Etiquetas:
ramón díaz eterovic
| [+/-] |
El hombre ideal |
Bien parecido. Elegante. Guapo. Cautivante. Un poco distante. Cierta arrogancia en su desplante. En primer lugar el hombre ideal existe. No soy yo. El hombre ideal fuma, toma cerveza y defeca. Maneja el control remoto de casa. Mira fútbol mientras engulle lo que encuentra a su paso. No hay cosa humana o infrahumana que no sepa. Suele llevar de entrecasa una camiseta Nike adulterada manchada con algo. Llega a casa a la hora en que los niños duermen. Cuando se ducha deja un reguero de ropas tiradas entre el baño y el dormitorio. Se mete un dedo en la nariz y saca de allí lo que tiene que sacar. Habla de su puto jefe que odia y teme, de la alta o baja temperatura y de la prima de riesgo que desconoce totalmente. Tiene problemas con el vocabulario, la sintaxis y la ortografía. Siempre bien vestido y mal combinado. Conduce ligero y maldice en los atascos. Cree a fe ciega en el horóscopo chino. Es su caballito de batalla. Con el chino horóscopo embaucó a muchas mujeres. Se rasca sus huevos y los olfatea. Se tiñe con L'Oreal negro profundo para rostros claros. Tiene un amigo en el gobierno. Un cuñado actor. Cree distinguir un Merlot de un Cabernet Suavignon. Escucha a Serrat y a Estopa. En cualquier minuto el mundo reconocerá sus méritos.
Receta para conquistar el hombre ideal:
Toma 300 gr. de ruibarbo de la quinta y machácalo bien en un mortero. 50 gr. de cenizas de un cordero asado al palo entreverado con una matita de menta fresca. Un hueso de una falange deshidratada previamente embebido en alcohol de 90 grados. Una mata de grelos de la Ría de Arousa. Jengibre, cilantro, una foto de Alain Delon cuando joven, una estampita de la Difunta Correa, otra de San Expedito y agua de mar de la última marea. Luego todo aquello lo pasas por una trituradora y lo envuelves en un pañuelo. En el pañuelo pones el nombre de tu hombre ideal y lo entierras en cualquier lugar de Tierra del Fuego. Al cabo de un corto tiempo tendrás en casa a tu hombre ideal.¡Bon Appetit!
Ilustración de Javier Molinero.
Receta para conquistar el hombre ideal:
Toma 300 gr. de ruibarbo de la quinta y machácalo bien en un mortero. 50 gr. de cenizas de un cordero asado al palo entreverado con una matita de menta fresca. Un hueso de una falange deshidratada previamente embebido en alcohol de 90 grados. Una mata de grelos de la Ría de Arousa. Jengibre, cilantro, una foto de Alain Delon cuando joven, una estampita de la Difunta Correa, otra de San Expedito y agua de mar de la última marea. Luego todo aquello lo pasas por una trituradora y lo envuelves en un pañuelo. En el pañuelo pones el nombre de tu hombre ideal y lo entierras en cualquier lugar de Tierra del Fuego. Al cabo de un corto tiempo tendrás en casa a tu hombre ideal.¡Bon Appetit!
Ilustración de Javier Molinero.
| [+/-] |
Cómo va tu novela |
Cómo va tu novela me preguntaba mi ex mujer. Yo bien, ahí va, se está haciendo sola. Cada tarde al volver del trabajo me hacía la misma puta pregunta. Cómo va tu novela. La verdad que no escribía nada, casi nada, daba algunos golpeteos en la Royal y luego me dedicaba a no hacer nada durante el día. Miraba una porno, fumaba, daba vueltas por ahí, me tomaba una cerveza y volvía a casa media hora antes que llegase. Cómo va tu novela. ¿Me podrías mostrar un avance de lo que estás escribiendo? Eso jamás le contestaba. Quiero que seas la primera en leerla una vez terminada. No te mostraré nada antes de darla por finalizada. Lo único que te puedo decir es que está dedicada a ti. Y eso pasó durante dos años. En ese tiempo había escrito un par de páginas para el olvido. Estaba seco. No me salía nada. En verdad no era escritor. No tenía talento para escribir ni para hacer nada. Solo me dedicaba todo el tiempo en dar vueltas por ahí. Hasta que se murió de un cáncer de ovario. A una semana de su muerte estaba trabajando en una mina de carbón en Río Turbio. Estando allí conocí a Graciela abogada de cuarenta. Dejé el trabajo y vuelta a empezar con mi novela.
