oy en día y ayer también, no se puede confiar en nadie. Absolutamente. En nadie. Tenía un amigo en Puerto Natales, posiblemente el amigo al cual yo más quería. Compartíamos historias de mujeres, nos intercambiábamos libros, muchas veces lo robábamos de antiguas librerías, jugábamos al fútbol por el mismo equipo, viajábamos por la Patagonia en un viejo Plymouth azul modelo 76, escribíamos poesía, él más bien escribía poesía, yo me dedicaba a la prosa, la novela, el cuento, ensayo, el relato corto. Fueron dos o tres años de amistad definitiva. Un buen día mi amigo desapareció para siempre. No supe nunca más nada de él. Hablo del viejo tiempo en que no existía la Internet. El oscurantismo total. Una carta a Santiago de Chile demoraba quince días, a Madrid una eternidad. No había forma de saber, por ejemplo, la temperatura en Dublín el cinco de abril del 2011. De la noche a la mañana mi amigo desapareció. Y junto a la desaparición de mi amigo, inmediatamente descubrí que también había desaparecido parte importante de mi biblioteca. Libros incunables como la Biblia de Gutenberg de 1453, el Sinodal impreso por Juan Párix de 1472, los Dotze treballs de Hèrcules de Enric de Villena. También se llevó libros menores, como el de Vicente Aleixandre dedicado a Oliverio Girondo, o el de García Márquez dedicado a Teresa y Fernando en Barcelona. Pero eso no fue lo peor, no fue la peor tragedia de aquel entonces, se llevó también mis cuadernos, toda mi obra inédita, lo que en años y años había escrito, doce horas diarias de trabajo, de lunes a lunes, día tras día, cada día de mi vida, se lo llevó. Arrasó con todo. De ahí que nunca más volví a escribir. De ahí que nunca más volví a confiar en nadie. Ahora tengo un blog, un blog en donde cuento pequeñas historias sin sentido. Un blog en donde nadie me lee y en donde, irremediablemente seré sepultado como escritor. Pero quiero dar a conocer el nombre de mi amigo, de este ghicho que me robó, que robó e hizo suyo lo que yo había escrito. Que hizo de mí un ser amargado, frustrado, un alma en pena. Lo quiero dar a conocer Urbi et orbi. Por fin se sabrá la verdad. Esa escoria de la humanidad se llama: Roberto Bolaño.
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Poeta relleno al Champiñón |
ontinuando con el servicio a la comunidad virtual, he decidido dar a conocer una receta que la tenía bien guardada. Que nunca se la di a mi mejor amigo. Ni a mi mejor amante. Tampoco a la madre de mi hijo que no sabía cocinar. Ni siquiera se la di a Marlene Dietrich con quien viví un apasionado romance (apasionado romance, que cursi), en París. Una receta que pensaba llevármela a la tumba. Una receta que pasó de una a otra generación de los Vera Miranda. Una receta que os deslumbrará. Que hará que vuestros convidados os quieran para siempre. Se trata de Poeta relleno al champiñón. Manos a la obra:
Ingredientes:
Poeta relativamente joven.
800 gr. de champiñones.
50 ramitas de perejil.
170 ramitas de cilantro.
10 cebollas.
8 limones.
½ kilo de pan rallado.
40 dientes de ajo.
15 cucharadas grandes de aceite de oliva.
5 litros de vino blanco Do Ferreiro Cepas Vellas.
800 gr. de mantequilla.
40 páginas de Verlaine.
Sal y pimienta a gusto.
Se toma un poeta relativamente joven y se lo parte por la mitad, luego se le saca la piel y el cerebro, se lo vacía por completo, se limpian los champiñones y se pica junto al perejil, el cilantro, la cebolla, el pan rallado, el zumo de limón y el aceite. Ponemos al poeta previamente cortado en trocitos sobre un poco de mantequilla en una fuente de horno, lo sazonamos con perejil, cilantro, vino y la mitad del ajo, luego lo cubrimos con la pasta de relleno y las 40 páginas de Verlaine. Más tarde esparciremos por encima el resto de la mantequilla y el resto del ajo, lo regaremos con todo el resto de vino Do Ferreiro Cepas Vellas. Lo hornearemos a 200º C. durante 7 horas. Lo serviremos en platos de greda de Quinchamalí, con vasos finos de Baccarat y con música de Claude Debussy. ¡Bon Appetit!
Ingredientes:
Poeta relativamente joven.
800 gr. de champiñones.
50 ramitas de perejil.
170 ramitas de cilantro.
10 cebollas.
8 limones.
½ kilo de pan rallado.
40 dientes de ajo.
15 cucharadas grandes de aceite de oliva.
5 litros de vino blanco Do Ferreiro Cepas Vellas.
800 gr. de mantequilla.
40 páginas de Verlaine.
Sal y pimienta a gusto.
Se toma un poeta relativamente joven y se lo parte por la mitad, luego se le saca la piel y el cerebro, se lo vacía por completo, se limpian los champiñones y se pica junto al perejil, el cilantro, la cebolla, el pan rallado, el zumo de limón y el aceite. Ponemos al poeta previamente cortado en trocitos sobre un poco de mantequilla en una fuente de horno, lo sazonamos con perejil, cilantro, vino y la mitad del ajo, luego lo cubrimos con la pasta de relleno y las 40 páginas de Verlaine. Más tarde esparciremos por encima el resto de la mantequilla y el resto del ajo, lo regaremos con todo el resto de vino Do Ferreiro Cepas Vellas. Lo hornearemos a 200º C. durante 7 horas. Lo serviremos en platos de greda de Quinchamalí, con vasos finos de Baccarat y con música de Claude Debussy. ¡Bon Appetit!
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Marcela Muñoz Molina |
Malas pasadas con lo oculto
Mi mente me juega malas pasadas con lo oculto. Puertas que se abren como salvavidas. Baúles que se cierran como secretos. Hombres enfurecidos por las convicciones, dispuestos a quemarme. Él almuerza solo en algún restorán del centro.
