Estamos tranquilamente instalados en cama mi hijo y yo. Se había cortado la luz. Estábamos a oscuras. No nos habíamos acostados. Conversábamos. Mi brazo izquierdo sobre el hombro de mi hijo. Conversábamos de esto y lo otro. De todo lo que un padre puede conversar con su hijo pequeño. De fútbol, mujeres y de las tareas que llevaría al colegio al otro día. De pronto el terremoto. El terremoto con epicentro en Libertad 200. Mi casa. Grado altísimo en la escala de Richter. Mi primer impulso fue ir en ayuda de mi abuela. Ella se encontraba en la cocina. Un amasijo de maderas me obstruyó el paso. De improviso me vi lanzado fuera de la casa y aterricé en el patio. Vi a mi hijo cerca de mí y lo vi bien. Vi sus ojos de terror pero estaba bien. Entro a lo que fue mi casa en busca de mi abuela. Mi querida, maravillosa, amada, dulce, extraordinaria abuela. Aquella que tanto me quiere. Remuevo los escombros. La veo herida pero viva. Le digo que se apoye en mí. Que tiene que salir de allí. Me dice: ¡Manda Cojones!
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¡Tirar a matar! |
Por Héctor Martínez Díaz
Para lamento del ego patriótico, parece que no es cierto aquello de que cada átomo de nuestro cuerpo desciende de una estrella, pues no siempre nos comportamos ad hoc, de manera estelar y, por el contrario, en tiempos de catástrofe nos inunda cierto descontrolado actuar imitativo de masa.
Lo anterior quedó reflejado en los saqueos tras el terremoto, más aún cuando no fueron solamente descamisados, ni lumpen proletariado, menos aún soldados de la Yakuza nipona, tampoco del Cartel de Sinaloa o de Tijuana, ni siquiera la banda del Cisarro, quienes actuaban masivamente descontrolados.
Es que gracias a la experiencia vicaria de la magia de la tv, saqueamos todos a Concepción, otrora sesentera y revolucionaria tierra miracha. Para los pobres y ricos del campo y la ciudad robar fue una expresión del sentir popular. Aunque pudiera ser que fuéramos presas de agorafobia -temor patológico a los espacios abiertos o a los lugares donde no se puede recibir ayuda- y eso nos instó a correr llevándonos plasmas y lavadoras. Lo cierto es que nuestro biotipo, acervo sociocultural y socioeconómico, hubiese vuelto esquizofrénica -¡cómo si ya no lo fuera!- la tipología del hombre delincuente lombrossiana.
Y, ¡claro está!, los saqueos fueron, también, pábulo para esa insaciable vocación morbo informativa mediática. Ya no era necesario, entonces, alarmar de la delincuencia con portadas de peleas barras bravas después de un clásico; inundar los titulares con los destrozos de las barricadas y desmanes dejados por la movilizaciones sociales sean ya de peñis o winkas; o sobreabundar la crónicas rojas con los hurtos hormigas y las frías estadísticas delincuenciale. Es que el sismo alcanzó tal magnitud que aparte de los desaparecidos, muertos, miles de damnificados, ciudades y pueblos arrasados, miles de millones de dólares en pérdidas, cambió también el eje de tierra, desplazó en 8 metros algunas ciudades, disminuyó, según dicen, en 1,6 milésimas de segundo el día y remeció profundamente nuestra cordura.
Pero quienes, ya sea por un estado de necesidad o no, saqueaban bienes muebles e inmuebles -¡pobres ingenuos!- no sabían que también se robaban a si mismos las columnas de la base social democrática. Estaba justificado, entonces, militarizar la zona devastada, pero otra cosa es el terrorífico clamor de ¡Tirar a matar!, que sectores de la sociedad exigían a las Fuerzas Armadas. Y no faltaron los que van por ahí de moralistas dictadorcillos, para quienes los saqueos se vieron favorecidos por la mano blanda de la persecución estatal y de aquella cantinela: "hoy por hoy los derechos humanos son para los delincuentes".