| [+/-] |
El día en que Puerto Natales se quedó sin papas |
Fue el día en que Natales se quedó sin papas. Mi madre antes de morir me dijo: huye y escribe. Escribe el sufrimiento tal cual, no agregues nada, cuenta la verdad. Cuenta lo que hemos pasado y que Dios te bendiga. A más de treinta años de la tragedia, recién ahora estoy en condiciones de escribir la epopeya. Murieron mis padres, mis tíos, mis primos y sobrinos. Mucha gente amiga que adoraba. Junto con ellos también se murió Puerto Natales. Por lo menos ese Puerto Natales que yo conocí. Que tanto amé. Una Arcadia apacible en donde el puma, el ñandú y el zorro coexistían pacíficamente con un pueblo de ganaderos, mineros y pescadores, todos ellos inocentes de toda inocencia. El paseo por la plaza, la misa en latín y la matiné de los domingos. el juego del trompo y las bolitas. El fútbol de todos los días, el intercambio de figuritas, los besos primeros y la urgente sensación de la premura del deseo. Junto a una vida bucólica, siempre tuvimos la sensación de vivir una vida fuera de lo común. Un lugar en el mundo en donde pasaban cosas extraordinarias y que no nos llamaban particularmente la atención.
Recuerdo perfectamente que cada dos o tres casas, se vendían o intercambiaban libros y revistas. Una cosa desusada para la época en contraposición a otros pueblos vecinos. En algunos registros de aquel tiempo, aparecía Puerto Natales, denominado como El pueblo lector. Aquello no nos daba precisamente cierto real orgullo. Para nada, sino que era tan normal para nosotros, como beber la sangre del cordero pascual en cada diciembre. La gente leía, trabajaba, jugaba. Casi en perfecta armonía. Todo en un maravilloso entorno. Montañas rojas, glaciares agrietados en azul, verdes praderas, fiordos enloquecidos, guanacos rampantes. Traigo a colación lo de los libros, para daros a conocer el impacto que pudo haber causado García Márquez entre los natalinos. Téngalo por seguro que ninguno. La verdad que Macondo era un pálido reflejo de la magia de nuestro pueblo. Aquelarres constantes en el cerro Dorotea. Brujos convirtiéndose en gatos. Pumas devorándose pescadores. Payasos asesinos. Putas en carromatos por el pueblo. Monjas a caballo. Muertos dando discursos dentro de su ataúd. Nada nuevo bajo el sol. Nada nuevo bajo el sol de Natales. Es que de esas y otras historias, estábamos hasta el cuello. Todos los días nos pasaban historias que te cagas. Y se volvían rutina. Como la de Domingo Santos. Gaucho a carta cabal y a mucha estima. Que un día en Torres del Paine, se atragantó con un huesillo. A punto de morir, ya casi sin respirar, morado moradísimo, su compañero de faenas fue en su rescate y le cortó el cuello con su facón. No morirás como un perro. Ahora respira le dijo. Y respiró. Y lo salvó. Lo tendió sobre un caballo, lo amarró bien amarrado y lo llevó hacia el pueblo. Tres días y tres noches sobre el caballo. Por entre los matorrales y la nieve. Con caballos navegando sobre pantanos. Irguiéndose por entre el pardo oscuro de la turba. Sin descanso, hasta llegar al pueblo. Lo salvó. Acaba de morir don Domingo Santos. Después de sesenta años de esta historia. Por cosas como estas es que el realismo mágico de Aracataca nunca entró al pueblo. Pero el día en que Natales se quedó sin papas, supera todo relato imaginable.