Corro de nuevo sin entender cual fue mi equivocación. Yo solo fui, salvaje y libre de acuerdo a mis marcas. Ese pueblo era demasiado viejo para albergar niños. Ser niño era el pecado. El placer por el juego. Lo acompañaba a curar sus heridas, luego le invitaba una cerveza. Puede ser que la explicación no esté en el pasado, sino en el futuro. Nada tendrían que ver con mi temprano destierro, los juegos de tacitas rojas de cada navidad, la eterna pelota de goma, los diminutos lápices de colores. El rompecabezas de las hadas. Zurcí cada una de sus camisas para cerrar las heridas de su corazón. El hecho fue en sí, violento. Pero no me di cuenta, sino hasta treinta años después. Dejé ahí de ser bonita, mis ojos dejaron de ser verdes, mi cráneo se cerró de golpe, mi cerebro se volvió sólo para mí. Mi cuerpo se encorvó y mi sangre se heló. Me volví morada y opaca. Todos los días inventé una dulzura nueva, era su reconciliación con el sabor y el placer. Preferí venderme a aquél hombre llegado de dos islas, cada una perteneciente a una punta del mundo. Aunque nada bueno se pueda esperar de las islas. Preferí el terror de descubrir los cuchillos bajo mi almohada que la mirada afilada de mi madre. Y no me equivoqué. Lo sostuve en mis brazos como a un niño aterrado, cuando todos estaban ausentes. Esperaba sentada mirando por la ventana, que apareciera al cruzar la calle. Apretaba mis siete meses con los brazos, respiraba profundo. La noche se volvía infinita. Él entraba. Yo no existía. Mi caída por el espiral no paraba jamás. Curé sus heridas, lavé su pelo con agua bendita para espantar a los malos espíritus. Cada noche era el recuerdo del día en que fui desterrada. Nunca más me sentaría en la mesa de mi padre, nunca más correría a los brazos de mi abuelo. Nunca más volvería. Nunca más volví. La pequeña y alta ventana en la vieja pieza de los locos, aún tiene luz. Esperé paciente que sus mañanas aclararan y sus huesos se volvieran firmes. Después de caminar muchas noches, alrededor de la mesa del comedor-jaula, toqué la puerta de una curandera. Tenía los ojos azules y el pelo rubio, me dijo yo iba a saber cual sería el momento. Le creí. Una noche cualquiera él jugaba desnudo en el living, con alguien sin rostro. Tomaba su mano en las escaleras mecánicas, él se sostenía de mí, del aire, del día, para no caer. Nada dije la noche del descubrimiento. Era mi descubrimiento. Nada sostenía ya esa historia, ni siquiera el miedo. En mi maleta cabía todo lo necesario y sobraba espacio. Él se esfumó en el aire, como el humo de un último cigarrillo. Lavé su ropa cada sábado, una y otra vez, para recordarle que todo muerto debe ser libre. A partir de ahí, fui el soldado adiestrado por los días. Mi objetivo era conquistar cada victoria para mi invencible batallón. Nadie más habita aquí. Nada más hay, aparte de mi corazón. El tiempo me abandonó, dándome alivio. Preparé brebajes para aumentar su circulación, la cicatrización era urgente. Soporté el filo de los cuchillos siguiéndome por la casa, cada nuevo día. El ruido de la lavadora ahogaba mis aullidos. El resto del tiempo ella silbaba y barría, yo lloraba sentada en el suelo del baño. El espiral se hacía cada vez más eterno. Nunca vi al final, una luz, sólo la olía. Su cerebro fue recuperando oxígeno, sus pulsaciones se aceleraron, volvió a sus recuerdos. Más de dos siglos estuve atrapada el tic-tac tic-tac de la lavadora. Escribía en la oscuridad. Curaba mis úlceras, cruzaba puertas que parecían salvavidas. Me escondía en baúles que se cerraban como secretos. Al filo de la guillotina, lograba escapar. Tenía dos cosas a mi favor. Mi pintura de guerra y mi libertad. En la medida en que yo lo sanaba, él me pinchaba el cuerpo con unas agujas oxidadas. Cuando lograba reunir fuerzas para el vuelo, mi corazón tomaba decisiones honestas y aterradoras. Equivocaciones, decía el pueblo. Menos mal que ellos nunca vivieron bajo mi piel, menos mal que el cráneo se me cerró un día, como la bóveda de un banco. La noche en que se sacudió la tierra me aferré inútilmente a lo único que no podía abrir, él se volvió de piedra. Las alas se me quemaron en pleno vuelo al menos dos veces. Llegué a estar demasiado cerca del sol y frágil era aquello que ya venía inflamado. Al caer, no caía como esperaba en la mesa de mi padre. Caía directo a la pupila de ella, en todo lo extenso de su territorio. Se levantó un día y limpió el lugar más oscuro y sucio de la casa, sacó escombros, botó basura, la vida estaba volviendo. Corté los cables uno por uno, un día antes del amanecer. Fui a un teléfono público y expliqué que corría por mi vida. Todos los iones cargados del viento me hacían más y más pesada. Todo el mar se había vuelto hielo. La falta de amor nunca duele en un lugar desconocido. El prepara su viaje, busca un casco para esquivar una posible lluvia de meteoritos, lo escucho andar. Mis intentos poco usuales por huir del pueblo, despertaron sospechas. Ya no era una niña, pero tenía niñas y eso hacía más complejo el dictamen de una sentencia. Mi postura era clara y peligrosa. Eran ellos, grises y secos o ellas, brotes siderales que me había regalado el viento. Mientras él se prepara para alcanzar la velocidad de la luz, yo me voy volviendo triste, aburrida, inútil y opaca.
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marcela muñoz molina
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Amanecerás espléndida como una rosa |
H
a llovido todo un mes en esta casa. Esto en verdad puede resultar raro. Sí que es raro. Fuera de casa no llueve. Llegan amigos y sus ropas lucen impecables. En cambio yo acá, pasado por agua. Y me preguntan evidentemente que por qué llueve. Que por qué llueve dentro de casa. En verdad no sé qué responder. Salvo decirles que ha pasado antes. Que antes, más de una vez, también ha llovido sólo acá, dentro de casa. Dicen: es rarísimo. Ya mis amigos dejaron de venir. Los que vivían conmigo se han ido. Solo yo aquí, prisionero de la lluvia. Ya nadie llega a esta casa. Nadie. En donde continúa lloviendo a mares y en donde, también, hasta los fantasmas dejaron de venir.
