Y el almacén lleno de gente

Y el almacén lleno de gente



Y pesaba lo que me había pedido la cliente, un cuarto de fiambre. Finito por favor, me había dicho. Llega mi hijo y me dice que París me espera en la cocina. Dile que ya voy por favor, le digo. Entra Don Alejo y sé que me pedirá fiado un litro de vino y una Coca. Termino con el cuarto de fiambre. Atiendo a Don Alejo y le despacho un litro de vino y una Coca. Entra la señora Bernardita y viene con un pedido contundente. Ella es muy buena y debo ser bueno con ella. Hablamos del tiempo, de la salud de la abuela, de la salud de su esposo, de la salud del barrio y la salud del planeta. Creo que voy a demorar unos 10 minutos con su pedido. Escucho deambular a París por la cocina. Entra Humberto Zúñiga y creo que la cosa no va a parar. Generalmente viene poca gente, pero, ¡ese día!… vuelve mi hijo y me dice que París dice que no me apure. Que ella no tiene prisa. Pero yo igual me apuro. Yo tengo prisa. Le digo que ella venga y me de un beso, ella viene y me da un beso y me dice que no me apure. Entra más gente. ¡No es posible! me digo, no puede ser que venga tanta gente. Y entra más gente, y más gente. No doy abasto. Esto no puede estar sucediendo. Que pare de venir la gente, por favor, me digo. Esto cada vez se parece más al camarote de los Hermanos Marx, pienso. Vuelve París , y dice que tiene todo el tiempo del mundo para mí. Ya termino, le digo. Entra gente del Servicio de Impuestos Internos y me dicen que atienda tranquilo que ellos no tienen prisa. Siempre dicen lo mismo y terminan por infraccionarte. Entra gente de la policía y también me dicen que atienda tranquilo, que lo de ellos es solo una inspección de rutina. Ya son más de cuarenta los que esperan su turno. Estoy agobiado. París Hilton desde la cocina ríe y ríe. Yo desde el almacén sufro y sufro. Grito: "¡No puede ser mi Dios!

Mi hijo me dice: "Qué pasa papá, estabas llorando". "No, no es nada hijo tuve un mal sueño, nada más". Me dice entonces que juguemos a lo que jugamos todos los fines de semana en mi cama. "palabras terminadas con "ción" papá, yo comienzo, creación, te toca a ti". Bueno,ahí va, "decepción"…

5 comentarios:

Muy bueno. Otro relato del almacén de antología.

Anónimo dijo...
12:50
 

Voy hoy como a las once...déjame la puerta juntita, llevo una botella de vino y algo para comer...no dejes cajas en el pasillo que tropiezo...quizas hoy me dejes ver que hay en el segundo piso...un beso Paris

Anónimo dijo...
20:32
 

no es tan mala tu pega en el almacen ¿viste? salvo cuando llegan los inspectores del sii

Comparto eso de la premura en el atender. Durante un par de años fui dependiente con mi madre en un almacén de colegio, ahí entre completos y confites, pensaba cuándo podría terminar de leer el libro, por esos años de Bolaño, que me tenía de la mechas, o a qué hora terminaba la jornada para irme a la casa a escribir. La rutina, y esa pequeña cercanía con business, ya es parte de la memoria. Pero el negocio de la vida ha continuado. Y creo que es un gremio distinguible, el de quienes venden y piensan en literatura. Ahora no sé si todo comerciante tenga algo de escritor o viceversa...
Felicitaciones por tu página. Desde las llamas eternas. Un lector herediano.

Roberto Contreras.

Javier; a ver si la próxima semana vamos a comer donde ?los chinos?.
París-Tuca; te he estado esperando todas estas noches alrededor de las once, el pasillo despejado y no vienes, así nunca vas a saber qué hay en el segundo piso.
Roberto; creo que el infierno es un timbre constante. Heredia es uno de los tipos más lúcidos de este paisito. ¡Vamos Lanzallamas todavía! Un abrazo.