Por ejemplo: Mi madre pelaba las patatas y luego preguntaba qué nos gustaría comer. Aquello significaba papas con carne, papas con pescado, papas con pollo, papas con puma -en ese tiempo no era especie protegida- papas con harina, papas con cilantro, papas con habichuelas, papas con guisantes, papas con tomates, papas con pingüino, papas con algo. Toda nuestra vida giraba en torno a la diosa Papa. Los viejos sabios del pueblo, que extrañamente eran los que menos sabían, aseguraban que las papas corailas, servían para endurecer una parte específica de un músculo determinado del hombre. Luego también se usaban para bajar la fiebre. Se cortaban en rodajas, se la ponían en la frente del calenturiento y se lo amarraba con un pañuelo. Puedo dar fe que la fiebre se iba como por encanto. También en noches de San Juan servían para saber el derrotero del destino humano. Los marineros la usaban para seguir el rumbo. Existía un cuento muy hermoso en donde Eva le invita a comer una papa a Adán y él renuncia a comer la papa. Luego seguía toda una saga, una larga y brumosa historia hasta terminar en Hiroshima. También la papa, como ya sabéis, servía para hacer unos licores embriagantes y contundentes. Y no hablo del vodka polaco, sino de un licor que fabricaba gente del pueblo, que antes de beberlo, tenías que tener preparado un testamento, en donde legabas lo que tenías al cuerpo de Bomberos, asumías toda la responsabilidad y renunciabas a toda ayuda exterior.
Aquel viernes el día había amanecido espléndido y el Ferry Evangelistas ponía proa hacia Puerto Natales. Dejaba atrás un Puerto Montt gris con sus dolorosas esculturas boterianas esperpénticas. Serían tres días como los de siempre. Fiordos, canales, caídas de agua, mar embravecido, turistas mareados, camiones con vituallas y papas para abastecer al pueblo. El capitán, un tranquilo marino avezado, con plenos poderes en situación de mando de la nave. Un viaje de rutina y hastío. Fue hasta el segundo día en que la cosa se fueron complicando. Y no fue por vientos ni mareas, ni por algún desperfecto de la nave, sino por el ingreso a la sala del capitán de tres turistas catalanas de Santa Coloma de Gramanet. Y así el viaje se fue haciendo. Se fue haciendo más entretenido para el capitán y sus lugartenientes. Las catalanas, unas chavalas preciosas y divertidas. Generosas y con un desparpajo al más alto nivel. Entre fiordo y fiordo la cosa se fue animando. Licores a raudales y las bragas que salían disparadas rumbo a cualquier parte del Pacífico. ¡Coño, que grande la tenéis los chilenos! ¡Es que la estamos pasando de su puta madre! Y así. Hasta llegar a chocar contra el muelle de Puerto Natales.
Un muelle destrozado por el jolgorio. Por un capitán borracho y una tripulación alucinada que dormía. Se tardarían tres meses en reconstruirlo. Tres meses sin el suministro de nuestra querida papa. La ausencia de la papa se comenzó a sentir a la semana. Acaparamiento y mercado negro pusieron la tónica. Gente deambulando como lemúridas por las calles, con sus ojos fuera de órbita. Alguien cambió su auto por tres kilos de papas. Otros su casa. Alguien cambió a su mujer. Trueques disparatados. El oro no servía de nada. Otros partieron errantes por los campos, tirándose por acantilados. El único hospital del pueblo no daba abasto. Se podía matar por una papa. Una inmensa baba blanca saliendo por la comisura de los labios. Preanuncio de la muerte. De qué vale vivir sin papas, era el comentario obligado. Todo por esas putas catalanas, fueron las últimas palabras de mi tío Albam Miranda. Mi tío Olegario mató a su mujer y a sus hijos y luego se pegó un tiro. Mi sobrina Yislen se tiró ante el paso del tren a Bories. Eso pasó. Y miles de otros casos que por escabrosos, no me animo a contar. Y ahora lo escribo. Por mandato de mi madre. Me dijo que huyera y hui, me dijo que escribiera y escribí. Que contara el sufrimiento de un pueblo ante la escasez de papas. Ahora llegan miles de turistas, gente que no conoce esta historia. Sí que quedan sorprendidos ante el cartel que está a la entrada del pueblo. Prohibido el ingreso de catalanas.