TODA PLEGARIA ACUMULADA
Con largos colmillos incrustados
al filo de horizonte,
la angustia me mira y sobrepuja,
yo parpadeo y sonrío
viendo pasar su larga melena.
Espero del rocío una palmada
violenta,
indescifrable,
que abarque en un instante
toda plegaria acumulada.
TODA PLEGARIA ACUMULADA
Con largos colmillos incrustados
al filo de horizonte,
la angustia me mira y sobrepuja,
yo parpadeo y sonrío
viendo pasar su larga melena.
Espero del rocío una palmada
violenta,
indescifrable,
que abarque en un instante
toda plegaria acumulada.
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hugo vera miranda
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Barack Tomahawk Obama |
ndependientemente de su tamaño, color y partido político, cada presidente norteamericano se guía por un solo interés. El interés norteamericano. Es así como visitó Chile, el último premio Nobel de la Paz. Pero antes de su noble llegada, nobleza obliga, y como no podía ser de otra manera, lanzó sobre Libia una andanada de 110 misiles Tomahawk, 20 de ellos dieron en el blanco, y 90 de ellos se pueden contabilizar, seguramente, como daños o efectos colaterales. Junto al Air-Force One, viajaron también 700 agentes secretos norteamericanos vestidos de agentes secretos norteamericanos, una jauría de perros y 200 tiradores escogidos. Un despliegue insolente digno de mafiosos. Él, su mujer, su suegra y sus dos hijas, se mostraron diplomáticamente maravillados, complacidos de estar algunas horas en este simpático y pequeño país. El presidente chileno se mostró como siempre: atolondrado, confuso y parlanchín. En Chile se quiere mucho al forastero, sobre todo si el forastero es rubio, de ojos azules o presidente norteamericano. En el país, ante tan ilustre visita, se revolvió el avispero. Todos juntos y eufóricos, se volvieron extremadamente loquitos, groupies totales. La derecha, la izquierda y el centro estaban invitados al gran convite, a la recepción que se ofrecería en el bombardeado Palacio de la Moneda. Se los veía a todos ellos encantados. Felices a más no poder, todos ellos queriendo estrechar la mano del Nobel de la Paz. Todos ellos compuestitos, con sus eternas sonrisas bobaliconas y sus trajes Armani. Ellos, los 300 invitados. Todos ellos dueños de una porción importante de este país. Un grupo musical chileno llamado Los Jaivas, deleitaron a la dilecta concurrencia. Otro grupo de baile haciendo giros extraños y dando patadas en el piso, le recordaron a las visitas que se encontraban en un lugar lejano y extraño. Mezcla de tropicalidad y vasallaje. Se eligió un menú de lo más heterogéneo, basado íntegramente en nuestra loca y peculiar geografía. Ostras de Chiloé, salmón de Aysén, erizos, ostiones y locos de Tongoy, wagyú (raza bovina originaria de Japón), de Osorno, cordero y centolla de Magallanes, atún de Isla de Pascua, papayas y chirimoyas de La Serena. Además, por supuesto, los mejores vinos chilenos. Los peores vinos chilenos son buenos, imagínese usted -atento lector- cómo serán los mejores vinos chilenos. Dicen que el baño del Air-Force One está bien equipado, que tiene ducha y un amplio despacho. Seguramente después del menú geográfico, lo van a necesitar. Él, su mujer, su suegra y sus dos hijas. Goodbye, Mr. President.
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hugo vera miranda
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Sex Pistols |
L
a conocí en algo que en jerga policial se llama procedimiento. Pero no fue un procedimiento cualquiera. Fue exactamente como en un poema de Ernesto Cardenal. Vi por la Tv en directo, en mi sillón favorito, el inicio de la operación. Vi cómo salían los carros de la PFI (Policía Federal Investigativa), las sirenas, las luces de los carros, los policías sacando sus armas por las ventanillas. Hasta que llegaron a mi casa. Todo en vivo y en directo. En mi sillón favorito. Entraron derribando la puerta, dando patadas. Estaba rodeado. El grupo era encabezado por una fiscal. Una mujer sin importancia, frágil y enérgica. Lo de frágil es un decir. Una mujer con pistola nunca es frágil. Sin pistola tampoco. Fue así como conocí a Janet. De la peor manera posible. Janet, la fiscal. Mi vecina, la Pilarica, fue con el cuento al departamento policial. Narcotraficante. Rompieron todo lo que tenían que romper. La Tv seguía filmando. Orden amplia de investigar. En verdad que estaba tranquilo, nada tenía que temer. Que ocultar. No encontrarían nada. Me despreocupé. Comencé a fijarme en Janet. Unas piernas que llegaban hasta el cielo, una boca estilo Linda Lovelace, un culo de los mil demonios desatados. Daba órdenes precisas: en la nevera, segundo piso, galpón, abrir todas las latas de café, el patio, entretecho, cada libro, la huerta, bajo la casa, arriba de la casa, bajo el colchón de la abuela. No encontrarían nada. No encontraron nada, absolutamente nada. Alertado por Néstor, un amigo policía corrupto, trasladé todo el alijo que tenía a la casa de Fabián. La Tv dejó de filmar. La policía dejó de trajinar. La fiscal dejó de dar órdenes. Veo que repara en unos poemas que había escrito durante mi estancia en Barcelona, tal vez buscando quizá qué pista. Fue lo que pensé. Luego se fueron, se excusaron, se fueron. Dijeron que ellos pagarían el estropicio. Al día siguiente me llama la fiscal. Quería hablar sobre mis poemas. No hay problemas. Cuando quieras, la tuteé. Qué te parece mañana, no hay problemas, le dije, desde hace un tiempo a esta parte, tengo esa muletilla, no hay problemas, debo tener más de alguno, supongo. Qué tomas le pregunto. Lo que tomes tú, dice Janet. ¿Te gusta Sex Pistols? Dale. Quiero presentarme dice: me llamo Janet, tengo 27 años, Libra, romántica y liberal. De repente pienso que la fiscal es una mujer, eso me calentó. Me puso a cien. Me dijo que le encantaba la poesía, que su padre era poeta, que era un poeta muy reconocido en Rancagua. Me dio el nombre del padre, la verdad que no lo conocía. No lo conocía para nada. Pasa que en Chile, pateas una piedra y 100 poetas pegan un alarido. Me dice que le había sorprendido, que mi poesía la había sorprendido. Que ni se imaginaba que un tipo como yo, escribiese tan bien. Hice un gesto de humildad. El mismo típico gesto, que hace todo buen o mal poeta pagado de sí mismo. Dijo que yo era un poeta de ley. Era su forma de decir, de ley. Al tercer trago le mordí la nuca, al cuarto le bajé las bragas, al quinto pegó un grito. Ya con Sex Pistols sonando, nos fumamos un porro.
