El Alcalde que Natales se merece

He decido hacerlo. Me presentaré. La gente me lo pide y me presentaré. No dejaré pasar esta oportunidad de ponerme al servicio de la gente. Por fin la gente será protagonista. Seré la voz de aquellos que no tienen voz. Mi candidatura de Alcalde tiene que ver con los humildes de mi pueblo. Con aquellos que no tienen nada. Haré de este Natales un nuevo Natales. En donde todo el mundo tenga acceso a la salud, la educación y la vivienda. No voy a ocupar un cargo para llenarme de dinero. Para viajar por el mundo. Para vivir en barrio privado. Para ser pasajero de primera clase. No. Llego para hacer feliz al niño, a la madre y al anciano. Que todos tengamos el mismo derecho a vivir en una sociedad plena de oportunidades. Para hacer un Natales mejor. Un Natales digno que merezca ser vivido. Un Natales que se inserte de una vez por todas en el concierto de las grandes provincias del país. Un Natales de oportunidades y de cambio. Por eso he aceptado lo que me demanda todo el pueblo. Estoy dispuesto a aceptar. Renunciaré a vivir esta vida miserable que llevo, sin empleo seguro, sin cotizaciones de salud, sin nada de nada, en pos de un trabajo que sé, será beneficioso para mi pueblo. Por eso os digo, gente de mi Natales, gente mía, querida gente, voten por mí. Por favor voten por mí. Por favor se los pido, voten por mí. Es mi única oportunidad de servir a la gente. Sé lo que les digo. Por favor voten por mí. Se lo pido. Voten por mí. Necesito ocupar ese lugar. Lo he pensado mucho. Sé que la política será la que me sacará de mi estado de ruina. Por favor. Voten por mí. Es mi única salida. Voten por mí. Por favor, estoy llorando ahora. Estoy llorando. Voten por mí. Seré bueno. Santo. Voten por mí. Por favor voten por mí. Necesito de vuestro voto. Yo sólo quiero hacer feliz a la gente. Les juro que no es por el poder, el dinero o para comprarme un anillo de diamante. Lo hago por el pueblo. Por todos ustedes. Estoy desesperado. Necesito de vuestro voto. Necesito comprarme zapatos, una camisa, pagar la cuenta del gas. Por favor. Se los pido. De rodillas. Seré vuestro esclavo. Besaré vuestros pies. Vuestros niños. Estaré siempre al lado vuestro. Nunca los abandonaré. Sólo pido vuestro voto. Nada más pido. Vuestro voto. Es que no llego a fin de mes. No hay trabajo. No sé hacer otra cosa que la política. Quiero vuestro voto. Por favor. Por favor. Nada más pido. Por favor. Nada más. Por favor. Por favor. Voten por mí.

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Acá no pasa nada

Es que no pasa nada. Acá no pasa nada. Te lo puedo asegurar. Acá no pasa nada. Y hay que inventar porque aquí no pasa nada. Y en eso estamos, inventando, porque aquí no pasa nada. Y voy por la calle en donde no pasa nada. Y encuentro a gente que no le pasa nada. Voy por los bares en donde nada pasa. Me encuentro con amigos que no les pasa nada. Me llama Javier que no le pasa nada. Luego me llama Sofía que no le pasa nada. Y luego llega triste Francisco y le pregunto qué le pasa, me dice que no le pasa nada. Nada, en ningún lugar pasa nada. En la televisión no pasa nada. En Beijín no pasa nada. En Nueva York no pasa nada. A Sharon Stone no le pasa nada. A Nicolas Sarkozy no le pasa nada. A la Nasa no le pasa nada. A Colombia no le pasa nada. A nadie le pasa nada. Le cuento a Gustavo que acaba de dejarme Romina. Que estoy desesperado. Que pienso matarme. Que era el amor de mi vida. Que sin ella mi vida no tiene sentido. Me dice que no pasa nada. Que Romina es una listilla. Que antes de mí, intentaron matarse por ella Pedro, Felipe y Juan Carlos. Que nadie merece matarse por ella. Escribo en un cartel ACÁ NO PASA NADA. Me mato.

