Dios vagaba a través del espacio


Dios vagaba a través del espacio
sin hacer una mierda.
Un día se le ocurrió la brillante idea
de ponerse a trabajar.

Creó los cielos y la tierra
y muchas cosas más.
Luego fruto de su esquizofrenia veloz,
tomó del barro más nauseabundo
diciendo: ¡Hágase un Hugo Vera Miranda!

Más tarde en un acto de infinita crueldad
y sin mediar consulta alguna,
me saca una costilla
y crea a esa perra.

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Zátopek, la locomotora checa

Por Ramón Díaz Eterovic


... el rostro oscuro del poder.
"inmaculada decepción"


De las obras publicadas por el escritor francés Jean Echenoz (1947) destacan las novelas que dedica a recrear algunos aspectos de las biografías de tres protagonistas singulares del Siglo XX, en áreas tan diferentes como la música, la ciencia y el atletismo. “Ravel” en la que recrea los últimos años de la vida del compositor Maurice Ravel, “Relámpagos” centrada en el azaroso destino del ingeniero e inventor Nikola Tesla, y “Correr” basada en la carrera deportiva del atleta checoslovaco Emil Zátopek. Estas novelas componen una trilogía en la que Echenoz trabajó luego de escribir otras que le valieron el reconocimiento de la crítica y los lectores, como es el caso de “Me voy”, con la que obtuvo el prestigioso Premio Goncourt (1999).

“Correr” se inicia con la invasión de Praga por los nazis al inicio de la Segunda Guerra Mundial, y con la imagen de un muchacho de diecisiete años que busca un derrotero para su existencia sin interesarse a esa edad por el atletismo, actividad que más tarde lo llevará a ser un héroe deportivo en su país y un referente para los atletas de todo el mundo. Es tal su desapego por el deporte, que el mismo Zátopek se sorprende cuando siendo un recluta del ejército checoslovaco es motivado a participar en competencias atléticas entre distintas unidades militares. No tiene un estilo clásico para correr ni la preparación de otros atletas, pero apenas comienza a correr le llegan las victorias y la superación de cuantas estadísticas de rendimiento aparecen en su camino. Su consagración definitiva se produce en 1946, cuando llega como único representante de su país a una competencia que reúne a los principales atletas europeos. Solo y prácticamente sin recursos ni apoyos especiales, se ubica en la partida de la competencia de 5.000 metros, la que gana sacando una vuelta de ventaja a sus ocasionales competidores. A este éxito le suceden otros, hasta que en la Olimpiada de Helsinki (1952) logra una hazaña nunca antes alcanzada por otro atleta: obtiene medalla de oro en las competencias de 5.000 y 10.000 metros, y en la Maratón. Para entonces ya era conocido con el apodo de “la locomotora checa” y llamaba la atención por su estilo poco ortodoxo de correr, con la cara deformada por el esfuerzo y sin ninguna elegancia. Al respecto, Echenoz apunta: “Se ha convertido en el ídolo de su país. Lo que representa para el público checo es sencillo: basta que aparezca una mañana una nota en los periódicos anunciando que saldrá a la pista a las seis para que veinte mil personas se peleen esa misma tarde a la entrada del estadio Masaryk”. Pero la fama también le provoca inconvenientes. Sus palabras son vigiladas y muchas veces reproducidas sin su sentido original. Su carrera deportiva debe desarrollarse según los criterios de directivos interesados en controlar la imagen que proyecta el atleta de pies alados.

Echenoz sigue distintos hitos en la vida de Zátopek, quien puede ser apreciado como una suerte de héroe trágico que sobrevive a la guerra y a las confrontaciones ideológicas de su época. Lo presenta siempre sencillo en su accionar cotidiano, y muchas veces asombrado de los éxitos que alcanza.

