Laura, una india rosada y fresca, bajada de la puna a los ocho años y vendida por su padre, un mísero aparcero, al cura de Colca, fue traspasada , a su vez, por el párroco a una vieja hacendada de Sonta, y luego, seducida y raptada, hacía años, por Mateo Marino. Laura desempeñaba en casa de "Marino Hermanos" el múltiple rol de cocinera, lavandera, ama de llaves, sirvienta de mano y querida de Mateo. Cuando José venía de Quilvica, por pocos días a Colca. Laura solía acostarse también con él, a escondidas de Mateo. Este, sin embargo, lo había sospechado y, más aún, últimamente, de la sospecha, pasó a la certidumbre. Pero el juego de Laura no parecía incomodar a "Marino Hermanos". Al contrario, los brazos de la criada parecían unirlos y estrecharlos más hondamente. Lo que en otros habría encendido celos, en "Marino Hermanos" avivó la fraternidad.
Cuando Laura entró al cuarto donde estaban los Marino, éstos, la observaron de reojo y largamente: José, con apetito, y Mateo, un tanto receloso. Mientras Laura sirvió la comida, los dos hermanos no habían hecho caso, absorbidos como estaban por los negocios. Pero ahora, venía el sueño, y se acercaba el instante de la cama, Laura despertó de pronto una viva atención en "Marino Hermanos".
-¿Ya está lista la cama de José?.-le preguntó Mateo.
-Ya, señor -respondió Laura.
-Bueno. ¿Has dado de comer al caballo?
-Si, señor. Le he echado un tercio de alfalfa.
-Bueno. Ahora, más tarde, cuando se enfríe más, le quitas la montura y le echas otro tercio.
-Muy bien, señor.
-Y bien de mañana, anda donde el tuerto Lucas y dile que vaya a traerme la mula negra. Dile que esté aquí, a lo más, a las nueve de la mañana. Sin falta. Porque tengo que ir a la chacra…
-Muy bien, señor. ¿No necesitan otra cosa?
-No. Puedes ir a acostarte.
Laura hizo un gesto de sumisión.
-Buenas noches, señores -dijo, y salió inclinada.
Los hermanos Marino miraron largamente el esbelto y robusto cuerpo de Laura, que se alejaba a paso tímido, las polleras granates, cubriéndole hasta los tobillos, la cintura cadenciosa y ceñida, los hombros altos, el pelo negro y en trenzas lacias, el porte seductor.
Las camas de José y de Mateo estaban en un mismo cuarto. Una vez los dos acostados y apagada la vela, reinó en toda la casa un silencio completo. Ni uno ni otro tenían sueño, pero los dos fingieron quedar dormidos. ¿Cavilaban en los negocios? No. Cavilaban en Laura, que estaba ahora haciendo su cama en la cocina. Se oyó de pronto unos pasos de la muchacha. Después, un leve ruido del colchón de paja, al ser desdoblado. Luego, Laura poniéndose a remendar un zapato, se compuso el pecho. ¿En qué pensaba, por su parte, Laura? ¿En ir a desensillar el caballo y echarle el otro tercio? No. Laura pensaba en "Marino Hermanos".
Laura, por haber vivido, desde su niñez, la vida de provincia, se había afinado un poco, tomado muchos hábitos y preocupaciones de señorita aldeana. Sabía leer y escribir. Con lo poco que le daba Mateo, se compraba secretamente aretes y vinchas, pañuelos blancos y medias de algodón. También se compró un día una sortija de cobre y unos zapatos con taco. Uno que otro domingo iba a misa, bien temprano, antes de que se levantase su patrón y amante. Y Laura, sobre todo, se había impregnado de un erotismo vago y soñador. Tenía veinte años. ¿Quiso alguna vez a un hombre? Nunca. Pero habría deseado querer. Por su patrón sentía más bien odio, aunque esto odio anduviese disfrazado, dorado o amordazado por un sentimiento de vanidad de aparecer como la querida del señor Mateo Marino, uno de los más altos personajes de Colca. Pero el odio existía. Íntimamente, Laura experimentaba repugnancia por su patrón, cuarentón colorado, medio legañoso, redrojo, grosero, sucio, tan avaro como su hermano y que, por su parte, tampoco sentía el menos afecto por su cocinera. Cuando había gente en casa de "Marino Hermanos", Mateo ostentaba un desprecio encarnizado e insultante por Laura, a fin de que nadie creyese lo que todo el mundo creía: que era su querida. Y esto le dolía profundamente a Laura.