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Vacaciones en Europa

Fue con Antonio que descubrí el asunto. Vino un día a casa y me contó su problema. Había terminado con Soledad. Estaba abatido. Destruido. Soledad se había marchado con Rubén, su mejor amigo. Cinco años de relación se fueron al quinto infierno. Antonio temblaba. Me habló de hacer un viaje sin retorno. Quería desaparecer completamente. No soportaría un día más. Estaba decidido. Poco a poco lo fui calmando. Puse algo de música, le serví un vaso de vino y conversamos. Le hablé de Marcel Schwob Del Libro de Monelle de Marcel Schwob. Que trata de la relación que mantuvo Marcel Schwob con una pequeña prostituta parisina. Y de lo que ella le enseñó. Le hablé sobre el libro. Yo era Marcel Schow hablándole a Antonio. También era Monelle. Y le decía que todas las cosas, lo bello y lo terrible, pertenecen al reino de la fugacidad. Que nada perdura. Que hay que entender que aquella mujer que te amó, que juró amarte, hace apenas cinco minutos, que juró amarte, ha dejado de hacerlo. Por incomprensible que sea, es así. Que no podemos cambiar la historia de un sentimiento. Que no está en nuestras manos hacerlo. Que todo aquello que perdura con el tiempo hiede. Que no vuelva a mirar aquellos escombros del pasado. Que el camino promete una fuente inagotable de nuevos horizontes. Que debemos crear dioses nuevos, que necesitaremos conformes avanzamos. Que debiera sumergirse en vivir el momento. Sobre todo eso, el momento, más que lo pasado y el futuro. Existe el momento. No otra cosa. El momento. Todo amor que dura es odio. Que aproveche el momento. Luego le dije a Antonio que sea sincero. Y le cité a Roberto Arlt cuando escribe en Aguafuertes Porteñas, sobre la terrible sinceridad. Que diga lo que tenga que decir y no tema. Que siempre desnude su corazón. Que arremeta frente a todo con la terrible sinceridad. Que no tema. Que debe decir las cosas como son, sin lisonjas, ni edulcoraciones fatuas. Hablar de frente. Decir lo que siente. Luego volví al Libro de Monelle. Y le hablé de la felicidad. Le dije que toda felicidad que dura es desgracia. Que no venimos al mundo para ser felices. Que la felicidad no nos hace ser felices. No todo el tiempo. Que debemos conocer el viento para saber de una mañana apacible. La tempestad y la calma. Luego cité textualmente el libro. No digas: ahora vivo y mañana moriré. No dividas la realidad entre la vida y la muerte. Di. Ahora vivo y muero. Luego le serví otra copa de vino. Ya lo noté mejor. Se llevó el libro de Marcel Schwob. También el libro de Roberto Arlt. Aquello lo salvó. A la semana siguiente me vino a ver. Era otro. Posiblemente el mismo de siempre. No lo sé. Pero era evidente que ya no pensaba hacer el largo viaje sin retorno.

Y fue así como descubrí el asunto. Porque luego vino Roberto, Santiago, María, Alejandro. Gente que yo conocía. Gente que tenía problemas. Luego vino una señora que trabajaba en una fábrica. Una profesora jubilada. Un comerciante en telas. Un ingeniero químico. Y me contaban sus vidas. Sus historias. Sus pequeños o grandes logros. Sus tristezas definitivas. Todos ellos salían con libros bajo el brazo. Les recetaba, según el caso, un Borges por la mañana y un Kafka por la tarde. Una semana de Gonzalo Arango. Tres días de Vallejo. Un mes de Marcel Proust. Una Temporada en el Infierno. Siempre quise ser un emprendedor. Y por fin lo he logrado. La terapia a través de los libros. De la lectura. Y en eso estoy. Tres pacientes al día a cincuenta euros. De lunes a viernes son 750 euros. En el mes son 3.000 euros. En el año son 36.000 euros. Pero en verdad, el dinero es lo que menos me importa. Lo verdaderamente importante de todo esto, es que me ha servido para deshacerme de libros, que jamás tendrían que estar en mi biblioteca. Además de vacaciones en Europa.

