Recuerdo la escuela como una prisión. Cercada por barrotes, celadores y un gran sheriff. Un gran sheriff que oficiaba de Director. Con profesores que comulgaban con cierto despotismo semi-ilustrado. En donde el alumno era un vasallo que debía digerir sus meticulosas enseñanzas. No había lugar para el debate. La discusión o el encuentro. Desde su pedestal de monos parlantes, nos daban clases. No debías contradecirlos. No debías meter las manos en los bolsillos. No debías masticar un chicle. No debías sonreír. No debías hacer preguntas. No debías aflojarte la corbata. No debías hablar con el compañero. No debías estornudar. No debías pedir permiso para ir al baño. No debías estar desatento. No debías pararte. No debías sentarte. No debías gritar. No debías copiar. No debías enojarte. No debías llorar. No debías reír. No debías molestar. No debías molestarte. No debías. Un día un profesor de apellido Riquelme me dijo: "Usted Vera, tendría que haber nacido en la población Los Nogales de Santiago y no en Puerto Natales. Usted tiene pinta de delincuente". Eran estigmatizadores al extremo. Mi delito era mascar chicles y meter mis manos en mis bolsillos traseros. Cuando te pillaban desprevenido te hacían pasar a la pizarra. Ahí comenzaban a zaherirte de lo lindo. Te dejaban en ridículo. Te bastardeaban. Te jodían la vida. Se reían de ti. Te convertían en personaje inolvidable. Fomentaban la delación, el escarnio y el delirio. Hinchados de una autosuficiencia ególatra tomaban a sus alumnos, como pequeños perversos polimorfos, que nunca llegarían a comprender sus sabias enseñanzas. A los desordenados lo sentaban adelante. Ejercer el control. Los acusetes nadaban a sus anchas. Eran los buenos de la prisión. Aún hoy puedo distinguir un acusete en cualquier parte en donde se encuentre. En la presidencia. En un ministerio. En un comandante de avión. Esa sonrisa con ventaja los delata. No los redime. He comprendido, al fin, que lo más importante es desaprender que aprender. Pero a pesar de todo. Pienso que en algo mi profesor Riquelme tenía razón. Sigo teniendo pinta de delincuente. A pesar mío.
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Niño en la escuela |
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El último pasajero |
Es que seguramente. Tiene que haber algo más inhóspito. Seguramente. Mientras tanto deambulo por la Ciudad de la Ira girando dando tumbos. Sacristanes ciegos vienen a mi encuentro. Alguien en algún lugar toca el banjo. Catedrales iluminadas. Soles derretidos temblando. Trenes rosados haciéndose añicos. Una burra amamanta un niño. Me dirijo por la vereda de la sombra. Hacía el mar. Y esa manera de ser. La pertenecía a ninguna cofradía. Me encuentro frente al mar. Veleros encendidos retornan del País de los Muertos. Vienen hacía mí. Soy el último pasajero. Al final no fue lo que pensaba. Lo que yo creía que pasaría. Que me costaría despedirme de la lluvia, la música, las grosellas. Nada en definitiva tiene la suficiente importancia. En esta hora ni en la próxima. En el último momento nada vale. Nada que merezca una misa. Estoy desnudo frente a la costa. Frente al mar. Nunca me he sentido mejor. Liviano como ala de mariposa. Tiempo de partir. Es tiempo de partir. Es hermoso partir. No pagar impuestos. No lavarse los dientes. Partir. Lo siento Rimbaud. Lo siento. Existe algo mejor que Puerto Natales y no es Puerto Natales.
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Con Cocteau y Dalí en el Museo del Prado |
Era nuestra época de surrealistas. Fuimos con Jean Cocteau y Salvador Dalí al Museo del Prado. Ya al salir y en el Ritz, se acercan periodistas. Le preguntan a Cocteau: ¿Qué hubiera salvado usted si se quema el Museo del Prado? Cocteau responde que habría rescatado al fuego. Luego le preguntan a Dalí. Ya por aquel entonces hablaba en tercera persona. Dice: Dalí, hubiese salvado el aire, el aire específicamente contenido en Las Meninas de Velázquez. Luego es mi turno. Digo que a Dolores. Que hubiese rescatado a Dolores. La chica que nada más entrar, nos entregó el folleto. Eso pasó hace mucho tiempo. Ahora pienso que Dolores se salvó de mí.
