Un día conocí a Juan Mihovilovich


Juan Mihovilovich es un escritor que conocí hace un par de años. Antes, mucho antes, lo había leído. Lo había admirado. Todo un referente en las letras nacionales. Entonces, de repente, se presenta ante mí. Soy Juan Mihovilovich me dice. Tuve ganas de decirle que yo era María Antonieta. Es que no puedes creer que alguien al cual tu admiras se presente ante ti. Así sin más. Luego tomamos un café y hablamos del último gol de Messi. De la pelea en que Thomas Hearns le ganó en el segundo round a "Mano de Piedra" Durán. Hablamos de bueyes perdidos. De la grosella verde y roja. Del tiempo del trompo y las canicas. De literatura nada de nada. No era necesario. Por regla general no hablo de literatura con escritores. Luego al marcharse lo despedí con un fuerte abrazo y un beso. Le dije que lo quería. Nada más. El resto es Literatura.

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Sala de Aislamiento 1

Veo a Bukowski llegar al hospital. Lo traen en camilla. Hecho mierda. ¡Es Bukowski!, grita Franky. Inmediatamente le ponen una mascarilla de oxígeno, suero y otras porquerías. Es la tercera vez que ingresa dice la enfermera. Baja la voz y agrega: este viejo de mierda no tiene cura. Se someterá al tratamiento del copete y luego volverá a emborracharse. Y ahí se quedó. Inmóvil casi muerto. Roncando bufando apenas vivo. Por la mañana amaneció mejor. Le habían retirado el oxígeno y le habían dejado el suero y las otras porquerías. Me acerco y le digo: Abuelo, si usted quiere algo me avisa. Con los ojos entreabiertos creo que me da las gracias. En verdad no se le entiende un carajo. Le comento que si quiere orinar lo haga en el recipiente chico. Que si quiere cagar lo haga en el recipiente grande. Que una enfermera se encargará de todo. Al día siguiente empeora. Lo vuelven a entubar. Llega el doctor e imparte la orden de llevarlo a la Sala de Aislamiento 1. Por la puerta entreabierta observamos que hay una junta de médicos. Luego se produce una enorme agitación. Enfermeros que entran y salen. Viene Franky que está internado por lo mismo y me dice: te apuesto una botella de vodka que no pasa de las doce. ¡Con lo que me gusta el vodka! Le digo que no, que pasará del mediodía. Que considero que morirá por la tarde. A las cinco de la tarde como mueren los toreros. Apostamos. Después me entero que Franky ganó aquel día; una botella de vodka, una de ginebra, tres de vino y un polvo con Paola de Medicina Mujeres. ¡Malditos putos borrachos!

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Última Esperanza

Jósef y su esposa Janina, llegaron a Última Esperanza en la década del cuarenta. Llegaron con sus pequeños hijos, Jarek y Ela. Huyendo de una Europa devastada por la segunda guerra mundial. Necesitaban huir lo más lejos posible del recuerdo. Del tableteo de la metralla, del hambre que todo lo enturbia y de una inabarcable desdicha. Puerto Natales sería el remanso. Su lugar en el mundo, su pequeño paraíso privado. Cuando ocurre una catástrofe, necesitamos pensar en cambiar de aire, de territorio, de idioma y de mundo. Tres meses viajando dando tumbos, en caballos, carretas, trenes, barcos. Con horarios dislocados y emergencias desbocadas. Vida de polizontes y naufragios. Ropa mojada y galleta dura. Con la mirada perdida en un futuro difuso. Alimentados con el ansia del reposo y de una dicha siempre esquiva. De estarse quieto por fin en un lugar. De dormir en una choza que no sea una madriguera. De hacer suyas estrellas distantes. De poder lavarse la cara en un mismo sitio todos los días.

