que a mí: Fassbinder, Lois Pereiro y Ramón Díaz Eterovic. Me gusta verte implicada en cada instante con los desamparados. Luchando frente a los maracanaces de turno. Me enamoré de ti por mandato divino. Porque estaba escrito en todo libro sagrado. La abracé. Se dio vuelta. La atraje hacía mí. Ni loco le diría que lo primero que vi en ella fue su culo.

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Una vez más Marcela Muñoz Molina



Nitroglicerina

Nadie ama realmente a los poetas. La gente les huye como a los prestamistas, los enfermos de tuberculosis. Se acercan un poco, para ver de qué están hechos, si son reales, si sangran. El instinto les avisa que es mejor alejarse. Los poetas llevan consigo las llaves de la muerte. Cargan cajas con tubos de nitroglicerina como los trenes del lejano Oeste. Cualquier movimiento en falso puede provocar un desastre.
Hay que tener buen pulso y nervios de acero para ser poeta. No puedes perder de vista la mercancía, eres un esclavo de ella. A pesar de eso, la gente los mira de lejos y los envidia un poco. No cualquiera juega con la vida y la muerte todos los días. No cualquiera ve. No cualquiera cree sin ver. No cualquiera se hunde en la piscina de los tormentos sin saber nadar. Es un trabajo más noble que cortarles la luz a quienes no pagan sus cuentas o ser Ministro de Cultura. Los poetas al menos, sienten amor por lo que hacen. A pesar de eso, nadie los ama.
También están los otros, esas personas a quienes nunca le gustaron los trenes.


Sólo el rock

Cuando me falta el aire y pienso a quién heredaré mis pertenencias.
Cuando despertar es un tormento, pero aún así me disfrazo y salgo.
Cuando el filtro de los colores falla y todo aparece como en realidad es, blanco y negro.
Cuando mi pecho es un caballo desbocado dispuesto a matar.
Cuando abro las compuertas del odio, para ganar unos segundos más de oxígeno.
Cuando camino por la calle lamentado la ausencia de un calibre 38 en mis bolsillos.
Cuando los veo y ellos saben que mi desprecio por sus almas es superior a mi hambre.
Cuando la idea de morir devorados por una aurora boreal me perece demasiado benevolente.
Cuando no tengo más alternativa que saltarme el proceso e ir directo a la ejecución.
Cuando me doy cuenta de la milésima diferencia que existe entre alguien que lee a Artaud y una rata.
Cuando compruebo una vez más que las monedas no solucionan el problema de la pobreza.
Cuando mi desprendimiento es violento, peor aún que una muerte no anunciada.
Cuando las hienas se acercan y no las reconozco
Cuando los buitres me sobrevuelan en círculos
Cuando hacerlo todo vuelve a servir para nada.
Cuando debo retroceder y apretar los dientes
Cuando no siento el peso de abandonarlo todo
Cuando me olvido de la contemplación
y acuño mi revancha en el silencio
Cuando camino por los bordes
Y desprecio los árboles
la lluvia
el sol
el aire
el mar
y la sangre.
Entonces sólo el rock y nada más que el rock.

Santiago de Chile 9 de marzo del 2012.

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Armando Manzanero

Voy por ahí pateando piedras y no titilan los putos astros azules a lo lejos. ¡Tanto daño nos causó Neruda! Y así, sin rumbo fijo llego a la casa del Poeta. El Poeta asistía a un encuentro de poetas. Es lo que me dice su mujer. Eso suele suceder. Que los poetas tienen encuentros. Y se reúnen. En cualquier lugar del mundo. Se reúnen. En Madagascar o en Caleta Olivia. Se reúnen. Increíblemente aquello sirve para su currículo. Incluso le entregan diplomas. Fulano de tal, etcétera. Entonces me entero que El Poeta estaba en las Islas Seychelles asistiendo al Primer Encuentro de poetas por la Paz Mundial. Pasaba por acá le dije. Me dijo que lo perdonara. Que no estaba preparada para recibirme. Que la esperara. Que se cambiaría. Fueron diez minutos en que me tomé todo el coñac Napoleón que quedaba de la botella. Qué tal me dijo al volver. No traía casi nada puesto. Aquello me disgusta en las mujeres. Es que desnudos, salvo un par de diferencias, nos parecemos. Le digo que podría haberse dejado por lo menos una hoja de parra. Va y vuelve con faldas. Borracho le digo que no me gusta follar con mujeres cuyos maridos asisten a encuentros de poetas. Se pone a llorar. Siempre que llora una mujer me dan ganas de matarla. Me pongo mi abrigo. Tiro el cigarrillo al piso y lo piso. Me largo. Pienso que para otra vez, en un caso así, apretaré el gatillo. Llego a casa y pongo un bolero. En definitiva. Soy un romántico.