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hugo vera miranda
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Héctor Martínez Díaz |
La muerte de Hugo
Estimado Hugo, ¿cómo estás? anoche tuve un sueño contigo me avisaban que habías muerto. Un disparo de madrugada, un vecino, no sé si Chendo, no por lío de faldas, sentimientos cochinos, ni cuentas impagas, sólo un mal entendido.

Era de no creerlo, algunos lloraban en tu velorio, la abuela tranquila como siempre sentada al borde de la cocina, los buitres acosábamos tu biblioteca, algo habrá que sacar por el tiempo que con enfermiza envidia nos comimos en silencio tu arrogancia literaria. Algunas minas, tres o cuatro, llamaban a la puerta consultando si era cierto. En la quinta, camino al galpón me pareció ver a Willy Mena con otro tipo (qué hacía aquí me preguntaba).
Iba a tu funeral, una ceremonia en una punta de diamante de calle Mexicana, frente el Monumento al Minero con el Dorotea de fondo , un micrófono, poca gente, menos de la que uno pensaba. Cuatro tipos traían en andas tu cuerpo tendido sobre una plancha de cholguán llena de flores, cual funeral de Yogi Hindú, se te veía solo el rostro y los pies, por lo que no sé si vestías túnica. Venías en paz, tu piel limpia y tersa, con una barba tipo candado. Te colocaban sobre el pasto a cuatro metros de un cerco de madera gris. Me pareció ver que hacías una mueca como sonriendo y que tus parpados delataban el movimiento de tus orbitas.
¡Está vivo!, pensaba, te apretaba el dedo gordo del pie derecho y te sentabas alzando las brazos al cielo riéndote y cantando "¡Resucitó, Resucito!", por la surrealista broma que habías jugado. Íbamos a tu casa y nos fumábamos un pito.
Yislen me despierta y pregunta si tuve una pesadilla. No, le digo, soñé que se moría el Hugo. Un disparo de madrugada, un vecino, no sé si Chendo, no por lío de faldas, sentimientos cochinos, ni cuentas impagas, sólo un mal entendido...
Iba a tu funeral, una ceremonia en una punta de diamante de calle Mexicana, frente el Monumento al Minero con el Dorotea de fondo , un micrófono, poca gente, menos de la que uno pensaba. Cuatro tipos traían en andas tu cuerpo tendido sobre una plancha de cholguán llena de flores, cual funeral de Yogi Hindú, se te veía solo el rostro y los pies, por lo que no sé si vestías túnica. Venías en paz, tu piel limpia y tersa, con una barba tipo candado. Te colocaban sobre el pasto a cuatro metros de un cerco de madera gris. Me pareció ver que hacías una mueca como sonriendo y que tus parpados delataban el movimiento de tus orbitas.
¡Está vivo!, pensaba, te apretaba el dedo gordo del pie derecho y te sentabas alzando las brazos al cielo riéndote y cantando "¡Resucitó, Resucito!", por la surrealista broma que habías jugado. Íbamos a tu casa y nos fumábamos un pito.
Yislen me despierta y pregunta si tuve una pesadilla. No, le digo, soñé que se moría el Hugo. Un disparo de madrugada, un vecino, no sé si Chendo, no por lío de faldas, sentimientos cochinos, ni cuentas impagas, sólo un mal entendido...
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Rusos |
Y
cómo le va a usted con el otro. Ya lo sé. No me diga nada. Le recuerdo un poema de Marina Tsveteava. Pero en serio se lo pregunto. Qué tal le va con el otro. ¿El dulce es más dulce? ¿los trenes llegan a horario? ¿La flor del tomate es más bella? ¿Los ventisqueros son más azules? Se lo pregunto y en verdad no sé por qué se lo pregunto. En verdad que no quiero respuesta. Pero la supongo feliz. Con brío elegante, caminando por la ciudad enarbolando la dicha. Saludando a los pajaritos. Con paso firme, rubor carmesí y gotas de coquetería. Es que me encantaría verla. Despojada de mí. La flor más bella. En verdad que me encantaría verla. Sonreír. Con esa sonrisa que en algún momento será su tumba. Usted lo sabe. Seguramente que usted lo sabe. Le cuento señora, que a mí no me va bien. Para nada bien. Desapareciste de mi vida en el mejor momento de tu vida. En el peor momento de la mía. Escapaste con tu sonrisa. No me va bien. Pero creo que no te enterarás. Tampoco te importará. Fui un pequeño escollo en el roquerío de su vida. Quisiera amanecer mañana sin pensar en usted. Sin tener este cielo de mangostas que ahora tengo. Sin saber cómo le va a usted con el otro. Amanecer y pensar que usted es feliz. Que siempre lo será. Lo mío fue un accidente. Uno más en la ruta de su vida. Usted siempre saldrá indemne. Enarbolando su eterna sonrisa. La dicha a la vuelta de la esquina. Ya lo dijo Maiakovski. La barca del amor se estrelló contra la vida cotidiana.
