E vez en cuando y como quien no quiere la cosa, es posible avizorar la llegada de algún ovni por Puerto Natales. No sabemos por qué estos seres, a los cuales se les denomina inteligentes, tienen predilección por este pueblo remoto y perdido de la Patagonia. No van a Chicago, Tokio o Londres. Sino que se vienen con camas, petacas y lucecitas parpadeantes, a darse una vuelta por el pueblo. Supongamos que estos enanitos verdes -no los imagino de otro color- viven en la galaxia recientemente descubierta y denominada A1689-zD1, que se encuentra a 2200 millones de años luz, viajando a una velocidad de 1100 millones de años luz, tardarían un par de hora en darse una vueltita por el pueblo. Pero bien vale la pena, en este caso el viaje, podrían constatar qué pasa donde Manos Limpias, quién ingresa al Melissa a tomarse una cerveza, y observar en qué anda el amigo Spiro Cárdenas. Luego otro par de horas de viaje tonto y aburrido. Nuevamente llegar al monótono A1689-zD1, en donde nunca pasa nada.
UENOS Aires en la década del setenta. Alsina y Lima donde el gallego Paz. Un hotel que pomposamente tenía el título de Hotel. Cinco pisos con un ascensor que funcionaba cada muerte de Obispo, sino de Papa.. Vivíamos allí seis chilenos en un cuarto minúsculo. Todos sin trabajo. Todo el día hablando pelotudeces. Todo el día escuchando el mismo disco de Pink Floyd. Muertos de hambre. Todos nuestros movimientos calculados. Se trataba de gastar la menor energía posible. Muchas veces dejábamos de hablar por lo mismo. Era intuitivo. No gastar energías. Llegando la noche hacíamos una colecta. Recolectábamos nuestros pesos que siempre eran los últimos, comprábamos un pan con chicharrones. El que le tocaba, el adelantado, era el que mejor se encontraba en ese momento Y era una proeza, una verdadera proeza, era como navegar por el Cabo de Hornos en una tabla de surf. Y partía a comprar pan con chicharrones. La proeza consistía en bajar los cinco pisos, ir a la estación Constitución, caminar ocho cuadras, luego volver otras ocho cuadras, subir los cinco pisos y llegar con el tesoro. Obviamente que el adelantado tenía ciertos privilegios. Comer primero del pan y unos gramos más que el resto. Los cinco que esperaban se mantenían en silencio. Casi sin moverse. Tendidos en cama. Esperando. Hasta sentir sus pasos y decir: parece que ahí viene. Luego partir rápidamente las raciones en cinco y comer. Comer el manjar más exquisito del mundo. 200 grs. para cada uno de pan con chicharrones.
Era ciertamente el Hotel Malvinas un lugar insalubre. Una noche desde el tercer piso un policía celoso, tiró a la travesti Patricia por el hoyo del ascensor. Recuerdo haberle dado el pésame a la madre, me sorprendió cuando me dijo: creo que se lo merecía. El gallego Paz era gordo, retacón y de voz estentórea, le gustaban las niñas, eso sí, de catorce para arriba. Las madres de las casi impúberes, generalmente estaban de acuerdo, No tenían que pagar la mensualidad y adquirían rango. Pasaban a llamarse La suegra del gallego Paz. En aquel pequeño y sórdido mundo, aquello era muy importante. Paseaban orondas por la inmunda cocina del Hotel, como princesa en Montecarlo. Repartía bendiciones o te bajaba el dedo decretando tu desdicha.
