El artefacto de mentiras

El artefacto de mentiras

Por Robinson Vega Vera


... una pendeja, un pendejo, otro pendejo, otro más,
"inmaculada decepción"


La lluvia azotaba los vidrios del taxi, así como luego azotaría los ventanales del aeropuerto. El chofer hablaba de lo terrible de las noticias, de la catástrofe que es la desaparición de un familiar, más de un niño, de lo que duele, de lo que se rompe, de lo que se pierde, del castigo que merecen los asesinos. Diego iba exhorto en las gotas que se deslizaban por el vidrio, en el modo en que estallaban al llegar al auto, y cómo se desplazaban lánguidas por la fuerza del movimiento y del viento. Sí, sí, claro, cómo no, evidentemente, cosas así creyó musitar, como intentando responder al entusiasta discurso del taxista. A quién le importa, al fin y al cabo, que se pierda un niño en la ciudad, cuántos se pierden a diario en todo el país, en el continente, en el mundo. Si se pierde una rucia de ojos azules todo el mundo se conmociona, cuando se pierde un negro o un indio nadie se entera. El taxista quedó mudo ante lo que le supo a una verdad siniestra e inapelable. Condujo en silencio el resto del camino. Dejó al pasajero en el aeropuerto y al despedirse

- Tal vez tenga usted razón en eso, de que cuando se pierden algunos, nada pasa, que cuando se pierden de los otros, queda todo patas pa’ arriba…

- Sí, pero siempre ha sido así – como queriendo nunca haber iniciado la conversación, parecía tan fácil haberse quedado en silencio, “mi gran bocota y yo” pensó.

- No tienen por qué mantenerse como están las atrocidades del mundo, digo. Pobre chico.

- Gracias. Ahí estamos – indicando el billete con la Gabriela Mistral estampada y haciendo un ademán de despedida.

- De nada, que tenga un buen viaje.

 Diego entró al aeropuerto a paso veloz, aunque no sé si tanto por el frío como por los deseos de irse, embarcó rápidamente, aún no se formaba una aglomeración para abordar el avión. Pasó a la sala de espera, algo que tendría que hacer con paciencia, pidió un trago, se sentó a esperar, mirar como la lluvia azotaba los ventanales del aeropuerto, el mismo que hace un mes lo había visto llegar por primera vez al Austro que ahora albergaba sus irascibles deseos de partir nuevamente al norte.

Armó maletas con la promesa de un trabajo, un reemplazo permanente en un colegio, ya había trabajado en uno de la misma red de establecimientos educacionales cosmodemónicos, sembrando el terror y la esquizofrenia en este país y en otros, por lo que no le costaría adaptarse. Arribó un martes de madrugada, sin haber logrado dormir en el avión. Bajó y partió a una hostal, la cual sería su centro de operaciones por los primeros días antes de encontrar un arriendo o pensión que se ajustara al presupuesto. En la hostal tomó una ducha, el desayuno y partió caminando hasta el colegio en cuestión. Era aún bastante temprano por lo que solamente apuraban sus ganas de empezar (las que eran directamente proporcionales al calor en invierno). Pasó frente al colegio, eran poco más de las siete y apenas habían unas cuantas luces encendidas, estaba oscuro y no parecía que fuese a amanecer pronto. Optó por no quedarse ahí parado ya se le congelaban los pies, las manos, la cara y la espalda, así que tomó rumbo hacia la costa. Llegó a una calle decorada de puro cemento que permitía la vista limpia y rasa de todo el borde costero –todo, o casi todo-, quiso tomar una bocanada del fresco aire marino pero fue como si un millón de hormigas entraran a su garganta repiqueteando todo adentro, sintió aún más frío, retrocedió nuevamente al centro de la ciudad, tomó rumbo norte, llegó hasta unas arboledas, a esa altura caminaba con las manos bajo las axilas, como abrazándose a sí mismo. Se devolvió hacia el sur, cruzó el centro que permanecía aún cerrado, todas las tiendas exhibían sus cortinas metálicas rayadas con grafitis que le eran ajenos, se entretuvo leyéndolos, desde conciertos, peñas, tocatas, campeonatos de básquetbol, fútbol, truco -¿truco?-, propaganda política, más bien anarquista, la cual logró hacerlo sentir como en casa, por diez segundos. Sin darse cuenta estaba frente a la hostal. Decidió entrar movido exclusivamente por el frío, era aún temprano, volvió a desayunar, esta vez solamente un café. A la media hora –tiempo suficiente para recuperarse del entumecimiento en las manos, de los mocos que brotaban desde su roja y adolorida nariz- estaba ya de vuelta frente al colegio, llegaban apenas los atrasados, ninguno muy angustiado, al parecer, con el paso calmo y cadencioso. Entró, esperó a que atendieran a los criminales que osaban llegar minutos después de sonado el timbre, una falta imperdonable cuando se la ha transgredido tantas veces.