Con José, otras eran sus relaciones. Como José no podía poseerla por la fuerza y a la descubierta, puesto que su hermano estaba con ella, la venció y la retenía con la astucia y el engaño. José la hizo entender que Mateo era un tonto, que no la quería y que haría con ella, a la larga, lo que hizo con la madre de Cucho: someterla a la miseria, obligándola a escaparse con el primer venido. Le dijo, de otro lado, que él, José, en cambio, la amaba mucho y la haría su "querida de asiento" el día en que Mateo la abandonase. Además, José, contrariamente a lo que hacía Mateo -que nunca prometió a Laura nada- le prometía siempre darle dinero, aunque nunca, en realidad, le dio nada. En resumen, José sabía engañarla, halagándola y mostrándose apasionado, cosa ésta que Laura no advirtió nuca en Mateo. El propio género de relaciones culpables que los unía, azuzaba, de una parte, a José a no ser seco y brutal como su hermano, y de la otra parte, a Laura -mujer, al fin-, a sostener y prolongar indefinidamente este juego con "Marino Hermanos". En ello había también en Laura mucho de venganza a los desprecios de Mateo. Con todo, y examinando las cosas en conjunto, tampoco amaba Laura a José Marino, ni mucho menos. Ella no sabía, de otro lado, si, en el fondo le detestaba tanto como a su hermano. Pero, en todo caso, que lo que había entre ella y José era algo muy inconsistente, difuso, frágil, insípido. Muchas veces pensándolo, Laura se daba cuenta que no sentía nada por este hombre. Y, si más lo pensaba, llegaba a apercibirse, en fin, de que lo odiaba…
En esto meditaba Laura, remendando su zapato.
Los hermanos Marino, en sus camas, meditaban, el uno, José, ansiosamente, en Laura, y el otro, Mateo, con cierto malestar, en Laura y en José. Este quería ir a la cocina. Mateo no quería que José pudiera ir a la cocina. José esperaba que Mateo se quedase dormido. Aún cuando estaba convencido de que Mateo lo sabía todo, estaba también ahora convencido de que Mateo se haría el desentendido y de que tendría que quedarse, tarde o temprano, dormido. Sin embargo, las suposiciones de José no correspondían del todo la realidad del pensamiento y la voluntad de Mateo. Por primera vez, esta noche, Mateo sentía una especie de celos vagos e imprecisos. A Mateo, en verdad, le dolía que José fuese a la cocina. ¿Por qué? ¿Por qué ésta noche tales reparos y no las otras veces?...
Pasó largo rato, las cosas así en la cabeza de Laura y en la doble cabeza de "Marino Hermanos". Estos oyeron luego que Laura salía a desensillar el caballo y a echarle el otro tercio de alfalfa. El ruido de sus pasos era blando, casi aterciopelado y voluptuoso, pues Laura llevaba zapatos llanos. Oyéndola, el deseo se avivó en José. Le vino entonces ganas de tragar saliva y no lo pudo evitar. Mateo, oyendo la deglución salival de su hermano, se aseguró entonces de que éste desvelaba y sus resquemores se avivaron.