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hugo vera miranda
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Pilar López Mora |
Mi primo el Licenciado Omar
Mi primo Omar antes se llamaba Manolo. No sé muy bien por qué ahora se llama Omar, me pilló de Erasmus en Italia y no quise preguntar. Estudió Periodismo, como yo. Con una media de 5 acabó la carrera en 11 años.
Aquí era uno de los miles, qué digo miles, millones de licenciados que se dedican a la venta y alquiler de vehículos usados. Omar, uno ochenta y cinco, fuerte, pelo castaño y suave, con una mirada que parece que te va a traspasar. Le gustaba ir al canódromo y cerraba todos los bares del barrio por orden alfabético. Borracho estaba todavía más sexi. Era de esos a los que no se les nota nada que han bebido. Ni se le trababa la lengua ni andaba dando tumbos.
Un mal día conoció a una colombiana y se fue con ella a Bogotá. Duraron juntos dos semanas, pero él se quedó. Por lo que se ve allí es conocido por el Licenciado Omar. Debió falsificar algo en el CV o bien andan escasos de universitarios. La cosa es que al condenado Omar le hacen sentir como Dios. Es el tuerto en el país de los ciegos. El puto amo. Como es tan blanco y tan alto y tiene ese modo de mirar, va de una a otra sin pagar. A mí me llegan docenas de cartas suyas en que me da innecesarios y numerosos detalles de todo lo que le ocurre allá. Me turba y me perturba, la verdad.
Cada año en Navidad regresa a España a pasar un mes con la familia. Cada año se pone morado de comer y bebe como un cosaco. Se va cinco quilos más gordo.
Gracias a la Virgencita del Carmen, siempre en las reuniones familiares hay un momento en que los parientes se disipan como la niebla y en un momento de la tarde en que preparábamos la Noche Buena unos fueron a hacer las últimas compras, otros a visitar a los vecinos, los más entregados llevaron a los críos al cine y la abuela y las tías se fueron a echarse una siestecita. Pensé que por fin me quedaba sola cuando el dichosito Licenciado Omar me vino a molestar a mi habitación donde a lo único que aspiraba era a leer un ratito y escuchar un poco de música antes del estridente y masivo banquete navideño. Pero no. Allí estaba él, con ese acento que le ha salido de repente, con esas barbitas que se ha dejado como para parecer más respetable. Ya olía a pacharán como si se hubiese zampado una botella entera, aunque su aliento resultaba agradable. Dulzón.
-Quiero estar tranquilita un rato antes de la cena.
-Solo vengo a decirte una cosa.
-¿No puedes decírmelo después?
-No. Con los niños armando escándalo y mi madre sin quitar ojo.
-Pues rapidito que tengo un par de horas de tranquilidad y no quiero desperdiciarlas.
Se sentó en la cama y se acercó como para hablarme al oído. Empezó a besarme el cuello. Y a susurrarme unas ciertas cosillas. Yo en principio iba a empujarlo y echarlo de la habitación a patadas pero lo que me contaba me tenía tan estupefacta que no pude moverme. Que si iba a psicoanálisis desde los quince años porque era erotómano, que si me deseaba desde que íbamos juntos a la Facultad, que si era él quien llamaba a mi teléfono y colgaba, que si me había robado ropa interior, coleteros, pendientes, pañuelos, fotos, ligueros. Y fantasías muy cochinas en las que siempre aparecía yo con mucha más gente. Total que sin darme cuenta ya estaba yo devolviendo besos y caricias y dejando al muy caradura meter mano bajo mi falda y bajarme sin recato alguno las bragas. Se apresuraba con los pantalones a medio bajar ya encima de mí, y lo tuve que parar:
-Si quisiera un polvo rápido, ya haría esto con mi marido. O te esmeras o te largas.
Mano de santo. Se esmeró y bien, el Licenciado Omar.
Bajo el ritmo y me besó todo, conforme me desnudaba tan despacito. Me decía cosas obscenas y me acariciaba. Me cogía de espaldas, de lado, de frente, me sentaba sobre él y me lo hizo hasta de pie. Me tuve que morder la mano para no despertar a la abuela y a las tías pero aun así no estoy segura de que algo no oyesen. Dos horas, cinco orgasmos a mi favor.
Acabadas las vacaciones, marchó de nuevo a Colombia. Ahora ya no cuelga el teléfono cuando me llama y procuro encerrarme en el cuarto de la plancha para tener nuestra pequeña conversación transoceánica en la más discreta intimidad.
Ah, sí. Quiero que conste que es mi primo segundo, casi como si dijéramos que no somos familia.
Un mal día conoció a una colombiana y se fue con ella a Bogotá. Duraron juntos dos semanas, pero él se quedó. Por lo que se ve allí es conocido por el Licenciado Omar. Debió falsificar algo en el CV o bien andan escasos de universitarios. La cosa es que al condenado Omar le hacen sentir como Dios. Es el tuerto en el país de los ciegos. El puto amo. Como es tan blanco y tan alto y tiene ese modo de mirar, va de una a otra sin pagar. A mí me llegan docenas de cartas suyas en que me da innecesarios y numerosos detalles de todo lo que le ocurre allá. Me turba y me perturba, la verdad.
Cada año en Navidad regresa a España a pasar un mes con la familia. Cada año se pone morado de comer y bebe como un cosaco. Se va cinco quilos más gordo.
Gracias a la Virgencita del Carmen, siempre en las reuniones familiares hay un momento en que los parientes se disipan como la niebla y en un momento de la tarde en que preparábamos la Noche Buena unos fueron a hacer las últimas compras, otros a visitar a los vecinos, los más entregados llevaron a los críos al cine y la abuela y las tías se fueron a echarse una siestecita. Pensé que por fin me quedaba sola cuando el dichosito Licenciado Omar me vino a molestar a mi habitación donde a lo único que aspiraba era a leer un ratito y escuchar un poco de música antes del estridente y masivo banquete navideño. Pero no. Allí estaba él, con ese acento que le ha salido de repente, con esas barbitas que se ha dejado como para parecer más respetable. Ya olía a pacharán como si se hubiese zampado una botella entera, aunque su aliento resultaba agradable. Dulzón.
