Anxos Sumai

Anxos Sumai




Suizos y japoneses

El primer vaso de vino me supo a rayos y tardé mucho tiempo en volver a probarlo. Era de un sabor áspero, que se me quedó pegado a la lengua y al paladar, y su olor me recordó el interior de las tabernas sucias y oscuras de mi barrio. Pero sobre todo me recordó al olor ácido que inundaba la casa cuando el abuelo llegaba borracho por las noches. Y a aquellos abrazos que me obligaba a darle mientras él, eufórico, me asfixiaba contra el hígado hinchado por tantos litros de alcohol de mierda, de vino barato que se daba. Y después sus vómitos en la escalera o en el portal de aquel edificio de cuatro plantas levantado sobre tierra pedregosa en una de las zonas más deprimidas de la ciudad, un edificio de cemento disimulado bajo una capa de pintura ocre que se obscurecía un poco más cada invierno y que el sol arrancaba en el verano, como ahora arranco yo, la laca de las uñas mordiéndola con los dientes.
Mi abuelo era un buen tipo. Un hombre grande, gordo y con ese innegable rostro de alcohólico: los ojos brillantes y hundidos entre los párpados hinchados, la nariz enorme y llena de cráteres -la nariz, siempre colorada con el mismo color morado del vino-, la sonrisa idiota cuando sonreía, cuatro pelos blancos peinados sobre la calva. Era un gran tipo si lo pillabas de buen humor y sobrio: los domingos por la mañana, a principios de mes cuando cobraba su miserable paga, me compraba pan de higos, refrescos de cola y chupachups. Después desaparecía, como todos los días a la hora del postre, y no volvía hasta la noche totalmente trastornado. A veces subía las escaleras cantando pero casi siempre aparecía poseído por una tristeza larga que se remontaba a años atrás, a la muerte de la abuela, pero sobre todo a la guerra, a aquel momento en que tuvo que dejar su puesto de profesor universitario para ser confinado en una aldea triste, a mil kilómetros por lo menos de su vida feliz. Decía mamá que fue entonces cuando comenzó a beber. Decía mamá que en aquel tiempo murió mucha gente, que otra gente abandonó el país y otra, como el abuelo, se agarró al alcohol para matarse a sí mismo en un lento suicidio. Yo no juzgo a mi abuelo, a pesar de que los últimos años que vivió con nosotros en el miserable piso, no era más que un montón de carne adobada en vino y en licores dulces y venenosos. Lo curioso era que, pese a estar tan gordo, apenas comía: sólo tomaba un café con leche y migas de pan por la mañana y un sorbo de sopa al mediodía.

Yo era bastante pequeña cuando murió. Tenía doce años. Pero recuerdo cuando llegó a casa, a mediados de los años sesenta, con un sombrero blanco deshilachado, con un par de maletas y una bolsa de frutas de verano. Durante un tiempo, hasta que crecí lo suficiente, tuve que dormir con él en el mismo cuarto. Él hablaba en la cama, a veces lloraba y yo no sabía si soñaba o estaba despierto. No sabía aún de los delirios que le provocaba el alcohol. Si tenía una buena noche, sacaba de una de las maletas algún libro y lo leía en voz alta. Aquel edificio, recién construido cuando mis padres compraron el piso en el que vivimos media vida, debió temblar más de una noche con la voz atronadora del abuelo leyendo a Valle-Inclán o el señor William Shakespeare, al que llamaba "señor" porque era extranjero. Yo conservo aún los veintitrés libros que trajo con él a nuestra casa en una de aquellas maletas de cuero gastado.

Mi padre tenía una tienda pequeña en la que arreglaba relojes de todo tipo: relojes de muñeca, despertadores, relojes de pared. En la puerta había colgado un cartel en el que escribió con perfecta caligrafía caída hacia la izquierda: "Se arreglan suizos y japoneses". El abuelo, cada vez que se detenía ante el cartel, se partía de risa como si no supiera, el muy tonto, que los japoneses y los suizos eran relojes. Papá se enfadaba, pero no cambió el cartelito hasta el día que en que nos fuimos de allí: lo despegó de la puerta y lo destrozó con el mismo orgullo de un guerrero que matase a su enemigo más cruel. A mí me ocurría que, cada vez que el abuelo hacía rabiar a papá, yo quería más a papá, le prestaba más atención a su trabajo de relojero y me maravillaba con los minutos y las horas que enloquecían, o desaparecían, dentro de las esferas.