Proliferaron los visionaros panegíricos a imponer orden y seguridad por medio de una populista y represiva violencia estatal, como el que fuera publicado el 7 de marzo en la sección Reportajes de La Tercera, considerado hoy todo un clásico: "El Cabo Hinojosa Desenfunda": Atados de manos, bajo permanente sospecha, carabineros arriesgan la crucifixión pública cada vez que cometen el pecado de patearle el culo a un punga, se lee en parte del texto. Luego de su publicación, como profecía autocumplida, el acontecer nos hizo una mueca trágica: una persona, por desobedecer el toque de queda, muere a golpes en Hualpén, presuntamente a manos de la patrulla naval que lo detuvo.
¿Nos cantará su palinodia el Iluminado Gran Hermano articulista, siendo él gustador de la cultura grecolatina como aparenta? ¿Se titulará aquella: "Se les pasó la mano a estos cosacos"? ¿Criticará en ella las falencias educaciones de la obtusa formación literaria del contingente marino que no saben distinguir que lo de él fue sólo un figura retorica, casi una licencia estética, nada más que un uso exquisito de la ironía? O que, más bien, no tuvo intención de escribir aquello, y es que, pese a despotricar contra el festiviña, fue presa de ese coro regaettonero "¡dale por el cu… dale por el cu…!". Y es que, aunque uno no quiera, el perreo se cuela por todos lados. Mas creo entender al rizado autor y que su escritura es plurívoca y evoca, pues, múltiples lecturas, porque sería de muy mal gusto pensar que esos marines, sean sus fieles lectores y quienes interpretaran el sentido unívoco, en su chascona columna.
Bueno, quizás todo lo que pasó sirva de algo y nos demande una nueva mirada del ser chileno. ¡Quién lo diría!, fue en el mismo Concepción, pero en el año 1834, cuando un humilde maestro venezolano, Simón Rodríguez, creaba escuelas penquistas y propugnaba a quien quisiera escucharlo un discurso tal de: "Innovamos o erramos". De lo contrario, El contagio de la locura no será sólo el titulo de una novela del hoy damnificado amigo Juan Mihovilovich, escritor y juez mixto de Curepto, sino también la idiosincrasia nacional y ahí sí que estaríamos arrasados.
Lo anterior quedó reflejado en los saqueos tras el terremoto, más aún cuando no fueron solamente descamisados, ni lumpen proletariado, menos aún soldados de la Yakuza nipona, tampoco del Cartel de Sinaloa o de Tijuana, ni siquiera la banda del Cisarro, quienes actuaban masivamente descontrolados.
Es que gracias a la experiencia vicaria de la magia de la tv, saqueamos todos a Concepción, otrora sesentera y revolucionaria tierra miracha. Para los pobres y ricos del campo y la ciudad robar fue una expresión del sentir popular. Aunque pudiera ser que fuéramos presas de agorafobia -temor patológico a los espacios abiertos o a los lugares donde no se puede recibir ayuda- y eso nos instó a correr llevándonos plasmas y lavadoras. Lo cierto es que nuestro biotipo, acervo sociocultural y socioeconómico, hubiese vuelto esquizofrénica -¡cómo si ya no lo fuera!- la tipología del hombre delincuente lombrossiana.
Y, ¡claro está!, los saqueos fueron, también, pábulo para esa insaciable vocación morbo informativa mediática. Ya no era necesario, entonces, alarmar de la delincuencia con portadas de peleas barras bravas después de un clásico; inundar los titulares con los destrozos de las barricadas y desmanes dejados por la movilizaciones sociales sean ya de peñis o winkas; o sobreabundar la crónicas rojas con los hurtos hormigas y las frías estadísticas delincuenciale. Es que el sismo alcanzó tal magnitud que aparte de los desaparecidos, muertos, miles de damnificados, ciudades y pueblos arrasados, miles de millones de dólares en pérdidas, cambió también el eje de tierra, desplazó en 8 metros algunas ciudades, disminuyó, según dicen, en 1,6 milésimas de segundo el día y remeció profundamente nuestra cordura.