-Quiero estar tranquilita un rato antes de la cena.
-Solo vengo a decirte una cosa.
-¿No puedes decírmelo después?
-No. Con los niños armando escándalo y mi madre sin quitar ojo.
-Pues rapidito que tengo un par de horas de tranquilidad y no quiero desperdiciarlas.
Se sentó en la cama y se acercó como para hablarme al oído. Empezó a besarme el cuello. Y a susurrarme unas ciertas cosillas. Yo en principio iba a empujarlo y echarlo de la habitación a patadas pero lo que me contaba me tenía tan estupefacta que no pude moverme. Que si iba a psicoanálisis desde los quince años porque era erotómano, que si me deseaba desde que íbamos juntos a la Facultad, que si era él quien llamaba a mi teléfono y colgaba, que si me había robado ropa interior, coleteros, pendientes, pañuelos, fotos, ligueros. Y fantasías muy cochinas en las que siempre aparecía yo con mucha más gente. Total que sin darme cuenta ya estaba yo devolviendo besos y caricias y dejando al muy caradura meter mano bajo mi falda y bajarme sin recato alguno las bragas. Se apresuraba con los pantalones a medio bajar ya encima de mí, y lo tuve que parar:
-Si quisiera un polvo rápido, ya haría esto con mi marido. O te esmeras o te largas.
Mano de santo. Se esmeró y bien, el Licenciado Omar.
Bajo el ritmo y me besó todo, conforme me desnudaba tan despacito. Me decía cosas obscenas y me acariciaba. Me cogía de espaldas, de lado, de frente, me sentaba sobre él y me lo hizo hasta de pie. Me tuve que morder la mano para no despertar a la abuela y a las tías pero aun así no estoy segura de que algo no oyesen. Dos horas, cinco orgasmos a mi favor.
Acabadas las vacaciones, marchó de nuevo a Colombia. Ahora ya no cuelga el teléfono cuando me llama y procuro encerrarme en el cuarto de la plancha para tener nuestra pequeña conversación transoceánica en la más discreta intimidad.
Ah, sí. Quiero que conste que es mi primo segundo, casi como si dijéramos que no somos familia.
Pilar López Mora es Profesora de la Universidad de Málaga. Escribe en el blog Recuerdos de Cartaphilus.
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Coma, |
M
e dice si tengo problemas con las comas, le digo que no, que no tengo ningún problema con las comas, entonces me pregunta que por qué no las pongo, le digo que no las pongo, porque en ciertas ocasiones, las comas no hacen falta, no hacen falta para expresar aquello que quiero expresar, por ejemplo, cuando un tipo habla a borbotones, no puedo llegar y poner una coma, que si pongo una coma, el tipo dejará de ser lo que yo quiero que sea, pero también le explico, que cada uno tiene su estilo, a mí por ejemplo se me da por el punto seguido, que es donde puedo con mi respiración, insiste que seré un gran escritor cuando sepa utilizar el valor de la coma, de la puta coma, está bien le digo, entonces cada vez que escriba pensaré en ti, pondré todas las comas necesarias, abandonaré mi estilo, mi respiración y hasta mi reputación, de ahora en más, todo lo que escriba, será con comas, con muchas comas para ti, muchas comas, por doquier, miles de comas, soñaré con comas, comas y más comas, muchas comas, y me convertiré en un buen escritor, de haberlo sabido antes, chao punto seguido, no sirves para nada, te abandono para siempre, nunca más me fiaré de ti, inservible, te dejaré abandonado en un desván, bienvenida coma, te adoro coma, preciosa coma, amada coma mía, ya nunca más nos separaremos, te rindo pleitesía, coma de mi alma, coma del alma mía, maravillosa coma, mañana mismo escribiré una Oda a la coma, en verdad que me he quedado en estado de coma,
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Todos en el pueblo envidian mis grosellas |
E
stoy sentado donde Manos Limpias, acaricio los muslos de una puta cubana. Veo entrar al crítico literario de la mano de una puta chilena. Es un crítico literario importante. Inmenso. Pipa, sombrero, barba. No existe ningún crítico literario que no sea importante. Que no sea menos importante que Baudelaire, Borges o Carver. Se sienta al lado de mi mesa. Me hago el distraído. Cómo va la vida poeta me pregunta. Le digo que mi vida no es tan interesante como la suya. Me dice que en eso está completamente de acuerdo. Que agradece mi apreciación. Me pregunta si pueden sentarse a mi mesa, él y su puta. Inmediatamente pienso que debo emborracharme. Siempre lo hago cuando no soporto la jerigonza sublime de los que saben. Al tercer trago, la cubana y la chilena se van buscando mejores horizontes, quedo con el puto crítico literario importante. Pido tres mojitos para mí, pienso que Hemingway me rescatará, que vendrá en mi ayuda. Mire mi amigo, dice el engolado maravilloso puto crítico importante: la poesía no se le da fácilmente a cualquier palurdo, se escribe con el corazón encendido, con la pasión indómita que infunde el reservorio más íntimo del hablante lírico circunspecto. Ateridos en un Universo despojado de solipsismos errantes, solemos imaginar un entorno frígido en donde, el clavel es un esparcimiento para aquellos aedas que nunca vislumbraron el sufrimiento de escribir bajo el filo del verdugo que rodará aquella cabeza en donde un día habitó el pensamiento. Cuidado poeta con la palabra. La palabra actúa como enjambre de soliloquios inhabitables. Qué sabe usted de escribir frente a un ejército de ocupación, frente a la soledad más espantosa, en una barca a la deriva, sin recurso alguno, con niños pequeños que alimentar, qué sabe usted de escribir con las vísceras fuera de su cauce, en un amanecer sangrante de abejas asesinas, implorando que alguien lo rescate del abismo. La poesía no es una novelita insustancial barata de sacar a tres. Ya lo sé, usted escribe desde el último lugar del mundo, digamos que en el culo del mundo, en donde llegan apenas los ecos de lo que sí pasa en Santiago, por ejemplo, escribiendo desde acá, desde este pueblo miserable, nunca llegará a nada. Se lo digo yo que algo sé de estas cosas, sino mire usted a Bolaño, Rivera Letelier, Jodorowsky. Verdaderos espejos donde mirarse. Debe salir de acá si quiere trascender, aunque le digo, por ejemplo, que sí existió un poeta, que escribió desde un pueblo tan pequeño como el suyo, un poeta que nació en Charleville y que se llamó Rimbaud, que tampoco tenía mayor contacto con el resto del mundo, pero había una cosa que él tenía y de la cual usted adolece, esa cosa se llama talento. Talento amigo, talento. En este instante de fría cuchilla sinceridad, le digo que recuerde a François de la Rochefoucauld: Les gens qui veulent fortement une chose sont presque toujours bien servis par le hasard.