Recuerdo también que a veces alguien venía hasta nuestro edificio, llamaba a gritos a mamá desde la calle y mamá salía corriendo de la casa, con lágrimas en los ojos. Paraba en el taller de papá, cogía una vieja carreta de metal y marchaba calle abajo empujándola y con la cabeza baja. Volvía al cabo de un tiempo empujando la carreta calle arriba, con el abuelo espatarrado en ella, totalmente inconsciente. Y ella, con la cabeza baja, totalmente avergonzada y tragando el orgullo. Siempre que algún vecino se le acercaba para echarle una mano, ella, sin decir ni mu, lo apartaba con un empujón porque aquella pesadilla era totalmente suya, aquel castigo era sólo suyo. Después, papá cargaba a la espalda aquel cuerpo muerto y gordo y subían las escaleras. Exhaustos, lo acostaban en la cama y dejaban que durmiese la borrachera, con la baba cayéndole de la boca y la camisa manchada de vino morado.

Nunca quise probar el alcohol y, como decía, cuando lo hice por vez primera decidí que era una suerte que no me gustara. No quería ser como mi abuelo, no quería ser como los alcohólicos de aquel barrio triste y sucio del que nos largamos cuando papá, gracias a sus habilidades con los japoneses y los suizos, consiguió ahorrar algunos cuartos y dimos un paso más hacia el centro de la ciudad. Pero, a pesar de todo, la segunda vez que probé el vino me gustó. Me dejó en la boca un sabor agradable de fruta de primavera, me sentí ligera y me hizo reír. A partir de ahí ya no paré y ahora cada día sé que detrás de la primera copa vendrá la segunda y la tercera hasta que la mente se me diluya y deje de pensar en cualquier cosa coherente. A veces lloro, como mi abuelo; a veces me enfado e insulto a mis amigos; a veces estoy tan feliz que consigo diseñar los relojes más estrafalarios en mucho menos tiempo que estando lúcida. Porque diseño relojes y vivo sola desde hace años: fui capaz de dar muchos pasos hacia el centro de la ciudad y me alejé de mis padres que siguen allí, en su casita a medio camino entre la miseria y mi bienestar. Cuando voy a visitarlos, casi siempre los domingos por la mañana antes de abrir la primera botella de vino, descubro a mi padre sentado detrás de los gastados visillos de la ventana de la sala, leyendo el diario. Mamá siempre está cocinando o moviéndose por la casa. Es difícil verla quieta, es difícil que se atreva a mirarme fijamente a los ojos. Siempre me pregunta: ¿"Hija, estás bien?", pero no me mira a los ojos, como si intuyese en mí la futura mirada vidriosa del abuelo, una lástima semejante, un silencio más pesado que el hígado más hinchado.

-Estoy bien, mamá. Tengo mucho trabajo y duermo poco -respondo con la única intención de justificar mi rostro cansado, consumido. Pero tengo la sensación de que no me cree, de que sabe mucho más de lo que yo sé.

A mi me parece que, como no bebo el vino barato de mi abuelo, estoy a salvo. Creo que porque gasto una cantidad considerable de dinero en los mejores vinos, nunca tendré su rostro deformado, ni su barriga, ni oleré a vómito. Pienso todo eso y me recluyo en casa, en mi trabajo, y me alejo cada vez más de mis amigos y sólo confío en el buen vino para estimular la imaginación. Y él acaba por ocupar toda mi vida, me pierdo en su color, me zambullo en el brillo irisado de la copa, me dejo emborrachar por dentro con su diabólico sabor, aunque si lo pienso hace ya tiempo que no lo disfruto, que no lo huelo, que sólo siento como me baja por la garganta y nacen las primeras náuseas. Con el primer sorbo, siento náuseas. Los siguientes bajan uno detrás de otro domesticando las tripas, incluso el cerebro, incluso mi miedo a que se enturbie la bilis y me estalle el páncreas. Pero me da igual y siempre pienso que será la última vez, que no volveré a beber después de diseñar el último reloj.

Cuando voy al supermercado, caigo en la cuenta de que cada vez como menos. Hace días que digo: "hoy no tengo que trabajar en ningún reloj" y decido no comprar vino. Llego a casa y me acuesto en el sofá, enciendo la tele y evito pensar en la angustia que me produce saber que no hay vino en ningún lugar de la casa. Tomo un somnífero, o dos, o tres, y me dejo caer en un sopor semejante al del alcohol. Y así, aturdida, pasa gris el tiempo hasta que me llega un nuevo encargo, un nuevo reloj, y los japoneses y los suizos comienzan a darme vueltas en la cabeza y no encuentro la forma de detener ese vértigo. Bajo al súper y compro una botella de vino: vuelvo a estar en paz.