Pero quienes, ya sea por un estado de necesidad o no, saqueaban bienes muebles e inmuebles -¡pobres ingenuos!- no sabían que también se robaban a si mismos las columnas de la base social democrática. Estaba justificado, entonces, militarizar la zona devastada, pero otra cosa es el terrorífico clamor de ¡Tirar a matar!, que sectores de la sociedad exigían a las Fuerzas Armadas. Y no faltaron los que van por ahí de moralistas dictadorcillos, para quienes los saqueos se vieron favorecidos por la mano blanda de la persecución estatal y de aquella cantinela: "hoy por hoy los derechos humanos son para los delincuentes".
Proliferaron los visionaros panegíricos a imponer orden y seguridad por medio de una populista y represiva violencia estatal, como el que fuera publicado el 7 de marzo en la sección Reportajes de La Tercera, considerado hoy todo un clásico: "El Cabo Hinojosa Desenfunda": Atados de manos, bajo permanente sospecha, carabineros arriesgan la crucifixión pública cada vez que cometen el pecado de patearle el culo a un punga, se lee en parte del texto. Luego de su publicación, como profecía autocumplida, el acontecer nos hizo una mueca trágica: una persona, por desobedecer el toque de queda, muere a golpes en Hualpén, presuntamente a manos de la patrulla naval que lo detuvo.
¿Nos cantará su palinodia el Iluminado Gran Hermano articulista, siendo él gustador de la cultura grecolatina como aparenta? ¿Se titulará aquella: "Se les pasó la mano a estos cosacos"? ¿Criticará en ella las falencias educaciones de la obtusa formación literaria del contingente marino que no saben distinguir que lo de él fue sólo un figura retorica, casi una licencia estética, nada más que un uso exquisito de la ironía? O que, más bien, no tuvo intención de escribir aquello, y es que, pese a despotricar contra el festiviña, fue presa de ese coro regaettonero "¡dale por el cu… dale por el cu…!". Y es que, aunque uno no quiera, el perreo se cuela por todos lados. Mas creo entender al rizado autor y que su escritura es plurívoca y evoca, pues, múltiples lecturas, porque sería de muy mal gusto pensar que esos marines, sean sus fieles lectores y quienes interpretaran el sentido unívoco, en su chascona columna.
Bueno, quizás todo lo que pasó sirva de algo y nos demande una nueva mirada del ser chileno. ¡Quién lo diría!, fue en el mismo Concepción, pero en el año 1834, cuando un humilde maestro venezolano, Simón Rodríguez, creaba escuelas penquistas y propugnaba a quien quisiera escucharlo un discurso tal de: "Innovamos o erramos". De lo contrario, El contagio de la locura no será sólo el titulo de una novela del hoy damnificado amigo Juan Mihovilovich, escritor y juez mixto de Curepto, sino también la idiosincrasia nacional y ahí sí que estaríamos arrasados.
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Te llamabas Verónica |
Recuerdo cuando me tejías el chaleco. No recuerdo el año. Aquello no tiene importancia. El año no tiene importancia. Pero sí recuerdo cuando me tejías el chaleco. Y te llamabas Verónica. Te miraba tejer el chaleco y pensaba que nada ni nadie me separaría de ti. Que tanto amor era suficiente. Que tejer un chaleco era la prueba sublime de amor. Y yo te amaba. Posiblemente sólo por ver cómo me tejías el chaleco. Y algunas otras pruebas definitivas. Diminutas pruebas definitivas. Luego algo pasó. Un mal novelista diría que la vida nos separó. De esto hace siglos. Ayer supe de ti. Vino tu hermano y me lo contó. Le mostré el chaleco que tú me tejiste. Y lloré sobre el chaleco.