La vida de Zátopek parecía destinada a una gloria sin tregua hasta que el año 1968 se producen los alzamientos populares de la Primavera de Praga que terminan con la invasión de los tanques rusos y la persecución de los opositores al gobierno que dirigía el país desde el fin de la guerra. Zátopeck, que es un ídolo popular, muestra su simpatía con el líder disidente Dubcek y una vez que es controlada la rebelión, el gobierno no tardan en pasarle la cuenta por su apoyo al movimiento reformista. Zátopek va a dar a una apartada mina de uranio donde beberá trabajar durante seis años, hasta que le permiten volver a Praga y lo obligan a trabajar como un modesto recolector de basura al que la gente reconoce y ayuda mientras recorre las calles que le han asignado. “Todas las mañanas –cuenta Echenoz-, a su paso, los habitantes del barrio donde le toca trabajar a su equipo bajan a la calle para aplaudirle, vaciando ellos mismos su cubo en el camión. No ha habido en el mundo basurero tan aclamado”. Años después, y previa firma de un documento de autocrítica, es asignado a un cargo de archivero en el Centro de Información de los Deportes. El nuevo funcionario realiza su trabajo entre cuatro paredes mientras la leyenda de “la locomotora checa” crece y perdura entre los que conocen sus hazañas deportivas. “Correr” es mucho más que la biografía novelada de un héroe del atletismo. Es una vibrante y emotiva novela que recrea la historia de un hombre que se propuso sobrevivir a un tiempo de caos y violencia; y la de un deportista que pese a sus éxitos en las pistas de carreras debió conocer el rostro oscuro del poder.

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Un poema de Jorge Teillier

He dormido donde un amigo


He dormido donde un amigo hasta las siete de la tarde
Ahora sé que el Diazepam es lo mismo que el Valium 10
Los gallos cantan a cualquier hora
Salgo al patio
Hay cinco gatos vagos cuyos nombres no conozco
Pero me saludan como a un viejo colega.
Llega mi amigo. Salimos a beber Santa Emiliana a la calle
 Capitán Ávalos
Somos los últimos en salir del boliche
Y tal vez mañana los primeros en llegar.

Hace años no me despertaban los gallos a esta hora
Estoy en un lugar donde se lee: “The Ring”
Los libros de Rubén Azócar y “La Balada del Café Triste”.

No sé por qué tengo una ceja rota
¿Escribiré una nueva carta al Suicida?
¿Viajaré al Deep South a mirar los últimos trenes a vapor?
¿Comeré kuchen de manzana en donde aún se creen alemanes?
¿Leeré versos a quienes sólo escuchan a Julio Iglesias?

Con una chaqueta de terciopelo
Que alguien que creía amarme me regaló en Madrid
Y una horrenda corbata obsequio del poeta Cameron
Veo morir el atardecer en la Gran Avenida
“Muerte no te enorgullezcas”.
Qué importa terminar como Stan Laurel
Haré cuenta que fui actor de una mala película
Cuyo guión no dejé redactar a nadie más.

Poema escrito en calle Los Morros 9820, paradero 29 de la Gran Avenida, Santiago, Chile. 

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Tocaba el bajo en una banda de rock


Nunca caminaras solo.
"inmaculada decepción"


La amistad es más importante que el amor. O es lo mismo. Se lo iguala. Querido hermano del alma. Estés donde estés, estaremos juntos. Tus padres y tus amigos estarán contigo. Siempre. Qué decir en esta hora. No hay palabras. Todo parece un mal sueño. La pesadilla perfecta. No eras el más alto, el más bello, el más inteligente. Nadie lo es. Solo eras uno de los nuestros. Posiblemente el mejor. Seguramente que el mejor. Así te recordaremos. El chico de la bicicleta que jugaba fútbol en noches de escarcha. Aquel chico hincha del Liverpool. El que tocaba el bajo en una banda de rock. El que decía que sus padres hacían las mejores empanadas del mundo. Qué decir en esta hora. Nada. No hay palabras. Que tu viaje sea leve y veloz. Como tu vida. Y que nos reencontremos en un viejo bar, para hablar de fútbol, mujeres y música. Hasta pronto querido amigo. Hasta pronto querido hermano del alma. Hasta pronto querido Pac. Ya sabes. Ya lo sabes. Nunca caminaras solo.