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Marcela Muñoz Molina: Umbra |
Me preguntas con qué tiene que ver. Tiene que ver, te constesto, con la umbra. Con el abandono, con los dolores de huesos, con el frío de los inviernos internos, con las tormentas desatadas del espíritu, con las corteza de los árboles, con el musgo que se aloja en ellos, tiene que ver con los desperdicios que van a dar a las orillas, con los cofres de oro en el fondo del océano, con las historias que nadie escuchó, con la muertes sin aviso, sin explicación, con los vestidos que no me compré, con los zapatos rojos, con los zuecos, con la primera fractura, con el líquido de los nacimientos, con los barcos en qué navegué, con los pájaros que abracé, las mariposas que atrapé, con el arrojo en los momentos oscuros, la poca alegría de los días felices, tiene que ver con el abandono, el más brutal de los abandonos, con la falta de fe, con el deterioro de la esperanza, con la pérdida de confianza, con el resurgimiento de las derrotas, la lejanía de la conciencia, con el hambre, mi hambre, el hambre de otros, con la velocidad, con la ausencia, con la pertenencia, con la fragilidad, con las certezas, tiene que ver con la oscuridad, con la distancia, la baja de defensas, con lo improbable, lo sorpresivo, lo diminuto, lo inconcebible, con el azar, los desiertos, lo espeluznante y lo irreparable.
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Lleno los dos vasos y pongo a Captain Beefheart |
Debes confiar me dice. Debes confiar. No puede ser posible que no confíes en nadie. Qué mierda pasó en tu existencia que vas por la vida desconfiando de todos. Vives una vida que no merece ser vivida. Esa no es vida. Para nada. Si tu madre te abandonó. Si tu padre te ignoró. Si tres viejas amantes te pusieron los cuernos. Si el político por el cual votaste está acusado de corrupción. Si eso te parece suficiente para no seguir confiando en nadie, entonces debes colgarte del farol más luminoso. La vida es bella Hugo. Los trenes también llegan a horario. Los aviones aterrizan. Los barcos llegan a puerto. Mira por tu ventana. La Luna Nueva está a punto de copular con Venus. ¿La ves? Ven, acércate, mira por tu ventana. Hay gente hermosa que te quiere. Que quiere lo mejor para ti. Gente que te estima. Que te valora. Gente dispuesta a morir por sus semejantes. Gente dispuesta a morir por un ideal. Deja ya de sandeces inconducentes. Lee La Desiderata Hugo. ¡Ponte positivo por Dios! Yo te quiero Hugo. Te quiero. Mucha gente te quiere Hugo.
Le digo que con ese discurso no conseguirá mi voto. Ni siquiera un buen polvo. Le digo que lo mío es alta filosofía. Que me importa una lechuga que los trenes lleguen a horario. Que me importa un perejil que los aviones aterricen. ¡Que todos los barcos se hundan! Me da igual. Que no creo en nadie. Que no puedo creer en nadie. En nadie que tenga culo. Se pone a llorar. Lleno los dos vasos y pongo a Captain Beefheart.
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Nos pensábamos eternos |
Estamos prestos para el desamparo y la desdicha.
Dispuestos inermes para el zarpe feroz.
En lugares chirriantes de viejas meretrices insomnes.
Mares desbordados llevándose todo en profundo silencio.
Curas solemnes desprovistos de sexo eyaculan bajo los árboles.
Más allá niños azotados por la furia de la desdicha,
ciudades enteras abrasadas ardiendo
en noches de mil soles de partículas radiantes.
Avenidas veloces que se precipitan al mar.
Veo familias destempladas agarrándose a balazos,
por un poco más de tierra, por un libro,
por uno u otro piojo de más.
Banqueros inútiles que lloran pidiendo piedad,
sus cráneos vacios azotándose sobre un peñasco.
No habrá piedad para nadie, nadie será salvado,
nadie merecerá ser salvado.
No habrá buenas intenciones. No habrá perdón.
Los Generales serán fusilados por subalternos sin instrucción.
Vírgenes violadas a mansalva, una y otra vez.
Toda obra de arte será ceniza.
Cada cabeza tendrá su bate de beisbol.
Morirán pacientes y cirujanos, rameras y santas.
Nadie quedará como testigo, no quedará ni el vestigio.
Ni el rayo quedará, ni una ecuación, ni una canción.
No quedará ni una cascara de nuez.
Solo un cielo negro y el silencio eterno en su pedestal.
Planeta arrasado por el desamparo del destino.
Solo el silencio y luego el silencio.