El poblado de Puerto Natales en la provincia de Última Esperanza, quedaba al sur del sur, en el extremo Sur. Si dabas un paso en falso podías perfectamente caer del mapa. Nada más lejos podías llegar. Si bien alguna ciudad más grande e importante se encontraba más al sur, Natales por tamaño, precariedad y desolación, no admitía competencia. Casas como dibujos de niños, una puerta dos ventanas y techos rojos. Barro y piedra en las calles. Algunos postes de luz que permitían dar una pálida idea de algo parecido a la sombra. Y algo fuera de lo común, una economía pobre y pujante, toda una contrariedad. Vastas extensiones de campos con millares de ovejas, trabajo abundante y alimentos al alcance del cuchillo. Si tenías hambre, recorrías una corta distancia y sacrificabas un cordero. El abigeato estaba tolerado y permitido. Valía más un kilo de lana que un borrego. Todo era posible. Era la Patagonia con leyes propias y poco estrictas. A esa gente no se le permitía tener más que lo suficiente para vivir. Y no digamos que los pobladores en esos confines eran felices, nadie lo es en ningún lugar ni todo el tiempo, sino que se aplicaban a una receta bíblica infalible: Todo lo demás vendrá por añadidura. Amén de un bar cada 200 habitantes, también existían seis periódicos que se publicaban simultáneamente, teatros y grupos anarquistas vociferantes que postulaban el cielo en la Patagonia.

A ese lugar en el mundo llegó Jósef Szabelewski, su esposa Janina y sus hijos Jarek y Ela. No le costó encontrar trabajo. En verdad trabajo era lo que sobraba en aquellos parajes. No hacía falta que no supiera el idioma, para trabajar en el campo no es indispensable conocer arameo antiguo. Te abocas a lo que tienes que hacer y ya. Era el encargado de mantener en funcionamiento las máquinas de esquila de los lanares. De poco contacto con la gente del pueblo, seguía la máxima por él no conocida del General Perón, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa. No era un hombre de demostrar afecto y cariño para los suyos, mucho menos para el extraño, extraños eran todos los habitantes del poblado. Pero el ingeniero era metódico y cumplidor. Fuera del trabajo se dedicaba a leer aquellas obras voluminosas que trajo desde Polonia. Libros de mecánica, física y química que ocupaban sus tardes y noches de descanso. Su carácter poco dado a establecer contacto con la gente del pueblo, poco a poco lo fue apartando de toda invitación a participar. Esa regla aun está establecida en aquel lugar. A él tampoco le interesaba en lo más mínimo. Ni siquiera se enteraba. Fue tildado de loco, de polaco loco. Lo extraño, lo fuera de lo común, lo que no sabemos, aquello ignorado, le ponemos un mote y avanzamos. A otra cosa.

No era lo que pensaba. Es que no era lo que pensaba. El olor de la lana y la mierda de ovejas atravesaba todo el pueblo. Gente alcoholizada tirada fuera de los bares. Era el tiempo en que todos los natalinos eran mexicanos. Arriba de un caballo dándose de tiros. Soledades encubiertas con gestos de altanería y desprecio. Burdeles atestados de viejas meretrices croatas. Un idioma esquivo ininteligible y las malditas casas para niños de techos rojos. Ese no era el lugar en el mundo que había soñado para él y los suyos. Para Janina, Jarek y Ela. Otro lugar en el Universo sería posible. Ya no en este mundo. Este mundo no era su mundo. Se había escapado del hambre y la desdicha, a un lugar en donde, hasta el fin de los tiempos sería tratado como polaco loco, el viejo de las herramientas o cabeza de fuego por el color de su pelo. No sería el escarnio de aquel maldito pueblo. No sería el hazmerreír de un pueblo oxidado y olvidado y vuelto a olvidar de la mano de dios. Tendría que encontrar el lugar exacto. Un lugar preciso. Un lugar en donde comenzaría su empresa. Una empresa que lo distinguiría del resto de los mortales. Y lo encontró en Puerto Prat, a veinticuatro kilómetros de Puerto Natales. Allí construiría su nave espacial.

Adquirió una carreta y una yunta de bueyes. Cada fin de semana durante dos años, emprendía viaje a Puerto Prat, y allí, en el mayor de los sigilos, construía su nave. Ni su mujer ni sus niños estaban enterados. Ya les comunicaría cuando la faena hubiese terminado. Todo servía, algunas cosas compraba, otras las tomaba por ahí. Tambores de fierro, latas de manteca, pernos, alambres, cartones, bolsas de arpilleras, maderas, clavos, sogas y todas aquellas cosas que sirvieran para su acometido. Lo extenso y variado de las cosas que servirían para el viaje, eran a todas luces insólitas, como por ejemplo; logró reunir cincuenta pares de botas de goma, treinta monturas de caballo, 30.000 caparazones de erizo, tres toneladas de espina de merluza. Sus estudios de química le ayudaron tras infinitos desmadres, a fabricar el combustible necesario. Una mezcla de guano de lamilla de mar, caca de oveja y cabeza de cerdo. Había calculado que con 470 tambores, tendría de sobra hasta lograr dar con su planeta. Con su lugar en el mundo. Con el lugar más bonito del mundo.