Hola, soy el profesor Burgos. Así tendría que haber dicho, y le habrían contestado lo esperábamos con ansias. Pero lo cierto es que alcanzó a levantar un dedo, tomar aire y abrir la boca y en ese preciso instante un chamán de la red cosmodemónica lo interrumpió, saludando, interrogando superficialmente y verificando que, en efecto, era el profesor tan esperado, aunque era esperado con cierta indiferencia, como si no lo esperasen aún.

Pasó la mañana viendo las actividades en que se dejaban atrapar estudiantes y profesores con una entrega total, parecían convencidos por propósitos superiores a su existencia, la trascendencia de lo que hacían en esos momentos. Una verdadera guerra sin cuartel… entre las alianzas. Resulta que saldrían dos días antes a las vacaciones de invierno. Era martes y se disputaban la mayoría de los puntos de la competencia. El miércoles ya sería la premiación y el desayuno en cada curso. Diego Burgos, puedes quedarte aquí a romperte el lomo por estos niños, por el futuro de la patria, o pudrirte en un bar, para el caso era lo mismo. Eso fue lo que entendió de las amables palabras del rector. A lo que Burgos respondió con otras palabras muy amables, intentó quedarse pero tras unos breves minutos estuvo tan convencido de la inutilidad de la batalla por cambiar el mundo, ganándole a otras alianzas, que inventó una excusa para volver al día siguiente, a esa jornada de reflexión y evaluación. Tomó rumbo al centro nuevamente. Perdió la conciencia del tiempo y deambuló por toda la ciudad hasta convencerse de conocer todos los límites del centro y sus detalles, que para una ciudad tan pequeña parecían constituir la estructura básica e imprescindible de la misma, a ratos parecía un puerto con calles que descendían o subían, según la ruta que estuvieses llevando, en otros asemejaba una ciudad perdida en un valle, plana y estática. Notó que el sol se escondía por los cerros, lo que le hizo sentir un desarraigo profundo con ése paraje. Esto es otro país, por definición el sol se hunde en el mar y aparece por la cordillera, no puede ser de otro modo. Era el más discreto gesto de que todo era diferente ahí. Entró una o dos veces a algún café. Almorzó en un restaurante lleno de gringos (europeos, estadounidenses, asiáticos varios, brasileños, argentinos, gringos todos), se tomó una cerveza en otro restaurante. Caminó erráticamente hasta que anocheció de súbito, al menos ésa fue su impresión. Tomó rumbo a la hostal con el pánico de sentir que ya había conocido la ciudad entera, que había conocido la isla entera, el mundo entero, y ya no había ninguna sorpresa para él; era la desolación hecha urbe.

Al día siguiente, llegó a los desayunos y premiaciones, el jueves entró como un profesor más –eso era, al fin y al cabo- y participó silente de la jornada. Ya el viernes se respiraba algo distinto. Su segundo día discurriendo con personas cansadas y dispuestas a la destrucción, los planes conspirativos que se armaron en el colegio de la red cosmodemónica culminarían en bares cercanos, irían decayendo en reputación según fueran mermando los recursos del grupo y según se fueran retirando los integrantes más “decorosos” de la colectividad. Diego iba como uno más de la manada, el nuevo, el pajarito nuevo, el perro nuevo, el goma, el amigo de todos, el amigo de nadie. Partieron por un restaurante de nombre italiano en pleno centro de la ciudad, luego caminaron un poco más al sur, hasta un pub tan barroco como el italiano pero con tintes más bohemios, la tercera escala fue en un local que tenía la patente de restaurante de turismo, lo cual era un vil eufemismo, era tan turístico como un McDonals en Nueva York, parte esperable del paisaje. Estuvieron ahí hasta pasadas las 3, cuando la veintena de hombres –mayoritariamente hombres, las mujeres que había apenas fueron hasta el restaurante italiano- pasaron a ser un grupo de cuatro borrachos alegres, entre ellos, D'Artagnan, Diego, que había caminado esas mismas calles con un tedio colosal, ahora las caminaba libre de ese peso.