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Pac




Le tocó estar en el lugar equivocado.
"inmaculada decepción"


Yo perfectamente podría haber sido el abuelo de Pac. Pero me tocó ser su amigo. También el mejor amigo de mi hijo. Digamos que el único amigo. O el amigo más dilecto. Venía a casa y era una fiesta. Respetuoso a carta cabal. No era de este tiempo. Ni de ningún tiempo. Como Artigas el héroe oriental, era un joven-viejo. Toda su ropa le quedaba holgada. De pensamientos modernos. Su pasión la música, el fútbol y sus amigos. Se enamoraba a veces, de amores no correspondidos. Las chicas ni se enteraban. No le importaba. Se enamoraba y a otra cosa. Su gran amor era la vida. La vida por vivir. Por ver amaneceres a cada instante. Rojos amaneceres saliendo desde el Cerro Dorotea. Y era feliz. Todos éramos felices estando con él. Y la música seguía sonando. Mac DeMarco, Human Tetris y tantos. Y eso.

Luego llegó la noche. Un amanecer sangriento. Rojo-sangre-violento. Le tocó estar en el lugar equivocado. Defendiendo causas inútiles. Tal vez. No lo sé. Nunca lo sabré. Alguien llegó y le partió la cabeza. Lo más preciado que tenía. No fue su rodilla. No fue su tibia ni peroné. Su cabeza. Eso fue casi un año atrás. Mi amigo Pac sigue inconsciente en un duermevela infinito. No más música, poesía ni mujeres. No más rojos amaneceres saliendo desde el Cerro Dorotea. Se acabó.

Espero que la gente que hizo tamaño estropicio pague. Nunca será suficiente. Ni en este vida ni en ninguna vida. Recordaremos a Pac como al chico más hermoso, el amigo más fiel y que estuvo en un amanecer, en el sitio equivocado. Te quiero querido Pac. Te quiero querido hermano del alma.

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David Gilmour

A Esteban Castro.

Pasa lentamente una Van extravagante con vidrios polarizados.
"inmaculada decepción"


Estoy trabajando en Torres del Paine. Con mameluco naranjo, lentes oscuros, casco azul, zapatos con punta de fierro, guantes amarillos con ribetes verdes. Es como trabajar en Chernóbil o en Marte. Cavo un foso de 50x40. Utilizo un chuzo y una pala. Trabajo duro. Algo hice mal en vida para merecer esto. En fin. La puta vida.

Pasa lentamente una Van extravagante con vidrios polarizados. La veo pasar. Lentamente. Luego toma velocidad. Se pierde rumbo a Laguna Amarga. Llego al campamento y me entero. Es la Van donde viaja David Gilmour.

Está claro. No me reconoció. Yo enfundado en un mameluco naranjo, lentes oscuros, casco azul, zapatos con punta de fierro, guantes amarillos y con ribetes verdes. No me reconoció. De seguro al reconocerme, se habría bajado. Me hubiera dado un abrazo y me hubiese pedido un autógrafo.

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Llueve

Sé que vivo una época totalitaria y estalinista...
"inmaculada decepción"


Mi biografía no habla bien de mí. Lo acepto. Llueve. Ha llovido todo el día en esta puta ciudad. Con una copa de vodka me afeito. Con otra copa me lavo las axilas y con otra copa me lavo las bolas. No soy bienvenido aquí ni en ninguna parte. Lo merezco. Me fumo un porro con la chica más linda del lugar. En verdad que la chica más linda del lugar es un incordio. Me importa una mierda su hermoso coño. Sigue lloviendo. Ha llovido todo el puto día.

Pero debo ser bueno. Eso sí. No odiar a los blancos, los amarillos y los negros. No escribir en mi Facebook: ¡Muerte al Dalai Lama! ¡Viva Pac! Me importa una mierda su hermoso coño. Sería castigado y mi biografía no hablaría bien de mí. Pero ya nada importa.

