joan jobe smith

joan jobe smith



POR QUÉ ROBERT WAGNER SE CASÓ CON NATALIE WOOD

Robert Wagner vivió en mi clóset
por un verano cuando yo tenía 14.
Entre películas, aburrido con Bel Aire y
la Riviera, vivió entre mis faldas y sweters
y pantalones pegados para andar en bicicleta,
y se sentaba conmigo junto a mis zapatos
en el suelo y me platicaba acerca de crecer
mientras el verano pasado platiqué con mis muñecas
acerca de castillos y para siempres.

Un día mi papá encontró a Robert Wagner
En mi clóset, en realidad encontró su foto,
De Photoplay clavada en la puerta del clóset,
Y mi papá vio el beso de lápiz azul labial
("Rosas en la Nieve" de Cutex)
junto a la sonrisa de Robert Wagner. Mi papá
no sabía que pensar de mí, me dijo, ni yo
tampoco, sintiéndome extraña y pesada y triste
como me sentiría años después con el postpartum,
así que quité a Robert Wagner del clóset
y lo guardé en un libro de recuerdos y no lo volví
a ver por 15 años.

Por eso se casó con Natalie Wood.

FUE UN AMOR GROOVY

El Loco Fred,
un Desviado Sexual Registrado para los homosexuales
y la Marina -y Nietzche- macho, era un caballero,
mi Don Quijote, y cuando algún motocicletista o aprovechado
del billar me llamaba Twiggy, él les gritaba tan fuerte
como podía, "la carne siempre es más dulce junto al hueso",

y en los días calmados cuando yo me quejaba que sólo me ganaba
la mitad de las propinas que las otras chicas go-go más sexys y
atrevidas, el Loco Fred siempre me daba un dólar, ponía su mano
sobre mi hombro, y me decía que yo era demasiado buena
para Todo Esto, y que algún día me casaría con un príncipe.

Nunca me casaría con un príncipe, pero algunos domingos
por las tardes, el Loco Fred me engordaba
con cenas para llevar, bistecs y langosta,
y algunos domingos por la mañana,
cuando éramos los únicos en Abner´s 5,
él me llevaba Dom Perignon y lo tomábamos
en taza y pan tostado. Melba untado con caviar Beluga,
y como no teníamos cuchillo, usábamos la manija
de cepillo de rimel Maybelline,

y el Loco Fred, mi Caballero de Estampa Loca,
levantaba su taza de Dom Perignon,
miraba los molinos de viento del aire
acondicionado descompuesto en el techo,
sonreía tan grande como sonríe la luna,
y decía, citando la rocola
en lugar de a Cervantes,
Fue un amor Groovy.

LA MORFINA DE MI MAMÁ Y YO


El médico de mi mamá dice que Deukmejian y la DEA
están siempre al tanto de los californianos
que tienen receta médica para tomar morfina, así
que tengo que viajar cinco millas cada semana
para recoger en persona El Triplicado, un papel beige,
tan valioso como un cheque bancario, y luego viajar
otras cinco millas hacia el otro lado de la ciudad
a la única farmacia que vende la morfina líquida
de mi mamá. En el camino paro a comprar la mía en
la tienda Trader Joe´s, del tipo californiano:
jeringas verdes de sauvignon blanc, chablis, chardonnay,
Sebastián Eye of the Swan después tomo a sorbos
de un vaso de plástico para atontar la Vida
mientras le doy de cenar a mi madre en cucharadas.

"Ahora sé porque tomas vino", me dice,
como buena cristiana, abstemia, porque
nunca ha aprobado de que tome. "Drogada se acerca
uno más a Dios", me dice, viendo la Sixtina en el techo
de su casa, inquieta, lamiéndose los labios,
medio centímetro cúbico de morfina del mismo color
que el Windex. Le doy en las mañanas y al acostarse,
en jugo de manzana, una dosis, que para sus 70 libras,
es más fuerte que 100 dólares de heroína en L.A.
para un drogadicto de venas marcadas.

Triste y avergonzada, tanto por su adicción como por su
enfermedad, a veces llora al sorber con un popote la
última gota de morfina de la taza, y a veces me imagino
a Deukmejian y la DEA, tumbando la puerta de la recámara
de mi mamá -como conquistadores gritando "Eureka"-
picándonos con sus lanzas, dos paganas es cierto,
ojos rojos, drogadas, desnudas con pecado y muerte.

PALPITACIONES

Mi tía Louise se suscribía a Photoplay,
Escribía cartas a los artistas y tenía
Un libro en que coleccionaba sus fotos.
Lo hizo por tanto tiempo, que empezó a
alucinar. Es pura mentira, decía mi papá,
pero yo le creía a mi tía Louise que
el estrella de cine Richard Egan se había
enamorado apasionadamente de ella,
viajaba desde Hollywood hasta Colton,
California, para reunirse con ella los
sábados por las tardes en el puesto de chili dogs
en el boulevard Mt. Vernon. Sólo deseaba tomarla
de la mano, nada más, le juraba mi tía de 16 años
a su papá, un tejano ferrocarrilero de ideas extremosas,
que sacaba la pistola, la limpiaba, la cargaba
y trataba de sorprender al Richard Egan en
el puesto de chili dogs en el acto con su pequeña.
Pero siempre llegó tarde, Richard Egan acababa
de alejarse, unos momentos antes, de regreso
a Los Angeles, en su Coupe de Ville rojo del 54.
Un día de estos, un día de estos, decía mi abuelito,
voy a agarrar a ese hijo de perra, y mi papá decía,
carajo, todos están locos, y salía de la casa a crujir
los dientes. Después, camino a nuestra casa en Long Beach,
mi papá decía que si Louise fuera su hija
aunque tuviera 16, se quitaría el cinturón y le metería un poco
de sentido a nalgadas, y yo sabía que sí lo haría,
así que nunca le dije cuando Robert Wagner empezó a
asomarse por la ventana de mi recámara en las noches
de luna llena.

Traducción de Juan Hernández-Senter

2 comentarios:

Andrea dijo...
02:32
 

¡¡¡¡Genial!!

Anónimo dijo...
13:59
 

Esto está muy grosso