El viernes por la tarde se lo comunicó a su esposa. Al día siguiente lo llevaría a ella y a los niños a su nuevo hogar. Le habló de su proyecto, de sus planes, de sus sueños. Sería -le dijo- una empresa menos riesgosa que vivir en ese pueblo de atolondrados borrachines. Le ofrecería a ella y los niños un cielo azul. Un cielo completamente azul. Ya sabemos que el cielo no es cielo ni es azul, pero se lo ofrecería. Su regalo de amor. Su tributo de amor. A ella y los niños. Seguidamente hizo dos cosas por él desusadas, abrió una botella de Zubrówka y cantó. Era la primera vez que Janina lo veía tomar y que lo escuchaba cantar. Seguramente también sería la primera vez y quizás la última vez, que alguien en Última Esperanza haya entonado el One man choir. Y fue feliz. Inmensamente feliz. Y bailó. Y su mujer se contagió, y sus hijos, y todos bailaban y cantaban, tanto que sus vecinos de Nueva Laredo chistaron y les hicieron callar. Él no paraba de reír. Yo el loco polaco decía. Yo el loco polaco. Ya sabrán todos de qué es capaz este loco polaco. Junto a Janina, se tomaron la mitad del Zubrówka y durmieron el sueño más sueño de todos los sueños. El sueño de la completísima felicidad.

Había acondicionado la nave espacial como la cocina de su vieja Szczecin. Por fuera la nave era roja, del mismo monocorde color de los techos de las casas del pueblo. Aquello significaba ciertamente, que también había robado pintura de los estancieros locales. El espacio de la cabina era cómodo y confortable. Lo mismo las demás dependencias. La bodega atiborrada de alimentos para el largo viaje. Carne de cordero, de res, de cerdo y gallina. Patatas, arroz, zanahorias y una mata gigante de cilantro. Los ciento cincuenta metros de largo de la nave, la volvían imponente ante el paraje también imponente de Puerto Prat. Les advirtió a su familia que se amarrasen con las bridas de caballos que estaban allí dispuestas. Tocó el botón rojo de la tapa de bebidas La Pradera, y un enorme estrépito se sintió hasta en la Antártica. La tierra temblaba. El pasto se quemaba. Los cóndores enloquecían. El resplandor de mil soles luminosos encegueció a los habitantes del pueblo. Miles de liebres murieron fulminadas. Zorros muriendo de espanto. Guanacos en llamas. Pumas aterrorizados se lanzaban al suicido en Laguna Sofía. El huemul se extinguió completamente. En el pueblo el pastor Spiro Cárdenas, con biblia en mano diciendo: se los advertí pueblo de pecadores, la palabra del Señor es grande, todo está en las santas escrituras, es el fin, vuestro fin, arrepentíos.

Pronto muy pronto, en un segundo, quedaba atrás Última Esperanza. Una manchita de nada desde la altura. La Tierra quedaba atrás ovalada en los polos y azul. Todo quedaba en el pasado mientras la nave se dirigía rumbo al futuro. Los cuatros ebrios de tanta felicidad bailaban una polka mazurca interminable. Fueron ocho minutos y diez segundos lo que tardaron en ponerse en órbita, y de allí no salieron. Sólo dar vueltas y vueltas por un cielo siempre magnífico de estrellas luminosas. Y fue pasando el tiempo, los años, siempre el mismo cielo de mierda, siempre el mismo puto cohete rojo, siempre el mismo paisaje inútil atiborrado de un cielo infinito. Los niños crecieron y ellos se volvieron ancianos. Primero fue su hijo Jarek el que enfermó gravemente y murió. Luego la hermosa Ela fue la que no pudo sobrevivir a un cáncer de mama. Más tarde fue el turno de su esposa Janina quien murió de pena maldiciendo a Jósef.