Fue allí donde conocí a Víctor Hugo Vargas, peruano, según él, sobrino de Mario Vargas Llosa. Trabajábamos en una verdulería del pasaje Carabelas. Todos los fines de semana se lo pasaba bailando en Mi Club, un boliche de Banfield. Allí el sobrino se transformaba. Era un alto ejecutivo de una empresa extranjera con negocios en América Latina. Víctor Hugo era el peruano más blanco y rubio del Perú. Y sus cosas funcionaban. Tenía una filosofía clara, si es que se puede llamar filosofía a su filosofía. Era del tenor de que a las mujeres, hay que mentirles sistemáticamente antes de llegar a la cama con ellas. Mentirles con el afán de conquistarlas. Decirles, por ejemplo, que era un alto ejecutivo de una empresa extranjera con negocios en América Latina. Luego si la chica le gustaba sus arrebatos sexuales, lo aceptaría completamente, incluso siendo verdulero de un local del pasaje Carabelas. Doy fe que su filosofía le funcionó en parte. Lo deje de ver. Volví a Chile. Quince años después regresé a la Argentina y vi venir un bisonte que caminaba por Plaza de Mayo, era el sobrino, lo reconocí no sé por qué, pero lo reconocí. Pesaba 400 kilos o más. Me contó que aún estaba viviendo donde el gallego Paz. Que el gallego Paz había muerto. Que estaba casado y que tenía cuatro hijos. Nos despedimos y quedamos de acuerdo en encontrarnos, ambos sabíamos de antemano que aquello no sucedería. Una lástima. Siempre me pareció más inteligente que el tío.
s un perfecto día de domingo. Empanadas, fútbol y aburrimiento. Casi todos los domingos son letales, ya sea en Ámsterdam, Isla de Pascua o Almería. Hasta nuestra sombra nos abandona. Deambulamos por casa como alma buscando su alma. Desayunamos tarde, comemos tarde y nos acostamos temprano. Casi todo el día en pijama. A veces salimos de casa, a la casa de la suegra, o de la madre, que es lo mismo, pero peor. Llegamos a casa vencidos, con ganas de matar a la rubia de bote que da el informe del tiempo. Es domingo, atiendo el teléfono, es Paulina.
- Hola Hugo qué tal cómo estás. Cómo fue tu día de domingo. Supongo que lindo. Te quería preguntar algo Hugo, dime, estás escribiendo algo últimamente. - Bueno sí, siempre. - Pero yo te pregunto si estás escribiendo algo en serio. - Generalmente lo que escribo lo escribo en serio. Aunque a veces lo que escribo puede resultar cómico-dramático, lo escribo en serio. - No me refería a eso precisamente, te preguntaba si aparte de escribir en un blog, escribes algo así como una novela o cosas así, digamos que para papel, que te lo publique una editorial. - En este momento nada, sólo en el blog. - Es una lástima porque tú, tienes condiciones, tienes condiciones realmente, y así, escribiendo en un blog, es posible que te pierdas, que pases desapercibido. - No te creas, hay veces que entran 700, 800 personas al blog. De distintas partes, España, Ecuador, Argentina, Colombia, México, Brasil, Alemania, Estados Unidos, Francia e incluso de Chile. Te digo más, el otro día entró alguien de Puerto Natales. - Aquello no me convence, hay que tener una obra, libros publicados, un blog es un blog, y siempre será considerado algo inferior y poco serio. Mira tú el caso de Francisco, 11 libros publicados. - Creo que tienes razón. Escribiré una novela de 5000 páginas y el mundo me recordará.
Luego las palabras de estilo de una despedida cualquiera. Un despedida cualquiera en cualquier lugar del mundo. Una despedida en Ámsterdam, Isla de Pascua o Almería. Palabras más, palabras menos, ese fue el diálogo mantenido con Paulina. Mi ex pareja. La actual mujer de Francisco. Francisco, 11 libros publicados de los cuales 10, son de poemas. Tres de ellos, dedicados a Paulina. Ella mantiene la casa. Él se dedica a su obra. Su obra que será leída, por no más de tres estrictos amigos incondicionales. Y Paulina, claro. Voy al dormitorio de mi hijo, le doy un beso y le digo que lo quiero. Le digo, te quiero mucho hijo. El me responde, yo también te quiero papá.