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Vigencia de Henry Miller



Por Juan Mihovilovich

¿Quién que tenga ojos desesperados y ávidos puede sentir el menor respeto por los gobiernos, leyes, códigos, principios, ideales, ideas, tótems y tabúes existentes?
(Pág. 334)

LLeía Miller a los 16 años; primero, Trópico de Capricornio, que debió llegar a mis manos a través de un circuito exiguo de amistades celosas por un texto prohibido. El tiempo estudiantil era un espacio para comentarlo a hurtadillas: sexo, sobre todo, pero también ideas vertiginosas sobre el hombre, la humanidad caótica y el despeñadero advertido.
Henry Miller desmenuza el porvenir como si todo cupiera en un pañuelo: lágrimas, deseos, misterios, egoísmo y vulgaridad, sujetos abatidos o decididamente locos, mujeres ávidas o desesperadas y desesperanzadas; o bien, observación clínica de individuos atesorando las riquezas de una insanidad mayor: acumulación de capital e ideas de progreso a ultranza, mientras la rueda de la historia trae a puñados los futuros héroes muertos: segunda guerra, depresiones económicas, conflictos ocultos o evidentes, resurgimiento dolido luego de los holocaustos...y sobre todo ello, Miller disecciona, desestructura, anarquiza, deambula taciturno y miserable a veces, excelso y cáustico casi siempre.
Trópico de Cáncer se alza en medio de un Paris mutilado en su trastienda y paradójicamente adscrito a esa eternidad de piedras y museos. El individuo yerra por sus calles secretas, se atiborra de placeres efímeros, incursiona en amistades transitorias que permanecen o se evaporan en su desolado encierro: la sobrevivencia se muestra como el madero de un náufrago porfiado, obstinado e irónico, maldiciéndose ocasionalmente y renegando de la estupidez humana con un dejo de repugnancia, de indiferencia a veces, de compasión accidental.
Miller ve el mundo con ojos del arte, de quien vive y sueña con desentrañar su propio enigma en tanto los seres se repiten calcados y Paris se yergue como una prostituta ávida y necesaria. El ombligo del mundo es Paris y lo es también su condición de extranjero mimetizado en ella como en el centro de un dilema no resuelto: vive allí presionado por la asfixia del hambre cotidiana, mendigando a veces como Knut Hamsun, vanagloriándose de su miseria casi como un ruego oun signo diferenciador. En su no entrega reside su superioridad, pero también su dolor y el sufrimiento del alma humana débilmente entronizada en un cuerpo que se descompone diariamente.
Miller se atreve a poner el dedo en la llaga cuando la sociedad ramplona de la época se desvive por moralismos de utilería. Paris luego, es la excepción y su madriguera. Imposible sobrevivir en su patria de origen: Paris es el imán perfecto donde todo artista procura la gloria y, sin embargo, élapenas intenta el reencuentro con todo lo que agobia su existencia. El sexo no es su único leit motiv, como pudiera pensarse superficialmente, aún cuando él atraviesa sus Trópicos o pervive en su cotidianeidad. Hay en su obsesión carnaluna necesidad de tomar el cuerpo ajeno como si fuera el suyo y en esa compenetración grita sin un solo alarido, pero su silente aullido se escucha en Norteamérica y rebota como una campanada hacia el resto del planeta. He ahícomo asciende desde su relegación parisina y atraviesa el Atlántico para rechazarel mito de la modernidad. Los hombres mimetizados en su imbecilidad apenas dejan espacio para lo vital: el placer augura guerras, contaminaciones ambientales, manejos de la bolsa, la pudrición en vida.
Luego, Trópico de Cáncer resulta una embestida contra el mundo desde la perspectiva herida y agónica del animal. Miller es el toro que intenta cornear al torero aún cuando sus intentos toquen apenas la capa. Pero insiste. En lo profundo de sí mismo bulle su instinto, mientras al frente, a la vera de la capa del torero...toda la tierra un desierto gris, una alfombra de acero y cemento. ¡Producción! Más ruecas y tornillos, más alambres de púas, más galletas para perros, más segadoras mecánicas de césped, más rodamientos de bolas, más explosivos instantáneos, más tanques, más gas venenoso, más jabón, más iglesias, más bibliotecas, más museos. ¡Adelante! El tiempo apremia...
Como todos los grandes, Henry Miller vislumbra el porvenir, es decir, este presente atosigante y obtusodesde un Trópico de Cáncer escrito en los años 30, publicado en Paris en 1934 y en Estados Unidos en 1961, después de más de sesenta juicios debido a la censura.