Más tarde, el silencio, un cielo negro y el silencio.
Solo el silencio.
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Somos esa canción que nadie escucha |
Me pasa a buscar para ir a un bar y vamos a un bar. Caminamos veinte minutos hasta llegar al bar. No nos hablamos hasta llegar al bar. Nos sentamos y no nos hablamos. Pedimos un par de tragos. Más bien le señalamos al dependiente lo que queremos y nos trae los tragos. Luego vienen dos mujeres a sentarse a nuestra mesa. Por señas nos piden sentarse en nuestra mesa. También por señas piden sus tragos. Bailamos en silencio. Él se acomoda con una. Yo me acomodo con otra. Hay un negro en el piano que toca el piano. No sabemos lo que toca. No se escucha. Luego bailamos. Él acaricia a su chica y yo acaricio a la mía. El local está lleno de gente. Un tipo se trenza a golpes con otro. Un borracho vomita sobre el mesón. Vemos que llega la policía. Nos piden por señas los documentos. La policía silenciosamente desaparece. La chica que está conmigo me invita a su pieza. Subo y hago el amor con ella. Luego vuelvo a casa sabiendo que nunca más podré comunicarme con ella. Con nadie. Que nadie lo hará conmigo. Que soy un velero cósmico interestelar. Que estoy solo. Que todos lo estamos. Que cuando dormimos, dormimos con nadie. Que cuando hacemos el amor, lo hacemos con nadie. Que somos hijos de la bruma y del viento. Hijos de la velocidad de un espermatozoide. Luego duermo. Despierto. Escucho una canción que no escucho. Que nadie escuchará. Jamás.
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Una chica de Medellín |
Una chica de Medellín me escribe. Iba en su auto rumbo a la Universidad y escuchó una sirena. Se acordó de algo que escribí. Era un relato. La caja negra de Susan. Hoy fui con un amigo a la biblioteca del pueblo. Retiré dos libros. Uno de Bolaño y otro de Teillier. Ya al despedirme del dependiente, le pregunté por simple curiosidad. Por ese ego que tenemos dentro. Por preguntar por preguntar. Quienes habían solicitado mi libro escrito seis años atrás. Libro que había regalado a la biblioteca del pueblo. Me preguntó que cómo se llamaba el libro. Se lo dije. Me dijo que nadie. Volví a casa y preparé la cena.
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El tren |
Que ganas de nacer de nuevo que tengo. Encontrarme contigo. En un tren a Lisboa, por ejemplo. Saliendo de Chamartín a las 22.45. Que te sientes a mi lado, por ejemplo. O en el último vagón. Y encontrarte. Encontrarte como una aguja en un pajar. Encontrarme contigo. En el minuto 45. En cualquier minuto. Llevo una camiseta negra con letras naranjas, una camiseta que dice: inmaculada decepción. Comenzamos con trivialidades sin fin. Graznidos a la Luna. Repasos semánticos a temas aleatorios. Bifurcación de contenidos. Nada importante. Como comienzan los comienzos. Hablando de nada. Torpezas colgadas de un alambre. Una charla sin futuro. Luego todo rápido. Más rápido. El viaje de bodas. Los niños. La separación. La muerte. Que ganas de nacer de nuevo que tengo.
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Yo la tengo más grande |
Siempre al final uno está solo. También al principio. Solo. Arrojado al mundo en volandas. Y debes lidiar con batallones de circunstancias. Con situaciones atmosféricas. Con leyes de tránsito. Debes circular por carreteras adecuadas. Tener una bandera. Un himno. Una madre. Un paisaje. Y somos frágiles. Rompibles. Fugaces. Y esa cosa impropia de creernos inmunes. Fatalmente eternos. Y vamos por el mundo con una nariz de payaso maltrecha. Diciendo sí a todo. Diciendo no a todo. Originales. Y nos creemos el cuento. Únicos. Geniales. Mi mentira vale más que la tuya. Yo la tengo más grande. Yo. Somos dueños de la razón. La vida tiene sentido por mí. Te lo voy a explicar. Te lo dije antes. Ya te lo expliqué. No voy a volver sobre lo mismo. Y vamos por el mundo como si nada. Siendo dueños de un gramo de queso. De una bicicleta. De la verdad. Y sobre todo. Eternos. Hasta el hartazgo. Pobres inútiles buenos para nada. Somos eso. Sesos. Con ajo y a la sartén, con aceite de oliva queda mejor.








