Marcela Muñoz Molina: Golpes en una calle vacía

Marcela Muñoz Molina: Golpes en una calle vacía

Entré al lugar abriéndome paso sólo con la furia. Lo busqué entre la gente, que amigablemente tomaba un café y veía televisión. Algunos arreglaban sus mochilas. Era un hostal donde ya habíamos estado en una de esas noches en que vagábamos, buscando un lugar para dormir. Llegamos a dar ahí como siempre, subiendo desde la playa al cerro, golpeando varias puertas que antes habíamos golpeado. Una botella de ron nos ayudaba a olvidarnos del frío y nos hacía repetir la experiencia nocturna de buscar donde no había. Caminábamos horas. Cuando lográbamos dar con algo, más que en un refugio el lugar se convertía en una situación. Dormimos en la parte trasera de un auto, entre los árboles del parque japonés, sobre la arena en la costanera, en la orilla de una laguna, en la casa de Ellis Regina un día que ella andaba de viaje, en la pensión donde vivía el único niño negro de la ciudad, en la casa prestada amablemente por el comandante Vera, quien en ese tiempo lideraba el escuadrón de la muerte. Decir que dormíamos es solo una forma de decir. En realidad nos reíamos. Toda la santa noche nos reíamos. Estuvimos en lugares en que, lo que correspondía era que nos pagaran una indemnización. Estábamos rodeados de gringos que comenzaban a levantarse a las cuatro de la mañana justo en el minuto en que nosotros queríamos dormir. Y ya había salido el sol. No tenía sentido seguir allí, nos volvíamos a levantar y volvíamos a vagar. Durante el día, literalmente nos asilábamos en algún café. Una vez entramos a uno a las diez de la mañana y nos fuimos a las diez de la noche. Doce horas mirando por la ventana. Otra vez pasamos el año nuevo en una cabaña en San José de Costa Rica. Como consideramos que no quedaba tan lejos, decidimos irnos a pie. Después de unos días decidimos que era mejor hacer dedo. Un señor muy amable en una camioneta nos llevó. La vuelta resultó más complicada. Nadie venía de vuelta de San José en un día festivo. Pero igual volvimos. Pasamos a comprar pan en la única casa donde se vendía algo en todo el camino. Dentro de la casa todos dormían. Algunos acostados sobre la mesa, otros en un sofá, la dueña de casa doblada en el suelo, un niño sobre una silla. En esa casa se había detenido el tiempo. Nos pareció totalmente normal y nunca hicimos ningún comentario al respecto. Nosotros sólo andábamos. Nos esperábamos ansiosamente. La llegada del barco a veces se atrasaba por el temporal, pero a mi no me importaba. Lo esperaba en el muelle, a pesar del frío y el viento. Esos eran otros tipos de días. Nos dedicábamos a una especie de incubación. Guardábamos largos silencios y tratábamos de no acercarnos a la orilla. El se tardaba. El llegaba realmente dos días después de haber llegado. A mi eso me parecía tan normal como una casa llena de gente durmiendo o irme a pie a San José en Costa Rica. Normal era su dormitorio pintado de rojo y un globo gigante que giraba sobre la cabecera. Normal era su altar con fotos y velas y un par de anteojos de sol rotos. Yo intentaba calentar esos fríos huesos amarrando su cintura a un árbol, llenando los floreros con plumas, regalándole zapatos para que caminara sobre el agua. Creo que llegué a hacerlo todo. Por eso, ese día entré al lugar abriéndome paso sólo con la furia. Lo busqué entre la gente, que amigablemente tomaba un café y veía televisión. Algunos arreglaban sus mochilas. Con una fuerza que no era mía lo saqué del lugar y lo golpee en una calle vacía, hasta cansarme. El había decidido abandonarme y cambiarme por una señorita de buena familia fría como un pescado.


Marcela Muñoz Molina: Poeta nacida en Puerto Natales, Chile. Ha publicado los libros, Ángeles y limusinas, El salvavidas lleva mi nombre y Poemas para no matar.

3 comentarios:

Anónimo dijo...
04:33
 

Hola Marcela, me gustó mucho tu cuento. Un beso y felicitaciones. Y un beso para Hugo por publicar el mío. Gracias.
Anxos.

Gracias a Marcela y Anxos por permitirme publicarlas. Un beso para las dos. Un beso para cada una de las dos. Gracias.

eterno dijo...
23:29
 

Es una dicha leer en la poesia las verdades de una realidad que no se cansa de jugar con la inspiracion, una inspiracion inteligente. gracias por tan buenos poemas