Recuerdo perfectamente que cada dos o tres casas, se vendían o intercambiaban libros y revistas. Una cosa desusada para la época en contraposición a otros pueblos vecinos. En algunos registros de aquel tiempo, aparecía Puerto Natales, denominado como El pueblo lector. Aquello no nos daba precisamente cierto real orgullo. Para nada, sino que era tan normal para nosotros, como beber la sangre del cordero pascual en cada diciembre. La gente leía, trabajaba, jugaba. Casi en perfecta armonía. Todo en un maravilloso entorno. Montañas rojas, glaciares agrietados en azul, verdes praderas, fiordos enloquecidos, guanacos rampantes. Traigo a colación lo de los libros, para daros a conocer el impacto que pudo haber causado García Márquez entre los natalinos. Téngalo por seguro que ninguno. La verdad que Macondo era un pálido reflejo de la magia de nuestro pueblo. Aquelarres constantes en el cerro Dorotea. Brujos convirtiéndose en gatos. Pumas devorándose pescadores. Payasos asesinos. Putas en carromatos por el pueblo. Monjas a caballo. Muertos dando discursos dentro de su ataúd. Nada nuevo bajo el sol. Nada nuevo bajo el sol de Natales. Es que de esas y otras historias, estábamos hasta el cuello. Todos los días nos pasaban historias que te cagas. Y se volvían rutina. Como la de Domingo Santos. Gaucho a carta cabal y a mucha estima. Que un día en Torres del Paine, se atragantó con un huesillo. A punto de morir, ya casi sin respirar, morado moradísimo, su compañero de faenas fue en su rescate y le cortó el cuello con su facón. No morirás como un perro. Ahora respira le dijo. Y respiró. Y lo salvó. Lo tendió sobre un caballo, lo amarró bien amarrado y lo llevó hacia el pueblo. Tres días y tres noches sobre el caballo. Por entre los matorrales y la nieve. Con caballos navegando sobre pantanos. Irguiéndose por entre el pardo oscuro de la turba. Sin descanso, hasta llegar al pueblo. Lo salvó. Acaba de morir don Domingo Santos. Después de sesenta años de esta historia. Por cosas como estas es que el realismo mágico de Aracataca nunca entró al pueblo. Pero el día en que Natales se quedó sin papas, supera todo relato imaginable.
Por ejemplo: Mi madre pelaba las patatas y luego preguntaba qué nos gustaría comer. Aquello significaba papas con carne, papas con pescado, papas con pollo, papas con puma -en ese tiempo no era especie protegida- papas con harina, papas con cilantro, papas con habichuelas, papas con guisantes, papas con tomates, papas con pingüino, papas con algo. Toda nuestra vida giraba en torno a la diosa Papa. Los viejos sabios del pueblo, que extrañamente eran los que menos sabían, aseguraban que las papas corailas, servían para endurecer una parte específica de un músculo determinado del hombre. Luego también se usaban para bajar la fiebre. Se cortaban en rodajas, se la ponían en la frente del calenturiento y se lo amarraba con un pañuelo. Puedo dar fe que la fiebre se iba como por encanto. También en noches de San Juan servían para saber el derrotero del destino humano. Los marineros la usaban para seguir el rumbo. Existía un cuento muy hermoso en donde Eva le invita a comer una papa a Adán y él renuncia a comer la papa. Luego seguía toda una saga, una larga y brumosa historia hasta terminar en Hiroshima. También la papa, como ya sabéis, servía para hacer unos licores embriagantes y contundentes. Y no hablo del vodka polaco, sino de un licor que fabricaba gente del pueblo, que antes de beberlo, tenías que tener preparado un testamento, en donde legabas lo que tenías al cuerpo de Bomberos, asumías toda la responsabilidad y renunciabas a toda ayuda exterior.