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La mayor vocación: ser humano



Por Juan Mihovilovich

(A propósito de Aysén y de algo más)

"Pero si Dios es las flores y los árboles/ y los montes y el sol y el claro de luna/ entonces creo en él/ entonces creo en él a todas horas/ y mi vida es toda una oración y una misa/ y una comunión con los ojos y por los oídos."
-Fernando Pessoa/El Guardador de Rebaños/-


Hace poco leía en una novela sobre la supuesta antinomia entre hacer historia y hacer política, y el personaje, ya descreído, desesperanzado, pero práctico al fin y con pleno conocimiento de la naturaleza humana, concluía que hacer política era lo aconsejable, toda vez que la historia no sería sino una paupérrima extensión de aquella. Podrá ser o no compartida esa idea. Es más, suele ser utilizada por la dirigencia de turno para escribir de un modo determinado la historia, creyendo -o sabiendo- que, precisamente, un núcleo reducido controla y decide el devenir de las mayorías. Probablemente sea así. Suele ser así. Es más, en la dilatada historia de la humanidad es evidente que quienes no exceden los dedos de una mano han resuelto el futuro de imperios o civilizaciones enteras. Por ello no puede ser novedoso a estas alturas que los Estados modernos restrinjan al máximo la intervención colectiva y la utilicen conforme los intereses "concentrados" de unas pocas fortunas, las que deciden qué tipo de información entregar, dónde y cómo, con el objeto de que el individualismo a ultranza parezca un pálido remedo de la decisión mayoritaria, inexistente, por cierto. Y no es que se propugne el estallido social como una forma de hacer política y luego historia, o sencillamente como una contrapartida necesaria o exigible. Por lo demás, suele ocurrir, sobre todo en los sistemas liberales modernos (post modernos para ser más precisos) que las individualidades parezcan ser tales, parezcan tener conciencia de sí mismas cuando apenas son la expresión semi inconsciente de los intereses de esos grupos reducidos y "controladores" que reproducen, ya no un sistema político claramente ideologizado, (aunque la ideología está presente de un modo novedoso y diferente al de unas décadas atrás) sino que apelan a la codicia humana como una suerte de instinto de sobrevivencia. Si se quiere ser alguien o algo en la vida social o comunitaria es preciso que el individuo de al lado se alce, ex profeso, como un competidor, real o potencial, irrefutable o posible. Y si se quiere acceder a la felicidad (término tan manoseado y utilitario) se suele asociarla a la realización de los sueños. Pero no la de los sueños trascendentes (porque tales sueños existen y han dado pábulo a las mejores páginas de la literatura universal, independientemente del género de que se trate), sino a aquellos "mediatizados" por la elaboración "perversamente pensada" de obtener fama o fortuna a costa de un sinnúmero de cadáveres, reales o ficticios, si cabe el término, que van quedando en el camino. Y claro que cabe, si se hila un poco más delgado o ni siquiera se hila, sencillamente se toma el tejido ya hecho para apreciar por dónde se desovilla la madeja. El resultado es o será el mismo: la concentración del poder, el manejo de las economías, (aunque nadie sabe a ciencia cierta hoy en día cómo se sustentan en verdad las economías) la proliferación del lucro como consigna planetaria (porque no se trata de un paisito solamente o de un paisaje adscrito a la globalización para no quedar colgando del globo terráqueo), el desarrollo consecuencial de la industria armamentista, de los ingresos de la droga o el fútbol u otros deportes menores, sin dejar de lado la trata de blancas en esferas más íntimas y secretas, por cierto, o el negocio de la pedofilia y la prostitución en niveles que resultaban impensados y no porque precisamente antes no existieran. Claro, quienes defienden o se sienten amenazados por la irrupción del descontento apelarán a la descontaminación de las esferas públicas o privadas, dependiendo del cristal con que se mire. Apelaran a que en el ámbito más propio de la naturaleza personal no es posible ingresar de contrabando so pena de invadir el sacro terreno de la más perfecta individualidad. Bien, parece legítimo reaccionar de ese u otro modo. Sólo que si la tan mentada individualidad (que se comparte plenamente en cuanto sujeto único e irreproducible, salvo eventuales clonaciones) está indisolublemente asociada hoy al egoísmo y por ende, la defensa del espacio individual se torna aún más mezquina que el derecho de separación esgrimido. En un mundo repleto de miserias colectivas, donde menos de un cuarto de la población vive bien o medianamente bien y el resto sufre los rigores de la sobrevivencia, y donde, precisamente esa sobrevivencia actúa como fuerza retro alimentadora de los privilegios de aquellos, resulta del todo justificable re-examinar las causas que generan tanta desigualdad. Y por supuesto, la disociación de la ciencia y de la poesía puede ser un indicador, entre otros muchos. O, extrapolando incluso los alcances, la tecnología moderna se ha apropiado de una manera casi incontrarrestable de las necesidades de la población mundial. En la gran mayoría de los casos apenas una tecnología observable a distancia (África sin ir más