No estaba mal en Puerto Natales se lamentaba. Podría haber soportado la burla destilada por los viejos chilotes. Su mierda de canciones mexicanas cantada en los bares, sus borracheras perennes, esa manera de enfrentarse a balazos. Tendría que haber aprendido a comer milcaos. A cazar guanacos. A contrabandear caballos desde Argentina. A salir a mariscar con las viejas chalupas. A comer curanto sacados de un hoyo bajo la tierra. En cambio estoy acá, girando girando, dando vueltas y vueltas siempre por la misma ruta de mierda. He acabado con los seres que más quería. Soy un tonto y contumaz polaco loco. Eso es lo que soy. Tomó una determinación. Se mataría. Haría explotar la nave. El sabía como hacerlo. El estruendo fue inmenso. El cielo se convirtió en un estercolero. Millones de fragmentos esparcidos en el espacio. Solamente algo permaneció intacto, él. Jósef Szabelewski. Todo se fue dando de manera efectiva y casual. Su cuerpo se puso en un ángulo en donde ofrecía menos resistencia. Entró de panza a la atmósfera. Redujo gradualmente la velocidad y se posó suavemente allí, en Szczecin, su pueblo natal. De donde nunca tendría que haber salido.

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Almorzando en La Grande Abbuffata

Mientras estuve internado en el hospital, ella bajaba y bajaba. Primero había estado en Florencia, luego en Roma, más tarde en Nápoles y al salir del hospital me llama desde Catanzaro. Me dice que todo aquel mes había soñado cosas terribles. Siempre referidas a la Patagonia. Soñado con naufragios. Aviones cayéndose al mar. Gente huyendo hacia los cerros. Ventisqueros que avanzaban vertiginosos destruyendo todo a su paso. Que una noche había soñado conmigo pidiendo auxilio, no me veía, solo escuchaba mi grito desesperado. Esta mujer me ama pensaba mientras la escuchaba. Eso se llama estar en sintonía con el ser amado. Almas gemelas. Es que esas cosas pasan. Ella sin saber de mí allá lejos. Cortada toda vía de comunicación, algo le decía que yo no pasaba por un buen momento. Presentía lo que me habría de pasar. Mientras la escuchaba fui sintiendo una paz inmensa. Mucho amor. Muchísimo amor. Sonreía satisfecho. El amor todo lo puede, no hay distancias ni barreras que impidan que dos seres que se aman, puedan estar tan indisolublemente conectados. Luego me dijo que estando en Catanzaro, el día anterior, mientras almorzaba en La Grande Abbuffata, se había enterado del incendio que destruyó miles de hectáreas en el Parque Nacional Torres del Paine, en la Patagonia, cerca de casa. ¡He ahí mis sueños Hugo! Le digo: ¡Muérete puerca asquerosa! Le corto.

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Toda la noche vendiendo ron

Estuvo toda la noche vendiendo ron. Vendiendo ron en el Hospital de Puerto Natales. Toda la noche vendiendo ron. Tenía la madre un almacén de ultramarinos cerca de la iglesia del Buen Pastor. La madre había muerto cuatro meses antes de que él ingresara al hospital. Aquella noche se lo pasó vendiendo ron. Había ingresado por cirrosis hepática. Su rostro era el mismo de antes cuando niño. Del cuello para abajo había cambiado. Era amarillo pato. En su abdomen una pelota de baloncesto. Las uñas de manos y pies eran de un amarillo pato furioso estridente. Decía: ¿Una o dos botellas? ¿Lo quiere con Coca o con Sprite? ¿De Cuba o de República Dominicana? ¿Es para regalar? Para usted se lo dejo a precio de oferta. Se lo envuelvo en papel madera. Es el ron que tomaba Fidel y Camilo Cienfuegos. Es un ron Zacapa Centenario, el mejor ron del mundo y para usted a un precio especial. Y así toda la noche. No dejó dormir a nadie de la sala de recuperación del hospital. Un infierno. Por la mañana explotó. Literalmente. Enchastró las paredes y ventanas de la sala con sangre. Viscosidades verdes y amarillas como bandera brasilera. El olor más nauseabundo del mundo. Uno de la sala no vomitó. Se vanagloriaba por ello. Espanto. Llegaron auxiliares y enfermeros. Lo retiraron. Personal de limpieza limpiaron. Luego llegué yo y ocupé su cama. Fue el veinticuatro de diciembre del 2011. Un minuto antes del pavo y el champagne.