Laura volvió a la cocina y cerró de golpe la puerta. Los hermanos Marino se estremecieron. ¿Qué quería decir esta manera brusca de cerrar la puerta? José se dijo que se trataba de un sigo tácito, con el cual Laura quería indicarle que pensaba en él y que la noche era propicia a los idilios. Mateo dudaba entre esto que se decía José y la idea de que, con aquel portazo, Laura trataba, por el contrario, de significarle a él, Mateo, su decisión resuelta e inalterable de guardarle fidelidad. Pero José ya no podía contener sus instintos. Se dio una vuelta violenta en la cama. Después se oyó el ruido del colchón de paja, cuando el joven cuerpo de la cocinera cayó y se alargó sobre el. El deseo poseyó entonces por igual a ambos hombres. Los lechos se hacían llamas. Las sábanas se atravesaban caprichosamente. La atmósfera del cuarto se llenó de imágenes… José y Mateo Marino se hallaron, un instante, de espaldas uno al otro, sin saberlo…
Cuando Laura entró al cuarto donde estaban los Marino, éstos, la observaron de reojo y largamente: José, con apetito, y Mateo, un tanto receloso. Mientras Laura sirvió la comida, los dos hermanos no habían hecho caso, absorbidos como estaban por los negocios. Pero ahora, venía el sueño, y se acercaba el instante de la cama, Laura despertó de pronto una viva atención en "Marino Hermanos".
-¿Ya está lista la cama de José?.-le preguntó Mateo.
-Ya, señor -respondió Laura.
-Bueno. ¿Has dado de comer al caballo?
-Si, señor. Le he echado un tercio de alfalfa.
-Bueno. Ahora, más tarde, cuando se enfríe más, le quitas la montura y le echas otro tercio.
-Muy bien, señor.
-Y bien de mañana, anda donde el tuerto Lucas y dile que vaya a traerme la mula negra. Dile que esté aquí, a lo más, a las nueve de la mañana. Sin falta. Porque tengo que ir a la chacra…
-Muy bien, señor. ¿No necesitan otra cosa?
-No. Puedes ir a acostarte.
Laura hizo un gesto de sumisión.
-Buenas noches, señores -dijo, y salió inclinada.
Los hermanos Marino miraron largamente el esbelto y robusto cuerpo de Laura, que se alejaba a paso tímido, las polleras granates, cubriéndole hasta los tobillos, la cintura cadenciosa y ceñida, los hombros altos, el pelo negro y en trenzas lacias, el porte seductor.
Las camas de José y de Mateo estaban en un mismo cuarto. Una vez los dos acostados y apagada la vela, reinó en toda la casa un silencio completo. Ni uno ni otro tenían sueño, pero los dos fingieron quedar dormidos. ¿Cavilaban en los negocios? No. Cavilaban en Laura, que estaba ahora haciendo su cama en la cocina. Se oyó de pronto unos pasos de la muchacha. Después, un leve ruido del colchón de paja, al ser desdoblado. Luego, Laura poniéndose a remendar un zapato, se compuso el pecho. ¿En qué pensaba, por su parte, Laura? ¿En ir a desensillar el caballo y echarle el otro tercio? No. Laura pensaba en "Marino Hermanos".
Laura, por haber vivido, desde su niñez, la vida de provincia, se había afinado un poco, tomado muchos hábitos y preocupaciones de señorita aldeana. Sabía leer y escribir. Con lo poco que le daba Mateo, se compraba secretamente aretes y vinchas, pañuelos blancos y medias de algodón. También se compró un día una sortija de cobre y unos zapatos con taco. Uno que otro domingo iba a misa, bien temprano, antes de que se levantase su patrón y amante. Y Laura, sobre todo, se había impregnado de un erotismo vago y soñador. Tenía veinte años. ¿Quiso alguna vez a un hombre? Nunca. Pero habría deseado querer. Por su patrón sentía más bien odio, aunque esto odio anduviese disfrazado, dorado o amordazado por un sentimiento de vanidad de aparecer como la querida del señor Mateo Marino, uno de los más altos personajes de Colca. Pero el odio existía. Íntimamente, Laura experimentaba repugnancia por su patrón, cuarentón colorado, medio legañoso, redrojo, grosero, sucio, tan avaro como su hermano y que, por su parte, tampoco sentía el menos afecto por su cocinera. Cuando había gente en casa de "Marino Hermanos", Mateo ostentaba un desprecio encarnizado e insultante por Laura, a fin de que nadie creyese lo que todo el mundo creía: que era su querida. Y esto le dolía profundamente a Laura.