Mis vecinos tienen un gato. En los últimos tiempos, y porque su terraza y la mía están unidas, solo hablo con el gato y con mis vecinos. Son una pareja de arquitectos que construyen puentes, que tienden puentes entre ciudades y personas. Cuando lo supe, cuando hablaron conmigo por primera vez, acodados los tres en la barandilla metálica que separa nuestras terrazas, me ilusioné con la idea de que ellos iban a diseñar un puente para mí, para salvarme de semejante soledad, de la incomunicación morada y voluntaria que me sumía cada vez con más frecuencia. Pero no construyeron ningún puente, más bien levantaron tapias: aunque a veces cenábamos juntos, hablábamos de proyectos comunes, también caí en la cuenta de que me miraban con ciertas sospechas y que se alejaban ligeramente de mí cuando les hablaba desde muy cerca. Incluso uno de ellos osó decirme un día que bebía demasiado y yo lo negué. Lo negué rotundamente: "sólo bebo un poco de vino de vez en cuando, como todo el mundo". Poco a poco fuimos perdiendo la relación y sólo sabía de ellos cuando los escuchaba hablar dentro de su casa.

También dejé de visitar a mis padres los domingos por la mañana porque incluso los domingos se convirtieron en territorio alcohólico. A la postre, sólo el gato me visitaba, se acostaba en mi hamaca y aguardaba mis caricias y mis silencios mientras yo, miraba el alejado horizonte de la ciudad e intentaba encontrar el justo lugar donde crecí, y la calle donde mis padres dormían la siesta después del almuerzo, donde papá estaría preocupado por mi ausencia y mamá rezaría por arrancar de su cabeza mi dolorosa y continua presencia.

-Eres una mujer, ¡por dios bendito! -me gritó un día mamá por teléfono- Eres una mujer joven. ¡Las mujeres no beben! Una mujer que bebe es la mayor desgracia del mundo.

Yo no supe qué decirle. Las mujeres no beben, claro, ¿qué imagen puede dar una mujer borracha? Sentí vergüenza, una vergüenza enorme al percatarme de que mamá lo sabía. Que todo el mundo lo sabía. Que mis vecinos lo sabían. Que las cajeras del supermercado y los joyeros que me encargaban diseños de relojes y la joven que se pasaba dos mañanas por semana limpiándome el apartamento lo sabían. Que yo misma lo sabía. Que ya no había ninguna posibilidad de construirme un puente porque, cuando me miré en el espejo, reconocí la muerte cotidiana de mi abuelo en mí. Cuando abrí la puerta del frigorífico y sólo encontré un resto de melón podrido, una botella de leche estropeada y unas zanahorias mohosas, supe que ya no era posible rescatarme. Que el hambre me había abandonado. Había dejado de comer, como el abuelo, y lo recordé tendido panza arriba sobre la cama, el techo blanco, el espejo del armario, mi vientre asomando sobre el cinturón del pantalón, mis ojos mirándome como una mujer culpable de asesinarse a sí misma. Y esa náusea casi permanente, el aturdimiento, el dolor de estómago o de vesícula o de hígado o de riñones. Y el olor a almendras rancias de mi cuerpo.

-Se acabó -me dije. Estaba acostada en la cama y me levanté. Comenzaba a atardecer. Salí a la terraza y vi la agonía de las plantas, afectadas por el mismo abandono al que sometí mi propio cuerpo. Vi el sol atrapado en los cristales de los grandes rascacielos y la penumbra cayendo sobre el barrio en el que crecí. Vi el gato de los vecinos durmiendo en la hamaca y oí las risas de sus dueños dentro de la casa. Me repetí que podía hacerlo, que las mujeres no bebían, que podía hacerlo. Sonó mi móvil y respondí a la llamada con una energía inusitada. Era uno de los joyeros para los cuales trabajaba que, sorprendido por mi euforia, me dijo con sorna: "Que raro que estés tan contenta, seguro que estás bebiendo". Se me derrumbó el mundo y mi tono de voz cambió: volví al hastío habitual, la falta de risa y él pareció tranquilizarse y me hizo un nuevo encargo. Miré el ocaso, entré en casa y abrí la mejor botella de vino que tenía en la despensa. Con cada trago me repetía que ojalá el ser mujer me fuera un antídoto contra todo mal, contra toda soledad, contra las horas que yo me empeñaba atrapar dentro de los relojes.

No recuerdo bien lo que ocurrió después. Sé que me desperté sentada en la hamaca de la terraza acunándome con el gato en el regazo y diciéndole entre sollozos: "Que se jodan los japoneses y los suizos. Sólo te quiero a ti, cariño. Sólo te quiero a ti". Mis vecinos, inclinados sobre mí, intentaban consolarme sin saber exactamente de qué. Y yo, cuando fui consciente de su presencia, me sentí transportada en el vientre de la carretilla de metal. Mamá calle abajo mamá calle arriba.
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5 comentarios:

Anxos dijo...
03:58
 

Gracias Hugo, muchos besos. Veo la foto y es como si estuviese en Natales de nuevo.
Anxos

La humildad de las grandes. Gracias a ti Anxos. Besos.

Intensa la pluma de está escritora, sus letras dejan un tajo de dolor en la piel.
Un abrazo Hugo y gracias por darla a conocer.

Un gran abrazo María.

Anónimo dijo...
02:30
 

¡Magnífico!