Miro mi reloj. Las tres de la mañana. Me pongo de rodillas, le beso su anillo, su bastón, su puto ridículo sombrero. Le digo emocionado que estoy ante la presencia de un sabio. Que después de aquella noche, ya nunca más seré el mismo que antes fui. Siento su respiración entrecortada por tabaco y alcohol. Su mano acariciando benévola mi testa. Beso sus zapatos. Utilizando un viejo recurso de mi paso por rodar una teleserie, lloro de emoción. Le digo, sollozando: por fin un sabio ha llegado al pueblo. Con reverencia extrema, lo invito a casa. Nada más llegar, lo estrangulo, lo entierro a considerable distancia de mis viejas amantes. Más tarde, mucho más tarde, planté grosellas sobre su putrefacto restos podridos. Todos en el pueblo envidian mis grosellas.
Miro mi reloj. Las tres de la mañana. Me pongo de rodillas, le beso su anillo, su bastón, su puto ridículo sombrero. Le digo emocionado que estoy ante la presencia de un sabio. Que después de aquella noche, ya nunca más seré el mismo que antes fui. Siento su respiración entrecortada por tabaco y alcohol. Su mano acariciando benévola mi testa. Beso sus zapatos. Utilizando un viejo recurso de mi paso por rodar una teleserie, lloro de emoción. Le digo, sollozando: por fin un sabio ha llegado al pueblo. Con reverencia extrema, lo invito a casa. Nada más llegar, lo estrangulo, lo entierro a considerable distancia de mis viejas amantes. Más tarde, mucho más tarde, planté grosellas sobre su putrefacto restos podridos. Todos en el pueblo envidian mis grosellas.
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Recordando a Rubén Massera |
Rubén lo conocí un día que le caí al Chile en su casa de San Fernando. Primeros días de mi regreso a Bs. AS. Pleno proceso militar. La recepción fue seria. El Chile estaba con un desconocido con cara de culo que de pronto leyó un cuento y el cuento era de putos. Lo leyó de la revista Crisis, así que no me extrañaría que sea el mismo cuento que vos recopilaste en Inmaculada. Lo miré al Chile intrigado y el Chile me respondió con una de esas miradas malevas que coagulaban en seco.
Seguimos hasta que nos envolvió la noche comiendo y chupando y amanecimos a las puteadas, discutiendo y cagándonos de risa hasta dormirnos (la filosofía, el arte y la política eran un sonsonete enroscado). Al despertar, previo cafecito, seguimos chupando y la ferocidad de la charla nos llevó hasta la noche siguiente. Cuando llegó el día final, extraviados por la magnificencia de la intoxicación que habíamos compartido, ante el silencio de la iluminación diurna, nos separamos sabiéndonos amigos, dejando la felicidad para los muchos reencuentros e intoxicaciones que tuvimos después, pasara lo que pasara alrededor nuestro.
Creo que ni el Chileno, ni Rubén, ni yo, nos cagamos tanto de risa como cuando estuvimos juntos. Sacudiéndonos a puteadas por supuesto.
Rubén fue maestro en apreciar los errores de los demás, pues con los propios había construido una catedral. El sería capaz de interpretar como las equivocaciones que cometí en mi vida consolidaron estos gobiernos de principios del siglo XXI, en Argentina. Hoy, Rubén es un fantasma más severo que en vida.
Terminé siendo tan amigo de él como del Chileno. Muchas veces vino a casa y se quedó a dormir. Incluso después que vendió su departamento, durante el mes que tardó en tomar el avión a Madrid, vivió conmigo.
Fue su elección. Pudo haberse quedado con el Chileno, pero prefirió mi hábitat. Cuando levantó su departamento, juntó todos sus libros, los cuadros de su padre, que había sido un pintor boquense y más cuadros de otros pintores, y me legó el paquete. Cuando subió al avión, su equipaje era, aparte de su ropa puesta, una máquina de escribir y dos diccionarios gordos.
Estar con Rubén daba ganas de morir de cáncer de pulmón. Viéndolo fumar, se veía la meta de toda una vida hacia la que se dirigía sin retroceder un paso.
Rubén trabajó duro, fue a Europa, volvió a Buenos Aires, y ya cerca de los setenta años, intentó Europa nuevamente. Madrid era un buen lugar para traducir libros y fumar tabaco, pero no lo dejaron. Las autoridades lo echaron por indocumentado. Entonces hizo el Retorno para cumplir con su destino en un departamento de un ambiente en pleno centro de Buenos Aires, que le pusieron amigos y amigas. Allí se hizo huraño y solamente aceptó las visitas de aquellos que traían tortitas, yogures y jugos de soja. No murió del pulmón, murió de todo. Así que, pudo darse el gusto de encender cigarrillos últimos. Durante aquellos días que jamás volverán, me llamó por teléfono:
- ¿Sabés quién habla? -su voz sonaba con la normalidad de su mejor época, pero él sabía que eso era un milagro y que me estaba telefoneando desde el más allá.
- ¡Rubén! -exclamé provocando su risa. -¿Cómo te va? ¿Llegaste a la Quinta del Ñato? ... ¿Cómo es?
