Esa puta cubana que no sabía descorchar una botella

Esa puta cubana que no sabía descorchar una botella



Hola Hugo soy Mileide. Eso dijo y la hice pasar. Leí en el diario que una poeta cubana de nombre Mileide había llegado a la zona. La hice pasar. Era verdaderamente encantadora. Me dijo que supo de mí por otro poeta de la zona. Que había revisado mi blog y le había encantado. Era preciosa. Exuberante. Alta, delgada, morena. Un mal escritor diría que tenía cintura de avispa. Escribía unos poema horribles pero eso no me importaba. Nunca hago análisis literario con las poetas que llevo a la cama. Y luego de tres horas de aparente conocimiento, la llevé a la cama. Mileide le hizo honor al Caribe. Debo confesar que casi no pude con ella. Luego de dos horas de sexo frenético, llegó el reposo y el sueño. Por la mañana le serví el desayuno en la cama. Esa vieja costumbre. Me sorprendió cuando me preguntó si almorzaríamos carne de res. Le pregunté qué cosa era eso. Me dijo que era carne de vaca. Claro que sí le dije, que comeríamos carne de res. Fui a por carne de res. Almorzamos y luego follamos. Por la noche volvimos a comer carne de res y luego follamos. Al despertar le dije que el desayuno estaba listo en la cocina. Me dijo que si podría llevárselo a la cama. Le dije que mejor sería desayunar en la cocina. Se levantó de mala gana y desayunamos. Más tarde dijo que me acompañaría a comprar carne de res. Le comenté que ese día variaría el menú. Que había pensado hacer salmón a la cubana. En su honor. Dijo que estaba harta de cualquier cosa a la cubana. Nuevamente carne de res. Cambió la fecha del pasaje de vuelta. Se fue quedando. Al sexto día salí con mis amigos. Me vi con Rossana. Hice el amor con ella. Con ella y su prima. Volví de madrugada. Me acosté a su lado y no se enteró. Desayunó sola. Me despertó al mediodía. Me levanté y preparé carne de res con cualquier cosa. Y todo siguió así hasta el veinticinco de julio. Habían pasado veinte días. Mileide no hacía nada. Nada de nada. No sabía descorchar una botella. Ocupaba mi teléfono para llamar a la Isla. Para llamar a una tía en Miami. Usaba la ropa de mi abuela. El perfume. Dormía. Se despertaba. Volvía a dormir. Y siempre, una y otra vez, carne de res. Dale y dale con carne de res. Hasta que llegó el veinticinco de julio. El día de su partida. De ahí en más, nunca más, pude asociar a Cuba con Fidel, El Ché o el Asalto al cuartel Moncada. Sino que con Mileide. Esa puta cubana que no sabía descorchar una botella.

4 comentarios:

Alamo dijo...
10:08
 

¿Esa puta cubana?
¿Hablas acaso de Fidel?
Ah, no verdad, ese es un hombre y es un dictador sanguibnario asesino.
Perdòn, me equivoquè. Puta, al menos, no es.

tu forma de arrancar con un cuento me parece de lo mejor.

en cuentos cortos.

que conserves esa frescura e inocencia para decir.

cassandradixit.

inocencia? señorita, este hombre es de todo menos inocente, se lo aseguro, mire, ayer mismo se lo decía a mi cuñada, ay mari, creo que este diego me oculta algo, anoche le oí bajar en mitad de la noche y no volvió a la cama hasta las tres y media. creame señorita, se lo que le estoy diciendo...

por cierto, tiene usted unas rodillas preciosas.

Anónimo dijo...
10:51
 

En definitiva Hugo una buena chica con una linda cara posterior, pero te gustaba la cosa he?