Vivo en la Villa Borghese. No hay ni pizca de suciedad en ningún sitio, ni una silla fuera de su lugar. Aquí estamos todos solos y estamos muertos.
Anoche Boris descubrió que tenía piojos. Tuve que afeitarle los sobacos, y ni siquiera así se le pasó el picor. ¿Cómo puede uno coger piojos en un lugar tan bello como éste? Pero no importa. Puede que no hubiéramos llegado nunca a conocernos tan íntimamente Boris y yo, si no hubiese sido por los piojos.
Boris acaba de ofrecerme un resumen de sus opiniones. Es un profeta del tiempo. Dice que continuará el mal tiempo. Habrá más calamidades, más muertes, más desesperación. Ni el menor indicio de cambio por ningún lado. El cáncer del tiempo nos está devorando. Nuestros héroes se han matado o están matándose. Así que el héroe no es el Tiempo, sino la Intemporalidad. Debemos marcar el paso, en filas cerradas, hacia la prisión de la muerte. No hay escapatoria. El tiempo no va a cambiar.
Estamos ahora en el otoño de mi segundo año en París. Me enviaron aquí por una razón que todavía no he podido desentrañar.
No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, creía que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios.
Entonces, ¿éste? Éste no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del Arte, una patada en el culo a Dios, al Hombre, al Destino, al Tiempo, al Amor, a la Belleza... a lo que os parezca. Cantaré para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero cantaré. Cantaré mientras la palmáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver...
Para cantar, primero hay que abrir la boca. Hay que tener dos pulmones y algunos conocimientos de música. No es necesario tener un acordeón ni una guitarra. Lo esencial es querer cantar. Así, pues, esto es una canción. Estoy cantando.
Para ti, Tania, canto. Quisiera cantar mejor, más melodiosamente, pero entonces quizá no hubieses accedido nunca a escucharme. Has oído cantar a los otros y te han dejado fría. Su canción era demasiado bella o no lo bastante bella.
Es el veintitantos de octubre. Ya no llevo la cuenta de los días. ¿Dirías: mi sueño del 14 de noviembre pasado? Hay intervalos, pero intercalados entre sueños, y no queda conciencia de ellos. El mundo que me rodea está desintegrándose, y deja aquí y allá lunares de tiempo. El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo... Pienso en que, cuando el gran silencio descienda sobre todo y por doquier, la música triunfará por fin. Cuando todo vuelva a retirarse a la matriz del tiempo, remará el caos de nuevo, y el caos es la partitura en la que está escrita la realidad. Tú, Tania, eres mi caos. Por eso canto. Ni siquiera soy yo, es el mundo agonizante que se quita la piel del tiempo. Todavía estoy vivo, dando patadas dentro de tu matriz, que es una realidad sobre la que escribir.
Duermevela. La fisiología del amor. La ballena con su pene de dos metros en reposo. El murciélago... penis Ubre. Animales con un hueso en el pene. De ahí viene eso de tener un hueso…1"Afortunadamente -dice Gourmont- la estructura ósea se ha perdido en el hombre." ¿Afortunadamente? Sí, afortunadamente. Imaginaos a la raza humana caminando por ahí con un hueso en ese sitio. El canguro tiene un doble pene: uno para los días de entre semana y otro para las fiestas. Duermevela. Una carta de una mujer que me pregunta si he encontrado un título para mi libro. ¿Un título? Claro que sí: Adorables lesbianas.
¡Tu vida anecdótica! Una frase de M. Borowski. El miércoles voy a comer con Borowski. Su mujer, que es una vaca seca, oficia. Ahora está estudiando inglés... su palabra favorita es "asqueroso". En seguida se ve que los Borowski son una lata. Pero esperad...
Borowski lleva trajes de pana y toca el acordeón. Combinación insuperable, especialmente si se tiene en cuenta que no es un mal artista. Finge ser polaco, pero no lo es, desde luego. Es judío, Borowski, y su padre era filatélico. De hecho, casi todo Montparnasse es judío o medio judío, lo que es peor. Están Carl y Paula, y Cronstadt y Boris, y Tarda y Sylvester, y Moldorf y Lucille. Todos excepto Fillmore. Henry Jordan Oswald ha resultado ser judío también. Louis Nicholas es judío. Hasta Van Norden y Chérie son judíos. Francis Blake es judío, o judía. Titus es judío. Así, que los judíos me están aplastando como una avalancha. Escribo esto para mi amigo Carl, cuyo padre es judío. Es importante entender todo esto.