Mi biografía no habla bien de mí. Sé que vivo una época totalitaria y estalinista, que al menor atisbo de discordancia, seré castigado. Debo ser bueno y hacer y decir lo correcto. Y no lo hago. No lo digo. Voy a contracorriente de este mundo de mierda. Y llueve. Ha llovido todo el día en esta puta ciudad.

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Para ella

Te quiero fulminantemente.
La vida se ha complicado sin ti.
No hay manera que no me recuerde de ti.
No hay frontera que me aparte de ti.
Y nada.

Pienso en ti.
En los momentos aciagos y en los grandes momentos.
Te quiero y siempre te querré.
Y nada.

Eso solo quería decirte y nada.
Y nada, nada más.
Eso solo quería decirte.

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El detective Heredia: de Díaz Eterovic

Por Colomba Orrego Sánchez

Detective Heredia. Ilustración de José Huichamán Estay.

... me topé con las novelas de Díaz Eterovic.
"inmaculada decepción"


A las novelas de policial negro de Díaz Eterovic, volví hace algún tiempo cuando recobré la memoria al ver la portada de “Los fuegos del pasado”, en una vitrina de LOM Editores. Y es que no están para saberlo pero yo sí para contarles, que los libros de Eterovic, fueron en un tiempo lejano, mis compañeros de velador.

Volver a encontrármelos, fue un palmetazo de recobrar la memoria por algo que se quedó en el pasado. En un Déjà vu sin escalas, volví a viajar por las rutas de los recuerdos y me vi leyendo, apasionadamente, cada una de las aventuras del Detective Heredia.

Por cosas de la vida, mantengo a Chile guardado en un baúl, en donde los latidos salen con rumbo a México constantemente, y en cambio, a través de las letras de Eterovic, sumado a las peripecias del detective privado Heredia, más chilenos imposible, me confieso totalmente adicta.

Adicta desde aquella tarde en que acompañé a mi padre a uno de sus deleites: comprar libros. El destino fue la libreria LOM, que estaba dentro del Archivo Nacional. Y ahí entre bostezos de mi parte y muchas horas de mi padre hojeando libro tras libro, me topé con las novelas de Díaz Eterovic. Leí la contratapa de cada uno de los cuatro volúmenes que tenían y me encantaron, se los pedí a mi papá, quien generoso como siempre, me los compró todos.

Lo más curioso es que con la recuperación de la memoria a por mi pasión de las aventuras de Heredia, pensar que anduve vagando, viajando, por confines tan lejanos como Noruega, Suecia, Inglaterra, en busca de la literatura policial negra, olvidando que en este país existían estas entretenidas historias.

Desde el primer libro y hasta la fecha, he ensoñado con las aventuras del detective privado Heredia, que se convirtió en tal después de dejar la Escuela de Derecho, pese a que no le iba mal en los estudios y le bastaba calentar las pruebas el día anterior para obtener buena nota. Pero en algún momento, y a causa del asesinato de un compañero, comprendió que una cosa era estudiar Derecho en forma teórica y otra la aplicación de las leyes en la realidad.

Dejó la universidad y para ganarse la vida, se puso a trabajar como vigilante nocturno en un motel, donde conoció a un detective jubilado que solía contarle historias de su trabajo en la Policía de Investigaciones. Fue precisamente ese tipo el que lo animó a abrir una oficina. Al poco andar descubrió que era bueno para hacerse preguntas y meter la nariz donde nadie esperaba. Hay que tener paciencia y pensar en las cosas que nadie más repara, luego unir un cabo suelto con otro y zas capaz que resuelves el caso.

El Detective Heredia

Sus primeros casos fueron resolviendo embrollos menores, como robos, infidelidades y fugas de adolescentes. Cuando ya tuvo más experiencia se animó a comprar una placa de investigador privado y la puso en la puerta de su departamento. Y lentamente fueron apareciendo los clientes, hasta que la rutina más entretenida de la vida, se transformó en la vía para salir adelante, al menos, hasta que el aburrimiento no dijera otra cosa.