e pregunta si me gusta Fidel. Le pregunto cuál Fidel. Me dice Fidel, o es que conoces algún Fidel que no sea, él Fidel por el que te pregunto; Fidel Castro. Le digo que me gusta más Olivia Newton-John. Me dice que la tengo harta de mis putos miserables sarcasmos. Que ya conmigo no se puede mantener un diálogo decente. Que hace tiempo dejé de ser lo que antes fui: Ahora eres un pinche cabrón hijo de la gran chingada culero vale madre que te lleve el puto averno. Abre un litro de cerveza Austral y lo vacía sobre mi cabeza. Espera un poco por favor, le digo. Voy al baño y enciendo el equipo que tengo allí. Pongo a Butthole Surfers. Me saco la camiseta. Pongo agua tibia en el lavamanos y me lavo la cabeza. La seco. Veo que mi barba ha crecido, aprovecho de afeitarme. Luego me siento en la taza y continuo la lectura de El segundo deseo de Ramón Díaz Eterovic, sin duda, el mejor escritor chileno en la actualidad. Me lavo las manos y me pongo una colonia de las tres que tengo. Apago el equipo y vuelvo en donde está Lupita. Tardó un poco, sólo un poco en morir. Lo hice rápido porque la quería. En definitiva, sigo siendo un sentimental.
ace años que amo a un hombre. No nos vemos casi nunca. A veces pasa un lustro y nos encontramos por casualidad en la tienda donde Hugo vende verduras, comida para gatos y mejillones deshidratados. Entonces nos besamos cariñosamente delante de Hugo y nos hacemos preguntas rápidas y nerviosas. Yo me casé hace dos años, le cuento. Me separé poco después, le digo para borrarle de la cara el guiño de decepción que la enturbia. Hugo nos mira y sabe que siempre será así, que nos encontraremos toda la vida y que a mí me costará retirar mi mano de entre sus manos, y a él le costará soltármela. La última vez que nos encontramos en la tienda, él compró vino tinto, una bolsita de maíz seco y un par de manzanas. Estaba casi calvo, gordo y parecía medir menos que la última vez que nos habíamos visto. Se despidió diciendo que pensaba quedarse un tiempo en el pueblo, que podíamos tomar un café. Que estaba intentando terminar su poemario para Ella. Que sería la obra más importante de su vida, que sería muy riguroso, incluso con las comas. Salió de la tienda y quedé mirándolo hasta que se perdió en la calle. Hugo me habló justo detrás de la nuca. Me giré y, como mi desazón era tan grande, Hugo dijo que éramos las personas más imbéciles que había conocido. Que aquello se arreglaba con un buen revolcón en cama y que deberíamos dejarnos de memeces o pasaríamos así toda la vida. Le respondí que esa era la mejor opción: pasar así toda la vida. Y ¿quien será Ella?, le pregunté a Hugo y Hugo se echó a reír, socarrón y cabrón.
Esa noche Hugo me llamó por teléfono. Yo ya estaba acostada y casi dormida. Insistió en que me levantase y fuese hasta el Ruperto. Me levanté y me vestí, perezosa. Pinté ligeramente los labios porque eso siempre me da energía para salir de casa. Llegué al Ruperto y encontré a Hugo y al poeta hablando en la barra. Los poetas beben como cosacos, dijo Hugo cuando me senté con ellos. Yo también bebí y hablé con él, con ese hombre que amo y que por la tarde había comprado vino, maíz seco y dos manzanas. No supe cuándo marchó Hugo. Hugo marchó porque el poeta comenzó a besarme. Primero un beso en la frente, después sus labios acariciándome la boca. Después las lenguas resucitando como mejillones deshidratados. Será mejor salir de aquí sugirió, yo dije sí con las palabras enzarzadas en una única lengua bífida. Subimos a su coche, atrapados en un deseo que por lo visto nunca había caducado. Puso el coche en marcha y me acosté sobre sus rodillas, mi lengua lamiendo su entrepierna. De repente el coche se detuvo, levanté la cabeza y vi que estábamos delante de mi casa. ¿Será mejor aparcar y entrar, verdad? Preguntó dudoso. Entonces, justo entonces, recordé el poemario que escribía para Ella y recuperé la lucidez. Pasé la mano por los labios, arreglé el pelo y me despedí educadamente. Corrí hacia la casa y ni siquiera giré la cabeza para mirarlo. Cuando me desvestí para acostarme, sentí el sabor del vino, de las manzanas y del maíz seco en la boca del estómago. No tardé en quedar dormida. El teléfono me despertó. Era Hugo enfadado porque había tenido que soportar al poeta cosaco toda la noche. Pero ¿qué carajo te pasó?, me preguntó. Y yo, en el desconcierto del súbito despertar, le dije que simplemente había ocurrido que hacía meses que no me depilaba las piernas. Que unas piernas sin depilar, como una coma mal puesta, podían estropear un poema. El gran poema que él escribía para Ella.