Aquel viernes el día había amanecido espléndido y el Ferry Evangelistas ponía proa hacia Puerto Natales. Dejaba atrás un Puerto Montt gris con sus dolorosas esculturas boterianas esperpénticas. Serían tres días como los de siempre. Fiordos, canales, caídas de agua, mar embravecido, turistas mareados, camiones con vituallas y papas para abastecer al pueblo. El capitán, un tranquilo marino avezado, con plenos poderes en situación de mando de la nave. Un viaje de rutina y hastío. Fue hasta el segundo día en que la cosa se fueron complicando. Y no fue por vientos ni mareas, ni por algún desperfecto de la nave, sino por el ingreso a la sala del capitán de tres turistas catalanas de Santa Coloma de Gramanet. Y así el viaje se fue haciendo. Se fue haciendo más entretenido para el capitán y sus lugartenientes. Las catalanas, unas chavalas preciosas y divertidas. Generosas y con un desparpajo al más alto nivel. Entre fiordo y fiordo la cosa se fue animando. Licores a raudales y las bragas que salían disparadas rumbo a cualquier parte del Pacífico. ¡Coño, que grande la tenéis los chilenos! ¡Es que la estamos pasando de su puta madre! Y así. Hasta llegar a chocar contra el muelle de Puerto Natales.
Un muelle destrozado por el jolgorio. Por un capitán borracho y una tripulación alucinada que dormía. Se tardarían tres meses en reconstruirlo. Tres meses sin el suministro de nuestra querida papa. La ausencia de la papa se comenzó a sentir a la semana. Acaparamiento y mercado negro pusieron la tónica. Gente deambulando como lemúridas por las calles, con sus ojos fuera de órbita. Alguien cambió su auto por tres kilos de papas. Otros su casa. Alguien cambió a su mujer. Trueques disparatados. El oro no servía de nada. Otros partieron errantes por los campos, tirándose por acantilados. El único hospital del pueblo no daba abasto. Se podía matar por una papa. Una inmensa baba blanca saliendo por la comisura de los labios. Preanuncio de la muerte. De qué vale vivir sin papas, era el comentario obligado. Todo por esas putas catalanas, fueron las últimas palabras de mi tío Albam Miranda. Mi tío Olegario mató a su mujer y a sus hijos y luego se pegó un tiro. Mi sobrina Yislen se tiró ante el paso del tren a Bories. Eso pasó. Y miles de otros casos que por escabrosos, no me animo a contar. Y ahora lo escribo. Por mandato de mi madre. Me dijo que huyera y hui, me dijo que escribiera y escribí. Que contara el sufrimiento de un pueblo ante la escasez de papas. Ahora llegan miles de turistas, gente que no conoce esta historia. Sí que quedan sorprendidos ante el cartel que está a la entrada del pueblo. Prohibido el ingreso de catalanas.
Etiquetas:
patagonia
| [+/-] |
La flor más linda de la Patagonia |
Amis quince años estuve enamorado de la flor más linda de la Patagonia. La encontré ayer por calle Bulnes. Golpe de efecto. Seguro que su maquillador ganó un Oscar. Y no estábamos en Halloween. Pero ella es la que habla: Hugo, no puede ser, apenas te reconocí, se te ve bastante acabado, qué te pasó. Cuarenta años sin saber de ti y si no es por Brenda no te hubiese reconocido. Bueno ha pasado mucho tiempo y la gente cambia, pero en verdad que tu has cambiado mucho, gordo, pelado y encogido, jamás te hubiera reconocido. Pero eso sí, conservas ese aspecto despectivo y orgulloso que daba miedo. Esa mirada que hace temblar. Brenda me dijo que habías regresado al pueblo y no lo voy a negar, tenía ganas de verte. ¡Que bueno encontrarte! A la flor más linda de la Patagonia, nunca nadie le dijo que no lo diga. Tenía la sinceridad de un cirujano. Era cruel a carta cabal. Deportista, corría los cien metros. Y hermosa, no hay mujer hermosa que en determinado momento no ejerza cierta crueldad. Le pedí a Brenda que me dejase a solas con ella. Paseamos por el pueblo que también había cambiado. Ahora lleno de hoteles, hostales, restaurantes y turistas. ¡Y semáforos! Fuimos a la playa, si a ese roquerío se le puede llamar playa. Una tarde apacible, cisnes de cuello negro en el mar, el cielo rojo intenso, nubes azules, cormoranes en el viejo muelle. Es que tienes que verlo para creerlo. Si hubiese llegado Vivaldi en aquel momento, creo que lo hubiese arruinado todo. Por un instante pensé lanzarla al mar. Luego me contuve. Seguí con ella paseándola en su silla de ruedas. Preguntándole naderías. De qué habían muerto sus padres. Esas cosas. Esas cosas sin importancia. Luego la llevé a su casa. La acomodé como pude. Le di un beso en la frente. Fui todo un caballero. Me marché.