 - ¿Y ahora? – Musitó uno, alegremente, al notar que no eran aún las cuatro

- Vamos al Fernandos – Expresó con seguridad y convicción otro
- Yapo, en qué topamos…

Diego a duras penas escuchó la conversación, distraído por la música y otras conversaciones, además de su incipiente borrachera. Afirmó estar medio escaso de dinero, lo cual fue refutado con inesperadas muestras de solidaridad. Pero no, compañero, cómo es eso, no nos insulte, aquí hoy usted es el invitado, sea bienvenido, hoy por ti, mañana por mí. Así lograron llevarlo, sin muchos forcejeos, al que resultó ser una casa de putas de lujo. Diego no alcanzó a terminar de entrar cuando vio enfermeras, policías, conejitas, colegialas, todas a niveles hollywoodenses, escasas en el cotidiano. Algo digno de mirar, contemplar a boca abierta.

Buena, Burgos. Lo vamos a pasar bien, ya se notó que eres uno de los nuestros. Por hoy, no te preocupes, yo invito. No te acostumbres eso sí. Dijo esto mientras estaban medio abrazados viendo el baile de una colegiala a la que le restaba desprenderse de una corbata para quedar totalmente desnuda. La conversación avanzaba al mismo ritmo que avanzaban los vasos –habría dicho copas, pero quién ocupa “copas”- pero retornaba constantemente a hablar de la bohemia local. La que en efecto resultaba ser bastante pobre. A pesar de eso, le decía Oyarzo, hay que saber encontrar, saber dónde ir para conseguir lo que quieres, por ejemplo aquí es solo para recrear la vista. Hay lugares donde encontrarás negras, otras negras, negras más negras que esas negras que viste primero, podrás encontrar argentinas, jovencitas, jovencitos. Bustos quiso aparentar normalidad ante la última palabra que escuchó, la que fue pronunciada con una cadencia distinta, insidiosa.

Las visitas al Fernandos habrían sido cotidianas si no fuesen tan costosas. El tedio diario del invierno, el periodo de vacaciones convertían en necesidad buscar esos placeres, casi a cualquier precio. Al poco andar la semana, la primera semana aún de las vacaciones de invierno, Diego notó una severa merma en sus fondos. Tras asesorarse con el Oyarzo, empezó a visitar lupanares más accesibles a su presupuesto decreciente. Consulta que debió hacer dos o tres veces. Entrada la segunda semana, veía el abismo frente a sí. La quiebra. Empezó a sacar cuentas, calculó los gastos de su estada y no había solución más que endeudarse con un banco o con una tarjeta, pedir un avance para comprar lo necesario. Le quedaban poco menos de cien mil pesos.

Salió a caminar en un intento por dejar de pensar tanto, calcular y recalcular todo sin resolver nada. Llegó al Café Colonial –lo de café es un eufemismo- se sentó a la barra y logró entablar conversación con dos o tres parroquianos, que por lo visto eran casi parte del inventario del lugar. Conoció la ciudad desde otras perspectivas, más amables y etílicas, por supuesto. Llegó un punto en que decidió no gastar más, estaba a dos pasos de entrar a una economía de guerra y no quería precipitarse por una cerveza más. Salió del café y se quedó un momento parado, como decidiendo a dónde ir, miró el suelo, luego el cielo de la noche que parecía tiritar por el frío. Siguió el peso de la gravedad y caminó hacia la costa, donde bajaba el cerro, camino al casino de la ciudad. Bueno, si iba a meter la pata, habría que meterla bien, hasta el fondo, en forma irremediable. En eso pensaba a medida que caminaba hacia allá. Entró sin esperar nada, tal vez buscaba tocar fondo, es como ahogarse en una piscina, se mentalizaba, cuando pises fondo podrás volver a la superficie.

En el aeropuerto vio como un camión con comida obligó a retrasar el vuelo. Alguien calculó mal, el camión se ensartó en el avión. Escuchó por los altoparlantes que debido a un problema técnico se retrasaría el vuelo. Burgos vio in situ el problema técnico, a diferencia de la mayoría de los pasajeros que aún estaban en la fila chequeando sus pasajes; le pareció que cualquier cosa podía ser un problema técnico, todo, lo que sea, que aquel problema técnico era un eufemismo barato, una méndiga mentira, una más, una menos. Se dejó absorber por el intrigante modo en que pequeños detalles repercuten incalculablemente en lo que nos pasa. Se vio a sí mismo en los bares que frecuentó después de su mágica noche en el casino, entrando a prostíbulos cada vez más sórdidos. Se cumplió la segunda semana de las vacaciones de invierno, esperaba con ansias volver a hacer clases alguna vez, por lo que resultó ser una tragedia el descubrir que en la zona las vacaciones de invierno duraban una semana más que en el resto del país. Se abandonó a caminar, emborracharse, caminar, pasar por fuera del Fernandos y de ahí tomar conciencia y ahorrar yendo a lugares menos costosos, y menos glamorosos, claro, menos seguros, menos de todo.