e digo a Carver: Tú estás ahí, frente a la máquina de escribir y no se te ocurre nada. Sabes que tienes que escribir y no se te ocurre nada. Que tienes la imperiosa ganas -no te hablo de necesidad- sino que ganas de escribir, y no se te ocurre nada. Bueno anda, pones algo de música, Charles Mingus, por ejemplo, prendes un cigarro, un vaso de vino tinto o dos, no más que eso, cerciórate que no haya frío ni calor y escribes. Te hablo de ciertas condiciones ideales. De personales condiciones ideales. Se puede escribir en el infierno, en la antártica o rodeado de gatos y ratas. Luego escribes, escribes lo que se te cante. Una primera frase. Una frase cualquiera, la que tú quieras.
Por ejemplo: En aquella época en que mi padre golpeaba a mi madre. Escribes eso. Luego sigues, ya tienes la primera frase, ahora debes seguir: En aquella época en que mi padre golpeaba a mi madre, solíamos recluirnos, mis hermanos y yo en la vieja bodega que estaba destinada para dar forraje a los animales. Luego te fumas otro cigarro, avanzas con tu vaso de vino y continuas: En aquella época en que mi padre golpeaba a mi madre, solíamos recluirnos, mis hermanos y yo en la vieja bodega que estaba destinada para dar forraje a los animales, temblando, escuchábamos como mi padre le decía a mi madre, que se marchase de una buena (puta) vez, que estaba harto de sus infidelidades, que lo último que hubiese querido saber, era que también se había liado con su hermano Fabián. Y así, sigues contando la historia. En definitiva, lo que te quiero decir hijo, perdona mi paternalismo, es que pongas una primera frase. Que agarres del hilo de la primera frase, y poco a poco lo vayas estirando. Debes agarrarte de la primera línea. Que la última línea no desmerezca la primera. No te olvides que luchamos contra el tiempo. No así contra el olvido. Escribe para ti, no para los académicos de tu aldea ni para la posteridad. Nunca pienses en ganarte un premio ni un lugar en el parnaso. Dos entidades efímeras, que ni siquiera un asno las tomaría en cuenta. Nunca olvides que generalmente tus lectores; son más inteligentes que tú. Con más sed de lectura que tú. No te digo que escribas para ellos, sino que lo respetes.
Veo que es su quinta cubata. La quinta cubata de Carver. Que besa las tetas de una puta ucraniana, que mientras la besa trastabilla, cae al piso. Pienso que he perdido el tiempo explicándole a una mierda de tipo como Carver, de cómo escribir. Lo pierdo de vista. Escucho cantar a Armando Manzanero Somos novios. Luego viene Jhoana, se sienta en mis rodillas, me besa, me pregunta quién es el tipo que vomita sobre el mantel de plástico, donde están las flores de plástico. Le digo que es Carver. Me pregunta quién es Carver, le digo que es un tipo que escribe y que nunca en su puta vida llegará a nada escribiendo. Que sólo será recordado por vomitar sobre un mantel de plástico, en donde están las flores de plástico. Me dice que aquello no será posible, que muchos parroquianos lo hacen, que vomitan sobre el mantel de plástico, en donde están las flores de plástico. Salgo de allí, afuera cae la nieve.