De todos esos judíos, la más encantadora es Tania, y por ella también yo me volvería judío. ¿Por qué no? Ya hablo como un judío. Y soy feo como un judío. Además, ¿quién odia más a los judíos que un judío?
La hora del crepúsculo. Azul añil, agua cristalina, árboles resplandecientes y delicuescentes. Los raíles se pierden en el canal de Jaurès. La larga oruga de costados laqueados se sumerge como una montaña rusa. No es París. No es Coney Island. Es una mezcla crepuscular de todas las ciudades de Europa y de América Central. La explanadas del ferrocarril ahí abajo, los raíles negros, enmarañados, no ordenados por el ingeniero, sino de diseño cataclismático, como esas finas fisuras del hielo polar que la cámara registra en diferentes tonos de negro.
La comida es una de las cosas que disfruto tremendamente. Y en esta hermosa Villa Borghese apenas hay nunca rastros de ella. A veces es verdaderamente asombroso. He pedido una y otra vez a Boris que encargue pan para el desayuno, pero siempre se le olvida. Al parecer, sale a desayunar fuera. Y cuando vuelve viene limpiándose los dientes con un palillo y le cuelga un poco de huevo de la perilla. Come en el restaurante por consideración hacia mí. Dice que le duele darse una comilona mientras le miro.
Van Norden me gusta, pero no comparto la opinión que tiene de sí mismo. No estoy de acuerdo, por ejemplo, en que sea un filósofo ni un pensador. Es un putero y nada más. Y nunca será un escritor. Tampoco lo será nunca Sylvester, aunque su nombre resplandezca en luces rojas de cincuenta mil bujías. Los únicos escritores a mi alrededor por los que siento algún respeto ahora son Carl y Boris. Están poseídos. Arden por dentro con una llama blanca. Están locos y carecen de oído. Son víctimas.
En cambio, Moldorf, que también sufre a su manera, no está loco. Moldorf se embriaga con las palabras. No tiene venas, ni arterias, ni corazón, ni riñones. Es un baúl portátil lleno de innumerables cajones, y éstos tienen escritos fuera rótulos en tinta blanca, tinta marrón, tinta roja, tinta azul, bermellón, azafrán, malva, siena, albaricoque, turquesa, ónix, Anjou, arenque, Corona, verdín, gorgonzola...
He trasladado la máquina de escribir a la habitación contigua, donde puedo verme en el espejo mientras escribo.
Tania es como Irene. Espera cartas voluminosas. Pero hay otra Tania, una Tania semejante a una enorme semilla que disemina el polen por todos lados... o, digámoslo al modo de Tolstói, una escena de establo en la que desentierran al feto. Tania es una fiebre también... les votes urinaires, Café de la Liberté, Place des Vosges, corbatas brillantes en el Boulevard Montparnasse, cuartos de baño oscuros, oporto seco, cigarrillos Abdullah, el adagio de la sonata Pathétique, amplificadores auriculares, sesiones anecdóticas, pechos de siena rojiza, ligas gruesas, qué hora es, faisanes dorados rellenos de castañas, dedos de tafetán, crepúsculos vaporosos que se vuelven acebo, acromegalia, cáncer y delirio, velos calidos, fichas de póquer, alfombras de sangre y muslos suaves. Tania dice de modo que todo el mundo pueda oírla: "¡Le amo!" Y mientras Boris se calienta con whisky, ella dice: "¡Siéntate aquí! Oh, Boris... Rusia... ¿Qué voy a hacer? ¡Estoy a punto de estallar!"
Por la noche, cuando contemplo la perilla de Boris reposando sobre la almohada, me pongo histérico. ¡Oh, Tania! ¿Dónde estará ahora aquel cálido coño tuyo, aquellas gruesas y pesadas ligas, aquellos muslos suaves y turgentes? Tengo un hueso en la picha de quince centímetros. Voy a alisarte todas las arrugas del coño, Tania, hinchado de semen. Te voy a enviar a casa con tu Sylvester con dolor en el vientre y la matriz vuelta del revés. ¡Tu Sylvester! Sí, él sabe encender un fuego, pero yo sé inflamar un coño. Disparo dardos ardientes a tus entrañas, Tania, te pongo los ovarios incandescentes. ¿Está un poco celoso tu Sylvester ahora? Siente algo, ¿verdad? Siente los rastros de mi enorme picha. He dejado un poco más anchas las orillas. He alisado las arrugas. Después de mí, puedes recibir garañones, toros, carneros, ánades, san bernardos. Puedes embutirte el recto con sapos, murciélagos, lagartos. Puedes cagar arpegios, si te apetece, o templar una cítara a través de tu ombligo. Te estoy jodiendo, Tania, para que permanezcas jodida. Y si tienes miedo a que te jodan en público, te joderé en privado. Te arrancaré algunos pelos del coño y los pegaré a la barbilla de Boris. Te morderé el clítoris y escupiré dos monedas de un franco...