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Portuguesa

Pienso que tendré que lidiar con esto. Que no tengo otra. Me gustaría escribir un cuento de cuando Phil conoce a Susan. Me tomo dos antiinflamatorios y dos aspirinas. Salgo a buscarlo. Una señora, pienso que portuguesa, me abre la puerta. Lo llama. Le digo, mira como tengo mi pierna, apenas la arrastro. Me recojo el pantalón y la pierna allí, roja, hinchada, tumefacta. Seguramente explotará. La pierna le habla y le dice: mira como estoy, nos costó mucho dar contigo, son nuestros últimos movimientos. ¡Tened piedad Dios mío! Observa y no dice nada. De mi chaqueta extraigo el S&W Modelo 29 con sus correspondientes seis cartuchos. Apunto sobre mi sien y disparo. La bala le dice: mira cómo ha quedado, ningún vecino podrá reconocerlo. Sonríe. Gira sobre sus talones. Da un brinco y la imagen se difumina.

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Jorge Díaz Bustamante

Buenas maneras

"1.- La mesa es uno de los lugares donde
más clara y prontamente se revela el grado de
educación y de cultura de una persona, por cuanto
son tantas y de naturaleza tan severa, y sobre todo
tan fáciles de quebrantarse, las reglas y las
prohibiciones a que está sometida".
MANUAL DE CARREÑO.

Ellos se sientan alrededor de la mesa, los conozco, a mí no me engañan. Aparecen timidamente, caminan cabizbajos con la mirada extraviada, como si estuvieran ausentes. Permanecen en silencio, como si no tuvieran voluntad. Después de un tiempo, cuando forman un buen grupo y ya se sienten cómodos, comienzan a murmurar y a elevar paulatinamente el sonido de sus voces. Después ríen mostrando sus mandíbulas feroces. Creen ser muy entretenidos y gesticulan con ademanes exagerados, para llamar nuestra atención, seguro. Aunque de este lado, los directores, parecen no percatarse de esta situación y siguen con las mismas conversaciones banales, que de tanto oírlas ya las tengo resabidas: El nuevo auto de Juan Carlos. Las vacaciones en Cancún de Alexis. La enfermedad manifiesta de la cual nadie quiere hablar, pero es un embarazo viejo, la hija de Guillermo, la Jimenita ¡y tan fina que se hacía la tonta! La inminente caída del cabello de Carrasco. En fin, parece que este fuera otro mundo.
Al otro lado, me imagino, la situación debe ser distinta. Lo digo por esos imprevistos cambios en la tonalidad de sus ojos. Por el brillo salvaje en sus pupilas. Sus preocupaciones, sin duda, son distintas. El alimento diario, proteger su guarida, evitar a los siniestros depredadores. Claro que es distinto.
No tienen la suerte nuestra, no. Y eso es lo que no entiende el bruto de Camilo. En vano le insistí que era peligroso mantener este contacto, que las condiciones no estaban dadas, que la democracia, hasta por ahí no más viejito. Tu padre, Dios lo tenga en su santo reino, siempre puso mano dura; el látigo o la espada, y nunca nadie se desvió del camino. Es que siempre tuvo esa fortaleza que muchos envidiaban.
Camilo es arrogante, le gusta lucir sus corbatas de seda italiana, sus mocasines de ante, su Rolex que consulta con gesto displicente. Dice que la elegancia, la buena educación y el apellido pueden distinguirse a kilómetros de distancia. Es natural él es el nuevo gerente general de esta empresa y lo hace notar.
No se puede negar, tiene buen gusto y para esta ocasión no se fijó en gastos. Contrató a la Lola Vidaurre que no dejó detalle al azar; adornos florales, manteles celestes, el blanco ya no se usa, la mesa bien dispuesta con abundantes platos nacionales. Un verdadero festín. Es evidente que quiere impresionar. De todos modos es una pérdida de tiempo. Una verdadera lástima que no me haya escuchado, pero al Camilo le gusta el halago fácil. Fui el único que votó en contra de esta moción. Cinco votos contra uno, los otros directores, encabezados por el pelotas de Guillermo, son capaces de aprobar el fusilamiento de su madre, con tal de agradar a Camilo.
Hay tipos que nacen parados, buena estrella le llaman. Los demás, tenemos que sacarnos la cresta para abrirnos paso en la vida y cuando ya creemos que a costa de sacrificios nos hemos ganado un lugar de importancia en este mundo, nos damos cuenta que seguimos bailando en la cuerda floja, "equilibrio precario" como define Camilo. A su viejo lo apoyé en todo, era bien hombre para sus cosas, luchamos mucho para llegar hasta aquí, siempre creí que ocuparía su lugar.
Ahora Camilo se propone pronunciar un discurso. Hace una carraspera, pero nadie lo escucha. Están verdaderamente animados, comen con gran apetito, algunos gruñen casi eufóricos, otros giran insistentemente demostrando su alegría. Otra carraspera y los directores se ponen nerviosos, porque no hay respuesta. Entonces Camilo con delicado gesto ceremonial, toma un tenedor y lo golpea repetidas veces contra una botella. El sonido tiene un efecto mágico, porque inmediatamente todos guardan silencio. Por un instante el tiempo parece detenerse.
El gerente general, dueño de la situación, hace una lenta inspiración, guarda cuidadosamente una mano en el bolsillo, da un paso adelante y comienza a hablar. Es horroroso, ¡ nadie entiende nada!. Eufemismos, metáforas y ditirambos van llenando la habitación; la nueva era, los nuevos tiempos y la conciliación. Los directores observan con cara de estúpidos, el imbécil de Guillermo asiente apoyando a Camilo. Al finalizar, el chillerío es impresionante, baten sus palmas y golpean el suelo. Están contentos.
El más viejo de ellos, alza los brazos y todos callan. Intenta hablar. Creo que esto ya rebasó todo límite, Camilo ve mi desición de detenerlo y me ordena que permanezca quieto. Con gestos infinitamente perdidos en el tiempo, el anciano, cuenta la dramática historia de explotación y miseria de su pueblo. De pronto, con un violento ademán desgarra la andrajosa camiseta que lo cubre. Muestra su espalda. Los directores palidecen al ver las cicatrices de los latigazos. El rostro ajado, se vuelve amable y extiende sus manos abiertas en señal de paz y amistad.
Nuevamente el chillerío. Todo está fuera de control. Camilo está feliz, los directores lo felicitan. El gerente general se dirige a ellos. Lo rodean. Le palmean la espalda. Muestran sus fauces malolientes. Gruñen. Traban sus mandíbulas de bestias.
Los directores sonríen, comentan la audacia de Camilo. Ninguno de ellos ve que la corbata de seda italiana ha caído lentamente al suelo, manchada de sangre.