Quisiera ser un poeta. No el mejor. O quizás sí. El mejor. Y escribirte un poema de amor. Un poema de amor para ti. El mejor poema de amor. El mejor poema de amor para ti. Y que ese poema de amor sea viento y te salve. Que te proteja. Que te vuelva caramelo. Que ese poema te sirva como el aire. Como el aire que respiras. Que mientras pasas por las calles, la gente circule en cámara lenta y voltee la mirada. Que todo se suspenda. Eso quisiera. El mejor poema para ti. El mejor poema de amor para ti. Te juro que un día lo escribiré. Te lo juro. Y ese poema te protegerá. Será viento y te salvará. Te volverá caramelo.
iempre desde pequeño supe que tenía un don. Mi abuela evangélica me lo dijo el día que le pronostiqué rotura de tobillo. Y ocurrió. Luego el casamiento de mi tío Antonio con Carmen. Más tarde el choque de autobuses en la Carretera Austral. Era un chico predestinado para intuir catástrofes. En el autobús iba también mi tío Antonio y Carmen. Tenía que pasar y pasó. Todo el mundo me lo decía, tienes que aprovechar tu intuición. Esa puta capacidad que tienes de descubrir el fallo, la pista, el vislumbre, la catástrofe. Luego no sé qué pasó. Perdí la capacidad, la intuición y el rumbo de mi vida. Me convertí en todo un hombre. Fútbol, juerga, mujeres e hipódromo. Una linda vida que se la deseo al peor de mis enemigos. Bueno, rescato de todo aquello, a las mujeres. El caso es que perdí la intuición, el don. Nunca más pronosticaría rotura de tobillos. Nunca más. Pero algo ocurrió. Algo ocurrió que hizo que nuevamente volviese el don. Ocurrió el día que me echaron de la fábrica.
Tres años trabajando en la fábrica. En la fábrica de vasitos plásticos. De lunes a sábado, ocho horas al día. Haciendo tres movimientos. Uno, dos y tres. Giro para la derecha, tuerzo a la izquierda, luego giro nuevamente a la derecha. No puedes pensar en nada. La vida suspendida por el puto vasito plástico, que la persona que lo compre, llevará a su boca como si nada. El infierno instalado en un local maloliente de chinos de camisas grises. ¡Atentos! no tengo nada contra los chinos, sólo que después de trabajar en una de sus fábricas, hubiese querido que una bomba los sepultase a todos los chinos camisas grises. Dormíamos en la fábrica, retenían nuestra documentación y nos vendían su mierda de comida, disfrazada de comida, tan caro como si comiésemos en el mismísimo Bulli.
Fue un domingo. Caminaba por un parque de pájaros, niños y flores, cuando me encontré con Julián. Un antiguo amigo de la infancia con el cual compartíamos travesuras. Me preguntó de mi vida. Le hablé de los chinos, los vasitos plásticos y del Bulli. Se sorprendió. Y ahí apareció el TRE. Era a lo que él se dedicaba. Era el descubrimiento de América. El lunes iría a la fábrica y mataría a cualquier chino que se cruzase en mi camino. Habló Julián: No puede ser que todo el mundo se compre un Ferrari y tú acá, cazando pajaritos, perdón, haciendo vasitos plásticos. Con todo ese potencial que tenías de niño, mira yo, que era un pendejo pelotudo, que no sabía si país se escribía con s o con z, ya tengo tres casas, tres autos, tres amantes. Dale, dedícate al TRE como yo, y ya verás como tu vida y la del planeta cambiará.
Y en eso estoy, cambiando mi vida, la del planeta y la de muchas mujeres. Alquilé un viejo antro donde se bailaba cumbia y que me sirve de oficina. Bien decorada por supuesto. Luz tenue, incienso, velas y música incidental al efecto. Lo primero fue cambiar de identidad. De Hugo Vera Miranda he pasado a llamarme Jhonny Gandhi. Ha vuelto a mí, la intuición y la vida. A través de la Terapia de Respuesta Espiritual (TRE), he conseguido logros que nunca en mi vida de vasitos, hubiese obtenido. Instalé mi consulta, puse avisos por radio y la tv, y abrí un blog en Blogspot.