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Ella me dijo y yo le dije |
Estás triste me dijo. Tú no eres precisamente una Oda a la Alegría le dije. Siento que no me quieres como antes me dijo. Es lo que tu crees le dije. Ya no me besas, no me abrazas, no me dices palabras cariñosas me dijo. Yo también esperaba de ti besos, abrazos y palabras cariñosas le dije. Eres un pendejo cabrón me dijo. Y tú una rosa tumefacta le dije. Es que no sabes nada, nada del amor me dijo. No hables que por hoy tengo bastante le dije. El problema tuyo es que lo tienes chico me dijo. El problema tuyo es que lo tienes grande le dije. No sabes follar me dijo. 999 mujeres no pueden estar equivocadas le dije. Que te parta un rayo me dijo. Que te vayas a la puta madre le dije. Eres una mierda, insignificante y bastardo me dijo. Y tu una real señora decadente le dije. Un día de estos te voy a matar me dijo. Antes lo haré yo le dije. Por la mañana del día siguiente, le llevé el desayuno a la cama. Zumo de naranjas, pan negro, mermelada y uvas blancas. Te quiero me dijo. Yo también te quiero le dije.
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Recetas de cocina |
Esta receta la tomé del Gato. Un amigo psicólogo que anda por ahí. Le introduje algunas variables y lo dejo a vuestra consideración. Se toma un poeta pagado de si mismo, petulante y en lo posible que haya ganado algún premio, importante o no. Luego se lo enfunda en un gran lienzo y se los apalea como a los locos. Se pone a hervir agua en una olla a presión suficientemente grande, se le pone dos cucharadas soperas de sal y una cabeza de ajo. Cuando el poeta está suficientemente apaleado, se lo zambulle en la olla a 220 grados de temperatura y se lo deja estar allí 45 minutos. Luego se lo retira y se deja enfriar. Mientras tanto en un recipiente hacemos la salsa. Ella consiste en mayonesa, perejil, cilantro, ajo en polvo, limón y aceite de oliva. Una vez frió el poeta, se lo pone en una fuente, se corta en trocitos y se le agrega la salsa. Invita a tres o cuatro de tus mejores enemigos a comer. Luego te retiras a un segundo plano, te vas a tu biblioteca y lees un libro de Enrique Lihn. No hagas caso de los estertores de la muerte de tus tres o cuatro mejores enemigos. Se lo merecían esos hijos de puta.
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La muerte no será el final |
Amo la flor más bella. Estoy borracho de amor. Inundado. Escribiré todas mis endechas para ella. Asaltaré un Banco. Ganaré el Nobel. Me prostituiré. Podré matar. Seré más alto. Ganaré los 100 metros planos. Dormiré bajo los puentes. Renunciaré a mi falsa modestia. Haré canciones. Me presentaré antes las Cortes y pediré la renuncia del Rey. Comandaré ejércitos poderosos. Sólo por ti dulce caramelo de mi corazón. Ya sé que me estoy poniendo cursi. Todo el mundo me lo dice. Y no me contengo. No puedo parar. Hablo y hablo de ti. No puedo parar. Te veo por todas partes. Ya no sólo en las latitas de café. Sino que también en el cielo de Patagonia. Mi corazón a punto de estallar. Te amo con frenesí inaudito. Con este mi amor maldito. Con mi amor acelerado. Con mi amor violento. Todo el entorno tiene tu rostro. Todas las canciones románticas buenas o malas, hablan de ti. Imagínate que hasta escucho a Arjona. Estoy borracho de amor por ti. Amor de mi corazón. La flor más bella. La única flor. Moriré pronunciando tu santo nombre. Y no será en vano. La muerte no será el final. No será el final de mi amor por ti.