Pasó así su última semana de vagaciones, hasta regresar con gloria y majestad a una sala poblada de inteligencias adormecidas. Vio en la primera fila a un chico menudo, de tez morena, solo un poco menos que su cabello. Había cuarenta sujetos más ahí, todos desconocidos menos él. Lo identificó inmediatamente desde uno de los lupanares que frecuentó en esa temporada invernal. Un fantasma frío y seco se desplazó desde la nuca hasta los talones, el recuerdo de ése delgado torso que se arqueaba al exhalar, desnudo retorciéndose entre sus manos, jadeando como una niña que descubre su sexo, presionando esos muslos contra sus piernas.

Después de clases, Diego se veía con Felipe casi a diario, se reunían en un callejón de la ciudad, en un auto que había rentado, tomaban la ruta hacia el sur, que era un espacio vacío y despoblado casi siempre. Diego sufría al verlo, sin poder acceder a él a su antojo como lo hiciera en las vacaciones. Empezaron a discutir, luego a pelear. Estar alejado de la ciudad y cercano al Estrecho de Magallanes propició lo que pasó finalmente. De entre los delgados y rojizos labios de Felipe emanó una respuesta visceral en forma de escupo ante una provocación infantil y desesperada del profesor, tal vez una propuesta insultante, o cualquier recurso último por mantenerlo cerca. Las manos de Diego, libres de todo juicio público, cobijadas en el anonimato impune, atinaron a abrazar el adolescente pescuezo de Felipe, sentía la misma libertad que cuando pagaba por coger, ya sea una negra, una negra más oscura, una pendeja, un pendejo, otro pendejo, otro más, hasta que ya no quería otro sino ése, ése pendejo, ése pendejo que empezó a cobrarle un poco más, ése pendejo que de un día para otro lo buscaba a él también, ése pendejo que ya no le cobraba, ése pendejo que tenía entre las manos, tomado desde el cuello hasta lograr que sus ojos se opacaran, como si se secaran. Envuelto en pánico, le llenó los bolsillos con piedras, le metió piedras por la boca como si llenara un pavo. Procuró tomar todos sus objetos, la mochila y el teléfono que estaban en el auto. La mochila la llenó también de piedras y la amarró fuertemente al cuerpo que lanzó al agua. Volvió a la ciudad, condujo nervioso pero sin expresarlo a través del auto, la noche cayó como el final de un acto, justo a tiempo, como sincronizado para perderse entre las calles frías y paulatinamente despobladas, aun así sentía que todos los ojos lo buscaban a él, que lo perseguían a él, que le apuntaban a él, a él.

Que fue un cura, que fue una legión de curas, y uno de ellos en especial, el que se suicidó por el pérfido sentimiento de culpa, que la red cosmodemónica cobraba una nueva víctima, que fue una pelea de borrachos en la calle, que fue un problema técnico, o burocrático, que fue un guardia, que fueron los policías, un político, un directivo de una empresa estatal, un gerente de supermercado, de megamercado, de un hipermercado, que se escapó de la casa, de los malos tratos de un padrastro, que en casa lo golpeaban, lo dejaban como estropajo, lo violaban diariamente, lo dejaban como estropajo húmedo. Diego veía las gotas de lluvia descender por los ventanales de la sala de espera del aeropuerto, predispuesto a dejar su ausencia en ése lugar y llevarse todo lo demás, todo menos los diarios locales que deambulaban sobre las mesas, llenas de suposiciones e hipótesis rebuscadas y artificiosas, puras mentiras, pensó. Cuando en el relato solo queda la ausencia, cuando la memoria se levanta a partir del vacío, se crea un artefacto del que únicamente obtenemos mentiras.

2 comentarios:

Acabo de terminar de leer inmaculada decepción no entiendo como no es tan famosa esta obra saludos desde Venezuela!

Saludos Andreina.