El tratamiento consta de varias sesiones, dependiendo del cuerpo de la mujer y de la billetera de la dama. Paso ahora a reseñar brevemente, en qué consiste mi trabajo. Debemos aprender y aprehender a movilizarnos en las zonas superiores de la comprensión semántica. Sabiendo que, la mente es una especie de Software que monitorea constantemente y graba, toda acción que involucre los sistemas responsables o no, de nuestra conducta. La mayoría de la veces ¡Ojo, que esto es importante! No nos damos cuenta de aquello. Nuestra Bendita Alma, es una computadora que graba todo todo todo. Lo que yo hago es des-grabar aquello que la computadora, Nuestra Bendita Alma graba. No es el conocimiento en sí y per se sino que es el proceso de aprendizaje que vamos obteniendo a lo largo de cada jornada de vivencias inconmensurables que atañen al desenvolvimiento de cada actor humano en concordancia con la libertad que repta en los jardines de la vida cotidiana. Esperen. Voy a tomar un poco de aire, las frases largas no me van. Bueno, continúo con mi disertación, se los voy a contar como un cuento, un cuento simple, quiero que todos me entiendan, que entiendan lo que es mi nuevo trabajo, mi nuevo trabajo que estará destinado a salvar a la humanidad y sobre todo a las mujeres, de pesares y lamentos eternos y odiosos. Se trata sin más de, si por ejemplo, un caballito de mar llega a mí, yo lo devuelvo a su hábitat natural, convertido en un cervatillo. Llegan mujeres a mi consulta y me dicen: "Soy fea y me gustaría ser bonita qué hago, dígame usted qué hago". Les hablo les hablo les hablo, les dejo la cabeza como un bombo, luego las derivo a un esteticista. Cinco sesiones 200 euros. Eso sí, siempre con condón. Mi intención última es el amor a la humanidad, a las mujeres, y luego, aparecer en el último listado de Forbes.
reo que este puto año será el peor año de mi vida. Espero que lo sea. Y no el 2012 y subsiguientes. Toda una desagradable marabunta. No creo en nada ni en nadie. Ni en los relojes con la hora exacta, ni en Euripedes ni en Platón. No creo en ti. Ya no te creo. Lo siento. Quisiera no haber nacido. Que tú no hubieses nacido. Quisiera no haberte conocido. Que me conocieras. Hubiese querido que nuestra historia terminase antes de empezar. ¡Tantas mentiras en la web! No tengo ganas de nada. No quisiera escribir un puto correo en mi vida. Quisiera ser una gota de agua en el Cabo de Hornos. Perderme. No hemos tenido sexo ni confianza. Ni forma de saberlo. Y si no lo hemos tenido, no hemos tenido nada. Sólo complacientes palabras de afecto. Mañana seguramente diremos sí a todo. Pero no te creas. Posiblemente mañana no estaré disponible para ti. Ya sé que no te importará. Siempre el mundo viajó alrededor de tu ombligo. Es hora que tu ombligo se refugié en la desolación de un ventisquero. Quisiera pedirle perdón a tu ego. Y no me atrevo. Mientras tanto me refugio en el acantilado, lejos del mundo y sobre todo, lejos de ti.
