Vamos hacía La Frontera. Puerto Natales - Río Turbio. Martes 27 / 09 / 2011. Fabián me pasa a buscar. Cambiamos dinero y partimos. Fabián me pregunta si llevo todo. Llevo todo. Dinero, cédula de identidad, lentes, lápiz para llenar el formulario. Todo. Llegamos a la frontera con Argentina. Pido el formulario y lo lleno. Todo en orden. Se lo entrego al tipo de la PDI. Teclea y me dice: Usted no puede pasar. Se queda en silencio tres segundos. Mi vida en tres segundos. Tres segundos de mi vida. Interminables. Los tres segundos más graves de mi vida. Usted no puede pasar. Reviso rápidamente mi historial delictivo. Cinco hechos graves. Cuatro menos graves. 1000 mentiras. Luego de los tres segundos, agrega: su cédula de identidad está vencida. Usted no puede pasar. Y me quedé allí. En la frontera. Esperando el regreso de Fabián desde Argentina. Leyendo un libro de Jorge Teillier. Cerca del policía. Un tipo joven con pinta de delincuente. O de banquero. Que es lo mismo. Podría haberme dicho: Señor, su cédula de identidad está vencida. Pero no. Me dijo: usted no puede pasar. Y pasaron tres segundos. Los tres segundos más graves de mi vida. Seguramente no existe en la PDI una materia que se llame; Tratar bien al tipo que te paga por tu trabajo.
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En la frontera |
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Escucho a Leonard Cohen |
Llega y me dice que llevó a su mamá al hospital: llevé a mi mamá al hospital. ¿Qué le pasó? Cagaba caca negra. Inmediatamente pensé en un mantra. Cagaba caca negra, cagaba caca negra, cagaba caca negra. Y eso es grave le pregunto. Lo están estudiando me dijo. Le digo que no es un caso tan grave. Que me ha pasado. Que bebo vino tinto y como calafate. Que me sale negro. Que puede que haya sido el caso de su madre. Que no me dice. Que mi madre no toma vino tinto. Que la época del calafate aún no ha llegado. Que la de mi madre como todos nosotros, siempre fue café. Le digo que una noche tomé licor de menta y la mía fue verde. Somos lo que cagamos le digo. Y así. La conversación fue derivando escatológicamente por rumbos impensados. ¿Y qué le dijo el médico? Nada. Le dio una aspirina y le recetó un libro. Es que no puede ser, le digo. Un médico nunca receta un libro, aunque debieran. Pero este sí. Le recetó un libro. Un libro que tenía que hervir en un litro de agua de mar. Luego colarlo. Tomarlo. Luego el color negro de la caca se esfumaría. Se tornaría azul. Un color más agradable. Un libro de Rubén Darío. Le digo que es un buen libro y que de seguro, será una buena caca la de su madre. Una caca preciosa. Una caca mediterránea. Eso espero me dice. Va al baño. Vuelve. Se fuma un último cigarrillo. Se despide. Se va. Escucho a Leonard Cohen.
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Daniela Benavente |
La foto es de la mismísima. De ella. Daniela Benavente. Nada más ganar un concurso mundial de belleza, me enamoré. Me enamoré de ella. Y eso fue todo. Luego el tráfago de la vida cotidiana. La Patagonia y el fin del mundo. El almacén y la mata de lechugas. Todo lo que tiene que ver con un poco más que la nada. El viento, la nieve y el azul de las piedras. Y me olvidé. Me olvidé de la belleza de la que me había enamorado. De ella. De Daniela Benavente. Hasta que un día -como en los cuentos- ella entra al almacén. La mismísima Daniela Benavente. Y no es cuento. En un primer momento pensé que no debería seguir tomando Stolichnaya. Que estoy alucinando. Que estoy dormido. Soñando. Me dice que vive a media cuadra de casa. Que es de Santiago. Que vive en la calle Valdivia. A media cuadra de casa. Que somos vecinos. Compra una mata de lechugas. Sonríe. Se va. Yo loco. Trastornado. Luego vuelve muchas veces al almacén. Pero ya entonces, era una vecina más.
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Suena el teléfono |
Estoy con Susan. A punto de entrar al área chica. Le beso los hombros. Le muerdo la nuca. Gime. Yo a punto. La erección más fenomenal de mi vida. Suena el teléfono. Lo dejo sonar. Una y otra vez vuelve a sonar. Contesto. Es Bukowski. Le digo que no estoy. Cuelgo. Susan se saca la ropa. Me desnudo. Nos vamos a cama. Siento el estruendo. La puerta que cae. Veo al puto viejo de Andernach que viene hacia mí. Me tira una patada en los huevos. Corro al almacén en donde tengo el revólver. Hago pasar la bala a la recámara. Regreso a la habitación. Ríe. Se ha apropiado de mi botella de whisky. Acaricia a Susan. Apunto y le pego entre las cejas. ¡Has matado a Bukowski! Dice Susan. Excitada. Eres mi héroe. Ahora qué será de ti. Irás a la cárcel. No te preocupes, le digo. Le dije que no estaba, entonces no fui yo. Fue el mejor polvo de mi vida.
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Me compré un abrigo largo |
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Siempre regreso a casa |
Siempre regreso a casa
con una hermosa mujer sonámbula.
La dejo quieta un momento.
Que fatigue su fatiga en mi sillón.
Que mueva sus caderas mientras pueda.
Es la hora de saltar sobre el piano invisible.
Es el ataúd que se cierra, ¡Callad!
Se desplazan en mi cuarto mis horribles misterios.
Mi ardor y mi frenesí hermético.
Me aboco con frenesí a oficios tenebrosos.
¡Soy el monstruo del Lago-Ness!
¿Te he de amar mujer hermosa
de huesos, sangre, carne y orina?
Yo: yo ciertamente sería feliz
una mañana en New York.
Una tarde en Medellín. Una noche en Praga.
Aunque muriese al otro día.
Yo sería feliz, pero ven…
Ven acá ¡vayámonos ya de aquí!
Salgamos de este infecto
lugar mujer condenada.
Existe un laberinto permanente
de nuevas alegrías.
Un lugar lejos del laberinto.
En donde el sol no tendrá ocaso.
Y el paraíso será
a la medida de tu cintura.
La angustia es un arcano indescifrable
que oculta como el espejo al desierto
las llagas del torrente cotidiano.
Pero ven; ven aquí, nadie te verá.
Los fantasmas respiran por tu vulva, al besarla,
¿Beso a Jorge, Enrique o a Gustavo?
Así parece ser la vida poeta rampante,
así parece ser la vida señor Ministro,
así parece ser la vida hombre de metal,
así parece ser la vida hombre importante,
así parece ser la vida cadáver exquisito.
Transparente, lisa y llana,
sin tantos prefijos ni sufijos.
Pero ven; ven aquí mujer, cuéntame un cuento.
Dime que me amas, dime que en las noches
no sueñas con Jorge, con Enrique, con Gustavo.
¡Vamos! Cuéntame un cuento.
Ilustración de Javier Molinero.