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Andrés Azúa Sánchez

Mi primer maestro

Conocí a mi primer maestro cuando aún iba al jardín. Un día la tía que nos cuidaba nos pasó unas tablas y un poco de plasticina a cada uno. Nos dijo: "Dibujen algo en la tabla. Tema libre".
Tomé mi plasticina y la eché sobre la tabla. Hice un pájaro. Al rato pasó la tía por donde yo estaba y se quedó maravillada con el pájaro que yo había hecho. Me dijo que sin duda sería uno de los dibujos que se mostrarían en cuanto hiciéramos una exposición. Luego se marchó. Yo miré hacia el lado para ver lo que había hecho mi compañero de banco. Su dibujo consistía en varios trozos de plasticina caóticamente desparramados por toda la tabla, la mesa y el suelo.
-¿Y qué hiciste tú? -le pregunté.
-Un avión
-¿Un avión?
-Sí, un avión que se ha estrellado.
Me pareció de lo más divertido; así que tomé mi pájaro y lo hice trizas, al igual que él. Al rato la tía volvió a pasar y se detuvo a mirar mi tabla. Me preguntó por qué había hecho eso con el pajarito.
-Es un avión que se ha estrellado -le dije.
No pareció entender la idea. Más bien parecía enojada. Me reprendió duramente por lo que había hecho, me dijo que no tenía para qué imitar lo que hacían mis compañeros, que yo no era así realmente y que haciendo las cosas al lote no se lograba nada. Me quedé pensando en lo que me había dicho y llegué a la conclusión de que quizá yo realmente era eso: un pájaro de plasticina, igual al que yo había hecho. Esto me entristeció sobremanera, de la peor forma en que se puede entristecer un niño de 4 años. Creo que fue la primera vez que me sentí decepcionado de mí mismo, limitado. La tía dio por terminada la clase, escogió los mejores cuadros y se los llevó. Seguramente los quería colgar en algún mural y enseñárselos a alguien, al dueño del jardín o al alcalde. Y seguramente yo, si no hubiera sido por mi primer maestro, todavía andaría dibujando pajaritos de plasticina por ahí, esperando que alguien viniera a aplaudirme.

A mi primer maestro, dondequiera que esté

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