staba decidido a renunciar, eso lo tenía más que claro, renunciaría a la compañía en la cual trabajaba. Cambiaría el curso de mi vida, montaría mi propia empresa de decoración. Me había pasado los últimos quince años arriba de aviones que me conducían a lugares a los cuales generalmente nunca, ni por asomo, llegaba a conocer. Desde el aeropuerto a mi trabajo, luego al hotel y nuevamente a mi trabajo. Cumplida la misión, regresaba nuevamente a Madrid y no era que partía del aeropuerto directamente a casa, sino que me esperaba un auto de la empresa y me dirigía a reunirme con la mesa directiva. Debía rendir cuenta de mi desempeño en mi último destino, se delineaba la política a seguir y luego se tomaba una u otra decisión en beneficio de la firma. Así todo el tiempo. Era el encargado de implementar cada tienda que se abría en cualquier lugar del mundo. Un trashumante habitante de hoteles cinco estrellas inmaculados como quirófano. Cuando llegaba a casa, mi mujer y los niños abrían los regalos, me hacían un par de preguntas y luego la vida seguía su curso, como si aquello fuese lo más natural del mundo. Hacía mucho tiempo que el amor y el cariño entre ella y yo, se había aparcado entre tarjetas de crédito, la visita a los padres y el poco tiempo libre que disponíamos entre viaje y viaje. Casi hablábamos lo estrictamente necesario y ella, por un procedimiento que hasta hoy me parece cruel, se empeñaba en hacerme preguntas sobre mi trabajo, los hoteles en que me alojaba y el despegue de los aviones. Mis amigos, conocidos y también Ximena, siempre me lo decían, tienes el mejor trabajo del mundo, viajas, conoces el mundo, ganas dinero, lo pasas pipa. Si bien Zara, la empresa para la cual trabajaba, pagaba bien, mi vida como ya lo he dicho, eran los aviones, los aeropuertos, los hoteles y la decoración de cada tienda que se abría. Nada que pudiese decir de que mi vida fuese una maravilla. Con los años la rutina te desgasta las ganas y te estacionas en un sitio eriazo y malhumorado. Había decidido que este sería mi último viaje. Me despedí como siempre de Ximena y los niños con un beso y un adiós. Camino a Barajas me llama Ximena diciéndome que no me olvidase del perfume y los juegos para los niños: no amor, sí amor, claro, sí ya entiendo, no te preocupes, yo también te quiero, no seas tontita, dale, te quiero, adiós. Esa rutina insoportable de diálogos de parejas consumidas por el tedio y el hastío. Mi nuevo y último destino sería Australia. Madrid-Australia. Aproximadamente 21 horas de amasijo trasatlántico. Había lugar en mi equipaje de mano, para dos cosas que siempre me acompañaban, un libro de Céline y una petaca de Jack Daniel's etiqueta negra. Subí al A380 la noche del 25 de diciembre rumbo a nuestra única escala, Dubai, no era una buena noche para viajar ni estar lejos de casa. Pero ya había pasado fiestas de guardar, cumpleaños de los críos y aniversarios diversos fuera de casa, era mi destino y mi trabajo, estar siempre fuera de donde acontecen las cosas. Por lo demás, cada gran fiesta familiar, se transformaba en algo tan agotador como dar vuelta al mundo en una carabela. Y así poco a poco me fui alejando de donde pasa la vida, caminando por la delgada línea que conduce a la soledad y la amargura. Aquello evidentemente estaba llegando a su fin, una nueva vuelta de tuerca haría que todo cambie, sería mi último viaje, mi última agonía.
Saco del bolso de mano a Céline y a Jack y saludo a mis acompañantes, en el lado del pasillo, una señora gorda mafaldiana, de chaqueta roja, lentes oscuros y pelo blanco, aún sin hablar con ella, pensé que sería una catalana en búsqueda de un koala. Luego, en el medio, una chica guapa vestida de negro, de treinta y pocos que se me antojó en búsqueda de un Jeque catarí dueño de un BMW M5 de oro, con incrustaciones de cristales de Swaroski. La chica guapa del jeque me dice pase usted, mientras busca en su cartera un lápiz labial de color furibundo. Bebo un sorbo de Jack y abro Viaje al fin de la noche en la página marcada, la 373: Robinson recibió las dos balas en el vientre, quizá las tres, no sabía exactamente cuántas. Cierro el libro en la página 376. Por mucho que tratara de perderme para no volver a encontrarme con mi vida, la encontraba en todos lados.