Con José, otras eran sus relaciones. Como José no podía poseerla por la fuerza y a la descubierta, puesto que su hermano estaba con ella, la venció y la retenía con la astucia y el engaño. José la hizo entender que Mateo era un tonto, que no la quería y que haría con ella, a la larga, lo que hizo con la madre de Cucho: someterla a la miseria, obligándola a escaparse con el primer venido. Le dijo, de otro lado, que él, José, en cambio, la amaba mucho y la haría su "querida de asiento" el día en que Mateo la abandonase. Además, José, contrariamente a lo que hacía Mateo -que nunca prometió a Laura nada- le prometía siempre darle dinero, aunque nunca, en realidad, le dio nada. En resumen, José sabía engañarla, halagándola y mostrándose apasionado, cosa ésta que Laura no advirtió nuca en Mateo. El propio género de relaciones culpables que los unía, azuzaba, de una parte, a José a no ser seco y brutal como su hermano, y de la otra parte, a Laura -mujer, al fin-, a sostener y prolongar indefinidamente este juego con "Marino Hermanos". En ello había también en Laura mucho de venganza a los desprecios de Mateo. Con todo, y examinando las cosas en conjunto, tampoco amaba Laura a José Marino, ni mucho menos. Ella no sabía, de otro lado, si, en el fondo le detestaba tanto como a su hermano. Pero, en todo caso, que lo que había entre ella y José era algo muy inconsistente, difuso, frágil, insípido. Muchas veces pensándolo, Laura se daba cuenta que no sentía nada por este hombre. Y, si más lo pensaba, llegaba a apercibirse, en fin, de que lo odiaba…
En esto meditaba Laura, remendando su zapato.
Los hermanos Marino, en sus camas, meditaban, el uno, José, ansiosamente, en Laura, y el otro, Mateo, con cierto malestar, en Laura y en José. Este quería ir a la cocina. Mateo no quería que José pudiera ir a la cocina. José esperaba que Mateo se quedase dormido. Aún cuando estaba convencido de que Mateo lo sabía todo, estaba también ahora convencido de que Mateo se haría el desentendido y de que tendría que quedarse, tarde o temprano, dormido. Sin embargo, las suposiciones de José no correspondían del todo la realidad del pensamiento y la voluntad de Mateo. Por primera vez, esta noche, Mateo sentía una especie de celos vagos e imprecisos. A Mateo, en verdad, le dolía que José fuese a la cocina. ¿Por qué? ¿Por qué ésta noche tales reparos y no las otras veces?...
Pasó largo rato, las cosas así en la cabeza de Laura y en la doble cabeza de "Marino Hermanos". Estos oyeron luego que Laura salía a desensillar el caballo y a echarle el otro tercio de alfalfa. El ruido de sus pasos era blando, casi aterciopelado y voluptuoso, pues Laura llevaba zapatos llanos. Oyéndola, el deseo se avivó en José. Le vino entonces ganas de tragar saliva y no lo pudo evitar. Mateo, oyendo la deglución salival de su hermano, se aseguró entonces de que éste desvelaba y sus resquemores se avivaron.
Laura volvió a la cocina y cerró de golpe la puerta. Los hermanos Marino se estremecieron. ¿Qué quería decir esta manera brusca de cerrar la puerta? José se dijo que se trataba de un sigo tácito, con el cual Laura quería indicarle que pensaba en él y que la noche era propicia a los idilios. Mateo dudaba entre esto que se decía José y la idea de que, con aquel portazo, Laura trataba, por el contrario, de significarle a él, Mateo, su decisión resuelta e inalterable de guardarle fidelidad. Pero José ya no podía contener sus instintos. Se dio una vuelta violenta en la cama. Después se oyó el ruido del colchón de paja, cuando el joven cuerpo de la cocinera cayó y se alargó sobre el. El deseo poseyó entonces por igual a ambos hombres. Los lechos se hacían llamas. Las sábanas se atravesaban caprichosamente. La atmósfera del cuarto se llenó de imágenes… José y Mateo Marino se hallaron, un instante, de espaldas uno al otro, sin saberlo…