Comienzo de Trópico de Cáncer de Henry Miller. Traducción de Carlos Manzano. Novela, 425 páginas, -Editorial Edhasa, 2009



Audio de voz de Henry Miller

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Le dieron consejos a Borges

Cuando te metes en el mundo de la escritura, ves un abanico poblado de seres mínimos y miserables. Canallas que inmersos en un gremio no grato, tratan por todos los medios de parecer encantadores. Generalmente son seres fracasados, que se autoproclaman inventores de algo, que ya existió en un siglo que ya pasó. Están siempre a punto de alcanzar la estrella lejana. Un editor rico que vive en Europa. Cultivan el oficio sin arriesgar un ápice su apoltronado sillón de terciopelo. Se reúnen los martes y los jueves. Se autoproclaman los mejores de la provincia. Y entre vodka y vodka, arman su propio ranking. En donde siempre ellos, ocupan lugares de privilegio. Son insoportables. Conocieron a Dante Alighieri. Le dieron consejos a Borges. Corrigieron a Cervantes. Verdaderos pavos reales que meriendan con champagne. O no. Puede que lo hagan con el vino más barato y brutal. No importa. Aquello no importa. Porque son los mejores. Y la pobreza cuenta. Cuenta la desdicha. Todo cuenta. Y ellos. Los bellos. Los mejores. Los escritores. Seguirán viviendo en su limbo. En donde poca gente tendrá acceso. Incomprendidos. Piensan pegarse un tiro. Morir heroicamente. Que el mundo sepa de ellos. Que a través de su muerte lo descubran. Unos verdaderos papanatas. No pienso nunca más escribir sobre ellos. Sobre mí.