En esas lides me lo topé con las letras de Eterovic. Con la maestría que tiene en su escritura, en la descripción de ambientes, lugares, barrios, calles, perfiles sicológicos. Lugares como el barrio Mapocho, donde Heredia vive y hace amistad, con vecinos, locatarios, el quiosquero, el dueño del boliche en donde comía a veces y tomaba a diario.

Ese submundo rancio, sucio, que continua existiendo, entre medio de caserones que evocan la opulencia de tiempos pasados, hoy casi todos derruidos, convertidos en cité, vecindades de inmigrantes, como los de Avenida Recoleta, Independencia y Matucana.

Esos barrios, calles, sitios, que en lo personal, de día me gustan para pasear y mirar sus edificaciones ruinosas, visitar sus parques como el Quinta Normal, soñar con andar en bote, sentarme bajo la hermosa y frondosa sombra de algún milenario árbol, contemplar la vida de las personas que transitan por las calles, los que como yo esperan la micro, o entran al metro. Y en cambio de noche, por esos lugares, que me asustan y en los cuales no viviría a menos que fuera estrictamente necesario y muy acompañada.

Mapocho, Matucana, barrios, calles, lugares, San Pablo, Esperanza, que todavía tienen esa identidad, que lo son en toda su extensión y características. Barrios, comuna, calles, con todavía locales pequeños convertidos en abarrotes, panadería, sangucheria, de comida típica chilena, donde puedes comerte una buena cazuela de ave o de res, o quizás un pernil, un arrollado, la salchicha gorda, mientras tomas una cerveza, el tinto o blanco en tacita. O si no entrar a los locales de comida colombiana y peruana, que van sumándose por esas calles. Todo eso que es singular y característico, lo que va quedando de lo “chileno”.

Y de esas curiosidades de la vida, a través de esos escenarios un tanto mucho literarios en pluma de Eterovic, es que de tanto en siempre, retorna el erizamiento de la piel, de querer a ese Santiago, a esas otras ciudades de Chile, donde ocurren otras aventuras del detective Heredia. Aquello de sentir que tras terminar estas historias, reflexionar lo leído-vivido, experimentado, aprendido, soñado, surge un cariño inconmensurable por ese país, por sus calles, sus ciudades, por Heredia y sus principios.

 Eterovic, Heredia y yo

Es por eso que volver a encontrarme con Heredia y Eterovic, fue como toparme con un gran amor. De esos amores inolvidables, aunque en mi caso producto de la misma intensidad experimentada, por el gozo a lo vivido, experimentado y disfrutado… se me había olvidado. Olvidado a tal punto de salir en busca de novelas del genero policial negro, a otras latitudes, como Suecia, Noruega. Introduciéndome en sus mundos, vidas, muertes, investigaciones.

Sumar unas argentinas pensando en que la cercanía y el castellano ayudarían y los resultados no fueron demasiado óptimos. Sí en cambio con las letras de Colombia, en manos de Juan Gabriel Vásquez, mal me fue en Estados Unidos con Jonh Connolly, mucho discurso, existencialismo y poca acción en muertes por resolver. Y la desmemoria no me dejó recordar, a mi querido Heredia, a la pluma de Eterovic, a quienes tenía nada menos que frente a mis narices.

De las novelas de Eterovic, sobre el detective privado Heredia, puedo decir que me gusta de Heredia. Me simpatiza a más no poder que sea oriundo absoluto de Chile y que sus apasionantes casos por resolver, ocurran en una ficción que tiene tanto de realidad, de nacional, local, del acontecer político, como de ficción. Un poco como pasa con la literatura de Henning Merkell o con Jussi Adler Olsen, aquello que llaman “autores críticos” que en sus novelas, aunque sean ficción policial negro, sus personajes protagonistas, hablan criticamente del sistema económico, social y político nacional.