lejos, laboratorio del hambre, experimento del Sida y los medicamentos desechables por la industria farmacéutica, entre otras aberraciones) o, que en nuestro caso, ingresa como el máximo ícono de la convivencia cotidiana: millones de celulares que infectan calles y avenidas, que se introducen subrepticiamente en nuestros dormitorios y acechan nuestros pensamientos como si intentaran doblegarlos. Y entonces le hablamos "al otro" cual si la tecnología lo pusiera a nuestro alcance y pudiéramos conocer sus secretos e intenciones, mientras olvidamos -de nuevo ex profeso- su existencia real, la de ellos, las nuestras. Y el alcance directo e inmediato se ha transformado en un control indiscriminado de las voluntades individuales. Si asociamos seguidamente a internet tendremos al mundo otra vez en "un pañuelo." Pero, ¿y dónde entonces recuperar "el sentido" de la existencia? ¿Es que acaso nos hemos convertido en macacos repetitivos a quienes se les enseña a manipular un mouse creyendo que llegarán a manejar de verdad lo que trae el computador y sus anexos? ¿Es que podemos ser tan ingenuos creyendo que con acceder a páginas "manipuladas o manipulables" encontraremos nuestra vocación más íntima, la vocación de "ser" humanos que respetan la coexistencia, no sólo de su propia especie, sino la de los demás seres, animados o inanimados? Se replica señalando que el mundo moderno da la opción que conlleva la libertad de elegir, pero ¿cuáles son las opciones reales? ¿La de optar por una esclavitud solapada que nos hace dependientes de los "artefactos" que condicionan hasta nuestros pensamientos? ¿La de creer que somos incluso capaces de pensar por nuestra cuenta cuando lisa y llanamente "alguien" nos está pensando y decidiendo por nosotros? La libertad verdadera es intrínseca a la naturaleza humana, está incorporada en su interior como un código genético, pero también se ha inoculado ahora el "miedo" individual o colectivo como motor de una historia de ficción. Desde que despertamos hasta que ingresamos al sueño reparador (y que hasta deviene en pesadillas ocasionales o permanentes) el miedo a recuperar nuestra real individualidad se apodera de nuestros restos de conciencia personal y nos hace ver el mundo que no queremos y detestamos como el mundo que queremos y necesitamos. Luego, identificarnos con "el otro" resulta una falacia. La opinión pública es condicionada por una imagen televisiva que se apega a nuestra decadencia disfrazada con los peores o más fulgurantes atuendos. Y los noticieros son dirigidos a exacerbar nuestros apetitos más primarios: crímenes pasionales, enfermedades inusuales hasta hace unas décadas surgen como novedades de mercado, discusiones banales y peticiones mediatizadas por una emotividad condicionada y condicionante que realcen, en suma, la atención de un televidente cansado de sí mismo y ansioso de perderse en la decadencia general. Si unimos a aquello la aglomeración de programas artificiales que sustentan, oh prodigio divino, los consumos de productos de dudosa procedencia y peor destino, tendremos un cuadro casi apocalíptico inserto en nuestro living. De ahí que sea más cómodo aceptar el estado de cosas imperantes, ¿para qué pensar por nosotros mismo si alguien lo hace por nosotros? La reflexión o la más simple especulación filosófica aparecen como pedantería y terminan siendo relegadas a una prisión mental donde el emisor contenido mira el mundo como algo ajeno, impropio, desligado de sus anhelos de verdad o de esperanzas, y prefiere verse en el espejo íntimo de su propia conciencia, allí en ese sitio recóndito y personal donde no cabe nadie más y a donde a muy pocos les interesa ingresar para no contaminarse. Luego, el paradigma moderno pareciera la copia fotostática de un destino en serie: no es posible ser uno mismo so pena de quedar aislado a priori. Sin embargo, no tiene porqué seguir siendo de ese modo. No hay porqué seguir a la expectativa de ser alguien en medio del caos generalizado esperando un milagro que no devendrá del cielo -aunque quién sabe.- En los pequeños poblados los adalides de la urbe moderna aún persiste en ingresar de contrabando y extirpar de raíz la raíz misma de los bosques, de los animales o las plantas. Y mientras más alejado de los espacios concentrados desde donde se emiten las señales invisibles, pero perceptibles del dominio humano, mayor la probabilidad de sobrevivir bajo un cielo despejado que oxigena de mejor manera el alma. Aunque podrá argüirse que el progreso es necesario y útil. Bien, pero si olvida al individuo relegándolo a sujeto de utilería, el progreso deviene en la peor de las falacias. Quizás convenga recuperar el sentido de las prioridades e incorporar en nuestro lenguaje palabras como solidaridad, dignidad o amor a lo que existe, aún a riesgo de parecer cursi. Sólo el respeto a los reinos que coexisten con el hombre, el mineral, vegetal y animal, podrá dimensionarnos nuestra insignificancia y nuestra grandeza en medio de una vía láctea donde ocupamos un mísero lugar espacial y donde probablemente no seamos, ni con mucho, el centro del universo. Por eso, o por mucho más que eso, clamar por justicia social no es otra cosa que la expresión manifestada de una vocación mayor: ser humano, algo tan simple y original, que se olvida a cada instante.