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hugo vera miranda
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El día que mataron a Julián |
El día que mataron a Julián vino a verme. Julián vino a verme. Le quedaban exactamente siete horas de vida. Tomamos un café. Hablamos de la Guerra del Golfo. De su hija pequeña. De fútbol. De box. De Kafka. Borges y de su futuro en Tierra del Fuego donde marcharía. Fue un lindo encuentro. Lo abracé y se fue. Nos volveríamos a ver el martes siguiente. El miércoles partiría a Tierra del Fuego. Cuando le quedaban seis horas de vida comencé a preparar el almuerzo. Llegó mi hijo del colegio, almorzamos, revisé sus tareas, lavé los platos, atendí el almacén y revisé mi correo. Una hora antes de que Julián se muera, de que a Julián lo maten, vino Fabián y hablamos de su banda de Rock. De la posibilidad de tocar como teloneros en el concierto de Faith No More en Chile. Le conté que al mediodía estuvo Julián. Me dijo que se había encontrado con él por la mañana. Que le comentó que el miércoles partiría para Tierra del Fuego. Luego Fabián se fue y me dediqué a ver un partido del Fenerbache. Más tarde me llama Claudia. Me pregunta si sé lo que pasó.
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Carne rica bien condimentada |
Me pregunta Leonor si cuándo voy a actualizar el blog. Le digo que esta noche. Me dice que vino varias veces a verme y que el almacén estaba cerrado. Le cuento que anduve recorriendo la ruta 40 de Argentina. Me cuenta que estuvo tomando una semana entera. Que se bebió todo el vino que quedaba en el almacén de enfrente. Me dice que si voy al almacén de enfrente no veré vino. Que se lo tomó todo ella con sus amigos. Que una mañana fue de visita a su casa a ver a sus cuatro niños y regresó donde sus amigos al mediodía. Comprobó que sus cuatro hijos pequeños estaban bien y regresó con sus amigos. Cuando llegó vio como los amigos comían un rico asado. Que ella se sentó a comer y a beber con ellos. Que la carne estaba exquisita. Sabía a manjar. Muy condimentada como a ella le gusta. Que todos reían. Eran siete en total. Era el séptimo día de libar con El Correcaminos, Calambrito, Chanchito partido al medio, La perra cochina, Rocotoco, No te vayas nunca y Hazte a un lado. Y estaba allí Leonor comiendo esa rica carne condimentada como a ella le encantaba. De pronto mira hacía un rincón y ve la cabeza de un perro y vomita sobre la mesa. Chanchito partido al medio, el anfitrión, le dice que la dejaron allí para la sopita de mañana. Me dice que al otro día tampoco sabía mal la sopa. Que también estaba rica y condimentada. Le pregunto si puedo escribir semejante historia para actualizar el blog. Me dice que no hay problemas, que sólo cambie su nombre. Que ponga Leonor. Actualizo el blog.
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primeras impresiones |

Y todo se ha ido, el cuerpo se ha ido
completamente abajo, ido, enteramente ido.
D. H. Lawrence.
un fuerte aullido atraviesa el pecho y se instala en el alma,completamente abajo, ido, enteramente ido.
D. H. Lawrence.
hienas voraces ejercitan la ejemplar tarea de exterminio,
se pasa del calor al frío con rapidez que asombra,
inmediata y naturalmente aparece la palabra desgarro,
la palabra naufragio, desespero, desolación, rabia,
tormenta, impotencia, la palabra cortejo,
me convierto en toro de lidia, banderilleros temibles
aguardan darme muerte al menor movimiento.
la guillotina sobre mi cabeza,
la cabeza sumergida ¿a dónde ir?
rumbo a cualquier lado, da lo mismo una fiesta de disfraces,
el cementerio, una boda, un viaje en catamarán,
nada tengo que hacer en ningún sitio,
nada puede ocurrir que me afecte,
soy el ejemplar más triste del universo
todo es enorme y vasto desierto,
la vida anulada y el león acechando a su presa.