Nos esperaba un duro viaje de casi 21 horas hasta Sydney, las luces se apagan y sólo quedo con la luz pequeña de lectura, ya no leo a Céline pero no apago la luz, la señora gorda del koala duerme, la chica joven y apuesta, la chica del Jeque catarí, me pregunta si viajo a Sydney o a Dubai, le doy mi respuesta y me dice que se llama Elena, que viaja a Brisbane, que de Sydney se tomará otro avión y llegará a Brisbane. Dice que también le gusta Céline, pero que prefiere a Joyce y me pregunta si vi Finnegans Wake de Mary Ellen Bute. Reconozco mi equivocación con la chica guapa, y me atengo con respecto a mi apreciación sobre la catalana. Más adelante me dice que su color es el violeta y que su signo es Escorpio. Le digo que me llamo Hugo, que viajo a Sydney donde me quedaré un par de semanas, que mi color es el granate y que mi signo es Cáncer. Reímos. Delante nuestro una pareja de alemanes jubilados hablan en voz baja, la azafata noruega que pasa ofreciendo mantas, mientras casi todo el pasaje se apoltrona en situación de descanso. Se acomoda, me acomodo, dejamos de hablar. Más adelante me dice que odia viajar, que le da pánico subir a un avión, que lo hace en casos de extrema necesidad, como esta vez, que viaja para realizar un estudio de campo de la Complutense de Madrid. Me cuenta que de Brisbane se va a la Isla Magnetic, paraíso natural de los koalas. De eso se trata su estudio de campo. De koalas. Ahora pienso que la catalana no es catalana, que los alemanes no son alemanes, que la azafata no es noruega y que la chica guapa me ha encandilado. Se alisa el cabello y luego cruza las piernas a mi favor, creo que para que viese las medias que acababan a mitad del muslo. Acerqué mi muslo al suyo, mientras la luz de lectura seguía encendida, veo que tiene puesta ligas, es que desde los juegos con Francine en Toledo, no las volví a ver. Con Ximena, en verdad, llegaron pronto los niños, y nuestra vida amorosa se fue convirtiendo en una rutina con el peso de un buque petrolero. Sólo un breve lapso de tiempo en donde, ese loco amor adolescente, nos condujo cerquita del infierno. Aquello estaba lejos en el tiempo, como la partida del último Milodón. Todo el pasaje en calma, todas las luces apagadas, la chaqueta roja del pasillo ronca, la pareja de jubilados alemanes, o no, aún continúan hablando siempre bajito, y yo allí, con Elena que se desabrocha un botón o dos de su blusa, que me dice que tiene calor, que otro color que le gusta es el negro, el negro de mis ligas. Muestra un poco más de lo que debía mostrar. Aquello era más que evidente. Luego se produjo el silencio, el silencio más grande del mundo, ninguno de los dos dijo nada, se recostó sobre mí, inmediatamente pensé que se hacía la dormida, me dice: me voy a hacer la dormida. Se apoyó en mi hombro, la abracé, le acaricié el cabello y con la otra mano acaricié sus muslos hasta llegar a su entrepierna. Inmediatamente obtuve respuesta. Sus manos sobre mi pelo, mi pecho, sus manos que bajan despacio. Apago la luz de lectura. Mi mano que sube de la zona de sus medias caladas a la zona de la carne.
Sólo algunas luces de lectura se divisan a lo lejos. Luego se fueron apagando, el comandante del A380 nos da aviso de turbulencia. Dice que será algo breve, la pareja de jubilados se callaron, veo a la azafata recorrer el pasillo y perderse, veo a la señora chaqueta roja dormir como muerta. Elena ya no finge estar dormida, abre sus piernas y entreabre su boca y su respiración se agita, su mano sobre mi vaquero, sobre mi cremallera. La tomo de la cabeza y la atraigo hacía mí, le desabrocho la blusa y con el dorso de mi mano hago circulitos en sus pezones. En eso estábamos cuando vuelve la azafata, me recompongo y la saludo, me saluda, luego se aleja a perderse nuevamente. Le pregunto a Elena si le apetece ir al baño del A380. Dice que sí, que ella partirá primero, que no me tarde. Mientras me dirijo al baño, en un recorrido de diez metros, tomo dos decisiones, mi trabajo con Zara estaba terminado, que yo también viajaría a Brisbane, que también iría a la Isla Magnetic. Que yo también necesitaba hacer un estudio de campo. Conocer a los koalas. Toco la puerta del baño, entro y cierro la puerta.