Desde el primer libro, me atrajo leer a Heredia, justamente esa característica tan propia de un personaje que parece real, como uno, a gente como uno, con los que nos rodeamos. Para aquellos que consideramos, sentimos y vivimos, un mundo donde el pasado no está pisado, aunque otros digan que vivimos “pegados en el ayer”. Porque esos nosotros como uno y como Heredia, seguimos buscando a la justa justicia. Y en esa realidad latente, que se mezcla con la ficción, crea historias basadas, muchas de ellas, en 17 años de cruda realidad.

Del personaje Heredia, me gusta ese perfil de quien va por la vida, con un punto de vista por delante, fuere este zurdo o diestro, pero que en todo su ser sale a la vista, porque las historias ficticias o no, uno sabe que están basadas en la cotidianidad del mundo. Como es el caso de la novela con la que nace Heredia y se da a conocer Eterovic: “La ciudad está triste”, publicada en 1987. En esta novela Heredia, va desenrollando una complicada madeja, metiéndose en el centro de la violencia y arrogancia de la dictadura. Marcela Rojas, la joven que acude a solicitar sus servicios, es el retrato interior de muchas mujeres que al lanzarse a la búsqueda de sus familiares desaparecidos, tiene que explorar los laberintos infernales de un régimen despiadado.

En la novela “Ángeles y solitarios”: por ejemplo la trama es la corrupción del poder y el tráfico de armas, que hace que tanto Heredia como los demás personajes que surgen, tengan una visión desencantada del mundo.

En “Los siete hijos de Simenon”: Heredia se ve enfrentado a esclarecer el asesinato de un abogado y tras esa muerte a desentrañar las turbiedades en el mundo de la construcción de un gaseoducto. Para la novela siguiente: “El ojo del alma”: El hilo investigativo lo entrega la misteriosa desaparición de uno de los amigos de la universidad de Heredia y de quien se sospecha pudo haber sido un informante, durante la dictadura de Pinochet.

Después en: “Nunca enamores a un forastero”: Heredia, recibe una carta de Severino Caicheo, antiguo compañero de universidad residente en Punta Arenas, quien es asesinado junto a una mujer, Doris Mollet. Ahí quedé viuda de letras, hasta que caen en mis manos: “Muchos gatos para un solo crimen”, que es la precuela de varios de los libros ya leídos. Y “Los fuegos del pasado”: En donde a Heredia le piden rastrear los orígenes de una persona que aparentemente nació en Villarrica pero ha vivido siempre en Santiago.

Para mi placer me enteré que me estaría faltando devorar “La música de la soledad”, “El color de la piel” y un listín de siete más, a lo que me aprontaré hacer próximamente.

Y es que realmente Heredia, no tiene nada que envidarle a nadie, es tan bueno, atrapa en las primeras páginas y uno ya sabe que se enfrenta a historias de calidad. Como me ocurrió con Jussi Adler Olsen de Noruega, Asa Larsson de Suecia, al igual que Merkell, entre otros.

Todos son de esos autores de policial negro, que saben enganchar al lector, envolverlo, para que no pueda detenerse en devorar página tras página entrometiendo las ñatas en un sin fin de secretos, aventuras. Realmente me saco el sombrero ante Eterovic y las novelas de Heredia, esa ironía tan suya, tan cléver, filosa, con la que nos cuenta del mundo que rodea a Heredia, sobre su entorno, de la sociedad, país, ciudad, que leyendo es imposible que al lector, no le suene más que conocido.

La atmósfera perfecta de ese Santiago bajo, que es Mapocho y sus alrededores y como dignamente refleja su decadencia, empobrecimiento arquitectónico, como el de quienes habitan esos espacios, otorgándole una identidad, para que el lector, en este caso hablo por mí, vuelva a sentir cariño por esa parte del país, esa gente, esas calles, parques, árboles. Aunque solo sea en versión literaria. No es normal, pero qué le voy hacer así soy lo que soy y creo que es tarde para querer o poder cambiar: pero logro querer, querer mucho a este país, a través de esa literatura. Al pasear a través de las páginas por esos lugares, con sus matices, muchos en tono gris y en donde solo ahí ocurre que las escorias terminan donde les corresponde.