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Aquello que me salvó de Nerón, Hitler y Pinochet, no me salvó de Vanesa

Nada más al verla me decepcionó. Algo no me gustó. No sé qué fue. Pero no me gustó. Mis amigos. Carlos y Susana me lo presentaron. Es más, se habían puesto de acuerdo en presentármela. Me lo habían dicho. Te vamos a presentar a Vanesa. Es la chica de tu vida. Ya verás. Seguramente a Vanesa le dijeron lo mismo. Y estábamos ahí. Y no me gustó. No sé qué habrá pasado por la cabeza de Vanesa. Aquella noche casi no hablamos. Al día siguiente le mandé un correo. Le mentí. Le dije que me había encantado. Que quisiera verla de nuevo. Y nos vimos. Y me gustó. Todo cambió. Era fenomenal. Magnífica. La chica de mi vida. Carlos y Susana tenían razón. No se habían equivocado. Era la chica de mi vida. Yo que presumía de cierta intuición pueblerina, me había equivocado. Luego todo el celeste encanto de una vida sin prisa. Amor a más no poder, de no creer. Cinco noches en un crucero. Todas las nubes decían Te Quiero. Eso fue, hasta el día que la encontré acostada con mi padre. Ahí volví a creer en mi puta, maldita, jodida, pinche, cabrona y pendeja intuición. Aquello que me salvó de Nerón, Hitler y Pinochet, no me salvó de Vanesa y de mi padre. El golpe más fuerte siempre viene del lado de lo que amamos. Siempre. Es la vieja historia. Del asombro y la decepción. Como Ezra Pound, diría, que nada más merece ser habido. El asombro y la decepción. Nada más merece ser habido. Nada más.

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El día antes de morir

El día antes de morir, vino a comprar. Una lata de cerveza, una mata de lechuga, un helado, un kilo de pan, 200 gramos de jamón. Hablamos del clima. De cosas sin importancia. De datos inútiles. Al día siguiente me pregunta Isabel si estoy enterado de que Rosa se murió. Le pregunto cuál Rosa. Me dice que la que vive enfrente de Don José. Le digo que no puede ser. Que ayer vino a comprar. Que no puede ser. Le comento que hablamos del clima. De cosas sin importancia. De datos inútiles. Me dice que fue un ataque fulminante. Pongo cara de desolación. De tristeza. De no entender. Recuerdo que le cobré de más.

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Vida de novela la novela de mi vida

Ya basta. Debo escribir una novela. Escribiré una novela. Mi vida por una novela. La novela de mi vida. Esa novela tendrá que ver con el día que descubrí, que mi padre no era mi padre. Que mi madre no era mi madre. Y que nací un día nublado. Entonces. Debo escribir una novela. Si no escribo una novela nunca seré escritor. Me lo han dicho. No vale que haya publicado un libro de poemas. Que escriba en un blog de Blogspot. Que me publiquen en un diario de provincia. Si no he escrito una novela, no soy escritor. No soy nadie. Entonces me decidí. Comencé a escribir una novela. Y en eso estoy. Escribiendo una novela. Mi novela. Autobiográfica. Es mi novela. La novela. La novela de mi vida. En mi novela me llamo Jesús. Es que me llamo Jesús. Verdaderamente me llamo Jesús. Ya lo dije, es autobiográfica. Soy Jesús. Hijo de un carpintero, y de una mujer llamada María. Eso creía. Me lo habían dicho. Que era hijo de un carpintero y de una mujer llamada María. Pero no era exactamente así. En verdad fui un bastardo. La palabra más hermosa del mundo. Bastardo. Nací en Bolivia. Es verdad. Eso ocurrió. Nací en Bolivia. Y lo cuento en mi novela. Nací en Bolivia. Será la novela de mi vida. Ya voy en la página cincuenta. De mi novela. Mi novela trata sobre un periodo específico de mi vida. Mi adolescencia. En donde viajo a Chile. En donde tomo un tren. Al sur. En donde fui violado por chilenos borrachos y frenéticos. De aquello quiero escribir. De aquello y otras cosas. En mi novela. Un periodo oscuro de mi vida. Terrible. Y en eso estoy. Escribiendo. Quiero contar la verdadera historia. Mi historia. En una novela. El día de mañana Dios sabrá lo que pasa conmigo. Espero no arruinar ningún negocio. Contando la historia. Mi historia. La historia de mi vida. Ya lo dije. Voy en la página cincuenta. Afuera cae la nieve. Los gorriones se posan sobre el árbol de manzanas. El viento es favorable.

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