H
Precisamente es con esta última con quienes hallamos mayores puntos de comparación especialmente en lo que tiene que ver con la construcción de un discurso desde la marginalidad del ser femenino, desde el eterno segundo plano que tácitamente se va hundiendo más y más en el epíteto del "sexo débil", del nacer condenada a construir su ser poético, social y cultural desde las migajas, desde el revés de la "verdadera" y oficial historia humana.
Y como en Pizarnik, la poética de Muñoz Molina en mucho bebe de un realismo desgarrado, visceral, aparentemente testimonial, que con alarmante frecuencia deja en evidencia el patetismo de nuestro plástico sentido patriarcal y nos hace entender las finas complejidades de una sociedad jamás pensada para ellas, madres, hijas, funcionarias o poetas. "He visitado lugares clandestinos/ y he perdido litros -hora de liquido/ tratando de ser para el resto/ la más convencional de las hembras", dice una jovencísima Muñoz al cerrar su primera publicación, "Ángeles y limusinas", piedra angular para su posterior propuesta escritural y que destaca además por su temprano e innegable oficio y por la coherencia entre la forma y el fondo de su discurso.
En honor a la verdad, convengamos que Muñoz Molina emigró prontamente de Puerto Natales para residir hasta hoy en el norte del país. Dicho antecedente no es menor sobre todo si consideramos que el viejo y pueblerino Natales ochentero sigue siendo cuna para los fantasmas personales de una poeta cuyo destino parece aún estar severa, malditamente anclado a este confín terráqueo tan cabrón como seductor.
1
Tengo tristeza de la tristeza que vendrá.
De la que ha permanecido
a pesar de los puertos
como un motor de reemplazo.
Seguirán sin duda precipitándose
los enormes chubascos de intranquilidad.
Seguirán precipitándose los vientos y las tormentas
en diferentes escenarios,
aún cuando me quede
hablando solo con las sombras.
Seguirá entrando el sol a escondidas
por debajo de la puerta.
Seguirán inevitablemente cayendo meteoritos
Hasta que se suelten los pliegues
De mi boca lentamente de a gotitas.
Hasta que me revienten los ojos
Como el estallido de las piedras
desde el oscuro fondo de la tierra.
2
Si usted gusta lo invito a cenar.
Comeremos sentados en mis sillas de billetes
rodeando mi mesa de billetes
beberemos mi exquisito vino de billetes
después de degustar mi sensacional
consomé de billetes
luego pasaremos a reposar
en mis exclusivos divanes de billetes
nuestra conversación girará como siempre
en torno al ancho y el largo de los billetes
Ud. en agradecimiento sacará del ojal
algo tan perfumado como un billete
y yo, imaginando una flor, recibiré extasiada
todo el encanto que significa un billete.
En una de tantas vueltas su mano
acariciará mi bien cuidada piel de billetes
y yo responderé a sus insinuaciones
con toda la compostura y el candor de un nuevo billete.
Llegaremos al dormitorio y sobre mi cama
inventaremos una nueva forma de hacer billetes.
Lo más probable que al otro día
Ud. se vista con su elegante traje de billetes
y se despida ofreciéndome en caso de apuro,
uno de sus tantos billetes.
Yo me quedaré suspendida recordando
que al principio, el fuego parecía iluminar
toda la caverna,
los animales salvajes corrían afuera,
sagradamente caía la lluvia
limpiándolo todo.
15
El matrimonio y su lluvia de arroz
las fotos y las madres disimulando
sus caras de alivio.
El matrimonio y la máquina para lavar la ropa
la cama tan grande, los sillones de terciopelo
la cuna, los senos de plástico,
el despertador digital.
El matrimonio, esa casa inmensa
alfombrada completa (incluyendo el jardín)
con agua eléctrica, luz potable
y calefacción artificial.
El matrimonio, una casa inmensa
donde no habita nadie.
16
Al fin y al cabo
fuiste una especie de devastación.
Un calor infernal
unos años de sequía,
la tierra se fue partiendo sin remedio.
Pero ni la luz de tu calor
perdonó a mis ojos sin pupilas.
Y aquella explosión,
que ingenuamente pensé,
había provocado cadenas de radio y televisión
para ser transmitida,
fue apenas vista
por dos o tres hoteles vacíos
hoteles de invierno
con comedores fantasmales
y desayunos con jugo de naranja.
La explosión se diluyó.
Fui por momentos un payaso que sufría convulsiones
dentro de todas las oficinas de pagos de consumo
y encima de todas las fronteras,
mientras tú saltabas amablemente en los techos
de las casas de los ricos.
Y cuando por fin el ruido pasó
y la oscuridad sucumbió,
me descubrí sentada y temblando
con la cabeza entre las rodillas,
como el único sobreviviente agusanado
en esta especie
de zona de desastre.
19
Absolutamente todas las veces
que mordí tu cuello,
fue buscando algún fruto desconocido
para mis largas escaleras de caracol.
En absolutamente todos los lugares
que lamí tus despojos,
fue para encontrar algún motivo
que justifique
la vuelta al mundo de mis huesos.
En tiempos remotos
¡yo estuve aquí!
Sin embargo, ahora sólo soy una luz que se
desliza en el mar.
22
Nosotros, de la corriente que seamos
(hasta de la eléctrica)
tarde o temprano,
encontramos una María Magdalena
para apedrear.
Nosotros,
oramos quizás todo el año
pero un día, sólo por un día,
le pisamos a alguien la cabeza
y escuchamos atentos
como le cruje el cráneo.
Nosotros humanitarios incansables,
de vez en cuando
bombardeamos todas las ciudades
del país del otro
y luego tratamos de revivir
a nuestros soldados.
Todos, fríamente
le hemos comido los ojos
a alguien alguna vez.
Después intentamos justificarnos
y después nos sentamos
y después lloramos.
Con prólogo de Enrique Gómez Correa. Punta Arenas 1994.

