Me pasa que me siento identificada con Heredia y al mismo tiempo enamorada. Enamorada de todo ese chilenismo que tanto detesto. A su falta de higiene personal, ese rostro que no existe pero que no puedo dejar de imaginármelo al son de Quintanilla y Hermosilla, con sus trajes nadando al cebo, en tonos gris opaco, no se sabe si por tiempo o por falta de lavado, gastados, envejecidos. Trajes más grandes que lo que el cuerpo necesita, quizás comprados en la ropa usada. Y pese a toda la descripción cero alentadora, lo quiero, me gusta con todo y su seguro aliento a varios grados alcohólicos. Aunque sea de los hombres que prefiere beber que comer y si llega a ingerir bocado, será una vez al día.

Un Heredia feo pero guapo, tincudo, a punta de ser frontal, directo, sin pelos en la lengua. Con un prontuario en materias amorosas y sin embargo con una mala suerte en esas lides, dejándose mejor acompañar por sus amigos-vecinos y por supuesto por Simenon.

 El gato Simenon 

El gato blanco, que entró por la ventana y se acomodó en el librero, ganándose el cariño del detective y el ser bautizado como “Simenon”, es un punto aparte en las novelas de Eterovic. Ese es otro detalle que hace de Eterovic y Heredia, realmente amables de amor, su amor por los animales. Y en la soledad del trotamundos, en el caso de Heredia, un día cualquiera sucedió que un hermoso y pulguiento gato blanco, entrara a su departamento. Al que llamó Simenon, porque cuando tras entrar, se acomodó sobre los ejemplares de Georges Simenon, las lecturas habituales del detective.

Así es como la relación de Heredia y Simenon va estrechando vínculos, al principio es el gato a quien este hombre solitario alimenta, le conversa, filosofea del mundo y sus circunstancias, se acompañan en largas horas de soledades, grados alcoholicos, libros, cigarro. Y con el tiempo, terminará siendo su conciencia, el Pepe grillo, con el que habla y el misifú responde.

Todas esas características transformadas en personalidad, hace de Heredia, una gran persona y un confiable detective. El que intenta resolver los casos, sin embaucar a los clientes. No todos los clientes son iguales, ya que a la legua se ve el que puede pagar más del que no. Para los desposeídos cobra 10 mil pesos diarios, más gastos de alimentación y transporte. Para los pudientes de 20 mil para arriba y si hay que viajar, ese gasto sumado al viatico corre por quien solicita. Como buen sabueso, ha ido armando equipo sin tenerlo. En base a las amistades, las buenas y sinceras amistades de la vida, suma un policía en ejercicio, otro en la PDI que de tanto en tanto intercambian información, dinero, una reunión para ir a la hípica y tomar hasta quedar dados vueltas. Y qué decir del apostador de caballos, que de tanto en tanto le entrega, a Heredia, fajos de a mil por las apuestas ganadoras y que de tanto en siempre, le ayuda a husmear en su mundo, dígase el hampa y el robo sistemático. A veces las investigaciones se transforman en tremendos casos, donde todo sale mal, todos mal parados, corre sangre y muere más de uno. Otros en que uno no lo pensaría pero se hace justicia.


Todos estos elementos son los que hacen de Heredia y Eterovic, una poesía que espero no volver a olvidar, cuando ande necesitada de mi género ensoñado, el policial negro.

Datología:

Qué: Heredia, de Díaz Eterovic.

Dónde: Librerías LOM – Moneda 650 y en Maturana 13, Santiago.

Precios: $9.000 y $15.000

Horario: Lunes a Viernes 10.00 a 19.00 hrs – Sábado 10.00 a 13.00 hrs.

Link: http://www.lom.cl

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