Entonces Rubén me describió el techo de la habitación que contemplaba desde su cama. El techo estaba cubierto por una gran mancha de humedad que había desprendido trozos de cielorraso, componiendo los dibujos y las formas que él siempre quiso ver durante toda su vida. Era tanto lo que ese techo le estaba mostrando, que le parecía una fiesta.
- Ahora, en este momento -me dijo- se asoma César Vallejo y sonríe...
Ilustración Mabel Dai "Collage". Buenos Aires. 1980.
Seguimos hasta que nos envolvió la noche comiendo y chupando y amanecimos a las puteadas, discutiendo y cagándonos de risa hasta dormirnos (la filosofía, el arte y la política eran un sonsonete enroscado). Al despertar, previo cafecito, seguimos chupando y la ferocidad de la charla nos llevó hasta la noche siguiente. Cuando llegó el día final, extraviados por la magnificencia de la intoxicación que habíamos compartido, ante el silencio de la iluminación diurna, nos separamos sabiéndonos amigos, dejando la felicidad para los muchos reencuentros e intoxicaciones que tuvimos después, pasara lo que pasara alrededor nuestro.
Creo que ni el Chileno, ni Rubén, ni yo, nos cagamos tanto de risa como cuando estuvimos juntos. Sacudiéndonos a puteadas por supuesto.
Rubén fue maestro en apreciar los errores de los demás, pues con los propios había construido una catedral. El sería capaz de interpretar como las equivocaciones que cometí en mi vida consolidaron estos gobiernos de principios del siglo XXI, en Argentina. Hoy, Rubén es un fantasma más severo que en vida.
Terminé siendo tan amigo de él como del Chileno. Muchas veces vino a casa y se quedó a dormir. Incluso después que vendió su departamento, durante el mes que tardó en tomar el avión a Madrid, vivió conmigo.
Fue su elección. Pudo haberse quedado con el Chileno, pero prefirió mi hábitat. Cuando levantó su departamento, juntó todos sus libros, los cuadros de su padre, que había sido un pintor boquense y más cuadros de otros pintores, y me legó el paquete. Cuando subió al avión, su equipaje era, aparte de su ropa puesta, una máquina de escribir y dos diccionarios gordos.
Estar con Rubén daba ganas de morir de cáncer de pulmón. Viéndolo fumar, se veía la meta de toda una vida hacia la que se dirigía sin retroceder un paso.
Rubén trabajó duro, fue a Europa, volvió a Buenos Aires, y ya cerca de los setenta años, intentó Europa nuevamente. Madrid era un buen lugar para traducir libros y fumar tabaco, pero no lo dejaron. Las autoridades lo echaron por indocumentado. Entonces hizo el Retorno para cumplir con su destino en un departamento de un ambiente en pleno centro de Buenos Aires, que le pusieron amigos y amigas. Allí se hizo huraño y solamente aceptó las visitas de aquellos que traían tortitas, yogures y jugos de soja. No murió del pulmón, murió de todo. Así que, pudo darse el gusto de encender cigarrillos últimos. Durante aquellos días que jamás volverán, me llamó por teléfono:
- ¿Sabés quién habla? -su voz sonaba con la normalidad de su mejor época, pero él sabía que eso era un milagro y que me estaba telefoneando desde el más allá.
- ¡Rubén! -exclamé provocando su risa. -¿Cómo te va? ¿Llegaste a la Quinta del Ñato? ... ¿Cómo es?
Entonces Rubén me describió el techo de la habitación que contemplaba desde su cama. El techo estaba cubierto por una gran mancha de humedad que había desprendido trozos de cielorraso, componiendo los dibujos y las formas que él siempre quiso ver durante toda su vida. Era tanto lo que ese techo le estaba mostrando, que le parecía una fiesta.
- Ahora, en este momento -me dijo- se asoma César Vallejo y sonríe...
Ilustración Mabel Dai "Collage". Buenos Aires. 1980.
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Escribo porque Dios no escribe |
E
n verdad no escribo para nadie. Con esta confesión, no pasaré a la historia por ser original. Pero en verdad no escribo para nadie. Pero siempre ocurre en mí, cierto placer morboso en cuanto me siento a escribir. Siento que alguien, en alguna parte, quiere que yo escriba, que yo le escriba. Posiblemente sea un error y que nadie lo piense así. Pero bueno… tampoco escribo para ese alguien, en alguna parte, que quiere que yo escriba, que yo le escriba. Escribo porque Dios no escribe. Porque si no escribiese, mi vida sería un ventisquero. Porque tendría dolores de cabeza. Porque mataría a la mayoría de los chilenos. Porque de qué otra manera, soportaría a un presidente imbécil. A un papanatas en su descapotable. A un déspota ilustrado. Escribo, porque me da la santísima ganas de escribir. Aún mis amigos, mis viejas amantes y mis familiares cercanos, confiesan que no me leen. Y me lo dicen en mi cara. Entonces he decidido, desde hace mucho tiempo, no escribir para nadie. Se me otorga el valor de un peso nulo. No me quejo para nada. Las cosas están dadas de esa manera y no hay vuelta. No sé si escribo bien o mal, me importa un geranio. Tampoco voy por la vida siendo perdulario, atrabiliario o patibulario. No merezco recompensa en esta vida, ni en otra de identidad desconocida. Una sola vez, al cruzar una frontera, coloqué en el ítem profesión, la de escritor, recuerdo haber llorado toda la noche por haber mentido. A confesión de parte relevo de pruebas. Escribo porque no sé por qué escribo. Debe ser porque quiero intensamente perder mi alma en los laberintos de una alquimia imperfecta. Escribo porque Dios es grande y yo también. Escribo, en definitiva, porque para mí, es más fácil escribir que cambiar una lamparita. No legaré una obra maestra, ni siquiera una obra. No legaré una mierda de nada. Pasaré por este mundo, como si nunca hubiese pasado, al cabo de una semana, seré olvidado. Triturado. Más tarde, mucho más tarde, ni Borges quedará. Sólo una bruma incandescente, en un planeta vacío y estéril que marchará errático, dando saltitos de canguro. Mientras tanto escribo, para mí y para nadie. Silencio.
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hugo vera miranda
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