(7 de marzo de 2012)


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Quisiera ser

Comencé a escribir cuando me di cuenta que no servía para nada. Entonces comencé a escribir. Ahora que escribo me doy cuenta que tampoco sirvo para escribir. Tendría que haber sido musulmán en Alaska. Santuario en Machu Picchu. Baba de caracol. Diente cariado. Postal de la Alhambra. Tendría que haber sido el suelo que pisas. Tu derrota más amarga. Tu primer libro. Tu bandera. Tu nido desamparado. Tu secreto. Tu mar. Tu estrella. Podría haber sido tu recuerdo más hermoso. El tren que esperabas. El cuchillo. El venado. El viento. Podría haber sido gato. Codorniz. Tu infame alegoría. La Cruz del Sur. Cervantes. Un león. Una brizna. Definitivamente me tocó ser lo que soy. Un tipo que no sirve para nada. Ignorado como una patata. Un cero redondo de la nada. Hastiado de mí. ¡Ahíto de mí! Quisiera vender mi alma por un caramelo. Quisiera estar en la mira de todo asesino en serie. Quisiera ser el suicida perfecto. El menos visitado en los cementerios. El tonto más tonto de mi aldea. Necesito para mí el cadalso. Alguien, en algún lugar, está besando a la chica que amé.

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¡Era tan sexi!

Me puedes sacar a esa mierda me dice. ¡Es Lila Downs ! ¡Sácala! La saco. Dame otro trago. Se lo doy. ¿Tienes centolla en salsa verde? Le traigo centolla en salsa verde. ¿Tienes algo de Radiohead? Le pongo Pablo Honey. Mueve el culo por la habitación. Me pregunta si he conocido a una mujer más sexi que ella. Le digo que no. Sigue moviendo el culo por la habitación. Se tiende en el sillón. Ven me dice. Voy. Saca su lengua y lo introduce en mi garganta. Me agarra fuerte de los huevos. Grito. Se ríe. Frenéticamente. Me da un empujón y caigo sobre las Obras Completas de un escritor español. Quiero que ladres. Ladro. Le pido permiso para ir al baño. Me lo da. Vuelvo con una reluciente Bersa Modelo Thunder 380. Soy prolijo. Limpio todo. ¡Era tan sexi!

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En sintonía con la gente

Intento escribir y no me sale una puta nada. Escucho por Internet radio Okapi del Congo. Escribo el primer verso de un poema. Recorro tus ancestrales catedrales de orgullo. Luego lo que vendría a ser un relato corto que tan bien se me daba. Caminaba tomado de la mano por La Absurda. Y nada. Esta noche no me sale nada. Releo el Hamlet para inspirarme. Nada. Tocan la puerta y atiendo. Es Sabrina. Vengo muy excitada me dice, acabo de enterarme que eres poeta. Según Fulano de Tal, uno de los mejores. ¿Por qué nunca me lo contaste? Le digo que no venía al caso, pero que no soy de los mejores, que soy uno más de los millones que pululan por ahí. Es que en el pueblo nadie te conoce como poeta, eres más conocido por ser un tipo que nunca se peina. Y más de alguno recuerda tu pasado como futbolista. Pero nada más. ¡Que ni siquiera tienes Facebook! Cuéntame. Cómo es ser un poeta. Bueno, somos seres especiales. Apartados del mundo y a su vez cercanos a la gente. Todo dolor nos conmueve. Aspiramos a un mundo mejor. En donde el Trabajo y la Libertad sea nuestro emblema. Tenemos la palabra precisa para la Ocasión. Creamos mundos maravillosos. De Paz y Armonía. Necesitamos legalizar la dicha. Ir al encuentro de la felicidad. En dar esperanzas a la gente. A nuestra gente. Eso somos. Que lindo que hablas me dice. Luego me comenta que leyó que quiero presentarme para Alcalde en las próximas elecciones.

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