inmensas ganas tantas de volcar y de putear
de llorar de arremeter de matar o morir,
inmensas ganas tantas de no tener ganas
y volver a tenerlas,
no puedo creer que la gente circule,
ría, salude, tome un helado,
quiero parar a la gente en las calles,
contarles la pena de un ser invadido por la pena,
que acompañen en el duelo.
el tiempo detenido, el corazón funcionando bajito,
la mente bloqueada, la angustia sobrepasada,
pronto aparece el dolor, un dolor de siglos,
dolor sobrepujado por la soledad,
ella tan solemne que viene y te abraza,
el dolor que doblega, que paraliza
y con el dolor aparece la palabra DOLOR,
todo lo ocupa, todo lo invade, todo lo puede,
te acompaña a tu casa, tu cuarto, tu ropero, tu cama,
se queda allí taladrando un tiempo infinito,
en el cine de tu almohada comienzan las imágenes,
la llave sobre la ventana, mujer de blanco
recostada sobre el umbral de la puerta,
el llanto de esa mujer en la madrugada de un sábado,
siempre el mismo rostro, siempre ella misma.
se vuelve a la primera vez que la viste,
la primera mirada, la primera sonrisa, el primer beso,
la primera disputa y al lado del dolor y la maleta
el primer encuentro en la secreta casa de la noche.
ya es de noche y junto a la noche llegan los duendes
de la nostalgia, y junto a la nostalgia el tango,
aquello que pudo haber sido y no fue,
caminar con esa mujer por san telmo, un beso en
parque lezama, un encuentro en el barcito de
callao y rivadavia, nostalgia y amor ausente,
canta el gallo y de la mano de goyeneche
llega el sueño, luego despierto y pienso en ti,
me alegro, un sol luminoso hace cantar
a los gorriones, otro día comienza en puerto natales.
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hugo vera miranda
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poesía
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Este infierno tan querido |
Primero se cortó la luz. Inmediatamente después llegó el terremoto. Energía liberada. Terror. De repente te encuentras en manos de nadie. A merced de lo que estime venir. De pronto se te caen las paredes. Todo lo peligroso vuela por los aires. Un cuchillo atraviesa la garganta de una jubilada. Imposible sostenerse en pie. Te abandonas a tu suerte. A tu mala suerte. La tierra se abre y se cierra. El techo queda a la altura del piso. Los autos caen de las autopistas. Los edificios se derrumban. Gente llorando desnudas por las calles. Algo grave muy grave ha pasado. Es el primer minuto. Y no ha terminado. La tierra sigue temblando. Otro minuto. Todo sigue temblando. Cada vez más fuerte. Más fuerte. Ahora se siente más fuerte. Más que en el primer minuto. No da tregua. No se acaba nunca el segundo minuto. Ya nunca más acabará. No se acabará nunca. Comienza el tercer minuto y cada vez es más fuerte. Pánico. Muchísima gente ha partido a un lugar más apacible que éste. El viaje sin retorno. Muchos se fueron al primer minuto. Sepultada gente entre los escombros. Construyes una casa por tumba. Vas a la deriva. No hay luz no hay nada. Caminas ciego a ningún lugar. Todo se colisionó. Dejó de tener sentido. No hay comunicación, si alguna vez lo existió ya no. Todos los celulares callaron. Tierra arrasada. Peor que cualquier guerra. Una señora va en busca de su casa y encuentra una foto de la hija. Se da cuenta que allí estuvo su casa. Comenta que llegó por un sentido de orientación. Encuentra la foto de su hija pero no a su hija. Veo aquello por televisión y me pongo a llorar. Como nunca lloré en mi vida. Chile, que Dios se apiade de ti por los siglos de los siglos. Atravesaremos juntos el infierno. Este infierno tan querido. Mi país. Te quiero. Amén.
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