Ilustración de Javier Molinero.
Etiquetas:
patagonia
| [+/-] |
Mi patria |
Mi patria son grosellas verdes y moradas de la huerta. Antes que chileno soy magallánico. Antes que magallánico soy de Puerto Natales. Y antes soy latinoamericano. Y antes soy de este planeta. Mi patria no tiene bandera. Ni himno. Mi patria fue la sopa de mi abuela. Mi llanto desbocado por una mujer. La pelota de trapo. El río que atraviesa el pueblo. También mi patria fue la injusticia. Los pobres alimentados con patata y cebolla. Mi patria es el cilantro. El viejo tren de mi infancia. Mi bicicleta roja. Mi patria fue la calle Corrientes de Buenos Aires. El barrio de San Telmo. Mi patria es Jorge Lagos Nilsson. Miguel Mazzeo. Ramón Díaz Eterovic. Yoel Novoa. Mi patria fue el vino y el viento. Un atardecer en Puerto Prat. Mi hijo es mi patria. Mis amigos. Mis queridos amigos que tanto amo. A veces también olvido que el olvido es mi patria. Mi patria no es una cosa territorial. No es una cosa. No se circunscribe al área cercana a un hospital. Al perímetro que delimita con mi angustia. Mi patria es Joyce, Céline, Carver. También tú querido lector. Tú también eres mi patria. Las mujeres que amé. Las que dejé de amar. Las que me engañaron. Las que engañé. Mi patria es lo que haré mañana. Lo que dejaré de hacer. Mi patria eres tú. Soy yo. Pasajero interestelar rumbo a la próxima estación. Agur.
| [+/-] |
Por respeto a mi madre |
“La gente feliz no tiene historia. En el desconcierto, la tristeza, cuando uno se siente quebrantado o desposeído de sí mismo, experimenta la necesidad de narrarse".
Simone de Beauvoir.
Llega sin avisar y se instala. Deja sobre la mesa La mujer rota. Me pregunta qué tal me parece Simone de Beauvoir. Le digo que nunca hablo de viejas amantes. Te hablo de su escritura, no de holganza de cama. Le digo -como un poeta dijo de mí- tiene cosas buenas, cosas más o menos y tiene cosas malas. Pero no eres tú precisamente -me dice- el indicado para no ventilar vidas privadas. Recuerdo perfectamente cuando hablaste aquella vez en que te llevaste a la cama a la Pizarnik. Ese es otro cuento le dije, ella lo contó antes para darse corte. Me sirvo el cuarto mojito. Le pregunto si aparte de la literatura y el sexo desea beber algo. Me pregunta si tengo piña colada. Acepta una cubata. Luego me dice que ponga algo de Patti Smith. Le digo que si quiere escuchar algo de Patti Smith que lo busque. Algo debe estar pasando en tu vida que estás tan agresivo, me dice. Eres un insoportable asqueroso de mierda. Nunca pensé que llegarías a esto. No se te puede hablar. Tu puta fina ironía de alcantarilla me tiene harta. Al final te quedarás solo rumiando tu puta rabia de mierda. Tiró su media cubata sobre el cuadro de Rimbaud y se marchó. La dejé ir sin darle antes, un golpe mortal sobre su nuca. Al final de todo la traté bien, era mi madre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











